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PATRIA Y HUMANIDAD

UN JARDÍN SIN SOLEDAD

UN JARDÍN SIN SOLEDAD

Por Luis Sexto

El nombre de aquélla planicie cortada irregularmente por alguna ondulación no permitía prever que, treinta años después, donde parecía reinar, al menos en la toponimia, la soledad y la muerte, empezó a  florecer un jardín que el tiempo ha robustecido, porque aún perdura a unos 20 kilómetros al sudeste de la ciudad de Cienfuegos, en el centro sur de Cuba.  

Esta historia comienza en 1884. 

Edwin F. Atkins había  elegido  a  aquella comarca con el propósito de levantar un ingenio azucarero.  Si  el nombre del sitio  hubiese despertado en el millonario algún temor supersticioso, habría cambiado de intenciones. Sonaba terriblemente. Soledad del Muerto llamaban a la zona con tierras aptas para la caña de azúcar.  Pero Atkins,  uno de los primeros y más poderosos inversionistas norteamericanos en la isla, pasó por encima de cualquier mala impresión  y edificó el central Soledad. 

El ingenio de Atkins fue condenado varias veces a perecer entre el fuego durante la guerra de independencia de Cuba, en 1895. El millonario se distinguía por incumplir las reglas de la campaña. Y si los libertadores exigían que no hubiese zafra, Atkins cortaba y molía la caña.  Sin embargo, al parecer, ninguno de los generales que operaban por la zona concretó la orden del general en jefe del Ejército de la República cubana en armas. Quizás no pudieron. O el tiempo no les alcanzó.

En  1901 parte de  sus áreas se convirtieron en la Estación Botánica de la Universidad de Harvard, dedicada a experimentar con especies de valor económico y de interés nacional para Cuba. Como la caña de azúcar y el café. Durante muchos años, cerca del central que los insurrectos quisieron quemar, la estación Botánica fue convirtiéndose en un jardín especializado en plantas tropicales, hasta el grado de contener un muestrario casi insólito de  esas especies. 

El bosque creció frondosamente sobre el muerto y la soledad del primitivo nombre, nutriéndose sobre todo de la vocación de servicio de los investigadores y estudiantes que utilizaron sus instalaciones. 

Dedicado ya a investigaciones no económicas de la flora, la Estación Botánica sufrió en 1946 ciertas insuficiencias financieras que los herederos de Artkins lograron subsanar.  Después de 1959, el Gobierno Revolucionario la transfirió a la Universidad Central de Las Villas y poco después a la Academia de Ciencias. En la actualidad, más de  2 000 especies se aglomeran en lo que hoy se nombra Jardín Botánico de Cienfuegos. Predominan los árboles, distinguidos por el exotismo. Sobresale en particular  la colección de palmas, considerada entre las diez primeras del planeta.Especialistas cubanos continúan realizando allí la tarea que las manos de Harvard plantaron. La investigación se dirige ahora a develar los secretos del bambú o de las algas cubanas de agua dulce. O a conseguir mediante la biotecnología racionalmente usada, la reproducción de ejemplares que atraviesan el campo minado de la extinción. O descifrar las propiedades medicinales de la flora.

Del bosque dimana una energía cuyo efecto más señalado en el ser humano es la paz interior.  Uno camina bajo la sombra de tantas frondas que sobrevivieron a los tiempos, y nota que la soledad y el muerto con que comienza esta historia, se transformaron en una obra henchida de vida. 

EL CEMENTERIO DE LOS AMERICANOS

EL CEMENTERIO DE LOS AMERICANOS

Por Luis Sexto 

 Hace tres años visité el cementerio de los americanos en la Isla de la Juventud, municipio especial a unos 100 kilómetros al sur de Cuba, en la región occidental.. Y todavía no he podido despegarme de aquella sensación, mezcla de poética fatalidad y de insumisa rebelión contra el destino. Esa tarde no utilicé la libreta de apuntes. ¿Qué hubiera escrito que retuviera con signos vivos, hirientes, mis sentimientos? Y preferí que el rumor de las casuarinas, con sus hojas tan  finas como pelos, grabara en mi recuerdo el melancólico fracaso del silencio y la piedra cuando intentan mantener la vida más allá  del tiempo. 

Los camposantos suelen ser el sitio donde la caducidad de los seres y las cosas se erige en un paisaje inapelablemente definitivo y desolador, a pesar del exceso monumentario que distingue el tributo a los muertos en la cultura latina. Pero los cementerios de origen anglosajón –a veces protestantes por confesión religiosa- son aun más desoladores en su sobriedad: apenas permiten que los difuntos sobresalgan bajo un nombre y una fecha sobre una lápida desnuda.  

Uno, sin embargo, se sorprende al entrar en el de los americanos en la Isla de la Juventud. Espera ruinas y desidia, y halla el ámbito donde no parece que ya nadie va a guardar sus huesos. Los pineros lo conservan limpio, podado, como en plena faena digestiva. Le han puesto linderos a la manigua que acecha, para preservar la precaria memoria de unos 280 colonos allí sepultados. Y se empeñan también en proteger las reliquias de la historia en la isla que Colón llamó La Evangelista y  después nombraron del Tesoro, de los Baños, de Pinos y actualmente de la Juventud. Es lo único, además de un bungalow, sito también en Nueva Gerona, que resta de la presencia norteamericana en Isla de Pinos.  

El primer colono enterrado se llamó  Freeman Cooper, alemán que vino desde los Estados Unidos. Había nacido el 30 de enero de 1866 y después de varios años de trabajo falleció el 30 de noviembre de 1907. Su hijo Frank, norteamericano de nacimiento, administró la necrópolis hasta 1976, cuando regresó a su país. Yacen también allí mister Pierce, presidente de Isle of Pines Company, y mister Mills, dueño de  otra empresa principal.  

A partir de la ocupación militar de Cuba, tras la guerra hispano cubano americana, los colonos empezaron a desembarcar masivamente en Isla de Pinos, en una inmigración que, al igual que en Camagüey y otras provincias, se plantaba  con el propósito de ir esparciendo la anexión. Isla de Pinos, sin embargo, ya parecía anexada. La Enmienda Platt aplazó la definición sobre la soberanía de la segunda isla del archipiélago cubano -prácticamente se la habían apropiado-. Y solo en 1926, por medio del tratado Hay-Quesada, este territorio pasó a la total jurisdicción de Cuba.  

En 1901, Isle of Pines Company compró 21 120 hectáreas  por 120 000 dólares, y más tarde las vendió en lotes diez veces por encima de su precio original. El fraude, más que la fecundidad de la tierra, convirtió a Isla de Pinos en una verdadera Isla del Tesoro para las compañías especuladoras. Sobre ese esquema publicitario –el tesoro oculto y la isla por descubrir-, los promotores de la colonización norteamericana entusiasmaron  a centenares de pioneros que llegaron a poseer más de 2 000 propiedades, incluyendo los principales negocios, y fundaron pueblos norteamericanizados como Columbia,  Mc Kinley, San Pedro, Santa Bárbara, Los almácigos y San Francisco de las Piedras. Hacia 1913 residían allí más de 1 600 estadounidenses. Casi tantos como los pineros. 

Estos datos, que quiebran con la rigidez de los hechos la emotividad romántica de mi crónica, me los cedió después el historiador Juan Colina. Porque esa tarde en aquel ámbito donde el tiempo no existe, nada anoté. Bécquer esparcía las hojas de otoño de sus rimas, Thomas Gray hacía sonar las esquilas de sus elegías... La experiencia hoy puede parecer patética. Ridícula incluso. Pero cualquier opinión no cambia la certeza de que la soledad y el olvido tienen nombres. Nombres inertes cuyo destino fue quedarse solos, sepultados en la vacuidad del dinero y el poder.   

 

HIROSHIMA: LA CIUDAD DE PAJA

HIROSHIMA: LA CIUDAD DE PAJA


Por Luis Sexto
 

La mañana del seis de agosto de 1945, Hiroshima se adentraba en su plácida y habitual rutina bélica. Hasta ese día, la aviación norteamericana nunca había echado sobre la ciudad otra cosa que no fuera el ruido de sus naves. En los primeros meses de ese año, flotillas de hasta 200 aparatos se desplazaban cerca, mientras los habitantes de aquel puerto del Pacífico observaban cómo la mancha plateada se escurría en lontananza hacia focos urbanos como Kure, Kobe, Osaka, Tokio, donde las fábricas humeaban en la producción de armamentos.
 

En Hiroshima apenas había industrias. Era una ciudad de paja. Varios edificios sólidos y altos en el centro, como el Palacio de la Exposición Industrial. A partir de ese sitio, en horizontal dinamismo, se extendían las edificaciones típicamente japonesas de una y dos plantas, construidas de madera, caña, cartón, papel y paja de arroz. La atmósfera de guerra consistía en la llegada de tropas del frente o su salida hacia los escenarios de las operaciones, y el alarido de las sirenas que solían aullar inútilmente, en particular a las 5 y 20 de cada mañana, cuando un B 29 interrumpía el sueño de la ciudad en un vuelo que más bien parecía pasar con la costumbre de una ruta comercial. Era "El correo americano". Así lo apellidó el pueblo, habituado a oírlo tronar sin que el aire se alterara.

Al amanecer de aquel 6 de agosto también había volado el "Correo". El sonido de otra Superfortaleza volante a las 7 y 55 tampoco avivó la suspicacia. Las decenas de maestros doctorados en las ceremonias del té, cuyos cursos podrían largarse hasta tres años, y los expertos en la escritura con pincel y tinta china comenzaban sus clases. Los obreros emprendían en bicicleta el viaje hacia el trabajo. En Nagatsuka, a seis kilómetros del núcleo central de la ciudad, el rector del noviciado jesuita, Pedro Arrupe, conversaba en su despacho…

 

Arriba, en cambio, las tripulaciones de cuatro aparatos quebraron la usual bitácora de vuelo. Ya no se limitaron a mirar hacia abajo a aquella ciudad plana como una alfombra, desde donde no se empinaba ninguna hostilidad. Ese era el Día D. Sobre Hiroshima -nunca antes estimada en la estrategia destructiva del mando en los Estados Unidos- caerá en menos de un cuarto de hora una insólita, nueva arma. Los norteamericanos la llamaban "bomba atómica", refiriéndose a un concepto físico y militar todavía pronunciado lentamente, como si masticaran una carne o una pasta desconocida. Los sobrevivientes del bombardeo la nombrarán pronto, en japonés, Pikadón: pika, relámpago; don, estruendo.
 

on las investigaciones de un equipo de científicos, dirigidos por el físico Robert Oppenheimer, los norteamericanos se habían adelantado a la Alemania de Hitler en el uso militar del átomo, y adquirían sobre todo esa arma irresistible y secreta que, según el profesor de la Sorbona André Kaspi, había compuesto los sueños de Franklin Delano Roosevelt. Tanto se afanaba el presidente demócrata por fabricar "un arma secreta" que subvencionó, incluso, investigaciones de sustancias tóxicas capaces de generar enfermedades como el ántrax o el botulismo. Roosevelt, de acuerdo con Henry Stinson, secretario de Estado de Guerra, "hablaba conmigo (...) de su absoluta conciencia de la potencia catastrófica de nuestro trabajo. Pero había que llevarlo hasta el final. Nunca calló su satisfacción por esta arma secreta, construida bajo el rubro de Operación Manhattan, ni amenguó su deseo de que los Estados Unidos conservaran el monopolio atómico".
 

OS DESDE EL CIELO
 

 flotilla había despegado de Timán, Islas Marianas. Los tripulantes aprendieron los ejercicios de esa misión sellada con el top secret del gobierno, en la base aérea de San Antonio de los Baños, en Cuba, isla del Caribe que entonces era un campo de experimentación norteamericano. Un avión de observación meteorológica encabezaba la formación y dos naves de reconocimiento la flanqueaban. En el medio, un B-29, llamado Enola Gay. A las seis horas avistaron tierra japonesa. A las 8 y 15, hora de Hiroshima, las compuertas del bombardero se abrieron, y una bomba de cuatro y media toneladas, con el ingenuo sobrenombre de Litle boy, se abatió sobre la ciudad confiada en aquella rara suerte de quedar siempre detrás de la aviación norteamericana.
 

Tres días más tarde, el 9 de agosto, el coronel Paul W. Tilbets, piloto del Enola Gay, relataba a los lectores del diario francés Le Monde el episodio más original de su carrera de aviador. Compongamos una escueta entrevista para ordenar sus declaraciones:

-¿Visibilidad?
-Excelente.
-¿Resistencia por parte del enemigo?

-Ninguna.
-¿Dificultad para maniobrar? Ninguna. "...Arrojamos la bomba sin usar los instrumentos de abordo."
-¿Sabía la tripulación qué tipo de arma portaba el la nave?
 -Claro. "...Cuando la lanzamos sabíamos que habíamos desencadenado un infierno, y por ello mientras la bomba caía alejé el avión todo lo posible del centro de la explosión. Es difícil imaginar lo que vimos después: aquel cegador fulgor, aquella aterradora masa de humo negro que subía hacia nosotros a una velocidad extraordinaria, después de haber cubierto toda la ciudad, cuyas calles y grandes inmuebles podíamos aún distinguir unos instantes antes."
 

AL OTRO LADO DEL FUEGO 
 

 las 7 y 55 de la mañana las alarmas repitieron las advertencias rituales de que aviones enemigos se acercaban. Cuantos miraron al cielo vieron muy alto un B-29. Luego, a las 8 y l0 la alarma recomendó la distensión de los pocos que se habían inquietado. Transcurrieron apenas cinco minutos cuando un fogonazo, como si se hubiese oprimido el obturador de una cámara con flash de magnesio, pintó de luz el espacio.
 

El padre Arrupe se levantó de su silla rectoral en el noviciado de Nagatsuka. Se acercó a la ventana. Y entonces "un mugido sordo y continuado, más como una catarata que a lo lejos rompe, que como una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta nosotros con una fuerza aterradora".

La casa tembló como manos con el mal de Parkison. Los cristales, al fragmentarse, semejaron el toque de campanas tocando sólo una vez a muerto. Los tabiques de barro y caña se pulverizaron. Y las personas cayeron al suelo.

 

Minutos después, calma. El Padre Arrupe se incorporó y tras averiguar si alguno de los novicios y el resto de la comunidad estaba indemne, comenzó a buscar en el jardín, junto con otros hermanos, el cráter de aquella bomba. Pero no lo encontraron. Fueron entonces a la cima de la colina para alcanzar mayor espacio visual. Y ante aquella visión increíble y cierta a la par, los padres recurrieron a la historia para explicarla: ¡Pompeya arde nuevamente! Ante ellos se explayaba, humeante, por el suelo calcinado lo que hasta hacía unos minutos era la ciudad de Hiroshima. En pie, sólo el nueve por ciento de los edificios, en jirones, de aquella ciudad con más de 400 000 habitantes. A lo lejos se vislumbraba la cúpula de la exposición industrial, que hoy, conservada, se le conoce como la Cúpula Atómica. Lo demás ardía. Más de 200 000 víctimas en una ciudad de paja.

El Padre Arrupe tardó cinco horas en penetrar en la ciudad convertida en una cicatriz por el fuego blanco de la bomba atómica. Su antigua profesión de médico le sirvió para aplicar las primeras curas, con agua boricada, a muchos de los supervivientes. Los detalles dantescos la primera explosión nuclear genocida, los contó en un capítulo de sus memorias como misionero en Japón. Tuvo el privilegio, o la faena sagrada, de sobrevivir para atestiguar sobre aquel Apocalipsis. Figurémonos que entrevistamos a este cura español que fue, a principios de los años 60, Padre General de la Compañía de Jesús. Preguntémosle:

-¿Fue necesaria la bomba atómica?

-"Militarmente Hiroshima tenía un valor innegable. No era una ciudad que bordase cielos con el humo bélico de factorías guerreras, pero era un puerto militar de embarque y desembarque de tropas. Pero América se preocupaba mucho más de las máquinas que de los soldados japoneses. Y estaba en lo cierto. Japón se rindió con su ejército intacto, porque le falló la industria con que hacerlo eficaz."

-¿De aquella experiencia que no podrá olvidar jamás?

-Los "gritos desgarradores que cruzaban el aire como los ecos de un inmenso aullido. Porque aquellas gargantas, destrozadas por el esfuerzo de muchas horas pidiendo auxilio, emitían unos sonidos roncos que nada tenían de humano. Y clavándose en el alma, mucho más honda que cualquier otra pena, la que se experimentaba al ver a los niños deshechos, agonizantes, abandonados y sintiendo sobre sí todo el peso de su propia impotencia".

-¿Necesitaban, Padre, morir?

-"No habían merecido ser víctimas de la guerra (...) estaban purgando pecados ajenos".
 

 

EL RELOJ DE LA QUINTA AVENIDA

EL RELOJ DE LA QUINTA AVENIDA

Por Luis Sexto

Con campanadas musicales a la hora en punto, el cuarto, la media y los tres cuartos, un reloj en La Habana advierte a los transeúntes desde hace más de  80 años que el tiempo es una presencia previsible y apremiante. Es presumible que pocos se percataran de esa persistencia. El tránsito por la Quinta Avenida, usualmente motorizado y veloz, impide comprobar la vigencia y la exactitud del cronometro que, a más 10 metros de altura, se yergue como una costumbre muy cerca de la calle diez.  

El origen del campanario, con cuatro esferas, confina con el mismo nacimiento del reparto Miramar. Y por esa consustancialidad, la Asamblea Nacional aprobó el 3 de noviembre de 1993 que la torre reloj fuera el símbolo del municipio de Playa. Ya acaso no existan ojos que puedan evocar a aquel potrero de unas 145 herctáreas que se adormecía a la brisa y el olor del mar, en el segmento nordeste del término de Marianao. Lo llamaban La Miranda. Pertenecía a alguien denominado José Morales Martínez, que lo había arrendado a los herederos del Conde Ibáñez por 600 pesos anuales. Los documentos señalan que transcurría 1901.  

Las vacas pastaron aproximadamente hasta l911 en  áreas aledañas a la costa, porque en ese año el nuevo propietario y antiguo mayoral, Manuel José Morales, solicitó una licencia de urbanización al ayuntamiento. Ya desde entonces el nombre de Miramar comenzó a columpiarse entre papeles y propósitos, y entre aplazamientos y promesas. Y sólo en 1916 comenzó a concretarse en el trazado y las facilidades urbanísticas. Tenía un nuevo propietario, adinerado y emprendedor, famoso de prestigios ciertos y falsos que, en suma, definían a don José López Rodríguez  Pote en la nomenclatura cotidiana—  como uno de los personajes más polémicos de su momento. Periódicos y rumores decían que entraba en el Palacio Presidencial “en mangas de camisa”, cuando el manual de la moda exigía vestir el fogón de un traje con cuello rígido,  y que se había encartuchado de plata manipulando dineros de personas ligadas a los negocios azucareros.

Pote, en sociedad con Ramón González Mendoza, atizó la expansión de Miramar, reparto que los habaneros coincidieron en rebautizar al principio como Nuevo Vedado. En 1918 —clímax de la “danza de los millones”, auge del azúcar de caña por la desgracia remolachera en Europa durante la primera guerra mundial—, las residencias palaciegas empezaron a dibujar en ladrillo su exclusividad. El 27 de febrero de l92l, el Puente Miramar, también llamado de Pote, eslabonó la calle Calzada del Vedado con lo que una década después será la fastuosa Quinta Avenida. Metálico, con ínfulas de buen gusto, el paso basculante sustituyó a un pontón de sogas que, por el norte, permitía cruzar el Almendares cerca de su desembocadura.

 Curiosamente, un mes más tarde, el 29 de marzo de 1921, Pote se suicidó. La crisis económica del 21 lo tiró en el sótano de la bancarrota, aunque medios de prensa revelaron que la caja fuerte de su librería La Moderna Poesía, preservaba 10 millones de pesos que significaban mucho más de lo que valdría hoy. La tragedia inspiró suspicacia. Tal vez haya existido un detalle sospechoso en el deceso del millonario. Evidente es, sin embargo, que los ricos lo soportan todo, menos dejar de serlo o serlo menos.

 El Puente Miramar desapareció del  inventario de La Habana. Un túnel le arrebató vigencia a partir de 1953. Como otra vía soterrada, por la calle Línea, reemplazó al puente de los tranvías, que fue trasladado hacia la calle 11 y que hoy se conoce  como Puente de hierro. Pero el nombre de Pote no se borró con la demolición de las vigas del viaducto que él, junto con otros, financió. Quedó en la torre reloj. Habaneros de prosapia primordialmente capitalina lo reconocen como “el reloj de Pote”. Sus cuatro campanas exhiben grabado el nombre de José López Rodríguez.  Fue otra de las obras con las que el empresario intentaba convertir al antiguo potrero en un esplendoroso oasis para los potentados.

Historiadores de la localidad, como la investigadora Mercedes Méndez, del museo histórico de Playa -muchos de cuyos hallazgos empleo-,  han averiguado que en l927 la torre ya se asomaba a la entonces en construcción Quinta Avenida. Integraba un conjunto plástico con la Fuente de las Américas. Y el mismo arquitecto que  diseñó el surtidor en l924, proyectó el campanario: George H. Duncan, neoyorquino célebre por ser el autor, entre otras obras, del  monumento a Grant. Tal vez, por ello, mientras se precisa la fecha exacta, la edificación de la  torre reloj puede remitirse a un lapso entre 192l y 1924.

El reloj posee el crédito de ser único. Su relojero, Roberto Sánchez Cañamero, cree que posiblemente no hay otro en La Habana. Sus cuatro caras afrontan los  rumbos principales de la brújula. Su maquinaria, ubicada en un piso inferior, mueve las manecillas mediante transmisión. De tres pesas, con más de un metro de largo y unos 50 centímetros de ancho, admite cuerda para unas 40 horas. El desgaste y la carencia de mantenimiento lo paralizaron un día o una noche de 1994. La torre, levantada con piedra de Jaimanitas y rematada por un techo de cuatro aguas de tejas, renunció desde entonces al toque distintivo de su encanto  y a su faena esencial. Nueve años después recuperó su rígida faena de advertir a los transeúntes que el tiempo se mide y al medirse pasa… 

                     

 

SOBRE LAS OLAS

SOBRE LAS OLAS

Por Luis Sexto 

En un folleto donde redime del olvido al músico mexicano Edmundo Escalante, radicado en Santiago de las Vegas, el historiador Marat Simón Pérez-Rolo lamentó que mi reportaje publicado en Bohemia el 8 de julio de 1994, le haya aventado la leyenda que sobre Juventino Rosas le contó su padre, hombre de versos y libros.

La leyenda –confiesa Marat Simón- es preferible en esta historia a la verdad, por romántica, dulce, sensible. Y si el autor del vals Sobre las olas no murió como decía el rumor, debía haber muerto así: borracho, errabundo y olvidado en un pueblito de maderas salitrosas del sur de La Habana, sobre la partitura recién compuesta de uno los valses más difundidos y tarareados en la historia universal de la música, dedicado a una ingrata, como suelen ser las mujeres que no nos quieren. Otras personas, que no han aceptado matar el mito, continúan difundiendo la leyenda, escribiendo o perifoneando de un músico mendicante, una cirrosis hepática que lo ultimó, y de otras mieles que atraen a las mariposas de la compasión sobre el genial y bohemio compositor, nacido el 25 de enero de 1868 en Santa Cruz de Galeana, Guanajuato, hoy Ciudad Santa Cruz de Juventino Rosas.

Varios de sus biógrafos echaron las piedras de la suposición temeraria para tender un enlace entre el 11 de agosto de 1893, cuando se evaporaron sus huellas en Chicago, Estados Unidos, y el 9 de julio de 1894, postrer día de Rosas en Cuba y en la vida. Ese período careció, al parecer, de la investigación suficiente. Y la fábula pasó, como en una carrera de relevo, de la duda a la impaciencia, trocándose en un sucedáneo de lo verídico o lo probable.

El cubano Hugo Barreiro desalojó en parte, en la década de los 1990, el rebaño de hipótesis que enrarecían los meses finales del autor de Sobre las olas, compuesto en 1890. Su indagación en archivos de varias ciudades de Cuba, integraron su libro Los días cubanos de Juventino Rosas, cuyo destino editorial me resulta hoy un misterio: ignoro si fue publicado en México donde lo habían anunciado. Utilicé páginas del original y las confesiones del propio autor para mi reportaje en Bohemia. Lo primordial estaba claro. Rosas, como figura cenital de la compañía del italiano Biaculli y el cienfueguero González, efectuó una gira por Cuba. Las cuentas favorecieron el capítulo de las ganancias durante el recorrido que empezó en La Habana, y siguió por Matanzas, Cárdenas, Santa Clara, Cienfuegos, Trinidad, Sancti Spíritus, Guantánamo, Santiago de Cuba.

Rosas regresó enfermo de la región oriental en el vapor de cabotaje Josefita. Y la compañía, que debía proseguir viaje hacia los Estados Unidos a cumplir un contrato, dejó al compositor ingresado en la Casa de Salud Nuestra Señora del Rosario, en Batabanó donde el doctor José Manuel Campos diagnóstico mielitis espinal. Allí murió. Aún en el Surgidero se mantienen las dos plantas de la clínica, cuya rengueante, ruinosa, patética presencia hace recordar los días en que el músico se encaró con la radical soledad del fin.

Un episodio de aquella gira ha enriquecido la historia literaria nacional. En Guantánamo, el entonces muy joven poeta Regino E. Boti, era dependiente de una bodega y cantina en el centro de la ciudad, llamada La villa de Madrid. Juventino Rosas oficiaba en tal establecimiento su devoción hacia el alcohol, acompañado por el bohemio local Fernando Miranda. Y cierto día, ambos pidieron al camarero con arrestos de bardo –confeso admirador del músico- versificar una nueva letra para el vals Sobre las olas.

Hace unos meses, el doctor Regino Rodríguez Boti, nieto del poeta, me envió desde Guantánamo fragmentos de su monografía sobre las relaciones del mexicano y el joven Boti. Pude, incluso rectificar –al menos en mi archivo- alguna inexactitud aparecida en mi reportaje de Bohemia. Y pude, sobre todo, conocer parte de la letra de Boti. Fueron pocos los versos que el autor de Arabescos mentales, poemario monumental del modernismo literario en Cuba, memorizó decenas de años después cuando ya los despojos de Juventino Rosas recibían la gloria en el Panteón de los Hombres Ilustres en México: Los reproduzco para terminar en el tono triste, como de endecha, que caracterizó la vida de Rosas, trunca a los 26 años: Olas que al llegar/ plañideras muriendo a mis pies,/ me hablan de un amor/ que ha de serme funesto después./ Si me hais de decir/ lo que el alma no puede escuchar/ dejadme morir/ en las olas inmensas del mar…        

EN EL TORRENTE, HACIA LA LUZ

Por Luis Luque Alvarez 

A propósito del libro Con Luz en la ventana, de Luis Sexto 

«Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir», aseguraba quejumbroso el bardo castellano del siglo XV. El tiempo es de esas corrientes, y su vocación es arrastrarnos. Primero espectadores, vemos pasar a los nuestros. Los viejos, sí, pero también los que apenas se asomaron. Y andamos, andamos sin darnos cuenta de que, poco a poco, también nos mojamos los pies, las rodillas...

Mi amigo Luis Sexto también camina y se adentra, pero no a ciegas. Sabe que es forzoso avanzar, y lo hace, mas no vigilando temeroso el fondo. Mira al frente, hacia la luz. Escribe poemas, y narra lo que ve, lo que siente. El frío que cala, la claridad del agua, y atisba al que le antecedió en el torrente. Lo huele. Lo sabe.De tales certezas hay en su poemario Con luz en la ventana, que apareció este sábado en la tertulia de la Tecla Ocurrente, gracias a la Editorial Pablo de la Torriente. Un texto de versos calmos, breves, en el estilo que fui incorporando a mis propios quehaceres, sin confesárselo jamás.   Cero rimas. El ritmo basta; el suave contoneo de una métrica a veces atrevida, dibujando siluetas, a veces tradicional. No hay estridencias ni mieles, ni fácil lamento.

Una oración —como titula uno de sus textos— es el conjunto. Frugal, fiel, pequeño, como el poeta se ve. Y es.Pero la plegaria no va al vacío. Sexto dialoga con el que recuerda, con la «piedra que no fundó caminos», y comparte experiencia con Naborí y Eloína, «que saben de estas cosas», del «vasto equilibrio de un beso», necesaria inyección de vida que ayuda a aguardar paciente la cita con el que de veras vive.Ahí está, a la mano, la esperanza, triunfando sobre el dolor, que no se esfuma, pero que tampoco domina. Por eso no hay espacio para plañideras. Porque allí donde los huesos anuncian fracaso, él ve vuelo, libertad. ¿Y quién convence al hombre de abandonar la verdad y la certidumbre?

Mi amigo, el poeta, definitivamente se deja llevar por las aguas. Aborda el tren, rumbo al banquete donde —le confiesa a Lennon— estará prohibido vestir de frac; y no le cierra el paso a la nostalgia, pero vive. Abre de par en par las ventanas y da la bienvenida a la luz. Es hacia ella que va.Caprichosamente asida de su mano, va también la poesía. 

(Tomado de Juventud Rebelde11 de junio de 2006)

ILUSIÓN CONTRA DESENGAÑO

Por Luis Sexto

Todo cuanto escriba ahora lo provocó –es decir, lo llamó hacia delante- el timbrazo de una colega a la que conozco, y me conoce, solo por el nombre. Quería, en particular, averiguar mi edad por el único interés de saber a qué generación le debo las señas, porque a veces saco a pasear algunas palabras que exclusivamente pronuncian lenguas formadas en la prehistoria. Y citó el vocablo dolamas como ejemplo.  

El término parece estar jubilado. Ya nadie dice dolamas sino achaques. Pero si lo llamo a servicio alguna vez no significa que yo sea un becario de Matusalén -el bíblico longevo, no el añejo embotellado en Cuba. Uno, creo haber escrito hace poco, es también hechura de los libros que lee. Y esa palabra la incorporé a mi vocabulario leyendo a Azorín. Tal vez a Cervantes. O a Carpentier. Y podría citar otras nunca mencionadas y que se albergan en las páginas de libros de ayer. Y de hoy. En ventura general deriva la existencia de los escritores, porque, si no, pronto el diccionario de todos los días cabría en un envase del mercado. 

La charla se extendió con la colega. Me opuse, en jarana, a confesar mi edad. Ella reveló la suya, y añadió: Ah, tiene usted problemas con los años. Tengo, en efecto, un conflicto. Pero no de esa índole que impele a negar o enmascarar la edad. Ese litigio es baladí, superficial. El mío hiere en el tuétano. Me pongo viejo y aún no he envuelto todas mis ilusiones en papel de regalo. Nos despedimos luego con el tácito compromiso de una amistad. Y yo, que urgía del tema para mi crónica semanal en el diario Juventud Rebelde, repetí dudando ante mí mismo mis últimas palabras: ¿ilusiones, ilusión? Y comencé a escribir, a filosofar, y el que me lee asiduamente sabe que no renuncio a filosofar, lo cual, para mí, es pensar aunque lo que piense sea borra de café.

Y me digo: ¿será posible la ilusión? ¿No se nos aparecerá para darnos precisamente la ilusión, el fantasma, de que vivimos cuando en verdad solo existimos, porque la vida en sí misma no halla el sentido?

John Stuar Mill advirtió en su Diario sobre esa percepción. Asumida así, como la fantasiosa certeza del vacío, la ilusión se confunde con la alucinación, sobre la cual Mill señala que es “una opinión errónea”. Alucinación, humo, intangibilidad de lo entrevisto. Impostura cuya organicidad no puede tramontar lo baldío.  En nuestro idioma, Calderón de la Barca levantó, mucho antes que el filósofo inglés, una cátedra alucinógena. Le negó a la ilusión la posibilidad de  redimir el hastío, de compensar los días con las certezas previsibles. Porque “qué es la vida, un frenesí,/ qué es la vida, una ilusión,/ una sombra, una ficción” . En suma, que “toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son”.

Pero la ilusión es un gas. Se eleva. Y si falta en toda su proteica morfología, el vigor interior se nos desinfla y la vida empieza a carecer de sentido. Entonces uno comprende que así no se vive, se existe, que no es lo mismo, aunque en ambos estados uno coma, camine, duerma.

Y por ese trillo de mi raciocinio dominical me voy explicando por qué a pesar de mi edad, todavía me entusiasmo con una llamada telefónica, un mensaje electrónico, o una carta donde me advierten que todavía algo de cuanto escribo interesa. Y en consecuencia me  repito que el único día perdido es ese en el que no pulo o garabateo una línea, convencido de que la de mañana habrá de ser más vigorosa, rotunda, clásica.

Moribundo cierto rey, cuyo nombre desconozco y no deseo averiguar, trasmitió al príncipe heredero la cápsula maestra de su veteranía en el poder: No le pidas a tus súbditos lo que eres capaz de pedirte a ti mismo. Yo, por el contrario, exigiría a mi hijo conciliar en su alma la fórmula de la juventud perenne. Que es lo que yo me he impuesto hacer en la redoma de mis circunstancias: Matar un desengaño con otra ilusión, hijo.  

CÓMO APARECIERON LOS FANTASMAS DE OMAJA

CÓMO APARECIERON LOS FANTASMAS DE OMAJA

Por Luis Sexto

Por añadidura y no por especialización, explica Jaime Sarusky la presencia de personajes históricos  norteamericanos  en su obra periodística o literaria, sobre todo en su última novela, publicada hace unos dos años, donde con el título de Un hombre providencial, aparece como protagonista William Walker, el conocido corsario de mediados del siglo XIX.

Nacido en La Habana en 1931 y merecedor del Premio Nacional de Literatura en 2004,  Sarusky es  autor de novelas como La búsqueda, Rebelión en la octava casa y varios libros de reportajes, entre ellos Los fantasmas de Omaja que esclarece la fundación de un pueblo norteamericano en la zona oriental de Cuba. En el 2000 impartió conferencias en el Baruch College de Nueva York, y en 1996 en el Centro de Estudios Puertorriqueños de la misma ciudad. Ese año también habló en diversas instituciones sociales de San Francisco, California.

-¿Por qué dice usted que sus vínculos literarios con los Estados Unidos son por añadidura, nunca como apropiación  especializada?

-He leído ciertamente  a autores  norteamericanos. No se puede ser un escritor del siglo XX o XXI sin conocer la literatura norteamericana. Claro, el haber estudiado en Francia me inclinó hacia los franceses. Pero quién alimenta o retroalimenta a unos o a otros... Flaubert influyó mucho en los escritores norteamericanos.

-¿Algún predilecto entre ellos?

-Me interesaron Faulkner, Hemingway... Mailer en el periodismo literario. Y como espectador me ha atraído el teatro de Arthur Miller, Cliford Odets, O’Neill. Personalmente recuerdo haber visto sentado, solo, en el restaurant El Carmelo de La Habana, a Tennessee Williams.

- ¿Por qué eligió a Walker como personaje novelístico?

-Me pareció que era un hombre necesitaba ser estudiado. En Walker se aprecian ciertos elementos novelescos si te enteras que con menos de 100 adeptos atacó el estado mexicano de Nueva California y ocupó  la capital;  luego  se erigió en presidente. ¿Qué tipo de hombre es ese, se pregunta uno? Y el interés continúa si sabes que fue periodista, abogado, estudió medicina, y que estaba al servicio de los intereses esclavistas de los estados del Sur. Más tarde invadió a Nicaragua y se convirtió en presidente. Y si todo ello ocurre después de la ocupación del oeste y ya se empezaba a hablar del papel providencial de los Estados Unidos, me interesa mucho ese personaje.

-¿Sólo un interés literario?

- Hay más. Porque sé que el destino de Cuba ha estado vinculado desde hace 200 años a la historia de los Estados Unidos, empeñado en anexarse a la Isla. Y Walker, respaldado por fuerzas poderosas, representaba un momento muy interesante de esa historia.  Algunos de los soldados de Walker vinieron a Cuba en las expediciones de Narciso López, detrás del cual operaban también los intereses anexionistas del Sur. Por ello, Walker no es un filibustero, un corsario; respondía a proyectos muy serios. 

-¿Escribió entonces una novela histórica?

-No quise hacerlo. Intenté desarrollar a William Walker desde un punto de vista sesgado. No pinto al personaje en todos sus detalles, sino lo sugiero a través de una nebulosa, de la distancia. Es el protagonista, pero el más distante, porque en primer plano están los personajes de ficción.

-Detrás de un libro siempre hay un móvil. Usted lo acaba de demostrar. ¿Cómo,  pues, surgió su  reportaje sobre un pueblo fundado por norteamericanos en Cuba?

-En 1970 yo buscaba datos en la provincia de Camagüey, para ciertos reportajes que me había encargado la revista Bohemia, de  La Habana. Un día, esperando en el poblado de Omaja el cambio de tren, me puse a caminar. Me llamó la atención primeramente el nombre, Omaja, escrito en español, ciudad del estado de Nebraska. Y luego el hecho de que, frente al apeadero del ferrocarril, había un edificio de madera, con puertas batientes, como en un bar salón. Era idéntico a los que aparecen en las películas del Oeste. Estuve a punto de esperar que, en cualquier momento, saliera Billy The Kid a batirse a tiros.

“Seguí caminando y vi un bungalow típico de cierta arquitectura del Sur de los Estados Unidos. Vi también la iglesia protestante. Seguí al cementerio y tope con tumbas  con nombres norteamericanos y de otras nacionalidades, como finlandeses y suecos que allí se dedicaron a la agricultura.”

-¿Cuál fue su reacción?-Por allí pasaba mucha gente. Tal vez, habituados al paisaje, a nadie le llamaba la atención aquel pueblo. En cambio, yo me pregunté, como ante una revelación: ¿Qué cosa es esto?  Y entonces, como es de suponer, investigue y surgieron Los fantasmas de Omaja.