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PATRIA Y HUMANIDAD

SE BUSCA UNA POETISA

SE BUSCA UNA POETISA

 Por Luis Sexto

 

Hace varios años regresé de República Dominicana embebido en un litigio de índole patriótica. Había ido allí en mi primer viaje a La Española, para escribir sobre los lugares en que permanecen los olores históricos de Martí y Gómez. Y tanto me atrajo el paisaje que de vuelta a mi campiña, intenté convencerme que el entorno natural de Cuba era el más agraciado por la varita del esplendor.

En cualquier sitio por donde pasara, sometía a careo los verdes de Cuba con las líneas montuosas del sur de Barahona, cerca de la frontera haitiana, o con el valle de la Vega Real, en el Cibao. A los pocos días interrumpí el cotejo, y determiné que ambas islas, ligadas por la historia y la solidaridad, también se juntaban en la virtud arcádica del paisaje. Por lo tanto, el pleito que se debatía en mi interior resultaba pueril, inútil. Muchos años antes, quizás en 1960 ó en 1959, al regreso de una excursión escolar a San Miguel de los Baños, nos detuvimos en el puente de Bacunayagua, inaugurado ese mismo día. Y uno de mis profesores,  Teófilo Castillo, dominicano de nacimiento y ciudadanía, comentó un tanto para provocarme: en mi país los hay más altos y hermosos. Y riposté embanderando la preeminencia de lo mío sobre lo extranjero –lema entonces de beligerante y recién estrenada pasión nacional-, con lo cual abrí ese conflicto poco cuerdo y un tanto injusto que me duró hasta hace poco.

Cuerda y justa fue, por el contrario, la polémica que el médico norteamericano John G. Wurdemann sostuvo desde su libro Notas sobre Cuba, escrito a mediados de los  años de 1800. Luego de contar su visita a haciendas cafetaleras de Limonar, Wurdemann revela que en el cafetal de San Patricio una poetisa, conocida como María de Occidente, compuso Zophiel, “el más imaginativo de los poemas ingleses”, durante cierta estancia en esa zona de la jurisdicción de Matanzas. Un crítico, compatriota de la autora, dudaba de que tal obra hubiera podido escribirse en una plantación cubana. Y Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes ideadas por la poetisa. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.”

Y no exageraba. La naturaleza paradisíaca de Cuba conmovió primeramente a los criollos. Por el paisaje, según Cintio Vitier, lo cubano se trasvasó a la poesía en la prefiguración de la nacionalidad. Y los extranjeros tampoco se resistieron a aquilatar los valores edénicos del paisaje de la Perla de las Antilla, y nos legaron con sus impresiones una experiencia ilustrativa, aleccionadora. Porque uno, recortado hoy por la costumbre, a veces juzga más exactamente lo propio mediante los cristales ajenos. Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó a la Isla cuatro veces. En una página de su diario de viaje estampó esta observación: “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, (...) que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.”  Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...”

Podríamos reproducir centenares de citas emparentadas en el tono y el contenido. Desde 1493 hasta 1949, sobre Cuba se escribieron, general o parcialmente, unos 630 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950.  Se conocen por ediciones recientes, entre otras obras, las cartas de Abiel Abbot, las de Fredrica Bremer, y las notas de Walter Goodman, Jacinto Salas, La Condesa de Merlín, y las de Wurdemann.

Este último  ha inspirado al escritor matancero Luis Espino y a mi a investigar. ¿Quién fue María de Occidente? ¿Cuándo pasó por Limonar? ¿Qué dice su poema, reputado de “más imaginativo” entre los poemas ingleses por el propio Wurdemann? Estas preguntas, al menos de mi parte, aún esperan respuestas. Expertos de la literatura inglesa en Cuba,  confesaron al consultarles que acababan de enterarse del acontecimiento y de la existencia del poema. Y pongo aquí, pues, el cartel típico del Viejo Oeste norteamericano: Se busca una poetisa. Mil... gracias por su captura. (Del libro Crónicas del primer día)

   

REDESCUBRIR AL CHE

REDESCUBRIR AL CHE

Por Luis Sexto 

Estoy leyendo al Che. Y no es extraño. Desde la colina del aniversario 40 de su caída en combate –sí, porque fue herido en una pierna, inutilizada su arma y luego asesinado por el sargento Mario Terán- bajo el fulgor de sus huesos, muchos cubanos volvemos a las páginas de Ernesto Guevara para, primeramente, homenajearlo –leer es también eso: un homenaje- y seguidamente redescubrirlo, repensarlo. Quizás algunos lo estén descubriendo, profundizándolo por primera vez, porque la barba y la boina del guerrillero les habían configurado una imagen presuntamente completa y definitiva: el Che épico, en perjuicio de su esencia intelectual y profética. 

Profética, sí: no es una errata. El Che es un profeta, hombre que avizora, anticipa, clama y vive de acuerdo con lo que prevé y anuncia. El Che, por tanto, escribía como dijo de sí mismo  Jean Paul Sartre, para alertar. Y su estilo, de estudiarlo, yo lo clasificaría en términos de otro francés, Hervé Bazin,  como el “estilo cancerbero”, de “perro guardián que muerde sin dejar de vigilar”. 

Escribió abundantemente. A la par de cuanto peleó o trabajo para liberar y organizar la sociedad cubana. Atendía dos frentes: el de la pólvora o la discusión ministerial y el de la tinta. Cada día, en  sus campañas bélicas o en sus jornadas de trabajo, anotaba una experiencia, deducía una verdad. El propósito, evidente: hacerlo perdurar todo en la convocadora campaña de la letra  y el libro. Cuando se retiró del Congo, a fines de 1965, en su primera faena luego de hallar un sitio donde esperar el tránsito hacia su próxima escala –Bolivia-, el Che narró, escrutó, criticó, calificó, conceptualizó su período guerrillero en el entonces Congo-Leopolville, en un texto que tituló, como continuación del que había escrito sobre sus experiencia en la Sierra Maestra, Pasajes de la guerra revolucionaria. El Congo. 

Tenemos, pues, doblemente vivo al  Che. En su ejemplo de ética solidaria, servicial, hecho arquetipo, y en su obra de previsor y vigía que nos está advirtiendo: Estén alertas. No se dejen morder por la opresión, la injusticia, la corrupción. La revolución es una ofrenda y una conquista que requiere  de manos limpias, puras,  para la entrega consciente y  la espada justiciera.Sé que, como todo condotiero que lucha contra intereses poderosos y dominantes, el Che es muy controvertido. Pero cuando uno le pulsa el filo de su pensamiento y el rigor –a veces rayano en la rigidez- con que actuaba y se evaluaba, y la dosis de bondad humana con que juzgaba a los demás, a pesar de su sinceridad sin miedos, uno comprende que el común de sus enemigos, esos que lo insultan sin respetar los valores humanos del rival, no logran sobrepasarle las rodillas, midiéndolos de abajo para arriba.  

Para juzgarlo hay que conocerlo. Y leer sus relatos, permeados por una mirada irónica y generosa a la vez o leer sus ensayos y cartas donde se juntan creadoramente profundidad, cultura y audacia, implica un modo de conocerlo y empezar a respetarlo, aunque no se compartan sus ideas, o algunas, concebidas bajo los apremios de los ideales y realidades del Che, ya no sean válidas. 

Unas palabras poco difundidas cierran esta visión somera de Guevara. Puede uno reaprender con ellas  que, al juzgar a los hombres, la mezcla y el equilibrio condicionan el proceder objetivo y justo. Durante el vuelo hacia La Habana de Juan Pablo II, en 1998, hubo una conferencia de prensa. Uno de los periodistas le preguntó al Papa su parecer sobre el Che Guevara. Quería una condena. Y no podemos dudar de la respuesta del Santo Padre. En Cuba, Wojtila dijo lo que agradó y también lo que disgustó. Por ello, me parece honrado cuanto el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica apuntó acerca del Che: “Ahora se halla ante el Tribunal de Dios. Dejemos a Nuestro Señor  el juicio sobre sus méritos. Ciertamente, estoy convencido de que quería servir a los pobres.” 

Y este periodista apuesta a que, en el centenario de su muerte, Che Guevara aún vivirá. El Hombre, como especie, no puede prescindir de estos ejemplares.

TOQUE DE SILENCIO

TOQUE DE SILENCIO

 

Por Luis Sexto 

 

Sin chovinismo -como solemos advertir cuando defendemos lo nuestro con tanta desmesura-; sin chovinismo, La Habana me parece una de las ciudades más ruidosas del planeta. Y conozco varias. Para el estruendo aquí no hay horario: un grito o un claxon,  a las tres de la madrugada o a las dos de la tarde. Da igual, como decretamos en nuestro funesto dispendio. Si rebajáramos los precios del mercado agropecuario con la misma prodigalidad con que repartimos el ruido, algunas páginas de los periódicos quedarían sin contenido crítico. 

Este rasgo habanero no proviene, sin embargo, del vértigo moderno, con sus urgencias motorizadas, su democrática diversión, sus calles anchas. Esta ciudad es también una de las más fieles a su pasado: se apega a la tradición, la hace perdurar... Y la supera. Muchas cosas que uno puede criticar hoy, ya fueron enjuiciadas unos 70 años antes, por citar una marca temporal. Rubén Martínez Villena condenó en una crónica  hacia 1920, el fanguillo grasoso que se impregna en los guardafangos de los automóviles y en los pantalones del transeúnte después de un aguacero y luego se apelotona entre el contén y el pavimento.    

Y la tendencia a generar ruido retrocede hasta el pasmo. Una de las primeras provisiones del Obispo Espada, al ocupar su solio, fue el llamado Edicto de campanas, dictado en 1803, con el propósito religioso, urbano, higiénico, de regular el metálico disturbio. Espada, uno de los impulsores del progreso en Cuba en el siglo XIX, debió pensar que La Habana era la ciudad más bulliciosa de los dominios españoles. Aquí las campanas sonaban dilapidándose, burlándose de las normas diocesanas; una manga ancha las hacía tañer, en particular, en los toques de difuntos. Por las noches, al Ánima, se mecían durante veinte minutos. Los conventos –ámbitos de silencio y retiro- tiraban al paso público los toques internos que regían la disciplina comunitaria. Y al tintineo parroquial o conventual se le pegaban el chirrido de los carretones, la imprecación de los carretoneros, el pregón de los vendedores, la algazara de los esclavos domésticos...

Y para más ruido, la tradición del cañonazo. 

Desde hace unos 300 años, ese estruendo cuartea la laxitud nocturna en la Habana. La explosión data de cuando la villa se protegía con un semicírculo amurallado, y con un cañonazo a las 4:30 de la madrugada y otro a las 8 de la noche, las autoridades avisaban que las puertas se abrían o se cerraban. Para el extranjero que viene por primera vez a La Habana, podrá figurársele un misterio el que todos los residentes del perímetro metropolitano acierten dar la hora a las 9: 00 p.m. sin consultar el reloj. La diferencia sería de segundos. Pero el enigma se aclarara enseguida al enterarse que un cañón envejecido a la intemperie de días y noches seculares, y que a veces ha tenido nombre como los hijos de Dios, es el cronometro inapelable de esa hora. Porque la influencia acústica del cañonazo va deshollinando los oídos de los parajes más cercanos al canal de la bahía. En el Parque Central se oye a los 4,3 segundos; en el Hotel Nacional, a los 9,7, y en la esquina de 23 y 12, se escucha dieciséis segundos después de que la mecha antigua del cañón haya hecho estallar la pólvora.

Entre 1942 y 1945, cuando el entonces presidente Fulgencio Batista decidió suprimirlo por “razones de guerra y para ahorrar explosivos”, los habaneros del centro supieron una vez  qué sería La Habana sin el cañonazo.   El decreto fue una salva de ridículo.

¿Qué sería La Habana sin el cañonazo? Pregunto. Y los que pudieran precisar el detalle ya no viven o no recuerdan. Y el habanero actual –menos acendrado por la mezcla migratoria, pero más escolarizado- diría preguntando a su vez mientras su índice derecho reposa, en pose de pensador, sobre la punta de la nariz: ¿Sin el cañonazo? Vamos a ver... Perderíamos una de las voces de la historia. 

Respuesta correcta. Sabia. A mí, no obstante, me gustaría que ese estornudo de fuego, de simpática prosapia popular, convocara al silencio. A callar, llama el cañón. Qué alivio, señor. (Del libro Crónicas del primer día)            

EL CHE VUELVE A GANAR OTRO COMBATE

EL CHE VUELVE A GANAR OTRO COMBATE

 Por Héctor Arturo 

Lean bien este nombre: Mario Terán. Mañana nadie lo recordará, como ya le ocurrió hace cuatro décadas, cuando lo convirtieron en noticia. Pero ahora solo les pido que al menos por un instante graben bien este nombre en las memorias, para que nadie olvide y todos juzguemos. 

El hijo de este señor se presentó en el periódico "El Deber", de Santa Cruz, en Bolivia, con el ruego de que publicaran una nota de agradecimiento a los médicos cubanos que habían devuelto la vista a su anciano padre, tras intervenirlo quirúrgicamente de cataratas, mediante la Operación Milagro, un verdadero milagro. 

El padre de este boliviano agradecido es Mario Terán. A los que tenemos más edad, puede que el nombre nos suene a haberlo escuchado antes. Los jóvenes quizás jamás hayan oído hablar de él. 

Mario Terán fue el suboficial que asesinó al Comandante Ernesto Che Guevara el 9 de octubre de 1967, en la escuelita de La Higuera. 

Al recibir la orden de sus jefes, tuvo que acudir al alcohol para llenarse de valor y poder cumplirla. Él mismo narró después a la prensa que temblaba como una hoja ante aquel hombre a quien en aquel momento vio "grande, muy grande, enorme".Che, herido y desarmado, sentado en el piso de tierra de la humilde escuelita, lo observó vacilante y temeroso, y tuvo todo el coraje que le faltaba a su asesino para abrirse la raída camisa verdeolivo, descubrirse el pecho y gritarle: "No tiembles más y dispara aquí, que vas a matar a un hombre¼ " 

El suboficial Mario Terán, cumpliendo órdenes de los generales René Barrientos y Alfredo Ovando, de la Casa Blanca y de la CIA, disparó sin saber que las heridas mortales abrían huecos junto a aquel corazón para que continuara marcando la hora de los hornos.Che ni siquiera cerró sus ojos después de muerto, para seguir acusando a su asesino.

Mario Terán, ahora, no tuvo que pagar un solo centavo por haber sido operado de cataratas por médicos cubanos en un hospital donado por Cuba e inaugurado por el presidente Evo Morales, en Santa Cruz.Anciano ya, podrá volver a apreciar los colores del cielo y de la selva, disfrutar la sonrisa de sus nietos y presenciar partidos de fútbol.

Pero seguramente jamás será capaz de ver la diferencia entre las ideas que lo llevaron a asesinar a un hombre a sangre fría y las de este hombre, que ordenaba a los médicos de su guerrilla que atendieran por igual a sus compañeros de armas que a los soldados enemigos heridos, como siempre lo hicieron en Bolivia, al igual que antes lo había hecho en las montañas de la Sierra Maestra, por órdenes estrictas del Comandante en Jefe Fidel Castro.Recuerden bien este nombre: Mario Terán, un hombre educado en la idea de matar que vuelve a ver gracias a los médicos seguidores de las ideas de su víctima.A cuatro décadas de que Mario Terán intentara con su crimen destruir un sueño y una idea, Che vuelve a ganar otro combate. Y continúa en campaña¼   (PUBLICADO EN GRANMA, 28 DE SEPTIEMBRE DE 2007)

MEMORIAS OCULTAS DE LA HABANA

MEMORIAS OCULTAS DE LA HABANA

Por Luis Sexto 

 ¿Quiere usted saber cómo murió José Lezama Lima, el novelista  de Paradiso, o conocer cuál fue el crimen del siglo en La Habana, o adentrarse en los pormenores del caso de la trucidada de la calle Monte y  además enterarse de duelos y duelistas, y de decenas de episodios que matizaron la vida de la capital cubana en el siglo XX?  Si quiere, busque Las memorias ocultas de La Habana, del periodista cubano Ciro Bianchi Ross. Le garantizo que lamentará que el libro, como toda obra o vida humana, tenga fin y que por ello sea breve.  

Los temas que el volumen explaya y especifica en sus pormenores, en el espacio de 267 páginas, habrán de interesar por sí mismo. Pero, en particular, por su autor.  Ciro Bianchi  ha sido, en los últimos 45 años, uno de los periodistas que cotidianamente, con una aplicación y una seriedad ejemplares, ha sazonado su prestigio con las especias de lo profundo y lo ameno, lo verídico y lo imaginativo.  Nacido en 1948,  Bianchi ha madurado su quehacer en la escuela de los clásicos del periodismo cubano, asimilados en el acercamiento a libros,  revistas y periódicos viejos, o en la relación frecuente cuando algunos de los maestros vivían aún en la primera juventud del discípulo. Por ello, no hay riesgo cuando uno asegura que en su obra  están presentes, bendiciendo al autor, periodistas como Enrique de la Osa, Eladio Secades,  José A. Benítez, Lino Novás Calvo, Pablo de la Torriente, Jorge Mañach… Unos con más evidencia que otros. Todos influyendo, al menos, con sus lecciones de rigor.  

He dicho, en otro momento, que Bianchi por la seriedad de su oficio es un periodista labrado a la usanza antigua. Es decir, siguiendo estilos y disciplinas que honran la veracidad, la síntesis  y la calidad de los enunciados del periodismo. Aunque por fuera vista  ropa ligera propia de un clima caliente como el de Cuba, por dentro lleva el traje y la corbata de aquellos personajes de los periódicos en los 30 y los 40, cuando prosperó nuestro mejor periodismo, el formalmente mejor dotado, el más agudo y polémico.

Lo juzgo claramente: investigar en el pasado para estas crónicas históricas o de sucesos notorios de lo que Miguel de Unamuno llamó la “intrahistoria”, requiere de talento para no confundir verdad y rumor, y para saber sortear el patetismo de viejas galletillas, juzgando el pasado con una irónica y amable sonrisa.  

En este libro no está toda la memoria oculta de La Habana. Pero uno pulsa las letras de lo pretérito con la sensación de que todo ha sido reciente. Porque el periodista Bianchi busca en papeles, pero también en la memoria viva de viejos testigos. Si nos habla de Hemingway, acude a Gregorio Fuentes,  en algún instante del longevo -aunque  ya hoy difunto- patrón del yate Pilar, donde el narrador de Adiós a las Armas navegaba tras las agujas de la Corriente del Golfo.

Me falta decir que el autor de Memoria oculta de La Habana pose la varita mágica del olfato. No existe periodista sin la capacidad de intuir qué es lo interesante y dónde se encuentra. Bianchi se destaca, en particular, por su carisma de entrevistador. ¿Habrá otro como él entre nosotros? Por esa razón,  entre sus libros sobre García Lorca, Hemingway, y otras figuras, sobresalen entrevistas como Voces de América Latina y Oficio de intruso, donde dejó la  prueba de su vocación entrevistadora. 

Cuanto he dicho, lo creo justo y necesario, como dice un texto del misal católico romano. Y después de haberlo dicho, me siento como el que ha cumplido un deber insoslayable. Los libros suelen defenderse solos después que el autor los libera, cosidos por el lomo con el sello de una editorial. Memoria oculta de La Habana tiene el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Pero, aunque eso baste para prometer calidad, he recomendado a su autor, porque los libros habitualmente se parecen a sus padres. .    

LO QUE BUSH NO DIJO

LO QUE BUSH NO DIJO

Nota del editor      

Las relaciones humanas, también las políticas y diplomáticas, cuando quieren rehuir  un  compromiso, inventan otro.

Eso ha pasado con el señor presidente de los Estados Unidos en las Naciones Unidas.  La emprendió contra el gobierno cubano en un ámbito donde las mayoría de los votos apoyan generalmente a Cuba y se oponen a Washington cuando, por ejemplo, se somete a votación una resolución contra el bloqueo norteamericano a la Isla. Salvo dos o tres países sumamente obligados con la Casa Blanca, todos  dicen no al bloqueo, y el que no puede hacerlo, porque las presiones norteamericanas lo dañarían, se abstiene. 

Ahora bien, un analista político equilibrado, racional, en vez de reprocharle a Bush su diatriba contra el gobierno cubano, contra Fidel Castro y, en suma, contra el pueblo cubano, le preguntaría:

¿Por qué, señor Presidente, usted llevó al plenario de la ONU un tema que solo le preocupa a usted o a algunos de sus aliados? 

¿Por qué, señor Presidente, usted no le explicó a los jefes de Estados o de Gobierno presentes en las naciones Unidas, las razones de su negativa a firmar el tratado de Kyoto sobre la emisión de gases tóxicos?

Ese tema sí interesa a todos los países del mundo, porque a todos afecta. Y su país es, señor presidente, el que más contamina la atmósfera. ¿Sabe el pueblo norteamericano que cada vez que de Cabo Cañaveral parte un cohete hacia el cosmos la capa de ozono se destruye en un porciento inquietante?  No, no lo sabe: esa es una noticia censurada. 

Y sigue el analista preguntando:

¿Por qué, señor presidente, usted no habló de los móviles verdaderos que condujeron a los ejércitos de los estados Unidos a invadir ese país, y por qué no  pidió perdón por haber engañado y manipulado a la opinión pública norteamericana y del mundo con pretextos que resultaron invenciones de los servicios secretos de Langley?   

¿Por qué, mister Bush, usted no pidió perdón por las más de 600 000 víctimas civiles iraquíes?

¿Por qué no se refirió a la destrucción y saqueo de  valores patrimoniales de ese país que ha sido cuna de la civilización, y ofreció recomponerlos o devolverlos?  

¿Por qué no habló de  la legalización de la tortura, de la cárcel de Guantánamo? 

Y de Afganistán, por qué no habló?

¿Y de las provocaciones contra Irán exigiendo el desarme de otros mientras su país se rearma cada año, por qué no habló en la ONU?  

Evidentemente, el presidente de Norteamérica la horrible se fue por la tangente. Cuando no quieras afrontar los riesgos de un camino, ignóralo. Y busca el atajo.

GENIOS EN EL ARTE DE ENCUBRIR, MENTIR...

GENIOS EN EL ARTE DE ENCUBRIR, MENTIR...

 Por: José Agapito Ramírez

¿Qué puede esperarse de una sociedad que ha sido gobernada durante mucho tiempo con falsos valores desde la mentira, la manipulación y el encubrimiento, y de arrogarse para sí el título dizque la mejor democracia del mundo; o de venderse hipócritamente como el Cid Campeador o como el adalid de la verdad y ejemplo del recto proceder? ¡Es triste, pero esa gran nación o mal nacido imperio, cae precipitadamente por su propio peso hacia el oscuro abismo de su propio infierno, sin que haya una luz en el túnel que los auxilie o los redima de sus genocidas y perversos errores! 

Es lamentable que todo un pueblo dormido y engañado como lo es el pueblo estadounidense, se haya dejado gobernar por un enjambre de malos líderes de la peor calaña, y dejar que un onagro de la ralea de George Bush se haya hecho del poder mediante un proceso electoral fraudulento y de dudosa conquista. 

Una de las más antiguas recetas utilizadas por la CIA para desinformar a sus propios ciudadanos, consiste en colocar una determinada noticia en un medio de comunicación extranjero y esperar tranquilamente a que llegue al propio país merced a la colaboración de periodistas amigos. 

Dice el premio Nóbel portugués José Saramago: “La manipulación de las conciencias ha llegado a un punto intolerable…” Forma parte de una operación de canalización que es cultivada sistemáticamente. Revistas que antes eran de reflexión y pensamiento son ahora frívolas; la televisión, que puede ser un instrumento de educación extraordinario, se ha convertido en eso que algunos llaman muy bien “telebasura”…

Los gobiernos estadounidenses y más ahora con el no menos aguardentozo George Bush mienten, alteran y manipulan invocando el sacrosanto principio de la seguridad nacional. Los EEU durante muchos años han invertido grandes recursos en un sofisticado programa de guerra cultural, que aún cuando no ha estado dirigido a las grandes masas de la opinión pública, consiste en convencer a los intelectuales de los cinco continentes de las bondades de la causa norteamericana: “Lo que la Agencia CIA se proponía hacer, era formar personas que a partir de sus propios razonamientos, estuvieran convencidas de que todo lo que hacía el gobierno de EU era correcto” 

Durante el mandato presidencial del fallecido actor Ronald Reagan (1981-1989), la sarta de mentiras y encubrimientos fueron muchas veces refrendadas o convalidadas por su Secretario de Estado señor George Shultz, en el que no estando su país en tiempos de guerra declaraba con sorna y cínica actitud que: “En tiempo de guerra, la verdad es tan preciosa que debe ser protegida por una sarta de mentiras”. 

Ya en 1914, durante un desayuno en el pretigioso Club de Prensa de Nueva York, John Swinton, antiguo jefe del staff de The New York Time, hizo esta confesión espontánea: Si permito que mis opiniones sinceras aparezcan en mis escritos, antes de 24 horas mi trabajo se habría esfumado. El trabajo del periodista es destruir la verdad; mentir categóricamente; pervertir; vilipendiar; actuar servilmente a los pies de Mamón y vender a su país para ganarse el pan diario… Somos la marionetas y vasallos de hombres poderosos que actúan detrás de la escena… Somos prostitutas intelectuales. 

Los últimos acontecimientos que han sacudido al mundo parecen haber dado la razón más que nunca al periodista norteamericano I. F. Stone, cuando en uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría dijo: “Todos los gobiernos están dirigidos por mentirosos, y nada que salga de ellos debe ser creído”. En el arsenal secreto del que dispone el gobierno estadounidense, la mentira es una de las armas más socorridas, sutiles y destructivas que existen, terminó diciendo Stone. (joseagapo@cantv.net)

LA CRÓNICA DE VIAJE

LA CRÓNICA DE VIAJE

Por Luis Sexto

 Regresemos al pasado, al más remoto pasado, para deducir que las crónicas de viaje podrían haber tenido su origen en el andar consciente del hombre que no huye ni camina al azar. Nuestra especie ha experimentado desde sus estadios más humanizados las urgencias de vivir y contar lo vivido. De ahí, podríamos suponer, dimana la vocación literaria y periodística de los seres humanos. Vivir para contar lo vivido. Y esa frase nos hace recordar el último libro de un narrador ejemplar, García Márquez. Por lo cual uno ha de aceptar que de ese afán de fijar la experiencia y de compartirla, parten los orígenes de la civilización, la plenitud del Hombre que, impuesto de sus necesidades colectivas, las comunica en un servicio implícitamente solidario.  

Los más célebres viajeros de la Historia tributan, por lo común, a los bancos de conocimientos sobre la antigüedad o siglos posteriores; sirvieron en su momento, incluso, para ahuyentar las dudas, los miedos, para tentar las ambiciones que globalizaron el mundo. Pocos, si algunos son tan temerarios, negarán la influencia de los textos de Pausanias, finales del siglo II después de Cristo; de Marco Polo (1254-1324); del italiano Antonio de Pigafetta 1491-1534), con su Relación del primer viaje alrededor del mundo; del ruso Nicolai Mijáilovich Karamzin(1766-1826); de los cronistas de Indias, que componen fuentes de primera mano más o menos fiables de la conquista y la colonización del llamado Nuevo Mundo al que trasplantaron el Viejo: entre ellos Bernal Díaz del Castillo, autor fundamental, a quien en un libro titulado Periodismo y literatura: el arte de las alianzas, le adjudico el crédito de ser un antecedente del periodismo literario, como también he sabido más tarde que lo hizo el ensayista venezolano Mariano Picón Salas. Más próximo a la actualidad podemos enumerar al francés Pierre Loti,  fallecido en 1923, autor de varios libros de “andar y ver”, según la terminología usada por Ortega y Gasset,  que leídos hoy nos dan antecedentes y detalles cotidianos que facilitan enjuiciar diferendos y conflictos étnicos, geográficos y políticos.  

El primer problema que se nos presenta en este estudio, es de precisar el concepto de crónica. Hoy es excesivamente polisémico. Incluso se ha convertido en un comodín para clasificar todo texto cuyo género se desconoce o se resiste a ser precisado. Pero afortunadamente la teoría periodística intenta dilucidar los principios esenciales de la crónica (vea: El más humano de los géneros). El primer aspecto se concentra en su etimología que proviene del griego cronos: tiempo. De modo que cronista viene siendo aquel que lleva el tiempo. ¿Eran cronistas desde ese punto de vista los españoles de los siglos XV y XVII que recorrieron América y contaron cuanto vieron y oyeron?  Quizás algunos sumamente prolijos y minuciosos, como exigían las cartas de relación. Cronistas, como redactores de anales –leí a veces coronistas- eran tal vez aquellos escribanos que anotaban las incidencias de la corte. El Diario de Navegación de Colón puede incluirse en esa intención de “llevar el tiempo” y sus incidencias en la travesía. Pero lo distingue una detalle que lo convierte en algo más: en un documento literario, en una crónica de viaje: el papel central que cobran las impresiones y juicios del marino que lo ha apostado todo a regresar a bordo del ridículo o en la nave almiranta de la gloria. 

Hemos de convenir en que crónica, hoy, es el enunciado periodístico literario donde predomina la subjetividad. Es un género híbrido; se mezcla con el reportaje, la remembranza, el lirismo de la poesía. Pero impresiones y emociones integran la sustancia de la crónica: sigue perdurando la exaltación romántica del yo. Puede el autor incluso escribir en tercera persona, pero siempre estará presente la primera del autor como eco doliente o jubiloso del texto, voz que conduce el relato y lo teje con el vellón de las impresiones y la emotividad. De la crónica ha de salir un cuadro eminentemente personal, mediante el protagonismo de los sentimientos. Habitualmente la realidad no aparecerá solo como es, sino, además, cómo se refleja en la sensibilidad del cronista.

El libro de Marco Polo, que fue leído y subrayado por Colón y por tantos aventureros más,  no compone  una crónica de viaje. Marco Polo es un adelantado de la naciente burguesía; está imbuido del espíritu de la época: expandir el mercado. Vive en una ciudad marítima,  uno de cuyos lemas es: vivir no es necesario; viajar es necesario. Su intención fue describir las riquezas del gran Khan e informar sobre rutas y caminos para habilitar el comercio. Podría ser el precursor de la actual inteligencia empresarial. O anticipador de los turoperadores. No es, pues, estrictamente, un cronista de viaje. Y si nos puede parecer así, es por los elementos de fantasía que añadió Rustichello, el escribano oriundo de Pisa, a quien el viajero veneciano le contó en la cárcel los pormenores de su recorrido por el Oriente.  Y esto último lo ha señalado la doctora Claudia E. Méndez, de la Universidad de Pennsylvania, cuyo texto: Alfonsina Storni: escritora y periodista. Análisis de dos crónicas de viaje publicadas en La Nación, he consultado para esta conferencia. 

Es decir, en los relatos de Pausanias, Marco Polo y otros viajadores que veían, preguntaban, como más modernamente hizo Humboltd, la intención superaba un prurito de expresión personal; más bien sus textos propiciaban recoger información y conocimientos. Dictaba en ellos un afán de historiadores, demógrafos, geógrafos, comerciantes, políticos, memorialistas. Y así sus documentos son libros o documentos de viajes; no crónicas de viajes. Detengámonos en Pausanias: su relato titulado Descripción de Grecia sirve hoy por su exactitud como guía de turistas y arqueólogos. O veamos el libro de un autor alemán del siglo XVIII, que Ortega y Gasset  estudia en Viajes y países, aunque reproduzco un fragmento de las memorias de Juan Everardo Zetzner  sólo para ilustrar las diferencias estilísticas con respecto de las crónicas de viaje, pues, en cuanto al contenido,  su juicio más bien parece un prejuicio:

Las mujeres  de España no se pintan sólo el semblante, sino también los hombros… Jamás un español exigirá el menor trabajo de su esposa, porque todas, ricas y pobres, le responderían: “no hemos venido al mundo para trabajar, sino para agradar a los hombres y hacerles placer”. Por lo demás suelen ser las españolas de muy buen talle, aun cuando sus teces sean de ordinarios cetrinas y su temperamento muy ardiente. Un extranjero que se preocupe algo de su salud hará bien manteniéndose  en guardia, así frente a las pasiones del bello sexo como frente a los vinos de este país. 

En la contemporaneidad,  el poeta norteamericano Langston Hughes narra sus viajes como marinero de un mercante; también sus vivencias como corresponsal en España durante la guerra civil, pero su intención en Inmenso mar, publicado en 1940, persigue más lo autobiográfico que la impresión de la crónica de viajes. Esa es la separación axiológica de unos y otros textos: los divide la intención y, por supuesto, el resultado que se deriva del propósito de autor. Ahora bien, en el ya mencionado Pierre Loti, uno de los cultores de la “poética de viajes” (introduzco el término “poética” para diferenciarla de la literatura de viajes, que puede no ser artística, porque sea “aplicada”, de acuerdo con la nomenclatura de Alfonso Reyes en Apolo o De la Literatura). Loti matiza sus libros con ciertos colores impresionistas, a pesar de su intención de anotar objetivamente cuando ve y oye.Este es uno de los párrafos en  su libro Galilea: 

Es una impresión singular lo que se experimenta penetrando aquí, bajo el pesado sol de la tarde, convertido insensiblemente en más caluroso que sobre las vaporosas alturas de Hattin, en sus calles, en sus suburbios, al borde mismo de las aguas centelleantes.Hoy precisamente es el día del gran sábado, el día de la Pascua, y esto le da un aire de melancolía dominguera, de fiesta triste, en medio de sus barrios muertos. Desde el prefacio, Loti muestra la  tensión emocional de su relato: Yo he recorrido la triste Galilea durante la primavera y la he hallado muda bajo un inmenso manto de flores. Los aguaceros de abril caían aún sobre ella, y aquello no era más que un desierto de hierbas, un mundo de ligeras gramíneas que adquirían nueva vida arrulladas por el cántico de innumerables pájaros. Los grandes recuerdos, los despojos, las osamentas, parecían dormitar allí más profundamente bajo el silencio de renovación de las plantas, y en mi relato he querido removerlas apenas. En las proximidades de Nazareth y del mar de Tiberíades, la inefable visión de Cristo mostróseme dos o tres veces, errante, casi inasequible, sobre el tapiz infinito de los linos rosados y de las pálidas margaritas de oro, y la he dejado huir entre la balumba de mis palabras demasiado groseras…  

El concepto de crónica  generalmente vigente en América Latina, Cuba incluida,  proviene de los escritores modernistas de finales del siglo XIX y el primer cuarto del XX. Los modernistas –Rubén Darío, Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo- tomaron de los franceses el enunciado leve, lírico, espolvoreado por las artificios de la estética, que reconocemos como crónica. Muchos de ellos escribieron crónicas de corresponsal, también de viajes, y todos las matizaron con el predominio de las impresiones personales. Incluso José Martí, ligado por  la conciencia renovadora de la lengua a los modernistas, pero distanciado de ellos  en espíritu y acción, dotó a sus crónicas de calidez artística, sobre todo a las que podríamos llamar de viajes,  a pesar de las síntesis políticas y éticas que distinguen sus textos. ¿Cómo calificar su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos si no de una extensas crónica de viaje desde su salida de La Española hasta el sitio de su muerte?

La mañana en el campamento. –Mataron ayer una res y al salir el sol ya están los grupos de calderos. Domitila, ágil y buena, con su pañuelo egipcio, salta al monte y trae un acopio de tomates, culantro y orégano. Uno me da un chopo de malanga. Otro, en taza caliente, guarapos y hojas. -Muelen un mazo de cañas. Al fondo de la casa, la vertiente con sus sitieríos cargados de cocos y plátanos, de algodón y tabaco silvestre. Al fondo, por el río, el cuajo de potreros; y por los claros, naranjos, alrededor los montes, redondos, apacibles: y el infinito azul arriba con esas nubes blancas, y surcan perdidas, detrás la noche. –Libertad en lo azul.- 

Coincidentemente,  Alfonsina Storni escribe una crónica de viaje en La Nación, y notamos una resonancia del estilo cortante, rápido,  pictórico, a base de oraciones breves, nominales, incluso unimenbres, que Martí emplea en el Diario citado. La poetisa argentina, en 1930, describe su entrada en Río de Janeiro: 

Azul ceñidor de mar. Pardo de montañas. Blanco de espumas. Verde de enredaderas. Laderas sembradas de viviendas. Rosa. Edificios grises. Rejas negras. Trajes amarillos. Palabras musicales. Vehículos afiebrados. Cuerpos bellos semidesnudos. Negros estupendos. Mujeres embriagadoras. Playas de oro anchas, largas, infinitas. Arrollados de olas esmeraldas destorciéndose en las orillas. Sol. Sol. Más sol. Arcos de dientes salpicando de nieve el torbellino azul, el torbellino verde, el torbellino dorado. Hamaca el cuerpo, hamaca los sueños, hamaca las ideas.No está fija, no. Se balancea con su mar, sus montañas, sus casas, sus árboles y sus hombres.  ContinúaJunto al portal, en la vereda, un joven irreprochablemente vestido deblanco.La piel aceitunada. Los ojos negros. La boca muelle. Bello. Quieto.Miraba y no veía.La curva fina de su figura espejaba la voluptuosidad de la sombreadacalle que se extendía ante él, e iba a morir al mar.Una palabra rezumaba todo su ser:-Amo. 

Durante los años que discurren entre l960 y l970 y algunos más adelante, Carlos E. Mesa, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, publicaba crónicas de viajes en la revista mexicana Ábside, dirigida por el polígrafo Alfonso Junco, de quien también leí un largo texto acerca de unos meses pasados en Madrid. Carlos E. Mesa, artífice de un estilo castizo -¿ha de extrañar si proviene de un colombiano?-, pintaba en sus crónicas nuevos y antiguos viajes por España, en una prosa fina, trabajada sabiamente hasta rondar con los linderos del amaneramiento, sin conspirar contra la naturalidad. Sensible, culto, Mesa nos hacía ver el detalle con una lucidez que, sin deslumbrar, encantaba.  

A las tres de esta esplendorosa tarde de mayo ha entrado en Becerril de Campos el peregrino de Colombia. Uno, adrede, sobre caso pensado, se llama peregrino. Porque la tierra que pisa es sagrada y aquí debe llegarse con la unción del peregrino y no con la superficial novelería del turista.Uno ha entrado en un pequeño, limpio restaurante. En la estantería hay botellas de licores de varias marcas antiguas; hay vinos oscuros, amarillentos, rosados. Debajo del mostrador, en ancha nevera, hay cervezas, naranjadas, limonadas. Tres tertulios añosos alternan la conversación y lo  sorbos de un vinillo fresco. Uno de ellos, alto, enjuto, canoso, con algo de figura del Greco, está contando anécdotas de Alfonso XIII. Los dos restantes oyen, mueven la cabeza, se miran. No se han dado cuenta, al parecer,  de los dos forasteros que en este momento rehúyen el resistero de la calle y añoran la perdida siesta.  

En Cuba, según mi breve registro, no se han clasificado muchos cronistas de viajes. En el siglo XIX, Cirilo Villaverde compuso Excursión a Vuelta Abajo. En la década de 1920, también un poco antes, Víctor Muñoz publicaba una columna titulada Junto al Capitolio y la firmaba con el seudónimo de Attaché. Escribía desde Cuba sobre gente y cosas norteamericanas como un corresponsal o un viajero en los Estados Unidos. Y el resultado me pareció tan correcto e interesante como el resto del periodismo de Muñoz. A él también le gustaron y las encuadernó en un libro llamado como su espacio: Junto al Capitolio, con prólogo de Manuel Sanguily. Muy a principios del siglo XX, el cardenense Emilio Bobadilla, Fray Candil, escribía sobre sus viajes en el estilo ácido y bullente que distinguió a su genio y a… su mal genio.  Jorge Mañach  publicó en 1926 algunas crónicas de viajes por el interior de Cuba, en su columna Glosario, de los periódicos El País y Diario de la Marina; igualmente, otro ensayista, Francisco Ichaso. Además, el narrador Enrique Serpa, la poetisa Ofelia Rodríguez Acosta y el historiador Gerardo Castellanos.Verano en Tenerife (1958), de Dulce María Loynaz, puede conceptuarse en principio como  una crónica de viaje que le ha dado nombradía a la renombrada poetisa. Y es más: trasciende la superficialidad  de la primera capa de escritura descriptiva, trabajada durante casi seis años, para descubrir sucesivas capas de significación poética, como lo ha hecho notar Ramón de la Portilla.

Cuba se destaca, en particular, por haber inspirado, entre 1493 y 1943 unos 630 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950. Varios han sido publicados en las últimas décadas de modo que hemos podido enterarnos de cuánto interés suscitó nuestra Isla en extranjeros de diversa procedencia. Sobresalen el titulado Cartas, del pastor norteamericano Abiel Abbot (1828), y Notas sobre Cuba, de  Jonh G. Wurdemann (1844), médico de la misma nacionalidad. En el mismo siglo XIX, el español Jacinto Salas y Quiroga nos dejó un volumen con notables apuntes y observaciones. Estos, y posiblemente la mayoría de los títulos, no pueden ser clasificados como crónicas de viaje; predominan los empeños científicos, historiográficos, periodísticos y autobiográficos. Me parece que Viaje a La Habana, de la francesa de origen cubano, Condesa de Merlin (1789-1852), y el libro de la sueca Frédika Bremer (1801-1865)  y La Tierra del Mambí, publicado en inglés en 1874), del irlandés James O’Kelly, destacan por sus calidades literarias, rasgos que los incluyen entre las crónicas o la poética de viajes. O’Kelly, en lo particular, es un antecedente preclaro del periodismo literario. 

Lo último con valores memorables que recuerdo escrito por cubano, desde el punto de vista periodístico literario, se publico con el epígrafe de Cro–nicas: el novelista Manuel Pereira, las remitió desde Nicaragua al diario Granma, en la década de 1980. En estos días he leído textos en sitios de Internet, bajo el título genérico de “crónicas de viajes”. Y cuanto he visto ha sido la enumeración fría, deslucida de un recorrido por ciudades o países. Uno luego de la lectura queda vacío, indiferente, entre una multitud de frivolidades. Echamos de menos, al menor contacto, el trabajo de estilo, la emotividad, la impresión, la humanización, propios de la voluntad consciente de “andar y ver”.