Blogia

PATRIA Y HUMANIDAD

LA VERDAD Y LOS ESPEJISMOS

LA VERDAD Y LOS ESPEJISMOS

Luis Sexto

Los que aún insisten en que Cuba poseía una de las economías “más envidiables” de América antes de 1959, se exponen  al destino de la mujer de Lot: convertirse en estatuas de sal. Pero la culpa no radicaría en voltear la cabeza, sino en no ver lo que deberían  ver. Al mirar atrás, sólo una visión de clase media que habla de la feria según le fue en ella o una voz que resuene como caña hueca al batir del aire, desconocerían que aquella  república se asfixiaba entre llamas.

Tal vez volvamos a repetir,  acudir a ese “más de lo mismo” del que se quejan quienes nos ofrecen también “más de lo mismo” cuando responden  empleando argumentos refritos  en  la grasa agridulce de la fábula. Hablar, desde luego, no es escribir.  Y  a veces se escribe lo que se habla. Y por tanto en ese traslado maquinal de lo dicho a lo escrito,  ese dejar correr que decía Luz y Caballero consistía el hablar, se da por supuesto que afirmar algo es suficiente para estar seguro de que se dice la verdad: no necesita demostrarse.  Por mi parte,  prescindo del “yo creo”, “me parece”, para asegurar que la economía cubana de los 1950 y antes no era ni envidiable, ni envidiada. Y puedo alegarlo basándome en la experiencia: mi familia no pertenecía a la clase media, ni leía Life, ni Diario de la Marina, ni iba a Varadero, ni comía en un restaurante. Ni siquiera compraba una “media noche surtida”. Y si tuve educación fue gracias a una tía  paterna cuya relación con los Padres Salesianos le facilitaron conseguir una beca de la Corporación de Asistencia Pública para su sobrino aficionado a la lectura.

Pero para evitar en mis confesiones los espejismos de la subjetividad, vayamos, pues, a los fundamentos documentales, para que se comprenda por qué aquel tiempo pasado no fue mejor. No seré original. Simplemente recordaré lo que se olvida con mucha premura, porque el enjuiciamiento del pasado también depende de la posición social de ayer, y la ideología y los intereses del presente. Citaré, pues, la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU), titulada Por qué reforma agraria aplicó entre la población rural de Cuba entre 1956 y 1957.

No agobiaré con cifras. Daré zancadas; aprehenderé esencias. Y la primera frase apodíctica que resume la encuesta de la ACU es la siguiente del doctor José Ignacio Lazaga, a quien conocí como psicólogo y en aquellos años sobresaliente laico católico. En una de las reuniones sobre el proyecto de la encuesta, dijo: “En todos mis recorridos por países de Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano”.  La presentación de la encuesta -que se realizó para alertar sobre el peligro del comunismo si la situación de pobreza continuaba- describe en otro de sus párrafos: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer.”  Y esa situación se ilustraba con el siguiente dato: “La población trabajadora agrícola que se puede calcular en 350, 000 trabajadores y  dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual de 190 millones de pesos. Es decir, que a pesar de constituir el 34 % de la población, sólo tiene el 10 % de los ingresos nacionales”.

Los organizadores de la encuesta –muchos de los cuales emigraron posteriormente, al triunfo de la revolución, confirmaron sus datos con los del censo de nacional de población y vivienda, de 1953. Por ejemplo el muestreo  de la ACU registró que el 89.84 % de los encuestados se alumbraban con luz brillante, es decir kerosina, y en el censo aparecía  85.53%. Y si el 88.52% bebía agua de pozo, el censo rodaba la cifra con 83.59%.

En el aspecto de la alimentación basta estros números: “Solo un 4% menciona la carne como alimento integrante  de su ración habitual. En cuanto al pescado es reportado por menos del 1%. Los huevos son consumidos por un 2.12% de los trabajadores agrícolas y solo toma leche un 11.22%. En cuanto a la salud, “presuntamente un 14 % padece o ha padecido de tuberculosis”.

Hasta ahí, el testimonio de la Agrupación Católica Universitaria. Los interesados en confirmarlo o ampliarlo que entren en esta dirección donde aparece, editado por José Álvarez, profesor de la Universidad de la Florida, el folleto de la ACU, que aparte de en mi biblioteca doméstica, estará también en la del Congreso de los Estados Unidos: http://rtvpress.com/Documents/Censo%20agrup%20catolica%20unic-Cuba.pdf

Y hay más. Porque son disímiles los textos que desmienten los  calificativos de envidiable, boyante, asignados a la economía cubana antes de l959. Las Memorias del censo agrícola de 1946, y medios de prensa como Bohemia,  acusan la dependencia económica, la concentración de la propiedad y la injerencia extranjera en nuestra economía. El censo agrícola del 46 demuestra que  “los propietarios de más de 500 hectáreas sólo representaban  el 1,5 % del número de fincas y eran poseedores  del 41.7% de la superficie total”.

La economía cubana de esos años habrá que añadirle el monocultivo que convertía a Cuba en país monoexportador, pues en 1948, según  escribió el experto Raúl Cepero Bonilla en el periódico Tiempo en Cuba, el azúcar componía el 80% de las exportaciones cubanas. En suma, supeditación a un producto, con todo lo que ello implicaba de retraso industrial y agrario, y el sometimiento al fundamental mercado de los Estados Unidos, con su secuela de dependencia política y económica.

Automóviles del último año, lujosos hoteles y casinos administrados por la mafia norteamericana – ¿o no lo confirman la residencia permanente de Mayer Lanski, George Raft, y hasta de Lucky Luciano por unos meses en Cuba?-,   y 100 000 prostitutas sirviendo en todo el país las apetencias sexuales,  no suponen una economía boyante. Más bien, como dije, esa valoración parte de la clase media y alta, compuesta por 550 grandes propietarios, según el diccionario Los propietarios en Cuba en 1958, de Guillermo Jiménez y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2008. Ellos, y sus empleados y los empleados de los ingenios azucareros u otras empresas extranjeras,  y los  poseedores de laboratorios, talleres, publicitarias, tiendas, pequeñas fábricas, podrían hoy enjuiciar a aquella Cuba con una nostalgia que solo echa de menos el espacio individual y familiar y la inserción más o menos cómoda, en aquella economía distorsionada y controlada en sus resortes básicos por el capital extranjero.

Ahora bien, para hablar de política, como ha dicho el teólogo brasileño Leonardo Boff, hay que partir de una perspectiva ética, reconociendo la verdad. De otro modo, el debate no tendrá sentido. La revolución cubana quiso cambiar aquel cuadro. Y en parte lo hizo: al menos, en lo que respecta a la justicia social, enseñó a leer y a escribir a un 30% de analfabetos; trazó el 60% de las carreteras; elevó el promedio de vida a 76 años; eliminó enfermedades endémicas; graduó a más de medio millón de universitarios; diversificó la producción agrícola e industrial; electrificó el 95% del territorio del archipiélago. Mucho se deterioró o se construyó mal. Y no lo niego. Por la parte de acá, el modelo fue errado, un modelo impuesto por una circunstancia ineludible: Si Estados Unidos levantó el pie y alzó la mano amenazando miedo, el Gobierno Revolucionario tuvo que aceptar la mano que le echó  la Unión Soviética.

A mi parecer, el divorcio entre los que se oponen  a la persistencia de los ideales de la revolución y cuantos los apoyan,  se resuelve en esta operación: de aquel lado, exaltan un pasado que para ellos merece la vuelta atrás, y  para nosotros, impedirlo será siempre la gran conquista. Nosotros hablamos de reconstruir una economía próspera en   justicia social e independencia. ¿Y los demás?

 

 

 

 

 

 

 

LA DERECHA ESTÁ DEL LADO OPUESTO AL CORAZÓN

LA DERECHA ESTÁ DEL LADO OPUESTO AL CORAZÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CHÁVEZ, LOS MENTIROSOS Y EL INFIERNO DEL DANTE

Por Atilio Boron

ALAI AMLATINA, 09/10/2012.- En La Divina Comedia Dante Alighieri describe con artesanal minuciosidad los diferentes círculos del Infierno. Son nueve, pero nos interesa el octavo porque es el que está destinado a castigar a los mentirosos, entre los cuales sobresalen los malos consejeros, los charlatanes y los falsarios, gentes que mienten a sabiendas y sin escrúpulo alguno. Si el gran florentino tiene razón en su descripción las recientes elecciones venezolanas sumaron una enorme cantidad de candidatos a penar para siempre en ese círculo infernal.

Pocas veces nos tocó soportar tanta cantidad de mentiras como las que leímos y escuchamos en estos días. La “dictadura chavista”, “ataques a la libertad de expresión” en la República Bolivariana, el “fraude electoral” fueron algunas de las más recurrentes en el fárrago de acusaciones descargadas sobre Chávez con tal de impedir su inexorable victoria.

¿Por qué tanto odio, tanta sed de venganza que hizo que políticos y comunicadores sociales que supuestamente deberían caracterizarse por su equilibrio y sensatez se convirtieran en voceros de las peores calumnias en contra de este personaje? La razón es bien sencilla: mienten porque los intereses de clase que representan, asociados a –y articulados políticamente con- los intereses imperiales exigen borrar al chavismo de la faz de la tierra, y para ello cualquier recurso es válido.

Venezuela, que encierra en sus entrañas las mayores reservas petroleras de la Tierra, es una presa que suscita los apetitos incontenibles del imperio, impaciente por reapropiarse de lo que una vez fue suyo y dejó de serlo por obra y gracia de Chávez. Como se trata de un propósito inconfesable, por ser un simple acto de latrocinio, se requiere apelar a retorcidos argumentos para que el delito aparezca como un acto virtuoso.

Por eso los mentirosos tienen que decir que el chavismo instauró una "dictadura" en un país que desde 1999 hasta ayer convocó a su población a las urnas en quince oportunidades para elegir autoridades, diputados constituyentes, miembros de la Asamblea Nacional o para refrendar con el voto popular la nueva constitución o para decidir si se le revocaba o no el mandato al presidente.

De las 15 contiendas electorales Chávez ganó 14 y perdió una, el referendo constitucional del 2007, por menos del 1 por ciento de los votos, y de inmediato reconoció la derrota. Curiosa "dictadura" que obra de esa manera, como lo recordara Eduardo Galeano hace ya unos años. No sólo eso: resulta que esta "dictadura" extendió los derechos políticos (amén de los sociales y económicos) como jamás antes lo habían hecho los regímenes supuestamente democráticos que gobernaron Venezuela desde el Pacto de Punto Fijo de 1958 instaurando una insípida alternancia sin alternativas entre democristianos y socialdemócratas que murió de muerte natural en 1998.

Cuando Chávez llega al poder, en febrero de 1999, uno de cada cinco venezolanos mayores de 18 años no existían políticamente: no podían votar porque no se los inscribía en los padrones y ni siquiera poseían documentos de identidad. Hoy la "dictadura" chavista redujo esa cifra al 3.5 por ciento. Además, en la Cuarta República (1958-1998) el abstencionismo de quienes sí podían votar fluctuaba en torno al 30 o el35 por ciento llegando, según lo afirmara Daniel Zovatto, director del Observatorio Electoral Latinoamericano, a picos del 80 por ciento en la década del sesenta.

En la elección del pasado 7 de octubre se registró la más alta tasa de participación, con una abstención de apenas el 19 por ciento. Por si lo anterior fuera poco, mientras en la “ejemplar” democracia norteamericana se vota en un día hábil (el primer martes de noviembre, año por medio) y la tasa de abstención ronda el 50 por ciento, en la "dictadura" chavista se lo hace en días domingos y con transporte gratis para que todos puedan acudir a los centros de votación. Fue por eso que el ex presidente Jimmy Carter aseguró que el sistema electoral de la Venezuela bolivariana es mejor que el de Estados Unidos y uno de los mejores del mundo. Sin embargo, los condenados al octavo círculo del infierno insisten en que lo que hay es una "dictadura" y que lo que faltan son libertades.

Su servil empecinamiento se refleja también en sus constantes críticas a los supuestos límites a la libertad de expresión en Venezuela: era ridículo, y hasta daba un poco de lástima, ver a esos severos custodios de la libertad de expresión denunciando públicamente las supuestas limitaciones a tan fundamental derecho sin que nadie en Venezuela interfiriera en su labor.

¡Decían públicamente y a los gritos que no había libertad! ante la mirada entre socarrona y perpleja de venezolanos que no entendía lo que proclamaban estos energúmenos en plena calle y a la luz del día. Basta con ojear los periódicos venezolanos para comprobar el tenor de las feroces críticas y perversas difamaciones que disparan a diario en contra de Chávez y su gobierno. Por supuesto, estos santos varones (y beatas mujeres) que fueron a la patria de Bolívar a custodiar la amenazada libertad de expresión jamás se inquietaron o manifestaron la menor preocupación por los 25 periodistas asesinados por el régimen títere que el imperialismo norteamericano instaló en Honduras luego del golpe de 2009.

Tampoco se toman la molestia de informar que de los 111 canales de televisión existentes en Venezuela sólo 13 son públicos, y que tienen una audiencia de apenas el 5.4 por ciento como lo demostraran Jean-Luc Mélenchon e Ignacio Ramonet en una nota reciente. Y en los medios gráficos la situación es aún peor, porque el 80 por ciento está en manos de una oposición radicalmente enfrentada al gobierno. Diarios que, como los dominantes en la Argentina, violaron la veda electoral venezolana propalando subrepticiamente versiones vía twitter en los que aseguraban el triunfo irreversible de Henrique Capriles. Patricia Bullrich, una diputada argentina “tuiteaba”, con base en esas fuentes, “ 52.8 Capriles, 47.2 Chávez” y Federico Pinedo, otro diputado argentino, escribía alborozado “Gana @Capriles!”. Ninguno de los dos pidió perdón por haber engañado a miles de personas con tamañas falsedades. Es más, en declaraciones posteriores se enorgullecen en haber actuado como lo hicieron librando, como estaban, un duro combate en contra de la “tiranía chavista.”

Contrasta con estas infames actitudes la seriedad, neutralidad y el profesionalismo del Consejo Nacional Electoral de Venezuela, un organismo público con representación multipartidaria, que tal como lo había anticipado sólo comunicaría los resultados de las elecciones cuando las tendencias del voto fueran irreversibles. Así lo hizo unas pocas horas después de terminado el comicio cuando un 90 por ciento de las actas confirmaba una ventaja inalcanzable a favor del presidente Hugo Chávez (con 54 por ciento de los votos), misma que se amplió hasta llegar al 55 por ciento al finalizar el escrutinio. Con una diferencia de más de 1.600.000 votos la discusión sobre el fraude tuvo que ser discretamente archivada. Mejor no pensar en lo que hubiera sido el escenario si Chávez triunfaba con por un 2 o 3 por ciento de los votos.

Desilusionados y derrotados, los voceros del imperio sacaron de la manga el nuevo tema con el cual acosar a la Venezuela bolivariana: la salud de Chávez. Las usinas del imperio se encargaron de reconfigurar la agenda, y seguramente insistirán con este asunto mientras buscan nuevas formas de desestabilizar a su gobierno. Ya antes habían aludido a esto, pronosticando como decía la presentadora de CNN, Patricia Janiot, que a Chávez le quedaban entre 9 y 12 meses de vida. Esa fue una de las hazañas del venezolano: derrotar al cáncer. La otra: sostener una enorme inversión social que cambió para siempre las condiciones de existencia -tanto objetivas como subjetivas- de las clases populares, más allá de la necesidad, reconocida por Chávez, de mejorar la gestión de la cosa pública.

Derrotados en las elecciones ahora vuelven a la carga porque el líder bolivariano ha demostrado ser un formidable aglutinador de la tradicionalmente dispersa dirigencia latinoamericana, lo que le ha permitido neutralizar con eficacia la regla de oro de cualquier imperio: “divide et impera”, como enseñaban los romanos. Y ese sí que es un pecado imperdonable, que merece mucho más que descender al octavo círculo del Infierno para hacerle compañía a tantos pseudo-periodistas (en realidad, publicistas de grandes empresas que utilizan los medios de comunicación para facilitar sus negocios) y supuestos republicanos cuya preocupación excluyente es garantizar la continuidad de la dictadura -aunque se vista con ropajes democráticos- del capital.

El pecado de Chávez, murmuran por lo bajo (y a veces lo vociferan, como lo hace el impresentable Mitt Romney) es intolerable e imperdonable, y habrá que acabar con él cuanto antes. Ignorante de las leyes que rigen la dialéctica histórica la derecha cree que la larga marcha de Latinoamérica y el Caribe hacia su segunda y definitiva independencia es la obra maléfica de algunos espíritus malignos, como Fidel, el Che y Chávez. Parafraseando aquel célebre título del discurso de Fidel en el juicio por el Moncada, a la derecha imperial y sus voceros locales “la historia los condenará.”

- (Dr. Atilio Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina http://www.atilioboron.com)

 

EL MACHO ES PARA LA CALLE

EL MACHO ES PARA LA CALLE

Luis Sexto

Diatriba contra las frases comunes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primitiva, irresponsable, esta frase  lo es sobre todo cuando se asume como pedagogía casera para criar a los niños. Y en ciertos momentos y lugares uno oye otra frase que la complementa. Porque, practicando la primera, irremediablemente aparece la segunda como corolario: le salió malo el hijo a fulano.

 No, señor. Ningún hijo le sale malo a nadie. Uno coadyuva a configurarlo desviada, torcidamente. Criar es un proceso de construcción. Y si usted, padre o madre, se sirve de ese método bárbaro de que el macho es para la calle, está entregando a sus hijos a los dedos ineptos, insensibles, del azar, de la ambivalencia, para que con materiales de procedencia ambigua o desnaturalizada, se yerga la personalidad del niño.

 Ahora, incluso, algunas personas han añadido el género femenino a la frase. Y si no la oye, la ve en la práctica usual. ¿O no nos fijamos que, en la vida del barrio, prolifera la muchachería, quebrantando la paz del edificio o retando el tránsito, o rompiendo  un cristal o una bombilla, en una mezcla de varones y hembras, desde incluso los cuatro años, fuera del catalejos del padre o de la madre?

 Ni macho, ni hembra, siendo niños, están hechos para la calle. En esos años, en los que la escuela planta los primeros valores de la cultura, la identidad y el saber, la vigilancia, el magisterio de la familia, introduce formas de convivencia, delicadezas del espíritu, que los maestros pueden encarecer, pero nunca intentar transmitir por sustitución.

 En la raíz de un decepcionante aprovechamiento escolar suele operar una falta de concentración generada por la excesiva libertad, por el mínimo control familiar del alumno. En el origen de un acto delictivo, meten con frecuencia sus colmillos los antivalores que la promiscuidad de la conducta en formación, el ejercicio de lo que llamamos mataperreo, dispersa como cuñas desorientadoras en el alma infantil. Advirtamos, sin embargo, que en algunas memorias se recuerdan los días de andar sin control por las calles como los momentos más libres y por tanto inolvidables. Y también otros psicólogos callejeros aseguran que el niño debe mostrar su "hombría" desde la infancia.

 En nuestras discusiones sobre el machismo, la teoría y las demandas obvian que, en el discurrir doméstico, se distribuyen las primeras lecciones machistas. Y no sólo con el ejemplo de papá o mamá. Quién ha visto -repite una vecina- machos en la casa. ¿Acaso a usted no  le repitieron esa norma desafiante; acaso usted mismo no se la impone a sus hijos un sábado, cuando usted desea estar sólo con su esposa o pretende terminar una tarea atrasada?

Y en cuanto a ciertas niñas, se les obliga a hacer lo mismo que los varones. Perdónenme, pero esa no es la igualdad de sexos. Lo único que no puede hacer una mujer es copiar, imitar, al varón. Hay una finísima diferencia sexual que nadie osaría tachar en aras de una presuntuosa, casi estúpida igualdad. Y si el hombre ha creído por milenios que la tosquedad, la dureza, componen parte de sus atributos, la mujer no puede emparejársele en lo basto, en lo irracional de actitudes y modales. Machismo al revés.

 Y no abogo por que los hogares remeden prisiones. Por el contrario, defiendo que sean el sitio “en el que tan bien se está”, al que el niño, aun cuando sea ya adulto, desee regresar... Al menos con la memoria. Usted piensa, sin embargo, que qué se le va hacer, si hay barrios sin parques y la vida, figúrese, está muy dura. Tengo la impresión de que usted se justifica. Y yo creo que  el varón  es más que macho.  

 

 

 

ACERCAMIENTO A LAS PALABRAS

Luis Sexto

La evidencia es audible: los cubanos no hablamos bien. Basta oír a ciertos entrevistados en los reportajes de la TV, para percatarnos de esa insuficiencia a pesar de que Cuba ha dado numerosos maestros de la lengua, como Martí, Heredia, o Carpentier, Guillén, Dulce María Loynaz, Lezama Lima. Y no me refiero a nuestro hablar atropellado, vital, apasionado. Quiero decir que vamos reduciendo el vocabulario y deformando la prosodia de modo que la cultura en vez de realzar los valores del habla, los minimiza.

Voy a escribir de este tema con cautela. Me cuesta adoptar poses profesorales, o escribir imponiendo mi opinión. Pero me parece que podremos convenir en que  ello hoy, cuando el sistema de educación reflexiona y señala sus carencias, estamos en el momento exacto para mejorar. Todos. Padres, maestros, estudiantes. Porque nadie pretenderá lograr una superación de las formas incorrectas y malsonantes con que mayoritariamente usamos el habla, si quienes recomiendan el mejoramiento persisten en el mal.

Me atrevo, pues, a sugerir que  nuestras escuelas exijan la expresión oral apropiada. Y la ejerciten como si todos los alumnos se prepararan para ejercer como abogados o tribunos del pueblo. La lengua materna ha de ser una asignatura rigurosamente impartida y examinada. Porque si en nuestro sistema predominara el oficio de instruir por encima del de educar, con el tiempo sobrarían los letrados incultos. Sabemos que la palabra es el envase comunicable del pensamiento; es más,  el pensamiento es la palabra. ¿Y  ¿habrá acaso que repetir la manoseada verdad de que pensamiento carente o torpe de palabras será siempre mal o incompletamente pensado y expresado y, por ende, mal comprendido  o incomprendido?

Y mientras la sociedad adquiere conciencia de esta deficiencia y se adoptan los criterios pedagógicos para erradicarla, hay otro asunto en nuestra habla que necesita también ser corregido. ¿Nos hemos acaso fijado en  que también despojamos al idioma común y pasajero de sus delicadezas y ternuras?  Echo de menos a fórmulas como “por favor”, “gracias”,  “buenos días”, “adiós”,  “por nada”, en fin, esas frases que indican que las personas se toman en cuenta unas a otras y se respetan.

Existe una ley desde hace milenios y que el cristianismo potenció hasta convertirse en amor: trata a los demás como quieres que te traten. Por ello, la lengua es rica en palabras y locuciones tiernas y respetuosas. Los cubanos somos por idiosincrasia gente llana, cordial, renuente a las fronteras impuestas por rangos y desigualdades. Pero esa capacidad de emparejarnos, de sentirnos iguales, no implica la irrespetuosidad que arrasa en vez de allanar, que despoja en lugar de preservar. Nuestra tradición e incluso los ideales de nuestra sociedad actual se han fundamentado sobre relaciones solidarias, aunque hace más de cincuenta años ciertos cubanos y extranjeros se dedican a enrarecerlas y satanizarlas mediante la hostilidad oral y escrita en los medios globales de prensa y difusión.

Diga usted si la lengua y el habla pueden andar de espaldas a nuestro ser y a nuestra historia.  

LA HOJA DE PARRA

LA HOJA DE PARRA

Luis Sexto

Diferencias entre exilio y emigración

Las normas académicas exigen de  los diccionarios  definir las palabras con limpieza, de modo  que el significado  aparezca incontaminado de ideología o de intereses políticos. Porque si la entrada del término pobreza se definiera desde su sentido evangélico, no habría por qué  organizar rebeliones populares, ni indignarse por las carencias o el costo de la vida. Y los ricos vendrían a ser como la expresión colateral de un lujo que solo pondría en evidencia la bienaventuranza moral de los pobres.

Entrando en lo particular,  emigración y exilio son objeto de distorsión. En el lenguaje  manipulado principalmente desde los Estados Unidos, emigrado (cubano) es sinónimo de exiliado. Cualquier diccionario establece la diferencia., y el uso se encarga de usar el término exilio, como la salida del país por razones políticas, es decir, quien se exilia esquiva un probable castigo por su oposición, o por sus delitos políticos. El emigrado, en cambio, se va de su patria buscando en otros ambientes  la oportunidad de índole económica que tal vez no halle en su país por cualquier razón, incluso indirectamente política. Y existe el emigrante por vocación andariega, o por irreflexivo deseo de estar en otro sitio. Sin embargo, ninguno lleva la revancha en su equipaje.  Por tanto,  a todos los cubanos que residen en el extranjero no se les puede calificar de exiliados. ¿Hasta dónde seguirán estirando el idioma los propagandistas, que no ideólogos, de la derecha antisocialista cuyas barracas climatizadas se levantan en Miami?

El tema recurre. Es tan actual como la hora del reloj de cualquier oficinista. Cuba ha anunciado una reforma migratoria. Evidentemente esa es una de las decisiones más complicadas de los cambios en Cuba. La emigración a partir de 1959, como sabemos, nació politizada, y por tanto no es homogénea.  Por ello, cuantos de buena fe en una actitud de críticos exigentes o de políticos de buen corazón,  reclaman con urgencia la aprobación de la reforma migratoria, soslayan factores indispensables que el Gobierno cubano tiene en cuenta para no equivocarse en capítulo tan frágil.

La experiencia recomienda que cualquier apertura exige una meditación despaciosa, un análisis de las contradicciones internas que podrían suscitarse o agravarse. Además, a mi parecer,  las modificaciones tendrán que tener en cuenta el regreso de los que se fueron definitivamente y ahora quieren volver para siempre, o de los que sobrepasaron, al salir de viaje temporal, el límite de los once meses. ¿Y cómo resolverá Cuba las fuentes de trabajo y la vivienda para esas personas, si muchos piden volver porque en la Europa afectada por la crisis general, sufren allí desempleo e inconveniencias….

Algunos exiliados, que ahora se clasifican  a si mismos de históricos, intentan aprovecharse de la urgente e inaplazable solución de los conflictos migratorios  de miles de personas  ansiosas por salir sin condiciones ni límites, y poder regresar, aunque sea de visita, sin que lo tachen de extraños.  Y quieren ciertos exiliados,  además, estar a tiempo en la apertura económica que propone el proyecto de modernización o renovación del llamado modelo socialista centralizado, para – y hasta hoy no han podido convencerme de lo contrario-, pretender  mover  el norte magnético de la brújula revolucionaria hacia el norte geográfico. ¿Es éticamente justo suponer intenciones negativas en quienes dicen ofrecerse con buena voluntad?  ¿Pero no es acaso políticamente ingenuo suponer intenciones solidarias en un  exilio, sea histórico o sea histérico, de acuerdo con una  reciente y chispeante denominación, que no  ha renunciado a su esencia, porque no ha modificado ni nombre ni actitud?  

 Según el significado más usual, la intención  suprema de los exiliados es volver. Volver para recobrar lo que todavía consideran suyo y abandonaron. Esa característica la define el ensayista español Gregorio Marañón en un  libro cuyo título, según recuerdo entre mis lecturas juveniles, es  Españoles fuera de España, publicado en 1947.  Y a pesar de su vejez  mantiene  ideas vigentes como esta que reproduzco en su sentido: El exilio es la fuga o un viaje que ya en la ida  aspira a regresar por lo que ha perdido. El emigrante, en cambio, carece de esa retrospectiva. Nada ha perdido, o nada tiene, y parte hacia el extranjero para encontrarlo.

Conviene a cubanos de dentro como del exterior saber las diferencias entre exilio y emigración. Nadie que se clasifique por boca propia o ajena como parte del exilio, podrá participar en una concertación entre la emigración y la nación. Aún el exilio calienta su retorno posesivo.  No importa los calificativos que se asigne o se le done. Mientras  la conducta del exiliado indique o resuma una actitud de oposición  al socialismo como aspiración, y entre este y el capitalismo confiesen gustar más del último,  no parecerá políticamente atinado compartir espacios. Y a quienes prefieran el capitalismo por eficiente, pero esencialmente injusto al mantener cuatro mil millones de personas por debajo del nivel de pobreza en el planeta, y rechacen el socialismo imperfecto, pero perfectible en su vocación justicia y en su obra de legitimización económica,  es atinado preguntarles si podrán pretender de buena fe la cooperación con su país de origen, empeñado en el mejoramiento de un socialismo distinto al fracasado. ¿Podremos reconciliarnos suponiendo que al exilio, por voluntad y significado, no le interesa la reconciliación para convivir, sino  para intentar conquistar su “tierra prometida”?

Al parecer, tendrán que continuar esperando a que los Estados Unidos, el país donde se albergan mayoritariamente y a  muchos paga, cumpla el compromiso de  devolverles la bandera en una Cuba libre. Libre como la entiende Washington y el exilio. Libre, es decir, norteamericanizada, e iluminando a las principales ciudades cubanas con la luz de neón de las empresas de los Estados Unidos o de un sector de los cubanoamericanos que, como se ha probado, son menos lo primero y más lo segundo. Y en última instancia son herederos del buen vivir  del burgués criollo en la Cuba de antes de la revolución.

Si Cuba derivara hacia el capitalismo, como algunos criterios de la izquierda prevén como inevitable,  al menos a mí, si debo afrontar ese final, lo preferiría sin depender de los Estados Unidos. ¿Será posible? Por ello, la reconciliación con el exilio, por minoritario que sea, solo beneficiará a la parte financieramente más poderosa: la que influye en el Congreso de la Unión y promueve representantes y senadores que se expresan en un español yanquizado.

El gobierno cubano y la Cuba de adentro tendrán que conciliarse, según mi manera de juzgar,  sólo con la emigración. Esto es, aprobar reglas migratorias que  conjuguen los intereses nacionales con los deseos y necesidades de los verdaderos emigrados. Y  esa política migratoria tendrá que establecerse, aunque Washington continúe con su Ley de ajuste, y sus pies secos o mojados, estimulando el viaje contra la corriente de la legalidad y llamando “refugiados” a los emigrantes. En Miami,  una encuesta reciente difundida por EFE hace varios meses, reveló  que  el 44  por ciento de los entrevistados “apoya el fin del bloqueo económico y el 80  lo considera disfuncional; alrededor del 75  respalda las ventas de medicinas y alimentos; un 57 los viajes sin restricciones y el 61  se opone a cualquier ley que restrinja esta posibilidad, lo que indica el desfase de la extrema derecha, respecto a los criterios de la mayoría de los emigrados, ya que un 58 por ciento defiende el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”.

Con tantos cubanos de origen expresándose en contra de las confabulaciones predominantes en Miami, ciudad del primer mundo colmada de emigrados, pero  gobernada por  cada vez menos exiliados del Tercero, ya parece que se confirma, por esta vez,  la diferencia lexicográfica y política entre emigración y exilio.

 

 

 

 

SI NO TE LO LLEVAS TÚ, SE LO LLEVA OTRO

SI NO TE LO LLEVAS TÚ,  SE LO LLEVA OTRO

 

Luis Sexto

Diccionario de frases célebres

Dos veces deshonrosa, esta frase pretende allegar certeza, valor, justificación presumiendo que tu semejante, cualquiera, hará lo que tú dudas en hacer. Y roba, así, con las dos manos: primero el crédito a los demás y, luego, la propiedad que pertenece a otros.

No hablamos del ladrón que quiebra cerraduras o aprovecha la puerta vacía, o el bolsillo en el tumulto de un ómnibus. Tal tipo deslinda la circunstancia. Yo, ladrón, de este lado; ellos, las víctimas, del otro. Una cuerda división de posiciones. No intenta diluirse, confundirse. Deja su firma en el modo de obrar. Yo, el ladrón. Quiere decir: un ciudadano que se autoexcluye; que viste y habla, por lo usual, con ropas y palabras diferentes, y hasta emplea un caminaíto también diferente. Y que se opone a los demás, pues pretende vivir de los demás.

Pero la frase de hoy, susurro de Mefistófeles, encuadra al que roba o hurta, y continúa sintiéndose persona decente, y prosigue andando en el medio donde tira su tendencia a andar en puntillas, como una ballerina, y expresándose con altura. Si su conciencia, en un escueto momento de reflexión, lo demandara y le halara la oreja, llegaría, a lo sumo, a clasificarse sólo como un sujeto un  tanto más vivo, más rápido que los otros,  porque cualquiera de ellos podría hacerlo. Total, todos andamos en lo mismo. Y como la vida es de los que “dan primero”, de los que están al tanto “de la que se cae”, yo me adelanto. Y así van empatándose juicios de desvalor para integrarse en el código de la doblez, del deshonor, propios de delincuentes de dedos finos, de vocabulario ortodoxo, y sin antecedentes penales. Delincuentes integrados a la sociedad.

No exagero. La frase campea con rastrera presencia en nuestros círculos, particularmente en los laborales. ¿Usted acaso no conoce de sobres con el dinero del mes o de la quincena que desaparecen, se desubican, vuelan del buró o de la cartera de aquel compañero o de aquella compañera? Ocurre, ¿no?  Y desde el almacén o de la misma línea de producción de la fábrica, doblan la esquina objetos, recursos, y por momentos con papeles que justifican la estampida, como diciendo: todo está bajo control.

En definitiva, la frase insinuante y tranquilizadora recomienda especialmente operar en la propiedad social, y si lo hace en la personal, actúa como al descuido para, de paso, instruir al  descuidado con una lección punzante y perdurable: que no sea bobo.

 

EL CASCABEL DEL GATO

EL CASCABEL DEL GATO

 

Por Luis Sexto

Rápida opinión sobre otra opinión

La web repite ahora la misma receta: circula un nuevo artículo sobre la prensa cubana, escrito por un intelectual tan respetable como los autores de los textos anteriores, y con quien  he coincidido habitualmente por la hondura y el saber de sus enunciados. Pero no por el prestigio del articulista, he de renunciar al derecho de exponer mi parecer como parte del problema, aunque hasta el momento no integro la solución.  Y como veremos,  los que juzgan a la prensa, sin conocerla desde dentro, solo desde la percepción del lector, aunque de sabio lector, se quedan en la periferia y por tanto suelen no oler las esencias.

La prensa cubana es uno de los aspectos superestructurales en que aun mentes sólidas, cultas, incluso especializadas yerran con frecuencia cuando la enjuician.  Y de cuanto uno ha leído sobre las deficiencias e insuficiencias de la prensa, casi todo termina en maledicencia, porque no toca el fondo. Arremeter contra la prensa compone, por supuesto, un modo muy superficial, y por ende cómodo,  de expresar la beligerancia crítica en nuestra sociedad. Lo sabemos: un periódico, una revista, un programa informativo de la TV o la radio son un producto de consumo. Incluso, como la mercancía, se realizan en la circulación. Un periódico impreso que permanezca en los sótanos del poligráfico, sin que ningún ojo humano lo lea, no existe como documento informativo. De modo que, si existe, es susceptible de servir de diana a la opinión de los receptores.

Ahora bien, los criterios que justificadamente descalifican a la prensa cubana en su efectividad como producto informativo, adolecen de un enfoque astigmático al indicar que si la escriben o la hablan los periodistas, estos son los culpables de esos periódicos y espacios noticiosos de TV y radio sin interés, repetitivos,  grises. Y uno entiende que  nos invalidan como competentes profesionales. Los más aptos son los que no escriben en los medios. Y el doctor Esteban Morales, autor del artículo que comento, señala algunos nombres.

Y qué sería llegar al fondo del problema. Que excuse el doctor Morales si, tras leer  su artículo dos veces, no lo he interpretado cabalmente. Pero en vez de aludir a periodistas y editores o emisores -a veces clara o subliminalmente- como los únicos responsables de la mala prensa y de que, incluso, no respondamos afirmativamente la invitación o exhortación de Raúl  a terminar con el secretismo, habría que  sumergirse hasta el lecho de la charca en que se debate nuestra prensa, y reconocer que  discurre por los carriles de  un sistema en el que los profesionales de la información somos, simplemente, instrumentos. No nos corresponde trazar las estrategias.

Los que critican la prensa actual han de saber que un medio depende fundamentalmente de las fuentes. Si las fuentes se cierran, el periodista o el reportero quedan con una información mediatizada, inofensiva, o sin ninguna. ¿Saben acaso quienes escrutan  nuestro proceder que  por norma nos han impedido  la entrada hasta en una escuela primaria si no llevábamos un permiso del ministro? Imaginemos, así, cuánto significaría cruzar la puerta de una fábrica, o de una oficina de vivienda con fines de investigar periodísticamente sus realidades interiores. ?Fue responsabilidad de Radio Reloj que no dijera rápidamente las causas del  apagón  casi general en el país la noche del 9 de septiembre próximo pasado para que al menos se enteraran los radioescuchas que poseen receptores de baterías? Razonablemente,  esa u otra difusora debieron esperar a que la Unión Eléctrica averiguara las causas de la falta del fluido y las comunicara en una nota. Ese proceso de indagación, según la hora en que fue firmado el breve informe oficial, duró algo más de dos horas, y si se pudiera considerar tardío, la demora no fue obra de Radio Reloj o de otro medio.

Algunos de nosotros, intentanto ser más efectivos,  han acudido a fuentes alternativas, pero  afrontan un obstáculo: que estas no digan la verdad, o no pueda confirmarse, o que los editores no tengan confianza en la información, o hayan recibido instrucciones superiores de no publicar nada sobre cualquier tema o acontecimiento.

La falta de transparencia y el secretismo que tantas veces Raúl ha cuestionado, no es obra de los periodistas. Al menos, si formamos parte de un sistema, mucho de cuanto hemos de decir corresponde decidirlo a ese sistema. Hemos de saber, para adquirir luces, que en Cuba aún existe la percepción de que fue la prensa la que derrocó el socialismo real. Muchos políticos y decisores tienen esa convicción. ¿Y no estarán nuestros medios limitados en sus posibilidades, no de demoler el socialismo, sino de ayudarlo a construir, por ese enfoque tan elemental?  Como dijo, poco antes de fallecer, Carlos Rafael Rodríguez: Ya sabemos que la disolución de la Unión Soviética fue obra de un socialismo mal concebido y peor aplicado.

Y veamos lo más  curioso de las acusaciones a nuestra prensa y a sus periodistas: algunos de cuantos las formulan por escrito u oralmente, fueron algunos de los que, en un tiempo, te decían: eso no se puede publicar… Ejercían entonces como directores o presidentes de instituciones y a la vez como censores. ¿Podemos describir lo que  haya detrás de una pared,  sin abrir un hueco o tratar de entrar por una puerta? Sepamos definitivamente que los medios no componen una cooperativa de profesionales de la información, dirigida endógenamente. Los periodistas nos debemos a una regulación exógena. Ah,  y conozco a numerosos periodistas tan buenos como esos que el doctor Esteban Morales señala. Y  también los conozco mejores, sin desdorar a los mencionados, cuyo periodismo suele hacerse para el extranjero.

Sostengo, además, que el congreso de la UPEC no podrá darnos más espacio. No le corresponde, porque no tiene capacidad política. Los delgados, estoy seguro, sí reclamarán lo mismo que el doctor Esteban Morales y otros sobresalientes intelectuales: el derecho a construir una prensa que se parezca a nuestro país, y satisfaga todo cuanto nos demandan lectores, televidentes y radioyentes. En ello estamos de acuerdo con nuestros contradictores. Tal vez, entre todos, pongamos el cascabel al gato.

ALGUNOS RETOS DE LA PRENSA CUBANA.

Por: Esteban Morales,

Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)

Todo parece indicar que ya hay dos prensas en Cuba. La que algunos pretenden que todos leamos y otra, al alcance solo de un 10% de la población, pero cuyos resultados se retransmiten por medio de "radio bemba", que como diría el propio Raúl Castro en una ocasión, trasmite mejor que el Instituto Cubano de Radio y Televisión. Solo que desde que el Cro. Raúl Castro dijo eso, hasta hoy, ya existen el correo electrónico e internet, que resultan medios muy eficientes para hacer circular la información que nuestra prensa aun no se atreve a publicar.[i][i]

La primera, la prensa escrita, que tiene dos periódicos principales nacionales, muchas veces lo que hacen es duplicar las noticias, que bastaría con sacarlas en uno de ellos.[ii][ii] Una prensa, que el pueblo compra todos los días, con la esperanza de ver reflejadas de manera abierta, fresca y franca, tanto los principales acontecimientos y especialmente sus preocupaciones. O sea, lo que todo el mundo habla en la calle. Qué pasa con la corrupción; donde está el cable; cuándo la agricultura va a dar resultados satisfactorios para que bajen los precios; cuándo se darán los cambios en las regulaciones migratorias algo tan prometido; cuándo conoceremos el texto de la ley tributaria; qué pasará con el cúmulo de opiniones negativas que existen sobre las más recientes regulaciones aduanales, etc.

Se trata de una prensa que en verdad no parece cubana. Demasiado esquemática, secretista, insípida. No tiene casi nada que ver con la idiosincrasia del cubano que se ríe hasta de sus propias desgracias; una prensa que con tal de sacar lo negativo de Estados Unidos, pone a veces en primera plana noticias de ese país, que no la reflejaría ni en su décima página el U.S.A Today, el periódico más popular en los Estados Unidos. Sin dudas, últimamente, se nota que nuestra prensa hace un esfuerzo, pero está muy lejos aún de satisfacer las expectativas del ciudadano medio. Ello se observa en alguna medida en la sección de los viernes de Granma y con algunos artículos publicados esporádicamente. El anunciado congreso de la UPEC inevitablemente tendrá que tomar el "toro por los cuernos", si es que de verdad queremos lograr una prensa acorde con los tiempos que estamos viviendo. Una prensa que se convierta en instrumento eficaz para la crítica, el perfeccionamiento del modelo económico y el cambio de mentalidad que se ha pedido por la máxima dirección del país.

Pero no obstante, haber modestos avances, es lamentable ver, cómo nuestros periódicos nacionales van perdiendo adeptos. La población los compra casi por inercia, o porque no hay otros, esperando encontrar en ellos algún día sus inquietudes o aquello sobre lo que desea saber e informarse. No es para dudar, que con una prensa así, las batallas a librar están pérdidas de antemano, por las razones siguientes: - La población termina por cansarse de leer una prensa que no refleja nuestras realidades, ni con amplitud lo que está pasando. - La separación entre lo que esa prensa refleja y la realidad introduce la desconfianza. - El ciudadano se mueve buscando otras alternativas para informarse mejor. Lo cual es muy peligroso. - El ciudadano apela a la radio nacional, que siempre es más espontánea. De ahí pasa a las emisoras extranjeras que nos rodean, alguna de las cuales transmiten incluso en español, estando muchas de ellas diseñadas para intentar que sean escuchadas en Cuba. La peor de las cuales es la mal llamada Radio Martí.[iii][iii] - Se va generando una mentalidad que busca afuera la información que debiera recibir adentro. Regalando muchas veces la inmediatez de las noticias e informaciones.[1][1] - El ciudadano se hace entonces más sensible a las llamadas bolas y a las distorsiones de la información.

Una sociedad, que en medio de la revolución de la información, regala los oídos y ojos de sus ciudadanos no sobrevive. Recuperar la confianza del pueblo se va tornando muy difícil. Porque la población reacciona ante la ausencia o calidad de la información, como ante algo que le pertenece, que debe recibir y que alguien le está robando o está tomándose la atribución de negarle. Ese es un sentimiento que peligrosamente ya va ganando espacio entre nosotros. Legítimo por demás, porque ha sido la propia máxima dirección del país, la que ha criticado a la prensa, hablando de sus deficiencias y entre ellas, del secretismo. Ha sido el propio Presidente, el que ha abierto los canales de la crítica y ha presionado para que la prensa partidaria le acompañe. Pero no se produce el cambio y la gente espera cada vez más impacientemente, por lo que no acaba de llegar. Sin embargo, una nutrida intelectualidad revolucionaria encuentra espacio en la intranet y en internet y aunque los que tienen posibilidades de acceder a ese medio son pocos aun, sus artículos y comentarios, se divulgan internamente a través de los correos electrónicos y llegan a una cantidad de personas mayor que la que se puede suponer. Pero lamentablemente, internet se beneficia de ello, rebotando hacia Cuba las informaciones y comentarios que el propio país debiera reflejar. Ese es el daño que nos hace el "exceso de celo" con internet, que es más dañino que el propio daño que internet pudiera hacernos.

Dentro de este mundo en que vivimos, para lograr sobrevivir, es una exigencia afrontar los riesgos de estar dentro del. ¿Cómo lograr invertir esa ecuación, donde los medios nacionales también comienzan a perder prestigio internacionalmente? Las deficiencias e insuficiencias de la prensa y medios informativos cubanos, tienen también repercusiones negativas en el exterior, donde existe gran interés sobre los acontecimientos y la situación de Cuba, por las propias preocupaciones que la crítica realidad cubana despierta y porque el discurso oficial las reconoce. Incluso muchos extranjeros amigos de Cuba, están preocupados por lo que ocurre en la Isla, pero sienten que no reciben información fidedigna y suficiente de nuestras realidades, se percatan de que la prensa cubana no las refleja, y que es más realista informarse sobre Cuba a través de internet, la intranet y de otros medios alternativos.

Los blog, revolucionarios o no, las publicaciones digitales, como Espacio Laical, La Ceiba, Observatorio Critico, Moncada, SPD, Café Fuerte, Havana Times, La Joven Cuba y otros, se mueven hacia delante, copando la atención de lectores que fuera de Cuba buscan una información más objetiva, atrevida, critica, en general más acorde con los retos que se sabe por todos enfrenta el país y que no encuentran en la prensa escrita nacional, que por lo general, presenta una imagen casi idílica, carente de suficientes críticas, las dificultades e inconformidades; que apenas refleja nuestra realidad y de manera aun timorata, secretista y restringida. Impidiendo por esa vía, que nuestros potenciales amigos fuera de Cuba, conozcan lo suficiente, no solo de cuáles son nuestros problemas, sino también los argumentos para apoyarnos.

Se trata de un fenómeno, del que no creo la prensa nacional se percate claramente, porque muchas veces esos amigos, adolecen de los mismos problemas que nosotros en Cuba: la defensa a ultranza, la autocensura, el insuficiente reconocimiento de lo negativo, la apología, la solidaridad ciega. Vicios que nosotros mismos, los revolucionarios cubanos, les hemos inoculado desde Cuba en no pocas ocasiones. ¿Cómo salir de ese atolladero desinformativo, para que la defensa de la revolución cubana hoy sea más realista, más consciente, más acorde con los desafíos que ahora enfrenta el país, para que nuestro pueblo confíe en ella y nuestros amigos en el extranjero nos puedan ayudar más a enfrentar la avalancha de la crítica contrarrevolucionaria? Crítica contrarrevolucionaria que es sin dudas, en estos tiempos¸ más inteligente, más científica, puesto que no se apoya muchas veces en la simple mentira, la burda distorsión de los acontecimientos o la sobredimensión de nuestros problemas, sino que toma nuestros problemas reales, para presentarlos de manera más sofisticada, mas finamente manipulada, buscando el desaliento, la confusión y la desconfianza en nuestras soluciones.

Pienso, que existe solo un camino, para que nuestra prensa termine por superar esas situaciones. Nuestra Prensa a todos los niveles de su gestión: - Debe ser más realista, democrática, abierta, eliminar definitivamente el secretismo, la autocensura, el discurso viejo, dogmático y apologético. - Debe abrir espacio a la intelectualidad cubana revolucionaria, reflejando su discurso más realista, crítico abierto e inteligente. Aliándose con aquellos que enfrentan la crítica contrarrevolucionaria desde posiciones que reconocen nuestras deficiencias, antes de que el enemigo nos las tire a la cara y las convierta en armas de una diplomacia subversiva, apoyada por la política del "Cambio de Régimen" preconizada por la administración norteamericana actual. - Debe ganar conciencia de que la superioridad técnica del enemigo no tiene por qué ser una desventaja para nosotros, si sabemos utilizar de manera inteligente las armas de la verdad, la coherencia, la sistematicidad critica, y el valioso potencial científico e intelectual revolucionario de que disponemos. Mientras no logremos esa alianza, cada cual seguirá por su lado, con sus arma, algunas muy melladas por cierto y seremos solo una tropa dividida por la desconfianza, el dogmatismo, la apología y el elitismo de algunos que adoptan, desde sus posiciones de poder, la actitud de defensores "puros", mientras consideran a los otros, como unos simples liberales que quieren regalar el discurso de defensa de la revolución a sus enemigos. Septiembre 8 del 2012.

[2][1] La noche del 9 de septiembre del presente año, una parte
importante del país quedo a oscuras  y Radio reloj era incapaz de
informar a la población que  estaba pasando. Lo cual hace algunos años
no ocurría.

[iv][i] Existen excelentes periodistas como Jorge Gómez barata, Félix
Sautié, Fernando Ravsgber, con cuyos artículos nuestra prensa  ganaría
mucho. Sin embargo ninguno  es bienvenido en ella. No pocas veces
cuando se publica un artículo de fondo sobre los problemas del mundo
actual, se hace con refritos de artículos de  autores  extranjeros,
cuando en Cuba sobran quienes puedan publicar sobre esos temas.
Observándose un verdadero divorcio entre la llamada prensa oficial y
la intelectualidad  del patio.

[v][ii] Sin dudas hay un problema de personalidad entre los dos
periódicos, que afecta fundamentalmente al periódico de la juventud.
Que ineludiblemente dedica mucho espacio a  repetir noticias que no le
correspondería publicar, si ya han aparecido en el órgano oficial del
Partido y muy poco a los problemas de los jóvenes.

[vi][iii] No se habla aquí del fenómeno de la proliferación del CD con
programas de todo tipo que circulan en la red nacional. Lo cual
responde a un  problema  parecido al de la prensa plana, pero en
nuestra televisión, Sumamente criticada y no por falta de recursos,
sino de creatividad.

NO ME GUSTA MI NOMBRE

NO ME GUSTA MI NOMBRE

Luis Sexto

Miguel de Unamuno intentó sistematizar una fórmula complaciente, más bien una paradoja compensadora del sentimiento universal de culpa por la medianía o la frustración, cuando acometió la idea de que el individuo no se salva -al menos para la inmortalidad- por lo que fue, sino por lo que quiso ser. Lo juzgarán por su soterrado y a veces inconsciente empeño de desdoblarse en otro que resultará mejor que la persona vieja. Ante esa propuesta del arisco y agónico vasco uno pregunta si habremos penetrado en los resortes que liberan la invención de un seudónimo. Y acordemos ahora, quizás provisionalmente, que cuando sustituimos nuestro nombre legal con un seudónimo, es porque nos empuja el deseo de oponer el “Yo” que uno desea ser a la primera persona que realmente es.

No lo olvido: dentro del alma humana he de andar a tientas, con el sigilo de un ladrón nocturno que teme, no solo despertar peligrosamente a cuantos duermen, sino afrontar un riesgo estéril al entrar en la habitación equivocada. ¿Dónde está la lámpara de láseres que nos facilite recorrer los pasadizos interiores sin introducir los dedos en algún enchufe que nos electrocute con el ridículo? Freud lo intentó. Y a veces rozó el desacierto con la presunción de convertir a la psique sensitiva y complicada del Hombre en un amasijo de determinismos oníricos o postraumáticos.

¿Qué mueve a una persona a adoptar un seudónimo? Quizás lo que he dicho: el propósito de ser distinto al que se es, de definirse en la otredad para la percepción pública y también la íntima. O también influyen los acertijos artísticos que suponen que un nombre ficticio, sugerido por asesores de propaganda, o aprobado por ellos, porta más gracia, más atractivo, que el que se obtuvo en la declaración paterna ante el encargado del Registro Civil. Gardel por Gardes; Marilyn Monroe por Norma Jean Becker; Moliere por Juan Bautista Poquelin; Fray Candil por Emilio Bobadilla; Almafuerte por Pedro Bonifacio Palacios, Gabriela Mistral por Lucila Godoy. Un seudónimo implica también un misterio. Y ante su arcanidad –término del barroco jesuita Baltasar Gracián- puede sucumbir la curiosidad o la admiración.

Tal vez un irreducible complejo de inferioridad, o un conflicto de timidez insuperable perviven en el lecho movedizo de un seudónimo de escritor, poeta, dramaturgo, actor o actriz, cuyo nuevo nombre lo representa en la nueva vida de la fama. Puede ser solo eso, o posiblemente sea más: ¿el miedo escénico, o las conveniencias sociales o políticas? Veamos un ejemplo en que una valoración muy aguda de los beneficios publicitarios sugiere el cambio de identidad.  Un reconocido pintor cubano  fue uno de esos ejemplos en que el interés de impactar tanto con sus cuadros como con el apelativo, lo asedió con insistencia. Sus amigos, incluso, especializados en las relaciones entre público y artista, le aconsejaban un nuevo bautismo en las aguas de un seudónimo que limpiara el pálido e inexpresivo nombre original de Manolo García. ¿Quién respetaría a un pintor con esa firma? En París regeneró su nombre. Y se lo informó por correo a su compatriota y colega Domingo Ravenet, que lo cuenta en sus apuntes autobiográficos: Ahora me llamo Víctor Manuel.

En Gabriela Mistral no lo veo de ese modo tan práctico. En su poema “La otra”  deja filtrar el interés de renacer de la natal envoltura como otra: “Una en mí maté: yo la amaba (…) yo la maté. Vosotros también matadla.” Los amigos y críticos de Gabriela coinciden en afirmar que el tejido de su psique estaba tramado con los estremecimientos aciclonados del genio. Esa naturaleza no cabía en la identidad común de Lucila Godoy, de modo que la maestra rural asume el nombre irrepetible que la identificará en la sobrevida de la poesía, orbe donde únicamente cabría la superabundancia de su espíritu. Lucila Godoy, la muchachita frustrada, zurcidora de recuerdos, no alcanzaba para tanta gloria. Era tan ancho su corazón que solo podía habitar en el nombre de un ángel acompañado por el viento.

Parece que ciertos seres humanos -al menos en los que el espíritu rige también como una razón contra la mediocridad- viven sometidos a un litigio interno en que la visión externa del interior de sí mismos, no concuerda con la visión desde el interior de lo que está fuera. Es decir, quisiera exiliar al que soy, para empezar a ser el que quiero y el espejo de mi subjetividad no refleja. O el sonido de mi nombre y mis apellidos no concuerda con la eufonía que me gustaría sentir como consonancia entre lo sentido, o creído, dentro y lo que resuena afuera de uno mismo. Hay, pues, más que un asesinato, un suicidio, un suicidio espiritual, de identidad,  cuya sangre no rueda más allá del escueto sacrificio de habituarse a responder al seudónimo ya adoptado como nombre verdadero.

Comprendo, llegado a esta línea, cuánto enredo hemos de desatar para   esclarecer las causas de los seudónimos. Y quizás, como ya dije, tal vez muchas pretensiones de profundidad nos desvíen y soslayemos un origen mucho más humano y elemental, como este: Quiero darme un nombre falso; el propio me cae mal. Con lo cual podríamos explicar, al menos en varios casos, el porqué en la literatura cubana, desde la aparición del primer autor en el siglo XVII, la historia registra cerca de tres mil seudónimos, según el ensayista Elías Entralgo.  Pero  el capricho o el gusto no parecen determinar la adopción de un nombre hipotético en este ejemplo. En el periódico El Mundo, de La Habana, hacia los años de 1960, firmaba una autora con el nombre claramente aparente de Clara del Claro Valle. Sonaba como a fiesta, a jocosa impertinencia de la imaginación. Y yo, joven adicto a la página de opinión de ese diario hasta cuando ese El Mundo se acabó en 1968, me empeñé en descubrir quién se amparaba detrás de nombre tan soleado.

Una mañana en un pie de foto de la página cultural se decía que el escritor José de la Luz León leía un panegírico en memoria de  Alfonso Hernández Catá, el cuentista víctima, en 1940, de un accidente aéreo sobre los aires de Río de Janeiro donde ejercía como embajador de Cuba.  Y en la correspondiente a los artículos aparecía el texto bajo la firma desafiante de Clara del Claro Valle. Bastó asociar los datos. Ahora la curiosidad persiste en otra dirección. Y me pregunto porqué el autor de Amiel o la incapacidad de amar necesitó protegerse bajo un seudónimo para firmar aquellas crónicas ágiles, habitualmente interesantes por el estilo y por cuanto acarreaban en las referencias culturales e históricas. No llegué a conocer a De la Luz León, de quien también leí un ensayo biográfico sobre Benjamín Constant. Perdí tal vez la oportunidad al no insistir con José María Chacón y Calvo, pues ambos se llamaban frecuentemente por teléfono, y yo visitaba cada sábado al autor de Hermanito menor. No obstante, especulemos: ¿Habría pensado que la crónica casi diaria en El Mundo lastimaba su crédito de autor rotundo, consagrado a las honduras ensayísticas, o su historia de diplomático renombrado en la primera Liga de las Naciones, o le pareció que, figura de una época recién clausurada por la Revolución, su nombre no debía aparecer en un periódico revolucionario, aunque el periódico que dirigía Gómez- Wangüermert estaba sabiamente concebido, según parecía demostrarlo en cada edición, para conceder espacios a temas y firmas menos comprometidos con la política dominante en Cuba?  Si responder valiera el esfuerzo, si en verdad algo básico se consiguiera, tendríamos que inmiscuirnos en la papelería de José de la Luz León para quizás ensartar una frase, un testimonio, un juicio esclarecedores de móviles tan personales y particularmente sicológicos.

Estamos, pues, al final como al principio: inquietándonos por saber secretos de otros. Miro dentro de mí para hallar un eco de sentires ajenos, y nunca me ha preocupado, en conciencia, renunciar a mi identidad nominal, salvo aquel momento de mis 17 años cuando creí que con mi nombre no llegaría muy lejos en las letras. Resultó exacta la premonición. Ahora bien, lo que me parece evidente es que si me juzgaran, habrán de atenerse los jueces a lo que afirma Unamuno, y emitir el fallo absolutorio teniendo en cuenta el que quise ser y no el que soy con el mismo y modesto nombre. (Publicado en Cubahora)