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PATRIA Y HUMANIDAD

Cultura

NOTAS DESAFINADAS

NOTAS DESAFINADAS

Luis Sexto

Yo también estoy preocupado. Sí, le respondo a usted mismo, colega, que hace unas semanas preguntaba desde su revista si alguien más vivía inquieto por el predominio del mal gusto en ciertas zonas de la música popular cubana. En particular las letras. Sí, apúnteme entre cuantos se agobian por el temporal de vulgaridad que nos empapa. 

Como me he negado suscribir mis opiniones con el presuntuoso NOS –firma de los reyes-, no puedo asegurar que todos estemos insatisfechos. Al parecer, el uso del plural necesita de una indagatoria. Y por simple inspección se nota que autores,  orquestas y cuantos las difunden por los medios, no se preocupan por la calidad estética y moral de esas piezas que pomposamente se inscriben dentro de los géneros populares.   

Estoy, lo advierto, incapacitado para juzgar la música. Unos dicen que hay música culta y popular; otros defienden una clasificación que la divide en buena y mala. Yo, zurdo en solfeo y armonía, creo en dos tipos de música: la que me gusta y la que no me gusta. Pero, al analizar la parte literaria -que para mí incluye también el contenido: lo que dicen; no solo cómo lo dicen-, puedo reclamar un título de aptitud. No abundaré. Carezco de espacio para reproducir algunos versículos que ilustran el predominio de la trivialidad y la grosería en ciertos exponentes de la música más masiva. El lector sabe. Puede imaginar esos textos que rebajan la dignidad de la mujer llamándola loca, bruja, o convirtiéndola en un objeto, en un cuerpo subastado sobre una cloaca para ver “cómo le gusta la bolá”.

 Las mujeres están peleando por mayores grados de igualdad. A debate han llevado el presunto machismo de la lengua al establecer las concordancias mixtas en el masculino. Por ello, a algunas les disgusta que digamos cubanos, incluyéndolas también. Exigen que digamos cubanos y cubanas. Quizás demore. La lengua suele procurar las fórmulas más breves y cómodas y, por lo tanto, solo se impone determinado uso cuando el uso justifica una modificación. Mas, no creo que ese capítulo idiomático –a pesar de su justicia- sea el más importante. Primordial es erradicar la visión denigrante que de la mujer pintarrajean en la conciencia colectiva las canciones que, envueltas en un ritmo seductor, inducen a una filosofía descocada de las relaciones entre los sexos. 

Debo admitir que algunos músculos del rigor están jubilados. Incluso existen quienes defienden en nombre de lo popular –así, enfrentándolo a lo culto- esa tendencia a la banalidad y la vulgaridad. Desde luego, no sobra recordar que lo popular es una categoría donde radica los más limpio, sagrado, valedero de la cultura. Lo ideal es que lo culto sea popular y lo popular culto. Porque lo contrario es lo populachero, esto es, las bolitas de fango que salpican al arte. Y la ética. Según Martí, el arte avanza al triunfar la ética.

 

¿Es mucho pedirle a la cultura que defienda su pureza e integridad? Si unos libros se rechazan en las editoriales, y ciertas obras de teatro no se representan, y este o aquel cuadro no se promueve, habrá que exigir una cuota de respeto a las  letras que desafinan en un concierto donde la cultura es condición enaltecedora del hombre y la mujer. Y no república de mediocridades. (Publicado en Juventud Rebelde)  

UNA POETISA NORTEAMERICANA EN UN CAFETAL CUBANO

UNA POETISA NORTEAMERICANA EN UN CAFETAL CUBANO

Por Luis Sexto 

Más de 150 años sepultaron bajo el olvido este dato que quizás pueda interesar a la historia literaria: la poetisa norteamericana María Gowen Brooks escribió el primer canto de Zophiël, el más célebre de sus poemas, en una hacienda cafetalera del valle de Guamacaro, cerca del poblado de Limonar,  a unos 20 kilómetros  al oriente de la ciudad de Matanzas, Cuba. 

Pocas dudas deben de existir ya acerca de la fecha y del lugar.  En el primer párrafo del Prólogo al primer Canto del poema, María Gowen Brooks dice :  “Deseando hacer un esfuerzo continuo en un arte que, aunque casi en secreto, se ha adorado y asiduamente cultivado desde la más tempana infancia, era mi intención haber escogido algún incidente pagano de la historia. Pero, examinando los anales judíos, me decidí a seleccionar para mi propósito, una de sus historias más conocidas que, además de su belleza extrema, parecía abrir un Camino para la imaginación que podría ser útil no solo en las verdades importantes y elevadas, sino agrandando las creencias populares”. Y tras la última línea de la nota introductoria, escribe: “San Patricio, la Isla de Cuba, el 30 de marzo de 1825”.   

La autora, conocida también en las enciclopedias como María del Occidente, apelativo que la asigno el poeta inglés Robert Southey, comenzó a escribir hacia 1823 las primera estrofas de su largo poema basado en el episodio  bíblico de Sara, cuando residía en el cafetal de San Patricio, propiedad de su hermano, adonde llegó después de la muerte de su esposo, treinta años mayor y con quien la poetisa se caso tras el fallecimiento de su padre, hombre de aficiones literarias. Zophiël, “ángel de alas rápidas”, nombre que según Milton significa “espía de Dios”, recibió el punto final en 1829. Algo más de la obra de Mrs Brooks se relaciona con los años que la poetisa vivió en Cuba. Al parecer el clima y el paisaje de la  conmovieron e influyeron en el desarrollo de su sensibilidad, pues también escribió un Adiós a Cuba y un volumen autobiográfico titulado El valle del Yumurí, paraje típico de la geografía de la actual provincia de Matanzas.  

María Gowen Brooks, nacida en Medford, Massachussets, presumiblemente en 1794, mereció que Soutehey,  la reconociera como “la más apasionada e imaginativa de las poetisas” y que Edgar Allan Poe la elogiara y mencionara en algunos de sus artículos literarios. Murió en 1845, víctima de “fiebres tropicales” luego de regresar a Cuba, según establece su ficha biobibliográfica, en 1843. Hoy pocos la recuerdan. 

De la presencia de la poetisa, los cubanos supieron por el libro Notas sobre Cuba, del médico norteamericano John G. Wurdemann, que visitó la isla tres veces entre 1841 y 1843. Cargado de datos y observaciones muy atinadas, el volumen apareció en Boston en 1844. Luego de contar su visita a haciendas cafetaleras de Limonar, el autor asevera que en el cafetal de San Patricio, María del Occidente compuso Zophiel, “el más imaginativo de los poemas ingleses”. Un crítico inglés –cuenta el médico viajero- dudaba de que tal obra hubiera podido escribirse en una plantación cubana. Y Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes ideadas por la poetisa. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.” 

 Ya nada queda. La habitación donde María Gowen Brooks escribió el primer canto de su gran poema pasó de las ruinas  al polvo, como casi todos los cafetales cubanos a partir de los años 40 en el siglo XIX.  Y del poema permanece el nombre,  Zophiël, que ahora quizás solo interese a la curiosidad de los lectores.          

SOBRE UN ÁNGEL DE APELLIDO AUGIER

SOBRE UN ÁNGEL DE APELLIDO AUGIER

Por Virgilio López Lemus  

Ningún poeta cubano había alcanzado jamás la edad de 97 años. Cuando hoy 1º de diciembre Ángel Augier, nacido en 1910, abra sus ojos al día, Cuba tendrá un poeta de esa edad y los cubanos lo celebraremos con gozo. Comenzó muy joven, era un chico veinteañero cuando tomó dos decisiones transcendentales para su vida, ambas durante el infausto machadato: publicar su primer libro de poemas Uno (1932), y mudarse luego para La Habana desde el Central Santa Lucía, en Gibara, Oriente, donde había nacido, y donde comenzó a trabajar en las oficinas del ingenio azucarero y a vincularse con el primer Partido Comunista, motivo por el cual se le considera actualmente como el militante más antiguo de la Nación. Con el tiempo, se convertiría en el más importante entre los estudiosos de la obra de Nicolás Guillén, su labor lo ha llevado a ser uno de los críticos literarios de mayor significación del siglo XX cubano, y de lo que va del XXI. Con una veintena de libros de poemas publicados y otros varios de ensayos y compilaciones muy diversas, implanta ahora el aludido récord de sobrevivencia en nuestras tierras insulares.  

Así es que los cubanos tenemos muchos motivos para celebrarle a Augier un año más de vida. Nuestro Premio Nacional de Literatura (1991), ha sido condecorado con algunas de las distinciones más altas del país (Orden Félix Varela de Primer Grado, 1982) y de otras tierras, y sigue siendo un hombre útil, querido y respetado, un escritor e investigador incansable, alguien que de continuo está pensando en su último libro, que es el que tiene entre manos, el que organiza ahora mismo. Tenacidad, sentido del deber creativo, honestidad y limpieza de alma, son algunos de los dones que nos deja ver el que antaño fuera subdirector del Instituto de Literatura y Lingüística (de donde es Investigador de Mérito), vicepresidente de la UNEAC, y sobre todo un trabajador de sobrada ejemplaridad (Héroe del Trabajo, 2004).

Nacido el mismo año que José Lezama Lima, José Ángel Buesa y Dora Alonso, Augier ha entregado poemarios de alta calidad lírica, como Isla en el tacto (1965), Todo el mar en la ola (1989), o la notable compilación de su obra lírica en Antología poética (1928-2000), editada en el 2005.  

Algunos de sus ensayos medulares se refieren a Guillén, y otros a las estancias cubanas y las relaciones con nuestra cultura de grandes personalidades como Rubén Darío, Pablo Neruda, Federico García Lorca o Rafael Alberti. Sus estudios sobre estas y otras figuras son sencillamente imprescindibles para quienes pretendan un conocimiento a fondo también de sus épocas. Augier, fino prosista, se ha detenido en el análisis de la poesía cubana, en sus figuras centrales de los siglos XIX y XX, y en algunas de las líneas creativas más importantes, como es el caso de la poesía social o de textos dedicados a la ciudad de La Habana. Su labor de compilación y de amplio servicio de divulgación y conocimiento de las obras de otros poetas, son ejemplos vivos de generosidad y amor por la poesía.  

Alguien decía alguna vez en broma, que a Ángel Augier habría que nombrarlo ya Presidente de Honor de la comisión que organice los actos por su centenario. Puede parecer una feliz idea: no falta tanto, y el poeta está firme y decidido a acompañarnos en tales festejos. Por ahora, deseémosle mucha salud y démosle las gracias por vivir una vida tan extensa, intensa y rica en acciones de valor para la cultura cubana.

ES PRECISO RESPETAR LAS CULTURAS

ES PRECISO RESPETAR LAS CULTURAS

Entrevista a Mons. Carlos Manuel de Céspedes  

(Fragmentos)

Cintio Vitier afirma que su nombre y su apellido se remontan a lo que José Lezama Lima llamó “nuestro señorío fundador”. ¿Cómo percibe esa presencia en su formación y crecimiento como hombre de fe?
—Eso tiene que ver con lo que me preguntaban de las metas en la vida, y a lo que yo respondí con un término un poco anticuado, lo del “honor de la familia”. Al principio uno sabe que es Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal y punto. Después se va enterando de que ambas familias están en Cuba desde principios del siglo XVII. No he conocido a nadie cuyos dos troncos familiares hayan permanecido en Cuba desde mil seiscientos y pico.

«Lezama me decía si me veía por casualidad: “Tú no eres ni aristócrata ni burgués, sino un patricio”. “¿Qué patricio ni patricio?”, le contestaba yo. Y él insistía: “Sí, porque perteneces a los que fundaron este país. Buenos o malos, tu gente, los García-Menocal y los de Céspedes, fueron quienes fundaron el país”. No me quedaba más remedio que reconocer que era verdad. Saber que en todo lo que fue pasando en Cuba desde el siglo XVII en adelante, de un modo u otro, había personas de las dos familias, resultaba en cierto sentido una carga, una preocupación, porque exigía ser coherente.

«También me enteré de que en esa historia tan larga no todo el mundo había sido santo y ejemplar, que había habido pillos a más no poder, y pillas también. Pero en honor a la verdad, no fueron la mayoría, la mayoría ha sido buena gente, sin ser héroes ni cosas por el estilo. Un poco de todo. Y uno sabe eso, y uno va como que… es difícil de definir. Sientes que la identidad de la propia familia, y por tanto, la tuya propia, pertenece al tronco del país, ¿no? Cae mal hablar de eso, podría parecer presunción, pero es que es así. ¿Qué culpa tengo yo de eso? Ninguna. ¿Y qué mérito? Ninguno tampoco.»

¿Cómo se apropia de la cubanía alguien que ha heredado esa condición ancestralmente?

—Muchas veces me pregunto: “¿Y por dónde me entró a mí la cubanía?” En mi caso, supongo que por los genes. Era muy natural el pensar en cubano y como cubano y apreciar las cosas cubanas como quien aprecia las cosas de su familia. Para mí hablar de la Guerra de Independencia no es hablar de una Cuba ajena, es hablar de mi familia. Me ocurre lo mismo con la Iglesia, porque ambas familias han estado muy presentes también en ese ámbito. Cuba y la Iglesia son para mí dos realidades muy importantes, está la identidad del país en juego.

«La cubanía para mí es eso: ser yo y lo que aprendí de chiquito. Los cuentos que me contaban en mi niñez no eran los de Blancanieves y los siete enanitos, sino: “a tú tatarabuelo le cogieron preso un hijo y le dijeron que si él se retiraba de la guerra, pues entonces se lo entregaban y que si no lo fusilaban, y se lo fusilaron porque él dijo que era el padre de todos los cubanos” (…).


Usted considera que los jóvenes de hoy usualmente viven sólo lo inmediato y tienden a no hacer proyectos a largo plazo.

—No se puede generalizar, como tampoco pensar que todos los jóvenes de antes tenían proyectos a largo plazo. Pero como tono ambiental, me parece que los muchachos de mi época hacían más planes a largo plazo que la mayoría de los de ahora. Y es algo que percibo no sólo en Cuba, sino en otras partes también: se vive más de la inmediatez y hay menos preocupación por el futuro. En mis tiempos de adolescente, disfrutábamos o nos entristecíamos con las cosas inmediatas, pero pensábamos a largo plazo tanto en el plano personal (cuestión de estudios, profesión) como en cuestiones del país. Tras el golpe de Estado de Batista, nos preguntábamos: “¿cómo vamos a salir de esto?, ¿qué va a pasar ahora?”. Eso es a lo que me refiero. En general, repito, no digo que no haya jóvenes similares en ese sentido a los de hace cincuenta años (los hay y conozco algunos espléndidos), pero el tono que predomina no es ese.


¿Y qué clase de joven era usted, qué cosas le interesaban?

— (Risas) Eso tendrían que preguntárselo a mis amigos. Un joven bastante común. Nada de particular: era, que sé yo, estudioso, muy estudioso, pero muy salidor, me gustaban mucho no sólo las salidas a fiestas y comidas, sino también al teatro, la ópera, el ballet, y los conciertos. Me sentía muy comprometido con la Iglesia, pertenecí al grupo de Acción Católica e incluso fui catequista en barrios pobres de La Habana. Después en la universidad, estudié Derecho y llegué a ser presidente del grupo de Acción Católica de esa Escuela. Estuve muy metido en los problemas estudiantiles en tiempos de Batista. A los veinte años decidí ingresar al seminario, pero seguí siendo joven, porque a los veinte años se es joven todavía.

Cuéntenos de aquella conversación “larga y húmeda” que sostuvo con el Cardenal Arteaga antes de partir a estudiar a la Universidad Gregoriana de Roma.

—Éramos tres seminaristas los que fuimos bien temprano aquella mañana a su casa en el último piso del edificio donde se encuentra actualmente el Seminario San Carlos y San Ambrosio. Lo vimos después de misa con la idea de decirle que en uno o dos días partíamos para Roma, y despedirnos. Pero él dijo: “¡No!, vamos a sentarnos a conversar un ratico”, y entonces, en una terracita del tercer piso, fue escuchar los consejos de hombre viejo que había vivido mucho, que conocía bien Roma, la Universidad Gregoriana, y cosas que creía podíamos aprovechar más. Los tres estábamos convencidos, dado que el Cardenal a sus ochenta años no tenía muy buena salud, que si nos íbamos al menos por cuatro años, no lo volveríamos a ver. Él era un hombre muy cariñoso, muy cercano a nosotros. Esa despedida fue para siempre. Murió en marzo de 1963, y yo regresé en agosto.

¿Qué angustias personales le ha traído asumir el sacerdocio?

—No diría angustias, sino ciertas preocupaciones. Al comienzo de asumir mi vocación sacerdotal, me preguntaba: “¿Hasta cuánto te atreves a ser sacerdote si no tienes garantía de que serás fiel siempre?”. En Roma fui a hablar con un cura viejo amigo mío y le dije: “Padre, a mí me parece que soy un descarado. Aunque me comprometa cuando me ordene de sacerdote a esto, a aquello y a lo otro, ¿qué garantías tengo...?”. Él me interrumpió antes de terminar: “No las tiene nadie. Nadie. Si dijeras ahora que las tienes, te diría que no te ordenes, porque estarías loco. Uno confía en la gracia de Dios y en que tiene la voluntad y el deseo, y en que si ha sido fiel hasta ahora, lo podrá seguir siendo después también. Y si en algún momento quizá tú fallas y caes, te levantas y sigues caminando.”

¿En algún momento resultó un inconveniente cultivar paralelamente la amistad con marxistas, creyentes, exiliados?

—Eso nunca fue un problema, ni antes ni después de la Revolución. Para mí las relaciones humanas, y la amistad en particular, tienen que estar por encima de todo. Me he sentido capaz de ser amigo, antes y ahora, de personas que piensan como yo y de personas que no piensan como yo. Por otra parte, uno tiene que ser transparente. Nunca he ocultado mi pensamiento ni me gusta que me lo oculten, porque además, no menosprecio a nadie, ni me disgusto con nadie porque piense distinto a mí, ni en materia religiosa, ni en política, ni en ninguna otra. Se intercambian puntos de vista y se discuten si se tienen que discutir, pero nada más (…).

¿La jerarquía eclesiástica cubana incomprendió alguna vez su inclinación por las artes y su cercanía con quienes las cultivaban?

—Tanto decir “la jerarquía”, no. Se habla de “la jerarquía” y se piensa en los obispos. Imagino que unos mirarían eso con simpatía y otros no. Cuando era joven y tenía treinta o treinta y pico de años, me daba la impresión de que algunos sacerdotes de los mayores que me trataban con mucho cariño y con mucha atención, veían con cierta preocupación que fuera tan amigo de escritores, poetas, bailarines de ballet. Quizá les parecía que iba a ser un sacerdote mundano. Ya ha pasado el tiempo y se sabe que eso no ha significado un deterioro en mi vida sacerdotal y que sigo siendo amigo de aquellos que también ya son mayores como la misma Alicia, quien hace poco me dijo: “Mira que hace años que nosotros nos conocemos.” (Se ríe). Toda una vida.

¿Qué apreciaciones tiene acerca de la situación que enfrenta la sociedad cubana hoy?

—La sociedad cubana atraviesa por problemas que son propios de Cuba y que dependen de la evolución del hecho revolucionario y la concreta situación actual. Pero hay muchas cosas, de las positivas y las negativas, que vienen del mundo global. Cuando uno va a otros sitios y habla, por ejemplo, del cambio del concepto de la familia, se percata de lo que te dice un brasileño, un argentino o un francés es más o menos lo mismo que diríamos nosotros. Hay una serie de modelos culturales y de paradigmas culturales y éticos que han ido cambiando en el mundo, algunos para bien, por supuesto, pero otros para mal, y entonces hay que ver cómo se va armando ese mundo nuevo.

«Se dice en muchas partes, esto no es ninguna originalidad, que esta no es una época de cambios, sino un cambio de época, y cuando hay un cambio de época, pasa eso. Uno lee a los pensadores de principios del siglo XIX, después de la Revolución Francesa, y comprende que había un cambio de mentalidad. A nosotros nos está pasando igual, estamos en un instante de un cambio de época, y hay una serie de valores que vienen de atrás y que hay que tratar de conservar, no como piezas de museo, sino insertándolos en la vida nueva.

«Por estos días asistí al Congreso de Cultura y Desarrollo y todos estos temas salían constantemente, entre ellos la pluralidad cultural en el mundo contemporáneo. Es muy fácil de decir que hay que respetar la cultura, pero ¿cómo se va a ensamblar sin que el mundo se convierta en un caos? Tienes que respetar las culturas de manera tal que puedan articularse, si no es como vivir todos contra todos. No son cosas muy fáciles, ni creo que estén todas resueltas. Hay que pensar mucho, conversar mucho, buscando un camino común que nos ayude a todos.»


¿Qué senderos ha recorrido como intelectual y sacerdote para acercarse a la realidad personal del cubano medio, su sensibilidad, su criteriología, sus certidumbres y dudas?

—Vivir con ellos. Yo soy un cubano medio también, y vivo como un cubano medio y por ahí me entero cuáles son los problemas que tiene todo el mundo, que son más o menos los que tengo yo y los que tiene cualquiera. Uno intercambia criterios y oye y ve, y siente y padece. Nada más que eso.


Estima que las relaciones entre la Iglesia y el Estado cubano, aunque mejores de lo que fueron, no llegan a ser todavía tan buenas como quisiera. ¿Qué tendría que cambiar para que se aproximaran a su ideal?

—Lo primero que debe cambiar (y está cambiando con respecto a otro tiempo) es que las relaciones personales sean más naturales, más espontáneas. Cuando hay buenas relaciones, de confianza, entre personas que tienen distintas posiciones, aunque uno sea obispo o sacerdote y el otro funcionario del gobierno a nivel nacional, todo se plantea de manera distinta. La Iglesia aspira a tener espacios en materia de educación, más espacio en materia de medios de comunicación, pero todo eso se ve de una manera diferente cuando se conversa en una tertulia en torno a una mesa de amigos, no desde posiciones enfrentadas y de desconfianza, y yo creo que eso, lamentablemente, por razones que no vienen al caso recordar ahora, primó al inicio de la Revolución. Después ha ido cambiando, pero muy poco a poco, y hoy creo que son más grandes esos círculos de personas que se tratan con naturalidad y son capaces de discutir sobre esos puntos de vista distintos sin pelearse necesariamente.

¿Por qué una gran cantidad de cubanos, a pesar de declararse católicos, lo son en un grado, según su propia opinión, “superficial y elemental”?

—A eso no se puede dar una respuesta única, habría que ir prácticamente grupo por grupo. En general, la evangelización en Cuba casi siempre fue un poco superficial, y por supuesto, después de la Revolución, cuando la educación quedó en manos del Estado, y no de un Estado indiferente frente a la religión, sino de un Estado que se proclamaba ateo, la formación religiosa quedó muy reducida al ámbito de la familia y de la parroquia, en la medida que la familia se acercaba a la parroquia. Por eso, si en un tiempo anterior había un porcentaje relativamente alto de personas que por lo menos hasta la escuela primaria tenían una educación religiosa paralela, después no ha sido así en cuarenta años. Cuarenta años no es mucho en la historia de la humanidad, pero si es mucho en la historia de una generación.

«La mayoría de los cubanos que tienen menos de sesenta años jamás pusieron sus pies en un templo, ni tuvieron una educación religiosa. En ese sentido la catolicidad de los cubanos es muy superficial, porque sus padres los bautizaron cuando eran pequeños, porque si tienen parientes fallecidos, mandan a decir una misa de difuntos, o cosas así. No es un compromiso ético, eso supone una vida habitual dentro de la Iglesia, una vida sacramental, un conocimiento del contenido de la fe.»


 Según su criterio, ¿cómo se valora actualmente la influencia de la herencia católica y de la herencia africana en la cultura cubana?

—Ahora se está haciendo una supravaloración de la herencia africana. No hablo sólo del aspecto religioso, sino cultural. Evidentemente, hay que tener en cuenta la herencia africana, la raíz africana es una de las influencias cubanas fuertes, pero yo creo que todo eso se inserta en la matriz hispana dentro de la cual entra la religión también. Antes las ramas, los injertos africanos, eran silenciados, y ahora, sin embargo, se exagera en sentido contrario, y se descuida, digamos, el tronco. La religión católica en este momento se valora menos a nivel oficial que las religiones africanas, de las cuales se habla constantemente, pero todo se reduce a un problema de época, de modo, de balance. Las aguas siempre tienden a tomar su lugar.

¿Acaso su interés por la poesía, la narrativa, el periodismo y la ensayística de la Isla está relacionado con el hecho de que aprecie con mejor evidencia el alma de la nación cubana en estas manifestaciones artísticas que por ejemplo en la reflexión filosófica y teológica anterior?

—Todo lo que hago está lleno de filosofía y de teología. No se pueden separar. Uno no puede separar la teología y la filosofía del pensamiento, de la poesía. Hay pocas cosas tan cargadas de filosofía y de teología como una de las obras poéticas más hermosas de toda la humanidad: La divina comedia, de Dante. Me interesa la poesía y el ensayo porque me interesa el pensamiento humano y la vida humana. Algunos tienen más vocación para un género que para otro. Alicia Alonso lo expresa bailando y yo escribiendo.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas que trae consigo construir una obra desde el silencio?

—Cuando me llamaron para decirme que tenía el Premio de la Latinidad, pregunté: “¿Pero por qué?, ¿qué he hecho yo para que me den el Premio de la Latinidad?”, y Ana María Luettgen, la directora de la Unión Latina, me dijo: “¿Y usted se cree que aunque no ha hecho gran publicidad, nosotros no sabemos que hace treinta años está enseñando latín y griego en Cuba, que se ha preocupado por la labor de la latinidad?”. A ese silencio me refiero, que no quiere decir hacer de manera oculta.

«Yo pensaba que ese ámbito no tenía tanta divulgación. Pero parece que la gente estaba atenta. Nunca he hecho ruido porque nunca me he creído un bárbaro en materia de cultura clásica, ni de latín, ni de griego. Lo enseño, pero porque en el país de los ciegos el tuerto es rey a veces, no por otra cosa. No obstante, considero que toda obra requiere del silencio de la reflexión, de la meditación, y claro, también requiere como les decía hace un rato, del intercambio con la gente y con la realidad. Depende del tipo de obra, algunas veces hacen falta más espacios de silencio en la vida para llegar a una conclusión, otras, menos.»

¿Qué privilegios halla al enfrentarse al arte, no como un crítico, sino como un consumidor de la belleza encarnada?

—No tengo lenguaje para la belleza. Sólo sé disfrutarla. Yo soy un consumidor informado, como me dice alguna gente de habla francesa. Siento placer ante las cosas bellas, las naturales, y por supuesto, la belleza de una obra literaria, de una escultura, de la pintura, de la música, que ha sido la gran compañera y amiga de mi niñez. Las disfruto, pero no puedo categorizar, sería decir boberías. No podría vivir sin ellas.

¿Cómo logra vivir la ancianidad a modo de prolongación servicial de sus dotes y capacidades de antaño, aun cuando siente que está limitado por sus padecimientos en gran medida?

Resulta que estoy menos limitado que lo que creía que iba a estar, porque sigo haciendo lo mismo que hacía hace veinte años. Me canso un poco más, pero lo hago igual. Me costaría mucho vivir con limitaciones tales que no pudiera hacer las cosas que hago. Cuando estuve más grave, el miedo mío no era morir, porque sé que un día hay que morirse de una cosa o de otra, y más pronto o después, eso nunca me ha impresionado demasiado. Mi miedo era quedarme inválido, no poderme valer por mí mismo. Me sentía con poca fortaleza para asumir eso. Pero afortunadamente no tuve que enfrentarlo, porque en menos de un año ya estoy haciendo todo lo que hacía antes de enfermarme.

(Tomado de La ventana)

CÓMO Y CUÁNDO LLEGÓ DON QUIJOTE A AMÉRICA

CÓMO Y CUÁNDO LLEGÓ DON QUIJOTE A AMÉRICA

Por Luis Sexto  

Casi al mismo tiempo en que echó a andar sobre Rocinante por el Campo de Montiel en su primera aventura, Don Quijote de la Mancha llegó a América, trayendo un mensaje de rebeldía entre sus aparentemente inofensivos episodios. Meses o semanas después de que en España empezara a circular la primera edición de la historia del generoso y demente don Alonso Quijano, en 1605, un número de ejemplares se embarcaron  en el puerto de Cádiz con destino a las costas americanas. 

Aún, al parecer, se desconoce la cantidad de libros amontonados en las bodegas de dos flotas que zarparon hacia el Nuevo Mundo en ese mismo año, pero ciertos historiadores- entre ellos el norteamericano Irving  A. Leonard-  afirman que es probable que la mayor parte de la edición príncipe  de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha haya sido remitida a colonias españolas de América. 

Si llegaron todos los ejemplares embarcados o se perdieron muchos en la insegura travesía de entonces, no hay certeza. Se sabe que en San Juan de Ulúa, México, Alonso de Dassa –notario procedente de la Península- declaró al ser requisado que traían consigo, para su propio entretenimiento, la primera parte de “Don Quijote de la Mancha”  y “Flores y Blanca Flor”. 

El propio capitán del buque donde viajó Dassa –La  Encarnación- confesó a los aduaneros o inquisidores que él también poseían un tomo de “El Quijote”y otro de “el libro de horas” que, de acuerdo con su leal saber y entender, no eran obras prohibidas”. 

Varios pasajeros de la misma nao, y de otras,  manifestaron haber leído durante el trayecto por el Atlántico –y “con gran contentamiento”- la entonces recién publicada novela de Miguel de Cervantes, recaudador de impuestos de la corte y sin más linaje que su trabajo y la inutilidad de uno de sus brazos, ganada en Lepanto al servicio del rey. 

También, por la vía de San Juan de Ulúa, el galeón llamado  Espírtu Santo trajo  262 ejemplares para don Clemente de Valdés, en México. Más o menos en esos días de 1605,  Don Quijote se bajó en  suelo de América más al sur. Fue en Portobelo, Panamá, adonde arribaron destinados a Lima ejemplares del “Ingenioso Hidalgo”que, tras fatigosas búsquedas en los Archivos de Indias, pudieron ser totalizados  parcialmente en setenta y dos. Los remitió el 26 de marzo de 1605 Juan de Sarría, emprendedor librero de Alcalá de Henares. 

Datos dispersos y generalmente incompletos impiden determinar a quién correspondió lo que con los siglos sería el mérito histórico de haber introducido, en tierras americanas, el primer ejemplar de “El Quijote”. Pero si ese detalle puede mantener insatisfechos a historiadores poco ocupados, a la generalidad basta saber que El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha fue en Hispanoamérica, una especie de best seller. Y ese hecho compone una paradoja. La censura religiosa y política de España otorgó franquicia  a la obra de Cervantes sin percatarse que no era lo que aparentaba ser ni lo que de ella decía su autor. “El Quijote”no fue un libro de caballería, ni tampoco una crítica a esa literatura que durante muchos años embotó a los lectores. Fue –y es- un texto en el que se expresa una nueva dimensión del hombre, capaz, según intenta demostrarlo el genial loco, de establecer la justicia en el planeta. 

España –y ahí está lo paradójico- junto con la opresión colonial trajo a América la vocación de libertad de sus mejores hombres.

UNA FOTO PARA SIEMPRE

UNA FOTO PARA SIEMPRE

Esta foto fue extraída de un periódico hindú y llegó con la siguiente leyenda: 

“SOLO QUIEN ES POBRE PROCEDE CON TANTA GENEROSIDAD.QUE PENA QUE EL HOMBRE NO SEA SIEMPRE ASÍ” 

Pienso que solo quien es verdaderamente RICO (de amor y sentimiento) actúa así…

LA IMAGEN DEFINITIVA DE EDUARDITO

LA IMAGEN DEFINITIVA DE EDUARDITO  Por Luis Sexto

 Acaba de morir Eduardito Jiménez. Los lectores lo recordarán como una promesa que apenas tuvo tiempo de empinarse para anunciar las alturas que el trabajo le propiciaría tocar con el impulso de su talento.

La muerte, no por inevitable, deja de ser indeseable. Tal vez cuando una ejecutoria se cumple, llega a su cenit, sea aceptable el decreto de la extinción natural. Pero qué pensar, cómo sentir cuando un joven de 36 años, se frustra y muere sabiendo que aun le faltaba todo, o casi todo por hacer. Es injusto, pudo haber dicho en el instante supremo cuando todo lo vivido se convierte en sombras.  

 De Eduardito no puedo hablar de otra manera, ni para anunciar su deceso impensable a cuantos vieron debutar su nombre de estudiante recién graduado y aventajado en Juventud Rebelde, y lo siguieron en Trabajadores, en Bohemia, y lo vieron en la TV, en la radio. Eduardito me era más que un colega, un compañero de redacción. Lo vi nacer biológicamente, crecer física e intelectualmente y perseguir su vocación periodística sobre las ruedas de una inteligencia afilada, perspicaz, profunda, culta, educada en el estudio y depurada en un estilo que sobresalía por su originalidad.

Su virtud primordial podía, para algunos intransigentes, ser su defecto capital: la audacia en el análisis y en la expresión de lo analizado. Era joven, y no existe otra manera de asumir esa edad en la cual la muerte puede ser solo un destino remoto, que no sea la audacia. Ser audaz por joven y joven por audaz y creador renuente a los trillos gastados por los mismos pasos, negado a las fáciles respuestas en el trabajo y la profesión.

 Así era: un par de alas anchas en sueños y posibilidades que enriquecerían el periodismo y la cultura nacionales. Cuantos lo quisimos desearíamos creer en los mitos griegos. Y aceptar que el que muere joven sea un privilegiado de los dioses. Y rogar porque los dioses lo conviertan en Ave Fénix que renazca de las cenizas de su fulminante enfermedad, esa que acostumbramos a llamar larga y penosa y que para Eduardito Jiménez fue penosa y tajante por breve e incurable.

Amigos, compañeros: ha muerto un periodista, un servidor público. Leamos esta nota con el corazón a media asta. Yo la he escrito enarbolando una lágrima por el colega, el amigo, casi el hijo que fue compañero de juegos de mis hijos, juntos a veces en la misma mesa, los mismos valores, las mismas penas y risas.

 Adiós. Solo hay una manera de evocarte: siempre joven, lúcido. La juventud será tu imagen definitiva, hijo.  

LA RADIO EN CUBA

LA RADIO EN CUBA  Por Luis Sexto

 Los norteamericanos introdujeron la radio en la Isla en 1922.  Hacía solo dos años que había aparecido en los Estados Unidos  Oscar Luis López, en su libro ya clásico, La radio en Cuba, nos ha suministrado los datos primordiales. La Cuban Telephone Company  fundó la emisora PWX. Qué aspecto de la vida cubana  entonces no se sometía a la influencia de los Estados Unidos. Hasta la música, que pronto asimiló las influencias transformándolas en un plato criollo. Igual la radio.

Aunque los anuncios se referían mayoritariamente a productos norteamericanos, y la técnica también procedía del Norte, el talento criollo  adecuó el medio. Y  plantaron sus difusoras pioneros cubanos: el mambí y músico Luis Casas Romero, en La Habana; Manolín Álvarez en Caibarién… De modo que la radio se convirtió en el medio principal: noticias, información, espacios culturales como la Universidad del Aire con el que el escritor Jorge Mañach intentó difundir “la alta cultura”. Y Félix B. Caignet aplatanó la “soap opera” inventada en Chicago en 1928. Y se erigió en líder de las radionovelas en  español, tal un  “Shakespeare del melodrama”, como lo llamó el mexicano Vicente Leñero en un reportaje paradigmático titulado: “El derecho de llorar”, parafraseando el famoso título del Derecho de nacer, el clásico mundial de Caignet.

 Evaluando mis memorias infantiles y sumándoles mis observaciones profesionales durante más de 35 años de periodismo, puedo aseverar que la radio fue el primer medio masivo en Cuba antes de 1959. los nacidos en la década de los 40 del siglo XX, recibieron los primeros conceptos de justicia mientras oían, de pie sobre un taburete, los episodios de Leonardo Moncada, el Titán de la llanura, que escribía Enrique Núñez Rodríguez. Pocos de aquella época deben de haber olvidado los atardeceres cuando hacia las siete sonaba en casi todos los hogares la música aguda, a base de cuerdas, que daba paso a la voz incomparable de Eduardo Egea –Moncada- y la del juvenil Ramón Veloz en el papel de Pedrito Iznaga.  Escasas oportunidades para el esparcimiento o la instrucción  había en mi pueblito pobre y remoto. Nos salvaban esas aventuras, y  Los tres Villalobos, y la novela Palmolive, y La tremenda corte, y Chicharito y Sopeira…

La radio no apareció en Cuba para desplazar la lectura, como algunos pronosticaron, sino para auxiliar al libro, o ayudar a cuantos no podían leer. Incluso, en las tabaquerías empezó a convivir con el lector, nunca a sustituirlo. Tampoco la Televisión la arrinconó. Y siguió siendo, en particular, el medio de los analfabetos y de los pobres. Podían los obreros y los campesinos contar con un receptor de radio –eléctrico o de batería; un televisor, sin embargo, era artículo de lujo. Mi padre compró un Philco en 1957, aprovechando un jornal milagroso de seis pesos al día. Y al cabo el vendedor se lo quitó: no pudo pagar los plazos.

 La tradición se mantiene: música, humor, novela, noticias, instrucción... El cubano de hoy, el de la Cuba profunda, en provincias, regularmente mantiene hábitos, costumbres  e insuficiencias de 50 años atrás. Oír radio es un hábito. Una necesidad. No una insuficiencia. Más bien las insuficiencias radican en el escaso valor que le atribuyen los organismos oficiales a ese medio, que en 2007 cumplió 85 años.  Más de 70 emisoras, entre nacionales, provinciales y municipales, continúan presentando sus ventajas sobre la TV. La radio es menos costosa, como sabemos. Y  exige menos inmovilidad del oyente, que puede simultanear su  oído con las manos y los ojos. Oye radio mientras trabaja.  Ahora bien,  me parece que está relegada. Los colores de la pantalla nos han obnubilado; abundan los telerreceptores. Los aparatos de radio, en cambio, escasean.

Hacia 1993, cuando en Cuba empezaron a aplicarse ciertas reformas económicas, y los centros laborales se convertían en “parlamentos obreros”, pude constatar en las asambleas donde estuve como reportero o como invitado, que las ideas debatidas en “Hablando claro” un programa aparecido ese año y del cual soy aún uno de sus comentaristas- se expresaban recurrentemente y  a veces los participantes  citaban el nombre del espacio. Ello me confirmaba la incidencia abrumadora del medio radial.