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PATRIA Y HUMANIDAD

DINERO DE CUBA EN LA INDEPENDENCIA NORTEAMERICANA

DINERO  DE CUBA EN LA INDEPENDENCIA NORTEAMERICANA

Por Luis Sexto

George Washington sería el primero en ordenar un añadido en los textos escolares de historia de los Estados Unidos. Nadie como él pudo apreciar aquel millón de libras esterlinas que aportaron las damas de La Habana, y con el cual pudo avituallar su ejército, carente entonces de ropas, alimentos, armas y municiones, para batir definitivamente a los ingleses en la batalla de Yorktown el 31 de octubre de 1781.

Ciertos estudiosos y profesores universitarios de los Estados Unidos reclaman desde hace años el derecho de los estudiantes norteamericanos, incluso a los de origen latino, a conocer el concurso de españoles, cubanos, mexicanos y de otros países de América Latina y el Caribe, en la guerra por la independencia de las 13 Colonias. Todavía hoy solo se habla de la participación europea, en particular francesa, y se exaltan los nombres de Lafayette, Von Steuben, Kalb, y otros.

El historiador Stephan Bonsal asegura que el aporte monetario de las mujeres en Cuba “puede ser considerado, verdaderamente, el cimiento sobre el cual se erigió el edificio de la independencia americana”. La historia es así. En la primavera de 1781, Washington le comunicó al general Conde de Rochambeau, jefe de las fuerzas francesas en territorio norteamericano, las necesidades logísticas de sus tropas, calculadas en un millón 200 mil libras esterlinas. El militar pidió lo que en la época sumaba una fortuna, a Degrasse, almirante de la flota francesa fondeada en Santo Domingo.  El marino intentó  colectar el dinero en  esa isla, pero le resultó imposible. Y remitió tres de sus barcos a La Habana, uno de los cuales navegaba capitaneado por el célebre Saint Simon. 

Mujeres adineradas, esposas o hijas de altos funcionarios de la colonia, de comerciantes  o de hacendados criollos, se despojaron de sus joyas, en un donativo cuyas razones habría que buscarlas en la solidaridad con los norteamericanos, o en el odio a Inglaterra, que había gobernado y maltratado a los habaneros en 1762. Lo cierto que su sacrifico cubrió casi el monto de la suma, divido luego entre las tropas independentistas y las francesas.

Capitán General de Cuba era Juan Manuel Cagigal, cuyo ayudante de Campo se llamaba Francisco de Miranda, más tarde precursor de la independencia  de los países hispanoamericanos. Ambos pelearon del lado insurrecto en la batalla de Pensacola, dirigida por Bernardo Gálvez, gobernador español de la Luisiana que apoyó desde 1777 a los revolucionarios de las 13 Colonias. Galveston fue bautizada así en su honor. En Pensacola, en 1781, como en Mobile en 1780, lucharon 4 000 soldados procedentes de Cuba, muchos nativos, blancos y negros, de la isla; 2 000 de México y centenares de Puerto Rico, Haití, Santo Domingo.

La historia podría escribirse en el presente, pero ocurrió en el pasado,  imborrable e insustituible. Washington sería el primer en testificarlo.

 

UN POEMA AL CHE ESCRITO POR UN MONJE

UN POEMA AL CHE ESCRITO POR UN MONJE

Por Luis Sexto

Una antología de poemas dedicados a Ernesto Che Guevara, dos años después de su asesinato en La Higuera, Bolivia, el 8 de octubre de 1967, recoge un poema aparentemente insólito: el del monje trapense norteamericano Thomas Merton. Insólito en apariencias, porque este contemplativo, hombre de perenne soledad, además de ser un maestro de la paz interior, un místico moderno, se había especializado durante su vida monacal en la prédica y la práctica de la convivencia de los opuestos o lo disímil.

Nada es sorprendente en Merton. Quizás por su hábito de sorprender, de obrar a contrapelo del canon predominante en un catolicismo rígido, iracundo, intolerante, fue capaz de estudiar el budismo zen con el propósito ecuménico de acercar al Oriente y el Occidente en lo religioso. Murió electrocutado en 1968 al encender un ventilador en un hotel de Bangkok mientras esperaba entrevistarse con el Dalai Lama. Uno se pregunta cómo hubiera sonado ese diálogo entre dos silenciosos. Tal vez habría hablado solo el corazón… Por tanto, no puede este monje asombrar al componer un poema donde con un tropo tierno, suave –“Niño de la música lejana”- rebautiza y define a un revolucionario cuya táctica para convertir a los pobres en ciudadanos redimidos consistía en la guerra de guerrillas. En este poema habla claramente el corazón.

Como creyente, Merton tuvo vínculos con Cuba. En 1940, antes de su ingreso en el monasterio trapense de Nuestra Señora de Getsemany, en Louisville, Kentucky, visitó el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre –Patrona de Cuba- cerca de Santiago de Cuba, ante cuya imagen llegó para suplicar a Dios la gracia de ser aceptado como aspirante al sacerdocio. En su autobiografía, La montaña de los siete círculos -un best seller en 1948 y años siguientes- cuenta su recorrido por la “Isla luminosa”. Visita, además de Santiago, a las ciudades de La Habana, Matanzas, y Camagüey, donde empezó a leer bajo una palma real el texto en español de la autobiografía de Santa Teresa.

Después, como uno de los escritores católicos más leído y acatado del siglo XX, Merton sostuvo correspondencia epistolar con escritores cubanos, entre ellos el poeta y ensayista Cintio Vitier. En Semillas de destrucción reproduce su respuesta “a un poeta cubano”. Le pide, extendiendo el deseo a otros amigo del destinatario, que le envíen poemas nuevos. “Ha llegado el momento –asegura- en que la publicación de poemas ha de ser como esas pálidas y ligeras semillas que vuelan por la corriente de la brisa del bosque, a través de las sombras azules, y caen en la hierba donde decreta Dios. Estoy convencido de que ya estamos en el tiempo en que la palabra impresa no se lee, pero el papel que se pasa de mano en mano se lee con avidez.”

El poema al Che Guevara lo une de modo definitivo a Cuba. Su condición de monje de clausura, silencioso, distante, apartado, nunca le impidió un análisis amoroso de los conflictos del mundo. Es quizás esa serena y tolerante mirada, el fundamento de la certeza con la cual juzgó a hombres y acontecimientos. En estos versos, el Che se transforma en una especie de ángel de la vida, sin estridencias ni arengas. 

LETTERS TO CHE:CANTO BILINGÜE

Te escribo cartas, Che,

En la sazón de lluvias

Envenenadas.

They came without facesFound you with eyeless rays

The tin grasshoppersWith five-cornered magic

Wanting to feed you

To the man-eating computer

Te escribo cartas , Guerrero,

Vestido de hojas y lunas

But you won and became

The rarest jungle tree

A lost leopard

Out of metal’s way

Te escribo cartas
Hermano invisible

Gato de la noche lejana

Cat of far nights

Whisper of a Bolivian kettle

Cry

Of an Inca hill

Te escribo cartas,

NiñoDe la música callada.
 

(Tomado de poemas al Che, Ed. Instituto del Libro, la Habana, Cuba, 1969)  

MONEY FROM CUBA IN AMERICA´S INDEPENDENCE CAUSE

MONEY FROM CUBA IN AMERICA´S INDEPENDENCE CAUSE

By Luis Sexto

George Washington would be the first to order an addition in the school history textbooks. Nobody could better appreciate the million pound sterling given as contribution by the ladies of Havana, and which helped him provision his army, then lacking in food, weapons and ammunition, to definitely beat the British in the battle of Yorktown on  October 31st, 1781.Certain scholars and university professors from the United States have claimed for years the right of U.S. students, including those of Latin origin, to learn about the support by Spaniards, Cubans, Mexicans and other Latin American and Caribbean countries in the 13 Colonies´ War of Independence.Even today the European participation, particularly the French, is the only one spoken about, and the names of Lafayette, Von Steuben, Kalb, amongst others, are praised. Historian Stephan Bonsal affirms in one of his books that the monetary contribution of the Cuban women "can be considered, truly, as the foundation on which the building of North American independence was erected". History is like that. In the spring of 1781, Washington reported to the General Count of Rochambeau, Chief of the French Forces in North American territory, of the logistics needs of his troops, calculated to total one million two hundred thousand (1,200,000) pound sterling. The military man asked Degrasse, Admiral of the French Fleet anchored in Santo Domingo, for this amount, considered a fortune at the time. The seaman attempted to collect the money on that island, but that was impossible. He then sent three of his ships to Havana, one of which was being captained by the famous Saint Simon.  Wealthy women, the wives and daughters of the colony's high officials, merchants and Creole landowners, stripped themselves of their jewelry, to make this donation, the reasons for which would have to be searched in their solidarity feelings for the North American people, or in their hatred for England, which had governed and ill-treated the inhabitants of Havana in 762. The fact is that their sacrifice covered almost the total needed, distributed afterwards amongst the independence troops and the French.Cuba's Captain General at the time was Juan Manuel Cagigal, who had an aid named Francisco de Miranda, later forerunner of independence in the Latin American countries. Both fought on the insurgent side in the battle of Pensacola, led by Bernardo Gálvez, Spanish Governor of Louisiana who since 1777 supported the revolutionaries of the 13 Colonies. Galveston was so baptized to honor him. In Pensacola in 1781, like in Mobile in 1780, four thousand (4,000) soldiers from Cuba, many of whom were natives, whites and blacks from the island; two thousand (2,000) from Mexico and hundreds from Puerto Rico, Haiti, Santo Domingo, fought there.The story could be written in the present, but it happened in the indelible and irreplaceable past. George Washington would be the first to attest to this.

VALOR POÉTICO DEL PAISAJE CUBANO

VALOR POÉTICO DEL PAISAJE CUBANO

Por Luis Sexto

El paisaje natural fue uno de los ingredientes primordiales de la poesía cubana hasta el siglo XIX. Cintio Vitier reveló a la apreciación crítica que Cuba poseía una naturaleza paradisíaca que conmovió a los fundadores y posteriormente a los continuadores decimonónicos del movimiento poético cubano.

Tal rasgo arcádico e imantado del paisaje no se le escondió a Ramón de Palma, quien hace siglo y medio aproximadamente, al teorizar sobre  los Cantares de Cuba, aseveró que para sentir la inspiración de esa especie de poesía popular era “menester contemplar el cielo estrellado de los trópicos en la solemne inmensidad de las sabanas, o ver los rayos de la luna platear las anchas  hojas de los plátanos o quebrarse en las pencas de los palmares”.

Quizás por esa capacidad de atracción que seduce sin destruir y deslumbra sin cegar, el sentimiento de lo nacional fue primigeniamente condicionado por el entorno natural y manifestó sus primeros acuses  de existencia en la poesía, lenguaje predilecto de la emoción.  Espejo de paciencia, poema de Silvestre de Balboa, escrito en 1608 en dos cantos y 145 octavas reales, está preñado de referencias al paisaje cubano; a pesar del molde clásico de su forma, le correspondió  anunciar  los tanteos de la criolleidad poética, los lances formadores de lo cubano en la  literatura.  El poema no trasciende por su intrínseca propiedad estética, pero expresa la incipiente asimilación , la lenta interiorización de la naturaleza y la sociedad en la conciencia social de la Isla. Y vale y perdura como acta del descubrimiento cultural del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Porque  en su lenguaje, donde prevalece el transoceánico sonido y la imagen leal a lo hispano, aparecen voces netamente cubanas como macagua, nombre de un árbol, y biajaca, de un pez de agua dulce, y maruga, de un sonajero, y siguapa, de una ave nocturna.

Los poetas, pues, tuvieron los sensores suficientemente aguzados para reparar en el medio donde residían. Suele ser común que uno no vea los árboles cuando se halla inmerso en el bosque, o no valore la belleza que disfruta todos los días.

Ahora bien, resulta una experiencia compensadora revisar las impresiones de los visitantes extranjeros sobre el paisaje de Cuba. Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó nuestro país cuatro veces. En cierta página de su diario de viaje estampó esta observación:  “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, que vistas de lejos parecen formar grandes bosques y selvas y que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.”  Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...” Abiel Abbot, un religioso norteamericano, describía entusiasta: “Las vueltas que da este río son frecuentes y presentan los más diversos panoramas; unas veces las márgenes se curvan y forman un anfiteatro o ese encañonan dando lugar a ondulaciones y hondonadas bellísimas, tal como si una mano artística lo hubiera hecho.”

Podríamos citar centenares de citas emparentadas en tono y contenido. Pero hay que recordar que, desde 1493 hasta 1949,  sobre Cuba se escribieron, general o parcialmente, unos 631 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950.  Se conocen por ediciones recientes, entre otras obras, las cartas de Abbot, las de Fredrica Bremer, y las notas de Walter Goodman, Jacinto Salas, La Condesa de Merlín y las de John G. Wurdemann.

Este último puede servir de testigo referencial. Porque en su libro no solo se aprecian las observaciones favorables a la naturaleza arcádica de Cuba, sino que la defiende de ciertos ataques conocidos en su época  en Inglaterra. Wurdemann aduce en su apasionada apología un dato que  ha estimulado a investigar a escritores y periodistas como  Luis Espino, de Matanzas, y a quien esto escribe. En el cafetal de San Patricio, en la comarca matancera de Limonar, la poetisa que se ocultaba bajo el seudónimo de María de Occidente escribió, según Wurdemann,  el “más imaginativo de los poemas ingleses, Zophiel”.  Un crítico, compatriota de la autora, dudaba de que tal obra hubiera podido escribirse en una plantación cafetalera cubana.

Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes que la poetisa creó. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.”

Este juicio nos permite entrar en las modificaciones que la economía impuso al paisaje natural, y hacer notar que, en ese sentido, hubo una rivalidad entre café y caña de azúcar. Será, sin embargo, en otra crónica.

 

La UH, un lugar con encanto

La UH, un lugar con encanto

Por Luis Sexto

Ante el transeúnte inadvertido, la Universidad de La Habana surge de pronto como un cuadro anacrónico. Inalcanzable en el tiempo. Como una pincelada única e irrepetible. Fue el punto de partida, el foco desde el cual empezó a irradiarse la educación superior en Cuba, durante sucesivas etapas que le facilitaron trascender los límites inaugurales. Su configuración arquitectónica, además, la singulariza de modo que hoy se yergue como un distintivo, un emblema de la ciudad sede.

La escalinata  -una de las maravillas arquitectónicas de La Habana- fue construida en cuatro semanas para que por ella subieran los jefes de Estado de la Conferencia Panamericana de 1928. Sin embargo, el recinto intelectual de esta casa de altos estudios cumplía en esa misma fecha 200 años de gestarse y perfeccionarse como un crisol de ciencia, arte  y ética.

El que sube la enorme escalera que sustituyó a la vereda de índole campestre por la cual se accedía a la colina, se percata al llegar a la cima, luego de ascender 82 escalones de atenuada pendiente, que ha entrado en un sitio cuya atmósfera ofrece el discreto fulgor de los edificios con alma. Las columnas y las líneas neoclásicas se juntan a la sombra de los árboles en la plaza para expresar los vuelos de un espíritu único –el de la cultura nacional-, cuyo estilo e ideal se depuró  en esas aulas que, de las penumbras de un convento, pasaron al aire libre en una  irrecusable vocación de progreso.

Data de 1728, siete años después de que el Papa Inocencio XIII firmó la bula que autorizaba al Consejo Real de Indias a concretarla en “la siempre fiel Isla de Cuba”. La Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo se albergó primeramente en el convento de San Juan de Letrán, en la parte vieja de la ciudad, hasta 1902 cuando la trasladaron hacia la loma de la Pirotecnia, instalación militar que había servido de campamento a las tropas norteamericanas de ocupación. Entonces era un lugar casi desierto, una especie de oasis campestre a orillas de la urbe que concluía unos 400 metros más abajo, en la calzada de la Infanta.

Pero si las barracas, de madera basta, de grosera factura, no componían un asiento apropiado para una  que reclamaba espacio, su ubicación geográfica, por el contrario, se insertaba exactamente en un símbolo. La colina de la Pirotecnia se levantaba en lo que más tarde será, en su porción alta, la entrada del barrio más moderno y pujante de la capital, El Vedado, y desde esa eminencia se apreciaba lo que uno de los estudiantes más ardiente, original y beligerante, y más tarde profesor de ciencias sociales –el doctor Raúl Roa-, bautizó como “la techumbre heteróclita de La Habana”.  El símbolo radicaba en  que la ciudad toda se postraba a los pies del hogar donde se habían forjado, en el decursar de dos siglos, superando restricciones de épocas y circunstancias, denodados libertadores, agudos escritores, audaces científicos.

Desde Carlos Manuel de Céspedes, llamado el Padre de la Patria, hasta Fidel Castro, la mayoría de los cubanos más ilustres en ciencia, letra y decoro terminaron su formación en la colina universitaria. Entre las excepciones más notables, José Martí y Carlos J. Finlay  jamás oyeron una lección en estas aulas preñadas de tradición.  La España colonialista los obligó a estudiar en el extranjero.

El propio líder de la Revolución de 1959, quien en 1947, siendo estudiante de derecho, en una operación patriótica que empalmaba las generaciones actuales con las antiguas, trajo a la Universidad la campana con la cual Céspedes, en el ingenio Demajagua, llamó a sus esclavos el 10 de octubre de 1868 para liberarlos y ofrecerles la oportunidad de construir  una nación.

Con el desarrollo de la República, las barracas se transformaron en pabellones, y más tarde en edificios de solidez y sobriedad neoclásicas, cuyo eje, el Aula Magna, se edificó entre 1907 y 1911 como ámbito de palabras memorables, y posteriormente sirvió también de mausoleo para conservar las cenizas del Padre Félix Varela, precursor de la nacionalidad cubana y de la independencia nacional y uno de los profesores de filosofía que, en las aulas del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, renovó la pedagogía en Cuba implantando el método explicativo. Los frescos de Armando Menocal, el pintor de la última guerra independentista, en 1895, enriquece el Aula con las esencias nacionales.

En ese entorno arquitectónico de severo perfil académico, emparentado con el ágora ateniense, la Plaza Ignacio Agramonte –otro de los  ex alumnos que dejaron  un brillante pergamino de graduado para convertirse en generales de la independencia- mantiene una serena atmósfera de paz donde parecen confluir el pasado y el presente. Al oeste, la biblioteca; al este el rectorado. Y entre ambos edificios, la explanada, trocada en parque umbroso, recoleto, donde millares de estudiantes han mirado al cielo elevando sus sueños como una ofrenda de fervor al futuro.

La Universidad continúa hoy en el mismo sitio, como el núcleo de donde han partido, hacia otros puntos de la ciudad, escuelas, filiales, facultades, además de nuevas universidades.  Al pasar por la calle de San Lázaro, el transeúnte advierte el pórtico adusto que, en lo alto, se empina, con sus columnas griegas, como una visión insólita en una de las esquinas más céntricas de la capital. Rematando la monumental escalinata, con los brazos abiertos, la estatua del Alma Mater perdura en un gesto de receptiva ternura. Obra del escultor yugoslavo Mario Korbel, esta mujer de bronce fulgura en un contorno de espiritual expresión que por unos minutos aquieta, amplia, las sensaciones de quien pisa el umbral universitario.

Entre estas edificaciones y arboledas, en efecto,  la mirada no permanece indiferente. El viajero, quizás, haya visitado otros centros universitarios del mundo. Posiblemente en Oxford o en La Sorbona, piezas de antigüedad, haya sentido esa aura que algunos llaman el rumor de la historia o el eco de las piedras. Son lugares con encanto, magia aprehendida en la intensidad de la energía vital con que los seres humanos emprenden y colman ciertas obras. En la Universidad de La Habana, aunque las piedras no acumulan todavía un siglo, uno presiente, huele, oye, una tradición muy vieja aletear en un espíritu de luz.

Es la palpable confluencia del arte y el saber. El gusto y el ideal. La historia y el sentido de la vida.

   

“EL GENERAL REGRESO”

“EL GENERAL REGRESO”

Por Luis Sexto 

Notas sobre un libro polémico  

Un libro azuza hoy la polémica en Cuba al discurrir contra los pareceres establecidos por los conceptos históricos predominantes. Titulado El general regreso, con el sello de la  Editorial de Ciencias Sociales, el volumen pertenece al historiador Newton Briones Montoto, y estudia esencialmente los preparativos del golpe de Estado del general Fulgencio Batista  y los gobiernos previos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás (1944-1952), ambos en la órbita del Partido Revolucionario Cubano, conocido como Auténtico. 

Y qué hay de polémico. Por supuesto, no es la primera vez que los historiadores cubanos de dentro de Cuba estudian esa etapa. Habitualmente la crítica histórica ha sido implacable con el pasado. La construcción de la sociedad revolucionaria a partir de 1959, aparte de demoler el aparato de la república dependiente  prefabricada el 20 de mayo de 1902, necesitó echar abajo la supervivencia ideológica de  los intereses derrocados. Esos fueron los términos. Y en  esa faena, como suele suceder en épocas de revolución, se fue generalmente justo y exacto, aunque a veces injusto e inexacto por un afán generalizador que no supo ver matices y tendencias en la llamada seudo república; seudo, aparente –aclaro-,porque surgió mutilada por la Enmienda, llamada Platt, que impuso Washington antes de retirar sus tropas de la Isla, y siguió más adelante con la costumbre, luego de ser derogado el apéndice constitucional de 1901 que le otorgaba el derecho a los Estados Unidos  de mover los resortes fundamentales del gobierno y la economía en Cuba. 

Lo polémico, pues, radica en que el libro de Newton Briones Montoto intenta dar una visión más equilibrada de aquel período, poniendo en su lugar cuanto de negativo hubo, pero también reconociendo lo positivo que pudieron legar los gobiernos “auténticos” y sus personeros, y las figuras que se les opusieron..  Es, por supuesto, uno visión inusual. Y es comprensible que otras voces se lamenten de que un libro tan ágil y profundamente escrito yerre admitiendo algo positivo en el gobierno de Grau o de Prío. Así son las cosas de complicadas en Cuba. Y por momentos la sal sube de tono, porque aquí la existencia no discurre con el esquematismo que difunden desde el exterior algunos medios cuando se meten a editorializar sobre la vida interna cubana. La polémica, cierto,  no trasciende a los periódicos: se queda en las llamadas telefónicas, las tertulias o los mensajes electrónicos.  Pero lo  importante es que se polemiza y que el libro fue publicado por una editora del Ministerio de Cultura y que algunos periodistas, sabiendo lo heterodoxo de algunas de sus apreciaciones, lo han defendido.  Y quien escribe esta nota también lo defiende, porque prefiere una historia clara, aunque no sea unánime, a una historia maquillada.

Estimo, así,  que El general regreso es, ante todo, un texto escrito como no se escriben comúnmente los libros de Historia. Salvo las páginas iniciales donde el autor se introduce en una especie de ensayo de psicología social cubana, del cual podría prescindir, pues a mi parecer nada le aporta y resulta posiblemente la sección más discutible, el resto del volumen se explaya formalmente con los resortes de una novela. Nadie se va a aburrir: el interés se tensa progresivamente, sobre el fondo de la guerra entre los grupos gangsteriles que caldearon esa etapa como restos malignos de la lucha armada contra la tiranía del general Gerardo Machado (1925-1933),  y van surgiendo imágenes –abonadas por el documento, el testimonio, el artículo y la entrevista periodísticos de aquella época- que borran o estorban las que ya el lector se había fijado por el estudio escolar o extra académico de la Historia. Ya sabemos que nada es blanco y negro, o negro o blanco, en la vida. Y menos en la política. La mezcla distingue los actos humanos. Y Newton Briones Montoto se empeña en colocar junto a la luz las sombras, o junto a las sombras la luz. Por ejemplo, Eduardo Chibás.  El historiador ahonda en esta figura aún amada por innumerables cubanos. Y descubre sus defectos de voluntarismo, de impulsos obsesivos y absolutos. Y aparece como ha de permanecer un hombre en la Historia: hecho verdad, como una escultura cuyo tamaño y volumen se atenga a su papel movilizador y a sus equívocos retardatarios. Fustigador de la corrupción, abanderado del lema de “Vergüenza contra dinero”, su célebre polémica con Aureliano Sánchez Arango se clarifica en este libro. Chibás, fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo),  se equivocó. Confió excesivamente en sus artes dialécticas. Y creyó que  la acusación –solo la imputación de robar los dineros del desayuno escolar- bastaría para desacreditar al ministro de Educación del presidente Prío. Lo cierto es que todavía –hace recordar el autor- nadie ha podido demostrar la corrupción de Sánchez Arango. Al menos en el expediente que Chibás le abrió. En agosto de 1951, aún oyéndose los insultos y las imputaciones de la polémica, el líder  de la llamada Ortodoxia se disparó un tiro ante los micrófonos de su hora radial en la influyente CMQ. Días después murió. 

El pasado, a pesar de este libro equilibrado y valiente, no queda totalmente limpio. Mejor juzgado sí. Pero ningún análisis puede exonerar a aquellos gobiernos, a aquellos políticos, de su corrupción, su lascivia, su parasitismo a costa de la república y el pueblo. Cualquier tiempo pasado fue peor, a pesar de que la justicia les saque al aire los actos benéficos.  Esa certeza resiste los embates de cualquier intención reivindicadora. Y de Batista nada positivo se puede decir. Tal vez sus corifeos y testaferros evoquen al general golpista del 10 de marzo de 1952, como “el hombre fuerte” que generosamente les permitió alcanzar las prebendas y las fortunas que basificaron su capital en el exilio.  

 Para el autor de El general regreso, Batista fue un regreso general para Cuba.    

¿QUIÉN SE LO DICE A SARAMAGO?

¿QUIÉN SE LO DICE A SARAMAGO?

Por Luis Sexto

Ciertas personas no leen, sino releen. La observación pertenece a una de las crónicas de Gabriel García Márquez –hechas de sus vivencias y sentencias. Y el novelista cubano José Soler Puig lo corroboró cuando, mientras lo entrevistaba en 1988, me advirtió: -No me preguntes qué estoy leyendo; ya solo releo.

No le pregunté qué releía. Ni tampoco sobre qué estaba escribiendo. Habitualmente los escritores escriben. Dudo de que tengan algún período seco, o asuman un cíclico “tiempo muerto”. Escriben aunque después quemen, trituren o borren. Porque escribir sin haber despejado previamente la ruta, la esencia, la raíz, el itinerario y el fin del discurso, equivale a tirar el anzuelo en aguas contaminadas donde no suelen coletear peces, salvo algún sábalo, especie que asoma la nariz por entre la nata pestífera para pedir oxígeno. Y un sábalo podría ser una frase afortunada, o una idea luminiscente, que tiente, como carnada, la revelación del tema oculto bajo una momentánea sequedad del intelecto.

Alguien pedía -¿Hemingway?- que la inspiración lo alcanzara trabajando; esto es, echando el anzuelo.Pero el problema sería saber por qué uno relee y qué relee. ¿O primeramente habrá que elucidar por qué uno lee esto y no aquello, y relee aquello y no esto? La relectura se desprende de la lectura. Hoy, a pesar de que los secretos de la intimidad  humana flotan en los gases cibernéticos, me parece que los pronósticos sobre asuntos tan personales yerran con más frecuencia que antes. Algunos juglares catastrofistas vocean: Ya nadie lee cuentos. O solo novelas de 300 páginas. La poesía tampoco se vende... Y sin embargo, las editoriales, las más sólidas, prosiguen publicando cuentos y poesía, y novelas breves. Y la crítica se entretiene en comentar y promover estos libros, según muestran las páginas cristalinas de la net.  

También publican lo inservible. Lo de poco rigor, aunque de mayor lubricidad. Mas el mercado y la moda son falibles consejeros en estos enigmas de la cultura. Recientemente un estudiante de periodismo me confesaba su frustración cuando, al leer sus cuentos de índole realista en un taller literario, la réplica negativa del auditorio se abroqueló en un superficial “ya no se escribe así”, porque estamos en la postmodernidad. Y lo que se estila, de acuerdo con tal concepto, consiste en lustrosos párrafos vacíos de emoción, y carentes de enjundia humana, con el uso del sexo como espectáculo... No se trata de contar una historia; más bien de abolirla. ¿Y quién le sugiere a Saramago que como él escribe, actualmente no se escribe?  

Tampoco se trata de invalidar las formas y los preceptos literarios postmodernos. Inquieta, en cambio, que los danzarines de la nueva estética pretendan levantar una carpa gigantesca donde solo se cobijen ellos excluyendo la diversidad de autores y líneas. Porque, al cabo, hay multiplicidad de lectores. Por ello ciertos lectores releen; prefieren lo conocido aceptable al albur de lo ignoto o dudoso. Y si segundas partes nunca son buenas, las relecturas son, por el contrario, comúnmente útiles; suelen bojear, descubrir los entrantes y salientes que no miró el develamiento asombrado, o prejuiciado, de la primera vez. Unamuno, a quien al principio de sus jornadas ensayísticas le reprochaban el estilo distinto, trabajado, creativo, no cedió a las demandas de los facilistas. Continuó escribiendo como sabía y quería confiando, al igual que Sthendal con El rojo y el negro, en ganarse el derecho a la relectura.

Un año antes que a Soler Puig, le pregunté a Carilda Oliver Labra, tan carismática y célebre entonces como ahora, por el título que leía en esos momentos. Un entrevistador no tiene otra opción que acudir a ese tópico como al de cuándo y dónde nació. Los libros que lee también definen a un entrevistado. Y ella contestó:

-A Einstein y los físicos modernos.           

HUYE DE LOS PROBLEMAS

 Diccionario de frases al uso

Por Luis Sexto

Primero, una definición. La felicidad, qué es. Según esta frase, eso: ausencia de problemas. Placidez en el calendario, día plano y pleno. Complacencia por que la aguja de la vida traza una raya sin arrugas. Todo va bien...Huye de los problemas. Claro, la recomendación no es tan absoluta como alardea. Hay problemas que nos asedian inevitablemente. Llegan sin invitación. En cuentas realistas y redondas, existen tres tipos de problemas: los que nunca tendrán solución; los que conceden espacio a la solución. Y los que uno no quiere solucionar.     Evidentemente, la frase enruta su imperativo hacia un nirvana acomodaticio. Si ignoras el problema, el problema no existirá. Y no permitas que nadie lo descubra, lo devele, lo recuerde. Acude a esa excusa incontestable: no nos desviemos; este no es el momento; más tarde, en otra ocasión, convocaremos una asamblea para analizarlo. O si estás en tu casa, di campantemente: otro día conversamos; ahora estoy muy cansado. Y la rotura de la ventana perdurará, o la lámpara continuará ciega. Y la maquinaria puesta en el patio de la fábrica, a la intemperie, proseguirá su paso hacia el deterioro, y el camión o  permanecerá abandonado en aquel parqueo lejano, con los neumáticos podridos de tanto aguardar.     Y quién duda que alguna vez no hayamos actuado así: emulando al avestruz. Usted mismo; yo. ¿Y acaso no hemos sentido tirria por ese compañero que cada vez que se nos aparea acude a una lista de problemas envejecidos? Chico, cará, cuándo vas a entrar en esta oficina con las manos limpias. Con una sonrisa de felicidad. Y el reproche se justifica. Porque a nadie le gusta que lo estén importunando con la letanía de que aquel problema sigue con la oreja enhiesta esperando oír una decisión resolutoria.    En efecto, a tales sujetos les molesta que le recuerden que lo que se niegan a aceptar, lo que para ellos no existe, lata, persevere en su ser. Son los complacidos y complacientes de plantilla. Ah, y no los llames burócratas, o irresponsables, ni siquiera felicianos. ¿Feliciano yo, que me mato preocupándome por que nadie se preocupe?  ¿ Burócrata yo, tan flexible, tan amplio, tan tolerante; yo, que le doy tanto tiempo a la gente y a las cosas?Esa actitud es, en sí misma, un problema. Y tiene su antídoto en otra frase, pero de signo positivo: no convivas con los problemas, no les permitas alcanzar la mayoría de edad. No puede crecer en armonía una familia cuyos problemas se aplacen cotidianamente. Ni organismo económico, productivo, social o político que prospere o ejerza cabalmente su papel o logre su objeto metiendo los problemas, o un solo problema, en el almacén de desechos. Un problema presuntamente desconocido posee un efecto de multiplicación. Es el mismo problema pendiente en la conciencia de cuantos exigen o esperan la solución. Lo político, lo eficiente, lo racional, implica el resolver problemas, no el crearlos.  En fin, en el fondo del problema se aprecia un equívoco. La felicidad no es el lugar donde no habitan problemas. Marx lo intuyó con vocación romántica y realista a la vez: “La felicidad está en la lucha.” La felicidad es eso: probarse ante los problemas. Sin fragmentarse. Séneca, el filósofo español en la Roma imperial, lo barruntó en una de sus epístolas a Lucilo. Le dijo: desgraciado el hombre que no tenga dificultades.