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PATRIA Y HUMANIDAD

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

Por Luis Sexto

La lectura en las tabaquerías cubanas es otra institución que promete no pasar con el nuevo siglo. Entró en su tercera centuria y permanece acompañando al torcido del habano en una alianza indisoluble. Porque qué será del torcedor si a su monótona, aunque creativa faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”, que dijo José Martí.
Cuando en l923 instalaron el primer receptor de radio en un taller — y sucedió en la fábrica de Cabañas y Carvajal—, ciertas voces profetizaron que la lectura comenzaba a acercarse a su extinción. Con el tiempo coexistieron, turnándose en el ámbito sonoro de la tabaquería.

Y qué sobrevendrá ahora, en este electrónico celo de posmodernidad, cuando el progreso se erige en antena inexorable, en rasero inapelable con él que se pretende sustituir lo útil con lo suntuario, lo necesario con lo lujoso. Nada habrá de pasar. La humanidad se anuda a lo práctico. Ese es su mejor resorte de adaptabilidad. De modo que sabe que la lectura es el pasadizo primordial del conocimiento.

Los torcedores, con la lectura, alcanzaron cotas de instrucción impropias para el siglo XIX. Estamos hablando de 1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate — dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro, en La Habana, inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario juntado por la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido trocado hoy en una celebérrima marca, aprobó luego la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Otros propietarios, sin embargo, se opusieron, secundados por El Diario de la Marina. Temían que la lectura sacudiera el polvo, ordenara los trapos de la conciencia proletaria. Y fue verdad. En breve los torcedores se convirtieron en el sector más instruido en humanística y en política de la entonces incipiente clase obrera cubana. Los líderes más lúcidos provenían de las tabaquerías. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia.

El lector de tabaquería fue ― lamentablemente ya no es― una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matiz, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. Actualmente, quizás por la bondad sonora del altoparlante, el lector no se esfuerza tanto en “vivir” la lectura.

Pero de cualquier forma, cuando usted entra en un taller de torcido, junto con el aroma evocador, plácido, del tabaco, lo toca el mensaje de un libro que intenta hacerle recordar que el tiempo es también la prueba de lo que no se propone pasar.

The old tricks of greed

By Luis Sexto 

I call on sensibleness. On balance. The Cuban reality shall not be judged without the external component. The dependence on the external situations has been a contumacious sword in the history of Cuba. It would be worth investigating how many projects, how many improvement intentions have failed because of the pressure of foreign circumstances at different moments of the national history, during the chains of colonialism and in the waste pulp republic.

We could not either deny – if we make a balanced and sensible analysis – that the work of the revolution was determined, efficiently and quantitatively, by the blockade imposed by the United States of America on Cuba almost since the very beginning of 1959. Even the mistakes made by revolutionaries – real and influential ones, we must admit – are somehow the result of the constant hostility from the North and the cautiousness imposed by the real and sometimes imminent risk of seeing how the blood and passion of several generations could dissolve and fail in some of the traps schemed by the enemies of our independence and our ideals of social justice.

Who could deny that? The Revolution was born defending itself. The United States of America and its national and foreign allies did not want it. They still do not want it. Since the very beginning, they had the suspicious presentiment that what had been gestated at Moncada Headquarters, and later on conquered in the mountains by workers and dispossessed farmers, had burst into the country’s history as the reincarnation of the unfinished project of the cordial, just and decorous republic of José Martí. The eagles of greed soon realized that the change of men in January of 1959 was also a change of essence and classes. And then the dirty war began. And the economic blockade was part of it.

It is true, when one thinks sensibly as well, that in several periods of the last 44 years some people thought of blockade as the joke of the old naughty shepherd who used to scare his pasture colleagues with the false warning of ¨here comes the wolf¨. Or maybe it got old, wearing the sheets of a ghost. It was barely visible. The commercial relations with the former socialist block eased the material shortages originated as a result of the North American prohibitions. But, by forcing the technological reconversion, closing the credit windows, and banning the bilateral trade between Cuba and its nearest market, the blockade facilitated the fastening of a new dependence.

The blockade has been an aged-origin recipe in the foreign policy of the United States of America. They have used it more than once, at least against us, as the most convenient formula to their interest. While reading an old book – Oh, old books teach us so many things – I learned that 85 years ago the United States of America tried to impose a price in the 1918 sugar crop which was to be conciliated with the calculations of Wall Street. And in the light of some sort of speculative denial by the Cuban landowners, Washington chose the blockade – embargo, they used to call it in order to soften the term, just as they do today – of the foodstuffs that Havana had purchased from US companies. It was a way to persuade the Island that, among other dependences, it depended on the US market for its foodstuffs. The episode ended with the victory of Mister Wilson, the president, and Mister González, the ambassador, even though the last name sounded like latinity of popular ancestry. Liberals and conservatives, generals and doctors, aristocrats and foremen were persuaded. And the sugar trunks of the United States of America filled with another 600 million dollars at the expense of ¨our colony of Cuba¨, as Harold H. Jenks used to say in a book whose title, shamelessly and possessively, described a very possessive and shameless situation.

Being a concept as old as war, the blockade and its synonyms of siege and enclosure imply the strategy of defeating the enemy through isolation, starvation, and thirst. In domestic fights, between neighbours, one would hear about denying salt and water to the other as an irresistible means to offend him and overpower him. The world’s chronicles tell us about the siege of Troy, Jerusalem, Numantia, Leningrad…And they will mention the blockade on Cuba, perhaps remembering it as the longest of all, and they will underline that it is different to all the others because it does not siege a fortress or a city with warlike devices. Instead, it uses extraterritorial laws, circulars, warnings, threats…And it is exercised in times of peace against an entire country, without discriminating between victims or targets, using the economic, financial and commercial goods as evils.

In view of this event, turned into a process of aggression, Suárez, Vitoria, Vives – founders of International Law – would write, in awe, new texts that maybe the powerful ones – the United States of America and its allies – could not read, even though the majority in the UN´s General Assembly has for 15 years recommend that they do so.

POETA DE LA IDENTIDAD

POETA DE LA IDENTIDAD

Por Luis Sexto 

Convertida en folclor, predomina en Cuba una filosofía compuesta de ideas latinas y yorubas del culto a los muertos. La Memoria del fenecido pervive como una presencia activa en la vida de cuantos lo quisieron y recuerdan. Y Nicolás Guillén –nacido en 1902 y fallecido en 1989- sobrevive así. Y también de otro modo más útil y creador: en cada verso dicho cada día entre los enamorados, o en los actos patrióticos de las escuelas, en las canciones que difunde la radio o en la lectura silente de millares de cubanos. 

Vive el poeta de esas dos maneras aún después de no existir. Y también en una tercera. En su ejemplo de hombre político, de patriótico cantor. No abundan en la historia de la literatura conductas y obras como las del poeta de Motivos de Son. Hubo en él una congruencia entre cuanto escribió y su acción humana. Lo que sostuvo en sus poemas lo reafirmó con sus actos.  Si defendió con su sensibilidad de artista al negro, al pobre, al humillado, si los elevó a personajes centrales de su obra junto con el cañaveral y la azada, el tambor y la guitarra, también se integró con ellos y los acompañó en la lucha por la liberación. Cantaba: "Ya estará el de abajo arriba,/ cuando el de arriba esté abajo.../ No hace falta que lo escriba:/ abajo canto y trabajo."

Nadie le otorgó oficialmente el título de Poeta Nacional de Cuba. Lo mereció. Y lo recibió como en un acto espontáneo del pueblo. Desde su primer poemario maduro, Motivos de Son, Guillén expresó en su poesía la síntesis ética y cultural de la cubanía. La poesía que se llamó afrocubana o afroantillana en los años 30 -que en algunos fue moda--, en Guillén compuso un auténtico estilo transformado a partir de entonces en la voz poética de la nación.  Cantaba: "Aquí el que más fino sea,/ responde si llamo yo./ Unos dicen: ahora mismo,/ otros dicen: allá voy./ Pero mi repique bronco,/ pero mi profunda voz,/ convoca al negro y al blanco,/ que bailan el mismo son..."

En toda su gruesa obra que contiene títulos como Sóngoro cosongo, West Indies LTD, El son entero, Elegías, Tengo, la rueda dentada y otros, en todos, Guillén sostiene el ritmo de las esencias patrias forjadas con la sangre de la Hispania fecunda que dijo Rubén Darío, y del África que, según el propio Guillén, da color y personalidad al pueblo cubano. Lo confesó en sus momentos iniciales cuando muchos no comprendían a aquellos poemas renovadores. Dijo entonces: "Quise hurgar en las cosas del pueblo cubano, para captar lo que hubiera en ellas de inconfundible y vigoroso." 

Es el poeta de la identidad nacional. También de la Revolución. Las sintetizó en la poesía. Se inscribió así en la tradición inaugurada en Cuba por el cantor del Niágara, José María Heredia, cuyos poemas llevan en embrión, reflejada en el paisaje y en las ansias de libertad, la conciencia nacional, cuyo nacimiento incluía la independencia de España.  Y por defender la identidad, por sus hallazgos en el alma del pueblo, y por la mano levantada a favor del futuro, golpeando al opresor nativo y al opresor extranjero, golpeando a los que quitaban al pueblo lo que el pueblo tenía que tener, Nicolás Guillén, nacido en l902 y muerto en l989, vive en toda Cuba, en toda América. Él mismo lo intuyó cuando un periodista le preguntó que era para él la muerte. Y respondió:  "La muerte no existe." 

VIVA LA ESPERANZA

VIVA LA ESPERANZA

Por Luis Sexto

El argentino Jorge Luis Borges escribió dos versos sobre la esperanza que me gustan y no me gustan. Forman parte de un soneto que empieza pidiendo: “Señor, defiéndeme”… de una retahíla de peligros que omito, y al final, en los versos 13 y 14, dice: “No de la espada o de la roja lanza/ defiéndeme, sino de la esperanza.” 

Es ahí, en esas dos últimas líneas, donde estoy de acuerdo y en desacuerdo con Borges. De acuerdo en que concibió una aguda idea poética, y en desacuerdo, porque quizás la esperanza sea la mejor defensa humana. A mi parecer, la mayor pobreza sería carecer de esperanzas. Para quitarlo todo, Dante pone a las puertas del infierno de su Divina comedia, un letrero que congela el alma: “Lasciate ogni speranza…” Dejen toda esperanza los que aquí entran.  

La esperanza, desde el punto de vista religioso, se define como una virtud teologal. Y es, además, una virtud política, amorosa, económica, humana. Humana y política sobre todo. ¿No dice la sabiduría del pueblo que lo último que se pierde es la esperanza? La esperanza es como la ilusión: el aire del espíritu. Sin ella, tal vez no vivamos, solo existamos. Vivir es saborear el día, aspirarlo, bañarnos de la fortuna de estar vivos. Existir es solo eso: respirar.

Por ello, la política nunca ha de mentir la esperanza. El capitalismo la miente a muchos y, sin embargo, la ofrece como esa zanahoria que ciertos comics amarran delante de los belfos de un caballo de tiro. Hala, hala; coge la zanahoria. Eso explica hasta cierto punto que sobrando a veces las razones objetivas, falten las subjetivas para hacer la revolución.  Los gobernantes de nuestro país han sido muy cautelosos en prometer, en dar esperanzas. Nunca las falsas. Porque de desengaños –afirma el pueblo- también se muere. Y por ello solo tienen derecho a estar vigentes, las esperanzas reales, las inmunes a la disolución.  

bien, siempre tiene que haber esperanza. Es una fuerza que se entronca con la dignidad. Juntas esperanza y dignidad producen la fórmula de la integridad moral. Y por ello nadie ha de pedir o desear, como solicitaba el poeta Borges, que alguien nos resguarde o defienda de la esperanza. Es nuestra arma más contundente. Posee la naturaleza mágica de la poesía primigenia. Antes de la siembra, los agricultores de la comunidad primitiva cantaban sus conjuros para conseguir una fecunda cosecha. Y la fe en el canto trasmitía la esperanza. Y la esperanza inspiraba a redoblar el cultivo y el esfuerzo. 

Lo tendremos todo mientras sintamos en la intimidad del latir colectivo, que nuestra obra -esa que necesitamos más eficiente, más racional, más justa- debe perdurar como un mandato de la historia, como una urgencia del presente en tránsito hacia el futuro. Lo tendremos todo, porque tendremos la esperanza. La esperanza es un ingrediente del realismo político.Si uno tuviera la ocasión de modificar el soneto de Borges, en vez de pedir que nos defiendan de la esperanza, después reflexionar en una argumentación de remota y antropológica raigambre, solicitaría que nos protegieran de la desesperanza. Pues de la esperanza, me defiendo yo.

Presentan en Juventud Rebelde el libro Crónicas del primer día, de Luis Sexto

Presentan en Juventud Rebelde el libro Crónicas del primer día, de Luis Sexto

José Alejandro Rodríguez, a cuyo cargo corrió la presentación del título, calificó a su autor como periodista sólido, sensible y grande.

Por: Luis Hernández Serrano. 19 de octubre de 2007

«El cronista no es un profesional repentino y emergente. No se pueden crear cronistas de emergencia —pues este es un sublime oficio— y mucho menos cuando pensamos en formar periodistas como Luis Sexto, y que no se hiera porque le llame un periodista sólido, sensible y grande». Así habló nuestro colega José Alejandro Rodríguez —otro señor de capa y espada de la crónica periodística cubana— al intervenir en la tarde de este jueves en la presentación de un nuevo libro del hermano en Periodismo, Luis Sexto, publicado por la Editorial Pablo de la Torriente Brau, bajo el sugerente título de Crónicas del primer día y que muy bien pudiera denominarse Crónicas para siempre.«Casi todo lo que Luis Sexto ha escrito, escribe y se está preparando para escribir, fue, ha sido y es algo que le hierve en su espíritu, que anda en su cabeza dando tumbos de creador con el ánimo de brotar revestido de letras que lleguen a los corazones, y lo logra», comentó Pepe Alejandro, e inmediatamente dio lectura a algunos fragmentos de la que encabeza el texto, entre casi 40 crónicas: Tras la ventana, mirando caer la lluvia con las pupilas y los iris del alma.«Pepe sabe que yo creo en él. Hemos andado juntos por similares aventuras periodísticas, en unas tres décadas de oficio, yo un poco antes que él, por razón de mis años», expresó Luis cuando le tocó su turno.Visiblemente emocionado, dijo que cuando había enterrado a su hijo, inmediatamente después tuvo que sentarse a escribir un artículo para la revista Bohemia, porque ni en las más duras circunstancias de su vida ha dejado de ser el periodista y el cronista que tiene corriendo en sus arterias.Confesó que se ha ocupado de leer, no por leer, sino para asimilar vivencias de otros creadores como las del poeta Agustín Acosta y el también cronista Fernando G. Campoamor, un grande de las letras periodísticas cubanas un tanto ignorado y olvidado.Luis resaltó la importancia de asimilar la cultura y no limitarse a citar títulos de libros y los nombres de sus autores, y confesó que las crónicas que publica en este y en los dos textos similares anteriores, surgieron gracias a que Juventud Rebelde le abrió generosamente sus puertas. Por último anunció que escribe ya sus memorias, y que llevarán por título «Vivo, luego escribo».  

En la foto: El periodista Luis Sexto (a la izquierda) y José Alejandro Rodríguez, durante la presentación de Crónicas del primer día. Foto: Franklin Reyes 

LA ÚNICA OPCIÓN

LA ÚNICA OPCIÓN

Por Luis Sexto 

La vida no cabe en un manual. Imprevisible y cambiadiza, quien pretenda esquematizarla en un recetario ha de estar dispuesto a modificar reglas, inventar variantes. Los manuales decían que el socialismo real estaba exento de crisis. Y una crisis, paradójicamente tan solapada como clara, lo hizo desparecer en su aparente más compacto bastión. 

Los manuales de la derecha, a su turno, aseguraron que Cuba, por imperativo del reflejo, debe cumplir el mismo destino que la extinta Unión Soviética, en un tiempo el aliado, el amigo más fuerte y generoso de la Isla del Caribe. También se equivocaron. Desde hace 17 años, Cuba resiste las secuelas de la catástrofe del modelo de socialismo predominante en el mundo hasta 1990.  Y se mantiene erguida porque su pueblo, con preclara intuición política, se niega a ser reneocolonizado, a dejar de ser nuevamente nación en la servidumbre criolla del traspatio norteamericano. 

Ese es el ingrediente esencial de la perdurabilidad: el querer ser, el desear seguir siendo. Pero no basta con la intención, el propósito. La lucha por permanecer, prevalecer –eso es, lucha- necesita de una sabia y dúctil táctica que se despliegue o repliegue según recomienden las circunstancias. La política, al decir de José Martí, es la verdad. Y la verdad no es solo el principio que oriente la política, sino, además, la voz del momento. Por lo cual hay que estar atentos al suceder real; averiguar cuál es la tendencia principal, la contradicción básica de modo que podamos discernir el curso que facilite adecuarnos a las demandas de hoy, de ahora, para así dominarlas y perdurar.

¿Complicado? ¿Tendré yo alguna cepa del virus socialdarwinista sin saberlo?  A mí manera de ver, lo que me impulsa a afirmar cuanto antes dije es mi recelo hacia el voluntarismo, esa deformación ideológica que soslaya tácticas y estrategias, que aplaza la reflexión, proscribe la inteligencia  y prefiere elevar la improvisación a rango principal de la política. Aceptar ese procedimiento posiblemente equivaldría a sufrir los  retortijones irracionalistas de un Schopenhauer.                                                       

La resistencia en Cuba, si en verdad nuestro pueblo y cuantos lo representan en el Gobierno han de decidido resistir, tiene que adoptar decisiones y realizar modificaciones en la estructura económica que excluyan la vocación numantina como alternativa. La inmolación de un pueblo solo conduce a la destrucción de todo ese pueblo. ¿Y es justo, útil? Quizás la mística oriental advierta cierto provecho social en el holocausto de un individuo; tal vez la historia de Occidente vea con aplauso la ruina de una ciudad para salvar el resto del país, como el paciente acepta la amputación de un miembro para proteger el cuerpo. Pero extirpar el cuerpo, implica la muerte de “todo” el paciente. En términos sociales, el heroísmo y el martirio solo se justifican si de ellos se deriva un beneficio indudable para la causa común. 

Usemos la conocida alegoría: No llega más lejos quien arremete contra el obstáculo del camino; el golpe puede invalidar al caminante. Llegará más lejos el que se detiene y reflexiona sobre la forma de burlar el inconveniente, aunque tenga que rodearlo y con la vuelta hacia un lado o hacia atrás se retrase.  Como propone De Bono: si el camino de A a B está bloqueado, se necesita trazar el lazo de la ruta C para alcanzar a B. El asunto no es llegar más lejos o más rápido; es llegar al punto propuesto, a veces con patas de liebre; otras, con paso de tortuga o de cangrejo. 

Hay que afrontar la verdad. Las consignas, que suelen ser un producto propagandístico del voluntarismo, a veces impiden ver la realidad en sus perfiles y riesgos. La sociedad cubana, vista integralmente, no solo desde ciertas estadísticas, sino desde la rutina diaria de los ciudadanos –lo micro como eco de lo macro-,  presenta un equilibrio inestable de lo que no cae y parece que va a caer. Probablemente, de seguir la situación embarrancada en el inmovilismo, las definiciones las dicte el tope de la vara que mide la acumulación de los fenómenos. Me parece que esa es la percepción más objetiva. Algunos podrán escandalizarse con estos juicios. Pero decirlo no supone que uno lo acepte como algo  inevitable. ¿Quién aceptaría que Cuba, con todo cuanto significa en lo social y lo político para su pueblo y América Latina, se desmorone? 

Por ello, para impedir que el bloqueo de los Estados Unidos logre agotar al país, se precisa una readecuación de las estructuras económicas. Cuba derrumbará primordialmente los muros sutiles del bloqueo con lo que construya o reconstruya dentro del país. En esa estrategia parece haber consenso entre ciudadanos, comentadores profesionales de la realidad y figuras claves del Gobierno y el Partido Comunista, aunque por lo lento y hermético del proceso uno deduzca que la mentalidad burocrática –esa que se resiste a ceder parte de su poder centralizador- estorba la fluidez de la reflexión nacional que ahora se escucha en centros de trabajo y bases políticas, y estorbará, sobre todo, el rigor y la aplicación de medidas de readecuación que propicien que la pobreza y la carencia dejen de ser inherentes a nuestro socialismo. No creo que la sociedad cubana –país de economía abierta- viva de sí misma, pero sí puede lograr que sus vínculos solidarios con Venezuela o la República Popular China impulsen el desarrollo de las fuerzas productivas internas, luego de que sean liberadas con audacia y visión de largo plazo. Aunque hay un riesgo: creer que el problema fundamental de Cuba es la falta de recursos, y que construyendo nuevas fábricas, colmando las tiendas, saturando las necesidades de transporte y vivienda, todo volverá a la normalidad.   

Habrá que interiorizarlo: nuestra realidad no solo permanece limitada por un desequilibro entre la necesidad y su satisfacción. Enfocarla tan reducidamente equivaldría posiblemente a cometer un error de proporciones casi irreversibles en esta etapa,  aguda y de pocos asideros. Porque si se mantiene el orden vigente –un exceso de centralismo y la intervención estatal aun para lo más nimio, como ingerir un helado o beber un refresco, entre otras normas inoperantes por rígidas- podría garantizar a lo sumo la resistencia a corto plazo. El recurso, incapaz de reproducirse atenazado por una organización no apta de gestar riquezas, se agotará y ubicará al país ante un nueva trampa, tal vez más complicada y con menos oportunidades de superarla. Y es preciso, como dije antes, proyectar a largo plazo. Lo contrario, es decir, lo inmediato, quizás nos mantenga en el precario equilibrio de hoy. La mirada que coloca el objetivo estratégico en  el futuro, puede prevenir los errores. El criterio que observa con cristales de visión corta,  tendrá que corregir los yerros después de cometidos. 

Estamos los cubanos aún a tiempo. La discusión convocada por el Partido Comunista,  sin cautelas ni llamamientos públicos a la cordura, a ras de pueblo, manifiesta en su viveza que la ciudadanía cree en  la Revolución y el socialismo. Importa saber ahora que Cuba está abocada, llamada a ciertas transformaciones, a la adopción de medidas económicas, incluso políticas, que varíen las fórmulas que en otros tiempos rigieron el devenir del país, sin que alguien suponga que se trata de derogar el socialismo cuando es lo opuesto: hacerlo perdurar. Y si el esquema vigente  no satisface las justas urgencias de los seres humanos y demuestra en la práctica su incapacidad productiva, parece evidente que va en contra de la vida y del realismo con que ha de asumirse los obstáculos de la historia. Un acto impolítico sería desoír esos reclamos que critican  todo cuanto de voluntarista, y por tanto de irracional, subsiste en la sociedad cubana, permeada todavía por los dátiles menos dulces  del socialismo soviético.   

Quizás escribo demasiado didascálicamente. Y trasmita, a mi pesar, el equívoco de intentar yo, que empecé hablando de lo inservible de los manuales, concebir un nuevo manual. Solo levanto la bandera que echó al aire la revolución cubana para conquistar el poder y ofrecérselos a los humildes: la audacia creadora, con el realismo atemperando el ideal. Ahora, cuando las circunstancias exigen preservar el poder, hace falta la misma visión estratégica: buscar la solución fuera de los manuales. Consultar con las necesidades. Y con el pueblo que las sufre. Y apostar por la vida.  

Vida o… vida., no hay otra opción. 

DOS POETAS EN EL BEISBOL

DOS POETAS EN EL BEISBOL


Por Luis Sexto

Confesé no se cuándo que no soy filósofo ni del béisbol. Y si quizás una cafetera mágica, me facilitara serlo, nunca me avendría a especular sobre la pelota. Ni siquiera a reportarla. Porque cuando ejercí como cronista deportivo al principio de mi ingreso en el periodismo, me negué a inmiscuirme en sus interioridades.

El argumento para defender mi resistencia a escribir de béisbol era sencillo, casi irracional. Aquí –alegaba yo- todo el mundo sabe de pelota; uno más sobra. Y de ese parapeto nadie pudo desplazarme. Y reconozco, en cambio, que me gusta, tanto que muchas tardes, en aquella época en que yo era soltero y descontrolado, del trabajo salía para el estadio. Jugar pelota, presenciar un juego, equivale a un acto de identidad cultural: un marbete de cubanía. Hasta Julián del Casal, melancólico, reconcentrado poeta, que vivía “en medio del cansancio de mis días”, en una fobia de entretenimientos mundanos, escribió sobre béisbol. Al menos comentó un libro de crónica beisbolera, en el periódico La Discusión, en 1889.

El volumen, más bien un folleto, portaba el nombre de Wenceslao Gálvez y exhibía las uñas largas y afiladas de este autor provisto de jocoso, irónico ademán, que además jugó como short stop del club Almendares y ganó la corona de bateo en la campaña 1885-1886. De El baseball en Cuba Casal aseguró que resaltaba por lo “sencillo, empapado de sana alegría y escrito al correr de la pluma”;“muy bien presentado en párrafos sencillos, desnudo de galas retóricas y salpicado de chistes originales”.

Por “Wen” Gálvez sabemos que el béisbol fue un flautista de Hamelin: con el swing del bate arrastró a los estudiantes, que escapaban de las aulas para jugarlos, dispersó por la atmósfera de calles y cafés nuevos nubarrones de polémica, y
en la glorieta del Almendares Park apiñó centenares de gritos que, según los historiadores más exagerados, podían inquietar a la entonces guarnición española del Castillo del Morro.

El baseball en Cuba compone un documento primordial para conocer, entre otros aspectos de su historia, el revuelo y el revolico que la pelota armó en La Habana durante las tres últimas décadas del siglo XIX. Pero no es el único texto con tales páginas de sucesos. Es decir, si las polillas convocaran un banquete con los ejemplares disponibles del libro de Gálvez, quedaría otra obra que, con síntesis y gracejo, aportaría elementos suficientes para siluetear ese lío de masas suscitado por la pelota.

Se trata de un poema. Y el autor, un poeta de menor rango que el modernista Casal, pero culto y reconocido por sus dos volúmenes intitulados Versos y Punto y final. Se llamaba Mariano Ramiro, andaluz criado en Cuba, de oficio tipógrafo, a quien sus contemporáneos respetaban, en particular, por su honradez. Escribió el poema en doce décimas, y lo nombró: El baseball, jerigonza bilingüe. Al parecer no tuvo otra intención que retratar festiva y satíricamente al nuevo deporte, procedente de los Estados Unidos, y fustigar a quienes se apegaban demasiado a los usos norteamericanos.

Reproduzco, dentro de mi estrechez espacial, algunos versos. “Tiene la gente devota/ del bullicio y la alegría,/ por la pelota manía/ y no suelta la pelota./ Suda el quilo gota a gota/ por beisbolero interés,/ y conozco a más de tres/ que llevan su frenesí/ hasta no entender el sí/ como no le digan yes.”
Y termino. “Muchas lindas habaneras/ sienten del juego el contagio/ y hacen amoroso plagio/ de las luchas peloteras./ Al que en frases plañideras/ les declara su pasión/ y quieren meterse en jom/ sin sacramental detalle,/ lo ponen out en la calle,/ y mamá le da el scon. (Del libro Crónicas del primer día)


LA HISTORIA DE REGIS DEBRAY

LA HISTORIA DE REGIS DEBRAY


Por Eduardo Febbro
Desde París

Han pasado tantos años y ha corrido tanta tinta... pero muchos pliegues de la historia quedaron envueltos en la corriente del tiempo y de las sucesivas versiones del episodio que condujo al Che a Bolivia, al arresto y condena en Bolivia del intelectual francés Régis Debray, a la posterior detención del Che, a su asesinato y a la liberación de Debray. Biógrafos, comentaristas, agentes de la CIA y hasta algunos compañeros del Che que sobrevivieron a la expedición boliviana han dado de este episodio y de la captura del Che argumentos siempre renovados, contrapuestos, contradictorios, a veces delirantes, otras lejanos a toda forma constatada de la verdad. De la media docena de biografías válidas que existen del Che ninguna ofrece la misma explicación. ¿Quién entregó al Che? La versión más sólida apunta a Debray como el culpable de haber indicado dónde se encontraba Guevara en su periplo mortal por Bolivia. El 31 de agosto de 1996, en Buenos Aires, la primera hija del Che, Aleida Guevara, acusó a Debray de haber “hablado más de lo necesario”.

El acusado encontró un defensor inesperado en Benigno, uno de los ex compañeros del Che en Bolivia, que negó que Debray fuera el responsable directo del arresto. Dos años más tarde, el mismo Benigno iba a ser protagonista de una de esas escenas dignas de un circo: ya exiliado en Francia, Benigno viajó a Miami para encontrarse con Felix Rodríguez, un agente cubano de la CIA que pasó años persiguiendo al Che por medio planeta. Ambos posaron juntos en una foto para promover la paz entre cubanos. Enemigos de antaño, reconciliados por la vejez y los intereses políticos del momento. 

Rodríguez no comentó en ese entonces las confidencias que le había hecho en 1989 al periodista norteamericano John Weisman, publicadas luego en el libro Shadow Warrior. Allí, el ex agente de la CIA afirma que luego de la captura de Debray –20 de abril de 1967– el intelectual francés, interrogado por la CIA, dijo lo esencial: “Fue el testimonio de Debray lo que convencio a la CIA de concentrar sus esfuerzos en la captura del revolucionario”. En 1996, el periodista norteamericano John Lee Anderson escribió una de las biografías de referencia –Che Guevara, A Revolutionary Life– en la cual también desarrolla el argumento de que fueron las palabras de Debray las que sellaron el destino del Che. Otras versiones, en especial la del intelectual y político mexicano Jorge Castaneda –Compañero. Vida y muerte del Che Guevara– y la del francés Pierre Kalfon –Che Guevara, una leyenda del siglo– dan vuelta esas acusaciones y acusan a Ciro Bustos de haber hablado demasiado. Bustos era uno de los compañeros del Che en Bolivia arrestado al mismo tiempo que Debray. Leídas a través del tiempo, cada biografía parece responder a una voluntad personal de buscar un culpable: Bustos, Debray o algún otro.Los bolivianos que participaron en aquella caza a los revolucionarios sonríen con cierta condescendencia cuando evocan. Uno de ellos dijo a Página/12: “A Debray no teníamos necesidad de torturarlo para que hablara. Tenía tanto miedo que cuando le soplábamos los ojos se ponía a llorar. Pero lo que él pudo decir no cambia la historia, no nos servía de mucho. Nosotros ya sabíamos por dónde andaba el Che cuando capturamos a Ciro Bustos y a Régis Debray. La CIA nos había dado un respaldo decisivo”.

Los bolivianos aseguran hoy que no les hacía falta ni que Bustos, ni que Debray les confirmara que el comandante Ramón era el Che. El año pasado, el general Gary Prado, el hombre que el 9 de octubre de 1967 capturó al Che en La Higuera al mando de la compañía de los Rangers, contó a Página/12 las condiciones del arresto, la lástima que le daba tener al Che cercado desde hacia algunas semanas, observándolo como palomas prisioneras hasta cerrar para siempre el diario de esa aventura. “Esos últimos días son totalmente surrealistas. Sabían que el ejército se les estaba viniendo encima, nos habían visto, sabían que mi compañía tenía 160 hombres. ¿Y qué hicieron? En vez de dispersarse y decir, bueno, hasta otro día camaradas, dejamos los fusiles, nos compramos un pantalón y una camisa, nos sacamos la barba y sálvese quien pueda, no, siguieron marchando ¿rumbo a qué? ¿Al sacrificio? Había combatientes muy buenos, de mucha experiencia, pero totalmente desubicados dada la realidad del país. Estaban perdidos en una zona donde las características son difíciles, ahí en pie de monte, al comienzo del Chaco, donde no hay ni mucho que comer y donde la gente es muy especial”. Prado narró a este diario la forma en que el grupo del Che se dividió en dos –en uno de ellos estaba Debray– y cómo esa división los llevó a la pérdida.Régis Debray fue juzgado y condenado a 30 años de cárcel. Casi cuatro años después salió en libertad gracias a una negociación secreta con Francia cuyos compromisos nunca fueron cumplidos por París. Hace casi cuatro décadas, los diplomáticos bolivianos se enteraron de que Debray había sido puesto en libertad leyendo el diario Le Figaro. Sólo al día siguiente les llegó de La Paz un telegrama con la confirmación y el anuncio de que llegaría un agregado militar en misión especial, el general León Kolle Cueto, hermano del ex primer secretario del Partido Comunista de Bolivia. 

 En los años en que Debray estuvo preso en Bolivia el personal diplomático boliviano era la oveja negra de los círculos diplomáticos: “No nos invitaban ni a un cóctel de beneficencia”, recuerda uno. El general Kolle Cueto fue acreditado debidamente en la cancillería francesa y pidió cita con el ministro de Defensa, Michel Debré. Este jamás lo recibió. Cueto había sido enviado a París a cobrar la recompensa pactada en la negociación destinada a abrir las puertas de la cárcel de Régis Debray. El acuerdo era amplio. Francia se había comprometido a entregar lanchas fluviales para la Fuerza Naval boliviana, equipamiento completo para un batallón de ingenieros, entrenamiento a pilotos de la Fuerza Aérea y un hospital militar. Nunca hubo ni lanchas, ni hospital, ni equipos de ningún tipo. Cueto refirió el problema de la cita con el ministro a la cancillería francesa y obtuvo una cita con el canciller Maurice Schumann. El canciller lo recibió y cuando el general le reveló el acuerdo, Schumann le dijo: “Es imposible. Francia no negocia esas cosas”. Cueto se quedó sin el tributo que su país había negociado en medio de circunstancias políticas nacionales muy especiales. 

Bolivia estaba gobernada entonces por el general Juan José Torres, un militar del ala izquierda de las fuerzas armadas que había llegado al poder mediante un golpe de Estado y luego fue derrocado por otro golpe lanzado por Hugo Banzer. Uno de los hombres que negociaron el acuerdo con los franceses, que desempeñó un papel preponderante en la posterior liberación de Debray, el ex vicecanciller Fernando Laredo, no recuerda los hechos con ningún encono: “Los franceses no cumplieron pero eso fue culpa nuestra. Nosotros manejábamos el asunto de la liberación de Debray pero como el gobierno de Torres no controlaba todo en algún lado se nos fue de la mano. Había otros grupos que también negociaban con los franceses. Francia no nos engañó. Había mucha confusión y demasiados negociadores. Eso fue lo que pasó”. Laredo refirió a Página/12 que la liberación, con o sin acuerdo, fue una decisión política de Torres. “Sabíamos que si nosotros no lo sacábamos otros militares lo iban a liquidar. Para ellos, Debray era un apoyo sustancial de las guerrillas de América latina, lo que no era cierto. Era una cuestión de principio”.

La decisión de extraer a Debray de la cárcel la tomó Torres en persona. Pero no fue simple. Ciertos sectores castrenses no querían soltar a Debray. Para conseguirlo se montó una operación al mando del mayor Rubén Sánchez, comandante de los Colorados de Bolivia, el regimiento de escolta presidencial, militar de izquierda y miembro del MNR. Fue con un comando a Camiri, donde Debray estaba detenido en una división del ejército desde la cual se dirigían las operaciones contra la guerrilla del Che. Sánchez tomó el edificio y liberó a Debray. “El avión ya estaba listo para llevárselo. Cuando el comando entró en Camiri Debray pensó que venían a matarlo”, cuenta Laredo. El avión partió rumbo a Chile. 

Debray escribe numerosos ensayos y, como muchos otros ex aventureros de izquierda, sus ideas huelen a salones para damas elegantes y asustadizas que acuden de vez en cuando a los confesionarios. París no entregó jamás las piezas del intercambio. Debray nunca pagó sus deudas. Ni con Bolivia, ni con la historia de América latina.