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PATRIA Y HUMANIDAD

EL DÍA EN QUE ME MATARON

EL DÍA EN QUE ME MATARON

Luis Sexto

Esta crónica tiene más de veinte años de haber sido escrita. Fue publicada en la revista Bohemia a principios de la década de 1990. La incluí recientemente en mi libro Yo me peino de memoria, de la editorial Letra viva, radicada en Coral Gables, Florida. Se encuentra a la venta  en Amazon, y en Books and Books y Barney & Noble. Al cabo del tiempo, me parece simpática, aunque otros pueden pensar lo contrario.

No recuerdo haber muerto; sin embargo, me mataron.  Fue un día imprecisable en el que me inscribieron como difunto, por  broma o confusión, en  la memoria de los vivos. Murió en un accidente, difundieron en ciertos lugares por donde nunca más yo había pasado.

Y no me quejo. Cumplí involuntariamente un deseo de adolescente. Influido por un poema de Rubén Martínez Villena, había pedido en versos asistir, protocolar y silencioso, a mi velorio. Era una estrofa de cuatro o cinco líneas. La escribí durante una clase de matemáticas, y no pude proseguirla porque se mezcló con alguna metáfora algebraica que el profesor, golpeando tres veces el pizarrón, me exigió copiar. También la he olvidado.

Con el privilegio poético de estar muerto y vivo a la vez, quería confirmar si Balzac acertó al decir que en los cementerios todas las esposas son amantes, los amigos fieles y los ricos generosos.

Por entonces sabía muy poco de la muerte.

Ahora me he dado cuenta de que el sentimiento de la muerte posee gradaciones. A los 18 años es una circunstancia emotiva; seduce el imaginar el propio rostro tieso, plácida y candorosamente juvenil, y oír el lamento de la gente porque uno haya fenecido siendo tan joven, tan inteligente, incluso tan hermoso. Es la edad de la audacia y el desprendimiento incontaminados de cálculos. Transitando por ella acometí mi único gesto heroico: arrojarme a las riendas de un caballo desenfrenado. Arrastraba un carretón, y el viejo que lo conducía y acopiaba desperdicios para cebar puercos, no podía detenerlo. Los ojos de Mirta, una amiga que entonces hacía que mi cerebro  se empapara de ternura, condecoraron aquel acto casi fílmico. Y no hubiese dudado en morir pateado para sentirla llorar por este muchacho loco.

Ah, la muerte, tan lejana e imposible.

Tras los 40 la posibilidad es más próxima, y menos romántica. Y nos parece inverosímil tener que encararla sin haber podido realizar los ideales de todo hombre, propósitos que quizás uno nunca consigue para disponer de un pretexto con el cual distraer a la muerte. Pero algo raro me falta por añadir. Desde mi infancia hasta la adolescencia, la muerte  entumeció mis tardes.  Quizás aquella preocupación empezó como con un símbolo, una atmósfera, una señal. La vi cuando una noche acompañaba a mamá a la capilla, para oír unos sermones del mes de mayo. Íbamos por el callejón que delimitaba el pueblo de los campos. Por esos linderos vivíamos entonces. La luna, completamente redonda, me obligó a sentir tristeza, sensación de finitud. Quizás ya había visto recientemente al  primer muerto de mi vida: a Josefa, la vecina, de cuya cara apacible mamá quiso que me despidiera. Ambos momentos confluyen. Más adelante, trasladados ya a la casa de La Loma, la parte alta, asomado a una ventana que miraba al oeste, el rumbo del cementerio, volví a sentir la inutilidad de la existencia. Quizás fue el efecto del poniente que se embarraba de amarillo agonizante.  Me pregunté: para qué vivir si uno muere. Padecía precozmente, al parecer,  de vocación de perennidad. Y como la lógica, el engarce de los detalles, era mi talento más elogiado, deduje que para no morir habría que ejercer el único oficio a cuyo ejecutante la muerte no podía dañar. Y muy pronto, ante el familiar plato de sopa, papá preguntó  en qué pensaba yo trabajar cuando fuese joven, y le respondí:

-Como sepulturero.

Pero he muerto joven.

Lo supe cuando, después de varios años, volví a saludar a ciertos ex compañeros de trabajo. Reaparecí de improviso. Laboraban en un salón donde, en arbitrario conjunto, las mesas de dibujo mostraban, como escudos, sus tableros móviles.

-Buenas tardes.

Unos alzaron la cabeza y quedaron entontecidos; otros dejaron el compás en el aire; aquel, el índice puesto en el número nueve del teléfono...

-¡Sexto! – respondieron colocando en mi apellido signos de admiración especiales que no hallo en mi máquina.

Lo que todavía suele conmoverme al acordarme de aquella escena son las palabras de Pedro Vargas, topógrafo con quien yo jugaba inocentes partidas de ajedrez cuando ambos ayudábamos a que tomara rectitud y solidez la línea ferroviaria entre el central Colombia y la terminal marítima de Guayabal, entonces en el sur de la provincia de Camagüey y hoy perteneciente a Las Tunas.

Vargas había salido. Al regreso le informaron:

-¿Sabes quién te dejó saludos?

Casi airado respondió a lo que supuso un chiste:

-No jueguen con los muertos, caballeros. Y mucho menos con ese, que era tan buen muchacho.

Desde entonces, Balzac, para mí, es infalible. Y Vargas me resultó más simpático.

 

 

 

“LA TAREA PRIORITARIA”

Varios años atrás, hablé en Juventud Rebelde del ingeniero Roberto Fundora y de su proyecto. Mi comentario sirvió para que los organismos involucrados avivaran su apoyo antes de que dejaran morir, por negligencia o desinterés, la oportunidad  de producir alimento altamente  proteico para animales. A pesar de los años transcurridos, todo sigue igual. Y como sé que Fundora es  un hombre creativo,  afanado por ser útil y con aval técnico legítimo, reproduzco el mensaje que me ha enviado.  Luis Sexto

Pude leer a través de los medios de difusión del país, el artículo del  compañero Fidel titulado “El porvenir Incierto”, con fecha 7 de octubre del año en curso. Me resulta altamente conmovedor que el líder histórico de la Revolución cubana no pierda un minuto  de esfuerzo dedicado a su pueblo, y tenga como tarea prioritaria la producción de alimento en cantidad y calidad suficiente.

 Cuánto  desearía poder trasmitirle a Fidel mi experiencia  durante 40  años en el campo de la biotecnología industrial y los resultados actuales mediante la producción  e investigación de los últimos 15 años en la obtención y desarrollo de concentrados proteicos para la  alimentación de todas las especies animales (incluyendo los peces), de  los cuales  nos alimentamos los humanos.

A partir de los residuos de cosecha, del molinado de granos, fruta y otros vegetales,  consigo el desarrollo de proteína unicelular (células de levadura) que junto a la proteína de los vegetales en cuestión logra alcanzar un producto seco con un mínimo  de proteína bruta  que oscila entre un 40 y un 60 por ciento, según se desee. Todo ello referido a fuentes de nitrógeno que proporcionan los aminoácidos (no sales de amonio), además, de elevada composición de vitaminas y minerales con probada palatabilidad.

Me encuentro jubilado, pero no retirado de mis tareas de producir y  ensayar en casa con esta tecnología, que además formó parte de  un proyecto oficial de Ciencia y Técnica en mis años de labor, como  innovación tecnológica bajo mi autoría, probada y certificada científicamente.

 Según mis pruebas, llevado lo anteriormente dicho  a un programa, ya concebido, pero sin aplicar, nos podría  a permitir, con seguridad y elevada factibilidad económica, dar respuesta contundente a tres sectores de la economía: la producción de alimento animal; la producción de energía eléctrica utilizando fuentes renovables, y la producción de biofertilizantes. Todo ello, sin contaminar el medio ambiente.

Como se puede apreciar, el tema responde a un asunto de seguridad nacional, y como cuestión estratégica requiere de elevada voluntad política y de  oídos receptivos para que este esfuerzo se traduzca en tan importantes beneficios.

Roberto Fundora Zamora

Dirección: Calixto García #163. Colón, Matanzas



CON LA MISMA PIEDRA

CON LA MISMA PIEDRA

Luis Sexto

 

He oído decir que la infancia es la edad de los porqués. Por qué, papá, o mamá,  brilla el sol, y por qué el mosquito pica, y por qué llueve. Bueno, en fin, quién no ha pasado por el trance de responder a sus hijos, o a sus alumnos, esas preguntas que, al juzgarlas seriamente, no suponen más dificultad que pensar un poco, o consultar un viejo texto, aunque suelen  molestar por su insistencia.

Uno, al ver crecido a sus niños, cree descansar del acoso, sin percatarse que en cualquier momento –sobre todo si uno es periodista- un amigo, un lector, un oyente, te enrostra una pregunta que obliga a añorar la ingenuidad de tus hijos en la infancia. Me acaban de preguntar por qué el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.  Quizás el menos apto para responderla sea el hombre mismo. Si nuestra especie pudiera hallar la respuesta exacta, a lo mejor dejaría de topar con la piedra por segunda vez. Pero, por el contrario, tropieza, y le echa la culpa a la insensible e irracional roca. Porque, en definitiva, alguien habrá de tener la culpa... menos el que choca.

No sé si el tema será del agrado de cuantos habitualmente leen estas notas, digo, si es que tropiezan con ellas  después de haberlas leído por primera vez. Pero ha sido uno de ustedes el que ha echado la interrogante como un pie forzado. O como un desafío. A mí me parece que la pregunta podemos responderla entre todos. Usted o ese, este o aquel tal vez hayan visto en su centro de trabajo que ayer se cometió un error, y semanas, meses, años más tarde el mismo perro vuelve a morder a quienes habían tomado la equívoca decisión.

A mi entender, a los seres humanos les cuesta admitir que se equivocan. Suelen ver lo que hacen otros con una mirada muy filosa, y apenas abren los ojos para ver la actuación propia. Nos falta, así, visión crítica para lo nuestro. Esta palabra –crítica- por momentos se transforma en una palabrota; conozco personas que estallan ante la sola idea de aceptarla, o de practicarla. ¿Y quién detiene el yerro, quién endereza la desviación?

Ya uno ha vivido lo bastante para comprender que el error de ayer, será igual al de mañana si lo repito en los mismos términos. Dejará de repetirse si la vivencia –esto es, lo que vivimos- se convierte en experiencia. Y el problema, pues,  radica en ese tránsito de lo vivido a lo sabido. Porque usualmente falta el espacio para la reflexión y sobra el espacio para la suspicacia, el rechazo, ante quien, honradamente, recuerda que ayer nos equivocamos adoptando una medida parecida.

Por esos rumbos debe de andar la respuesta a quien me ha preguntado, como si yo fuera un oráculo, por qué, al decir de un griego, el hombre tropieza dos veces con la misma piedra. En suma y brevemente: tropieza porque quiere hacerlo, o porque no ha sabido decodificar el mensaje del pasado. 

 

 

AMIGO AÚN TANGIBLE

AMIGO AÚN TANGIBLE

 Luis Sexto

EL DECESO DE CINTIO VITIER, hace cinco años,  me obligó a tomar de entre los libros domésticos, dos de sus títulos  más recurrentes en mis horas: Ese sol del mundo moral y Vida y obra del Apóstol José Martí. Tal vez ninguno de los cubanos que hallan en la lectura la justificación de su ser y su circunstancia, pueda permanecer impasible ante estos volúmenes. Si en alguna ocasión reciente he dudado de mi vocación o de mi modesta persistencia en asumir el destino de mi patria, he  hallado en estos libros la justificación de los días que desvivo. Cintio me recuerda que la historia, que el pasado y la tradición prometen el sentido de la vida a quienes eligen las  incertidumbres del ser ante las certidumbres del tener.

Nacido en Cayo Hueso, Estados Unidos, en 1921, quizás pocas veces  el gentilicio cubano  ha sido tan exacto y tan justo. Porque Vitier se dobló sobre cuartillas frescas y documentos viejos para  dar a Cuba una visión clara, ancha de sí misma a través de la literatura. Escribió versos, ensayos, estudios críticos, novelas. Fue habitualmente un  poeta de aproximaciones lúcidas al investigar y evaluar la papelería de cinco siglos concerniente al pasado literario cubano. No dudo en llamarlo uno de nuestros humanistas. También, por ello, asumió en estilo y verdad la talla de los  descubridores.

Muy joven me convertí en lector asiduo, admirador lejano y anónimo de Cintio y de su esposa Fina García Marruz, pareja  tan ejemplar en lo artístico como en lo ético. De Cintio leí cuanto podía hallar. Al adentrarme en sus letras sabía que era un autor en plenitud de sinceridad y cultura. Aun en cuanto podía estar en desacuerdo, encontraba yo una razón de aprendizaje. Lo cubano en la poesía, me trasmitió otra dimensión de la historia. Y la vida y la obra de José Martí me alcanzaron desde un mirador  íntegramente ético, sin el  cual -me parece que  Cintio lo demostraba- no es posible juzgar ni entender a Cuba y a su historia

Esta nota no puede, sin embargo, transitar por el resumen de todo cuanto Cintio escribió. Su muerte me tocó como si con él hubiera se cercenado uno de mis miembros más útiles. No he de decir que me apareé al pie de sus jornadas, como un centinela o un vecino de puerta con puerta. ¿Pero acaso ha de ser necesaria la proximidad espacial  para  estar próximo? ¿No tienen los afectos más entrañados el pudor que los distancia del objeto querido a la vez que los exalta y los acendra? 

En 1968, tenía yo casi 23 años. Un sábado visité, como de costumbre, al ensayista, investigador, polígrafo José María Chacón y Calvo. Y mientras esperaba por la lentitud de su pierna enferma, registraba sus libreros de modo que tropecé con el polémico libro de don Ramón Menéndez Pidal sobre el Padre Las Casas. Me lo regaló. Otra noche, encontré Temas Martianos, de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Pero me lo negó. Está dedicado, le oí alegar en cierta protesta de su generosidad.

Entonces opté por pedírselo a los autores, en una carta cuya línea inicial recuerdo sin lamentar el verbo husmear, tan aparentemente impropio si desconocemos que uno o dos años antes de su deceso, libros de José María, o de sus amigos difuntos o emigrados, aparecían en cualquier rincón como fragmentos de lo derruido o amontonado. Sirvan de muestras, las dos torres que sobre el piso condensaban  los tomos de Obras Completas de Martí, publicados por Trópico;  habían pertenecido a Jorge Mañach, algunos de cuyos subrayados leí con devoción influido más bien por la resonancia del autor de Indagación del choteo. Escribí, por tanto, a Cintio y Fina: “Husmeando en la biblioteca de nuestro común amigo Chacón y Calvo…” Ellos no me conocían ni de nombre: no había ninguna razón; tampoco las hubo en lo sucesivo. A poco, el cartero me entregó un ejemplar de Temas Martianos, firmado por Cintio y Fina: “A Luis Sexto Sánchez con saludos martianos de sus amigos”.  .

Lo que quiero decir, pues, es que aquel gesto de 1968 fue el anticipo, la piedra fundacional, el imán, de la dicha que  en 2005 merecí sin merecerla. Momento es para volver a contarla. Un día de ese último año Cintio y Fina me invitaron y recibieron  como amigo tangible. Leían mis prosas periodísticas, y querían decírmelo como si fuesen lectores comunes deseosos de conocer al autor predilecto. ¿Sabían que premiaban la lealtad de un lector? 

Experimento, desde luego,  cierta desazón al contar este episodio. Mi escasa relación personal con Cintio y Fina a quien honra es a mí. Ellos pudieron seguir nutriendo su crédito, su prestigio de personas y artistas, sin haberme conocido en cuerpo y alma. Yo, en cambio, gané el estímulo, el reconocimiento de dos poetas a los que había querido, enconchado en la incógnita, durante casi dos tercios de mi existencia. Los empecé a querer primeramente, como quería Martí, por su integridad y  por su sabia y lírica sustancia cubana. Luego, por su obra literaria de quintaesencias humanistas. Y siempre con la misma intensidad del discípulo que necesita maestros y los asume en actos y libros ajenos.

A esa entrevista –a la que faltó Fina involuntariamente; después nos veríamos- llevé un libro: Prosas leves, de Cintio. Al final, le pedí que me lo dedicara. Es mi predilecto entre los suyos, le advertí. Yo también lo prefiero, confesó. Su dedicatoria fue para mí la plenitud de aquella inicial, tan delicada y sobria, de 37 años antes. Ahora sí podría estar seguro, satisfecho, de que tanto Cintio como Fina –o tanto Fina como Cintio, el orden del binomio no alteraba la sensibilidad- conocían, en la acepción de “poseer”, al Sexto a quien le autografiaban un libro. Los días se habían aglomerado en largas filas, despaciosamente, para favorecer esta confluencia que traté de presagiar y disponer en mis años liminares como aprendiz de letras y estilos. Cintio escribió esta dedicatoria: “Para Luis Sexto, periodista de prosas leves…” Y lo demás, lo guardo en ese lado izquierdo donde afirma nuestra lengua, tomándolo del cor, cordis latino, que radica lo más entrañable del ser humano. Y en ese mismo nicho conservaré aquel modo tierno, sincero, inesperado, quizás inconsciente, con que Cintio, en mitad de nuestra charla, me dijo: Hijo mío.

¿Podría ahora, cinco años después,  no llorar o lamentar la muerte de Cintio? Puedo llorarlo, sobre todo extrañarlo como algo propio, necesario. Y puedo prometerme continuar leyéndolo, reencontrándome con el estilo de un escritor cordialmente cubano, porque sobre mi mesa continúan abiertos sus libros.

SER O NO SER CONSERVADOR

SER O NO SER CONSERVADOR

Luis Sexto

La  crónica de las revoluciones nos facilita una conclusión: casi todas han sido hábiles al conquistar el poder, pero menos hábiles al defenderlo. Pocas han perdurado sin que la restauración del “viejo régimen” haya dado una vuelta a ese ciclo que llamamos, en una imagen cómoda,  “la rueda de la historia”.  

Juzgar desde el presente el pasado es comúnmente fácil, opondrá alguno a mi afirmación. Pero el análisis de los hechos pasados se hace no solo para justificar las acciones de cuantos nos precedieron, sino para aprender de aquello que, aunque pueda ser explicable racionalmente, nos trasmite una especie de aviso: obrando igual podrás llegar al mismo fin, aunque sean distintas las circunstancias. Qué nos enseña, por ejemplo, el fracaso de la Revolución de Octubre, después de que el mundo que ella había generado y en apariencias consolidado hizo implosión en 1990. Primeramente, ese trágico episodio de fines del siglo XX confirma mi aserto inicial: fue muy capaz para destronar al zar y su tinglado de opresión medieval; incluso, se defendió con  armas triunfales de la invasión hitleriana, pero no pudo impedir que todas sus conquistas se extraviaran en un camino de retorno. Lo que parecía imbatible, cayó; lo que reputamos de eterno, feneció.

La disolución  de la Unión Soviética, el País de los Soviet, el primer país socialista de La Tierra, como llamábamos al vasto conglomerado de repúblicas socialistas surgidas a partir de Octubre de 1917 –según el calendario Juliano-, ha dejado numerosas experiencias para las revoluciones que aspiren, en el siglo XXI, a permanecer como génesis de cambios irreversibles.  El tema, claro, resulta excesivo para un análisis periodístico. Pero como sólo escribo a título de periodista, con ese derecho abordo lo que, me parece, todavía no ha encontrado una juicio equilibrado y definitivo. Tal vez, deban pasar cien años para hallar el justo medio en nuestra evaluación. Por ahora, me parece que una verdad, entre muchas, asoma como la punta de un volcán desde lejos: la voluntad política de hacer la revolución necesita de la voluntad política de hacerla perdurar. ¿Y quién no tiene esa intención? No niego que la voluntad de existir perennemente anima a los revolucionarios. Sucede, sin embargo, que la voluntad política de permanecer exige vivir en dialéctica, en actuar utilizando el sí y el no, en un careo creador que evite el anquilosamiento, la rigidez de las estructuras.

En la URSS predominó un apego inflexible a los llamados principios. Nadie en 1917, ni antes, ni después, ha sabido con certeza –Fidel Castro lo ha reconocido- cómo se levanta el socialismo sobre las ruinas del capitalismo o las supervivencias de la Edad Media. Los bolcheviques creyeron haber hallado una ruta. Más tarde, Lenin se percató, al parecer, que no conducía a ningún sitio seguro, y comenzó a tantear. Para mí, la NEP* fue eso: un tanteo que se frustró con la muerte del líder de Octubre y la vuelta a las posiciones originales que Stalin impuso: la propiedad estatal como ficción de la propiedad socialista. Lenin tenía razón: una sociedad, como una casa, no empieza a edificarse por el techo: se precisa fraguar los cimientos y eso no es cosa de poco tiempo, ni de pocas y primarias conquistas. Con ese modelo basado en  el control de la burocracia estatal, un país tan dotado de bienes naturales solo pudo alcanzar unas ocho décadas de existencia. Y sin plenitud. Desarrollo en un sector y subdesarrollo en otro. No olvido cuando, en 1988, visité la región siberiana de Sukpay, donde leñadores cubanos trabajan la madera que el gobierno soviético le concedía a Cuba, y supe que los médicos del contingente tenían que asistir, sobre todo los estomatólogos, a escolares que con su dentadura podrida acusaban la falta de ese servicio 70 años después de la Revolución de octubre.

Fue políticamente erróneo adoptar con rigidez principios a los que los fundadores del marxismo solo calificaron de “guía para la acción”. Los principios no pueden estar separados de los fines. Si en la esfera personal el sacrificio de un hombre a sus normas puede resultar admirable, en los procesos sociales la inmolación como destino, no como accidente parcial, logra el valor del fracaso. Porque habría que preguntarse: ¿Para qué edificamos el socialismo? ¿Para acatar principios o para, mediante principios, alcanzar los fines del desarrollo, la libertad y el bienestar humano dentro de reglas de equidad, igualdad, justicia?  Habrá, pues, que aceptar que los mejores principios son los que más cabalmente cumplen sus fines de transformar la vida.  Socialismo que pretenda la igualdad sobre la pobreza y las restricciones, no puede llamarse así.  Con lo cual uno va aceptando que más que las filosofías, los revolucionarios han de tener a la vista las tendencias de la naturaleza humana. A veces se legisla y se teoriza contra ella. Inútilmente. Porque las necesidades de nuestra especie no toleran barreras: cumplida la norma cuantitativa, las demuelen o saltan sobre ellas.

Queremos, en efecto, transformar al hombre viejo: delinear y sustanciar al nuevo. Pero no parece plausible que en sociedades con esquemas económicos incapaces de producir riquezas y que más que con soluciones, respondan con sueños “a las necesidades siempre crecientes”  de las personas,  pueda surgir un hombre distinto. ¿Cuánto de lo viejo no desempolvan la pobreza y las carencias en la conciencia humana?

Vivir en dialéctica -ese gobernar previendo, según José Martí;  ese obrar al tanto de lo que empieza a ser inservible para sustituirlo por una réplica creadora- resulta trabajoso. No creo que aquel ensayo del español Mira y López sobre “la psicología del revolucionario” haya perdido su vigencia. Uno ha lamentado que revolucionarios de ayer, hábiles, dispuestos a destruir el viejo régimen, se hayan convertido en conservadores de su obra, conservadores renuentes a aplicar la dialéctica, ley y método que paradójicamente pululan en sus referencias. Ese tipo de revolucionario encorsetado por la burocracia, que ha trenzado sus intereses personales con su posición en el esquema del nuevo poder, suele sustituir la visión crítica de la realidad con la autocomplacencia; la actividad política con la retórica.

Espero que nadie confunda que en estas notas abogo por los principios generales -claros, precisos y posibles- que informen la acción revolucionaria para tomar el poder, pero sobre todo, apoyo la actitud de mantenerlos siempre en posibilidad de cambiar, que no equivale a desfigurarlos, sino a adaptarlos. Mayor que el riesgo de cambiar, de responder a las urgencias de la vida modificando enfoques y tácticas, es el de no cambiar. Porque si los principios se revisten de blindaje  y excluyen lo que un ideólogo cubano llama “tesis que los adecuan”, obtendremos quizás la certeza próxima de oxidarlos entre los hierros que estimamos su salvaguarda.

La historia de las revoluciones sigue dictando su cátedra de experiencia. De sentido práctico. Vivir o no vivir en dialéctica, esa es la cuestión.

 

*Nueva Política Económica

 


ABRIR ES… ABRIR

ABRIR ES… ABRIR

Luis Sexto

 

Estamos en verdad viviendo una etapa de rectificaciones cruciales. De cuantos nos empeñamos en mantener sinceramente la fidelidad a las ideas y fines esenciales de la Revolución cubana, ninguno miente, ni juega con la confianza o las esperanzas de nuestros  compatriotas. Y me incluyo, aunque de mi no dependa ninguna decisión, porque escribo, y escribo con la intención de difundir la certeza de que en Cuba hoy se piensa y se actúa para trascender lo precario sin renunciar a los valores de la justicia social y la independencia.

Cuantos leen esta columna, han visto otras veces la mención a la justicia social y la independencia. Y he de confesar que las seguiré mentando, porque sin una de las dos, no habría revolución, ni aspiraciones socialistas. Por ello, puedo decir que estamos braceando en una período en que dejar de hacer cuanto se ha proyectado, o distorsionar algunas de sus propuestas, puede implicar echar a la cuneta mucho o todo de cuanto los cubanos de varias generaciones han creado de 1953 hasta hoy.

Por supuesto, me disgustan las frases resobadas, las ideas recalentadas. No me gusta posar de doctrinario, pero tampoco pasar por un desentendido o un “rebelde sin causa”, o sentarme ante la candela para oír el crujido del fuego sin intentar apagarlo. Por tanto, he de decir que unas de las preguntas más dirigidas al periodista que soy,  son estas: ¿Qué nos pasará? ¿O acaso todo será de verdad? Y lo comprendo: no es posible transitar de un estado en que por recibir se recibía incluso lo que no se merecía, hacia una situación en que mucho de cuanto un individuo llegue a poseer será, básicamente, obra de su trabajo en una sociedad donde el trabajo estatal se reajustará a categorías racionales de gastos e ingresos; salario y productividad;  mérito y eficiencia. Y como consecuencia, habrán de desaparecer de los centros laborales el concepto de ausencia justificada por asuntos propios, o las salidas en medio de la jornada para comprar “eso” que sacaron a la venta, o el administrador no está, o se acabó el presupuesto, pero seguimos… Bueno, nos conocemos.

Pero por momentos esas preguntas de personas que parecen estar en el pueblo y no ver las casas, denotan una válida confusión. Porque leen periódicos y oyen discursos llamando al ejercicio del criterio con libertad, o se aprueban leyes liberando opciones, eliminando prohibiciones, y de pronto aquí, en este lugarcito, o aquel pueblo o municipio, la práctica indica lo contrario: el “no se puede”, “no nos interesa”, “no hay solución”, “cállese, que de eso no se habla”, “traiga este papel, aunque la ley no lo exija”, siguen componiendo un método de dirección y administración en lugares y  lugarejos del país. Es lógico, pues, que algún ciudadano, particularmente en el interior,  pregunte: En qué quedamos: o se abre para cerrar o se cierra para… seguir cerrado.

Digo, en efecto, lo que impone mi función periodística, que no me autoriza a enrarecer o exagerar debe cuanto veo u oigo. Y digo por tanto lo que he visto en un viaje reciente por provincias. Hay todavía en ciertos sitios como una contradicción  entre el rumbo declarado del país y la acción que, en vez de seguirlo, lo paraliza o lo embrolla. La mentalidad del control rígido continúa enquistada, y enquistado también una especie control, intensificado ahora, que no se detiene a distinguir, como diría un poeta, lo que es una voz o un eco, lo que es un ciudadano honrado o un ciudadano pícaro, lo que una solución y no un peligro.

Ahora, sobre todo, es preciso conocer el valor de la semántica. No es lo mismo controlar que entorpecer, no es lo mismo acatar una ley que cumplirla, ni tampoco es igual cumplirla a la par que se le distorsiona mediante  aplicaciones bizcas.

La semántica hoy es sobre todo una parte de la gramática política. Y por ello control, en el sentido que Cuba reclama, equivale a conducir los procesos sin frenarlos, sin confundir a la ciudadanía, y sin desestimular el trabajo. Abrir es abrir. Y si ha de existir un portero, este tiene que saber, sobre todo desde la sensibilidad revolucionaria, que, aunque el paso se regule, quien se quede fuera por torpeza o mala fe, adopta inmediatamente, en las circunstancias del presente, el nombre de “problema”. Y para qué un problema más.   

 

¿DÓNDE ESTÁ EL ADMINISTRADOR?

¿DÓNDE ESTÁ EL ADMINISTRADOR?

 

Luis Sexto

Hace poco, pedí un refresco en la cafetería de un CUPET, común "servicentro". Le mostré al dependiente un billete de cincuenta pesos. Un billete  de pesos cubanos comunes, y el dependiente me dijo: No, todavía no. Pero, le repliqué, ese cartel que tienes en el mostrador dice que aquí se puede pagar en CUP y en CUC. Y no dice que todavía no. Dice que aquí se puede pagar en las dos monedas, hoy, ahora mismo. Enseguida le pedí que llamara al administrador.  Y como es casi habitual en nuestro país,  el administrador no estaba.

Entonces, este periodista, sabiendo lo que se traía entre manos, dijo en voz alta. Qué lástima, porque le tendré que mandar saludos desde Juventud Rebelde, o desde Radio Progreso. Y estas palabras fueron como una fórmula mágica. En segundos, apareció el administrador con un qué pasa. Le expliqué,  y le preguntó  al dependiente, muy joven, quién le había dado esa orientación. No supo, o no quiso el dependiente explicar. Y el administrador le ordenó: despáchele el refresco al periodista.  No, no, ya no quiero el refresco, dije. Si pedí hablar con usted fue para decirle que en su unidad se está violando lo dispuesto por el Gobierno. Y aunque estoy defendiendo mis derechos de cliente o consumidor, estoy sobre todo defendiendo el derecho de las personas que, presumiblemente,  pasaron por aquí y no pudieron  beber un refresco o comer un bocadito gracias a la orientación de no sabe quién.

  He  citado ese episodio porque  me sirve para hacer recordar que los administradores suelen no estar. Cuando usted quiere quejarse por algo que no sabe bien,  posiblemente el administrador haya salido, o esté reunido, como si desde las oficinas o en la calle el administrador de un establecimiento comercial o recreativo, o gastronómico, pudiera  atender su negocio. Y uno pregunta: ¿No está el administrador porque quiere no estar, o no está estando, y no desea responder una queja, una inquietud de sus clientes? ¿O acaso los que despachan y cobran acuden a tan  efectivo recurso para rehuir una reprimenda por su mal trabajo? Posiblemente, unas veces porque no está o no quiere estar, y otras veces porque a algún trabajador del establecimiento no le conviene que esté, resulta muy difícil encontrar a los administradores.

Y si no está, cómo un administrador podrá mantener el orden, cómo un administrador  vigilará por que el buen servicio se presté y el control interno se aplique. Quizás, piensa uno, al administrador le convenga no estar, aunque esté. Porque así no tiene que fallar en un litigio entre clientes y dependientes. Y así quizás, no estando se hace el de la vista gorda, esa visión tan común y productiva. Haciéndose el de la vista gorda, el administrador ejerce  una complicidad  que no lo complica, al menos en lo inmediato,  con la subida ilegal de los precios, con la estafa en la caja, con la venta de mercancías vencidas, con el mal servicio…

En suma, puede ser  una complicidad tan protegida que aparentando no estar, permite que otros cometan fraude  o roben. Y si deja hacer es como si hiciera, al menos podría beneficiarse temporalmente. Quizás cuando llegue la auditoría, una auditoria que no tema complicarse haciendo justicia, llegando al fondo, entonces posiblemente cuando llamen al administrador para responder, alguien podrá decir:

-¿El administrador? Ah, no está.  

Será entonces cierto. Ya tal vez no esté porque esté respondiendo por sus errores.

(Difundido por Radio Progreso, programa A primera hora)

COMO ESOS ÁRBOLES…

COMO ESOS ÁRBOLES…

Luis Sexto

TENGO EN CASA UN ESCAPARATE que es para mí como el desván donde oculto mi “retrato de Dorian Gray”. El rostro vergonzoso, que nadie ve, y que se va deformando según actuamos rastrera, soez, hipócritamente, con el propósito de ser feliz a todo trance y sin riesgos. En  El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde nos descubrió y describió novelescamente ese doble clandestino que deriva hacia lo feo y monstruoso, mientras nuestra virtud y presencia permanecen incólumes gracias a los réditos de un contrato con el diablo.

Nadie crea, sin embargo, que va a sentarse en el banquete donde develaré mis maldades. Ya imagino a ciertos amigos paladear el almíbar de la curiosidad ante el posible acto de nudismo moral de mis historias sacristanescas. Fulano y Zutano –colegas de clavos y martillo- pagarían el extra de sus colaboraciones en la televisión con tal de comprobar que soy como ellos se imaginan. Pero mi escaparate semeja a Dorian Gray solo porque, al ir yo envejeciendo -sin lujos ni truculencias-, lo he venido atiborrando de papeles enfermos de antigüedad, muchos de los  cuales pertenecieron a amigos que me legaron su confianza.

Antier anduve revolviendo entre las huacas y entresuelos donde suelen extraviarse los documentos que necesito. Y luego de una o dos horas de búsqueda blasfema, apareció lo que no necesitaba. Y ahora, por eso, escribo de aquello que no buscaba y encontré: las cartas del poeta Rafael Enrique Marrero al inolvidable, incisivo, bondadoso Enrique Pichardo, de quien he hablado más de una vez en mis crónicas.

Pocos tal vez recuerden a Rafael Enrique Marrero. Las antologías ya no lo tienen en cuenta. Ciertos especialistas solo escogen los autores y poemas de su corrillo o de su gusto, en una especie de ley de toldería literaria, visión de campamento o minifundio. Quizás no toda la obra de Marrero sea recordable, pero algunos de sus poemas merecen una ojeada. Al menos, su nombre aparece en el diccionario de la literatura cubana. En sus años de crédito, nuestros padres y abuelos amaron y protestaron leyendo los versos de Humo de silencio -su primer libro, en 1941- o de Adolescencia náufraga, o los de su Canto al trabajo.

Las cartas a Pichardo son de 1938. Ambos nacieron en Cidra, pueblo matancero que, de acuerdo con el poeta, es “topográficamente un monstruo sesteando/ a quien el gascar le cercena el tórax; / una porción de casas de madera; / unos hombres que cargan con sus sueños: / un Ford, una muchacha y una escuela!” La geografía los había distanciado. Pero se querían. Y por lo que confiesa, Marrero agradecía a Pichardo –como yo muchos años después- el impulso de perseverar en las galeras del escritor. 

Esas cartas almacenaron los días y los trabajos del poeta en formación, periodista a la vez de la radio y medios impresos. Habla mucho de sus compañeros: grupo que en la década del 40, y antes, se deslizó por corrientes posmodernistas, también neorrománticas. De José Ángel Buesa escribió: “…Es un orfebre. De él te diré lo que me dijo un amigo reservadamente: ‘Es un Cellini del verso, sin el talento de Benvenuto’. Traduce mucho. De ahí su fracaso quizás.” Marrero también  enumera prolijamente las peripecias de un guajiro en La Habana: las intrigas entre poetas, el hambre, la intemperie. Las injusticias. Y cuenta que fue desestimado para un premio a cambio de una mención, “por falta de aristocracia en el verso”. En 1939,  pudo, a pesar de tanto obstáculo, ganar el primer premio en los II Juegos Florales Nacionales de Cárdenas con sus versos de origen plebeyo.

 Fue autor de un poema entonces muy recitado y antologado. Lo he releído en un manuscrito –ese que le remitió a Pichardo y conservo-, y admito, como el propio poeta acepta, que Afiche es su vida. Toda su vida sensible y angustiada:

“Yo soy como esos árboles sin frutos/ que rompen las aceras de los parques/ y no han sabido más que darse en sombras/ para los que no tienen en dónde cobijarse…

"Yo soy como esos árboles sin frutos!/ Decoración ambigua del paisaje: / sin sexo, para los que duermen a sus plantas,/ sin voces, para los que quieren ultrajarle!

"Yo soy como esos árboles sin frutos/ que no saben más nada que enraizarse. / Yo soy como esos árboles sin frutos/ que rompen las aceras de los parques! ¿Y esta ansia de amar que llevo dentro?/ ¿Y esta sed infinita de mirajes?/ ¿Y este dolor de ser siempre lo mismo/ parado en las aceras de los parques? Yo quiero amar y ser; sentir la vida/ en fruto y flor y en nido y en ramaje:/ ser sonrisa de luz frente a tus ojos/ donde quisiera yo crucificarme…Tenerte a ti, prendida para siempre,/ como una inmensa fruta hecha carne,/ desnuda ante mis ojos de viajero/ y a la sombra de amor de mis ramajes…Ya que estoy condenado a ser un árbol/ que rompe las aceras de los parques,/ tatúa mi corteza con tu nombre/ y entre dos corazones que se enlacen,/ porque yo seguiré dándome en sombras/ para los que no tienen en dónde cobijarse!

A algún oído tecnotrónico le podrá parecer humo de cosa vaga y cursi. Me parece, sin embargo, que en ese neorromanticismo de la pobreza, ya empezaba a pedir voz y figura de letra común el conversacionalismo poético, particularmente en las dos primeras estrofas.  Las siguientes… ah, esas  yo le hubiese pedido que las eliminara. Quiebran, mediante lugares comunes, el acercamiento coloquial a la autoconciencia del poeta  objetivada en unos árboles casi  inútiles.