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PATRIA Y HUMANIDAD

EL EXILIADO LLEVA LA REVANCHA EN SU EQUIPAJE

EL EXILIADO LLEVA LA REVANCHA EN SU EQUIPAJE

 

Luis Sexto

Un deslinde: emigración y exilio

DURANTE MÁS DE CINCUENTA AÑOS el estrecho de La Florida ha sido una frontera sentimental, y espacio de una crónica roja difundida por las páginas amarillas de una guía que aun dentro de su tragicidad ha servido de soporte  publicitario a intereses políticos de baja hechura. Padres separados de sus hijos; hijos que desaparecieron en el mar; madres que perdieron  a sus criaturas recién nacidas,  porque un padre, dominado por el egoísmo, la sacó de la cuna y lo embarcó en una travesía ilegal y peligrosa. Miles podrían contar una historia similar, distinguida solo por el desenlace, irremisiblemente fatídico o  casualmente feliz.

Desde luego, a nadie se le puede quitar, como el “bailao” del cubano sibarita,  la tristeza de estar ausente, lejos del afecto, de ese apego insular por la familia o la mujer de sus sueños. Por las calles de Miami, o de cualquier otra ciudad donde el cubano habita en su cascarón migratorio, transitan decenas de miles de zapatos que un día prefirieron, con derecho a elegir, más brillo, mejor betún y  zapatera más confortable, pero que en silencio, casi en un acto reflejo, golpean erráticamente la añoranza como a un balón de fútbol que ha extraviado la portería.

Más de cincuenta años de anormal emigración cubana han deformado, incluso, aspectos del pasado previo a 1959 y posterior a éste. Tanto han enrollado  la  crónica cubana en el bagazo de la desmemoria que suelen creer algunos que en Cuba se empezó a emigrar luego del triunfo de  la revolución. Pero los archivos no han desaparecido. Y la revista Bohemia facilita responder preguntas inquietantes. Ante cualquier duda, repasemos la colección de la revista del señor Miguel Ángel Quevedo, y verá en fotografías que a mediados de la década de los 50s, en la embajada norteamericana, frente al Malecón, por la calle Calzada, bordeando la cerca diplomática, se formaban las mismas colas que  hoy. Y en esas páginas de la ya centenaria publicación se enterará de que en esos tiempos se otorgaron anualmente  hasta 20, 000 visas de residentes, según el embajador Arthur Gardner  informó  a un reportero.

Esas fotos y cifras inducen a una pregunta: si hasta la primera mitad del siglo XX, Cuba  fue principalmente un país de inmigrantes –gallegos, canarios, haitianos, jamaicanos, italianos, polacos-,  por qué  a partir de la segunda mitad, la corriente parece revertirse.  A primera vista, una causa: a mediados de esa década las estadísticas enumeraban cerca de un millón de desempleados, además de una población rural muy pobre, desposeída, según lo confirma la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria aplicó en 1956 y publicó en un folleto en 1957. Y las crónicas históricas cuentan de un gobierno efectivamente  represivo, cruento.  ¿O Ventura, Carratalá, Martín Pérez  son  acaso ángeles azules injustamente acusados de derramar sangre durante la dictadura de Fulgencio Batista, incluso en años anteriores a 1952?
En 1959 hubo un cambio de composición en la emigración. Se exiliaron por cualquier medio –asilos en embajadas, robos de embarcaciones, secuestros de aviones- los comprometidos, incluso hasta el peculado, la corrupción y el asesinato, con la tiranía recién derrocada.

Después, los propietarios expropiados por la revolución utilizaron vías legales, y también los ciudadanos atemorizados por la propaganda sobre que el comunismo quitaría los hijos a los padres, que todos los ciudadanos se transformarían en  esclavos del Estado. Muchos se exiliaron o emigraron normalmente hasta octubre de 1962, cuando  el entonces presidente John F. Kennedy suspendió los vuelos directos entre los Estados Unidos y Cuba, a causa de la llamada crisis de los cohetes soviéticos emplazados en Cuba. Con sus pasaportes vigentes y la  visa weber aprobada, miles de aspirantes a emigrar quedaron con una pierna alzada esperando subir las escalerillas del vuelo.

Tres años más tarde,  el gobierno cubano despejó el limbo migratorio al habilitar el llamado “puerto libre” de Camarioca, antecedente de su similar de El Mariel, a escala mayor, en 1980. Allí, cerca de la playa de Varadero, atracaban yates de diversas singladuras procedentes primordialmente de La Florida. Sus tripulantes llegaban con el propósito de recoger a  miembros de sus familias. El resultado, casi inmediato: un acuerdo entre La Habana y Washington para reordenar la emigración mediante el llamado puente aéreo Varadero-Miami, empleado sobre todo por  cuantos contaban con parientes de diverso grado que les facilitaran el ingreso en los Estados Unidos bajo la categoría de refugiados. Otros, a partir de 1966,  se sirvieron de la ley de Ajuste Cubano, y continuaron afrontando los riesgos  marítimos del estrecho de La Florida  para recalar en cualquier porción del litoral estadounidense, sin que al servicio de guardacostas y a las autoridades migratorias les importaran que, para abordar una lancha, los emigrantes ilegales hubieran tenido  que matar.

Ese flujo aventurero ha continuado. La negativa de visas a miles de personas, a pesar de acuerdos y conversaciones migratorias entre La Habana y Washington, más el privilegio de la ley de Ajuste, condicionan aún ese tráfico enrarecido por su origen y por la propaganda que lo alienta y exalta como “emigración de móviles políticos”, aunque la reciente ley migratoria cubana carece, casi totalmente, de restricciones.  

PARTAMOS, PARA clarificar conceptos, de una verdad históricamente demostrada: emigrar es consustancial al ser humano. Y variados y diversos son los móviles para abandonar el suelo nativo. No me parece superficial afirmar que la decisión de emproar hacia el extranjero a desafiar lo desconocido,  pertenece por lo habitual a los individuos. Por tanto, suele ser una solución personal a un problema colectivo o a una inquietud o aspiración individual, salvo los pueblos nómadas, o el pueblo de Israel, que fugado de la esclavitud en Egipto, país ajeno, peregrinó hacia “la tierra prometida”,  ocupada ya por otros pueblos. Aceptemos también que en el acto de emigrar hay perfiles políticos ineludibles. Porque marcharse de su país  podría implicar cierto descontento con el estado de cosas predominante. Algunos de los diccionarios más a mano no definen a emigración como sinónimo de exilio. Pero los medios propagandísticos norteamericanos transformaron al emigrante cubano en un “refugiado” político que aspira a regresar y recuperar sus valores y posiciones.

Por tanto, démosle a cada palabra  lo suyo. Y empecemos por denunciar la manipulación ideológica y política de algunos términos. Los diccionarios tratan de precisar las diferencias semánticas entre palabras con cierta afinidad.  Suele ocurrir, sin embargo, que cumplir las normas no sea normal. Por ejemplo, todavía el abultado mataburro de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) define ciertos términos religiosos como si todos los hispanohablantes fueran católicos o creyentes cristianos. Ya vemos como en este mundo pocos actos y pocas intenciones están descontaminados de valoraciones o prejuicios ideopolíticos.  Supongamos que si la entrada léxica de pobreza se definiera desde el significado evangélico no habría entonces por qué  organizar rebeliones populares, particularmente en el Tercer Mundo,  para liberarse de la opresión de empresarios, gerentes, banqueros, latifundistas y políticos, ni indignarse por las carencias de empleo, los bajos salarios, las cesantías o el costo de la vida. Y los ricos vendrían a ser como la expresión colateral de un lujo que solo pondría en evidencia la bienaventuranza moral de los pobres.

Entrando ahora en lo que atañe esencialmente a este articulo, emigración y exilio son objeto de distorsión desde posiciones ideológicas y políticas de la derecha. En el lenguaje  que manipulan algunos politólogos, críticos o guerreros de la democracia principalmente en los Estados Unidos, “emigrante cubano” es sinónimo de exiliado. Cualquier diccionario con ánimo de objetividad establece la diferencia.  Con respecto de Cuba, quien emigra, se exilia, según el léxico de la política norteamericana sobre Cuba y los cubanos. ¿Cómo, por ejemplo, llaman en los Estados Unidos a los braceros mexicanos que burlan el muro que les impide cruzar del sur hacia el norte? Inmigrantes ilegales. ¿Y no hay también un componente político no dominante, como ya sugerí antes, en esos actos desesperados por encontrar un sitio más ventajoso, con mayores ofertas y salarios donde trabajar?  No existe en las oficinas secretas de Washington y Miami, ningún interés en politizar la inmigración mexicana. Son, a fin de cuentas, “rotos”, hambrientos. Es decir, el que emigra por evidentes urgencias económicas, es eso: un emigrante que se marcha de su patria buscando en otros ambientes la oportunidad de índole económica que tal vez no halle en su país por cualquier razón, incluso, repito,  indirectamente política. Ah, si Estados Unidos aprobara una ley de ajuste mexicano,  se anularía el mito globalizador del exilio político cubano.

¿Y cuándo un hombre o una mujer que se  establecen en otro país resultan exiliados  o emigrantes?  El DRAE  presenta  como sinónimos  a  exilio y emigado: “exilio. (Del lat. exilĭum). m. Separación de una persona de la tierra en que vive. || 2. Expatriación, generalmente por motivos políticos. || 3. Efecto de estar exiliada una persona. || 4. Lugar en que vive el exiliado”.  Y: “emigrado, da. (Del part. De emigrar). adj. Dicho de una persona, sobre todo de la obligada generalmente por circunstancias políticas: Que reside fuera de su patria. U. t. c. s”.  El mismo diccionario define a: emigrante. (Del ant. part. act. D emigrar). adj. Que emigra. U. t. c. s. || 2. Dicho de una persona: Que se traslada de su propio país a otro, generalmente con el fin de trabajar en él de manera estable o temporal. U. t. c. s. Profundicemos en el significado de exilio. Conforme a la experiencia, quien se exilia intenta esquivar un probable castigo por su oposición, o por sus delitos políticos, o se va para expresar una inconformidad de índole política hasta tanto se aligere la atmósfera en su país. El exiliado porta la revancha en su equipaje.  Según el significado más usual, la esperanza suprema de los exiliados es retornar. Volver para recobrar lo que todavía consideran suyo y  abandonaron por decisión propia, o por urgencias de su integridad o libertad. Esa característica la define el ensayista español Gregorio Marañón en un libro cuyo título es, recuerdo entre mis lecturas juveniles, Españoles fuera de España, publicado en 1947.  Y a pesar de su vejez  mantiene ideas vigentes como esta que reproduzco en su sentido: El exilio es la fuga o un viaje que ya en la ida  aspira a regresar por lo que ha perdido.

 

EL EMIGRANTE, en visión general, carece de esa retrospectiva. Nada ha perdido, o nada tiene, o tiene poco, y parte hacia el extranjero para encontrarlo.  Por tanto,  a todos los cubanos que residen en el extranjero, sobre todo en los Estados Unidos, no se les puede calificar de exiliados o emigrados, de acuerdo con el enfoque que defiendo. ¿Hasta dónde seguirán estirando el idioma los propagandistas, que no ideólogos, de la derecha antisocialista, o anexionista? Ahora con la ley migratoria que rige actualmente en Cuba  conviene a cubanos de dentro como del exterior saber las diferencias entre exilio y emigración. Nadie que se clasifique por boca propia o ajena como parte del exilio, podrá participar en una concertación entre la emigración y la nación. Aún el exilio calienta su retorno posesivo.  No importan los calificativos que se  auto asigne o se le done. Mientras  la conducta del exiliado  indique o resuma una actitud de oposición beligerante contra  el socialismo como aspiración, y entre este y el capitalismo confiese luchar por imponer el último en Cuba,  no parecerá políticamente atinado compartir espacios. Y a quienes prefieran el capitalismo por eficiente, pero esencialmente injusto, al mantener cuatro mil millones de personas por debajo del nivel de pobreza en el planeta, y rechacen el socialismo imperfecto, pero perfectible en su vocación de justicia y en su obra de legitimización económica,  es atinado preguntarles si podrán pretender de buena fe la cooperación con su país de origen, empeñado en el mejoramiento de un socialismo distinto al fracasado. ¿Podremos reconciliarnos suponiendo que al exilio, por voluntad y significado, no le interese la reconciliación para convivir, sino  para intentar conquistar su “tierra prometida”?

Al parecer, tendrán que continuar esperando a que los Estados Unidos, el país donde se albergan mayoritariamente y a  muchos paga, les cumpla el compromiso -contraído por Kennedy- de  devolverles la bandera “en una Cuba libre”. “Libre” como la entiende Washington y el exilio. “Libre”, es decir, norteamericanizada, “plattizada”  e iluminando a las principales ciudades cubanas con la luz de neón de las empresas de los Estados Unidos. O de un sector de los cubanoamericanos que, como se ha probado, son menos lo primero y más lo segundo. Y en última instancia son herederos del buen vivir del burgués criollo en la Cuba de antes de la revolución.

 

SI CUBA derivara hacia el capitalismo, como algunos criterios de la izquierda prevén como inevitable,  al menos a mí, si debiera afrontar ese destino, que estimo temporal,  lo preferiría sin depender de los Estados Unidos. ¿Será posible? Por ello, la reconciliación con el exilio, por minoritario que sea, solo beneficiará a la parte financieramente más poderosa: la que influye en el Congreso de la Unión y promueve representantes y senadores que se expresan en un español yanquizado. Y este sector, si obtuviera poder –o el poder- en Cuba no pretenderá sino la vuelta a la Cuba dependiente, neoliberal,  regida por gerentes que, a su vez, reasumirán  a Cuba como desde 1902 la han tratado hasta hoy: de acuerdo con el artículo III de la Enmienda Platt. Porque desde Washington continúan viendo a Cuba como un espacio donde pueden injerirse,  o interferir, incluso desde la distancia, con fines que sólo a los Estados Unidos de Norteamérica beneficien. El apéndice constitucional de 1901 dice aún para que los  cubanos patriotas lo tengan en cuenta, y dice todavía para anexionistas, y para la frustración imperial: “Que el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la Independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual y para cumplir las obligaciones que con respecto a Cuba han sido impuestas a los Estados Unidos por el tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba”.

La posición ante este artículo de la enmienda a la cual el senador Orville Platt dio su nombre, define todavía a los cubanos de dentro y a los que integran la emigración y el exilio. Según mi manera de juzgar,  el Gobierno cubano y los cubanos  que residen en nuestro archipiélago –mayoritarios comparados con exiliados y emigrantes- tendrán que conciliar sus intereses sólo con la emigración, cuyo sentido no implica una beligerancia en contra de la independencia nacional  y  del ideal de  una sociedad justa y próspera, sin la fragmentación en ricos muy ricos y pobres muy pobres. Discutir con el exilio equivaldría a escenificar, como afirma Arturo Arango en su reciente libro titulado Terceras reincidencias[1],  un diálogo de sordos. No hay soldadura posible entre exilio y revolución. Porque no se trata solo de trazar una estrategia para el desarrollo económico, sino concebir fórmulas que, al desarrollora el orden material, protejan la independencia y la justicia social. La revancha del exilio únicamente transigiría con lo contrario: la revancha, esto es, el retorno  a su estado antes de 1959, con las adecuaciones contemporáneas.

Por tanto, la aplicación de las nuevas reglas migratorias ha de conjugar aspiraciones nacionales con los deseos y necesidades de los emigrantes,  respetando diferencias, aunque Washington con la Ley de Ajuste, y sus pies secos o mojados, continúe estimulando la travesía contra la corriente de la legalidad, y llamando “refugiados” o exiliados a los que emigran. Y, sobre todo, cuanto funcionario cubano tenga el poder de determinar quién puede o quién no puede entrar en Cuba en las circunstancias tan irregulares de nuestra sociedad, ha de tener muy  afilado el sentido de la justicia ante la guerra psicológica que todavía dispersa confusión. Admitamos que los días  actuales no deben aparearse a momentos cuando las demandas  defensivas generaron acciones enconadas. Y es preferible el desliz político de una equivocación, prontamente salvable, que mantener en nefasta cuarentena a cubanos honrados cuyo interés por la patria no implica convertirla en pedestal  sino en suelo que besar y donde servir.

De esa actitud se humedecen las declaraciones del compositor y cantante Isaac Delgado. Sobre su regreso a Cuba en 2013, aseguró recientemente a OnCuba que es “cubano al 250 por ciento”.   Y confesó luego: “No me ha sido difícil volver a insertarme en la dinámica musical de la Isla, porque estoy en mi medio natural. Muchos me alertan sobre cambios en la música,  pero de cierta manera siempre he estado presente,  por eso estoy al tanto de lo que pasa culturalmente en Cuba. Además, aquí está todo lo que soy: mi niñez, mi familia, mi idiosincrasia, en fin.”

Las encuestas no son decisivas, porque suelen ser movedizas, cambiantes. Pero indican tendencias. Y un sondeo difundido por la agencia española de noticias EFE en 2012 reveló que, en Miami,   el 44 por ciento de los entrevistados “apoya el fin del bloqueo económico y el 80  lo considera disfuncional; alrededor del 75  respalda las ventas de medicinas y alimentos; un 57  aprueba los viajes sin restricciones, y el 61  se opone a cualquier ley que restrinja esta posibilidad”. Tales números  acusan el desfase del exilio histórico, como se trata a sí mismo, o del exilio de nuevo corte y costura, respecto de la opinión de “un 58 por ciento (que)  defiende el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”.

Veamos cómo concuerdan los últimos sondeos con el anterior. Y me sirvo de Cuba Información, que  trasmitió el  8 de julio de 2014 un artículo de Ignacio Ramonet, publicado en Le Monde Diplomatique. El reconocido politólogo y teórico de la comunicación escribió: “Una encuesta realizada en febrero pasado por el centro de investigación Atlantic Council afirma que el 56% de los estadounidenses quiere un cambio en la política de Washington con La Habana. Y, más significativo, en La Florida, el estado con mayor sensibilidad hacia este tema, el 63% de los ciudadanos (y el 62% de los latinos) también desea el fin del bloqueo. Otro sondeo más reciente, realizado por el Instituto de Investigación Cubano de la Universidad Internacional de La Florida, demuestra que la mayoría de la propia comunidad cubana de Miami pide que se levante el bloqueo a la isla (un 71% de los consultados considera que el embargo “no ha funcionado”, y un 81% votaría por un candidato político que sustituyese el bloqueo por una estrategia que promoviera el restablecimiento diplomático entre ambos países).”

Con tantos cubanos de origen expresándose en contra de las confabulaciones predominantes en Miami, ciudad del Primer Mundo colmada de emigrantes, pero  gobernada por exiliados del Tercero, parece que se confirma, por esta vez,  la diferencia lexicográfica,  ideológica  y política entre emigración y exilio.


(Articulo publicado en la revista Emigración, Miami, julio de 2014, número 1)

 



[1] Terceras reincidencias, la historia por los cuernos, Ediciones Unión, La Habana, 2013.

LOS HIJOS DE LA LUNA

LOS HIJOS DE LA LUNA

Luis Sexto

En la foto, El Andarín Carvajal  cuyo sobrenombre es todavía una referencia en el habla coloquial del cubano

Este título puede llegarnos un tanto polisémicamente. Es decir, puede sugerirnos más de un  significado.  ¿De qué trata, pues, Los hijos de la luna, libro de Orlando Carrió?  ¿Es acaso un  texto de ciencia ficción que supone  que allí, en el satélite natural de la tierra, viven personas como nosotros, o parecidas? ¿O  acaso los hijos de  esa lámpara fría que cambia  varias veces de tamaño y de cara  ante nuestros ojos, son esas personas que desde hace mucho tiempo llamamos lunáticos?  

 Posiblemente Orlando Carrió  esté proponiéndonos una pista falsa, o se refiera con título tan enigmático a que las personas que nos presenta son tan excepcionales que sólo caben en el calificativo de locos, esa condición que en los entretelones del lenguaje le damos a todos aquellos que se destacan por su originalidad o por su singularidad. “Es un quemao”,  es un loco, exclamamos ante las conductas que no  podemos explicarnos,  o no sabemos calificar.  Por tanto, estar loco, entre nosotros,  resulta frecuentemente un elogio.

Me parece, así, que el profesor Orlando Carrió, con Los hijos de la luna,  nos ha presentado un conjunto de personajes caracterizados por su exclusividad y que, de alguna manera, con sus actitudes y hechos se han quedado entre nosotros. Eso es, en fin, este libro, publicado por la editorial José Martí: un muestrario de maravillas humanas. Y digo más; es también una relación de personajes que no suelen aparecer en los diccionarios biográficos, porque su originalidad  clasifica en las calles, en los campos, en el vecindario. Ni  la Televisión habitúa a mostrarlos. Pero  alguna vez nos hemos topado con ellos en persona, o al menos,  en libros y periódicos. Y  de ese modo, registrando en libros y  periódicos, Orlando Carrió ha compuesto Los hijos de la luna.  Libro dividido en capítulos clasificadores, es decir, comienza por los personajes heroicos, y sigue por los solitarios, por los indomables, por los inauditos, y otros epígrafes  que caben bajo el techo de personajes populares. Eso son, sí, personajes populares, cuya primera página abre el heroico Matías Pérez, primer retador del aire en nuestra historia.

He de mencionarles algunos. Además de Matías Pérez, nos salen al paso El andarín Carvajal, y Faquineto, aquel portentoso meteorólogo empírico e inspirado de Guanabacoa; también Bigote Gato, el Médico chino, Chicho pan de gloria, Papá Montero, Olga la tamalera, Chacumbele, Seboruco, La marquesa, y muchos más, inclusos personas tan serias y cuerdas como el umpire Amado Maestri, o el viejo Raúl Acosta, cuyo patio en su casa en campos de Pinar del Río se había convertido en un zoológico, con leones y cocodrilos conviviendo entre seres humanos. Es decir, hombres que sin estar loco lo parecían por su excepcionalidad o por su originalidad humanas.

No voy a seguir. Ponga usted cualquiera de esos nombres que recuerde haber oído o haber visto, y quizás esté aquí en este libro confeccionado con honradez. Sí, con honradez. Los libros también necesitan ser escritos con honradez. Y  si Orlando Carrió   extrae del olvido  a tantos personajes populares, se sirve básicamente  de periódicos y revistas. Y lo reconoce,  y cita, incluso,  párrafos de los periodistas que le han servido de fuente.  Si hubiese un premio a la honradez intelectual,  el autor de este libro  tendría mi voto. Y  mi voto  tiene también este libro titulado Los hijos de la luna, que ha reunido en un volumen a toda esa gente que alguna vez hemos visto entre las sombras del anonimato, o  entrevisto  en la distancia de lo desconocido u olvidado. 

(Difundido por Radio Progreso el 5 de septiembre de 2014, en el programa Epigramas, sección Al pie de las letras)

AUTORIDAD VERSUS AUTORITARISMO

AUTORIDAD VERSUS AUTORITARISMO

Luis Sexto

Hemos de reconocerlo nuevamente: las sociedades excesivamente centralizadas, engendran el método del autoritarismo, ejercicio individual e inapelable de la última palabra en un conglomerado humano, sea laboral o político. Con el tiempo, el autoritarismo pasa a convertirse en práctica de la ideología predominante.

Desde luego, no he dicho nada original. Ya el autoritarismo se ha reconocido y condenado  en Cuba. Pero el diagnóstico no cura las enfermedades. El diagnóstico requiere del tratamiento para lograr la efectividad. ¿Y cuál sería el tratamiento contra el autoritarismo? Me parece claro: el medicamento para erradicar el todavía vivo parásito de las actitudes y acciones autoritarias, consiste básicamente en la descentralización de la sociedad.

Con la actualización económica y con el proceso renovador en lo social, nuestro país también intenta erradicar esa dupla que llamamos ordeno y mando. Es decir, una combinación propia del ámbito militar. Pero que en lo civil indica una especie de encorsetamiento de la democracia. El autoritarismo, pues, consiste en la negación del espíritu democrático. Yendo por partes, cuando levantamos la mano unánimemente como una costumbre, o cuando nadie nos consulta para decidir lo que atañe a la colectividad, estamos encerrando al ejercicio democrático en una caja hermética, donde no entra el aire de la voluntad del pueblo. La práctica autoritaria sólo reconoce el poder que está de su cabeza hacia arriba: el superior. Para abajo, sólo cuenta el que manda. ¿No parece que al habituarse a mandar donde la razón exige debatir, consultar, la práctica autoritaria llega a no distinguir el bien del mal, lo útil de lo inútil, lo grave de lo leve?

¿Acaso nos hemos percatado de que el autoritarismo genera prácticas aparentemente democráticas que suelen ir perdiendo crédito? Sigamos preguntando: ¿Cuándo votamos por el delegado de circunscripción, o el diputado, estamos convencidos de que quien nos representará en la asamblea municipal o en la nacional, podrá trasmitir y hacer oír nuestras urgencias? Mi experiencia como votante y como periodista, me ha mostrado que parte de mis conciudadanos en la circunscripción suelen votar sin saber por qué o a quién eligen, y los elegidos, a su vez, no están muy convencidos de que algo podrán hacer.

Al parecer, hemos perdido el sentido de los fines de nuestra democracia. No desconozco, por supuesto, lo sensible de este tema desde el punto de vista político. Aunque este comentarista pudiera equivocarse, peor, en mi opinión, es la supervivencia de una mentalidad que emplea el autoritarismo como método. Nuestra democracia empalidece ante prácticas tan nocivas. Veamos un ejemplo: ¿Por qué tiene que rendir cuentas el delegado de circunscripción, si nada o poco puede solucionar de las necesidades de sus electores? ¿Por qué no rinden cuentas los directivos locales de los organismos de gobierno y administración? Pocos funcionarios suelen asistir a las asambleas de rendición de cuentas. Y el delegado, al rendir cuentas, dirá: no se pudo, no pude.

No lo dudemos: el hábito distorsionador del autoritarismo continúa enrareciendo, lastrando la obra política y social de la revolución. No basta con descentralizar estructuras administrativas o políticas. Hace falta que el pueblo, como elector en la circunscripción, o como trabajador en sus centros de trabajo ejerza el poder. Esa es la premisa de la transformación justa y necesaria de nuestra sociedad.

Tal vez debemos seguir hablando de este asunto, y advertir que más que autoritarismo necesitamos el ejercicio de la autoridad.

(Difundido por Radio Progreso, en el programa A primera hora, lunes 11 de agosto de 2914)

SORPRESA EN EL PARQUE

SORPRESA EN EL PARQUE

Luis Sexto

Primeramente fue la plaza. Después el parque, versión cómoda, sombreada y trasnochada de los espacios colectivos. Surgió como democrático estacionamiento y superficie para el vaivén. ¡Y son tan polivalentes, asumen tantos papeles los parques de pueblos, o de barrios! Por momentos solitarios parajes de citas, confesionarios de amor. Tribunas de peroratas y rincón de ideas susurradas. Peñas de lo banal. Recintos de la frustración. Academias del aburrimiento. Cuartones de los mitómanos. Corral de ensueños. 

En los parques convergen directores a distancia de béisbol, gobernantes de la suposición, periodistas del rumor, estrategas de romances, narradores de fantaciencia, filósofos sin cátedra y poetas aprendices. ¡Parques! Ámbito escueto en lo físico y ancho en sus deseos donde, al fin, como los bueyes al trapiche colonial, la gente da la vuelta para reconocer las mismas caras, los mismos árboles, los mismos bancos. Invariablemente.

Retengo de los parques un único  recuerdo personal, carnalmente doloroso, sin mezcla de nostalgia; tal vez de lamento. A Sergio Hernández Rivera, poeta de Remedios y Caibarién, los parques sí le azuzaban remembranzas, fantasmas de sensaciones envueltos en las batas anchas de muchachas lindas e imposibles, o aventuras creadoras que le afirmaron su vocación, su búsqueda de la poesía, aunque de poemas, en la época de su juventud, en vez de vivir se podía morir.  Lo leí en el borrador de sus memorias que me llevó a casa unos meses antes de fallecer, ya retirado y abstraído. Con unos 20 años, junto a dos amigos más jóvenes -Panchito de Oraa y Carlos Galindo Lena-, que en el futuro serán poetas de hondura y sortilegio en una expresividad original, improvisó un tríptico de sonetos al General José Maceo. En Cuba versificadores y cantadores componen décimas en la inspiración entusiástica de la controversia repentista. Pero el soneto es estrofa de mayor tino, más apegado al filo descortés de la exigencia formal y la precisión de la idea. Ellos, sin embargo,  lo consiguieron para enviar la obra a un concurso y tratar de merecer los  cien pesos que  metalizaran un tanto sus  ayunos de místicos pueblerinos.

El esfuerzo reclamaba un estimulante, un paraíso de lentejuelas, una sicodélica  estancia de ángeles. Carecían de peculio para ron, incluso para un plebeyo aguardiente. La fantasía de Panchito de Oraa superó gallardamente el trance. Había leído que el jugo de caña  regalaba al cuerpo humano un sucedáneo de embriaguez. Y reuniendo los centavos que por ignotos rejuegos se dispersaban en sus bolsillos, obtuvieron capital para cinco vasos de guarapo por boca.

Inflados, tal vez distendidos, pero vacíos de prefiguraciones esotéricas, encontraron un rincón en el parque de Caibarién, y convocaron, mediante la conversación apropiada, la presencia del General José. Creada la atmósfera histórica, la composición imaginaria del lugar, Sergio, de pronto, ordenó:

-Vamos, Panchito, comienza tú; pero con endecasílabos.

Oraa, alzando la mano en un gesto aún habitual, recitó como si extrajera el verso de una memoria imprecisa y consciente a la vez: Hermano digno del coloso oscuro... Galindo, asumiendo la dirección, dijo:

-Arriba, Sergio, tú ahora.

Y Sergio: Fruto inmortal del vientre de Mariana. Y Galindo: Que abriste con tu brazo la ventana... Y Oraa, a un ademán de Sergio, completó el primer cuarteto: Hacia  el amanecer más alto y puro.

A los 20 minutos habían compuesto tres sonetos. El primero seguía así: “Bajo tu empuje irrefrenable y duro/ Cedió la furia de la hueste hispana, /Y fue tu corazón áurea campana/ De Libertades sobre el patrio muro./ Tu sangre perfumada y florecida,/ Hoy, desde el surco fértil de la gleba,/ Resurge  en flor brillante y encendida,/ Mientras tu voz despierta el horizonte/ Con un grito que cada palma eleva/ Y hace estremecimiento cada monte”.

No ganaron el concurso. Ganaron más: la certeza renovada del talento propio y la justificación del parque como expresión de libertad para aquellos que cuerdos o locos tienden a encontrarse  para soñar, o mirar el cielo entre los árboles.

Yo, por el contrario, nunca he escrito poemas en los parques. Y no besé muchachas en agraz bajo copudas sombras clandestinas o cómplices. Y menos moldeé mentiras como aquel compañero que haciendo retroceder el recuerdo, relataba que un día matriculó en la universidad y se dijo que hasta que no se hiciera abogado no se detendría. Luego callaba. Y todos suponíamos que era abogado. Así, de vez en cuando hacía alusión a su pretendida carrera. Una noche, alguien le preguntó si había cumplido su empeño, si se había detenido o había continuado contra cualquier oposición o dificultad. Tartamudeó. Y logró admitir que esa pregunta nadie nunca se la había hecho, porque a fin de cuentas se podía colegir de su historia el resultado final. Por tanto, el tampoco contestaría a quien no sabía emplear la imaginación, ese borde delantero de la inteligencia. Porque él había aprendido, en la academia militar... Y añadió otro diploma a un currículo que crecía en esa universidad improvisada y siempre activa de los parques.

Pero aún me agobia el único hecho que me correspondió protagonizar en un parque. Sucedió mientras conversaba una noche de jueves con varios condiscípulos. De pronto, una pelea.  No supe nunca por qué causa. Y me inmiscuí con mi vocación de buen samaritano que Juan Ángel Cardi, escritor y humorista, reconoció públicamente años más tarde al dedicarme un cuento  de su libro El  caso del beso con sabor a cereza. Dentro, pues, de la concertación de puñadas  y trompicones, echando a un lado a unos y a otros, recibí un golpe en la nunca. Un mazazo cuya contundencia requería premeditación del puño tan certeramente teledirigido. A veces trato de intuir qué incógnito enemigo aprovechó la confusa circunstancia, y lo que hallo en la penumbra  es una especie de aversión hacia los parques donde tantas opciones pululan y donde, sin embargo, elegí la menos conveniente para contar después cualquier historia

 

 

 

LOS LOCOS NO ESCRIBEN

Luis Sexto

 Del libro de cuentos aún inédito titulado Hojas clínicas

 EN UNA MAROMA UN TANTO LITERARIA me dije  que no leería más libros ajenos, que colgaban de las paredes del cuarto y se aglomeraban en el baño y la  mínima cocina, organizados en  anaqueles por temáticas. El libro que ahora quería leer, que reclamaban mis deseos, gustos, mi nostalgia –mi depresión, lo admito- no estaba allí entre esos títulos comprados pacientemente desde los l7 ó 18 años. Eran  autores que me acosaban por las luces de sus nombres: Hegel, Kant, Spinoza,  Bergson, Joyce,  Pound,  Mann, Santayana, Lezama. Para qué mencionarlos a todos, si alguien podría no creer que esos autores fueran huéspedes de mi casa. Ah, y Vargas Vila, en dos títulos que me prestó Sempé; lo aclaro para librarme de cualquier incongruencia. Todos aquellos me revelaban un estilo como una posibilidad de trascendencia y de ahondamiento en los meandros del alma humana. ¿Qué quería leer ahora? Me preguntaba, pero no sabía: inaprensible como el sueño y los buenos o malos pensamientos de un momento, era la tentación de leer lo que no estaba allí entre mis volúmenes predilectos.

Al atardecer, fui  a consultar con Montes, cuya casa, no distante, se avecindaba en la periferia del Vedado, a merced del viento, el sol y el salitre del litoral que le ahuecaban el repello y la envejecían. Su biblioteca, tan congestionada como la mía, se dispersaba en un sistema de clasificación que en vez de números e iniciales, o temas,  tenía en la lista confeccionada para guía de su lector principal, el color y su tonalidad: verde olivo, rojo cardenalicio, amarillo mostaza, como si se refirieran a automóviles o uniformes militares.

Mi visita  no lo sorprendió: eran frecuentes. Le extrañó, en cambio,  que le pidiera permiso para  introducirme con todas mis potencias en los  libreros que parecían quebrantarse bajo los textos patinados de un polvo que había pasado de un siglo a otro sin que alguien lo aventara. Me miró por sobre sus espejuelos, habitualmente en la punta de la nariz. Mis libros ya no me gustan, le dije mientras revisaba;  tomé un ejemplar, lo hojeé y lo repuse en su hueco. ¿Pudiste imaginarlo alguna vez? Lo pensó unos segundos y me respondió que las mujeres también dejan de gustar. Ah, sí, como si pudieras fabricarte una mujer cada vez que quisieras, dije.

Entré en su cuarto, donde la cama de soltero se mantenía bloqueada por más libros, supongo que los de cabecera. Continué registrando, hojeando. Son los mismos. Manoteé sobre la pierna derecha. Con alguna salvedad, aclaró, y comenzó a enumerarlos: Onetti, Posse, Rulfo… No me sirven, dije. Muy elementales. Y él se encogió de hombros con la misma parquedad de sus mejores diálogos narrativos.

Yo no me explicaba esa depresión que me hacía añorar un libro único, distinto, que tuviera el color de mis nostalgias. Los lectores de hábito invariable me comprenderán; quién no ha tenido ganas de comer un plato diferente. Me parece que  me sobran cojones –dije desacostumbradamente. Y como tampoco tienes lo que yo apetezco, voy a escribir el libro que me gusta y no hallo.

Montes puso en duda mi propósito y me preguntó de qué iba a escribir.

Acabé de introducir en el anaquel el último tomo hojeado.

-No dices que estoy viejo. Pues, de qué hablan los viejos, a ver.

-De su vida, su historia. La repiten hasta el aburrimiento. Y lo peor es que no dan cuenta de los bostezos ajenos.

Abrió la boca cuando contraataqué con una idea que podía haber sido suya: que los libros dan segundas y terceras oportunidades, puedes rescribirlos, y se limito a recomendarme que me cuidara, puedes decir lo que no es verdad, o lo que les corresponde a otros. Volvió a mirarme por sobre sus espejuelos y me dijo: Espero revisar el original. Podría ser, pero con la condición de que no corrijas nada, porque las historias de los héroes no se retocan. 

Mientras se quitaba los espejuelos de aro, sonrió con el reojo de la burla convertida en un cristal irónico. Caminó hasta la cocina mientas decía: Pareces obsesionado, poseído. ¿Místico ahora?  Pero en verdad estás fabricando un pretexto para abandonar tu retiro; necesitas acción; ese es tu vacío: no tener un punto Omega y empezar a retroceder hasta Alfa, y recomponer alguna historia vacilante, casi increíble, y que nadie todavía  ha creído,  y llenó una copita de vino de marañón, rosado y dulce,  receta que había conseguido en la casa de una amiga de Santiago de Cuba, poetisa y visionaria.

Permanecí ensimismado, mirando por la ventana las olas que en esa época de finales del año se agotaban descargándose sobre el muro y los arrecifes.

-Bernal, Bernal…

Me volví. Y dijo: carajo, te lo tomas muy en serio; lo sé bien: nunca has guardado los documentos de tu vida. Apenas apuntas una frase ajena, no escribes cartas, y tu diario se quedó en blanco cinco días después de haberlo comenzado. Bueno –dije-, algo sé de la teoría del doctor Francis Ramayana, el indoamericano.  Se titula La dimensión impalpable. La quinta dimensión, el espacio-tiempo anterior al momento que sigue, incluso a la destrucción. Nada desaparece, nada se destruye. La vida es un libro de páginas incorruptibles. Un tronco de capas sucesivas. El punto Omega estará en papeles que no podré leer.  Pero  los rescataré del tiempo transpuesto. Rota la inercia, el punto cero será el mayor peso del mundo.

-Estás  loco -dijo Montes.

 

 NOTA AL MARGEN: El paciente preguntó: Los locos no escriben, ¿verdad, doctor? Y el médico le respondió que Lu Sing escribió Memorias de un loco. Desde entones busca colores originales, traslúcidos para pintar sus visiones.

LOS MISTERIOS DE DRAKE

LOS MISTERIOS DE DRAKE

Luis Sexto

La espirituosa, ensoñadora, trastabillante naturaleza del ron no fue lo primero en su historia. Antes fueron otro sabor, otro aroma… Otra cosa. Desde los primitivos trapiches, molinos o ingenios,   el aguardiente brotó como un derivado de la caña de azúcar. Entonces ganó fama de plebeyo en su consumo: alegró el ocio de los piratas y purificó democráticamente la zanja del látigo en las espaldas esclavas. Era entonces ofensivo como hueco de letrina.

Pero resolvía la atmósfera de las tertulias escabrosas o de las más decentes. Mezclado con agua, azúcar, una rodaja de limón y una ramita de hierbabuena, deambuló por tabernas y hogares con el nombre de Drake, el corsario que en el Caribe arrastraba la cola del diablo y en Londres lo cubrían con una clámide de santón.  Después,  insurgió el ron como una criatura fantástica. Y tal mudanza  continúa oficiándose como un misterio. Los químicos no han precisado con certeza los resortes que desdoblan una bebida para convertirse en otra que de un trago borra su pendenciero  pasado.

Una alquimia,  soterrada y silenciosa, procesa el aguardiente. En este –suponen- subsiste en un uno por ciento de materia orgánica, y al pasar el tiempo reacciona ante el aire que trasvasa los toneles. O el roble de los barriles despide ciertos ácidos que se coligan con los residuos orgánicos del aguardiente. O influyen ambos fenómenos. Y poco a poco vibra en un proceso de metamorfosis sorprendente.

El tiempo parece ser el catalizador de la fórmula enigmática del  “hijo alegre de la caña de azúcar”, como bautizará al ron el periodista cubano Fernando G. Campoamor, que será el más culto y ágil biógrafo del caldo criollo. Mientras más vieja, añejada, superior es la bebida. Esa fue, quizás, la receta de Bacardí, el destilador que en 1862 fundó en Santiago de Cuba la dinastía del ron cubano. Influye también la alcurnia de la melaza que, mediante la levadura, se tornará en alcohol. Y esa miel  de pureza única sólo es posible obtenerla en las circunstancias climáticas y telúricas de la caña cultivada  en Cuba. 

Los cubanos  beben ese misterio, como en un culto. Y a su influjo el  sordo baila, el tímido habla, y el triste ríe. Cualquier cubano, sea en Santiago de Cuba o en La Habana,  en Cienfuegos o en Pinar del Río, dirá  que su ron es el mejor, aunque hay marcas. Y más marcas. Y usted tendrá que descubrir las mejores, porque el cronista no es catador ni  publicitario. Lo que sí asegura es que la proverbial tendencia cubana a la desmesura no exagera cuando convierte a su ron en lo “máximo”.  Lo confirmará Hemingway con su autoridad de bebedor. El escritor, en una página de Adiós a las armas, confesará que el supremo placer consiste en un sorbo de güisqui. Años más tarde, cambiará de opinión convirtiéndose en uno los más  asiduos degustadores del ron cubano.  En particular del trago llamado daiquirí y que no es más que el gemelo esclarecido  de aquel mejunje que el corsario Drake le dio nombre.

 

 

LA MODA DEL CANDADO

LA MODA DEL CANDADO

Luis Sexto

Es como si las puertas estuvieran cerradas. ¿Cuáles -pregunté a mi interlocutora-: esas que cierran en las tiendas, en los cines, en muchas oficinas públicas para que uno tenga que entrar y salir por una sola puerta?  No, no solo esas puertas. Me refiero a que los problemas surgen, y una, con toda la razón de la vida, acude a plantearlos, y a veces nadie responde, nadie quiere enterarse.

Este diálogo no es imaginario. Lo sostuve ayer –precisamente ayer- en un receso durante un debate académico sobre nuestra realidad. Y la conversación se fundamentaba en la ponencia que, poco antes, habíamos escuchado. Por supuesto, asentí. Los periodistas, que no somos académicos en el sentido más puro de ese título, somos una especie de académicos de la vida cotidiana, y conocemos de primera mano esas verdades que los investigadores detectan y sintetizan con su instrumental científico. Si de veraz somos periodistas, si soy verdaderamente un columnista, los oídos han de estar a ras del suelo, oyendo incluso los sonidos más lejanos. Como cuando los niños pegan la cabeza a los raíles ferroviarios para comprobar, por la transmisión acústica, si viene el tren que aún no se ve.

Algunos en Cuba, cierto, viven con las puertas cerradas, aunque su función implica mantenerlas abiertas. Fíjense que escribo “algunos”. En los análisis de nuestra realidad, he cuidado siempre de no generalizar, porque sería injusto. Nuestro país es una mezcla de lo positivo y lo negativo. Junto al que no quiere oír, ni ver, incumpliendo así su papel, se yergue otro que sobrepasa su misión. Por ello, uno trata de equilibrar el juicio. Pero la permanencia de la virtud, no implica que el vicio, el defecto, la insuficiencia, no puedan actuar libremente. O que puedan corregirse automáticamente. Incluso, la vigencia de la “antivirtud”, aunque sea minoritaria –que lo dudo-, amenaza la eficiencia de las políticas correctas, solidarias, revolucionarias, en fin.

Todo cuanto vengo diciendo se empalma con lo dicho el viernes pasado y el anterior en esta columna. Hablábamos entonces de la conciencia jurídica, cuya influencia uno notaba que había disminuido. Yo citaba ejemplos reales de desidia e injusticia. Como si algunos de cuantos debían cumplir y hacer cumplir las leyes, salvaguardar el derecho, solo les preocupara mantener su estado, su “figurao”, como dice el pueblo.

Por momentos creo –aseveró mi amiga con cierta resignación- que queremos un país de puertas cerradas. Porque –argumentó- si no por qué este o aquel se escudan tras las puertas sin que nadie les pida cuentas por esa actitud de indiferencia, de descrédito. Qué trabajo pasas para que alguien  te responda o explique.  En un punto, sin embargo, no le di la razón. Ese no debe ser el país que queremos, ni el que se ha proyectado que exista. ¿Piensas que acaso somos solo nosotros los que ponemos los oídos sobre el suelo para distinguir los mensajes que definen nuestra situación social? ¿Crees que somos los únicos que ponemos la cabeza en el carril para averiguar que el tren se anuncia? No; no podemos ser los únicos… 


QUÉ SEREMOS ENTONCES

QUÉ SEREMOS ENTONCES

Luis Sexto

 

Cierto conferenciante en una universidad romana intentaba demostrar hace algún tiempo que a la música actual le falta corazón. Pueden sobrar combinaciones de sonidos e instrumentos para ejecutarlas, pero se echa de menos el latido de la emoción. Posiblemente, a ciertos juicios les  parezca un disparate tal conclusión. Otros, en cambio, se darán cuenta de que lo  predominante en el éter o en algún espacio es la estridencia, el ruido que  enardece la herencia primitiva de nuestra especie.

Para gustos -modifico el dicho- hay sonidos y colores. Y si me he colado en sector tan técnico ha sido como un modo de entrar en el tema. Corazón, pues, le falta sobre todo a la política, a las relaciones entre países y al uso del derecho internacional. De tanta cordialidad carecen las potencias económicas y militares, que a la puerta del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas podría colgársele este cartel promocional: “Se legalizan  agresiones, siempre y cuando provengan del fuerte contra el débil.”

¿Y qué letrero levantar en la fachada del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial? Cualquier término negativo encajará. Porque, en esencia, le falta corazón al capitalismo cuya economía aparenta multiplicar, y en la distribución resta más que divide: resta a los muchos para sumarles la diferencia a los menos. Y le falta sensibilidad a su prensa, o a  cierto sector de su prensa, que destruye un prestigio, sin discernir la verdad o la mentira, como si bebiera indiferentemente  un trago de mal güisqui.

Pero no es hábito de esta columna aterrizar en pistas internacionales. Y si hablo de cordialidad y sensibilidad –casi sinónimos en la semántica de las relaciones humanas- es para insistir en que a cada uno de nosotros y a las instituciones del país no nos debe faltar la sensibilidad, ni la cordialidad. Y si un tímpano preparado para oír y valorar los sonidos medidos y armonizados, puede detectar la falta de corazón de esta o aquella música, también una conciencia sensible sabrá precisar qué es y que no es ni podrá ser la política en Cuba.

Hace más de 150 años, un cubano llamado Antonio Bachiller y Morales, hombre de letras y ciencia, dijo en su curso de economía política en el seminario de San Carlos y San Ambrosio, que las acciones económicas eran válidas si servían para hacer felices al mayor número posible de personas. Dicho esto, que se empalma con los fundamentos del humanismo de la cultura cubana y la doctrina de la Revolución, tendremos que reconocer que la política necesita de un sustento ético. Porque sin el beneficio de la ética, la política se inclinaría a resolverse en consigna o cálculo de intereses.

Como advertencia imprescindible, oímos que todo cuanto se decide hoy en la sociedad cubana en lo económico y lo social, incluso en lo político, exige una anulación de la vieja mentalidad y la articulación de un nuevo concierto de ideas, iniciativas, costumbres y enfoques que sean el antídoto de ciertas fórmulas ya estériles. ¿Quién negaría que si la visión pervive envejecida, prácticamente la concreción de leyes, resoluciones, modificaciones atravesarán una zona reblandecida, demasiado movediza como para subsistir erectas y actuantes?

A mi manera de juzgar, la ética como orientación básica de los actos económicos o políticos nos tendrá que conducir a un fin, el fin auténticamente revolucionario y socialista: procurar la felicidad o el bienestar de la mayor cantidad posible de nuestros compatriotas. Cualquiera otra finalidad quizás se conjuraría contra lo actualmente proyectado o aplicado. Por tanto, la ética del deber ser tendrá que prevalecer contra la desvaída ética de lo que es o ha sido.

Se me ocurre un símil, un juego de palabras: podrá haber receso “docente”, pero nunca habrán de entrar en receso las actitudes “decentes”. ¿Me explico? La decencia, palabra que define verdaderamente a cualquier ciudadano, tendrá que convertirse en un rasero, una condición. Porque decente es mucho más que capaz, inteligente, culto. Decente viene siendo el que emplea sus facultades y posiciones para trabajar por los demás, sin acudir a las apariencias, o a las promesas fatuas, o a la mentira, ni otras mañas de basurero.

Y en ello consiste la diferencia: O nos renovamos en ideas y actitudes honradas, y consecuentemente  con el espíritu de la nación y del socialismo renovado, somos medidos y pesados por la actitud ética, o seremos… qué. Podría terminar la disyuntiva, mas no quiero ser pájaro de mal agüero y permito que lo medite usted, si me leyó hasta aquí.