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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

CRUCIFICADO ENTRE EXPLOSIONES

CRUCIFICADO ENTRE EXPLOSIONES

Luis Sexto

Como res al bebedero recurren las imágenes de aquella turbamulta desfilando por una calle que  llamábamos Paseo -transversal y ancha-, y también los faroles chinos, forrados de papeles transparentes azules, rojos, verdes: vertiginosos círculos parpadeantes en la luz inestable de una vela.

En mi pueblo celebrábamos las parrandas con la misma intensidad comunitaria en el color, la música y el estruendo que en Remedios. Cada año todos los vecinos de los dos barrios, Los Mangos y La Loma, se atareaban secretamente en la confección de carrozas y luminarias  para salir  a competir entre sí y asombrar al contrario con el exceso y la originalidad de la fantasía colectiva, sin participación de instituciones oficiales. Vi construir en locales cerrados los artilugios que iluminarían las calles, y vi también el almacenamiento secreto de la pirotecnia –voladores y fuegos de artificio- que  clausuraría los festejos en un duelo de explosiones... 

 Por ello me auto proclamo remediano, aunque ello sea una verdad a medias. Nací en uno de los barrios municipales de Remedios, a 15 o 20 kilómetros aproximadamente. Pero en  la parroquia de la cabecera –donde hay una imagen de la Virgen María en gestación, quizás la única en el mundo- me bautizaron, y mi madre se casó con papá ante el mismo altar donde un tío abuelo materno, fraile franciscano, había rezado sus horas.  Y si alguien me lo prohibiera, o me negara el derecho a sentirme remediano, le opondría otros argumentos que presumo incontrovertibles.

Pertenezco a Remedios, en suma, por su cultura que colorea a poblados cercanos, incluso a localidades más alejadas e insertas en otras jurisdicciones. Y porque tengo en la sensibilidad la huella mohosa e inhibida de sus calles casi tan antiguas como el deslumbramiento de Colón al mojarse las sandalias en las playas de Cuba; calles y callejones por momentos trazados según las curvas que un beodo hubiese  estaqueado en su regreso a casa, y que  recorrí a paso azorado de la mano de mamá. Y, en particular, soy remediano por un trauma que se ha erigido en fracaso profesional de ciertos psicólogos.

Las parrandas condicionaron  esa razón patológica.

Eso, que hoy puedo llamar la artillería, era primordial y decisivo episodio. Las parrandas comenzaron por el ruido. Aquel cura de  principios del XIX en San Juan de los Remedios, no halló  solución más atinada a su conflicto pastoral que estimular la generación de ruido entre los niños de la parroquia para despertar a los fieles que, remolones o menos devoto, no asistían a las misas de aguinaldo, convocadas para el amanecer desde el 17 al 24 de diciembre. Y la muchachada arrastraba al trote cacharros, y golpeaba metales, y gritaba,  de modo que el sueño de la prima mañana se espantara. Y a misa. Qué remedio... en Remedios.

Las parrandas, año tras año, fueron divorciándose de su origen litúrgico, y se transformaron en esa festividad de los 24 de diciembre  en la que predomina la fineza, el torneado artístico de carrozas y esculturas de plaza, de cartón y madera, que lo mismo  remedan la Torre Eiffel que la de Babel, un castillo de Las mil y una noches que el Empire State. Y la música dispara viejas reminiscencias europeas mezcladas con el embrujo percutiente de lo afro. Pero el ruido primigenio subsiste perpetuado en el estruendo de los artificios de la pólvora cuando los barrios de El Carmen y San Salvador, gavilán y gallo, se baten en una contienda de bombazos de salva.

Aquella vez mamá y papá eligieron para presenciar los festejos una casa amiga situada en el medio de las baterías artilleras de La Loma y Los Mangos, en mi pueblito de General Carrillo. ¿Habrán sido esas mis primeras parrandas? Recuerdo vagamente que las explosiones resonaban en mi pecho como si me lo comprimieran. Atosigado por el humo del bombardeo, apenas pude asombrarme ante el cielo punteado de chispas que caían como estrellas despedazadas. Al llegar a casa, el termómetro casi estalla. Y el niño quedó crucificado entre explosiones. A partir de ahí nunca he podido saber que algo va a estallar. Puede hacerlo de improviso. Mi reacción es normal. Pero que yo no lo sepa, que no me avisen, porque  me embalaría en una carrera caótica, pregonando con mi desenfreno que soy el más chamuscado por el esplendor de la cultura de Remedios, ese pueblo que, no siendo el mío, es como si lo fuera.

 

POETAS EN PELOTA

POETAS EN PELOTA

Luis Sexto

A propósito de la conmemoración, aún discutida, del primer juego oficial de beisbol en Cuba, el 27 de diciembre de 1874 en el Palmar de Junco, Matanzas.

Una vez confesé que no soy filósofo ni del béisbol. Y si quizás  una cafetera mágica me facilitara serlo, nunca me avendría a especular sobre la pelota. Ni siquiera a reportarla. Porque cuando ejercí como cronista deportivo al principio de mi ingreso en el periodismo, me negué a inmiscuirme en sus interioridades.

El argumento para defender mi resistencia a escribir de béisbol era sencillo, casi irracional. En Cuba –alegaba- todo el mundo sabe de pelota; uno más sobra. Y de ese parapeto nadie pudo desplazarme. Y reconozco, en cambio, que me gusta, tanto que muchas tardes, en aquella época cuando yo era soltero y descontrolado, del trabajo salía para el estadio. Jugar pelota, presenciar un juego, equivale a  un acto de identidad cultural: un marbete de cubanía. Hasta Julián del Casal, melancólico, reconcentrado poeta, que vivía “en medio del cansancio de mis días”, en una fobia de entretenimientos mundanos, escribió sobre béisbol. Al menos comentó un libro de crónica beisbolera, en el periódico La Discusión, en 1889.

El volumen, más bien un folleto, portaba el nombre de Wenceslao Gálvez y exhibía las uñas largas y afiladas de este autor, novelista y periodista provisto de jocoso, irónico ademán, que además jugó como short stop del club Almendares y ganó la corona de bateo en la campaña 1885-1886. De El baseball en Cuba Casal aseguró que resaltaba por lo “sencillo, empapado de sana alegría y escrito al correr de la pluma”;“muy bien presentado en párrafos sencillos, desnudo de galas retóricas y salpicado de chistes originales”.

Por “Wen” Gálvez sabemos que el béisbol fue un flautista de Hamelin: con el swing del bate arrastró a los estudiantes, que escapaban de las aulas para jugarlos; dispersó por la atmósfera de calles y cafés nuevos nubarrones de polémica, y en la glorieta del Almendares Park apiñó centenares de gritos que, según los historiadores más exagerados, podían haber inquietado a la entonces guarnición española del Castillo del Morro, como inquietaron al Capitán General Francisco Lersundi años antes. Este mandón dictó un bando el primero de octubre de 1868, prohibiendo el juego de pelota en toda Cuba, por ser "un juego antiespañol y de tendencias insurrecionales, contrario al idioma y que propicia el desamor a España".  La supresión, según las fechas, se eliminó rápidamente,porque,como sostienen historiadores matanceros con un almacén de argumentos -contrariamente a otros criterios de diversos parajes en Cuba-  que en 1874 se jugó el primer partido oficial en el Palmar de Junco, entre peloteros de La Habana y de Matanzas. Quizás la polémica actual pueda alcanzar un punto de coincidencia si se le atribuye a ese primer "juego oficial" el participio "difundido" o "divulgado", como propone el reconocido cronista de deportes Elio Menéndez.

El baseball en Cuba compone un documento primordial para conocer, entre otros aspectos de su historia, el revuelo y el revolico  que la pelota armó en La Habana durante las tres últimas décadas del siglo XIX. Pero no es el único texto con tales páginas de sucesos. Es decir, si las polillas convocaran un banquete con los ejemplares disponibles del libro de Gálvez, quedaría otra obra que, con síntesis y gracejo, aportaría elementos suficientes para siluetear ese lío de masas suscitado por la pelota.

Se trata de un poema. Y el autor, un poeta de menor rango que el modernista Casal, pero culto y reconocido por sus dos volúmenes intitulados Versos y Punto y final. Se llamaba Mariano Ramiro, andaluz criado en Cuba, de oficio tipógrafo, a quien sus contemporáneos respetaban, en particular, por su honradez. Escribió el poema en doce décimas, y lo nombró: "El baseball, jerigonza bilingüe". Por lo visto, no tuvo otra intención que retratar festiva y satíricamente al nuevo deporte, procedente de los Estados Unidos, y fustigar a quienes se apegaban demasiado a los usos norteamericanos. Es decir, el enfoque cambiaba: ya el béisbol no era antiespañol, sino anticubano.

Reproduzco algunos versos. “Tiene la gente devota/ del bullicio y la alegría,/ por la pelota manía/ y no suelta la pelota./ Suda el quilo gota a gota/ por beisbolero interés,/ y conozco a más de tres/ que llevan su frenesí/ hasta no entender el sí/ como no le digan yes.”

Y termino con esta décima. “Muchas lindas habaneras/ sienten del juego el contagio/ y hacen amoroso plagio/ de las luchas peloteras./ Al que en frases plañideras/ les declara su pasión/ y quieren meterse  en jom/ sin sacramental detalle,/ lo ponen out en la calle,/ y mamá le da el scon.

 

 

 

 

TRES MINUTOS

TRES MINUTOS

 

Por Luis Sexto

El 11 de diciembre de 1911, se jugó el primer partido oficial de fútbol en Cuba,entre el Sport Club Hatuey (formado por cubanos y españoles) y el Rovers Athletic Club (compuesto por ingleses, escoceses, irlandeses y galeses). Escenificado en el desaparecido Campo Palatino, en la capital, el tope terminó con un solitario gol de Jack Orr, capitán del Roverts. En ese propio año se fundó la Federación de Fútbol de Cuba y se jugó la primera temporada en el parque Almendares, de La Habana.
Reproduzco esta crónica como homenaje a aquellos pioneros.

Hace años escribí de fútbol. Y lo reclamo como un mérito. En un país donde todos sus habitantes redactan anualmente, entre gritos y polémicas, sus reseñas y manuales de béisbol, el que se dedica a ver, juzgar y escribir de fútbol es una especie rara, casi insólita. Con muy poca compañía.

Yo he estado habitualmente en minoría. Así he vivido. Y no me quejo. He aprendido a hablar o escribir para los pocos interesados en cuanto digo o escribo. De modo que, queriendo ser periodista, me deshollinaron un espacio en el semanario deportivo LPV, en 1973. Y cuando me preguntaron qué deporte podrían asignarme como obligación reporteril, enfaticé que yo prefería introducirme entre las redes del balón. Algo sabía. Y algo más aprendí asesorado por un amigo, más bien hermano, por quien mantengo en vigilia sentimientos de gratitud. Oscar Monroy –y sus hijos agradecerán la mención de su padre- educó mi percepción balompédica desde la cancha de su experiencia como comisionado nacional de fútbol y luego funcionario en la propia Comisión.

¿Por qué elegí el fútbol para estrenarme como cronista deportivo? Tal vez por la misma razón que más tarde me incorporé el ciclismo. Por su interés humano. O por su demanda de generosidad y abnegación al establecer que la pelota sea manipulada con los pies, las piernas y la cabeza, los miembros menos aptos. El fútbol posee, para mí, una sustancia mística. Propone en su esencia la semilla de un ideal de perfección que, traducido en mito y quimera dominical, es ejercicio de voluntad y cátedra de colectivismo bajo el estímulo del rito multitudinario más antiguo: el alarido.

Antes de componer mis primeras cuartillas sobre este deporte –aquellas de agosto de 1972, durante los Juegos Escolares Nacionales, entonces toda una fiesta numerosa y bullente-, yo había leído una antología de textos literarios sobre el fútbol, firmados por poetas y escritores que no esquivaron el atractivo de hurgar en el misterio que subyace en la gloria efímera de un gol, el encantamiento de una finta, un drible, o en la pasión del jugador que, cuando pierde, siente que se pierde a sí mismo.

Albert Camus baja de las cimas de El extranjero, se mete en una cancha, evoca su juventud y asegura que todo cuanto sabe sobre la moral y las obligaciones humanas se lo debe al fútbol. Vertiginoso como el rodar de una pelota, un poema de Thiago de Mello cuenta la niñez del poeta, cuando llevaba “El sol en los pies peleando en un baile fraternal”. En esos versos el fútbol es “dolor y fiesta: / la perfección dormida/ sobre el pecho del pie/ de repente se yergue/ y se cumple y florece: es el corazón viajando/ por el trayecto del sol en el viento/ la delicada esfera, la indomable, la rosa”.

No lo niego. El fútbol me sedujo principalmente mediante la emoción de los poetas. Lo había jugado en mi adolescencia, entre los salesianos que nos exigían, sin la ventaja de la réplica, el ajetreo físico desde la una menos cuarto a la una y media. Después, nunca más me incluí en un partido, salvo aquel día en Camagüey.

Transcurría 1974. Se celebraban los Juegos Juveniles de la Amistad, con equipos balompédicos de todo el campo socialista. A alguien se le ocurrió convocar un duelo entre los entrenadores y los periodistas. Y de pronto me visten de defensa lateral derecho. Y ahí viene al ataque el viejo Germán González. Es una roca rodante. Yo debo ser el muro. Se mueve a la derecha. Ahora a la izquierda… Se me va. Apenas veo el balón. Me canso… Qué pasa. ¿Un terremoto? La cancha se pandea. Me deslizo por la hierba. Me alzan. Y oigo al médico del estadio decir algo así: Si no fuese tan joven, habría sido su último partido.

Y Joaquín Ortega, Miguelito Hernández, Juanito Moreno –y otros periodistas y fotógrafos que no logro precisar- saben que la única crónica que yo no pude escribir, fue la de esos tres minutos cuando quise protagonizar el juego que habitualmente reseñaba desde las barreras. Seguí por un tiempo escribiendo de fútbol. Pero con temor. Mi crédito se habría ido a las duchas, si mis pocos lectores se hubieran enterado de que aquella mañana no llegué a tocar el balón. (Del libro El día en que me mataron y otras crónicas en primera persona)

 

LLEGADA TARDÍA

LLEGADA TARDÍA

Luis Sexto

Una página de juventud

Las charlas de mis compañeros, las imágenes eróticas del cine y el insolente cachumbambé trasero de las criollitas que ya Wilson estaba por descubrir en el semanario Palante, empezaron a entretener mi audacia. Vete, me decían, como en el poema de Amado Nervo, cuerpo y alma al par. Contente, replicaba el custodio de mi libertad impuesto desde la niñez por una educación religiosa que entonces por laberínticas tergiversaciones convertía en ácido lo más humano de la gente.

Un sábado, al fin, ganó la cicuta.

Regresé del trabajo al atardecer, tras cinco días hospedado en un barracón tan viejo como el siglo. Por aquellos años en el país empezaba a repartir una justicia nueva, y a los 18 yo tenía un empleo en un ingenio azucarero de Artemisa. Lejos de la capital. Pero la distancia era también un regalo con su posibilidad de conocer, de crecer valiéndome de mi libérrima capacidad para andar y decidir.

Esa noche, sin embargo, la propia Revolución que tanto me había dado, me “quitaría” algo. Ahora no lo lamento. Me alegro. Porque me introduje naturalmente en el supremo misterio de la vida: sin comprar el acceso. Tuve que conquistarlo, merecerlo, en la liza incierta, desesperada, febril, del enamoramiento. Por influencia de una moral sustancialmente ideologizada creía que la adquisición mediante dinero de un intercambio amoroso, deterioraba la luz que despedía un beso. Aún lo creo, pero a los 18 años sostener ese principio reclamaba un camión de heroísmo.

En el central Eduardo García Lavandero -antiguo Pilar-, uno de mis compañeros de trabajo contaba sus visitas dominicales a una casa de esas, un prostíbulo, y yo, muy petulante, con la palabra reseca le dije una vez:

-A mí no me gusta el amor tarifado.

El, un tanto sin entender lo que este  niño fino decía, respondió:

-Ah, sí; está bien –y prosiguió el lúbrico relato cuyas peripecias me habían obligado a una declaración desganada, sin convicciones, pero también azuzaban los sentimientos de mi cintura, infatigables tironeos donde se mezclaban urgencias fisiológicas y necesidades líricas. Mis ojos soñaban con la figura esbelta, el rostro pálido y los labios rojos de Gudelia... aquella muchacha del ingenio por quien, al verla pasar y con el interés de hablarle, dejé un bistec de palomilla sin consumir en el restaurante artemiseño de Cabrera. A mi edad ese gesto era tan heroico como sujetar otros deseos.

Aquel sábado me vestí con inusual tiento. Alquilé un taxi. Lléveme con mujeres, pedí al chofer. Recaló en la calle Pajarito, en La Habana. Ahí tienes, me indicó. Me aproximé a la puerta. Había un miliciano con un fusil que meses después yo aprendería a reconocer como M-52.

-¿Que quieres? 

-Mujeres, claro.

Sonrió. Palmeó mi espalda.

-¿Qué pasa, compañero?

-No te inquietes; no hay nada malo en tu deseo.

-¿Nada?

-Bueno, es que llegaste tarde.

-¿Tarde?-apenas eran las ocho de la noche.

-Sí, muchacho. Tarde. El Gobierno Revolucionario los cerró hoy.

(Del libro Con Judy en un cine de la Habana y otras crónicas de la ciudad, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2006)

MI SECRETARIA

MI SECRETARIA

Por Luis Sexto

Mamá ha emigrado recientemente por segunda vez. No regresará más. La muerte, como esas tiendas que siempre tienen la razón, no admite devoluciones. Y yo, a solas con la noticia, confío en que tal vez la letra, exorcista  empecinada, pueda  mediante un acta de amor sustraerla de tan inapelable norma. Porque para hacer perdurable lo efímero, para eso, soy periodista.

Ella quería ser mi secretaria cuando lograra ese propósito. La recuerdo baldeando la cocina y sin apenas mirarme oyó mi descontento con el trabajo que en esos días realizaba. Tenía unos 18 años. Mi obsesión era escribir: la arquitectura de la felicidad se articulaba para mí en una redacción de periódico, aunque nunca había entrado en ese espacio todavía inimaginable por mi vocación, salvo cuando, oyente habitual de un programa de Luis Grau, en Radio Popular –emisora ubicada en Infanta o Ayestarán, que no preciso, muy cerca de la plazoleta de Carlos III- fui a conocerlo, con cierto atrevimiento, y vi una cabina de locución y trasmisión. De Grau, lo digo en su honor, conservo unas memorias muy agradecidas. Me le acerqué cuando, ya fuera del estudio al terminar su programa de música entonces llamada del ayer, hablaba con quien luego supe era el músico Joaquín Mendível. Grau me atendió con bondadosa cordialidad y en lo adelante nos hicimos amigos, si pudiera llamarse amistad a la relación de  un muchacho sin oficio y una avezada y culta voz de la radio. Pues, sí: fuimos amigos y alguna vez lo visité en su casa de 17 y 26, cerca del barranco por donde se baja a un barrio humilde a orillas del Almendares.

Mamá conocía de esa relación que fertilizaba mis sueños, y ahora escuchaba callada mis lamentaciones. Estábamos en la cocina. Me miró levantando la cabeza desde el piso que limpiaba en cuclillas, y como asegurándome el futuro cierto de mis proyectos,  me confió su deseo de ser mi secretaria cuando yo fuera un periodista famoso. Le dije que no, con la sorda prerrogativa de quien solo reconoce como únicos derechos los propios, y como deberes, los ajenos.

Con el tiempo, la pesadumbre derivó en llaga moral. Durante los primeros años de mi madurez, periodista ya un tanto envejecido, aunque no célebre, el fuetazo que hice restallar sobre la abnegación y el amor de mi madre, me dolía en toda la claridad de mi injusticia. ¿Cómo habría asimilado la urticante negativa de su hijo mayor? ¿Se le habría comprimido el corazón en tanto la pena se le transformaba en una piedra de cuarzo o en una perla oculta entre las valvas de su ternura herida?

Hacía años que había emigrado con el resto de sus hijos. Uno se había adaptado a saberla lejana, a sólo oír el día de mi cumpleaños su perseverante llamada telefónica. A fines de siglo, la desgracia hizo parada en nuestra familia. Y a los Estados Unidos llegué con mi hijo menor muy enfermo para intentar esa esperanza que llaman “lo último”. Al otro día volví a paladear la sazón de la cocina de mamá: tres décadas sin  el toque maternal de sus frijoles, la delicadeza del arroz desgranado, y tanta carne de pollo frita para aquel adolescente comilón desde la infancia. Luego, me levanté; fui a la cocina y  con el mismo inexplicable pudor que a veces me impidió besarla o decirle mamá, perdóname, le pedí el nombramiento que tan cruelmente le negué cuando aún no sabía de verdades inapelables como la muerte. Mamá, yo sé que ahora serás mi brazo más fuerte, mi líder, mi estrella en país extraño, y por todo eso ¿me dejas ser tu secretario? Ella comprendió y me abrazó; lloraba. Yo también. Y ahora estoy en paz.

 (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

BUSCO UNA GITANA

BUSCO UNA GITANA

 Por Luis Sexto

Discurriendo por esa franja de tanteo, duda, ilusión entre los 18 y 20 años,  un amigo amable, abierto como un padre, me recomendó irónicamente buscar una gitana para que averiguara el porvenir en las líneas de mi mano. Entonces la incertidumbre, la impaciencia y la desconfianza de mi autoestima juvenil en crisis, querían saber si las aspiraciones que paseaban por el camposanto de mi frustración, merecerían alguna vez el cuño del éxito.

Inútil consejo, le argüí. Nunca encontraré una gitana. Y fíjate qué ocurrencia. Cuando la tuve cerca, no me interesaron sus carismas adivinatorios, porque ocurrió siendo niño. En esa edad, el futuro era un sueño dormido, sin nombre, sin habitación. Sin frío ni calor. Después, ya no vi más gitanas, ni gitanos, en Cuba.

Pero en un tiempo vivieron su existencia errabunda en nuestra Isla. De pueblo en pueblo. Como lo cuenta la telenovela cubana que hace un tiempo aleló a los televidentes con sus intrigas triangulares, sus malos de cianuro y sus buenos en almíbar.

Mis recuerdos fijan la presencia de un campamento gitano quizás en 1950 o en algún año posterior. Levantaron las tiendas en el campo donde en mi pueblo jugábamos pelota. Y no noté ningún alboroto, ningún deslumbramiento de los vecinos ante lo insólito. Lo raro. Más bien el tránsito de los  nómadas, parecía ser una estampa recurrente, posiblemente en época de fiestas. Porque aquellas mujeres de faldas anchas, corridas más al sur de las rodillas, y con el pelo -negro al igual que los ojos- trenzado como soga, vendían su conocimiento del futuro como un artículo de feria. Se acomodaban señorialmente a la puerta de sus casas de lona y leyendo en tu mano o en una baraja ofrecían llevarte allí, donde la curiosidad, la duda o la esperanza punzaban por penetrar para oír, habitualmente, la descripción de un paisaje afortunado.

Los varones, en la explanada, te invitaban a ver sus artes de acróbatas, además de sus habilidades reparadoras de la cacharrería doméstica.

A dónde se marcharon los gitanos. A pesar de que a los 18 años empecé a recorrer a Cuba, nunca más los tope. Algún investigador ha  indagado sobre el polvo de los archivos o entre la gente, y descubrió que unos se integraron a la sociedad cubana y formaron familia después de 1959, y otros tal vez siguieron gitaneando tras una  punta de la estrella Polar, en el peregrinaje de los romíes, o los cíngaros, o los gypsis  -como también los nombran. El enigma ha acompañado a ese pueblo, aunque ahora sabemos con alguna certeza que proceden de la India y que su lengua, ágrafa, se deriva del sánscrito. Llegaron en el siglo XI a Europa cargando en sus carretas un pasado ciego y el apego a una libertad que para ellos solo tiene sentido en la provisionalidad del nómada y en la retraimiento comunitario de sus cultura y sus costumbres. La discriminación, forma de la intolerancia y la incomprensión, los ha enlutado, y la persecución hitleriana los diezmó, tanto o más, en términos comparativos, que a los judíos. Sin embargo, el cante jondo y el baile flamenco, de acuerdo con el poeta español Félix Grande, le agradecen una dosis de pasión, de ese vigor interno que exuda y quema.

Una vez quise imitar a los gitanos. Y leí la mano de una muchacha. No me introduje en el futuro. Columbré el pasado. Y acerté. Tanto que ella casi fallece de la impresión. ¿Soy muy lúcido, como me ha dicho una voz más lúcida que yo, o el pasado de una mujer puede ser también el de otras que he conocido?  Perdón. Saco mis pies de esas aguas. Y admito que todavía me interesa precisar mi futuro. ¿Llegaré a escribir bien? Si me leyera ahora, aquel amigo, cariñoso como un padre, y que fue obispo auxiliar de La Habana -Monseñor Fernando Azcárate y Freyre de Andrade- ante mi tozuda inseguridad volvería a recomendarme lo mismo que en mi juventud. Búscate una gitana y entrégale tu mano.

DÍA DE CICLÓN

DÍA DE CICLÓN

Por Luis Sexto

Crónica

Mientras las noticias muestran las cartas meteorológicas cruzadas por sucesivos, diversos y probables destinos para el primer ciclón del año, el ómnibus me deja en el sitio donde los Puentes Grandes terminan y la Calzada Real se bifurca con la acrobacia de casi siempre. 

Los siglos invocan en este barrio los preliminares vahos de la colonia. Aquí se asentó la Villa de San Cristóbal de La Habana  por segunda vez antes de saltar más al norte, junto a  los labios recoletos de la bahía. El agua de los ríos se podía beber. Ahora, bajo las cabriolas del Almendares, ya no se enjuagan los pañales de la Chorrera en los turbios reflejos de los tejados y las coloniales mamposterías. Se huele la contaminación del papel y la cerveza.

Me inclino sobre la baranda del puente mayor. Y no me excuso de evocar a las Borrero, familia de poetas, cuya casona se alzaba en el campestre poblado, tan cerca de La Habana para acudir en las urgencias y tan lejano como para guarecerse de las intrigas y miramientos de la ciudad. Por las rendijas aparece Juanita, tal vez, entre las hijas de don Esteban, la más sensitiva, trascendente en sus poemas y dibujos, prematuramente muerta y  enamorada del empedrado que recorrerá Julián del Casal descorchando agrios versos. Y el poeta, que para pagar comida y habitación dejaba en su buhardilla imágenes modernistas y japonerías celestes y se aplicaba a prosas de periódicos, escribirá del Conde Barreto, cuando en sus crónicas sobre la sociedad habanera se refiera a esa familia cuyo fundador murió en Puentes Grandes y el cadáver parecía ser velado en la casa palaciega de la calle de los Oficios en La Habana. Cuando los peones alzaron el féretro para enterrarlo en la iglesia del Espíritu Santo, lo notaron muy pesado: dentro solo había piedras…

Todavía durante los años primeros de la década de 1960, ante las ruinas de la casa solariega de Jacinto Tomás Barreto y Pedroso, dos perros de bronce, réplicas de su jauría negrera,  intentaban ahuyentar las memorias de la tormenta a cuyo impulso este noble de título, y cruel de actos, según los anales, emprendió una ruta aún secreta en la precaria chalupa de su ataúd, cuando el agua represada rompió los puentes y arrumbó casas y enseres en la noche aciclonada del 21 de junio de 1791.  Este meteoro se recuerda como el temporal de Barreto. Porque todo para que exista necesita un nombre, aunque no tenga tumba, ni lápida, ni estadísticas.

Dónde, podríamos preguntar, pondrán las cruces de sus víctimas los huracanes, los vientos plataneros, o los rabos de nube que de improviso se despiertan y alteran el curso cansino de los poblados o el ritmo atarantado de las ciudades. Veteranas de tantos ciclones, las  tierras fragmentadas del Caribe nos han legado necrologías patéticas, páginas horrísonas como en el Diario de Colón, primer asiento, inaugural modelo de un parte meteorológico. A qué feudo del diablo habré llegado, tendrá que haber dicho el Almirante, ciscado entre las aspas revueltas del huracán que describe el “Descubridor” en su bitácora.

Los partes por venir serán más técnicos, sobrios, impersonales. Pero en alguna madrugada oscura, la voz humedecida de un locutor llegará a los radiorreceptores de orejas en un texto catastrófico que informará sobre este o aquel pueblo y dirá con la precisión fotográfica de una imagen de Martí: “Ruina es hoy, lo que ayer era flor”.

Miro arriba sin que la filosa luz me obligue a poner la mano sobre los ojos. “Es luz fúnebre y sombría, / que no es de noche ni de día”, describe José María Heredia el huracán. Se acerca el ciclón y ya, para su llegada, no tendré que evocar aquel temporal indocumentado en el viejo patio de Barreto. Oiré crujir paredes y techos. Veré la ciudad como humeando por la lluvia. El poeta Luis Lorente nos los recordará más tarde: “Tú no viste a la noche consumarse/ ni al pino dar, contra el balcón, furioso,/ (…) todos se habían ido, / Cuba desierta, delirando afuera”.

 

 

EL PAISAJE EN BLANCO

EL PAISAJE EN BLANCO

Por Luis Sexto

El coche a oscuras y una luna abierta en toda su facultad de clarear la modorra de la tierra, me invitaban a mirar la sucesión de palmas aglomeradas en su tendencia al enjambre, de ceibas erguidas como siluetas misteriosas… Bruscamente, irrumpía el punto de luz de un bohío dejado atrás con la misma velocidad de su parpadeo, y seguía más adelante el topográfico discurrir del paisaje matizado por caseríos, puentes de hierro, cañaverales cubiertos por la trigueña floración de la madurez,  y potreros que se expandían como una postal difuminada en el viento.

A la poesía le agradezco haber sucumbido a la atracción del paisaje y de los trenes. ¿O será al revés? ¿Acaso empecé a leer versos por que me extasiaban las visiones globales del campo, y también por ello, viajar en tren ha supuesto para mí un episodio placentero? Desconozco si es un capricho o una neurosis de mi sensibilidad. Pero me parece que desde las ventanillas de ferrocarril, puedo rastrear el entorno natural con mirada interior, como en una travesía subterránea,  intracraneal. La carretera, en cambio, autoriza solo un contacto somero, bordeado, como de perfil. A distancia.

La poesía y la naturaleza se tratan desde los orígenes del canto y la imagen. La primacía en esa relación es más prontamente discernible que la del huevo o la gallina, el coco y su agua. El paisaje fue primero. Y ante él, o en disputa con él, brotó el poema. O el conjuro, pues la poesía empezó siendo un ritual con el que los poetas primitivos desmienten, ante la boca abierta de la actualidad, que el surrealismo –magnificada hazaña del lenguaje- no es una conquista, invento, hallazgo europeo del siglo XX, sino la prolongación de un antiquísimo descubrimiento tropológico. El colombiano Jorge Zalamea, en La poesía ignorada y olvidada  -uno de los premios buenos para siempre de la Casa de las Américas- cita al pigmeo africano cazador de elefantes: “La vianda que está ante ti, el trozo enorme de vianda/ que anda como una colina.” Y al esquimal que dicta contra la muerte: “Veo acercarse los perros blancos de la aurora. / Atrás, atrás: si no queréis que os unza a mi trineo.” 

Después, demás está citarlo, apareció Horacio con su Beatus ille, que traducido asegura que es feliz quien huye de la ciudad, y se muda al campo para cultivar la tierra alejado de ambiciones, guerras, intrigas callejeras. En España, Fray Luis de León retorna al idilio  horaciano, y escribe sus estrofas que, por leídas y recitadas, sus versos iniciales redondean casi un refrán: “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido...”

El paisaje físico de Cuba sedujo, en el siglo XIX,  a la mayoría de los viajeros extranjeros. No resistieron la esencia edénica de la naturaleza insular, plástica e inofensiva.  Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y la leyenda a la ciudad de Troya, confirmando de ese modo el carácter histórico  de la poesía épica de Homero, visitó a Cuba cuatro veces. En  una página de su diario de viaje apuntó la impresión de “hechizo y encanto” del paisaje. Y precisó: “No hay monotonía en ningún lado.”  Otros nombres: la poetisa norteamericana María Gowen Brooks, la sueca Fredrika Bremer,  los norteamericanos Abbiel Abbot y John G. Wurdeman…  Casi infinitas, por numerosas, son estas Impresiones que aparecen en unos 600 libros de viajeros que hablaron total o parcialmente sobre  el archipiélago cubano.

Antes que los pintores, los poetas fueron los primeros que repararon en la singularidad del paisaje de Cuba. Repito, con gusto, a Cintio Vitier y su libro Lo cubano en la poesía. Desde Espejo de paciencia, en 1605, los versos ayudaron al criollo a ganar conciencia autónoma con respecto de España: están en el lecho de nuestra independencia política. Al levantar la vista, el viajero redescubre que el paisaje aún existe, aunque la poesía actual ya no lo nombre explícitamente como aquellos versos de los siglos XVIII y XIX, en que las visiones naturales simbolizaban el embrionario sentimiento de la cubanía. Y existen, en particular, las palmas. Las palmas, el detalle más frecuente y sintetizador de la poética criolla y luego cubana. Árboles recurrentes que en la llanura o las laderas semejan sílfides guajiras con sus melenas echadas al viento en un vapuleo de aquelarre, de sainete mágico,  bajo el cielo purísimo que la nostalgia de José María Heredia vislumbró desde las cataratas del Niágara.  Palma,  “vegetal arquitectura”, según Ángel Gaztelu, y  palma que en voz de Gastón Baquero “detiene humildemente el cielo”.

Más de 80 especies de palmas endémicas proliferan en los campos de Cuba, pero ninguna destaca por su abundancia y esplendor como la palma real, la Roystonea regia de los botánicos. Regia, porque, altiva tal un monarca, solo el rayo puede alcanzarla cuando su tronco de palillo de dientes se dispara hacia arriba hasta 20 ó 30 metros. Y si el hombre llega a tocarle las hojas -tan largas como las aspas de los molinos del Quijote- para empenachar un bohío, o para cortar el palmiche o desenrollar la yagua, es a costa del riesgo de quien se transforma en un jinete del aire, retador e inerme.

Tanto dato elemental no pretende componer una versión comprimida de Cuba en la mano, el manoseado diccionario. Ha sido solo un desliz vegetalmente erudito. He hablado de poesía. Y sin embargo, a mi parecer lo más sensitivo, lo más entrañable escrito sobre la palma real, no lo concibió un poeta. Al menos, no un poeta en verso, pues los prosistas –tal vez los cronistas- lo son también en sus páginas de líneas llenas, cuando captan las esencias puras de un eco que retumba en el alma, como Alfonso Hernández Catá  al decir que junto a la palma la vida del hombre discurre mansamente. Pero quizás Anselmo Suárez y Romero –pedagogo y novelista del XIX- no haya  sido superado. En algún libro de lectura escolar  leímos primigeniamente  su estampa sobre los palmares. Quizás si hubiera que cifrarle un precursor a la crónica periodística cubana, lo sea Suárez y Romero con este y otros cuadros líricos sobre los valores paisajísticos de Cuba. La primera frase es de por sí antológica en su capacidad de provocar al lector. ”Hay un cosa en mi patria, que nunca me canso de contemplar.” Y antes de nombrarla, niega que sean presencias establecidas como la ceiba, la cañabrava, los naranjos, “nuestro sol, nuestra luna, nuestro cielo”. Y ese nuestro, dígolo de paso, ya entraña una intensidad creciente, un matiz distintivo de la conciencia que se va objetivando emotivamente por donde comenzó a expresarse: en la literatura. “Son los magníficos palmares –precisa- que suspiran perennemente en sus llanos y en sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira. (…) ¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!

Consecuentemente, la poesía, hoy, debería  ayudar a reconciliar a la sociedad con la naturaleza. Pero los poemas que actúen como pipas de la paz no abundan, aunque a veces el lector topa con un libro y unos versos como estos de la matancera Digdora Alonso: “¿Un árbol tuvo que morir/ para que mi brazo se levante?/ ¿Una bandada tuvo que interrumpir su vuelo?/  ¿Caminarán raíces por mis pies?/ ¿Un hombre perdió su corazón/ para que lata el mío?/ ¿De cuántos seres son los átomos que tengo?/ ¿De cuántas muertes estoy viva?”

Halla también el lector estas semillas de concordia en Samuel Feijoo: “Aprende la lección de la yerba, / echa tu hoja. / Ella ignora si aprovechará su trabajo/ y echa su hoja verde. / No se pregunta si vendrá el poeta / a cantarla, / a comer de sus verdes para dar esperanzas. / Si vendrán los amantes/ a reposar  sobre sus palacios. / Echa su hojita verde. / No sabe si la comerá el cordero/ o el diente  de la nieve. / No oye la palabra polvo, / no entiende  la palabra estéril. / Echa su hojita verde.”

El humo blanquecino de la bondad se difumina entre las siluetas que pasan y regresan poco después, mientras el tren  nos devela la arqueada geometría de un caballo o los flecos jacarandosos de las matas de plátanos, choteo vegetal de nuestros campos, que dijera Francisco Ichaso, olvidado ensayista, que alertó hacia los 1930s que los cubanos gustábamos tan poco del paisaje que ni  los escritores, con la salvedad de algunas letras, reparaban en él desde la ventana en blanco de una página.