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PATRIA Y HUMANIDAD

LA CULTURA EN LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD CUBANA

LA CULTURA EN LA FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD CUBANA

 

Luis Sexto                                                                          

Conferencia pronunciada en la iglesia de San Pedro, Versalles, Matanzas, 11 de octubre de 2012

1. Dilatado y accidentado es el tema propuesto, y obligado por imprescindibles apremios de método, antes de recorrer los orígenes y engarces del proceso de formación de nuestra identidad y sus relaciones con la cultura, los invito a precisar, brevemente,  cuál de las definiciones del término de cultura, emplearemos en esta conversación. Es una categoría polisémica. Y por supuesto, no la  usaremos en su sentido de la acumulación de conocimientos en los individuos, ni como medio de formación de una comunidad humana, ni tampoco como la totalidad de la obra material, técnica, científica y espiritual de cualquier  sociedad. Nos ceñiremos a la cultura en sus manifestaciones espirituales contenidas en la literatura, el arte, la prosa ensayística, incluso en la religión. Pero dicho así quizás afrontemos la contradicción, porque lo hecho por el hombre desde la apropiación estética es efecto de las circunstancias históricas y materiales de su desarrollo, y a la vez, en un trámite eminentemente dialéctico, la literatura, el arte y la religión son factores influyentes en los adelantos culturales y éticos de la sociedad. La realidad condiciona la obra artística o literaria y esta devuelve el préstamo socializándolo, es decir, fijándolo en el patrimonio histórico y  trasvasándose a la conciencia colectiva  e individual.

Hablaremos, pues, de la relación entre cultura espiritual e identidad nacional. No quisiera, en ninguna circunstancia ser académico en mis apreciaciones; al menos no pretendo posar como un periodista erudito. Ambas condiciones no se llevan bien. Nuestro quehacer con la información que proviene de la actividad social, exige rapidez en su construcción noticiosa o reflexiva. Si algo quisiera describir en esta conferencia es el proceso de mi apreciación del tema propuesto, como opinión surgida de la cultura personal, ganada, no sin insuficiencias, a base de lecturas, viajes, relaciones con disímiles personas.  Tantas veces me he preguntado por la reducción del término identidad a una fórmula vitalmente periodística que he llegado a aceptar que la conciencia social de una comunidad adquiere colores y rasgos definidos en todos y cada uno de los sujetos. Incluso, la identidad establece rasgos físicos determinados en contacto con el medio natural, y gestos y movimientos que traducen lo interno.

¿Acaso podemos negar un modo cubano de andar, de hablar, de convivir?  Les cuento que, estando hace más de 35 años en la ciudad de México, caminaba por el paseo de la Reforma y al cruzarme con dos jóvenes oigo que uno le dice al otro: Fulano me tiene hasta los… calcañales. Me detuve ante el término que ustedes pudieron suponer a pesar de mi eufemismo, regresé y le pregunte a aquella pareja de transeúntes: ¡Oigan!: ¿ustedes son cubanos? Por supuesto, eran cubanos. ¿Y podrían no haberlo sido después de aquella frase tan nuestra, en tono y volumen tan nuestro?  Es decir, nuestra identidad, lo que nos tipifica a todos, con las lógicas diferencias locales o individuales, incluye color interno, sentimentalidad, movimientos físicos, habla, giros, costumbres, conceptos patrióticos, formas de asumir la religiosidad, lo político. Es decir, no somos intercambiables. Y aún después de estar muy lejos, por mucho tiempo, el cubano, como reacción normativa, sigue añorando los frijoles negros con arroz blanco, la familiaridad vecinal, la capacidad comunicativa, el tuteo emparejador, el disgusto ante el abuso, la rebeldía ante quienes intentan avasallarnos. Como dijo monseñor Dionisio García, ante el Papa Benedicto XVI en Santiago de Cuba, y cito indirectamente: A los cubanos no nos gusta que se inmiscuyan en nuestros asuntos. Somos, por ello, típicamente irreverentes y a la par abiertos y solidarios. Algunas cosas son muy buenas y otras algo molestas. Jorge Mañach, que tanto indagó en el almario nacional, estudió el choteo como manifestación en el cubano del sentido de ser parejero, es decir, de igualarse y no permitir que se le rebaje. Ante lo que no comprendemos, que es un modo de sentirse inferior, nos echamos a reír o hacemos estallar una trompetilla.

2. Por lo dicho, mi método o mi enfoque del tema propuesto es humanista. Una mirada intuitiva, un tanto afín al ensayismo literario. Es decir, un discurrir libérrimo sobre la realidad y el sujeto de la identidad nacional desde la perspectiva de la cultura. Ahora bien, precisemos otra definición: qué es la identidad nacional.  Arriba intenté acercarme a esta categoría mediante rasgos y manifestaciones; ahora emplearé una definición sicosociológica: la identidad es la autoimagen que de sí tiene una comunidad nacional en conjunto y cada uno de sus miembros, representada por valores y también antivalores.

La pregunta se torna imperativa: ¿Cuándo empezó a gestarse entre nosotros esa autoimagen, que como proceso se sucede con los siglos y sin perder las esencias de la tradición también suprime e incorpora en el tiempo nuevos valores y conceptos? Habría que regresar, pues,  a los tiempos de la colonización y detenernos en el criollo. Porque antes que el cubano, fue el criollo.  Esto es, el criollo -del portugués criadouro, según Arrom-, que es el nacido en América de padre o madre españoles o padre o madre africanos. O de ambos progenitores españoles o africanos. Y así -lo hizo notar Uslar Pietri-  lo nuevo en este aparente nuevo mundo, es el criollo: la mezcla.

El criollo empieza a distinguirse de sus padres, nacidos en el viejo mundo. El criollo es el nuevo habitante del nuevo mundo para los europeos, porque, como también apunta Uslar Pietri, para los aborígenes era viejo. Desde el último tercio del siglo XVI,  este término entonces tan diferenciador en boca española, empezó a utilizarse en Cuba para calificar a los descendientes de los conquistadores, colonizadores  y de esclavos africanos.  La transformación fue rápida. Y no podemos negar que el medio y el clima influyeron incluso en modificaciones de “la color”. Pero sobre todo, la nueva circunstancia, condicionó  nuevos hábitos, nuevas miradas hacia el pasado. Posiblemente, el criollo, como regla, comenzó a hacer su pasado según elaboraba su presente. La patria de sus padres, queda atrás, de modo que lo heredado, se transforma en otro valor más personal, propio, vivencial. Colón describió nuestro  paisaje comparándolo con parajes españoles: escribía para españoles. Y  al hacer constar el tamaño de la yerba cubana en su Diario  después de afirmar sobre Cuba que “Nunca tan hermosa cosa vido”, dice el Almirante: “…Era grande  -la yerba- como en Andalucía por abril y mayo”. Décadas más tarde, los criollos no tendrán que recurrir con frecuencia, apremiados por las palabras,  a comparaciones foráneas. Las referencias serán los mismos objetos ya apropiados en una conciencia colectiva que va independizándose  de sus matrices.

A pesar de la distancia psicológica entre el descriptor y lo descrito, el Diario de Colón es el primer documento lírico en lengua española sobre la naturaleza edénica de Cuba. Literariamente va a marcar, para los europeos y también para los criollos, un punto nodal: la singularidad del paisaje cubano. Los aborígenes lo sabían desde hacía centenares de años.  Y de acuerdo con el citado Arrom, desde tiempos prehistóricos, Cuba, para los llamados indios era “la tierra por antonomasia”. Ellos fueron, en suma, los creadores de las primeras imágenes sobre nuestra patria. Y esas imágenes ayudan a conformar también  los focos de significación de la conciencia criolla y luego cubana. Por tanto,  no seré original al decir que el primer atisbo de una nueva identidad en gestación empieza por el paisaje. Con el tiempo habrá una diferencia entre el asombro ajeno de Colón y la visión entrañada.  Ramón de Palma, mediando el siglo XIX, acusa el efecto arcádico e imantador del paisaje. Teorizando sobre los Cantares de Cuba, aseveró que, para sentir la inspiración de esa especie de poesía popular, era “menester contemplar el cielo estrellado de los trópicos en la solemne inmensidad de las sabanas, o ver los rayos de la luna platear las anchas hojas de los plátanos o quebrarse en las pencas de los palmares”.  

3. Miguel Velázquez, mestizo, joven de años y viejo en sabiduría, según el decir de quien lo presenta, Juan de Agramonte, nos lega en 1547 una carta que va a prever  en su angustiado sentir, la  próxima, aunque lejana, formación de la identidad que separa, que traza la ruptura. El cura Velázquez, de virtud ejemplarísima,  le escribe a su obispo, y quizás como en una síntesis inusual en aquella época, refiriéndose a Cuba, dice: “Triste tierra, como tierra tiranizada y de señorío”.  Ahí está, pues, la base ideológica de la futura independencia. Este lamento, pleno de la armonía de quien sabe combinar las palabras, ha definido a Cuba como dolor, como llaga, como tierra que esperará el inevitable temblor telúrico que rasga y aleja. Y en la tercera década del siglo XIX, José María Heredia repite la trágica observación, pero mirando a Cuba desde el punto de equilibrio típico de los que aman el objeto de su crítica. En la Isla, según el Cantor del Niágara, coexisten las “bellezas del físico mundo y los horrores del mundo moral”. De modo, pues, que entre el clérigo del siglo XVI y el poeta del XIX  se interpone una diferencia: aquel libera su quejumbrosa definición, particularmente desde la sensibilidad culta y conmovida del criollo, fervoroso cristiano, y este, Heredia, con una mano asida de  la herencia clásica y la otra conduciendo la renovación romántica, desde el exilio político, es decir, desde la carencia -“al parecer  una  clave de  nuestro espíritu”, según el poeta Roberto Manzano-,  nos dio la abundancia que, para  Manzano, en un ensayo iluminado sobre Heredia, equivale a  tener “cuerpo espiritual” antes de ser un organismo real.  Cuba, en la expresión poética dominante en Heredia, ya es la patria con cuyas bellezas física se goza y con cuyas penas sufre  como se sufre por lo propio: con el dolor  entrañado.  Abundando en la fértil idea de Manzano,  Cuba no es todavía una entidad política independiente de su matriz. Sin embargo, Heredia la ha convertido en un molde intangible, invisible, pero dotado de un movimiento interno que ya había empezado a encarnarse, desde un intenso acriollamiento en  la plenitud de la cubanía.

 En una aparente paradoja, el “cuerpo espiritual” tenía color, aún más cultural que epidérmico, más interior que exterior: el mestizaje. La  mezcla es, en efecto, el rasgo definitorio de Cuba, su identidad y su cultura. Existen, por tanto, un ritmo y un color cubanos. Si el paisaje fue el principio, el punto diferenciador entre los que llegaron en 1492 y los que nacieron en Cuba, la identidad y la cultura fecundan su gestación mediante el vínculo raigal con la historia, con  hechos que irrumpen en la vida común y adoptan perfiles singulares, merecedores de fijarse en letras, en versos. Vivir en la historia, reproducir y socializar la historia será otra clave de nuestro espíritu. Evoquemos a Espejo de paciencia, poema escrito en 1608, por Silvestre de Balboa, un acriollado oriundo de Gran Canaria.  Estructurado en dos cantos y 145 octavas reales, no es un poema trascendente por su intrínseca propiedad estética, pero expresa la incipiente asimilación, la lenta interiorización de la naturaleza y la vida social en la conciencia colectiva de la Isla. Y vale, perdura  como acta del alumbramiento cultural del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Porque en su lenguaje, donde prevalece el transoceánico sonido de las palabras y las imágenes leales a lo hispano, aparecen voces netamente cubanas como macagua, nombre de un árbol, y biajaca, de un pez de agua dulce, y maruga, de un sonajero, y siguapa, de un ave nocturna. Su tema es también criollo: el secuestro y rescate del Obispo Cabezas y Altamirano. Y, sobre todo, Balboa cita la palabra criollo, como la citan los sonetistas que le alaban su poema épico, poema criollo de la tierra. Y Balboa llama “negro honrado”, y también criollo, al esclavo que venció en combate  al pirata Gilberto Girón, secuestrador del obispo. Ya podemos reconocer el proceso de diferenciación con respecto de los españoles y pulsar además la incipiente  integración racial, tan básica para el nacimiento de la nación. No afirmo que con Espejo de paciencia y sus alusiones cuasi igualitarias se resolvieron las diferencias de razas, ni se abolió la esclavitud en fecha tan temprana. Repito solo lo evidente: Silvestre de Balboa registra atisbos de  unidad racial, que derivará en mestizaje,  durante un episodio bélico en que pelearon juntos negros y blancos, amos y esclavos. Y sobre todo apreciamos la exaltación del negro Salvador, doblemente salvador, por valiente, en aquel lance.

En Espejo de paciencia uno no sabe qué predominó más en el poeta: si el apego a la verdad o el servicio a la justicia. Es decir, notemos que se realza el heroísmo del esclavo. Y ello era verdad. Pero la verdad, dentro de la acción de  un grupo, puede adoptar la unanimidad o el anonimato, sin que la verdad se maltrate. Lo sabemos los periodistas. Sin embargo, el vencedor del pirata se construye ante  ese épico Espejo, por encima de quienes se consideraban superiores. Silvestre de Balboa prefirió ser justo antes que diluir la verdad particular en la verdad general. Y esa inclinación posiblemente condicionará el aforismo de Luz y Caballero cuando encapsule la justicia en una definición luminógena: “ese sol del mundo moral”. Y que secundará José Martí al determinar que “…solo hay honra en la satisfacción de la justicia”. Y Antonio Bachiller y Morales, la actualizará  cuando la convierta en hecho político aseverando, al inaugurar uno de sus cursos de economía política en el Seminario de San Carlos, que la economía sin justicia no cumple su papel en el adelanto de los pueblos.

La justica, pues, es originario  ideal ético de la nación. Y fue el venerable Félix Varela  el pensamiento, la voz y la letra  que formuló con sus Cartas a Elpidio, los principios que, basados en una raíz de ascesis cristiana, se mezclaron con la política y la civilidad como factores de crecimiento ético.  Decía Luz y Caballero que el Padre Varela fue el primero que nos enseñó en pensar; “en pensar”, no a pensar, como equívocamente se acostumbra a decir. Y fue también uno de los primeros en ejemplificar el sufrimiento causado por  la hostilidad de unos hombres hacia los actores del bien colectivo.

El reformador de la enseñanza filosófica en Cuba, el precursor de la abolición y la independencia, el  crítico del anexionismo, nos enseñó, en particular, a reconocer y respetar  la arcilla esencial, el genio que  distingue nuestra identidad: el pueblo. A Luz y Caballero, en 1839, le escribe el Padre Varela apremiado por las carencias del exilio en los Estados Unidos: “Al fin, el desprecio con que han sido miradas mis Cartas a Elpidio, que contienen mis ideas, mi carácter, y puedo decir que toda mi alma, es un exponente del desprecio con que soy mirado ¿Y por qué cree Usted que escribo esto? ¿Por vía  de duelo o de queja tonta? No, mi amigo; yo reconozco en los pueblos una inmensa superioridad sobre los individuos”. Años antes, anotó una norma definitiva, en Observaciones sobre  la Constitución Política de la Monarquía Española: “El hombre libre que vive en una sociedad justa, no obedece sino a la ley: mandarle invocando otro nombre es valerse de uno de los muchos prestigios de la tiranía, que sólo producen su efecto en almas débiles. El hombre no manda a otro hombre; la ley los manda a todos”. Anticipada está desde la cultura y la política, pues,  nuestra ética solidaria, siempre deseada y una veces conseguida y otras, golpeada. Y teóricamente compactada también está la justicia, carnalidad social de nuestra autoimagen.  

4. En Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier, entrañable maestro de cubanía, señala que la apreciación de los frutos de la flora en los poetas cubanos de la colonia pasa de los sentidos más superficiales a los más espirituales, según la naturaleza llega a los estadios más enraizados del sentimiento. Y en sumaria definición, debo intentar aclarar que la vista es más bien un sentido elemental, el gusto es utilitario, y el oído y el olfato, más sutiles. Hoy, hagamos el paréntesis, no echamos de menos la casa de ingenio de los centrales demolidos; más bien, extrañamos el olor del melado y el zumbido del vapor, esto es, los sentidos más espiritualmente ligados a la identidad nacional. Resumiendo ahora parcialmente lo dicho previamente: el paisaje natural fue uno de los ingredientes primordiales de la poesía y la prosa creativa cubana hasta el siglo XIX. El propio Vitier reveló a la apreciación crítica que Cuba poseía una naturaleza paradisíaca que conmovió a los fundadores y posteriormente a los continuadores del movimiento poético cubano. Quizás por esa capacidad de atracción que seduce sin destruir y deslumbra sin cegar, el sentimiento de lo nacional fue primigeniamente condicionado por el entorno paisajístico y manifestó sus primeros acuses  de existencia en la poesía, lenguaje predilecto de la emoción.   

Otra casualidad, por llamarla de algún modo, sucede casi simultáneamente al despertar consciente del criollismo: se inicia el reinado de la Virgen de la Caridad en Cuba, para acrecentar y consolidar la religiosidad de la Isla y subrayar además diferencias entre el organismo autóctono que nacía con respecto de su claustro materno. Ahorro toda la historia, todo cuanto de mítico, o legendario puedan  suponer algunos autores sobre el hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad. Una precisión es suficiente: La Virgen del Cobre es. Pero en la  conciencia cotidiana, es decir, acriollada, ciertos datos se modificaron con el tiempo para acomodarlos a la evolución de la identidad cubana. Y así los tres personajes  que divisaron el bulto sobre las aguas de la bahía de Nipe, viajan en canoa –nombre aborigen que cobra expresión simbólica de integración cultural-, y al final de un incalculable período sus nombres se convierten, para el pueblo, en Juan Indio, Juan Blanco y Juan Negro. Y para los afrodescendientes y también para hispanodescendientes –si los hay puros-,  la Virgen de la Caridad comenzó a ser  Ochún, ortodoxia religiosa aparte, en el milagro del mestizaje, el sincretismo y la síntesis de nuestra identidad. Y permanece ligada a la historia. A sus pies, en el Cobre, Carlos Manuel de Céspedes, el padre de  la independencia, le tributó acatamiento y le suplicó apoyo en la lucha tan audazmente emprendida en Demajagua. Ese hecho, reconoce y confirma a María de la Caridad como  Madre de la nación, nación que asomaba ya en su geometría de organismo real, entre el estruendo y el fuego de la Guerra de los 10 Años. Todavía en el santuario que protege su imagen, Nuestra Señora continúa mezclada en los asuntos terrenales del país y su gente, por voluntad del pueblo también para siempre mezclado.  El Cobre, aunque no se quisiera, se yergue como atributo de la identidad. El cobre, metal de las alianzas con otros metales. El cobre, dúctil y mestizo símbolo de cuanto somos.

5. La Historia no es una sucesión de hechos sucedidos sucesivamente, como aseguraba cierta ingenua definición que aprendí en mi adolescencia, cuando transitaba por el primer año de latín entre los Salesianos. No quisiera ahora redefinir la Historia. No hallaría la fórmula exacta. Más me gusta sentir la Historia que definirla, como confesó Juan Ramón Jiménez respecto de la poesía. Y sentirla, a mi entender, equivale a voltear la vista, observar la teoría de años y siglos que nos anteceden y reconocernos en la masa de hechos y dichos que parten de nuestras espaldas hacia el pasado, y obrar por que el futuro sea fiel a las corrientes matrices y motrices de nuestra personalidad como pueblo. En esa masa pervive la cultura, y la cultura expresa, en un intercambio dialéctico con la circunstancia material y natural, nuestra identidad, nuestro cuerpo nacional, conglomerado que se  beneficia con el espíritu de la tradición.

La esclavitud del negro, principalmente, y  la peculiar y aparente libre esclavitud de chinos, incluso de trabajadores canarios, compuso la rémora de nuestra identidad. Esa “gran pena del mundo”, según la definió Martí, retrasó nuestro proceso de integración espiritual y social. Y los horrores morales propios del régimen de plantación esclavista, superada su etapa patriarcal, convierte a la caña de azúcar en un símbolo negativo dentro del paisaje natural y social, a pesar de cuanto significaba y significó en la historia económica de Cuba.  Tengamos en cuenta también que, desde un punto de vista de la estética del paisaje, unas cuantas caballerías de caña ofrecen una visión monótona: hojas mecidas por el viento y la llanura verde como un mal tranquilo de verano.  Registrando en poetas del siglo XIX, he hallado que es usualmente denostada en la evocación o la descripción de los cañaverales. Notamos reticencia en poetas significativos y otros de menos recurrencia en la crítica y estudio de la poesía del XIX.  

Por ejemplo, Mercedes Matamoros, ante el paisaje desolado de un ingenio en ruinas, impregna su mención a las cañas  de una frágil mirada donde la nostalgia  que devela el alma adolorida  de la poetisa. Pero en su Canción de las cañas, aunque  parece que nos va a dar una visión favorable,  los versos que enseguida citaré, terminan de una manera inesperada. Según la Matamoros, las cañas se ufanaban de ser cubanas: “Nosotras somos, dicen, las favoritas bellas/ del más hermoso suelo que fecundara el sol; / nacimos bajo un manto de vívidas estrellas, / sin embargo somos las hijas del dolor”. Hijas del dolor, siluetas dolientes como las llamó otro poeta que oía el chasquido del látigo sobre espaldas esclavas. El Cucalambé juega a veces con las cañas. Al narrar el corte en el cañaveral dice festivamente que la gente, volcada al campo con entusiasmo, “a echar trozos al montón/ Con loco furor empieza”.  Más adelante, en el mismo conjunto de espinelas, el gozo hace una mueca: “Brilla el sol, sopla el terral, / la atmósfera está serena; / y a cada instante resuena/ la cuarta del mayoral”.

Menos conocido, Francisco Sixto Piedra, natural de Cárdenas, poetiza la molienda en días de esclavitud: “Entre las férreas mazas comprimida/ cruje la caña; la gigante torre/ como humeante volcán se ostenta erguida, / dulce guarapo en los canales corre/ y en su oleada de miel no logra al cabo/ endulzar la amargura del esclavo”.

Y como lo absoluto suele despeñarse por sus pies, Gabriel de la Concepción Valdés,Plácido, en su letrilla dedicada a la flor de la caña, pasa a convertirla, según  mi modo de ver, en  una metáfora de presumible y oblicuo doble sentido político, con cierto tono jocoso. En esos versos reclama a la “veguera preciosa de la tez tostada”: Ten piedad del triste/ que tanto te ama; / mira que no puedo/ vivir de esperanzas, / sufriendo vaivenes/ -como la flor de la caña”. Puesto a reanudar la polémica de Manuel Justo de Rubalcaba con las frutas españolas, José de Jesús del Ocio –escasamente mencionado en resúmenes literarios del siglo XIX, salvo José Manuel Carbonell en su gruesa Evolución de la cultura cubana-, Del Ocio  utiliza a la caña de azúcar, no como elemento paisajístico, sino como jugo dulce y elemento de beligerancia en lo que ya implica la ruptura con la metrópoli. Y proclama: “Yo no dejo el San Juan por el Henares/ ni un solar de mi Cuba por España, / ni por su pera nuestra dulce caña/ ni por montes de olivo mis palmares”.

6. Al mencionar los palmares, podemos repasar una especie de polémica paisajística entre la caña y las palmas. Anselmo Suárez y Romero, cronista, esto es, poeta en prosa, toma pugnaz partido contra la caña de azúcar, siendo él, incluso, propietario de un ingenio, quizás en contra de sus verdaderos intereses intelectuales. Como asegura Moreno Fraginals, Suárez y Romero, fue un inepto dueño del ingenio Surinam, en la jurisdicción de Güines. Fue, con más fortuna, un beligerante cantor de la palma. Recordemos la postal escrita en un álbum durante 1852, que resulta hoy como una expresión de cubanía en la prosa del XIX: “Hay una cosa en mi patria que nunca me canso de contemplar; no es la ceiba de hojas infinitas que se levanta en la llanura, ni la cañabrava que mece sus penachos con la brisa, ni los naranjos cargados de azahares, ni nuestro sol, ni nuestra luna, ni nuestro cielo tan azul y tan hermoso, ni el hirviente mar que ruje en nuestras playas; son los magníficos palmares que suspiran perennemente  en sus llanos y sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad  ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta  de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz  de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira. (…) ¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!

Con la primera línea de este párrafo, el autor inaugura un estilo más próximo a ese creciente proceso de divorcio de España. Es la diferencia dentro de la herencia. Y, sin forzar excesivamente el papel de Suárez y Romero, nunca he dudado en afirmar que sus estampas, en particular las tituladas respectivamente  Palmares y El guardiero, componen los primitivos orígenes de la crónica periodística cubana.

Escribió también una novela, Francisco, con perfiles abolicionistas, de un abolicionismo quizás sentimental. Y no nos extrañemos. La vida social y el papel de individuo inserto en ella no pueden someterse a comportamientos rígidos. Las paradojas –lo sabemos- son ingredientes de la historia. Pero en términos de identidad, en este escritor y pedagogo,  también profesor del colegio El Salvador de Luz y Caballero, el paisaje y la gente de Cuba ganan un espectro más luminoso y por tanto es más auténtica la emotividad con que lo refleja y lo recrea. Uno nota en Suárez y Romero, pues, el paso de lo criollo a lo cubano, que vemos incluso en el empleo de la palabra “casualidad” cuando se refiere a los palmares.  Las palmas se aglomeran como efecto de la casualidad, término  más conversacional, más cubano, en contraste con  “azar”,  palabra más propia de la retórica española.

Pero oigamos a Suárez y Romero  batir sus tambores contra la caña y su correlato industrial: el ingenio. Lo estimo como un resumen del criterio de entonces, época en que Villaverde exalta al guajiro y escribe la primera parte o la primera versión de Cecilia Valdés. Es decir, la literatura penetra en el interior de la sociedad y de la naturaleza, buscando entenderla, explicarla para adelantar el parto de la autoimagen de cada uno y a la vez de todos los que habitan el mismo espacio y hablan la misma lengua. Escribe Suárez y Romero sobre los ingenios: “Visto uno puede decirse que se han visto todos. No más que cañaverales inmensos de color verdegay (vivo y claro, LS) que forman horizontes, divididos en cuadros de diverso tamaño por estrechas guardarrayas, a cuyas orillas no ostentan, como en las de los cafetales, sus anchas copas ni el mamey, ni el mamoncillo, ni el aguacate, ni difunden tampoco su fragancia los azahares de los limones y naranjos”.

Poetas y prosistas tuvieron, pues, los sensores suficientemente aguzados como para reparar en el medio donde residían. Suele ser común que uno no vea los árboles cuando se halla inmerso en el bosque, o no valore la belleza que disfruta todos los días. Ahora bien, resulta una experiencia compensadora revisar las impresiones de los visitantes extranjeros sobre el paisaje de Cuba. Coincidían con los cubanos más sensibles y de sentidos más delicados. Siglos después, aún se les pulsa el pasmo de Colón: Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó nuestro país cuatro veces en el XIX. En cierta página de su diario de viaje estampó esta observación: “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, que vistas de lejos parecen formar grandes bosques y selvas y que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.”  Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...” Abiel Abbot, pastor  norteamericano, que recorrió a Matanzas y parte de occidente hacia 1828, describía entusiasta que la naturaleza cubana es tan bella  tal como si una mano artística lo hubiera hecho.

7. Entre los poetas y poemas registrados, muy pocos se refieren a la caña de azúcar con júbilo, o con ánimo de destacar su presencia sin que de alguna manera no quede una imagen, una palabra que recuerde el infierno verde del cañaveral. Para los propietarios de ingenios el concepto de prójimo era sustituido por el de utilidad. Y así el negro es solo “fuerza de trabajo”  y “el campo deja de ser paisaje para ser medio de producción. En el cañaveral se aglutinaba la riqueza esta clase poderosa, dominante, cruel, insensible  que –sigue  recordándonos Moreno Fraginals-  fue capaz de derivar hacia el anexionismo, porque consideraba que era “más conveniente sacrificar la nación al azúcar que el azúcar a la nación”.  José Antonio Saco, a pesar de sus limitaciones reformistas, pudo decir de los hacendados que “no tenían más patria que su ingenio ni más compatricios que sus esclavos”.  La literatura también coadyuvó a extender la conciencia antiesclavista en Cuba. El ejemplo mayúsculo, Cecilia Valdés o La loma del Angel, de Cirilo Villaverde, que el 28 de octubre de 2012, redondeó el bicentenario de su entrada en este nuestro país que el pretendió cambiar con su fundacional novela. Tal vez nadie sintetizó en letras la contradictoria, mezclada, soberbia y a la par injusta sociedad cubana signada por la esclavitud. Y de acuerdo con Villaverde, Cecilia Valdés recogió el testimonio que este, el autor, legó al futuro. En verdad, no componen poca cosa las letras de intención artística en la existencia de un país. Como hemos someramente recordado en esta conferencia, el arte y la literatura reciben la influencia del medio y de la existencia social, la codifican estéticamente  y la socializan como expresión de la autoimagen colectiva.

8. Quizás tengamos que convenir en que los románticos en Cuba  adelantaron la ruta hacia una expresión nacional. Los pintores románticos “descubrieron” el paisaje cubano, aunque, según mi opinión,  posiblemente por limitaciones técnicas o  por  escasa interiorización de la mirada, no lograron apoderarse de la luz propia de nuestro archipiélago. A la vez, los poetas y prosistas enfatizaron en  los términos más criollos,  nacionalizando el verso; por ejemplo, José Jacinto Milanés. El poeta  se regodea en  el  autóctono y sonoro “cauto jubo del manigual” en la fuga de la “cimarronzuela de rojos pies”. Pero es también el poeta que, consciente de habitar un país de esclavos, bendice la fuga, bendice las ansias de ser libre. El autor de La madrugada se empalma  con el lejano Silvestre de Balboa, y este engarce –uno más entre tantos-  sirve para demostrar que la gestación de la cultura no es un proceso de exactitud matemática, de dirección lineal, sino impreciso a veces, discontinúo por momentos, incluso redondo de modo que de un principio se vuelve a él para cerrarse o, como sucedió en nuestra cultura,  para dejarlo abierto y partir en un giro de espiral.

Renunciando repetir lo sabido,  parece que  la identidad nacional es mucho más profunda en La Zafra, de Agustín Acosta, en el siglo XX. ¿Ya acaso ha cuajado la autoimagen del cubano, autoimagen en que también se percibe la ideología nacional, la conciencia de la injusticia? Faltaba aún el envión definitivo en nuestra personalidad nacional. Y este mismo poema, uno de los dos grandes poemas civiles cubanos -el segundo en el tiempo, a mi juicio, es Elegía a Jesús Menéndez, de Nicolás Guillén-, entraña un  impulso para  que la nación, durante los años decisivos de los  1920 y 1930, se empine. La Zafra no es, en esencia, un poema hermoso. El adjetivo sería baladí, minimizador. Merece elogios,  sobre todo, sin soslayar sus aciertos poéticos, por haber sido un grito, la síntesis poetizada de los contravalores de la caña de azúcar. Nunca será válido, ni justo, excluir a Agustín Acosta de entre los poetas nacionales. Que no haya sido revolucionario en política, no impidió que fuera revolucionario en cubano, en poeta. Sus facultades creadoras, vertidas en versos dolientes, sonoros, cromáticos, como postales dibujadas con el incausto parecido a la sangre, acusan, señalan el mismo estorbo que, cien años antes de 1926, lastraba la concreción de la nacionalidad. En su conciencia y su obra se pulsa la ideología básica que particulariza a la identidad cubana: defensora de la justicia y apegada a la independencia. Y por ello,  aunque en su  poema-libro evoca tristemente el pasado de la colonia y la esclavitud, no evade el momento crítico de su presente: nombrar al nuevo culpable de la tragedia nacional: “Mientras lentamente los bueyes caminan, / las viejas carretas rechinan, rechinan…/Lentas van formando largas teorías/ por las guardarrayas y las serventías…/ Vadean arroyos, cruzan las montañas/ llevando el futuro de Cuba en las cañas…/ Van hacia el coloso de hierro cercano: / van hacia el ingenio norteamericano…”.

La Zafra es un hito de esa época crucial en que la nacionalidad, confusa, extraviada, se halla a sí misma en circunstancias limitadoras heredadas de la república intervenida y oficializada el 20 de mayo de 1902. La cultura nacional logró la síntesis evidente y beligerante frente al mimetismo neocolonial. Los poemas de Guillén brotan como consorcio de lo negro y lo blanco por encima de modas negristas, y más tarde, el poeta de Motivos de son conquista históricamente, en Elegía a Jesús Menéndez, la justicia definitiva para el esclavo, ascendiendo a “General de las cañas” a un dirigente sindical negro, ante cuya muerte, en décimas improvisadas  en la radio, El Indio Naborí cantó: “Oíd ha caído un cedro/ talado por un gatillo/ ahora sí que Manzanillo/ midió el dolor de San Pedro”.

Presentes también en esos años de los 20 y los 30, la música de  Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, con lo afro en lo sinfónico. Y  además el apogeo del son en la voz de los Matamoros. Y la pintura de Gattorno, Abela  Carlos Enríquez, que deslumbraban exaltando lo cubano sobre influencias extranjeras. Después,  el esplendor de cubanía  barroca en Lezama Lima,  y también lo popular en los cuentos renovadores y hondamente cubanos de Onelio Jorge Cardoso,  y la pervivencia y desarrollo de la música en el ritmo de Benny Moré,  y la extensión de la danza clásica con acentos de cubanía en Alicia, Alberto y Fernando Alonso... O la nueva y vieja cubanísima trova de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Antes de esos ejemplares momentos, y he de recordarlo sin que se tome como una caricia a  Matanzas,  panacea de tanta cubanía en la cultura que nos expresa; he de recordar, pues, que si el Himno Nacional inflamó el aire de Bayamo en medio del fuego de la guerra independentista y abolicionista de Céspedes,  y si los versos  y la música de Perucho Figueredo  escribieron el acta del nacimiento de nuestra patria, el parto  de nuestra cultura, cultura de resistencia, vuelta para sí  siendo ya en sí; después de todo ello, tras el  Pacto del Zanjón entre cubanos y españoles, en 1878, un músico mulato matancero concibió simultáneamente el danzón, género bailable nacido de la contradanza europea, pero con células sobre las cuales se erguía la síntesis de lo cubano que en esos momentos sufría su primer revés político más que bélico. ¿Y acaso no hay mucho de la frustración patriótica de aquel momento en el empaque, la solemnidad melancólica del danzón que Miguel Faílde nos legó como baile  y música nacionales?

9. Esta aproximación a los orígenes de los sentimientos que nos unen y se imponen cubanamente a las diferencias efímeras, ha de concluir parcialmente con una décima, la estrofa nacional, estrofa imbricada con  la tierra nuestra, esa tierra nuestra que Carilda Oliver quiere toda sobre sí. Es de El Indio Naborí, cuando ya ciego siguió viendo en lo vivido: “Estoy viendo, como quien/ sueña en una noche triste, / paisaje que ya no existe/ con ojos que ya no ven. / Magia de supremo bien/ hay en el recuerdo mío, / cuyo visual poderío/ desde un mirador profundo, / está repoblando el mundo/  que se me quedó vacío”. En el poeta, la identidad, luz del espíritu,  sustituye la luz física. Y ve, aunque no vea.

Cerremos con Lezama Lima. Este párrafo es aplicable a nuestro tiempo, cuando creemos que el pesimismo del deterioro nos sepulta. Por momentos olvidamos que somos y que aún nos estamos haciendo y rehaciendo. Esto dijo Lezama el  11 de septiembre de 1957, en días de angustia:

“Al fin, estamos en el caos consecuente de la desintegración, confusión e inferioridad de la vida cubana de los últimos treinta años. (Igualmente se puede decir: de todo el período republicano.) Por un lado, susto, sorpresa, perplejidad. Por el otro, desesperación. Falta de lazos históricos, de sentido arquitectónico en la nación, de metas a llenar por las generaciones.

“No se puede decir que el cubano carezca de energía, de resolución. La tiene. Tan sólo que su punto de inserción entre el individuo y lo histórico, es fofo, ligeramente hedonista, con ribetes ingenuos de conquistador impotente.

 (…)

“Lo que nos falta es gravedad esencial, medianoche con Dios, orgullo que desprecia lo insignificante social. Gravedad, orgullo, Dios; nos parece que es bastante lo que nos falta. Nos falta un fragmento, ¨una cosa¨, pero en ese fragmento y en esa cosa están todas las cosas esenciales, verídicas, eternas”.

Hasta ahí, Lezama. Y este periodista, suplicándole la a veces teatral venia del poeta,  se atreve a decir: todas esas cosas esenciales, verídicas, eternas  que afirma el maestro de Paradiso, están en nosotros. En nosotros, hermanos, que, como ha recomendado Tagore, no debemos llorar el sol de noche, porque no veríamos las estrellas.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

Arias, Salvador, El reto perenne, ed Unión, La Habana, 2008.

Arrom, José Juan , Certidumbre de América, ed. Letras Cubanas, 1980.

--En el fiel de América, ed. Letras Cubanas, la Habana, 1985.

Fornet, Ambrosio, En blanco y negro, ed. Colección Cocuyo, La habana, 1967.

Ichaso, Francisco, En defensa del hombre, ed. Trópico, 1939.

Manzano, Roberto, en La letra del escriba, abril de 2012, No. 105.

Mañach, Jorge, Ensayos, ed. Letras Cubanas, la Habana, 1999.

Moreno Fraginals, Manuel, El ingenio, ed. Ciencias Sociales, La habana, 1978

---Orbita de Moreno Fraginals, ed.Unión, La Habana,  2009.

Uslar Pietri, Arturo, Las nubes, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1997.

Varela, Félix, Cartas a Elpidio, ed. Cubana, Miami, 1996.

Vitier, Cintio, Lo cubano en la poesía, ed. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1970.

 






 



 



 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEBATE… SIN EL BATE

DEBATE… SIN EL BATE

Luis Sexto

Publicado en Juventud Rebelde

Por este o por aquel lado de Cuba se debate sobre el debate. Y la recurrencia de litigios, sobre todo electrónicos, avisa de que tanto como con el trabajo honrado, la justicia social, o la educación rigurosa, la salud política de una sociedad se conserva y se depura también con la discusión.

El debate merece dos calificativos para definir sus ventajas: útil e imprescindible. No todos, sin embargo, estamos convencidos de la urgencia de discutir. Quizás  medio  siglo levantando la mano y exaltando la unanimidad, también considerada necesaria en circunstancias de resistencia, disminuyó nuestro interés por enjuiciar democráticamente aspectos trascendentes del discurrir ciudadano.  Pero ese argumento sólo podría integrar parte de una explicación sobre nuestras insuficiencias para confrontar ideas. Como trataré de demostrar, influye otro factor.

Veamos. En torno a un terreno de  béisbol abundan las “esquinas calientes”.  Tanto empuje y razón contienen  muchas de las infinitas opiniones y sugerencias de los aficionados,  que a veces conducen a rectificar decisiones contraproducentes en la organización  beisbolera. Pero admitamos que también en esta discusión deportiva, el manoteo y la algarabía indican  incapacidad para litigar razonablemente, con ingenio y argumentos. Carecemos de flema y humor para devolver limpiamente una estocada.

De esos rasgos y recursos enumerados con visión humanista y no sociológica, lo peor es  el insulto. Clasifica como una de las pruebas primordiales de que muchos cubanos carecemos del talento para debatir. El insulto suele teledirigirse como nuestro mejor argumento. Porque cuando las ideas o las palabras no nos alcanzan, invalidamos al oponente poniendo ante el ventilador un cartucho de desechos.  Y así preferimos vencer por “nocaut”, aunque con un golpe bajo.

Probablemente, el insulto y la descalificación vengan siendo, pues,  como aristas del choteo que Jorge Mañach clarificó hacia los 1920. El choteo, de aparición intermitente, equivale a reír ante lo que no entendemos, y también a descoyuntarnos en protestas ante lo que no aceptamos ni queremos razonar, para emparejarnos insolentemente con quien se nos va arriba en razón o en elocuencia.

Más de una vez he repetido que don Fernando Ortiz, a principios del siglo XX, se refirió a nuestra alergia crítica en un libro titulado Entre cubanos. Esta tipología alérgica se desencadena por causas tan baladíes como que un comentarista, en función de su papel, nos señale un error en lo dicho, lo hecho  o lo escrito. Y no solo sofoca o enrojece la piel. A veces esta alergia causa sordera. Y por tanto nos negamos, entre movimientos de cabezas o manotazos al aire, a escuchar la posición del otro. Casi cada uno de nosotros suele creerse partero y portero de la verdad.

Lo mismo pasa con la libertad de expresión. Si es mi libertad, bien, compañeros. Ah, pero si es la ajena, su queja o la tuya oprimen mi derecho a obrar aunque ofenda a mis semejantes. Ignoramos, con la más impune de las sinrazones, que una opinión, una generalización, incluso una obra literaria o teatral, la letra de una canción, indecorosamente expuestas o compuestas pueden lastimar la sensibilidad  de otros. ¿Tendremos  acaso que ubicar carteles en todo el territorio del archipiélago para deletrear, como en una cartilla ética, que la libertad y el derecho de una persona terminan donde comienza la libertad y el derecho de los demás?

No obstante esas limitaciones, urgimos del debate. Y estamos forzados a respetar el derecho ajeno y a oír también lo que nos disgusta, en una discusión honrada, patriótica sobre lo que aqueja o sobre lo que hemos de hacer por la nación. No la considero tan endeble como para estremecerse cuando dos criterios  se confrontan. Por el contrario, el país gana amplitud, certeza democrática y se aproxima a la unidad diversa. La vocación política del debate  establece oír y respetar las distintas voces. 

Y por su naturaleza social, el debate exige además una forma que preserve la dignidad de cuantos juzgan el acontecer de manera distinta.  O dudan. O no comprenden. Por ejemplo, en cuarenta años de ejercicio periodístico, lectores o radioyentes me han bombardeado por una o dos de mis opiniones. Y antes como ahora, casi todos mis contradictores, en sus cartas o artículos, han resuelto la querella llamándome crítico trasnochado. Imaginen: trasnochado yo, que duermo siete horas diarias. Religiosamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la mentira al mito: corrupción política, racismo y apatía cívica

De la mentira al mito: corrupción política, racismo y apatía cívica

¿Importancia de los hispanos en las elecciones presidenciales en los EEUU?

Por Pedro González Munné*

Las elecciones presidenciales, como todo el proceso político en los EE.UU es un oneroso circo. Los candidatos se pasean por el inodoro multicolor de la televisión norteamericana, esparciendo discursos mendaces elaborados por puntillosos artífices de la publicidad, diseñando desde el color del maquillaje del personaje, hasta los biotipos y atuendos de las personas utilizadas en el trasfondo para el encuadre perfecto de la cámara.

 Lo revelador es que el norteamericano promedio espera esto de sus candidatos y mientras la alta definición de la televisión permite disfrutar en detalle de los macabros espectáculo de programas de violencia y crimen morbosamente elaborados, las pantallas se llenan de estas presentaciones con los cotidianos tratantes de ilusiones y sus morrales de promesas incumplidas.

 Los números de las encuestas muestran hoy a los hispanos votando o prometiendo apoyar a un candidato y a otro, mientras en la realidad que de los más de 52 millones de hispanoparlantes en los EE.UU contados por el Censo1 –si contar otro 10% extra al menos de indocumentados-, menos de la mitad podemos votar, o sea 23.7 millones2.

  Lo grave no es eso, sino que solamente el 21%, o 10.9 millones, están inscritos para votar.

  En el 2010, apenas 6.6 millones votamos, lo cual implica solamente un 12.7% de la población de hispano parlantes que pudieran participar en el sufragio, o sea muchísimo menos que los negros y por supuesto, los blancos norteamericanos.

 Otra parte de la tajada radica en que la inmensa mayoría de esos posibles votantes (75%) nacieron aquí, en los Estados Unidos, sobre todo en familias de origen mexicano, lo cual nos hace caer en otro aspecto del mito del votante hispano.

 Esta mayoría silenciosa3 tan traída y llevada en las noticias, comentarios y barraje de falacias de la prensa norteamericana se caracteriza por la indiferencia ante el proceso político, sobre todo tomando en cuenta de que la prioridad para un hispano en los EEUU es encontrar trabajo y mantener a su familia, uno de los retos mas importantes en estos momentos de crisis económica.

 Encontrar un trabajo, poder estudiar, no ya al nivel universitario, sino un oficio bien pagado, se convierte en doblemente difícil cuando te apellidas González o Martínez. El racismo existe y es mucho más radical contra nosotros, las personas pardas4, como nos calificara el viejo Bush, aquel Presidente que fuera de la CIA y trabajara con Richard Nixon –otro Presidente mentiroso que echaran de la Casa Blanca-, hablando de su propio nieto, hijo de mexicana.

 Cifras recientes del Gobierno federal norteamericano declaran que el desempleo en este mes de Octubre supera el 12% entre los jovenes entre 18 a 29 años de edad y en los hispanos alcanza el 13.4%. Aparte de ello 1.7 millones de jóvenes adultos no se cuentan como desempleados por el Departamento de Trabajo federal, porque, sencillamente desistieron en su búsqueda de un empleo5.

 Por lo tanto ¿qué interés puede nuestra gente en participar en un proceso político al cual no le ven beneficio inmediato para sus vidas?

 Y esas las preocupaciones reales de la gente, lo cual ninguno de los candidatos ha respondido a satisfacción, apenas a unos días de las elecciones y luego de maratónicos espectáculos, en once meses de intenso proselitismo entre comunidades blancas y urbanas, media docena de debates republicanos, entre enero y junio, las dos grandes convenciones partidistas -demócrata y republicana-, y finalmente, los tres debates presidenciales entre Obama y Romney.

 En el caso de los cubanos es totalmente diferente, pues se declaran masivamente republicanos (70% de los votantes están registrados así en el municipio Miami-Dade, donde radica la mayoría, un 73%, o sea, 392,799 votantes), sobre todo las personas mayores, las cuales son el ganado electoral6 del sur de la Florida.

  Este grupo, controlado por una generación perversa, amputada por el bisturí del poder revolucionario cubano en los 60, implantada como cáncer malvado, con sus acólitos, gurús y putas en una ciénaga insalubre, con toda malicia bien lejos de las ciudades blancas de los Estados Unidos, en lo cual se conoció desde entonces como Mayami7, implica gran parte de los 1,207,020 votantes inscritos, de los cuales son de origen latino el 52 por ciento.

  La mayoría cubanoamericanos y un gran pedazo de ellos el ganado electoral, integrado por pobres viejitos retirados nacidos en la isla, adoctrinados cotidianamente por la radio latina con el tema de Castro y Cuba, temerosos de perder su magra ayuda de Gobierno si no siguen las instrucciones de los sargentos políticos8 que medran en sus barrios9.

  Un punto importante en este tema ha sido el crecimiento considerable de las llamadas boletas ausentes10 en los últimos diez años, las cuales hoy suman 173,211. Diseñadas para las personas que por serios problemas personales o de enfermedad no podían acudir a las urnas el día de las elecciones, se han convertido en clave de la maquinaria política local, la cual las vende a los políticos a $50 por cabeza.

  Otro grupo importante de votos controlados son los viejos latinos, sobre todo cubanoamericanos que sobreviven en los comedores y centros de ancianos pobres, ubicados en su mayoría en las zonas depauperadas Pequeña Habana y Allapatah en la ciudad de Miami. Como dato significativo la hermana del actual alcalde del Condado [municipio] Miami-Dade, la señora María Cristina Penedo, controla 11 de estos centros de ancianos y su socia es Josefina Carbonell, quien fuera asistente del congresista federal Lincoln Díaz Balart, el cual renunciara recientemente, vinculado a un proceso de lavado de dinero de la droga11.

  Solamente en Miami se dan estas componendas y todavía hay quien se asombra que salgan electos los mismos políticos corruptos que han destruido esta comunidad y cuyo caballo de batalla es mantener el embargo a Cuba para luego exprimir los fondos federales destinados a las llamadas organizaciones exiliadas por la libertad12, las mismas que chantajean, aterrorizan y mantienen subyugado a este ganado electoral.

  A estos viejitos los transportan, si no votan con boletas ausentes por quien les dicen los sargentos políticos de barrio, en los ómnibus del sistema escolar local, les dan un refresco y un pan con algo, con una tarjeta con los números que tienen que ponchar en su boleta para elegir a quienes determina la maquinaria política local.

  Señores, esto es pura democracia representativa al estilo norteamericano, quien lo dude, que venga y lo vea13.

 

*Periodista cubano emigrado. Cuatro Premios Nacionales de Periodismo en Cuba, Vanguardia Nacional del Sindicato de los Trabajadores de la Cultura de Cuba. Seis libros publicados, uno en preparación.

 

Bibliografía utilizada:

 

1        Census Bureau Homepage, Varios en www.census.gov

2        Pew Hispanic Center, Varios, en www.pewhispanic.org

3        Gratius, Susana (2005). El factor hispano: los efectos de la inmigración latinoamericana a EEUU y España. En www.nuevamayoria.com

4        Groer, Anne (1988). Bush of His Grandkids: ‘The Little Brown Ones’ [Bush sobre sus nietos: Los pequeños pardos, (Trad. Del Autor)]. Agosto 17, 1988. En: Orlando Sentinel, Orlando FL. http://articles.orlandosentinel.com/1988-08-17/news/0060200254_1_jeb-bush-grandchildren-president-george-bush

5        PR Newswire. 12.0 Percent unemployment for young americans as presidential election nears [12.0% de Desempleo entre los Jóvenes norteamericanos mientras se acercan las elecciones presidenciales (Trad. Del Autor)]. http://money.msn.com/business-news/article.aspx?feed=PR&Date=20121102&ID=15748610&topic =TOPIC_ECONOMIC_INDICATORS&isub=3

6        González Munné, Pedro (2012). Ganado Electoral. en El Color de la Mentira. pp. 129-131. Ed. Letra Viva, Coral Gables, FL

7        González Munné, Pedro (2012). Los Sísifos de Miami en El Color de la Mentira. pp. 97-98. Ed. Letra Viva, Coral Gables, FL

8        Sargentos políticos es un concepto de personas que a nivel de barrio o comunidad se dedicaban en la época de la Cuba republicana (1902-1959), como parte de la corrupción política existente en el país a obtener votos sobre la base de coacción, promesas de favores o dinero [Nota del Autor].

9        Obra citada, ver 6.

10     Boletas ausentes [Absentee Ballots], son las boletas entregadas por correo o personalmente a los votantes que no pueden acudir a las urnas los días de votación, por estar ausentes de su residencia o tengan otra razón para no presentarse a la elección.  [Nota del Autor].

11     Obra citada, ver 6.

12     González Munné, Pedro (2004). Las 30 monedas del exilio en Rehenes del Odio. pp. 18-19. Ed. Letra Viva, Coral Gables, FL

13     Obra citada, ver 6.

NOTA AL MARGEN:

¿POR QUÉ HABLAN MAL DE OTROS SISTEMAS ELECTORALES?

El sistema electoral estadounidense es indirecto, lo que implica que el presidente y el vicepresidente son elegidos por un Colegio Electoral y no por los ciudadanos de forma directa.

En las elecciones presidenciales, los estadounidenses eligen a los electores que los representarán en el Colegio Electoral. El Colegio Electoral está integrado por 538 electores, por lo que se necesita una mayoría de 270 votos para ganar los comicios.

Cada estado y el Distrito de Columbia tienen representación en el Colegio Electoral. California es el estado que más electores tiene, con 55, seguido de Texas con 38 y Florida y Nueva York con 29, mientras que Alaska, Washington D.C., Delaware, Montana, Dakota del Norte y del Sur, Vermont y Wyoming solo tienen tres.

La mayoría de los estados tiene un sistema en el que el ganador se lleva el total de los electores, sin importar la diferencia por la que se imponga. Solo Maine y Nebraska tienen un sistema de representación proporcional.

Concluidas las elecciones, los electores se reunirán el 17 de diciembre en cada estado para votar al presidente y vicepresidente.

El 6 de enero, el Congreso se reunirá para contar los votos de los electores. El vicepresidente, en su papel de presidente del Senado, es el encargado de anunciar al ganador.

 

LAS COSAS POR SU NOMBRE

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Luis Sexto

 

 

 

 

 

 

 

Las personas y las cosas se conocen por un nombre y también por dos o tres más que resultan sus sinónimos. Sinónimos que no cambian la esencia del objeto o de la persona. Eres quien eres aunque te llames Francisco y te digan Pancho. Eso está claro. Pero otras veces el equívoco nos burla, se ríe de nuestra irreflexiva imaginación, de nuestra escasez de perspicacia. Al parecer, asumimos una conducta acomodaticia, escurridiza, un estar quieto para ver qué pasa.A ese extraño ropón, que intenta ser transparente para ocultar bajo la luz las manchas, lo hemos llamado doble moral: esto es, decir y luego hacer lo contrario; acatar y luego olvidar o cumplir mal, comprometerse y cruzar los brazos… En fin, es viejo el recurso de las apariencias, el simular para defendernos y a veces para engañar o dañar.

Pero si la doblez es perversa, lo peor se remite a que las máscaras se conciertan en una comunidad de intereses. Y la mano izquierda lava la derecha y la derecha a la izquierda, y ambas lavan la cara… Ello, lo sabemos, conspira contra el socialismo; más bien lo niega y lo desacredita. A veces reprochamos a los ciudadanos comunes que acudan a fórmulas individualistas, las infinitas truculencias con que incrementan un salario corto o disminuyen su incapacidad para pagar unas cuentas largas. Y les reprochamos un afán consumista que estimamos se empalma con los peores apetitos del capitalismo. Pero si estoy en contra de todo cuanto pervierta la conciencia social, no considero correcta una crítica que soslaya las necesidades irresueltas y que habla de consumismo cuando el consumo está deprimido. Esa postura de juzgar los actos humanos desconociendo el perfil de la escena en que se mueven los actores, viene siendo la causa de que cualquier opinión honrada pierda filo, agudeza, y se sume, tal vez sin pretenderlo, al cuartón de la doble moral. ¡Ah, mira a este!, podría decir el ciudadano agobiado ante una recriminación inconsistente con la vida y la verdad.

Tendré que aclarar que no justifico, sino me explico. E intento sugerir, una vez más, que la propaganda no sustituye a la política. Ni la retórica a la acción creadora. Y si un número innombrable de personas estruja la legalidad y retrasa su virtud, no nos quedemos solo en la gente común, en los que trabajan y se subordinan. Me lo advertía un lector muy inteligente: Hay que enfocar con ese reflector también a cuantos se dedican a administrar. Muchos de los defectos y deficiencias del empresariado o de la esfera administrativa se remiten a que, en estas circunstancias materiales tan severas, se han aprovechado de unas facultades a veces sin fiscalización y reorientan los intereses que representan hacia sí mismos. Por tanto, el periodista que soy pregunta: ¿Podrá ser inconveniente andar por esas calles de Dios y oír comentarios y confesiones disímiles? ¿Será dañino escuchar que algún responsable de más arriba viene a inspeccionar el domingo —¡de lejos; qué sacrificio!— y luego, hecho el trabajo muy rápido, aprovecha el viajecito y se desvía hacia Varadero u otra playa, o perjudicará enterarnos de que, en este sitio donde algunos cuadros fueron removidos, solo los trasladaron de cargo, porque, en fin, las manos se lavan unas a otras?

Todo ello forma parte de esa fórmula de cambiar el nombre a las cosas y asignarles el que no les corresponde. Y exigir viene siendo como gritar y dar la espalda, y controlar equivale a recitar una consigna, y tomar medidas indica moverse hacia un lado y esperar a que los vientos del rigor se aplaquen. Concluyamos, pues, que si la actitud de los trabajadores que hurtan recursos de su centro de trabajo, o se prostituyen, y creen que están luchando legítimamente por sí mismos, significa un riesgo para la honradez colectiva, es también igual de peligroso que quien dirija la asamblea limite la palabra y prohíba hablar de cuanto a él no le conviene, o cobre con represalias, en el espacio remoto del municipio o del centro laboral, la denuncia pública.

Ustedes lo saben: me he negado como norma ciudadana y profesional abusar del privilegio de escribir y publicar. Y por tanto no intento enrarecer el clima moral de mi país. Quisiera que mis lectores vean en estas palabras, en esta solidaria advertencia de una voz en el camino, la garantía de que, por muy oscuro que sea el momento, las luces de lo más justo, equilibrado y revolucionario de nuestra sociedad está en vigilia. Y el periodista es solo un instrumento al que solo se le debe prohibir cambiar el nombre a las cosas. (Tomado de Juventud Rebelde)

 

ENIGMA Y CERTEZA DE LA MULATA CECILIA

ENIGMA Y CERTEZA DE LA MULATA CECILIA

Luis Sexto

En el bicentenario de Cirilo Villaverde

(Tomado de Cubahora)

Sobre la ardiente, vocinglera, mareante mulata Cecilia quizás penda todavía el enigma de haber sido realmente un nombre en algún libro de bautismos y no solo en la imaginación de Cirilo Villaverde, autor de Cecilia Valdés o La loma del Ángel, novela fundacional de la literatura cubana.

Hace más de tres décadas, Reinaldo Peñalver Moral (1927-1999), periodista con nariz de sabueso, publicó en la revista Bohemia uno de los hallazgos reporteriles que le consolidaron el crédito de sagaz barrendero de los sótanos donde se protegen de la luz aspectos, si no esenciales, interesantes del acontecer cubano. De acuerdo con sus indagaciones, cierta tumba en el cementerio de Cristóbal Colón en La Habana pertenece a Cecilia Valdés. ¿Será esta la trágica y cimbreante enamorada de su medio hermano Leonardo?

Esa duda parece seguir desafiando la investigación, pero no fue la única que cercó a la mulata protagonista y clave de una cubanía tatuada en la piel del mestizaje. Cecilia Valdés exhibe las cicatrices de la contradicción. La anuencia y el disgusto compusieron durante varios decenios una especie de “chancleteo” de alcurnia crítica. Y ello es la prueba de su acierto como obra literaria que desde el costumbrismo se acerca, a mi parecer, al realismo crítico. Impresa en 1882 en un taller tipográfico de New York donde se tiraba el periódico en español El Espejo, Cirilo Villaverde, posiblemente remató allí la versión definitiva, porque a partir de 1849 residió habitualmente en los Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, salvo esporádicas estancias en Cuba.

Villaverde se exilió después de participar en la conspiración de Trinidad y Cienfuegos en 1848. Luego se desempeñó como secretario del general Narciso López, que por dos veces desembarcó en Cuba con expediciones compuestas por cubanos y norteamericanos. En la última, el caudillo, nacido en Venezuela y propulsor de la anexión de Cuba a los estados esclavistas del sur de la Unión, fue apresado y ejecutado en garrote en 1851. La esposa de Villaverde, Emilia Casanova, cosió la bandera enarbolada por López y que reverenciamos como enseña nacional, tras descontaminarse de su origen anexionista en la guerra independentista de 1868.

Cecilia Valdés o La loma del Ángel pasó la prueba de la crítica, contradictoria y afirmativa la vez. A pesar de la polémica sobre sus insuficiencias de estructura, la reducción psicológica de sus personajes y sus caídas estilísticas, mantuvo a fines del siglo XIX y años siguientes el título de libro capital en la literatura de la colonia, y su autor, Cirilo Villaverde, el mérito de ser el abanderado de la literatura cubana. Ya en nuestros tiempos se discute poco sobre el expediente literario de Cecilia Valdés. Se mencionan, de oficio, los reparos que la limitan, pero nadie tampoco la eximiría hoy de un catálogo de obras primordiales de las letras cubanas.

Quizás todavía algunos estudiosos difieran al ubicarla en las casillas de tendencias o métodos creativos: unos creen que es novela realista; otros, en cambio que es expresión del costumbrismo activo. Pero, en fin, la polémica mantiene vigente la relevancia de Cecilia Valdés. A 130 años de su publicación, y en el bicentenario de su creador, no extraña, pues, que este lienzo de la sociedad colonial en el siglo XIX sea pieza que se estudie en las escuelas y las universidades cubana, y críticos y estudiosos le hayan concedido el número uno en la preeminencia de la literatura anterior al siglo XX, cuando el historiador César Rodríguez Expósito los sometió en 1948 a una encuesta, cuyos resultados publicó La Revista Cubana, editada por de la dirección de Cultura del Ministerio de Educación.

La indagación se dirigía a establecer, en opinión de los principales intelectuales de esos años, los 20 mejores libros de la época colonial y los 20 de los años republicanos. Cecilia Valdés mereció el primer lugar sin pariguales en el siglo XIX. La siguieron La Historia de la esclavitud, de José Antonio Saco, y Poesías, de José María Heredia, que recibieron igual número de votos en el segundo lugar. Colmaron la lista, entre otras, obras de José Martí, Luz y Caballero, Félix Varela, la Avellaneda, Francisco de Arango y Parreño, Felipe Poey, Bachiller y Morales, Álvaro Reinoso, Manuel Sanguily y Manuel de la Cruz. Una encuesta similar respondida hoy, tal vez modifique el orden de algunas obras, o elimine otras e introduzca nuevos títulos Lo que parece indiscutible es que Cecilia Valdés seguirá ocupando un lugar fundacional en la novelística cubana. Aun en los años siguientes a su edición definitiva en New York, ni los más ardientes cuestionadores se negaron a reconocerle el título de la mejor novela cubana hasta ese momento. Y si algún crítico destapaba una llaga, otro, de igual o más valía, le aplicaba la opinión contraria.

Martín Morúa Delgado, por ejemplo, sostenía que los personajes de Cecilia Valdés habían surgidos para andar solos, porque juntos, vistos en plano general, anulaban “el efecto del rico argumento de la obra: la fotografía social del pueblo cubano en la generación de 1812 a 1831”, pero al final advertía que no obstante todo lo dicho negativamente en su análisis, no podía quitarle el puesto entre las mejores novelas cubanas. Enrique José Varona, en cambio, emitía un juicio entusiasta y totalizador: “Cecilia Valdés es la historia social de Cuba”. Líneas antes había escrito que era “evocación maravillosa (...), exteriorización palpitante de la vida íntima de un grupo humano”.

Villaverde había vivido parte de cuanto narró. Nacido el 28 de octubre de 1812 en el ingenio Santiago, próximo a San Diego de Núñez, poblado de la costa norte de la provincia de Pinar del Río, a unos 10 kilómetros de Bahía Honda, se atrevió a reflejar su contemporaneidad en la primera edición de Cecilia Valdés, en 1838 en la revista La Siempreviva. Si Villaverde más tarde no hubiera acometido la reescritura, quizás la novela habría pasado como un intento costumbrista más en la etapa en que la narrativa cubana empezaba a exigir personalidad literaria. Hubiera carecido de trascendencia.

Entre 1838 y 1879, año este último en el que concluyó la obra, Villaverde enriqueció su óptica de escritor con los afanes del revolucionario. Del anexionismo derivó hacia el independentismo. Y ello le propició, en su propósito de ampliar y corregir su novela primordial, un reflejo crítico, vivo de la sociedad contra cuyos estigmas y crueldades él mismo peleaba. Algunos de sus críticos más pugnaces tuvieron razón al reprochar a la novela defectos de estructura, de personajes y de estilo. Villaverde escribió sobre una herencia literaria muy endeble, incluso su formación romántica. Sin embargo, la calidad de la novela salta por encima de las deficiencias personales y de época. Apareció, tal quería Stendhal, como un espejo. El espejo de la Cuba vieja que debía extinguirse para empezar a observar los nuevos perfiles iniciados con la guerra independentista de 1868.

Cecilia Valdés o La loma del Ángel fue, desde la literatura, la legitimación ideológica e histórica de la revolución que ya José Martí predicaba y que irrumpió en 1895, un año después de la muerte de Villaverde en New York. Que en la necrópolis de Colón se halle o no se halle la huesa que le daría identidad, poco añade a la novela. La mulata Cecilia, real o ficticia, se ha fundido con la historia. Y existe. Porque “su testimonio” el autor, según propia confesión de Villaverde, lo escribió “para el futuro”.

TANTO EN TAN POCO

TANTO EN TAN POCO

Luis Sexto

(Tomado de Cubahora)

Los escritores que clasifican su oficio como un litigio entre los hechos o las ideas,  las palabras y la esencia, parecen aspirar a que la  síntesis los defina. Las palabras, cuando sobran o cuando no resumen el alma del contenido, recomiendan desfavorablemente a sus autores.  Pero pocos nos atrevemos a cumplir  esta norma: Que tanto quepa en tan poco, como me aconsejó hace años Cintio Vitier. Cuando conquistas la síntesis, a pesar de la fatiga, el talento atraca en el muelle de la divinidad. Porque el concebir y articular mucho contenido en un breve recipiente es como obra de dioses que generan vida de la vida. Comparando, la miniatura es la más irrebatible confirmación de la sutileza de los dedos si de orfebrería o escultura tratamos;  en la literatura, el reinado de la síntesis lo ejerce el haikú.

Esta estrofa significa en Japón lo que el bonsái en la floresta: un árbol de proporciones enanas. Es decir, concentra un instante, una impresión en tres versos, según la preceptiva japonesa: el primero de cinco sílabas, el segundo de siete y el tercero de cinco. Semeja un epigrama, un refrán por su capacidad de sintetizar y sugerir. Para cualquier poeta esta estrofa es un desafío de ingenio, síntesis y concisión. Nada puede faltar ni sobrar en ninguno de sus versos. Basho, a quien estiman como el más alto poeta de Japón, dijo que el haikú es lo que está sucediendo en este lugar, en este momento. Y  lo ejemplifica: “Un viejo estanque, / Se zambulle una rana: / ruido del agua.” Este también con su firma: “A la intemperie, / Se va infiltrando el viento/ hasta mi alma.” Kiorai construye en este una definición del desarraigo,  la nostalgia,  la desgarradura de la partida: “Es ya mi aldea/ un sueño en un viaje. / Ave de paso”.

Y esta miniatura literaria japonesa, parece extender su influencia entre los poetas de otras lenguas. Richard Wright, norteamericano conocido por ese libro conmovedor titulado Soy negro, llegó a escribir dos mil haikús; fue su pasatiempo en los últimos días de sus 50 años. Y recogió poco más de 800 en su libro Haikú. This Other Wold, que la editorial cubana de Arte y Literatura publicó, en 2007, en una edición bilingüe con título traducido literalmente del original. Haikú: este otro mundo.

Wright tiene razón: el haikú compone otro mundo; el mundo de lo breve, lo condensado, lo esencial. En muchos, el autor de Los hijos del Tío Tom logró captar un matiz sugerente de cuanto subyace en una fugaz visión del paisaje o del movimiento de las estaciones climáticas o del quehacer cotidiano de los seres humanos. En el número 148 de su libro, Wright escribe: “Como la muerte es, / bajo un buitre que ronda, /la aldea en otoño.” En el original dice: “As still as death is, / Under a circling buzzard, / An autumn village.” Y lo que nos parece, en el orden clásico del haikú, que el poeta se convierte en una especie de pintor o grabador, o fotógrafo.  Es, repetimos a Basho, lo que ocurre aquí, ahora. Esta forma poética detiene el tiempo en su fulguración objetiva. Como si el reloj se detuviera para siempre: “Tarde invernal: / Vi un flaco espantapájaros/ engullendo chuletas. Este haikú es también de Wright. Y uno se pregunta: qué ha pretendido con esa pincelada. Quizás el poeta intenta convertir en único un detalle del paisaje, al  grabarlo mediante  el álgebra cromática del poema.

El haikú ha venido a ser la antítesis de los grandes cantos de la literatura occidental, epopeyas clásicas como La Iliada, La Odisea, Jerusalén liberada, El paraíso perdido, La Divina comedia. Y contemporáneamente algunos poemas de Pablo Neruda, por citar a un autor. En obras de tanta extensión, la poesía no parece concentrarse, sino dispersarse en una escala versos. Y en  Japón esta miniatura literaria  posiblemente sea un arte predilecto por la  infinita diversidad de sensaciones que el haikú sugiere. En lo  profundamente concentrado,  lo que solo puede presentirse permite la indagación, la introspección, la felicidad de un hallazgo que puede ser diferente en cada ojo.

Varios poetas cubanos acometen también esta forma grácil y estrecha para enjaular una sensación o una acción en sus líneas básicas. Ediciones Matanzas publicó hace poco La desnudez del Ángel, de José Manuel Espino, nacido en la ciudad de Colón en 1966, y cuya maestría en el haikú lo convierte en una voz lírica muy dúctil. Entre los cientos de este libro elijo leer, por ejemplo: “Mueren las playas/ En los vidriosos ojos/ De sus ahogados”. O esta otra cápsula de un momento único: “Tanta dulzura/ Comiéndose en mis labios/ Como ciruelas”. Para concluir este breve acercamiento a su obra, este otro haikú en el que Espino se empina hacia la sutileza conceptual: “Hombre sin brújula/ Ignoras que comienza/ En ti la patria.” Espino, más que la tradición clásica del tema –la naturaleza y sus estaciones- practica la tendencia de partir ingeniosamente de la impresión sobre cualquier hecho o idea.

Ahora una pregunta inquietante: cómo habremos de leer esta monótona aglomeración de estrofas tan breves y uniformes, como cortos sus versos que parecen relampaguear. Este articulista los lee despaciosamente, uno ahora y el siguiente más tarde, como si fueren una lectura espiritual durante la cual uno ha de detenerse para meditar o asimilar una verdad o una imagen.

El haikú es breve; su lectura larga.

LA FRENTE LEVANTADA

LA FRENTE LEVANTADA

Luis Sexto

Mantengo una deuda: nunca he escrito de los Cinco. La recuerdo  cuando  hace más de un mes, el se cerraron 14 años del arresto de Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René, eslabón inicial  de lo que pudiéramos llamar su cruzada patriótica, no por salir de una prisión injusta y vengativa, sino por hacer visible y vigente el derecho de Cuba a existir como nación independiente y justa.

Se lo confesé a Elizabeth Palmeiro: Estoy en deuda. Nos encontramos por primera vez, cuando, al ir hacia la Plaza de la Revolución donde yo cubriría como periodista la misa de Benedicto XVI,  topé con los familiares de los Cinco. Durante el centenar de metros que nos separaban de nuestros respectivos lugares en la liturgia, tuve vergüenza de mí mismo. Y Elizabeth, esposa de Ramón, me dijo que no importaba, porque los Cinco, en cambio, recibían mis escritos y sabían de Cuba también por mis enfoques. Entonces, le respondí, es doble mi deuda. Y ahora, cuando me decido,  me pregunto qué he de decir, si sólo de los Cinco conozco la información de todos los días, sólo como lector inquieto por el destino de sus compatriotas.

Ah, pero de pronto recuerdo que recientemente leí El dulce abismo,  libro que no repite, sino revela. Y los Cinco se nos muestran en la intimidad, se descubren en sus cartas a esposas e hijos, se desnudan en páginas de diarios y a veces en poemas colmados de sensibilidad sangrante.  Es un libro que  remueve y conmueve el alma de los lectores. Y empecé, por tanto,  a mirar de modo más entrañable, menos informativamente, el caso de los cinco compatriotas condenados en los Estados Unidos por preservar a Cuba del terrorismo fabricado en placentas de Miami. A veces, uno se habitúa a oír la verdad, y de pronto la verdad, por oírla o decirla maquinalmente, se nos difumina, se nos aleja.

 Lo digo convencido: Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René -incluso René, que aunque en una casa, en Miami, aún no está libre- necesitan nuestro cotidiano y solidario  pensamiento. Tanto pensar equivale también a tanto desear, a tanto acompañar, a tanto actuar. ¿Podemos ignorarlo?  Desde 1998  los nombres de los Cinco han sido sinónimos de entereza, de integridad ética y política. Sabemos que si los Cinco han sufrido por haber defendido a Cuba en territorio hostil, también sabemos que han sabido sufrir convirtiendo la pena en escalera. Y hemos aprendido a admirarlos y a quererlos. Uno incluso se ha llegado a preguntar si en caso parecido podría igualarlos en la valentía, en la abnegación y en la capacidad de servir.

 Ahora, en la primera  reimpresión de la edición de 2004, El dulce abismo, con presentación de la escritora norteamericana Alice Walker y con prólogo de la poetisa Nancy Morejón, vuelve a dibujar una imagen más cercana y palpable de los Cinco. Y por ello lo he leído en una posición devota. He leído este libro como de rodillas, sintiendo crecer a cada línea  mi respeto asombrado por estos cinco compatriotas que han preferido la cárcel, a veces cárcel interminable según las condenas,  a la comodidad de la queja o del cansancio o del arrepentimiento que solo pueden inspirar compasión. Y la compasión no es sentimiento que ninguno de ellos agradecería. Viven satisfechos de sí mismos.

Esto subrayé en una carta de René a Olga: “Nadie se dará el gusto de decir que logró hacer de nosotros unos resentidos por habernos sometido a su odio inútil. Si acaso me faltara decirte algo sería el darte las gracias por tu amor, por tu apoyo…”  De Tony, esta estrofa: “Regaré la alegría desmedida/ de quien sabe reír humildemente. / De este a oeste levantaré la frente/ con la bondad de siempre prometida”. De Fernando, mi lápiz remarcó estas frases: Rosa, hay en ti esa heroicidad anónima, esa comprensión  sin palabras, esa entrega incondicional a la causa (…) Escogí el camino que yo quería seguir y sabía a lo que me exponía  y por qué lo hacía (…) Escuchar tu voz en el teléfono es como recibir una de las noticias que tanto extraño y que estoy seguro que tendremos tiempo de compartir por muchos años en el futuro”.  

De Ramón, sobresalen estas normas a sus hijas: “Sean fuertes, muy fuertes para vencer siempre con una sonrisa en los labios cada tarea que enfrenten en la vida. Por mí no teman, estoy bien y soy fuerte, mucho más ahora que me acompañan ustedes, todo mi pueblo y la dignidad del mundo”. Y de Fernando a Adriana, estas palabras que nos lo ponen a nuestro lado y a la vez nos lo alzan como un hombre excepcional: “ (…) Cuando me pongo a hacer el recuento de mi vida no puedo separarme de ti ni en el recuerdo, me parece que estabas conmigo en preescolar, y en la escuela al campo, y en todos lados (…) Nosotros tenemos lo más importante, mi niña, nos tenemos el uno al otro, tenemos este amor inmenso que ha superado todas las pruebas, a partir de este punto, podemos lograr cualquier cosa”.

Al leer estos textos tan personales y familiares, me ha emocionado singularmente la sensibilidad de los Cinco y su preparación, su cultura. No hay en este libro una palabra, una línea tocada por lo cursi o lo superficial. Ni por la violencia, ni la ira. Hay en todas estas páginas un desprendimiento hondísimo que  hace a los Cinco olvidarse de sí mismos para presentarse con una sonrisa que lleve a los seres queridos la paz, como si dijeran: Estamos bien, contentos de ustedes. No sé, de pronto,  qué distingue a los Cinco, qué los nutre. Y luego comprendo que en Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René habita la vivencia fundamental de nuestra historia: haber  discurrido de abismo en abismo y aún se sostiene en pie y en equilibrio, sin mirar hacia abajo. Solo hacia arriba.

Mis letras, por impotentes,  no terminarán con los intereses y las ideas, resecos de toda humanidad, que se frotan las manos de placer sabiendo a los Cinco encarcelados. Ni siquiera el odio que atizan es lúcido, es decir, capaz de ver que cuanto más dura y larga es la prisión, las personas honradas de los Estados Unidos y el mundo se van percatando de  que para tener a  Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René presos, una borrascosa conciencia, nacida y criada en el país que se envanece de su libertad, ha tenido que violentar  leyes y  precedentes judiciales  y   pagado a periodistas para influir en el jurado; y fiscales, mentir y desestimar las pruebas de la defensa; y los jueces, ceder su independencia. ¿Qué más podrían hacer para saciarse y mostrar a los cubanos honrados de aquí y de allá cuánta facultad tienen los enemigos de la revolución y la patria para generar dolor e injusticia? ¿Volverá a crecer la hierba por donde pasen?

Los Cinco, tan pocos que caben en una mano, pueden regalar decoro a muchos hombres indecorosos. Y aún levantarían la frente y mostrarían la estrella mirando hacia arriba,  hacia el dulce abismo donde crecen. (Tomado de Cubahora)

¿Y ESE POEMA? ES TU ALMA

¿Y ESE POEMA? ES TU ALMA

Luis Sexto

Tomado de Cubahora)

Un poema de amor asusta si usted se decide a componerlo. Leerlo es un trance distinto: suave, emotivo, compensador. Escribirlo, en cambio, es como cruzar por los bordes de una tembladera donde puede enfangarse los zapatos el más incauto, o el menos experto. Es un resbalón que obliga al sonrojo en unos, y en otros, tal vez produzca una sonrisa agónica.  Porque no consiste la arquitectura del poema en combinar imágenes, que a veces son joyas oxidadas por su mala ley, sino que se trata de hallar la originalidad y la calidad poéticas entre el tumulto de sensaciones e ideas, comunes al  patrimonio de los enamorados.

El lector con oficio, quizás, no lea con frecuencia versos de amor. Al menos, pregunta primeramente por el autor. Ahora bien, el amor puede estar presente en cualquier poema, sin que tengamos que clasificarlo entre los versos relacionados con el Eros. Según mi parecer, La niña de Guatemala es y no es un poema de amor. Es tan exclusivo, tan único. En esa pieza de Versos sencillos, narra José Martí una tragedia de tanta intensidad que sus estrofas no pueden considerarse como de amor, sino más bien de dolor,  de pérdida, de frustración, de ternura limpiamente zaherida: “Allí en la bóveda helada/ la pusieron en dos bancos; /  besé su mano afilada, / besé sus zapatos blancos. / Callado, al oscurecer, / me llamó el enterrador: / nunca más he vuelto a ver/ a la que murió de amor”.

 En los tiempos de mis dieciocho años, se vendían modestas ediciones de poemarios amorosos. Uno los hallaba en alguna librería o en aceras del centro de La Habana. Hasta en la Terminal de Ómnibus Nacionales, el viajero podía topar con poesías y epistolarios galantes. Los caracterizaba la índole masiva de su composición. Lo mejor podía hallarse todavía en Hilarión Cabrisas, José Sanjurjo, José Ángel Buesa, cuyos versos algunos enamorados musitaban –a veces como propios-   junto a los labios de “muchachas en flor”, como diría Proust,  o los  reproducían en cartas donde eran  incapaces de garabatear una palabra que no los avergonzara. Otros, en cambio, se atrevían a engrescarse con rimas y medidas. Los presuntos poetas pensaban que cualquier cosa escrita sobre el amor y con amor podría quedar bien y provocar el gusto de su dama. No le temían al ridículo… Yo tampoco.

Y he de admitirlo: fui uno de esos imprudentes. Muy joven, había intentado escribir. Aún el pavor me sobrecoge al evaluar la mascarada ritual de mi primer soneto amatorio. O dicho con más exactitud: todavía  la sangre me colorea la cara cuando recuerdo aquellos versos mal medidos de mis 16 o 17 años: “Blanca paloma de rápidos vuelos, / mensajera fiel de querellas y cuitas, / ven, ven, remóntate a los cielos/  conduce veloz mis quejas inauditas. / Llega. Detente. Y de su ventana/ con suaves golpes los cristales toca/ y a la áurea luz de fresca mañana/ cuéntale dulce mi ternura loca…” Y concluía con una de las paradojas, afín a los poetas barrocos. Dile -le encomendaba a la rauda y blanca paloma, cartera de mis quejas: Dile “que en mis noches sin sueño con ella he soñado”. ¡Ella! ¿Quién era ella? No me comprometan, por favor.  Hecha mi confesión y expuesto los huesos de mi experiencia, debo esconder el nombre de la víctima.  Según crecí en edad y algo de cultura, nunca más escribí poemas de amor. Y en mis dos libritos publicados, esas palpitaciones se mezclan, se disimulan entre sentimientos y tropos menos específicos.

 El lector, en cambio,  ha seguido activo. Recientemente leí una Antología de la lírica amorosa de nuestra lengua, y  repasé las distintas épocas: Edad media, edad de oro, borroquismo, romanticismo y modernismo, hasta la contemporaneidad. En unos tiempos predominaron la queja suave y el juego ingenioso, como en Madrigal, del español Gutierre de Cetina: “Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué si me miráis, miráis airados?  Si cuanto más piadosos/ más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira/ porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormentos rabiosos!/ Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos”. Luego, los poetas acusaron el eurítmico impacto de las formas femeninas, y siguieron con  la paradójica y pesimista  desmesura barroca, y más adelante se destacaron por los extremos románticos, y después, a fines del siglo XIX, invadieron la lírica con la afición modernista a los amores enfermizos, hombres y mujeres llamados a la muerte; qué decía, si no,  el cubano Julián del Casal Ante el retrato de Juana Samary:  “Porque al saber que de tu cuerpo yerto/ oculta ya la tierra tus despojos,/ siento que algo de mí también ha muerto/ y se llenan de lágrimas mis ojos”.  

Debo confesar que me estacioné, hasta nuevo aviso,  en la poesía amatoria del siglo XX. Cuánta intensidad exprime la imagen, cuánta distancia alcanza la palabra poemática de ese pasado tan cercano. El español Miguel Hernández me tira al piso cuando leo Canción del esposo soldado: “He poblado tu vientre de amor y sementera/ he prolongado el eco de sangre a que respondo/ y espero sobre el surco como el arado espera: / he llegado hasta el fondo. Morena de altas torres. Alta luz y ojos altos, / esposa de mi piel, gran trago de mi vida, / tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos/ de cierva concebida”…

 Pero mi favorito es aquel poema del peruano César Vallejo: “Amada, esta noche tu te has crucificado/ en los dos maderos curvados de mi beso/ y tu dolor me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un viernes santo más dulce que este beso…”  Leería mil veces  los catorce versos de esta pieza. Como  leería igualmente una y otra vez, por todo el espacio intuitivo que le concede al lector, este intensísimo poema de Dulce María Loynaz: “¿Y esa luz? / -Es tu sombra”.