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PATRIA Y HUMANIDAD

ESENCIAS Y APARIENCIAS EN MAÑACH

ESENCIAS Y APARIENCIAS EN MAÑACH

    

Luis Sexto

Empecé a estimar tempranamente a Jorge Mañach.  Tenía unos 18 años. Entré en La Moderna Poesía, entonces con los precios democráticos impuestos por la Revolución, y sobre una de las mesas, un libro de artículos ensayísticos de Mañach, impreso por la Editorial Trópico en 1939: Pasado vigente.  El nombre del autor suscitaba en mí la resonancia de alguna previa información periodística o literaria. Lo compré por uno o dos pesos. Había invernado largamente en los almacenes, porque sus pliegos estaban pegados con el sello de lo virginal. Viejo y nuevo a la vez, aun lo conservo. Sucesivas lecturas lo han subrayado, anotado y desencuadernado. Todavía esa prosa fluida, rítmica, conversacional, tramada con  tuétano, me gusta y renueva la primera impresión: quien quiera escribir en Cuba, y conocer a Cuba, tendrá que cursar también un noviciado en los libros de Mañach.

Porque no fui su coetáneo, tal vez me suscribí al estilo de Mañach. Incluso, quizás sienta por él alguna compasión: lo observo desde la distancia, mirador cuya  visión de fondo ayuda a proscribir el prejuicio. Y me he convencido que pocos como él experimentaron con tanta lucidez reflexiva y tanto acierto estilístico el nacimiento definitivo de la nación, mediante el parto de la cultura como gestión intensa de las minorías.  Y pocos también como él, en su época, sufragaron,  con la incomprensión, la búsqueda de las esencias nacionales.

Quizás en apariencias asumidas como esencias por cuantos lo han juzgado, Mañach – nacido en el año definitorio de 1898 y muerto en otro con la misma condición de punto de viraje, 1961- hallaría la causa eficiente de su controvertido papel en la historia literaria y política de Cuba. No fue,  si pretendemos analizarlo objetivamente,  un político a la usanza republicana. Esto es, según la analogía aplicada por Enrique José Varona, no comió en las ollas de un chiquero, a pesar de acogerse a alguna toldería electoral y programática y desempeñar cargos en la administración de la república. Más bien fue político en la medida en que la cultura y la historia componen asideros de la política,  estación inevitable en los procesos primordiales de la sociedad.  

Vemos, pues, a  Mañach, inserto en una  realidad personal signada por una contradicción a veces insalvable en sus manifestaciones éticas. Entre su decir y su hacer culebrean las inconsecuencias que, en esa hora de la definición nacional, se convirtieron en traición  para cuantos se adscribían a la izquierda de la soga, y en paños tibios para los suscritos a la derecha. Tal vez por la hondura de su indagación en el alma cubana, intentó asumir posiciones ideológicas y políticas  más racionales –no obstante su militancia en el ultra ABC-, en una mezcla de denuncia y sujeción, audacia y pusilanimidad.  Ese fue, a mi modo de ver, el drama personal de Mañach. Un drama íntimo y público superdotado de aristas. Consciente de las urgencias y defensor de las ambivalencias.  Teórico pugnaz de los males y práctico inhábil de las soluciones. Escritor depurado, vigoroso, plantado en la tradición hispana y, en particular, en la herencia estilística de Martí, escribía, sin embargo, con tino de vanguardia en un país de analfabetos, en periódicos cuya prosa semejaba mayoritariamente, de acuerdo con Miguel Ángel de la Torre, la caligrafía de un cobrador de cuentas metido a periodista. Por supuesto, Mañach no quiso sustraerse de sus ínfulas de pequeño burgués con refinamientos de aristócrata. Ni renunció a la visión  de la democracia occidental vivida durante sus años de estudiante en los Estados Unidos. Y aunque hacia 1933, reconoció el daño que el Norte  infería a Cuba, estorbándole el desarrollo con su injerencia multilateral,  no preveía otra fórmula, en lo más distante, que  el orden norteamericano.

Hombre de equilibrios y evoluciones, conservador de estilo liberal, Mañach actuó posteriormente como la mayor parte de sus colegas en los años de la década del 30. De ellos  afirmó que se embarrancaban en los acantilados de La Florida, en “un ademán de avestruz”. Se fue a esperar que “los americanos” resolvieran el conflicto suscitado por la revolución cuya necesidad él mismo previo en sus artículos de el Diario de la Marina, en los meses previos al derrocamiento de la tiranía del general Gerardo Machado. Debo, sin embargo, matizar este juicio. El doctor Gregorio Delgado,  historiador de la salud pública cubana, amigo de Mañach, me reveló que el autor de Ensayo sobre el Quijotismo viajo a Puerto rico para  impartir  un curso en la Universidad de Río Piedras. Allí, en 1961, le diagnosticaron un cáncer en fase avanzada. Quiso regresar para morir en Cuba. Y aunque el entonces presidente Osvaldo Dorticós lo autorizó, aun  en medio del enconamiento entre revolución y reacción, su esposa no lo trajo. Hasta incidentes tan personales conspiraron contra el crédito de Mañach.

La apreciación exacta de su salida no estorba que aceptemos que el suyo –su obra y su conducta- es un caso de valentía estimativa, de atrevimiento profético resuelto en la pusilanimidad ejecutiva y en una rigidez ideológica que le impidió comprender las remezones sociales, políticas, culturales que un día le parecieron inevitables. Y llegó hasta ahí: hasta colaborar en hacer ostensibles los males y a convocar su cura. Jamás a participar en el remedio, distinto y opuesto, como sino, a la norma con que el mal (léase dependencia política, injusticia social) podría reformarse para proseguir perpetuándose. 

A contrapelo de  las aprensiones, hay que despojar a Jorge Mañach de sus estigmas. No de las llagas que él mismo se causó, sino de las que sus enemigos políticos le estamparon, con clavos que pretendieron nunca oxidarse. Jamás un despojo será tan legítimo. Porque la cultura cubana, en nombre de la política, no puede seguir prescindiendo del autor de La crisis de la alta cultura. Desde mi pequeñez empecé a reivindicarlo dos o tres años después de su deceso, sin ser consciente aún  de estar asumiendo una postura ética de auténtica raíz revolucionaria: aceptar y respetar a todo hombre honrado y toda obra de valores formales y conceptuales, aunque los identificara un lema contrario al mío en lo político o filosófico.

De hecho el proceso de su reivindicación literaria avanza. Martí, el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus principales ensayos han sido publicados en los últimos diez años en Cuba. Y en las universidades, al menos en las facultades o escuelas de comunicación social ciertos profesores lo muestran como modelo clave. El argumento parece incontestable: Estamos aún aguardando al creador de hoy, al estilista actual, que escriba sobre La Habana o sobre los cubanos y los entresijos de su conciencia, páginas iguales o mejores. ¿Quién puede oponerse? La obra carece de filiación partidista cuando, sobrada de calidad, se aleja del tiempo para estar en todos los tiempos. (Tomado de Cubahora

LAS SILLAS PARA LOS POBRES

LAS SILLAS PARA LOS POBRES

Luis Sexto

La Teología de la liberación ha bajado su voz como tendencia: Las admoniciones del Vaticano se han apagado, los libros han disminuido, los periódicos solo ocasionalmente convocan la estridencia ante el recuerdo de  sacerdotes suspendidos  de sus funciones o limitados por la Curia romana en el oficio de escribir o impartir clases. ¿Sin embargo, acaso ha cambiado o perdido actualidad, la situación sobre la que se fundamentó la polémica teología latinoamericana? Porque hubo, por supuesto, una circunstancia en que se inspiraron sus promotores: las dictaduras militares y el auge de la pobreza en América Latina y la dependencia creciente de los Estados Unidos.

Por tanto, cuando el libro Teología de la liberación, perspectivas, del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez (1928), circuló en 1971 entre especialistas, obispos, sacerdotes y laicos aventajados, además de politólogos de derechas e izquierdas, y de verdugos y expoliadores, unos comprendieron correctamente que la nueva interpretación del mensaje evangélico, ponía en el centro de la vida cristiana una elección, no una preferencia, por los pobres. En sí misma, la propuesta no era tan inédita. El Concilio Vaticano II había  comenzado su Constitución Gaudium et Spes con estas palabras: “El gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza de los discípulos de Cristo”.  Esta profesión pastoral, a pesar de su ambigüedad, se entroncaba con los orígenes del cristianismo. Hasta aproximadamente el siglo III de la era cristiana, los pobres componían la base de la Iglesia. Por ejemplo, los ricos debian permanecer de pie en las ceremonias litúrgicas, porque a los pobres  pertenecían los asientos.  El orden más tarde se invirtió: en los templos, los ricos tuvieron sillas reservadas o marcadas con el hierro diferenciador de sus nombres. Y los pobres integraron e integran aún en la Iglesia, la posibilidad de una opción preferencial, pero  nunca clasista como desea, y sugirió hace años, monseñor Pedro Casaldáliga, ex obispo del Matto Grosso.

Qué plantea en sustancia la  Teología de liberación. Joan Sobrino, uno de sus maestros, ha dicho en su libro El Jesús Histórico que “Gustavo Gutiérrez , ya en sus inicios, mostraba su descontento con una presentación de Cristo que causa la impresión  de irrealidad”, y cita Sobrino este párrafo del hoy religioso dominico Gutiérrez: “Aproximarse al hombre Jesús de Nazaret en quien Dios se hizo carne, indagar no solo por su enseñanza, sino por su propia vida, que es lo que da a su palabra un contexto inmediato y concreto, es una tarea que se impone cada vez con mayor urgencia”. Es decir, más que a un Cristo  universalizado en formas vagas y útil para cualquier uso, la Teología de la liberación recurre, exalta al Cristo histórico. Ese Jesús vivo en el dolor y la injusticia, y cuya doctrina, como escribió el brasileño Leonardo Boff,  “más que mejorar la expresión religiosa (…) pretende ayudar a la construcción del hombre nuevo” (…) y también “procura libertar la comunidad cristiana de la versión intimista y privatizante que se le ha dado al mensaje de Jesús”.  

La Teología de la liberación se propone, a mi parecer, una vuelta al cristianismo original. “Hoy se nos pide, sobre todo, un testimonio coherente, una proximidad samaritana, una presencia profética”, ha sintetizado  Casaldáliga. Pero los teólogos de la liberación sufrieron incomprensiones. Porque cuando el padre Gutiérrez dijo que “en este mundo de información, de técnica, el pobre está marginado del circuito económico”, parte de la iglesia se asustó.  En particular,  Juan pablo II,  nacido y formado como religioso en Polonia, país socialista, de sociedad centralizada y excesivamente ideologizada, se opuso porque previó que visión tan señaladamente crítica del capitalismo, particularmente en América Latina, podría legitimar el concepto marxista de lucha de clases.

Sin embargo, la Teología de liberación, atenuada en  su capacidad inicial de suscitar sospechas y conmociones, no ha pasado de moda. “Lo importante – ha dicho Gutiérrez- es que los malentendidos, cuando los hubo, hace tiempo que fueron superados a través de un diálogo sostenido y fructuoso”. Entre 1984 y 1986, el fundador conversó varias veces con el Cardenal Ratzinger, entonces prefecto para la doctrina de la Fe.

Convertido en Benedicto XVI, Ratzinger, en una homilía sobre San Juan Crisóstomo, el 26 de septiembre de 2007, parece expresar ideas que se concilian con la Teología de la liberación. Dijo:  “Juan, al comentar los Hechos de los Apóstoles, propone el modelo de la Iglesia primitiva (Hechos 4, 32-37) como modelo para la sociedad, desarrollando una «utopía» social (como una «ciudad ideal»). Se trataba, de hecho, de dar un alma y un rostro cristiano a la ciudad. En otras palabras, Crisóstomo comprendió que no es suficiente hacer limosna, ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad (…) Es la nueva sociedad que se revela en la Iglesia naciente. Por tanto, Juan Crisóstomo se convierte de este modo en uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia. (…)Y nos dice que nuestra «polis» es otra, «nuestra patria está en los cielos» (Filipenses 3, 20) y esta patria nuestra, incluso en esta tierra, nos hace a todos iguales, hermanos y hermanas, y nos obliga a la solidaridad”.

 La ética cristiana –es obvio-  se fundamenta en la caridad. No  la caridad que sugiere el término inglés carity, reducido a sinónimo de limosna, simple acto individual que tranquiliza conciencias, aunque nada transforma. La caridad -caritas latina, ágape en su versión griega- es, en cambio, el amor que todo lo sufre y todo lo arriesga por el prójimo, el pueblo. Y por tanto, la Teología de la liberación, al poner de relieve esa interpretación niega que Cristo quiera que siempre haya pobres entre nosotros.  Existen porque nacen cada día bajo la voracidad  de las transnacionales de la economía globalizada y del mercado insensible e insensato. Y, por ello, el enfoque teológico que las acusa continúa vigente.



¿GALGOS O PODENCOS?

¿GALGOS O PODENCOS?

Luis Sexto

Internet semeja un agujero negro: todo parece caber. También mucho suele perderse de modo que, como recientemente ha dicho un autor, el conocimiento suministrado por la red de redes está punteado de huecos, como un queso célebre. Pero algo se queda y vemos una cristalería abundante sobre Cuba. Todos escribimos, aunque algunos no sepamos.

Como en días de ciclón, nos creemos obligados ante la demanda de la temporada a sacar de los rincones y cuartos de desahogo todo cuanto sirva para nuestros fines: clavos herrumbrosos, maderas carcomidas… Construyo, por supuesto, una analogía, porque leyendo ciertos artículos me percato de que echamos mano a cualquier cosa para exponer nuestro pensamiento. Claro, escribir es un derecho. Publicar también, si vale la pena, aunque Internet y sus ilimitadas planicies lo admiten todo. Entonces, para ir precisando, no estoy en contra de que expresemos nuestra opinión. En todo caso, me opongo a una corriente que se me hace más evidente cada día: la intransigencia.

Mi bandeja de entrada, me espera cada mañana con estos o aquellos artículos sobre la situación cubana, y leyéndolos ya me resulta trabajoso distinguir si es la derecha o la izquierda la que dirige el teclado donde fueron escritos. Y ello confirma la antigua percepción de que la intransigencia suele admitir una verdad: la mía. La de los demás no existe, porque no concuerdan con la mía.  

La ecuación es simple. Y por esa vía el lector se somete a un aluvión de frases absolutas, sin matices. Incluso, el pasado sigue así pesando en Cuba, porque nada ha cambiado. Y si los historiadores –los de ayer- no recogieron estas o aquellas  hazañas de individuos de las clases o colores menos favorecidos, la culpa también es del presente,  cuando precisamente se saca a luz lo que estuvo oculto, quién sabe por qué razones pretéritas. Para el intransigente siempre habrá una razón: lo quisieron ocultar hasta hoy. O, por otro lado, le reprochan al discurso político que siga insistiendo en que la obra  de la Revolución es perfecta. Y obvian que de de ese mismo discurso ha partido la crítica a lo realmente obsoleto o imperfecto y ha convocado a modificar estructuras y conceptos. ¿A qué se debe ese énfasis crítico en una situación que ya se supera y nos supera? El dogmatismo, correlato de la intransigencia, se agazapa en más de un lado.

Lo dicho me conduce a una disputa fundamental: los que quieren que el país cambie y mejore y los que se oponen. Al menos se oponen si no es en el sentido que ellos suponen. Hay, por supuesto, ideas atendibles. Pero el tono a veces las invalida. Es tanta la ira con que algunas ideas se expresan que pierden la perla de una propuesta atinada. Y así ya uno no sabe de qué posición se piensa y se escribe. Porque no hallo mucha diferencia entre lo que leo en periódicos de Miami o Madrid o en sitios que ostentan membretes de la izquierda. ¿Una izquierda zurda? Posiblemente.

Pero todo lo que he balbuceado hoy se debe a un mensaje de un lector. Me plantea el litigio “entre los optimistas y los pesimistas; entre el sueño y la realidad; en la lucha dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo”. ¿Optimistas y pesimistas desde el lado de acá, es decir, entre los que nos autodenominamos revolucionarios? Porque yo puedo ser pesimista, pero respaldo lo que el Gobierno y el Partido, con todas sus manquedades e insuficiencias, prevén y proveen para enrutar al país hacia una sociedad racionalmente justa, productora de bienestar generalizado, y defensora sin concesiones de la independencia.

El pesimismo o el escepticismo no son dañinos, si a pesar de las dudas somos capaces de mover los brazos y la cabeza para halar o empujar las transformaciones. Es una posición de principio. Yo puedo estar en desacuerdo con cualquier decisión. Pero no me puedo enzarzar en la clásica disputa de los conejos, que se detuvieron en su huida para discutir si los perros eran galgos o podencos, y perecieron entre dentelladas. Ni mucho menos he de convertir la discrepancia en la condición previa para mi apoyo. Lo perjudicial, para mi juicio no muy ducho en asuntos políticos, es eso que llamo intransigencia, cuyas raíces se localizan en la psicología y en la ideología de las personas.

Pienso, pues, que para ser efectiva la política empeñada en construir relaciones sociales justas, con la persona en el centro de sus afectos y efectos, o para que una conducta sea respaldada por la razón ha de ser, más que intransigente, consecuente. Y no les ofrezco un juego de palabras. La intransigencia podría cerrar la salida a las soluciones o a las verdades; la consecuencia, en cambio, dispondrá las soluciones para salir de este o aquel laberinto cerrado, sin que la ceguera, la cólera o la petulancia nos debiliten  mientras creemos estar protegidos.

 

 

 

 

 

¿CAMBIAN LAS COSAS EN CUBA?

Luis Sexto

Una tendencia común entre nosotros ha sido actuar, o exigir actuar, con la rapidez de un corredor de cien metros lisos.  Somos hoy un  archipiélago impaciente. Y al parecer no nos place cambiar con la lenta y constante tarea de la gota de agua sobre la piedra. Preferimos la rapidez con que algunos pasan de la ropa de faena a la muda de salir.

A la pregunta de si cambian las cosas en Cuba, posiblemente la opinión negativa o dubitativa, tenga un número estimable  de adeptos. Porque, como la transformación, o la renovación son términos que por lo común incluyen la gradualidad y rechazan  la erupción, tal vez nada de cuanto se ha renovado hoy en Cuba, posea relevancia, porque todavía no ha ocurrido “algo grande”. Y qué es eso grande que algunos dicen que no ha pasado. ¿Cuál es esa prueba sin cuya ocurrencia nada de cuanto se ha decidido y legislado en Cuba implica pasos hacia el mejoramiento de nuestra sociedad, de modo que sea más inclusiva, más abierta, con mayores espacios para las fuerzas productivas? Tal vez alguien espere un acto en que de pronto la contraseña sea el “sálvese quien pueda” del capitalismo en país pobre. ¿Es esa la forma apropiada para insuflar vigor a la esperanza?

Lo “grande” que algunos piden puede, a destiempo, semejar una explosión o una implosión. Y no creo exagerar. Y debo advertir, si mi opinión fuera atendible, que cambiar o renovar un organismo en nuestra circunstancia supone un proceso que excluye la demolición. Esto es, nada se podrá modificar echándolo abajo de un golpe. Si ello sucediera, el cambio no sería dentro de la misma armazón, sino en un nuevo esqueleto, y ya, desde luego, no seríamos los mismos.

Hemos de desconfiar, pues, de las inspiraciones, de las piruetas de las varitas mágicas o de las soluciones de Aladino, y sobre todo de las propuestas de cuantos piensan más en sus intereses, en sus ilusiones o posiciones perdidas. Considerando lo candente y contaminado de las aguas en que Cuba hoy navega, saquemos al aire una brújula que explique nuestra realidad y facilite hacer lo que los tiempos permiten. Dos o tres preguntas, o muchas más que dejo a decisión de quienes necesitan convencerse, servirían para orientarnos: qué somos,  a dónde queremos ir, qué nos falta, en qué tiempo podremos llegar. Y, sobre todo preguntémonos en qué situación mundial se inscribe hoy nuestro país, y en cuánto puede dañar a Cuba la crisis económica global del capitalismo y su natural correlato: la acometida de las potencias occidentales, encabezadas por los Estados Unidos, cuya geopolítica se fundamenta en una institución bélica y belicista que, al pronunciarse, semeja el estallido de una bomba sorda: OTÁN.

Hoy, según la juzgo, Cuba no es  el esquife endeble al que aludió José Antonio Ramos hace décadas; no es ya aquel esquife a punto de embarrancarse en los acantilados de la Florida, como también aludió, en un instante de claridad, Jorge Mañach. Rige, desde mi punto de vista, una verdadera voluntad de  cambiar; de hallar ese punto de equilibrio que deje atrás prácticas nocivas o estériles; prácticas retardatarias o irracionales que al ser superadas permitan pasar de una economía de subsistencia, a una economía de crecimiento que incluya el desarrollo dentro de un estado de igualdad y justicia como garantías de la libertad, en un socialismo que habrá que irse descubriendo en relación estricta con la realidad. Porque la búsqueda de una sociedad equilibrada se encuentra mediante el equilibrio de las acciones. La teoría por la teoría puede conducir a lo mismo que el país ha programado transformar. Y por tanto ese equilibrio no será  una posición, sino la lucha por no caer en uno de los extremos. Los extremos son implacables. Desde ellos puede estigmatizarse, incluso echarse a perder el proyecto de actualización de la sociedad cubana.

No soy iluso, ni ingenuo, que son los insultos aparentemente  benignos con  que a veces unos u otros pretenden invalidar el juicio opuesto al suyo. Y a pesar de decretos leyes tan principales que aumentan el espacio democrático –sí, democrático porque se mezclan con otros derechos de de los ciudadanos- como la venta de casas y de autos, y otros como la extensión del trabajo por cuenta propia, la venta directa de los productores agropecuarios a los establecimientos del turismo, los créditos bancarios a productores para invertir  y a ciudadanos para edificar sus viviendas, a mi juicio, sin ilusionarme en exceso, resulta previsible un periodo de contradicciones y paradojas. Pues si hablamos de proceso, de gradualidad para aplicar la estrategia aprobada en el Sexto Congreso del Partido y que tuvo como fundamento más de setecientas mil sugerencias de la ciudadanía; si hablamos de proceso, pues,  lo que ha ganado vigencia legal  hasta este minuto, es solo una mínima parte del programa. Por tanto, es natural que aún suframos contradicciones.

Basta un ejemplo. Una persona muy inteligente, me comentaba que ahora los barberos, al ser propietarios de su trabajo, cobran diez pesos por pelado. Antes, una tabla prescribía el precio: 80 centavos. Casi todos los clientes daban más, pero los barberos no podían pedir más, al menos, en estricto apego a los precios establecidos legalmente. Claro, es una paradoja. Un barbero típico, en cuatro días gana lo suficiente para pagar los impuestos, la tarifa del local y los costos de insumos. ¿Cuánto más ganará comparando sus ingresos con el salario mínimo de los trabajadores? Es, así, una paradoja, dijo. Y asentí. Y como esas hay muchas. Porque para que las proporciones sean justas, habrá que reajustar salarios, incrementar la productividad, desechar una de las dos monedas, reorganizar las empresas estales, pagar verdaderamente por rendimiento… En suma, habrá que sufrir, más o menos contradicciones -a simple vista incomprensibles-  hasta tanto se complete la implantación del sistema y se consolide. ¿O caso queremos meternos en la casa, con solo los cimientos echados?

Supongamos, además, que en el trayecto necesariamente surgirán modificaciones y ajustes con la intención de adecuar la evolución según el criterio de la práctica. La flexibilidad se convertirá en la batuta de esta orquesta para que sus instrumentos suenen armónicamente. Una batuta que no vacile en admitir el chirrido de una nota que trata de aparentar ortodoxia. Y ante oído tan sutil,  dígolo por caso, el decreto ley 259 tendrá que permitir que los usufructuarios se aposenten, construyan una en la tierra donde cultivan, pues quién podrá sentirse estimulado con sus sembrados a dos, tres o más kilómetros de su vivienda.

Y veremos al gobierno central afrontar distorsiones. No es de menor importancia el hecho de que muchos de cuantos concretan la actualización en las bases y en los planos intermedios, no comprenden, no interpretan acertadamente, o la mentalidad de algunos se resiste a dejar su acomodamiento e introducirse en un orden exigente donde la rendición de cuentas y la honradez no serán más lentejuelas de obra teatral.

¿Cambian las cosas en Cuba? Si yo lo dudara sería por mi pesimismo, por mi corta vista, o intereses incompartibles con los intereses dominantes, y para entender y apoyar las tendencias más creadoras, más empeñadas en cambiar, yo tendría que cambiar. Pero, a mi modo de ver, con la experiencia de más de 40 años acompañando la combatida, irregular, audaz historia de la Revolución cubana, me parece que Cuba no es la misma de ayer siendo, en esencia, igual. Esta paradoja no es difícil de interpretar. Cada vez me sorprendo con lo que aparece en la Gaceta Oficial de la república, y sobre todo me sorprenderé con lo que todavía no ha aparecido, ni se ha escrito y, de seguro, habremos de escribir. Y me doy cuenta de que la esperanza se edifica con pequeñas grandes cosas.  Día a día. (Tomado de Juventud Rebelde)

 

 

 

EL CAYO, TAMBIÉN NUESTRO CAYO

EL CAYO,  TAMBIÉN NUESTRO CAYO

Por Luis Sexto

Pocos cubanos ignorarían la diferencia entre  el Cayo Hueso situado al suroeste de la Florida, llamado propiamente Key West en inglés, con el barrio habanero del mismo nombre, céntrico espacio donde lo popular se expresa, particularmente,  en ser lar de músicos y rumberos célebres como Merceditas Valdés. Pero imagino que no muchos de nosotros tenemos presente el papel que el Cayo Hueso  de La Florida desempeñó en la historia de Cuba. Si uno lo visitara  toparía en cada calle con referencias y huellas  de nuestros compatriotas,  incluso en el cementerio donde entre las 75 000 personas enterradas allí desde 1847, sobre lápidas y tumbas destacan  nombres y fechas de cubanos.

El cementerio, situado en el punto más alto del Cayo,  es,  además, como una reproducción del patriotismo. Allí, aunque no se hallen  los restos de combatientes y mártires por la independencia, un monumento erigido en 1892 los recuerda como si los cubanos del Cayo hubieran querido que en esa  tierra minúscula, unida a la Florida por puentes y carreteras sobre el mar, y  años atrás por ferrocarril, también descansaran los héroes.Parte del desarrollo de Cayo Hueso  y de su tozuda existencia se debe  a los emigrados cubanos en el siglo XIX, particularmente a los tabaqueros. Mucho tendríamos que saber de Cayo Hueso. Y todo lo que ignoramos está recogido en un libro titulado Misión a Cuba. Cayo Hueso y Martí, del historiador Gerardo Castellano García y publicado recientemente en edición especial por el Centro de Estudios Martianos. En síntesis  puedo decir que Misión a Cuba se centra en el viaje que dio el comandante Gerardo Castellano Lleonart  cumpliendo una tarea encomendada por José Martí.

El comandante Gerardo Castellanos Lleonart, copropietario de una tabaquería en Cayo Hueso, desembarcó en el puerto de La Habana el 9 de agosto de 1892. Venía bajo la identidad de un comprador de materia prima para su fábrica de habanos, pero en realidad su tarea consistía en pulsar de primera vista el estado moral del país, eso que hoy llamamos condiciones subjetivas para la guerra, de modo que el Apóstol supiera qué terreno pisaba en cuanto a la preparación para el alzamiento definitivo contra el colonialismo español. Gerardo Castellano Lleonart recorrió parte del occidente, y a fines de 1992 y en l894 completó su recorrido. Era, en palabras claras, un agente de la inteligencia patriótica, lo que demuestra cuanto sentido práctico tenía Martí. El Maestro nada lo adjuntaba al azar.

El hijo del comandante Castellanos, Gerardo Castellanos García -nacido en Cayo Hueso 1879 y fallecido en  La habana en 1956-  expone  en Misión a Cuba un compendio del origen y la  historia interna de Key West. Y con esos elementos podemos tener a mano una prueba de que lo grande cabe en lo pequeño.

Me atrevo a asegurar que Cayo Hueso, si no una dependencia territorial de Cuba, es un enclave de nuestra historia. Al llegar allí uno siente deseos de besar sus arenas, y al detenerse en el monumento llamado La botella, que marca las 90 millas entre el territorio norteamericano y  nuestro  archipiélago, uno aspira hondo y siente el olor de Cuba. ¿O acaso nuestra nariz se equivoca  al reconocer el olor cubano en el aire del Cayo, que una vez olió a tabaco y acogió en sus ondas el español criollo y trasladó de boca en boca el grito de ¡viva Cuba libre!?

Misión a Cuba. Cayo Hueso y Martí, este libro necesario,  nos responderá la pregunta cuando nos pasee por las calles de ese reducto de la resistencia anticolonialistas, y nos ponga ante la fechada del club San Carlos, en cuyas paredes hay un fragmento de la muralla que envolvió  a La Habana a fines del siglo XVII, unos 170 años  después de ser fundada, en 1519, entre hábitos y visiones medievales. (Tomado de La palma de la mano)

MIS DERECHOS Y TAMBIÉN LOS AJENOS

MIS DERECHOS Y TAMBIÉN LOS AJENOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Sexto

Una meditación de Navidad

He leído algún post cuestionando la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba. He visto, incluso, concordar a criterios que, cada día, litigan por ideas opuestas. ¿Y qué harían Dios y el diablo apareándose en torno de un mismo asunto? ¿Qué soldadura será posible entre el blog de un  periodista revolucionario y otro de tendencia opuesta?  Y ante ello qué puedo decir. Primeramente, que he mejorado mi condición humana aprendiendo a respetar los derechos y la opinión ajena, es decir, la de mis semejantes, mis compatriotas y, a veces, mis colegas. También me parece haber avanzado moralmente al expresar con equilibrio mi opinión, aunque en sí misma compusiera un punto de vista distinto. Y por ello, sostengo que el blog anti oficialista –como suelen calificarse entre la bloguería- está siendo más político al coincidir con el blog revolucionario en su rechazo a la vista del Papa. Aquel sabe que una nota discordante desde las fuerzas afines al Gobierno cubano ante hecho tan trascendente, beneficia a la llamada “oposición”.  

El periodismo, el blog, el post, la opinión,  no se remiten solo a la libertad de expresarlos o la valentía para ejercerlos. Se necesita demás una cultura en que la política sea uno de sus esferas. Cultura que sepa discernir si lo que digo hoy beneficia la causa que confieso defender. Cultura que también oiga campanas y sepa, de oído, por dónde repican. Verdaderamente, como cubano, no solo como cristiano de nunca escamoteada filiación revolucionaria, me alegra la visita del   Obispo de Roma, líder  de la Iglesia Católica. Aunque  tengamos  juicios peyorativos, infundados o fundados, sobre Benedicto XVI, hemos de saber que el Papa es respetado y acatado por millones de personas, y que en Cuba, al menos el 15 por ciento de la población profesa la fe católica. Se hace evidente, pues, respetar la religión de millones de nuestros semejantes, el mismo respeto que algunos cubanos reclaman para su condición diversa con respeto al color, el sexo o la opción sexual.

Alejándonos de lo inmediato, la experiencia de los últimos 100 años nos revela que lo menos “marxista” de Marx resulta posiblemente alguna porción de sus adeptos, que le estrujan sus páginas con aplicaciones e interpretaciones encartonadas, tan dogmáticas como los principios de ciertas iglesias. Alguien ha dicho que el peor “marxismo” olvidó que el hombre es también materia. Pienso, paralelamente, que el “marxismo”  menos humano y menos preciso fue el que olvidó que el Homo Sapiens coexiste con el  Homo Demens, es decir, el hombre de la subjetividad, de la fantasía, de la soledad, la angustia, del que siente y experimenta, según Spinosa, que  “es eterno” porque si no la vida significaría solo una toma de oxígeno sin sentido.

“Qué seríamos, míseros humanos –dijo Proudhon- si los creyentes no valieran más que las creencias.” No  parece sensato practicar un ateísmo excluyente, tan excluyente y acérrimo como cualquier doctrina fanatizada, cuando hoy mundialmente el movimiento de la teología del pluralismo religioso intenta quebrar exclusivismos y milenarismos, y el reconocimiento, aunque entre negaciones, de las “semillas del Verbo” – es decir, la cuota de verdad de cada religión- adoptado por el Concilio Vaticano Segundo, todavía continúa desbrozando intolerancias. ¿En suma, qué separa al ateo del cristiano o del musulmán o del budista? La fe o su ausencia. ¿Y es inteligente dividir a los hombres y mujeres del mundo en creyentes y ateos? Si es repudiable discriminar a los negros o a los asiáticos por sus características étnicas en oposición al blanco europoide, y a la mujer por su sexo, llamado débil, con respecto al del varón, o el varón con atracción hacia otro varón, si discriminarlos es repudiable, repito, es de igual forma condenable  echar a un lado de la raya al creyente y hacia el otro al  ateo. De esa operación discriminadora se obtiene un resultado: la división artificial de las fuerzas del progreso.

¿Y qué ventaja posee el ateo por sobre el creyentes? Ah, ¿acaso el desvirtuado apotegma de Marx de que la religión es el opio del pueblo? El jurista y filósofo cubano –ya fallecido- Julio Fernández Bulté en un artículo titulado genéricamente Socialismo y Religión, fechado en el 2000, demuestra cómo se ha asumido, con crédito de programa y una definición “ex catedra”, la frase de autor de El capital, sin tener en cuenta su contextualización epocal y geográfica. Marx no se refirió, según el doctor Fernández Bulté, a la religión en general, sino que “es a esa versión concreta de aquella religión supuestamente criticada por Hegel a la que califica de opio del pueblo”. Este trabajo pueden confrontarlo en “Futuro del socialismo y religión cristiana en Cuba”, libro de varios autores y que publicó la editorial Nueva Utopía, en Madrid.

Mal opio podría ser, pongo de ejemplo, una religión, como la cristiana católica, que en América Latina ha inspirado a laicos, sacerdotes y obispos a luchar  o morir  por la liberación de los pobres: Oscar Arnulfo Romero, Camilo Torres, Guillermo Sardiñas, Ellacuría, Espinal, Helder Cámara. El cristianismo fue una religión que, en sus inicios, hace  20 siglos, empezó a erradicar y cambiar los conceptos sociales fundamentados en la opresión. Me enviaste un esclavo y te devuelvo un hombre, algo así dice san Pablo a uno de sus discípulos. El cristianismo fue una revolución –la primera gran revolución espiritual- de la humanidad, y comenzó por liberar interiormente  a los seres humanos, con lo cual confirmó que la libertad surge dentro del hombre, porque primeramente  necesita personalizarse: para ser libre se precisa querer serlo. Voluntad de ser libre. Impulso de la subjetividad. ¿Podemos dudar de que todo cuanto advino después en el plano ideológico de Occidente está humedecido por el cristianismo, a pesar de torceduras y agravios institucionales?

Malos socialistas podrían  ser cuantos conciban un proyecto de sociedad que no reconoce, ni respeta las tendencias y las pasiones humanas. O que se funda intentando unificar, globalizar la conciencia individual e imponer una cosmovisión que, a la larga, por su encarnizado fanatismo se convierte en una confesión. De qué, pues, estamos hablando. ¿De perder el tiempo? ¿De restar en lugar de sumar? Nos dedicamos a criticar, ofender, insultar las creencias y a los sacerdotes y jerarcas de unos hombres y mujeres que deben de ser nuestros aliados, mientras los países poderosos de occidente bombardean países pequeños, derrocan gobiernos, amenazan a otros países, incluso a Cuba, y  desmenuzan al planeta con el maltrato contaminante  de modo que nadie puede discernir dónde naufragará la nave humana.

Habrá que percatarse también de que, políticamente, lo esencial para lo correcto o lo incorrecto es la afiliación a uno de los dos bandos que, según José Martí, se dividen los hombres: el de los que aman y fundan y el de cuantos odian y destruyen. En ambos grupos se mezclan ateos y creyentes. Si fuera necesario fragmentarnos habría que hacerlo poniendo a los que aman la paz y la libertad de esta parte de la barricada y a los que la odian y persiguen del otro lado.  Solo así estaríamos actuando acompañados de la escurridiza deidad de la razón.  

Consideremos, por tanto, que si hemos de respetar al creyente, respetemos igualmente sus símbolos y valores. La visita del Papa Benedicto XVI, aparte de su significado religioso, tiene un sentido político. El papa es también el  jefe de Estado del Vaticano. Y en términos prácticos, su presencia en nuestro suelo es un respaldo y un reconocimiento a Cuba y a su Gobierno.

 

 

 

EL PRESENTE SUPERA AL PASADO

EL PRESENTE SUPERA AL PASADO

Luis Sexto

Como por la historia andamos, todos cabemos

Casi al final de los días  en que se mezclaron alternativamente la devota euforia y la plegaria unciosa,   uno duda en componer la idea, el rasgo definitorio en una frase, una síntesis de los momentos durante los cuales la imagen  de la Virgen  de la Caridad del Cobre, no la original sino la conocida por Virgen Mambisa,  recorrió ciudades, poblados, bateyes y caseríos, y hospitales, prisiones y escuelas.

Desde su salida de Santiago de Cuba el 8 de agosto de 2010, todo consistió en un sucederse vertiginoso de muchedumbres que expresaban su fe en  Cristo mediante María. Una mirada común, superficial podría notar la repetición de los mismos actos, los mismos gestos, el mismo júbilo, las mismas lágrimas y las mismas palabras. Pero al mirar  desde el interior, desde ese ámbito inaccesible donde el alma lee la realidad latiendo en comunión con lo que no se ve con los ojos,  los actos repetidos alcanzan la dimensión de lo inédito, porque podemos decir que la peregrinación de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad era, para cada uno de los participantes,  un acto único que revestía el gozo interior de la primera vez.  

Qué hemos visto, pues, más allá de la misma liturgia, de los mismos cánticos, en cada lugar donde la  imagen sagrada pasó recibiendo  la veneración de miles de cubanos de múltiple color, de culturas distintas, incluso de maneras diversas de creer o de practicar la fe católica. ¿No vimos acaso entre la muchedumbre las manifestaciones de una fe intensa, culta, o de una fe en que se mezclaban tradiciones sincréticas amalgamadas durante siglos en el mestizaje de colores, de culturas, ideas? Ante el concierto de voluntades claras, abiertas como el convocado  por el paso de la Madre de Jesús bajo la advocación de la Caridad del Cobre, cualquier diversidad implicaba necesariamente la unidad. La unidad en torno de la Patrona de Cuba que se transforma en símbolo de  un corazón que vigila amoroso, advierte maternal e implora clemente por el pueblo de Cuba.

Hay una visión que no puede envejecer en quienes la observaron: el Virgen-móvil -como lo nombró Monseñor Domingo Oropesa, obispo de Cienfuegos- rodando por el campo cubano bajo la comba azul y ardiente del cielo insular, y detrás los fieles, los mismos que se doblan sobre la tierra. Pasaba el móvil anunciado la buena nueva de la resurrección de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra  caridad  ligada en simbiosis civil con la solidaridad. 

Tampoco podremos olvidar  esta otra estampa, quizás la menos afortunada en apariencia y la más provechosa desde el punto de vista de las contradicciones providenciales. En San Miguel de los Baños, en la diócesis de Matanzas,  la imagen la Virgen Mambisa cayó al piso. Cayó desde la mesa delante de la cual  le cantaban sus hijos. ¡Oh, nuestra Madre dañada! ¡Oh, desgracia! Posiblemente ese era el sentir unánime. Y tocaba a los matanceros ser escenario de lo menos esperado y  nunca deseado. Pero en el propio pueblo  estaba la sanación de las  maderas sagradas, ahora como en naufragio. Y como el hallazgo de casi 400 años antes, en que la imagen flotaba sobre las aguas, expertos de la provincia, miembros de la asociación de artesanos artistas, fueron convocados y  la convirtieron nuevamente en el símbolo de la Madre más invocada y venerada de nuestra nación. 

Ese hecho, si lamentable, parece la metáfora  de que la posibilidad de recomponer a Cuba  y conciliar su diversidad en democracia e igualdad, sin exclusiones por creencias o por la ortodoxia del credo religioso o  político,  alienta en su mismo pueblo, en su capacidad de unir las maderas de  la lengua, la cultura, la justicia, la independencia y la fe. La causa de la nación partió también de un mestizaje en que confluyeron creyentes, masones, descreídos, religiones de origen africano, y cristianos. Si hubo un Luz y Caballero anticlerical, formador de patriotas en su colegio El Salvador,  también existió un Padre Varela que afrontó el exilio para evitar la ejecución de su condena  a muerte por España por abogar la libertad de los esclavos  y la independencia de Cuba y desde su periódico El Habanero fomentó la virtud laica del patriotismo y la actitud irreductible ante la colonia o la anexión. Si hubo masones fusilados, también sacerdotes insurrectos comparecieron ante el paredón. Si hubo un socialista como Carlos Baliño,  también a su lado  un Martí deísta enarboló la religión de la virtud y la cultura, como condición necesaria para ser libres. 

Ha sido largo el recorrido de nuestra nación. Y hoy, cuando tras muchos años de espera paciente, todos, todos los nombres de la geografía física de Cuba y la geografía espiritual fueron tocados por la imagen de la Caridad, nunca antes como ahora se observa en el horizonte la pervivencia de nuestra Cuba múltiple y unida. Al finalizar su bojeo, la Madre no ha sentido diferencia entre los brazos que la recibieron y aclamaron en el oriente y siguieron por el centro hasta  el occidente en Pinar del Río donde  comienza o termina el archipiélago, que es lo mismo en términos de nuestra insularidad surgida del  mar, y con Madre celestial hallada en el mar. Luego  y luego volvió sobre sus pasos para concluir en La Habana donde por ley de la civilidad se juntan los poderes y confluyen los caminos.

Uno, pues, mira hacia atrás y busca la síntesis de esa reedición inédita de cada momento, de cada plegaria, de cada lágrima, de cada propósito  de ser mejores amando a todos, a todos en la caridad. Uno busca. Y la caridad brota  -convertida en sinónimo de solidaridad- como palabra principal de esa síntesis en que se adhieren, no menos primordialmente, la fe y la esperanza. El presenta supera al pasado. Porque dentro de  la historia andamos. Y en la historia todos los que aman y fundan deben de caber. (Tomado de Progreso Semanal)



 

POETAS EN PELOTA

POETAS EN PELOTA

Luis Sexto

A propósito de la conmemoración, aún discutida, del primer juego oficial de beisbol en Cuba, el 27 de diciembre de 1874 en el Palmar de Junco, Matanzas.

Una vez confesé que no soy filósofo ni del béisbol. Y si quizás  una cafetera mágica me facilitara serlo, nunca me avendría a especular sobre la pelota. Ni siquiera a reportarla. Porque cuando ejercí como cronista deportivo al principio de mi ingreso en el periodismo, me negué a inmiscuirme en sus interioridades.

El argumento para defender mi resistencia a escribir de béisbol era sencillo, casi irracional. En Cuba –alegaba- todo el mundo sabe de pelota; uno más sobra. Y de ese parapeto nadie pudo desplazarme. Y reconozco, en cambio, que me gusta, tanto que muchas tardes, en aquella época cuando yo era soltero y descontrolado, del trabajo salía para el estadio. Jugar pelota, presenciar un juego, equivale a  un acto de identidad cultural: un marbete de cubanía. Hasta Julián del Casal, melancólico, reconcentrado poeta, que vivía “en medio del cansancio de mis días”, en una fobia de entretenimientos mundanos, escribió sobre béisbol. Al menos comentó un libro de crónica beisbolera, en el periódico La Discusión, en 1889.

El volumen, más bien un folleto, portaba el nombre de Wenceslao Gálvez y exhibía las uñas largas y afiladas de este autor, novelista y periodista provisto de jocoso, irónico ademán, que además jugó como short stop del club Almendares y ganó la corona de bateo en la campaña 1885-1886. De El baseball en Cuba Casal aseguró que resaltaba por lo “sencillo, empapado de sana alegría y escrito al correr de la pluma”;“muy bien presentado en párrafos sencillos, desnudo de galas retóricas y salpicado de chistes originales”.

Por “Wen” Gálvez sabemos que el béisbol fue un flautista de Hamelin: con el swing del bate arrastró a los estudiantes, que escapaban de las aulas para jugarlos; dispersó por la atmósfera de calles y cafés nuevos nubarrones de polémica, y en la glorieta del Almendares Park apiñó centenares de gritos que, según los historiadores más exagerados, podían haber inquietado a la entonces guarnición española del Castillo del Morro, como inquietaron al Capitán General Francisco Lersundi años antes. Este mandón dictó un bando el primero de octubre de 1868, prohibiendo el juego de pelota en toda Cuba, por ser "un juego antiespañol y de tendencias insurrecionales, contrario al idioma y que propicia el desamor a España".  La supresión, según las fechas, se eliminó rápidamente,porque,como sostienen historiadores matanceros con un almacén de argumentos -contrariamente a otros criterios de diversos parajes en Cuba-  que en 1874 se jugó el primer partido oficial en el Palmar de Junco, entre peloteros de La Habana y de Matanzas. Quizás la polémica actual pueda alcanzar un punto de coincidencia si se le atribuye a ese primer "juego oficial" el participio "difundido" o "divulgado", como propone el reconocido cronista de deportes Elio Menéndez.

El baseball en Cuba compone un documento primordial para conocer, entre otros aspectos de su historia, el revuelo y el revolico  que la pelota armó en La Habana durante las tres últimas décadas del siglo XIX. Pero no es el único texto con tales páginas de sucesos. Es decir, si las polillas convocaran un banquete con los ejemplares disponibles del libro de Gálvez, quedaría otra obra que, con síntesis y gracejo, aportaría elementos suficientes para siluetear ese lío de masas suscitado por la pelota.

Se trata de un poema. Y el autor, un poeta de menor rango que el modernista Casal, pero culto y reconocido por sus dos volúmenes intitulados Versos y Punto y final. Se llamaba Mariano Ramiro, andaluz criado en Cuba, de oficio tipógrafo, a quien sus contemporáneos respetaban, en particular, por su honradez. Escribió el poema en doce décimas, y lo nombró: "El baseball, jerigonza bilingüe". Por lo visto, no tuvo otra intención que retratar festiva y satíricamente al nuevo deporte, procedente de los Estados Unidos, y fustigar a quienes se apegaban demasiado a los usos norteamericanos. Es decir, el enfoque cambiaba: ya el béisbol no era antiespañol, sino anticubano.

Reproduzco algunos versos. “Tiene la gente devota/ del bullicio y la alegría,/ por la pelota manía/ y no suelta la pelota./ Suda el quilo gota a gota/ por beisbolero interés,/ y conozco a más de tres/ que llevan su frenesí/ hasta no entender el sí/ como no le digan yes.”

Y termino con esta décima. “Muchas lindas habaneras/ sienten del juego el contagio/ y hacen amoroso plagio/ de las luchas peloteras./ Al que en frases plañideras/ les declara su pasión/ y quieren meterse  en jom/ sin sacramental detalle,/ lo ponen out en la calle,/ y mamá le da el scon.