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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

BAJO LA NIEBLA

BAJO LA NIEBLA

 

Crónica

Por Luis Sexto

 La ventana de la habitación parecía zambullirse en el Neva. En la orilla opuesta,  el crucero Aurora seguía atracado al espigón de una historia que en el año de 1988 empezaba a emproar río arriba, como de regreso en su inmóvil travesía. Neva, Aurora. Dostoiesvki, noches blancas, Raskolnikov, revolución… palabras claves que repetía, y anotaba en una libreta ya extraviada.

Estaba allí por primera vez según mi pasaporte. Pero qué vez sumaría según los cuños de entrada de mi imaginación estremecida por el jugador que lo apostó todo a la literatura, y se quedó para siempre en el mundo de los ganadores con los hermanos Karamázov. O cuántas veces fui en el estribo de John Reed para volver a ver, como a través de un filme, los diez días durante los cuales Petersburgo tembló en  un octubre que sucedía en  noviembre.

Había llegado días antes a  Moscú con el ánimo del peregrino. Nadie debía morir sin visitar a la Unión Soviética, creíamos entonces.  Hacia las once de la noche el airbús de Aeroflot empezó a confundirse con una estrella lejana. En La Habana me habían advertido que no durmiera para poder empalmarme de corrido  con el  ritmo biológico del viejo mundo.  Y no dormí,  ni  por el día, que me alcanzó sobre el norte del Atlántico. Hubiera sido difícil permanecer despierto durante 24 horas, sumando las doce del vuelo. Pero  Helio Orovio, que iba hacia Berlín, acompañó el largo velorio de mi primer y único viaje a la Unión Soviética. Debajo de nuestro asiento dejamos las cáscaras de diversos temas y personajes en clave de exaltación o en cifrado de maledicencia entretenida.

En un auto de la agencia  de noticias Nóvosti recorrí, pasada la medianoche, las calles tranquilas. Luces amarillentas que reportaban una visión clara y espectral a la vez. La avenida de Leningrado, que luego seguía siendo Gorki. La Plaza de Maiakovski, la de Puskhin: poetas de bronce dueños de  los espacios públicos.  Más allá las cúpulas de la Plaza Roja...

Contra mi hábito suspicaz de periodista que había aprendido ya a dudar de mucho de cuanto veía u oía, ni averigüé en el hotel Moscú por la escalera de incendios. Al día siguiente proseguí de noche hacia Leningrado, acurrucado, sin despertar, en la cámara caliente de un tren. Sobre las siete de la mañana, el viajero recuerda desde la ventanilla los suburbios de la ciudad; árboles de tallo muy fino, como mástiles, y gente que se apresuraba bajo la niebla con la bufanda al cuello.

Lo confieso: salvo alguna excepción por urgencias de familia o de amistad, he viajado por encargos profesionales. La estancia en cada ciudad, aunque a veces fuera hasta de un mes, solo se rendía ante las encomiendas de periódicos o revistas en que trabajaba. El viaje a Lenigrado fue una visita de formación, de contacto con monumentos y perfiles de la historia. Tras las experiencias en otro país: oyendo otra lengua, ajustándose a platos que a veces agujerean el paladar prestigiado por sabores menos hirientes, más dóciles según el parecer de la costumbre, el periodista está apto para escribir con un conocimiento más abierto, experto, seguro… Volverá el viajero a repetir como los venecianos hace seis siglos: vivir no es necesario; viajar es necesario, aunque para quien escribe y cuenta  viajar es tal vez una manera de vivir.

En Leningrado, ante mi vista interior, la historia y el arte parecían conjugarse, como potencias andarinas, tráfico cotidiano por avenidas anchas, estatuas, fragmentos de parques –ah, ese donde Puskhin afrontó aquel duelo romántico y su sangre baleada fluyó como un poema incorregible  sobre la hierba. Luego, el  museo del Ermitage. Me detengo ante un original de Fra Angélico… ¿Podré ser ahora el mismo si el sismógrafo de mi alma tiembla como la mano del señor Parkison? Y sé que no he escrito una frase de utilería. De la historia sólo permanecen los espacios, las edificaciones y sus objetos, y también la cronología y las tarjas. Del arte queda todo. Porque es dueño del tiempo. Está sobre lo que pasa, sin pasar como yo he pasado…

 

UN DÍA Y SU OCASO

UN DÍA Y SU OCASO

Crónica

Por Luis Sexto

Muy temprano el viajero va preguntándose qué podrá distinguir a esta ciudad. ¿Las cúpulas? Acaso las doce combas que se echan al aire  sobre la techumbre, gracias a la equilibrada delicadeza de albañiles catalanes, maestros ya sin nombres, ni firmas, podrían convenir para sobrenombrar a Cienfuegos la ciudad de las cúpulas.

El viajero sigue andando y puede oír sus pasos sobre el pavimento del Paseo del Prado. En  Punta Gorda, se detiene ante el Palacio de Acisclo del Valle. Los sentimientos litigan desconcertados: seduce, pero a la vez  repele por la exageración de arabescos y cariátides en un estilo que se traga así mismo en el cansancio de la superabundancia barroca y morisca, palabras estas que quieren indicar voluntad de derroche en el lucimiento del poder, aunque, esas impresiones no reducen el valor arquitectónico del sueño del antiguo potentado.

Luego el viajero alcanza la plaza donde la Catedral parece cojear con dos torres de alturas diferentes, y el resto de los edificios neoclásicos atestiguan la raíz francesa en los orígenes de la  Perla del Sur, núcleo urbano matizado por la paradoja de sus calles anchas y su existencia apacible, entre la actividad perseverante y el tráfago que no parece alcanzar la escala del ruido. Fundada en 1819, y siendo tan nueva, cuenta una vieja historia, en parte sumergida en los anales inescrutables de la penetrante bahía de Jagua, a la que protegen desde el costado izquierdo, mirando hacia el sur,  los dientes azulados de la sierra de Guamuhaya, y al derecho se adormece el barrio costero y recoleto de El Perché. Desde la orilla opuesta, uno permanece prendido al caserío, añorándolo, como si me halara desde sus enigmas. ¿Qué ha visto el viajero? Imagino el escenario de una novela que no escribiré y que en un momento imprecisable tal vez decida escribir el cronista Francisco G. Navarro, mi amigo.

Mientras espera la hora que justifica su estancia en la ciudad, el viajero se orienta hacia el cementerio de Reina, urgido de arena, cemento y cuchara por la ruina en sus paredes laterales donde, como en una colmena, bostezan nichos centenarios, como los construyó con ánimo de modernidad el Obispo Espada en la Habana. Quizás entre los valores de la villa fundada por don Luis D’Clouet, sea la primitiva necrópolis uno de los puntos más provisto de interés para el viajero, o para ciertos viajeros, en particular europeos, sin que por ello les coloree el alma la influencia grisácea de los poetas románticos. Posiblemente, una ciudad sugiere a veces los secretos más interesantes e influyentes, o sus definiciones esenciales, tras un sepulcro perdido, o una lápida.

En una tumba penetrada subterráneamente por las aguas de la bahía, flota en Reina, con la incógnita por sarcófago, la huesa del abuelo materno de Pablo Ruiz Picasso. Caminando hacia el fondo, a la derecha de la capilla, nos sorprende un nicho con el nombre y el apellido de uno de los escritores de la Generación del 98 en España: Ramiro de Maeztu. Desde luego, no es la tumba del escritor, ensayista polémico y conservador. Lo ya averiguado habla de un  pariente del mismo nombre, tal vez su abuelo, que poseyó en el siglo XIX un ingenio azucarero en la  comarca cienfueguera: el Pelayo.

Después, sentado en la orilla oriental de la península de la Majagua, espada que taja en dos charcos ese sector de la bahía, la pregunta de la mañana encontrará respuesta al atardecer. Antes habremos de aceptar que la crónica de un viajero flexible –este que soy, que mira para contar- se contamine de afirmaciones y negaciones. Porque lo visto ahorita, se amengua ante lo visto ahora. Y sobre el agua, detrás de la barrera de unas lomas verdecidas, el poniente se desordena en ráfagas rojas, amarillas y entre nubes negras, como si un pintor absoluto hubiera tomado un puñado de colores arbitrarios, impertinentes y los echara al cielo como parábolas incendiarias que el viajero nunca ha visto en otros sitios y ante las cuales quizás recuerda, con el escritor Ramiro de Maeztu al referirse a Cuba, “la insuficiencia de toda palabra” para describir el ocaso en Cienfuegos.

 

SOMBRA Y SILENCIO

SOMBRA Y SILENCIO

Luis Sexto

Crónica

La edad me ha vuelto andariego. Y parece cierto que al caminar uno piensa y observa con más despejada lucidez a través de la oxigenación, y de paso sacude las candelillas de la melancolía en esas tardes donde el calor y el color invocan a los ausentes y otros afectos.

Hace poco reparé en que la sombra en las calles 15 ó 13, partiendo de G hacia Paseo, es luz peculiar, intimista. Vegetal claridad que nos envuelve en la atmósfera circunspecta del claroscuro. Hacia las dos de la tarde, el paseante camina casi solo por esas calles arboladas, a salvo del calor, y del ruido que a pocas cuadras no deja parir en paz a las madres en la maternidad de Línea, a pesar de que ya la señal prohíbe, sin que la acaten, el uso del claxon.

Lo más degustable del Vedado es, para mi querer, la cercanía del mar, y la sombra y el silencio que aún hallan nicho en ciertos rincones de lo que antes perteneció a la finca del conde de Pozos Dulces. Me refiero a la cuadrícula cercana de la iglesia de Línea y D, y un poco más arriba hasta la barranca del edificio Arcos, en F entre 19 y 21. Esa área del Vedado es como peñón –así lo llamó Renee Méndez Capote en sus memorias de cubanita- donde se refugian los atisbos de aquel barrio rural del XIX, y que a finales de ese siglo y a principios del XX comenzó siendo zona campestre de la gran ciudad.

Camino con cautela. Las aceras parecen el oleaje que levantan las raíces de los laureles, que el poeta Rafael Enrique Marrero asumió como imagen de su vida: solo aptos para romper, como los árboles sin fruto, las aceras. Pero ¿merecerán el castigo del hacha o la motosierra si como también dice el autor de “Affiche” las ramas de raíces tan tentaculares también se reparten en sombras? Crucemos los dedos para que ninguna decisión imponga, en cuentas de carnicero, derribar árboles para reconstruir aceras.

 ¿Qué será más costoso: reparar o talar? La pregunta, sin trascender la economía, la supera. En lo ecológico se mezclan las finanzas y la moral de modo que ambas esferas, concéntricas, se perjudican cuando el descuajar árboles deriva en una insuperable tentación. Y abajo vienen, porque estorban la claridad o son una amenaza cuando los vientos soplan, o incluso los clasificamos, con cierta inocencia, como causantes de las rachas más severas. Pero lo absoluto suele equivocarse. Y creo entrever que en lo más difuso de la conciencia cubana sobrevive, entre agonías, el respeto por los árboles. Parece confirmarlo la creencia, quizás de origen afrocubano, de que quien destroce una ceiba morirá sin piernas.

Respeto tanto las intuiciones del pueblo que mi ignorancia se mueve con tacto entre los pasadizos del misterio. Y por ello solo repito. En algún sitio oí que un ciudadano, autorizado para decidirlo, dictó sin una razón inexcusable la muerte de una ceiba enorme, árbol envuelto, al claro de luna, en los prestigios de la sacralidad. El hacha jadeó y no pudo. Y para acostarla en la posición de los cadáveres, movilizaron la dinamita. Con los años, aquel compatriota murió mucho después que le amputaran las dos piernas a consecuencias de una diabetes descompensada.

El engarce entre ambos hechos resulta posible mediante una asociación mágico religiosa. No por ello, sin embargo, hemos de echar a un lado el papel constructivo de esa sentimentalidad aparentemente elemental. Notamos bajo su corteza fantástica un corazón palpitando, en amor consonante, por la naturaleza. Ojalá todos imitáramos el respeto de ciertos mandatos de ética trascendental que establecen que cuando se tome un fruto o una hoja de un árbol, le dejemos algo a cambio, incluso las gracias, en una simbólica relación de cultura interiorizada y de convivente igualdad.

El transeúnte que soy sigue andando bajo la fronda de El Vedado; mira hacia las ramas copiosas y sonríe tras la palma de la mano, al comprobar su más reciente y tardío hallazgo: El hacha y los vientos aún no han pasado: todavía hay sombra.

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

Por Luis Sexto

Crónica

 Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había introducido en la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Vi a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.

-¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.

No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:

-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.

Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama. Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.

La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.

-Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.

Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía: ¿Qué vas a decir, muchacho? Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez: ¿Qué vas a decir, bobo?

Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta.

-Así hubiera hablado él -comenté.

-¿Quién? ¿José?

-No, Francisco...

Callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha provocado mi única frustración: no haberlo conocido.

TRES MINUTOS

TRES MINUTOS

Por Luis Sexto

Hace años escribí de fútbol. Y lo reclamo como un mérito. En un país donde todos sus habitantes redactan anualmente, entre gritos y polémicas, sus reseñas y manuales de béisbol, quien se dedica a ver, juzgar y escribir de fútbol es una especie rara, casi insólita. Con muy poca compañía.

Yo he estado habitualmente en minoría. Así he vivido. Y no me quejo. He aprendido a hablar o escribir para los pocos interesados en cuanto digo o escribo. De modo que, queriendo ser periodista, me deshollinaron un espacio en el semanario deportivo LPV. Y cuando me preguntaron qué deporte podrían asignarme como obligación reporteril, enfaticé que yo prefería introducirme entre las redes del balón. Algo sabía. Y algo más aprendí asesorado por un amigo, más bien hermano, por quien mantengo en vigilia sentimientos de gratitud. Oscar Monroy –y sus hijos agradecerán la mención de su padre- educó mi percepción balompédica desde la cancha de su experiencia como comisionado nacional de fútbol y luego funcionario en la propia Comisión.

¿Por qué elegí el fútbol para estrenarme como cronista deportivo? Tal vez por la misma razón que más tarde me incorporé el ciclismo. Por su interés humano. O por su demanda de generosidad y abnegación al establecer que la pelota sea manipulada con los pies, las piernas y la cabeza, los miembros menos aptos. El fútbol posee, para mí, una sustancia mística. Propone en su esencia la semilla de un ideal de perfección que, traducido en mito y quimera dominical, es ejercicio de voluntad y cátedra de colectivismo bajo el estímulo del rito multitudinario más antiguo: el alarido.

Antes de componer mis primeras cuartillas sobre este deporte –aquellas de agosto de 1972, durante los Juegos Escolares Nacionales, entonces toda una fiesta numerosa y bullente-, yo había leído una antología de textos literarios sobre el fútbol, firmados por poetas y escritores que no esquivaron el atractivo de hurgar en el misterio que subyace en la gloria efímera de un gol, el encantamiento de una finta, un drible, o en la pasión del jugador que, cuando pierde, siente que se pierde a sí mismo.

Albert Camus baja de las cimas de El extranjero, se mete en una cancha, evoca su juventud y asegura que todo cuanto sabe sobre la moral y las obligaciones humanas se lo debe al fútbol. Vertiginoso como el rodar de una pelota, un poema de Thiago de Mello cuenta la niñez del poeta, cuando llevaba “El sol en los pies peleando en un baile fraternal”. En esos versos el fútbol es “dolor y fiesta: / la perfección dormida/ sobre el pecho del pie/ de repente se yergue/ y se cumple y florece: es el corazón viajando/ por el trayecto del sol en el viento/ la delicada esfera, la indomable, la rosa”.

No lo niego. El fútbol me sedujo principalmente mediante la emoción de los poetas. Lo había jugado en mi adolescencia, entre los salesianos que nos exigían, sin la ventaja de la réplica, el ajetreo físico desde la una menos cuarto a la una y media. Después, nunca más me incluí en un partido, salvo aquel día en Camagüey.

Transcurría 1974. Se celebraban los Juegos Juveniles de la Amistad, con equipos balompédicos de todo el campo socialista. A alguien se le ocurrió convocar un duelo entre los entrenadores y los periodistas. Y de pronto me visten de defensa lateral derecho. Y ahí viene al ataque el viejo Germán González. Es una roca rodante. Yo debo ser el muro. Se mueve a la derecha. Ahora a la izquierda… Se me va. Apenas veo el balón. Me canso… Qué pasa. ¿Un terremoto? La cancha se pandea. Me deslizo por la hierba. Me alzan. Y oigo al médico del estadio decir algo así: Si no fuese tan joven, habría sido su último partido.

Y Joaquín Ortega, Miguelito Hernández, Juanito Moreno –y otros que no logro precisar- saben que la única crónica que yo nunca pude escribir, fue la de esos tres minutos cuando quise protagonizar el juego que habitualmente reseñaba desde las barreras. Seguí por un tiempo escribiendo de fútbol. Pero con temor. Mi crédito se habría ido a las duchas, si mis pocos lectores se hubieran enterado de que aquella mañana no llegué a tocar el balón. (Del libro El día en que me mataron y otras cróncias en primera persona)

 


DE SEGUNDA MANO

DE SEGUNDA MANO

Por Luis Sexto

Las librerías de segunda mano se emparientan con  almacenes pujantes, muestrarios de sorpresas, reunión de  milagros donde lo viejo reaparece como nuevo para quien ignoraba su existencia. Lo descubrí cuando, muy joven, en ciertas tardes me echaba a las calles de La Habana con la inquietud casi inconsciente de ver, oír y vivir de los aires del pueblo y de la historia. Llegaba, con cierto recurrencia a Canelo, muy cerca del templo gótico de los jesuitas en la calle de Reina,  ancha y democrática calle que viene desde los fraternos bancos de los parques, ensanchándose en las aceras, cediendo al peatón el palio que no perteneció jamás a monarca tan clemente y dadivosa y que parecer estremecerse cuando en los Tres Centavos, a precio tan barato, compra el cielo que como un patio, allí en el empalme con Salvador Allende, se rebaja a hablar con la ciudad.

  Las sorpresas eran múltiples en esos tiempos, porque en el hurgar casi hipnótico además de libros, tropezabas con Labrador Ruiz,  Núñez Olano o Luis Gómez-Wangüermert,  tan abstraídos como tú.

En las librerías de viejo he visto el título insólito, ese que nunca esperabas encontrar, como El Papa Borgia, de Ferrara, hábil para clarear apócrifas cloacas de la historia europea, o Ariel o la vida de Shelley, de André Maurois. O abres, más bien por hábito, un ejemplar que ya leíste y encuentras anotaciones manuscritas un tanto injustas sobre el autor que, además de reconocido poeta, es amigo tuyo.  

Vas de asombro en asombro, de tentación en tentación. Y compras este, aquel, y también el del amigo, porque quieres protegerle el crédito, impedir que alguien más conozca aquellas opiniones dictadas, según el tono predominante, por la intolerancia. O la ignorancia ilustrada. Aún lo conservas. Pero has llegado a pensar que quizás el gesto de abnegación del bolsillo no era imprescindible. Uno, aunque no quiera, escribe para que otros lean y luego piensen o digan... cualquier cosa. Es riesgo del escritor y derecho del lector.

Las sorpresas pueden variar. Y un día de pronto te llama al periódico un lector e informa que un revendedor, uno de los que tienden sus ofertas en una acera, tiene  en su inventario un libro dedicado por Waldo Medina a una persona con tus señas. Le respondes que nunca te has desprendido de un texto que Waldo te hubiera dedicado. Tal vez –sugieres- pensó entregármelo y la muerte se adelantó. El lector te recomienda que vayas rápidamente o podría el librero venderlo, así, con tu nombre escrito en la letra desparramada de aquel abogado y periodista que, en la Cuba previa a 1959, mereció el título de Juez del pueblo por sus fallos contra los garroteros y los casatenientes.

Y una nueva sorpresa se adhiere a las demás. Porque te diriges a la esquina donde se acuestan los anaqueles del revendedor, junto al cine Yara. Y descubres que Obdulio es mucho más que un tratante. Luego de conocerlo, te percatas de la sensibilidad con la cual organiza y opera su negocio. Le das una vuelta cualquier tarde, y el saludo que te tira es un “qué estás leyendo”. De modo que enseguida comprendes que comercializa sus libros después de haberlos leído. Y lamentas que no todos los libreros sean iguales o parecidos a Obdulio, porque paseas de un lado al otro, mirando, hojeando, sopesando, y ninguno de los empleados de la librería se interesan por lo que buscas, ni intentan proponerte un título reciente, del cual quizás no sepan ni el nombre del autor. Y acostumbrado a creerlos simples custodios o cobradores, te extrañas cuando alguien desanuda la norma, como Miguelito, que fue administrador la librería de Monte y Cárdenas. O aquel español en la librería Las Américas, en Montreal, Canadá.  Me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar lo que mis preferencias deseaban. Entre mis manos, tres libros ya sumaban algo más de 30 dólares, y le dije: deje, deje, que si me ayuda me va a  dejar sin el dinero sagrado de la comida. En esencia, el librero ha de ser un persuasivo promotor de la lectura.  

El libro dedicado por Waldo de modo tan original en la página 118, se titulaba Dos novelas de Macondo. El viejo, sabio de múltiple ciencia, quería tal vez influir en mi formación, pero olvidó entregármelo o murió antes, y alguien, tras su muerte, lo llevó a alguna librería de segunda mano. El ejemplar, por cierto, estaba sucio y estropeado. Obdulio, al saber que yo era el autor de las crónicas dominicales en JR quería regalármelo. Y le propuse una transacción justa. En mi subdesarrollada biblioteca figuraba esa edición. Cuidada. Limpia. Y se la di a cambio.

La memoria de Waldo merecía rescatar su dedicatoria. Aunque cuando me muera, ese libro, junto con el de mi amigo poeta, tachado de insultos, tal vez volverá a Obdulio. Y quién  lo encontrará sorprendiéndose de que en las librerías  de viejo reaparezcan las cosas como si fuesen nuevas.  

 

DOS POETAS EN CASA

Por Luis Sexto

Dos poetas tocaron casi a la par en mi puerta. Llegaron por medios indirectos: en conserva, comprimidos, empapelados. Y además de haberlos atendido en la sala de casa, les daré más cordial, tal vez más cabal, cumplimiento en esta columna, prolongación periodística de mis afectos y secretos.

No es muy fatigoso aprehender este misterio de visitantes virtuales. Recibí sus últimos libros. Y quién que recibe un libro no acoge también a un hombre o a una mujer. Los leí en mi sillón habitual. Uno después del otro, sin que el orden implicara una preferencia. Me explico. No los leí en retahíla, compitiendo con el reloj. La poesía –y dudo que alguien no lo sepa- es lectura morosa, degustable en la pronunciación en voz alta de los versos más sugestivo, o en la relectura inmediata del poema más rotundo, tierno, armónico.

Lo que puedo asegurar ahora es que leí poesía. No su remedo picoteado en renglones irregulares, envuelto en subterfugios librescos. La poesía, si no un misterio, sigue siendo una escurridiza definición. Nadie la ha sometido para siempre a un concepto inalterable. Muchos lo han pretendido desde cuando el abate Brémond echó a la mesa redonda de la Academia Francesa –si mi memoria no confunde los datos-, una pregunta capciosa: “¿Qué es el fin la poesía?” Y podríamos hilvanar una útil cuanto curiosa colección de aproximaciones, pasando obligatoriamente por aquella del fino Gustavo Adolfo Bécquer de “poesía eres tú”. Prefiero, entre tantas, una que emitió el investigador y académico ecuatoriano Miguel Sánchez Astudillo en su ensayo ¿Qué es al fin la poesía? Es –definió- la “expresión de lo más humano del hombre”. Expresión que no incluye la sonoridad hueca, la palabra convertida en una cañabrava florida.

Y tal vez sobra decir que lo más humano del hombre late, respira en los libros de estos dos poetas de los cuales empecé a escribir: el colombiano José Luis Díaz Granado y el cubano Luis Lorente. Lo más humano del hombre: la ternura, la sinceridad, la conciencia adolorida, la nostalgia, lo perdido, el deseo inasible. Todo ello se nos aparece al leer Colombia ausente, y Esta tarde llegando la noche, premio del penúltimo concurso de la Casa de las Américas.

Díaz Granado, a quien leemos los domingos en el semanario Orbe de Prensa Latina -en Colombia es reconocido periodista, poeta y narrador-, escribe, siente, los tironeos de la patria distante. Habita en el exilio. Y para el poeta el exilio es “…un amor de locos/ muy sereno, muy cuerdo.”  Y hurgamos en su desgarrón de desterrado, porque “Cada mañana cuando despierto dibujo/ mi casa, calle mía, mi amigo, te estoy viendo:/ mi cerro de postal cincuentenaria…” Garabatos que murmuran y repiten que el exilio “Es una camisa prestada/ que nos queda grande/ o chica,/ pero nunca a la medida”. Y luego rectifican: el poeta ha nacido “otra vez, no hay tierra ajena”.

Los poemas de este libro de Díaz Granado fluyen en un espíritu doméstico, coloquial o soliloquial, con la certidumbre del que va dejando su más humana pobreza en las palabras que le traen la riqueza de estar vivo. En lo hondo.

Luis Lorente, en opuesta situación, vive en su tierra. Pero también en su libro se huele el “exilio” habitual del poeta. Los recuerdos, los sueños invocan otra tierra, tal vez la última tierra del que se va quedando cada día en lo que fue. Las cartas que el poeta recibe “versan sobre la apoteosis/ que hemos vivido juntos estos años/ en medio de la niebla inconfundible/ y el fuego aquí en los ojos dibujado.” Vuelve atrás. “Una masa de aire comienza a transcurrir/ de tarde en tarde y de nostalgia muero./ El noble dinosaurio, guardián de los tesoros/ de la casa me mira padecer sentado/ al lado de la puerta abierta por donde ayer pasó…” Y ve el poeta “cómo los años caían una noche/ sobre ti, sobre mí, sobre los techos/ que fulminan las aguas, sin precaución,/ sobre la faz del breve mundo nuestro.”

Ambos poetas –creo que no se conocen personalmente- llegaron juntos a casa. Uno, como Díaz Granado, con una música más velada, subterránea, y Lorente más insular, más abierto, más rítmico en su diversidad estrófica. Ambos arden en la misma fogata interior. Queman. Y ambos son poetas, porque, a más de expresar lo más humano del hombre, de todos los hombres, usan una voz única y distinta. Como si cada garganta fuese la del primer día del mundo.

 

 

DE SEGUNDA MANO

DE SEGUNDA MANO

Por Luis Sexto

Las librerías de segunda mano se emparientan con un muestrario de  sorpresas. Una veces aparece el título viejo, ese que nunca esperabas encontrar, como El Papa Borgia, de Ferrara, hábil para clarear apócrifas cloacas de la historia europea, o Ariel o la vida de Shelley, de André Maurois. O abres, más bien por hábito, un ejemplar que ya leíste y encuentras anotaciones manuscritas un tanto injustas sobre el autor que, además de reconocido poeta, es amigo tuyo.   

Vas de asombro en asombro, de tentación en tentación. Y compras este, aquel, y también el del amigo, porque quieres protegerle el crédito, impedir que alguien más conozca aquellas opiniones dictadas, según el tono predominante, por la intolerancia. O la ignorancia ilustrada. Aún lo conservas. Pero has llegado a pensar que quizás el gesto de abnegación del bolsillo no era imprescindible. Uno, aunque no quiera, escribe para que otros lean y luego piensen o digan... cualquier cosa. Es riesgo del escritor y derecho del lector.

Las sorpresas pueden variar. Y un día de pronto te llama al periódico un lector e informa que un revendedor, uno de los que tienden sus ofertas en una acera, tiene  en su inventario un libro dedicado por Waldo Medina a una persona con tus señas. Le respondes que nunca te has desprendido de un texto que Waldo te hubiera dedicado. Tal vez –sugieres- pensó entregármelo y la muerte se adelantó. El lector te recomienda que vayas rápidamente o podría el librero venderlo, así, con tu nombre escrito en la letra desparramada de aquel abogado y periodista que, en la Cuba previa a 1959, mereció el título de Juez del pueblo por sus fallos contra los garroteros y los casatenientes.

Y una nueva sorpresa se adhiere a las otras. Porque te diriges a la esquina donde se acuestan los anaqueles del revendedor, cerca del Yara. Y descubres que Obdulio es mucho más que un tratante. Luego de conocerlo, te percatas de la sensibilidad con la cual organiza y opera su negocio. Le das una vuelta cualquier tarde, y el saludo que te tira es un “qué estás leyendo”. De modo que enseguida comprendes que comercializa sus libros después de haberlos leído. Y lamentas que no todos los libreros sean iguales o parecidos a Obdulio, porque paseas de un lado al otro, mirando, hojeando, sopesando, y ninguno de los empleados de la librería se interesan por lo que buscas, ni intentan proponerte un título reciente, del cual quizás no sepan ni el nombre del autor. Y acostumbrado a creerlos simples custodios o cobradores, te extrañas cuando alguien desanuda la norma, como Miguelito, que fue administrador la librería de Monte y Cárdenas. O aquel español en la librería Las Américas, en Montreal, Canadá.  Me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar lo que mis preferencias deseaban. Entre mis manos, tres libros ya sumaban algo más de 30 dólares, y le dije: deje, deje, que si me ayuda me va a  dejar sin el dinero sagrado de la comida. En esencia, el librero ha de ser un persuasivo promotor de la lectura.  

El libro dedicado por Waldo de modo tan original en la página 118, se titulaba Dos novelas de Macondo. El viejo, sabio de múltiple ciencia, quería tal vez influir en mi formación, pero olvidó entregármelo o murió antes, y alguien, tras su muerte, lo llevó a alguna librería de segunda mano. El ejemplar, por cierto, estaba sucio y estropeado. Obdulio, al saber que yo era el autor de las crónicas dominicales en Juventud Rebelde quería regalármelo. Y le propuse una transacción justa. En mi subdesarrollada biblioteca figuraba esa edición. Cuidada. Limpia. Y se la di a cambio.

La memoria de Waldo merecía rescatar su dedicatoria. Aunque cuando me muera, ese libro, junto con el de mi amigo poeta, tachado de insultos, tal vez volverá a Obdulio. ¿Y a quién se lo regalará?