Blogia
PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

PASO POR EL PASO

PASO POR EL PASO

Por Luis Sexto

Crónica

Al marcharse del Paso del Ghisallo, el viajero prevé que aquel encuentro casual será como una lágrima colgada de la memoria. Ese instante será único hoy e irrepetible mañana. Y lo más que lo retendrá ligado a aquel paisaje donde la altura señorea y el cielo vocea la desconocida hospitalidad de la cumbre, habrá de ser la devoción que allí, en la soledad de la ruta, se les entrega a los que se adjuntan a dos tubulares y parados sobre las bielas de la pasión reencarnan el ideal de excederse a sí mismos, el más antiguo del mundo.

El viajero ha pasado como cualquier paseante beneficiado por la casualidad. El paisaje abrupto, rocoso o arbolado a trechos, de pronto se humaniza. De un rellano surge el campanil de una iglesita y cerca asoma un monumento. Baja del automóvil; se asoma a los desriscaderos desde donde, muy abajo, se ve el agua brumosa del lago Como, y luego se ubica con fervor ante el metal ardiente que en negro dibuja a un rutero, caballero en su bípedo de tubos, y a otro  en el suelo, con las manos resignadas a no asir  la gloria que acaba de perder.

Tal vez el viajero nunca más ponga sus plantas  en el Paso del Ghisallo, en los Alpes. Ese puerto figura en el mapa del giro a Lombardía, en Italia, e inscrito entre los cinco clásicos europeos a los cuales se les atribuye la condición de monumentales. El lombardo tira del gatillo en octubre. Ghisallo es un tramo  desafiante en el itinerario. Y el más renombrado por su dificultad. Curvas estrictas que parecen exigir de máquina y ciclistas la ductilidad de un círculo, la ligereza de una hoja en el viento y la raíz de una roca. 

Más abajo, un museo dedicado al ciclismo. Y arriba, cerca del bloque escultórico, la capilla guarece a Nuestra Señora del Ghisallo, patrona de los ciclistas desde 1948. Son tantos los templos en Italia que uno espera hallar lo mismo en todos: formas del arte y la fe. Pero, en Ghisallo, muestran más que las imágenes y las llamas de las velas. Dentro, nos deslumbra otro museo, gratuito museo donde se amontonan las ofrendas de quienes creen en la Madonna y le agradecen el triunfo. Eddy Merckx, Francesco Moser, Saronni, Coppi, Felice Gimondi colgaron del techo, sus bicicletas, casi etéreas. Y uno las imagina pedalear perpetuamente en el tiempo, hacia la meta donde se ceñirán la majestad heroica que vacía el cono del olvido. Junto a ellas, otros atributos, camisetas y fotografías, adornan aquel recinto abovedado.

Como periodista, el viajero había azuzado su emoción ante el denuedo de la cuadrilla abigarrada de ruedas y piernas en la Vuelta a Cuba. No conoce otro deporte de tan abnegada valentía, de tan consciente voluntad para acatar los accidentes de la ruta. Pura humanidad en su génesis más desnuda. Pero nunca se había conmovido tanto cuando, en el santuario, se detuvo a leer y observar las fotos de los ruteros muertos en el giro.

Luego partió hacia Bellagio, villa escalonada a orillas de una de las ramas que forman la “Y” al revés del Como. En el trayecto va recordando las caras juveniles o aniñadas de los difuntos, caídos -decía un letrero luctuoso en aquel cuadro honorífico- persiguiendo un “sueño de gloria”. A esa frase, el recuerdo juntó las palabras leídas en  la tarja al pie de la escultura, letras de poeta donde había una oración original: “…Después Dios creó la bicicleta”. Y seguía la finalidad de acto tan reciente: “para que el hombre no fuese instrumento de fatiga y exaltación en el camino de la vida”. ¿Verdad? Y el viajero sonrió cuando, hace 20 años, la fatiga y la exaltación lo estremecían en su pedaleo hacia Bohemia en una bicicleta que hoy merecería un monumento, aunque el tripulante solo buscara, en vez de la gloria, la seguridad de llegar en hora a su trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REQUIEM POR MAMÁ

REQUIEM POR MAMÁ

Luis Sexto

Ya soy adulto: Mamá acaba de morir. Y ahora miro atrás y no evito el lugar común más verdadero y elocuente  de todos los idiomas humanos: qué breve ha sido el tiempo. De mi archivo saco la foto  que un amigo hace poco me envió por correo electrónico. Ella es la tercera de  derecha a izquierda, cuando sus 16 años le prometían la eternidad en el pueblito de su adolescencia y de mi nacimiento: General Carrillo, barrio de su Remedios natal.

Estábamos lejos;  ella en Miami, con todo sus hijos, menos el mayor, que siempre tuvo ideas locas como  leer mucho desde niño, y luego antojarse de ser cura, y luego salir del seminario  y seguir viviendo y corrigiendo sus yerros, como allí le enseñaron los Salesianos, y más tarde meterse a revolucionario mezclando en un mismo cáliz la fe y la política, y el amor al paisaje y a la historia de Cuba.  Mamá emigró, y  no la culpo, porque  si emigró tempranamente, en los 60, no fue a causa de la política, sino de un querer vivir como soñaba: en  una casa linda,  que no poseía en Cuba, para que sus hijos trajeran a sus novias sin avergonzarse. Emigró también, porque ella era hija de emigrantes canarios, y en su sangre llevaba  la tendencia a marchar donde suponía que viviría mejor, como pensaron abuelo José  y abuela Serafina cuando se echaron a navegar por el Atlántico. Pero mamá tuvo la entereza de seguir siendo ella: maternal hasta morderse la soledad y repartirse. Tan cubana, que ni inglés quiso aprender, porque en su casa -decía- siempre se habla español.

Sí; el  espíritu emprendedor de mamá, esa inconformidad que mis hermanos y yo heredamos, la aventó hacia la emigración.  Y trabajó y trabajó, y un día de 1998, por la obra anónima o con el nombre de mil corazones,  llegué a su casa de Miami con mi hijo, de casi 14 años, moribundo. Juntos ella y yo íbamos a luchar para salvarlo. Y estuvimos un mes entero en una habitación del Children´hospital. Y al cabo lloramos juntos lo irremediable. Sí, porque ante lo irremediable lo único que nos corresponde es llorar, entrañable manifestación humana que ahora, cuando vuelvo a llorar, no me avergüenza.

La política no nos separó, como tampoco nos ha separado a mis tres hermanos y a mí. Nos queremos como mamá nos enseñó: Luisito, decía, tú eres el mayor, y eres el responsable de tus hermanos. Cuando yo no esté o no esté tu papá, eres el papá. Y así fue. Y si algo echo yo de menos, entre tantas cosas imprescindibles para mi alma, es el no tener cerca a mis hermanos, que me quieren como nunca les podré pagar.

En junio pasado,  fui a Miami. Su vida finalizaba a los 84 años,  recién cumplidos. No me reconoció; sus ojos me miraban sin luces. Y tampoco su lengua  podía moverse con aquella libertad con que se defendía  cuando estimaba ser avasallada. Permanecí  allí 15 días, yendo dos o tres horas, con mi hermano menor, a rendirle a aquella vieja  una guardia de honor, en la que  estaba, de pie, la gratitud por habernos traído a la vida y por habernos educado en la honradez y la unidad familiar. Llegó a reunir a tres de sus hijos cerca de ella. Y siempre con ella. Menos  ese hijo  mayor, el único que no tengo conmigo, tú, mi hijo. Y yo le decía, casi copiándole a Martí la frase: y qué culpa tengo yo de haber nacido de ti creyendo en  la lealtad.

Oh, sí, vieja, qué culpa tengo yo de haberme quedado sin ti. De haberme vuelto adulto a mis 66 años, porque ahora soy un huérfano, doble huérfano porque papá también se durmió una noche y aún no ha despertado. Qué culpa tengo de continuar  aprendiendo con los días que, como dice el salmista, la vida dura lo que un suspiro; pasa como una sombra…

Ahora, como consuelo, recuerdo los versos de Diego Vicente Tejera; no sé si me vienen literalmente, pero él, ahora, tiene razón: las madres mueren para el mundo, para sus hijos no. Y desde tan lejos, solo atino a escribir estas palabras, para que veas que sigues viva en mi vida, como yo he muerto un poco en  tu muerte.  Dios te acoja en  Su misterio,  Elda María Sánchez Mesa. Mi madre.

La Habana,  18 de septiembre de 2011

5:50 a.m.

 

 

 

LOS PECHOS DE GIULIETTA

LOS PECHOS DE GIULIETTA

Por Luis Sexto

Crónica

Turistas y paseantes, y algún viajero de planchada billetera interesado en confirmar cuanto le mostraron los libros y la imaginación,  pasan  bajo el arco del breve zaguán  y se aglomeran en  el patio interior para mirar el balconcito, tan pequeño que  a veces decepciona a quienes no  lo suponían  sino enorme como la tragedia de Shakespeare.

Esta mañana de verano, la ciudad de  Verona, declarada por la UNESCO patrimonio de nuestra especie, recibe a centenares de viajeros que encuentran entre los meandros del Ádige,  la presencia  de la antigüedad romana, la Edad Media, el Renacimiento y la Modernidad de nuestros días en un espejismo  propio de los ojos taladrantes de Merlín. Visión mágica ante la cual uno puede  ver el circo romano, menos alto que el coliseo de Roma, pero completo en la circularidad de su gradería pétrea y en cuya arena se articulaba la escenografía de Romeo y Giulietta, Montescos y Capuletos redivivos en la opera de Gounod, inserta en el programa de esta temporada.

Mas, aunque  el asombro se reestrene en el “mercato vecchio”, o  entre los frescos medievales descubiertos bajo capas de torpezas en la capilla de San Pedro Mártir, o ande el asombro entre nubes al caminar sobre las chinas pelonas o los adoquines de callejones titubeantes por las tantas jorobas de una edad  antigua y estrecha, el visitante sentimental considera a Verona como la ciudad de Giulietta.  En la calle Copello, 27, una tarja dice: “Queste furono le case dei Capuleti”, y aquí vivió y sufrió Giulietta... Adentro, en el patiecito, las paredes que lo limitan reflorecen cada jornada con nombres y dibujos,  corazones y flechas que prometen amarse sin zigzagueos.  Algunos románticos, para amarrar con más énfasis la promesa, unen dos candados a cualquier reja o clavo. Y como el galán de los Montescos que,  aturdido por la presencia de su muchacha pregunta:   “Ma, quale luce…?”, suscriben las palabras de Romeo murmurando que  el alba asoma, pero tu, Giulietta, mi Giulietta, eres el sol.

La casa de los Capuletos, mito ella misma en sus orígenes y fechas,  se ha vuelto el santuario poético del amor, y su presencia conmociona y pide la solidaridad o la condolencia hacia los amantes que la oposición familiar maldice, y que por momentos data de abuelos litigantes y persiste hasta cuando una pareja de nietos quiebra lo incomprensible y se aman con pasión de resistencia y muerte. 

En ese desacato, no obstante su fecundidad teatral, Giulietta y Romeo integran solo una réplica del sentimiento más común y arrebatado de los seres humanos. Porque las pasiones componen círculos concéntricos: se repiten cambiando solo nombres y circunstancias. Para probarlo, cerca de lo que las señales turísticas llaman la tumba de Giulietta, una sociedad china levantó un monumento a una pareja legendaria en Asia que también afrontó los mismos padeceres. Tal vez sobreviven ambos jóvenes  en la tradición china, gracias al milagro de un poeta desconocido que los puso a habitar en un templo laico donde el amor se transforma en virtud estoica.

Podríamos, sin remordimientos, desconfiar de la veracidad del episodio de Romeo y Giulietta. Partió de un cuento italiano y se consolidó en el teatro isabelino, sin que la historia  haya comprobado la existencia de los personajes protagónicos. Pero, los símbolos  se sobreponen al dictamen de los papeles y evidencias. Y hoy, bajo el balconcito de Giulietta Capuleto, con el diseño y la humedad que remiten en Verona al siglo XIII,  poco antes  de retirarse, los visitantes, como frente al chorro de una fuente sagrada, esperan el turno concertado espontáneamente para registrar en las cajitas fotográficas un abrazo a la estatua de la “ragazza” infeliz, a quien le piden buena suerte en el amor.

Y sin rubor, niños y niñas, y adultos de uno y otro sexo se retratan con una mano apretando la teta derecha  de Giulietta. Acto de amor metálico que quizás Romeo nunca realizó en paz y de carne a carne, con la fuerza de los turistas. Tanta fuerza han ejercido por tanto tiempo que al señorío de esas caricias extrañas, el bronce brilla con el amarillo del oro allí donde el viajero modesto no quiso poner la mano. Porque, se dijo, soy casado y, además, no soy turista. (Publicado en Juventud Rebelde)



 

 

 

 

 

 

 

 

EL MISTERIO DE LA LLUVIA

EL MISTERIO DE LA LLUVIA

Por Luis Sexto

Crónica

Antes, para mí, la lluvia poseía un mayor encanto. Era una especie de misterio. Igual que las nubes. De niño me gustaba acostarme sobre la hierba viendo en la vaporosa fronda del cielo una silueta humana o un toro en actitud de embestir. Si en aquella época hubiese escrito un tratado de meteorología, las nubes hubiesen tenido mil nombres. Y solo hubiesen servido a los poetas o los adivinos.

Desde hace dos siglos, sin embargo, las nubes responden a los mismos nombres, porque materialmente siempre han adoptado las mismas formas, aunque una imaginación fantasiosa pretenda descubrirles infinitud de figuras. El inglés Lucas Howard, en 1803, con un libro titulado The modification of clouds, las inscribió definitivamente en el muestrario universal de las cosas comprensibles con estos apelativos fundamentales: estratos, cirros, cúmulos y nimbos.

En ese momento, para mí, la lluvia empezó a despojarse de su misterio. Las nubes son básicas para la lluvia. Hay muchos observadores – entre ellos mi amigo José de Jesús Márquez, en el central España Republicana- que las pulsan cada día con el propósito de integrar el pronóstico nacional de lluvia.

El pronóstico, en efecto, ha diluido el misterio. Todavía en mi infancia, aislado por la distancia y la ignorancia, la lluvia se nos encimaba de súbito, sin preverla. Tal vez, los callos duchos de algún viejo, o el croar de una rana intespestiva, podía inspirarnos a suponer un aguacero. Pero llovía. O no llovía. Como en una improvisación de la naturaleza. Y en esa espera, el tiempo ofrendaba las variadas alternativas de la incertidumbre.

Hoy sabemos previamente si lloverá. Y si el vaticinio acierta, habrá llovido por causa del calentamiento diurno, o por la influencia de una onda tropical... Las veleidades de una corriente que califican de “Niño”. O por cualquier terminología meteorológica, muy científica, verdadera, útil, pero que a veces uno juzga contradictoria. Porque los expertos nos dicen que mañana habrá buen tiempo, esto es, no lloverá. Y habrá, así, buen tiempo para bañistas, paseantes, para cuantos se levantan a convencer a un ómnibus o un vehículo cualquiera que los traslade al centro de trabajo.

Pero uno se pregunta: ¿habrá buen tiempo para la tierra que desde hace meses se raja por la sed, o para la vaca que olisquea el viento tratando de intuir el olor del agua aunque sea en el radiador de un automóvil, como en el cuento de Dora Alonso? ¿O habrá buen tiempo para el agricultor que mira al cielo y luego moviendo la cabeza de izquierda a derecha maldice las masas grisáceas que se disipan sin descargar su almacén de vapor de agua?

La lluvia y el agua son habitualmente incomprendidas. Hubo pueblos que rogaban o salían en procesión pidiendo la lluvia; días más tarde invocaban a otro santo u otra deidad para que la detuviera. Al agua, a ciertos charcos y manantiales, han ido hombres y mujeres buscando milagros baratos, o la gracia para lavar culpas inconfesables. Nuestra especie se apega más a lo utilitario que a lo poético, y por ello el tiempo es propicio cuando no va a llover.

Yo defiendo el progreso. Escucho el informe del especialista. Disfruto la visión cósmica de la nubosidad enviada desde un satélite. Y agradezco que el meteorólogo me desee lo mejor: desea quizás que no llueva, y si llueve que no me moje.

Lo mejor, para mí, sería, sin embargo, el antiguo misterio con el que en mi pueblo solía caer la lluvia.

Ah, y mi sorpresa al verla.    

 

 

CUANDO UN AMIGO SE VA…

 Por Guillemo Álvarez

Pongo esta nota por la sensibilidad con que este autor expresa, desde el extranjero,  los  desgarramientos que condiciona la emigración

Hace apenas unos días despedí a una persona a quien no veía hace muchísimos años, de esas que se convierten en familias desde el primer momento. Y como cantó Alberto Cortés: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vació, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo…”

Fue tan agradable el reencuentro, como triste la despedida, porque siempre queda el aquello de cuándo volveremos a vernos, o si volveremos a vernos.

 Pero es la triste realidad del emigrante. Dejar atrás el lugar donde se ha nacido o el lugar donde se ha vividola  mayoría del tiempo . Y quien dice junto a los amigos -y la familia, por supuesto. Pero hay algunos que superan la relación común entrfe los hermanos, porque con ciertos se han compartido triunfos y fracasos, “maldades” e historias de amores, chistes y chismes al mismo tiempo, en ocasiones puestos laborales y un sin fin de cosas que en muchos casos no se comparten con aquellos del mismo vinculo sanguíneo.

Y acto seguido del abrazo de bienvenida, empiezan los “te acuerdas de…”; o “qué se habrá hecho fulanito; ¿hace mucho no ves a menganito? Y de un lado para el otro: “No, zutanito le dio la pata a’la lata, en el mejor cubañol posible.

Es fantástico volver a recorrer mentalmente las calles por donde transitamos, los amores de juventud y los de no tan jóvenes, porque con el paso de los años nos vamos extinguiendo para que nuestra llama alumbre a nuestras descendencias y comience a crecer la otra familia –cuando pasamos de hijos y adolescentes – a adultos. Vienen los nietos, los sobrinos, los yernos, los cuñados, las nueras. Y tratamos de conducir la familia por el mismo camino que 50 o 60 años atrás recorrimos nosotros. Y dichosos los que puedan hablar del reencuentro, porque algunos “guardan el catre” más jóvenes, lo que significa que no vivieron todo el tiempo de nosotros para contarlo.

Por eso trato de impedir que, a pesar de las dificultades y distancias, contra viento y marea, aflore y me supere  la nostalgia, porque ella es la base de la ansiedad y la ansiedad la madre de casi la mayoría de las enfermedades de la mente y el alma. Lo que no quiere decir vivir sin recuerdos, puesto que recordar es vivir o desar vivir nuevamente lo vivido.

Y entonces canto, como también cantó el argentino:  “Mi árbol creció, el tiempo pasó  y hoy bajo su sombra, que nos cobijo, tenemos recuerdos, mi árbol y yo….”

 

  (Todo comentario que no se ciña al tema del post será eliminado)       

 

  Aclaración: Todos los comentarios de este post fueron  borrados por error de este bloguero que puso un dedo donde no debía. Solo iba a eliminar los que no se ajustaban al tema. Me parece que quien quiera difundir sus ideas y apreciaciones políticas tiene que respetar las reglas. Los que hablaban de emigración se quedaban; los que se apartaban, salían. Pido a quienes se hayan sentido afectado por mi torpeza que los reinserten.     

 

ESCRIBANO DE AMOR

ESCRIBANO DE AMOR

Crónica personal

Por Luis Sexto

Más de cuarenta años  atrás, cuando estudiaba internado en una escuela donde los sonidos más cercanos provenían de los árboles, los pájaros y las gallinas, y de lejos solo percibíamos el picoteo de algún tractor sobre la tierra roja, redactaba cuatro o cinco cartas mensuales. Aunque  era una correspondencia muy rara, singular. Yo las escribía, y las respuestas llegaban para otros. Entre mis condiscípulos ejercía, gratuitamente, de escribano público, especialista en conflictos de amor. Me adelanté a la poetisa Liudmila Quincoses que en 1994 plantó en la sala de su casa, en Sancti Spíritus, una carpa para componer y vender cartas, preferiblemente de amor. Empezó en un juego, y siguió en una operación de escribanía muy grave, responsable, porque algunas personas descubren alguna vez que escribir una carta es a veces tan necesario como convivir.

Un lunes se me acercaba Peña, recién vuelto de una visita a su casa, y me contaba:

-Discutí con Rosa. Fue duró: la golpeé con la almohada.

(Éramos estudiantes adultos.)

El martes, firmada por Peña, partía una carta con las  palabras aplastadas en un acto de arrepentimiento, irguiéndose por momentos para prometer la cordura. A la semana siguiente, el cartero traía un sobre cuyo perfume no podía si no vocear el perdón.

En otra ocasión, Vilches, que había regresado de Bayamo, narraba una historia apenas iniciada en el ómnibus con una mujer de un temperamento... un temperamento... y callaba buscando dentro de su entusiasmo el término apropiado.

-Insólito.

-Fenomenal –corregía él, y enseguida se trazaba un propósito en un lenguaje más viril:

-Tengo que ligarla.

Yo me percataba que la operación de conquista me pertenecería; lo demás a él.

A los pocos días, Vilches me informaba en el receso previo a la comida:

-Usted es un bárbaro, compay. Me respondió, y por telegrama... Figúrate.

Terminándose el curso conocí a Zenaida, y entonces comencé a escribir solo para ella. Desde cualquier lugar adonde mi entonces profesión de topógrafo –como barco a marinero—me conducía. Unas cartas con matasellos de Puerto Padre o Camagüey; otras de Sancti Spiritus o Ciego de Ávila. Conservo un fajo, pero no las he vuelto a leer. Quizás por vergüenza. Pude haber dicho alguna exageración erótica que nunca, después de casados, he igualado con hechos. O porque ya me parecen ridículas. Uno, aunque se resista,  cede al fin a las modificaciones de la sociedad. Y hoy enamorar por correo postal resulta una técnica anticuada.

El teléfono suple al epistolario. Es más rápido, y la fatiga se minimiza en calorías imperceptibles. Mas, cuántas ideas, cuántos afectos quedan en la clandestinidad. Boca a boca las confesiones se amenguan ante el pudor, o la timidez, o la hipocresía. Sobre el papel, en cambio, se vacía hasta lo que repta en el inconsciente. La  distancia, ese intermedio entre el remitente y el destinatario, anima al pusilánime y fortalece al audaz.  Pero el teléfono también aventaja a las cartas, porque, al parecer, retrocedemos hacia la frivolidad en las ceremonias del sentimiento. El amor exige hoy menor asedio verbal. Es más práctico: menos insinuante y más directo. El circunloquio reclama una paciencia que nadie, ni mujer, ni varón, ya soportan.

Yo fui fiel a la época de mi juventud. Todavía uno compraba en las librerías rimeros de epístolas galantes. O poemarios en papel gaceta para aparentar que  era capaz de rimar amor con dolor, o noche con broche, alma con calma... Cuánto plagio ha de estar guardado en gavetas con atmósfera de naftalina. Y cuánta señora seguirá creyendo que su esposo, después de casado, extravió la inspiración. Conozco a una mujer que se percató de la estafa. Tuvo más de un novio. Y en la primera carta del segundo leyó lo mismo que en la segunda del primero. Como demostré más arriba, no adquirí ninguno de esos modelos. En lo concerniente a los escarceos amorosos me ceñí a la originalidad.

Mi primera carta de amor la escribí a los 13 años. Me había enamorado de María Amada. Vivíamos en el barrio de Arroyo Apolo en la capital, reconcentrada comunidad de obreros donde la decencia llevaba el nombre de cada uno de sus habitantes. Una pared dividía nuestras casas. Ella se paraba a su puerta; yo a la mía. Y nos mirábamos, nos mirábamos... Cuando lo recuerdo envidio a mi yo niño. Nunca más una mujer ha indagado tan microscópicamente detrás de mis ojos.

Murió joven. Tal vez antes de los 30 años. El cáncer profanó uno de “los clavos adelantados de su pecho”, como los evoqué en un poema adulto. No supo que la amé. Mi intrepidez se localizaba en los deseos. Decidí, sin embargo, escribirle. Empecé madura, patéticamente: “Dicen que el amor de niño no existe...” Lo demás permanece en el platónico espacio de las ideas irrecuperables.

-¿Pero le entregaste la carta? –ha preguntado mi hijo mayor mientras descarga el camión de arroz y frijoles habitual en sus comidas.

Me aterraba pensar en qué dirían mamá y papá de tan precoz e ilegal enamoramiento, y la escondí debajo del colchón.

Allí quedó. Semanas más tarde me llamaron a ocupar un pupitre y una cama en el seminario salesiano. Mediaba 1959.

Mamá la encontró cuando cambiaba las sábanas.

-¿Qué dijo? –pregunté a uno de mis hermanos entre temeroso y abochornado un domingo en que me visitaron.

-Nada, bobo.

Mientras la convertía en opacas lentejuelas, mamá comentó (abuela estaba cerca):

-Este parece que va a ser escritor, vieja.

(Todo comentario ajeno al tema propuesto en este artículo será eliminado)

 

 

COSAS DEL OTRO JUEVES

COSAS DEL OTRO JUEVES

 Por Luis Sexto

Mis ojos, que gozaron de tantos momentos de esplendor, de tan seguro 20-20, que incluso leía en el crepúsculo, sin luz, no puedo ya leer o ver TV sin las lentes. Soy un hombre a unos espejuelos pegados sin tener una nariz  superlativa, según palabras del señor don Francisco de Quevedo.

Superlativas son en, cambio, las limitaciones de andar metiéndose a viejo, única condena que uno recibe sin que un tribunal lo sentencie. Viene como la lectura que alguna gitana etérea y eterna te echa sobre la mano bajo el  primer tajo de luz al nacer. Y no yerra cuando lee entre las líneas arrugaditas un vaticinio inexorable: Te irás poniendo viejo. Porque uno envejece desde el primer día, pero llegar a viejo, ah, eso a veces es una suerte que no les toca a cuantos es quedan a medias.

Los viejos, por tanto, son conquistadores del tiempo;  los supervivientes que cuentan los días que ya no cuentan. Los jóvenes –y todo el que tenga 15 años más que yo, definió un geriatra, es viejo- suelen minimizar la presencia imprescindible  de los viejos. Lo aprendí en medio de la vergüenza. Hace 31 años manejaba yo auto nuevo, un Lada casi alado, y bajando por la calle L, en El Vedado, delante de mí, por la carrilera del medio, renqueaba un “almendrón”, que entonces no los llamábamos así, y aceleré y me le escapé por la izquierda gritándole al chofer, tan usado como su auto: Los viejos pa’la orilla. Y el hombre me alcanzó ante la roja de Línea y me dijo: Oiga, jovencito, estos viejos llevan mucha gente al hospital y al trabajo. Entonces, desde Prado hasta Marianao te cobraban un peso, un descomunal peso… 

Con esa  filosofía de consideraciones, voy consumiendo lo que me queda. Y aun echo mi alarde cuando me encuentro con un vecino en las escaleras de casa, porque el elevador también se encangreja por viejo, y le paso por el lado dando zancadas de dos en dos escalones. Y alguno me pregunta cómo lo puedes hacer, tú, que no puedes disimular que eres tan viejo como yo, y le digo, caramba, si fumas, y bebes, ¿también quieres subir escaleras corriendo, con aire y sin dolores precordiales?

Petulancia un lado, voy aprendiendo a ser viejo. Ya casi sé elegir el sitio apropiado, que no es el mismo que lastimeramente  quisieran darnos ciertos menores de edad: la orilla, el rincón. Y por tanto ya tengo mi plan de trabajo y de lecturas hasta los ochenta. Tal vez siga escribiendo estas crónicas, acabe de componer mis memorias profesionales y lea recuerdos de alpinistas, para averiguar cómo se clava la bandera en la cima. Y a partir de esa edad, ya veremos que me piden mis editores del periódico o de las emisoras donde todavía trabajo, hoy jóvenes y que para entonces no lo serán tanto, y quizás me pregunten qué se siente siendo viejo. Y yo les diré que la vejez es un oficio oscuro, compuesto de mitos y de prejuicios, y que hay que interpretarla como un manual esotérico, cabalístico, y luego cualquier cosa que se diga es como volver a pasar las mismas páginas desde el principio de esa semana que compone el Génesis, y comienzas con el sol del primer día, luego verás todo lo demás, jornada a jornada, incluidas la luna,  las estrellas y los árboles y los animales acuáticos y aéreos, reptiles y cuadrúpedos, hasta llegar al hombre, y  enseguida la mujer, y el séptimo día corresponderá al feriado: el descanso. Así, tan rápidamente se va la vida, pero, según me aseveró un teólogo, la mujer seguirá turbando tu lado izquierdo y tu cintura de varón hasta dos días después de muerto. (Tomado de Juventud Rebelde)  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ECO DE LOS DÍAS

EL ECO DE LOS DÍAS

Por Luis Sexto

 Crónica

Si escribir fuera un juego: el vuelo dominical de unas barajas, el secreto alarde de unas fichas de dominó, la frente ceñuda de un ajedrez que a nadie perturbará en los finales… Si fuese un juego, qué podría cambiar en estas circunstancias en que un periodista chasquea los dedos esperando el duende que le dicte las palabras del día.

¿Por qué habré sido periodista, escritor que se dedica a recoger las incidencias que al atardecer fenecen junto con las letras que las comunicaron? Quizás, por eso mismo: para preservar los actos humanos de lo efímero, y conservarlos como palpitaciones del cosmos de la Historia. Y también para   irse quedando papel a papel, palabra a palabra.

Pocos, es tonto decirlo, permanecen invulnerables al olvido. Tras tantas lecturas, y unas cuantas cuartillas escritas, ¿se llega alguna vez a orientar, dirigir la verdad de la poesía y la vida, a suponer  cuál será el destino de cuanto uno ha escrito? Lo supe en la claridad filosófica de un cementerio. Fue en mi primer viaje a Camagüey, ciudad que, para quien no la haya nunca visto,  discurre modernamente dentro de un cascarón de primigenia raigambre colonial: tejados bajos, aplastados, y tinajones ventrudos que memorizan en barro la escasez de agua, distintiva de la ciudad. La tradición se muestra abierta, presente, persistiendo como lo más lúcido de la historia de la antigua Puerto Príncipe, ubicada entre dos ríachos lánguidos -Tínima y Hatibonico- y oscilando entre la patriótica y viril virtud de Ignacio Agramonte, héroe del cantar de gesta de la independencia; la caridad del ya Beato Padre Olallo, que lavó el  cuerpo sagrado de El Mayor antes de ser traducido a cenizas, y los poemas de Nicolás Guillén.

Calles estrechas, retorcidas, como trazadas a paso de borracho, por donde ni la gente ni los vehículos parecen tener prisa, me condujeron a  una calleja interior del camposanto, donde  se  atraviesa un pequeño hito, erigido en 1933, que exhibe uno de los epitafios más  famosos de Cuba.

La tumba pertenece a la hija de un catalán y una mulata criolla. Bella y pícara, alegre y adicta al lujo, se casó con  un oficial español luego de despreciar y maltratar a un joven mulato, cuyo defecto principal era el de ser barbero. Dolores Rondón quedó viuda muy pronto. Y se perdió entre los pliegues incógnitos de la pobreza, hasta fallecer  de tuberculosis en 1863, en el hospital del Carmen. La leyenda cuenta que el barbero, al enterarse del destino de la mujer de sus frustraciones, se ocupó de atenderla hasta el final.

Leyenda es leyenda: la interpretación poética de los hechos sin historia. ¿Quién puso el epitafio junto a la tumba de la mujer? Dicen que el barbero. Pero también dicen que apareció en letras negras pintadas sobre una tablilla de cedro, en 1883, veinte años después de la muerte de Dolores. Y aseguran que cada vez que la madera se deterioraba,  unas manos desconocidas la renovaban, hasta que el gobierno municipal construyó el monumento. La décima –sobradamente reproducida y que he de repetir, aún sobrecogido por la impresión de mi juvenil experiencia - está en consonancia con la delicadeza espiritual de los camagüeyanos, comarca de pastores y sombreros, según Guillén: “Aquí Dolores Rondón/ finalizó su carrera/ ven mortal y considera/ las grandezas cuáles son: / el orgullo y presunción, / la opulencia y el poder, /todo llega a fenecer/ pues solo se inmortaliza/ el mal que se economiza/ y el bien que se puede hacer.”

Y por qué he juntado tantos nombres, tantos recuerdos aparentemente caóticos. Ah, porque tenía la obligación de escribir para que el periódico -papel que se rompe y cristaliza- recogiera, como en un almacén soterrado, a prueba de riesgos nucleares,  esa sensación de caducidad que hoy, como en mi niñez, me oprime viendo el mundo pasar.