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PATRIA Y HUMANIDAD

Cultura

LA CASA DEL CIMARRÓN

LA CASA DEL CIMARRÓN

Por Luis Sexto

 

Esteban Montejo vagó durante años por el lomerío del nordeste del entonces departamento central. Era hombre de monte, huidizo, rebelde. Los árboles, la manigua, las cuevas le sirvieron de techo para guarecerse de la lluvia o del relente. Ya centenario, sus memorias ―espigadas por la sensibilidad de Miguel Barnet― conformaron la Biografía de un Cimarrón, en la que hubo un recuerdo para una de esas casas montunas: la cueva de Guajabana, cerca de Caibarién, donde durmió sobre un esponjoso colchón de guano de murciélago.

Es la misma a la que ahora llegamos, fatigados, pero con la emoción enfervorizada. Acabábamos de escalar unos 80 metros de la falta sur del rocoso Cerro de Guajabana; casi verticalmente, agarrados a piedras, raíces, gajos que las lluvias habían convertido en asideros ensebados. Ya en una dolina, especie de vallecito, cultivada de plátanos por guajiros de las sitierías aledañas, y sombreada por guásimas, almácigos y frijolillos, la cueva nos tienta con su bocaza a la derecha. Pasamos, y se explaya de improviso un salón semejante al vestíbulo de un hotel; fresco, colmado de anárquicas figuras que estalactitas y estalagmitas modelan con la audacia de un escultor liberado de las academias. Parecen idolillos, o manos, o búcaros, o parejas de enamorados.

Esta nave fue, en tiempos de fundaciones telúricas, el sumidero del río Guaní, que  discurre al pie del Cerro, y que arrastraba, cuando lo vadeamos, en vez del agua limpia que bebió Esteban Montejo, el mosto del complejo agroindustrial Heriberto Duquesne. Se nos presentaba como un pantano. Si en el siglo XIX hubiera podrido el aire como el día de nuestra excursión, el mal olor habría espantado al cimarrón con mayor rapidez que los perros de los rancheadores.

 Pero aquellos parajes conservaban entonces su agreste inocencia. Y Esteban permaneció 18 meses en Guajabana, burlándose de las reglas del fugitivo, que prescribían la movilidad constante. La cueva lo invitó al acomodamiento. Y el cimarrón cambió todos sus miedos a duendes, güijes, cocorícamos y majases por la seguridad y la atmósfera de un hogar. Para él, la cueva “era igual que una casa por dentro”y estaba allí “como aquel que dice, veraneando”.

Hastiado, al fin, se introdujo en el bosque a hacer lo que le reclamaban los músculos ociosos: andar y andar en una libertad prisionera de la cautela.

Pero el cimarrón se marchó de Guajabana sin conocerla enteramente. No se decidió a recorrer la galería que lo hubiera conducido a otro salón, el del resolladero. O del sumidero. Porque no se ha podido precisar si Esteban se hospedó en la entrada o en la salida de la caverna. Por ambas puertas permite el acceso, aunque la trepada es menos abrupta por el sur, ruta ―la nuestra― que lleva al hoyo donde las aguas del río se perdían, hace milenios, en el subsuelo.

EL OLOR DEL HOMBRE

El círculo de una linterna de bolsillo se adelanta por el túnel, cauce fosilizado del Guaní, que curvándose del suroeste al nordeste, se alarga  unos cien metros, con un ancho promedio de diez. Las excretas de los murciélagos ya no aplanan el suelo; varios años atrás las sacaron para fertilizar campos agrícolas. El paso ahora baja o sube declives. Caminamos lentamente. Medio giro a la izquierda. Otro a la derecha. Y relampaguean las luces del respiradero.

Es menos ancho y despejado que el salón del sumidero. Pero también abunda la geometría cavernaria, esculpida por gotas de agua carbonatadas en un taller de paciencia. Y, sobre todo, el olfato capta, mediante inexplicables sensaciones, un ambiente de hospitalidad, de hueco materno, como si allí el hombre hubiese dejado su olor. Y, en efecto, lo dejó. En este mismo espacio, en los intestinos del Cerro, desde donde vemos al mar encimársenos en una cercana visión, el Grupo Espeleológico Cayobarién desenterró, en 1981, restos de un asentamiento siboney:  residuos alimentarios, instrumentos de trabajo, y la osamenta de siete aborígenes. Nosotros, tan sólo en una búsqueda superficial, recogemos huesos de jutías, fragmentos de quelonios y conchas marinas ―que al menos yo aún conservo―, desechados por los indios unos nueve siglos antes de que supiéramos que ellos habían utilizado la bóveda del resolladero de Guajabana.

LA PRESENCIA DE LO ALTO

El Cerro de Guajabana tiene el prestigio del solitario. Con 110 metros es la única altura estimable en la franja arcillosa, donde se aglomeran los más densos palmares de Cuba, entre Remedios y Caibarién. Desde los tiempos coloniales, Guajabana, que en lengua aborigen significa tierra llana, recibió el nombre de  Caja del Muerto, por su similitud con un sarcófago. En la cima, que llamaban la Vigía, la vista del custodio seguía la silueta blanquecina de algún barco, en cuya cubierta podía estar, en zafarrancho, alguna dotación pirata. A su espalda, un valle rematado, algo más al sur, por la Sierra de Bamburanao.

La belleza de la cueva mayor ―existen otras menores― tocó campanas en la Isla. Y en 1800, el sabio Alejandro de Humboltd la reconoció durante su primer viaje científico a Cuba, aunque no hay certeza documental. Sí la hay, en cambio, de la visita del Obispo Espada. En un recorrido pastoral, el mitrado de La Habana, aprovechando su estancia en Remedios, se llegó a la cueva célebre. Su ilustrísima se esforzó democráticamente en ascender una altura que su secretario, en el acta de la visita, calificó de inaccesible. Era el 2 de abril de 1805. Y el prelado, que los anales cubanos recuerdan por sus ideas y obras de progreso, grabó su firma en una pared de la caverna. Y hasta 1907, según el dato de José A. Martínez Fortún, historiador de Remedios, se apreciaba la rúbrica episcopal. Hoy se aprecian otras de menos rango y fama, que en distintos tiempos quisieron perpetuar sobre la piedra un paseo dominical o la furtiva pasión de un amor a deshora, y dañaron la integridad natural de la cueva con el grafito, la pintura o la punta de una aguja.

Mas no era el único perjuicio. Ya, en el momento de nuestra misión reporteril, hace varios años, jutías, cotorras y pericos se aproximaban a la extinción en Guajabana. La dinamita, que regularmente estallaba en el extremo derecho, ejecutaba su faena destructiva desde hacía tres lustros. Tres siglos más adelante, según los cálculos de los operadores de la cantera allí abierta por el Ministerio del Azúcar en Villa Clara, sólo un alvéolo quedará del Cerro, cuya verdadera riqueza, aseguran en Caibarién y Remedios, no radica en su materia rocosa, ni en sus yacimientos de zeolita. Trasciende esos valores desgastables, para erigirse en símbolo histórico nacional. Voces de una comunidad aborigen y de un esclavo prófugo claman por que el Cerro que fue su habitación, continúe como sombrero de monte sobre testa de sabana.

 

SALVADOR BUENO EN LA MEMORIA

SALVADOR BUENO EN LA MEMORIA

Por Jesús Dueñas Becerra

La Biblioteca Nacional “José Martí” (BNJM), que dirige el doctor Eduardo Torres Cuevas, fue sede el día 21 de octubre de 2008 del sencillo, pero emotivo homenaje al doctor Salvador Bueno Menéndez, quien fuera jefe de redacción de la emblemática revista de la BNJM, y luego, asesor literario de ese templo sagrado de la sabiduría humana, donde dejara una huella indeleble.

Entre otros invitados especiales, se hallaban la señora Ada Roig, su viuda, así como su hija, la psicóloga y profesora de enseñanza artística Ada Bueno Roig, así como otros miembros de la familia Bueno-Roig.

La doctora Araceli García Carranza Bassetti, jefa del departamento de investigaciones bibliográficas de la BNJM, y el periodista Luis Sexto, profesor de la facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, presidieron ese fraternal encuentro en el espíritu con esa figura cimera de la cultura cubana e iberoamericana.

Los licenciados Olga Vega, Ileana Ortega y Víctor G. Domínguez, periodista de una emisora local, así como el escritor y periodista Julio Domínguez García y el investigador Tomás Fernández Robaina, sintetizaron las virtudes fundamentales cultivadas en el jardín del intelecto y el espíritu por el doctor Salvador Bueno Menéndez en sus casi nueve décadas de existencia terrenal.

Cada uno de los oradores hicieron un breve esbozo biográfico-profesional de la fecunda vida del insigne profesor, periodista e investigador: cómo, cuándo y dónde lo conocieron, y consecuentemente, pudieron apreciar en toda su dimensión la calidad de su obra crítico-literaria, paradigma para quienes nos dedicamos al ejercicio del criterio y del periodismo cultural.

Disciplinas que el ex presidente de la Academia Cubana de la Lengua estructurara sobre la base de cinco pilares fundamentales: la ética, el humanismo, la espiritualidad, el amor a la lengua cervantina y a la cultura cubana y universal.

El también Doctor en Ciencias Filológicas, grado científico que defendiera en una universidad este-europea cuando era toda una personalidad en los campos de la docencia superior, la crítica artístico-literaria y la investigación cultural en nuestro país, nos deja dos lecciones magistrales impartidas por él mediante el ejemplo vivo. 

Cuando tengas que escribir sobre algo que no te guste o no te agrade, lo mejor que un crítico puede hacer es -sencillamente- callarse la boca y guardar la pluma (en esta época, estoy seguro de que diría: no maltratar ni estropear el teclado del ordenador).

Hay una diferencia esencial entre modestia y humildad: la modestia es un vicio y no una virtud, porque detrás de esa falsa modestia se esconde lo peor del ser humano, mientras que la humildad es estar consciente de lo que se sabe [...], pero estar muchísimo más consciente de lo que NO se sabe, porque el conocimiento humano es infinito como el universo.

Finalizo con el aforismo martiano con que decidí comenzar esta crónica: “los sueños no mueren”. Doctor Salvador Bueno Menéndez, la semilla que usted sembró en la BNJM crece y seguirá creciendo, al decir del Apóstol… “[…] como los pinos […] como las palmas”. Nosotros -con humildad- nos encargaremos de regarla y embellecerla.        

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (1)

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA  (1)

Por Luis Sexto

 

En ese libro sin iguales que llamamos El Quijote, el flaco y loco caballero dice, en un momento de indignación: Yo sé quien soy. Como notamos, el loco no lo estaba tanto… Y por ello nosotros también sabemos quién es Don Quijote, el perseguidor de entuertos, el rival de cuanto molino de viento surge ante la andadura tropelosa de la Humanidad. 

Pero, ¿sabemos quién era Miguel de Cervantes?  Lo pregunto porque tanta fuerza tiene Don Quijote en su brazo y en su espíritu que a veces creemos que este andariego señor de rocín flaco y lanza  apasionada, se hizo solo, como en un sortilegio merlinesco, recitado por la necesidad de tener un paladín y un paradigma humano en que se mezclen el arrebato y lo cuerdo; la ternura y la violencia;  lo individual y lo solidario… Pues, déjenme repetirlo sin hacer el ridículo: Miguel de Cervantes es el padre de Don Quijote, de ese ingenioso hidalgo de la Mancha, desafiante burlador de las convenciones de clase, sexo y raza.

Para conocer, pues a Miguel de Cervantes y Saavedra, hay un libro en las librerías cubanas que nos lo muestra como envueltos en un estuche de seda y terciopelo, bajo el título de Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, firmado por María Teresa León, escritora española que le concedió al poeta Rafael Alberti el privilegio de ser un esposa.

Es un libro hermosísimo. Hermosísimo. No hallo otra palabra más original para este libro donde María Teresa León nos demuestra que Cervantes no solo nos enseñó a hablar, sino a ella la enseñó a escribir, tan bien, que esta biografía novelada, este acercamiento a la vida de Cervantes es muy digno del célebre autor del Quijote.  Tierna, capaz, armónica, musical prosa que en María Teresa es a la vez nota fuerte, recia,  como de alma de hierro.

De María Teresa León se publicó también recientemente en Cuba, Memoria de la melancolía,  volumen en el que uno confima, si fuera necesario, que esta señora es una de las plumas más dúctiles y competentes de la literatura española del siglo XX.

Al final de Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, aparece un ensayo de Fina García Marruz, otro nombre grande de escritora y mujer grande unida a un nombre grande de escritor y hombre llamado Cintio Vitier. Pues aquí, en este libro cuya edición fue preparada por la Editorial Gente Nueva –para niños y jóvenes- se juntan dos maestras de las letras y la sensibilidad hispánicas, para hablar de su Maestro Cervantes.

 

METIDOS EN EL HOYO

METIDOS EN  EL HOYO

Por Luis Sexto

Estuve esta semana metido en El Hoyo. En El Hoyo, sí, pero no porque, como en Cuba también expresa esta frase, tuviera dificultades más agudas que la mayoría de mis compatriotas. Leí un libro que se titula así: Metidos en El Hoyo, y acabo de salir de ese “hueco” que no es sino un barrio de Chaparra, hoy Jesús Menéndez, pueblo y antiguo gran ingenio, que tanto sufrió hace poco con el Ike, en el norte de la provincia de Las Tunas.

Si hemos de lamentar los daños causados por el huracán a esa  gente tan querenciosa y orgullosa de su localidad, hemos de felicitarnos porque el Ike –nombre con resonancias de dolor al pronunciarse en inglés- no arrastró, ni echó a los vientos las memorias de El Hoyo.

Omar Villafruela, hombre achaparrado –como de Chaparra, ¿no?- robusto y con movimientos juveniles en sus 60 años, escribió este libro, porque, aparte de su vocación literaria, que corresponde a su decisión personal, profesa una devota servidumbre a la historia de su lar. Y ese apego es como una característica de los habitantes de Menéndez o de Chaparra. En ese sitio se huele la identidad local, ese sentimiento sobre el cual se fundamenta el patriotismo. Cuba, en el interior de los cubanos –cubanos de verdad-  empieza siendo un batey, un barrio, un pueblo, una calle, una ciudad, hasta corporeizarse en la nación.

Libros como los de Villafruela son tan útiles como necesarios. Y me parece que, para promover su cristalización en palabras y formas, y para publicarlos, para que de verdad existan, surgieron las editoriales en cada provincia. El sello de Metidos en El Hoyo corresponde a Editorial Sanlope, de las Tunas. Cuando lo concibió y ejecutó, Villafruela no imaginaba la certeza futura del paso de Ike, ni de ningún otro desastre. Pero el escritor recogió sus memorias de El Hoyo, y las puso a resguardo de ciclones y candelas al escribirlo en un libro íntimo, personal, y que es a la vez colectivo, general.

Chaparra ha salvado en este volumen parte de sus costumbres, sus personajes, su vida pasada que, como ocurre casi invariablemente, es afluente de la vida presente. Y aunque literalmente podríamos decir que los habitantes del que fue, en un momento, el central mayor de planeta, quedaron “metidos en el hoyo” a causa de tantos golpes aciclonados, creo que nadie me considerara loco al decir que gente con tanto fervor por su patio pequeño, sabrán sacar a El Hoyo, y al resto de los barrios locales, del hueco. Así lo deseamos nosotros, que estamos un tanto fuera físicamente de aquel sitio y así lo quieren esos amigos míos –que todavía no he podido llamar- y los amigos de mis amigos, es decir, toda la gente de Chaparra.

Nacionalmente podemos alegrarnos de que la literatura de memorias se expanda en Cuba. Qué bueno que el pasado, los días vividos, pasados por la intimidad, por el lírico temblor del que evoca con el corazón, están enriqueciendo de capital subjetivo nuestra narrativa.

He sentido placer, gusto, leyendo estas prosas claras, correctas que hablan de otros tiempos y de la misma gente honrada y trabajadora de Chaparra. Villafruela, metido en El Hoyo, su barrio de la infancia y la juventud, es decir, de toda su existencia, manifiesta el empeño por preservar, depurar, pulir nuestra identidad mirándonos también en lo vivido… Quizás, dentro de 50 años, otro hijo de Chaparra – ¿un nieto o un biznieto de Omar Villafruela?- cuente de cuando, metidos todos en el desastre de un huracán con nombre en inglés, ciego e irracional como toda fuerza bruta, subieron a fuerza de brazos y uñas y solidaridad a la superficie del futuro mejor.

Al permanecer por unas horas allá en espíritu, dentro del barrio y sus peripecias antañonas no exentas de injusticias y angustias de aquellos tiempos idos del capitalismo cañero, uno piensa que leer Metidos en El Hoyo tiene su papel constructivo y creador.      

 

LA ERMITA DEL TIEMPO

Por Luis Sexto

El apellido del gobernador que mangoneaba en La Habana en 1555 se ofrecía rimable, dúctil, ajustable a la procacidad de una cuarteta satírica: Pérez de Angulo. Y si a ningún versificador se le ocurrió la estrofa que hubiera ajusticiado el prestigio del patrón colonial, fue por que todavía el choteo cubano no había insurgido aún como subproducto de la resistencia.

Tentaciones había entonces para la guasa a costa del mandón. Pérez de Angulo, como su grupa un mulo, se había volteado de… espaldas ante el pirata Jacques de Sores, fugándose a la zona aledaña –y ultramarina, decimos hoy ridículamente- de Guanabacoa, mientras el francés no dejaba tabla y yagua sin chamuscar en la incipiente capital de la Isla.

Desde ese momento en que sirvió del escondrijo a jefe tan previsor y cariñoso con su esqueleto, empezó a mencionarse a Guanabacoa en nuestra historia, de modo que a la llamada Villa de Pepe Antonio se le puede admirar por su antigüedad. Pero yo la admiro sobre todo por la autonomía de su entidad local. Tan próxima a la voraz y metropólica Habana y, sin embargo, tan típica, tan única, tan fiel a su origen y a sus cosas distintivas.

Esta semana viajé a la Villa. Y me le he acercado con la actitud de un vecino que reconoce los méritos del vecino colindante. Fui a rociarme los ojos con el asombro viajero del turista, del extraño en paraje propio, para que así la mirada fuese distinta, más escudriñadora, más al tanto de lo que vamos viendo. Con lo cual resulta que uno se transforma en un descubridor, tal vez en un Colón, un Humboldt.

Llevaba el propósito de conocer a conciencia clara la Ermita del Potosí. Tantas veces recorrí la carretera vieja –antaño prolongación de la Calzada de Luyanó, que partía de la intersección con la Calzada de Jesús del Monte, la contemporánea Esquina de Toyo- y nunca creí hallar relevancia en la iglesuca ubicada en el lado occidental del cementerio llamado viejo, aunque fue nuevo alguna vez. Previamente recuerdo una excursión superficial cuando estudiante, y una lectura en la que se citaba el epitafio de don Juan de Acosta, capitán de la maestranza del puerto de La Habana, allí enterrado, y que hace poco reproduje en estas crónicas como uno de los más originales textos de la epigrafía sepulcral de Cuba: Pasagero que oi me pisas,/ Párate a considerar/ Que has de venir a parar/ En ser como Yo, cenizas.

La Ermita recibió en 1997 la placa de monumento nacional, y en el mes de junio próximo pasado concluyó una restauración que exalta su modesta fisonomía arquitectónica a la altura de su dignidad museable. Diminuta, tímida, apenas sobresale en la cima del cerro del Potosí. ¿Qué ha pasado dentro de sus paredes de sillería para el empeño conservacionista o la consagración monumentaria como patrimonio del país? Pasar, quizás nada. Su mérito consiste en haber visto pasar…

Edificada 360 años atrás en terrenos del mayorazgo de Antón Recio, ha perdurado desde 1644, transitando de la madera a la piedra, del estilo sin estilo al estilo mudéjar, de la ruina a la resurrección. Víctima por momentos de la desidia. O de los palmetazos del viento: los ciclones de 1692, 1724 y 1846 la abatieron. Y otras tantas veces fue alzada, rehecha, o recompuesta en su deterioro, como un vigía de la historia, como un túmulo de las esencias de perdurabilidad e identidad de Guanabacoa.

Temprano en la mañana la visito. Me paro ante la losa de mármol son pulir donde don Juan de Acosta nos dicta –no sin cierta intención irónica- su alerta sobre la caducidad humana. Desde la puerta principal, trazada hacia el poniente, se siluetean los principales edificios de la capital, como a través de una ventana ante cuyo alféizar nace el verdor del campo. Al sur, la techumbre de San Miguel del Padrón y La Víbora. Al norte, empieza a trepar Guanabacoa. Y aquí, en el cerro del Potosí, cerca del cementerio que ordenó construir el Obispo Espada, el silencio. Inusitado. Casi inadmisible silencio. Como si fuera la voz del tiempo que a pesar de haberse ido, sigue pendiente de un reloj sin agujas. 

  

 

  

HA MUERTO SOLÁS; VIVE SOLÁS

HA MUERTO SOLÁS; VIVE SOLÁS

El cineasta cubano Humberto Solás Borrego, Premio Nacional de Cine,  falleció  este miércoles  17 de septiembre,  suscitando la conmoción  entre artistas y escritores del país. La cultura cubana y en particular el séptimo arte pierden a uno de sus más dedicados creadores, destaca un mensaje del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos.

Solás –nacido el 4 de diciembre de 1941 en La Habana- es una figura emblemática dentro de la cinematografía del Tercer Mundo. Su debut ocurrió durante la década del 60 del  siglo XX cuando se convirtió en uno de los fundadores del Nuevo Cine Latinoamericano. Es en ese período cuando filma Lucía, considerada por la crítica mundial como una de las diez películas más importantes de la historia del cine Iberoamericano, así como también una de las diez películas antológicas del cine del Tercer Mundo.

Su obra general es la plasmación de un humanismo que se ocupa en la búsqueda de la identidad nacional y latinoamericana en función de los ideales de paz, armonía y justicia social. En su último y polémico filme, Miel para Oshún, aboga por la unidad entre todos los cubanos a despecho de razas, credos y diferencias políticas.

La estética de Solás es una apasionada experimentación que recoge el legado clásico y lo intertextualiza dentro de las perspectivas de la vanguardia cinematográfica contemporánea donde es una figura clave, ya que desde la tribuna del Festival Internacional del Cine Pobre, que él presidía, exhortaba a la democratización y la libertad de un cine realizado con pocos recursos que posibilite la inserción tanto de nuevos cineastas, así como de comunidades enteras en el patrimonio audiovisual mundial y cuyas premisas son las búsquedas narrativas, un compromiso con el bienestar del hombre y su entorno, y una ética libertad de expresión.

Sus filmes han participado en Selecciones oficiales de los Festivales de Cannes, Venecia, Moscú, Toronto, Montreal, La Habana, Sundance y San Sebastián, entre muchos otros. Ha obtenido premios en numerosos Festivales Internacionales (San Sebastián, Huelva, Cartagena, Moscú, Karlovy Vary, Milán, Tokio, L.A. Latino Film Festival, Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, Barcelona, Cádiz). Su filme Un Hombre de éxito fue el primer filme cubano candidato al Oscar al Mejor Filme Extranjero.
El New York Times, Film Quaterly, El País, Le Monde, Cahier du Cinema, y varios medios internacionales han reflejado la importancia de su trabajo.

 FILMOGRAFÍA

1961
Casablanca. (Nota para la serie Enciclopedia Popular en codirección).

1962
Minerva traduce el mar. (Codirección con Oscar Valdés. Doc. 15´).

Variaciones. (Codirección con Héctor Veitía. Doc. 14´).

1963
El Retrato. (Codirección con Oscar Valdés. Ficc. 15´).

1965
El acoso. (Ficc. 27´).

1966
Manuela. (Ficc. 41´).

Pequeña crónica. (11´).

1968
Lucía. (Ficc. 160´).

1970
Crear... dos... tres.... (8´).

1972
Un día de noviembre. (Ficc. 110´).

1974
Simparele. (30´).

1975
Cantata de Chile. (Ficc. 119´).

1977
Nacer en Leningrado. (10´).

1979
Wilfredo Lam. (45´).

1981
Cecilia. (1era. Parte. LM. Ficc.).

1982
Cecilia. (2da. Parte. LM. Ficc.).

1983
Amada. (Ficc. 105´).

1986
Un hombre de éxito. (Ficc. 116´).

1988
Obataleo. (11´).

1989
Buendía. (11´).

1991
El siglo de las luces. (Ficc. 120´).

2001
Miel para Oshún. (Ficc. 115´).

2005
Barrio Cuba. (Ficc. 100´).

Adela. (Ficc.).

 

 

 

JUEGOS OLÍMPICOS DE PEKÍN Y NO DE BEIJING

JUEGOS OLÍMPICOS DE PEKÍN Y NO DE BEIJING

La capital de Inglaterra es Londres, no London. La de Rusia es Moscú, no Moskvá. La de Baviera es Múnich, no München. Y la antigua capital de Carlomagno era –y existe– Aquisgrán, no Aachen ni Aix-la-Chapelle. La capital de China, en español, es Pekín, aunque en chino mandarín –transliterado allá al alfabeto latino– sea Beijing (“capital del norte”, que se pronuncia aproximadamente “peiying”).

Cuando el nombre de una ciudad (y de cualquier cosa) tiene un modo de decirse en español, digámoslo en español. En la transliteración de Beijing, la be no es la nuestra, ni la jota, ni desde luego las vocales: esa palabra no está en nuestra lengua. El nombre de Pekín, en cambio, ha existido en español por siglos. Las Academias de la Lengua Española y la Real Academia Española publicaron en 1999 una Ortografía de la lengua española donde todas esas instituciones estuvieron de acuerdo, entre ellas la Academia Mexicana. Este manual ofrece dos listas ejemplares de toponímicos en español, y allí figura precisamente Pekín.

 Las agencias noticiosas internacionales, cuando los sucesos  de la Plaza Tiananmén (4-VII-1989), pusieron de moda llamar Beijing a Pekín, y muchos creyeron que el Estado chino había cambiado oficialmente el nombre de su capital –como sí hizo en 1928, cuando la bautizó Peiping (“paz del norte”; en otros tiempos se llamó también Tatú, Chongtú, Kanbalik, Suntién...). ¿Qué tal que pidiéramos a los hermanos chinos que en sus textos escribieran la palabra “México”, no con el ideograma –y metáfora– tradicional que para ella acuñaron hace buen tiempo? (“Mò”, “pincel”), sino tal como nosotros la usamos, con letras romanas y acento? ¿Y que los nombres coreanos hubieran de escribirse al modo coreano? ¿Y los árabes a lo árabe? Con esa extraviada conducta dejaríamos de entender los mapas...

Si en nuestra lengua la be suena a be y la jota a jota, y las vocales a lo que sabemos, la capital de China, con todo respeto, en español es Pekín. Por lo que nuestras letras dan y por lo que entrañan los siglos.

 

FÁBULA BAJO LA LLUVIA

Por Luis Sexto

Hablemos hoy, como otras veces, de un libro. Se titula Fábula lluvia, poesía publicada por las Ediciones Unión. Y por qué sabemos que es poesía ¿Acaso porque los renglones están fragmentados, o porque algunos versos riman en décimas o sonetos? Lo más difícil de la poesía, después de escribirla, es definirla. ¿Qué es la poesía? Muchas voces, más ilustres que mi vocecita, han formulado la pregunta y después de una fatigosa exégesis, han terminado al pie de la misma interrogación: ¿Qué es, al fin, la poesía? 

Juan Ramón Jiménez, nombre común en un poeta sin fondo, decía que, más que definirla, prefería sentirla. Ese es el don supremo: sentir la poesía. Tanto para leerla como para escribirla hay que sentir esa corriente interior que nadie sabe en qué consiste, pero que se percibe cuando uno la lee o la oye o la escribe. Tal vez  para determinar qué es la verdadera poesía -siempre en un tanteo inconcluso, como asegura Cintio Vitier-, hace falta que el poeta pueda suscitar en el que lee u oye, la emoción que el bardo sintió en su solitario oficio.

Por ello podemos decir que este es un libro de poesía. Porque además de las formas poéticas habituales y otras que no lo son tanto, en Fábula lluvia vivimos, juntamente con el poeta, la emoción que lo sorprendió una tarde o una mañana y que él supo enjaular, como a un pájaro mágico, tras los barrotes de la palabra artísticamente organizada.

Fábula lluvia es una antología. El autor, Luis Lorente (Cárdenas, 1948), escogió de entre sus cuatro libros fundamentales, los poemas que le parecieron más logrados, o quizás más entrañables, que él quizás no sabe por qué los eligió en ese misterio sin develar que es la creación.  Como dice uno de los mejores poemas de este libro, el poeta “no ha podido estar ni mucho menos cerca de aquel olor que había en los campos de sport”. Es muy difícil saber que pasó aquel día cuando el poema fue surgiendo entre la angustia de quien persigue una nube que al tenerla entre los dedos se escurre impunemente.

Yo afirmo, sin que el mundo se estremezca, que Luis Lorente es, en Cuba, uno de los poetas de más maduro y hondo lenguaje. Y uno de cuantos se acercan a las esencias de la poesía sin rodeos, ni salvavidas, ni desde una originalidad más novedosa que convincente. Mi experiencia, mi contacto subjetivo con los poemas de Luis Lorente, me dicta que en cada uno de esos versos yo hallo también mi alma estremecida por la aventura de un hombre que, al escribir, tiene en cuenta mis sentimientos. En estos poemas, pues, noto el latido de lo más humano, descarnado, sincero del hombre. Del hombre en su desamparo existencial, del hombre en la incertidumbre de la hora, bajo las rachas del ciclón, del hombre que convoca la poesía para hallarle un sentido a la vida, ante los temas más recurrentes del poeta: la muerte, la despedida, el amor, la nostalgia.

“Yo vi cómo los años caían una noche/ sobre ti, sobre mí, sobre los techos/ que fulminan las aguas, sin precaución, / sobre la faz del breve mundo nuestro.” ¿No está en esa estrofa el tema de los temas: la sensación de pérdida y ausencia que, decía Giovanni Papini, engrandece y justifica al poeta?  Hemos pues de temblar internamente cuando el poeta reconoce que “el tiempo hizo contigo y de mí una idea/ que cuando cae la noche se desvanece.” 

Díganme, pues, quién no siente en ese código la propia experiencia, la propia desazón.  La hemos sentido. Como Lorente, aunque sin poder trasladarla a un verso afortunado. Dichosos si podemos descubrirlo y degustarlo en la cómplice comunión de la lectura.

Como dije: en esta antología hay por fuerza una mezcla de formas poéticas: el verso libre, que es libre solo en apariencias; el soneto, la décima, y la prosa, esa prosa quintaesenciada en el ritmo de paso fino y en la música sutil, como cuerda de violín,  sobre las que galopan y vuelan los textos de Luis Lorente.

Cuando lean este libro, admitirán que he tenido razón: es el libro de un poeta manual, un poeta que moldea con las manos –los miembros más tiernos-  el más humano de los barros; le da forma y luego, invocando la gracia de los dioses, sopla en sus criaturas el viento de la poesía.

En la breve introducción de Fábula lluvia, el autor reconoce que es la primera vez que está satisfecho con uno de sus libros. Escogió, dice, los que estima los poemas más acabados, los menos afectados por las insuficiencias. Yo no lo desmiento. Pero aseguro, como lector habitual de su obra, que en sus libros anteriores -Café Nocturno, Aquí fue siempre ayer, Esta tarde llegando la noche y Más horribles que yo- quedan poemas tan hechos y derechos como estos.