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PATRIA Y HUMANIDAD

UNA FLOR EN DICIEMBRE

UNA FLOR  EN DICIEMBRE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Sexto

Diciembre trae un regusto de niñez; el recuerdo tibio de las madrugas frías en que nos tapábamos, tanto con la colcha como con la seguridad de papá y mamá. En esa etapa diciembre no nos inquietaba como el último tramo de un año. Un año más era entonces  un acercarse a  “ser grande”, a alcanzar la autonomía, andar y ver a mi antojo en la juventud o la mayoría de edad que parecían prometernos todo y que parecían nunca llegar.

La infancia era un constante adviento. Esperábamos la llegada de los primeros signos de la pubertad y las primeras rebeliones ante las normas que sujetaba nuestros impulsos.  Ah, qué distante el tiempo, cuán lejano el fin que ni siquiera nos deteníamos a considerar que pasábamos por la mejor período  de la vida. La niñez es como un arroyo subterráneo que saldrá a la superficie de nuestra memoria cuando ya solo traiga la nostalgia. Y diciembre nos aviva la morriña, como decía mi abuela gallega,  en los colores ensombrecidos de nuestro presuntuoso invierno, y en las costumbres.

Diciembre. Mes de otro Niño, de un Niño que se ha quedado entre nosotros dignificando la infancia, convirtiéndola en paradigma de la humildad. Sed humildes como niños, nos sugiere Jesús desde su cuna de paja, desde la covacha donde eligió nacer para dejar establecido que sus preferencias no gustan del lujo, de la soberbia, del abuso de poder que se atrinchera en el ejercer las diferencias y la indiferencia.  

Pero la humildad, hoy, cabe en el símbolo de la señal de tránsito que advierte: por aquí no se pasa. Tanto se la teme que muy pocos aceptan asumir el crédito bochornoso de ser humildes, salvo en las autobiografías que nos exigen para aspirar a un carné en ciertos partidos u organizaciones de izquierda, o para optar por un premio: “Nací en el seno de un hogar humilde”… Nos enaltece haber nacido humilde, en casa pobre y honrada, pero no ser humilde, porque entonces la relación es diversa, casi opuesta. El diccionario carga con un volumen de responsabilidad en esa fobia. Entre las tres o cuatro acepciones de humildad, la mayoría nos fijamos en la última: esa que nos remite a sumisión, rendimiento.

Nadie opta, desde luego, por la sumisión, la servidumbre y, por tanto, la humildad viene siendo una virtud maldita. ¿Pero hemos de creer en la superioridad innata del ser humano? Aceptemos solo  su facultad de mejorar  partiendo “humildemente” de su falible condición. En este análisis la humildad se asienta como un trampolín para el salto hacia la perfección cristiana: el de la admitir humildemente que humilde  proviene de humus, en latín, y que humus es tierra, barro por extensión. Es eso, pues: reconocer nuestra poquedad, como garantía para crecer y afianzarnos.

Si no fuera cursi, recordaría aquellas lecturas de mis días juveniles y dijera qué sublime es el perfume de la apenas advertida violeta. He querido dejar estas ideas claras. Teorías revolucionarias aparte, sociología aparte, estoy entre los que estiman que el planeta se disuelve en el caos por falta de humildad, de claridad acerca de los valores y desvalores ingénitos de nuestra especie. Todo lo que tiene fin es breve, ha dicho un poeta. Y me parece también razonable que, además de breve, sea imperfecto. Nuestra especie carece de humildad. Nos hemos creído la historia del rey de la creación, el animal superior. Y las evidencias atestiguan que creerla resulta válido: ¿Quién como nosotros? Pero esa disposición natural tiene que afincarse en  la convicción de que es una superioridad latente, parcial, signada por la muerte –supremo símbolo de la fragilidad- de los individuos y, quizás, algún día, por efecto de la misma soberbia a la que el Hombre apuesta sus ilusiones, estará marcada por la probable desaparición de la especie.

La humildad nos asistiría al percatarnos de que si el Padre fue el creador, nosotros recibimos el encargo de ser los conservadores de la obra de  la Creación. Pero la humildad se nos ha escurrido entre la casaca de la arrogancia. ¿Quién como nosotros?, pregonamos alzando la lengua de fuego del Ángel ensoberbecido. Y nos detestamos unos a los otros. Nos maltratamos. Amar al semejante es un acto de humildad que pocos acometemos.  Y el mundo se nos deslava, y se nos hunde, porque somos aun menos capaces de amar a criaturas inferiores: el árbol, que crece y a veces nos estorba la visión, o el perro, en el que proyectamos nuestra agresividad, o el grillo, que molesta nuestro sueño con su estridular.

Vivimos entre equívocos; huimos de las certezas. Lo dijo Maurice Blondel : “No tratemos al embrión que somos como si fuese un ser acabado”. La imperfección nos define, y solo la humildad nos hará libres para reconocerlo. No quisiera aparentar el tono del predicador. Más bien quisiera ser el del hombre de fe que medita un tanto fuera de cualquier ciencia, y en su reflexión, en ese mirarse hacia adentro, que es también un volver atrás, evoca, despojado de toda insolencia,  los diciembres ya vividos, las navidades perdidas e irrecuperables y las ve como la oportunidad de otra resurrección: la de la inocencia infantil, para volver a empezar a ser grande convirtiéndonos en niños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUBANOS ENTRE LETRAS Y NOTICIAS

CUBANOS ENTRE LETRAS Y NOTICIAS

Luis Sexto

En la alianza entre el periodismo y la literatura hubo también una primera vez. Vienen de tiempos lejanos estas  relaciones promiscuas, según los términos del catalán Albert Chillon. Pero en cuanto a su origen, lo más seguro entre tantos acercamientos, criterios y datos –que en una reducción culposa los hay hasta para confundir- es aceptar, con  cautela ante lo movedizo,  que el periodismo literario está presente desde el siglo XVIII con El diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Ese es un reportaje de índole histórica, publicado en 1722, que hoy  llamaríamos literario o narrativo y que se lee como literatura de no-ficción. Pero incluyo entre los antecedentes en nuestra lengua a La conquista de la nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.

En un momento, cuando aseveré la prominencia del libro del soldado de Hernán Cortés, estimé, con una dosis casi natural de presunción, de que aportaba un dato original. A ningún tratadista o estudioso de esa especialidad consultados por este periodistas, le había leído u oído ese  juicio. Lo aventuré en mi libro Periodismo y literatura, el arte de las alianzas, cuya primera formulación data de 2002. Dos o tres años después  “descubrí” que Mariano Picón Salas, desde mucho antes, en un libro cuya ficha he perdido,  había  reconocido las formas del  reportaje en el  relato de Díaz del Castillo. El primero, como dije, en nuestro nuevo mundo, como Bartolomé de las Casas inaugura el panfleto en este lado del Atlántico.

Después de los precursores, pasaron, en diversidad sumaria,   el francés Víctor Hugo,  el irlandés James O´Kelly, el norteamericano Mark Twain, el cubano José Martí, y  coetáneamente o años más tarde, escriben agraciados por las aguas contaminadas de la literatura y el periodismo, el mexicano Guillermo Prieto y sus compatriotas Gutiérrez Nájera,  Amado Nervo, Luis Gonzaga Urbina, y Carlos Monsivais, Almaguillermo Prieto,  Andrés Henestrosa; el nicaragüense  Rubén Darío, el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo; el colombiano Gabriel García Márquez,  los norteamericano John Reed,  Ernest Hemingway,  Norman Mailer, Truman Capote, Tom Wolf, Joan Didion; el polaco Rysiard Kapuscinski; el chileno Pedro Lemebel, y más, más…

Y en Cuba a quiénes podremos nombrar como antecedentes de esta tendencia  que,  como sintetizó Norman Mailer, pretende contar  la novela como historia y la historia como novela.  Hemos de empezar por Martí.  Y aunque la originalidad martiana sea renuente a que ubiquemos al autor de Escenas norteamericanas  en una escuela o tendencia, qué escribió Martí, en los medios de su época, sino un inimitable periodismo literario. ¿Alguien negará que  El terremoto de Charleston  sea un reportaje  modélico de la narrativa periodística ligada a la narrativa literaria?  

Unas décadas antes,  quizás Anselmo Suárez y Romero haya sido, en Cuba, una especie de anticipador de la alianza de la literatura y el periodismo, formaciones estilísticas -de creación la primera; de trabajo informativo, el segundo- que tienden a ligarse por razones de sus afinidades. Pero me parece ver en ciertos textos de naturaleza periodística del autor de Francisco, una voluntad de trascender la retórica usual y lograr páginas perdurables por la húmeda emotividad del enunciado. Una vez le otorgué a Suárez y Romero, desde mi poquedad, el título de precursor de la crónica tal como hoy  la practicamos. Y ese juicio puede extenderse hacia el periodismo literario, porque la visión de este costumbrista empieza a fijarse en las esencias y cuando describe el paisaje cubano lo pinta de una manera más cálida, más entrañada y personal. Para mí clasifican en esta tendencia El guardiero y Palmares. Al leerlos uno siente el cambio cualitativo de una prosa de ocasión, hacia un texto conmovedor, vivido, tenso como el lenguaje poético: “Hay una cosa en mi patria que nunca me canso de contemplar…”

Posiblemente no hayamos reparado en que Manuel de la Cruz, entre tantos méritos, haya logrado con Episodios de la revolución cubana y Cromitos cubanos, la conjunción afortunada de la literatura y lo periodístico. Y también Julián del Casal, con sus crónicas y notas en La Habana Elegante, El Fígaro, La Discusión, El País y otros medios habaneros. El poeta de Nieve, al igual que Enrique Hernández Miyares, Aniceto Valdivia, Emilio Bobadilla, Enrique Piñeiro,  se dobló sobre el papel periódico como una opción de subsistencia. Y fue inevitable que su sensibilidad artística beneficiara  al plúmbeo periodismo editorializante del XIX. Casal no dejó de ser poeta ni cuando reportó la continuación de las obras del canal de Vento. Ni negó al periodista en las prosas incisivas y finas de su polémico e inédito  libro titulado La sociedad de La Habana, alguno de cuyos capítulos publicó La Habana Elegante en 1888:  Del entonces Capitán General, Sabas Marín, hombre “de frente ancha, surcada de leves arrugas, por donde la calvicie se empieza a abrir paso”,  dijo que, “respecto a su carácter, es altivo, no a la manera de Concha, ese gran vanidoso que nunca se dignó estrechar  la mano de sus inferiores; impetuoso; arbitrario (…) parece que firma sus decretos, no con pluma de acero, sino con la punta de la espada” .

Con la república, el periodismo prosiguió empleando a literatos como colaboradores regulares. Con  tanta asiduidad, que el perfil biobibliográfico de muchos  no puede prescindir del ejercicio en medios de prensa. Si no vivieron del periodismo, vivieron para el periodismo como vehículo de difusión de la vocación  literaria, ante la carencia o escasez del libro impreso, o como una actitud de servicio social y político. Jorge Mañach entre ellos. Tanto sus Glosas en El País, como sus artículos en Diario de la Marina, y Bohemia, y su papel de promoción cultural en la naciente radiodifusión, y más tarde en la TV, definen a Mañach como un periodista consagrado a su faena, a pesar de desequilibrios políticos o de la hiriente ironía que tantos rencores le adjuntaron. Mérito suyo es también haber dignificado la prosa de los periódicos en esos tiempos de la primera mitad del XX donde, según Miguel Ángel de la Torre -otro escritor vuelto periodista-  proliferaba un espíritu de cobrador de cuentas. Los artículos o las crónicas de Mañach se rigen por el tacto literario de modo que pueden considerarse ensayos o documentos estéticos por la arquitectura estilística  y por el interés y la originalidad del pensamiento, sin obviar la claridad, la concisión y la brevedad del periodismo. La entrada a Defensa de la bola, artículo inserto en Diario de la Marina, nos dibuja la pujanza perdurable de los textos del autor de Indagación del choteo:

“Las dos diversiones clásicas y populares del cubano fueron hasta ahora la pelota y la bolita. Últimamente se ha añadido a ese reportorio otra amenidad no menos esférica -la bola. A pesar de su traza, no quisiera que se viese un mero chiste o artificio de voquibles en esta afirmación. Si se mira al fondo, puede que se descubra en esa trilogía de redondeces (no, por cierto, las únicas a que es aficionado el cubano; pero sí las más significativas) un pequeño esquema de nuestra psicología y acaso de nuestra patología colectiva. La pelota, la bolita, la bola -tres formas de lidia, de aspiración, de pequeñas esperanzas en que consume nuestro pueblo su tedio y su impaciencia”.

Un poco antes y parejamente, el también villareño Ruy de Lugo Viñas coloca un pie a cada lado del abismo que parece separar a literatura y periodismo. En 1915 publica un libro, muy modesto tipográficamente, titulado Los ojo de Argos. La crónica y el reportaje se mueven hacia una inclinación literaria. En el prólogo, Luis Gonzaga Urbina, temporalmente en La Habana, dice que “todo lo construyó adrede el autor de este libro para albergar (…) las impresiones momentáneas exigidas por la inquieta voracidad del periodismo”. Ello, en efecto, es lo que halla uno en Los ojos de Argos: periodismo. Pero, advierte Urbina enseguida, “el material de cultura, de talento, de emoción estética, es, a pesar de todo, tan fuerte, que resultó durable y de perfectas condiciones de estabilidad para ser trasladado de la hoja volante al tomo superviviente”. Confirmémoslo en el inicio de la crónica sobre la llegada de  Jack Johnson para la pelea con  Jess Willard:

 “El “big-man”llega a La Habana seguido de una corte: la francesa lánguida que es su esposa, su entrenador, el secretario, que es por igual memorialista y corre-ve-y dile… y cuatro domésticos: uno que le limpia las botas –casi tan descomunales como las de un “gun-boat” Smith, otro que se encarga de la ropa sucia, otro que lo enjabona en el baño y lo cepilla cuando ya está vestido y el cuarto que, por estar a las órdenes de la consorte, no hace nada… a menos que se entretenga en cornamentar a su patrón. El “big-man” viaja como lo que es: como millordario que tiene larga cuenta en el Crédito Lyonnais y una fortuna en cada brazo”. 

En esos años, convencionalmente a partir de 1915,  aparte de los últimos nombrados aparecen numerosos  autores. Pablo de la Torriente -fulgor, fuerza, furia del estilo-, modelo conocido, asible en sus dos  textos clásicos del periodismo literario en Cuba: Presidio Modelo y Realengo 18. Y en su entorno, entre otros que omito, Miguel Ángel Limia,  Víctor Muñoz, Rubén Martínez Villena,  Lino Novás Calvo, Raúl Roa, Onelio Jorge Cardoso, Ramón Vasconcelos, Mirta Aguirre, Nicolàs Guillén. Y lo practican otros  que aparecieron en la década de los 1950s como Lisandro Otero, Jaime Sarusky, Santiago Cardosa Arias, y más adelante Leonardo  Padura,  Yamil Díaz Gómez, Ciro Bianchi, José Antonio Fulgueiras, José Alejandro Rodríguez, Luis Vázquez Muñoz, José Aurelio Paz, Enrique Milanés León, Eduardo Montes de Oca, Roger Ricardo, Rafael Grillo, Francisco G. Navarro, Julio García Luis, Félix Guerra, Katiuska Blanco, Rosa Miriam Elizalde…

Me parece oportuno, sin embargo, insistir en antecesores como Lino Novás Calvo y Onelio Jorge Cardoso. Ambos se caracterizaron por la narrativa breve. Y no parecería un despropósito atribuirles el papel de renovadores del cuento en Cuba,  aunque la crítica demoró 20 años en reconocer la excelencia de la obra de Onelio. En el periodismo no fueron menos narradores. Ellos también a fines de los 1940s y en el transcurso de los 50s escribieron en los medios para satisfacer sus necesidades domésticas.

Un reportaje de Novás   significó en 1948 una contundente denuncia de la geofagia de la Manatí Sugar Company. Publicado en tres entregas en Bohemia, “Guerra  de nervios en Santa Lucía”  conmovió a la opinión pública. Y el asesinato de Sabino Pupo fue como el sangriento colofón que confirmó la potencia de este reportaje, que empezaba con la recidumbre del estilo de Novás:

“Bajo el avión la tierra cubana luce como un mapa. El avión ha venido a dar más precisión y amplitud a los mapas. Hoy la tierra se mide, se cuadra, se define, se precisa; no ya por leguas, sino ya por pulgadas. Las nuevas escrituras, los papeles, los títulos, corresponden a la tierra. Son como superponibles. Cada nuevo propietario sabe exactamente lo que tiene, dónde lo tiene, con quién colinda.

“Eso es ahora. Antes no había cartas, y las medidas eran vagas. Los cabildos daban mercedes circulares que, al tocarse, dejaban entre sí a los realengos, las tierras del rey. Pero nadie sabía, de cierto, dónde empezaban y dónde acababan esos círculos. Los centros (un árbol, un hito) eran confusos y a veces movedizos. Los círculos mismos se superponían, cambiaban de sitio, se estiraban y encogían, según quien los tenía. Con poder e influencia se hacía y prodigaban nuevos títulos (nuevos círculos) que chocaban con otros. Al fin sobre esos papeles, la isla llegó a tener, por lo menos, doble extensión de la que tiene”.

 Onelio Jorge Cardoso denunciaba la situación de las clases y capas más dañadas por el capitalismo dependiente de aquella época. Pero era más sugestivo. Con este párrafo concluyo esta aproximación al periodismo literario en Cuba. Ojalá que la prensa pueda adoptar este segmento como su norma principal: “Vamos a la Laguna de la Leche en Morón. Nos lleva Jesús Alfaro, pequeño, enteco, descalzo y humilde; con su viejo barco que se parece a él no sé por qué razones. Quizás porque el hombre está lastimado  por los mil trajines de muchos días iguales sobre su vida, y el barco por las cargas distintas que lleva todos los días iguales”…

(Publicado en La Gaceta de Cuba, UNEAC)

 

 

 

 

 

 

 

 

CUIDEMOS LO QUE LA NACIÓN HACE

CUIDEMOS LO QUE LA NACIÓN HACE

Por Eusebio Leal, historiador de la ciudad de La Habana

No son pocas las personas que me preguntan, cuando nos encontramos en las calles: “Oiga, dígame cómo va la restauración, qué está pasando en este momento; tenemos noticias disímiles, alguien dice una cosa; otros, dicen otra, ¿pero en realidad qué nos puede decir usted?”

Yo quisiera explicarles lo siguiente: la restauración de nuestra ciudad, particularmente del Centro Histórico y de todos aquellos lugares en que nos encontramos comprometidos, es siempre, necesariamente, un proceso lento. Hay que estudiar, quitar obstáculos que quisiera que comprendiesen que no son pocos; obstáculos a veces porque los edificios están ocupados por personas naturales o por organismos, porque el orden de las prioridades está determinado muchas veces por las contingencias del tiempo. Cuando llueve mucho, como en estos días, muchos se alegran, yo también me alegro por el; pero al mismo tiempo, tiemblo pensando en los derrumbes, en las casas que están en precario, en las familias que tienen dificultades o están albergadas. Quiere decir que una cosa necesariamente me lleva a la otra.

Quizás, la más compleja visión que podamos tener del proceso restaurador es precisamente su complejidad y la cantidad de cuestiones que han de tenerse en cuenta.

A veces me preguntan -y les voy a hablar con franqueza: “Oiga, y después que usted no esté, ¿quién se va a ocupar del tema? Bueno, hay muchísimas personas que se están formando, colaboradores que a lo largo de los años recorren el mismo camino que yo una vez recorrí; pero quizás lo más importante es la experiencia, la visión integral, el sentido de oportunidad de lo que se debe decir en un determinado lugar o no; lo que es conveniente ahora o no es conveniente, lo que hasta ayer nos pareció prudente y ya hoy no lo es, es más bien indispensable. Todas esas son también mis grandes preocupaciones.

Ahora, una vez que ya hemos encarado el proceso restaurador, ¿qué pasa? Bueno, lo primero es que construir es más fácil, ¡construir es más fácil!

Me han preguntado, por ejemplo, del Capitolio de La Habana, que ya en gran medida lo tenemos, y estamos reuniendo recursos y medios para enfrentar la obra. El Capitolio fue una obra colosal en su tiempo, se construyó en poco más de 24 meses, entre el 20 de mayo de 1927 e igual fecha del año 1929. Para restaurarlo necesitaré más años, y ya no lo cuento por semanas, ni por días ni por horas, sino por años; lo cuento además por objetivos. La cúpula es un objetivo, las grandes puertas del Capitolio son otro objetivo. Para limpiar los bronces, necesito decenas de restauradores que se están formando o ya están formados; y para armarlos para su trabajo, se requieren recursos materiales específicos que, o están en Cuba, o están encargados, o están llegando.

Mi estrategia, nuestra estrategia  es actuar por partes, salvar cuanto antes la gran escalinata, las grandes esculturas que coronan la escalinata, el pórtico, la cúpula y la gran sala. Y si es posible, incluir en esa primera etapa los dos hemiciclos.

Otra pregunta: ¿cuál será el objetivo de la restauración? ¿Un nuevo Museo? Bueno, para serles sincero, resueltamente no, yo no pienso en eso. Yo no creo que sea oportuno ahora decirles para qué yo creo y para qué pienso que debe ser utilizado el gran palacio del Capitolio Nacional; pero sí creo que mi primera obligación ahora es restaurarlo. Y restaurar es el objetivo. Y para eso se preparan los equipos y se reúnen los medios; y cuando hablo de equipos, hablo de personas.

Me preguntan por otras obras grandes, por ejemplo, el Sloppy Joe´s, uno de los más famosos restaurantes, cafés, barras de La Habana, caracterizado por haber sido el centro de la vida bohemia y la vida social de artistas del cine, de peloteros norteamericanos y cubanos, de personalidades de todo el mundo. Yo creo que se culminará a fines de este año 2012. No quisiera equivocarme, pero he estado en esa obra el jueves, y creo que lo terminaremos como obra civil, a nivel de detalles y a nivel documental y de investigación histórica, y estará en servicio en los primeros meses del próximo año. Es otra obra gigantesca.

Me preguntan también por el Teatro Martí. Estuve el mismo día. ¡Qué clase de obra esa! Yo nunca pude imaginarme la magnitud que supone abrir el vientre de un teatro; de un teatro con una tradición, con una historia como la del Teatro Martí.

Hace muy pocas semanas visité la obra del Teatro Sauto, de Matanzas, muy bien organizada por cierto, patrimonio nacional, patrimonio en alto grado significativo para Matanzas; pero el Teatro Sauto está completo, quiere decir, está ahí. Ha sufrido los daños del tiempo, ha sufrido la falta de medios en algunas ocasiones; algunas cosas se le fueron de la mano; pero ya están ahí y van muy bien los del Teatro Sauto. Y aprovecho esta ocasión para felicitarlos de todo corazón desde La Habana, pensando en Jules Egavián en Daniel Dall´Aglio, en los que construyeron el teatro, y también en el autor de su primera gran restauración, el arquitecto, profesor y doctor de nuestra Oficina, Daniel Taboada Espiniella, que hace muchos años encabezó la restauración del lugar.

Pero el teatro Martí es otra cosa. Es prácticamente hacer el teatro. Allá, sobre lo alto se sube con riesgo y con temor a aquel tablón, donde están los restauradores pintando el techo. ¿Que va a ser como fue? Sí, pero hasta el punto en que las cosas pueden ser como fueron una vez. Nosotros todos, los que estamos oyendo, los que escuchan, y yo, somos los mismos, pero al mismo tiempo somos diferentes. El tiempo pasa por nosotros, y lógicamente adecuar un teatro a los requerimientos del tiempo moderno sin que se vea una tramoya nueva, aire acondicionado sin que se perciba, nuevas cortinas, nuevos recursos en el foso, iluminación más compleja, todo eso está ahí ya.

¿Qué tiempo me queda? Bueno, yo pienso que, contando por semanas, por días y por meses, un año y medio de trabajo para darle a la Habana el Teatro Martí.

Pero no es solo el Teatro Martí. He estado también de visita en el Teatro Nacional, en el Gran Teatro, y ya veo avanzando las carpinterías, que es una de las grandes preocupaciones. También las marquesinas, que hay que desmontarlas completamente, por razones de seguridad. Y posteriormente, ya dentro del teatro, en falta comenzar una labor que es lenta, cuidadosa, meticulosa, y que trata, por todas las vías, de no cerrar el teatro; que los teatros, queridos amigos, no son importantes por el continente sino por el contenido. Pongo ejemplos: un gran teatro en Barcelona se quemó hace tres años, ya está restaurado.

El Teatro La Fenice en Venecia fue destruido por un incendio, mal de males de los teatros, y ya está restaurado. Y a petición del pueblo de Venecia, ha sido restaurado al detalle por fotografías, planos, dibujos y memoria. El gran teatro de Milán, La Scala, fue destruido por bombas incendiarias durante la Segunda Guerra Mundial. Pero alguien me dijo allí: “Lo importante en el teatro no es solo la forma, es lo que ha pasado aquí”. Es como el Gran Teatro Auditórium de la Habana, Amadeo Roldán. Lo más importante para todos los que tenemos memoria de la cultura cubana es lo que pasó allí. ¿Qué pasó allí a lo largo de décadas, qué ocurrió? ¿Cuáles fueron los grandes artistas que actuaron allí, los grandes directores de orquesta, los grandes solistas? Todo lo que ocurrió y lo que ha ocurrido y ocurre en el teatro es lo importante. Por eso, en el Teatro Martí lo importante es recuperar su memoria.

También me preguntan: ¿Volverá a ser el teatro de género que fue? Bueno, el teatro va a ser un homenaje necesario a todos los artistas, a todos los actores, a todos los grandes intérpretes del teatro vernáculo, a mis dos grandes amigos: Eduardo Robreño y Enrique Núñez Rodríguez.

Lamento que Enrique y Robreño, a los que nombramos directores titulares antes de morir, cuando el teatro estaba en ruinas, no puedan ver la obra concluida. Pero ahora necesariamente hay que modificar un poco la programación, el elenco del teatro, y al margen de que se coloquen obras clásicas del teatro vernáculo cubano, será necesario darle además un empleo más amplio, porque ahora las capacidades creadas en el teatro lo permiten.

Por último, quiero nombrar obras muy hermosas como las que se están realizando en el cementerio monumental de La Habana, en la Necrópolis Cristóbal Colón.

Tienen que ir allí. Es una obra grande. Y allí hay 50 graduados de la escuela-taller de manera permanente reconstruyendo uno por uno los grandes panteones del cementerio. Primero el pórtico norte y el pórtico sur, y después, unos tras otros, los grandes panteones: el de los estudiantes mártires de 1871, el de los bomberos inmolados en Isasi, símbolo del heroísmo de los cuerpos de bomberos; los de los Presidentes de la República de Cuba; grandes monumentos y también sucesos de la historia insoslayables; la Capilla Central del cementerio, la de los intelectuales y poetas, la de los escritores y artistas, la de los líderes obreros y mártires de la Revolución, el panteón de los combatientes internacionalistas y del ejército libertador.

Esta es una obra que callada continua.

¿Y aquí qué está pasando en el Centro Histórico de la Habana? Bueno, recorran los muelles interiores y observarán la gran obra allá cerca del muelle San José; el nuevo emboque de Regla en la parte de la Bahía de La Habana, en la parte de la ciudad; van a observar también la construcción de los nuevos muelles y fondeaderos frente a la Alameda de Paula. En fin, se trabaja. Yo les quiero dar la fe y la certeza de que se trabaja.

Otro tema importante es por supuesto el Malecón. Una vez lo dije: una pelea rabiosa contra el mar, contra las ruinas y contra el mal comportamiento de muchas personas. Una pelea grande. Porque no podemos desalentarnos cuando después de un año de trabajo el mar penetra y destruye lo que hemos hecho en verano. Una gran obra que realizar cuando edificamos y construimos sobre espacios perdidos. Y ahí lo pueden ver: se están levantando edificios sobre espacios perdidos y restaurando lo que ya estaba. Muchas familias agradecidas, muchas familias contribuyendo, muchas familias viviendo de una forma enteramente nueva, ya que la restauración no es solo imagen, sino también restauración interior: los ascensores, las redes. Ah, pero hay quien, una vez concluida esa obra restauradora, en vez de colocar en la ventana el símbolo de la prosperidad, que es dedicarse a cualquier labor permitida, que es arreglar, sencillamente colocan dos clavos en la fachada, colocan una charranada en la fachada y empiezan a colgar ropa impúdicamente hacia la avenida principal de la capital de La Habana, de Cuba, que es el Malecón de La Habana.

Yo hago un llamamiento sincero, un llamamiento de corazón, a que se cuide lo que la nación hace. Y debo decir que los tiempos en que la nación lo hace todo ya no son los tiempos actuales.

Ahora, todo el mundo tiene un compromiso, a partir de nuevas oportunidades, de implicarse en nuevas tareas, buscar prosperidad en nuevos negocios y actividades lícitas y al mismo tiempo contribuir a la restauración de la ciudad.

Yo todos los meses les escribo a más de 400 familias en la Habana Vieja que están, o alquilando sus casas o creando actividades económicas, y a todas les escribo alentándolas, diciéndoles: “Casa renovada, casa restaurada. Ustedes van a contribuir de una manera eficaz, van a contribuir entusiastamente a que la ciudad se restaure y cambie.”

Hagamos todos lo mismo: un gran esfuerzo para que el trabajo iniciado y con tanta fe continuado, no se pierda.
(Fuente: Habana Radio)

La hora de los mameyes

La hora de los mameyes

Por Jesús Arencibia Lorenzo*            

En el aniversario 90 años de la fundación de la revista Alma Mater, en noviembre de 1922

 El título me lo dio Silvio, que puede ir de los versos de alto lirismo al alto lirismo de la gente común, que son los mejores versos, y siempre dispara sus canciones con «la palabra precisa, la sonrisa perfecta». El trovador, que ha vivido su tiempo con el hambre de mundo y bondad que llevan los buenos, dijo para un documental español que si él se hubiera creído más importante que su pueblo se habría largado de aquí la primera vez que lo botaron del ICRT, pero no, ya con 20 años sabía que su pueblo era lo más importante…

Y siguió haciendo canciones y montando barcos Playa Girón, y persiguiendo unicornios, y muriendo un poco cada vez, siempre como vivió: «matando canallas con su cañón de futuro»…

Algo similar le sucedió a Julio Antonio, solo que los canallas lograron derribarlo cuando aún no había completado —en lo terrenal— su viaje a la inmensidad. Y ahora que Alma Mater concreta la feliz idea de rescatar los textos del Atleta universitario, y brindar con ellos por el cumpleaños 90 de estas páginas irreverentes, se me ocurre que la mejor manera en que puedo recordarlo es cantándole, aunque sea un poquito, a su bendita irreverencia, insolencia, diría Pablo de la Torriente, otro de los relámpagos en aquella generación que según Cintio Vitier saturó de poesía la política.

Cómo necesitamos esa poesía, Julio Antonio. Cómo nos hace falta para, al menos, repartir una canción protesta mientras la ciudad se derrumba. Las esencias no cambian, aunque la espiral marxista ascienda y se renueve, y algunos hablen de hacer no se cuántas revoluciones dentro de la revolución sin siquiera haber completado la inicial.

Todos soñamos ser tú en algún momento, Julio Antonio, lo soñamos en el tiempo futuro de seguir intentándolo. Pero a veces, muchas veces, nos falta el valor, la inteligencia, la luz larga. Los burócratas de todas las épocas también son los mismos. Los que te expulsaron del Partido Comunista, a ti, que eras El Comunista; los que le hicieron contraguerrilla al Che, que era El Guerrillero; los que botaron a Silvio del ICRT; los que pretendieron «curar» la homosexualidad con homofobia; los que enarbolaron y enarbolan desde las más altisonantes tribunas consignas que se repiten sin sentir, que se escriben en pancartas que dan risa; los que viajan climatizados y pregonan las bondades del sofocante transporte público… Y la Revolución con mayúsculas, el impulso volcánico de lanzarse a transformar, habita otros espacios, otros barrios, otras constelaciones.

Cuántas secciones como «En el Feudo de Bustamante» podríamos redactar hoy; cuántas caricaturas de figurones les debemos a nuestra gente; cuántas tánganas —o cibertánganas, para estar a la moda— tendríamos que armar. Nadie lo podría decir con certeza.

El camino, ya lo dijiste, nunca será Yanquilandia, o un panamericanismo en el que los indios hagamos el «pan» y los yanquis se ajusten el traje de americanos. Pero tampoco puede ser la Cuba en la que unos sean «más iguales que otros» y el buen Guillén deba rectificar su poema porque no tiene «lo que tenía que tener».

«Hombres de la Revolución», escribiría el Torrente de los Brau, como aquellos insolentes y hondos; burlones y amantes; desafiantes y niños, que no andaban persiguiendo «el sueño de un poeta solitario, sino la canción imponente y sombría de la muchedumbre en marcha», que es otra forma de decir todos los sueños solitarios empujando a soñar, empujando a una carga «para matar bribones». En esos deberíamos convertirnos, aunque nos fuera la suerte toda en el intento.

Por ello es tan feliz publicación de tus textos, la esperanza de tu revista, de que ha regresado Lord Mac Partland. Ojalá, muchacho inmenso. Porque el universo, el grande y el más pequeño, debe expandirse hacia el Rojo como confía el maestro Fernando Martínez Heredia. Un rojo no rígido ni amargo, sino dulce y bello, como un mamey maduro.

*Periodista, poeta, profesor universitario

 

EL DERECHO DEL QUE SE QUEJA

EL DERECHO DEL QUE SE QUEJA

Luis Sexto

Las palabras suelen tener doble personalidad. Es decir, se distinguen por uno o varios significados, pero estos pueden desplazarse hacia otro sentido. Los poetas emplean con acierto esa dúctil virtud. Y también las intenciones políticas recurren a la técnica de modificar el diccionario para expresar su posición o inclinación  ideológica y encubrir sus fines e intereses. Y aunque no sea original al definirlo, tiro al aire recurso  tan común para comprobar sus inconsecuencias.

En otro momento quizás intentemos decodificar las diferencias entre el significado lexicográfico y el sentido de los términos empleados en la propaganda anti socialista y por ende anti cubana. Por hoy quede la alusión, porque me interesa permanecer en nuestro cuartón y citar y comentar una palabra propia de nuestros procedimientos administrativos.

Desde finales de la década de 1980 vengo registrando un vocablo, punzante y negador, en las asambleas de rendición de cuentas. Recientemente saltó con sus uñas largas mientras leía en un periódico la respuesta suscrita por una dirección administrativa a la queja de un lector. Y si se trataba de queja, en la respuesta se referían como “quejoso” al lector que había escrito al diario. Ah, quejoso. ¿Qué sabor nos deja en los oídos semejante calificativo? Aparentemente, quien escribió la respuesta del organismo implicado seguía la práctica consuetudinaria en nuestro idioma para hacer derivar las palabras: de queja, quejarse y quejoso. Parece normal. En cambio, en ese contexto uno percibe cierto empeño minimizador, despectivo, en el empleo frecuente del término. Es ya propio de la jerga burocrática. Y con ello, uno comprueba que cuando los pronunciamientos y los textos más politizados y lúcidos se refieren a la fuerza distorsionadora de la mentalidad burocrática –la vieja y aun vigente mentalidad-, lo hacen con verdad y razón.

Por mi parte, no quiero enconar, ni pintar el diablo acodado a un buró. Simplemente, señalo la inconsecuencia del sentido que adopta la palabra cuando un organismo de nuestra  sociedad revolucionaria se refiere a la demanda de un ciudadano. Quejoso podría ser un niño malcriado, o el adulto descontentadizo o conflictivo por carácter o partido, o el pícaro empeñado en molestar o engañar. Por tanto, un ciudadano víctima de una injusticia, o que reclama la rectificación de un tratamiento inconveniente, no puede ser un quejoso según el diccionario político e ideológico de Cuba. ¿Alguien pensaría lo contrario sin acusarse de maltratar las actitudes fundamentales que cimentó entre nosotros la Revolución?

La primera vez oí ese calificativo, como ya dije,  en una asamblea de rendición de cuentas. El delegado de la circunscripción leía una respuesta administrativa a una queja. Entonces este ejercicio comunitario de rendir cuentas se practicaba con la solemnidad de un acto de raíz principal, aunque a veces no satisfacía el informe del delegado de circunscripción, ni este ni aquel se conformaban con la explicación escrita, nunca con voz presente, de un funcionario local.

Desde entonces me reprocho no haberme levantado y  propuesto rectificar el calificativo incluido en aquella respuesta,  concebida como si se estuviera concediendo un favor a quienes exigían que ciertos servicios fueran más efectivos y serviciales. Me quejo, sí,  de mí mismo por no haber exigido que en la próxima asamblea, el firmante de aquella ofensa se refiriera a los presuntos quejosos como electores en uso de la democracia socialista. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

    

MANUAL DE LO CURSI

MANUAL DE LO CURSI

 

Luis Sexto

Ven a aceptar que lo cursi es un valor humano. Qué es un bolero, sino un molde de la cursilería. Un te sigo amando, un debemos separarnos, un oh vida, si supieras, situaciones elementales, básicas en la vida humana. Las personas necesitan que les hablen de amor, de corazón, de besos, de dolores amatorios. Yo mismo he sido cursi. Cuántos  apuntes conservo de esas fantasías, de esas quejas estridentes, de esos énfasis próximos a la demencia. Una vez una novia se me fue para el Norte… Cómo lloré.

Esas quejas permanecen ilustrando mi tránsito por ese sentimiento juvenil cuando la cursilería se convierte en lo más grave de la existencia. En aquella época de mis 18 años, te sentías obligado a leer a Vargas Vila, o a Hilarión Cabrisas o a José Ángel Buesa, y a oír rancheras al son de guitarras lagrimeantes y fantasiosamente alcohólicas, pues lo máximo de la cursilería era emborracharse después que te cansabas de rogarle que sin ella de pena morirías. Y si eras capaz de leer a Romeo y Julieta, más atractivo ganaban las reacciones cursis ante el suicidio de la pareja de Verona, cuyo balcón es todavía ídolo de peregrinaciones y juramentos que mañana se burlan.

En vez de beber, me atraganté de palabras, de versos.  ¿Quieres leer un párrafo de ese cuaderno que no he picoteado para tener cerca las pruebas de mi vocación literaria? Me arriesgo. Verás como podía empezar a escribir un muchacho que llegó a publicar en periódicos y a hilvanar algún libro: Sé benigna al juzgarlo: “Hace poco me tambaleé como acróbata en las cuerdas de un circo. Tuve una novia. La amé. No vivía yo en mí. Era ella quien vivía en mí. Un día, en el cual me hice hombre, sus labios profirieron, con mil subterfugios, un exquisito no te quiero. Desde aquella tarde, despojado de mis esperanzas, he andado como un cadáver rebelde. La soledad y el orgullo abatido me ahogan. Pero  el amor seguirá siendo para mí altar y horno”.

Ella nunca se enteró de esa nota tan ridículamente quejumbrosa. Tampoco de mis poemas. . ¡Ella! ¿Quién era ella? No me comprometas, por favor. Mucho años más tarde, esos recuerdos te parecerán  triviales, artificios condicionados por el cine y las letras más vulgares. Pero no me parece que al ser humano le baste  el bienestar –estudios, empleo, vivienda, confort, consumo- para resolver sus problemas y ser feliz.   ¿Y  la muerte? ¿Y el amor? ¿Se resolverán esos básicos problemas del hombre y la mujer? Y ambos, el amor y la muerte, se dilucidan en el prosar diario, en ese enamorarse, ilusionarse hasta la bobería, olvidando que la muerte está en cualquier parte, pero que no se habrá de fijar en mí, que aún no he acabado de vivir. Y sabiendo que el amor también se nos abalanza en una brusca aparición, casi sin merecerlo.

Aún lloraba a la amada móvil –móvil porque se marchó al extranjero, contrariamente a la de Amado Nervo que la muerte inmovilizó-; aún lagrimeaba cuando me topé con otra mujer. Y allí, al pie de mis descargos contra la que me abandonó, me asistió el tino para dejar una página en blanco y apuntar la presencia de la nueva novia, que sería la definitiva.

 (Publicado en Juventud Rebelde)

 

VANIDAD CONCENTRADA Y... DEPURADA

VANIDAD CONCENTRADA Y... DEPURADA

 

Luis Sexto

Desde el próximo 26  hasta el 28 de noviembre, se efectuará el encuentro nacional de cronistas que, desde 2006, se celebra cada año en la ciudad de Cienfuegos, auspiciado por la Unión de Periodistas de la  provincia de igual nombre. Con este texto lo anticipo y prometo mi asistencia. Al final de este post, aparece la lista de finalistas del concurso de crónicas Miguel Ángel de la Torre. 

Uno de los mayores  riesgos de la crónica consiste en que pocos la lean o la dejen a medias o que alguien confunda las intenciones del cronista calificándolo de vanidoso. Tengo un doctorado en cualquiera de las tres circunstancias del mismo peligro. He sucumbido a los ensalmos de la crónica, y desde hace años, convencido y confeso, estoy suscrito  a este género periodístico polivalente y movedizo.

Lo sabemos: crónica no significa lo mismo en todos los países. O posee diversas aplicaciones. Una noticia relatada cronológicamente, con abundancia de pormenores, es una crónica en Bolivia. Y tal vez en cualquier otra parte. Hace cinco siglos, el cronista en España era el que “llevaba el tiempo” –del griego cronos-. Escribano o anotador que apuntaba las incidencias de los hechos presuntamente históricos. ¿Cómo llamamos todavía a cuantos escribieron los episodios de la conquista y la colonización de América? Cronistas. Y de Indias, por aquello del equívoco geográfico de Cristóbal Colón.

Según la tradición legada por los modernista –Martí, Gutiérrez Nájera, Casal, Darío, Gómez Carrillo, Nervo-, que la tomaron de los franceses, y quizás anticipada por el escritor y pedagogo Anselmo Suárez y Romero en sus estampas sobre el paisaje o las  incidencias del paisaje humano o fabril de su ingenio Surimam, la crónica en Cuba ha sido un molde lírico, mediante el cual nos aproximamos emotivamente a cualquier acontecimiento, personaje o asunto.

Es un relato –una historia- contada mediante el principio de la emoción (de ahí que a  veces confundamos crónica con melcocha). Y se distingue por ser un género, una función como quería Alfonso Reyes, supremamente personal. El cronista impone su perspectiva más íntima, escribiendo en primera persona sin sentir vergüenza por ello, o incluso escudándose detrás de la tercera.  Y habla de sí mismo, pero como pontón que facilite hablar de otros.  A ciertos gustos puede no interesarles, y  algún juicio torpe, primitivo, puede creer que es vanidad la presencia totalizadora de la primera persona  del periodista.    

Pero, por qué vanidad lo que es oficio, técnica, trabajo. Fijemos cuerdamente el concepto. Vanidad es petulancia, engreimiento, maquillaje, y sirve principalmente para que los humoristas la depuren en la chacota. Ese es su ADN: ser cantera para el choteo, la trompetilla.

La crónica, por tanto, en términos filosóficos no es la cosa en sí, sino el eco de la cosa en mí, en el cronista. Y a través del cronista se cristaliza ante los ojos de los lectores En ella la emoción puede descansar libremente y me atrevo a decir que  es un terreno tan vasto que le sobra espacio para acoger la libertad humana; es más personal, implica  un contacto más íntimo del periodista con sus palabras.

Precisando, se empalma con lo que el profesor Philip Wheelwrigh, en la Revista de occidente  llamó lenguaje vivido, o lenguaje en tensión. Y este lenguaje tenso permite una libertad que, aunque no se oponga al habla común, se adelanta sobre todo a la precisión de otros lenguajes como el científico, el comercial, el diplomático. En estos, los valores semánticos son exactos. En la crónica, como en la poesía, señorea la polisignación, es decir, que muchas veces una palabra salta sobre su significado básico, y adquiere otro sentido. Y he de advertir que podemos interponer una distancia creadoramente intencional entre significado y sentido.

Este género aún tan incomprendido, dispone, como ya hemos dicho, de un amplio campo para sus aciertos y fracasos. Casi absolutamente individual,  se relaciona estrictamente con las facultades de cada cronista. Del talento, de la cultura del cronista depende que la escritura sea una experiencia afortunada o una desgracia estilística.

Ya es hora que ejemplifique qué es el lenguaje vivido, o lenguaje en tensión. Primeramente podríamos definirlo por contraste. El periodismo en la mayor parte de sus géneros exige un estilo funcional, esto es, un lenguaje ajustado al contenido y a los significados de las palabras. La crónica, que favorece la apropiación estética del tema o asunto, se vincula desde la forma o la expresión a la literatura y al lenguaje tenso propio de la poesía. Si en la crónica rige la emoción, no habrá manera de hacerla coincidir con un artículo en el que rige el principio de la reflexión. Por tanto, lenguaje vivido se resuelve mediante palabras cromáticas, rítmicas, armónicas que conmuevan y seduzcan por el trasvase lírico. Si me presentan una historia periodística en una crónica, incluso en un reportaje con forma seca e inarmónica, como un informe sindical o administrativo, termino por desencantarme. ¿Cuántos lectores se sentirán aburridos ante esa prosa notarial, que muchos dicen es la ideal para el trabajo del periodista? 

Martí, incluso, sufrió la reticencia de quienes creían que el estilo trabajado, con entrantes y salientes que le suprimieran la chatura de sus contornos, asustaba a los lectores. Por ello, los directores del diario caraqueño La opinión nacional le pidieron la pluma -como el manager la bola al lanzador- en la redacción de la Sección Constante.

 Veamos  un fragmento en que apreciamos ese hilo de emotividad que de tan estirado, corta. Pertenece a  la crónica más reconocida de Enrique Oltuski:

¿Qué puedo decir del Che que no hayan dicho? ¿Qué he imaginado su muerte? ¿Qué he imaginado el cañadón de que hablaban los cables? ¿Con qué vegetación? Tupida, pero sin definir el contorno de de las hojas ni la forma de los árboles. A ambos lados las lomas peladas, no muy altas, de laderas perpendiculares. ¿Haría frío o calor? Posiblemente  un frescor agradable bajo los árboles no muy corpulentos, un arroyo corriendo bajo las ramas, el suelo sin hierbas, cubierto de hojas que se pudren en las sombras (…) ¿Qué puedo decir del Che que no hayan dicho? Que cuando vi las fotos de Bolivia, él tirado sobre la tarima, con el torso desnudo, recordé las noches en que yacía igualmente sobre la alfombra de su oficina, en el Ministerio de Industrias, con una mirada que traspasaba las cosas, con un brillo en los ojos como reflejo de estrellas, de estrellas del Sur.

¿Qué puedo decir?

Julio Cortázar le dijo a Enrique Oltuski  que esta crónica lo había convertido en el mejor escritor de Cuba. Y nosotros qué podemos decir. Que se aprecia la tensión. Cada palabra vivida por el cronista ha sido seleccionada para cubrir el enunciado con una atmósfera triste, cabizbaja. Como cualquier texto creadoramente escrito, literario o periodístico, la crónica no se acomoda a cualquier palabra, en particular a las patéticas o amelcochadas. Ni a cualquier organización estilística. Ni soporta acumulación de imágenes y frases huecas de ideas y hechos. Esta crónica, ejemplar, valga remarcarlo, tiene también un tono dispuesto por las palabras elegidas y por la longitud de la frase. Ese tono nos está indicando que si vamos a escribir sobre el deceso de un personaje excepcional, las frases han de asumir el ritmo de una marcha fúnebre. Es decir, el lenguaje vivido, se calcula, se le oprime los resortes de vitalidad, aunque sea en una operación inconsciente. En el fondo, dicta los términos el oficio del cronista, que sabe, además, que la crónica no merece cualquier asunto, ni soporta estar hueca de ideas.

A principios de 2008, falleció con más de cien años Andrés Henestrosa, aborigen mexicano. A los 14 años aprendió hablar español y fue convirtiéndose en un de escritor de prosa tensa, incluso hasta en cualquier género del periodismo. El párrafo que a continuación reproduciré ilustra ese acercamiento a la literatura o la poesía mediante el lenguaje en tensión. En retrato de mi madre, Henestrosa escribió:

Mi madre vivió llorando. Después se secó las lágrimas, y una gran resignación, refugio de mis dos sangres oprimidas, ocupó el sitio del infortunio. Silbó el tren. Me monté en él y estoy seguro que lloró aquella noche todas las lágrimas que ante mí contuvo. Estoy seguro  porque yo me siento anclado, igual que una pequeña embarcación, a un río de lágrimas…

Es evidente y audible la atmósfera de tristeza, el ambiente de las despedidas. Y si el pintor emplea colores, el cronista, el escritor sensible, con vocación de artista, pinta con las palabas que elige y escribe, y con las que calla o borra. La puntuación, que no sirve solo para ser claro, también opera como vapor que atiza o retiene el ritmo del enunciado

García Márquez escribe una crónica así: 

La semana pasada pregunté por Mercé Rodoreda en una librería de Barcelona, y me dijeron que había muerto hace un mes. La noticia me causó una pena muy grande, primero por la admiración muy justa que siento por sus libros, y segundo por el hecho inmerecido de que la noticia de su muerte no se hubiera publicado fuera de España con el despliegue y los honores debidos. Al parecer, pocas personas saben fuera de Cataluña quién era esa mujer invisible que escribía en un catalán espléndido unas novelas  hermosas y duras como no se encuentran muchas en las letras actuales. Una de ellas –La plaza del Diamante-  es a mi juicio la más bella que se ha publicado en España después de la guerra civil.

El autor de Vivir para contarla sigue hablando de la autora fallecida y evoca un encuentro:

Tengo hoy un recuerdo entre nieblas de aquel extraño encuentro, que sin dudas no fue uno de los recuerdos que ella se llevó a la tumba, pero para mí fue la única vez en que conversé con un creador literario que era una copia viva de sus personajes. Nunca supe por qué, al despedirme en el ascensor, me dijo: “Usted tiene mucho sentido del humor”. Nunca más tuve noticias de ella, hasta esta semana en que supe por casualidad, y en mala hora, que le había ocurrido el único percance que podía impedirle seguir escribiendo.

Para escribir, sobre todo una crónica,  hay, pues,  que acarrear toda experiencia nueva; hay que guardar todo, hay que recordar todo lo vivido y todo lo leído. Ello le va dando al periodista la sustancia necesaria. La mejor materia prima que tengo para escribir soy yo. Alguien podría preguntarme si a juzgar por lo que escribo, he vivido grandes experiencias. No precisamente. Pero mis pequeñas experiencias la he vivido como si fueran únicas y enormes. Recordemos a José A Benítez, en su libro Técnica periodística, cuando aclaró magistralmente la peculiaridad de la crónica: El reportero halla su materia fuera de sí; el cronista, dentro de sí. Tampoco  soslayemos a Jack Fuller en su volumen titulado Valores periodísticos: Los textos que se desechan en una redacción son aquellos cuyos autores no saben qué género necesitan sus temas. Es decir, los confunden. Y el que equivoca el camino por no precisar a dónde quiere ir, no llega  a ninguna parte. 

 

 

 

 

FINALISTAS DE LA VI EDICIÓN DEL CONCURSO DE CRÓNICAS MIGUEL ÁNGEL DE LA TORRE, 2012

 Este año por el volumen de trabajos presentados, 145 en total,  la presidencia de la UPEC en Cienfuegos decidió crear dos jurados, uno para los apartados de Prensa Escrita, Estudiantes de Periodismo y Digital, integrado por Alina Perera Robbio del diario Juventud Rebelde, Eduardo Montes de oca de Bohemia y presidido por Luís Sexto Sánchez.

 

El segundo para analizar Radio, Televisión y las destinadas a José Martí en ocasión del 160 aniversario de su natalicio, integrado por Ramón Lobaina Consuegra y José Jasán Nieves de Radio Ciudad del Mar en Cienfuegos y Omar George Carpi del telecentro Perlavisión, como presidente.

 

El jurado considera que lo presentado refleja de manera muy representativa la realidad del género en el país. Junto a exponentes dignos y con valores en su elaboración llegan también creaciones que denotan falta de claridad en la definición del género y una notable tendencia a confundirlo con la reseña o la evocación histórica de figuras y sucesos.

 

A continuación los finalistas, que tendrán la posibilidad de participar en el VII Encuentro Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre en Cienfuegos entre el 26 y 28 de noviembre del 2012.

 

Prensa impresa:

 

1. Dejemos que se nos vaya el tren, de Yoelvis Lázaro Moreno, Villa Clara.

2. Un día cualquiera del vendedor, de Melissa Cordero Novo, Cienfuegos

3. El Yunque, de Jesús Arencibia Lorenzo, Juventud Rebelde

4. No quiero soñar, de Sayli Sosa Barceló, Ciego de Ávila

5. Huérfana de muñecas, de Leydi Torres Arias, Villa Clara

6. Las rosas de Eulalia, de José Aurelio Paz, Ciego de Ávila

7. El beso de Lina, de Nyliam Vázquez García, Juventud Rebelde.

8. Generaciones cansadas, de Yunier Riquenes, Santiago de Cuba

 

Estudiantes.

 

1. 90 millas, de René Camilo García Rivera, Universidad de La Habana

2. Un hombre de verdad, de Carlos Manuel Álvarez, Universidad de La Habana.

3. Habanas, de Nelson González Breijo, Universidad de La Habana.

4. Lucía, de Karla Colomé Santiago, Universidad de La Habana.

5. El viejo lugar, de Adriana Castillo González, Universidad de La Habana.

 

Digital

 

1. Los locos y las puertas, de Reinaldo Cedeño, Santiago de Cuba

2. Mil crónicas para el decano, Yandrey Lay Fabregat, Vanguardia Villa Clara.

 

Radio

 

1. 90 años de la radio cubana, Miguel Ángel Montero, CMHW, Villa Clara

2. Añoranza, Suled López Bénitez, Aguada Radio, Cienfuegos

 

Televisión

 

1. “Detalles”, de Marleydi Muñoz Fleites, Perlavisión, Cienfuegos

2. “Rocas”, de Ismary Barcia Leyva, Perlavisión, Cienfuegos

 

José Martí

 

1. “La infancia de un líder”, de Miguel Ángel Montero, CMHW, Villa Clara.

 

 

 

 

 

LAS VISIONES CRÍTICAS DE UN LIBRO

LAS VISIONES CRÍTICAS DE UN LIBRO

Por Jorge Garrido*

 

Sobre El cabo de las mil visiones, cuya segunda edición ha salido en 2012, por la editorial Pablo de la Torriente, de la Unión de Periodistas de Cuba

 El Cabo de las mil visiones quizás haya pasado inadvertido a nuestros lectores y críticos.Es un libro de relatos que mezcla con suma habilidad el testimonio literario, la narrativa y el periodismo que se sumerge ocultamente –gracias al largo oficio del autor– entre un lenguaje presuroso y relampagueante. Luis Sexto, en su doble condición de escritor y periodista olfateante, ha descubierto una fortuna bien escondida.

El tema, sospecho, le quema el pecho todas las noches. ¿Cuáles son los valores de El Cabo de las mil visiones?

El autor ha hallado lo que en literatura y arte se llama mito. Y un mito transmite una atmósfera. La atmósfera es lo que todos los escritores quieren encontrar cuando escriben. Es casi lo que se denomina metafóricamente la musa. Pero es mucho más, quizás más complicado. Es como hallar una luz, repentinamente, al final de un largo túnel oscuro. Y los mitos traen inevitablemente los misterios.

Descubrir un mito es descubrirlo todo: los personajes, el lenguaje, las leyendas, los secretos, el miedo profundo, la irrealidad. La trascendencia humana. Y eso casi nunca aparece. Algunos escritores mueren después de haber escrito hasta diez libros y nunca lo han alcanzado. Mueren desnudos de su propia poesía. Hallaron el tema, los valores morales y hasta descubrieron una estética propia. Supieron adueñarse, con el tiempo y el talento, de la técnica. Y hasta del método y el régimen de trabajo. Pero el mito estaba mucho más profundo de lo que pensaban. Debe ser muy triste que esto ocurra, especialmente, al final de una vida literaria.

Esta obra ha hallado, como de un plumazo, todo lo que necesita un escritor para hacer un buen libro. El Cabo es el escenario de la acción de este libro y de donde salen despedidos todos los personajes. ¿Qué es el Cabo? Un paraje insólito. El fin de la Isla. Después de este sitio, hacia el Occidente de Cuba, en la provincia de Pinar del Río, no hay más que el mar y aquellos barcos silenciosos que bordean inevitablemente a Cuba, en viaje desde Europa rumbo al Golfo de México. Es un lugar donde nadie quiere ir, y adonde van a esconderse los que no quieren que los vean, o los descubran. Allí solo van los bandidos, los escurridizos, los huraños, los ermitaños, los que huyen de la ley, los ignotos. Siempre fue así desde los tiempos de los piratas. Y viven también los que nacieron en El Cabo y nunca se fueron. Y quedaron atrapados para siempre. Y no pueden desprenderse de sus misterios, encantos, falacias, secretos y desdichas. Y vivieron en ese sitio siempre, donde las personas caminan como dando saltitos debido a las piedras inevitables que tropiezan en su marcha corriente.

Estos son los personajes de la obra y ellos son los protagonistas de sus acciones. O los que cuentan cómo otros protagonizaron hechos pavorosos en esta zona. Nadie sabe cómo Luis Sexto llegó allí. Quizás fue la intuición de que tan lejos había algo deslumbrante. Nadie sabe tampoco cómo pudo viajar una y otra vez, y alojarse entre aquellos montes, convivir con su gente, y recorrer aquella costa muda y solitaria. ¿Qué descubrió? Una especie de Macondo de la literatura cubana. Resulta que esas personas que viven en El Cabo tienen mil visiones de leyendas y sucesos que han ido sucediendo en todos los tiempos. Ellos siguen hablando de los piratas como si hubieran desembarcado ayer a esconder sus fortunas y descansar de sus tropelías.

¿Qué hizo Sexto? Los escuchó, los hizo hablar, vibrar, enternecerse, aguarse los ojos, estrujar la mente, fantasear, memorizar, hundirse en sus sentimientos más profundos. Sexto les extrajo el personaje que cada uno tenía guardado y la leyenda que llevaban encerradas en sus mentes mitológicas. Porque todos los que viven en El Cabo son personajes. Personajes literarios. ¿Si no para que iban a vivir en un sitio como éste, lleno de fantasmas? Y contaron escenas que queman la piel y revuelven las almas. Una mezcla de miedos, tristeza, anhelos, rencores, remordimiento, hazañas, traiciones, ensueños. Nadie sabe qué sucedió realmente de tantas historias que esos hombres relatan con la aprensión en los ojos y la piel erguida. Todo debe haber acontecido, en la realidad, o en la mente de sus habitantes. El gran trabajo fue hacerlo literatura. Descubrir el tesoro, saber que era un tesoro, y luego fundirlo en oro literario. Extraer los mitos y las singularidades. Hallar la atmósfera de los acontecimientos. Y convertir a los hombres en personajes vivos, descollantes. Vivos dentro de un libro que es otra cosa bien distinta. Pero es solo un libro de relatos. Piezas breves, fulminantes, sorpresivas. Escritas con la maestría de un periodista-editor-poeta-ensayista. Todos juntos. Excelente prosa. Desgarradora, misteriosa. No le sobra nada más que la sombra, y sin ella no sería literatura. Sexto ha pasado su ya larga vida de periodista y profesor de periodismo tratando de fundir un nuevo estilo. Su gran empeño, quizás su angustia de siempre, ha sido impregnarle, más bien insuflarle, la altura literaria al periodismo corriente. Y ha conseguido un lenguaje, un método, que combina armoniosamente el ensayo literario, la poesía y el periodismo urgente. Un estilo limpio, elegante y al mismo tiempo presuroso, periodístico, crítico, y siempre proponiendo tesis, variantes, ángulos nuevos.

Sin embargo, Luis Sexto tiene un gran reto. Hacer una novela. Convertir el tesoro que supo hallar en interminables viajes de faena y sacrificio en un gran libro. Pasar del relato a la novela. Porque tiene la novela escrita debajo de aquellos fragmentos de escenas pavorosas y aquellos personajes fantasmales pero vivientes, y entre aquellos escondrijos llenos de misterios.

Quizás El Cabo de San Antonio, un sitio inédito, por el momento, se convierta, repentinamente, en un nuevo paraje de la literatura cubana. O quizás muera para siempre entre sus misterios insalvables, sin que nadie vuelva a creer que ellos existen verdaderamente.

 *Periodista y escritor cubano.