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PATRIA Y HUMANIDAD

JUSTOS Y PECADORES

JUSTOS Y PECADORES

Luis Sexto, @Sexto_Luis

Quizás algún lector deje a media esta nota. Pensará que me demoro demasiado para llegar a la semilla. Desde luego, digo que no: que no me tardo, porque desde las primeras líneas empiezo a hablar de lo que me he propuesto. Alcanzar la semilla de un mango pulposo, de una o dos libras, demora, pero mientras el diente consigue tocarla usted está comiendo mango. ¿No? Por ello a veces me considero un justo que paga por pecados ajenos. Y ello, me parece, es tendencia nacional.

Esa frase, pagar justos por pecadores, tiene en nuestra cultura del vivir común un doble en esta otra: botar el sofá. Por supuesto, también es proverbial nuestra tendencia al facilismo. Lo que molesta, ¡zaz! Un tajo y abajo. Como el famoso cuento callejero que no reproduzco para no enturbiar estas líneas. Pero cuesta menos esfuerzo botar el sofá que a la pecadora. Y exige menos, también, culpar a todos que individualizar al culpable.

Nuestro concepto de la justicia, de la justicia de todos los días, no la de los tribunales, está bastante distorsionado. Con lo cual afirmo que entre nosotros son unas cuantas las esferas que deben ser corregidas y deshollinadas. Habitualmente todos empezamos siendo culpables, hasta tanto no demostremos lo contrario. Y así la gente honrada paga a veces el plato roto, aunque sea en parte, junto con los únicos culpables. Si en el salón de baile, se armó la gorda, pues a cerrar el salón de baile. No se baila más. Imaginemos qué pasaría si para evitar que cierta gente estropeada por los desvalores hurte las ruedas de los contenedores de basura, se suprimieran esos utensilios de la higiene. O les quitaran las ruedas. Pobres, pues, los trabajares de comunales.

No exagero. Quién no ha tomado café en tazas sin asas. Mongo Rives, el del sucu suco, sabe de eso y lo cuenta en una de sus piezas: “La taza no tiene asa/ y no la puedo agarrar, / si sigo con esta taza/ al fin me voy a quemar...” Cierto administrador, para evitar que algún cliente se las llevara, porque quizás en su casa carecía de ellas, les rompió el asa. Y sanseacabó. Así nadie las quiere.

Uno comprende ciertas manifestaciones de irrespeto, de inmoralidad, ilegalidad. Hemos sufrido carencias. Aún incluso las sufrimos. Esa situación explica algo. Obviamente, las circunstancias materiales influyen en la conducta humana. Pero uno no justifica que el egoísmo se desmande en alguna gente malagradecida, enfrentada a las leyes, las normas morales y a sus compatriotas, siempre atenta para coger los mangos bajitos. Son los mutilados morales del período especial, o hijos de familias descompuestas o alumnos de alguna escuela deficiente.

Lo que cuesta más trabajo comprender es la demora, no de esta nota en llegar al fondo, sino la de desatar los nudos de tantas soluciones. En nombre de lo justo y de lo legal, se impide a veces la eliminación de ciertas necesidades. Me parece que es más recomendable políticamente, aunque más difícil, determinar a los fraudulentos, que mantener durante meses a la gente asumiendo faltas ajenas.

¿Ejemplo? Muchos. Usted los conoce. Está claro: nos ha marcado la mentalidad del “todo o nada; todos o nadie”, aunque ahora parezca disolverse en una justicia distinta: no todos por igual, sino según su acción y sus efectos.  Yo sólo pregunto: ¿Quién no acepta que la condición de revolucionario incluye la visión equilibrada de las cosas y la gente? ¿Quién se niega a aceptar la razón como la suprema palanca de la justicia? Lo justo y lo legal no pueden ser como esos hitos que anuncian los kilómetros en las carreteras: dura piedra. La ley es dura, pero es la ley, dice un apotegma latino: Dura lex, sed lex. Pero el refrán está claro: No pueden pagar justos y pecadores… a la vez. O lo mismo: botar el sofá, y en vez de pedir cuentas continuar actuando de modo que al que hace daño aquí, se le traslada hacia allá para que continúe su campaña de dislates, a veces por incapacidad,  y en otros momentos, posiblemente, por maldad. Lo vemos, lo vemos sobre todo en los municipios. En uno que yo me sé -y callo su nombre  porque en estos días lo cité por radio un tanto duramente, y no me acusen de ensañamiento-; en ese sitio,  el sujeto que unos cinco años atrás salió en un periódico como uno de los violadores fundamentales de una disposición gubernamental, hoy dirige políticamente el municipio. 

Uno pregunta:  ¿Es la impunidad un mal inevitable; acaso necesario? Extendiendo el tema,  hago recordar que el bloqueo económico, comercial y financiero estadounidense daña, limita, prohíbe, y omitir sus efectos en la situación cubana es error de argumentación, cuando no artificio del oportunismo. Pero los errores locales y la impunidad articulan la otra ala del buitre  que sobrevuela a Cuba, esperando la caída para trocear sus despojos.  

 (Publicado en Juventud Rebelde) 

BUROCRACIA: ENTRE LA PÉRDIDA Y LA CULPA

BUROCRACIA: ENTRE LA PÉRDIDA Y LA CULPA

 

Luis Sexto, @Sexto_Luis

Un lector me ha sugerido que intente abundar en los rasgos de lo que en Cuba se nombra vieja mentalidad. ¿Acaso cree que  estoy exento de padecerla? Pero advirtiendo la cojera de mis actos y saberes, empiezo por recordar que si la sociedad cubana  reclama que la vieja lave  sus miradas en el cristal de la nueva, es porque entre una y otra se interpone una discordancia. 

¿Percibimos la gravedad de esos términos en que lo viejo se resiste a lo nuevo? Habitualmente la dialéctica del desarrollo social se ha afincado en la contradicción –antagónica o no antagónica- entre lo que necesariamente empieza a ser  y  lo que es, y se niega. Dicho así, en lenguaje habitual,  todo parecería un proceso inconsciente, un litigio automático. Mas, lo espontáneo no cuenta tanto. Porque en los entramados burocráticos, influyen también intereses que condicionan actitudes de “defensa propia”. Es decir, me niego a renunciar a mis comodidades. Y aunque resulte muy escabroso probarla, esa actitud de resistencia en las circunstancias de Cuba quizás implique  la “no inocencia” al entorpecer la solución de las necesidades nacionales.

Desde luego, no acuso ni alecciono. Sólo recomiendo andar y ver, ese doble secreto del oficio del periodista y de la política. Y si andamos, y nos decidimos a ver detrás de los informes, nos damos cuenta de que la vieja mentalidad sigue sosteniendo que gobernar o administrar equivale  a ordenar y mandar desde distancias intransitables, sin gestionar una atmósfera de confianza y creatividad. Según mi experiencia, una de las viejas fórmulas consiste en acatar las nuevas leyes, y  ponerlas en práctica en este o aquel sitios de modo que se adecuen a los métodos y hábitos convocados a actualizarse. Esto es,  que lo viejo siga viejo.

No volteemos la vista. Y confirmemos que los aparentes acatamientos del formalismo continúan activos. Para esa conducta de falso techo, las ideas e iniciativas de las masas carecen de validez, y lo prometido no es deuda, ni el contrato un documento de inexcusable obligación. Por esas razones, algunos de cuantos, como mínima acción, deben explicar, nada  explican. Y por extensión a nadie persuaden, a nadie infunden ánimo. 

Líbreme el buen sentido de exagerar o de ser injusto. Pero esos son rasgos que uno observa cuando anda por el país, y recibe quejas o cartas pidiendo soluciones a problemas que no se resuelven en la localidad, ni siquiera reciben allí una pormenorización racional de las causas. Por ejemplo, recientemente un artesano en posesión de su licencia, me escribió quejándose de que una ordenanza del gobierno municipal de Cárdenas, le niega el derecho a vender sus obras en Varadero. El remitente, vecino del municipio de Perico, asegura que él no vende a turistas, sino a vendedores autorizados en el populoso balneario. Es decir, donde el artesano reside su mercancía no circula: carece de compradores. Sin embargo, en Varadero, los que ofertan suvenires artesanales necesitan comprarlos a productores –digamos-  al por mayor. Y uno, inquieto, se pregunta qué pretenden los autores de esa medida local,  que puede estar facultada por la ley, pero al parecer no resulta razonable. ¿Qué intentan lograr medidas prohibitivas como la descrita: estimular o desestimular el trabajo por cuenta propia?

Dirijamos ahora la cámara hacia la calle. La vieja mentalidad en nosotros, ciudadanos comunes, aún añora los años cuando pretendíamos que para prosperar sólo era necesario un sésamo: quererlo. Y por tanto se niega a aceptar que ya no seamos iguales a la vieja usanza, es decir, que aptos y menos aptos, eficientes e ineficientes  nos emparejemos en el salario y los méritos, y que la seguridad social, en país pobre, siga sustituyéndome en mis  obligaciones de hijo o de padre. También nos molesta pagar tributos fiscales. Recientemente, un campesino se me lamentó: Fíjese, me exigen un impuesto por la tierra. Esa misma tierra -le dije en un segundo de lucidez- que usted ha recibido en usufructo gratuito.

En cierto sentido, más provechoso que identificar los rasgos de la vieja mentalidad, sería operar contra la insistencia de seguir tocando las aldabas en puertas clausuradas por su obsolescencia y esconderse tras sus astillas.

¿Y cómo, pues, habríamos de obrar contra la doblez, esa postura de pregonar con las manos en la espalda que todo está en orden? Habría que embanderar en cada lugar habitado, en cada terreno cultivado, en cada fábrica y proyecto de mejoramiento, en cada silla, en cada mano alzada o en cada aplauso, una disyuntiva sutilmente inapelable: sirvo o… sirvo de verdad. Porque las apariencias, como el maquillaje, rejuvenecen sólo por un momento. Si no aprendemos a valorar las demandas de transformación de nuestra sociedad, embarazada entre obstáculos propios y limitaciones avivadas por voluntades ajenas, y en consecuencia no deponemos con honradez tendencias envejecidas, privilegios y comodidades, coadyuvaremos culposamente a la pérdida de lo  que hoy es más urgente y precioso para la nación: el tiempo y la oportunidad.  

 

 

 

 

 

 

 

PARECIDO A LA VIDA

PARECIDO A LA VIDA

Luis Sexto, @Sexto_Luis

Este domingo 11 de mayo, se cierra el centenario del natalicio de Onelio Jorge Cardoso 

EN  SU LIBRO TITULADO UN POCO MÁS ALLÁ,  la doctora Denia García Ronda apunta  que Onelio Jorge Cardoso no fue reconocido como cuentista de obra singular hasta 1962, cuando José Rodríguez Feo lo leyó, se asombró y lamentó que los críticos, incluido él,  lo hubiesen negado prejuiciadamente durante 20 años. A fin de cuentas,  para que habrían de leerlo,  pudieron haber pensado,  si un guajiro no hablaba de otra cosa que no fuese de la tierra,  y  de personajes criollos con diseños más propios de la sociología que de la literatura.

Con su estilo cargado de valores estéticos y éticos, y señor de las estructuras del cuento breve, si no fue reconocido a tiempo por la crítica -que solían ejercer escritores insertos en temas, técnicas  y escuelas distintas a las del autor de Taita, diga usted cómo-,  Onelio Jorge  Cardoso debió de recibir, en cambio,  la aceptación como periodista. Los lectores de Bohemia y Carteles no debieron de pasar la página ante aquellos textos donde el cuentista trasmutado en periodista escribía sobre la gente sin nombre y sin historia. Mayormente se limitó al reportaje. Y era natural. El reportaje es el género periodístico más ligado a la narrativa. En esencia, un reportaje consiste en narrar una historia mediante personajes, acción, descripción, diálogos. Como un cuento sin ficción.

Pero no tendríamos ninguna razón si separáramos, en la forma, el cuento y el reportaje, el periodismo y la literatura. El estilo de Onelio Jorge, tanto en el periodismo como en la narrativa, se caracterizó por su atmósfera poética, mediante una prosa rítmica, entreverada de tropos y con tendencia a definiciones que podríamos llamar “filosóficas”. Se le aprecia, además, una evidente capacidad de concisión, claridad, y sobre todo, desde el principio, una voluntad de despertar el interés del lector. Estos, obviamente, son rasgos periodísticos que él trasvasó a su literatura. Claro, fue un periodista literario: mezcló las normas del periodismo y las técnicas y el estilo de la literatura para escribir sus reportajes y crónicas. Es decir, enriqueció, sin falsearla,  la verdad periodística con un tratamiento artístico. Y en dirección opuesta, benefició la ficción despojándola de palabrería y desnudándola hasta la esencialidad. Por ejemplo, cuando en su cuento El homicida, dice que el hombre venía caminando “con un pie descalzo  y el otro no”, es decir, venía con un solo zapato, ese dato es una observación periodística, por su exactitud, que redondea y define  la percepción literaria del personaje. Una descripción parecida emplea en Vicente Torres Tur, navegante, reportaje publicado en la revista Carteles en 1958, al decir que el  marinero, de 80 años,  maniobraba en medio de un temporal con una mano sana y la otra tullida, detalle corporal que en el enunciado periodístico logra prestigio literario por la singularidad del personaje. Según mi parecer, no sugiere tanta exactitud la fórmula de con su mano sana maniobraba… Porque realmente en una emergencia hasta la inservible podría ser útil.

 Entre los reportajes y los cuentos de Onelio Jorge hay vínculos recíprocos. Desde luego, a pesar de las tangencias, hay diferencias estilísticas y de tratamiento: en un cuento, las sugerencias son  fundamentales; el periodismo, en cambio,  se apoya en la precisión de las evidencias. Y en ese mismo sentido de las definiciones establecidas, la metáfora en la narrativa literaria suele ser más abstrusa, más difícil de decodificar, aunque, tanto en ambas formaciones estilísticas, el tropo opera como recurso que, además de acusar una voluntad estética, ejerce una función cognitiva.

Onelio Jorge  Cardoso escribió como uno de los mejores periodistas literarios, o de los mejores escritores periodistas de Cuba. ¿Quién negaría la afinidad entre ambos? Es el mismo autor lleno de humanismo, de dominio de la síntesis y con una característica tendencia poética en la prosa, aunque en sus reportajes se detectan descuidos formales y en su otra colección, Gente de pueblo nuevo, reportajes escritos a partir de 1959, ciertos lectores – y ya también lo estimo así- aprecian una ruptura, y lo que antes era más poético, más literario, es ahora menos interesante en su factura. ¿Por qué? Tal vez  porque empezó a escribir desde el poder: sus ideas políticas también participaban de la Revolución que sus cuentos y reportajes anteriores a 1959 habían prefigurado mediante la denuncia y la crítica. Ahora, para Onelio Jorge, había llegado el momento de la apología.  

Volvamos a Gente de pueblo,  y veamos el primer párrafo de Somos piedras que rodamos: “Vamos a la Laguna de la Leche en Morón. Nos lleva Jesús Alfaro, pequeño, enteco, descalzo y humilde; con su viejo barco que se parece a él no sé por qué razones. Quizás porque el hombre está lastimado  por los mil trajines de muchos días iguales sobre su vida, y el barco por las cargas distintas que lleva todos los días iguales”.

¿No podría comenzar de esa manera uno de sus cuentos? ¿Acaso no empezaron muchos   con esa hondura poética que más que en el realismo a secas inscribe a Onelio Jorge Cardoso en el realismo social poético? Más  bien, en el realismo humanista, porque su cosmovisión socialista está siempre presente en el amor hacia sus personajes;  en su enorme simpatía por el ser humano y en la maestría del lenguaje con que lo construye. En la sumaria descripción del patrón Jesús Alfaro, utiliza lo que Leo Spitzer llama enumeración caótica y Jorge Luis Borges enumeración dispar, es decir, mezcla  lo físico y lo moral de modo que podría litigar contra la lógica de la gramática y de la cordura del periodismo, pero no contra lo extra lógico  de la literatura.

 Mi ignorancia no dispone de indicios para asegurar que estudió periodismo, aunque se graduó de bachiller. El autor de El caballo de coral –nacido en Calabazar de Sagua, Villa Clara,  el 11 de mayo de  1914- transitó por múltiples labores: vendedor viajante de medicinas,  maestro de primaria, aprendiz de laboratorio fotográfico… Y como sabía escribir, porque ya desde 1945 recibió el premio de cuento Hernández Catá  por Los carboneros, y después publicó  su libro Taita diga usted cómo, quizás debió de leer a muchos y recomendables autores. O posiblemente a pocos, que le bastaron para prepararlo en lo reglamentario, porque no habituaba a citar frases ajenas, ni a autores como créditos de su saber. Pero los aciertos narrativos de Onelio Jorge no provienen del azar, de un afortunado e intuitivo “tocar la flauta del burro”. Porque los repitió como sistema: como conceptos éticos y estéticos, y  estrategia ideotemática prefijada y madurada en conciencia creadora. Su nombradía latinoamericana se corresponde con el dominio de sus facultades narrativas y estilísticas. 

Al cumplir, 70 años lo entrevisté. Acepté la tarea dichoso y agradecido. Entonces yo era colaborador de Bohemia, aspirante a integrar la plantilla de la más antigua Casa entre los medios cubanos. Yo no lo conocía de cerca. Simplemente lo admiraba. El culto por el escritor partía primeramente de mi respeto por los ancestros, los antecedentes, los modelos, porque nunca tuve panza de Buda, ni complejo de Colón. Por tanto, me resabía el argumento y la forma de los cuentos primordiales de Onelio; recordaba en retahíla el nombre de sus personajes, y el tenerlos obedientes a la simple enumeración, sin haberlo pretendido en un ejercicio de memoria, era para mí una prueba de la prominencia literaria y la hondura humana de los textos del maestro de Mi hermana Visia, cuento adolorido en su humana observación de la persona y su circunstancia.

Me le presenté una mañana en su oficina de la UNEAC, y al plantearle mi intención, se resistió. No precisé si porque no conocía la marca del entrevistador, o se había contagiado con la filosófica suspicacia de alguno de sus personajes, y aún  no había podido medirme la caja del cuerpo. Pero lo vencí con un argumento: vengo en nombre de la revista de la cual usted fue colaborador especialísimo. Lo acató, y me prometió responder el cuestionario. Antes de marcharme, le comenté fuera del formulario escrito, que a mi parecer él se había adelantado a Rulfo al renovar en lenguaje, síntesis e intensidad el cuento latinoamericano, sin soslayar  a la ruralidad esencial de la región. Y él, mirándome sobre los espejuelos, dijo brevemente, como socorriéndose del lugar común que asiente sin afirmar: “Bueno, eso lo dice usted…”

Dos días después me sorprendí al notar que las respuestas habían sido escritas entre dientes. A la pregunta de cómo escribía un cuento, si inventaba la fábula, o tomaba la anécdota de la realidad, me respondió en un tono que aprecié como de cólera. “Mire, eso de escribir es un problema tan delicado como para estar inventando anécdotas, y la realidad, si no más, es tan rica como la imaginación. Total que habría mucho que hablar...” 

Por esa confesión, podría uno asociar periodismo y literatura en Onelio Jorge Cardoso.  Esto es, si en la década de los 1950 y hasta los primeros años de los 60 viajaba  a provincias los fines de semana, acompañado al principio por el fotógrafo José Tabío Palma,  con el plan  de hallar historias que contar en revistas y periódicos,  resulta un tanto razonable suponer que esas vivencias lo ayudaron también a  encontrar  personajes y  circunstancias de sus cuentos. Como en un trasvase de la realidad a la ficción.  Un escritor, además de leer y escribir, necesita vivir. Y para un escritor, viajar -andar y ver-  compone  una fórmula  ideal de vivir.

Pude pensar  también que Onelio era un hombre amargo, ríspido. Sus respuestas se constreñían en una capsular parquedad, como su estilo. Pero después nos conocimos más de ojo a ojo. Y su bondad guajira -que a veces se le disfrazaba con una malla de hoyos minúsculos para que no se filtraran las moscas o los mosquitos- me autorizó la confianza. En 1986, le pedí algunas cuartillas con el propósito de difundirlas como servicio especial por los circuitos de Prensa Latina, agencia de noticias donde yo era jefe de la redacción cultural. Me advirtió que hacía tiempo no escribía. Sin embargo, estaba pensando volver a sentarse a la máquina y me prometió que el primer texto sería para mí. Semanas más tarde me telefoneó; lo visité. Cuca, la esposa,  me abrió. Onelio iba a bañarse, pero no me permitió esperar: salió a la sala en el libérrimo  short y domésticas chancletas y me entregó la crónica sobre un reciente viaje a Yaguajay, acompañado del poeta Raúl Ferrer. Habían visitado al central Narcisa, fábrica de azúcar en cuya escuela ambos, siendo jóvenes,  levantaron cátedra de llaneza magistral y de tierna pedagogía. Calificarla de hermosa, buena, bella, linda, equivaldría a lacerar la memoria de aquella crónica. Era un original propio de Onelio: con toda la fineza con que excavaba en lo más poético de un paisaje, lo más afilado de una emoción, lo más lancinante de un dolor. Le asigné un turno en una próxima emisión de notas culturales de la agencia.

El final de la historia no era entonces previsible. Días después murió. La muerte suele ser también más rápida que el periodismo. Y aquella crónica circuló por las redacciones de los clientes de Prensa Latina como el testamento literario del narrador que, en simbólica coincidencia, moría casi a la par que Juan Rulfo, fallecido días o semanas antes.

Todavía me pregunto la causa de aquella rispidez de Onelio cuando fui a entrevistarlo. Podría evocar mil razones especulativas o someras y podría actuar injustamente. Me inclino a concluir que la modestia de Onelio se protegía de los entrevistadores y las entrevistas. Porque al marcharme le dije que en otro momento, cuando él dispusiera del tiempo y la paz que ahora le limitaban los sucesivos homenajes por su cumpleaños 70, yo lo entrevistaría indagadora, largamente. El, mirándome como solía, por sobre sus espejuelos, me recomendó:

-Sí, está bien; pero demórelo bastante.

        

SUEÑOS DESPIERTOS

SUEÑOS DESPIERTOS

Luis Sexto, @Sexto_Luis

La tarea antiséptica de cambiar la mentalidad predominante en la sociedad cubana exige, entre otros instrumentos, un espacio y una actitud: el debate. No parece probable que mediante consignas, exhortaciones, o conjuros se pueda pasar de lo tupido a lo claro.

Ocasiones para debatir sobran. Porque aunque no suelen ser tangibles, son más o menos visibles y audibles o “leíbles”. Se escuchan de vez en cuando por la radio, la TV o se leen en este papel o en esta pantalla.  Y entre las opiniones, todavía muestran su beligerancia las que defienden las formas que mayoritariamente necesitamos transformar. Y es lógico: la vieja mentalidad no cederá su terreno sin resistirse. ¿O acaso cuando vamos a comer un plato nuevo,  el prejuicio no nos obliga a hacer muecas, u oponemos objeciones gastronómicas de niño majadero?

Difícil, según demuestra la experiencia, es actuar para cambiar. Y difícil resulta también debatir. A veces uno lee textos con criterios e ideas atendibles, pero el tono, el lenguaje, estalla como artillería que truena desde el lado opuesto. Bueno, en suma, he notado que se discute el papel del Estado en nuestra sociedad. Recientemente, a pesar de toda la crítica a errores y tendencias relacionados con un Estado sumamente centralizado y responsable de toda la actividad económica, social y política, leí una carta que insiste en la defensa del antiguo papel totalizador del Estado.  

Por mi parte, también defiendo el Estado como guardián de nuestra aspiración socialista; celador de la justicia social; preservador de la independencia. Pero expreso otro punto de vista cuando se define una equivalencia maquinal entre estatalización y socialización de la propiedad. La diferencia se advierte. En ciertos países capitalistas, hay propiedad estatal sobre los ferrocarriles o los hidrocarburos u otros sectores, y ello no significa una fórmula socialista. Al parecer, hemos de asediar ese aspecto para entender qué nos proponemos todos cuantos creemos, como mínimo, en los mandatos de nuestra historia: la justicia como sol del mundo moral, según Luz y Caballero,  y la independencia, es decir, sin injerencias extrañas, ni sometimientos lacayunos, como garante de la pureza de nuestro aire, nuestra tierra. Nuestro destino como nación.

No creo que la solución para conseguir la plenitud del socialismo, es decir, toda la justicia, sea nuevamente la propuesta del Estado paternalista y controlador. La propiedad social, a mi entender, es aquella que convierte al obrero y al trabajador en copropietarios de los medios de producción. Copropietarios efectivos. Tanto como para que cada miembro de la colectividad laboral tenga espacio para labrarse el bienestar, sin regalos, ni estafas. Y con voz y voto para decidir sobre el medio que le asegura la vida, sin que por ello deje de existir un director con poder empresarial. Tal vez lo más cercano a la perfección democrática fuera que la propia comunidad de trabajadores lo eligiera o lo aprobara.

Otros llevan la propiedad social a extremos más agudos: la entrega total de los medios de producción a los trabajadores. Pero hay formas de propiedad social que requieren como condición una base material desarrollada. ¿Cuba la posee? Y en todo este debate habrá, pues, que convenir en que la teoría descontextualizada,  fuera de sus circunstancias, suele indigestar. Tal vez siguiendo, una línea teórica racional, atemperada a la realidad real, no a la virtual, hemos de hacer, por ahora, lo posible. Y para ello, la mentalidad autoritaria engendrada por la excesiva centralización, tendrá que pasar por la quiebra. Ha sido cómodo para algunos tomar decisiones sin tener en cuenta a las personas. No me levantaré una estatua, si reafirmo mi criterio de que aún, en cierros lugares, se adoptan decisiones que no sólo desconocen el estado de opinión de los electores, sino lastiman la seguridad de los habitantes del batey, el poblado o del municipio.

En fin, no me asusto. Estamos en un debate constructivo, regenerador, contra hábitos y conceptos envejecidos, en medio de ciertas estructuras agotadas. Vivimos, por tanto, una oportunidad única para pensar, debatir y actuar, entre necesarias e inevitables diferencias de cómo obrar o de hacia adónde vamos. Al menos, aun en medio de incertidumbres, desazones, riesgos, este comentarista mira atrás y sabe hacia dónde vamos. Porque, aunque la palabra sueño no es término propio de la economía, ve a los sueños aún despiertos por el insomnio de las necesidades. (Publicado en Juventud Rebelde)

UN INDIO, LA COTORRA Y EL DIABLO

UN INDIO, LA COTORRA Y EL DIABLO

Luis Sexto

 Una página de antaño

A principios del siglo XX, Claudio Conde Cid embotelló agua potable bajo el membrete de La Cotorra. La extrajía del manantial que aún se nombra Del Pueblo, y que se ubica en la orilla del río Santa Fe. El acceso popular lo estableció el comandante Juan Manuel  Sánchez Amat, ex jefe de la escolta  de Antonio Maceo, que al terminar la guerra fue a la Isla de Pinos y ocupó la alcaldía en nombre de la Revolución. Se adelantó a los americanos. Y prometió que nunca esa fuente dejaría de abastecer al pueblo. Todavía los santafecinos, que el doctor Waldo Medina, antiguo y ya fallecido juez de la Isla y promotor de la primera biblioteca en Santa Fe, calificó como “la mejor gente del mundo”, llenan allí sus vasijas. La Cotorra alcanzó el crédito de ser la más salutífera para beber. Cimentada la marca,  Conde Cid pudo después abastecer sus botellas y garrafones con otras aguas en La Habana. Aún se conservan protegidos los manantiales originales.

Las aguas de Santa Fe existían aureoladas por la leyenda del indio Auki Himario, sacrificado  por negarse a pelear contra sus vecinos de Cuba y proponerles amistad y cuya sangre convirtió en un manantial salutífero  la tierra donde cayó. Y aunque varios nombres y sobrenombres recibió la hoy Isla de la Juventud durante su historia -de Pinos, del Tesoro, de las Cotorras, la Evangelista, ninguno, sin embargo, se asoció a la calidad y la abundancia de los manantiales de Santa Fe.

Quizás sólo el escritor Raimundo Cabrera, que abrió la primera escuela para niños pobres en Nueva Gerona, apuntó en sus memorias que al desembarcar allí confinado llegaba a “la isla de los baños termales”. En esos días de 1869 en los que el estudiante, luego autor, entre otros, de un libro útil titulado Mis buenos tiempos, afrontaba su destierro por infidencia, Isla de Pinos permanecía deshabitada. Unas 800 personas se concentraban primordialmente en Nueva Gerona, fundada en 1834.

Desde 1826, cuando de La Habana llegó el doctor José de la Luz Hernández y probó el agua y puso en práctica un proyecto terapéutico, pacientes de la Isla grande empezaron a salvar la travesía por el golfo de Batabanó para encontrar la curación que les negaba, por otros medios, la medicina. Hasta 1848 pagaban, además, los tres reales fuertes que el gobierno español exigió como impuesto para bañarse allí. Favorecía a los viajeros que los últimos piratas acababan de extinguirse. José Rives, apodado Pepe el mallorquín, murió en 1827, en brazos de Rosa Vinajeras, su mujer, en un rancho de los bosques cercanos a  Santa Fe. Había sido un pirata contradictorio: robaba y también defendía los intereses de los pineros. Dieciocho años después, Juan Manuel Calvo, vasco emprendedor, estableció la primera línea de vapores entre Batabanó, Júcaro y Nueva Gerona.

El doctor De la Luz y el señor Calvo acordaron asociarse, y construyeron las primeras piscinas e instalaciones. Se empezó a edificar una Santa Fe nueva, higiénica, al lado de la antigua que databa de 1809. Ninguna bestia de tiro o monta tenía permiso para pisar las calles del poblado. Pero la pareja de socios no podía con aquel plan de desarrollo. Y fundaron la Sociedad de Fomento Pinero. Vendieron acciones. El propósito de mejoramiento convenció a figuras como Rafael María de Mendive y Cirilo Villaverde.

Samuel Hazard, viajero al que tanto le debe en difusión la Cuba del siglo XIX, pasó por los baños en 1866. Divulgó las medidas de las piscinas, que aún se mantienen. Y escribió sobre las propiedades de las aguas, que hoy se definen, con toda ciencia, como bicarbonatadas cársicas magnesianas, con flora no patógena que produce antibióticos, y que poseen incluso cierta radioactividad inocua para el ser humano.

España, al iniciarse la guerra de 1868, despojó a De la Luz del balneario. Por infidente. Patriota. El balneario osciló posteriormente entre el olvido y la precaria memoria de pocos clientes. En 1941, el padre de Jesús Montané publicó un artículo en el periódico Los Pinos Nuevos en el que profetizaba que algún día Santa Fe tendría un gobierno astuto, inteligente y patriota que lo condujera a tener el mejor balneario de Cuba, como en los tiempos del doctor De la Luz Hernández. Decursaron 14 años, y se convirtió en efecto en el mejor centro termal del país. Pero no había un gobierno astuto ni inteligente, y menos patriótico. Batista asistió a la inauguración de la obra modernizadora que Francisco Cagiga, dueño de la Isla, levantó: un motel, y  una clínica, en cuyo  techo armó un solario que fue uno de los tres mejores del mundo. En 1958 Santa Fe acumuló visitantes como para sumar cifras correspondientes al tercer polo turístico de Cuba. Un baño de 30 minutos valía entonces  cinco dólares. La esperanza de los pobres no se mojaba con esas aguas.  

APARECIÓ EL DIABLO

La historia de los baños  no se completa sin el episodio de la aún renombrada con respeto Vieja Gorda. La señora Virginia Hernández viajó a Santa Fe en 1939. Padecía de una afección renal. Apenas podía moverse. Su hijo, que en 1920, con seis años, se había curado allí del estómago, alquiló un avión a la Panamerican, y solicitó permiso en la ciudad militar de Columbia para aterrizar en el aeropuerto del Presidio Modelo. Lo tacharon de loco.  “No lo sé, respondió el doctor Silvestre Pujol, “pero tengo a mi madre enferma.” Y también –me cuenta ahora- la corazonada de que el vuelo terminaría en fortuna.

Santa Fe entonces languidecía entre ruinas. El hotel negó el hospedaje a la enferma. La vivienda de un vecino sirvió de albergue. La señora bebió agua, mucho agua, y a las pocas horas sus riñones la despidieron como en un manantial de inmundicias. Se curó.  Agradecida, Virginia Hernández, de acendrada fe religiosa, edificó una casa para vivir en ciertas temporadas, y detrás, una capilla de dos plantas dedicada a Nuestra Señora de las Mercedes. Propuso talar la esquina de unos pinares para una pista de aterrizaje que propiciara a otros pacientes volar desde La Habana. Pidió permiso a mister Robert Irving Wall, gerente de la Santa Fe Land Company. Y pagando de su peculio a unos, y convocando al trabajo voluntario a otros vecinos, la señora consiguió alistar la pista para el 24 de febrero de 1940, cuando aterrizó la primera nave, un Ford trimotor. Agustín Parlá, pionero de la aviación cubana, había aprobado dos días antes la aptitud del aeropuerto. Pronunció también el discurso inaugural delante de una enorme bandera que hoy guarda la familia que reside en la casa de la Vieja Gorda, madrina de una de las muchachas, y también de más de 500 ahijados y ahijadas en el pueblo.

Un guajiro, apodado Corico, que vivía cerca de la pista y a la cual había puesto escasa atención, cuando oyó el trueno largo de los motores y vio la nave posarse en la tierra, corrió aterrorizado. Otro guajiro, Cecilín Pantoja, mal improvisador, pero con lengua picante, compuso una décima que conserva las incidencias de aquel día único. “La primer vez en llegar/ el avión a Santa Fe/ Corico corriendo fue/ al cuartel de la rural. / Al verlo el oficial/ al que asustado llegó, / enseguida le preguntó: / paisano que a usted le pasa, / ay guardia que allá en mi casa/ el diablo se me aposó.”

 

 

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Mi gratitud a Wilse Peña, culto y cordial santafesino, mi amigo.

 

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BÉISBOL: LA LUZ Y LA OSCURIDAD

BÉISBOL: LA LUZ Y LA OSCURIDAD

Luis Sexto

Notas desde la zona de foul

Una vez señalé lo que muchos sostienen: la crisis de nuestra sociedad se manifiesta también, y con el énfasis de nuestra idiosincrasia, en el béisbol. La impericia, la indisciplina, la falta de concentración en lo que el momento exige se convierten en un remolque que retrasa la comprensión de nuestros problemas económicos y sociales, y  consecuentemente retarda las soluciones. Y en el béisbol, como veríamos si quisiéramos ver, pasa lo mismo: nos entretenemos festejando un play off  colmado de insuficiencias y carencias entre las cuales parpadea, de vez en cuando, el chispazo individual, y echamos a un lado, o aplazamos el análisis de las causas de por qué  en Cuba se juega una pelota  mayormente deslucida, disminuida en técnica y  táctica de la clavícula hacia arriba, según la frase afortunada de Jesús Guerra, para referirse a la inteligencia con que el pitcher debe lanzar, el bateador hacer rebotar la bola  y correr, y el fildeador engarzarla  y tirarla de modo que la cajita de los errores no ensanche su volumen.

Habitualmente, como expresé en Granma digital, gastamos más tiempo y palabras en condenar a Víctor Mesa y sus defectos –los que posee como persona y  director, y los que le achacan- como si el manager de Matanzas fuera el culpable de cuanto daña hoy al deporte y al espectáculo en cuya realización sobre la arcilla y la hierba parece que apostamos hasta el prestigio.  ¿A dónde se ha ido la sensatez? Más que en insultar a Víctor Mesa hace falta ponerse a pensar cómo vamos a recobrar la calidad de nuestra pelota. Cierto, Víctor Mesa es un tanto desmesurado en sus gestos y palabras,  inquieto, combustible,  pero ha habido en Cuba managers así: discutidores, intransitables. ¿No hemos oído  contar de las decisiones drásticas de Adolfo Luque, capaz de sacar  a un pitcher que empujaba la pelota por el centro como si fuese "una bailarina invitando a un vals", y luego encerrrarse con él a discutir? ¿No recordamos a Fermín Guerra, que sentaba al bateador que no convirtiera sus piernas en una motocicleta para correr hacia la primera base? Los directores son también actores del juego. Pero atengámonos a una verdad: Cuando vemos desde las gradas o la pantalla de la TV,  a Mesa gesticular y hablar, ¿nos consta que  insulta a sus jugadores y los maltrata? Si fuera de esa manera, cómo, pues,  podríamos explicarnos que en un trienio un equipo vencido, casi inexistente, sin autoestima, llegara a ocupar, desde el duodécimo lugar, el tercero y luego ser dos veces subcampeón?

Lo equilibrado sería  admitir que todo ese palmarés que algunos quieren minimizar reprochándole no haber ganado el campeonato,  ha sido posible porque los jugadores, el público y los dirigentes  de la provincia  apoyaron a Víctor Mesa, y creyeron en su concepto del juego y de la disciplina técnico táctica. Cuando un equipo está descontento con su dirección lo manifiesta de cualquier manera y no precisamente ganando y adscribiéndose entre los favoritos.

Para mí Pinar del Río y Urquiola lograron ahora  lo que han conquistado tradicionalmente, después de que Vueltabajo alcanzó su mayoría de edad. Urquiola, hace unos años maltratado por la estupidez de algunos, confirmó cuanto sabemos: su crédito como director. Nadie puede borrarle su historial de manager, como tampoco olvidar su etapa como una de las más hábiles y carismáticas segundas bases del país. Su estilo como director es diferente al de Mesa: permanece sentado en la cueva, concibiendo las carambolas sucesivas de una jugada. Porque, sea repetido, Alfonso Urquiola dirige la pelota como un ajedrecista sus piezas: moviendo un alfil y calculando  que la dama rematará dos o tres jugadas más adelante.

Matanzas, en cambio, ha venido recuperando sus números, su vieja gloria ¿Acaso no es  el envión de los últimos tres años también  obra de Mesa? Aseguro -ojalá me equivoque- que el año que viene, si Víctor Mesa no dirigiera, Matanzas volverá a ser un equipo de abajo, sino halla otro director creativo, audaz, heterodoxo, convencido de que la pelota se domina en el ejercicio técnico y en la disciplina táctica. El recto sentido nos dice que todavía no es un equipo excepcional, sino que, salvo unos pocos jugadores con vocación de estrellas, aprende a jugar pelota día a día  con un  maestro que, primeramente, se exigió como pelotero lo que exige a sus pupilos. Sabe cuánto decide. Y se atreve a concretarlo aunque yerre. Aparte sus desplantes, que repetimos y amplificamos como si fuera el único en actuar de esa manera.  ¿Quién no entiende que a veces una palabra fuerte o un gesto brusco es como un acicate para que nuestros hijos  o subordinados con problemas se eleven sobre ellos? No, no parece que Mesa vaya al box a insultar a sus lanzadores, sino a exigirles.

Ya vemos cuán parciales y subjetivos somos los cubanos. La escolaridad y la educación se han quedado en muchos de nosotros como un papel amarillento. Por otra parte, hemos visto como el play off entre Pinar y Matanzas, aunque fue ardiente, tenso, careció de problemas en las relaciones de ambos equipos en el terreno. Nadie se acuerda, sin embargo, que si Villa Clara tuvo problemas en Matanzas, también los tuvo en Ciego de Ávila, y si se habla del condenable batazo a Lunar, se olvida de que en Ciego de Ávila quien salió con el bate en la mano fue precisamente Lunar. Hace falta, por tanto, que la afición beisbolera no se convierta en fanatismo. Porque el fanatismo es propio de culturas donde la vida, las ideas y la obra de los hombres valen poco. Y donde la palabra equilibrio no es sinónimo de racionalidad.

He de aclarar, porque los artilleros de infundios y ataques de baja costura podrían dirigir  sus órganos de (im)puntería contra  este periodista acusándolo de ser amigo de Víctor Mesa, o por lo menos que me han pagado para defenderlo. Vaya uno a saber. Aclaro, por tanto, que nunca he visto en persona a Mesa. Pero he leído mucho de cuanto  han dicho y escrito sobre él. Y lo más curioso es que quienes le piden cuentas por sus actos groseros, son groseros al atacarlo. Incluso, tengo opiniones negativas sobre el manager de Matanzas.  Poniéndome en su lugar con la experiencia que he acumulado en relaciones humanas, y sobre todo entre cubanos, un hijo mío no jugaría, ni trabajaría,  donde yo dirigiera. Porque aceptarlo en mi equipo, aunque responda al interés de un padre por el futuro del hijo que lo sigue en vocación y cualidades, se suele interpretar como un privilegio.

Ahora bien, Víctor Mesa no ha sido culpable de los desajustes y dislates que han caracterizada la serie nacional 53. ¿Quién no preparó la entrega del trofeo en Matanzas como se ha solido organizar? ¿Quién determinó que el público se marchara, y los  ganadores del segundo lugar, incluso los del tercero, no estuvieran en el Victoria de Girón  para recibir sus premios? Por supuesto, no parece que haya sido Víctor Mesa. La comisión Nacional de Béisbol debe explicar… Explicar tantas incongruencias al aplicar hasta las reglas.

En fin, dicho esto, me resta recordar al poeta José María Heredia cuando en una fábula de cuyo título no me acuerdo, un sabio vio a los pájaros del bosque caerle en bandada  a una lechuza. El sabio, intrigado, le preguntó: Por que te atacan si tú lo único que haces es dormir de día,  y cazar de noche cuando los demás descansan. Y la lechuza respondió. Por eso mismo me atacan: por ver claro en lo oscuro… ¿Acaso no ha tenido Víctor mesa en Matanzas, sea segundo o primero, claridades en la oscuridad? Recomiendo, a título de periodista,  que seamos exigentes con nuestros actos y palabras. Porque  uno de nuestros defectos como pueblo ha consistido en rechazar, en cierto momento,  a quienes han visto claro de noche. Preguntémosle a nuestra Historia. Y sin intentar comparaciones entre valores incomparables, nos percataremos de un Céspedes negado, un Martí calificado con atributos injustos… Cualquiera podría escribir sobre esta insensatez un  manual de defectología.

PARA UNA (OTRA) LECTURA DE PEDRO JUNCO

PARA UNA (OTRA) LECTURA DE PEDRO JUNCO

 

Por EDUARDO MONTES DE OCA*

En andas de la editorial Pablo de la Torriente, tenemos a la vista
Nosotros, que nos queremos tanto, de Luis Sexto y Viñas Alfonso, libro
equipado para la trascendencia

Supongo que durante años Luis Sexto y Viñas Alfonso han hecho lo imposible para mantener la amistad lejos del sumidero del agravio. Sí,por qué excluirse mutuamente en el disfrute de un mismo objeto de la pasión, del misterio que los desasosegaba desde siempre: la memoria de Pedro Junco, por el que confiesan cobijar a la vez interés, excitado por los perfiles paradójicos de su personalidad, y compasión, inducida por una obra grávida del unamuniano “sentimiento trágico” que depara
el contraste de las ansias de infinito y la irreductible finitud, constatada harto temprano por el pinareño ilustre (1920-1943).

En andas de la editorial Pablo de la Torriente, tenemos a la vista Nosotros, que nos queremos tanto, libro equipado para la trascendencia, pues en él se tensan las respectivas capacidades investigativas que, en criterio del prologuista, Alexis Castañeda Pérez de Alejo, sitúa a los autores a millas de trillos al uso y banalidades oportunistas, y la voluntad de estilo, término un tanto fuera de moda, en medio de la
chatura del mercado totalitario.

A manera de pórtico, Sexto y Viñas nos ubican en el Pinar del Río y el ambiente que influyeron en el compositor, procedente de una típica familia cubana de clase media, con orientaciones generales por el bienestar, el confort y el buen parecer, y no por la cultura, que propicia un ascenso de la espiritualidad y las costumbres, conforme
subraya Castañeda.

La probidad intelectual de estos dos hombres los ha impelido a desnudar el sedimento impresionista que, el introductor dixit, ha anidado en los acercamientos a Pedrito Junco, primero entre los que lo conocieron, lo admiraron y fueron sus cofrades, y en la prensa provinciana de la época. (Sin ofenderse, por favor;  objetividad obliga). Esta visión nunca fue superada, y se ha venido repitiendo con inclinación paranoide.

Perennemente se destacan los visos de heroicidad romántica y se sobredimensionan las dotes artístico-literarias. Además, Junco reunía todos los requerimientos del mito: murió en flor y, según la versión popular, de una enfermedad arraigada en el arte y el martirologio en general. Legó la estela inapagada, tal vez inapagable, de una pieza,
Nosotros, que ha sido considerada testamento y prueba irrecusable de su propensión al sacrificio.

Sin aprensiones penetrarán en estas páginas los espíritus que no se arredran ante la dialéctica de lo continuo, la tradición, y lo discontinuo, incluido el quebrantamiento de estereotipos. Pero podrán adentrarse asimismo los que sucumben al canto de sirenas, porque aquí se desmonta la leyenda con delicadeza impar, como con terapéutica languidez, mediante el cotejo de documentos, testimonios, y se arriba a conclusiones juzgadas irrebatibles por lectores avisados. Y si, en esa carrera de aproximaciones que es la historiografía, alguien llega a contradecir con acierto algunas de las tesis plasmadas, aceptemos que el texto insufla oxígeno a una bendición que debería explayarse en son de divisa y derrotero: la duda. Porque sin ella, sin la duda, no
habría saber alguno.

Pero descansemos de Descartes, y de Perogrullo, para ensalzar el modo como Luis y Viñas van tejiendo en este paradigmático reportaje una trama casi policial, con el inherente suspenso, el dato solapado que entrevemos. Pistas. Guiños. Y claro que, paulatinamente, el panorama va cobrando transparencia meridiana, como en los mejores textos de detectives.

Preguntémonos con el socorrido prologuista: ¿Murió de tuberculosis, y por eso “debemos separarnos, no me preguntes más”? ¿Nosotros representa la revelación de una decisión tremenda o tremendista del compositor? ¿Quién fue la destinataria? Porque “no es falta de cariño, te quiero con el alma”, mujer anónima, mujer velada. ¿Asustadiza? Protéjanos Dios del pecado de indiscreción. Solo apuntemos que los autores refuerzan o refutan lo sostenido incluso hoy. Y que, honrados profesionales, reconocen que “hasta donde pudimos, entramos en las zonas oscuras. Y nos dimos cuenta de que, en lo poco que habló de sí, además de sus canciones, nos fue sorprendiendo sin decirlo todo para dejarnos, como atisbo, luz, herencia, un enigma –una contradicción imprecisable- que perdura y parece no agotarse en su discurrir por el tiempo”… Ah, el enigma, el misterio inabarcable en toda su envergadura. He ahí un motivo, otro, para desandar estas páginas sin
pausa y con unción, como en puntillas, evitando turbarle a Pedrito el dulce sueño con la amada.
 Entonces, nos equivocábamos al principio. Este librito por el volumen, libro por la meticulosidad cognoscitiva y lingüística, sí robustece el mito. Ese mito que es la propia vida. La vida, que fluye sin las cotas impuestas por la literatura, sin el ordenamiento cronológico, causal, férreo de la ciencia. El mito que, quiérase o no, se resiste a difuminarse, y se agiganta deslastrado de vaguedades. Porque el solo
hecho de haber sorbido el néctar de las musas, y quedar grabado en el imaginario de la nación y de allende los mares, es la victoria definitiva de Pedro Junco. Abismémonos, pues, en su (re)descubrimiento.

*Subdirector editorial de Bohemia. Este artículo apareció en la columna Cosas de hoy. 3 de abril de 2014

La Editorial Letra Viva, de Coral Gables, ha puesto una edición de este libro en: http://www.amazon.com/Nosotros-que-queremos-tanto-Spanish/dp/0989412598/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1397563703&sr=1-1&keywords=Nosotros%2C+que+nos+queremos+tanto

 

LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS

LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS

 Luis Sexto

Existen diversas maneras de contar las estrellas sobre el muro del Malecón, y la que elegí resultó tan improductiva que ni obtuve lo que deseaba, ni dormí. Aunque me ahorro el lamento, porque no existe desgracia sin su gracia. Realicé el ejercicio que considero primordial para graduarse como habanero de corazón.

Puede ser un capricho mío. O quizás sea esa la ceremonia imprescindible para legitimar a tantos habitantes que tienen su acta de nacimiento en las zonas orientales, el centro o en el extremo occidental de Cuba. Si en Santa Clara solo merecían el gentilicio de pilongos -en ortodoxa tradición- cuantos se bautizaban en la pila de la Parroquial Mayor, nadie, a mi parecer, podrá decir que conoce y siente a La Habana como habitación interior si no ha amanecido alguna vez oyendo el rumor del mar al bostezar sobre el diente de perro del litoral.

Lo dicho tendrá sus flecos de barbaridad, o locura. A lo mejor de estupidez. Pero no creo que ningún residente de la capital, ni siquiera sus más renombrados especialistas discutirán el hecho de que el Malecón le ha quitado al Castillo del Morro el pergamino de símbolo de la ciudad. Sus puertas cerradas al acceso público durante décadas y su orgullo de promontorio, que desde este lado del foso de la bahía remeda una altura inconquistable, fueron enajenando al Morro de las entrañas habaneras. Aún conserva su petulancia militar, su apariencia de lugar esotérico, exclusivo. Y el Malecón, cada día, se introduce más en la democrática vecindad de la gente.

A partir de los primeros años del siglo XX, cuando los norteamericanos trazaron el muro entre el mar y la nueva Avenida del Golfo hasta la calle Belascoaín, el Malecón ha sido el jardín de concreto y asfalto donde la canícula se compadece de la ciudadanía nocturna echándoles algún palmetazo húmedo. Ha sido también la pista de los carnavales habaneros desde el primero de la república, en febrero de 1903, y muro de lamentaciones, porque en algún momento nos hemos sentado ante el agua, azul o negra, a llorar una desgracia, una decepción, y muro sobre el cual meditamos en nuestros ensueños, añoranzas, resoluciones, y paseo de los deprimidos, de los que tienen una hora para perder andando sin meta fija. Y ha sido el único parque donde los enamorados pueden besarse  dándole las espaldas a la curiosidad transeúnte.  

O se lleva el Malecón en el alma o La Habana es solo el dormitorio o el sitio de trabajo, nunca el lar de los dioses familiares que nos comprometen a cumplir un culto de pasión hacia el aire y las formas de la ciudad. Esa línea irregular y amurallada que  poco a poco, fue creciendo hasta su longitud actual, se nos pega como un sello o un cuño en el sobre de correo. Encontrándome en Nueva York, en circunstancias periodísticas, recibí una propuesta de deserción. Y muy serenamente, para quitarme la pejiguera de aquella vendedora de falacias, respondí: me quedo si me traes un pedazo del Malecón y me lo pones aquí, en Manhattan, a orillas del Est river.

Cualquiera de nosotros  -incluso aquella persona que tentaba mis convicciones políticas- nos hemos  puesto a contar estrellas en el Malecón. Unas veces adheridos a la oreja de una novia; otras, escuchando el programa Nocturno de los años 60. Nunca, sin embargo, yo había intentado pescar.  No sé a quien se le ocurrió la idea. Y una noche, hacia las 10, dos o tres amigos nos echamos los cordeles al hombro. Y elegimos el saliente que se adentra en el agua frente al bronce de General Calixto García, en la calle G.

Las horas pasaron. Las estrellas se adormecieron en los primeros resplandores del amanecer. Y yo me fui sin siquiera una sardina que justificara la ausencia de casa. Inventé contar que el peje, grande, había roto la pita, pero me pareció tan común y cursi como un cuento de esquina, y admití ante mi mujer que jamás yo sería un pescador, pero que había aprendido a ser un habanero genuino, al pasar despierto una noche mientras el mar le contaba al muro del Malecón la espuma de cinco siglos.    

Foto en Twiter de: tripadvisor/ Atardecer en El Malecón