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PATRIA Y HUMANIDAD

Cultura

LA GEOMETRÍA MÁS CORTA

LA GEOMETRÍA MÁS CORTA

Por Luis Sexto

 Preocupada admirablemente por las cuartillas que esperan la opresión de mis dedos, mi mujer entra a veces en la sala y me pregunta puntillosa: ¿Conversando, eh? Estoy, en efecto, conversando con algún amigo a cuya confianza no le parece intromisión, ni grosería, el reproche conyugal.

Los tres sonreímos. Luego voy a responderle, y pienso que antes pudiera recitar un álbum de conceptos sobre la conversación para explicar mi actitud de aparente derrochador del tiempo. Porque cuanto más vivo más creo que si Robinson Crusoe no hubiera hallado a Viernes, él mismo lo habría inventado trasfundiéndole la vitamina del movimiento a una estatua de arena. Lo imagino, aún sin compañía, en un día cualquiera de su soledad náufraga e isleña, sentándose frente a las pencas cabizbajas de un cocotero para iniciar un diálogo monologado, como un sordo ante otro sordo. El propio Daniel Defoe se percató de que, sin un compañero, el novelesco paladín de la autosuficiencia hubiera resultado antipático por inhumano.

Veamos un expediente más conmovedor. El monje  trapense Thomas Merton y el Dalai Lama iban a entrevistarse en la capital de Tailandia cuando el contemplativo norteamericano se electrocutó al oprimir el interruptor de un ventilador en su habitación de hotel. Un periodista español, de nombre ahora olvidado, quiso imaginar el encuentro como el diálogo de dos hombres que nunca hablaban. ¿Qué tendrían que decirse el monje cristiano, hermano Lois en el monasterio de Gesetmany, Kentucky,  y el líder budista del Tibet?  

Quizás no halla conversación más intensa que la de dos hombres que suelen hablar dentro de sí. Antonio Machado confesó conversar con el hombre que lo acompañaba interiormente, en una alteridad, en un eco, que duplica el monólogo en la imagen de sí mismo. Conversación intensa y extensa de dos mudos que callan hasta el día en que la garganta acorta el deslumbramiento de unas palabras ante la verbosidad de otras palabras. Y por tanto no hay términos más ajustados, ni precisos, que los que surgen del develamiento y la evaluación interna del silencio. Porque este no es si no la espera generadora de la conversación; el callar para decir. Rubén Darío el musical y rítmico poeta primordial del modernismo, hablaba poco. El colombiano Vargas Vila, famoso quizás por el estruendo de sus prosas y sus discursos hablados, dijo en un librito ya muy escurridizo sobre Darío que el nicaragüense no hablaba. Su conversación se ajustaba a monosílabos. La deidad que lo otorgó el genio de la imagen y la palabra, le quitó a cambio el de la conversación. O probablemente la poesía, la más entrañable, necesita del silencio para incubarse.

Pero exaltando el silencio no rebajemos la conversación, que parece resultar un diálogo de medular estela en un fluir lento, distendido, sin la estridencia polémica del furor; más bien, con la anuente displicencia del que no desea tener la razón, sino buscar la verdad. Un arte educado, según Monterroso. No habrá conversación si hay charla, cháchara o palique. Estos tres demonios de la seudo conversación se agostan en su propia insuficiencia, en su incapacidad para convocar el buen juicio, la constructiva multiplicidad de todas las flechas de la rosa náutica hacia un concierto reflexivo. Este es el ojo de la aguja: la esquiva consciente de lo baladí, que es el caldero donde cháchara, palique y charla, se transforman en un caldo aderezado con  la excelencia de lo insustancial. Habrá conversación cuando el meridiano cero perviva más allá de cualquier numeración creciente, de cualquier contacto con la urgencia del aburrimiento. Y se mezclen lo utilitario con lo sensible, lo racional con lo intuitivo.  Saber y placer. Porque registrado el concepto en sus expedientes más antiguos, conversación implica sabiduría, trasvase de ciencia y experiencia, luego amodorradas creadoramente en la conciencia y transformadas en carne primordial del carácter.  Es ese el decir de Stefano Guaso para el que “chi non conversa no ha esperienza, sabor supremo de la civilidad renacentista por donde el juicio nos evita  el ser  poco men che bestia”.

La conversación implica la convivencia. Es la geometría más corta entre dos personas. Amor que no conversa se anula en la trágica ficción de los cuerpos, como los polos que chispean al juntarse y se queman en la misma vaguedad del roce. Cama y mesa, tradicionalmente, convocan la conversación. Nunca entendí por qué en el refectorio de los seminarios preconciliares y en cuarteles de reclutas el silencio regía la maquinal animalidad del comer. Precisamente, la conversación humaniza el acto de masticar y tragar que evidencia nuestra insuficiencia como especie. En silencio, somos simplemente leones que, en vez de gruñir, hacemos sonar los cubiertos. La paz comienza en una mesa animada, dispuesta a la satisfacción orgiástica y por ende a la anuencia, al perdón que legitima  las explicaciones; la guerra puede surgir en una mesa callada, seca, donde el hartazgo fisiológico traga sobre todo el desbordamiento espiritual reprimido. Ocurre igual en la cama. Previo al acoplamiento, al viaje de uno y otra hacia el interior ajeno, se humedece en la conversación, un recoger cabo que acerca el bote al espigón. Después, en la laxitud, el abismo nervioso del orgasmo se enriquece en el intercambio de aquellas regiones a las cuales no se llega si no en la palabra que desnuda y desbroza.

Con Dios el creyente incluso ha de conversar. La oración recitada, los textos concebidos como mercancías piadosas defraudan la buena fe. Dios podría cansarse de escuchar frases no sentidas, anotadas como en el libreto de un programa de televisión. Dios tal vez solo oye sentimientos, porque ve por los oídos el suspiro intermitente de la angustia, la oxigenación desesperada del alma inmóvil y muda en la soledad. Para Dios los ojos hablan: la mirada prendida del pasamano, que es nuestra inferioridad angustiada, y el deseo de escalar la ansiosa certidumbre de ser oídos en el luminiscente diálogo del alma vacía. Pero si se pronuncia alguna palabra ha de decirse en el intercambio susurrante de la conversación, en la humilde actitud del que habla para levantarse por sobre las limitaciones de su lengua. Ha de andar en lo cierto el pintor mexicano Newman, al creer que las manifestaciones grandilocuentes no son agradables a Dios: elevan un sonido falseado por la prepotencia. Yo pienso, en particular, que la humildad es el lenguaje de Dios, lo cual supone un problema teológico que a pocos habrá de interesar y  que aquí no voy a acometer presuntuosamente.

El maestro que forma discípulos –no el profesor de pedantesca resonancia-, o el escritor que concierta y realza a los lectores –no el que los aplasta y espanta- consigue, a mi parecer, la comunión mediante el ejercicio conversacional. Y paramos otra vez en la humildad. La conversación discurre sobre la ideología de la mansedumbre. Porque la polémica tampoco integra, ni  sustituye la conversación. La polémica es puja, confrontación. De sólito los contendientes no se oyen; solo atinan a  concentrarse en la argumentación demoledora del rival. La conversación alude al puente entre las dos orillas de un abismo. En la conversación empieza la convivencia. Porque el que conversa se independiza de sí y se enchufa a la boca del otro, en el más carnal reconocimiento de la libertad propia y ajena. Y se independiza, incluso, de la verdad.  Que no hay verdad que sirva y sobreviva, si  uno no escucha, tolera y acepta. Esto es, si uno no habla en la paridad reconocible del diálogo, oscilando entre la sabiduría y el placer. Como  jinete sobre un jamelgo en camino desierto,  despojado de  los atuendos intransitables del reloj…

Debo, pues, muchas chispas, muchos arranques a la sugerencia de algún interlocutor. “¿Conversando, eh?”, me cuestiona mi mujer. Y tras de agradecerle su inquietud, le respondo:

“No; trabajando”.

 

 

LA UNANIMIDAD ES GENERALMENTE SOSPECHOSA

LA UNANIMIDAD ES GENERALMENTE SOSPECHOSA



Por José Luis Estrada Betancourt


Entrevista al cineasta cubano Fernando Pérez


“Cuando hago una película, no solamente acudo a la experiencia que he acumulado durante todos estos años, sino también a lo que no sé”, asegura Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine, quien desde hace algún tiempo trabaja sin descanso en su próxima producción: un largometraje de ficción sobre la niñez y la adolescencia de nuestro Héroe Nacional José Martí.


“En Madrigal me propuse contar una historia desde un lenguaje no naturalista, que buscaba deliberadamente la artificiosidad. Esta es una película donde la mayoría de los personajes, con excepción del que interpreta Yailene Sierra, no son absolutamente realistas, incluso sus diálogos forman parte de una pieza de teatro. Ese era un camino que a mí me interesaba transitar. Había visto películas de Lars von Trier, el cineasta danés, quien representa una realidad muy artificial, la cual resulta, al menos para mí, mucho más fuerte, que si se reflejara una impresión de nuestra realidad. Y yo deseaba recorrer eso camino”, explica el realizador de Suite Habana, Clandestinos, Madagascar y La vida es silbar.


“Me gusta experimentar. Fíjate que en Madrigal me impuse empezar a contar otra historia: el cuento de Javier, cuando la película prácticamente había terminado y ese fue un gran desafío, pues estábamos violando un principio, pero no podíamos saberlo si no lo poníamos en práctica. Eso era lo que me interesaba. Madrigal —y cada vez va siendo más su destino—, es una película que desconcierta a todo tipo de público. Dentro de ese desconcierto hay gente a quienes les gusta y hay a quienes no, pero la gran mayoría se enfrenta a una película que le despierta inquietudes y muchas preguntas.


“No esperé tanto desconcierto, debo confesarlo, pero de alguna manera me reconozco en la película, porque estoy muy seguro de que ahí hay un camino. Quizá Madrigal sea un primer paso, aunque no sea el más firme, pero es un paso que puede enriquecer la diversidad estética del cine cubano”. -Para los críticos, después de Suite Habana, Madrigal fue un “chasco”, quizá porque esperaban una película por la misma cuerda...


—Cuando hago una película trato de no pensar ni en la prensa ni en lo que va a provocar la película, sino en el espectador que soy yo, es decir, qué quiero expresar, cómo lo puedo expresar, qué película me gustaría tener a mí como resultado final. No porque me sienta el espectador como el centro del mundo, pero soy uno que tiene que ser la medida de lo que quiere expresar.


“En el cine no existe una fórmula para el éxito, pero sí una para el fracaso: tratar de contentar a todo el mundo. La unanimidad es generalmente sospechosa, porque lo que abunda es la diversidad de criterios, que es lo que mueve el pensamiento. Una decisión absolutamente clara para mí era hacer una película totalmente distinta a Suite Habana —la experiencia creativa más fuerte de mi vida— yo estaba seguro de que tenía que cambiar de registro, probarme a mí mismo.


“Lo curioso es que Madrigal fue un guión escrito antes de Suite Habana y cuando volví a él pensé que estaba ante la historia precisa. Por supuesto, no quise hacer un chasco, ese no era el propósito, pero sí estaba consciente de que, de alguna manera, Madrigal podía provocar, para aquel que no entre en ese tipo de propuesta estética, un rechazo absoluto. A mí no me gusta hacer un cine conformista, un cine complaciente, un cine que busque la unanimidad. No pretendo ser original, sino encontrar cosas que a veces uno no se imagina que pueden estar ahí”.


Entre película y película está rompiendo. ¿Es que anda buscando un camino?

—Es que ese es el camino, pienso yo. Mira, a veces me pongo a pensar —no es mi tarea, pero como me haces la pregunta—, si tengo un estilo o algo así. Y sí creo que hay algo que se repite en mis películas, una determinada emoción, un sentimiento, un punto de vista. Al menos, yo hago cine para dejar un pedazo de mí, de mis sentimientos, más que de mi filosofía de vida. Me interesa hacer todo tipo de cine, conmigo no sucede como con otros cineastas en quienes puedes encontrar una impronta estilística o un género que repiten de una a otra película. A mí me gustaría, por ejemplo, hacer un musical. Por eso admiro tanto a Lars von Trier, quien en cada propuesta se renueva, aunque guarda una personalidad. No sé... a veces creo que este cineasta ve lo que uno no ve y sorprender es bueno.

“Entre mis planes está hacer una película que se titulará Nocturno, la cual quiero rodar con una camarita digital, sin el apoyo de la industria, de una manera independiente, por lo mismo que te he dicho: probar otros caminos”.


Fernando Pérez, quien pretende comenzar a filmar entre mayo y junio el proyecto sobre los primeros años de vida de José Martí, está en estos momentos dándole los toques finales al guión de esta película que formará parte de una serie llamada Libertadores. Se trata de un proyecto de coproducción, donde participan varios cineastas de América Latina. Cada uno filmará una película sobre el libertador de su país.


“A mí me ofrecieron hacer una sobre nuestro Héroe Nacional. Y aunque nunca pensé verme involucrado en un largometraje de esta envergadura, tengo que reconocer que la idea me apasiona.


“Cuando me lo propusieron me asusté. Es que Martí es tan grande... Tengo que confesar que decidí contar mi historia a partir de la infancia y la adolescencia del Maestro, porque el Martí adulto me sobrecoge. Siempre he dicho que cada película que enfrento es la más difícil, pero ahora sí que es verdad, pues esta tiene como centro a la figura más descollante de nuestra historia. Y cada cubano tiene su Martí”.


Según explicó Fernando, la película, coproducción entre la Televisión Española y el ICAIC, se rodará completamente en Cuba, pues, como explica Fernando, Martí vivió en la Isla los primeros años de su juventud (16 ó 17 años). Aunque todavía no tiene pensado quién será el actor que interpretará al autor de los Versos Sencillos, Pérez está convencido de que tiene que realizar un casting muy cuidadoso.


“Ese es uno de los grandes retos, porque tenemos que encontrar a un niño que dé en pantalla de 9 a 12 años, así como un joven que parezca que tenga entre 15 y 17, y que, además, haya un parecido entre ambos. Nos ayuda que no está muy clara la imagen de ese Martí, a diferencia del adulto del cual todos tenemos referencia visual. Del niño solo existe el famoso cuadro donde aparece con la medalla, mientras que de su adolescencia hay solo tres imágenes. Algo sí tengo muy claro: lo que finalmente determinará la selección será la mirada”.


Pérez adelantó que, además de la madre y el padre —“una relación que lo marcó tanto”—, aparecerán en la película personajes que fueron decisivos en la vida de Martí en esa etapa, como José María de Mendive y Fermín Valdés Domínguez, sin que descarte que tomen vida en el celuloide algunas de sus seis hermanas. “Creo que dos son las que se van a convertir en personajes con una determinada presencia. Estoy trabajando los personajes sin juzgarlos y tratando de convivir con ellos, de saber cómo fueron, cómo sintieron. Esa ha sido la tónica en el guión”.-La película sobre Martí ha partido de un encargo. ¿La motivación es la misma?

—Mira, Suite Habana también fue un encargo. No olvidaré que yo estaba esperando porque José María Morales, productor de cine español, llegara con la aprobación del presupuesto para filmar Madrigal. Y sí llegó, pero me dijo que todavía no era posible, así que me propuso que hiciera un documental para Ciudades invisibles, una serie para Televisión Española. Quería que en esa película, que debía durar 55 minutos, yo ofreciera mi visión de La Habana.


“En un principio no estaba muy motivado, en verdad, me sentí desilusionado, como si me hubiera caído un cubo de agua fría, pero luego... Ya ves, surgió Suite Habana y sin embargo, la serie jamás se hizo. En fin, que a veces los encargos despiertan motivaciones que estaban dormidas, que uno no era consciente de que permanecían ahí, a flor de piel. Lo mismo me ha sucedido ahora con esta película sobre Martí”.


-Supongo que ha tenido que investigar mucho...


—Llevo unos cuantos meses de estudio en la Biblioteca Nacional, revisando periódicos de la época, ayudado por Gloria María Cossío. Sinceramente, me estoy sintiendo muy cerca de la niñez y la adolescencia del Apóstol. Como debes imaginar, también he leído mucho: su poseía, su epistolario —las cartas a su madre son una lección de vida—, sus Obras Completas... El proyecto que pretendo filmar debe durar entre hora y media y dos horas. Espero que sea libre y que no tenga ningún tipo de condicionamiento, lo que podría suceder si se tiene en cuenta que es una coproducción.


-¿Le propusieron que el proyecto fuera un documental, un docudrama o ficción?

—No, fui yo quien se decidió por la ficción, porque mi interés no es hacer la biografía histórica de Martí, pues de ser así me hubiera ido por el documental. Es evidente que en este caso mostraré un Martí tal y como yo lo veo, un muchacho con una sensibilidad muy especial, pero también una persona común y corriente, como cualquiera de nosotros.
(Tomado de La ventana)






 






 





 


 


 


 

LUIS SEXTO NO DEBIO DE “MORIR”

Por Emir García Meralla. 

En honor a la más estricta verdad estuve mucho tiempo pensando en como titular esta nota y que  los prejuicios o las emociones no me dominaran. Tengo en mi mesa de un ejemplar del libro El día en que me mataron, del periodista cubano Luis Sexto.  

Cuba vive aires de libros, la 17 Feria Internacional del Libro de La Habana aún no ha concluido y se esparce por la Isla. Comencemos por el principio. El autor de esta pieza que tengo entre mis manos se llama Luis Sexto, por lo que uno imagina que se trata de un miembro de la nobleza francesa del siglo X y que de alguna manera esta emparentado con el Rey Sol y con la decapitada Maria Antonieta; a sea que es historia. El título del ejemplar no puede ser más  acorde al nombre: El día en que me mataron; en pocas palabras, pueden ser los detalles de una investigación emprendida para aclarar las causas, antecedentes y consecuencias de un magnicidio. 

No es ni lo uno ni lo otro.

 Este Luis es Cubano, con mayúscula, y su profesión es el sacerdocio de la palabra y la información: periodista; él no es culpable de llevar tal apellido, pero todos los que le conocen le suelen llamar: Sexto. El libro en cuestión es una recopilación de algunas de sus crónicas y anécdotas escritas con la regularidad proverbialmente necesaria para los domingos en un periódico cubano: Juventud Rebelde, en el que sus crónicas dominicales durante años corrieron el riesgo de hacernos pensar y reflexionar, si fuera el caso, y reír en no pocas ocasiones. 

Escribir, dijo alguien una vez, es el más solitario de los artes y el más apasionante de los suicidios; este libro puede ser la cronología de un hermoso suicidio. Durante años el espacio de lectura reposada de los domingo en los periódicos ha sido una de las grandes ambiciones y sueños de todos los periodistas y escritores, tener una columna fija el único día de asueto es la coronación profesional más alta. Garantiza la regularidad de los lectores permite al escritor disponer de un corpus creativo inagotable; es también un gran reto, pues se trata de demostrar hasta que punto se puede ser creativo, original y mas que todo imaginativo. 

Lecturas de domingo durante años ha tenido nombres ilustres en el periodismo cubano. En ese olimpo entró, por sus propios méritos y pies Luis Sexto.Contadas con un estilo directo, con un despliegue adecuado de recursos literarios, haciendo uso del lenguaje coloquial, el autor nos conduce por su vida, su profesión, sus miedos, sus tristezas y hasta nos muestra a su familia tal y como es; cada una de las crónicas o Crónicas en primera persona, como se llamó la columna, es un fresco de la vida cubana de los años iniciales del Siglo XXI; de una aventura así estaba urgido el periodismo nacional y los lectores mismos. 

Debo confesar mi preferencia por el trabajo Traído por los pelos, tal vez por solidaridad capilar más que por valores literarias o periodísticas; quizás sea por la sencilla razón de que me obligó a reflexionar más de lo que esperaba… en fin que de un solo golpe me bebí este discreto tratado de filosofía urbana.Al fin y al cabo soy humano y la pasión brotó en estas líneas, inobjetable verdad. Las cifras de libros vendidos, durante estos días de Feria,  pueden ser inusitadas si se tiene en cuenta el hecho de que los libros por obra y gracia del mercado cada día son más caros y cada día se deja de escribir con el corazón.  

A esta hora mis preferencias como lector las tomo por Luis Sexto. Me alegro sobremanera que la obra suya no me conduzca por el laberinto detectivesco de la historia ni las calles y los salones palaciegos de Louvre o los sótanos de las Tullerias.  Esta historia es la de un hombre cubano de carne y hueso al que pienso un día estrechar la mano… digo si no lo matan nuevamente antes de que escriba otras líneas. 

JARDÍN SIN LIBROS

JARDÍN SIN LIBROS

 Por Luis Sexto

Dicen  que un hogar sin hijos es un jardín sin flores. Y qué metáfora se podría aplicar a aquellos hogares donde no hay un libro.  Tal vez tengamos que invertir la imagen y afirmar que los libros sin casa son flores sin jardín.  Y la comparación no es caprichosa. Porque hay afinidades entre hijos, libros, flores y jardines. En efecto, un hijo es una flor, fruto florecido de la pareja humana. Un libro puede ser también un hijo para el escritor. Y puede ser un jardín para los lectores, un jardín salpicado de colores y aromas. 

Todo, así, dicho muy ranciosamente, muy a la antigua, porque estoy hablando de libros, y me parece que ya nada se podrá inventar para impedir la repetición de las mismas imágenes y los mismos conceptos. Y a fuer de sincero, no puedo confesar, como el poeta Rilke, que he leído mucho. No quisiera, sin embargo, que la feria del libro de La Habana concluyera su recorrido por ciudades del país sin que yo, con toda humildad, hilvane algún comentario sobre este festival de cultura impresa. 

Permítanme una confesión personal: me apasionan los libros. Mi buena madre empezó a preocuparse cuando, en mi adolescencia, me olvidé  de los programas del Viejito Chichí, o los muñequitos de Disney, para introducirme en los libros de Julio Verne, Salgari y compañía. Este muchacho va a enloquecer, se quejaba la vieja.  Y yo me reía, porque fue entonces cuando comencé a ser un muchacho serio, influido por personajes maduros, dispuestos al bien, capaces de servir a  la patria, y a los demás, aunque fuesen desconocidos. 

No me gustaría ofender, pero debo decir que cuando llego a una casa y no veo libros, aunque sean libros viejos, me entristezco. Porque faltan flores al jardín, o jardín a las flores. No sé cómo podríamos aspirar a ser mejores personas, mejores padres, mejores ciudadanos, si el trato con los libros es nulo. Pero, además,  cómo podríamos aspirar a ser cultos, si no leemos, si en nuestro hogar no se echa de menos ese artículo de primera necesidad. Y cómo, sobre todo, nuestros hijos podrán amar la escuela, el estudio y la lectura, si crecen en un hogar sin libros.  

La Feria del Libro ha demostrado que hay infinidad de cubanos que sienten auténtica avidez por la lectura. No somos pocos los amigos del libro.  Y somos muchos, porque sabemos que la relación que se establece con un libro se formaliza sobre el diálogo y, por lo tanto, nos obliga a pensar. El libro es un producto cultural que no posee un solo autor.  Son muchos los autores de un título leído masivamente. El escritor dice, afirma, sostiene, cuenta. Y el lector, el otro  autor del texto, contradice, refuta, enriquece. Por ello, un libro anotado en sus márgenes es un libro leído hasta el tuétano, como hasta el tuétano se come un manjar, se aspira el perfume de una flor y se ama a un hijo.                    

CITA CON EL PASADO

CITA CON EL PASADO

Por Luis Sexto

Me ha llegado de Las Tunas un libro con olor a galán de noche. Y que parece haber sido escrito entre los recovecos donde los niños ocultábamos la fantasía que sacudía el pañuelo del abuelo o se iluminaba en la tardanza del amanecer. Es un libro breve. Tan breve como las memorias que trata de remitir, entre las solapas de la poesía, hacia la estación del nunca morir.

Renael González no me ha sorprendido, aunque me ha remecido como un invierno impronosticable, con su noveleta La aguada de los milagros. El autor y yo nos conocíamosmos en el respeto, la delicadeza y la discreción de la distancia. Hace 20 años comenté con ánimo limpio uno de sus decimarios –ya era él un escritor de aciertos. Hasta hace poco nunca nos habíamos visto. Los días del nacimiento, sin embargo, nos vinculaban. Renael nació en 1944 y yo al año siguiente. Y supongo que ha de saber, por esa coincidencia, cuánto me atañen las evocaciones de la infancia o la juventud, y me ha premiado con esta trémula lectura.

Y qué busca este escritor de mi generación en la infancia, como otro coetáneo, José de Jesús Márquez, en su libro Asunto de familia publicado hace tres años en Matanzas. Qué encontramos en esa edad que tratamos de retener y que Renael González hace perdurar literariamente, en el esplendor de su sensibilidad gobernada con el oficio, aún milagrosamente niño, de las palabras y las imágenes. Vivíamos entonces bajo la comba de un ambiente embrujado, mágico; ámbito de apariciones y visiones que sustituían el conocimiento entonces precario, pero que nos mostraban al tacto de la poesía natural que cada ser, cada cosa, cada gesto, cada accidente tenían un alma sintonizada a la nuestra.

Tal vez por haberla vivido en la pobreza del cuerpo y en la carencia del intelecto, la niñez, y la juventud inaugural -de los 15 a los 20 años-, se nos fijaron a los ojos, a los deseos sin réplicas, y por ello no queremos perderlas. Nos negamos a que el niño aquel –título de otra novela que recobra la infancia- se nos haya extraviado en aquella frase: Cuando yo sea grande…

Eso decíamos mientras la ingenuidad desaparecía en la ropa que iba quedando corta y estrecha, sin que tal cataclismo nos afligiera salvo en la impaciencia por acabar de ser adulto y asumir como papeles titulares el cigarrillo prematuro o el amor de mentiritas.

La niñez y la juventud componen –como dijo un señor mexicano de muchos rangos y mucho más ingenio- un defecto del cual uno se corrige con la edad. Quizás en esa virtud que desbroza las imperfecciones de las edades primeras, se acuclilla el peor defecto de nuestra especie: envejecer, y dejar atrás los años en los que la vida volaba sobre las nubes errantes de cualquier tempestad, y el tiempo semejaba la cola sin fin de un papalote airoso, bordeado de inocentes petulancias.

Y la evidencia anula cualquier criterio opuesto: la niñez y la juventud componen las edades más fugaces de los seres humanos. Ya hoy somos menos niños, menos jóvenes que ayer en lo físico, lo orgánico. ¿Seremos también menos sinceros, menos puros, menos audaces, personas que calculan el rumbo de las tendencias para hablar o actuar? Quizás el planeta se crispa, se muerde, se desgasta porque los adultos hemos dejado perder el niño o al joven que fuimos, y los niños o los jóvenes se transforman en adultos más aprisa.

Al leer La aguada de los milagros, me he prometido que si tuviese nuevamente la ocasión de decir aquella frase ritual, aquel ensalmo que pretendía acelerar los procesos naturales del crecimiento, mi respuesta será otra. Porque cuando yo sea grande… cuando yo sea grande seré lo que he sido, y seguiré siendo ese niño que, ahora, Renael González ha despertado en mí. Y me mira con unos ojos donde se adormece la indefinible caída de la tristeza. La tristeza por el que fui y no seguí siendo.

SOLAMENTE LA POESÍA

Por Waldo González López (Cubarte)

Dedicado a su esposa ‘Zenaida, a su hijo mayor, y a Víctor Manuel, que no está, y está entre nosotros, y a la memoria de Sigifredo Álvarez Conesa’, apareció poco tiempo atrás, por la Editorial de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el segundo poemario del destacado cronista y profesor Luis Sexto Con luz en la ventana. En su prólogo (Este libro), el Premio Nacional de Literatura Cintio Vitier señala con justo elogio:

"Lo que tenemos en este libro no es un libro, sino un camino que se va acercando a sí mismo con su propia realización, pero no la persigue como un fin, sino como un medio para llegar a un silencio, a un instante que hubo en la vida del autor, que significa la trascendencia viva en el rostro de su hijo definitivamente callado y hablando de otro modo.

"Solamente la poesía, ese tantear de la poesía que es lo más seguro de ella, puede intentar acercarse a esa indescriptible consumación en que se abren las puertas y ventanas del alma, sin embargo caminante por la senda estrecha que da toda al horizonte.[…] Este libro pudorosamente no quiere parecer lo que es: una oración. Un libro único."

Este crítico conoció de primera mano la latencia del permanente dolor del colegamigo (porque no se puede mitigar el dolor por la muerte de un hijo, aunque pasen los años, incluso toda la vida), ya que tiempo después de fallecido el sensible adolescente Víctor Manuel (cuyo nombre debiera a la admiración del padre por el gran pintor cubano), sabe muy bien, pues leyó y opinó sobre los textos originales: de la hondura de estos versos, de su pródiga emoción contenida, de la sobriedad con que se trata el tema; que no quiso ser un flamante libro para llevarse los laureles en un concurso, sino acaso, tal dice Vitier, como un medio para llegar el silencio.

Y al centro de todo, la nostalgia, tema recurrente en el poeta. De ahí sus versos con suma melancolía, esa hermosa saudade que parte, vuela y retorna en bandadas, como el pájaro de la tristeza. Por ello, entre los varios textos de alto nivel, descuella ‘Este día’, en el que Luis Sexto despliega las alas de ese inevitable pájaro que suele regresar a sus poemas. Leámoslo:

ESTE DÍA
Cuando las horas cierren

Tus pétalos numerables

En la suerte animal

De lo que acaba,

Yo vendré a buscarte

En el vasto furor

De la vigilia.

Y volverás,

Si inútilmente te oigo,

Durante la apacible tragedia

De este día

En que ya no te hallo

Y donde sigues amando el desdén

Con que me sorprende el tiempo.

En otros momentos de su breve pero contundente poemario, Luis Sexto vuelve a la carta son ese sorprendente hálito de la saudade que ahora tras la lluvia, es aún más íntimo y recogido. Disfrutemos, pues, ‘Eco’:

Ha llovido.
Mi corazón se va

Tras el albo caer de la llovizna,

Hacia el impune sinsabor

De los charcos

Donde reposa el ausente,

Con la melancólica obstinación

Del agua.

Lo llamo aun en la incauta orfandad

De la deshora

Y sobre la teja del techo

El percutir de las gotas

Responde,
Como lenta,
Atardecida resurrección.Sin duda, con su segundo poemario, Luis Sexto de nuevo penetra en el misterio del fabuloso reino de la poesía y nos entrega esta oración, un libro único por su sentir y su decir profundamente humano, demasiado humano, como quería el poeta y filósofo. (Publicado en Cubarte)

EL MEDIO Y EL ÁRBOL

EL MEDIO Y EL ÁRBOL

 Por Luis Sexto 

Suele el bosque ocultar los árboles, cuando el conjunto estorba reparar en lo individual. La frase, así, alude al juicio que engloba y no concreta, que masifica y no particulariza. Hoy quiero empezar poniendo esta frase al revés: a veces los árboles impiden ver el bosque. Sería entonces como decir que lo singular opaca, anula a la pluralidad. 

Apartémonos, sin embargo, del intelecto y vayamos a lo físico. Los árboles ocultan al bosque cuando no abundan o no existen. Esa es la visión que me ha acompañado durante un viaje de diez días que partió en La Habana y terminó en Guantánamo. Y el recorrido, de ida y vuelta, no me hastió. Por el contrario, aparte de alegrarme por el reencuentro con colegas queridos y conocer a otros, refrescó mis ojos mediante la descripción topográfica que nos facilita un vehículo.  

Yo amo el paisaje de mi tierra. Pero no vacilo en afirmar que le faltan árboles cuya repetida presencia pueda atestiguar la existencia de bosques o bosquecillos. Claro que la Autopista del Sur o la Carretera Central propician apreciar una franja del campo, y no sería justo hablar, con tan reducido cuadro a la vista, de un país en crisis forestal. En crisis permaneció hasta 1959. Entonces solo el 14 por ciento de la superficie de Cuba se cubría de bosques después de que en 1492 el 85 por ciento de nuestra tierra se sombreaba, como bajo un techo total, con especies preciosas y frutales.  

El hacha de los colonizadores taló aquí la madera para la Flota Invencible, que resultó al fin vencida, y para el lujo monárquico del Palacio de El Escorial. Luego el filo de los hacendados despejó la espesura para sembrar la caña de azúcar, sobre principios agrícolas extensivos. 

La Revolución ha logrado forestar hasta el 23 por ciento del país. Pero, a mi modo de ver, todavía no es suficiente. Y es más: creo que la reforestación avanza con lentitud. Hace años que yo, periodista, repito esa cifra. Hay vocación y conciencia forestal. Cierto. Mas no creo que todos los cubanos sintamos la misma inquietud por plantar un árbol o conservarlo. Fíjense si así es que solo del diez por ciento de los árboles que en la capital promueve el departamento de áreas verdes, sobrevive. El resto fenece bajo la indisciplina y la desidia. 

Ah, cuánto perduran las herencias negativas. Con cuánta indiferencia un ciudadano cualquiera aporrea una planta, o lo corta. Cuánta insensatez e ignorancia nos abruma al no reparar que la falta de árboles nos vela la visión de los bosques. A veces incluso los culpamos de los vientos. Pero Los ciclones vienen aunque los árboles falten. Pero si faltan, la lluvia se demora. O no viene... (Publicado en Juventud Rebelde)                

PATRIA Y POESÍA

PATRIA Y POESÍA

Por Cintio Vitier 

Anticlerical como sabemos que fue José Martí en una época en que todavía, por obra del llamado Patronato Regio, la Iglesia Católica estuvo al servicio incondicional de la Corona de España, igualmente sabemos que su anticlericalismo no fue el del ateo sino el del cristiano escandalizado por la historia de la Iglesia (véanse en el tomo 19 de sus Obras completas las páginas 391-392), jamás negador de la tradición ético-religiosa del presbítero José Agustín Caballero, del Padre Félix Varela y de José de la Luz, a quien llamó “el padre, el silencioso fundador”, el Maestro de El Salvador, que tanto admiró y a quien tanto debió.  

No menos profundos fueron sus vínculos con la catolicidad de los Siglos de Oro españoles: con la España de Santa Teresa, “que fue quien dijo que el diablo era el que no sabía amar”, y sobre cuyas afinidades estilísticas con Martí escribió Juan Marinello un memorable ensayo; la España de Quevedo, “que ahondó tanto en lo que venía, que los que hoy vivimos, con su lengua hablamos”; la España de Calderón, “gran meditabundo, gran esperador, gran triste”, único parigual, a su juicio, de Shakespeare, junto a Esquilo, Schiler y Goethe; la España de Velásquez, que “creó de nuevo los hombres olvidados”, y de Goya, a quien consideró “uno de sus maestros”, anticipadores ambos del en su tiempo incomprendido impresionismo francés; la España, en fin, de Cervantes: “aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia”. 

En su primer destierro de revolucionario que entregaría la vida para liberar a su pueblo del yugo colonial, reencontró al “sobrio y espiritual pueblo de España” que había conocido en el hogar habanero de sus padres, valenciano él, canaria ella; tuvo un lugar en su corazón para los comuneros de Castilla y Aragón, “franco, fiero, fiel, sin saña”, reconoció “el ente misterioso de la raza y el espíritu perdurable de la lengua”. Es ese “ente” y ese “espíritu”, renacidos a nueva luz bajo los cielos de México, Guatemala y Venezuela, los que nos convocan hoy para adentrarnos, no solo en las anticipaciones o premoniciones de su genio verbal, sino en las lecciones más altas que con ese genio y con su vida supo darnos. 

Como poeta “en versos” (ya que más aún, como él quería, lo fue “en actos”) Martí descubrió antes que todos la verdadera “musa nueva” de una modernidad florecida a partir de la raíz hispánica, en Ismaelillo (1881); descubrió el verbo desnudo, visionario y “protoplasmático”, anterior a la escisión de verso y prosa, como observó Unamuno, antes que el propio Unamuno de El Cristo de Velásquez, y descubrió, antes que Antonio Machado, el uso del acento popular para la expresión alta de una concepción del mundo que vibra con todas las cuerdas del alma, y las armoniza, en Versos sencillos. Sus contemporáneos sucesivos son, después de Rubén Darío –al que llamó “hijo” y que a él lo llamó “maestro”–, Gabriela Mistral, César Vallejo y José Lezama Lima, que en 1960 dijo que es él, Martí, quien nos acompaña en esta última era, “la era de la posibilidad infinita”.Como periodista, Martí le injertó al periódico, antes que la generación del 98, la savia del ensayo, según es evidente en “Emerson”, “Darwin ha muerto” y, cenitalmente, “Nuestra América”. Abrió el compás de la crónica y el reportaje hasta dimensiones pictóricas, muralistas o de un detallismo sorprendente, e incluso pre-cinematográficas por las amplitudes panorámicas, los súbitos close-ups y el contrapunto de los tiempos. Véanse como ejemplos, entre muchos, la última crónica sobre los anarquistas de Chicago, en que su horizonte ideológico da un giro importante, y “El terremoto de Charleston”, en que asistimos, como banda sonora, al nacimiento de un “spiritual” desde la desolación y la catástrofe. No ha aparecido todavía el relevo de Martí en el periodismo hispanoamericano. 

Como crítico; se adelantó más de medio siglo a la crítica llamada de participación, que propuso Leo Spitzer en su libro Lingüística e historia literaria (1955). Totalmente al margen de la crítica normativa y preceptiva, que se practicaba en su tiempo junto con la caprichosa o denigrante, Martí –observé desde 1976– se sitúa intuitivamente “dentro de la obra”, en su centro cordial, y desde allí descubre “las leyes que la rigen”, que es lo mismo que pediría Spitzer. Dos ejemplos: “El poeta Walt Whitman”, también crónica ensayística, que instaló al gran rapsoda norteamericano en nuestra lengua, y “Nueva exhibición de los pintores impresionistas”, con una comprensión artística y social de aquella escuela que no ha sido superada. 

Desde el memorable estudio de Enrique Anderson Imbert en 1953, y especialmente durante la última década del siglo XX, ha crecido el interés de la crítica hacia Amistad funesta o Lucía Jerez, escrita por encargo de una amiga, Adelaida Baralt, en siete días, y calificada por el propio Martí de “noveluca”. Paradigma de novela modernista, hoy nos parece, además, que esas encantadoras páginas con la apariencia incluso de una “novela rosa”, transparenta verdaderos abismos del alma femenina y acaban siendo, junto con el retrato magistral de una endemoniada por la obsesión de los celos, la mayor incursión de Martí en el lado oscuro de la vida. 

En otra obrita más ocasional aún, el drama indio Patria y libertad, escrito para una representación escolar sobre la independencia de Guatemala, puede hallarse la anticipación de un cristianismo revolucionario que en nuestros días se ha manifestado como Teología de la Liberación. Véase en la escena II del Acto Segundo la confrontación del indio Martino con el Padre Antonio. La primera intuición de estas ideas se halla en la identificación de Cristo con el desvalido y sufriente, según la versión del Juicio Final de Mateo 25, ante la imagen del torturado anciano Nicolás del Castillo, en el presidio político.Con sus cuentos, versos, semblanzas y evocaciones, como jugando, La Edad de Oro quería ser, nada menos, una narración pedagógica del mundo y una invitación a mejorarlo. El enlazamiento de ternura, ética, historia, imaginación y ciencia en que consiste su argumento, con ser tan precioso, no sería el milagro que es si no fuera por la gracia de la forma, a la vez conversacional y escrita de modo indeleble. Desde “Los tres héroes” (Bolívar, siempre el primero) hasta “Un paseo por la tierra de los anamitas”, el universo se abre para el niño y el adolescente como la granada de la sabiduría. En cada grano distinto brilla la unidad del hombre. La fantasía ilustra a la historia. Pilar se despoja de “los zapaticos de rosa”; todo es lámina y lección; El Padre Las Casas contempla desolado “Las ruinas indias”; los pueblos reunidos en la Exposición de París echan a andar como en un desfile, cada uno con su rostro único, hacia la coralidad unitiva del amor. Esta es, definitivamente, la pedagogía de la libertad americana. 

Mucho más habría que decir, y mucho seguramente será dicho en este Coloquio, de la insólita, perenne contemporaneidad de los discursos fundadores de Martí.; o de su prodigioso epistolario, poliédrico como las imágenes de sus destinatarios, y dirigido siempre, en secreto entrañable, a cada uno de nosotros; o de sus Diarios finales, como dijera Lezama, “uno de los más misteriosos sonidos de palabra que están en nuestro idioma”. O de tantas sorpresas que guarda siempre su polifacética obra.

Hace dos milenios, el que había ofrecido la mayor de las bienaventuranzas a “los que padecen persecución por causa de la justicia”, no tuvo a mal que María Magdalena derramara sobre sus pies “una libra de ungüento de nardo puro”, y, rechazando la hipócrita protesta de Judas Iscariote, dijo: “Dejadla que lo emplee para honrar de antemano el día de mi sepultura” (Juan, 12, 1-9). También Martí quiso honrar el día de su sepultura con el poema titulado “Muerto”, que publicó en la Revista Universal, de México, en el período más anticlerical de su vida, el 25 de marzo de 1875, próxima ya la Semana Santa de aquel año; poema en el que leemos: 

¿Quién sabe cuándo ha sido?

¿Quién piensa que él ha muerto?¡Desde que aquel cadáver ha vivido,

El Universo todo está despierto!

Y desde que a la luz de aquella frente

Su seno abrió la madre galilea,

Cadáver no hay que bajo el sol no aliente

Y eterno vivo en el sepulcro sea!

Eterno vivo es para nosotros José Martí.
(Palabras en la inauguración del Coloquio “José Martí y las letras hispánicas”, Centro de Estudios Martianos, 16 de mayo de 2007, publicado en Cubarte)