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PATRIA Y HUMANIDAD

EL EJERCICIO DE LA OPINIÓN

Por Luis Sexto 

Contar una historia primeramente nos  precisa a tener… una historia que contar, según Perogrullo, especialista en lo obvio. Y así, para emitir una opinión hace falta, primordialmente, tener una opinión. Ahí, en el hecho de tener una opinión, descubrimos el punto más candente del ejercicio de los géneros de opinión. Por lo general, según me parece haber observado, todos queremos opinar, aparecer en la página editorial con nuestra foto al lado. De modo que para escribir un comentario o un artículo sobran profesionales en las redacciones; faltan, en cambio,  para construir una noticia o indagar en la vida y luego contar una historia en el reportaje.   

Me arriesgo a acotar que la opinión es la vertiente periodístico profesional por la cual debemos terminar la carrera; no empezarla. Creo verlo claro, aunque alguno se moleste: cualquier profesional no puede ejercer la opinión. Son necesarias ciertas cualidades que propicien que las opiniones del comentarista interesen, sean capaces de atraer la atención de los receptores. Contrariamente a lo que opinan otros tratadistas, creo que el comentario es un género sumamente personal. Que el lector busca al comentarista y no el comentario. Fraser Bond sostiene en  Introducción al periodismo que “Todos preferimos lo personal a lo anónimo.” Por eso, el comentarista ha de ser un profesional cuyo nombre sea capaz de decirle algo al receptor antes que el contenido de su comentario. Y Charles A. Dana estableció que solo habrá periodismo personal si hay periodistas cuyos juicios interesen a los lectores, y habrá periodismo impersonal en tanto haya periodistas cuyas opiniones no interesen a nadie. 

Por ello, para comentar, para enjuiciar un segmento noticioso de la realidad, es preciso tener algo que decir. No se puede comentar a base de divagaciones, frases hechas, rodeos. O de lo obvio.  Un comentario necesita antes de ser escrito: 1- Conocer el ámbito en cuya órbita radica el asunto o tema del comentario.2- Poseer una base cultural que permita asociar fenómenos disímiles. Por ejemplo, ¿se puede escribir sobre el conflicto árabe israelí, sin conocer el origen histórico del diferendo, incluso sin remontarse a los tiempos bíblicos, a la dispersión judía después de la destrucción de Jerusalén por Tito? 3- Saber precisar las tendencias que influyen y modifican los hechos.  En el caso de un libro o un espectáculo hemos de subrayar el conocimiento de la manifestación artística o cultural objeto de comentario. Para ejercer la crítica, aunque sea la periodística, como decía Alfonso Reyes, hay que tener 100 años de literatura detrás. Pero, sobre todo, para ejercer la opinión hace falta haber vivido y acumular un saldo de experiencias que enriquezcan con fibras de humanas sensaciones nuestra expresión y nuestros juicios.  

No hablaré en estas notas del artículo. Existe a primera vista una  equivalencia maquinal entre uno y otro. Y los diferenciamos por la extensión o por la profundidad: el comentario –decimos- es volandero; el artículo más hondo. A mi criterio, los determinan y definen la intención y la materia prima de cada uno: el comentario tiende a interpretar y valorar los hechos mediante el contraste con otros hechos. El artículo propone una tesis como resultante de un análisis de ideas. Resumiendo: el comentario es más hechológico; el artículo, más ideológico. El comentarista valoraría la situación actual en Palestina confrontando los últimos acontecimientos y deduciendo un pronóstico. El articulista se dedicaría a organizar, mediante ideas, una tesis sobre el papel del sionismo en el Medio Oriente y su influencia en la situación israelo palestina.  

No todos los tratadistas reconocen el comentario. Ni Carlos Marín, ni Juan Gargurevich, cuyos libros de técnica periodística son muy conocidos en nuestra región. Julio García Luis lo incluye entre los géneros de opinión y lo hace afín del editorial. Martín Vivaldi, en su libro sobre los géneros periodísticos –titulado así: Géneros periodísticos-, no reconoce el comentario, aunque sí el artículo, y dice de este que es un comentario interpretativo de la realidad. Sin embargo, en Curso de Redacción admite la existencia del comentario y construye una teoría.  Vivaldi define que comentar es interpretar. Y comentar exige, además de la interpretación -que equivale la revelación de causas e influencias-, un pronóstico y una solución al problema. ¿Podrá ser siempre así?

En algunos comentarios, como los internacionales, lo más hacedero será la interpretación y el pronóstico, es decir,  el juicio que prevé hacia dónde se enrumbarán los acontecimientos.Podemos concluir: El comentario es un género que ayuda a entender lo que pasa, según términos del propio Vivaldi. El periodista desarma un aspecto de la actualidad para analizarla e interpretarla.  Y esa interpretación está condicionada por la cultura y las facultades del autor, además de por la filiación política o clasista. Es decir, el comentarista opina, interpreta desde posiciones de partido o de convicciones políticas o ideológicas.

Vivaldi parece tener soluciones para todo. Y afirma que las notas esenciales de todo auténtico comentario son: el análisis científico y la síntesis artística.  De acuerdo con la posición casi polémica que he adoptado, estimo que no es necesario que el comentarista sea un especialista. Especialista, en última instancia, de la comunicación, de la técnica y el estilo del comentario. Basta, pues, que posea cultura y conocimientos particulares de los hechos que le permitan opinar objetiva y rigurosamente,  con flexibilidad y sensatez. Estas son, a mi parecer, dos de las virtudes primordiales del comentario: flexibilidad y sensatez. Flexibilidad para rehuir el juicio absoluto y sensatez para no apartarse demasiado de lo más plausible y racional, que suele lindar con “lo científico”. Estas técnicas, que se mezclan en el enunciado, no nos impiden afrontar un peligro: el absolutismo del criterio. La generalidad de nosotros, según observo,  no sabe debatir. Usualmente intentamos anular al contrincante, invalidarlo. Y ese es el fin de toda polémica, pero la anulación del oponente ha de conquistarse con la certeza y adecuado manejo de los argumentos. Y a veces nos basta, para quitarle la razón al otro, decir que no la tiene, porque “yo soy el dueño de todo lo razonable”. Supone un mal paso en toda discusión decir: “No estoy de acuerdo contigo”. O espetarle: “Estás equivocado”. De ese modo estamos poniendo al otro en la posición de declararse enemigo de nuestros criterios. ¿Y es ello inteligente?  Existe una vieja norma táctica: crear enemigos… sólo si es necesario. Por lo tanto, para oponerse a otras opiniones lo conveniente es intervenir diciendo: “Yo tengo otro punto de vista.” 

Esa técnica, que tiende a evitar cuerdamente que los demás se nos pongan en contra o nos rechacen, porque nosotros aleguemos que somos  los únicos que pensamos correctamente, o somos los que nunca nos equivocamos; esa técnica integra una categoría llamada estilo apagado. Y puede definirse como la  modulación que rompe la tendencia absolutista en la expresión del pensamiento.  Esta técnica del francés Jean Guitton posee una consonancia con ideas de Benjamín Franklin. En su autobiografía el norteamericano nos recomienda que, al polemizar, nunca digamos: “Yo discrepo”, o “estoy en desacuerdo”, sino  “yo tengo otro punto de vista”, para que así nuestro contendiente no sea sienta menospreciado, rebajado, y esté dispuesto a analizar nuestra posición que, dicha de modo tan cauteloso, no se opone explícitamente a la otra. Ejemplifiquemos el estilo apagado:  "Cuanto vamos a decir tiene solo un valor relativo y aproximado. A veces hemos creído que pintábamos en el agua, queriendo imponer reglas a lo que se burla de las reglas. La técnica de la novela ha dado ocasión a mil estudios, siempre más afortunados los menos rigurosos y estrictos, y siempre más objetables los que pretendían sujetar con el freno de los preceptos a este potro brioso y rebelde. Sin entrar en teorías comprometedoras ni querer contribuir con un cadáver más para la fosa común de las hipótesis inútiles, todos convendrán en que, de un modo sumario, y sobre todo hasta antes de las catástrofes –o sea antes de 1914, la primera Guerra Mundial- siempre esperábamos que la novela contuviese dos elementos principales: personajes y trama."

  Lo apreciamos exactamente, Alfonso Reyes no desea echarle encima al lector su crédito pesado como crítico, ensayista, culturólogo de acatamiento mundial. Y empieza por abajo, restándole tamaño a su juicio sobre la novela policial. El efecto,  uno y rápido: nos gana.En el estilo apagado, además de admitir la propia insuficiencia o las dificultades del tema, el autor puede matizar el enunciado mediante ciertos modalizadores: “quizás, tal vez, posiblemente, prácticamente, de acuerdo con un criterio común, como cualquier otro”, etcétera. Puestos así, de vez en cuando como para recordar que somos falibles. Con ello evitamos el estilo asertivo, es decir, un texto compuesto con afirmaciones inapelables. Tajantes. Matizando, el enunciado se personaliza de modo que usted, el comentarista, parezca un ser que piensa, pero deja pensar a los demás.

 Y qué habremos de suscribir sobre la “síntesis artística” que impone Vivaldi, ese maestro de todos, al comentario. Con ella, el periodista se diferencia del especialista “puro”. Hemos probado alguna vez llevar académicos e investigadores al periódico, y las conclusiones no han sido muy alentadoras. Pueden saber mucho, y quizás por ello, por esa carga de conocimientos,  pierden la síntesis y la forma. Ahora me viene a la mente un libro de Alexis Carrel,  médico, premio Nobel, que escribió un libro famoso en un tiempo titulado La incógnita del hombre. El que recuerdo es su Diario. Y en esas páginas dice él, especialista en histología, que la mentalidad más ancha pertenece a los que no son “especialistas”. No pretendo escribir contra los especialistas: son útiles, necesarios; ejercen funciones insustituibles. Pero estamos hablando de periodismo y periodistas. Y nuestros análisis se han de caracterizar por un ancho universo de referencias, cuyo alcance permita asociar los hechos más lejanos o más disímiles entre sí.  La síntesis artística falta, por lo usual, en textos destinados a la prensa y que  resultan “sumamente especializados” y, por tanto, divorciados de la correspondencia dialéctica entre la forma y el contenido La síntesis artística se traduce en la esencia, lo típico, del fenómeno y en una expresión que discurra  a través de formas que, exaltando el contenido, no solo persuadan sino -como le gusta decir al español Alex Grijelmo- seduzcan. Seduzcan por su organización armónica. Somos periodistas. Y nadie, por tanto, está obligado a leernos o a oírnos. Ley elemental que, a menudo, algunos pretendemos violar. La forma, o el gusto por la forma,  no es un lujo; está entre las necesidades primarias del trabajo con las ideas y la información.

Perdónenme, al finalizar, que yo, tan inhábil químico, no haya podido mostrarles otra cosa que la fórmula del agua tibia.      

FECHA Y FLECHA

FECHA Y FLECHA

Por  Luis Sexto 

No todos los hechos, ni todos los días, son históricos, aunque nos aburramos de asignarles ese epíteto. Recuerdo que uno de mis alumnos de técnica periodística se molestó, porque le taché esa palabrita en un ejercicio informativo sobre un acto sin trascendencia. Le queda bonito, me dijo. Pero lo falsea, le argüí. Así, de tanto usar palabras donde no caben, van ellas perdiendo su influencia. Su sentido. 

Los hechos y los días históricos entrañan un cambio, aunque sea mínimo. Como el día de hoy, que pertenece a la Historia. Es histórico aunque no lo digamos. Es un número rojo en el “fechario” de la patria. Todo empezó a ser distinto después del 24 de febrero de 1895. No importa qué sucedió tres, cinco, diez, 20 años más tarde. Interesa saber  que nada fue igual a como era hasta el día 23. 

Si ustedes supieran cuántas veces he tenido que escribir del 24 de Febrero en mi ejercicio periodístico. Pero no me canso. Ni me arredro. Hace mucho, un historiador, muy respetable, reprochó a algunos periodistas que siempre dijéramos lo mismo. Y que incluso repitiéramos a los investigadores. Y yo, que no siempre mantengo la boca cerrada, le respondí con una especie de ex abrupto que, quizás, no merecía. Le dije: Claro, no vamos, como usted, al archivo de Simancas. Desde luego, es útil y justo que los historiadores vayan a donde sea necesario para esclarecer la verdad histórica. Y que los periodistas repitamos el valor constituido de la Historia.  

A ello voy. El 24 de Febrero es una fecha independentista. Y es más: una fecha antiimperialista. La guerra del 95 fue también convocada para, de acuerdo con Martí, impedir a tiempo con la independencia de Cuba que los Estados Unidos cayeran sobre nuestras tierras de América con esa fuerza más. Es decir, con el dominio de Cuba, que los americanos le arrebatarían a España. La disyuntiva continúa vigente. O independientes o dominados. Los riesgo, incluso, se han acrecido. Riesgos como dictados por intereses locos desde los Estados Unidos.

El día, pues, me parece apto para reflexionar. Son muchas las insuficiencias; mucha la ineficiencia; muchas las aspiraciones aplazadas. Pero si integramos un pueblo maduro, nuestra óptica tendrá que trascender el apetito insatisfecho, y preservar la conciencia nacional. ¿Qué vino de allá, del Norte después de 1898? Vamos a ver… Los ingenios fueron mayores, unas cuantas fábricas, la televisión. Pero, en cambio, sufrimos la dependencia, el subdesarrollo, el peculado, el analfabetismo, la insalubridad, la injerencia militar -no olvidemos que la tripulación del B29 que abatió a Hiroshima se entrenó en Cuba-…  

Por lo visto, a pesar de carteles con frases célebres y aparentemente justas, gozamos en la república ficticia de muy poco de esos derechos hoy tan proclamados. ¿Y quién nos asegura que los tendremos si el péndulo vuelve a la dependencia? No existe otra opción. Si el 24 de Febrero pertenece al “fechario” de la patria, hace falta que para defender esta fecha, tengamos listo el “flechario”, es decir, las flechas a mano.    

EN LA RUTA

EN LA RUTA

Por Luis Sexto

 Soy un ciclista frustrado. Desde mi adolescencia he deseado alistar una bicicleta en ingerirme en Cuba, desafiando las carreteras, en el llano o la montaña, bajo el sol o la lluvia. Como un rutero de la Vuelta.  

Andar, caminar, es, para mí, la suprema imagen poética del destino humano. El hombre está encadenado al camino. Unas veces se le difumina en el horizonte como la vía del progreso; otras, como el remedio contra la soledad. En todas como la promesa del cambio, la concreción del sueño, cuando no el sueño mismo. 

Por esas sensaciones que anudan la ruta a la vida, el rutero repite en su itinerario el drama de la existencia: lucha y pasión, fe y esperanza. Y en el medio, más bien como síntesis, la emoción, constante, multiforme. Ahora es la angustia, luego el miedo, después el desaliento, más tarde la alegría de firmar con sus ruedas en la playa blanca de la meta. Sólo el rutero, poeta diferente, puede describir las emociones de la Vuelta. Hace falta la tinta de su fatiga. Yo, que he sido testigo, cronista, solo he podido intuirlas, presentirlas, reflejarlas en mi corazón. 

Las emociones del rutero se agazapan a al vuelta de aquella curva, entre las palmadas vocingleras de un pueblo fugaz. Marchan junto al ciclista, a su rueda, impulsándose con el jadeo del pedal. Se le enciman ahora en esa pendiente. Los tubulares, tan delgados como un lápiz, se desplazan en giros que asfixian. Y más adelante, una torpeza del manubrio, o una mancha de grasa, un bache perpetuado por la desidia, engendran el caos de cuerpos y máquinas. La caída. Y sin sacudirse el polvo, o compadecer el rasguño, el rutero se hace jinete otra vez...

Una, dos, tres horas afrontando los rigores de los elementos, entre la salida del paradero donde durmió y la llegada a la próxima estación. Jamás el sol o el agua han sido generosos con el rutero. Y la sed airea su bandera roja. Y la aguja de los músculos desciende hasta el calambre. De pronto, claxons. Gritos. El pelotón se desenrosca; se alarga como un relámpago. Los asistentes, en sus vehículos de motor, se escurren hacia delante por la guardarraya que el pelotón les cede. Y se ubican a la orilla, para que, al pasar, el sediento y el hambriento recojan de un manotazo su provisión. 

Fervor y gratitud hacia aquellos días de reportero, me abonan los recuerdos. En los momentos en que pude seguir la Vuelta, llegar con ella al fin de cada etapa, mi anhelo de engarzarme con la ruta y dominarla se compensaba con los dátiles de la ilusión. No estaba entre los ruteros. Pero iba detrás o delante de la caravana, humedeciéndome también, con los destellos de un beso en la meta, de un aplauso en el camino. Y experimentando riesgos. Como aquel de 1974. 

El disparó resonó en el malecón de Baracoa, y la Vuelta arrancó. La Farola se erguía delante como la prueba inicial de estos argonautas que desamarraban sus piernas en busca del vellocino de la gloria. Subimos. Yo viajaba al lado del conductor del yip. Nos acompañaba el periodista mexicano Francisco Javier Carmona. Empezamos a bajar. Y de pronto, los frenos tocaron el piso sin que el vehículo aminorara su vértigo. El susto, acróbata del temblor, se colgó de nuestras gargantas. Carmona, con una serenidad que le atribuí a su sangre aborigen, me preguntó qué íbamos a hacer. Esperar a que un obstáculo o el plano nos paren. Y si nos matamos, arguyó. Nos morimos, qué otra cosa. Pero moriremos como ruteros. En el camino.        

NI TRANSICIÓN, NI SUCESIÓN: CONTINUIDAD

NI TRANSICIÓN, NI SUCESIÓN: CONTINUIDAD

Por Luis Sexto 

Cuba es una especie de jardín de las especulaciones para muchos que la juzgan desde fuera. Por no ver lo que es, suelen equivocarse incluso algunos de aquellos que la juzgan con el lado izquierdo del pecho, es decir con amore. Y los que enjuician los acontecimientos cubanos con el estómago, la nostalgia del paraíso perdido o la geopolítica del hegemonismo,  habitualmente distorsionan el acontecer y creen lo que intentan hacer creer a los demás. Por ello, quizás estos últimos, que revolotean en círculo sobre Cuba, esperando el último estertor de lo que presumen un “régimen herido”, han pasado casi medio siglo esperando que se cumplan los deseos de una muerte anunciada.  

Hace unos días, se estremecieron los cuartos oscuros de la manipulación mediática. Qué no se habrá dicho de Fidel y el mensaje donde exponía su decisión de no permitir que lo propusieran o eligieran como Jefe del Estado. La impresión general fuera de Cuba, halló casi un calificativo unánime: inesperada. El propio Fidel Castro se encargó, en el mismo texto, de bloquear anticipadamente esa presumible opinión entre cuantos viven de las especulaciones. ¿Acaso desde hacía unas semanas él no venía  diciendo con una frase aquí y otra más adelante que no se aferraría al poder, que no entorpecería el natural relevo generacional?  

Por otra parte, los que creen en Fidel, los que conocen la ejecutoria política de Fidel Castro saben que el líder de la revolución pose una virtud principal: hacer lo que en cada momento estima que debe hacer después de valorar el perfil de la realidad donde cualquiera de sus decisiones podrían influir en el destino de sus compatriotas. El que esto escribe esperaba que Fidel actuara con apego a su norma ética, a su concepto de la política y a la objetividad de su visión estratégica. No soy de los que, en un exceso de filiación doctrinal o de Partido, cree que Fidel es un “superhombre”. Uno cree en él, precisamente por ser todo lo contrario: un hombre,  un varón  de  virtudes y abnegaciones, incluso de defectos, capaz de hacerse a sí mismo la oposición si ello implica beneficiar la causa común. Para los verdaderos fidelistas – ¿Cuántos? Millones-  el mensaje de Fidel conocido el 19 de febrero pasado no resultó inesperado. Porque sabíamos que él, valorando su estado físico actual, limitado en sus movimientos por la convalecencia de una grave enfermedad, no aceptaría jamás ejercer sus deberes bajo esas condiciones. Estamos hablando de un jefe de Estado y de Gobierno que cumplió su largo papel dirigente y orientador en el camino. En contacto con la vida, con la gente, con lo hecho y lo que aún faltaba por hacer. Esa es su escuela. ¿Sería consecuente consigo mismo gobernar desde la inmovilidad?   

El otro calificativo que se aplica a la situación actual en Cuba, es el de transición. A la mayoría de los cubanos,  y sobre todo a cuantos seguimos la política y la evaluamos primordialmente desde el apoyo militante, ese término nos advierte de cuán despistados están los analistas de ese mundo al que llaman libre y que permanece preso de sus obsesiones y sus ambiciones hegemónicas. ¿Transición?  ¿Qué es eso? Preguntaría el cubano que juega dominó un domingo en la acera de su calle, o el que un parque polemiza sobre béisbol, o el que espera ansioso un ómnibus para ir a su trabajo, o se afana honradamente por adquirir algún alimento a menor precio. Los especialistas y políticos de la Norteamérica impopular o del Madrid del coqueteo con los toros que hoy pisotean las arenas de Bagdad, asumen como transición la vuelta de Cuba al rebaño estadounidense. Para los revolucionarios cubanos eso significa volver atrás; regresar al pasado de capitalismo dependiente. Y hacia el pasado no parece encajar en la semántica de la palabra transición. Ese aspecto los gobiernos de Washington, ni los más serios, lo han considerado como una legítima opción de la mayoría de los cubanos. En Cuba, la Historia es una lección vigente.

La política exterior norteamericana sigue siendo la del “big stick”, el garrote del neolítico que adquiere hoy el fuselaje misilístico  de la era “tecnotrónica”. Con lo cual confirmamos que desarrollo tecnológico y científico no equivale a perfeccionamiento ético y humano de sociedades metalizadas. ¿Qué pueden ofrecer los Estados Unidos a Cuba? La dependencia y la subordinación. O qué otro destino pretende la más poderosa potencia mundial con haber nombrado un gobernador norteamericano, en ausencia,  para la “transición”en la minúscula isla del Caribe, a la que llaman Llave del Golfo. Fíjense: esa es la injerencia oficializada, programada sin recato, ni respeto por el derecho internacional, ni por los cubanos que vivimos en Cuba. ¿O podemos creer que los cubanos son solos los que insultan a Fidel Castro y vaticinan catástrofes  por una paga en Miami?  ¿O el grupo de llamados disidentes dentro del país y que también se fajan entre ellos por los estipendios del “endowmen democracy”? 

Así veo las cosas. En Cuba, con la elección de Raúl Castro a la presidencia del Consejo de Estado se ha efectuado un relevo de gobernantes. Del mismo partido, con la misma historia y con los mismos propósitos: preservar la independencia y perfeccionar la justicia social mediante el desarrollo del socialismo. Fidel, pues, no ha sido sustituido, ni sucedido.  Es improcedente hablar en términos tan comunes. No me interesa la retórica, ni conceptúo la política como una religión adoradora de ídolos, ni como el método para conquistar fines espurios. Sencillamente,  sirvo ideas y respeto a los hombres que las representan. Por tanto, soy objetivo cuando apunto -y sostuve en Insurgente  el 15 de marzo de 2006- que “Las personalidades  no son las decisivas en los procesos sociales. Pero, en ciertos momentos, se tornan imprescindibles. Sin Fidel, quizás la historia de los últimos 60 años en Cuba hubiera presentado diverso perfil. Nos hubiéramos demorado buscando el índice más correcto, más capaz. Antes de Fidel, y del Moncada y la Sierra Maestra, dudábamos y nos fragmentábamos alrededor de decenas de personajes de faroles cortos. Por eso, Fidel Castro encarna esa voluntad de independencia. Después de Fidel no habrá que inventar necesariamente un líder, un émulo. La Historia no reparte sus papeles definidores y elige sus actores con los instrumentos de las herencias o los esquemas dinásticos. Y, por tanto, para que sea posible el país sin Fidel, y el legado fidelista no retroceda sino se perfeccione y se multiplique, la compensación del poder tendrá que ejecutarse mediante un sujeto corporativo encabezado por el Partido Comunista. En las instituciones mejoradas y equilibradas multilateralmente para evitar el verticalismo y en la profundización de la democracia, parece hallarse la clave de la perdurabilidad de la Revolución y su ideario socialista de libertad, igualdad, justicia social y bienestar. Democracia participativa, en efecto, distinta a la democracia occidental, norteamericana, cuyo multipartidismo –que se presenta como modelo- se reduce al dominio alternativo de  dos grupos de poder, al margen de los ciudadanos.  Por tanto, en la democracia cubana no podrá haber espacio para las corrientes que miran al Norte y aspiran a sometérseles con la recurrencia al capitalismo. Ni tampoco espacio para la burocracia que pretenda erigirse en intermediaria entre el poder y la gente.” 

Ahora bien, Raúl Castro, entonces primer vicepresidente del Consejo de Estado y ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, habló públicamente -unos pocos meses antes del  27 de julio de 2006- de que entre todos, si el Jefe de la Revolución fallecía o enfermaba, podríamos sustituir a Fidel. Lo reiteró, incluso, el pasado 24 de febrero, en su primer discurso como jefe de Estado electo. Habrá, con Raúl, pues, un gobierno corporativo en esencia y metodología. Pero él, como figura sobresaliente de la generación que organizó, encabezó e hizo triunfar a la Revolución, posee los méritos suficientes y el carisma personal necesario para merecer la confianza del pueblo. Y de hecho posee esa confianza. Su historia insurreccional frente a la tiranía de Fulgencio Batista, su capacidad de organizador, su discreción, su ética de hablar claramente y su espíritu práctico y, sobre todo, su respeto insobornable –además del cariño fraterno- por Fidel, lo realzan ante la intuición popular. 

Qué sucederá partir de ahora cuando ciertamente en Cuba la mayoría solo acepta una posible transición: esa que ha de progresar hacia un socialismo mejorado; un socialismo racional, sin dogmas, sin distorsiones burocráticas que limiten la democracia participativa y el desarrollo de la propiedad social. Consecuente con la visión del propio Fidel en su discurso del 17 de noviembre de 2005, cuando advirtió que la Revolución solo podría perecer en manos de los errores de los revolucionarios, la sociedad cubana se aplicará, sin vacíos traumáticos, sin nostalgias invalidantes, a solucionar su principal problema: una economía disfuncional, que si bien está afectada por las restricciones del bloqueo norteamericano –que intenta impedir, y lo consigue en considerable magnitud, el comercio y las inversiones en Cuba- también experimenta el deterioro causado por errores de organización y concepto. Todavía quedan en las estructuras económicas cubanas restos de la influencia del socialismo europeo fracasado hace casi  dos décadas. Y a juicios de muchos especialistas, el arma más efectiva contra la hostilidad de los Estados Unidos, es cuanto hagamos dentro de Cuba para neutralizar el bloqueo económico, financiero y comercial, y anularle a la propaganda contrarrevolucionaria el argumento de nuestra pobreza y nuestras limitaciones materiales  

El 26 de julio de 2007, Raúl Castro habló de la necesidad de transformaciones estructurales y conceptuales. Y en su Mensaje donde declinaba su candidatura, Fidel aludió a las grandes decisiones que habrá de adoptar el nuevo parlamento. El 22 de febrero escribió, en una reflexión que polemizaba con opiniones de personeros del gobierno y la política norteamericana, que él estaba de acuerdo con los cambios si fueran en los Estados Unidos. Pero nadie puede interpretar que es su negativa al proceso de perfeccionamiento del socialismo cuya necesidad él mismo previó. Líneas después, en ese texto, dijo: “Cuba seguirá su rumbo dialéctico”. Y qué es la dialéctica sino la negación y la afirmación chocando entre sí, depurándose, modificándose para hallar una nueva síntesis superadora y superable. La dialéctica es coherente con aquella premisa que en el año 2000, Fidel expuso como un rasgo definitorio del concepto de revolución: cambiar todo lo que tenga que ser cambiado. ¿Cambiar? Cambiar según la herencia viva de Fidel es mejorar. Es modificar cuanto estorba, limpiar cuanto está sucio, ampliar cuanto se ha estrechado.

Por supuesto, a partir de ahora Fidel  no salpimentará los debates parlamentarios o en el seno del gobierno con sus juicios polémicos; no espoleará  análisis que a veces se resienten de pusilánimes aprensiones y acomodamientos. No estará. Y debemos crecer, para aproximarnos a su estatura. Porque Fidel no ha “caído”, como gritan algunos por los acomodados magnavoces del extranjero. Fidel no ha “caído”, señores del más allá; Fidel se ha alzado sobre cualquier limitación humana. Y sigue siendo, simplemente, Fidel.        

INVENTARIO DE LA NOSTALGIA

INVENTARIO DE LA NOSTALGIA

Por Luis Sexto 

Uno podrá olvidar los versos que amortiguaron las pasiones cerreras, toscas, del erotismo o la gula, la envidia o la intriga. Pero difícilmente nos desentenderemos de las canciones que colgaron del aire de nuestra juventud. Lo demostré hace poco cuando me pidieron bajo signo de confidencia que recordara alguna canción de la música más cercana en mis años de comer rositas de maíz. Y enseguida el lobo de la nostalgia comenzó a aullar ante las lunas pasadas. 

La nostalgia suele ser un cachorro dormido en una perrera doméstica. Despierta morosamente de vez en cuando ante un olor, un día nublado, la recurrencia de unos pasos por los mismos lugares de antaño, pero reacciona, como en un golpe de electricidad, al evocar u oír cierta música. Porque la música es un indeleble almacén de la añoranza, refugio a prueba de ganzúas y quebrantamientos ajenos. Los años y los sentimientos formadores se suceden dentro de una placenta rítmica y melódica. Enamoramos oyendo una canción, sufrimos con otra pieza rozándonos la aldaba de la intimidad zaherida. Y sueños, deseos, propósitos se nos avivan mientras escuchamos la voz y el timbre de la época –la época en que la vida es todavía una simple herramienta para bajar los mangos más jugosos y más altos- y en nuestra desnudez experimentamos que pertenecemos para siempre al momento irrepetible de la juventud, cuya música nos graba al fuego, en el anca, un círculo de propiedad.  

Podría decirte –respondí a quien preguntaba por mis preferencias- que todo lo de Nino Bravo. Ese que gritaba por Noelia, o que llevaba un beso y una flor por equipaje, y de quien me dijo el barítono cubano Ramón Calzadilla que era un cantante de primera división, y “te lo aseguró yo, que canto y enseño a cantar”. Repta la nostalgia al recordar cuán dulcemente cursi fui cuando mi corazón se diluía -azúcar en la sartén-  releyendo unas cartas amarillas. Y ahora, al confesarlo, no me avergüenzo. Ya me atrevo a pregonar que la cursilería es parte de la condición humana. Alguien pudo aseverarlo antes. Me sacudo, sin embargo, del plagio, porque las evidencias, como las frases populares, pertenecen a quien las necesita. Y no lamento mi gusto caótico que lloraba con O sole mio y la escena culminante de La Traviata, y se enternecía a la par con Inolvidable, el bolero de Julio Gutiérrez, noción de la fe eterna en unos labios que otros labios hacían recordar, porque “los tuyos inolvidablemente vivirán en mí”. ¿Algo más humanamente cursi?  

Y qué más podré añadir de aquella música predilecta de mis 22 años, además de White, Lecuona, Ankermann, Prats, y la trova de Sindo y Delfín, y todo ese lirismo en cuyo fondo se sahúma y perdura la más cálida cubanía.  

Ahora, en la contemporaneidad, carezco de preferencias. ¿Estoy viejo? Eso es verdad. Y tendría que decirte, si te interesa, que, salvo los que perviven sin fecha fija –Beethoven, y Shumann, y Mendelson y Shubert- nada mece mis días, salvo lo propio de mis días primordiales. ¿Silvio y Pablo, me preguntas? Ambos son mis coetáneos. Sus canciones acompañaron parte de mis marchas, mis aventuras, mis intentos por pisar hondo en el camino. Ya ellos no pertenecen al tiempo. Lo trascendieron. He de responderte entonces imitando a José Antonio Méndez. En una entrevista me confesó el patriarca de Novia mía, como suele decirse en las entrevistas, que entre sus canciones la que más le gustaba era aquella que aún no había compuesto. Y por tanto, las que yo prefiero ahora, en este presente que coincide con las dos terceras partes de mi existencia, son las que aún no he oído. 

Y si me obligaras, rectificaría aceptando querer oír cierta música de moda entonces y que soslayé en mis juveniles campañas. ¿Cómo tildarme por aquella imprudencia? ¿De inculto? ¿Tonto? Quizás lo último. Despistado. Y solo eso. Carecí de espacio y conocimiento para  rechazarla. Tampoco la condené envuelto en el saco rígido del extremismo. Pasé, simplemente, sin oídos y sin información ante aquel trastorno mundial. Y cuando tintinea hoy como chispa genial de la música de ayer, no tengo derecho a la nostalgia. Sí al bochorno. Debo, por tanto, acercarme a Lennon, en el parque de 17 y 6, en El Vedado. Y pedirle perdón. Yo no oí a Los Beatles… Y me pesa. Estaba sordo yo o qué.    

RESPETO Y PALABRA

Por  Luis Sexto 

Hemos hablado alguna vez de que no hablamos bien, a pesar de que Cuba ha dado numerosos maestros de la lengua, como Martí, Heredia, o Carpentier, Guillén, Dulce María Loynaz, Lezama. Y no me refiero a nuestro hablar atropellado, vital, apasionado. Quiero, hemos querido decir que vamos reduciendo el vocabulario y deformando la prosodia. Por ejemplo, conocido es el viejo chiste en el que para pronunciar “está aquí ya”, un cubano suelta en ráfaga algo casi incomprensible: “ta qui llá”.   

Como los defectos y los problemas se resuelven luego de ser reconocidos y de haber reflexionado, estamos, a mi ver, en el momento exacto para mejorar. Todos. Padres, maestros, estudiantes. Porque nadie pretenderá lograr una superación de las formas incorrectas y malsonantes con que mayoritariamente usamos el habla, si quienes recomiendan el perfeccionamiento, o lo enseñan, predican con el mal ejemplo. 

Me atrevo, pues, a sugerir que  nuestras escuelas exijan la expresión oral apropiada. La lengua nacional tiene que ser una asignatura rigurosamente impartida y examinada, no solo en sus reglas gramaticales; también en su empleo cotidiano. Porque si en nuestro sistema predominara el oficio de instruir por encima del de educar, con el tiempo sobrarían los letrados incultos. Sabemos que la palabra es el envase comunicable del pensamiento, ¿habrá acaso que repetir la manoseada verdad de que pensamiento carente o torpe de palabras será siempre mal o incompletamente pensado y expresado y, por ende, mal comprendido?  

Pero mientras la sociedad adquiere conciencia de esta deficiencia y se adoptan los criterios pedagógicos para erradicarla, hay otro asunto en nuestra habla que necesita también ser corregido. ¿Se ha fijado usted, y usted, y aquel,  que también despojamos al idioma común y pasajero de sus delicadezas y ternuras?  No estoy –advierto- en una posición negativa. Ni hipercrítica. Sencillamente, pulso nuestra realidad. Y echo de menos a términos como “por favor”, “gracias”,  “buenos días”, “adiós”,  “por nada”, en fin, esas frases que indican que las personas se toman en cuenta unas a otras, y se respetan. 

Para respetarnos mutuamente no requerimos que sesudos pedagogos compongan un programa de urbanidad. Basta con saber que el amor hacia el semejante es una prolongación del amor hacia uno mismo. ¿Quién es tan ingenuo de creer que al maltratar a otro recibirá en cambio una buena acción, un gesto plausible?  

Existe una ley desde hace milenios: trata a los demás como quieres que te traten. Por ello, la lengua es rica en palabras y locuciones tiernas y respetuosas. Los cubanos somos por idiosincrasia gente llana, cordial, renuente a las fronteras impuestas por rangos y desigualdades. Pero esa capacidad de emparejarnos, de  sentirnos iguales, no implica la irrespetuosidad que arrasa en vez de allanar, que despoja en lugar de preservar. Vivimos en una sociedad basada en las relaciones solidarias. Y la lengua y el habla no pueden andar de espaldas a nuestro ser, ni  a nuestra historia.   (Publicado en Juventud Rebelde)                                                                                            

AMOR IGUAL A SOCIALISMO

AMOR IGUAL A SOCIALISMO

Por Frei Betto

El fin de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín significaron, para el planeta, la hegemonía unipolar del neoliberalismo y el agravamiento de las desigualdades sociales. Hoy día somos 6.6 mil millones de habitantes en el mundo, de los cuales, según la ONU, 2/3 viven por debajo de la línea de pobreza, y cerca de 1.4 mil millones de personas viven en la miseria, o sea, disponen de una entrada inferior a US$ 1 por día, o US$ 30 por mes. De ellos, 854 millones sufren hambre crónica.

Bastarían US$ 500 mil millones para reducir drásticamente el número de hambrientos en el mundo. Sin embargo se gasta anualmente el doble de dicha cantidad en armamentos. Se invierte en la muerte, y no en la vida. Ésta es la lógica del sistema capitalista.

En un momento importante como ahora no puedo callar esta pregunta: ¿Por qué el socialismo, que en teoría significaría una alternativa humanitaria al capitalismo, fracasó en Europa y en Asia? Hay muchas hipótesis y explicaciones. Pienso que el capitalismo tuvo la sagacidad de que, al privatizar los bienes materiales, intentó socializar los bienes simbólicos. En el interior de una chabola en una favela de Rio de Janeiro una familia miserable, desprovista de sus derechos básicos como alimentación, salud y educación, puede soñar con el universo onírico de las telenovelas y creer que, a través de la lotería, de la suerte, de la iglesia que le promete prosperidad, o incluso de la delincuencia, podrá tener acceso a los bienes superfluos.

El socialismo cometió el error de, al socializar los bienes materiales, privatizar los bienes simbólicos, confundiendo la crítica constructiva con la contrarrevolución; cerceando la autonomía de la sociedad civil sujetando al partido los sindicatos y los movimientos sociales; cohibiendo la creatividad artística por medio del realismo socialista; permitiendo que la esfera de poder se transformase en una casta de privilegiados distantes de los anhelos populares; cayendo en la paradoja de conquistar grandes avances en la carrera espacial y no ser capaz de suplir debidamente el mercado minorista de géneros de primera necesidad.

Hoy día queda Cuba como ejemplo de país socialista. Todos nosotros conocemos los desafíos y problemas que esta Revolución enfrenta en vísperas de su medio siglo de existencia. Sabemos los nefastos efectos del criminal bloqueo impuesto a Cuba por el gobierno de los Estados Unidos y cómo la Casa Blanca mantiene injustamente encarcelados a cinco héroes cubanos comprometidos con la lucha antiterrorista y favorece a terroristas renombrados como Posada Carriles.

A pesar de todas las dificultades, Cuba, en estos 49 años de Revolución, logró asegurar a toda su población los tres derechos básicos del ser humano: alimentación, salud y educación. Y algo más importante aún: elevó considerablemente la autoestima de la ciudadanía cubana, que tan patentemente se expresa en sus victorias en los campos del arte y del deporte, así como en la solidaridad internacional, a través de miles de profesionales cubanos de las áreas de la salud y la educación presentes en más de un centenar de países del mundo, generalmente en regiones inhóspitas marcadas por la pobreza y la miseria.

Cuba tiene una responsabilidad histórica para con la memoria de José Martí, del Che Guevara y de todos aquellos que dieron la vida por su independencia y soberanía: ¡el socialismo cubano no tiene derecho a fracasar! Si sucediera así, no sería solamente Cuba la que, como símbolo, desaparecería del mapa, como sucedió con la Unión Soviética. Sería la confirmación de la funesta previsión de Fukuyama, de que "la historia terminó"; que la esperanza - una virtud teologal para nosotros los cristianos- se acabó; que la utopía murió; y que el capitalismo venció, venció para unos pocos - el 20% de la población mundial que usufructúa sus avances- sobre una montaña de cadáveres y de víctimas.

Nosotros, amigos de la Revolución cubana, no esperamos de Cuba grandes avances tecnológicos y científicos, servicios turísticos de primera línea, medallas de oro en competiciones deportivas... Esperamos mucho más que eso: la acción solidaria de que hablaba Martí; la felicidad de un pueblo construido sobre la base de valores éticos y espirituales; el principio evangélico del compartir los bienes; la creación del hombre y la mujer nuevos, como soñaba el Che, centrados en la posesión, no de los bienes finitos, sino de los bienes infinitos, como la generosidad, el desapego, el compañerismo, la capacidad de hacer coincidir la felicidad personal con los éxitos comunitarios.

En resumen, anhelamos que, en Cuba, el socialismo sea sinónimo de amor, que significa entrega, compromiso, confianza, altruismo, dedicación, fidelidad, alegría, felicidad.
 Pues el nombre político del amor no es otro que socialismo.
(Frei Betto, religioso dominico; escritor brasileño, autor de "Fidel Y la Religión". )
  

 

CITA CON EL PASADO

CITA CON EL PASADO

Por Luis Sexto

Me ha llegado de Las Tunas un libro con olor a galán de noche. Y que parece haber sido escrito entre los recovecos donde los niños ocultábamos la fantasía que sacudía el pañuelo del abuelo o se iluminaba en la tardanza del amanecer. Es un libro breve. Tan breve como las memorias que trata de remitir, entre las solapas de la poesía, hacia la estación del nunca morir.

Renael González no me ha sorprendido, aunque me ha remecido como un invierno impronosticable, con su noveleta La aguada de los milagros. El autor y yo nos conocíamosmos en el respeto, la delicadeza y la discreción de la distancia. Hace 20 años comenté con ánimo limpio uno de sus decimarios –ya era él un escritor de aciertos. Hasta hace poco nunca nos habíamos visto. Los días del nacimiento, sin embargo, nos vinculaban. Renael nació en 1944 y yo al año siguiente. Y supongo que ha de saber, por esa coincidencia, cuánto me atañen las evocaciones de la infancia o la juventud, y me ha premiado con esta trémula lectura.

Y qué busca este escritor de mi generación en la infancia, como otro coetáneo, José de Jesús Márquez, en su libro Asunto de familia publicado hace tres años en Matanzas. Qué encontramos en esa edad que tratamos de retener y que Renael González hace perdurar literariamente, en el esplendor de su sensibilidad gobernada con el oficio, aún milagrosamente niño, de las palabras y las imágenes. Vivíamos entonces bajo la comba de un ambiente embrujado, mágico; ámbito de apariciones y visiones que sustituían el conocimiento entonces precario, pero que nos mostraban al tacto de la poesía natural que cada ser, cada cosa, cada gesto, cada accidente tenían un alma sintonizada a la nuestra.

Tal vez por haberla vivido en la pobreza del cuerpo y en la carencia del intelecto, la niñez, y la juventud inaugural -de los 15 a los 20 años-, se nos fijaron a los ojos, a los deseos sin réplicas, y por ello no queremos perderlas. Nos negamos a que el niño aquel –título de otra novela que recobra la infancia- se nos haya extraviado en aquella frase: Cuando yo sea grande…

Eso decíamos mientras la ingenuidad desaparecía en la ropa que iba quedando corta y estrecha, sin que tal cataclismo nos afligiera salvo en la impaciencia por acabar de ser adulto y asumir como papeles titulares el cigarrillo prematuro o el amor de mentiritas.

La niñez y la juventud componen –como dijo un señor mexicano de muchos rangos y mucho más ingenio- un defecto del cual uno se corrige con la edad. Quizás en esa virtud que desbroza las imperfecciones de las edades primeras, se acuclilla el peor defecto de nuestra especie: envejecer, y dejar atrás los años en los que la vida volaba sobre las nubes errantes de cualquier tempestad, y el tiempo semejaba la cola sin fin de un papalote airoso, bordeado de inocentes petulancias.

Y la evidencia anula cualquier criterio opuesto: la niñez y la juventud componen las edades más fugaces de los seres humanos. Ya hoy somos menos niños, menos jóvenes que ayer en lo físico, lo orgánico. ¿Seremos también menos sinceros, menos puros, menos audaces, personas que calculan el rumbo de las tendencias para hablar o actuar? Quizás el planeta se crispa, se muerde, se desgasta porque los adultos hemos dejado perder el niño o al joven que fuimos, y los niños o los jóvenes se transforman en adultos más aprisa.

Al leer La aguada de los milagros, me he prometido que si tuviese nuevamente la ocasión de decir aquella frase ritual, aquel ensalmo que pretendía acelerar los procesos naturales del crecimiento, mi respuesta será otra. Porque cuando yo sea grande… cuando yo sea grande seré lo que he sido, y seguiré siendo ese niño que, ahora, Renael González ha despertado en mí. Y me mira con unos ojos donde se adormece la indefinible caída de la tristeza. La tristeza por el que fui y no seguí siendo.