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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

MÁS QUE UNA ORDEN Y UNA CONSIGNA

MÁS QUE UNA ORDEN Y UNA CONSIGNA

 

Luis Sexto

 

Resulta común enterarse de personas que se molestan al oír u leer una crítica a “lo que pasa”. Casi nunca, en cambio, los vemos agraviados al saber “lo que pasa”. La operación se presenta muy dócil: la crítica curaría la herida; ignorar la herida, la pondría en posición de agravarse. Habría que preguntarle al avestruz si acostando su prolongado cuello a ras del suelo, para no ver el peligro, podría evitarlo. Sabemos la respuesta. Y por ello serán bienaventurados los que les abran el techo a los avestruces, como canta un poema ya  olvidado.

Créanme,  mi experiencia acusa un hecho: pocas veces he visto a alguien con responsabilidades que, enterado de que han violado una ley o una decisión superior, se enardezca ante el hecho. O que se autocritique, al menos en privado, donde es más sincera y efectiva la autocrítica, por haberlas él mismo violado. La reacción airada, inconforme  a veces surge cuando se entera que alguien lo publicó, o lo denunció en una asamblea.

La crítica, digámoslo una vez más, se asemeja a un germen capaz de producir ronchas. Es cierto, pues, que la crítica genera habitualmente picazón, malestar en las personas.  A quién le place que sus actos o sus actitudes sean enjuiciadas. Tal parece que uno queda desnudo cuando nos hacen un señalamiento. Y siguiendo esas reacciones, ya en ruta hacia el hábito de la impunidad, uno se pregunta si alguna vez en nuestro país la crítica será un remedio para errores, disparates y abuso de poder.

Tras cuarenta años ejerciendo el periodismo, uno ha aprendido a distinguir por donde y por qué suenan las campanas, e identifica de qué males padece nuestra sociedad. Y hablando con frecuencia de nuestros males, de nuestros descuidos, de nuestra indiferencia; criticando esa mentalidad tan rígida como un peñón costero y comentando y juzgando lo general, uno puede ayudar a que se enciendan las luces del raciocinio y comprendamos de una vez que, como dijo Fidel en 2005, solo la persistencia de los errores internos, debilitará a la Revolución y sus proyectos.

Lo advierto: hay ciertas tendencias que no se van a corregir sin acciones políticas o legales: el oportunismo, la corrupción, la de creer que yo, por mi cargo y mi historia, estoy autorizado incluso a deformar las leyes. De esas tendencias y los nombres y apellidos que las sustentan tendrán que ocuparse los argumentos políticos y la Controlaría de la República y los tribunales, para establecer que la verticalidad absoluta necesita líneas horizontales que la contrapesen, para favorecer el movimiento social y desanudar las fuerzas productivas.

Sin que parezca una insistencia maniática, parece perentorio concluir que sin el cumplimiento de las leyes, el país se pondrá ante el posible riesgo de fragmentarse mediante la diseminación de la indiferencia o las frustraciones. Porque aquel trabajador que en los tribunales ha ganado un fallo a su favor en su litigio con la administración y se consume durante meses o años para que en su centro de trabajo cumplan lo dispuesto por los tribunales, se preguntará: ¿Hay leyes o han sido engavetadas? ¿O qué es la sección sindical: una organización que sólo cobra la cuota mensual o es un factor de orden, disciplina y legalidad?

Y como escribo de lo negativo, no olvido reconocer que en Cuba suman miles y miles los integrantes de una voluntad bienhechora, renuente a que la nación se revuelva como un río bajo un temporal y sirva como ganancia de pícaros y desclasados. Y, por tanto, los actos constructivos, las acciones políticas cotidianas, desde el centro de trabajo hacia arriba y los lados, han de mezclar la exigencia con la ejemplaridad y la sabiduría para que ningún ciudadano piense que quienes lo orientan o lo dirigen son inferiores a él en lo ético o en el uso de la razón. Previendo esa reacción quizás impidamos ignorar que la política es mucho más que una orden, una consigna. Y una oficina. 

 

 

UN GRITO NO ARTICULA UNA VOZ

UN GRITO NO ARTICULA UNA VOZ

Luis Sexto, @Sexto_Luis 

Un punto de vista diferente

Una colaboradora o corresponsal de la BBC pretendió, recientemente, emular al poeta Jorge Manrique, aludiendo implícitamente al resobado verso de todo tiempo pasado fue mejor. Su nota exaltaba el valor histórico del 20 de mayo. No voy a centrarme en los numerosos epítetos y reproches que endosa a la Cuba del socialismo en un alarde de lo que le critican a la prensa cubana oficial, pero que muchos, sobre todo los que la combaten, emplean: la propaganda. Argumentos, ninguno. Y verdades sólo aparentes. Más bien, los consabidos lugares comunes de la retórica antisocialista. Valga una breve muestra: califica al sistema cubano de “socialismo inamovible”. Y el que vive en Cuba pregunta: ¿inamovible y hasta senadores y representantes norteamericanos aceptan que las cosas en Cuba se mueven, cambian, y militantes dizque de izquierda acusan al gobierno de Raúl Castro de ir hacia el capitalismo? Además, por un escrúpulo metodológico, ningún juicio sobre Cuba que soslaye considerar las limitaciones y prohibiciones que durante más de 50 años Washington le ha impuesto a la economía y a la sociedad cubanas, merece atención porque cuando usted pica una naranja al medio, para volverla a rehacer completamente tendrá que unir las dos tajadas.

¿Vive esa señora en Cuba? No lo sé. Pero acepto que cualquiera puede ganarse la vida como le exijan, o pueda. Es su negocio y su crédito. Y por tanto trataré de matizar su defensa de la república previa a1959 y posterior al 20 de mayo de 1902. A fin de cuentas, su nota despachada a Londres rememoraba el 20 de mayo, antigua fiesta patriótica, abolida por la revolución. Dijo la señora Regina Coyula:

 “Como acabo de cumplir años (muchos), y alguna sabiduría debo haber adquirido, estoy convencida de que aquella república no fue tan mala como afirman en los nuevos libros de texto; era joven, inexperta, venía de una herencia hispana, tan dada a la corrupción y la molicie, pero era perfectible; no que ahora tenemos un socialismo irrevocable e inamovible, con secretismo y calamidad económica; con una falta de pluralismo tal que no coincidir con el pensamiento oficial se considera antipatriótico”.

Este periodista también he cumplido tantos años como ella, y guardo otros recuerdos, que me callo para que le responda algún intelectual de aquellos “tiempos perfectibles”. Antes reconozco que aquella república, surgida en la guerra por la independencia y frustrada por la intervención norteamericana, incubó un sentimiento enaltecedor: la inconformidad con su destino histórico. Cito, pues, para empezar, a Jorge Mañach, sutil intelecto, estilo magistral, político que osciló entre la derecha y la izquierda nacionalista. Murió en puerto Rico en 1961. En un artículo publicado en Acción el 21 de octubre de 1934, sostiene: “Lo que nosotros negábamos en el arte, en la poesía y en el pensamiento era lo que había servido para expresar un mundo vacío ya de sustancia, vacío de dignidad y de nobleza. Negábamos el sentimentalismo plañidero, el civismo hipócrita, los discursos sin médula social o política, el popularismo plebeyo y regalón: en fin, todo lo que constituía aquel simulacro de república, aquella ilusión de nacionalidad en un pueblo colonizado y humillado”.* Enrique de la Osa, uno de los periodistas más audaces, valientes y progresistas de su época, que en su sección En Cuba semanalmente extendía un lienzo de la política corrupta y la pobreza de la “república perfectible”, insertó en Bohemia del 2 de junio de 1946 la nota "Sangre en el campo". “El hecho ocurrió en el realengo Vínculo, cerca de Guantánamo, el 17 de mayo. Trabajaba la tierra el campesino precarista Niceto Pérez, guataqueando en el platanal de la finca, cuando oyó voces que lo llamaban. Al levantar la cabeza, recibió un balazo en el pecho. Antes de una hora había muerto. Los agresores escaparon. Al escuchar el disparo, su esposa corrió hacia él para socorrerlo, y recibió las últimas palabra, que fueron estas: ¡Los Mancebo y la guardia rural me han matado…!” Mancebo,aclaro, era un señor geófago, jefe del clan que su  apellido identificaba.

En el diario El Mundo, El 25 de enero de 1953, Ernesto Ardura, sin ningún nexo con los comunistas, insertó un artículo titulado "Oración en silencio". Este párrafo también nos ilustra aquella “república perfectible”, que cada día derivaba hacia la imperfección: “Una oración es un acto de fe, y sólo una fe indesmayable en la libertad puede salvar al pueblo cubano en las circunstancias por que atraviesa. Orar en silencio, en el centenario de José Martí, es abstraerse de la realidad inmediata, para pensar en aquella gran república que él concibiera. Es como decirle a José Martí: Bien sabemos que la realidad de hoy es la negación de tu mensaje civil, pero llevamos tu recuerdo y tu enseñanza en el corazón y lucharemos porque tus ideales tengan definitiva realización en la ida cubana”.

A veces se olvida con mucha premura, porque el enjuiciamiento del pasado también depende de la posición social de ayer, y de la ideología y los intereses del presente. Y citaré la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU), titulada Por qué reforma agraria, aplicó entre la población rural de Cuba entre 1956 y 1957. El doctor José Ignacio Lazaga, psicólogo prominente y en aquellos años respetable laico católico,  dijo en la presentación –especie de prólogo- del folleto donde se publicó la indagatoria: “En todos mis recorridos por países de Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano”. El doctor Lazaga describe en otro de sus párrafos: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer.” Y esa situación se ilustraba con el siguiente dato: “La población trabajadora agrícola que se puede calcular en 350, 000 trabajadores y dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual de 190 millones de pesos. Es decir, que a pesar de constituir el 34 % de la población, sólo tiene el 10 % de los ingresos nacionales”.

La encuesta, que conservo en mi archivo, es una de las pruebas más exactas e indubitables de aquella “república perfectible” caracterizada por la imperfección. Se aplicó para advertir al gobierno de Batista de que si la injusticia seguía señoreando en los campos de Cuba, “el comunismo” tendría oportunidad de dominar la nación. Los organizadores  –muchos de los cuales emigraron posteriormente, al triunfo de la revolución, confrontaron sus datos con los del censo nacional de población y vivienda, de 1953. Por ejemplo el muestreo de la ACU registró que el 89.84 % de los encuestados se alumbraban con luz brillante, es decir kerosina, y en el censo aparecía 85.53%. Y si el 88.52% bebía agua de pozo, el censo rondaba la cifra con 83.59%.

En el aspecto de la alimentación de los pobladores de las zonas rurales bastan estos números: “Solo un 4% menciona la carne como alimento integrante de su ración habitual. En cuanto al pescado es reportado por menos del 1%. Los huevos son consumidos por un 2.12% de los trabajadores agrícolas y solo toma leche un 11.22%. En cuanto a la salud, “presuntamente un 14 % padece o ha padecido de tuberculosis”.

Son disímiles los textos que desmienten los calificativos de envidiable y boyante, asignados a la economía cubana antes de l959. Las memorias del censo agrícola de 1946 acusan la dependencia económica, la concentración de la propiedad y la injerencia extranjera en nuestra economía. Este censo demuestra que “los propietarios de más de 500 hectáreas sólo representaban el 1,5 % del número de fincas y eran poseedores del 41.7% de la superficie total”. A la economía cubana de esos años habrá que añadirle el monocultivo, que convertía a la república en país monoexportador, pues en 1948, según escribió el experto Raúl Cepero Bonilla en el periódico Tiempo en Cuba, el azúcar componía el 80% de las exportaciones cubanas. En suma, supeditación a un producto, con todo lo que ello implicaba de retraso industrial y agrario, y el sometimiento al fundamental mercado de los Estados Unidos, con su secuela de dependencia política y económica.

No suponen una república próspera los automóviles del último año, lujosos hoteles y casinos administrados por la mafia norteamericana – ¿o no lo confirma la residencia permanente de Mayer Lanski, George Raft, y hasta de Lucky Luciano por unos meses en Cuba?-. Más bien, como dije, esa valoración parte de la clase media y alta, compuesta la última por 550 grandes propietarios, según el diccionario Los propietarios en Cuba en 1958, de Guillermo Jiménez y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2008.

La nota de Regina Coyula, al parecer nueva colaboradora de la BBC, obliga a echar de menos al excorresponsal Fernando Rasvberg. Reconozco que cumplía con profesionalidad. Podrías estar en desacuerdo, pero él argumentaba, no mentía manipulando verdades, y en varios aspectos sus juicios eran razonables. Quizás la BBC tendrá que aprender que un grito no articula una voz; tampoco una nota desafinada se convierte en una canción. Ni todo tiempo pasado necesariamente tiene que ser mejor.

*Los subrayados en cursiva pertenecen al autor de este artículo

JUSTOS Y PECADORES

JUSTOS Y PECADORES

Luis Sexto, @Sexto_Luis

Quizás algún lector deje a media esta nota. Pensará que me demoro demasiado para llegar a la semilla. Desde luego, digo que no: que no me tardo, porque desde las primeras líneas empiezo a hablar de lo que me he propuesto. Alcanzar la semilla de un mango pulposo, de una o dos libras, demora, pero mientras el diente consigue tocarla usted está comiendo mango. ¿No? Por ello a veces me considero un justo que paga por pecados ajenos. Y ello, me parece, es tendencia nacional.

Esa frase, pagar justos por pecadores, tiene en nuestra cultura del vivir común un doble en esta otra: botar el sofá. Por supuesto, también es proverbial nuestra tendencia al facilismo. Lo que molesta, ¡zaz! Un tajo y abajo. Como el famoso cuento callejero que no reproduzco para no enturbiar estas líneas. Pero cuesta menos esfuerzo botar el sofá que a la pecadora. Y exige menos, también, culpar a todos que individualizar al culpable.

Nuestro concepto de la justicia, de la justicia de todos los días, no la de los tribunales, está bastante distorsionado. Con lo cual afirmo que entre nosotros son unas cuantas las esferas que deben ser corregidas y deshollinadas. Habitualmente todos empezamos siendo culpables, hasta tanto no demostremos lo contrario. Y así la gente honrada paga a veces el plato roto, aunque sea en parte, junto con los únicos culpables. Si en el salón de baile, se armó la gorda, pues a cerrar el salón de baile. No se baila más. Imaginemos qué pasaría si para evitar que cierta gente estropeada por los desvalores hurte las ruedas de los contenedores de basura, se suprimieran esos utensilios de la higiene. O les quitaran las ruedas. Pobres, pues, los trabajares de comunales.

No exagero. Quién no ha tomado café en tazas sin asas. Mongo Rives, el del sucu suco, sabe de eso y lo cuenta en una de sus piezas: “La taza no tiene asa/ y no la puedo agarrar, / si sigo con esta taza/ al fin me voy a quemar...” Cierto administrador, para evitar que algún cliente se las llevara, porque quizás en su casa carecía de ellas, les rompió el asa. Y sanseacabó. Así nadie las quiere.

Uno comprende ciertas manifestaciones de irrespeto, de inmoralidad, ilegalidad. Hemos sufrido carencias. Aún incluso las sufrimos. Esa situación explica algo. Obviamente, las circunstancias materiales influyen en la conducta humana. Pero uno no justifica que el egoísmo se desmande en alguna gente malagradecida, enfrentada a las leyes, las normas morales y a sus compatriotas, siempre atenta para coger los mangos bajitos. Son los mutilados morales del período especial, o hijos de familias descompuestas o alumnos de alguna escuela deficiente.

Lo que cuesta más trabajo comprender es la demora, no de esta nota en llegar al fondo, sino la de desatar los nudos de tantas soluciones. En nombre de lo justo y de lo legal, se impide a veces la eliminación de ciertas necesidades. Me parece que es más recomendable políticamente, aunque más difícil, determinar a los fraudulentos, que mantener durante meses a la gente asumiendo faltas ajenas.

¿Ejemplo? Muchos. Usted los conoce. Está claro: nos ha marcado la mentalidad del “todo o nada; todos o nadie”, aunque ahora parezca disolverse en una justicia distinta: no todos por igual, sino según su acción y sus efectos.  Yo sólo pregunto: ¿Quién no acepta que la condición de revolucionario incluye la visión equilibrada de las cosas y la gente? ¿Quién se niega a aceptar la razón como la suprema palanca de la justicia? Lo justo y lo legal no pueden ser como esos hitos que anuncian los kilómetros en las carreteras: dura piedra. La ley es dura, pero es la ley, dice un apotegma latino: Dura lex, sed lex. Pero el refrán está claro: No pueden pagar justos y pecadores… a la vez. O lo mismo: botar el sofá, y en vez de pedir cuentas continuar actuando de modo que al que hace daño aquí, se le traslada hacia allá para que continúe su campaña de dislates, a veces por incapacidad,  y en otros momentos, posiblemente, por maldad. Lo vemos, lo vemos sobre todo en los municipios. En uno que yo me sé -y callo su nombre  porque en estos días lo cité por radio un tanto duramente, y no me acusen de ensañamiento-; en ese sitio,  el sujeto que unos cinco años atrás salió en un periódico como uno de los violadores fundamentales de una disposición gubernamental, hoy dirige políticamente el municipio. 

Uno pregunta:  ¿Es la impunidad un mal inevitable; acaso necesario? Extendiendo el tema,  hago recordar que el bloqueo económico, comercial y financiero estadounidense daña, limita, prohíbe, y omitir sus efectos en la situación cubana es error de argumentación, cuando no artificio del oportunismo. Pero los errores locales y la impunidad articulan la otra ala del buitre  que sobrevuela a Cuba, esperando la caída para trocear sus despojos.  

 (Publicado en Juventud Rebelde) 

BUROCRACIA: ENTRE LA PÉRDIDA Y LA CULPA

BUROCRACIA: ENTRE LA PÉRDIDA Y LA CULPA

 

Luis Sexto, @Sexto_Luis

Un lector me ha sugerido que intente abundar en los rasgos de lo que en Cuba se nombra vieja mentalidad. ¿Acaso cree que  estoy exento de padecerla? Pero advirtiendo la cojera de mis actos y saberes, empiezo por recordar que si la sociedad cubana  reclama que la vieja lave  sus miradas en el cristal de la nueva, es porque entre una y otra se interpone una discordancia. 

¿Percibimos la gravedad de esos términos en que lo viejo se resiste a lo nuevo? Habitualmente la dialéctica del desarrollo social se ha afincado en la contradicción –antagónica o no antagónica- entre lo que necesariamente empieza a ser  y  lo que es, y se niega. Dicho así, en lenguaje habitual,  todo parecería un proceso inconsciente, un litigio automático. Mas, lo espontáneo no cuenta tanto. Porque en los entramados burocráticos, influyen también intereses que condicionan actitudes de “defensa propia”. Es decir, me niego a renunciar a mis comodidades. Y aunque resulte muy escabroso probarla, esa actitud de resistencia en las circunstancias de Cuba quizás implique  la “no inocencia” al entorpecer la solución de las necesidades nacionales.

Desde luego, no acuso ni alecciono. Sólo recomiendo andar y ver, ese doble secreto del oficio del periodista y de la política. Y si andamos, y nos decidimos a ver detrás de los informes, nos damos cuenta de que la vieja mentalidad sigue sosteniendo que gobernar o administrar equivale  a ordenar y mandar desde distancias intransitables, sin gestionar una atmósfera de confianza y creatividad. Según mi experiencia, una de las viejas fórmulas consiste en acatar las nuevas leyes, y  ponerlas en práctica en este o aquel sitios de modo que se adecuen a los métodos y hábitos convocados a actualizarse. Esto es,  que lo viejo siga viejo.

No volteemos la vista. Y confirmemos que los aparentes acatamientos del formalismo continúan activos. Para esa conducta de falso techo, las ideas e iniciativas de las masas carecen de validez, y lo prometido no es deuda, ni el contrato un documento de inexcusable obligación. Por esas razones, algunos de cuantos, como mínima acción, deben explicar, nada  explican. Y por extensión a nadie persuaden, a nadie infunden ánimo. 

Líbreme el buen sentido de exagerar o de ser injusto. Pero esos son rasgos que uno observa cuando anda por el país, y recibe quejas o cartas pidiendo soluciones a problemas que no se resuelven en la localidad, ni siquiera reciben allí una pormenorización racional de las causas. Por ejemplo, recientemente un artesano en posesión de su licencia, me escribió quejándose de que una ordenanza del gobierno municipal de Cárdenas, le niega el derecho a vender sus obras en Varadero. El remitente, vecino del municipio de Perico, asegura que él no vende a turistas, sino a vendedores autorizados en el populoso balneario. Es decir, donde el artesano reside su mercancía no circula: carece de compradores. Sin embargo, en Varadero, los que ofertan suvenires artesanales necesitan comprarlos a productores –digamos-  al por mayor. Y uno, inquieto, se pregunta qué pretenden los autores de esa medida local,  que puede estar facultada por la ley, pero al parecer no resulta razonable. ¿Qué intentan lograr medidas prohibitivas como la descrita: estimular o desestimular el trabajo por cuenta propia?

Dirijamos ahora la cámara hacia la calle. La vieja mentalidad en nosotros, ciudadanos comunes, aún añora los años cuando pretendíamos que para prosperar sólo era necesario un sésamo: quererlo. Y por tanto se niega a aceptar que ya no seamos iguales a la vieja usanza, es decir, que aptos y menos aptos, eficientes e ineficientes  nos emparejemos en el salario y los méritos, y que la seguridad social, en país pobre, siga sustituyéndome en mis  obligaciones de hijo o de padre. También nos molesta pagar tributos fiscales. Recientemente, un campesino se me lamentó: Fíjese, me exigen un impuesto por la tierra. Esa misma tierra -le dije en un segundo de lucidez- que usted ha recibido en usufructo gratuito.

En cierto sentido, más provechoso que identificar los rasgos de la vieja mentalidad, sería operar contra la insistencia de seguir tocando las aldabas en puertas clausuradas por su obsolescencia y esconderse tras sus astillas.

¿Y cómo, pues, habríamos de obrar contra la doblez, esa postura de pregonar con las manos en la espalda que todo está en orden? Habría que embanderar en cada lugar habitado, en cada terreno cultivado, en cada fábrica y proyecto de mejoramiento, en cada silla, en cada mano alzada o en cada aplauso, una disyuntiva sutilmente inapelable: sirvo o… sirvo de verdad. Porque las apariencias, como el maquillaje, rejuvenecen sólo por un momento. Si no aprendemos a valorar las demandas de transformación de nuestra sociedad, embarazada entre obstáculos propios y limitaciones avivadas por voluntades ajenas, y en consecuencia no deponemos con honradez tendencias envejecidas, privilegios y comodidades, coadyuvaremos culposamente a la pérdida de lo  que hoy es más urgente y precioso para la nación: el tiempo y la oportunidad.  

 

 

 

 

 

 

 

SUEÑOS DESPIERTOS

SUEÑOS DESPIERTOS

Luis Sexto, @Sexto_Luis

La tarea antiséptica de cambiar la mentalidad predominante en la sociedad cubana exige, entre otros instrumentos, un espacio y una actitud: el debate. No parece probable que mediante consignas, exhortaciones, o conjuros se pueda pasar de lo tupido a lo claro.

Ocasiones para debatir sobran. Porque aunque no suelen ser tangibles, son más o menos visibles y audibles o “leíbles”. Se escuchan de vez en cuando por la radio, la TV o se leen en este papel o en esta pantalla.  Y entre las opiniones, todavía muestran su beligerancia las que defienden las formas que mayoritariamente necesitamos transformar. Y es lógico: la vieja mentalidad no cederá su terreno sin resistirse. ¿O acaso cuando vamos a comer un plato nuevo,  el prejuicio no nos obliga a hacer muecas, u oponemos objeciones gastronómicas de niño majadero?

Difícil, según demuestra la experiencia, es actuar para cambiar. Y difícil resulta también debatir. A veces uno lee textos con criterios e ideas atendibles, pero el tono, el lenguaje, estalla como artillería que truena desde el lado opuesto. Bueno, en suma, he notado que se discute el papel del Estado en nuestra sociedad. Recientemente, a pesar de toda la crítica a errores y tendencias relacionados con un Estado sumamente centralizado y responsable de toda la actividad económica, social y política, leí una carta que insiste en la defensa del antiguo papel totalizador del Estado.  

Por mi parte, también defiendo el Estado como guardián de nuestra aspiración socialista; celador de la justicia social; preservador de la independencia. Pero expreso otro punto de vista cuando se define una equivalencia maquinal entre estatalización y socialización de la propiedad. La diferencia se advierte. En ciertos países capitalistas, hay propiedad estatal sobre los ferrocarriles o los hidrocarburos u otros sectores, y ello no significa una fórmula socialista. Al parecer, hemos de asediar ese aspecto para entender qué nos proponemos todos cuantos creemos, como mínimo, en los mandatos de nuestra historia: la justicia como sol del mundo moral, según Luz y Caballero,  y la independencia, es decir, sin injerencias extrañas, ni sometimientos lacayunos, como garante de la pureza de nuestro aire, nuestra tierra. Nuestro destino como nación.

No creo que la solución para conseguir la plenitud del socialismo, es decir, toda la justicia, sea nuevamente la propuesta del Estado paternalista y controlador. La propiedad social, a mi entender, es aquella que convierte al obrero y al trabajador en copropietarios de los medios de producción. Copropietarios efectivos. Tanto como para que cada miembro de la colectividad laboral tenga espacio para labrarse el bienestar, sin regalos, ni estafas. Y con voz y voto para decidir sobre el medio que le asegura la vida, sin que por ello deje de existir un director con poder empresarial. Tal vez lo más cercano a la perfección democrática fuera que la propia comunidad de trabajadores lo eligiera o lo aprobara.

Otros llevan la propiedad social a extremos más agudos: la entrega total de los medios de producción a los trabajadores. Pero hay formas de propiedad social que requieren como condición una base material desarrollada. ¿Cuba la posee? Y en todo este debate habrá, pues, que convenir en que la teoría descontextualizada,  fuera de sus circunstancias, suele indigestar. Tal vez siguiendo, una línea teórica racional, atemperada a la realidad real, no a la virtual, hemos de hacer, por ahora, lo posible. Y para ello, la mentalidad autoritaria engendrada por la excesiva centralización, tendrá que pasar por la quiebra. Ha sido cómodo para algunos tomar decisiones sin tener en cuenta a las personas. No me levantaré una estatua, si reafirmo mi criterio de que aún, en cierros lugares, se adoptan decisiones que no sólo desconocen el estado de opinión de los electores, sino lastiman la seguridad de los habitantes del batey, el poblado o del municipio.

En fin, no me asusto. Estamos en un debate constructivo, regenerador, contra hábitos y conceptos envejecidos, en medio de ciertas estructuras agotadas. Vivimos, por tanto, una oportunidad única para pensar, debatir y actuar, entre necesarias e inevitables diferencias de cómo obrar o de hacia adónde vamos. Al menos, aun en medio de incertidumbres, desazones, riesgos, este comentarista mira atrás y sabe hacia dónde vamos. Porque, aunque la palabra sueño no es término propio de la economía, ve a los sueños aún despiertos por el insomnio de las necesidades. (Publicado en Juventud Rebelde)

HASTA CUÁNDO

HASTA CUÁNDO

 

Luis Sexto

Apostillas ingenuas

Entre acatar las leyes y cumplir las leyes hay una diferencia que se extiende desde un aparente reconocimiento hasta un culpable olvido. La burocracia, que acumula muchos años de experiencia en burlarse de las leyes y los acuerdos, durante los siglos  coloniales -del XVI al XIX- decía que las leyes del Rey se acataban, pero no se cumplían.

 ¿Qué significa esta frase propia del diccionario burocrático y de los pícaros que gustan de pescar en el río revuelto del desorden?  Es un juego de palabras aparentemente sinónimas: acatar y no cumplir significa que el funcionario ante la ley, hace un gesto con la cabeza de aceptación, de acatamiento. Después, después, a la hora de cumplirla o hacerla cumplir, pues   ya es otra cosa. La cabeza, aunque siga moviéndose afirmativamente, deja que las manos actúen y los ojos se nublen sin respetar el poder de la ley.  Bueno, me dirán, eso fue en la colonia. En los tiempos de Maricastaña. Ah, sí, ¿dice usted que fue hace mucho, cuando el morro era de palo? Pues les digo que nuestra burocracia, esa que tanto combatimos y tanto mencionamos, nuestra burocracia también hace lo mismo de vez en cuando. Acata la ley, pero cuando la aplica, la modifica y la pone en práctica de modo que beneficie intereses malsanos, y se se adecue a un ritmo cómodo, a un estilo casi siempre sordo y ciego...

 Aunque justas y oportunas, los burócratas reajustan a veces las leyes, porque si las aplican como están aprobadas, el trabajo aumenta, y los intereses al margen del Estado y de la sociedad  se constriñen entre la pared del deber y la manga ancha de la deshonra. Sí, mucho trabajo para quienes tienen que hacerlas cumplir y también cumplirlas. Y poco trigo. Si sabrá la burocracia de estos trucos… Recuerdo uno de los primeros decretos del gobierno encabezado por Raúl Castro: se refería al pago por rendimiento en los centro de trabajo donde esa forma de retribución podría ser útil incrementando salario y productividad. Sin embargo, en cierta fábrica de Pinar del Río, según un reportaje del periódico Granma, se distorsionó tanto el documento legal que los trabajadores terminaron ganando menos. Cuando el periodista preguntó por la causa de ese efecto contrario al propósito del decreto, le respondieron que implantarlo según su letra y su espíritu daba mucho trabajo.

 La herencia que ha recogido la burocracia, esa que ha excedido la medida de la administración, es larga y voluminosa. Por ello, cuando usted oye decir que en Cuba las cosas marchan muy lentamente, es porque las nuevas leyes, las leyes que tratan de mejorar y actualizar a nuestra sociedad, se acatan pero no se cumplen. Se acata, es decir, nadie se revela contra ellas explícitamente. La  ley, a fin de cuentas, es la ley. Pero aquí o allá, en este municipio y en el otro también, las leyes empiezan a andar despaciosamente, en puntillas, como si no existieran. Y la gente, es decir, el pueblo, sigue esperando entusiasmado por los efectos de lo que ha sido bien concebido.                               

Por qué creen que el decreto ley 300 sobre la repartición de tierras ociosas, todavía rinde menos de lo que el país reclama. Ah, porque aparte de que es difícil desbrozar marabú y cultivar la tierra en ocasiones con pocos recursos, aún subsisten  controles estrictos por parte de la burocracia; aún  a ciertos productores, nos sé a cuántos, se les paga tardíamente, o no se les recoge el producto y se les pudre al borde del camino. Quién podrá trabajar con ímpetu y convicción con tanta maraña burocrática,  tan negativa como el marabú. Y no olvidemos, para enjuiciar a la redonda,  el hábito de ciertos trabajadores del campo:gustan de plantar poco, para ganar mucho… en un mercado deficitario.

 A mí me parece que regular  los actos de la burocracia antinacional, de esa mentalidad viejísima que tantas acciones positivas entorpece, no es solo una tarea administrativa. Es también una acción legal y una presión  políticas… Y, sobre todo, implica el reajuste estructural de la sociedad. Porque si la mentalidad burocrática prospera en sociedades excesivamente verticales, centralizadas, para reducir el aparato burocrático a sus límites menos dañinos se precisa descentralizar horizontalizando. Esto es, aupar el control democrático de los electores en las asambleas municipales, y legitimar el papel de contrapartida  de los trabajadores mediante el sindicato en empresas y establecimientos.

Tengámoslo en cuenta: en el terreno del burocratismo la corrupción halla calor y, lo peor, también impunidad.

 

LA EXPLICACIÓN DE LO INEXPLICABLE

LA EXPLICACIÓN DE LO INEXPLICABLE

Luis Sexto

Ante la visión atiborrante de una mesa sueca,  dudas qué comer, comes y al final te quedas posiblemente sin haber probado lo más sabroso, aunque no fuera, a simple ojeada de comilón, lo más apetitoso. Pero, abusando del nombre de la mesa, te haces el sueco y olvidas lo que dejaste sin comer para recordar lo comido.

Y si miráramos hacia nuestros campos, qué recordaremos: lo sembrado o lo que está por sembrarse; lo comido o lo que necesitamos comer. Conocidas las últimas estadísticas, que remiten a un descenso en las cosechas, tendremos que proseguir anhelando lo que está por sembrarse y por tanto por recogerse.

Ahora bien, esa actitud expectante no puede generar el  conformismo. Bajan las cifras, y hemos de intentar explicarnos las causas, aunque de primera intención parezcan inexplicables.  Inexplicables, aunque tengan explicación. Porque al área activa se añadieron más de 900 mil hectáreas de tierras ociosas, distribuidas entre productores individuales como usufructo gratuito, y los efectos calculados en conjunto se escurren como tierra trasformada en arena.

¿Acaso el mercado no tiene apetito? ¿O qué falta en las tierras de las cuales hemos esperado tanto: acaso escasean las  ganas de trabajar, o los recursos,  o la autonomía para  establecer dónde, cómo y qué producir?

Posiblemente  haya de todo en estas cuentas que parecen sumarse  como si se restaran.  En el fondo, opera una condicionante por defecto de índole cultural. No tendré espacio para echar hacia atrás y destapar las relaciones que los criollos mantuvieron con la tierra, explotada hasta casi finales del siglo XIX con mano esclava. Después, predominó la propiedad latifundaria que hallaba sentido y riqueza en lo extenso de sus cañaverales. Y el pequeño agricultor malvivía bajo las limitaciones y los miedos condicionados por la geofagia, cuyo reloj marcaba la supresión de las estancias, las vegas o de las tierras realengas. En esos años de capitalismo dependiente, Cuba importaba el 63 por ciento de los granos que consumía. También, la papa... ( Actualmente, desde hace más de 50 años, Estados Unidos -el mercado principal de aquella época-  ni compra, ni vende, ni da créditos. Ni permite transacciones cubanas con los bancos más sólidos.)

Tampoco  bastaron los tiempos de las empresas agropecuarias  de propiedad estatal –extensas y de seguro empleo y salario-, ni las cooperativas, ni el campesinado redimido por la Revolución, para convencernos de que en nuestro país hemos de inclinarnos sobre la tierra, a falta de exuberantes minas de oro o de petróleo. Y uno aprecia en  los últimos cincuenta años un crecimiento de la histórica escisión entre el cubano y la tierra. Lo prueban encuestas que durante la década de 1990 configuraban una verdad: en municipios agrícolas, sólo el uno por ciento de la población, o el dos, o el cuatro laboraban en el campo cuando la escasez de alimentos no se podía reducir con las compras en el mercado externo.

Precisando, la herencia del pasado y su devaluación del trabajo agrícola todavía atenúan, a mi modo de ver, la percepción de las urgencias alimentarias y económicas de nuestra sociedad. Entre los productores, la conciencia del peligro quizás no sea tan hiriente como para azuzar la certeza de que del trabajo agropecuario depende hoy nuestra existencia de pueblo independiente y organizado sobre el lecho de la justicia.

Pero esa mirada con que la tierra -y válgame la imagen- se juzga entre impresiones e imprecisiones como cantero de jardín y no como madre nutricia de la sociedad, también se articula en la tozudez de un control que se cree imprescindible e inobjetable. Basada en cartas, entrevistas y observaciones, mi experiencia confirma que a pesar del estímulo del vigente decreto ley 300, y del 259 que lo antecedió, aún las fuerzas productivas continúan sometidas a directrices, y a veces a arbitraria distribución de los insumos, que les entorpecen la autonomía desde jefaturas de cooperativas y dirigencias municipales. Súmele a esas formas de desestimular, la escasez de inversiones en maquinarias y fertilizantes.

Habremos, por tanto, de tener en cuenta que la tierra, el corral y los potreros  no necesitan de celos fiscalizadores que inflen una atmósfera de ilegalidad y restrinjan las invitaciones de la legalidad. ¿Llegaremos todos a aceptar que nuestra agricultura requiere menos reproches por sus incumplimientos y más  preguntas colectivas por las causas de las insuficiencias; más confianza que desconfianza, más diálogo constructivo que silencios reprobadores, y mejores acopio y mercado,  y menos frutos podridos a orillas del camino, y pagos más rápidos para avivar el sentido y la productividad del trabajo?  Requiere, sobre todo, que la cultivemos inteligentemente. Porque el agro se enrique con la ciencia y la técnica. Tal vez, algunos custodios de la disciplina  deban  compartir sus giras por la campiña con asesores que enseñen a emplear las fórmulas promovidas en laboratorios e instituciones de investigación.

 He de advertir, por otra parte,  que  si queremos extender la gestión privada  o cooperativa en el sector agropecuario, y en otras esferas de la economía, se precisa de un control que no restrinja las fuerzas productivas, sino las contenga dentro de una atmósfera donde  los intereses individuales o de grupos  se concilien con el bien general.  Pero esa alianza tampoco ha de ser generada por un impulso espontáneo, porque aprovechándose  de cualquier coyuntura derivaría en el egoísmo, y el egoísmo recalaría en el capitalismo. Por consiguiente, habrá que inducir y dirigir un proceso político. Es decir, la política tendrá que sustituir a las prohibiciones, a  los límites tajantes y a las presiones impolíticas. Mi colega Eduardo Montes de Oca, de la revista Bohemia,  juzga  con certeza  cuando afirma que el Partido Comunista, en Cuba, no puede desmantelarse,  o   abstenerse de influir en las esferas económicas. La política le corresponde al Partido. Política avizora, perspicaz, que  aglutine y no fragmente, que induzca a  distinguir lo "mío de lo nuestro" y provea un clima de creatividad en que prosperen los intereses generales de la nación  y los particulares de los productores .  ¿Arduo? Sí,  arduo.  Porque el papel de la política tendrá que realizarse hablando, consultando, compartiendo con las personas. Fuera de oficinas y automóviles, como el principal argumento para convencer  de que el capitalismo equivaldrá a la extinción de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra independencia.

Lo sé. Las explicaciones no se comen. Pero, como la papa, cuando abunda, ayudan a comer.

 

LA CONCIENCIA CRÍTICA

Luis Sexto

Juzgadas las circunstancias en que Cuba intenta seguir construyendo el socialismo -que hoy lo enriquecemos con las cualidades de próspero y sustentable, esto es, racional-, tendríamos que aceptar que junto a las experiencias más válidas del último medio siglo, se halla también lo que la sociedad cubana no concibió y ejecutó con acierto. Y qué hacer con esa carga que se sostiene sobre la cabeza de muchos de nosotros, como una canasta de carboncitos enrojecidos, advirtiendo que la candela es todavía posible. Lo más atinado sería tenerla en cuenta para aventar sus cenizas con el soplo de la conciencia crítica.

Parece claro: sin conciencia crítica, sin revisión actualizadora, mediante el conocimiento, de las ideas y principios con que intentamos transformar la realidad, tal vez todo siga siendo un proyecto cercado por limitaciones de la mentalidad predominante, a veces más rígidas y sólidas que las impuestas por el bloqueo extranjero.

Lo mejor de los tiempos recientes consiste, pues,  en que estamos confirmando que la realidad no se modifica mediante impulsos de voluntad o ideas recalentadas en el practicismo de “había una vez” o de si “así lo hicimos en aquel momento, podemos repetirlo”, o en teorías reputadas como infalibles o puestas en el nicho de los dogmas. La Historia asegura que, al menos  en lo atinente a las acciones humanas, nada resulta inequívoco. La sabiduría oriental –digo el oriente del Asia- advierte: si un fenómeno se repite 99 veces, no digas que es verdadero o estable, porque  a la centésima vez, puede manifestarse de modo distinto...

Entre nosotros, la conciencia crítica se sumó a la unanimidad, de modo que la utopía socialista, en vez de concretarse mediante el empeño racional, se retiró a la gruta de las fórmulas  míticas. Hoy, negar la pertinencia constructiva de la crítica conspira contra las aspiraciones socialistas de prosperidad y libertad. Esto es, el repaso dialéctico, la confrontación entre lo que la sociedad necesita y los medios para alcanzarlo, y entre lo que  aplicamos y lo que, al cabo, demanda la situación interna y externa, compone el método de prever y gestar las circunstancias y las corrientes favorables para gestionar la recuperación viable de lo válido construido y la superación de la herencia disonante.

Por ello, y aunque cuanto diga sea un eco de otras voces, lo más conveniente supone ir demoliendo los pasadizos estructurales de la mentalidad burocrática con que creímos que la perfección obedecía a los dedos del voluntarismo, que daba todo por supuesto, como en la aritmética medio providencialista de un juego de dominó. Supone, incluso, la democión de cuántos yerran aquí y luego, mediante una red de conveniencias cómplices son ubicados en otra posición donde errar supone, incluso, dañar aún más. El error condicionado por  la corrupción moral y política, equivale a servirse del poder para degustar el acomodamiento material, y también desde el poder pasar de largo ante los problemas del pueblo, o lastimar con arbitrariedades a cualquier ciudadano que reclame su derecho, o distorsionar  leyes y medidas decididas por el Gobierno central en este o aquel municipio o consejo popular.

A esa mentalidad rígida realmente existente, que solo mira a un lado –el de su comodidad- y en cierto grado de desarrollo no ve ni lo que mira, se adhieren también el oportunismo y la afición a las verdades prefabricadas, como si la construcción de un modelo de sociedad fuese prerrogativa de un abecedario, con sus letras en orden y en caja. A esa mentalidad, en efecto, ha de oponerse la conciencia crítica. Y esta, según he aprendido, no supone solo la crítica en un medio de difusión, sino el ejercicio dialéctico, descentralizado, en los organismos políticos, las instituciones estatales, las asambleas del Poder Popular. Cuánta certeza le daría al país que alguna vez viéramos una ley o una decisión aprobada con el voto dividido de delgados o diputados, porque lo justificó el debate que enriquece y valida.

Hagamos visible que la unanimidad también enmascara a los enemigos de la Cuba que propone la equidad, la igualdad y la independencia; hagamos visible  que la unanimidad no es igual a unidad. Y que, como los monstruos prehistóricos de las películas, ha dejado huevos que, al más mínimo calor, empollan y se abren, repitiendo el ciclo de levantar la mano a favor, aunque uno esté en desacuerdo.

La conciencia crítica, por tanto, también exige eso: disentir sincera y libremente en el análisis como medio para profundizarlo. Y ello es acto propio de los que apoyan que  la Revolución continué vigente, aunque trasformando y adecuando su curso histórico. Porque  los otros, los que la quieren ver con la lápida de la extinción sobre su diario quehacer, no disienten, se le oponen.

Extendiendo su alcance, nuestra conciencia crítica  equivaldrá a una “oposición constructiva”. Una oposición que diga: me opongo a que Cuba pierda su independencia; me opongo a que Cuba renuncie a la justicia social; me opongo a que nos equivoquemos y persistamos en el error; me opongo a confundir el servicio con el privilegio; el mérito con la impunidad, y me opongo a equiparar la democracia socialista con la conveniencia de no decir nada. Y me opongo, por supuesto, a tener toda la razón.