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PATRIA Y HUMANIDAD

BÉISBOL VS FÚTBOL AMERICANO

BÉISBOL VS FÚTBOL AMERICANO

Luis Sexto

Es obvio:  El béisbol nunca podrá derivar en fútbol americano. Porque  ya no sería béisbol, sólo un remedo de violencia injustificada en un deporte que exige la inteligencia  del ajedrecista,  la precisión del piloto, la flexibilidad del acróbata, la saltabilidad  del danzarín,  la sagacidad del cazador,  la agudeza  del meteorólogo,   y la ética, ah, la ética que nos ha ido transformando en hombres y mujeres que conviven regulados por el respeto al semejante.

Algo han dicho nuestros medios. Y habrá que seguir condenando, y  sobre todo advirtiendo que lo  sucedido la noche del 17 febrero en el estadio Victoria de Girón en Matanzas, no supone una gota sobre la corona de la ola: fue  una zambullida en la espuma  de la violencia.

Me referí a ello hace unos meses: la indisciplina,  las conductas agresivas, la grosería, el irrespeto en los terrenos de pelota articulan  una réplica de la indisciplina, el choteo, la indiferencia, la impunidad que se manifiestan -ojalá no tan crecientemente como observo- en nuestras calles, en nuestros edificios multifamiliares, en nuestros espectáculos… Quién desconoce que la convivencia entre vecinos presenta ronchas enconadas. Quién ignora que  soluciones violentas dirimen por momentos esta o aquella polémica y tienden a usar manos a veces afiladas.  Las estadísticas sociales poseen un valor testifical, pero también falsean la vida, porque no recogen cada una de las múltiples caras de un proceso distorsionador que tiende a la hominización de la conducta ciudadana de un número imprecisable de cubanos. Sí, imprecisable, porque no puedo acogerme a la fórmula falazmente compensadora de una minoría. ¿Minoría, si hasta en los estadios de béisbol, templo donde Cuba se ha inclinado ante  el denuedo, la acometividad, la resistencia, el vigor y la honradez, algunos de nuestros peloteros se descomponen moralmente?

En efecto, no tan pocos como estiman unos, ni quizás tantos como creo, nos  hominizamos en vez de humanizarnos cada jornada; reducimos a notas inconvenientes  nuestro comportamiento ante las leyes y las relaciones sociales. Y podemos deducir que existen diversas maneras de corromperse. Porque la única no consiste en robar los bienes públicos mediante el abuso de cargos y funciones. Uno se empieza a corromper cuando justifica sus actos indignos. También cuando considera normal, justo, que si me batean un jonrón, luego puedo dar un pelotazo al atrevido que me botó la bola… Y lo más grave de esos hechos radica en que varios de sus protagonistas sean primeras figuras, que  no sólo  redondean un no hit no rum,  sino que además,  por la energía de su gloria,  destellan ejemplaridad, propuestas de imitación.

El necesario compromiso  con la cultura, con la ética, con la historia de nuestra nación, está siendo golpeado con esféricos detonantes. ¿A quiénes imitarán nuestros hijos:  acaso a deportistas intachables, ecuánimes que saben diferenciar el juego y la guerra, la rivalidad competitiva y la venganza;  o a  lanzadores ensoberbecidos;  a jugadores que intentan  golpear una cabeza de hombre con el bate que fue torneado para superar y enaltecer  la conciencia solidaria del juego y los talentos  físicos de cada pelotero? ¿ Y a quiénes invocarán los miles de aficionados que reasumen la ilusión de crecer ante el escenario de juego: a los  que tienen en el béisbol su vocación cristalizadora como ciudadanos, como exponentes  de las virtudes de un pueblo caracterizado por el  rasgo edificante de ayudar al caído? ¿O premiarán  el vocerío y los aplausos de las gradas a los que carecen de honra para admitir que  el jugar limpio y mejor acrece  y a la vez depura la conciencia para sí, y la transforma en conciencia para el otro y con el otro, aunque se nos pague por jugar?

Tal vez sea un espejismo de mi inquietud, pero ya  no veo, no escucho el nombre de este o  aquel jugador  de hoy como  peloteros exaltados al primer salón de la fama: el respeto y la devoción infantil. Hace años oíamos en el pitén callejero o en el terreno enmaniguado: Yo soy  Changa, o soy Alarcón, o Cuevas, o Chávez, y más tarde oíamos soy Lafitta, soy Vinent, Soy Isasi,  soy Muñoz, soy Padilla, soy… como cualquiera cuyo ejercicio beisbolístico oficiaba un culto a la ética y a los sueños del pueblo. Y el pueblo,  por ello, los convertía en héroes.

Había, por supuesto, razones: cuánta perseverancia  invirtió Changa Mederos para corregir su descontrol, tratando de colar la bola por el hueco de una sábana convertida en receptor; cuánta insistencia la de Alarcón para trazar, como un delineante mágico, esa curva que parecía enrumbarse contra el bateador y de pronto caía posándose  de estrai sobre el jom; cuánta autocrítica, cuánta fuerza de  aprendiz empleó  Cuevas para adoptar su  plástica posición de titán en la caja de bateo. Esos hombres, imperfectos en su naturaleza humana,  pudieron perder alguna vez la compostura. Sin embargo,  uno los recuerda como tenaces servidores de la ejemplaridad deportiva vuelta virtud cívica.

¿Otros tiempos? Sí, otros tiempos a los que  les podríamos encajar el verso clásico de Manrique: Todo tiempo pasado fue mejor. Mas, me niego a renunciar a que lo mejor deba ser el presente y sobre todo el futuro. Y para que mejor sea el presente, no tendremos que esperar a que la economía se recomponga. La economía se recompondrá.  Pero, si tardamos en actuar, cuánto demoraremos  en reducir la rebaja del decoro,  y rellenar las grietas en la conciencia histórica como miembros de un pueblo pequeño, vencedor de desastres naturales, y de la opresión y explotación extranjeras o locales; de un pueblo nutrido, aunque a veces hayas faltado comida,  de valores espirituales.

No parece haber otra respuesta que  pintar el rigor con la luz roja de los  semáforos. El rigor sin atenuantes.  Está la roja: nadie pasa, sea quien sea. ¿Por qué hemos de proteger el crédito y la carrera de quien no  cuida de sí mismo?  Los intereses éticos y cualitativos  del deporte nacional no han de pasar sobre cálculos de competencias, de triunfos, de  campeonatos. Si se pierde un torneo porque el deportista básico no compitió por haber violado la disciplina, ganará la nación al curar una llaga en su costado vital. Cura de caballos, según el campesino sabio. Porque el deporte  se ejerce y se dirige con abnegación.  En particular,  los directores. A veces los llamamos mentores. Y algunos no merecen ese título. ¿Mentor? Mentor significa guía, consejero, educador. Es palabra demasiado exigente para prodigarla a quienes  no prevén el desorden y  no atajan el daño.

Y de los llamados mentores por la crónica deportiva, pasamos a los árbitros, a los que imparten justicia, según el lenguaje de los medios.  Lo único que les podríamos recomendar  es que, como diría Luz y Caballero refiriéndose a los maestros, si quieren respeto deben respetarse a sí propios. Podrán equivocarse en una apreciación efectuada durante la chispa de un relámpago. Es comprensible. No lo es, sin embargo,  que sean también  incapaces de prever y atajar. ¿Miedo, incompetencia? ¿Algo más, como también preguntaría uno cuando ve a jugadores enardecidos grosera o violentamente por una decisión? ¿Algo más que no sea deportividad enferma…?  ¿Habrá que ojear al graderío, mirar debajo de los asientos y escudriñar bolsillos?  

Concluyendo, la indisciplina es un desvalor que se agrega a los desvalores técnicos y tácticos del béisbol cubano. No nos ilusionemos: el buen béisbol nos invita hoy desde el deseo. Y si queremos recuperar lo perdido, rectificar lo fallido,  impongamos la estrategia de la masividad; retornemos  a aquellos años liminares e iluminados en que un comisionado municipal de béisbol, fabricaba en su casa las pelotas y los bates para que los niños jugaran en un terreno rústico. ¿Cuántos dirigentes beisboleros actúan como aquel que andaba a pie, carecía de zapatos deportivos y no vestía traje?  Desde luego, no hemos de  andar en cueros. En cueros, el alma; el alma despojada de ambiciones ilegítimas. Porque de  aquel antiguo fervor, además de la tradición,  brotaron las glorias que hoy añoramos. Consagración, ética, rigor. Y un espíritu deportivo instalado en cada uno de todos cuantos han de ver en la pelota la cristalización individual y colectiva. Esto es, jugar como si al no hacerlo, o hacerlo mal, perdiéramos el sentido de la vida tras una pelota que rueda, rueda y nos deja atrás.

 

¡SANTIAGO!

¡SANTIAGO!

Ayer, 21 de febrero, la Unión de Periodistas de Cuba informó a la prensa que los 15 miembros del jurado del premio nacional de periodismo José Martí por la obra de la vida, eligieron unánimemente a Santiago Cardosa Arias. El 9 de febrero de 2012, publiqué está crónica. Tres meses antes, había llevado a Santiago, como invitado especial al encuentro anual de cronistas en Cienfuegos, donde le vi compartir con jóvenes y profesionales maduros como  de igual a igual, como uno de ellos. Leyó alguna de sus crónicas, que se emparejaban con las mejores, a pesar de haber sido escritas muchos  años antes. Estimo  justo reproducir este texto como modesto homenaje a uno de mis maestros, hoy cuando, ya en su vejez, Santiago confirma que no ha sido olvidado y mucho menos ignorado.

Luis Sexto

Su nombre se me presentó cuando mí  aprendizaje primerizo deletreaba la pizarra de periódicos y revistas.  Crónicas, artículos y reportajes que leía entonces en El Mundo, Revolución y luego Granma, o en Bohemia, me servían de cartilla, de modelos donde incorporar la técnica de combinar palabras con exactitud y gusto.

Convertido años más tarde en periodista, y andando por  lugares donde fluye el murmullo del agua, crecen montañas o la llanura y el cielo se juntan, y  descubriendo gente anónima, intocada por la publicidad en el recato de su grandeza humana, el nombre de Santiago volvió a salirme al paso. ¿Me perseguía para estorbarme? ¿O era yo quien ponía mis pies sobre la huellas de los suyos? 

Hacia 1989,  intenté demostrar que Francisca Paula Álvarez Quílez era entonces la cubana más vieja. Decían que tenía los aires de 118 años sobre su piel, que casi se adicionaba a sus huesos, y los ojos  se le habían blanqueado de tanto abrirse a luz. Bohemia me facilitó adentrarme una mañana en la península de Guanahacabibes. Hablé con las hijas. Y entre tantos papeles, me mostraron un reportaje de Santiago -de Santiago Cardosa Arias- ilustrado, entre otras, con un retrato de Liborio Noval en que la negra Francisca Paula, vestida de blanco, exhibía, en los primeros años de los 1960, toda su dignidad de señora antigua y sin sonrisa para el extraño. Las hojas ya cuarteadas correspondían a la revista INRA, que luego cedió, a la que se llamó Cuba, su largo formato y propósitos de periodismo de larga distancia, es decir, letra narrativa, circunstanciada como los libros de cuentos.

Santiago narraba entonces la nueva odisea del país: transformar la zona que había estado 500 años inaccesible para la geografía cercana y habitable. Y en la letra de aquel reportaje ancho yo le intuía al periodista la vocación andariega, la adicción al periodismo vivencial, arriesgado. Ya soy consciente de esta verdad: yo transitaba sobre los zapatos gastados por Santiago en la búsqueda de lo menos sabido, lo más intenso del pueblo. Coincidíamos en la vocación “andantatriz, en la pasión de caminar o rodar mientras uno observa y luego cuenta lo visto como si en ello alentara la certeza de multiplicar nuestra existencia.

Santiago –que habla de sí como quien se ignora- ya se aproxima a los ochenta y dos años. Todo cuanto anduvo en más de medio siglo ha quedado en los archivos o en las hemerotecas, sepulcro que deshace poco a poco el papel de  miles de horas de inquietud, angustia, apremios, inconformidades de cierre y no mucho sueldo. Sólo quedaron en la superficie los reportajes de su libro Ahora se acabó el chinchero. En estos días he vuelto a repasarlo. Fue impreso recientemente para periodistas y estudiantes de periodismo. El “chinchero” cuya muerte Santiago historió, no reapareció solo. Lo precede un texto que le da título al libro actual: El reportaje y el reportero, donde  Santiago Cardosa Arias, baracoeso nacido en 1933, nos trasmite su experiencia y su técnica de construir reportajes: escribirlos como si contara un cuento.  Luego, el maestro enumera las razones por las cuales puede trepar a la tarima privilegiada del aula, y  expone una parcial muestra de sus textos, aquellos de Ahora se acabó el chinchero.

Al releer nuevamente a Santiago en sus reportajes, quiero devolverle su influencia de maestro desde la distancia. Deseo salirle al paso como él se me atravesaba transfigurado en historias y personajes durante mis primeros años aprendices, y decirle que si ciertos lectores tienden a menospreciar el periodismo, no dudo de que haya un periodismo que merezca ser rebajado, como esta o aquella obra literaria podría ser ignorada sin que y el mundo y ni Cuba, fueran más pobres. Pero el periodismo de Santiago Cardosa Arias afirma el ejercicio limpio, creador, aliado a las tensiones de lo poético, y niega que el periodismo deba ser un estilo chambón, gris, ni mucho menos un producto comunicativo que sirva para suplir necesidades menores: ni en papel, ni en sonido, ni en imagen.  Esto es, ni para envolver la basura, ni para oírlo como si estuviera lloviendo, ni para verlo porque no hay en la TV algo mejor.

Santiago Cardosa Arias es una columna del periodismo en el último medio siglo. Y yo, apenas una piedra pelona, tengo la dicha –dicha, así puedo llamar a mi gratitud- de recostar mi cabeza sobre su macizo fuste, su enraizada base de humano servicio.  

 

NOSOTROS QUE NOS QUEREMOS TANTO

NOSOTROS QUE NOS QUEREMOS TANTO

Luis Sexto

El 14 de febrero próximo pasado, al día siguiente de la inauguración de la Feria Internacional del Libro de La Habana,  la Editorial Pablo de la Torriente Brau presentó en el Pabellón Cuba  a Nosotros que nos queremos tanto, un texto en que se mezclan la investigación periodística y el estilo del ensayo, al tratar de dilucidar las distorsiones que la tradición ha impuesto sobre la vida, la muerte y la obra de Pedro Junco Redondas, malogrado autor de Nosotros, una canción símbolo en Cuba y también en el extranjero.

 Escrito  por quien esto dice,  en colaboración con  el periodista Pedro Viñas Alfonso, en 2011  tuvo una modesta  edición de 500 ejemplares. Con ella, ganamos el  derecho a la segunda edición corregida y aumentada con fotografías, fotocopias de documentos y otros anexos, para corroborar nuestros hallazgos y evidenciar  las inexactitudes vigentes en tradiciones y memorias. El día elegido para su presentación fue un acierto. Porque podríamos decir que Nosotros es uno de los himnos de los enamorados y Pedro Junco el patrono de los amores imposibles.

Aunque mi amigo Viñas Alfonso no concurrió al pabellón Cuba por hallarse enfermo, y por tanto no puede dar su opinión, me parece que la presentación, entre otras presentaciones simultáneas, gozó del favor de los lectores. Al menos, vi  muchas personas, en particular mujeres, ocupando el sillerío. También   asistieron algunos de mis amigos, y entre ellos el poeta y compositor Julio Cumbembacht interpretó  su versión de Nosotros para abrir el acto. ¿Cuántos libros se vendieron? No lo sé, ni lo averigüé.  Pasé largos minutos firmando ejemplares. Estimo, quizás, unos 30. El precio no es muy alto,  porque estimo que en Cuba el libro no podrá convertirse en un artículo del mercado. Es, sobre todo, un artículo cultural masificado por la Revolución. Y creo que diez pesos es suficiente para resarcir el costo.

Estoy, como autor, satisfecho. La tirada de 3 000 ejemplares ya aparece en algunas librerías de La Habana, y aunque podríamos decir que esclarecer la causa de la muerte y las relaciones eróticas de Pedro Junco, fallecido a los 23 años de edad, no entraña un asunto de urgencia, ni cambia la historia de nuestro país, al menos los lectores podrán confirmar que el pasado a veces nos llega envuelto  en la poesía o la mitología,  y  por tanto, cuán necesario  ha sido penetrar en los entresijos de los documentos públicos y privados donde  ha discurrido calladamente, durante casi 70 años,  el caso de Pedro Junco. Hasta ahora cuando uno preguntaba: ¿De qué murió Pedrito Junco? La respuesta es: “Mi mamá, o mi papá, me dijo que de tuberculosis…” La muerte, un acto común y a veces prosaico,  en Pedro Junco  se convirtió en una conmoción colectiva, a causa de su popularidad creciente y, en particular, porque falleció cuando Nosotros comenzaba a difundirse en  emisoras  y  victrolas. La letra gana entonces una referencialidad  biográfica; se asocia a un enamorado que se despide de su enamorada, porque aunque se quieran mucho, demasiado, deben separarse por el bien de la muchacha.  ¿Qué más falta para integrar una tragedia? Ah, la tuberculosis, entonces el principal problema de salud de Cuba. Y por aquellos tiempos, quien tuviera una afección pulmonar, todos, incluido el paciente, creía que padecía de tuberculosis.

El 28 de febreropróximo  nuestro libro será presentado en la ciudad de Pinar del Río donde Pedrito es un ídolo y donde aún viven algunos de quienes lo conocieron o fueron sus amigos. El lugar elegido, según nos han informado, es la casa de los Junco Redondas, hoy convertida en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Pinar del Río.

No les digo más. Nosotros que nos queremos tanto intenta dejar a Pedrito Junco en su verdad, más allá de apropiaciones folclóricas o míticas. Posiblemente, no  hayamos agotado los perfiles de Nosotros y su autor. Pero parece un buen comienzo para impedir que cada  25 de abril, cuando murió  en La Habana en 1943, la saga de Pedrito siga colmándose de inexactitudes y de hemotipsis imaginadas.

 

UN LOCO MUY RARO

UN  LOCO  MUY RARO

Luis Sexto

Anécdotas cubanas

El caballero Pierre Franquesnay se despertó  dispuesto a echar sus pulmones al mar. Era el segundo del señor De Pouncay, gobernador francés de la Tortuga.  Situado  a seis leguas de la costa noroccidental de Santo Domingo, ese islote era el refugio donde tenía asiento la Hermandad de la Costa, liga filibustera  compuesta por hombres  cuya vida oscilaba entre el viento,  la soga, la espada y el lecho compartido con  damas de cualquier linaje.

Dicho sin mengua de los oropeles otorgados por la monarquía francesa, monsieur Franquesnay practicaba  otra  profesión más provechosa y de más poder y prestigio. Su  fama se asociaba en estas aguas a Grammont, Graff, Vanhorn, nombres que al ser voceados obligaban a persignarse a quienes los oyeran.  La mañana de que hablábamos, comenzó a enrolar a su gente: unos 400, enumeraron ciertos historiadores; 800, contaron otros. Nadie pidió dinero por adelantado. Aún se regían  por la norma de la  chasse-partie, fórmula de distribución  fundamentada -si de principios osara alguno hablar- en la única regla inviolable de la ética del filibustero: sólo habrá riqueza si hay presa. A veces  bajaban de sus veleros, y entraban en la Tortuga, o en cualquier puerto impune del Caribe, cargando la liviana cruz del dinero sobre sus hombros o sus cabezas. Entonces los habituales portadores de la muerte, en vez del miedo alentaban la alegría de mujeres, taberneros y comerciantes… 

Mientras se aprestaban, Franquesnay  observaba desde el puente el ajetreo en varios de los alados veleros bajo su mando. Sus hombres partirán mejor vestidos que cuando atracaron semanas antes.  Más gordos, menos pálidos. Se habían recuperado de la última campaña. Confiaba en ellos, como en sí mismo. Eran hombres que  les daba igual estar vivos hoy y difuntos mañana; tampoco les inquietaba que ningún devoto encargara una misa, en caso de ser fieles a Roma, o murmurara una oración si fueran seguidores de Calvino, para que el tránsito hacia el olvido les fuera parco en maledicencias. El día más importante  era el que cursaba, y los mejores zapatos, aquellas  botas  que calzaban hasta para dormir y cuyas fronteras de cuero  desbordaban  por momentos las rodillas o  no pasaban de los tobillos.   

El capitán decidió que ya era fecha y hora de hacer velas hacia Santiago de Cuba. Transcurría el mes de noviembre, aunque otros datos se refieren al de agosto del mismo año de gracia: 1677.  Anclaron  en una caleta situada a unas cinco o seis leguas  a barlovento de la ciudad. Pretendían presentarse por tierra, puesto que por agua, en el interior de la bahía, los atacantes se podrían a merced de los cañones de los castillos de San Pedro de la Roca, La Estrella y Santa Catalina.  El caballero Franquesnay dividió en  grupos a su banda: unos andarían por delante, como de vanguardia. Cerca de la costa, contactaron con Juan Perdomo. Hombre ciertamente sucio, de roto atuendo, les pareció también un tanto deslucido de mente, porque, dicen crónicas apócrifas, que  el criollo sacaba a veces la lengua, o miraba como embobecido las espadas y sables de los filibusteros.

-¿Sabrás llevarnos?

Perdomo dijo que sí haciendo aspavientos con las manos y la cabeza.

 Evitando los descampados, discurrían por el monte entre árboles cuyos nombres no podían reconocer, porque ese   inventario sólo interesaba a gente de paz.  A veces,  las zancadas aplastaban bejucos y otras yerbas rastreras. El grupo más avanzado se detenía cada cierto trecho, porque Perdomo  se paraba, olía el aire, miraba a las nubes, y luego instaba a forzar el paso, aunque reteniéndolo de vez en cuando al llevarse la mano a la oreja.

Franquesnay, en cambio, andaba empeñoso. No tanto por la codicia, cree el  cronista, como por la venganza. El año antes, el gobernador  de Santiago de Cuba, Guerra de la Vega, se había negado a pagarle rescate por el gobernador y el deán de Santa Marta,  puerto de las costas del sur de América. Posiblemente –pensaba- los hombres de la delantera ya podrían haber avistado el campanario de la catedral, el botín más llamativo entre las riquezas de la villa fundada por Velázquez. De pronto un grito: ¿Quién vive? La misma voz respondió: ¡Santiago! ¡Cierra España y a por ellos! El capitán se irguió, miró en torno y conciliándose con la sorpresa, mandó a disparar para el rumbo  de donde había volado la voz de ataque. Tras los primeros arcabuzazos, los de enfrente respondieron. El humo empezó a cubrir el monte; blasfemias e insultos rozaban los árboles, y las balas y los sablazos picoteaban las ramas, y  las gotas de sangre  quedaban colgadas de las hojas…

Los relatos no son muy exactos, porque los que se atrevieron a contar los hechos, no entendían cómo de la quietud y la cautela pasaron los filibusteros, como en un tajo de espada, a una pelea a ciegas. Monsieur Franquesnay halló un segundo para preguntarse con quiénes habían topado;  aquel grito de guerra español, de qué fuerza habría venido sin que ninguno de los grupos  de la avanzada se percatara. Ordenó con voz violenta el fin del fuego. Los filibusteros se congregaron desconcertados: varios heridos; más de diez  muertos.

El capitán y segundo de la Tortuga, reclamó enfurecido dónde, dónde estaba ese  tonto,  ese dementado guía. El silencio dio el  informe exacto...

No tan lejos, mientras repetía entonando a media voz Santiago, cierra España, cierra España, Santiago,  iba Juan Perdomo por los trillos que desembocaban en la ciudad, a ver si topaba con el batallón que el gobernador  habría podido alistar  al oír los tiros.

 

Tomado del libro inédito de Luis Sexto: El primer viaje del diablo  (Historias cubanas de bolsillo)

CONVOCATORIA

CONVOCATORIA

 

CON MOTIVO DEL  ANIVERSARIO 500 DE FUNDACIÓN DE SAN JUAN DE LOS REMEDIOS,  EL CONSEJO DE LA ADMINISTRACIÓN DEL MUNICIPIO DE REMEDIOS LES INVITA A PARTICIPAR EN LOS CONCURSOS:

 

  • LOGOTIPO DE IDENTIFICACIÓN DEL ANIVERSARIO
  • ESLOGAN DE IDENTIFICACIÓN DEL ANIVERSARIO
  • CANCIÓN TEMA DE IDENTIFICACIÓN DEL ANIVERSARIO

 

BASES DEL CONCURSO:

 

  1. Podrán participar todas las personas interesadas.

 

  1. Los trabajos deben ser inéditos.

 

  1. La fundamentación no debe exceder una cuartilla.

 

  1. El diseño se admitirá en soporte papel o digital.

 

  1. El plazo de admisión de la obra vence el 30 de mayo del año 2014.

 

  • Las obras serán entregadas en la Secretaría de la AMPP, sita en la sede  del Gobierno Municipal.

 

  1. La entrega de la obra requerirá de los siguientes datos:
  • Nombres y Apellidos del concursante.
  • Dirección particular.
  • Número de carnet de identidad.
  • Teléfono.

 

  1. Los trabajos serán entregados al jurado que se designe con un  seudónimo para cada autor. La decisión del jurado será inapelable.

 

  1. Los trabajos se  premiarán el 24 de junio del 2014 en la sesión de la  AMPP.

Lugar: Teatro Villena.  Hora 10 AM

 

  1. Para cualquier información llamar a los teléfonos 395544 o preguntar

En la Secretaría de la AMPP. mailto:gobrem@gobvc.co.cu

 

 

LA CONCIENCIA CRÍTICA

Luis Sexto

Juzgadas las circunstancias en que Cuba intenta seguir construyendo el socialismo -que hoy lo enriquecemos con las cualidades de próspero y sustentable, esto es, racional-, tendríamos que aceptar que junto a las experiencias más válidas del último medio siglo, se halla también lo que la sociedad cubana no concibió y ejecutó con acierto. Y qué hacer con esa carga que se sostiene sobre la cabeza de muchos de nosotros, como una canasta de carboncitos enrojecidos, advirtiendo que la candela es todavía posible. Lo más atinado sería tenerla en cuenta para aventar sus cenizas con el soplo de la conciencia crítica.

Parece claro: sin conciencia crítica, sin revisión actualizadora, mediante el conocimiento, de las ideas y principios con que intentamos transformar la realidad, tal vez todo siga siendo un proyecto cercado por limitaciones de la mentalidad predominante, a veces más rígidas y sólidas que las impuestas por el bloqueo extranjero.

Lo mejor de los tiempos recientes consiste, pues,  en que estamos confirmando que la realidad no se modifica mediante impulsos de voluntad o ideas recalentadas en el practicismo de “había una vez” o de si “así lo hicimos en aquel momento, podemos repetirlo”, o en teorías reputadas como infalibles o puestas en el nicho de los dogmas. La Historia asegura que, al menos  en lo atinente a las acciones humanas, nada resulta inequívoco. La sabiduría oriental –digo el oriente del Asia- advierte: si un fenómeno se repite 99 veces, no digas que es verdadero o estable, porque  a la centésima vez, puede manifestarse de modo distinto...

Entre nosotros, la conciencia crítica se sumó a la unanimidad, de modo que la utopía socialista, en vez de concretarse mediante el empeño racional, se retiró a la gruta de las fórmulas  míticas. Hoy, negar la pertinencia constructiva de la crítica conspira contra las aspiraciones socialistas de prosperidad y libertad. Esto es, el repaso dialéctico, la confrontación entre lo que la sociedad necesita y los medios para alcanzarlo, y entre lo que  aplicamos y lo que, al cabo, demanda la situación interna y externa, compone el método de prever y gestar las circunstancias y las corrientes favorables para gestionar la recuperación viable de lo válido construido y la superación de la herencia disonante.

Por ello, y aunque cuanto diga sea un eco de otras voces, lo más conveniente supone ir demoliendo los pasadizos estructurales de la mentalidad burocrática con que creímos que la perfección obedecía a los dedos del voluntarismo, que daba todo por supuesto, como en la aritmética medio providencialista de un juego de dominó. Supone, incluso, la democión de cuántos yerran aquí y luego, mediante una red de conveniencias cómplices son ubicados en otra posición donde errar supone, incluso, dañar aún más. El error condicionado por  la corrupción moral y política, equivale a servirse del poder para degustar el acomodamiento material, y también desde el poder pasar de largo ante los problemas del pueblo, o lastimar con arbitrariedades a cualquier ciudadano que reclame su derecho, o distorsionar  leyes y medidas decididas por el Gobierno central en este o aquel municipio o consejo popular.

A esa mentalidad rígida realmente existente, que solo mira a un lado –el de su comodidad- y en cierto grado de desarrollo no ve ni lo que mira, se adhieren también el oportunismo y la afición a las verdades prefabricadas, como si la construcción de un modelo de sociedad fuese prerrogativa de un abecedario, con sus letras en orden y en caja. A esa mentalidad, en efecto, ha de oponerse la conciencia crítica. Y esta, según he aprendido, no supone solo la crítica en un medio de difusión, sino el ejercicio dialéctico, descentralizado, en los organismos políticos, las instituciones estatales, las asambleas del Poder Popular. Cuánta certeza le daría al país que alguna vez viéramos una ley o una decisión aprobada con el voto dividido de delgados o diputados, porque lo justificó el debate que enriquece y valida.

Hagamos visible que la unanimidad también enmascara a los enemigos de la Cuba que propone la equidad, la igualdad y la independencia; hagamos visible  que la unanimidad no es igual a unidad. Y que, como los monstruos prehistóricos de las películas, ha dejado huevos que, al más mínimo calor, empollan y se abren, repitiendo el ciclo de levantar la mano a favor, aunque uno esté en desacuerdo.

La conciencia crítica, por tanto, también exige eso: disentir sincera y libremente en el análisis como medio para profundizarlo. Y ello es acto propio de los que apoyan que  la Revolución continué vigente, aunque trasformando y adecuando su curso histórico. Porque  los otros, los que la quieren ver con la lápida de la extinción sobre su diario quehacer, no disienten, se le oponen.

Extendiendo su alcance, nuestra conciencia crítica  equivaldrá a una “oposición constructiva”. Una oposición que diga: me opongo a que Cuba pierda su independencia; me opongo a que Cuba renuncie a la justicia social; me opongo a que nos equivoquemos y persistamos en el error; me opongo a confundir el servicio con el privilegio; el mérito con la impunidad, y me opongo a equiparar la democracia socialista con la conveniencia de no decir nada. Y me opongo, por supuesto, a tener toda la razón.

 

 

 

 

 

 

EL PERIODISTA MARTÍ

EL PERIODISTA MARTÍ

Luis Sexto

Solitaria y arriscada,  Playita de Cajobabo servía  de caja de resonancia cuando el agua se echaba un tanto airadamente contra las rocas. El golpe de las olas acentuaba la sensación de soledad, como de espacio sagrado, donde el pecho de Martí se le hinchaba por la dicha íntima de estar pisando el polvo arenoso de la estrella que lo había guiado hasta Cuba. Puede uno imaginarlo en aquella noche tormentosa, mientras recogía, junto a sus cinco compañeros, armas y jolongos antes de adentrarse en el monte inmediato para seguir su destino bélico… Luego, trepará laderas, pisará rocas, rozará espinas, truncará bejucos, apartará ramas con sus manos finas.

En ese  itinerario,  el genio de Martí se desdoblará en numerosas facetas. Es  la hora en que la acción y el riesgo extremos van a exaltar aquel hombre de cuya palabra había que cuidarse, porque lo acompañaba el don  taumatúrgico de “enredar”  a los hombres y transformarlos en héroes,  o mártires. Posiblemente, José Martí no reparara en la nueva fase de su deber agónico y no pretendiese gozarse en su virilidad, o tal vez no tendría en cuenta cuánto de inconsciente menosprecio pudo notar en aquel título de “doctor Martí” pronunciado en otros momentos por veteranos de la manigua. Supongamos con certidumbre que  actuaba en el monte con la misma  indisoluble integridad e integralidad que en su despacho de Front Street.

Qué habría preguntado o qué habría escrito de haber sido testigo de esta epifanía patriótica, el periodista que soy y ahora se atreve a escribir sobre el Apóstol del evangelio civil cubano. Permítanme, pues,  continuar  en las claves de la imaginación. El periodista se aproxima y camina  al lado de los seis expedicionarios. Y pregunta... El Delegado, con la delicadeza como de miel que humedece su voz, responde que él  también  es periodista y ahora redacta su más útil crónica.  El recién aparecido mira hacia la chaqueta de su entrevistado y ve  la pluma y el cuaderno de notas en el bolsillo. Sobre sus espaldas,  la mochila abultada, y de su hombro izquierdo cuelga un fusil, casi del tamaño físico del Apóstol.  Máximo Gómez  advierte que las palabras ahora no hacen falta. Ni siquiera el Delegado las necesita, él, tan señor del verbo. Hoy Martí supera su grandeza: Nunca antes –escribirá  Gómez  el 19 de mayo de 1902, en El Mundo- lo he  visto tan grande como  cuando  se dobla bajo un peso que le excede el cuerpo frágil.

En el primer descanso con menos angustias, Martí se sienta, tal vez  sobre las raíces de cualquier  árbol copudo, y abre su cuaderno de apuntes.  ¿Quién escribirá las primeras notas en Cuba: el memorialista, el organizador, el político, el  poeta? Posiblemente, todos a la vez,  aunque ahora predomine la índole del periodista  encargado de rescatar los pormenores de su desembarco y la ruta hacia los tiros  insurrectos  junto a “una mano de valientes”, para hacer  combativamente visible el liderazgo de la revolución reiniciada el 24 de febrero último. Las frases se adaptan  al salto de mata de las circunstancias de los perseguidos. El  Diario de campaña. De Cabo Haitiano a Dos Ríos se articula sobre la rectoría  de la frase breve, unimembre, rápida, nominal, variante estilística contrapuesta a su prosa sintética, de largos períodos  -barroca y opulenta como la calificó Manuel Pedro González[i]-   y parecida a la otra variante concentrada y aforística señalada también por el mismo crítico, aunque las tres se mezclasen en el  oleaje estilístico que se abalanza sobre el lector  acariciándolo o desgarrándolo en un misterio irresistible.  Pero ese que hoy llamamos  estilo analítico o cortado no resulta ahora usual  sólo por  la prisa con que la manigua insurrecta reclama del que resume su diario andar en circunstancias de excepción. Más bien, responde a un oficio sabedor del inviolable  ajuste  entre el  concepto,  incluso  las circunstancias, y la forma. Martí cumplía  la regla tonal  que  impone que el escritor o el orador alcen la voz si el discurso pretende enardecer, pero si convoca,  o intenta persuadir  la palabra ha enternecerse como si se echaran  flores a los pies de una mujer.  Lo antes dicho es una idea martiana que ahora  esclarezco con esta otra cita: “La dote suprema en el arte de escribir” es  “la de ajustar la forma al pensamiento”. Actualmente, ello significa lo mismo en la teoría del estilo: adecuar el lenguaje al tema.  Y así esos apuntes asmáticos,  como esculpidos a tajos  jadeantes, se adecuan estilísticamente en su Diario al tono del que anda acuciado  por los quebrantos de la guerra.

Entre las variantes martianas, el periodismo, particularmente en crónicas y reportajes,  suele adscribirse a la barroca, de matiz cromático, de arquitectura imponente. Hoy, sea recordado, ningún especialista recomendaría escribir como Martí, ni siquiera en su espíritu literario,  para un medio impreso. Ciertos editores y teóricos  exigen cumplir la norma de escribir “para todos”, que por el descrédito de su elemental composición implica un escribir “para nadie”. Por ello, el periodismo ha derivado, entre nosotros, y fuera de nosotros los cubanos,  en un caldo ligero, sin sabor, ni sustancia. Hay, sin embargo, otra razón: Martí es inimitable por único. Quien intente copiarle el ritmo, la música  y el caudal tropológico, pondrá en solfa el origen de su presunta originalidad, como el rey desnudo de la fábula ridiculizó la  majestad que representaba.

Gabriela Mistral confesó que  “solamente en Martí no me fatiga el período, a fuerza de estar vivo desde la cabeza hasta los pies”[ii]  Es exacta esa mujer hecha ángel y viento.  En la vitalidad, el vigor,  está la  esencial definición del estilo martiano, tachado de impropio  para el periodismo por algunos incapaces de entenderlo o de tomarle el impulso febril. Dice la chilena: está “vivo desde la cabeza hasta los pies”; es decir, desde arriba hasta abajo, como roca que se despeña y no se detiene ni se despedaza, sino arrastra consigo a otras piedras. Pero advertimos, para prever equívocos,  que el periodismo martiano, su estilo, en fin,  no se abroquela en lo deslumbrante;  no es ampuloso, ni se enjaeza como caballo versallesco, aunque sí como potro de paso fino, plástico, seguro,  envuelto en el sudor que destaca el color de su piel y su crin cuando fluye  como en un galopar hipnótico.

La prosa de Martí habrá de ser para hoy, como lo fue para ayer,  una invitación a  levantar  el periodismo  a  función profética y literaria. Alianza entre idea  y  arte, entre pasión y letra. Por ello lo viste con la clámide del fecundo y culto decir   de quien no puede escribir de manera  opuesta, porque cree en la misión socializadora y humanamente transformadora de un periódico. En esos tiempos renovadores de finales del XIX, ya los tratadistas hablaban del gancho periodístico en el primer párrafo, y  de la estructura interesante al ordenar  y distribuir el contenido.  Pero en Martí el primer atractivo será la servicial reciedumbre de un estilo que no se extravía en poses, oropeles, y vaciedades parnasianas, en un decir por decir.

Fue a veces incomprendido ayer, como hoy.  En el vespertino caraqueño La Opinión Nacional, Martí escribió una columna eminentemente informativa, cuyo título indicaba su periodicidad y su alcance: Sección Constante. Los Aldrey, padre e hijo, se consideraron afortunados al contar con ese periodista tan culto, audaz, imaginativo, hondo que una vez en Venezuela y ahora desde Nueva York les entregaba  sus colaboraciones, aunque a veces le mutilaban o le corregían lo estimado inconveniente, demostrando que  en todo tiempo los medios se han  sometido a los intereses crematísticos  y a los compromisos políticos y clasistas de propietarios y directores. No obstante cualquier disgusto previo, los Aldrey  lo habían elegido para la Sección Constante. Martí cumplía a gusto haciéndose degustable en una columna breve, armónica, cargada de información y de las opiniones de quien,  más que  ver y oír  como un reportero de cuerpo presente, ve y oye mediante la acumulación de lecturas y vivencias que le favorecen reconstruir hechos y personajes de Francia o de España. Martí se adelantaba a lo que  Máximo Gorki propondrá a principios del siglo XX: la intuición del escritor cubre el vacío de algún detalle secundario  desconocido  mediante la función asociativa de la cultura. Y de ese modo  lo posible adoptaba la capacidad de lo verosímil: Si no resulta verdadero  el día nublado, puede serlo a causa de la estación climática del instante informativo. Mas,  por momentos, la tendencia  a perfilar culturalmente la conciencia de los lectores, o los repetidos juicios sobre las fuerzas destructivas que se recalentaban en los sótanos de la sociedad estadounidense, evitaban que la Sección Constante diera constancia de sí durante toda la semana. Por momentos, el pulgar de los directores apuntaba hacia abajo.

Como podría entonces parecer previsible, los dueños de La Opinión Nacional comenzaron a quejarse de que ciertos juicios, ciertas metáforas de su colaborador –al que pidieron firmara con el seudónimo de M de Z para no inquietar al gobierno, que había expulsado a Martí de Venezuela - entorpecían también las relaciones del periódico con el presidente Guzmán Blanco, y de éste con la Casa Blanca. Martí fue presionado, porque profundizaba, porque instruía y escribía demasiado bien, y  demasiado bien significa en el lenguaje de los mercaderes o  curanderos de la prensa, rehuir  la superficialidad  del periodismo de cascabeles y abanico.  Lo sabemos: cuando queremos desprendernos de alguien que nos desborda, acudimos a la técnica de perturbarlo, zaherirlo, negarlo. Y no hubo necesidad de cesantearlo, aunque de hecho lo botaron. El corresponsal inoportuno, pero digno, renunció. Y ese episodio  ubica a Martí  entre los periodistas de antes y de ahora en el largo trecho de la incomprensión formal y de la hostilidad contra la independencia de criterio y la superioridad del intelecto.

Hemos dicho: Martí ejerció el magisterio, la diplomacia, la poesía, la narrativa; pensó en economía, en filosofía, en ética, en política.  Y se expresó fundamentalmente en periodismo. Sus libros escritos y publicados como libros, son escasos. Sin embargo, los textos de la prensa le colman varios tomos de sus obras completas, y componen el alegato martiano a favor  de un periodismo que se niegue a aceptar como “cosa mala” el halago  de la forma.  Nunca estuvo dispuesto a  echar en el rincón menos visitado de las redacciones,  el esmero que tiene en cuenta la sencillez,  sin que haya que obligarla  “a excluir del traje un elegante adorno”. Y en el vocabulario martiano,   ni el adjetivo elegante, ni el sustantivo adorno  significan banalidad o baratija. Significan asumir el periodismo como una formación estilística pragmática que necesita igualmente del dato informativo actual, jerarquizado por importancia e interés, y de la apropiación desde la estética, desde un espíritu de creación aun dentro de lo práctico. Citemos  a El Terremoto de Charleston. Contrariamente a  exégetas y martiólatras que recurren al término crónica, un tanto acomodaticio, para encasillar los textos que no caben en un molde más preciso, yo lo clasifico de reportaje siguiendo a José Antonio Benítez en su Técnica periodística, manual donde muchos cubanos hemos aprendido los resortes del oficio. El terremoto de Charleston compone todavía, como tantas páginas, una muestra antológica de la narrativa periodística, en cuya estructura las descripciones se anticipan, por su exactitud,  ritmo  y secuencia, a la cámara noticiosa del cine. Desde la entrada, el corresponsal  acusa el empeño de contar en clave periodístico literaria  una historia de actualidad informativa: “Un terremoto ha destrozado a Charleston. Ruina es hoy lo que ayer era flor”.

En Martí, el apóstol, Jorge Mañach reconoce que “Martí escribe de todo con un color y riqueza de datos cual si lo hiciera  desde un mentidero madrileño”. Ese escribir de todo lo aproxima a la concepción renacentista de un genio como Leonardo: pensar y hacer de todo. Y no me parece un símil estrujado. Porque ensanchar el conocimiento, macerarlo de modo que se asimile a la ductilidad, resulta todavía un rasgo de los periodistas más aptos e influyentes. La especialización, tan recomendada, debe de ajustarse a la aparente paradoja de que la visión parcial  ha de  tributar a  la totalidad. El propio Maestro lo escribió en uno de sus apuntes: “Muchos hombres saben de Homero, y no de ardillas”. Sólo con uno de los dos extremos, los ojos de la cultura serán impedidos de  dar la vuelta completa.

En un intenso proceso, el  Maestro flexibilizó las cuerdas de su formación entre clásicos, románticos y modernos para que sonaran en sus vibraciones diversos géneros y tonalidades, y con ello se ubicó en la delantera de la modernidad, que el capitalismo, en edad de la pujanza, dotaba de aciertos tecnológicos y de desatinos y desequilibrios sociales. Ya el periódico en sentido general completaba su desarrollo básico, y se convertía, casi plenamente, en “la oración matutina del hombre moderno”, según metonimia  empleada por Hegel. La última mitad del siglo XIX es la etapa en que  se va desplazando de lo editorial a lo informativo, para mezclar el articulo y la noticia.

El periodismo le valió de  impulso vocacional desde la adolescencia. Su primer artículo apareció en El diablo cojuelo,  dirigido por Fermín Valdés Domínguez, y en cuyo único número Martí, casi con 16 años, redactó el editorial con un título que proponía la disyuntiva del país en guerra: Yara o Madrid. Desde entonces la prensa integró la concepción  martiana de la sociedad democrática, sin que aquella fuese únicamente difusora de noticias, o palenque de polémicas baladíes, o catapulta  de intereses  injustos, sino también alternativa de opinión, variedad de propuestas, acicate de ética solidaria. Proyectó  periódicos y revistas. Y algunos cristalizaron, al menos  brevemente, como la Revista venezolana,  y Patria, periódico fundado para liberar a la par que soldaba las articulaciones de Cuba independiente, esto es, Cuba en sí y para sí, unida en  la guerra que, como envión  para trascender la colonia,  mereció la purificación mediante el atributo de necesaria.

Resumiendo, al principio de estas líneas me referí a la multiplicidad de facetas de Martí. Y aunque el periodismo sobresalió como expresión recurrente de su ideario y sus propósitos,  y  lo he calificado como su medio de expresión básico,  debo equilibrar el juicio.   Lo esencial en la cultura y la conducta martianas fue la palabra, que según Fina García Marruz coincide con los actos del Unificador de la nación. Coincidencia milagrosa, asegura la sutil ensayista[iii]: “La palabra, llena de la majestad del acto; el acto de la palabra”. Y la palabra, la palabra responsable es, a mi parecer,   el instrumento que conducido por una voluntad de estilo de ardiente efusividad y compromiso profético, convirtió también el ejercicio del periodismo en una propuesta para acrecentar el intelecto y la sensibilidad de los lectores. Lo repito: algunos confesaron  no entenderlo o confiesan que no lo entienden; siempre existen los que no entienden. Esos no entenderían al político, ni al periodista si lo  imaginaran, como hicimos al principio durante  aquel inicial momento, escribiendo  las primeras frases de su Diario de campaña  en tierra cubana.  Desdoblándose, apartando su papel de santo y seña de la Revolución en la manigua, traza apuntes de corresponsal de guerra, ese que observa, oye, registra, y  encapsula el dato, el color, el rasgo, en la  síntesis y la concisión jadeante de su Diario.  Pero insistamos en que la escasez de las horas y los apremios de la contienda no lo obligan a emborronar y aplazar la expresión definitiva. Para él, y sabemos que lo presentía, no habrá más tiempo, salvo el que mediará entre sus palabras ordenadoras  de este día y los pocos días  siguientes,  hasta su acto más integrador e  iluminado: la caída.

Tampoco, si hubiese vivido, habría  sido imprescindible tachar, sustituir y cortar para una presunta  forma definitiva. Aun  en su prosa urgente  gobernó  la palabra con el cabestro indoloro, aunque exigente de la originalidad, y con el tino del que sabe que si el periodismo se abaja, rebaja y se rebaja.

1 Serna Arnaiz, Mercedes: Evolución estilística de las crónicas martianas (1875-1882), en El periodismo como misión, ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 2002.

2Mistral, Gabriela,  La lengua de Martí, Ediciones de la Secretaría de Educación, La Habana. Prólogo de Jorge Mañach.

3García Marruz, Fina, El escritor, en El periodismo como misión, ed. Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2002, pp.228 y 229.

(Publicado en  Cubaperiodistas.cu)

 http://www.cubaperiodistas.cu/marti_periodista/119.htm

LARRY MORALES NO PUDO ENTRAR EN CHILE

LARRY MORALES NO PUDO ENTRAR EN CHILE

Por Roberto Fábregas

 

El escritor Larry Morales, invitado por destacadas personalidades de la cultura de Argentina y Chile, como parte de un plan de intercambio cultural, luego de algunos días de estancia en Argentina, parte hacia Chile para cumplir la segunda y menos importante etapa de su plan,  es retenido en la frontera y se le niega  la entrada con argumentos que al parecer demuestran, que todavía están vigentes en Chile las restricciones políticas de Pinochet respecto a la entrada al país de los cubanos.

 

Esta visita tenia, entre otros objetivos culturales, cumplir su viejo sueño de depositar en la tumba de Víctor Jara su última  canción, la que quedó inconclusa al ser asesinado, y que Larry, conmocionado por el golpe de estado, por las masacres que se sucedieron y por la muerte del cantautor revolucionario, hace 40 años, la concluyó la cantó y la gravó cuando apenas tenía 16 años.

 

El 17 de enero recibí esta noticia por correo y del propio Larry, con el cual me unen, desde hace muchos años, fuertes y profundos lazos revolucionarios y de amistad, y para no omitir ningún detalle, transcribo a continuación el texto completo de su mensaje, para que sea el mismo quién narre lo acaecido:

 

 

“Queridos Roberto, Germa y Erick, aquí va un mensaje inesperado.  Te mando esta nota con cierta urgencia porque a lo mejor ves algo por Telesur o por Internet o por cualquier vía y quiero que estén al tanto de esto directamente informado por mí.

 

Preparé el viaje a Chile, en el cual recibí la ayuda de instituciones y personas, tales como la Asociación Cultural del Litoral de Santa Fe, el CELche en Rosario, el activista rosarino y amigo de la Revolución cubana Carlos Segura Zambrano, el trovador rosarino Pablo Poletto, el exiliado chileno en Mendoza, desde los tiempos de Pinochet y amigo entrañable de Cuba, Fernando Bustos y el profesor de Filosofía de la Universidad de Santiago de Chile, el poeta, Hans Aranda, entre otros. 

 

El jueves 9 de enero viajé desde Santa Fe a Rosario en ómnibus, allí fui recibido por Carlos Segura quien me condujo hasta Villa Mercedes en la provincia de San Luis en su auto (más de 600 km).  En Villa Mercedes (viernes 10)  me esperaba el trovador Pablo Poletto con el que di una actividad poético musical en la Casa de la Amistad Cubano-Argentina.  Allí sostuve un encuentro con el poeta más importante de dicha región Rubén Sosa, el cual me dedicó cuatro de sus últimos libros.  Al siguiente día (sábado 11) partí en un ómnibus hacia Mendoza (400 km), donde me esperaba el chileno radicado en Mendoza, Fernando Bustos. Esa noche me preparó una cena con diez personas que han viajado a Cuba para que les hablara de la historia de mi país. El domingo 12 descansé y el lunes 13 preparamos todos los documentos, confirmamos con Telesur la fecha y la hora de la visita al cementerio, llamamos a Hans Aranda, quien nos iba a recibir en Chile, en fin, dejamos todo listo para el viaje.  El martes 14 salimos Fernando y yo en su auto, en horas de la mañana rumbo a Chile.  Ascendimos la cordillera de los Andes, pasamos la frontera natural, después de haber admirado la altura más alta de América, el Aconcagua, y llegamos al punto fronterizo donde están las autoridades de inmigración y aduanales.  Llenamos los documentos, todo marchaba bien, sólo faltaba comenzar a bajar la gran montaña para llegar a Santiago de Chile.  Cuando entrego mi pasaporte, las autoridades argentinas me dan salida, pero los guardias chilenos, muy parecidos a los de los tiempos de Pinochet, nada más de ver que mi pasaporte era cubano me dijeron que no podía entrar a Chile porque no tenía visa.  Fernando discutió fuertemente con los guardias.  Yo me bajé del auto y le pregunté a los guardias si era por la visa o porque era cubano.  No respondieron. Fernando, con mucha ira, preguntó qué se debía hacer y le dijeron que fuéramos al Consulado de Chile en Mendoza y que allí me darían la visa.  

 

Dimos la vuelta y nos dirigimos hacia la parte argentina para que nos anularan la salida de la Argentina, pues regresábamos al país. Fernando me dijo que no me desanimara, que al día siguiente iríamos al Consulado y regresábamos para Chile.  Me daba pena por Fernando, eso costaba mucho dinero y esfuerzo, pero no había manera de convencerlo.  

 

Al siguiente día (miércoles 15) salimos para el Consulado y Fernando se entrevistó con el Cónsul.  Nos habían engañado en la frontera, pues las visas las otorga la Embajada en Buenos Aires y demoran al menos 20 días en ser concedidas, de manera que no sería posible viajar a Chile en esa ocasión.

 

Me sentí un poco triste.  Me comuniqué con Lina, quien esperaba ansiosa por las noticias en Santa Fe, llamé a los amigos que me habían ayudado, Poletto se encargó de llamar a los corresponsales de Telesur, pero yo además le pasé un correo a la periodista Beatriz Michell, corresponsal de Telesur en Chile, quien iba a cubrir la noticia.  Esa tarde, en la casa de Fernando éste me sugirió que si yo estaba de acuerdo él iba a Chile y colocaba la canción en la tumba de Víctor Jara.  No sólo me gustó la idea, sino que comprendí el valor de muchas personas que andan por el mundo y creen en nosotros los cubanos.  Con lágrimas en los ojos le dije que valoraba su gesto y que para mí sería un honor que un exiliado del régimen de Pinochet, un amigo verdadero de Cuba, me suplantara en tal empresa. Después surgió la idea de que el poeta chileno Hans Aranda lo acompañara al cementerio.  Le escribimos un mensaje para ver si estaba de acuerdo y aceptó con entusiasmo. Decidí regresar esa misma noche para Santa Fe, pero antes llamé a todos los amigos para que comunicaran lo que se iba a hacer, la nueva idea que había acabado de surgir.

 

Tomé en Mendoza un ómnibus hasta Santa Fe (15 horas de viaje) y al llegar en horas de la mañana del jueves 16 al lugar donde me hospedaba, ya tenía la noticia de que esperara una llamada de un periodista de Telesur.  Sobre las dos de la tarde me llamó Raúl Martínez, productor y periodista de la corresponsalía de Telesur en Chile.  Me dijo que él sabía todo lo que había ocurrido en la frontera y en el consulado y que también sabía la decisión de que otras personas viajaran por mí y depositaran la canción.  Que necesitaba dos cosas: la primera que le comunicara la fecha y hora exactas en que mis amigos se personarían en el cementerio de Santiago de Chile para firmar el hecho, y la segunda que le diera mi correo electrónico para que me contactara el correponsal de Telesur en La Habana, quien me haría una entrevista cuando yo regresara a Cuba.

 

El lunes próximo, si no se cae la cordillera de los Andes, mi amigo  y amigo de Cuba, Fernando Bustos, partirá hacia Chile para, junto al otro amigo, el poeta Hans Aranda, cumplir con mis sueños de colocar junto a la tumba de Víctor Jara lo que iba a ser su última canción y que yo hace 40 años concluí, canté y grabé cuando apenas tenía 16 años.

 

Esta es la historia.  Todavía me quedan algunos días por acá.   Volveré a reunirme con Ramiro Guevara, el hermano del Che en Rosario y volveré a decir mis poemas con el trovador Pablo Poletto, quien en octubre estará en Cuba invitado por Silvio Rodríguez y en Morón, en la hamaca, invitado por mí.

 Les mando un abrazo grande. Pronto estaremos allá.   Larry Morales

 

 A continuación  también transcribo algunos de las noticias y comentarios que ya están circulando por Internet:

 Parece ser que para ciertos países, la prepotencia la falta de respeto y la mentira son moneda corriente.
Si usted recorre páginas de internet verá que los tratados del país trasandino de Chile, respecto a migración turística en algunos enunciado dice lo siguiente: 1) Para estadías inferiores a tres meses no se debe tramitar visado. 2) Si son americanos tampoco necesitarán visado para viaje de turismo. Luego en otra pagina dice que los ciudadanos cubanos que se encuentren o viajen de terceros países necesitarán sacar visado.
"Perdón"... ¿Los ciudadanos cubanos no son americanos?  ¿Pero no era que menos de tres meses no se necesitara visa?  Claro viene de Argentina y porta pasaporte cubano dos países que ciertos funcionarios o funcionales no pueden digerir.

 Bueno este es el caso del escritor Larry Morales, que visitara nuestro país y en una misión para llegar a Santiago de Chile se le negó la entrada a dicho país. Funcionarios de Chile deberán revisar bien sus legislaciones y no hacerles perder el tiempo a las personas de buena voluntad.

Carlos Rubén Zambrano,Rosario, jueves 16 de enero del 2014

 

Qué barbaridad que a un pueblo hermano tan solidario se le siga insultando en estos modos. Hasta cuándo? Quisiera saber qué requisitos pide Cuba a los ciudadanos chilenos para entrar a la isla y cuánto se demora en otorgar la visa. Qué oscuridad reina todavía en ese país del sur, qué lamentable.

Ana Toribio, Santa Fe, viernes 17 de enero del 2014

Estimado Larry acabo de enterarme de lo que te ha sucedido en la frontera de Argentina con Chile cuando tratabas de viajar a este último país en una misión cultural, revolucionaria y humana.  Ya se lo he comunicado a los corresponsales de Telesur en Chile y te van a llamar, ellos quieren entrevistarte. Cuando se les dije que otras personas amigas pondrían por ti en el cementerio de Santiago de Chile la última canción de Víctor Jara, me dijeron que quieren la fecha y la hora en que lo harán para personarse allí y filmar, tal y como lo iban a hacer contigo. Sabes que no te dejaron entrar por ser cubano y eso debe ser más orgullo que pesar para ti. 

Pablo Poletto, Rosario, miércoles 15 de enero del 2014 

Larry, la última canción de Víctor Jara concluida por ti será colocada en su tumba.  Bien sabes cuanto batallé para que te dejaran pasar, pero eres cubano y no tenías visa y eso es suficiente para que te negaran culminar tan bella obra.  Cuenta conmigo para hacerlo y me parece bien  que Telesur é cuenta de ello al mundo.  El lunes de la semana próxima prepararé el viaje a Chile para cumplir con tus sueños.

Fernando Bustos, Mendoza, 16 de enero de 2014

Larry acompañaré a Fernando Bustos al cementerio de Santiago a colocar tu canción.  Me hubiera gustado hablar contigo sobre el tema de Víctor Jara, pero será en otra ocasión.

Hans Aranda, Santiago de Chile, 16 de enero de 2014