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PATRIA Y HUMANIDAD

POLVOS Y LODOS

POLVOS Y LODOS

Luis Sexto

Todavía es tiempo para hablar del fraude académico y contra el fraude académico. Repetir, lo sé, repetir que actos fraudulentos han mancillado el ámbito de la escuela, lastima la sensibilidad de muchos cubanos. Pero, no creo ser original, si repito también que peor que hablar del fraude es callar la existencia del fraude. Las enfermedades prosperan cuando no se les diagnostica a tiempo. Y al descubrir y hacer público que en La Habana, al menos en la Habana, hubo fraude en el examen de matemáticas para ingresar en una carrera universitaria, hemos comenzado a exterminar los gérmenes y las patologías que persisten en nuestra sociedad. 

Se nota: la ética sufre. Y Cuba debía llorar. Hasta qué nivel de inmoralidad  han podido llegar algunos cubanos, no sólo estudiantes, sino padres y maestros y profesores, que prefieren obtener un título, o dinero,  con mañas de pícaros, antes  que aplicarse conscientemente a estudiar, o a enseñar con efectividad, o a exigirles a los hijos en el hogar que cumplan con sus deberes estudiantiles El mal, sea advertido, no es propio de la actualidad. Lo que se ha descubierto, es una de las secuelas de creer que la unanimidad es  la totalidad, que el silencio es aprobación, que los informes son todos verídicos, y que la crítica es dañina, y la autocrítica es la patente de corso para  seguir equivocándose.

¿Acaso no recordamos que en una época allá por los 1970 y 1980 casi todas las escuelas en el campo promovían al ciento por ciento de sus alumnos? Y lo peor es que premiábamos a las escuelas, y algunos se molestaban si algún centro escolar  sólo obtenía  el 99 por ciento de promoción. El pasado, para este comentarista, es el pasado: noi se puede modificar. Y sólo lo menciono y critico cuando todavía veo su vigencia, su influencia en el presente. Aquellos polvos han traído estos lodos. No sólo ha influido el desgaste material y ético causado por las insuficiencias materiales del período especial, particularmente en los años 90.  El paternalismo, la falta de rigor, el igualitarismo, la impunidad han condicionado esos fenómenos. Ahora bien, para conciliar nuestros actos con nuestra historia, con los ideales de la Revolución es preciso actuar como ahora: descubrir el fraude, repetir el examen cuantas veces sea pertinente, y juzgar  a los responsables.

 Aceptemos que la impunidad cuenta, para reinar, con la complicidad. Y la impunidad facilita que algunos cubanos no sepan distinguir el bien y el mal, que prefieran a un hijo mal graduado que reconocer que el adolescente o el joven ha sido un mal estudiante, o que no le interesa estudiar.  Veamos claros: no todos podemos colgar un título universitario en la sala de la casa. Y mucho menos un título adquirido deshonrosamente. Cuba también necesita operarios, trabajadores calificados, agricultores…

No somos más importantes por ganar el título de doctor o licenciado. Me parece que la importancia de una persona  empieza por ser reconocida como un ciudadano o una ciudadana  honrados. Hace años, pregunté a Demetrio Presilla, prestigioso ingeniero de la industria del níquel, en Moa y Nicaro, en la región oriental: Cuál es su lema, su divisa, en la vida. Y Presilla,  cuyo recuerdo se conserva hoy como ejemplar memoria, me dijo: "La verdad, aunque te mueras…"

Hoy sabemos la verdad, conocemos parte de las debilidades del nuestro sistema de educación. Y por conocerlas y denunciarlas públicamente, no morimos. Al contrario, empezamos a evitar la muerte.

(Difundido por Radio Progreso, La Habana)

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Nota publicada en Granma, hoy 9 de junio de 2014

Se encuentran detenidos cinco profesores de preuniversitario, una metodóloga, un trabajador de una imprenta del MES y una persona no vinculada al sector educacional

8 de junio de 2014 20:06:24

El pasado día 20 de mayo se informó sobre los hechos de fraude que condujeron a la anulación del examen de Matemática en La Habana, correspondiente al proceso de ingreso a la enseñanza superior del próximo curso escolar.

Como resultado de las investigaciones prac­ticadas hasta el momento por las autoridades competentes, han sido detenidos por el Órgano de Instrucción del Ministerio del Interior ocho personas, todos involucrados de manera directa en la filtración y venta de las pruebas.
Entre los detenidos, quienes confesaron su participación en estos lamentables hechos, se encuentran cinco profesores de preuniversi­tario, una metodóloga provincial y un trabaja­dor de una imprenta del Ministerio de Ed­cación Superior que sustrajo los exámenes de Matemática, Español e Historia, además de una persona no vinculada al sector educacional.

Se ha comprobado durante el proceso de instrucción, que los materiales filtrados se co­mercializaron inescrupulosamente por los cinco profesores implicados, algunos de los cuales vendieron los exámenes y otros se dedicaron a repasar el contenido del temario a los alumnos, cobrando por este servicio. Este injustificable hecho también comprendió a algunas familias que sufragaron la compra de los temarios de examen o costearon los repasos y a estudiantes que conscientemente se beneficiaron de estas prácticas.

Al ser este un tema de gran sensibilidad, se han evaluado cuidadosamente la totalidad de los elementos vinculados a los hechos y sus cau­sas, antes de ofrecer una información a la población.

Actualmente se trabaja de conjunto con la Fiscalía General de la República en la obtención de los medios de prueba para presentarlos ante los tribunales competentes.

Los resultados finales de este proceso se da­rán a conocer oportunamente, pues tales he­chos, que atentan contra el prestigio de nuestro sistema educacional, nunca quedarán impu­nes y encontrarán siempre el repudio de maestros, padres y estudiantes.

Ministerio de Educación Superior (MES)
 

Ministerio de Educación

Ministerio del Interior

 

MEA CULPA

Luis Sexto

Una página de mis memorias periodísticas 

Adelanto mi testamento, y como nada dejo, pido... Pido perdón a mis lectores por las veces en que inconscientemente les falseé un dato, un detalle sin que ellos –ustedes- se percataran de mi pifia. No es tanto, sin embargo, el dolor por esas fallas. Los errores periodísticos, o literarios, son quizás los únicos que se pagan con una sonrisa al ser recordados. Lastiman sin sangre y brevemente. Y con el tiempo van revelando un filón humorístico que fundamentaría más de un libreto de televisión. Diría, extendiéndome, que una sonrisa es la mejor escoba contra los sedimentos de culpabilidad que amontonan los errores. Una sonrisa comprensiva que nos acepte como seres frágiles, falibles, capaces por igual de la trascendencia olímpica y del tropezón en la acera.

Propongo por ello un arrepentimiento autotolerante para evitar que nos depreciemos sufriendo por lo irremediable. Irremediable de cualquier modo: en el anverso o el reverso. Porque en mis actos o mis decisiones cruciales no solo me arrepiento de los errores en los que incurrí; me pesan también los que nunca cometí. Alguna vez deseé meter la pata, chocar contra la pared, desafiar la incertidumbre. Y preferí detenerme en la zanja que separa al inocente del pecador.

Pero nunca quise equivocarme profesionalmente. Ninguno de mis colegas tampoco ha calentado la intención de errar. El crédito. El orgullo... Aunque la historia interna de la prensa prestaría información para un volumen de pifias que resultaría más interesante  que cualquier periódico, porque no reflejaría la desolación de un mundo desequilibrado, injustamente distribuido, con el matonismo de barrio convertido en diplomacia y política. Presentaría más bien a los lectores una faceta menuda, humana, ridícula de la vida, con todo cuanto de hilarante, consolador, tiene el vernos en un juego cuyas consecuencias nunca serían definitivamente trágicas.

No me disgustaría leer otra vez esta joya del disparate. La publicó un periódico cubano unas seis décadas atrás. La nota reportaba un accidente de tránsito. Y en una línea del segundo párrafo decía, y cito  aproximadamente el sentido: “El occiso llegó a la casa de socorro al parecer cadáver y con un diente de oro.” O esta, aparecida en un rígido, puritano y millonario diario, también antes de 1959. El periódico informaba el duelo de una señora de las “clases vivas” que entonces se convertía en “la resignada viuda de”... Y el texto trastocaba las letras ge y ene  de modo que el nuevo valor semántico del adjetivo en errata, aunque exacto por razones obvias, era una obscenidad en el castellano de Cuba, y también de alguna otra parte. Eso también ocurrió con un general de caballería que cargó en cierta batalla del XIX, pero al verbo  le omitieron la erre, y el avezado militar en vez de  acometer y derramar probablemente su sangre, parece que estropeó la montura con otro fluido menos glorioso y en situación tan inoportuna.

Todos esos dislates tuvieron arreglo. Quizás una nota aclaratoria. O tal vez, el tiempo echó al olvido errores que si lograron ofender, generaron mayoritariamente la risa con su ridícula virtud. Sin embargo,  a los periodistas no nos llega de inmediato el perdón. Hay que pasar por cierta temporada de tortura; someterse a la crítica, al reconcomio. Incluso pueden descontarte parte del salario. O despojarte de los estímulos monetarios del mes. Contradictoriamente se nos niega la natural debilidad de la especie. Y somos, ¡si no lo supiera yo!,  tan febles como el barbero que tijeretea sin tino en un momento de cháchara, o el empresario que compra una barredora de nieve para una ciudad tropical.

Existen errores que aunque los lectores achacan al periodista, pertenecen a los correctores. Son las erratas. Pero el nombre del que firma asume la culpabilidad. José Martí llamó al corrector “mi invicto amigo”. Nunca yerra. Otros equívocos requieren del psicólogo para explicarse. No se les encuentra causa ni en el descuido. Tal vez influya en ellos la soledad. ¿Habrá escrito alguien sobre la soledad del periodista? García Márquez anticipó una tesis que todavía no he visto exhausta: el oficio de escritor es el más solitario del mundo. Y el periodista –escritor constantemente apremiado- usa por instantes la compañía, la colaboración. Luego se ubica solitariamente ante la máquina de escribir o el ordenador, artefactos carentes de solidaridad.

Ah, la soledad del periodista. Una noche, como jefe de turno, cerraba yo la primera plana. Nadie permanecía en la Redacción. Hasta la teletipista se había ido a principios de la madrugada. Antes de autorizar bajar a imprenta la primera, que era la última página en salir del taller de composición, revisé los teletipos para que la posible noticia de última hora no se echara a dormir sobre mi indiferencia.  Y de pronto, lo supe: mi amigo Ricardo Vázquez, poeta de décimas afiladas como una rosa, historiador y crítico, había fallecido en Matanzas. El teletipo proseguía en su martilleo incomprensible e indiferente. Y yo me vi entonces como una pelota diminuta que rodaba sobre la desolada piel del planeta. Eso, según contó el periodista Félix Soloni, le ocurrió al hijo de Alfonso Hernández Catá, cuando al ojear los cables leyó el flash informativo sobre la muerte de  ese escritor, embajador de Cuba en Brasil, durante un accidente aéreo en Río de Janeiro. Pero el vino puede ser aún más ácido. Al morir a destiempo, Mario Rodríguez Alemán, cuyo nombre evoca a un polémico pero honrado e  incontestable crítico cinematográfico, me correspondió redactar el cable para los circuitos de Prensa Latina, junto con Jorge Garrido, igualmente consternado. Era nuestro amigo. Y aquella nota aparentemente impersonal, debió de  haber trasuntado la contenida humedad de nuestra pena solitaria.

Quizás la soledad determinó  uno de mis errores más escandalosos. O tal vez la prisa. Aún me pregunto quién trasplantó a mis cuartillas o a mis dedos un nombre extraño cuando en mis notas estaba escrito el correcto. Fue en la entrevista con Humberto Vela Rodríguez, Machito, posiblemente el más sabio conocedor de los murciélagos en Cuba detrás del doctor Silva Taboada. Lo peculiar de su mérito estriba en que parte de cuanto sabía lo aprendió en el tiempo libre que le proporcionaba su empleo de cantinero en el bar del central Marcelo Salado, en Caibarién.

Yo lo avecindé en el Obdulio Morales, en Yaguajay. Distante 30 kilómetros de allí por la misma costa norte. Y los lectores del Marcelo Salado se ofendieron por haberles quitado su gloria local. Y también los del Obdulio Morales, porque cuando fueron a conocer o reconocer a aquel barman portentoso y anónimo, no lo hallaron. Y sobre  la revista donde trabajaba y encima de mi desconcertada responsabilidad echaron un juicio inmerecido: ¿Acaso ustedes juegan con las personas?

Descendí entonces a los infiernos de la vergüenza.

 

ENTRE EL CASCABEL Y EL GATO

ENTRE EL CASCABEL Y EL GATO

Presentación de ¿Tiene cascabel el gato?, de Maribel Acosta, en el XI Encuentro Iberoamericano de Género y Comunicación

 Luis Sexto

Soy amigo de Maribel Acosta. Y este título supone, entre los cubanos,  mil y una noches de compromisos, y aclaro que lo de noches es sólo una imagen. Compromisos, digo,  principalmente de fidelidad. Pero, aunque pueda entenderse que he asumido esta tarea un tanto forzado por los presupuestos de la amistad, aseguro que la realizo en plenitud de conciencia y anuencia, advertido por los años de los peligros intelectuales que implica el análisis crítico de un libro para presentarlo como apto para pasar de mano en mano.

De esos puentes en riesgo de derrumbe, me salva un principio: si soy amigo de Maribel Acosta, soy más amigo de la verdad, como creo recordar que declaró un filósofo griego cuyo nombre no voy a rebuscar entre mis libros o libretas de apuntes. Soy, en efecto, amigo de la verdad. Y por tanto he de decir que este libro titulado ¿Tiene cascabel el gato?, merece ser presentado con el vestido de los 15 años o con el de bodas. Es decir, he leído este libro, lo he meditado y puedo recomendarlo como una lectura útil y  en particular necesaria.

Primeramente debo enumerar las preguntas que comencé haciéndome al empezar a leer este libro: ¿Quien es el gato? ¿Por qué el cascabel?  Luego, una hipótesis: si hay gato y cascabel es porque hay “ratones”. ¿Y quiénes por tanto son los ratones? En fin, ustedes, reunidos en este encuentro iberoamericano,  han de saber la respuesta considerando su experiencia en los asuntos de la comunicación El gato es el problema; el cascabel, la solución; y los ratones, nosotros los que intentamos colgarle el cascabel al problema y los que, puestos a ver y oír, nos suplican que convirtamos cada movimiento del gato en un cascabeleo perenne. Estamos, por supuesto, hablando de la Televisión Cubana y en lo principal de su sistema informativo, tema de este libro, cuyo subtítulo es: Miradas al teleperiodismo cubano.

Pocos dudan de que la prensa en general haya sido en Cuba un gato casi inofensivo.  Es, por supuesto, otra metáfora para decir que la prensa de cualquier medio o soporte en situación de asedio, bloqueo, ha de acurrucarse para que el gato no evolucione hacia un hipotético tigre. Y no han faltado razones. José Martí, en frase ya encapsulada que sirvió para su tiempo y ha servido para nosotros -tal vez por demasiado tiempo-  propuso  como norma patriótica que si el enemigo acecha, la prensa calla. No niego la vigencia estratégica de este apotegma. Pero toda cápsula ética debe de amoldarse a las épocas de modo que “el callar” no sea destino, sino paréntesis del destino que el organizador e ideólogo de la nación cubana, Martí, le asignó a la prensa: “explicar en la paz, y en la lucha fortalecer y aconsejar”; también recomendó Martí que el periódico, la prensa, debía salir a la calle a “tumbar caretas”.

Qué respuesta podríamos darle al título de este libro: ¿Tiene cascabel el gato?  No quisiera yo sugerirles una probable respuesta, sino recomendarles leer este libro. Y el lector, de lectura inteligente, tendrá en estas páginas la síntesis de los avatares de la TV cubana como difusora de noticias y enfoques periodísticos. Maribel Acosta,  maestra del periodismo en televisión, no esconde ni justifica: busca explicaciones a un largo proceso en que los momentos de brillantez han sido menos que los opacos. Ha investigado, ha  relatado 55 años de aciertos y retrocesos, y de avances  y nuevos retrocesos.  En la segunda parte del libro, la autora completa el panorama mediante  entrevistas con técnicos, periodistas, directores que se imbricaron en el desarrollo de la televisión revolucionaria desde 1959 o poco después. Las preguntas, muy directas, casi a punto de tomar por el cuello al entrevistado,  se destacan por su agudeza, y así,  si no obtienen lo que piden en el primer pinchazo, vuelven a la carga hasta precisar una respuesta menos cautelosa. Muchos de los entrevistados han sido compañeros de trabajo, o  jefes, o  maestros de Maribel. Como ella misma me ha dicho: abusó de la confianza de personas que quiere. Sin embargo, sus preguntas pusieron a distancia el afecto para producir los efectos planeados en el guión del libro. Maribel Acosta también ha sido más amiga de la verdad.

Pensando en cuanto descubre, asocia y pregunta este libro, uno comprende que los desaciertos, a pesar de los aciertos, no deben de  justificarse como errores o “crímenes del tiempo”,  según define uno de los personajes entrevistados. Mirando hacia atrás, uno se reafirma en la praxis acumulada durante el decursar de la humanidad: si el polvo se mantiene en el camino, tendremos inevitablemente  lodo cuando llueva. Por tanto, si aún discutimos cuál es el camino, es porque hemos justificado cada acción errónea con las urgencias de los tiempos. Y así hemos  garantizado, quizás un tanto improvisada o inconscientemente, que en el futuro se repita el error.

Resumiendo, entre otras carencias que no interesan ahora, y sin intentar una crítica totalizadora,  la lectura del libro de Maribel Acosta me ha obligado a  deducir que la creatividad  no ha distinguido usualmente  el uso de la TV como medio informativo. Desde fuera de sí mismo, el teleperiodismo cubano  fue sometido a las coyunturas de cada momento con un mismo enfoque limitador, sin variaciones metodológicas, conceptuales  y formales. Ahora bien, llegado a este punto, me percato de que el cascabel lo ha hecho sonar la TV desde el principio: los intentos por trascenderse mediante su reconceptualizacion como medio informativo, han advertido: Estoy aquí, y frente a la pantalla está el pueblo, que espera.

¿Pero tiene cascabel el gato?  A mi criterio,  este libro, de prosa funcional en su estoica y fluida economía estilística, es una de las posibles repuestas a tantas imprescindibles  preguntas. Y este libro vale más, porque aparece cuando en Cuba, el Gobierno y el Partido gobernante nos instan a discutir cómo lograr que  la TV informativa, y el resto de los medios  de prensa acaben de entrar, con un  indiscutible espacio  profesional y ético, ajeno a coyunturas, en la  lucha del pueblo por mantener erguido el ideal fundador de la independencia, que al fin nos ganó la Revolución, y conquistar  la plenitud de la justicia en el socialismo.

¿Suenan  cascabeles? Sí. Pero ahora no es el gato, que no sabemos si los tiene. Los hace sonar  el tiempo que me anuncia concluir la presentación del libro de una amiga  a quien hoy redoblo mi afecto  por haber defendido la verdad.

Hotel Nacional, 30 de mayo de 2014

 

BATISTA, EL GOLPE

BATISTA, EL GOLPE

Luis Sexto

Un nuevo libro. Comentario difundido en la sección Al pie de las letras, de Radio Progreso, La Habana

Del golpe de Estado del diez de marzo de 1952 nos separan  64 años. ¿Será tiempo suficiente para determinar los móviles, los intereses, los fines, y los promotores que en la oscuridad pudieron estar  condicionando y conduciendo aquel  cuartelazo que, si en sus efectos inmediatos,  parecía  retrasar el proceso histórico de Cuba, en un plazo mayor fue   un impulso para la superación de la república neocolonial?  Posiblemente la respuesta hoy no quedaría definitivamente completa  con un sí o con un no.  Todavía habrá personas e intereses empeñados en protegerse  o proteger a sus parientes y amigos de  un juicio definitivo.  Pero me parece que este libro titulado Batista, el golpe, de los escritores José Luis Padrón  y Luis Adrián Betancourt, nos entrega una investigación cuyas sugerencias nos permiten sacar alguna conclusión parcial.

 Por lo tanto, en Batista, el golpe,  publicado por Ediciones Unión en 2012, más que un empeño por escribir la historia, uno percibe un propósito de aproximarse a un hecho aparentemente único, pero  colmado de matices sombríos.  Visto así, este comentarista aprecia, ante todo, un proyecto de índole periodística que habrá de servir para precisar la historia.  José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt han escrito un libro para leerse, es decir, para leerse como un gran reportaje. La técnica de investigación y la estructura del relato acusan el método de los periodistas que revuelven el estercolero.  Penetran hasta donde las paredes se convierten en cajas fuertes. Esto es, llegaron lejos en su investigación, una investigación que revisa documentos, periódicos, y particularmente hallan  testimonios y testimoniantes  que los conducen a lugares nunca tenidos en cuenta para delinear la crónica global del golpe de Estado de 1952.

Por ejemplo, no se limitaron a citar los rumores que exponían que el entonces presidente Carlos Prío había concertado el cuartelazo con Batista. Padron  y Betancourt fueron más allá: hasta La Altura, finca  que Prío poseía en Bahía Honda, a orillas de la costa norte,  y allí comprobaron  que el rumor había tenido ojos que recordaban a Batista descender una  noche de  un yate, y reunirse unas dos horas con el presidente Prío.  El propio presidente ante la suspicacia de su época y las siguientes alegó en su descargo que él había sido un defensor de la constitución, y que para defenderla había ido  a Matanzas para resistir  a los golpistas con el apoyo del todavía leal  regimiento de  esa ciudad. Los autores de Batista, el golpe, averiguaron  que no existe ninguna fuente, ningún dato documental que confirme la coartada de Prío. A la ciudad del Yumurí no llegó.

Podría decir más de este libro. Podría decir la fluidez con que discurren sus capítulos. Encomiar podría lo inteligente de su estructura que va guiando al lector en una especie de suspenso, revelando un dato desconocido o poco mencionado aquí, o haciendo una pregunta allá, para ofrecernos una visión nueva, incluso opuesta, de lo que  otros libros y la prensa de aquella época y años subsiguientes han trasmitido. Por ejemplo, preguntemos: ¿Fue  Fulgencio Batista el jefe de la conspiración de los militares? ¿Fue él,  o a fin de cuentas  impuso  su astucia, sus virtudes camaleónicas, para  apoderarse del golpe y defenestrar también al jefe del movimiento conspirativo? ¿Dónde estaban los americanos en este episodio?  Mucho más pudiera decir. Busque a Batista, el golpe. Y encontrarán informaciones  como esta:   “La idea del golpe militar del 10 de marzo no nació ni en los cuarteles castrenses ni en la embajada americana. Los primeros indicios de que existía una corriente de pensamiento y propósito  de acción  en la búsqueda  de una solución  para el problema cubano, por la vía de un golpe  de Estado militar, surgieron  en los dominios de la Escuela Superior de Guerra, donde se educaban en el arte militar los oficiales de alto rango de las fuerzas armadas”.

TÉRMINOS DE UNA POLÉMICA BLOGOSFÉRICA

TÉRMINOS DE UNA POLÉMICA BLOGOSFÉRICA

Luis Sexto, @Sexto_Luis

Cierto señor ha vuelto a atizar a  la blogosfera contra el periodista que firma en Juventud Rebelde y en este blog.  Su lectura de mi nota titulada  El lanzallamas ha convertido  mis criterios en una diatriba contra los blogueros en general. Sin embargo, según se lee en el texto, me refiero a  cierta crítica caracterizada por la estridencia.  admito que el que estime criticar estridentemente, me responda o me zahiera. El aludido señor, no.  Por supuesto, no es ingenuo.  Sabe manipular: generaliza y me acusa de ser aplastante y de escupir para abajo.  Al parecer, él escupe para arriba; sólo parece.  Según su opinión, soy un pusilánime “artífice del periodismo que hoy existe en Cuba”, porque nunca he escrito “un artículo criticando la censura…”  Dicho señor "olvida" el ABC del periodismo, él que ha solido ejercer como atinado corresponsal extranjero.  Aparenta olvidar que la primera regla de nuestra profesión es no afirmar nada si no lo has confirmado.  Voy a poner uno de los tantos artículos que he escrito denunciando el estado de nuestra prensa. Y también reproduciré  El lanzallamas, dirigido contra "cierta crítica" publicada, "particularmente  en la blogosfera", y contra la que a veces intentan escribir algunos de mis colegas periodistas. Al parecer este señor, más que resolver un problema, quiere enconarlo.

PARA QUÉ UN ESPEJO MÁGICO

A pesar de los más de tres siglos que empolvan su obra, el filósofo Hegel hizo un hallazgo que lo mantiene actual entre nosotros: El periódico es la oración matutina del hombre moderno. Quizás, sin embargo, no previó que la evolución de esa liturgia mañanera la convertiría en conjuro de magos, oficio de malditos y sobre todo en una jaculatoria extrema: De la prensa, líbranos Señor, de modo que algunos  prometerían ir a pie al lazareto del El Rincón, en la Habana, con tal de que la prensa fuera una necesidad abolida.

Es, en cierto sentido, comprensible. Porque la prensa, en todos sus lenguajes, resulta una ofensa de segundo grado, como de la crítica decía el mexicano Alfonso Reyes. Pero, honrada y profesionalmente utilizada, persiste en ser oración de la mañana, o desayuno  sin el cual la ciudadanía será propensa a sufrir una anemia de  ideas e información y el conjunto social perdería uno de sus antivirus. Y como  periodista cubano, con 40 años de práctica en diversos medios, impresos y electrónicos, puedo decir que el papel inevitablemente constructivo de la prensa en Cuba no logra todavía la unanimidad. Sigue sometido a las coyunturas externas y a las internas ligadas a aquellas, y fundamentado también en la idea de José Martí de que cuando el enemigo está enfrente, el periódico calla.

Después de 1965, cuando la prensa en sus variantes impresa, radial y televisiva se  redujo y uniformó, dos posiciones han disputado y obtenido alternativamente el predominio. Una tendencia intenta emplearla como instrumento de la conciencia crítica de la sociedad, dándole territorio para la autorregulación, y la otra insiste en controlar la prensa de modo que de periodismo pase a propaganda, es decir, a vocero de apologías y consignas.

Aunque en 2007 el Partido Comunista aprobó una resolución – similar a documentos anteriores- sobre la necesidad de ejercer la crítica social y económica en los medios, el presente proceso de actualización o renovación de la economía es un asunto tratado como si fuesen los paños sagrados del misterio. ¿Qué pasará en el futuro inmediato? Raúl Castro, en el informe central del Sexto Congreso del Partido Comunista dedicó un párrafo muy explícito acerca de la utilidad de la prensa en la reforma de la sociedad cubana dentro de un socialismo renovado y adaptado a las circunstancias del país y el mundo. Pero, paradójicamente, entre las funciones de la comisión gubernamental que se encargará de ejecutar  los lineamientos aprobados  está  la de orientar la difusión de cuanto atañe a tan primordial proceso. Con lo cual los medios tendrían que supeditarse a la administración en  lo que conviene publicar o callar.  

El socialismo como institución práctica, incluido el cubano, no ha hallado todavía con exactitud y operatividad el grado de autonomía indispensable para ofrecer una prensa no aburrida, ni monocorde, merecedora de crédito por la calidad y certeza de sus informaciones,  artículos, imágenes y sonidos. Este periodista puede asegurar que los medios cubanos no mienten, pero su verdad  en los últimos tiempos se muestra apocada, tardía, omisa, sin matices y, sobre todo, muy oficialesca. Hay, no obstante, que tener en cuenta cierto enfoque que culpa del derrumbamiento de la URSS a la prensa soviética,  desprendida de tutelajes durante la perestroika.

Por ello, esa percepción se explica aquel desastre creyendo que algo o alguien ajeno a la esencia del socialismo soviético, fue el culpable de la extinción incruenta de un país considerado estable e invulnerable. El “síndrome de la glasnot”, pues, ha incrementado el prejuicio sobre el papel de la prensa socialista, cuyo control estricto unos quieren mantener sin aflojar la cuerda. Por supuesto, al simplificar  el conjunto de influencias que determinaron la ruina de la Unión Soviética,  muchos no pueden observar las verdaderas causas. El juicio más claro hasta ahora es el de Carlos Rafael Rodríguez. El ya difunto intelectual y dirigente comunista atribuyó la caída de la URSS a “un socialismo mal concebido y peor ejecutado”, en el que la prensa, teóricamente de propiedad social, pero de regulación burocrática, esto es, maniatada, fue una de las manifestaciones de lo que Engels  previó en su tiempo como la futura distorsión del “socialismo de Estado” y Marx calificó de “socialismo tosco”.

En realidad, la “pelea fraterna” a la que Raúl Castro se refirió en su informe al Sexto Congreso del Partido Comunista para aplicar los lineamientos aprobados, se aviva hoy en torno a los espacios y acciones de los medios. En conjunto, Cuba cuenta con un grupo de cultos profesionales del periodismo, cuya ideología política y profesional comprende que la libertad y la responsabilidad componen una relación inexcusable, pero estima que propaganda y periodismo se repelen y que control y tutelaje son funciones antónimas. Los periodistas más convencidos se duelen de permanecer callados ante desviaciones y abusos de poder, como simples secretarios de actas de asuntos sin importancia, sabiendo, por la experiencia cotidiana, cuánto necesitan los ciudadanos de informaciones y opiniones que les describan y enjuicien  la sociedad en que viven, trabajan y  sueñan, sobre todo sueñan que lo propuesto  llegue a ser verdad.

Una evidencia, en particular,  reclama atención. Cualquier control o regulación impuesta desde fuera de los medios, que habitualmente ha sido prerrogativa del Partido Comunista, requiere de una visión política cuyo alcance asuma que  restringir en la prensa la agudeza,  el filo, la capacidad de orientar, mover, conmover y convencer, casi equivale a cubrir con paños oscuros espejos e imágenes de la sociedad. Y cuando no  veamos ni  juzguemos con cierta autonomía nuestra cara, posiblemente nunca sepamos dónde aplanar arrugas y  eliminar manchas. 

Tal vez, lo que los periodistas cubanos deseen sea confianza y un sitio para poder decir esa oración matutina a favor de aspiraciones socialistas capaces de admitir y corregir sus manquedades para renacer con mayor efectividad y libertad. Sin la prensa, tal vez, la oración matutina de Hegel se convierta en una fraseología que a nadie explique, ni convoque,  ni convenza. Y la construcción periodística de los hechos aparezca como un espejo mágico que nos diga: “Todo anda bien; eres el mejor”. (Publicado en Progreso semanal, 2011)

 

EL LANZALLAMAS

Luis Sexto

Cierta crítica de hoy, particularmente en la blogosfera, aturde porque se caracteriza por la estridencia, que en términos estilísticos se refiere a la brusquedad de las palabras y al tremendismo del tono.  

Sin apretar las analogías, parece que aún  perdura la tradición decimonónica del énfasis vargasvilesco,  calificativo que sirve para nombrar la retórica del denuesto, uno de cuyos exponentes fue el colombiano José María Vargas Vila.  ¿Qué comparación propondríamos para definir a esta crítica? Tal vez sea un lanzallamas que calcina aquello mismo que procura mejorar. 

Esa crítica huele a bilis, porque se escribe o se habla como en un movimiento gástrico. Admito que la estridencia, esto es, el insulto y la intransigencia, tienen un atractivo. Los  lectores,  oyentes o televidentes, en medio de una circunstancia social que no se explican, probablemente se compensen  cuando lean, oigan o vean que cuanto sufren recibe los efectos restallantes del tambor de la ira. Ah, qué alivio.

Vistas así las cosas, habría que preguntar para qué otra función sirve  el insulto y la negatividad. ¿Acaso ayuda a comprender la realidad, o en cambio colabora a que se deteriore más?  Poco útil resultaría un análisis que no tenga en cuenta los diversos factores que determinan un problema, o que niegue pontificalmente competencia para resolverlo “a otros”. Concluyendo, además de atizar el encono y prodigar el desahogo por ósmosis, qué beneficio produciría una crítica contra la rigidez, articulada rígida y enconadamente. La disyuntiva, a mi parecer,  se reduciría por consiguiente a una opción: crítica  equilibrada o crítica colérica; estridente o sugerente

Quizás sea atinado empezar aceptando que lo que distingue u opone entre sí  a la estridencia y a la sugerencia no es la forma. Porque la forma es el contenido, y el contenido, la forma,  por obra de una mediación dialéctica muy conocida. Y crítica estridente y crítica sugerente se diferencian, incluso se oponen, por las intenciones con que amabas se cristalizan. Como vimos, la estridencia escancia el furor, la petulancia, hasta el oportunismo político. Tiende a rebajar, desacreditar. La sugerencia, en cambio, analiza a la redonda; juzga lo que ve junto con lo que permanece en sombras; comenta mediante argumentos, y propone sin disponer.

Según opiniones como la de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, la crítica estridente ha legado el ruido y el escándalo. Y la crítica sugerente, digo yo,  el equilibrio, la visión multilateral y la capacidad de evidenciar…  Desde luego, lo dicho es sólo una sugerencia.

 

“YO SÉ QUIEN SOY”

Luis Sexto

Borges, el polémico, el a veces repudiado y  citado o leído Jorge Luis  Borges, confesó en un breve relato titulado El remordimiento el único pecado que quizás él, tan severo, haya cometido: no ser feliz. ¿Y puede uno ser culpable de no alcanzar la felicidad? ¿Depende absolutamente de la persona? ¿Es completa, única, constante?

Lo único verdadero es que el hombre como especie aspira a  ser feliz. Los medios se le ofrecen, y a veces se convierten en fines esenciales para ser feliz mediante el placer: el amor, el comer, el viajar. Son fases comunes y también eventuales de la felicidad. Marx, que en tantas definiciones acertó, no la define, sino nos sugiere al responder una pregunta de una de sus hijas, que la felicidad es más  un estado que una sensación momentánea. El filósofo dijo, como es sabido: la felicidad está en la lucha. Podría interpretarse como la lucha por conquistarla, o por conquistar la felicidad para los demás. O  la felicidad se genera y acrece en cualquier acción que implique luchar, arriesgarse. En lo atinente a Marx, interpretamos que su lucha fue por transformar al mundo invirtiendo la pirámide social: la base, el proletariado, arriba; los propietarios, el vértice, cabeza abajo.  

Posiblemente, cada cual sea feliz según convenga a sus deseos o frustración. Y con la pluralidad de aspiraciones, los modos de conquistar o merecer la felicidad también resulten  diversos. Pero  si el derecho a ser feliz es improscribible,  se prohíben legal o éticamente  ciertas formas de ejercer o conseguir la felicidad. Vedado está, aunque unos y otros violen la frontera de la prohibición,  ganarla sin discriminar los medios. Porque  ello implicaría robar, explotar, engañar para alcanzar la idea que uno ha moldeado de la felicidad. Las telenovelas ilustran, un tanto hiperbólicamente, la búsqueda de la felicidad mediante mañas implacables.  Quizás ese 0,5 por ciento más rico entre los ricos, utilicen formulas carentes de solidaridad y de generosidad. Desde los evangelios hacia acá, muchos libros condenan la riqueza, patente de corso, con ciertas excepciones, del egoísmo, de la crueldad, del abuso de poder.

Lo más apropiado sería no ser ricos.  El rico es candidato a derivar en “hostis generis humani” como reza una expresión del derecho. Suele suceder que en cuanto conflicto social o bélico del presente, junto con la geopolítica de dominio de países poderosos se mezclan los intereses de los ricos o de sus corporaciones, que alzan o bajan gobiernos y dominan mercados, materias primas, combustibles, convirtiéndose así, impunemente, en enemigos del género humano.

Lo reconozco: algunos de mis lectores tendrán sus ideas de la riqueza. Tal vez aspiren a acumular mucho dinero y tantos  bienes inmuebles que los bancos se repleten y le falten papeles al  registro de propiedad. Pero  en ese sueño metálico no los acompañaré. Tal vez camine junto a cuantos deseen vivir mejor sobre fundamentos de justicia y honradez. Y en ese afán los apoyaré con lo único que tengo: mi teclado y mis dedos. Porque vivir en Cuba implica trabajar, luchar por  el bienestar sin que las diferencias se atrincheren en los extremos, como el norte rico y el sur pobre.  

En verdad, tendremos que despejar los espacios para que a ningún compatriota le hinque el remordimiento de no haber intentado ser feliz. Pero aunque la sociedad disponga los medios, la decisión de lograr la felicidad pertenece a cada uno de nosotros. Dependerá de lo que nos propongamos para vivir contentos con nosotros, o  vivir descontentos si  alguna vez la conciencia se nos abre a una franja de claridad. Porque hay tanta ostentación de noches enjoyadas sin ética.

Para mí, resumiendo este muestrario de lugares comunes, la felicidad se teje con hilos de araña. Es tan endeble que un plumero doméstico la puede deshacer. Prefiero elegir la vergüenza -arma que nos propuso el puro Agramonte- como el síntoma primordial de ser o de haber sido feliz, a pesar de tanta pérdida familiar, de tanta renuncia afectiva, de tanto acto fallido. Ética derivada en sentimiento, la vergüenza apuntala la dignidad personal, esa autoconciencia que nos mantiene íntegros, porque nos hace decir como el Quijote, feliz en su misión caballeresca, aunque habitualmente golpeado y desmontado de Rocinante: “Yo sé quien soy”. Y como lo que soy y en lo que soy, obro para ser feliz de la única manera estable: en paz conmigo mismo

MÁS QUE UNA ORDEN Y UNA CONSIGNA

MÁS QUE UNA ORDEN Y UNA CONSIGNA

 

Luis Sexto

 

Resulta común enterarse de personas que se molestan al oír u leer una crítica a “lo que pasa”. Casi nunca, en cambio, los vemos agraviados al saber “lo que pasa”. La operación se presenta muy dócil: la crítica curaría la herida; ignorar la herida, la pondría en posición de agravarse. Habría que preguntarle al avestruz si acostando su prolongado cuello a ras del suelo, para no ver el peligro, podría evitarlo. Sabemos la respuesta. Y por ello serán bienaventurados los que les abran el techo a los avestruces, como canta un poema ya  olvidado.

Créanme,  mi experiencia acusa un hecho: pocas veces he visto a alguien con responsabilidades que, enterado de que han violado una ley o una decisión superior, se enardezca ante el hecho. O que se autocritique, al menos en privado, donde es más sincera y efectiva la autocrítica, por haberlas él mismo violado. La reacción airada, inconforme  a veces surge cuando se entera que alguien lo publicó, o lo denunció en una asamblea.

La crítica, digámoslo una vez más, se asemeja a un germen capaz de producir ronchas. Es cierto, pues, que la crítica genera habitualmente picazón, malestar en las personas.  A quién le place que sus actos o sus actitudes sean enjuiciadas. Tal parece que uno queda desnudo cuando nos hacen un señalamiento. Y siguiendo esas reacciones, ya en ruta hacia el hábito de la impunidad, uno se pregunta si alguna vez en nuestro país la crítica será un remedio para errores, disparates y abuso de poder.

Tras cuarenta años ejerciendo el periodismo, uno ha aprendido a distinguir por donde y por qué suenan las campanas, e identifica de qué males padece nuestra sociedad. Y hablando con frecuencia de nuestros males, de nuestros descuidos, de nuestra indiferencia; criticando esa mentalidad tan rígida como un peñón costero y comentando y juzgando lo general, uno puede ayudar a que se enciendan las luces del raciocinio y comprendamos de una vez que, como dijo Fidel en 2005, solo la persistencia de los errores internos, debilitará a la Revolución y sus proyectos.

Lo advierto: hay ciertas tendencias que no se van a corregir sin acciones políticas o legales: el oportunismo, la corrupción, la de creer que yo, por mi cargo y mi historia, estoy autorizado incluso a deformar las leyes. De esas tendencias y los nombres y apellidos que las sustentan tendrán que ocuparse los argumentos políticos y la Controlaría de la República y los tribunales, para establecer que la verticalidad absoluta necesita líneas horizontales que la contrapesen, para favorecer el movimiento social y desanudar las fuerzas productivas.

Sin que parezca una insistencia maniática, parece perentorio concluir que sin el cumplimiento de las leyes, el país se pondrá ante el posible riesgo de fragmentarse mediante la diseminación de la indiferencia o las frustraciones. Porque aquel trabajador que en los tribunales ha ganado un fallo a su favor en su litigio con la administración y se consume durante meses o años para que en su centro de trabajo cumplan lo dispuesto por los tribunales, se preguntará: ¿Hay leyes o han sido engavetadas? ¿O qué es la sección sindical: una organización que sólo cobra la cuota mensual o es un factor de orden, disciplina y legalidad?

Y como escribo de lo negativo, no olvido reconocer que en Cuba suman miles y miles los integrantes de una voluntad bienhechora, renuente a que la nación se revuelva como un río bajo un temporal y sirva como ganancia de pícaros y desclasados. Y, por tanto, los actos constructivos, las acciones políticas cotidianas, desde el centro de trabajo hacia arriba y los lados, han de mezclar la exigencia con la ejemplaridad y la sabiduría para que ningún ciudadano piense que quienes lo orientan o lo dirigen son inferiores a él en lo ético o en el uso de la razón. Previendo esa reacción quizás impidamos ignorar que la política es mucho más que una orden, una consigna. Y una oficina. 

 

 

UN GRITO NO ARTICULA UNA VOZ

UN GRITO NO ARTICULA UNA VOZ

Luis Sexto, @Sexto_Luis 

Un punto de vista diferente

Una colaboradora o corresponsal de la BBC pretendió, recientemente, emular al poeta Jorge Manrique, aludiendo implícitamente al resobado verso de todo tiempo pasado fue mejor. Su nota exaltaba el valor histórico del 20 de mayo. No voy a centrarme en los numerosos epítetos y reproches que endosa a la Cuba del socialismo en un alarde de lo que le critican a la prensa cubana oficial, pero que muchos, sobre todo los que la combaten, emplean: la propaganda. Argumentos, ninguno. Y verdades sólo aparentes. Más bien, los consabidos lugares comunes de la retórica antisocialista. Valga una breve muestra: califica al sistema cubano de “socialismo inamovible”. Y el que vive en Cuba pregunta: ¿inamovible y hasta senadores y representantes norteamericanos aceptan que las cosas en Cuba se mueven, cambian, y militantes dizque de izquierda acusan al gobierno de Raúl Castro de ir hacia el capitalismo? Además, por un escrúpulo metodológico, ningún juicio sobre Cuba que soslaye considerar las limitaciones y prohibiciones que durante más de 50 años Washington le ha impuesto a la economía y a la sociedad cubanas, merece atención porque cuando usted pica una naranja al medio, para volverla a rehacer completamente tendrá que unir las dos tajadas.

¿Vive esa señora en Cuba? No lo sé. Pero acepto que cualquiera puede ganarse la vida como le exijan, o pueda. Es su negocio y su crédito. Y por tanto trataré de matizar su defensa de la república previa a1959 y posterior al 20 de mayo de 1902. A fin de cuentas, su nota despachada a Londres rememoraba el 20 de mayo, antigua fiesta patriótica, abolida por la revolución. Dijo la señora Regina Coyula:

 “Como acabo de cumplir años (muchos), y alguna sabiduría debo haber adquirido, estoy convencida de que aquella república no fue tan mala como afirman en los nuevos libros de texto; era joven, inexperta, venía de una herencia hispana, tan dada a la corrupción y la molicie, pero era perfectible; no que ahora tenemos un socialismo irrevocable e inamovible, con secretismo y calamidad económica; con una falta de pluralismo tal que no coincidir con el pensamiento oficial se considera antipatriótico”.

Este periodista también he cumplido tantos años como ella, y guardo otros recuerdos, que me callo para que le responda algún intelectual de aquellos “tiempos perfectibles”. Antes reconozco que aquella república, surgida en la guerra por la independencia y frustrada por la intervención norteamericana, incubó un sentimiento enaltecedor: la inconformidad con su destino histórico. Cito, pues, para empezar, a Jorge Mañach, sutil intelecto, estilo magistral, político que osciló entre la derecha y la izquierda nacionalista. Murió en puerto Rico en 1961. En un artículo publicado en Acción el 21 de octubre de 1934, sostiene: “Lo que nosotros negábamos en el arte, en la poesía y en el pensamiento era lo que había servido para expresar un mundo vacío ya de sustancia, vacío de dignidad y de nobleza. Negábamos el sentimentalismo plañidero, el civismo hipócrita, los discursos sin médula social o política, el popularismo plebeyo y regalón: en fin, todo lo que constituía aquel simulacro de república, aquella ilusión de nacionalidad en un pueblo colonizado y humillado”.* Enrique de la Osa, uno de los periodistas más audaces, valientes y progresistas de su época, que en su sección En Cuba semanalmente extendía un lienzo de la política corrupta y la pobreza de la “república perfectible”, insertó en Bohemia del 2 de junio de 1946 la nota "Sangre en el campo". “El hecho ocurrió en el realengo Vínculo, cerca de Guantánamo, el 17 de mayo. Trabajaba la tierra el campesino precarista Niceto Pérez, guataqueando en el platanal de la finca, cuando oyó voces que lo llamaban. Al levantar la cabeza, recibió un balazo en el pecho. Antes de una hora había muerto. Los agresores escaparon. Al escuchar el disparo, su esposa corrió hacia él para socorrerlo, y recibió las últimas palabra, que fueron estas: ¡Los Mancebo y la guardia rural me han matado…!” Mancebo,aclaro, era un señor geófago, jefe del clan que su  apellido identificaba.

En el diario El Mundo, El 25 de enero de 1953, Ernesto Ardura, sin ningún nexo con los comunistas, insertó un artículo titulado "Oración en silencio". Este párrafo también nos ilustra aquella “república perfectible”, que cada día derivaba hacia la imperfección: “Una oración es un acto de fe, y sólo una fe indesmayable en la libertad puede salvar al pueblo cubano en las circunstancias por que atraviesa. Orar en silencio, en el centenario de José Martí, es abstraerse de la realidad inmediata, para pensar en aquella gran república que él concibiera. Es como decirle a José Martí: Bien sabemos que la realidad de hoy es la negación de tu mensaje civil, pero llevamos tu recuerdo y tu enseñanza en el corazón y lucharemos porque tus ideales tengan definitiva realización en la ida cubana”.

A veces se olvida con mucha premura, porque el enjuiciamiento del pasado también depende de la posición social de ayer, y de la ideología y los intereses del presente. Y citaré la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU), titulada Por qué reforma agraria, aplicó entre la población rural de Cuba entre 1956 y 1957. El doctor José Ignacio Lazaga, psicólogo prominente y en aquellos años respetable laico católico,  dijo en la presentación –especie de prólogo- del folleto donde se publicó la indagatoria: “En todos mis recorridos por países de Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano”. El doctor Lazaga describe en otro de sus párrafos: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer.” Y esa situación se ilustraba con el siguiente dato: “La población trabajadora agrícola que se puede calcular en 350, 000 trabajadores y dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual de 190 millones de pesos. Es decir, que a pesar de constituir el 34 % de la población, sólo tiene el 10 % de los ingresos nacionales”.

La encuesta, que conservo en mi archivo, es una de las pruebas más exactas e indubitables de aquella “república perfectible” caracterizada por la imperfección. Se aplicó para advertir al gobierno de Batista de que si la injusticia seguía señoreando en los campos de Cuba, “el comunismo” tendría oportunidad de dominar la nación. Los organizadores  –muchos de los cuales emigraron posteriormente, al triunfo de la revolución, confrontaron sus datos con los del censo nacional de población y vivienda, de 1953. Por ejemplo el muestreo de la ACU registró que el 89.84 % de los encuestados se alumbraban con luz brillante, es decir kerosina, y en el censo aparecía 85.53%. Y si el 88.52% bebía agua de pozo, el censo rondaba la cifra con 83.59%.

En el aspecto de la alimentación de los pobladores de las zonas rurales bastan estos números: “Solo un 4% menciona la carne como alimento integrante de su ración habitual. En cuanto al pescado es reportado por menos del 1%. Los huevos son consumidos por un 2.12% de los trabajadores agrícolas y solo toma leche un 11.22%. En cuanto a la salud, “presuntamente un 14 % padece o ha padecido de tuberculosis”.

Son disímiles los textos que desmienten los calificativos de envidiable y boyante, asignados a la economía cubana antes de l959. Las memorias del censo agrícola de 1946 acusan la dependencia económica, la concentración de la propiedad y la injerencia extranjera en nuestra economía. Este censo demuestra que “los propietarios de más de 500 hectáreas sólo representaban el 1,5 % del número de fincas y eran poseedores del 41.7% de la superficie total”. A la economía cubana de esos años habrá que añadirle el monocultivo, que convertía a la república en país monoexportador, pues en 1948, según escribió el experto Raúl Cepero Bonilla en el periódico Tiempo en Cuba, el azúcar componía el 80% de las exportaciones cubanas. En suma, supeditación a un producto, con todo lo que ello implicaba de retraso industrial y agrario, y el sometimiento al fundamental mercado de los Estados Unidos, con su secuela de dependencia política y económica.

No suponen una república próspera los automóviles del último año, lujosos hoteles y casinos administrados por la mafia norteamericana – ¿o no lo confirma la residencia permanente de Mayer Lanski, George Raft, y hasta de Lucky Luciano por unos meses en Cuba?-. Más bien, como dije, esa valoración parte de la clase media y alta, compuesta la última por 550 grandes propietarios, según el diccionario Los propietarios en Cuba en 1958, de Guillermo Jiménez y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2008.

La nota de Regina Coyula, al parecer nueva colaboradora de la BBC, obliga a echar de menos al excorresponsal Fernando Rasvberg. Reconozco que cumplía con profesionalidad. Podrías estar en desacuerdo, pero él argumentaba, no mentía manipulando verdades, y en varios aspectos sus juicios eran razonables. Quizás la BBC tendrá que aprender que un grito no articula una voz; tampoco una nota desafinada se convierte en una canción. Ni todo tiempo pasado necesariamente tiene que ser mejor.

*Los subrayados en cursiva pertenecen al autor de este artículo