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PATRIA Y HUMANIDAD

NO SOY CRIADO DE NADIE

Por Luis Sexto 

Diccionario de frases al uso

Ni usted ni yo somos criados cuando alguien viene a pedirnos o a mandarnos con los megáfonos persuasivos de un cañón, o con la fusta de un mayoral. Y uno tiene que emparejarse a la prepotencia trancándose, atrincherándose justamente, para clarificar y clasificar las cosas.

Pero vayamos a la contraparte. A ese momento en el que ya la frase renuncia a militar en una actitud de defensa propia ante la dignidad personal apremiada. Y pasa a ser una expresión regurgitada como buche de irracionalidad, que salpica incluso al deber. Porque el deber implica servir. Y hay deberes que lo evidencian, incluso, con la manifestación del corte y el color de una camisa.

Esta frase se origina en una aprehensión histórica. Lo pasado pasa. Pero pesa. Y ni esclavo ni criado son posiciones del gusto del cubano medio, porque estos sustantivos proyectan el desdoro, la sombra hereditaria de otros siglos Y esa es una explicación ideológica de la incapacidad de ciertos servicios para conquistar el crédito. Ni pagándolos en oro... De una caprichosa o errónea sinonimia proviene frase de tanto desplante, de tan irascible distanciamiento. No soy criado de nadie, porque suele hacerse sinónimos a servicio y servidumbre, a servicial y servil. Falta léxico y gramática sociales. Esto es, ética.

Le falta, por ejemplo, a ese cartero que acostumbra a dejar las cartas tiradas en el vestíbulo de los edificios donde no existen buzones. Sí elevadores y escaleras. Y él, al ser reclamado por un vecino, respondió: Yo no soy un perro; no tengo obligación de subir. Y dónde ¾le preguntaron¾ se mete la casi sagrada misión de trasegar, preservar, entregar la correspondencia. El cartero no supo oponer ningún argumento. Quizás el Correos pueda limpiar dudas y corregir negligencias.

Cuanto digo, en suma, se magnifica en una disyuntiva: o me enconcho, me encaracolo, o me prodigo en amistad, en solidaridad. Si opto por encogerme, me voy trocando en un majá o en una víbora: huidizo, a punto de lazar un mordisco a cualquier pie que me roce.  Si me reparto,  de júbilo brilla el placer de tender la mano a quien resbala, comprender a quien se lamenta. Aclaremos. Una contradicción distingue a ciertos suscriptores de la frase. Se niegan a ser criados, y se amarran a su perro; hasta duermen con él a despecho de recomendaciones sanitarias. Es enaltecedor amar a los animales. Marca, según un escritor, la medida del amor por nosotros mismos. La autoestima. Pero olvidan que el hombre es el animal básico en la naturaleza.

Ningún poder, ninguna autoridad, ningún privilegio se justifican si no los humedece la voluntad y el hecho de servir. El poeta Félix Pita Rodríguez lo sintetizó en una frase que podría sustituir a la otra: “Servir es más precioso que brillar.                 

EL DERECHO DE NO SER POBRES

EL DERECHO DE NO SER POBRES

Por Luis Sexto

¿Cuánto? Esa es la pregunta recurrente,  arete labial, que les cuelga a quienes sopesan, miden, estiman la vida en el volumen del bolsillo o la cartera. Son como personajes de Balzac: indiferentes e inescrupulosos. Pero cuidado al hablar del dinero. Verdad que es  metáfora del mal. Cumbre de la tentación. Excreta de la noche. Y estiércol del diablo, como lo tildó el ácido Giovanni Papini.

Los sabemos. El dinero financia las elucubraciones armamentistas, sufraga las guerras, paga a la prensa “napoleónica”con la cual, de haberla concebido, el Gran Corzo nunca hubiera perdido la batalla de Waterloo. Pero seamos justos: también impulsa la resistencia, sostiene a las revoluciones. Y opera como medio de relación. Signo de distribución. Todavía la sociedad no le ha hallado sustituto racional, práctico.

La culpa de sus desmanes no le pertenece únicamente. Hay responsabilidad en el que lo asume como espejo y lo pasea por la calle como suma del poder y la vanidad. El dinero es lo que vale, pregonan. Y, por supuesto, nada que no se obtenga con dinero, sirve.  Para estos cajeros de la vida cotidiana, por favor, tenga usted la bondad, me podría ayudar, hermano, son fórmulas infantiles. Porque la sociedad, la vida, se entrega a los recios, a los que ponen precio a todo. Incluso a  los otros. Y, desde luego, también exhiben su etiqueta de venta. ¿Cuánto me das? ¿Cuánto te doy? Esa es la consigna y su variante recíproca. Y para irse globalizando, incluso, lo mastican en inglés: How much?

Afrontemos una paradoja. Advierto que podrá disgustar, mas la experiencia social certifica que los pobres también necesitan el dinero. Y nosotros, gente que se inclina hacia la  izquierda -el lado del corazón- coincidimos en defender el derecho de los pobres. Mas ¿qué derechos? Quizás estoy adentrándome en un asunto de alta o profunda teoría. Tal vez, aburra a los lectores. Es probable que a pocos les interese una reflexión un tanto abstracta. Las ideas, sin embargo, nos sirven como armas concretas. Y todos cuantos hoy pensamos, escribimos, polemizamos sobre un mundo mejor, como suele decirse, hemos de depurar las ideas que escoltan, acorazan nuestra lucha. 

Cuando pienso en el derecho de los pobres –los últimos, según una terminología reciente-, insisto en precisar a qué derechos nos referimos. Porque el único derecho que yo no les reconozco a los pobres es el derecho de ser pobres, a carecer de los medios que fundamenten una vida decorosa. Y defiendo, por encima de todo, el derecho a dejar de ser pobres, que no equivale a proponer que todos seamos ricos a la usanza clásica: la riqueza como resultado de la injusticia. Y erradicar la injusticia es, precisamente, la tarea de los revolucionarios. Concuerdo con alzar la pobreza a un balcón de virtud. La pobreza como arte de humildad,  antídoto del lujo, vacuna contra la prepotencia y la corrupción, diseño de la solidaridad.  Estos valores espirituales o morales componen fines de un programa de mejoramiento personal, que tiende a perfeccionar la sociedad y  que no incluye la pobreza como carencia, estrechez, o como dependencia de la dádiva, aunque el regalo provenga del Estado.

Las lecciones de la historias están todavía muy cerca. Cierto “socialismo real y fracasado” pretendió hacer las cosas más simples, porque, cuando elegimos desde la pobreza, vestir y calzar y comer se convierten en una operación menos engorrosa, más rápida y barata. Pero también  más angustiosa y frustrante.  En China, por ejemplo, la pobreza empezó a recular -a pesar de las manchas que aún se dispersan por el enorme país- después de que los comunistas trascendieron el esquema del “socialismo aldeano”, comunal emparejamiento de las personas en las necesidades,  los medios para resolverlas y en los resultados del trabajo.

Quién dudará de que el hombre no pueda vivir sin esperanzas. Es una virtud teologal, atributo de la conciencia religiosa. Y es además una virtud humana, natural, social, de este mundo y de hoy y de cualquier tiempo. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y todo régimen social, por tanto, tiene que ofrecer la esperanza como sostén. En el capitalismo una minoría la concreta, y muchos amanecen confiando en que, este día, será el de la fortuna, el del salto de la pobreza al bienestar. Esa actitud marca, orienta, hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas. Es, desde luego, una esperanza engañosa y cruel, expresión de una política impolítica.  Pero tan impolítica es la política que niega la esperanza o la aplaza. Un régimen con la esperanza cerrada no sobrevivirá a sus contradicciones.

Hugo Chávez ha asimilado las sugerencias de los años 90 del siglo XX. Ha comprendido, al parecer, como “discípulo de la historia”, que los manuales de la experiencia del llamado socialismo real trataban más bien de acomodar la vida que de acomodarse a las normas de la vida. De ahí la afirmación chavista de que es necesario inventar el socialismo. Y así nuestros sueños a favor de los pobres no implican -pues nos opondríamos a las verdades de la realidad- repartir entre todos la pobreza con cuyos valores precarios se amengua también la libertad. No todos pobres, pues. Más bien, habrá que distribuir equitativamente la riqueza. La igualdad ha de concurrir, generalizarse colectivamente en una cita con las oportunidades no igualitaristas de bienestar. Y aunque cualquiera podría argumentar que esta fórmula no rebasa “el derecho burgués”, yo preferiría empezar, continuar y consolidar  la revolución  mirando las flores que están debajo de mi ventana que añorar las que no se vislumbran en la lejanía.

CASI LA MUERTE POR UNA DÉCIMA

Por  Luis Sexto

Puedo confirmarlo sin haber cubierto una guerra o una catástrofe: el periodismo clasifica como una de las profesiones más peligrosas, tanto o más que la de los pilotos de prueba. Una vez casi me ajustician en nimio y vulgar incidente donde, de improviso, fui electo pieza expiatoria de una ofensa de índole insular. Afortunadamente, las intenciones se disolvieron en una teórica  tempestad. Un amago verbal.

Ciertos lectores dedujeron  mi opinión sobre un específico asunto de la cultura cubana, basándose en una pregunta profesional. Desconocieron que el periodista, más bien el entrevistador, tiende a provocar, a llamar hacia delante el ingenio de los entrevistados, y literalmente no tiene que comprometerse ideológica o culturalmente con los cuestionarios. Leyeron en Bohemia mi entrevista con  Carilda Oliver, creo que en 1987, donde, entre diversos aspectos que atañen a un poeta, yo la ponía -o al menos lo intenté- en una disyuntiva al preguntarle si escribir décimas disminuía su dignidad poética. Ella, desde luego, no se agravió. Ni se sintió entrampada. Y respondió con una síntesis de superlativo fervor: ¡Una décima es un milagro!

Esa respuesta, en fin, es la que yo procuraba con la pregunta que a algunas personas les arrancó una declaración de guerra. El periodista solo pretendía enfrentar al poeta culto con la estrofa popular, para obtener una cápsula de creatividad, una salida portentosa. Pero nadie podía asumir que era –o soy- un enemigo, un discriminador, de la décima. Los mensajes resudaban ira, sensación vindicadora. Por poco soy víctima de un equívoco. O mártir de la intolerancia. Y cómo –pregunto ahora, después de que la sangre no bajó las escaleras- uno puede compaginar la cultura con la intolerancia. Tienen soldadura posible?

Pero, señoras y señores, no desprecio, ni menosprecio la décima. Si alguna insuficiencia lamento es carecer de la facultad de la rima y la métrica. Porque ser insensible a esos diez versos octosílabos acusa, así en términos taxativos, la falta de un ingrediente de la cubanía. Es –digo un lugar común- la estrofa nacional. Vino a Cuba sumida en el torrente de la cultura española. Como forma popular, el romance traía el mayorazgo que los campesinos cantaban envueltos en tonadas andaluzas. Poco a poco, y a partir del siglo XVIII, la espinela progresó en gusto y dominio. Aparte del empujón de la imprenta en 1723, zancadas le propició su ductilidad métrica: se ajustaba confortablemente a las tonadas predominantes. Y los trabajadores del campo, canarios en mayoría, se aficionaron a expresar su circunstancia  -accidentes, chistes, pasiones, crímenes- en la sencilla décima que tuvo, en la modorra y el paisaje de la ruralidad, su humilde prosapia de hondura criolla, hasta consagrarse como la estrofa esencial de la nación. 

escarga de júbilo, dardo de la polémica, seda de la sátira, la décima ha sido en la historia de Cuba, sobre todo, quejido contra la opresión. Jesús Orta Ruiz que, tras el seudónimo de El Indio Naborí encumbró el crédito de haber sido uno de los más  musicales y tiernos cultores de la espinela, también la ha estudiado en sus orígenes, su técnica y su estructura, y rescató esta antiquísima décima combatiente, reacción anónima ante el ahorcamiento de los vegueros sublevados en el XVIII: Doce vegueros de acción/ terminaron su destino/ colgados del camino/ de San Miguel del Padrón./ Maldita la explotación/ del Estanco del Tabaco,/ que después de un gran atraco/ sangre canaria pedía,/ pero ha de llegar el día/ que la ambición rompa el saco.      

Yo también protesté en cierta ocasión apoyándome en una décima de inspiración propia. Ha sido la única. Cerré un reportaje acerca del cerro de Guajabana, en Caibarién, con diez versos. Tanto me dolió, y me perturba aún, que una cantera se lo coma jornada a jornada, que imaginé la décima que improvisarían los habitantes de aquella zona 300 años más tarde. Estos son los cuatro primeros: Guajabana quien te viera/ emerger del horizonte/ como sombrero de monte/ sobre testa de sabana... Y me callo. No porque me dé la gana,/ sino porque un mastodonte/ quiera exigir mi cabeza,/ viendo que la belleza/ no me regaló el don de escribir un milagro.

LAS RUINAS DEL CAFETAL ARIADNE

LAS RUINAS  DEL CAFETAL ARIADNE

Por Luis Sexto

Una estampa histórica

Cualquier escolar norteamericano sabe que Rufus Devane King tomó posesión de la vicepresidencia fuera del territorio de los Estados Unidos. Pero quizás desconozca que en Cuba perviven las ruinas de la casa donde asumió sus funciones constitucionales el 24 de marzo de 1853,  ante el cónsul de la Unión en La Habana.

En tierras del municipio de Limonar, al este de la ciudad de Matanzas, la casa de vivienda del cafetal Ariadne, que perteneció a la familia Chartrand-Dubois, todavía mantiene sus paredes en pie, como memoria de una fenecida etapa de esplendor económico colonial basado en la caña de azúcar y el café. 

Electo vicepresidente el 2 de noviembre de 1852 en la candidatura  demócrata de Franklin Pierce, Rufus King, ya enfermo, renunció en diciembre a la presidencia provisional del senado y se embarcó hacia  Matanzas para buscar allí, entre amigos y en un  ambiente saludable, alguna mejoría a su dolencia. En la ciudad habitaban numerosas familias y operaban varias empresas comerciales norteamericanas, establecidas entre 1825 y 1830. Hacia 1840, el médico  John G. Wurdemann apuntó en sus  notas sobre Cuba, publicadas más tarde como crónicas de viaje con ese título, que “el clima, después de diciembre, es seco y fortificante”. En particular, en la zona del entonces partido de Limonar, un poblado de unas 180 casas, pero establecido en un paisaje que al propio Wurdemann sedujo, especialmente  los cafetales, calificados de “edén perfecto” por el viajero estadounidense. 

King se hospedó primeramente en la casa de William Scott Jenckens Updike –raíz de una familia cubana actualmente multiplicada en la Isla-, ubicada en La Cumbre, a escasos kilómetros de Matanzas.  La mansión de dos plantas recibía el aire de la cercana costa,  cargado sales salutíferas, mientras el valle del Yumurí se explayaba, en sus faldas, como una visión de paz y serenidad.

En fechas posteriores, el político se trasladó al cafetal Ariadne, en Limonar, a unos 20 kilómetros de la ciudad. El hogar de los Chartrand-Dubois, de origen francés, era asiento de sensibilidad y cultura artísticas.  Dos de los hijos,  Esteban y Phillip, se dedicaban a la pintura. El primero sobresalió por recoger en sus cuadros la imagen romántica del paisaje cubano, regidos por árboles como la palma real, la ceiba, y multitud de campos de caña de azúcar que, como un océano, cubrían la llanura. 

Pero medio y clima tan propicios poco coadyuvaron a la salud del vicepresidente electo de los Estados Unidos. Y ante su deterioro físico, el cónsul   William L. Sharkey  viajó desde La Habana para tomar juramento a Rufus King que, con paso vacilante, se acercó a una mesa de mármol para  oficializar la dignidad que sus compatriotas le había confiado. Una ley del Congreso, aprobada en febrero de 1853, lo autorizaba a concretar ese acto constitucional tan lejos de Washington.  Unos días después embarcó hacia el continente.

No pudo, sin embargo, ejercer sus funciones. El 18 de abril, murió en su tierra natal el que, presumiblemente, fue el primer vicepresidente de los Estados Unidos que asumió el cargo fuera de su patria. Ello lo sabe cualquier escolar norteamericano. Ignora, en cambio, que el recuerdo de Rufus Devane King perdura en un paraje rural de Cuba, dentro de unas paredes ante las cuales se inclinaron  los soles y las lluvias del tiempo y el olvido.  

MARTÍ EN LA PICOTA

MARTÍ EN LA PICOTA

Por Luis Sexto 

Los ideólogos cubanos  de la supremacía norteamericana –entiéndalo, si gusta, como imperialismo- se desembarazan de José Martí. Porque, como el Apóstol de la independencia de Cuba y uno de los primeros  denunciadores  del imperialismo moderno  -o estadounidense, si le parece más exacto-, no les justifica su servidumbre, su servil servicio a Washington, y su menosprecio a la república cubana independiente, lo más táctico, cauteloso, incluso digno, resulta prescindir del Maestro descalificando lo más revolucionario, práctico y perdurable de su pensamiento. 

¿Soy osado al afirmarlo? ¿De qué pruebas me valgo para advertir que quienes operan una emisora pagada por la Casa Blanca con el nombre de Radio Martí, como un medio para ingerirse en las interioridades de Cuba, empiezan a recular, a modificar su manipulación de la vida y la obra martiana? Estamos, desde luego, hablando en el plano de las ideas. Y desde hace algunos años, tal vez desde los finales de los 90, algunos de cuantos escriben en El Nuevo Herald de Miami empezaron a deslizar la especie de que José Martí se había equivocado al juzgar a los Estados Unidos. No, por Dios, la sociedad norteamericana no derivó hacia la metalización, ni se pudrió como una manzana carcomida por los gusanos del egoísmo y la vileza. Qué va.  Con qué ojos miraría Martí en Nueva York, para inquietar tanto a los hispanoamericanos con sus crónicas y reportajes a La Nación de Buenos Aires sobre los hervores canibalescos  de  los Estados Unidos, o para escribir a un amigo y decirle, poco antes de morir en combate en 1895, que todo cuanto había hecho por la independencia de Cuba en su relación con España, era también para mantenerla lejos de la  filibustera Norteamérica de Cutting y de Walker, y evitar que cayera sobre “nuestras tierras de América, con la fuerza que le daría poseer la llamada  Llave del Golfo”. 

Ahora acabo de leer un artículo, aparecido allí mismo, en El Nuevo Herald, que tilda a Martí  de alucinado. Quizás ese epíteto, usado por mí, sea muy benigno. El articulista dice: “José Martí fue intelectualmente deshonesto y políticamente demagógico cuando le postuló a Cuba la misión de impedir la expansión de la influencia gringa sobre el resto de nuestros países”. Porque –ha escrito arriba- los Estados Unidos no tienen la culpa de nuestros problemas. Y continúa más abajo: “Esa sola tesis, a mi modesto juicio, lo sitúa en la tradición del mesianismo latinoamericano que impone a nuestros pueblos el saldo de un ego insatisfecho con las circunstancias de su nacimiento. No se puede ser Napoleón (ni siquiera Bolívar) si uno nace en el barrio de Jesús María. Martí perdió, eso sí, la ocasión de ser un coherente pensador que dotara a su pueblo de un legado capaz de encaminarlo a través de la historia con una saludable percepción de sus posibilidades y una enriquecedora noción de su identidad. La pompa de las frases, su efímero estallido en un cielito de teatro bufo, triunfó sobre el sentido común y el deber a la verdad”.  

Tal vez habría que reorientar estas frases injustas y particularmente irrespetuosas sobre Martí, y aceptar que no se puede ser un intelectual honrado si se sirve a la ideología del poder que te facilita usufructuar los beneficios de una inmigración privilegiada, y  promete devolverte, a ti o a tu clase, tus comodidades frustradas en la Isla del encanto. Ni se puede ser cubano, al menos cubano, si te parece que  “el ramplón, desfasado y autodestructivo antinorteamericanismo de José Martí y Fidel Castro” nos ha cegado hasta el punto de perder, o haber perdido, “la ocasión de reinventar nuestras relaciones con Estados Unidos”.   

Martí parte de Bolívar sin querer ser otro Bolívar. Fue más bien un hombre dotado desbordantemente para el arte, la literatura, la política, la generosidad y el desprendimiento, a pesar de haber nacido, en efecto, en el barrio de Jesús María de La Habana , con lo cual se demuestra que el genio  a veces salta las bardas de la poquedad del medio. Martí es el complemento político y teórico del Libertador. Y parte de este para concebir los pilares de sus ideas acerca del papel de Norteamérica en el Sur del continente. Bolívar  aseguró, mucho antes que Martí, que los Estados Unidos habían sido destinados por la Providencia para llenar de calamidades a Hispanoamérica.  Así, citado aproximadamente en la forma, pero fiel a la esencia. ¿Será acaso Bolívar también un demagogo, un político deshonesto, un Mesías articulado de frustraciones?    

Martí es junto con Bolívar el rompeolas de Cuba y de América. Nuestra nación  pervive, se nutre del pensamiento martiano, de su vocación por una república moral y cordial que excluye, por vocación, el anexionismo que a tantos cubanos de ayer y de hoy alucinó con las promesas de estar a la sombra de una república moderna, democrática, y que a la postre incineró las ilusiones de los peregrinos del Myflower y aderezó con ingredientes de conquistadora avaricia y  discriminadora relación entre sus ciudadanos, los valores  libertarios de los padres fundadores de la Unión.  

Hoy en Cuba afrontamos problemas sociales, carencias materiales, deterioro económico. Una porción de  ello pertenece a los  asuntos interno; la otra es la consecuencia de 47 años de guerra sucia fomentada y financiada por la Casa Blanca. Pero si una idea y un programa han estado a prueba de errores y deficiencias ha sido la raigal defensa de la independencia frente a los afanes estadounidenses de redimir su predominio neocolonial sobre la economía, la política y la cultura de Cuba. Y no ha sido el Gobierno Revolucionario el que se ha negado a reinventar las relaciones de La Habana con Washington. Ya fueron reinventadas. La Revolución cortó la dependencia. Y esas relaciones de independencia, basadas en el  respeto a la soberanía de la república cubana, no las han aceptado los sucesivos gobiernos norteamericanos desde Eisenhower a W. Bush.  Todo lo demás, el habitual discurso pro democracia y libertad en Cuba, se resuelve en machacona, movediza retórica. Lo real en política, como definió Martí, es lo que no se ve. Y lo que no se ve es aquello: el sueño del rey león añorando sus garras. 

¿A QUIÉN LE REZAN BLAIR Y BUSH?

¿A QUIÉN LE REZAN BLAIR Y BUSH?

Por Luis Sexto

El hombre a veces hace a Dios según las  medidas humanas: lo rebaja, lo minimiza, lo pone a liderar los intereses y las causas que  escuecen y movilizan a los individuos de nuestra especie.  En el decurso de la historia, naciones repletas de ambiciones coloniales se acometieron mutuamente en nombre de Dios. Y en estos días Lo hemos visto  trocado en un plato de alta cocina bélica: bajo o alto de sal, frito o asado, a la norteamericana o a la inglesa, incluso  a la española.
 A qué Dios oró Anthony Blair antes de empujar a Gran Bretaña hacia la alcantarilla sangrienta de  Irak. A cuál levantó George W. Bush sus ojos antes de legitimar, con su anuencia, los ficticios pretextos de la guerra contra el primitivo asiento del Paraíso Terrenal. Ambos jerarcas, según hemos visto u oído en los medios, confiesan sabrosamente que sus decisiones fueron consultadas con Dios, como buscando la legalización ética ante un hecho que por las secuela de víctimas y ruinas y por los orígenes fraudulentos, les va desgastando su reputación, y sus pretendidos derechos, como líderes de sus países y de Occidente.

Dios, entre otros atributos, parece que es tolerante. Permite que Lo intenten confundir. 

Aceptemos esta evidencia: el Dios de unos no puede ser igual al Dios de otros. He querido meditar en el asunto desde el reducto íntimo, intransferible de la fe. Y he concluido que, en efecto, un creyente convierte por momentos a Dios en un fetiche. Ciertos teólogos enseñan que a Él no se le puede pedir nada que “sea inferior a Él mismo”, y mucho menos algo que se oponga a su esencia. Y es así cuando Dios, en vez de una presencia objetiva en la conciencia del creyente, se transforma  en una ilusión, en un mágico accesorio.

Eso es lo sabido. Y hemos de sostenerlo considerando que la contradicción parece ser  una de las fuentes de la verdad de Dios. Pero más difícil de interpretar que las paradojas divinas, es el silencio de Dios. El silencio de los hombres -conspiración que oculta, anula- posee una contabilidad inexorable; llegada a su cuenta definitiva, nada permanece detrás del sol.  La epifanía de la verdad negada por los hombres, o por ciertos hombres, se revela  en una explosión vindicadora, un desajuste de las paredes entre las cuales pervivió la deshonra. Nerón, Napoleón, Hitler, Stalin, Franco, Pinochet,  Sharon, Olmet... ¿Quién más? Bush y Blair. Y hay más, desde luego; más nombres que renombran etapas rodeadas de cortinas impenetrables y que, como la del templo de Jerusalén, se rasgaron un viernes santo de la ira del pueblo. Unos en nombre de Dios y otros negándolo. Pero todos  erigidos en enemigos del Hombre.

Comte y luego Stuar Mill y Nieztche han hablado del culto a la Humanidad, de una religión del Hombre. El cristianismo es también eso: una religión del Hombre. O qué es, si no, el mandamiento del amor, ese amar incluso a tus enemigos, ese mandato que está por encima de ideologías, partido, talentos, profesiones, riquezas. Jesús pregunta en una parábola: ¿quien fue el prójimo del viajero robado y herido: los que pasaron junto a él esquivándolo o el samaritano –ese apestado de entonces- que lo curó y lo llevó a posada segura y pagó los gastos? Ahí está la definición, la imagen focal de la religión del Hombre que parte de Dios -de la “idea del Bien” según el cubano José Martí- y llega a la Humanidad. Qué pintor nos la coloreará con la misma sutiliza de Leonardo en su enigmática Monna Lisa. El samaritano inclinado sobre el hombre atacado. ¿Podrá expresarse la llamada religión del Hombre con trazos superiores?

Ante quienes invocan a Dios pidiendo luz antes de acometer la matanza; ante quienes claman asistencia celestial para defender intereses terrenos de orgías petroleras, o de geopolítica imperial, el cristiano –sea católico-romano, protestante tardío, episcopal o mezclado en la New Age- no ha de permitir que lo confundan. Ya el Dios del Antiguo Testamento no promete, a pueblos mesiánicos, tierras ocupadas por otros pueblos. Ya no pide sacrificios de sangre. Ni considera justo el ojo por ojo, ni la esclavitud del hermano, incluso del enemigo, ni el apedreamiento de la adúltera. ¿Alguna vez verdaderamente los pidió, o legitimo esas reglas mechadas de odio y venganza?  La Biblia narra una escena que parece desmentir a ese Dios terrible del judaísmo más acérrimo. Cuando Yahvé exigió a Abraham el sacrificio de Isaac, su único, añorado, hijo de la vejez, y el patriarca obedeció por fe y confianza en el Altísimo, Dios no permitió que el anciano asestara la puñalada sobre el cuerpo del joven antes de calcinarlo en la pira del sacrificio. Detuvo la mano temblorosa del padre según la sangre. No podía ser posible que Dios pidiera una ofrenda que iba contra su designio de amor.

Por ello, juzgando la religiosidad que a veces se introduce en la mala política para justificarla, habrá que aceptar, en cualquier circunstancia, que Dios en vez de alentar, condonar, las decisiones de Bush y Blair, y otros personajillos de la ambición y la rapiña, las condena, porque van contra Él.  Bush y Blair no rezan al mismo Dios en el que creen los cristianos. ¿Tal vez sea Moloch? ¿O un idolillo de oro, rey en un reino de zapatillas, aire acondicionado, cadillacs y cocaína?

No he pretendido escribir de teología. Más bien de política. Pero millones de seres humanos  intervienen en la política desde la religión, y uno ha de estar atento. Porque los creyentes, por fuerza, no tienen que fumar opio, fanatizarse o embrutecerse, de modo que califiquen de sinceridad lo que es hipocresía o aviesa, injusta política, ni creer que todo aquel que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos.
Si amamos al Hombre, estemos alertas.

 

BIGOTE DE GATO Y OTRAS FIGURAS

BIGOTE DE GATO Y OTRAS FIGURAS

Por Luis Sexto

 Bigote de Gato no habrá necesitado de alas para trasladarse al cielo cuando a mediados del 2003 y casi con cien años, falleció en la capital. Las dos aspas de su bozo de manubrio le habrán servido para volar definitivamente y seguro a las espumas de la memoria.  

La Habana fue cuna, si no de su nombre, sí de su fama, en una época cuando San Cristóbal, entre las contradicciones de un esplendor engañoso como las almohadas traseras de ciertas mujeres de entonces, acogía la presencia de personajes que deambulando entre el ingenio y la locura singularizaban sus calles más céntricas con los atuendos de una corte insólita.  

Oh, se le deshojó a La Habana el último de sus reyes de la musaraña y de la libertad de espíritu. Claudicó uno de los símbolos más añosos y humanos de la ciudad. Y muchos de nosotros –habaneros por hábito o por inscripción- hemos perdido un paisaje superviviente de la infancia. He oído afirmar que uno empieza a ser adulto cuando entierra a sus padres. Y también -me arriesgo a decir- cuando los castillos de la niñez se pulverizan o se derriten. Sí, se me han muerto aquellos domingos en los que de la mano de papá recorría el Malecón y veía, por instantes, a Bigote de Gato pasar desalado en un convertible rojo, como todo un señorón del folclor, del latido sustancial habanero, mostrando al aire la redundancia pílica con la que sostenía su nariz, desafiaba el ridículo y cubría una sonrisa que, junto con los felinos rayos del mostacho, ya era, para siempre, una de las quintaesencias de La Habana. 

Detrás de la presencia de Bigote de Gato, asturiano llamado Manuel Pérez Rodríguez, marchaba la voz de Daniel Santos cantando aquella guaracha donde se archivó el paso del insólito personaje, descrito en la letra “como un gran sujeto/ que vive allá por el Luyanó”.  Hombre cuerdo, experto en gastronomías licoreras, propietario de un bar en la calle de Teniente Rey donde se juntaba gente que no dormía. Y, además, bebía. 

En esa época Barbarito Diez también le cantaba al Caballero de París. Mira quién viene por ahí, ah, el gran caballero de auténtica triste figura. Estaba loco. Pero conservaba la dignidad del que intuye su nobleza de persona y la defiende. En fin, no estorbaba para estimarlas como fragmentos irrecuperables de los días de todos, saber si aquellas alegres figuras de La Habana urgían de la atención de un psiquiatra o, en cambio, la salud mental les fortificaba el modo de recortarse en su deambular provocativo. Se hermanaban todos en el pintoresquismo que barnizaba de contrapunto, de contrastes, el discurrir de la capital. Estaban además La Marquesa, Juan Charrasqueado, quién más, quién más... pregunto porque no alcanzó a calar tan hondamente en mis tiempos de niño.

De joven recuerdo a Charles, que en cualquier terminal de ómnibus interprovinciales de occidente disertaba como un profesor infatigable y nunca aburrible, y me acuerdo de Julio, especie de semáforo viviente en la intersección de la calzada de Puentes Grandes y avenida 26 en Aldecoa.  

A mis 12 años apareció Juan Cagao, idolillo en el poblado de Rancho Boyeros. Era de alcurnia pueblerina, fuera del ámbito consagratorio de la capital. Pero cuánto hizo correr a los menores que salíamos de la escuela publica, luego de cada jornada matutina de 1957. Bloqueaba la calle con un foete rústico que hacía restallar como una cicatriz en el aire. Y comenzaba el desbordamiento del grito, del insulto en la muchachada, y los más tímidos, como yo, intentábamos pasar calibrando el momento exacto en que el látigo percutía para colarnos por el espacio libre antes del próximo chasquido. Uno, en medio del apremio, disfrutaba de la ira del loco y sospecho que si lo hubiésemos ignorado, él nos habría obligado a repetir: ¡Juan Cagao, Juan Cagao!,  para burbujear de cólera en aquel show del mediodía. 

Los veo así a todos: como una postal de navidad que el deceso aún fresco de Bigote de Gato me ha enviado desde aquel punto en que el gusto de vivir elige transformarse en la añoranza por haber vivido. El luto de La Habana ha empezado por mi corazón.

AGUA QUE HAS DE BEBER...

AGUA QUE HAS DE BEBER...

Por Luis Sexto 

Las sucesivas culturas humanas le atribuyeron al agua el carisma de lavar las manchas del pecado o la virtud de devolver las facultades a los tullidos. Es el elemento natural con mayores créditos mágicos. El conquistador español Juan Ponce de León murió en La Florida, sin haber hallado el agua que lo había conducido a la muerte y que fluía de la fuente de la eterna juventud, antídoto de las arrugas y las caídas de ciertos órganos que suelen erguirse. Aun hoy, en el Occidente posmoderno, las aguas de Lourdes prometen milagros baratos y fulminantes, como también los prometen los manantiales sulfurosos recomendados por la balneoterapia. 

Y no hemos de escandalizarnos por esas atribuciones taumatúrgicas, esotéricas y medicinales que nuestra especie le ha reconocido al agua. La civilización humana más que terráquea o terrestre es acuática en cierto sentido práctico. Las primeras ciudades y posteriormente las grandes ciudades surgieron a orillas del agua dulce. Mesopotamia –Sumer- donde, según  los juicios históricos menos polémicos hasta ahora, surgió la civilización, posee una etimología griega que significa “entre ríos”: el Tigres y el Éufrates, cuyos valores naturales favorecieron el desarrollo de las primeras agrupaciones urbanas. El agua para beber y el agua, sobre todo, para irrigar las zonas agrícolas aledañas. De aquellos tiempos, más de 3 000 años antes de nuestra era, permanece la geografía y las ruinas de la obra humana. Entre esos dos ríos fundacionales, en el Medio Oriente, continúa el nombre de Mesopotamia vivo en el significado de Irak, “situado como su antecedente histórico “a las orillas”. Irak, pues, parte de aquellos orígenes, en el mismo sitio, y conserva también la fama de haber sido el sitio del bíblico paraíso terrenal, aunque los norteamericanos y sus aliados lo hayan hecho evolucionar hacia una especie de infierno.     

No seguiremos, desde luego, descubriendo el Nilo. El agua. Siempre el agua. Desde Tales hasta George W. Bush. Aquel filósofo griego la consideró uno de los cuatro componentes primordiales de la vida. Bush, o lo que él representa: la expansión desaforada de la civilización norteamericana, signada por la metalización y la petrolización, la juzga -con alguna diferencia de época y conocimiento- en el mismo nicho básico del filósofo de Mileto, pero deficitario, como el petróleo. Esto es, el mundo se va quedando sin agua  como “Madrid sin gente”.  Y no exagero, ni exageran los ecólogos.  

Pienso en dos puntos donde se puede llegar a consensos. El primero, el agua. Es uno de los aspectos clave de la humanidad. Sólo el 3 % de toda el agua es potable y de ese porcentaje sólo el 0,7 % es accesible al consumo humano. Y de ese mínimo, un 80 % va a la agroindustria y queda un escaso 20 % destinado a la conservación de la vida, las plantas, los animales. Un total de 15 de los 24 servicios que nos proporcionan los ecosistemas sufren una grave degradación, lo que entraña un riesgo enorme para el bienestar, no sólo del resto de las especies terrestres, sino también para la especie humana: aparición de nuevas enfermedades, pérdida de la calidad del agua, aparición de las llamadas "zonas muertas" a lo largo de las costas, el colapso de los bancos de pesca y cambios climáticos regionales, son algunos de los desajustes que se avecinan.  

¿Quién esté en desacuerdo?

¿Quién se resiste a la evidencia? El agua es un punto de confrontación. Hoy y ayer. Póngase en el lugar de quien carezca de agua. Olvide que a usted le llega por tuberías a la cocina, los baños, quizás la piscina. ¿Va usted a morir de sed, de hambre, de enfermedades por no tener un espejo líquido de donde abastecerse? Y así, como actuaría usted, obraron los pueblos y las tribus desde la antigüedad. Recientemente, leí un artículo que nos alerta acerca del papel del agua –recurso esencial para la vida, agotable e insustituible- en los litigios de tiempos por venir. Esta nota solo ha pretendido ser un eco de ese texto tan documentado.

Pues bien: “De 1948 al 2002 –escribió el mexicano Gustavo Castro Soto- se registraron 1,831 interacciones provocadas por el agua, de las cuales 1,228 fueron de carácter cooperativo que promovieron la firma de 200 tratados de reparto de aguas y la construcción de nuevas represas. Se registraron 507 conflictos de los cuales 37 fueron violentos, 21 con intervenciones militares y 30 han sido protagonizados por Israel y sus vecinos. Se han registrado guerras y conflictos de diversa índole en Israel, Jordania, Siria, Palestina, Egipto, Yemen, Irak, Kuwait. Estados Unidos también le disputa el agua a México y lo hace en la Triple Frontera con Argentina, Uruguay y Paraguay. También hay conflictos en las cuencas del Mar Aral, Jordán, Nilo y Tigris-Eufrates. Pero de seguir la tendencia, podremos encontrar en un futuro conflictos en torno a los ríos Lempa, Bravo, Ganges, Kunene, Río de la Plata, Mekong, Orange, Senegal, Tumen, Zambeza, Limpopo, Han, Incomati, Usumacinta, Lago Chad, entre otros. Actualmente se calculan que existen 640 conflictos serios por el acceso al agua en todo el mundo.” 
 

¿Quién se resiste a la evidencia?

La gente con la conciencia signada por la inquietud del progreso, la justicia, la solidaridad; la gente revolucionaria, verdaderamente cristiana, tiene, pues, que leer los mapas con una óptica fundamentada en el interés por la supervivencia humana. El planeta no parece tan colorido y acogedor en la realidad como en la cartografía. Ni tan rico. A mi modo de ver, lo único que abunda en los mapas son los pretextos, los móviles, las justificaciones para instalar conflictos. Los mapas surgieron coincidiendo con la expansión de los descubrimientos y la expansión comercial: están ligados también al odio, la conquista, la opresión.
Si no nos apuramos, faltará tiempo para dibujar otra versión del mapamundi.