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PATRIA Y HUMANIDAD

La certeza de la próxima guerra

La certeza de la próxima guerra

Por Luis Sexto  

Hace 60 años, un texto publicado por la universidad de Oxford advirtió que el dominio de la energía subraya la diferencia entre nuestro tiempo y la Edad Media. Esta tesis intenta demostrar una posibilidad apocalíptica: si el hombre contemporáneo perdiera las fuentes energéticas, la humanidad retrocedería a los niveles tecnológico del Medioevo: el tiro animal, la labranza con azada, la navegación a vela o a remo, las comidas sin el “easy food” de los anuncios comerciales, las veladas a la luz de luminarias de sebo, y todo dentro de una economía de vuelta al intercambio natural.  

No es tiempo ya de polemizar con un libro tan viejo. La opinión de un especialista de una de las más antiguas universidades del planeta podría inspirar una novela de ciencia ficción al revés, y los resultados podrían asombrarnos. Tal vez, al retornar a ese antiguo estadio histórico se nos inutilizarían equipos médicos y fórmulas terapéuticas que minimizan la mortalidad. Y sería lamentable. Hasta ahí, sin embargo, aceptaríamos la diferencia. Porque, en ciertas esferas, nuestra edad de expansión cósmica y de clonaciones celulares vive en el entresuelo de la Edad Media. Nos parecemos a aquellos tiempos tan diabólicamente juzgados, tan estólidamente comprendidos. ¿Hubo en verdad más oscuridad mental en las fechas de los señores feudales que en los días del imperialismo norteamericano? Quizás un iraquí al pie de su vivienda destruida o al lado del cadáver de su hija, halle poca diferencia entre los siglos medievales y la Modernidad.    

Sigamos en esta especie de acertijo, e imaginemos que un ciudadano del siglo XXII observara las recientes fotos de los prisioneros torturados en Irak. Notaría que la diferencia entre la tortura en el siglo X o XII se basa solo en la limpieza, el refinamiento, el conocimiento psicológico del dolor y el miedo. Antes, los instrumentos de tortura y los torturadores eran más toscos, menos desarrollados según los patrones modernos, más aparentemente brutales. Pero antes y ahora la tortura, de esencial bestialidad, sigue siendo un estigma para el mundo llamado cristiano. Hoy, quizás, la especie humana adquiriría mayores garantías de supervivencia si regresáramos, por carencias energéticas, a la pobreza tecnológica que impidiera el vuelo transcontinental de aviones y misiles, o inhabilitara la infabilidad de los fusiles con mirillas infrarrojas.  

Evidentemente, en ciertos individuos y clases sociales, los intereses económicos, financieros, materiales en suma, anulan la cultura y la ética. Veinte siglos de cristianismo han conseguido en países mesiánicos como los Estados Unidos –"líder por decisión y por destino", según W.Bush-  reforzar la doble moral. Porque ahora también se mata o se arrasa en nombre de un "derecho divino" que autoriza a vengar valores fundamentales –libertad, democracia, seguridad nacional- y en nombre de una justicia que yerra por donde mismo dice acertar. Es el mismo derecho del señor feudal a quien le bastaba para tener razón aducir que los otros no la tenían. Y los ejércitos, que en la Edad Media protagonizaban, en etapas pacíficas, motines y desórdenes para ejercitar su pericia bélica, para justificar, en fin, su condición de grupos de guerra, en la actualidad son la garantía de una paz que discurre de conflicto en conflicto. Guerras perpetuas para paz perpetua -nos lo ha recordado Atilio Borón- tituló Gore Vidal un libro que desbroza la falacia convertida en doctrina y diplomacia. Las fuerzas armadas de los países poderosos operan dentro de un ámbito cerrado: no son hoy la salvaguarda de la paz, sino la certeza de la próxima guerra.

Lo militar, al igual que lo político, nunca ha estado apartado de lo económico. La guerra nunca ha sido un pasatiempo, un deporte. Configura también la estrategia económica de la expansión sea imperial o imperialista, como en la Edad Media las Cruzadas, en nombre de la fe religiosa, atacaron a los adeptos de otra fe para imponer, con el rescate del sepulcro de Cristo, el predominio europeo en el comercio. De modo que los militares, según el historiador, quebrantaron la atmósfera de tolerancia que el cristianismo había extendido, pero en nombre de intereses cuya índole económica se enmascaraba bajo la falsa conciencia –el término es de Marx- de la religión. Y actualmente el ejército y sus grupos afines componen un complejo económico en sí mismo que se integra a la geopolítica de su país, como razón de la fuerza, y a la vez defiende sus cálculos en términos de producción y ganancias. Quien fabrica el armamento necesita venderlo. Y por ello, según el propio Atilio Borón, el presupuesto militar de los Estados Unidos equivale "aproximadamente a la mitad de todos los gastos militares del planeta". La guerra o su posibilidad se convierten, así, en una tentación en la cual hemos de caer para justificar el mercado. O ajustar la economía interna… (¿No están acaso, con ese fin,  disponiendo, justificando su necesidad de la próxima guerra en Irán  sin haber terminado la de Irak?)   

Esas armas no son, sin embargo, para proteger a los Estados Unidos de potencias rivales. Porque los conflictos del futuro –esto es, de ahora y luego- no se librarán entre países con similar o parecida capacidad bélica. Las agresiones provendrán –según los magos Merlin del fundamentalismo- de los estados que componen el imperio del mal. A veces la Casa Blanca los identifica; otras, no los nombra. Porque el imperio del mal es una categoría movediza, abierta, en constante renovación. En síntesis, una referencia fantasmal. Habría que repasar la historia norteamericana para nombrar a los países malditos. Antes, y ahora, los Estados Unidos se expandieron dentro de su geografía apelando a un pretenso "destino manifiesto" y masacrando a indios de piel roja y mexicanos, piojosos y crueles habitantes del imperio del mal, del cual también formaron parte los españoles, colonialistas en 1898, y los insurrectos cubanos que, aunque procuraban una finalidad tan noble como la independencia, eran salvajes incapaces de guerrear civilizadamente, como expreso el entonces presidente Cleveland en un mensaje a la Unión.   El sambenito de imperio del mal se lo ponen a cuantos disienten de los Estados Unidos. Según W. Bush su país busca crear una asociación de países fuertes, no de países débiles, y débiles son hoy los que en la Edad Media fueron países paganos, infieles. Para no ser débil hay que acatar el modo y la moda estadounidense de edificar el paraíso terrenal. Pero esa síntesis corresponde a las ideas, la ideología, que se ajusta sobre bases concretas de dominación económica, como el ALCA en América Latina. O sus guerras en el área petrolera del mundo.   

¿Quién duda, pues, de que la Edad Media continúa presente a pesar del desarrollo tecnológico? El progreso a veces no opera en la espiritualidad, ni en las costumbres; una doctrina no basta para cambiar la vida: hace falta modificar o equilibrar la composición de intereses. Pero la diferencia más evidente entre el Medioevo y esta Modernidad conducida por el imperialismo norteamericano, radica –si lo permitimos- en que si antes el Hombre levantaba la esperanza de emigrar hacia la modernidad, ¿adónde irán los nuevos peregrinos que quisieran abordar, hoy, el Myflower?    

CARILDA TOTAL

CARILDA TOTAL

 Por Luis Sexto

Calzada de Tirry 81 merece el crédito de ser la dirección más célebre de Matanza. Es el título de un libro de poemas, y ello sería una razón suficiente para que ninguna carta languidezca en la bolsa de un cartero. Pero, además, en la casa tatuada con ese número en una de las calles más antiguas de la ciudad, vive Carilda Oliver Labra.  

He escrito “vive”, aunque cuando paso ante su fachada el portón y los ventanales están habitualmente cerrados y percibo un hálito de misterio, desolación, en las maderas y los herrajes coloniales. Son, sin embargo, apariencias. Allí, a pesar de que la arquitectura y los recuerdos mantienen en el aire los olores del pasado, sigue habitando la vida, la ilusión. “Estoy más viva que nunca”, la oigo decir mientras convierte la noche en el espacio vital de su creación. 

Una gran mujer de América, la chilena Gabriela Mistral, aseguró  que Carilda  es “profunda como los  metales, dura como el altiplano” y “su poesía, de ser divulgada con justicia, ejercerá pronto ardiente magisterio en América”. De profecía, el juicio se transformó en hecho y verdad. El Premio Nacional de Literatura legitimó sus méritos en los ultimos años. Mas, ya con su primer libro, “Al sur de mi garganta”, Carilda mereció en 1950 el premio nacional de poesía. En ese volumen empieza a estar presente la meteórica fuerza que recorre, como una simbiosis de garra y ala, de pasión y ternura, su obra toda, y ha convertido a la autora en una de las mujeres esenciales de la poesía iberoamericana. Ha escrito poesía de mujer; revelación inaudita de un temblor, un color, que  supera los tabúes, los prejuicios, y se expresa en legítima alma interior, en feminidad real.  

La obra de Carilda integra en una sola voz un Eros tumultuoso, dulces duendes familiares e imprecaciones políticas. Mezcla compactada de la vida y la literatura, la experiencia y los libros. Pero si hemos de filtrar y precisar tan disímiles ingredientes, las cuentas de la vida se imponen al resto de la fórmula. Ella, según afirma, ha vivido más de lo que ha leído. Y, por supuesto, ha escrito mucho más. Escribir es su modo habitual de asumir una existencia en la que han alternado la abogada, la profesora de dibujo, la animadora cultural. Y siempre en Matanzas, su ciudad mito, su lar totémico, del que nunca ha querido separarse, y cuya tierra –como símbolo del suelo patrio- la quiere toda sobre su tumba. Debemos creerle cuando asegura que nunca ha podido escribir un verso lejos de Matanzas.   

Carilda se empalma, poéticamente, con la generación que en Cuba se llama de “los 50”. Es decir, la tendencia literaria que comenzó a evidenciarse en esa década del siglo XX y se caracterizó por introducir en el poema las palabras y los asuntos de la cotidianidad, en un desbordamiento de lo conversacional. La antología básica de los coloquialistas –publicada en 1984- abre su muestrario con Carilda, no solo por ser la de más edad, sino por que ella fue anticipadora del coloquialismo. En sus poemas, aun desde los primeros,  la autora de “Desaparece el polvo” ubica frases, palabras, imágenes que contaminan el verso del diario discurrir de la gente. Como en una ruptura del lenguaje de la poesía que logra, en sus manos expertas, enriquecer la expresión poética. “Muy pobre  sería el creador –me dijo un día- que solo tuviese en uso un lindo ejército de palabras.”   

Mencioné antes lo político. Y es fácilmente comprensible. Nunca ha desdeñado lo íntimo, lo personal. Pero en horas de dolor o catástrofe colectivos, su verso se manifiesta beligerantemente. Cantó a Martí. Cantó a Fidel, cuando Fidel se hallaba todavía en la Sierra Maestra al frente de su ejército guerrillero. Pero Carilda no es solo una poetisa política. O erótica. O doméstica. O intimista. Es todo ello a la vez. La unidad que junta las quejumbres, las dichas, los cataclismos,  las pasiones, los insomnios, las frustraciones, el amor, en una ofrenda de amor a la vida.  Carilda es la totalidad que nos acompaña y desafía. Porque la vida, para esta mujer, “cabe en una gota” de amor.  

QUIJOTE SIN SANCHO

QUIJOTE SIN SANCHO

Por Luis Sexto  
Los zapatos de don Tomás Estrada Palma se solean en la calle G, cerca del Malecón de La Habana, sin el cuerpo que en legítima defensa les pertenece, mientras el bronce del ex presidente yace en cualquier almacén sin el calzado que, en justicia, también le corresponde. ¿Con qué propósito quedaron cuando ya quien los exhibía recibió el desahucio del pedestal que usurpaba y con el que encubría los retorcimientos de su itinerario patriótico?  
La pregunta me la insinúa por correo electrónico el médico Ahmed Guzmán, cuyo filoso humor la responde al mismo tiempo que la dispara, sin adjuntarme unas pulgadas para la reflexión en un juego de ingenio participativo. Los zapatos, pues –asegura él-, perviven allí como homenaje a los “tacos” plásticos –llamados quicos- de los años 60 y 70; son el monumento a aquellos escarpines, digamos a falta de sinónimos, que semejando zapatos obraban como hornos de plantas y dedos en tanto viandante de entonces. Eran, en particular, terrífica trampa para cuantos montaban a la grupa de una motocicleta. Cierta mañana viajé a reportar una competencia de motocross, aventado por un motociclista, y en un descuido puse el pie sobre el tubo de escape y casi me adhiero al vehículo: se me derritió la suela y más que zapatos parecía yo calzar una plancha.   

Vuelvo a escribir sobre las estatuas y su código de expresión paralelo o alternativo. El metal y la piedra trasmiten, rectamente, su contenido. Mas la pose, el gesto, el color, el conjunto, prometen un desvío repleto de sugerencias. Y hoy, además, me ha venido a la mente el Quijote de 23 y J. Lo digo de inmediato: es conmovedora, impactante, la imagen airada, furibunda, encabritada del caballero vestido de alambrón. Pero siempre le eché de menos algo. ¿Lo adivina usted? ¿Lo adivina el doctor Guzmán? Ah, pueden hacerlo, pero me anticipo. Le falta Sancho. No sabemos dónde estaba el escudero cuando el escultor Sergio Martínez tejió los hilos cobrizos de ese Caballero Andante belicoso, tan tenso como el alma de un loco.  
Habría cruzado Sancho la avenida 23, para pedir -él tan pendiente del yantar- una ración de pescado en Los siete mares, y por eso, en el momento de erguirse la estatua de su amo, perdió su puesto en la estampa como jinete sobre un borrico? Quizás el artista confesó a algún periodista -que no fui yo- las razones por las cuales excluyó al bonachón aldeano. Y la respuesta exigiría rebuscar en los archivos, porque el artífice ya murió. 
El Quijote, parece ley, no debe andar sin su escudero. Como al gato su cascabel, hay que insertar cerca la contrafigura que exalta la figura del alucinado Caballero. Me percato que Don Quijote brilla en la medida que se opaca y apoca su pusilánime ayudante. Tal vez esa furia descuerada, esa acometividad que le obliga a representar en 23 y J una bronca perenne, espada en mano, sea su protesta por no tener a un chasquido de su retórica de armadura y lanza al Panza dicharachero y previsor. Lo necesita. Para ello lo convocó a esa aventura donde ambos ilustran la pareja más contradictoria y más humanamente complementaria de la historia. El escudero no solo se ocupa de los bastimentos del cuerpo y que al Caballero le importan poco cuando no es hora de comer. Sancho es también el que le advierte que los molinos son molinos cuando lo son de verdad, y que chocar con ellos implica a rodar por tierra.
Yo sé, sin embargo, donde está el escudero que le falta al traslúcido Quijote. En un sitio enrejado y recoleto, a un costado de la Plaza de Armas vive en igual soledad inexplicable un Sancho Panza de alambrón. Ha vagabundeado por varios sitios de La Habana. Lo conformó un joven llamado Leo D’Lázaro. Y tendremos que convencer al escultor, y al Historiador de la Ciudad, para que lo pongan junto a ese Quijote que, en 23 y J, parece gritar peligrosamente: Aquí, en esta esquina, no hay más guapo que yo. Y Sancho, muy próximo, le podrá avisar en su sabiduría refranesca: tenga cuidado, uno nunca llega a saber... 

 

VANIDAD DE VANIDADES

VANIDAD DE VANIDADES

Por Luis Sexto 

Crucé por primera vez el arco de la portada del cementerio de Cristóbal Colón, empeñado en visitar a ciertos personajes que, en vida, me habrían exigido antesala o una llamada previa. Eran días vacantes. Y con 17 ó 18 años, recorría el camposanto más bien por convertir la cultura de los textos escolares en una experiencia sensitiva. Seguía quizás las carrileras de mi vocación por lo histórico, justificada hoy en la hilaza del periodismo cuya trama es el acta de nacimiento de la historia. 

Una tarde me proponía localizar la tumba de Luisa Pérez de Zambrana, la elegiaca que sobrevivió a todos sus hijos. O la de Julián de Casal, el solitario poeta que entonces soportaba la doble soledad de un panteón que ni siquiera mostraba su nombre cargado de resonancias perdurables. En otro momento, enrumbaba mi búsqueda hacia Juan Gualberto Gómez, o Eduardo Chibás, o el sepulcro de los estudiantes fusilados en 1871, o el de los bomberos mártires del altruismo. Y a veces, espontáneamente, hallaba la tumba de aquel periodista polémico y famoso o la de este político execrable.  

Aunque pudiera parecer macabro, me aficioné al cementerio. Y le fui oyendo, en su pizarra del mármol, lecciones de historia, sociología, ética. Porque es el ámbito de la igualdad sin miramientos. La democracia del silencio. Como si la necrópolis anticipara una ciudad armónica donde los enemigos de ayer convivan uno junto al otro, compartiendo la mesa infinita del tiempo. Sin estorbarse, ni envidiarse el sitio de honor. Lo único que no cambia allí es la vanidad. En el cementerio de Colón pervive en ciertas zonas la actitud de los que no renunciaron a despojarse de las ínfulas de la riqueza. La huesa de los ricos se ahoga bajo la arquitectura redundante de cámaras faraónicas, como en el pregón de piedra de una declaración de fuerza: “Yo sigo siendo el mismo: el que puede”.   

En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.              

Pero la vanidad elige entre múltiples direcciones. Hacia arriba o hacia abajo. Adentro o afuera. Y en otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes. En  la Ermita del Potosí, en Guanabacoa, se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa  iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.  

Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notarían bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad. Pero don Juan de Acosta, fiel a su ringorrango, a su posición de jerifalte, personero colonial, no asumiría, sin ponerle precio, el escarnio de tanta humildad. Y sobre la losa se opaca una cuarteta que cobraba a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado. Ante esos versos el visitante ingenuo debía de haberse persignado recitando un ¡solavaya!:     

Pasagero que hoy me pisas,

Párate a considerar

Que has de venir a parar,

En ser como Yo, cenizas.  

DOS VISIONES DE LA MISMA FERIA

DOS VISIONES DE LA MISMA FERIA

Por Luis Sexto

Esa última semana, por razones obvias, me he puesto a leer algunas páginas que se difunden desde Miami. El viernes pasado elegí una pieza que merecía el comentario. Ayer encontré esta otra, que cito en sus párrafos más llamativos: “Claire Weinbach recuerda una Cuba en la que las familias pasaban los fines de semana disfrutando del mar cristalino, los niños jugaban en los verdes parques y los seres queridos se reunían para disfrutar de espléndidas comidas. Weinbach tiene 76 años y es judía, nacida en Bélgica, y dice que algunos de sus mejores recuerdos son de los nueve años que vivió en la Cuba precastrista, un lugar que ella describe como ‘el paraíso’. ‘Llegué a La Habana y me enamoré de la ciudad’, dice Weinbach, que ahora vive en Hollywood. ‘Allí todo el mundo amaba la vida’”.

Parece que también quieren hacer la guerra “a pasado” o “a pasadazos”. Aceptemos, pues, la invitación. Y empecemos admitiendo que, en efecto, para la clase media y la clase y las capas superiores, la Cuba previa a 1959 era un paraíso. Y la señora Weinbach, esposa de un joyero acomodado, disfrutaba de las gangas que le ofrecían las circunstancias edénicas en que ella y su familia vivían. Podían, desde luego, amar la vida. Lo que ocurre es que la señora habla de la feria según le fue en ella. Y quien goza del bienestar cree que los demás también reciben su cuota de dicha. Así, por lo común, reaccionan los seres humanos. La vida plácida produce una enfermedad en los ojos de la conciencia que puede nombrarse astigmatismo espiritual. El que habitualmente anda en automóvil, ¿puede pensar que otros hacen el recorrido a pie? O quien come caviar ¿puede creer que exista gente que nunca haya comido pescado?

Yo guardo un testimonio que contradice a la señora Weinbach. No es personal. No voy a contar mi infancia –en los años de la década de 1950- llena de carencias básicas, o de mi padre desempleado, o de mis amigos muertos en la niñez por la acción del tétanos… Mi testigo es otro: una encuesta. Creo que ya nadie recuerda en Miami ese folleto, ni habrá de aparecer en los ficheros de las bibliotecas públicas de aquella ciudad. Porque es un mentís a esa propaganda que pretende generalizar un bienestar que sólo usufructuaban las clases dominantes, siempre minoritarias. Yo lo conservo desde 1962. Se titula Por qué reforma agraria, y recoge la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU) aplicó en 1957 entre la población rural de Cuba. Nadie acusará de “comunistas” o “revolucionarios” a cuantos indagaron en la realidad cubana de entonces. Incluso advirtieron que lo habían hecho para impedir que el comunismo avanzara en Cuba.

Leamos unas líneas de la presentación: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad, mientras que en el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer. (…) La población trabajadora agrícola, que se puede calcular en 350,000 trabajadores y dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual(…)a pesar de constituir el 34% de la población, (del) 10% de los ingresos nacionales.”

La encuesta de la ACU, muchos de cuyos miembros se marcharon a Miami después de 1959, afirma que el índice de desnutrición entre los pobladores rurales era del 91 por ciento. Solo el 3,36 de los entrevistados comía pan; menos del 1 por ciento, pescado; solo el 4, carne; el 2,12, huevos. En otro aspecto, presuntamente el 14 por ciento de los encuestados padecía o había padecido de tuberculosis; un 36 declaró que estaba parasitado. Y solo un 8 por ciento recibía atención médica gratuita del Estado.

No sigo. El folleto cuenta con 63 páginas atiborradas de datos parecidos. Los propios autores defendieron la validez de su estudio de acuerdo con índices de fiabilidad estadística. Claro, unos dirán que exageraron. Pero, evidentemente, la señora Weinbach no es un criterio confiable. Ella pudo ignorar esa realidad. El brillo de los diamantes que tallaba la mano experta de su esposo, no le permitía ver los reflejos grises de nuestra sociedad. Incluso, la encuesta de la ACU no consideró a los obreros.

No dudo que alguien diga que ahora es igual. O peor. Pero no, señores: los problemas actuales de Cuba, que existen, no entran en la jerarquía de la desesperanza y la desolación. Si vamos a discutir, discutamos con honradez.    

 

EL LENGUAJE DE LAS ESTATUAS

EL LENGUAJE DE LAS ESTATUAS

 Por Luis Sexto 

Ante la estatua de Cristóbal Colón, que se mantiene  con un pie hacia delante y uno de sus brazos en alto con el índice erecto, cierto amigo en San Juan de Puerto Rico me prometió un viaje al lomerío de Aibonito, y al preguntarle cuándo me respondió:-Cuando el Almirante baje el dedo.

Luego supe que los puertorriqueños habían convertido la imagen del marino genovés en figura indirecta para prometer lo que nunca cumplirán. Esto es, mejoraron la tradicional y pedestre fórmula de cuando la rana críe pelos o las gallinas orinen que los adultos le repiten a los niños.

Este recuerdo de uno de mis viajes de encomiendas periodísticas, me ha inspirado comentar cómo el pueblo folcloriza la estatuaria que habita en calles y parques. Advierto que ese capricho de justificar los gestos inanimados de la historia, también sirvió de motivo a Alfonso Reyes, lo cual confirma que no existen temas nimios, ni rebajadores de la dignidad de los autores. Alfonso Reyes, pues, con todo el crédito de su ensayística Visión del Anáhuac, o su teatral Efigenia Cruel, o sus textos sobre la filosofía helenística, nos recuerda en una crónica de su libro Norte y Sur que en el parque Central de La Habana, la estatua de Martí, levantando el brazo, parece dictarle a la del ingeniero Francisco de Albear, casi en frente, lo que el proyectista del acueducto habanero anota en un libro.

Por supuesto, la leyenda que la imaginería popular trazó entre ambos monumentos, y que Reyes recogió y ahora reproduzco, está exenta de irrespetuosidad. Es pura mirada amable del transeúnte, simple afán de lectura en el bronce o el mármol para echar a la vida unos granos del humor que suaviza, alivia, la excesiva rigidez. Y con intención de aportar una curiosidad, añado esto que, creo, acabo de inventar. Cuanto Albear copia, a  dos o tres  cuadras de distancia lo intenta oír Miguel de Cervantes que, sentado en el parque de San Juan de Dios, más adentro de La Habana Vieja, ladea su cabeza hacia la izquierda, como arrimando su oreja. El también tiene una pluma en la mano.

Hace unos días conversé estas notas con el periodista Fernando Dávalos y empezamos ambos a enumerar estatuas y analogías. Y en la Plaza de Armas de La Habana, el rey Fernando VII aparenta, de perfil, el gesto del que va a satisfacer una necesidad mingitoria. Y allá, en el remate de la Lonja del Comercio, el dios Mercurio, además de ser el protector de los comerciantes y los ladrones, podría amparar también angustias deficitarias de ciertos acomplejados, porque antes de  treparlo tan alto, en 1908, hubo que serrucharle el órgano masculino: cierta gente se quejó de que el escultor había exagerado. Y el dios permanece en bancarrota, mocho, de acuerdo con remembranzas de viejos habaneros.

El Quijote de los Molinos, en Puerto Padre, goza también de un caño sexual que parece hiperbólico, porque el artista lo concibió en actitud belicosa, en hiperextensión guerrera. No  me he enterado de que hayan querido echarle el trapo de la pudibundez. Sucedió, sin embargo, que cuando entregué en la  revista Bohemia el fotorreportaje que adelantaba la inauguración del complejo monumentario, me rechazaron las fotografías donde estallaba con todo su vigor el sexo del Caballero Andante.

Visto la sumaria mención de gestos petrificados o metalizados en nuestros parques y calles, a los cubanos nos sobran referencias para superar el dicho puertorriqueño a propósito de la estatua de Colón. Podríamos decir que pagaré o cumpliré cuando Fernando VII acabe de expulsar sus aguas, o cuando le rebrote su estatura genésica a Mercurio, o se le aplaquen los signos ardientes a Don Quijote. O tal vez, señalando hacia un señor de amarillo ocre, con su bronce sentado, como si estuviera vivo, en el parque de 17 y 6 en el Vedado, podríamos asegurar el incumplimiento de cualquier promesa con una nueva condición:

-Cuando John Lennon se levante...       

TIERRA DE NADIE

TIERRA DE NADIE


Por Luis Sexto

Una porción de la humanidad no quiere, al parecer, perdurar en La Tierra.  El medioambiente se le deslava entre los pies y lejos del corazón. Se le desconchan las paredes, se le agrieta el piso y se le agujerea el techo de su habitación terrestre. ¿Qué estamos pensando? ¿Acaso trasladar la tienda a otra bola en las planicies aún inexploradas del Cosmos? Habría para ello una dificultad. Una sola. Mientras buscamos y acomodamos el nuevo medio, se acabará el tiempo.

Un poeta legó a sus hijos el tiempo, todo el tiempo. Pero es casi imposible heredarlo. Se consume. El tiempo de una vela concluye al consumirse el pabilo. Se apagó la llama. Y murió la vela. El ejemplo, tan sencillo como la evidencia, tal vez no ejerza presión sobre la conciencia de cada terrícola. Cada sujeto apenas dura lo que un relámpago. Y no suele proyectarse más allá de su momento. Quizás conmueva a la conciencia general y la especie logre entender que perdurar es, ante todo, un principio de amor. Hacia sí en lo particular y hacia el prójimo, el semejante, que vendrá.

El hombre, como género, se ama poco. Thomas Merton, escritor norteamericano de quintaesencias meditativas, anotó en su libro Conjeturas de un espectador culpable que el amor a la naturaleza enruta la prolongación del amor hacia nosotros mismos. Pero nos acercamos a nuestra casa, la habitamos incluso, como extraños, en actitud de propietarios usurpadores, cuando somos un elemento más, hermano de la flor, del ave y de la nube.

Lo recomendable, ha dicho otro meditador, es humanizar el medio ambiente. Quizás lo más favorable sea introducirnos en él como lo que somos: parte.

Una década atrás entrevisté a dos hermanos leñadores. Nunca publiqué aquella conversación. Ahora, releyendo los apuntes, hallo en la última hoja mi valoración sobre ellos. Primeramente en lo físico: Hombres de baja estatura, fornidos, macizos; con músculos que torneó el hacha.”Luego, en lo moral: “Conmueven por su nobleza, por la cultura de la bondad; hablan en voz baja, con delicadeza, a pesar de lo rudo del oficio.”

Conversábamos en un bosque de eucaliptos y aromas en Pinar del Río, la provincia cubana más occidental. Podíamos ver, arriba, un azul hondo, moteado a trechos por nubes muy blancas, y un sol que ya casi alumbraba a plomo. De súbito los sorprendí con una pregunta agresiva: ¿No saben ustedes que han pasado treinta años maltratando a la naturaleza? Se miraron perplejos. Tuve pena. Al fin respondieron que nunca habían hecho otra cosa que trabajar en el monte; pero a veces les había dolido cortar un árbol bonito. Y, además, también habían plantado muchas posturas.

La inocencia de los bosques de Cuba no se mancilló con los hachazos de estos leñadores, necesarios por demás. Empezó a naufragar con la Armada Invencible de Felipe Segundo en el siglo XVI. Árboles preciosos, duros y durables, de la Ínsula edénica y fiel de la corona española sirvieron de cuadernas y mástiles en aquella flota ambiciosa de geopolítica dorada. El hacha desembarcó en aquellos bosques -que entonces sombreaban y a veces hacían impenetrable, el 85 por ciento del territorio cubano- entre los bártulos de conquistadores y colonizadores. Llegó junto con la cruz, la afición notarial y el gusto por el dinero.

¿Habrá plantado alguna vez un árbol el rey Felipe? ¿O su padre Carlos Quinto? ¿Y los hacendados criollos del XVIII o del XIX, incluso del siglo XX? ¿Lo habrá plantado W. Bush, que se niega a firmar el protocolo de Kyoto?

Tampoco lo han plantado los gerentes y dueños de las corporaciones globales, que deciden que los desechos de sus empresas escamoteen el oxígeno de los peces de ríos y mares, y le disputen la pureza a los nutrientes del subsuelo, y propicien sequías saharianas y temperaturas de infierno. Antes que aquellos dos leñadores hubiera querido entrevistar a uno de esos potentados tecnotrónicos y postmodernos, y preguntarle lo mismo que a aquellos cuya humildad les hacía distinguir entre un árbol bonito y útil y otro feo o inhábil. En inglés, desde luego, o en un español primitivo, habría contestado: Ah, mi no saber... O habría pretextado la excusa típica en la retórica de los poderosos: Ha sido obra de mi sucesor, o de mis empleados. Y alargaría un texto enumerando las
infinitesimales razones del desarrollo.

Ya nadie vacila en achacar la culpa básica a los países desarrollados. Ellos deciden y escriben diariamente la sentencia de extinción de planeta. Y no es el desarrollo el culpable en esencia. Es el modo irracional de asumirlo y ejercerlo. Ese consumismo, ese confort vitalicio, creciente, que inventa una necesidad huera hoy para sustituirla mañana por otra más excéntrica y banal, y que desgasta el perfil humano de la gente. Y cuya finalidad primordial –promover el consumo extremo- se enreda con la voracidad de bancos, corporaciones, y compañías.

La naturaleza se sustenta en el equilibrio. Este es, quizás, el término más grácil, dulce, de la física, de la lengua y de la vida. Si un cocodrilo, ha escrito un ecólogo brasileño, expresara sus deseos más afines a su condición de ser saurio, exigiría que el mundo fuese un total pantano. Y el león, a su turno, que el orbe se trocara en una llanura africana con gacelas en panales. El Hombre, que entre sus libertades utiliza la capacidad de concebir formas inexistentes y convertirlas en obras, pretende, en su más inconsciente e insensible sector – el de los más ricos, los menos- urbanizar el globo; convertirlo en una ciudad que aplaste el equilibrio vital. Civilización proviene de civitas, nombre latino de ciudad. Y hoy la civilización que el capitalismo ha conducido hacia la desmesura, el paroxismo, adquiere un matiz devastador. Civilización corrosiva. Autogeneratriz de la desgracia.

La humanidad, por más que muchos lo desconozcan, es parte de la naturaleza. Y perecerá con ella... si la destruye. Las culturas antiguas intuyeron con más tino esa peculiaridad del hombre. Leonardo Boff, que de teólogo derivó en ecólogo, ha contado que los miembros de cierta tribu del Matto Grosso van suicidándose según las compañías inversionistas talan y despejan la selva. Pierden con la tierra la identidad y el sentido de la vida. Yibran Jalil Yibran, poeta oriental, procedente de esas culturas mediterráneas que tanto penetraron en el alma humana, compuso un verso insuperable, que se acopla, por la soterrada y distante comunicación de las culturas, con un principio de José Martí: Yibran escribió: “La tierra es mi patria y la humanidad mi familia.” Y Martí: “Patria es humanidad.”

Hagámonos, para terminar, dos preguntas: ¿Será posible que el árbol, por mencionar un ser sensitivo, prevalezca sólo en fotografías y pinturas? ¿Tantos hombres y mujeres del futuro solo verán desde su ventana ramas de hormigón y un cielo de aluminio?

El futuro parece ser una heredad incierta 

EL MISTERIO DEL ABUELO DE PICASSO

EL MISTERIO DEL ABUELO DE PICASSO

Por Luis Sexto
 

Hace dos años se publicó en La Habana un libro en cuya creación sufrí tanto como el autor, aunque yo no estaba involucrado en la obra. Es un libro polémico. Y si provoca la polémica, un libro ya empieza a ser interesante. Y de interés y de polémica debe uno hablar cuando comenta La historia secreta de Picasso, texto de Jorge Garrido, recientemente publicado por la editorial cubana  Ediciones Imagen Contemporánea, cuyo título promete el develamiento de incógnitas y misterios relativos al maestro del Guernica. 

La polémica y el interés se centran en la clarificación y revelación de los detalles que atañen al abuelo materno del pintor, el que dio el apellido que el nieto convirtió en indicio de genio y exclusividad.  Y por ello, el libro sigue dos pistas: aquella que habrá de conducir a precisar el velo de vaguedades e imprecisiones que envuelve la vida y el destino en Cuba de Francisco Picasso Guardeño, y la de un Pablo Ruiz Picasso que intenta enterarse secretamente de quién fue en verdad su abuelo y quiénes fueron los hijos cubanos que se añadieron a las seis hijas que don Francisco dejó en Málaga.  

Este libro es primordialmente una aventura en la selva de secretos e intereses de una familia muy célebre y poderosa. La novela gótica pierde su capacidad de estremecer y hacer producir adrenalina, ante la maraña de pistas, despistes, mentiras, silencios, tráfico de influencias, ambiciones, celos, aullidos nocturnos, crujidos de puertas, tumbas desconocidas, huesos extraviados, luces repentinas  y sombras perennes, con que este libro nutre sus páginas. 

El resultado de la aventura el lector lo irá descubriendo a lo largo de la ruta, y es posible que su imaginación colabore a establecer la verdad o la verdad probable. Porque el autor cuenta, sobre todo, con la imaginación de cuantos lo lean, después de haberla él utilizado, como linterna mágica, en los pasajes más tupidos de los misterios de Picasso. 
 

Pero si la dilucidación de esos enigmas supone los ganchos de una novela policial, Garrido, escritor forjado en el lenguaje y la síntesis del periodismo, y habituado a trabajar con preguntas primordiales como quién, qué, cuándo, dónde, cómo y por qué, también narra sus peripecias en la indagación y la confección del libro, tal un reportero de las profundidades. Porque topó con obstáculos interpuestos por manos invisibles para que las verdades e hipótesis que él se proponía establecer nunca trascendieran el cascarón de los enigmas y los enredos familiares. De modo que están todos los ingredientes de una historia que, además de polémica e interesante, es apasionante. También apasionada. Quizás obsesionada. Mezcla de verdad e imaginación. Sin ficción. Porque cuando falta el documento entre los tantos papeles acopiados durante tres años en archivos de instituciones locales y templos parroquiales, la intuición -que también suele llenar vacíos cuando responde al conocimiento entrañado de la realidad- propone una hipótesis cuya cercanía con la verdad no demerita  la investigación.
 

¿Novela? Sí, novela en cuanto a la técnica y la estructura: narración vivaz, temblorosa, cinematográfica, mediante la superposición de planos, la ruptura del punto de vista espacial o del personal, o el temporal, en un balón de suspenso y magia. ¿Reportaje? Sí, reportaje por el afán periodístico de elucidar los móviles y datos de una historia todavía actual, y por la participación explícita del autor en la obra. Literatura, además, por la acentuada evidencia de una voluntad de estilo que intenta trascender mediante el engaste de una prosa plástica, rítmica, tan rápida como el pensamiento. Y uno de cuyos valores primordiales son las cadenas de adjetivos originales y reveladores. 

El misterio de Picasso ha entrado ya en su tercer siglo. ¿Por qué  no respetar a Francisco Picasso Guardeño en el descanso de su sepulcro incógnito? Los secretos de cualquier otro malagueño de origen italiano, pudieran descomponerse en una tumba que las aguas de la bahía de Cienfuegos inundaron en su secular guerra por ocupar la tierra, o en cualquier otro punto de la geografía del Caribe. A los de Francisco, en cambio, todavía no se les permite acurrucarse en ese nicho que un autor ha llamado la memoria del olvido.

Claro, no es culpable de que su recuerdo salpique hoy como ayer a unos y a otros por móviles diferentes. Pero le tocó una gracia: dejar entre sus genes los signos que, en los cálculos del azar, integrarán el genio de un pintor llamado Pablo Picasso, su nieto. Tampoco, desde luego,  Francisco es culpable de los giros de la herencia genética.  Pero a Jorge Garrido, un cazador de misterios, no se le puede imputar el haber construido, como un poseso de la verdad, este libro que, además de valer por sí mismo, por su forma avasalladora,  a muchos habrá de inquietar por su tesis e hipótesis dirigidas a esclarecer el persistente y seductor misterio de Francisco Picasso Guardeño: ¿Fue un espía a favor de Inglaterra? ¿Murió de enfermedad o de asesinato? ¿La familia negra que en Cuba reclama ser descendiente de Francisco, lo es en verdad?  

No estaba yo involucrado en la escritura de este libro. Mas, si usted es amigo del autor, y él le consulta, como suelen hacer los escritores con los amigos, sobre estilo, o  técnica, y habla de sus pistas, y sus dudas, y lamenta los desvíos, y le enumera sus ensoñaciones, le confiesa sus angustias, y luego le trae unas cuartillas para que lea, ya usted del borde del terreno pasa al centro del campo minado. Y sale convencido de que la faena de escribir un libro no equivale a percutir el cuero de un tambor de vez en cuando en una banda municipal. Es proyecto que enerva, angustia, perturba. Así vi a Garrido: la imaginación desgarrada, los ojos exaltados. Y yo me inquietaba, sufría previendo un colapso, y le decía cálmate, apacigua la catarata, remansa los vientos…  

Quizás por esa posesión demoníaca -ese trasvasarse la historia desenterrada al alma del escritor-, cuando uno lee La historia secreta de Picasso se siente arrastrado por funestas voces. Y se involucra. Tanto como yo, a quien todo le parecía ajeno en esa obra. Y de pronto, el autor toca en tu puerta y dice: Hace falta un prólogo.
 

Y tuve que escribirlo, para decir eso mismo: que yo no estoy involucrado en este libro. Soy más bien un testigo del autor. Y juro sobre las carnes angélicas de Las señoritas de Avignon que todo cuanto he dicho es la verdad. Y solo la verdad.