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PATRIA Y HUMANIDAD

HASTA CUÁNDO

HASTA CUÁNDO

 

Luis Sexto

Apostillas ingenuas

Entre acatar las leyes y cumplir las leyes hay una diferencia que se extiende desde un aparente reconocimiento hasta un culpable olvido. La burocracia, que acumula muchos años de experiencia en burlarse de las leyes y los acuerdos, durante los siglos  coloniales -del XVI al XIX- decía que las leyes del Rey se acataban, pero no se cumplían.

 ¿Qué significa esta frase propia del diccionario burocrático y de los pícaros que gustan de pescar en el río revuelto del desorden?  Es un juego de palabras aparentemente sinónimas: acatar y no cumplir significa que el funcionario ante la ley, hace un gesto con la cabeza de aceptación, de acatamiento. Después, después, a la hora de cumplirla o hacerla cumplir, pues   ya es otra cosa. La cabeza, aunque siga moviéndose afirmativamente, deja que las manos actúen y los ojos se nublen sin respetar el poder de la ley.  Bueno, me dirán, eso fue en la colonia. En los tiempos de Maricastaña. Ah, sí, ¿dice usted que fue hace mucho, cuando el morro era de palo? Pues les digo que nuestra burocracia, esa que tanto combatimos y tanto mencionamos, nuestra burocracia también hace lo mismo de vez en cuando. Acata la ley, pero cuando la aplica, la modifica y la pone en práctica de modo que beneficie intereses malsanos, y se se adecue a un ritmo cómodo, a un estilo casi siempre sordo y ciego...

 Aunque justas y oportunas, los burócratas reajustan a veces las leyes, porque si las aplican como están aprobadas, el trabajo aumenta, y los intereses al margen del Estado y de la sociedad  se constriñen entre la pared del deber y la manga ancha de la deshonra. Sí, mucho trabajo para quienes tienen que hacerlas cumplir y también cumplirlas. Y poco trigo. Si sabrá la burocracia de estos trucos… Recuerdo uno de los primeros decretos del gobierno encabezado por Raúl Castro: se refería al pago por rendimiento en los centro de trabajo donde esa forma de retribución podría ser útil incrementando salario y productividad. Sin embargo, en cierta fábrica de Pinar del Río, según un reportaje del periódico Granma, se distorsionó tanto el documento legal que los trabajadores terminaron ganando menos. Cuando el periodista preguntó por la causa de ese efecto contrario al propósito del decreto, le respondieron que implantarlo según su letra y su espíritu daba mucho trabajo.

 La herencia que ha recogido la burocracia, esa que ha excedido la medida de la administración, es larga y voluminosa. Por ello, cuando usted oye decir que en Cuba las cosas marchan muy lentamente, es porque las nuevas leyes, las leyes que tratan de mejorar y actualizar a nuestra sociedad, se acatan pero no se cumplen. Se acata, es decir, nadie se revela contra ellas explícitamente. La  ley, a fin de cuentas, es la ley. Pero aquí o allá, en este municipio y en el otro también, las leyes empiezan a andar despaciosamente, en puntillas, como si no existieran. Y la gente, es decir, el pueblo, sigue esperando entusiasmado por los efectos de lo que ha sido bien concebido.                               

Por qué creen que el decreto ley 300 sobre la repartición de tierras ociosas, todavía rinde menos de lo que el país reclama. Ah, porque aparte de que es difícil desbrozar marabú y cultivar la tierra en ocasiones con pocos recursos, aún subsisten  controles estrictos por parte de la burocracia; aún  a ciertos productores, nos sé a cuántos, se les paga tardíamente, o no se les recoge el producto y se les pudre al borde del camino. Quién podrá trabajar con ímpetu y convicción con tanta maraña burocrática,  tan negativa como el marabú. Y no olvidemos, para enjuiciar a la redonda,  el hábito de ciertos trabajadores del campo:gustan de plantar poco, para ganar mucho… en un mercado deficitario.

 A mí me parece que regular  los actos de la burocracia antinacional, de esa mentalidad viejísima que tantas acciones positivas entorpece, no es solo una tarea administrativa. Es también una acción legal y una presión  políticas… Y, sobre todo, implica el reajuste estructural de la sociedad. Porque si la mentalidad burocrática prospera en sociedades excesivamente verticales, centralizadas, para reducir el aparato burocrático a sus límites menos dañinos se precisa descentralizar horizontalizando. Esto es, aupar el control democrático de los electores en las asambleas municipales, y legitimar el papel de contrapartida  de los trabajadores mediante el sindicato en empresas y establecimientos.

Tengámoslo en cuenta: en el terreno del burocratismo la corrupción halla calor y, lo peor, también impunidad.

 

SEÑALES LUMÍNICAS

SEÑALES LUMÍNICAS

 

Luis Sexto

En algún momento nos damos cuenta de que el pasado pesa, retiene el ir hacia delante. Y de vez en cuando uno abre escaparates, gavetas, y revisa libreros, sobres, carpetas,  y se deshace de lo que ya no sirve para vestir, o para leer, ni para que siga ejerciendo como testimonio palpable de una etapa.

Hemos, pues, de echar algo atrás definitivamente. Es como una imprescindible operación de limpieza, de desembarazo. Pero no todo se ha de eliminar. La madurez de un individuo o de una sociedad se afinca en saber elegir: elegir desde amigos o aliados hasta escoger qué ha de ir al contenedor de los desechos o qué merece seguir junto a nosotros.

Hasta ahora, lo dicho compone episodios de la vida común. Son verdades tan evidentes que algún lector protestará por que le recuerden lo que sabe: Periodista, todos hemos vivido. Cierto. Mas, ¿hemos sabido vivir y en consecuencia dejar atrás lo caduco? Recientemente, visité la escuela donde estudié durante mi adolescencia. No fui a despedirme de ese edificio y de esos días deshojados hace más de 50 años. Mi escuela de Arroyo Naranjo, en Las Cañas,  aquel ámbito junto a un río, entre palmas persistentes, no será una de las cosas que deje atrás. En ciertas ocasiones regreso a mirarla. Lo que allí aprendí, es la base de cuanto soy. Podría haber sido peor, sin haber estudiado y jugado en aquel contrapunteo escolar entre la libertad y la disciplina.

De ese viaje a lo vivido deduzco que  evocar y sostener las normas entonces asimiladas,  no es lo mismo que pretender regresar a la adolescencia  cuando uno se acerca a momentos cruciales de la existencia: la vejez pesarosa y el posible  cercano final. Volví para reafirmar de dónde vengo y repasar todo lo andado con los medios básicos construidos en esa mi escuela decisiva, para determinar exactamente hacia dónde voy.

En lo social, el pasado tampoco podrá ser una rémora, ni una poceta de aguas estancadas. Pero, posiblemente, nos esté entorpeciendo. A ciertas personas se les figura que la sociedad cubana rema en la canoa de la confusión. Y me pregunto si esa dificultad para ver claro de noche se deba a quienes son incapaces de alumbrar y persuadir a los confusos de que Cuba necesita modificar su arquitectura interna y que, necesariamente, aprender a administrar exige la conjunción de la flexibilidad intelectual y la beligerancia de la vergüenza legada por la historia de nuestra nación.

El presente –quién podrá ignorarlo-  es la base del futuro. Pero a esa dimensión temporal sin estrenar en los almanaques, no puede ir ni lo inepto del pasado, ni lo inhábil de hoy. Ya sabemos qué es lo peor de ayer: lo infectivo, lo absurdo, lo improvisado, lo irracional. ¿Y lo peor del presente? ¿Lo conocemos? ¿Hemos reflexionado sobre nuestra conducta individual y colectiva para preguntarnos si cuanto hago y hacemos es lo justo para trascender esta época de modificaciones, sin atascarse en una fallida buena voluntad que, en vez de contar  con cada uno de los ciudadanos, los  aleje?

Una vez hablamos en este espacio de la urgente vigencia de los aptos y de los más aptos. Y uno a veces cree  que la falta de acometividad en algunos y su inclinación a aplazar riesgos inevitables, convertirán las pruebas actuales en  los riesgos del mediano o largo plazo. ¿Y qué se gana alargando soluciones, conviviendo con problemas?  Evaluando el costo de cada período, me parecen más costosos los riesgos cuyo afrontamiento se ha suspendido hasta más tarde. Porque, al llegar la hora demorada, quizás ya no podamos hacer, lo que ahora se ha de hacer. Si lo menos útil del pasado ha de echarse en los desagües y extirpar así en nuestra mentalidad los condicionamientos retardatarios, tengamos en cuenta que el futuro no admite deudas sin exigir severos intereses.

La mejor aptitud del momento, pues,  reclama una actitud ética. Ya vamos reconociendo que la ética está entre lo más dañado en nuestra sociedad. Y ese es el mayor riesgo en el país donde el Che denunció que quien, valido de su posición considerara estar por encima de las leyes y del respeto a los bienes del Estado y a las personas, obraría contra el poder que representaba, y distorsionaba los empeños nacionales. En dos palabras: se corrompería. 

Veamos claro, por tanto, que los actos sin ética contienen  también otro peligro: la decepción, la indiferencia  de los que piden señales lumínicas para orientarse en sus dudas y en cambio perciben sombras. Ojalá todos podamos volver a  nuestra escuela inicial y releer las lecciones de ayer bajo una luz más pura y luego repartirla.

 

MI DESCONCERTANTE AMIGO SAMUEL

MI DESCONCERTANTE AMIGO SAMUEL

Luis Sexto 

El  inmediato 31 de marzo, el poeta, narrador, folclorista y pintor Samuel Feijoo redondeará el centenario de su nacimiento. Privilegiado he sido al haber merecido la amistad de un hombre tan original. Así como lo recuerdo, lo conocí y lo quise

“¿CREES QUE ESTOY LOCO?” LA PREGUNTA DE Feijoo me desconcertó como un golpe bajo del boxeador que él había sido. Tuve que apretar el timón y mantener la vista derecha. Viajábamos por la avenida de Rancho Boyeros hacia El Cacahual y otros  poblados  cercanos a La Habana.  Según suponía entonces,  el autor de Juan Quinquín me clasificaba entre sus amigos clandestinos. Porque cuando  venía a la capital desde Santa Clara o Cienfuegos y me pedía que le diera una vuelta en automóvil, también me recomendaba que no  hablase entre escritores de nuestra confianza.

A qué grado de peligrosidad habré llegado durante la década de los 1980. Tal vez me protegía. Porque el peligroso podía haber resultado él con aquel gesto excéntrico de aparecer en TV con un tibor en la cabeza, o decir en la Revista de la Mañana que entre Reagan y un mojón votaba por ese desecho maloliente que no es el hito que exhibe el nombre de calles y carreteras, con el consecuente riesgo de alarmar a los que en Cuba tildan de loco a cualquiera que se aparte de las avenidas principales para circular por las secundarias.

-¿Dime? - apremió la respuesta. 

Mirándolo por el rabo del ojo le vi su perfil de hombre ahondado, que no hundido, en la mansa espiritualidad de sus libros de poemas; quizás un tanto irónico en la  media sonrisa de sus ojos. Y reí mientras le decía  que yo no era psiquiatra.  Ripostó   muy serio:

-Yo no estoy loco.

Pensé seguir lo que creía un juego añadiendo: Eso mismo creen los locos. Pero no quise llevar la confianza hasta el borde de una duda que hiciera parecer choteo, lo que era simpatía por aquel viejo tan respetable y admirable bajo una fantasmal cubierta de contradicciones y dislates.  Un tanto solemne ratifiqué mi verdadera opinión:

-Lo sé, Feijoo, usted no está loco.

 Por cuanto yo sabía de él y de mí, la relación entre dos locos encarnaba un explosivo y altísimo electroshock, y Feijoo amparaba, con el sigilo nuestro dúo confidencial de conversadores telefónicos y paseantes de ocasión algún domingo silvestre.  Me había inscripto entre los pupilos del superfluo manicomio dispuesto  por la santa orfandad de las ideas, ese conglomerado  que   no sabe qué envidiar o qué rechazar o maldecir, en cuantos les estorban o les impiden meter la pata impunemente.  Samuel me diagnosticó e ingresó, por su cuenta, en su mismo pabellón. Conservo una dedicatoria manuscrita en la que me entregaba  hoja clínica tan honrosa, honrosa porque él la colgaba de  su crédito, en la dedicatoria de uno de sus libros: “Al loco Sexto, de Feijoo, Loco uno.”

 Presumiblemente olía algo torcido en mi vida, aunque a veces registraba mis pupilas y pontificaba que “eres noble, las tienes pequeñitas”. Pero todo lo dicho sobre mí, o sobre él,  ya es comadreo. Prosa rastrera de las tolderías literarias. Lo humano, lo ejemplar se muestra en mi afecto por Feijoo. Lo quise desde cuando lo empecé a leer. Hace unos días, una amiga escritora me comentaba en un mensaje electrónico cuán difícil era hallar un hombre o una mujer enteros, íntegros, detrás de dos libros publicados. Aún no le he respondido. Dejo pasar las horas para que no se aburra de mi cháchara. Le responderé que agradezcamos que los libros sean leíbles. Lo demás, la organicidad entre obra y ética personal no pertenece a la literatura, aunque León Bloy sostuvo que la palabra más repetida definía el signo humano del escritor, en un trasvase semántico de la fibra espiritual  a las cuartillas. Quizás ese trasiego añada o reste una gota de luz al talento y a la obra. Hace años sometí a conteo dieciocho cuentos de Félix Pita Rodríguez y corazón es, según mi cuenta, la palabra más recurrente del autor de Tobías.

Nunca he cribado las palabras de Feijoo para averiguar cuál era la predilecta, la repetida y repetible. Probablemente  fuera limpio, porque él se obsesionaba por despojarse del churre de la hipocresía, la vanidad, los cascabeles de cobre de la petulancia. “Loco, ¿tú crees que yo estoy loco? Todas mis locuras son para limpiar mi vida de los cagajones del orgullo, de las ceremonias indiscretas”. Eso me dijo aquella mañana de principios de los 80. La limpieza le atañía y la valoraba en los demás.

Tras la lectura de su libro Cuentacuentos, en 1976, hilvané 40 líneas que publiqué en el periódico Trabajadores, todavía quincenario. Encarecí la lozana cubanía, la solidaria simpatía  de sus personajes, la importancia de no llamarse Ernesto ni Juan sino de ser. Ser… Quizás esa fue otra de sus palabras preferidas. A la semana recibí un telegrama que agradecía mi “limpia crítica”. Entonces no nos conocíamos de cara y voz. Luego empezó a llamarme durante sus visitas a La Habana. Me invitaba a Cienfuegos. Me prometía libros de la suculenta colección de la Universidad Central. Pero no supe caer en la cimbreante tentación de  la culebra frente a la vulnerable Eva. El precio no podría seducir una visita que yo hubiera realizado solo para dejarlo en su casa, como amigo, como creyente devoto de su magisterio y su honradez.  A otros, tan queridos como Samuel, los dejé esperando por el pudor de no aprovecharme de las necesidades ajenas. Ese rasgo de abnegada discreción está sobre todo en Feijoo. ¿Habré aprendido a no decir “qué me das a cambio”  en sus poemas, en sus notas de historiador del ingenio y la intimidad del pueblo?

En las décadas de los 70 y 80, recorrí frecuentemente  a Cuba. Entre la gente  aprecié actos y actitudes que me conmovían. Y pretendí articular cuentos, fabular sobre personajes y conductas procedentes de la realidad, destacando subliminalmente valores éticos como la solidaridad, la valentía, la abnegación. Le envié los tres primeros a Feijoo. Sin mucha demora, me remitió una carta con la sentencia que resumo de memoria, porque no quiero registrar en mi ya desflecada papelería  para hallar aquel papel con el membrete de la revista Signos y garabateado con una letra ancha, como tragándose el espacio en pocas palabras. Decía: El primero, lo incorporé a una antología de cuentos de humor; el segundo, lo envié a Bohemia para su publicación, y el tercero… el tercero ha quedado sobre mi mesa mirando al techo.

Ojalá los hubiera castigado a los tres y aún permanecieran mirando hacia arriba desde su buró. Tendría hoy menos de qué abochornarme. Recuerden, en un acto de indulgencia, que parte de la culpa de hacerlos públicos pertenece a Samuel.

Nos vimos por última vez un domingo de 1992. Hacía meses que sus noticias no llegaban a casa. Con mi esposa y mis dos hijos –todavía el menor no había partido definitivamente a lomo del ángel  de la deshora-, bebíamos guarapo, en 21 y 12,  o cerca de allí,  en El Vedado. De pronto, vi a Feijoo  que  venía andando desde la avenida 23. Le salí al encuentro con mi vaso en la mano. Y mientras le decía con gozo: ¡ah, carajo, está perdido!, pretendí abrazarlo. Pero armó rápidamente su guardia: quería defenderse. ¿De mí, Feijoo? ¿Acaso no me reconoce?  Solo me miró desde una cara en blanco. Siguió. Y dobló en la esquina hacia la derecha. Quedé  braceando en el desconcierto. Luego me expliqué la causa. Ya no era mi amigo Samuel.  Semanas después, murió.

Mi teléfono aún siente nostalgia de los timbrazos de Feijoo. Quería en él a uno de los poetas más hondos, acendrados, místicos de Cuba, cuya sabiduría oscilaba en el equilibrio entre lo mágico, lo culto  y lo popular. Ahora podemos sucumbir a la tentación de olvidarlo. Pero cuando pasen la presunción, las claques, las corporaciones de laureles recíprocos, persistirá la obra de Feijoo.

En mi casa le agradecemos aquella amistad clandestina y el tacto desconcertante con que evadía cualquier homenaje, cualquier tratamiento especial de nuestro afecto. Una vez  llamó a casa y mi mujer aprovecho la coyuntura para rogarle que viniera a almorzar.

-¿Qué le gustaría comer?

Y Feijoo la desmanteló a través del teléfono con el deseo de un plato único:

-Un bisté de nalga e’pulga, mi’ja.

¿TE ATREVES A ESCRIBIR DE TU LIBRO FAVORITO?

¿TE ATREVES A ESCRIBIR DE TU LIBRO FAVORITO?

III Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura

 El Comité Provincial de la UNEAC en Santiago de Cuba auspicia el III Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura con la colaboración de la Asociación Cubana de Bibliotecarios (ASCUBI) y la emisora Radio Siboney.

 Podrán participar cubanos residentes en territorio nacional con un texto de hasta cinco cuartillas que comente el libro que marcó su vida, en letra Arial  de 12 puntos, a espacio y medio, firmado con seudónimo. En sobre sellado incluirán nombre, apellidos, número de carné de identidad y datos de localización   Será indispensable presentar el texto en original y dos copias.

  El jurado, constituido por personalidades de las letras en Cuba, concederá un Gran Premio de 500 pesos MN; un premio de 300 MN al mejor autor de la tercera edad (más de 60 años) y tantas menciones considere. La Asociación Hermanos Saíz otorgará un premio colateral al autor novel (hasta 35 años) y otras instituciones premiarán.

  Los trabajos se recepcionarán en el Comité Provincial de la UNEAC, Calle Heredia 266 entre Carnicería y San Félix, Santiago de Cuba; o si lo prefiere a Radio Siboney, Calle 8 n. 56 entre A e Independencia, Reparto Sueño, Santiago de Cuba. Se admite envío por correo electrónico a las direcciones  cmdv@rsiboney.icrt.cu, escribanode@gmail.com, ambas inclusive. El asunto será: “III Concurso Caridad Pineda In Memoriam”, adjuntando dos documentos Word. En uno, el relato firmado con seudónimo; y en el otro, nombre, apellidos y datos de localización.

  El plazo de admisión vence el 17 de agosto de este año y los premios se entregarán el 9 de septiembre en la sede de la UNEAC santiaguera. Los organizadores contactarán a los galardonados en CUALQUIER parte del país.  

   Caridad Pineda Anglada (1933-2012) fue una insigne educadora santiaguera, poeta natural y defensora tenaz de la lectura desde las aulas y la comunidad.

 

 

 

 

EL DEBATE, LAS IDEAS Y LA LENGUA

Luis Sexto

El  problema principal del debate entre cubanos radica en que desde sus inicios cambia de ropas, como Clark Kent  cuando se desviste en Superman. De lo apacible transita a lo violento. Y el que va a responder un criterio yergue su pecho,  alza la voz y declara para todo el orbe: Tú estás equivocado; soy yo quien tiene la razón. Y el otro, al oír  esos  argumentos  se da cuenta de que su contradictor no ha entendido lo que él quiso decir.

Solemos no escuchar. Ni leer. Tantos años de experiencia me han confirmado que cuando uno asume la lectura de un texto sobre un tema sobre el cual todos creemos haber formalizado una opinión, no lee lo que está escrito, sino lo que quiere leer. Eso en el caso menos infeliz. Porque a veces, el que cuestiona no sabe “leer”, es decir, no es perito en interpretar un enunciado, comprender cuál es la tesis y los argumentos que sostiene el sujeto que quiere contradecir. Algunos, al leer un texto correcta  e inteligentemente escrito, lo tachan de literatura. Pero elogian el estilo de quien lo firma, y enseguida pronuncian la fórmula pontifical: Usted no dice nada; sólo habla bonito …El que sabe y dice claramente soy yo.

El problema es que a veces no  saben leer para comprender, ni tampoco saben escribir para debatir. La esencia, pues radica, en que polemizan no con lo que está escrito, sino con lo que entendieron de lo que el otro quiso decir. O con lo que quieren que el otro hubiera escrito. Complicada  psicología la de los objetores de conciencia, esos que creen que cualquier sitio es un Hayde park  donde alzar la carpa para decir lo que se les ocurra  de las cosas y los hechos, y sobre todo burlarse de aquel que no piensa igual.

También dan una vuelta por estas tierras los que, invitados sólo a reírse a costa de las ideas o criterios de cualquier prójimo,  llenan de papeles sucios el patio ajeno.  Papeles sucios que incluyen invenciones, falsedades, calumnias, insultos, desconocimiento. Tienen tiempo. Mucho tiempo. Por lo cual uno supone que cobran  una jubilación suficiente para perder el día en sociedades muy competitivas,  o les pagan para ganarse el tiempo agujereando los créditos ajenos.

Así, así la Internet se convierte en una especie de potrero dilatado para que pasten unicornios y dinosaurios.

Debatir  qué propósito tiene. En lo personal escribo primeramente para tratar de encontrar la verdad. La verdad para mí y luego defenderla ante los demás.  Aunque no he leído mucho, según afirmaba Rilke, sí puedo decir que he leído para aprender a entender, y para aprender a debatir. La biografía de Benjamín Franklin, que leí entre los 23 y 25 años, me enseñó que nunca digas en una discusión: no estoy de acuerdo contigo, sino di: yo tengo otro punto de vista. Esa es la manera más provechosa y respetuosa de debatir por la verdad, en particular la verdad política, tan frágil, tan expuesta a intereses económicos, de partidos, a posiciones de clase,  y a mercenarismos, eso que en la Cuba de antes de 1959 se llamó manenguismo.  El manengue no tenía palabras sino para defender a quien le pagaba, ni oído sino para las palabras  y caprichos de su señor: los conmigo o los sinmigo.

El debate es un camino largo. Tan largo como si se engancharan todas las ideas del mundo, y quizás mucho más. El aprendizaje, igualmente, es largo, tan largo como la lengua maldiciente e irrespetuosa que empieza a perder su litigio casi acabado de enunciarlo.

LA EXPLICACIÓN DE LO INEXPLICABLE

LA EXPLICACIÓN DE LO INEXPLICABLE

Luis Sexto

Ante la visión atiborrante de una mesa sueca,  dudas qué comer, comes y al final te quedas posiblemente sin haber probado lo más sabroso, aunque no fuera, a simple ojeada de comilón, lo más apetitoso. Pero, abusando del nombre de la mesa, te haces el sueco y olvidas lo que dejaste sin comer para recordar lo comido.

Y si miráramos hacia nuestros campos, qué recordaremos: lo sembrado o lo que está por sembrarse; lo comido o lo que necesitamos comer. Conocidas las últimas estadísticas, que remiten a un descenso en las cosechas, tendremos que proseguir anhelando lo que está por sembrarse y por tanto por recogerse.

Ahora bien, esa actitud expectante no puede generar el  conformismo. Bajan las cifras, y hemos de intentar explicarnos las causas, aunque de primera intención parezcan inexplicables.  Inexplicables, aunque tengan explicación. Porque al área activa se añadieron más de 900 mil hectáreas de tierras ociosas, distribuidas entre productores individuales como usufructo gratuito, y los efectos calculados en conjunto se escurren como tierra trasformada en arena.

¿Acaso el mercado no tiene apetito? ¿O qué falta en las tierras de las cuales hemos esperado tanto: acaso escasean las  ganas de trabajar, o los recursos,  o la autonomía para  establecer dónde, cómo y qué producir?

Posiblemente  haya de todo en estas cuentas que parecen sumarse  como si se restaran.  En el fondo, opera una condicionante por defecto de índole cultural. No tendré espacio para echar hacia atrás y destapar las relaciones que los criollos mantuvieron con la tierra, explotada hasta casi finales del siglo XIX con mano esclava. Después, predominó la propiedad latifundaria que hallaba sentido y riqueza en lo extenso de sus cañaverales. Y el pequeño agricultor malvivía bajo las limitaciones y los miedos condicionados por la geofagia, cuyo reloj marcaba la supresión de las estancias, las vegas o de las tierras realengas. En esos años de capitalismo dependiente, Cuba importaba el 63 por ciento de los granos que consumía. También, la papa... ( Actualmente, desde hace más de 50 años, Estados Unidos -el mercado principal de aquella época-  ni compra, ni vende, ni da créditos. Ni permite transacciones cubanas con los bancos más sólidos.)

Tampoco  bastaron los tiempos de las empresas agropecuarias  de propiedad estatal –extensas y de seguro empleo y salario-, ni las cooperativas, ni el campesinado redimido por la Revolución, para convencernos de que en nuestro país hemos de inclinarnos sobre la tierra, a falta de exuberantes minas de oro o de petróleo. Y uno aprecia en  los últimos cincuenta años un crecimiento de la histórica escisión entre el cubano y la tierra. Lo prueban encuestas que durante la década de 1990 configuraban una verdad: en municipios agrícolas, sólo el uno por ciento de la población, o el dos, o el cuatro laboraban en el campo cuando la escasez de alimentos no se podía reducir con las compras en el mercado externo.

Precisando, la herencia del pasado y su devaluación del trabajo agrícola todavía atenúan, a mi modo de ver, la percepción de las urgencias alimentarias y económicas de nuestra sociedad. Entre los productores, la conciencia del peligro quizás no sea tan hiriente como para azuzar la certeza de que del trabajo agropecuario depende hoy nuestra existencia de pueblo independiente y organizado sobre el lecho de la justicia.

Pero esa mirada con que la tierra -y válgame la imagen- se juzga entre impresiones e imprecisiones como cantero de jardín y no como madre nutricia de la sociedad, también se articula en la tozudez de un control que se cree imprescindible e inobjetable. Basada en cartas, entrevistas y observaciones, mi experiencia confirma que a pesar del estímulo del vigente decreto ley 300, y del 259 que lo antecedió, aún las fuerzas productivas continúan sometidas a directrices, y a veces a arbitraria distribución de los insumos, que les entorpecen la autonomía desde jefaturas de cooperativas y dirigencias municipales. Súmele a esas formas de desestimular, la escasez de inversiones en maquinarias y fertilizantes.

Habremos, por tanto, de tener en cuenta que la tierra, el corral y los potreros  no necesitan de celos fiscalizadores que inflen una atmósfera de ilegalidad y restrinjan las invitaciones de la legalidad. ¿Llegaremos todos a aceptar que nuestra agricultura requiere menos reproches por sus incumplimientos y más  preguntas colectivas por las causas de las insuficiencias; más confianza que desconfianza, más diálogo constructivo que silencios reprobadores, y mejores acopio y mercado,  y menos frutos podridos a orillas del camino, y pagos más rápidos para avivar el sentido y la productividad del trabajo?  Requiere, sobre todo, que la cultivemos inteligentemente. Porque el agro se enrique con la ciencia y la técnica. Tal vez, algunos custodios de la disciplina  deban  compartir sus giras por la campiña con asesores que enseñen a emplear las fórmulas promovidas en laboratorios e instituciones de investigación.

 He de advertir, por otra parte,  que  si queremos extender la gestión privada  o cooperativa en el sector agropecuario, y en otras esferas de la economía, se precisa de un control que no restrinja las fuerzas productivas, sino las contenga dentro de una atmósfera donde  los intereses individuales o de grupos  se concilien con el bien general.  Pero esa alianza tampoco ha de ser generada por un impulso espontáneo, porque aprovechándose  de cualquier coyuntura derivaría en el egoísmo, y el egoísmo recalaría en el capitalismo. Por consiguiente, habrá que inducir y dirigir un proceso político. Es decir, la política tendrá que sustituir a las prohibiciones, a  los límites tajantes y a las presiones impolíticas. Mi colega Eduardo Montes de Oca, de la revista Bohemia,  juzga  con certeza  cuando afirma que el Partido Comunista, en Cuba, no puede desmantelarse,  o   abstenerse de influir en las esferas económicas. La política le corresponde al Partido. Política avizora, perspicaz, que  aglutine y no fragmente, que induzca a  distinguir lo "mío de lo nuestro" y provea un clima de creatividad en que prosperen los intereses generales de la nación  y los particulares de los productores .  ¿Arduo? Sí,  arduo.  Porque el papel de la política tendrá que realizarse hablando, consultando, compartiendo con las personas. Fuera de oficinas y automóviles, como el principal argumento para convencer  de que el capitalismo equivaldrá a la extinción de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra independencia.

Lo sé. Las explicaciones no se comen. Pero, como la papa, cuando abunda, ayudan a comer.

 

PEDRO JUNCO, MITO Y REALIDAD

PEDRO JUNCO, MITO Y REALIDAD

Por Pedro de la Hoz,

del periódico Granma

Ahí está, incombustible, una canción que ha pasado a formar parte de la banda sonora de varias generaciones, por aquello de que unas y otros, no importa la edad, ven reflejados en versos transparentes, desprovistos de metáforas, el ardor y el dolor de una ruptura sentimental.

Nosotros clasifica entre los boleros más rotundos de todos los tiempos por su progresión melodramática: el aviso de "algo que quizás no esperes", la entrega inmediata de quienes "desde que nos vimos amándonos estamos"; la intensidad de la entrega de una pareja "que del amor hicimos un sol maravilloso; y luego la decisión intempestiva —"debemos separarnos"— con un toque de suspenso: "no me preguntes más... ". Y como para que no quepa la duda, aunque sí el misterio, "no es falta de cariño, te quiero con el alma, te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien, te digo adiós".

En torno a su autor, el pinareño Pedro Junco (1920–1943) se ha tejido una leyenda propia de los que mueren jóvenes víctimas de afecciones respiratorias (en su caso bronconeumonía o tuberculosis, quién puede estar seguro a estas alturas), multiplicada por la especulación acerca de cuál muchacha fue la destinataria de su canción más famosa.

Dos veteranos periodistas, Luis Sexto y Viñas Alfonso, abordan el mito y la realidad de Nosotros y Junco en una obra que la Editorial Pablo de la Torriente Brau, mediante presentaciones en La Habana y Pinar del Río durante la Feria Internacional del Libro 2014, ha puesto en una versión definitiva a disposición de los lectores. Bajo el título Nosotros que nos queremos tanto ambos autores despejan, hasta donde les fue posible pero con sumo rigor documental, como hasta ahora no se había hecho, el fondo y el trasfondo de una vida y una canción.

De entrada aclaran que "este libro no es una biografía, ni un ensayo musicológico o literario. (... ) Quiere ser un reportaje investigativo que propicie esclarecer la memoria de Pedro Junco". Sin embargo, como acertadamente anota en el Prólogo el escritor villaclareño Alexis Castañeda Pérez de Alejo, a quien conocemos por ser un voraz buceador y contador de historias menudas, el mérito principal de la entrega radica en "el interés de Viñas y Sexto por develarnos desde la distancia intelectual el sedimento impresionista que ha tenido siempre cualquier acercamiento a la vida de Pedrito Junco, primero por los que lo conocieron, lo admiraron y fueron sus amigos, así como en la prensa provinciana de la época".

El bolero sobrevivió a Junco. Tal como consignan Viñas y Luis el éxito estuvo asegurado por la grabación inicial del Con-junto Casino en la voz de Roberto Espí, la temprana difusión nacional en la voz de Mario Fernández Porta, su incorporación al repertorio del mexicano Pedro Vargas; y la posterior versión de la Orquesta Aragón.

A más de resultar el más completo perfil del compositor hasta la fecha y de orientar el conocimiento del lector hacia otros aportes creativos de un autor cuyas potencialidades quedaron truncas, lo más importante está dicho en una frase tan rotunda y veraz como el propio bolero de marras: "Todos cabemos en Nosotros".

(Publicado en Granma, sábado 1 de marzo)

¿SE SUICIDÓ EL POETA RENÉ LÓPEZ?

¿SE SUICIDÓ EL POETA RENÉ LÓPEZ?

Luis Sexto

Las fuentes, las fuentes, nunca se insistirá bastante en las fuentes

La anécdota se me puso delante registrando la Internet. En síntesis contaba  que el poeta René López  se había suicidado de una manera casi teatral.  La noche del  12 de  mayo  de 1909 -otros aseguran que fue el 13 de mayo-, concurrió a un restaurante entonces ubicado en la Manzana de Gómez, en La Habana; comió  como un emperador romano; al  final  pidió coñac; mezcló el licor con cianuro, y al beberlo le dijo al camarero: Dígale al dueño que esta comida la vaya a cobrar al infierno.

Como anécdota, interesa por la forma tan insólita y estridente de morir. Como verdad histórica quizás obligue a obrar como este comentarista, a quien le pareció apócrifo, incierto este episodio, y por tanto repasó la vida de René López, prometedor poeta muy conocido entonces por uno de sus poemas, Barcos que pasan, publicado en El Fígaro, en 1904:   

“Oh, barcos que pasáis en la alta noche/ por la azul epidermis de los mares,/ con vuestras luces  que palpitan/ al ósculo levísimo del aire,/ rubís ensangrentados sobre el lomo/ de gigantescos monstruos de azabache:/ ¿A dónde vais por la extensión sombría,/ guerreros  de la noche, infatigables/ paladines que sueñan la tormenta,/ como aquellos cantores medievales,/ la lanza  en ristre, la mirada torva,/ morir cantando en sin igual combate? / ¿A dónde vais, oh, barcos misteriosos/ por la azul epidermis de los mares”.  Y continúan  tres sonetos más, sonetos sin rima  consonante aunque  casi no puedo decir que de rima asonantada.

Revisé, pues, uno de los tomos correspondiente a  la poesía lírica en Cuba,  en la obra titulada Evolución de la cultura cubana,  y el autor José Manuel Carbonell dice que René López, poeta con influencias de Byron, Casal y Salvador Rueda, murió por efectos de los estupefacientes: era un adicto..  

Pero no me bastó, porque la confrontación de fuentes es principal recurso de los investigadores, y revisé lo  publicado por el escritor Arturo R. de  Carricarte, íntimo amigo de René López, incluso albacea de su obra, y lo describe como un morfinómano.

El poeta Federico Uhrbach acusa también  a las drogas. Y en la revista Letras, en mayo de 1909, evoca al así poeta  recién fallecido: “Su verso fue su vida, su accideantada vida que él se gozó en mermar constantemente, tal vez por exigencias de su temperamento pasional y enfermizo, tal vez por exigencias de su espíritu, que necesariamente huraño y melancólico en nuestro medio hostil y refractario a toda concreción de la belleza, sintióse altivo y solo entre el oleaje de las muchedumbres, y no supo —o no quiso— ceder a las ruindades del ambiente,  prefiriendo, tenaz en su aislamiento, el engañoso encanto con que abrevian la vida, fantasmagorizando placeres y dolores, con su cristal de aumento milagroso, los ponzoñosos  filtros de los artificiales paraísos” (subrayado de Luis Sexto).

Igualmente los hermanos Pedro y Max Enríquez Ureña, dominicanos eruditos en la historia literaria de Cuba y otros países de América Latina aluden a la misma causa de muerte: intoxicado por las drogas. Alberto Lamar Schweyer dictamina tajantemente: el vicio lo mató.

Recientemente, Cira Romero, investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística, por lo general muy atinada en sus juicios y en sus datos, apunta en un ensayo que René López fue víctima de la morfina.

En fin, fue un poeta malogrado.  Tenía 27 años al morir. Atacado por la melancolía, su vida fue como un rehuir la realidad. Había  perdido a la madre tempranamente, y mantenía  una enconada relación con su padre.  Poéticamente, lo vinculan un tanto festinadamente  al Modernismo de  Rubén Darío y  Julián del Casal.

Quizás su espíritu, aquejado por frustraciones de índole familiar,  se asoció a un romanticismo actualizado, un tanto ecléctico. Si hubiese sido cierta la anécdota, habría sido escamoteada por un pacto  de silencio entre sus amigos, la prensa de la época y los historiadores. Pero, de ser cierta, el suicido de René López, marcado por el frenesí y el sarcasmo, posiblemente haya ocurrido en un rapto de locura, porque el carácter del poeta, según sus amigos, era débil y tolerante…

(Difundido en el programa Epigramas, Radio Progreso, La Habana)