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PATRIA Y HUMANIDAD

GRAMATICA POLÍTICA

Por Luis Sexto 

Tal vez pueda parecer un juego de palabras. Me arriesgo a utilizarlo, porque, a fin de cuentas, no creo que haya otra manera de desenvolver la charla de hoy. ¿A quién no le gusta que lo convenzan? ¿A quien le gusta que lo venzan? Ese es el tema. Vencer o convencer. Y como vemos, son verbos afines, provienen de la misma raíz, aunque emplean distinta metodología en su aplicación. 

La primera lección sobre estas palabras y su diferencia, las recibí de un oficial de la Marina de Guerra Revolucionaria. Dicho así, era el menos apto para hacerlo. Era militar. Y el militar habitualmente da órdenes. Ese es el lenguaje natural e insustituible de los ejércitos. Y el subordinado las cumple, le gusten o le disgusten. Me habían pedido aceptar, siendo yo soldado, una determinada función. Mi voluntad decidía el asunto: no era una orden, sino una propuesta. Yo dudaba. Mis compañeros me asediaron: acepta, acepta, y me argumentaban las ventajas de una decisión positiva.  

Al fin, un día me presenté al alférez Le dije que sí, que aceptaba. Y él, que conocía de mi reticencia previa, me preguntó: ¿Vencido o convencido? Y la pregunta no era un jueguito de palabras. Aquel oficial sabía que un hombre vencido, esto es, movido por los argumentos de la fuerza, no resulta muy confiable. Es preferible convencerlo, moverlo con la fuerza de los argumentos. Eso ocurrió en mi juventud. Pero sigo pensando que vencer o convencer son términos primordiales del lenguaje político. Que se excluyen. Y que no pueden confundirse. Usted puede vencer al enemigo. Pegarlo al suelo. Pero quizás nunca logrará que llegue a entender las razones que usted tiene para combatirlo. Ahora bien, a amigos, aliados, simpatizantes, electores, ciudadanos, usted ha de convencerlos. Es decir, hacerlos cooperar en la aceptación de cuanto usted les propone.  

Esa es la teoría. Y como ocurre con toda teoría, a veces sufre su distorsión, pues existen aquellos que entienden que político es el nombre que se le da al mando vestido de civil. Y si hay que volver a explicar, porque de primera intención nadie entendió, se utiliza el grito o se saca a escena el peso de “mi cargo”, que algunos creen haber recibido del aire. Claro que algunos no entienden porque no quieren; otros, porque les cuesta más. Pero en ambos extremos, lo que ha de predominar, desde el punto de vista político, es la fuerza y la veracidad de los argumentos. Por momentos estos faltan. O sobra la incapacidad para saberlos exponer.  Permítanme una moraleja: es cierto que se ha de confiar en el pueblo. Pero, sobre todo, es preciso ganar la confianza del pueblo. (Publicado en Juventud Rebelde)     

YO QUIERO

YO QUIERO

Por Luis Sexto

Cierto enfoque califica como vaguedad, bobería, el acto de pensar o de opinar. Ese bautizo implica la negación, la tacha. Porque “déjate de filosofar” o “quién más quiere seguir filosofando”, son enunciados que pretenden ridiculizar al que piensa u opina de manera original. Claro, cómo venir a hacer filosofía cuando después de Aristóteles, Kant o Marx qué falta por añadir.

El enfoque puede existir. Es su derecho. Lo que no ha de suceder es que cuantos opinen o piensen conviertan esa operación en un acto vergonzante. Durante las últimas semanas fui jurado del concurso periodístico 26 de Julio, convocado por la UPEC. Y aunque hay quien estima que no gana porque soy parte del tribunal–otorgándome un poder o una influencia que no poseo-, puedo aseverar que por momento la decisión resulta peliaguda. Ciertos competidores, ciertos textos, clasifican entre las excelencias. En particular, los trabajos de opinión. Me he fijado que los periódicos de provincia defienden, practicándolo, el derecho a opinar. Pero me intriga que algunos columnistas pidan disculpas “por filosofar”, como si a alguien molestaran. Caramba, apareció un complejo. Me dije.

La sociedad, como los individuos, necesita del aire que expele la reflexión. Y en el proceso colectivo de pensar, de contrastar, la opinión periodística, como expresión y a la vez estímulo de la opinión pública, reclama por consustancial un espacio. Es preciso que desde un periódico se advierta a los intermediarios del mercado de productos agrícolas, por ejemplo, que sus ganancias son excesivas, injustas, carentes de solidaridad, antipatrióticas; se haga recordar a determinados administradores y funcionarios que las quejas y los problemas merecen, siempre, una respuesta que no sea el silencio; o se condene en los periódicos a quienes, abusando de prerrogativas, vivan a contrapelo de las carencias del país...

La prensa es un espejo. Al despertar, el primer acto del ceremonial matutino consiste en ubicarse ante la puertezuela del botiquín. Frente a nuestra imagen duplicada, nos percatamos de las patas de gallina, de la barba tupida, del pelo chorreado. Uf, estoy horrible. Y la autocrítica funciona como un correctivo. Es elemental, en definitiva, preguntarle al espejo, y oír lo que, en verdad, dicta.

La única vez en que uno no se mira al espejo es cuando está enfermo. Pero habremos de levantarnos. Porque mayor daño que descubrir las arrugas, implica rellenarlas con polvos y cremas. Con el disimulo, como en la Televisión. Cuántas caras decepcionan al toparlas por ahí, por esas calles.

Bueno, disculpen la filosofía. Me he entretenido en comentar aspectos ya sabidos, pensados, legitimados. Pero permítanme renovar mi fe en el pensamiento, la reflexión, la opinión, la prensa. Y si estuviéramos en una reunión, y desde la mesa preguntaran después de haberme oído, quién más quiere seguir filosofando, yo levantaría la mano nuevamente, como el que quiere tres tazas: Yo, yo quiero seguir filosofando. (Publicado en Juventud Rebelde)  

SOLAMENTE LA POESÍA

Por Waldo González López (Cubarte)

Dedicado a su esposa ‘Zenaida, a su hijo mayor, y a Víctor Manuel, que no está, y está entre nosotros, y a la memoria de Sigifredo Álvarez Conesa’, apareció poco tiempo atrás, por la Editorial de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el segundo poemario del destacado cronista y profesor Luis Sexto Con luz en la ventana. En su prólogo (Este libro), el Premio Nacional de Literatura Cintio Vitier señala con justo elogio:

"Lo que tenemos en este libro no es un libro, sino un camino que se va acercando a sí mismo con su propia realización, pero no la persigue como un fin, sino como un medio para llegar a un silencio, a un instante que hubo en la vida del autor, que significa la trascendencia viva en el rostro de su hijo definitivamente callado y hablando de otro modo.

"Solamente la poesía, ese tantear de la poesía que es lo más seguro de ella, puede intentar acercarse a esa indescriptible consumación en que se abren las puertas y ventanas del alma, sin embargo caminante por la senda estrecha que da toda al horizonte.[…] Este libro pudorosamente no quiere parecer lo que es: una oración. Un libro único."

Este crítico conoció de primera mano la latencia del permanente dolor del colegamigo (porque no se puede mitigar el dolor por la muerte de un hijo, aunque pasen los años, incluso toda la vida), ya que tiempo después de fallecido el sensible adolescente Víctor Manuel (cuyo nombre debiera a la admiración del padre por el gran pintor cubano), sabe muy bien, pues leyó y opinó sobre los textos originales: de la hondura de estos versos, de su pródiga emoción contenida, de la sobriedad con que se trata el tema; que no quiso ser un flamante libro para llevarse los laureles en un concurso, sino acaso, tal dice Vitier, como un medio para llegar el silencio.

Y al centro de todo, la nostalgia, tema recurrente en el poeta. De ahí sus versos con suma melancolía, esa hermosa saudade que parte, vuela y retorna en bandadas, como el pájaro de la tristeza. Por ello, entre los varios textos de alto nivel, descuella ‘Este día’, en el que Luis Sexto despliega las alas de ese inevitable pájaro que suele regresar a sus poemas. Leámoslo:

ESTE DÍA
Cuando las horas cierren

Tus pétalos numerables

En la suerte animal

De lo que acaba,

Yo vendré a buscarte

En el vasto furor

De la vigilia.

Y volverás,

Si inútilmente te oigo,

Durante la apacible tragedia

De este día

En que ya no te hallo

Y donde sigues amando el desdén

Con que me sorprende el tiempo.

En otros momentos de su breve pero contundente poemario, Luis Sexto vuelve a la carta son ese sorprendente hálito de la saudade que ahora tras la lluvia, es aún más íntimo y recogido. Disfrutemos, pues, ‘Eco’:

Ha llovido.
Mi corazón se va

Tras el albo caer de la llovizna,

Hacia el impune sinsabor

De los charcos

Donde reposa el ausente,

Con la melancólica obstinación

Del agua.

Lo llamo aun en la incauta orfandad

De la deshora

Y sobre la teja del techo

El percutir de las gotas

Responde,
Como lenta,
Atardecida resurrección.Sin duda, con su segundo poemario, Luis Sexto de nuevo penetra en el misterio del fabuloso reino de la poesía y nos entrega esta oración, un libro único por su sentir y su decir profundamente humano, demasiado humano, como quería el poeta y filósofo. (Publicado en Cubarte)

EL MEDIO Y EL ÁRBOL

EL MEDIO Y EL ÁRBOL

 Por Luis Sexto 

Suele el bosque ocultar los árboles, cuando el conjunto estorba reparar en lo individual. La frase, así, alude al juicio que engloba y no concreta, que masifica y no particulariza. Hoy quiero empezar poniendo esta frase al revés: a veces los árboles impiden ver el bosque. Sería entonces como decir que lo singular opaca, anula a la pluralidad. 

Apartémonos, sin embargo, del intelecto y vayamos a lo físico. Los árboles ocultan al bosque cuando no abundan o no existen. Esa es la visión que me ha acompañado durante un viaje de diez días que partió en La Habana y terminó en Guantánamo. Y el recorrido, de ida y vuelta, no me hastió. Por el contrario, aparte de alegrarme por el reencuentro con colegas queridos y conocer a otros, refrescó mis ojos mediante la descripción topográfica que nos facilita un vehículo.  

Yo amo el paisaje de mi tierra. Pero no vacilo en afirmar que le faltan árboles cuya repetida presencia pueda atestiguar la existencia de bosques o bosquecillos. Claro que la Autopista del Sur o la Carretera Central propician apreciar una franja del campo, y no sería justo hablar, con tan reducido cuadro a la vista, de un país en crisis forestal. En crisis permaneció hasta 1959. Entonces solo el 14 por ciento de la superficie de Cuba se cubría de bosques después de que en 1492 el 85 por ciento de nuestra tierra se sombreaba, como bajo un techo total, con especies preciosas y frutales.  

El hacha de los colonizadores taló aquí la madera para la Flota Invencible, que resultó al fin vencida, y para el lujo monárquico del Palacio de El Escorial. Luego el filo de los hacendados despejó la espesura para sembrar la caña de azúcar, sobre principios agrícolas extensivos. 

La Revolución ha logrado forestar hasta el 23 por ciento del país. Pero, a mi modo de ver, todavía no es suficiente. Y es más: creo que la reforestación avanza con lentitud. Hace años que yo, periodista, repito esa cifra. Hay vocación y conciencia forestal. Cierto. Mas no creo que todos los cubanos sintamos la misma inquietud por plantar un árbol o conservarlo. Fíjense si así es que solo del diez por ciento de los árboles que en la capital promueve el departamento de áreas verdes, sobrevive. El resto fenece bajo la indisciplina y la desidia. 

Ah, cuánto perduran las herencias negativas. Con cuánta indiferencia un ciudadano cualquiera aporrea una planta, o lo corta. Cuánta insensatez e ignorancia nos abruma al no reparar que la falta de árboles nos vela la visión de los bosques. A veces incluso los culpamos de los vientos. Pero Los ciclones vienen aunque los árboles falten. Pero si faltan, la lluvia se demora. O no viene... (Publicado en Juventud Rebelde)                

PATRIA Y POESÍA

PATRIA Y POESÍA

Por Cintio Vitier 

Anticlerical como sabemos que fue José Martí en una época en que todavía, por obra del llamado Patronato Regio, la Iglesia Católica estuvo al servicio incondicional de la Corona de España, igualmente sabemos que su anticlericalismo no fue el del ateo sino el del cristiano escandalizado por la historia de la Iglesia (véanse en el tomo 19 de sus Obras completas las páginas 391-392), jamás negador de la tradición ético-religiosa del presbítero José Agustín Caballero, del Padre Félix Varela y de José de la Luz, a quien llamó “el padre, el silencioso fundador”, el Maestro de El Salvador, que tanto admiró y a quien tanto debió.  

No menos profundos fueron sus vínculos con la catolicidad de los Siglos de Oro españoles: con la España de Santa Teresa, “que fue quien dijo que el diablo era el que no sabía amar”, y sobre cuyas afinidades estilísticas con Martí escribió Juan Marinello un memorable ensayo; la España de Quevedo, “que ahondó tanto en lo que venía, que los que hoy vivimos, con su lengua hablamos”; la España de Calderón, “gran meditabundo, gran esperador, gran triste”, único parigual, a su juicio, de Shakespeare, junto a Esquilo, Schiler y Goethe; la España de Velásquez, que “creó de nuevo los hombres olvidados”, y de Goya, a quien consideró “uno de sus maestros”, anticipadores ambos del en su tiempo incomprendido impresionismo francés; la España, en fin, de Cervantes: “aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia”. 

En su primer destierro de revolucionario que entregaría la vida para liberar a su pueblo del yugo colonial, reencontró al “sobrio y espiritual pueblo de España” que había conocido en el hogar habanero de sus padres, valenciano él, canaria ella; tuvo un lugar en su corazón para los comuneros de Castilla y Aragón, “franco, fiero, fiel, sin saña”, reconoció “el ente misterioso de la raza y el espíritu perdurable de la lengua”. Es ese “ente” y ese “espíritu”, renacidos a nueva luz bajo los cielos de México, Guatemala y Venezuela, los que nos convocan hoy para adentrarnos, no solo en las anticipaciones o premoniciones de su genio verbal, sino en las lecciones más altas que con ese genio y con su vida supo darnos. 

Como poeta “en versos” (ya que más aún, como él quería, lo fue “en actos”) Martí descubrió antes que todos la verdadera “musa nueva” de una modernidad florecida a partir de la raíz hispánica, en Ismaelillo (1881); descubrió el verbo desnudo, visionario y “protoplasmático”, anterior a la escisión de verso y prosa, como observó Unamuno, antes que el propio Unamuno de El Cristo de Velásquez, y descubrió, antes que Antonio Machado, el uso del acento popular para la expresión alta de una concepción del mundo que vibra con todas las cuerdas del alma, y las armoniza, en Versos sencillos. Sus contemporáneos sucesivos son, después de Rubén Darío –al que llamó “hijo” y que a él lo llamó “maestro”–, Gabriela Mistral, César Vallejo y José Lezama Lima, que en 1960 dijo que es él, Martí, quien nos acompaña en esta última era, “la era de la posibilidad infinita”.Como periodista, Martí le injertó al periódico, antes que la generación del 98, la savia del ensayo, según es evidente en “Emerson”, “Darwin ha muerto” y, cenitalmente, “Nuestra América”. Abrió el compás de la crónica y el reportaje hasta dimensiones pictóricas, muralistas o de un detallismo sorprendente, e incluso pre-cinematográficas por las amplitudes panorámicas, los súbitos close-ups y el contrapunto de los tiempos. Véanse como ejemplos, entre muchos, la última crónica sobre los anarquistas de Chicago, en que su horizonte ideológico da un giro importante, y “El terremoto de Charleston”, en que asistimos, como banda sonora, al nacimiento de un “spiritual” desde la desolación y la catástrofe. No ha aparecido todavía el relevo de Martí en el periodismo hispanoamericano. 

Como crítico; se adelantó más de medio siglo a la crítica llamada de participación, que propuso Leo Spitzer en su libro Lingüística e historia literaria (1955). Totalmente al margen de la crítica normativa y preceptiva, que se practicaba en su tiempo junto con la caprichosa o denigrante, Martí –observé desde 1976– se sitúa intuitivamente “dentro de la obra”, en su centro cordial, y desde allí descubre “las leyes que la rigen”, que es lo mismo que pediría Spitzer. Dos ejemplos: “El poeta Walt Whitman”, también crónica ensayística, que instaló al gran rapsoda norteamericano en nuestra lengua, y “Nueva exhibición de los pintores impresionistas”, con una comprensión artística y social de aquella escuela que no ha sido superada. 

Desde el memorable estudio de Enrique Anderson Imbert en 1953, y especialmente durante la última década del siglo XX, ha crecido el interés de la crítica hacia Amistad funesta o Lucía Jerez, escrita por encargo de una amiga, Adelaida Baralt, en siete días, y calificada por el propio Martí de “noveluca”. Paradigma de novela modernista, hoy nos parece, además, que esas encantadoras páginas con la apariencia incluso de una “novela rosa”, transparenta verdaderos abismos del alma femenina y acaban siendo, junto con el retrato magistral de una endemoniada por la obsesión de los celos, la mayor incursión de Martí en el lado oscuro de la vida. 

En otra obrita más ocasional aún, el drama indio Patria y libertad, escrito para una representación escolar sobre la independencia de Guatemala, puede hallarse la anticipación de un cristianismo revolucionario que en nuestros días se ha manifestado como Teología de la Liberación. Véase en la escena II del Acto Segundo la confrontación del indio Martino con el Padre Antonio. La primera intuición de estas ideas se halla en la identificación de Cristo con el desvalido y sufriente, según la versión del Juicio Final de Mateo 25, ante la imagen del torturado anciano Nicolás del Castillo, en el presidio político.Con sus cuentos, versos, semblanzas y evocaciones, como jugando, La Edad de Oro quería ser, nada menos, una narración pedagógica del mundo y una invitación a mejorarlo. El enlazamiento de ternura, ética, historia, imaginación y ciencia en que consiste su argumento, con ser tan precioso, no sería el milagro que es si no fuera por la gracia de la forma, a la vez conversacional y escrita de modo indeleble. Desde “Los tres héroes” (Bolívar, siempre el primero) hasta “Un paseo por la tierra de los anamitas”, el universo se abre para el niño y el adolescente como la granada de la sabiduría. En cada grano distinto brilla la unidad del hombre. La fantasía ilustra a la historia. Pilar se despoja de “los zapaticos de rosa”; todo es lámina y lección; El Padre Las Casas contempla desolado “Las ruinas indias”; los pueblos reunidos en la Exposición de París echan a andar como en un desfile, cada uno con su rostro único, hacia la coralidad unitiva del amor. Esta es, definitivamente, la pedagogía de la libertad americana. 

Mucho más habría que decir, y mucho seguramente será dicho en este Coloquio, de la insólita, perenne contemporaneidad de los discursos fundadores de Martí.; o de su prodigioso epistolario, poliédrico como las imágenes de sus destinatarios, y dirigido siempre, en secreto entrañable, a cada uno de nosotros; o de sus Diarios finales, como dijera Lezama, “uno de los más misteriosos sonidos de palabra que están en nuestro idioma”. O de tantas sorpresas que guarda siempre su polifacética obra.

Hace dos milenios, el que había ofrecido la mayor de las bienaventuranzas a “los que padecen persecución por causa de la justicia”, no tuvo a mal que María Magdalena derramara sobre sus pies “una libra de ungüento de nardo puro”, y, rechazando la hipócrita protesta de Judas Iscariote, dijo: “Dejadla que lo emplee para honrar de antemano el día de mi sepultura” (Juan, 12, 1-9). También Martí quiso honrar el día de su sepultura con el poema titulado “Muerto”, que publicó en la Revista Universal, de México, en el período más anticlerical de su vida, el 25 de marzo de 1875, próxima ya la Semana Santa de aquel año; poema en el que leemos: 

¿Quién sabe cuándo ha sido?

¿Quién piensa que él ha muerto?¡Desde que aquel cadáver ha vivido,

El Universo todo está despierto!

Y desde que a la luz de aquella frente

Su seno abrió la madre galilea,

Cadáver no hay que bajo el sol no aliente

Y eterno vivo en el sepulcro sea!

Eterno vivo es para nosotros José Martí.
(Palabras en la inauguración del Coloquio “José Martí y las letras hispánicas”, Centro de Estudios Martianos, 16 de mayo de 2007, publicado en Cubarte)

NOTAS DESAFINADAS

NOTAS DESAFINADAS

Luis Sexto

Yo también estoy preocupado. Sí, le respondo a usted mismo, colega, que hace unas semanas preguntaba desde su revista si alguien más vivía inquieto por el predominio del mal gusto en ciertas zonas de la música popular cubana. En particular las letras. Sí, apúnteme entre cuantos se agobian por el temporal de vulgaridad que nos empapa. 

Como me he negado suscribir mis opiniones con el presuntuoso NOS –firma de los reyes-, no puedo asegurar que todos estemos insatisfechos. Al parecer, el uso del plural necesita de una indagatoria. Y por simple inspección se nota que autores,  orquestas y cuantos las difunden por los medios, no se preocupan por la calidad estética y moral de esas piezas que pomposamente se inscriben dentro de los géneros populares.   

Estoy, lo advierto, incapacitado para juzgar la música. Unos dicen que hay música culta y popular; otros defienden una clasificación que la divide en buena y mala. Yo, zurdo en solfeo y armonía, creo en dos tipos de música: la que me gusta y la que no me gusta. Pero, al analizar la parte literaria -que para mí incluye también el contenido: lo que dicen; no solo cómo lo dicen-, puedo reclamar un título de aptitud. No abundaré. Carezco de espacio para reproducir algunos versículos que ilustran el predominio de la trivialidad y la grosería en ciertos exponentes de la música más masiva. El lector sabe. Puede imaginar esos textos que rebajan la dignidad de la mujer llamándola loca, bruja, o convirtiéndola en un objeto, en un cuerpo subastado sobre una cloaca para ver “cómo le gusta la bolá”.

 Las mujeres están peleando por mayores grados de igualdad. A debate han llevado el presunto machismo de la lengua al establecer las concordancias mixtas en el masculino. Por ello, a algunas les disgusta que digamos cubanos, incluyéndolas también. Exigen que digamos cubanos y cubanas. Quizás demore. La lengua suele procurar las fórmulas más breves y cómodas y, por lo tanto, solo se impone determinado uso cuando el uso justifica una modificación. Mas, no creo que ese capítulo idiomático –a pesar de su justicia- sea el más importante. Primordial es erradicar la visión denigrante que de la mujer pintarrajean en la conciencia colectiva las canciones que, envueltas en un ritmo seductor, inducen a una filosofía descocada de las relaciones entre los sexos. 

Debo admitir que algunos músculos del rigor están jubilados. Incluso existen quienes defienden en nombre de lo popular –así, enfrentándolo a lo culto- esa tendencia a la banalidad y la vulgaridad. Desde luego, no sobra recordar que lo popular es una categoría donde radica los más limpio, sagrado, valedero de la cultura. Lo ideal es que lo culto sea popular y lo popular culto. Porque lo contrario es lo populachero, esto es, las bolitas de fango que salpican al arte. Y la ética. Según Martí, el arte avanza al triunfar la ética.

 

¿Es mucho pedirle a la cultura que defienda su pureza e integridad? Si unos libros se rechazan en las editoriales, y ciertas obras de teatro no se representan, y este o aquel cuadro no se promueve, habrá que exigir una cuota de respeto a las  letras que desafinan en un concierto donde la cultura es condición enaltecedora del hombre y la mujer. Y no república de mediocridades. (Publicado en Juventud Rebelde)  

EL COLOR DEL CRISTAL

EL COLOR DEL CRISTAL

Luis Sexto

A veces me sorprende la duda, aunque no me asusto. Los  latinos –también algún filósofo escolático- repetían una máxima que confirmaban el papel constructivo de la duda: “In dubium, veritas”. Esto es, en la duda está la verdad. Por tanto me escudo tras el latinazo para no levantar ninguna suspicacia.

Dudo, pues, de que todos estemos convencidos de que no solo con apelaciones políticas y éticas podamos superar las circunstancias precarias en que se desarrolla nuestra sociedad. Dudo, incluso, de que todos estemos convencidos de que, en efecto, afrontamos una existencia material empobrecida, limitada y limitadora. La experiencia nos remite a otra antigua máxima, esta vez en español: De la feria hablamos según nos va en ella. O, mejor, todo es del color del cristal con que se mira. Y a colores suaves, refrescantes, optimistas les tengo pavor: pueden estar enmascarando una realidad que no admite ser soslayada o adulterada.

Pertenezco al conglomerado de los que creen en la ética, incluso en lo que hemos llamado trabajo político, que a veces evidentemente cuesta demasiado “trabajo”, porque uno le echa de menos o lo percibe ineficaz, pero, eso, por hoy, es otro asunto. Reconozco el papel de la ética, de su acción guiadora y modificadora de la conducta humana. Mas la ética no es código de general atribución. Influye en unos –esos que podrían componer “la vanguardia”- a contrapelo de las situaciones adversas. Pero para ejercer algún papel masivo hace falta una base, un seguro lecho material para que se pueda asumir la ética como una norma, salvo que se imponga por la violencia física o estructural.

Vengamos a la realidad: ¿Podríamos pedir a todos los trabajadores que sean eficientes, disciplinados, productivos a pesar de que objetivamente sus salarios poco se relacionan con el costo de la vida y con su destino general?  Claro, podríamos convocar a la perfección sin estímulos. Ahora bien, habría que ver cuáles serían los resultados. ¿Estamos seguros que todos responderían afirmativamente? A lo mejor. Pero esa preclara verdad nunca discutida: el hombre piensa como vive, vuelve a plantarme el insecto de la duda en mi oído.

He visto en la TV reportajes que cuentan cómo en algún sitio se desbroza el marabú. ¿Y después qué? Eso no lo veo en la pantalla. Cuántos estamos dispuestos, sobre las mismas reglas de una agricultura centralizada, incluso burocratizada, lenta en sus iniciativas, mal pagada, a hacer producir nuestras tierras racionalmente, lo cual significa, para mí, dar de comer sin restricciones ni cuotas al pueblo y beneficiar a los agricultores con la justicia que trabajo tan fatigoso, constante y estratégico merece.

No intento desafiar la cordura. Tampoco se trata de auto engañarnos viendo brillo donde hay opacidad; éxito donde insuficiencia; risa donde mueca… Lo subjetivo tiene su papel, pero hoy por hoy la respuesta subjetiva demanda una readecuación de la realidad objetiva. ¿Hasta donde lo organizativo y lo estructural son aspectos de la subjetividad?  Por supuesto, los hombres adoptan una u otra organización.  Y luego esta, a mi entender de hombre práctico, empieza a ejercer una especie de dictadura objetiva.

Habrá, pues, que reordenar, sin miedo a los presuntos conflictos entre sueños y realidades. Los mejores sueños son los que se pueden conquistar. Los otros, los que entran en deuda con la vida, derivan en pesadillas. La pobreza no resulta un sueño grato. Ni el temor un buen compañero de las ideas y la acción. Joel James, ese santiaguero polémico, clarividente, revolucionario –cuya muerte reciente aún nos punza- escribió en un libro, El ser y la Historia, recién salido a las librerías: “El miedo paraliza las iniciativas”.

El empeño de mejorar nuestra vida tiene muchos aliados: la política y la ética, y también la acción  y la duda razonable que, conducidas por la inteligencia y la audacia, actúan y transforman con certeza. (Publicado en Juventud Rebelde)          

EXTRANJERO EN CASA

EXTRANJERO EN CASA

Por Luis Sexto

He venido acostumbrándome a ser una víctima del litigio entre las apariencias y las esencias, en cuyos anales habré de entrar por obligaciones que me han impuesto mis semejantes. A veces me parezco al que no soy, y otras no soy el que parezco. Y desde niño –pelo como el sol, piel de tomate maduro y ojos de esperanza—, me apodaron el galleguito. En la adolescencia me otorgaron el pasaporte de americano, y de joven me incluyeron entre los rusos.

Esta última nacionalidad la conquisté en Artemisa cuando –ya lo he dicho- trabajaba de agrimensor en los centrales Eduardo García Lavandero y Abraham Lincoln. Entonces, aunque mi cabellera no había empezado aún a padecer su prematura sequía,  la protegía del sol con una gorra que un tío materno, becario en la URSS, me regaló al regresar, y con la cual merecí, además de por la aparente fisonomía nórdica, el concepto de técnico extranjero ante los que me veían de lejos.

Pero otros estimaron que de alguna manera tendría yo que ser algo más que cubano, porque un apenas perceptible ceceo en la dicción hacía creer a ciertas damas y caballeros refinados que hablaban con un peninsular. Al final de la charla tenía que responder la consabida pregunta: ¿Es usted español? No; mi abuelo sí –añadía para no defraudarlos.

Y mientras esa faena de ser doble de mí mismo osciló en lo relativo al origen nacional, no había ninguna desventaja. Mi presencia imponía un parecer sin que yo tuviera que fingir o mentir. Pero más tarde, según evolucionaba en edad y reflejos, empecé a aparentar –sin pretenderlo, claro está- dignidades o profesiones. Una vez, tan atrás como los inicios de los 60, me presentaron a un señor que resultó ser obispo de la iglesia liberal católica, una confesión menos usual que otras. Hablamos de mil divinidades. Al despedirme, aquel hombre, que había observado con fijeza mi cabeza y que incluso trajo él mismo el café para poder observarla desde arriba mientras yo seguía sentado,  me preguntó de sopetón: ¿Es usted cura Y sonriendo, le respondí: ¿Qué, echa de menos la tonsura?

Y ese tomarme por lo que no soy,  ya implicaba sus riesgos, porque si lo hubiera creído sin consultarme, y mi ética o mi pergeño no hubiesen encajado en el modelo de hábito y conducta, el gremio habría resultado con daños y perjuicios. O los pacientes. Porque el instructor que me enseño a conducir equivocó la profesión que en ese tiempo me permitía emplear un automóvil. Tras los primeros días de práctica, y de haber sudado bajo un recital de insultos estimulantes, me pidió que le recetara algún medicamento para una dolencia en el lado derecho del abdomen. Vaya al médico –le recomendé. Pero doctor, usted no se habrá disgustado conmigo... Mire, ese es nuestro estilo de enseñar.

En fin, padezco de una especie de sino incurable, una fatalidad congénita. Crónica. Hace poco, un respetable ciudadano me pidió le regalara un ejemplar de Los que se fueron. Le cedí el mío. Abrió la primera página en blanco y me pidió que se lo dedicara, pues la firma del autor aseguraba la eternidad del volumen en su casa. Ah, perdone, yo no soy Luis Báez, aunque habría sido un periodista dichoso si hubiera escrito ese libro-dije alegrándome de que el lector no cocinara algo maligno contra el otro Luis.

La última ocurrencia refuerza la perdurabilidad de los enredos en mi vida. Ya he desechado la cuenta de los licenciados de la picardía que se ofrecen para guiarme por La Habana Vieja. Me ven como presa urgida de información turística. Y una tarde, con apetito de alguna emoción rara, autoricé que me sedujeran mediante un españolizado sí, hombre. Y aquel cicerone sin mangas me llevó por el Malecón. Sobre el muro recitó una frase copiada quizás de Lezama Lima o Alejo Carpentier. Las gotas de una de las recientes marejadas le encristalaban la piel; de lejos hubiese parecido que sudaba el centavo que proyectaba quitarme. Este muro -decía- es la quintaesencia de las ensoñaciones habaneras. Eso pasaba como justo y bueno. Pero todavía me pregunto qué tipo de español se habría figurado él que soy, porque frente a la farola del Morro me informó que en ese castillo había peleado contra los ingleses el General... Elpidio Valdés*. Párate ahí -le dije.  Yo seré gallego, pero no bruto, ¿eh? 

*Elpidio Valdés, personaje de los comics cubanos.