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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

SER O NO SER CONSERVADOR

SER O NO SER CONSERVADOR

Luis Sexto

La  crónica de las revoluciones nos facilita una conclusión: casi todas han sido hábiles al conquistar el poder, pero menos hábiles al defenderlo. Pocas han perdurado sin que la restauración del “viejo régimen” haya dado una vuelta a ese ciclo que llamamos, en una imagen cómoda,  “la rueda de la historia”.  

Juzgar desde el presente el pasado es comúnmente fácil, opondrá alguno a mi afirmación. Pero el análisis de los hechos pasados se hace no solo para justificar las acciones de cuantos nos precedieron, sino para aprender de aquello que, aunque pueda ser explicable racionalmente, nos trasmite una especie de aviso: obrando igual podrás llegar al mismo fin, aunque sean distintas las circunstancias. Qué nos enseña, por ejemplo, el fracaso de la Revolución de Octubre, después de que el mundo que ella había generado y en apariencias consolidado hizo implosión en 1990. Primeramente, ese trágico episodio de fines del siglo XX confirma mi aserto inicial: fue muy capaz para destronar al zar y su tinglado de opresión medieval; incluso, se defendió con  armas triunfales de la invasión hitleriana, pero no pudo impedir que todas sus conquistas se extraviaran en un camino de retorno. Lo que parecía imbatible, cayó; lo que reputamos de eterno, feneció.

La disolución  de la Unión Soviética, el País de los Soviet, el primer país socialista de La Tierra, como llamábamos al vasto conglomerado de repúblicas socialistas surgidas a partir de Octubre de 1917 –según el calendario Juliano-, ha dejado numerosas experiencias para las revoluciones que aspiren, en el siglo XXI, a permanecer como génesis de cambios irreversibles.  El tema, claro, resulta excesivo para un análisis periodístico. Pero como sólo escribo a título de periodista, con ese derecho abordo lo que, me parece, todavía no ha encontrado una juicio equilibrado y definitivo. Tal vez, deban pasar cien años para hallar el justo medio en nuestra evaluación. Por ahora, me parece que una verdad, entre muchas, asoma como la punta de un volcán desde lejos: la voluntad política de hacer la revolución necesita de la voluntad política de hacerla perdurar. ¿Y quién no tiene esa intención? No niego que la voluntad de existir perennemente anima a los revolucionarios. Sucede, sin embargo, que la voluntad política de permanecer exige vivir en dialéctica, en actuar utilizando el sí y el no, en un careo creador que evite el anquilosamiento, la rigidez de las estructuras.

En la URSS predominó un apego inflexible a los llamados principios. Nadie en 1917, ni antes, ni después, ha sabido con certeza –Fidel Castro lo ha reconocido- cómo se levanta el socialismo sobre las ruinas del capitalismo o las supervivencias de la Edad Media. Los bolcheviques creyeron haber hallado una ruta. Más tarde, Lenin se percató, al parecer, que no conducía a ningún sitio seguro, y comenzó a tantear. Para mí, la NEP* fue eso: un tanteo que se frustró con la muerte del líder de Octubre y la vuelta a las posiciones originales que Stalin impuso: la propiedad estatal como ficción de la propiedad socialista. Lenin tenía razón: una sociedad, como una casa, no empieza a edificarse por el techo: se precisa fraguar los cimientos y eso no es cosa de poco tiempo, ni de pocas y primarias conquistas. Con ese modelo basado en  el control de la burocracia estatal, un país tan dotado de bienes naturales solo pudo alcanzar unas ocho décadas de existencia. Y sin plenitud. Desarrollo en un sector y subdesarrollo en otro. No olvido cuando, en 1988, visité la región siberiana de Sukpay, donde leñadores cubanos trabajan la madera que el gobierno soviético le concedía a Cuba, y supe que los médicos del contingente tenían que asistir, sobre todo los estomatólogos, a escolares que con su dentadura podrida acusaban la falta de ese servicio 70 años después de la Revolución de octubre.

Fue políticamente erróneo adoptar con rigidez principios a los que los fundadores del marxismo solo calificaron de “guía para la acción”. Los principios no pueden estar separados de los fines. Si en la esfera personal el sacrificio de un hombre a sus normas puede resultar admirable, en los procesos sociales la inmolación como destino, no como accidente parcial, logra el valor del fracaso. Porque habría que preguntarse: ¿Para qué edificamos el socialismo? ¿Para acatar principios o para, mediante principios, alcanzar los fines del desarrollo, la libertad y el bienestar humano dentro de reglas de equidad, igualdad, justicia?  Habrá, pues, que aceptar que los mejores principios son los que más cabalmente cumplen sus fines de transformar la vida.  Socialismo que pretenda la igualdad sobre la pobreza y las restricciones, no puede llamarse así.  Con lo cual uno va aceptando que más que las filosofías, los revolucionarios han de tener a la vista las tendencias de la naturaleza humana. A veces se legisla y se teoriza contra ella. Inútilmente. Porque las necesidades de nuestra especie no toleran barreras: cumplida la norma cuantitativa, las demuelen o saltan sobre ellas.

Queremos, en efecto, transformar al hombre viejo: delinear y sustanciar al nuevo. Pero no parece plausible que en sociedades con esquemas económicos incapaces de producir riquezas y que más que con soluciones, respondan con sueños “a las necesidades siempre crecientes”  de las personas,  pueda surgir un hombre distinto. ¿Cuánto de lo viejo no desempolvan la pobreza y las carencias en la conciencia humana?

Vivir en dialéctica -ese gobernar previendo, según José Martí;  ese obrar al tanto de lo que empieza a ser inservible para sustituirlo por una réplica creadora- resulta trabajoso. No creo que aquel ensayo del español Mira y López sobre “la psicología del revolucionario” haya perdido su vigencia. Uno ha lamentado que revolucionarios de ayer, hábiles, dispuestos a destruir el viejo régimen, se hayan convertido en conservadores de su obra, conservadores renuentes a aplicar la dialéctica, ley y método que paradójicamente pululan en sus referencias. Ese tipo de revolucionario encorsetado por la burocracia, que ha trenzado sus intereses personales con su posición en el esquema del nuevo poder, suele sustituir la visión crítica de la realidad con la autocomplacencia; la actividad política con la retórica.

Espero que nadie confunda que en estas notas abogo por los principios generales -claros, precisos y posibles- que informen la acción revolucionaria para tomar el poder, pero sobre todo, apoyo la actitud de mantenerlos siempre en posibilidad de cambiar, que no equivale a desfigurarlos, sino a adaptarlos. Mayor que el riesgo de cambiar, de responder a las urgencias de la vida modificando enfoques y tácticas, es el de no cambiar. Porque si los principios se revisten de blindaje  y excluyen lo que un ideólogo cubano llama “tesis que los adecuan”, obtendremos quizás la certeza próxima de oxidarlos entre los hierros que estimamos su salvaguarda.

La historia de las revoluciones sigue dictando su cátedra de experiencia. De sentido práctico. Vivir o no vivir en dialéctica, esa es la cuestión.

 

*Nueva Política Económica

 


ABRIR ES… ABRIR

ABRIR ES… ABRIR

Luis Sexto

 

Estamos en verdad viviendo una etapa de rectificaciones cruciales. De cuantos nos empeñamos en mantener sinceramente la fidelidad a las ideas y fines esenciales de la Revolución cubana, ninguno miente, ni juega con la confianza o las esperanzas de nuestros  compatriotas. Y me incluyo, aunque de mi no dependa ninguna decisión, porque escribo, y escribo con la intención de difundir la certeza de que en Cuba hoy se piensa y se actúa para trascender lo precario sin renunciar a los valores de la justicia social y la independencia.

Cuantos leen esta columna, han visto otras veces la mención a la justicia social y la independencia. Y he de confesar que las seguiré mentando, porque sin una de las dos, no habría revolución, ni aspiraciones socialistas. Por ello, puedo decir que estamos braceando en una período en que dejar de hacer cuanto se ha proyectado, o distorsionar algunas de sus propuestas, puede implicar echar a la cuneta mucho o todo de cuanto los cubanos de varias generaciones han creado de 1953 hasta hoy.

Por supuesto, me disgustan las frases resobadas, las ideas recalentadas. No me gusta posar de doctrinario, pero tampoco pasar por un desentendido o un “rebelde sin causa”, o sentarme ante la candela para oír el crujido del fuego sin intentar apagarlo. Por tanto, he de decir que unas de las preguntas más dirigidas al periodista que soy,  son estas: ¿Qué nos pasará? ¿O acaso todo será de verdad? Y lo comprendo: no es posible transitar de un estado en que por recibir se recibía incluso lo que no se merecía, hacia una situación en que mucho de cuanto un individuo llegue a poseer será, básicamente, obra de su trabajo en una sociedad donde el trabajo estatal se reajustará a categorías racionales de gastos e ingresos; salario y productividad;  mérito y eficiencia. Y como consecuencia, habrán de desaparecer de los centros laborales el concepto de ausencia justificada por asuntos propios, o las salidas en medio de la jornada para comprar “eso” que sacaron a la venta, o el administrador no está, o se acabó el presupuesto, pero seguimos… Bueno, nos conocemos.

Pero por momentos esas preguntas de personas que parecen estar en el pueblo y no ver las casas, denotan una válida confusión. Porque leen periódicos y oyen discursos llamando al ejercicio del criterio con libertad, o se aprueban leyes liberando opciones, eliminando prohibiciones, y de pronto aquí, en este lugarcito, o aquel pueblo o municipio, la práctica indica lo contrario: el “no se puede”, “no nos interesa”, “no hay solución”, “cállese, que de eso no se habla”, “traiga este papel, aunque la ley no lo exija”, siguen componiendo un método de dirección y administración en lugares y  lugarejos del país. Es lógico, pues, que algún ciudadano, particularmente en el interior,  pregunte: En qué quedamos: o se abre para cerrar o se cierra para… seguir cerrado.

Digo, en efecto, lo que impone mi función periodística, que no me autoriza a enrarecer o exagerar debe cuanto veo u oigo. Y digo por tanto lo que he visto en un viaje reciente por provincias. Hay todavía en ciertos sitios como una contradicción  entre el rumbo declarado del país y la acción que, en vez de seguirlo, lo paraliza o lo embrolla. La mentalidad del control rígido continúa enquistada, y enquistado también una especie control, intensificado ahora, que no se detiene a distinguir, como diría un poeta, lo que es una voz o un eco, lo que es un ciudadano honrado o un ciudadano pícaro, lo que una solución y no un peligro.

Ahora, sobre todo, es preciso conocer el valor de la semántica. No es lo mismo controlar que entorpecer, no es lo mismo acatar una ley que cumplirla, ni tampoco es igual cumplirla a la par que se le distorsiona mediante  aplicaciones bizcas.

La semántica hoy es sobre todo una parte de la gramática política. Y por ello control, en el sentido que Cuba reclama, equivale a conducir los procesos sin frenarlos, sin confundir a la ciudadanía, y sin desestimular el trabajo. Abrir es abrir. Y si ha de existir un portero, este tiene que saber, sobre todo desde la sensibilidad revolucionaria, que, aunque el paso se regule, quien se quede fuera por torpeza o mala fe, adopta inmediatamente, en las circunstancias del presente, el nombre de “problema”. Y para qué un problema más.   

 

¿DÓNDE ESTÁ EL ADMINISTRADOR?

¿DÓNDE ESTÁ EL ADMINISTRADOR?

 

Luis Sexto

Hace poco, pedí un refresco en la cafetería de un CUPET, común "servicentro". Le mostré al dependiente un billete de cincuenta pesos. Un billete  de pesos cubanos comunes, y el dependiente me dijo: No, todavía no. Pero, le repliqué, ese cartel que tienes en el mostrador dice que aquí se puede pagar en CUP y en CUC. Y no dice que todavía no. Dice que aquí se puede pagar en las dos monedas, hoy, ahora mismo. Enseguida le pedí que llamara al administrador.  Y como es casi habitual en nuestro país,  el administrador no estaba.

Entonces, este periodista, sabiendo lo que se traía entre manos, dijo en voz alta. Qué lástima, porque le tendré que mandar saludos desde Juventud Rebelde, o desde Radio Progreso. Y estas palabras fueron como una fórmula mágica. En segundos, apareció el administrador con un qué pasa. Le expliqué,  y le preguntó  al dependiente, muy joven, quién le había dado esa orientación. No supo, o no quiso el dependiente explicar. Y el administrador le ordenó: despáchele el refresco al periodista.  No, no, ya no quiero el refresco, dije. Si pedí hablar con usted fue para decirle que en su unidad se está violando lo dispuesto por el Gobierno. Y aunque estoy defendiendo mis derechos de cliente o consumidor, estoy sobre todo defendiendo el derecho de las personas que, presumiblemente,  pasaron por aquí y no pudieron  beber un refresco o comer un bocadito gracias a la orientación de no sabe quién.

  He  citado ese episodio porque  me sirve para hacer recordar que los administradores suelen no estar. Cuando usted quiere quejarse por algo que no sabe bien,  posiblemente el administrador haya salido, o esté reunido, como si desde las oficinas o en la calle el administrador de un establecimiento comercial o recreativo, o gastronómico, pudiera  atender su negocio. Y uno pregunta: ¿No está el administrador porque quiere no estar, o no está estando, y no desea responder una queja, una inquietud de sus clientes? ¿O acaso los que despachan y cobran acuden a tan  efectivo recurso para rehuir una reprimenda por su mal trabajo? Posiblemente, unas veces porque no está o no quiere estar, y otras veces porque a algún trabajador del establecimiento no le conviene que esté, resulta muy difícil encontrar a los administradores.

Y si no está, cómo un administrador podrá mantener el orden, cómo un administrador  vigilará por que el buen servicio se presté y el control interno se aplique. Quizás, piensa uno, al administrador le convenga no estar, aunque esté. Porque así no tiene que fallar en un litigio entre clientes y dependientes. Y así quizás, no estando se hace el de la vista gorda, esa visión tan común y productiva. Haciéndose el de la vista gorda, el administrador ejerce  una complicidad  que no lo complica, al menos en lo inmediato,  con la subida ilegal de los precios, con la estafa en la caja, con la venta de mercancías vencidas, con el mal servicio…

En suma, puede ser  una complicidad tan protegida que aparentando no estar, permite que otros cometan fraude  o roben. Y si deja hacer es como si hiciera, al menos podría beneficiarse temporalmente. Quizás cuando llegue la auditoría, una auditoria que no tema complicarse haciendo justicia, llegando al fondo, entonces posiblemente cuando llamen al administrador para responder, alguien podrá decir:

-¿El administrador? Ah, no está.  

Será entonces cierto. Ya tal vez no esté porque esté respondiendo por sus errores.

(Difundido por Radio Progreso, programa A primera hora)

EL EXILIADO LLEVA LA REVANCHA EN SU EQUIPAJE

EL EXILIADO LLEVA LA REVANCHA EN SU EQUIPAJE

 

Luis Sexto

Un deslinde: emigración y exilio

DURANTE MÁS DE CINCUENTA AÑOS el estrecho de La Florida ha sido una frontera sentimental, y espacio de una crónica roja difundida por las páginas amarillas de una guía que aun dentro de su tragicidad ha servido de soporte  publicitario a intereses políticos de baja hechura. Padres separados de sus hijos; hijos que desaparecieron en el mar; madres que perdieron  a sus criaturas recién nacidas,  porque un padre, dominado por el egoísmo, la sacó de la cuna y lo embarcó en una travesía ilegal y peligrosa. Miles podrían contar una historia similar, distinguida solo por el desenlace, irremisiblemente fatídico o  casualmente feliz.

Desde luego, a nadie se le puede quitar, como el “bailao” del cubano sibarita,  la tristeza de estar ausente, lejos del afecto, de ese apego insular por la familia o la mujer de sus sueños. Por las calles de Miami, o de cualquier otra ciudad donde el cubano habita en su cascarón migratorio, transitan decenas de miles de zapatos que un día prefirieron, con derecho a elegir, más brillo, mejor betún y  zapatera más confortable, pero que en silencio, casi en un acto reflejo, golpean erráticamente la añoranza como a un balón de fútbol que ha extraviado la portería.

Más de cincuenta años de anormal emigración cubana han deformado, incluso, aspectos del pasado previo a 1959 y posterior a éste. Tanto han enrollado  la  crónica cubana en el bagazo de la desmemoria que suelen creer algunos que en Cuba se empezó a emigrar luego del triunfo de  la revolución. Pero los archivos no han desaparecido. Y la revista Bohemia facilita responder preguntas inquietantes. Ante cualquier duda, repasemos la colección de la revista del señor Miguel Ángel Quevedo, y verá en fotografías que a mediados de la década de los 50s, en la embajada norteamericana, frente al Malecón, por la calle Calzada, bordeando la cerca diplomática, se formaban las mismas colas que  hoy. Y en esas páginas de la ya centenaria publicación se enterará de que en esos tiempos se otorgaron anualmente  hasta 20, 000 visas de residentes, según el embajador Arthur Gardner  informó  a un reportero.

Esas fotos y cifras inducen a una pregunta: si hasta la primera mitad del siglo XX, Cuba  fue principalmente un país de inmigrantes –gallegos, canarios, haitianos, jamaicanos, italianos, polacos-,  por qué  a partir de la segunda mitad, la corriente parece revertirse.  A primera vista, una causa: a mediados de esa década las estadísticas enumeraban cerca de un millón de desempleados, además de una población rural muy pobre, desposeída, según lo confirma la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria aplicó en 1956 y publicó en un folleto en 1957. Y las crónicas históricas cuentan de un gobierno efectivamente  represivo, cruento.  ¿O Ventura, Carratalá, Martín Pérez  son  acaso ángeles azules injustamente acusados de derramar sangre durante la dictadura de Fulgencio Batista, incluso en años anteriores a 1952?
En 1959 hubo un cambio de composición en la emigración. Se exiliaron por cualquier medio –asilos en embajadas, robos de embarcaciones, secuestros de aviones- los comprometidos, incluso hasta el peculado, la corrupción y el asesinato, con la tiranía recién derrocada.

Después, los propietarios expropiados por la revolución utilizaron vías legales, y también los ciudadanos atemorizados por la propaganda sobre que el comunismo quitaría los hijos a los padres, que todos los ciudadanos se transformarían en  esclavos del Estado. Muchos se exiliaron o emigraron normalmente hasta octubre de 1962, cuando  el entonces presidente John F. Kennedy suspendió los vuelos directos entre los Estados Unidos y Cuba, a causa de la llamada crisis de los cohetes soviéticos emplazados en Cuba. Con sus pasaportes vigentes y la  visa weber aprobada, miles de aspirantes a emigrar quedaron con una pierna alzada esperando subir las escalerillas del vuelo.

Tres años más tarde,  el gobierno cubano despejó el limbo migratorio al habilitar el llamado “puerto libre” de Camarioca, antecedente de su similar de El Mariel, a escala mayor, en 1980. Allí, cerca de la playa de Varadero, atracaban yates de diversas singladuras procedentes primordialmente de La Florida. Sus tripulantes llegaban con el propósito de recoger a  miembros de sus familias. El resultado, casi inmediato: un acuerdo entre La Habana y Washington para reordenar la emigración mediante el llamado puente aéreo Varadero-Miami, empleado sobre todo por  cuantos contaban con parientes de diverso grado que les facilitaran el ingreso en los Estados Unidos bajo la categoría de refugiados. Otros, a partir de 1966,  se sirvieron de la ley de Ajuste Cubano, y continuaron afrontando los riesgos  marítimos del estrecho de La Florida  para recalar en cualquier porción del litoral estadounidense, sin que al servicio de guardacostas y a las autoridades migratorias les importaran que, para abordar una lancha, los emigrantes ilegales hubieran tenido  que matar.

Ese flujo aventurero ha continuado. La negativa de visas a miles de personas, a pesar de acuerdos y conversaciones migratorias entre La Habana y Washington, más el privilegio de la ley de Ajuste, condicionan aún ese tráfico enrarecido por su origen y por la propaganda que lo alienta y exalta como “emigración de móviles políticos”, aunque la reciente ley migratoria cubana carece, casi totalmente, de restricciones.  

PARTAMOS, PARA clarificar conceptos, de una verdad históricamente demostrada: emigrar es consustancial al ser humano. Y variados y diversos son los móviles para abandonar el suelo nativo. No me parece superficial afirmar que la decisión de emproar hacia el extranjero a desafiar lo desconocido,  pertenece por lo habitual a los individuos. Por tanto, suele ser una solución personal a un problema colectivo o a una inquietud o aspiración individual, salvo los pueblos nómadas, o el pueblo de Israel, que fugado de la esclavitud en Egipto, país ajeno, peregrinó hacia “la tierra prometida”,  ocupada ya por otros pueblos. Aceptemos también que en el acto de emigrar hay perfiles políticos ineludibles. Porque marcharse de su país  podría implicar cierto descontento con el estado de cosas predominante. Algunos de los diccionarios más a mano no definen a emigración como sinónimo de exilio. Pero los medios propagandísticos norteamericanos transformaron al emigrante cubano en un “refugiado” político que aspira a regresar y recuperar sus valores y posiciones.

Por tanto, démosle a cada palabra  lo suyo. Y empecemos por denunciar la manipulación ideológica y política de algunos términos. Los diccionarios tratan de precisar las diferencias semánticas entre palabras con cierta afinidad.  Suele ocurrir, sin embargo, que cumplir las normas no sea normal. Por ejemplo, todavía el abultado mataburro de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) define ciertos términos religiosos como si todos los hispanohablantes fueran católicos o creyentes cristianos. Ya vemos como en este mundo pocos actos y pocas intenciones están descontaminados de valoraciones o prejuicios ideopolíticos.  Supongamos que si la entrada léxica de pobreza se definiera desde el significado evangélico no habría entonces por qué  organizar rebeliones populares, particularmente en el Tercer Mundo,  para liberarse de la opresión de empresarios, gerentes, banqueros, latifundistas y políticos, ni indignarse por las carencias de empleo, los bajos salarios, las cesantías o el costo de la vida. Y los ricos vendrían a ser como la expresión colateral de un lujo que solo pondría en evidencia la bienaventuranza moral de los pobres.

Entrando ahora en lo que atañe esencialmente a este articulo, emigración y exilio son objeto de distorsión desde posiciones ideológicas y políticas de la derecha. En el lenguaje  que manipulan algunos politólogos, críticos o guerreros de la democracia principalmente en los Estados Unidos, “emigrante cubano” es sinónimo de exiliado. Cualquier diccionario con ánimo de objetividad establece la diferencia.  Con respecto de Cuba, quien emigra, se exilia, según el léxico de la política norteamericana sobre Cuba y los cubanos. ¿Cómo, por ejemplo, llaman en los Estados Unidos a los braceros mexicanos que burlan el muro que les impide cruzar del sur hacia el norte? Inmigrantes ilegales. ¿Y no hay también un componente político no dominante, como ya sugerí antes, en esos actos desesperados por encontrar un sitio más ventajoso, con mayores ofertas y salarios donde trabajar?  No existe en las oficinas secretas de Washington y Miami, ningún interés en politizar la inmigración mexicana. Son, a fin de cuentas, “rotos”, hambrientos. Es decir, el que emigra por evidentes urgencias económicas, es eso: un emigrante que se marcha de su patria buscando en otros ambientes la oportunidad de índole económica que tal vez no halle en su país por cualquier razón, incluso, repito,  indirectamente política. Ah, si Estados Unidos aprobara una ley de ajuste mexicano,  se anularía el mito globalizador del exilio político cubano.

¿Y cuándo un hombre o una mujer que se  establecen en otro país resultan exiliados  o emigrantes?  El DRAE  presenta  como sinónimos  a  exilio y emigado: “exilio. (Del lat. exilĭum). m. Separación de una persona de la tierra en que vive. || 2. Expatriación, generalmente por motivos políticos. || 3. Efecto de estar exiliada una persona. || 4. Lugar en que vive el exiliado”.  Y: “emigrado, da. (Del part. De emigrar). adj. Dicho de una persona, sobre todo de la obligada generalmente por circunstancias políticas: Que reside fuera de su patria. U. t. c. s”.  El mismo diccionario define a: emigrante. (Del ant. part. act. D emigrar). adj. Que emigra. U. t. c. s. || 2. Dicho de una persona: Que se traslada de su propio país a otro, generalmente con el fin de trabajar en él de manera estable o temporal. U. t. c. s. Profundicemos en el significado de exilio. Conforme a la experiencia, quien se exilia intenta esquivar un probable castigo por su oposición, o por sus delitos políticos, o se va para expresar una inconformidad de índole política hasta tanto se aligere la atmósfera en su país. El exiliado porta la revancha en su equipaje.  Según el significado más usual, la esperanza suprema de los exiliados es retornar. Volver para recobrar lo que todavía consideran suyo y  abandonaron por decisión propia, o por urgencias de su integridad o libertad. Esa característica la define el ensayista español Gregorio Marañón en un libro cuyo título es, recuerdo entre mis lecturas juveniles, Españoles fuera de España, publicado en 1947.  Y a pesar de su vejez  mantiene ideas vigentes como esta que reproduzco en su sentido: El exilio es la fuga o un viaje que ya en la ida  aspira a regresar por lo que ha perdido.

 

EL EMIGRANTE, en visión general, carece de esa retrospectiva. Nada ha perdido, o nada tiene, o tiene poco, y parte hacia el extranjero para encontrarlo.  Por tanto,  a todos los cubanos que residen en el extranjero, sobre todo en los Estados Unidos, no se les puede calificar de exiliados o emigrados, de acuerdo con el enfoque que defiendo. ¿Hasta dónde seguirán estirando el idioma los propagandistas, que no ideólogos, de la derecha antisocialista, o anexionista? Ahora con la ley migratoria que rige actualmente en Cuba  conviene a cubanos de dentro como del exterior saber las diferencias entre exilio y emigración. Nadie que se clasifique por boca propia o ajena como parte del exilio, podrá participar en una concertación entre la emigración y la nación. Aún el exilio calienta su retorno posesivo.  No importan los calificativos que se  auto asigne o se le done. Mientras  la conducta del exiliado  indique o resuma una actitud de oposición beligerante contra  el socialismo como aspiración, y entre este y el capitalismo confiese luchar por imponer el último en Cuba,  no parecerá políticamente atinado compartir espacios. Y a quienes prefieran el capitalismo por eficiente, pero esencialmente injusto, al mantener cuatro mil millones de personas por debajo del nivel de pobreza en el planeta, y rechacen el socialismo imperfecto, pero perfectible en su vocación de justicia y en su obra de legitimización económica,  es atinado preguntarles si podrán pretender de buena fe la cooperación con su país de origen, empeñado en el mejoramiento de un socialismo distinto al fracasado. ¿Podremos reconciliarnos suponiendo que al exilio, por voluntad y significado, no le interese la reconciliación para convivir, sino  para intentar conquistar su “tierra prometida”?

Al parecer, tendrán que continuar esperando a que los Estados Unidos, el país donde se albergan mayoritariamente y a  muchos paga, les cumpla el compromiso -contraído por Kennedy- de  devolverles la bandera “en una Cuba libre”. “Libre” como la entiende Washington y el exilio. “Libre”, es decir, norteamericanizada, “plattizada”  e iluminando a las principales ciudades cubanas con la luz de neón de las empresas de los Estados Unidos. O de un sector de los cubanoamericanos que, como se ha probado, son menos lo primero y más lo segundo. Y en última instancia son herederos del buen vivir del burgués criollo en la Cuba de antes de la revolución.

 

SI CUBA derivara hacia el capitalismo, como algunos criterios de la izquierda prevén como inevitable,  al menos a mí, si debiera afrontar ese destino, que estimo temporal,  lo preferiría sin depender de los Estados Unidos. ¿Será posible? Por ello, la reconciliación con el exilio, por minoritario que sea, solo beneficiará a la parte financieramente más poderosa: la que influye en el Congreso de la Unión y promueve representantes y senadores que se expresan en un español yanquizado. Y este sector, si obtuviera poder –o el poder- en Cuba no pretenderá sino la vuelta a la Cuba dependiente, neoliberal,  regida por gerentes que, a su vez, reasumirán  a Cuba como desde 1902 la han tratado hasta hoy: de acuerdo con el artículo III de la Enmienda Platt. Porque desde Washington continúan viendo a Cuba como un espacio donde pueden injerirse,  o interferir, incluso desde la distancia, con fines que sólo a los Estados Unidos de Norteamérica beneficien. El apéndice constitucional de 1901 dice aún para que los  cubanos patriotas lo tengan en cuenta, y dice todavía para anexionistas, y para la frustración imperial: “Que el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la Independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual y para cumplir las obligaciones que con respecto a Cuba han sido impuestas a los Estados Unidos por el tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba”.

La posición ante este artículo de la enmienda a la cual el senador Orville Platt dio su nombre, define todavía a los cubanos de dentro y a los que integran la emigración y el exilio. Según mi manera de juzgar,  el Gobierno cubano y los cubanos  que residen en nuestro archipiélago –mayoritarios comparados con exiliados y emigrantes- tendrán que conciliar sus intereses sólo con la emigración, cuyo sentido no implica una beligerancia en contra de la independencia nacional  y  del ideal de  una sociedad justa y próspera, sin la fragmentación en ricos muy ricos y pobres muy pobres. Discutir con el exilio equivaldría a escenificar, como afirma Arturo Arango en su reciente libro titulado Terceras reincidencias[1],  un diálogo de sordos. No hay soldadura posible entre exilio y revolución. Porque no se trata solo de trazar una estrategia para el desarrollo económico, sino concebir fórmulas que, al desarrollora el orden material, protejan la independencia y la justicia social. La revancha del exilio únicamente transigiría con lo contrario: la revancha, esto es, el retorno  a su estado antes de 1959, con las adecuaciones contemporáneas.

Por tanto, la aplicación de las nuevas reglas migratorias ha de conjugar aspiraciones nacionales con los deseos y necesidades de los emigrantes,  respetando diferencias, aunque Washington con la Ley de Ajuste, y sus pies secos o mojados, continúe estimulando la travesía contra la corriente de la legalidad, y llamando “refugiados” o exiliados a los que emigran. Y, sobre todo, cuanto funcionario cubano tenga el poder de determinar quién puede o quién no puede entrar en Cuba en las circunstancias tan irregulares de nuestra sociedad, ha de tener muy  afilado el sentido de la justicia ante la guerra psicológica que todavía dispersa confusión. Admitamos que los días  actuales no deben aparearse a momentos cuando las demandas  defensivas generaron acciones enconadas. Y es preferible el desliz político de una equivocación, prontamente salvable, que mantener en nefasta cuarentena a cubanos honrados cuyo interés por la patria no implica convertirla en pedestal  sino en suelo que besar y donde servir.

De esa actitud se humedecen las declaraciones del compositor y cantante Isaac Delgado. Sobre su regreso a Cuba en 2013, aseguró recientemente a OnCuba que es “cubano al 250 por ciento”.   Y confesó luego: “No me ha sido difícil volver a insertarme en la dinámica musical de la Isla, porque estoy en mi medio natural. Muchos me alertan sobre cambios en la música,  pero de cierta manera siempre he estado presente,  por eso estoy al tanto de lo que pasa culturalmente en Cuba. Además, aquí está todo lo que soy: mi niñez, mi familia, mi idiosincrasia, en fin.”

Las encuestas no son decisivas, porque suelen ser movedizas, cambiantes. Pero indican tendencias. Y un sondeo difundido por la agencia española de noticias EFE en 2012 reveló que, en Miami,   el 44 por ciento de los entrevistados “apoya el fin del bloqueo económico y el 80  lo considera disfuncional; alrededor del 75  respalda las ventas de medicinas y alimentos; un 57  aprueba los viajes sin restricciones, y el 61  se opone a cualquier ley que restrinja esta posibilidad”. Tales números  acusan el desfase del exilio histórico, como se trata a sí mismo, o del exilio de nuevo corte y costura, respecto de la opinión de “un 58 por ciento (que)  defiende el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”.

Veamos cómo concuerdan los últimos sondeos con el anterior. Y me sirvo de Cuba Información, que  trasmitió el  8 de julio de 2014 un artículo de Ignacio Ramonet, publicado en Le Monde Diplomatique. El reconocido politólogo y teórico de la comunicación escribió: “Una encuesta realizada en febrero pasado por el centro de investigación Atlantic Council afirma que el 56% de los estadounidenses quiere un cambio en la política de Washington con La Habana. Y, más significativo, en La Florida, el estado con mayor sensibilidad hacia este tema, el 63% de los ciudadanos (y el 62% de los latinos) también desea el fin del bloqueo. Otro sondeo más reciente, realizado por el Instituto de Investigación Cubano de la Universidad Internacional de La Florida, demuestra que la mayoría de la propia comunidad cubana de Miami pide que se levante el bloqueo a la isla (un 71% de los consultados considera que el embargo “no ha funcionado”, y un 81% votaría por un candidato político que sustituyese el bloqueo por una estrategia que promoviera el restablecimiento diplomático entre ambos países).”

Con tantos cubanos de origen expresándose en contra de las confabulaciones predominantes en Miami, ciudad del Primer Mundo colmada de emigrantes, pero  gobernada por exiliados del Tercero, parece que se confirma, por esta vez,  la diferencia lexicográfica,  ideológica  y política entre emigración y exilio.


(Articulo publicado en la revista Emigración, Miami, julio de 2014, número 1)

 



[1] Terceras reincidencias, la historia por los cuernos, Ediciones Unión, La Habana, 2013.

AUTORIDAD VERSUS AUTORITARISMO

AUTORIDAD VERSUS AUTORITARISMO

Luis Sexto

Hemos de reconocerlo nuevamente: las sociedades excesivamente centralizadas, engendran el método del autoritarismo, ejercicio individual e inapelable de la última palabra en un conglomerado humano, sea laboral o político. Con el tiempo, el autoritarismo pasa a convertirse en práctica de la ideología predominante.

Desde luego, no he dicho nada original. Ya el autoritarismo se ha reconocido y condenado  en Cuba. Pero el diagnóstico no cura las enfermedades. El diagnóstico requiere del tratamiento para lograr la efectividad. ¿Y cuál sería el tratamiento contra el autoritarismo? Me parece claro: el medicamento para erradicar el todavía vivo parásito de las actitudes y acciones autoritarias, consiste básicamente en la descentralización de la sociedad.

Con la actualización económica y con el proceso renovador en lo social, nuestro país también intenta erradicar esa dupla que llamamos ordeno y mando. Es decir, una combinación propia del ámbito militar. Pero que en lo civil indica una especie de encorsetamiento de la democracia. El autoritarismo, pues, consiste en la negación del espíritu democrático. Yendo por partes, cuando levantamos la mano unánimemente como una costumbre, o cuando nadie nos consulta para decidir lo que atañe a la colectividad, estamos encerrando al ejercicio democrático en una caja hermética, donde no entra el aire de la voluntad del pueblo. La práctica autoritaria sólo reconoce el poder que está de su cabeza hacia arriba: el superior. Para abajo, sólo cuenta el que manda. ¿No parece que al habituarse a mandar donde la razón exige debatir, consultar, la práctica autoritaria llega a no distinguir el bien del mal, lo útil de lo inútil, lo grave de lo leve?

¿Acaso nos hemos percatado de que el autoritarismo genera prácticas aparentemente democráticas que suelen ir perdiendo crédito? Sigamos preguntando: ¿Cuándo votamos por el delegado de circunscripción, o el diputado, estamos convencidos de que quien nos representará en la asamblea municipal o en la nacional, podrá trasmitir y hacer oír nuestras urgencias? Mi experiencia como votante y como periodista, me ha mostrado que parte de mis conciudadanos en la circunscripción suelen votar sin saber por qué o a quién eligen, y los elegidos, a su vez, no están muy convencidos de que algo podrán hacer.

Al parecer, hemos perdido el sentido de los fines de nuestra democracia. No desconozco, por supuesto, lo sensible de este tema desde el punto de vista político. Aunque este comentarista pudiera equivocarse, peor, en mi opinión, es la supervivencia de una mentalidad que emplea el autoritarismo como método. Nuestra democracia empalidece ante prácticas tan nocivas. Veamos un ejemplo: ¿Por qué tiene que rendir cuentas el delegado de circunscripción, si nada o poco puede solucionar de las necesidades de sus electores? ¿Por qué no rinden cuentas los directivos locales de los organismos de gobierno y administración? Pocos funcionarios suelen asistir a las asambleas de rendición de cuentas. Y el delegado, al rendir cuentas, dirá: no se pudo, no pude.

No lo dudemos: el hábito distorsionador del autoritarismo continúa enrareciendo, lastrando la obra política y social de la revolución. No basta con descentralizar estructuras administrativas o políticas. Hace falta que el pueblo, como elector en la circunscripción, o como trabajador en sus centros de trabajo ejerza el poder. Esa es la premisa de la transformación justa y necesaria de nuestra sociedad.

Tal vez debemos seguir hablando de este asunto, y advertir que más que autoritarismo necesitamos el ejercicio de la autoridad.

(Difundido por Radio Progreso, en el programa A primera hora, lunes 11 de agosto de 2914)

LA MODA DEL CANDADO

LA MODA DEL CANDADO

Luis Sexto

Es como si las puertas estuvieran cerradas. ¿Cuáles -pregunté a mi interlocutora-: esas que cierran en las tiendas, en los cines, en muchas oficinas públicas para que uno tenga que entrar y salir por una sola puerta?  No, no solo esas puertas. Me refiero a que los problemas surgen, y una, con toda la razón de la vida, acude a plantearlos, y a veces nadie responde, nadie quiere enterarse.

Este diálogo no es imaginario. Lo sostuve ayer –precisamente ayer- en un receso durante un debate académico sobre nuestra realidad. Y la conversación se fundamentaba en la ponencia que, poco antes, habíamos escuchado. Por supuesto, asentí. Los periodistas, que no somos académicos en el sentido más puro de ese título, somos una especie de académicos de la vida cotidiana, y conocemos de primera mano esas verdades que los investigadores detectan y sintetizan con su instrumental científico. Si de veraz somos periodistas, si soy verdaderamente un columnista, los oídos han de estar a ras del suelo, oyendo incluso los sonidos más lejanos. Como cuando los niños pegan la cabeza a los raíles ferroviarios para comprobar, por la transmisión acústica, si viene el tren que aún no se ve.

Algunos en Cuba, cierto, viven con las puertas cerradas, aunque su función implica mantenerlas abiertas. Fíjense que escribo “algunos”. En los análisis de nuestra realidad, he cuidado siempre de no generalizar, porque sería injusto. Nuestro país es una mezcla de lo positivo y lo negativo. Junto al que no quiere oír, ni ver, incumpliendo así su papel, se yergue otro que sobrepasa su misión. Por ello, uno trata de equilibrar el juicio. Pero la permanencia de la virtud, no implica que el vicio, el defecto, la insuficiencia, no puedan actuar libremente. O que puedan corregirse automáticamente. Incluso, la vigencia de la “antivirtud”, aunque sea minoritaria –que lo dudo-, amenaza la eficiencia de las políticas correctas, solidarias, revolucionarias, en fin.

Todo cuanto vengo diciendo se empalma con lo dicho el viernes pasado y el anterior en esta columna. Hablábamos entonces de la conciencia jurídica, cuya influencia uno notaba que había disminuido. Yo citaba ejemplos reales de desidia e injusticia. Como si algunos de cuantos debían cumplir y hacer cumplir las leyes, salvaguardar el derecho, solo les preocupara mantener su estado, su “figurao”, como dice el pueblo.

Por momentos creo –aseveró mi amiga con cierta resignación- que queremos un país de puertas cerradas. Porque –argumentó- si no por qué este o aquel se escudan tras las puertas sin que nadie les pida cuentas por esa actitud de indiferencia, de descrédito. Qué trabajo pasas para que alguien  te responda o explique.  En un punto, sin embargo, no le di la razón. Ese no debe ser el país que queremos, ni el que se ha proyectado que exista. ¿Piensas que acaso somos solo nosotros los que ponemos los oídos sobre el suelo para distinguir los mensajes que definen nuestra situación social? ¿Crees que somos los únicos que ponemos la cabeza en el carril para averiguar que el tren se anuncia? No; no podemos ser los únicos… 


POLITIZACIÓN Y DESPOLITIZACIÓN

POLITIZACIÓN Y DESPOLITIZACIÓN

Una ecuación dialéctica

Luis Sexto

Al pretender escribir de política habría que empezar por definirla. ¿Qué es? Un término sumamente polisémico. En la historia de la filosofía hay diversas definiciones: entre otras, una se refiere a la teoría del Estado; aquella  a la del derecho y a la moral según Aristóteles; y esta se relaciona con el arte y la ciencia de gobernar, que comparto porque es la que nos corresponde en este artículo.

La vanguardia y el aparato políticos podrían estar preocupados por fortalecer al Estado, para convertirlo en el “estado fuerza”, como teorizó Maquiavelo, mediante la politización, con base filosófica, de la ciudadanía. Pero al ciudadano común le interesa más la política aplicada, el arte y  la ciencia del buen gobierno, cuya finalidad consiste en  construir y preservar  una sociedad ordenada, y proveer, en justicia,  los medios fundamentales de existencia.

Por otro costado, el término politización tiene también un significado peyorativo. Con frecuencia escuchamos: “En Cuba la politización es excesiva”. ¿Y en qué país del planeta  el ciudadano no se despierta y se duerme con mensajes en diversos dialectos políticos, como los anuncios comerciales o electorales, o los editoriales de los medios a favor de una injerencia militar,  o justificativos de tal  o más cual compromiso entre partidos?  Pero, ciñéndonos a Cuba, la excesiva politización puede tener su correlato en una despolitización que trata de equilibrar los excesos, trazando un círculo vicioso: te politizo porque te despolitizas, o me despolitizo porque me politizas hasta abrumarme.

A menudo, la política socialista ha recaído en la ritualidad; es decir, ciertos actos se ejecutan porque componen un imperativo, sin que tengan una explicación o una formulación que permita a los ciudadanos asimilarlos conscientemente. Y ello condiciona cierta despolitización, cierto desentendimiento de índole defensiva  ante el predominio de un mayor interés por fortalecer el Estado, y preservar incólume la capacidad decisoria y la invulnerabilidad de sus ministros, que por  exigir y proyectar  el arte y la ciencia del buen gobierno.

El interés de proteger al Estado de cualquier aparente debilidad ha servido, por momentos,  como comodín para justificar la insuficiencia y la deficiencia,  o aplicar un impolítico, y por tanto más expedito,  ahorro del ejercicio de la política. Por ejemplo, recientemente, en una intervención de un alto funcionario del gobierno ante el plenario de la Asamblea Nacional, entre otras informaciones, dijo –cito las ideas
y no las palabras- que nadie espere que como consecuencia de la inminente unificación monetaria, bajen los precios: serán los mismos de hoy.  El pueblo, en mayoría, ante esa formulación inapelable, demandará: Dígannos,  ¿para qué cambiamos?

Está clara la verdad del alto funcionario, a pesar de que no lo vimos ni lo oímos esclarecerla en la TV. Por tanto, lo que hoy cuesta 2.00 CUC en una tienda donde se venda en esa  moneda fuerte, el precio de un mañana previsto, pero sin día fijo, equivaldrá a 50.00 CUP,   para entonces la única moneda vigente, pero sin la fuerza del que será  ya el “extinto peso convertible”. Uno comprende el fundamento económico financiero de la medida. Mas, lo más espinoso de aceptar es el tono y el hermetismo de una decisión, técnicamente justa y necesaria, aunque sin explicaciones plausibles. O lo mismo: los términos empleados por el alto funcionario gubernamental se expusieron desde una posición  extraña a  nuestra política. Si al menos hubiera explicado que al bajar los precios, a causa de una sobrevaloración artificial del CUP, se trastornaría la relación ente oferta y demanda dentro de circunstancias en que la producción e importación de bienes de consumo  se someten a las  irregularidades, insuficiencias y deficiencias de la economía cubana.

Si lo hubiera dicho, o a lo mejor lo dijo y la TV no lo difundió, ni tampoco los demás medios, el ciudadano, en su parecer práctico, podría entender que la situación, sin revaluar el CUP,  no se mordería la cola. Lo contrario, es decir, si bajaran los precios por decisión voluntarista,  con una sola moneda  continuaríamos girando alrededor de los mismos problemas. Desde luego, tanto los diputados como al pueblo, mucho más que conocer una decisión técnica, urgen de la legitimación política,  de la explicación de por qué, aunque no lo parezca, la unificación  monetaria condicionará favorablemente la evolución de la economía en un plazo más prolongado.

Ante determinaciones autoritarias que niegan el ejercicio del buen gobierno, o de renuencias  impopulares  a explicar, mediante el uso racional de la política, los propósitos de una línea de administración o de gobierno, el  ciudadano, como el hijo ante una absurda prohibición paterna, optará posiblemente por el bajo rendimiento, la indiferencia, o el descomprometimiento, y derivará incluso hacia la delincuencia u
oposición. El ciudadano, al no comprender,  podría experimentar una pérdida de fe, o una reducción de sus esperanzas de resolver carencias y satisfacer apetencias. Y experimentará la falsa conciencia de ser “la última carta de la baraja”, o de que ser cubano es un delito en Cuba, como ha expuesto en la web cierto comentario,  poco equilibrado y  sólo valido de argumentos anecdóticos.

Ahondemos, y comprobemos racionalmente que en cierto momento la despolitización es el nombre de una politización a contrapelo de la política vigente. Como diversa es la nación, diversos son también los distintos modos de asumir y entender  la política. Si digo que cierto sector de la juventud rechaza el modo de hacer  política en Cuba, no afirmo que por ello esté despolitizado ese conglomerado de jóvenes, sino que ha experimentado el proceso de manera distinta. No lo dudo, adoptar la  indiferencia ante un mensaje político equivale  a asumir una posición política.

Si aceptáramos que el valor supremo de la política es la honradez,  la reconocida devaluación ética de nuestra sociedad estaría indicando una despolitización en términos generales. Y si continuamos insistiendo en que las consignas y su repetitiva fraseología  componen  el mejor modo de unir, de hacer política a favor de los empeños nacionales y socialistas,  malgastaremos el tiempo. Con frecuencia, el discurso a base de automatismos expresivos y de lemas y consignas, deteriora el acto político: nada clarifica, nada propone, nada advierte,  y encubre, incluso,  con un código de doble moral, las acciones contra la honradez esencial de la política revolucionaria.

Como sabemos, algún grupo se ha politizado despegándose de los ideales a favor del socialismo y de una sociedad independiente, justa y próspera. Y consecuentemente  difunden otras propuestas desde  los extremos de la derecha o de  la izquierda. El sujeto político –en Cuba ha de serlo el ciudadano-,  a la vez objeto de la  política, refleja la vida, las relaciones sociales de diversas maneras; discrimina, elige una cosa por encima de otra. Todo forma parte de la ideología, y también de la política; por ello, al abjurar de una ideología y de su parte integrante, la política,  es casi inevitable albergar otra que, por lo común, suele manifestarse como opuesta. 

Mas, no siempre resulta así. Parémonos sobre otro punto de vista. La emigración opera  masivamente en Cuba como  solución personal a problemas colectivos. En esa opción hay también una base política. Pero ¿de qué política se trata: de la condicionada por las ideologías, o de la funcional,  de la que se expresa en reuniones, en postulados, en rendiciones de cuentas, o de la política que llevamos dentro  sostenida  por aspiraciones o intenciones de prosperidad personal?  En el emigrante posiblemente rija la política de lo que necesito, espero, y no obtengo. No podemos, por tanto, emparejarla a la toma de partido del exiliado, perdedor político cuya  revancha va en sus valijas hacia el extranjero. El emigrante  se marcha, y regresa cuando pueda o estime. Al exiliado, en cambio,  lo sostiene el afán de volver  con la nueva política que  impondrá cuando él sea parte del poder contrario y vencedor.

Las  relaciones  humanas son igualmente éticas y políticas. Aceptar lo que el otro dice es una actitud política; negarlo también. Como es también una actitud ética escuchar al otro, incluso ponerse en su lugar de modo que sus necesidades e intereses modifiquen nuestras actitudes. Ética y política, si hablamos de la ética y la política de la revolución, se implican mutuamente. Por ello, la política autoritaria y la democracia teledirigida obran contra los principios éticos de la tradición revolucionaria.

Y si nuestros valores históricos más firmes provienen del  pasado, incluso de las dos o tres décadas iniciales de la Revolución de 1959, algo positivo alienta en nuestra tradición que aún sus valores de solidaridad, libertad, justicia e independencia continúan ofreciéndose como fundamentos preservadores de la integridad de la nación.  Ahora bien, el país está precisamente cambiando, porque enjuicia a cuanto estorba proveniente del pasado inmediato, incluso del más lejano. En la literatura inaugural de la república intervenida de 1902,  ciertos cubanos hallan páginas con manifestaciones todavía presentes en nuestra sociedad. Por ejemplo, en Generales y doctores. Habría, por tanto, que meditar sobre el conflicto social novelado por Carlos Loveira, y precisar su pervivencia entre nosotros a pesar de medio siglo de revolución reivindicadora. Pero no blindemos el intelecto en actitud de rechazo. Estudiemos la propuesta. Porque la herencia histórica advierte que la dialéctica no es una asignatura que se aprueba o se suspende en la escuela; es, sencillamente, un método de análisis y dirección que, por vinculaciones  temporales, tendrá que considerar el pasado - lo que fuimos- para explicar las insuficiencias de lo que somos. Con ello, hemos de salvaguardar los principios éticos de la Revolución. Y  así la ética  funcionará  como  contrapartida  en la impostergable necesidad de  la política de sacudirse tanta rémora logrera y artificiosa, y  de mantener  su coherencia programática.

LA CONTROVERSIA INCONVENIENTE

LA CONTROVERSIA INCONVENIENTE

Luis Sexto

 Las controversias y canturías guajiras no suele pasar a los libros, salvo que  algún improvisador excepcional, al comibinar con sus rimas una excepción, obligue a los críticos a registrar esos versos instantáneos. En lo económico, lo social o en lo político pasa lo mismo. Pero si en el arte, improvisar, aunque sea un disparate, es un acto inofensivo, aunque risible, en todo cuanto se relacione con la sociedad puede derivar hacia el error, lo fallido… Incluso lo trágico.

Toco un tema recurrente. No soy, por tanto, el primero en hablar de la improvisación, ni contra ella. Pero estimo pertinente redundar, porque parece que a pesar de recomendaciones y exigencias, la improvisación, el repentismo, persiste como un recurso. Y si cada vez que se empleara fuera un acierto, pues quizás uno diría, bueno, que pase. Pero la puntería de la improvisación incluye la tendencia a desviarse; es muy desafinada.

Tal vez esa práctica sea uno de los atajos por donde pecamos los cubanos. Algunos de nosotros somos adictos a la inspiración: a cualquier problema damos una respuesta inmediata, sin a veces reflexionarla en privado y menos colectivamente, y sobre todo sin prever los efectos nocivos de lo decidido de prisa. Por esa misma rapidez en decidir, exigimos frutos inmediatos. Y por ello parece inquietarnos que decisiones fundamentales demoren en concebirse, discutirse, probarse. Un sociólogo, un tanto criollo en sus formulaciones, dijo que los cubanos éramos capaces de echar abajo un edificio de 30 pisos de un empujón, pero no podríamos hacerlo ladrillo a ladrillo, porque nos faltaba constancia. ¿Estaría equivocado?

Pero mientras decidimos la razón o la sinrazón de esa sentencia, admitamos que el repentismo presenta otro peligro: que precisada la estrategia, el apuro y la superficialidad por aplicarla oriente cada paso, y de pronto nos veamos saltando procedimientos, adaptando piezas y quitando tornillos aparentemente sobrantes, como mecánico en carro nuevo.

Las reglas, por supuesto, han de dirigir el ejercicio de gobierno y de administración. Las reglas, incluso, establecen el rendir cuentas. Pero a mi entender no es igual rendir cuentas que pedir cuentas. Cuando uno por hábito rinde cuentas, otros por hábito las escuchan y todo queda luego en silencio o en un aplauso, mientas ciertos suspicaces se limitan a sonreír sardónicamente. Al menos, pensarán, a mí no me engañan…

En efecto, cuando se piden cuentas, quien las solicita está atento, oye y comprueba la veracidad de lo informado. Y me parece que el país ha de exigir cuentas sin esperar a que corresponda rendirlas; pedir en particular responsabilidad ante la historia de nuestra nación y su destino. Que son conceptos y hechos tan capitales como para que cualquiera pueda pensar que improvisar una cuarteta disparatada es signo de cubanía y revolución. Porque signo de patriotismo y de convicciones revolucionarias es la seriedad con que uno asuma lo que nos corresponde hacer en momentos de riesgos. Signos de compromiso son la honradez, la perseverancia y la prudencia. Y no solo las palabras; palabras que se recalientan como consignas. Y si las consignas son convenientes, necesarias, útiles, han de ser, más que dichas, actuadas, vividas con el sol en la conciencia. 

Sin la honradez, la perseverancia y la prudencia -digo para terminar-, posiblemente unos u otros sigamos aficionados al repentismo, a ese decidir rimando “bueno” con “heno”, “fango” con “mango”, en una controversia, un aguaje que a nadie convence. Y por tanto,  se nos note la carencia de las virtudes más caras, más urgentes en estos días cuando nos inquieta el futuro del socialismo como sociedad más justa y equilibrada. Y acompañando a esas virtudes, como una herramienta, habrá de estar la inteligencia que medite, sopese, y comprenda que al ejercicio de administrar y legislar hay que  controlarlo, y al control también. A nadie, en Cuba, le estará permitido administrar con  manos impunes los intereses de la sociedad. Ni nadie podrá legislar contra las necesidades humanas.