Blogia

PATRIA Y HUMANIDAD

NO ME INTERVENGAS, COMPADRE

NO ME INTERVENGAS, COMPADRE

Por Luis Sexto 

Rememoremos un diálogo y veamos cómo cierto filósofo le dice a uno de sus colegas que el Hombre está naturalmente indefenso comparándolo con el león o el tigre. Nuestra especie no tiene garras, ni colmillos. Tan rápido como un zarpazo, el otro replica: No lo creas; tenemos un arma más dúctil y de mayor alcance: la mentira. Cacé esta idea en un libro del filósofo y pedagogo cubano Enrique José Varona. Y me atrevo, como periodista formado en la temeridad, a corregir respetuosamente la proposición de mi ejemplar compatriota. El Hombre dispone, sobre todo, de la palabra. Y con la palabra se cocina la mentira, se aderezan los subterfugios, se enmascaran las malas intenciones.  

Que nadie presuma en este articulista un experto en la teoría de la lingüística, ni tampoco un profesor de filosofía. Soy un periodista formado, sobre todo, en la ciencia que sabe distinguir la diferencia entre un dedo y un caramelo. Y leyendo hace unos meses una nota informativa sobre la probable reforma de la Organización de las Naciones Unidas, asocié la Realpolitik diseñada y ejercitada por las potencias occidentales con la propuesta que el Cardenal Angelo Sodano presentó en la ONU, aún bajo el pontificado de Juan Pablo II. El entonces secretario de Estado del Vaticano solicitó que en las nuevas y presuntas reglas, en las bases jurídicas del magno organismo internacional se incluyera la intervención humanitaria. Y es en esa propuesta y en ese término donde el católico, el cristiano, la persona honrada comienzan a chapotear en las aguas turbias de un dilema ético. Posiblemente su Eminencia haya sido guiada por principios y fines justos. Pero los actos y las palabras no se asumen a veces por sus intenciones, sino por sus resultados. ¿Qué sucedería si el término de intervención humanitaria se constituyera en categoría jurídica del derecho internacional? Posiblemente el derecho internacional desaparecería como tal derecho para convertirse en un torcido reajuste de las técnicas de formalizar la guerra.  

Desde hace años –quizás desde Reagan o más atrás-, los Estados Unidos actúan como si, en efecto, injerirse, intervenir, en otros países fuese un gesto de caridad, generoso esfuerzo para imponer el orden en pueblos maltratados, tiranizados. Adjudicar a la intervención humanitaria la condición de norma jurídicamente plausible, equivale, pues, a encender permanentemente la luz verde a las apetencias de los Estados Unidos y alguno de sus aliados. Ya no tendrían que inventar amenazas, peligros, para justificar un banquete aéreo sobre la mesa de países militarmente más débiles. Solo apuntar con el pulgar hacia abajo, como los romanos en el circo, y el destino y la soberanía de cualquier pueblo –preferiblemente los pobres, los contestatarios, los insumisos, o los dotados de petróleo- se modificarían a base de misiles inteligentes.
 

El filósofo de mi historieta tiene razón: la especie humana cuenta con la palabra como arma. Los buenos y los malos. Ocurre, sin embargo, que a veces los buenos no la saben usar, y los malos –es un decir- perfeccionan sus habilidades para utilizarla como sustituto de la garra y el comillo Hemos atracado en un espigón de la historia donde la palabra ha sido reducida a ejercer de mucama en la servidumbre del mal. De modo que el león ya es más ético que ciertos hombres y ciertos países. El llamado Rey de la selva no arremete contra la gacela aduciendo el pretexto de que “te he de morder y comer para que otras fieras no te coman”. La persigue, la desgarra y se la come. Simplemente. Cumple su faena sin más subterfugios que la necesidad. El imperialismo -bestia de la modernidad- se ha refinado, ha pulido tanto sus métodos que tiene en cuenta la palabra, porque ya ve en la palabra el arma del rival: la opinión pública. Cuando en el siglo XX, movilizó sus tropas para intervenir en Cuba, República Dominicana, Panamá, México, Nicaragua, no pidió permiso, ni encomendó a sus alquimistas preparar brebajes propagandísticos que justificaran la acción injerencista. Llegaron, vieron y vencieron. Porque los estados Unidos –decían entonces- no tiene amigos, sino intereses. Y en la percepción táctica de que la opinión pública va erizándose como una potencia mundial, burbujean los títulos rimbombantes, acomodaticios, dulzones, tras cuya extravagancia poética se encubre la espeluznante violación de la concordia y la coexistencia. Tormenta del desierto, Justicia infinita, etcétera.
 

La intervención humanitaria –tan convincente, tan caritativa, tan justa- es la guerra de siempre por los mismos medios, pero sin los mismos miedos del lado del agresor. Aprobados, justificados, exaltados, si al fin la mayoría de las Naciones Unidas se anudan el lazo de la horca, los países interventores recibirán incluso la bendición papal junto con la impunidad de la intervención humanitaria. Ha de inquietarnos que la fuerza espiritual de la Santa Sede no sea capaz de advertir los riesgos de promover la legalización de términos cuyo empleo ha servido de sólito a causas antihumanas. ¿Acaso no fue legitimado el ataque a Serbia como un acto de humanitarismo? ¿No han tratado de justificar la destrucción de Irak como una operación de intervención humanitaria ante los desmanes –dicen- de Saddan Hussein? ¿Quién podrá asegurar que el pueblo de Cuba, por ejemplo, no será alguna vez víctima de humanitarios interventores que vendrían a reimplantar lo que desde hace 46 años los cubanos rechazaron mayoritariamente?
 

Juan Pablo II propugnaba la idea de globalizar la solidaridad. Pero la propuesta de su secretario de Estado en la ONU atentaba contra esa consigna pontificia, cuyo origen no está solo en los Evangelios, sino en la teoría del derecho que concibieron y explicaron clérigos y católicos como los españoles Vives, Vitoria, Suárez, Molina. Porque si la cultura española no produjo filósofos ni filosofía, como suele afirmarse en los manuales, engendró, en cambio, pensadores y doctrinas prácticas que más que interpretar el mundo, intentaron cambiarlo. El derecho internacional se gesta y se afinca en el pensamiento jurídico de esos sabios con nombres y apellidos hispanos. O hispánicos.

Hace cinco siglos, Vives formuló un principio que ha pedido transferencia de una a otra época. ¿No parecen recién escritas estas palabras que tomo de su ensayo “De concordia e discordia in humane genere”: “No hay nada tan necesario hoy para conservar el mundo en su equilibrio y no perecer del todo, como la concordia. Esta sola basta por sí para reparar lo quebrantado”? Parece fácilmente deducible. La llamada intervención humanitaria no abona sino infertiliza la concordia, o la paz en lenguaje contemporáneo. ¿Quién sabe de una intervención humanitaria ejecutada sin fuego, sin explosiones y humaredas, sin ruina y muerte? Por ello mismo el propio Vives atribuyó la raíz de la palabra latina bellum (guerra) a la palabra bellua (bestia). Porque al cabo la guerra es propia de las fieras. La intervención humanitaria, pues, nunca podrá ejercerse sin resistencia por parte del intervenido, porque aquella se hace acompañar de conceptos inadmisibles como “soberanía limitada”, o “guerra preventiva”. La humanidad, contrariamente, urge de la “intervención solidaria”, un concepto también original de un pensador español: Luis de Molina. Y esa intervención solo es válida cuando un pueblo se interesa por defender a un pueblo atacado injustamente. O, en nuestras circunstancias, intervenido humanitariamente.

 

En ciertos países de Hispanoamérica –Cuba, México, Venezuela, tal vez España- La fraseología popular, sabia como el refranero, hija incluso de este, ante los presuntos favores de quien, aparentando defender, perjudica, los rechaza con una oración en que se mezclan la seriedad y la ironía, el ingenio y el humor de resistencia: No me defiendas, compadre. Ahora, reclamados por la preservación, los habitantes del Tercer Mundo hemos de subir a la tribuna de mármol verde de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y gritar: ¡No me intervengas, compadre!   

CON LA BELLEZA DE LA VIDA

CON LA BELLEZA DE LA VIDA

Por Yuris Nórido  

Publicado en la página  web del periódico  Trabajadores 

Las historias están en todas partes, esperando por alguien que las descubra. Cada uno de nosotros pudiera ser personaje de un drama, de una novela. Si uno se pone a ver, cada uno de nosotros puede ser el protagonista de una novela. Claro, unas historias serán mucho más entretenidas que otras… El asunto es que siempre habrá más historias que escritores. Así que hay que recibir con regocijo la obra del cronista que mira a sus conciudadanos, a gente interesante que anda por el mundo cargada de cosas que contar. Acabo de leer un libro maravilloso: El cabo de las mil visiones, de Luis Sexto, publicado por la editorial Pablo de la Torriente Brau. Un libro que reúne crónicas de gente común, a primera vista, pero que en realidad son criaturas peculiares, extraordinarias, que reúne también historias colectivas, que trenzan sin traumas los hechos verificables y la más pura leyenda.  

El escenario es el Cabo de San Antonio, cuna de una exuberante naturaleza y también de un no menos pródigo caudal de fabulaciones, morada de soñadores, destino final de cazadores de tesoros.  

El cabo de las mil visiones es un excelente ejemplo de buen periodismo. Y a la vez, de no menos linajuda literatura. Luis Sexto, dueño de un peculiar estilo, recoge las historias de lugareños, pasto de leyendas y las enriquece con su prosa sólida. Pero el espíritu original se mantiene intacto. El autor, con humildad y paciencia, salva para sus contemporáneos estos cuentos de buscadores de tesoros, de gente enamorada de la belleza cruel de este solitario pedazo de la isla. 

Ojalá aparecieran más libros como este, tan escasos como estamos de volúmenes de crónicas y reportajes, de crónicas y reportajes de altura, que demuestren a tantos escépticos que el periodismo también se puede contar con la belleza de la vida.

UN MENSAJE DEL “OTRO LADO”

UN MENSAJE DEL “OTRO LADO”

 Lo reproduzco porque quien lo firma -cuyo nombre callo por obvias razones de seguridad para él- es aun, a pesar de los años, amigo verdadero del titular de esta bitácora, que, a su vez, lo estima como siempre. Vive en la emigración; yo sigo en Cuba. Pero su mensaje me confirma que la calidad humana que lo distinguió una vez sigue actuante, discerniendo lo justo de lo injusto, lo racional de lo irracional. 

Hace varios días estaba por responderte algo relacionado con el tema que tocaste de las “Dos visiones de la feria”... Me alegra, ojala algunos de los tantos cretinos que pululan por acá y por otros tantos puntos de esta Unión de Estados y de otros tantos confines, se detuvieran a pensar un rato sobre sus verdaderas nostalgias. Claro que siempre habrá muchos que opinen lo mismo relacionado con el tema. Añoran la tierra que los vio nacer, pero la que ellos conocieron: la de los clubes, cabarets, los negritos limpiando zapatos y las putas por doquier.

Pero todo ello a espaldas del dolor de los que sufrían sin tener nostalgias, pero con sus penas acuestas en busca de respuestas a sus sufrimientos y abandonos.

Para mi el tema de las nostalgias se me presenta en primer termino por la familia, luego por las calles que recorrimos, los parques donde nos sentamos no a rumiar penas, sino a ver a mi hija montar sus primeros velocípedos y bicicleta, los buenos amigos, el cielo azul como ninguno, las satisfacciones del trabajo en algunos momentos.

Y todo ello lo enfrento con un buen libro entre las manos (en estas época se me hace ya difícil no leer a diario).

 Con mi silencio, la tranquilidad de mi casa y con mis enfermedades,  quizás o viva mas o menos años, pero nunca podré sustraerme a mi modo de ser, sin rencores, sin odios, sin malos deseos para los que nos dañaron, etcétera…

Y créeme que me resulta difícil al chocar con personas como Claire Weimbach, que por supuesto, son las que mas abundan aquí. Para mi Cuba sigue siendo mi patria, mi cuna, la tierra que guarda los restos de mi padre, el lugar donde yo también quisiera reposar . Y a estas tantas Claire que abundan por el mundo y a los tantos coterráneos que igualmente nos rodean por acá, no queda otra cosa que ignorarlos, como el sol a las sombras cuando quiere salir.

Cada uno labra su destino, pero muchos no sabemos cómo enfrentarlo todavía y pese a que muchos opinan también que la patria es el lugar donde vivimos y nos sentimos bien, para mi seguirá siendo siempre ara y no pedestal, como aprendimos del Maestro, de Martí. Y te digo más, en términos políticos, cada día rechazo más a los guerreristas de pasteles, croquetas y bocaditos, con sus recomendaciones a los de allá de salir a la calle. A los que, ya que no tuvieron el valor de enfrentar  sus males, deberían tener  el pudor de callarlos. 

ACERCA DE UN LIBRO DE LUIS SEXTO

ACERCA DE UN LIBRO DE LUIS SEXTO

Por Joaquín G. Santana  

Texto difundido por la web de Radio Habana Cuba

La  prosa y la música necesitan un tono. Adivinarlo es asunto esencial en quien escribe libros o canciones. El resto es oficio, técnica dominante, suerte y certeza del acierto en el tema. Para Luis Sexto haberse adentrado en El Cabo de San Antonio, como periodista, le introdujo en un mundo de sombras orales, siluetas de hombres cuya existencia misteriosa se nos hace sospechosamente increíbles, parajes que se ven por una vez y suelen olvidarse para siempre. Porque El Cabo es eso: una sugerencia más que una evidencia. Y a la larga, casi desde siempre, El Cabo es un permanente desafío a la imaginación. No en vano el título que Sexto asumió sin pensarlo dos veces: El Cabo de las mil visiones, “misterios y leyendas”, como afirma el subtítulo.  

La prosa de este libro suena antigua. No lo proclamo como deficiencia. Todo lo contrario. Suena a lenguaje antiguo y hermoso, de acento religioso, revelador y exacto, tal como la lengua de los que andan y desandan el lugar. Serena certidumbre que nos entra -de un gran salto atlético- por la reflexión y penetra el sentido revelando enigmas, acomodando signos entrañables de la visión que el hombre tiene de su rastro en el sitio de sus añoranzas y su sobrevida.  

Todas las páginas del libro nos suenan, por tanto, exquisitamente, a inventario de alguien que antes que ningún otro le dio nombre a las cosas y las iluminó con una espléndida cuota de religioso azar. Virtud que solo escasamente desciende a la prosa: de ahí que este volumen lo caracterice la intensa carga de poesía que desborda toda(s) su(s) historia(s). Sexto es responsable de ese acierto. No en vano adivinó su tono exacto y ajustó la cadencia del tiempo que describe a las necesidades de los muchos misterios que pueblan ese sitio donde la mar del sur se junta con la del norte, en una amorosa, indescifrable, comunión de las aguas y los trillos; de las cuevas de límites impenetrables y las  visiones de cofres y tesoros descritos en los mapas. Allí donde el silencio habla otro lenguaje, como un viejo pájaro que habita la penumbra. 

Como suelo hacer sometí la obra a la prueba de una segunda y detenida lectura. Superó lo que sus expectativas prometían. Los personajes ganaron en consistencia humana. El paisaje ensanchó sus contornos, tanto en extensión como en profundidad, incorporando la polifonía de ciertas irreversibles corales de la floresta occidental cubana a la nostalgia de los testimoniantes. Añadió a lo anterior olores y sobresaltos inaudibles en la inicial entrada al texto. Y el color, antes uniforme, se hizo más diverso y atrevido. 

Termino agradecido la reseña del libro de Sexto. No la escribí para promoverlo a los ojos de posibles lectores. No lo necesita. Lo bueno y perdurable no requiere elogios. Se impone por sí mismo. Escribí “agradecido” porque leí un texto original y eterno. No siempre se alcanza esta oportunidad en un mundo donde suelen primar y confundir  las imitaciones.

BUSH, EL LOBO Y LA CAPERUCITA ROJA

BUSH, EL LOBO Y LA CAPERUCITA ROJA

Por Luis Sexto
El grito de alerta implica la certeza, la cercanía del peligro. Ahí viene el lobo. Porque verdaderamente el lobo existe. Vamos a demostrarlo. George W. Bush reinstaló  el mesianismo como política exterior de los Estados Unidos. Y según la percepción predominante de las conciencias más activas e inquietas en aquel momento, el discurso del presidente de los Estados Unidos en su segunda toma de posesión fue una especie de declaración de guerra, principalmente contra los países del sur donde perviven casi toda la piel negra, todos los estómagos mendicantes y todos los pies descalzos del planeta.
Las palabras –dirán algunos- son palabras: volátil derroche de una filosofía vana y pedestre. El refranero de numerosas lenguas apela al consuelo de establecer un trecho entre el dicho y el hecho. Pero no siempre acierta, porque las palabras componen a veces un hecho. Y por momentos un hecho irresponsable. Aquel discurso del presidente no fue una pieza preelectoral, ni los fuegos fatuos de una reunión de vecinos o correligionarios. Tampoco un texto político, porque no hay actividad política sin programa. Y así el documento carecía de las acciones concretas -las tareas previstas- que todo gobierno traza prospectivamente. Fue, en cambio, una declaración ideológica que progresivamente se ha encargado de enfatizar. Abundaba en justificaciones doctrinales sobre la actitud de los Estados Unidos en sus relaciones con el resto del mundo, invocando el "destino manifiesto" que rigió hasta hace un siglo el cálculo expansionista y que a partir de los primeros años del XX orienta la estructura imperialista.

A esta distancia, nadie dudará que el mesianismo –esa convicción de ser llamado a decidir el destino de los demás- implique un peligro cuando se desplaza de lo individual para encarnarse en un gobierno, en un país. El ejemplo más cercano es el milenarismo del Tercer Reich, que se envolvió en una espiral mesiánica y contagió a Alemania de la creencia en una humanidad más pura, sin mezclas, ni escorias raciales. Y como comprendieron los sobrevivientes -y sabemos por los libros y las memorias los que nacimos después siendo también sobrevivientes de una guerra que casi nos impide nacer-, tanto fervor por una humanidad “pur sang” estuvo a punto de apurar, entre 1939 y 1945, la extinción de la especie.

Actualmente los estereotipos se han modificado. La obsesión aria del Fuhrer ha sido sustituida por la libertad convertida en fetiche. "Dejaremos la alternativa clara a todo gobierno y a toda nación: la opción moral entre opresión, que siempre es equivocada, y la libertad, que es eternamente correcta", advirtió Bush en su habitual lenguaje tecnocrático, inmune a cualquier emotividad, porque, a fin de cuentas, el proyecto de "acabar con la tiranía en el mundo" es asunto de pragmática y aséptica precisión. Este tipo de mesianismo engendra inevitablemente la guerra. Porque no se puede ofrecer la alternativa entre la libertad y la opresión con un misil -nuevo garrote- hincando el pecho del sometido, ni conservar el orden observando a todo el orbe a través del cañón de una escopeta. De ese modo, como ha demostrado la historia, la libertad perece. Y también se quiebran las alas de la paz.

He insistido en la condición ideológica del discurso habitual del presidente W. Bush. Y lo hice convencido de que ideología y política no son sinónimos. La política, como equivalente de táctica, método, programa, puede modificarse; la ideología, que atañe más bien a lo estratégico, a los conceptos, a la interpretación de la sociedad, se resiste a transformaciones que implicarían también, como resultado de última instancia, cambios de intereses geopolíticos en el Estado y en la posición económica, y por tanto de clase, de los gobernantes. Desde luego, el andamiaje ideológico de Bush y su equipo pretende maquillarse con los cosméticos de un lenguaje moral y religioso. De lo cual resulta –sea dicho sin intenciones profesorales- que el mesianismo de los Estados Unidos surge de un "encargo de Dios", una tarea celestial de "pueblo elegido".

Pero de qué Dios habla Bush, a qué Dios ora. No nos cansemos de formular esta pregunta: ¿tiene Bush a Dios o no lo tiene? Preguntémonoslo en el silencio de nuestra vida interior. La respuesta desembocará en esta verdad: uno suele dar lo que tiene. Y me parece que habitualmente Dios se convierte en una caricatura al servicio de ciertas manipulaciones. El presidente de los Estados Unidos invoca y reza a un dios concebido a imagen y semejanza de sus ambiciones de predominio unipolar. No estoy abordando un tema teológico; me falta competencia. Simplemente analizo el comportamiento cristiano del presidente y el gobierno norteamericanos, con un instrumental ético. Sería válido recordar cuando, cinco o seis siglos atrás, Su Católica Majestad y el Rey Cristianísimo elevaban preces por la victoria en una de las usuales batallas por oro y poder entre España y Francia. Qué compromiso para Dios recibir rogativas por la victoria de los dos rivales en la misma acción bárbara de la guerra. Y Bush ha metido a Dios en otro trance peliagudo convirtiéndolo en su cómplice. ¿Misión divina matar? ¿"Nación elegida del Altísimo" aquella que oprime y acusa al oprimido de opresor, aquella que destruye y acusa al destruido de destructor, aquella que pretende aterrorizar y acusa a la víctima de terrorista? ¿No lo vemos claro también con Israel en el Medio Oriente?

Los Estados Unidos pueden ahora descabezar la libertad mediante la violencia, exportar a la fuerza su cultura, extender mediante truculencias su democracia de millonarios. Pero afortunadamente Irak les demuestra que el papel de Mesías del Viejo Oeste, tiene su precio en la resistencia del invadido. No puedo contarlos, pero me parece que muy pocos creemos ya en el lobo disfrazado de Caperucita Roja.
 

LAS VIÑAS DE LA LOCURA

LAS VIÑAS DE LA LOCURA

Por Luis Sexto 

Ya Cuco no está loco. Ahora es posiblemente el viñador más avezado y célebre del país. En la primera vendimia en 1987 recolectó 20 quintales. Fue una fiesta. Los incrédulos llegaron a la finca sonriendo como si con aquellas caras de bromistas suplicaran perdón al loco que había revolucionado la  tradición agrícola de Güira de Melena, con un cultivo que sólo... sólo a los locos se les ocurriría. 

Muchos en la zona lo imitaron más tarde. Pero muchos también se arrepintieron. Porque la vid pide los cuidados de un recién nacido durante diez meses al año. Entre el cultivo y la cosecha. Plantar. Y luego empalizar, fumigar, desyerbar, podar... Y sólo un descanso de dos meses. 

Llegué a la casa de Cuco 16 años atrás, cuando apenas hacía dos que se había atrevido a desafiar el clima, la inexperiencia, la crítica, el prejuicio. Estaba deprimido. El día antes, una granizada había estropeado sus viñas en medio de la cosecha. Los emparrados simétricos se ofrecían como el símbolo de la desolación:  revoltijo de hojas, gajos, frutas. Frustración del trabajo. Cólera ante lo inevitable. “¡Cómo usted me va a entrevistar en estas circunstancias!” Sin embargo, conversamos. Y salí de aquella especie de jardín que es su finca con el retrato de un hombre cordial y generoso, que convertía cada jornada en el ámbito de lo extraordinario. Sin palabras. Con actos, el idioma de la grandeza. Se repuso del desastre.

EL CRÉDITO GANADO

 Después he regresado a comprobar si persevera en la faena de viticultor, oficio tan raro en Cuba como el conocimiento sobre la vid y su agrotecnia. Recuerdo, en particular, una visita. Terminaba de cerrar la vendimia del 2000, con la cual sumaba 13 cosechas consecutivas y  un promedio anual de  1 000 quintales en dos hectáreas: más de 7 000 matas en  casi un patio dentro del patio de siete u ocho hectáreas que componen su propiedad. Le pregunté al saludarlo si ya había aprendido algo sobre la uva. Me respondió que no lo suficiente. Los viñedos son conflictivos por los problemas que el agricultor  topa en el camino: hongos, lluvias, granizadas, vientos  Y aunque nunca ha fracasado, va cursando aproximadamente el quinto grado.

-Aún no he llegado a la secundaria. La uva no tiene fin.  

Cuco -que legalmente se nombra Oscar Hernández Pérez- comenzó a “enloquecer” cuando visitó a su amigo Sosa en San Antonio de los Baños, y vio tres o cuatro matas de uva de las cuales colgaban  racimos sustanciosos y con aceptables lealtad al azúcar. Sintió un impulso inexplicable mientras acariciaba las verdimoradas bolitas que alguna vez comió a las 12 de la noche de un 31 de diciembre.

-Me gustan; voy a plantarlas -dijo.

-Pero si de uvas no sabes nada; es difícil- argumentó Sosa. 

Al principio le allegaron un folleto titulado “El difícil cultivo de la uva”. Y él, que conocía todas las bondades y los caprichos de la tierra, casi sonrió irónicamente. “Me quieren asustar.”  

La locura contagió temprano a Cuco; se la transfirió su padre. Al viejo no se le ocurrió plantar uvas, pero ahorró un centavo y luego otro hasta cuando en 1945 compró la finca “Jorge”, unas 10 hectáreas con un bohío jorobado en el medio. Padres e hijos -dos varones- prosiguieron trabajando en propiedades ajenas colindantes para terminar de pagar la propia y reunir aperos y semillas. La gente comentaba que Hernández había enloquecido. Figúrense. Guardar dinero con tanta paciencia y privaciones para comprar una tierra yerma. Pero él nunca se arrepintió de haber pagado 3 600 pesos -entonces mucho-por aquella reducida porción, cuyas ventajas calculó en silencio: no se extendía en zona baja, ni hospedaba piedras y se hallaba a unos cinco kilómetros de Güira de Melena y a menos de tres de El Gabriel, localidades al sur de la ciudad de La Habana. Un agricultor sabio adivinaba cuánto rendirían esos detalles.  

“Jorge”, con los años, se transformó en una feraz productora de papa, tomate, ají, ajo, cebolla, zanahoria, flores, alternativamente. Y una casona de madera y tejas,  sólida y ancha, se irguió en lugar del bohío, y un tractor, que todavía puja después de casi 45 años, cruzó de un lado a otro removiendo el olor de la tierra. Y Cuco, que se resistió a irse con su hermano a la ciudad, construyó junto a sus padres una vivienda de mampostería, y se casó con  Olga Iglesias. 

Aquella vez recorrimos los viñedos. Los pasillos sombreados por las vides, que se entrelazaban arriba, suscitaban las ganas de sentarse bajo el emparrado y sobre el suelo limpio como piso de hogar. Uno se imaginaba andar por tierras lejanas donde las viñas, las uvas, y las vendimias, y el vino, son riquezas campesinas, y también fiesta, rito emparentado con una profunda antigüedad mediterránea. Nos acompañaba el recuerdo del bíblico Noé, y su embriaguez con el fruto de la vid, y los escritos egipcios que aseguraban que el cultivo de la uva retrocede unos cinco mil años antes de nuestra era...  

LA HUMILDAD DEL APRENDIZ 

El saber inicial le llegó a Cuco mediante la comunicación. Porque, reconociéndose audaz, tozudo, emprendedor, sabe que la humildad ha de acompañar a cualquier aspiración. Se enteró de que en Pilón, en la provincia de Granma, Ángel Mora se dedicaba a la viticultura. Y Cuco, ahora, se quita el sombrero. Y por lo que  dice, uno comprende que el descubrirse la cabeza no es un gesto reflejo; equivale a un saludo, un acto de respeto al ya fallecido, campesino oriental.

-Me dije: si vive de la uva es porque la conoce.

Y partió hacia Pilón. A aprender. Allí estuvo dos horas.

-Nada me ocultó. Lo demás lo he aprendido en mi lucha diaria, o leyendo algún folleto extranjero. 

En esta tierra no crece y fructifica cualquier vid. Solo una variedad, con resistencia para no secarse  cuando el termómetro enrojezca hasta los 40 grados Celsius. Esa es la variedad de Cuco. En un momento de mi primera visita le pregunté cuál era la diferencia entre sus uvas y las europeas. “Las de allá más dulces; las mías, más productivas. Doy hasta 19 cortes; los europeos, mucho menos.” Pero, actualmente, prefiere menor volumen y mayor calidad. Porque, disminuyendo los cortes en la vendimia, que transcurre de junio a septiembre, la fruta se entrega más dulce. 

Lo que sorprende en este campesino alto, robusto, de hablar apresurado y abierto, es la capacidad de sus manos. Qué tendrá en ellas que, en cuanto emprende, la tierra lo premia con la abundancia. En noviembre de 1999 plantó una hectárea de fruta bomba, de la Maradol, esa papaya que inventó Adolfo, el padre de Adolfito Rodríguez, uno de los agrónomos más conocidos de Cuba. Al año, en la primera cosecha, recogió 600 quintales. Y en la escueta plantación cuelga un volumen similar, que ha tirado al suelo a ciertas matas por las tetas numerosas que se le prenden al tallo. Lo mismo le sucede con la zanahoria. Su nombre representa los más elevados rendimientos del país: 16 500 quintales por caballería.   

ué tendrán las manos de Cuco. Quizás sea un Rey Midas. Mas,  conversando con él, que se acercaba entonces a los 70 años y sostenía sentirse más vital que cuanto alcanzó los 60, uno va entreviendo que la agricultura no es magia, sino técnica, inteligencia. Y que las manos son fértiles cuando se aplican al trabajo. Sobre todo con amor. Amor a lo que está más arriba de la frente; amor a lo que arruina el sueño poniendo a girar en el pecho mil dudas y esperanzas. El dinero no es el propósito de Cuco. Lo asegura con su voz caliente, de persona natural:

-Prefiero la gloria de recoger a costa de talento y empeño que todo el dinero que, con menos dificultad, pueda ganar. 

Esa es su verdad. Yo la creo. Por ello, de vez en cuando,  vuelvo a verlo.   

ESO DE ESCRIBIR ES UN PROBLEMA

ESO DE ESCRIBIR ES UN PROBLEMA

Por Luis Sexto

Acepté la tarea dichoso y agradecido. Entonces yo era colaborador de Bohemia, aspirante a integrar su plantilla, y la más antigua Casa entre los medios cubanos me encargó entrevistar a Onelio Jorge Cardoso que en esos días redondeaba 70 años. Pero yo no lo conocía de cerca. Simplemente lo admiraba.

El culto por el escritor partía primeramente de mi respeto por los ancestros, los antecedentes, los modelos, porque nunca tuve panza de Buda, ni complejo de Colón. Por tanto, me resabía el argumento y la forma de los cuentos primordiales de Onelio; recordaba en retahíla el nombre de sus personajes, y el tenerlos obedientes a la simple enumeración, sin haberlo pretendido en un ejercicio de memoria, era para mí una prueba de la prominencia literaria y la hondura humana de los textos del maestro de “El caballo de coral.

Me le presenté una mañana en su oficina de la Unión de Escritores y Artistas, y al plantearle mi intención, se resistió. No precisé si porque no conocía la marca del entrevistador, o porque se había contagiado con la filosófica suspicacia de alguno de sus personajes, y todavía no había podido medirme la caja del cuerpo. Pero lo vencí con un argumento: vengo en nombre de la revista de la cual usted fue colaborador especialísimo. Lo acató, y me prometió responder el cuestionario. Dos días después me sorprendí al notar que las respuestas habían sido escritas entre dientes. Demasiado parco. Excesivamente reticente. A la pregunta de cómo escribía un cuento, si inventaba la fábula, o tomaba la anécdota de la realidad, me respondió en un tono que aprecié como de “encabronamiento”. “Mire, eso de escribir es un problema tan delicado como para estar inventando anécdotas, y la realidad, si no más, es tan rica como la imaginación. Total que habría mucho que hablar...” 

Pude pensar que Onelio era un hombre amargo, ríspido. Pero, tiempo más tarde nos conocimos más de ojo a ojo. Y su bondad guajira -que a veces se le disfrazaba con malla de hoyos minúsculos para que no se filtraran las moscas o los mosquitos- me autorizó la confianza. En 1986, le pedí algunas cuartillas con el propósito de difundirlas como servicio especial por los circuitos de Prensa Latina. Me advirtió que hacía tiempo no escribía. Pero estaba pensando volver a sentarse ante la máquina y me prometió que el primer texto sería para mí. En efecto, semanas más tarde me telefoneó; lo visité. Cuca me abrió. Onelio iba a bañarse, mas no me obligó a esperar. Salió en el íntimo “short” y me entregó la crónica de un reciente viaje a Yaguajay, acompañado del poeta Raúl Ferrer. Habían visitado el central Narcisa, en cuya escuela ambos levantaron cátedra de llaneza magistral y de tierna pedagogía. Calificarla de hermosa, buena, bella, linda, equivaldría a lacerar la memoria de aquella crónica. Era un original propio de Onelio: con toda la fineza con que excavaba en lo más poético de un paisaje, lo más afilado de una emoción, lo más lancinante de un dolor. Le asigné un turno en una próxima emisión.

El final de la historia ya es previsible. Días después murió. La muerte suele ser también más rápida que el periodismo. Y aquella crónica circuló por las redacciones de los clientes de Prensa Latina como el testamento literario del narrador que, junto a Juan Rulfo –muerto también días antes o días después, que no me acuerdo- renovó el cuento latinoamericano.Al cabo de los años, todavía me pregunto la causa de aquella rispidez de Onelio cuando fui a entrevistarlo. Podría evocar mil razones especulativas o someras y podría actuar injustamente. Me inclino a concluir que la modestia de Onelio se protegía de los entrevistadores y las entrevistas. Porque al marcharme le dije que en otro momento, cuando él dispusiera del tiempo y la paz que ahora le limitaban los sucesivos homenajes por su cumpleaños 70, yo lo entrevistaría morosa, largamente. El, mirándome por sobre sus espejuelos, me recomendó:

-Sí, está bien; pero demórelo bastante.        

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

Por Luis Sexto  

Levanto las dos manos a favor del pobrecito, el maldito, el menospreciado, el insultado panfleto. Y coincido con otros autores en que el  panfleto no puede ser el término peyorativo, hiriente, que se endilga a todo texto izquierdista o izquierdizante  escrito con palabras claras, asequibles, democráticas. Más bien ese texto puede ser llamado panfleto o calificado de panfletario, pero como indicio de excelente calidad periodística o literaria. Me explico. El nombre o título de panfleto, en puridad crítica, no implica forzosamente lenguaje soez, miseria ideológica, ni bajuna hechura. Todo lo contrario, ese nombre pertenece a un género al que no dudo en encasillar entre los estantes de la literatura y, por tanto, como portador de una naturaleza cualitativa que nadie descalificará ateniéndose solo a una supuesta miseria esencial del panfleto. Porque –sean ya precisados convencionalmente los extremos de la discusión- existe buen panfleto y también mal panfleto, como mala novela y buena novela, buena poesía y mala poesía.
 

El panfleto es la envoltura de la polémica. El documento concebido bajo los humos de la pasión, entre fervores partidistas, a favor o en contra de una idea o un acto. Qué hacía, si no, Fray Bartolomé de las Casas cuando defendía gallardamente a los aborígenes americanos de la explotación colonial y se enfrascaba en una polémica con políticos y teólogos del Reino, aduciendo ardientes argumentos a favor  del alma humana de tainos y siboneyes en Las Antillas, y en contra de su esclavización. El fraile “panfletaba”-reclamo la invención del verbo-, y si fuéramos a determinar en estas líneas una somera periodización de las letras hispanoamericanas, habría que sostener que con “La destrucción de las Indias”, del más tarde obispo de Chiapas, comenzó la literatura panfletaria en este lado del Atlántico. Esa misma tendencia que siglos después seguirá José Martí, uno de los estilos  renovadores de la prosa española en el XIX. Leamos Vindicación de Cuba, artículo que responde a ofensas contra los cubanos aparecidas en un periódico de Filadelfia, y tocaremos el estilo candente de un luchador social que, arrebatado por el amor a su país y a las ideas de emancipación e independencia, abofetea con limpieza al que osó denigrar al pueblo de Cuba. Panfleto hace Martí en ese  texto y en muchos otros que integran las tres decenas de abultados tomos de sus Obras Completas.

Honrosa, útil literatura de la polémica. Apasionada, filosa esgrima del intelecto. Cuantos sostienen prejuicios contra el panfleto se sorprenderían si repararan en que fue género de reconocidos escritores. ¿Admitirán que “Los Miserables”, la novela emblemática de ese “monstruo” llamado Víctor Hugo, es un panfleto?  ¿O “Utopía”, de Tomás Moro? ¿O  “Jerusalén liberada”, de Tasso?  ¿O “Anticristo”, de Nietzsche?  ¿O  “Yo acuso”, de Sola? ¿O “El desesperado”, de León Bloy? ¿O mucha poesía de Lope de Vega, Quevedo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, los ensayos de Unamuno?  ¿O, incluso, hasta las epístolas de San Pablo? ¿O “Vida de Cristo”, de Papini?  ¿Y qué de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”?

No me acusen de liberar el freno de mi imaginación caribeña. La desmesura criolla no me obliga a desmandarme, al menos en este trance. El panfleto está ligado a la lucha de las ideas, a la predicación, el proselitismo, el partidismo en la literatura. Y toda la discusión puede centrarse en que a veces se escribe un panfleto indigno de sus funciones. Y entonces ya no sería panfleto, sino “despanfleto”o “antipanfleto”. En Cuba, que es la ciencia que más conozco, cierta tendencia llama “teque” a los textos cuya sustancia es la política revolucionaria. Déjate de “teque”, dicen algunos cuando leen  u oyen algo atinente a nuestra vida o a los ideales de la revolución.  Y yo, que de ello he escrito en medios cubanos, no los culpo. Porque una vez empezaron a rechazar justamente los temas políticos o revolucionarios expresados repetitiva y anémicamente, sin calor ni convicción, aventados de lugares comunes, escasos de sugerencias, ahítos de evidencias. Y empezaron a identificar el “teque” con todo lo relativo al discurso revolucionario.
 

Advierto, pues, que no seamos injustos con el panfleto. Ni menospreciándolo por su tono de pasión, por su  estilo claro, llamado a las mayorías.  Ni tampoco irrespetándolo con una factura indigna, nutrida por insultos y argumentos sin sostén racional. De paso, he de decir que los textos sesudos, académicos, son necesarios, aunque solo, por su lenguaje especializado,  pocos lectores los atiendan y entiendan. La obra magna de Carlos Marx –El Capital- resulta una aventura lenta y complicada cuando uno se adentra en su enjundiosa ciencia. Y no por ello hemos de prescindir de ese libro capital. Pero, a veces –y no es el caso de Marx- algunos de esos textos que abordan la sociedad y sus problemas con el instrumental científico repelen la lectura, porque están torpemente escritos. Dicen que el filósofo Kant  se excedió en lo abstruso, oscuro. Y algún especialista asegura que es por su profundidad. A mi parecer, Kant escribía mal; echaba el torrente de sus ideas en un estilo llamado “de baúl” por Jorge Luis Borges  y que yo llamo “de bolsa”, esto es, todo el contenido mezclado en larguísimas oraciones que llevan dentro de sí muchas más oraciones largas. La claridad en lo escrito, más que de palabras, deriva en  un  problema de sintaxis.
 

Y  no teniendo otra cosa que añadir, termino mi panfleto a favor del panfleto.