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PATRIA Y HUMANIDAD

¿POR QUÉ NO SE PUEDE?

Luis Sexto

El llamado plural de modestia que, en esencia, implica lo opuesto, me exigiría a decir “notamos”. Pero como no sé si ustedes también lo notan, y como me gusta ser evidente responsable de cuanto digo, noto que persiste la tendencia a recortar el lenguaje de las relaciones sociales, en particular, las relativas a lo administrativo, legal, incluso lo político. Me referiré a una frase que ha venido sustituyendo a mil palabras en determinadas situaciones. Que usted quiere pasar por una puerta de las tantas que la tienda o el hotel tienen, y el portero, que se ha convertido en Cuba en todo un potentado -porque decide si usted entra o no entra-, le dice: no se puede. Al menos, por esa no; por esta. Y le señala la única abierta. Casi monosilábicamente, el no se puede se ha convertido sin decolorarse en el argumento más empleado ante cualquier pregunta, gestión, deseo, inquietud. No dudo que haya actos que no se puedan ejecutar, ni decisiones que no se deban tomar. Está claro. Si pregunto: puedo robar, me dirán sin necesidad de mayor explicación, que no se puede. Y si quiero perjudicar a mi vecino, o golpear a mi mujer, me dirán que no se puede. ¿Harán falta más explicaciones? Pero nuestra sociedad, obrando en legítima defensa, instituyó en cierto momento una carga de normas prohibitivas (yo diría que a veces excesivas, con lo cual se redujo el ámbito de la legalidad, mas esa sería otra discusión). Y ante ciertas dudas o interrogantes, el no se puede no basta para satisfacer la inquietud o la falta de comprensión de la ley o la medida. ¿Por qué, por ejemplo, hasta hace unos meses, un cubano no podía vender su vivienda? Quienes respondían alguna vez, no intentaban convencer con razones del porqué la casa, aunque propia, no se podía vender. Cierta vez, en una entrevista, le dirigí esa pregunta a un asesor legal del Instituto de la Vivienda, y me respondió con la misma frase sacramental: Porque no se puede. Como el cuento de la buena pipa.

Lo que quiero decir, en suma, es que  personas están confunden lo administrativo y lo político, incluso los separan. Existen reglas o prohibiciones administrativas o de gobierno que requieren de la fundamentación y la explicación políticas. Pongamos otro ejemplo. Abierta recientemente  la venta de automóviles nuevos, la lista de precios ha suscitado una reacción de alarma, de inconformidad entre los que pueden comprarlos e, incluso, entre los que no pueden. Quizás sean explicables los precios  si uno tiene en cuenta las circunstancias económicas desfavorables en que el país país legisla y concreta su traformación, o la necesidad de importar los autos, o cierta cantidad de dinero acumulado en pocas manos, o el estado de la red vial, el combustible básicamente de importación. Pero el que alguien pueda explicarse estos precios, que estimo temporales, no implica que no se expliquen públicamente por los que los han decidido. Por ello, me parece que el mayor problema de esos precios, no consiste en que sean elevados, sino en que les ha faltado el acompañamiento político mediante la exposición de las causas de esos precios.

Nuestra sociedad se apoya en el consenso. Y el consenso se conquista mediante la argumentación. La política, según una antigua raíz, es la ciencia –digamos- que se ocupa de los asuntos de la polis, es decir, de la ciudad. Lo político, sobre todo, en una sociedad que urge de la comunión de todos sus miembros, pasa por la persuasión, la explicación, el esclarecimiento de cuanto no pueda ser comprendido de inmediato. En lo político no cabe la imposición sin que, como mínimo, se haya demostrado su necesidad. En lo político no es inteligente el regaño, o la presión. Hablamos de la buena política. De la mala ya sabemos a donde conduce.

Me perdonan si he parecido didáctico. Carezco de diplomas y jerarquía, y me sobra el respeto por cuanto no me concierne. Soy solo un comentarista que no ha renunciado a opinar. Y tampoco ha minimizado su derecho a estar convencido de aquello que debe o no debe hacer.

ERROR CON ERROR SE PAGA

ERROR CON ERROR SE PAGA

 

Luis Sexto

No sé cuándo quise responder la pregunta de por qué el hombre tropezaba dos veces con la misma piedra. Creo haber dicho que tropezaba porque desconocía las lecciones del pasado o porque… quería. Claro, me basaba en esa verdad que circula convertida en una frase latina: Errare humanum est. Es decir, que es propio del ser humano equivocarse, pero equivocarse dos veces en el mismo terreno, en el mismo asunto… Ah, ya eso es algo más que equivocarse.

Lo pienso ahora como lo pensé hace meses. Y regreso al tema, porque recientemente le oí decir a cierta persona que en Cuba estábamos acostumbrados a trabajar sobre el error. Lo decía con seriedad. Y no con ánimo de crítica, sino aceptando que esa era nuestra norma, nuestro método. Equivocarnos y tratar de rectificar. No resulta esa, desde luego, mala política. Uno yerra y corrige el error. Saludable. Justo.  Lo que ocurre es que el contexto en que tan filosófico aspecto se ventilaba, admitía que habitualmente se corregía el error… con otro error.

Así el problema cambia de faz. Y lo que se apreciaba como un rostro amable, se transforma en la cara arrugada, repulsiva,  de la bruja de Blanca Nieves, o en la del novelístico Retrato de Dorian Gray, el libro de Oscar Wilde, cuyo personaje, en un pacto con el diablo, se mantenía joven, pero su retrato adquiría las arrugas de todos sus yerros y pecados. Al final, podemos imaginar aquella pintura. Espantaba. ¡Cuánto mal había hecho aquel sujeto en su perdurable juventud! Su historia se resumía en un error sobre otro error.

No quisiera admitir que por algunas esquinas de nuestra patria pululan los retratos de Dorian Gray. Esos que rectifican a ojo pelado, siguiendo imperativos cuya ejecución es inmediata, sin pretextos, burocráticamente ordenada y burocráticamente ejecutada. Y la película filma y filma metros de cinta sin cambiar de imagen: Hoy corriges aquello que hiciste mal, y mañana, cuando se hace necesario rectificarlo, actúas cañoneando la razón en una segunda vuelta. Y la noria gira, gira, gira…

El hombre, pues, tropieza dos veces con la misma piedra, porque ignora las lecciones de la historia, la experiencia, la ciencia, o porque desea equivocarse; le importa poco el gasto, que al fin él no paga, y solo le interesa cumplir a cualquier costo. Lamentablemente, todo esto no significa la trama de una novela o el guión una película. Es verdad. La mentalidad burocrática nos empuja, incluso, a no tener en cuenta a la gente. ¿Que hace daño? ¿Que la solución de un problema molesta a los vecinos? Bueno, no estamos para reparar en exquisiteces.  Ah no, compañero; los molesta porque hace diez años, cuando se construyó esto, ya los molestaba; ahora, con la solución, se agrava la molestia. ¿O cree usted que es solo un capricho, un preciosismo vecinal? Tenga en cuenta que aquello violó las leyes sobre el medio ambiente, y que esto otro, el llamado mejoramiento, las sigue violando, y los vecinos han sufrido perjuicios y los seguirán, ahora sufriendo. En suma, dos perjudicados: leyes y ciudadanos. Y también la racionalidad de la economía y de lo social. ¿Adónde vamos a parar?

Ojalá que no sea verdad. Pero lo es. Es un filme, más que realista, real, aunque yo lo exponga figuradamente, como en neblinas.

MAGNA COSA

Luis Sexto

Nadie habla ya de la magnanimidad. La palabra ha sido confinada a los fondos del vocabulario de cada día, como un bote naufragado en una charca de indiferencia. ¿Qué sabe usted de ella? También –me arriesgo a decir- pocos la ejercitan. 

La magnanimidad no es solo virtud de poderosos. Una de sus raíces, el magnus latino, insinúa un eco propio de emperadores, conquistadores, señores feudales. El señor es magnánimo porque “solo él es grande”, y nadie más puede perdonar un crimen, condonar una deuda, conceder una gracia. Así dicen algunos. 

Escribo de algo tan raro como la magnanimidad por una razón personal. Encomendé a cada uno de mis alumnos en la Facultad de Comunicación, que redactaran  una nota de 40 líneas sobre esa virtud, y me impongo una tarea similar, para emular, o para –en actitud auto provocadora- realizar como aprendiz cuanto pido como profesor.  

A mi parecer, la magnanimidad compone una manifestación del amor, de la solidaridad. Resulta, por norma, un sentimiento, un proceder individual que suele manifestarse en momentos extremos; ella misma resulta una decisión, un acto extremo. Se relaciona con el perdón. Pero perdonar, más que un gesto magnánimo, es efecto de la generosidad. Todo esto, como apreciamos, se mezcla. Pero, si la generosidad dona, entrega, regala, lo que uno posee e incluso lo que no tiene, la magnanimidad trasciende la ofrenda de algo que damos sin que por ello dañemos el propio valor. ¿Soy claro? Veamos. Puedo quedarme desnudo, porque cedí mi ropa a quien la necesitaba más. Sin embargo, mi integridad, mi interior, permanece incólume. La magnanimidad –un compuesto de magna y ánima; alma grande, en español- suele ser, en cambio, un despojamiento, una cesión de lo más nuestro.  

Es famosa la anécdota de Isaac Barrow. Era, en su tiempo, un matemático sobresaliente; quizás el más abarcador. Y un día presentó la renuncia de su cátedra en una universidad famosa. El rector le preguntó la causa, pensando que quería mayor sueldo. Y Barrow le respondió que renunciaba con una condición. ¿Cuál? Que mi alumno Isaac Newton me sustituya. He descubierto que sabe más matemática que yo. 

Y nosotros qué. ¿Tendremos que ser grandes para ser magnánimos? Tampoco es virtud exclusiva de la aristocracia espiritual. Todos, cada día, nos ponemos en posición de administrar la magnanimidad. Por ejemplo, esa persona investida de autoridad que impone una multa indebidamente, porque el presunto infractor le demostró que estaba equivocado, y por lo cual no debe permitir que el principio de autoridad se resquebraje.  O el profesor que reduce injustamente la nota para ajustar las cuentas con el desplante de un estudiante. O el que condiciona un favor a una dama, a cambio de otro favorcito. O el que recusa o aplaza la promoción, porque “este tipo” es superior a mí, y yo no sirvo de escalón a nadie...  

Pequeñas cosas usuales, en cuya diminuta dimensión, si uno opta por el desprendimiento magnánimo,  renuncia a lo peor de sí para resurgir dotado con el ímpetu de un ala.            

 


MAL EPITAFIO

MAL EPITAFIO

Luis Sexto

 Veamos si esta pregunta es obvia: ¿Carecemos de bondad? Cualquiera de mis lectores en Cuba podrá decir,  quizás en un impulso circunstancial o en una finta oportunista, que la bondad nos desborda, y por tanto la pregunta resulta vacía de sentido. Pero, en segundo turno, digo que como lo creo útil continuaré preguntando, más bien afirmando: sí; nos hace falta. A veces, carecemos de bondad.

Tal vez uno de los datos más obvios de la realidad sea el menos obvio. Porque nos hemos habituado a creer que obramos en nombre de la bondad. Y por ello no nos percatamos de que los achaques estructurales en nuestra armazón social, no justifican que  la bondad se nos escurra como característica personal. Y cuando me refiero a esta virtud, aludo a la bondad que ha de permear la conducta política de cuantos nos consideramos revolucionarios.

Parece cierto que las actitudes burocráticas provienen, en parte fundamental, de la organización social y política donde los seres humanos actúan. Si las decisiones de este o de aquel adquieren el cartel de inapelables, si quien, atrincherado tras un buró, impunemente distorsiona las leyes según su criterio o sus intereses particulares, y se encarama en una torre de papeles, planillas, acápites, citas, cifras, estadísticas y olvida que no solo de papeles vive el hombre, podremos decir que refleja una estructura rígida, vertical, autoritaria. Pero no siempre la regularidad  se encarna en la generalidad. Porque uno topa con este o aquel que sabe moverse, aún dentro de la estrechez, guiado por la bondad, es decir, por la comprensión de que su ejercicio de poder, por pequeño que sea, solo se justifica si sirve a sus conciudadanos.

Ya ven: me voy arrimando a la sartén de lo político. Y en estas circunstancias, es decir, en el actual reacomodo estratégico de la sociedad cubana –que no tiene porque asemejarse al reajuste de las capas de la tierra y generar un “terremoto”- la bondad, y su afín solidaridad, tienen que mecharse de política constructiva, de política respetuosa y generosa; nutrirse de la convicción de que la justicia a secas, no traduce el ideal de la Revolución cubana. La justicia, para serlo en términos revolucionarios, necesita de la bondad.

Muerdo las teclas para no excederme, ni ser a mi vez injusto. Pero hemos de atizar la sensibilidad, para comprender las necesidades y los riesgos a que el país se expone si, por ejemplo, no recuperamos rápidamente la conciencia jurídica, y empezamos a preservar intactas las leyes de todos los días, que se quiebran por aquí o por allá, con la complicidad colectiva. No hace mucho, pregunté en cierto pueblo por el rastro donde vendían materiales de construcción para que ciudadanos urgidos adquirieran, como se dijo y se estableció, medios para reparar o construir su casa. Entré y pregunté solo para comprobar, y en la oficina –ah, las oficinas, siempre tan limpias y acogedoras- me respondieron que allí se vendió por un tiempo, pero ahora solo los organismos estatales podían comprar. Ah, dije, como preguntando en silencio: ¿Y la gente y sus necesidades? ¿Y la política y su programa? ¿Y la ley y sus conceptos?

Recuerdo con frecuencia unos versos de Bertolt Brecht,  poeta comunista alemán, cuyo sentido es como un toque de “atiendan todos”: “Ay, nosotros/que quisimos echar los cimientos de la bondad/no supimos también ser bondadosos”. No lo digo yo, repito; es texto de un escritor y dramaturgo comunista que, honrando su condición política, encaró la verdad para mejorar la vida del pueblo. En su patria, la difunta RDA, esa frase pudo equivaler a un epitafio. Para nosotros, aún vivos y coleteando en medio del un zarzal de llamas, el texto del poeta es un mandato. Porque si olvidamos que partimos del afán transformador de la Sierra Maestra y de la ética de la bondad de  Martí, podríamos perder la orientación y al perderla perdemos los cimientos de la bondad y ganaríamos un epitafio muy desconsolador. Hace unos años, Raúl Castro le confesó en una entrevista: Los revolucionarios viviremos según viva la Revolución. Si ella muere, moriremos definitivamente.

Es decir, seremos olvidados si en vez de modificar mejorando las estructuras que ya no operan efectivamente en nuestra sociedad, nos resignamos a que deformen la aplicación de nuestros ideales. Actuar es tan valioso como soñar... Y soñar no equivale a engañarnos, ni a engañar.  

 

¡MANDELA!

¡MANDELA!

Luis Sexto

Acercamiento desde la emoción

Nuestro mundo y por extensión el universo,  no se sostienen sobre columnas. Tampoco las columnas de Hércules marcan el fin de la tierra, como una vez la mitología griega y sus derivados supusieron.  Pero sí  podemos decir y creer que  la sociedad  todavía descansa sobre columnas. Columnas humanas. Y hoy  los pueblos de La Tierra lamentan la pérdida de una de las columnas que una vez restablecieron el equilibrio social, ético y político en el mundo.

Ha muerto Nelson Mandela.  Como si dijéramos: Ha caído una columna.

Es verdad que cuando muere uno de esos hombres que soportan sobre sí  toda la justicia, nos sentimos más pobres. Nos sentimos más pobres en virtudes, más pobres en ejemplos, más pobres en voces. Y la pobreza en virtudes es más desoladora que la pobreza material. Tal vez, una fortuna pueda rehacerse. Tal vez,  en unos casos, el abuso del poderoso sobre el débil, vuelva a colmar las arcas del ambicioso. O quizás, en un momento, el débil halle el milagro de una fuente de petróleo o de uranio o de diamantes que le asegure el sustento legítimo.  O el trabajo honrado inteligente y constante pueda llenar  las arcas de aquellos a quienes  les han arrebatado o negado la riqueza.

Pero las columnas no surgen de la erupción de un volcán.  Ni se configuran en los deseos y mediante los conjuros de los oprimidos o de los infelices. Se construyen poco a poco. De pronto, ciertos hombres o mujeres se ven envueltos en una circunstancia decisiva de su pueblo, y empiezan a crecer.

Creció Nelson Mandela a lo largo de su larga prisión de 27 años, 18 de ellos confinado en solitario, mirando desde su ventanuco el cielo que debe cobijarnos a todos por igual, en justicia y equidad. Y Mandela fue a la cárcel  por querer la igualdad y la libertad para su pueblo en África del Sur. Podríamos imaginar a un pueblo, con todos los derechos que otorga la condición humana, sometido a un sistema de segregación, de apartamiento, de apartheid, en el idioma de la opresión.  Aquí -decía el opresor-, el blanco; allí- ordenaba el opresor-, el negro. Para el blanco -indicaba el opresor-, lo de este lado; para el negro -gritaba el opresor-,lo de aquel rincón… Y Mandela en la cárcel. Creciendo. Haciendo pequeña su celda. Sosteniendo en la soledad, con su entereza moral,  las esperanzas y las luchas de su pueblo, como antes de su prisión las había secundado con las armas.

En 1990, fue liberado Nelson Mandela. Mas, el opresor, habitualmente sordo y ciego,  no tuvo un rapto de bondad. Los opresores son generosos cuando son batidos. Desde entonces, en  Angola, donde querían los opresores blancos de Sudáfrica  aniquilar a los pobres que anhelaban ser libre con su negro color y en su tierra, un nombre de la geografía pasó a ser un símbolo del poder de los débiles: Cuito Cuanavale. Y Mandela, libre, se irguió en toda su estatura de columna rematada en un fanal.  Y su pueblo consiguió fundar una república multirracial, unida en la igualdad de la convivencia. En 1994, Nelson Mandela se convirtió en presidente de Sudáfrica.  El sueño  abrió los ojos. En la cabecera, el Maestro. El maestro que al extender los brazos, como un árbol sus ramas, señalaba hacia la comba celeste debajo de la cual cabemos por derecho todos los seres humanos.

 Ha muerto  Nelson Mandela. Y el mundo llora, y evoca, como antídoto para el vacío, las palabras del hombre que lo había perdido todo para dar toda la paz y la justicia a  sus hermanos. Desde tras las rejas, con la paciencia infinita de la gota de agua, dijo Mandela en silencio sus palabras mejores. Las resumió en esta síntesis: “He alimentado el ideal de una sociedad libre y democrática en la cual todas las personas vivan juntas en armonía y con iguales posibilidades. Es un ideal por el cual puedo vivir. Pero si es necesario, es un ideal por el cual estoy dispuesto a morir."

Lo creemos: La columna no ha caído; sigue erguida, mirándonos desde la ancha ventana de la Historia. Su base es un sepulcro y una memoria donde la obra de un hombre, de un hombre hermano entre hermanos, continúa  repartiéndose en luz y convocándonos a fraguar nuestras vidas en modestas columnas de solidaridad…

CINCO HÉROES NEGROS

CINCO HÉROES NEGROS

Por Tato Quiñones

La historia política que ya se está desarrollando asume la historia de la gente sin historia, como pedía el maestro Juan Pérez de la Riva. Esto lleva a enfrentar los vacíos y los silencios que aún alberga la Historia que se consume usualmente –que tiene motivaciones diversas-, y también los errores y prejuicios. Esta nueva historia está reivindicando como materia suya muchos hechos y grupos humanos olvidados o maltratados y convirtiendo en personajes históricos a desconocidos, unos que fueron héroes, y otros que fueron gente común. La Nación, que es tan ventral en el mundo espiritual y político cubano, se creó con los trabajos y los sacrificios de esos personajes y su decurso histórico está lleno de los trabajos, sacrificios y heroísmos de la gente sin historia. 

                                                                                                  Fernando Martínez Heredia

  Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de caza siempre glorificarán al cazador.
                                                                                                                                          Proverbio de Ifá

 

El pretexto elegido para el crimen es bien conocido: la supuesta profanación de la tumba de un periodista español por un grupo de estudiantes del primer año de Medicina de la Universidad de La Habana.
A las cinco de la tarde del lunes 27 de noviembre de 1871, en medio de una doble fila de soldados de línea, Alonso Álvarez de la Campa, Ángel Laborde, José de Marcos Medina, Carlos Augusto de la Torre, Eladio González, Pascual Rodríguez y Pérez,  Anacleto Bermúdez y Carlos Verdugo fueron conducidos al lugar de la ejecución: la explanada de La Punta frente al costado norte de los paredones del edificio de la cárcel. Los fusilaron de dos en dos, de espaldas y de rodillas. A las cinco y minutos quedó consumado “el crimen horrendo”, “borrón que no habrá mano hábil que lo haga desaparecer”, se dice que dijo el capitán Federico Capdevila, el digno militar español que defendió de oficio a los ocho jóvenes asesinados [1].

Muchos años más tarde, en un párrafo de “violencia bíblica” referido a aquellos hechos, Don Manuel Sanguily afirmaría:
Aquel fue un momento único, fue aquella una hora terrible y tristísima: una ciudad  muy grande y populosa, permaneció muda, se mantuvo quieta, y en tanto un puñado de hombres pudo regocijarse en la matanza… ¡Culpable fue la ciudad abyecta y ruin, frente a aquel montón de forajidos!… Ella debería erigir a sus expensas un mausoleo a las víctimas, a modo de columna infame que perpetuara en mármol negro su arrepentimiento por aquella funesta cobardía a la vez que recordar a las futuras generaciones que un día aciago, en un emporio comercial, bajo las banderas consulares de todas las naciones civilizadas, entre doscientos mil, más de doscientos mil habitantes, no hubo hombres que supieran morir por la justicia y por la honra… ¡No hubo más que bestias enfurecidas revolcándose en la sangre y espectadores miserables¡ [2]
El 27 de noviembre de 1961, sin embargo, en un discurso pronunciado en el acto conmemorativo por el noventa aniversario del fusilamiento de los estudiantes mártires, el comandante Ernesto Che Guevara evocaría un hecho  ocurrido aquel “día aciago” que el coronel Sanguily pasó por alto.
Dijo el Che:

“Y no sólo se cobró en esos días la sangre de los estudiantes fusilados. Como noticia intrascendente, que aún durante nuestros días queda bastante relegada,  porque no tenía importancia para nadie, figura en las actas el hallazgo de cinco cadáveres de negros muertos a bayonetazos y tiros. Pero de que había suficiente fuerza en el pueblo, de que no se podía matar impunemente, dan testimonio el que también hubiera algunos heridos por parte de la canalla española de la época”. [3]
Ciertamente, no fue el martirio de los estudiantes el único “hecho histórico” ocurrido el 27 de noviembre de 1871  en la explanada de La Punta. Cincuenta y siete años después de aquellos sucesos, el 18 de junio de 1928, en su columna “Ideales de una Raza” del Diario de la Marina, el periodista Gustavo Urrutia dio a conocer una carta del Dr. Juan Ramón O’Farrill, “uno de esos blancos” –cito a Urrutia- "en quienes me apoyo para decir que en Cuba el blanco no odia al negro”, en la que éste le hace saber su intención de recabar fondos entre los estudiantes de medicina “para conseguir que junto al templete que perpetúa la memoria de los estudiantes fusilados (…) se coloquen sendas lápidas, una al esclarecido patriota Fermín Valdés Domínguez y la otra a la lealtad del negro Álvarez de la Campa, que en un rapto de desesperación heroica se lanzó puñal en mano contra el piquete, cayendo muerto a bayonetazos al par que los estudiantes entregaban sus almas a Dios”.
Sin menoscabar un ápice la noble, y justa, proposición del Dr. O’Farrill, hay que decir, en honor a la verdad, que incurre en dos inexactitudes en su versión de aquellos hechos: no fue sólo “el negro Álvarez de la Campa” –según la tradición oral esclavo y “hermano de leche” [4] del estudiante Alonso [5] de los mismos apellidos- muerto aquel día en desigual combate contra la milicia española, combate este ocurrido no a las cinco de la tarde que fue, como ya se ha dicho, la hora del fusilamiento. La refriega, según noticia aparecida en el periódico La Quincena, tuvo lugar a las once de la mañana cuando “apostados detrás de los fosos que se extienden frente a la plaza, unos negros dispararon sus revolvers (sic) contra los voluntarios, hiriendo a un alférez de artillería; pero perseguidos en el acto fueron muertos al intentar la fuga”. Otro testimonio sobre los hechos a tener en cuenta lo constituye el de Ramón López de Ayala, administrador de correos de La Habana y capitán de voluntarios, quien mandó el cuadro en el acto de la ejecución (y quien, dicho sea al pasar, murió loco en un hospital de Burdeos) en carta a su hermano, a la sazón Ministro de Ultramar, donde le relata que

“…unos negros dispararon sus armas de fuego contra un grupo de voluntarios de artillería, a cuyo teniente mataron e hirieron a otro individuo. El resto de los que se sintieron atacados por los negros arremetieron inmediatamente contra ellos, y en aquel punto fueron despedazados los cinco que se creyeron autores de la agresión”. [6]

Por su parte, el celador del barrio de La Punta, en un informe rendido a sus superiores, dio cuenta de que “…son cinco los hombres de color muertos, recogidos en diferentes lugares de este barrio, los cuales estaban heridos de arma de fuego y bayoneta”. [7] Otro parte oficial del suceso nos revela que “…en el tiroteo resultaron heridos de bala el teniente de artillería Antonio Pérez, natural de Navarra, cerrajero, de 37 años, que lo fue en una pierna y el voluntario Ramón Santualla, gallego, de 22 años y empleado del tren de basura de La Habana, en un brazo y en una pierna”. [8]

De los atacantes, siempre según el parte oficial citado, sólo se sabe que el primero era un moreno como de cuarenta años, muerto en la calle Colón entre Central y Muralla; el segundo, como de treinta y cinco, caído en Baluarte entre Genios y Cárcel; el tercero, como de veinticinco, en Consulado esquina a Prado; el cuarto, como de veintidós, en la Plaza de La Punta y el quinto, como de catorce años, en Monserrate entre Cárcel y Genios. Sus partidas de enterramiento se hallan asentadas en la iglesia de Nuestra Señora de Monserrate, y en las cinco se consigna que fueron enterrados de limosna en el  cementerio de San Antonio Chiquito, sin nombres ni generales conocidos.


Al punto, cabe preguntarse: ¿quiénes eran aquellos hombres? ¿Fue su propósito rescatar a los estudiantes presos con todo y los miles de voluntarios que se concentraban en los alrededores de la cárcel? [9] ¿Fue la suya acción de repudio, de temeraria rebeldía ante el crimen monstruoso?

El historiador cubano Luis Felipe Leroy y Gálvez, en su profuso estudio sobre el fusilamiento de los estudiantes de medicina afirma que “Esta matanza de negros ha sido objeto de mucha especulación, inventándose la versión novelesca de que ese día hubo un levantamiento de ñáñígos juramentados que pretendían rescatar por la fuerza a los ocho estudiantes que iban a morir. La falsedad de esta especie se patentiza por el hecho de que no sólo no existe tradición seria en ese sentido, sino también que el número de defunciones asentadas en los libros de entierros del cementerio de esta capital, mantiene el nivel normal durante esos días”. [10]

Leroy, fuerza es decirlo, escamotea en su estudio el incidente que, sin lugar a dudas, tuvo lugar aquella mañana al pie de los muros de la cárcel y pasa por alto, además,  que los cinco cadáveres enterrados en “San Antonio Chiquito” (todavía en 1871 el cementerio de Espada era la necrópolis de La Habana) son los únicos que aparecen como “desconocidos” y en los que, al especificarse las causas de la muerte, se consigna “haber sido por heridas de bayoneta y bala”. Por otra parte, la tradición oral entre los ñáñigos cubanos, bajo cuyo signo perviven informaciones que “dan fe” de los acontecimientos ocurridos y de los comportamientos pasados de los individuos, ha venido aseverando durante más de un siglo que, efectivamente, aquellos cinco hombres negros caídos aquel día eran miembros de la hermandad abakuá.

Aquí resulta obligado un breve paréntesis. El historiador cubano Pedro Pablo Rodríguez ha escrito con razón que “hoy es lugar común entre los historiadores que tras los diversos mitos se hallan acontecimientos históricamente comprobables, al extremo de que en más de un caso los propios mitos han permitido la indagación científica que ha conducido al conocimiento de determinados acontecimientos históricos no reconocidos hasta entonces”. [11] Los mismo podría decirse de la tradición oral, esa manera de comunicación o transmisión de noticias sobre acontecimientos y sucesos hecha de la boca a la oreja, de los padres a los hijos, de los mayores a los más jóvenes, al correr los tiempos y sucederse las generaciones. Permítaseme un ejemplo que me parece paradigmático: es bien conocido que el general Antonio Maceo realizó una visita pública a la ciudad de La Habana en febrero de 1890, ocasión en la que se hospedó en el hotel Inglaterra, en cuyo vestíbulo una tarja de bronce evoca hoy aquel “hecho histórico”. Pero menos conocido es que, en noviembre de 1893, el general Antonio, provisto de un pasaporte a nombre de su cuñado Ramón Cabrales, entró clandestinamente en Cuba, por Cienfuegos, y tras una breve estancia en Santiago de Cuba logró llegar a la ciudad de La Habana, donde las amistades que había cultivado en su viaje anterior, las de más confianza (entiéndase Juan Gualberto Gómez, Perfecto Lacoste, Baldomero Acosta, ente otras) lo visitaban secretamente. [12]

Carlos Gómez, anciano Iyamba de la potencia abakuá Efí Abarakó Taibá, en una larga entrevista con Gregorio Hernández, “El Goyo”, Moruá Yuansade la potencia Urianabón Masongo Efí, narró a este último –y cito literalmente la trascripción de la grabación:

Al general Maceo le gustaba venir a La Habana y limpiarse los zapatos en la Acera de El Louvre; allí se ponía a conversar con los estudiantes y a conspirar por la revolución. Y entonces Trujillo Monagas, que era gobernador de La Habana, dijo que cuando Maceo volviera a la acera de El Louvre lo mataría. Entonces el general Maceo tuvo que salir zafando a la carrera y donde único pudo esconderse fue en el callejón de Velazco, aquí en el barrio de San Isidro, en la casa de un sastre que le dijo: “como único yo lo puedo salvar a usted, mi general, es que aquí hay unos hombres que son de una religión ahí, que cuando ellos te dicen “por aquí” es “por aquí”, y se mueren si se tienen que morir, y no hablan lo que no tienen que hablar”. Dícele Maceo: ‘Bueno, pues ya que me van a matar’. Entonces la gente de Bacocó Efó metieron al general Maceo de polizón en un remolcador y lo mandaron para Oriente.”

Resulta obvio que en la memoria del Iyamba se confunden las dos visitas del general Maceo a la Ciudad de La Habana. Rafael Trujillo Monagas, por otra parte, no fue gobernador de la capital cubana, sino inspector de la policía colonial, distinguido en la represión del ñañiguismo. Pero lo que sí es cierto y el Iyambade Efí Abarakó Taibá lo sabe y lo transmite y, con otra manera de dar a conocer el “hecho histórico” nos reveló José Luciano Franco en su ya clásica “Antonio Maceo, apuntes para una historia de su vida”, y lo cito, es que “el general Maceo aquí se ocultó en una casa cercana al puerto, en el barrio de San Isidro, desde la que estableció contactos con elementos populares que le eran adictos”. [13]
A buen entendedor,  media palabra basta.
El lector sabrá disculparme esta digresión, que a la postre no resultó tan breve, pero creo que nos resultará útil para la mejor comprensión del asunto  que trata esta croniquilla…

La tradición oral refiere que el negro Álvarez de la Campa, además de esclavo y hermano de leche de Alonso, era miembro de Bacocó Efó, y que logró comprometer a un grupo de sus ekobios para llevar a cabo la acción armada del 27 de noviembre. Otra versión asegura que Alonsito era miembro de Akanarán Efó Muñón, y por ello mismo Ekobio Mukarará Nankaro, mientras que su joven “hermano” lo era del ya dos veces citado Bacocó Efó, y que por lo tanto eran ekobios. [14]

Fuentes documentales que concuerden con estas versiones no las ha encontrado el autor. Vale aquí decir que toda la documentación sobre ñáñigos hasta ahora encontrada en los fondos del Archivo Nacional se halla dispersa en actas, interrogatorios, informes y expedientes policiales. Los únicos documentos de puño y letra de abakuás aparecidos hasta hoy, que yo sepa, son los del archivo de la potencia de ñáñigos blancos y mulatos Ecoria Efó Taibá, que les fuera ocupado por la policía en un registro hacia 1882. [15] En ellos no se dice nada del asunto que nos ocupa.
En 1971, sin embargo, a cien años del fusilamiento de los estudiantes, el periodista Manuel Cuellar Vizcaíno, en su artículo “Un Movimiento solidario con los ocho estudiantes de medicina”, publicado en La gaceta de Cuba, dio a la luz dos documentos “interesantes en grado sumo”, como el mismo Cuellar los calificaría, que cito textualmente:
Copia número 1:

El ataque a los voluntarios y soldadesca española, en vista de que se  proponían asesinar por fusilamiento a los niños estudiantes patriotas, y todo daba a entender que iban a realizar su crimen, fue tomado un acuerdo por potencias abakuá. Tuvieron su primera reunión en el hospital de San Lázaro y la segunda en la fábrica de tabacos “Romeo y Julieta". Antonio Ramos Infante, Iyamba de Ocobio Mucarará; Carlos Valdés, hijo del marqués de Indarte, Isoé (sic) de Ocobio Mucarará; Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit (Andrés Petit), Isué de Bacocó; José Portuondo, miembro de Ebión Efort y José González Ojitos, patriota blanco del barrio de San Lázaro que siempre andaba con los abakuá.
Copia número 2
Murieron atacando a los voluntarios Adolfo García y Cirilo Villaverde o Cirilo Mirabal. En distintas partes de La Habana hubo muertos y heridos el día 27 y el anterior. El día 25 Pepe Rusia mató a un celador en La Chorrera .Los voluntarios mataron a Pepe en la calle Vapor. Pepe Rusia pertenecía a la potencia Eroco Efort. Pero antes del caso del cementerio de Espada, el día 22, Francisco Pedroso (Pancho Engafia) mató  a un celador en la calzada de Paula y murió tratando de saltar la muralla de Egido. [16]

Los documentos que nos aporta Cuellar, que estaban en (cito) “los archivos abakuá de J. M. y T. T. L.; de B. N. C., de T. R. y de P. M. D., [17] se corresponden con la tradición oral en tanto se refieren a la reunión entre los Akanarán y los Bacocó. Hay sin embargo un detalle que resulta probablemente apócrifo, y es el que señala a José Portuondo como miembro de la potencia Ebión Efort, ya que esta “tierra” abakuá, según los documentos del archivo de Ecoria Efó Taibá ocupados por la policía, se fundó en la calle San Juan esquina a Barreto, en la villa de Guanabacoa, el  domingo 18 de junio de 1882, once años después de los sucesos del cementerio de Espada.

Otro hecho que nos mueve a considerar la condición de abakuá de los negros que atacaron a balazos a los voluntarios aquel 27 de noviembre, lo reseña el corresponsal del periódico mexicano El Federalito  en despacho a su editor fechado en La Habana el 3 de diciembre de 1871, en el que afirma que
Después del fusilamiento de los estudiantes de medicina, los cubanos no se atreven a salir a la calle, y hasta los negros, que de un tiempo a esta parte son muy mal mirados por los voluntarios, dejaron de ir al muelle en los días siguientes a los sucesos dichos. [18]

Bien estaría referirnos ahora a las conocidas presencia e influencia de las sociedades abakuá en el puerto de La Habana, pero ese sería tema para otra croniquilla. Permítame el lector, no obstante, antes de poner el punto final a ésta, expresar mi confianza en que su publicación pueda contribuir a que un día, cuando el estudiantado habanero conmemore, como todos los años lo hace, el aniversario del fusilamiento de los estudiantes de medicina, no falte en el mausoleo de la explanada de La Punta, no ya el monumento que, en justicia, reclamara en su tiempo el Dr. O’Farrill, pero, al menos una flor, una sencilla flor en homenaje a la memoria de aquellos cinco hombres negros sin rostros ni nombres conocidos que supieron morir por la honra y la justicia, y demostraron con su sangre que había suficiente fuerza ya en el pueblo y no se podía matar impunemente.

NOTAS

[1] “España” –escribió José Martí 22 años más tarde- “en aquella vergüenza no tuvo más que un hombre de honor: el generoso Capdevila, que donde haya españoles verdaderos tendrá asiento mayor, y donde haya cubanos”. (“El 27 de noviembre”, Patria, Nueva York, 27 de noviembre de 1893.
[2] Citado por Raúl Roa en “Aventuras, venturas y desventuras de un mambí”, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p. 185-186.
[3] Ernesto Che Guevara, discurso pronunciado en la Universidad de La Habana el 27 de noviembre de 1961, en Obras, Ed. Casa de las Américas, La Habana, 1970, p 602-603. Un año antes de aquel discurso del Che, por otra parte, la edición del periódico Revolución correspondiente al sábado 28 de noviembre de 1960, bajo el titular “El 27 de noviembre y los ñáñigos”, anunciaba que en el programa “Pueblo y Cultura del canal 4 “Televisión Revolución”, se exhibiría una “Dramatización del fusilamiento de los estudiantes con una novedosa documentación sobre la intervención de los potencias ñáñigas en el frustrado rescate de los mártires”. El libreto de aquel dramatizado lo había escrito el musicólogo Hilario González, la producción corría por cuenta del escritor Humberto Arenal, la dirección estuvo a cargo de Manolo Rifat. La documentación fue aportada por el periodista Manuel Cuellar Vizcaíno, el musicólogo Odilio Urfé y Santos Ramírez, Isunekue de la potencia abakuá Usagaré Sangrimoto.
[4] “…los de abajo, carniprieto o carniblanco, cada uno en su puesto, se entendían; y allá arriba, en la casa de vivienda, en los caserones, ¿qué pasaba? Que no había blanquito de buenos pañales que no tuviera un biberón negro y un hermano de leche negro. Se criaban como hermanos”. (Un informante de Lydia Cabrera en Reglas de Congo, Palo Monte y Mayombe, Miami, 1986, p. 22). “La penetración ideológica negra” se efectuó, ciertamente en más de una ocasión, por modo que llamaríamos “maternal”, ya que la dulce negra esclava sustituía con mucha frecuencia el papel de la madre a quien, unas veces las exigencias sociales de su belleza, y otras, serios quebrantos de salud, separaban del recién nacido: este se formaba, crecía, se educaba entre negros”.(Nicolás Guillén: “Racismo y cubanidad”, en Prosa de Prisa, Ed. Letras cubanas, La Habana, 1975, t l, p. 66).
[5] Alonso Álvarez de la Campa tenía 16 años, fue el primero en morir. Había tomado una flor el 22 de noviembre en el cementerio de Espada. “Alonso era hijo de uno de los más ricos jefes de voluntarios, habría de morir por ellos mismos. Y más aún: su padre había costeado las armas de la compañía que lo fusiló; el hijo murió con las armas pagadas por su padre” (Fermín Valdés Domínguez: Los Voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina, Imprenta de Segundo Martínez, Madrid, 1873, p. 65.
[6] Antonio Pirala: Los Sucesos de 1871, Vol. II, p. 303-308.
[7] Augusto Warela: “Páginas olvidadas de nuestra historia: cinco héroes negros”, en Orientación Social, Santiago de Cuba, 1956.
[8] Ibidem.
[9] “…alrededor de la cárcel había unos cuatro o cinco mil hombres mientras se celebraba el Consejo de Guerra que duró hasta las dos de la tarde del lunes y hasta esa hora, o mejor, hasta después de la ejecución de los reos, que tuvo lugar a las cuatro y media de la tarde, puede decirse que envolvía el edificio una red de bayonetas”. (De un artículo publicado el 30 de noviembre de 1871 en La Quincena, revista general de noticias políticas y comerciales de la isla de Cuba para ultramar.
[10] Luis Felipe Leroy y Gálvez: El Fusilamiento de los estudiantes del 71, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1973.
[11] Pedro Pablo Rodríguez: “Maceo, Héroe de mil hazañas”, en La Gaceta de Cuba, nº 6, noviembre, 1996, p. 34.
[12] Sobre la estancia clandestina del general Antonio Maceo a La Habana en 1893, ver: José Luciano Franco: Antonio Maceo, apuntes para una historia de su vida, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. II p. 32 y Raúl Aparicio, Hombradía de Antonio Maceo, Ed. Unión, La Habana, 1974, p. 353-355.
[13] Durante la primera visita del general Antonio Maceo a La Habana, en 1890, la policía colonial lo vigilaba estrechamente y llegó a hablarse de un plan para atentar contra su vida. “Para contrarrestar el supuesto peligro de una agresión alrededor de Maceo, dos grupos juveniles, sin que aparentemente él lo notara, lo seguían a todas partes. (…) Además, los miembros de las sociedades afrocubanas abakuá, dentro del secreto de sus actividades, habían movilizado sus mejores hombres en toda la ciudad para acudir en caso necesario a defenderlo. (José Luciano Franco: “Antonio Maceo en La Habana en 1890”, en Trabajadores, La Habana, jueves 7 de febrero de 1980, p. 2.
[14] Bacocó Efó fue la potencia abacuá que, por gestión de su Isué, el pardo Andrés Petit, “apadrinó” el nacimiento de Akanarán Efó Muñón, el primer juego de ñáñigos blancos fundado en La Habana en 1863.
[15] "Causa seguida contra Santiago Llanelis y otros por asociación ilícita", Archivo Nacional, Fondo Asuntos Políticos, Legajo 80, nº 10.
[16] Manuel Cuellar Vizcaíno: “Un moviendo solidario con los 8 estudiantes del 71”, en La Gaceta de Cuba, nº 89, enero de 1971.
[17] El autor preguntó a Cuellar Vizcaíno por qué no revelaba los nombres y las instituciones abakuá a las que pertenecían. Su respuesta fue que sólo había logrado que le permitieran copiar los documentos bajo palabra de honor de que nunca los revelaría.
[18] En Crimen de lesa humanidad, Veracruz, tipografía de R. Lainy y Cía., 1871.

 
 

Tomado de:

http://www.uneac.org.cu/index.php?module=opinion&act=opinion&id=77

 

 

LA SOLEDAD DEL FARAÓN

LA SOLEDAD DEL FARAÓN

La foto es una vista de la casa -sita en 19, esquina E, en El Vedado, La Habana- donde Dulce María Loynaz vivió desde 1947 hasta  su muerte en 1997. Tras su remozamiento, se convirtió en un centro cultural dedicado a la poetisa.  

 Luis Sexto

CARTA DE AMOR A TUTANKAMEN, POEMA en prosa, más bien página de un diario juvenil,  cuya contención lírica podría significar la definición de Dulce María Loynaz: verbalmente estoica, afiliada a una medida que le represa  desbordamiento y le facilita  el discurrir por las profundidades. Esta carta de amor a un  faraón fenecido casi en la adolescencia, brota  durante  un viaje  de la poetisa por Egipto y otros lugares de esas tierras,  cultura tan antigua, que parecen sobrevivir en el misterio.

Dulce María se había formado formó en un hogar sensible y culto. Sus hermanos Flor, Enrique y Carlos Manuel también tenían en la mirada la claridad neblinosa de la poesía, incluso su  padre, el General Enrique Loynaz del Castillo. Difícilmente, por tanto,  la poetisa, a pesar de sus 26 años y un doctorado en la Universidad de La Habana, podía evitar conmoverse ante el sarcófago múltiple del joven faraón. Y luego de regresar al hotel, escribió este poema lírico en prosa, que aún reclama la vigencia gracias a la finura de su composición y lo maduro del impulso. El  español Antonio Oliver Belmás, poeta y experto crítico de la obra de Rubén Darío, subrayó en el prólogo del cuadernito, publicado en 1953, que con esta Carta Dulce María hubiera merecido que el joven Tutankamen resucitara.

Qué pasaba por el corazón de la poetisa. ¿Podremos intuir qué grado de intensidad experimentaban sus temblores, sus vacíos para atreverse a rodar las piedras,  aventar las arenas de los siglos y dirigirse a un monarca egipcio fallecido a deshora? Dulce María, ya tan sagaz y tan sincera como en su madurez, se percató entonces  que escribía cosas como de loca. Se dirige al joven rey: “Déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.” Antes le ha dicho: “Por esos ojos tuyos que yo no podría entreabrir con mis besos, daría a quien los quisiera, estos ojos míos ávidos de paisajes, ladrones de tu cielo, amos del sol del mundo.”  Y más adelante: “Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche… Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus 19 años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor”.

Aunque Carta de Amor a Tutankamen se publicó 24 años después de haber sido compuesta, uno reconoce que en lo circunstancial de este texto,  además de los valores formales como la sobriedad y un discurrir sin apenas hacerse notar, ya estaban los valores internos de los poemas con que Dulce María alcanzará  su crédito como una voz recia y delicada a la vez. En este poema se aprecia la soledad, la frustración,  la ternura desasida y la contenida pasión de un Eros que se transforma en maternidad: Así –le dice al faraón dormido- te hubiera recostado yo sobre mi pecho, como un niño enfermo.

Dulce María Loynaz escribió varios libros de poemas. Entre otros -y cito los primeros-  Versos, Juegos de agua y Poemas sin nombre.  Este último en prosa. Y es en la prosa poemática, cuando el verso se desprende del maquillaje métrico y de la música exterior de la rima, donde la poetisa logra, a mi modo de ver, su mayor hondura. No me refiero, sea advertido, a su prosa novelística, en la cual ejerce también la poetisa;  sino la prosa en que cuajan las ideas poéticas con calidad y libertad irrepetibles. A mi parecer, pues, su libro superior es Poemas sin nombre. Un libro amor. Un libro filosofía. Un libro desolación. Un libro sueño. Quizá me sea permitido repetir un título de César Vallejo: Poemas humanos, generalmente breves, en que conviven lo erótico, lo bíblico, lo religioso, lo cotidiano, lo lírico.

Esta es una muestra: “Estoy doblada sobre tu recuerdo como la mujer que vi esta tarde lavando en el río. Horas y horas de rodillas, doblada por la cintura  sobre este río negro de tu ausencia.” En otra página escribe: “Hasta en tu modo de olvidar hay algo bello. Creía yo que todo olvido era sombra; pero tu olvido es luz, se siente como una viva luz… ¡Tu olvido es la alborada borrando las estrellas!”

En Poemas sin nombre se esconde el evidente secreto de la estética que ha dado perennidad a la poesía de Dulce María Loynaz. El poema 105 lo revela: “Esta palabra mía sufre de la escriban, de que le ciñan cuerpo y servidumbre. He de luchar con ella siempre, como Jacob con su arcángel; y algunas veces la doblego, pero otras muchas es ella quien me derriba de un alazo”. En doblegar la palabra martirizándola con la afilada conciencia del estilo o negociando con sus probables desvíos y anuencias, en eso, en doblegar la palabra, consiste la faena del poeta en la arena solitaria de la experiencia poética. Y Dulce María logró que su poesía venciera el desafío de todo canto: permanecer. Y Aunque por mucho tiempo la autora se mantuvo exclusivamente en los límites de su casona familiar, su poesía seguía  vigente, viviendo existencia propia y acusando con su ternura o su desgarramiento la personalidad que la creó.

Entre La carta de amor a Tutankamen y Poemas sin nombre, se mece  un sutil hilo de comunicación que sostiene la coherencia de esta mujer signada por la plenitud del vacío[1].

 

 



[1]En 1987, su patria dulce, de la que nadie pudo llevársela, le otorgó a Dulce María Loynaz (1902-1997)  el Premio Nacional de Literatura. Y España, la patria que le dio la lengua de su palabra doblegada, le entregó  el Premio Cervantes de 1992, símbolos máximos del recuerdo y la presencia.

   

LO CONVENIENTE Y LO INCONVENIENTE

LO CONVENIENTE Y LO INCONVENIENTE

Luis Sexto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A veces queremos hallar un “culpable” de lo que anda mal. Suelen existir errores, y los errores tienen un sujeto. A veces es colectivo, estructural. Habrá que distinguir la responsabilidad individual de la general. Por ejemplo, si alguien, en contra del sentido común, del parecer de los ciudadanos, incluso a contrapelo de sentencias firmes de tribunales, decide una acción, que se ejecuta y permanece, podríamos preguntar: ¿Es solo una persona la culpable?

A mi juicio, no. Comparten la responsabilidad quienes lo permiten o lo favorecen con su apoyo o sus exigencias de que las cosas hay que hacerse a cualquier precio. La comparten también estructuras organizativas verticales que facilitan “actuar cómo te parezca” sin respetar reglas, leyes, opinión pública. Por lo tanto, cuando se reflexiona sobre un problema o una actitud individual como la que he descrito –y conozco-, hay que emplear conceptos generales, hay que “filosofar” sobre lo que es bueno y malo, conveniente e inconveniente, justo e injusto. O lo posible y lo imposible.

Quiero decir, en fin, que nuestro país está moviéndose. Y mejorar es, más que un deseo, una necesidad que ha de superarse con readecuaciones económicas y sociales.  Comprobamos que hay conciencia de que el socialismo no puede descansar en un camastro de deudas pendientes, de proyectos realizados a medias o mal realizados, o deteriorados por las circunstancias.

Y cómo hacer para revertir carencias y falencias. A mi modestia de “opinador” le parece que hemos de acudir a las categorías de lo posible y lo imposible. De ello se puede derivar una conclusión: nuestra organización económica y social tiene que sistematizar el concepto de la “mejoría continúa”. Como bien indica la filosofía de la calidad, el enfoque que mejora no ha de aplicarse luego de cometerse el error, sino antes, para preverlo de modo que el voluntarismo y la improvisación sean proscritos de una vez y para todos los tiempos. Por otra parte, el control, el casi todopoderoso control que algunos encarecen,  no es capaz de superar por sí mismo las deficiencias; sólo está apto para mantener lo existente. ¿La práctica acaso ha confirmado que al controlar con rigor la entrada y la salida del trabajo –que hay que controlarla, desde luego- habrá un aumento automático de la productividad? Del mismo modo, la consigna -otro método ya saturado- no promueve, como con pases de magia, las condiciones básicas para que el trabajador tenga plena autoconciencia de su labor… 

La vida demanda respuestas correctivas o creativas todos los días. Verdad de Perogrullo que a veces queda tirada en la cuneta, como si a nosotros no nos tocara percatarnos de cuánto no hacemos correctamente. Para responder tendremos que " filosofar", enjuiciar la práctica como el médico al paciente, porque entre nosotros han campeado ideas carentes de reflexión crítica y de confirmación práctica.

(Publicado en Juventud Rebelde)