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PATRIA Y HUMANIDAD

METIDOS EN EL HOYO

METIDOS EN  EL HOYO

Por Luis Sexto

Estuve esta semana metido en El Hoyo. En El Hoyo, sí, pero no porque, como en Cuba también expresa esta frase, tuviera dificultades más agudas que la mayoría de mis compatriotas. Leí un libro que se titula así: Metidos en El Hoyo, y acabo de salir de ese “hueco” que no es sino un barrio de Chaparra, hoy Jesús Menéndez, pueblo y antiguo gran ingenio, que tanto sufrió hace poco con el Ike, en el norte de la provincia de Las Tunas.

Si hemos de lamentar los daños causados por el huracán a esa  gente tan querenciosa y orgullosa de su localidad, hemos de felicitarnos porque el Ike –nombre con resonancias de dolor al pronunciarse en inglés- no arrastró, ni echó a los vientos las memorias de El Hoyo.

Omar Villafruela, hombre achaparrado –como de Chaparra, ¿no?- robusto y con movimientos juveniles en sus 60 años, escribió este libro, porque, aparte de su vocación literaria, que corresponde a su decisión personal, profesa una devota servidumbre a la historia de su lar. Y ese apego es como una característica de los habitantes de Menéndez o de Chaparra. En ese sitio se huele la identidad local, ese sentimiento sobre el cual se fundamenta el patriotismo. Cuba, en el interior de los cubanos –cubanos de verdad-  empieza siendo un batey, un barrio, un pueblo, una calle, una ciudad, hasta corporeizarse en la nación.

Libros como los de Villafruela son tan útiles como necesarios. Y me parece que, para promover su cristalización en palabras y formas, y para publicarlos, para que de verdad existan, surgieron las editoriales en cada provincia. El sello de Metidos en El Hoyo corresponde a Editorial Sanlope, de las Tunas. Cuando lo concibió y ejecutó, Villafruela no imaginaba la certeza futura del paso de Ike, ni de ningún otro desastre. Pero el escritor recogió sus memorias de El Hoyo, y las puso a resguardo de ciclones y candelas al escribirlo en un libro íntimo, personal, y que es a la vez colectivo, general.

Chaparra ha salvado en este volumen parte de sus costumbres, sus personajes, su vida pasada que, como ocurre casi invariablemente, es afluente de la vida presente. Y aunque literalmente podríamos decir que los habitantes del que fue, en un momento, el central mayor de planeta, quedaron “metidos en el hoyo” a causa de tantos golpes aciclonados, creo que nadie me considerara loco al decir que gente con tanto fervor por su patio pequeño, sabrán sacar a El Hoyo, y al resto de los barrios locales, del hueco. Así lo deseamos nosotros, que estamos un tanto fuera físicamente de aquel sitio y así lo quieren esos amigos míos –que todavía no he podido llamar- y los amigos de mis amigos, es decir, toda la gente de Chaparra.

Nacionalmente podemos alegrarnos de que la literatura de memorias se expanda en Cuba. Qué bueno que el pasado, los días vividos, pasados por la intimidad, por el lírico temblor del que evoca con el corazón, están enriqueciendo de capital subjetivo nuestra narrativa.

He sentido placer, gusto, leyendo estas prosas claras, correctas que hablan de otros tiempos y de la misma gente honrada y trabajadora de Chaparra. Villafruela, metido en El Hoyo, su barrio de la infancia y la juventud, es decir, de toda su existencia, manifiesta el empeño por preservar, depurar, pulir nuestra identidad mirándonos también en lo vivido… Quizás, dentro de 50 años, otro hijo de Chaparra – ¿un nieto o un biznieto de Omar Villafruela?- cuente de cuando, metidos todos en el desastre de un huracán con nombre en inglés, ciego e irracional como toda fuerza bruta, subieron a fuerza de brazos y uñas y solidaridad a la superficie del futuro mejor.

Al permanecer por unas horas allá en espíritu, dentro del barrio y sus peripecias antañonas no exentas de injusticias y angustias de aquellos tiempos idos del capitalismo cañero, uno piensa que leer Metidos en El Hoyo tiene su papel constructivo y creador.      

 

LA ERMITA DEL TIEMPO

Por Luis Sexto

El apellido del gobernador que mangoneaba en La Habana en 1555 se ofrecía rimable, dúctil, ajustable a la procacidad de una cuarteta satírica: Pérez de Angulo. Y si a ningún versificador se le ocurrió la estrofa que hubiera ajusticiado el prestigio del patrón colonial, fue por que todavía el choteo cubano no había insurgido aún como subproducto de la resistencia.

Tentaciones había entonces para la guasa a costa del mandón. Pérez de Angulo, como su grupa un mulo, se había volteado de… espaldas ante el pirata Jacques de Sores, fugándose a la zona aledaña –y ultramarina, decimos hoy ridículamente- de Guanabacoa, mientras el francés no dejaba tabla y yagua sin chamuscar en la incipiente capital de la Isla.

Desde ese momento en que sirvió del escondrijo a jefe tan previsor y cariñoso con su esqueleto, empezó a mencionarse a Guanabacoa en nuestra historia, de modo que a la llamada Villa de Pepe Antonio se le puede admirar por su antigüedad. Pero yo la admiro sobre todo por la autonomía de su entidad local. Tan próxima a la voraz y metropólica Habana y, sin embargo, tan típica, tan única, tan fiel a su origen y a sus cosas distintivas.

Esta semana viajé a la Villa. Y me le he acercado con la actitud de un vecino que reconoce los méritos del vecino colindante. Fui a rociarme los ojos con el asombro viajero del turista, del extraño en paraje propio, para que así la mirada fuese distinta, más escudriñadora, más al tanto de lo que vamos viendo. Con lo cual resulta que uno se transforma en un descubridor, tal vez en un Colón, un Humboldt.

Llevaba el propósito de conocer a conciencia clara la Ermita del Potosí. Tantas veces recorrí la carretera vieja –antaño prolongación de la Calzada de Luyanó, que partía de la intersección con la Calzada de Jesús del Monte, la contemporánea Esquina de Toyo- y nunca creí hallar relevancia en la iglesuca ubicada en el lado occidental del cementerio llamado viejo, aunque fue nuevo alguna vez. Previamente recuerdo una excursión superficial cuando estudiante, y una lectura en la que se citaba el epitafio de don Juan de Acosta, capitán de la maestranza del puerto de La Habana, allí enterrado, y que hace poco reproduje en estas crónicas como uno de los más originales textos de la epigrafía sepulcral de Cuba: Pasagero que oi me pisas,/ Párate a considerar/ Que has de venir a parar/ En ser como Yo, cenizas.

La Ermita recibió en 1997 la placa de monumento nacional, y en el mes de junio próximo pasado concluyó una restauración que exalta su modesta fisonomía arquitectónica a la altura de su dignidad museable. Diminuta, tímida, apenas sobresale en la cima del cerro del Potosí. ¿Qué ha pasado dentro de sus paredes de sillería para el empeño conservacionista o la consagración monumentaria como patrimonio del país? Pasar, quizás nada. Su mérito consiste en haber visto pasar…

Edificada 360 años atrás en terrenos del mayorazgo de Antón Recio, ha perdurado desde 1644, transitando de la madera a la piedra, del estilo sin estilo al estilo mudéjar, de la ruina a la resurrección. Víctima por momentos de la desidia. O de los palmetazos del viento: los ciclones de 1692, 1724 y 1846 la abatieron. Y otras tantas veces fue alzada, rehecha, o recompuesta en su deterioro, como un vigía de la historia, como un túmulo de las esencias de perdurabilidad e identidad de Guanabacoa.

Temprano en la mañana la visito. Me paro ante la losa de mármol son pulir donde don Juan de Acosta nos dicta –no sin cierta intención irónica- su alerta sobre la caducidad humana. Desde la puerta principal, trazada hacia el poniente, se siluetean los principales edificios de la capital, como a través de una ventana ante cuyo alféizar nace el verdor del campo. Al sur, la techumbre de San Miguel del Padrón y La Víbora. Al norte, empieza a trepar Guanabacoa. Y aquí, en el cerro del Potosí, cerca del cementerio que ordenó construir el Obispo Espada, el silencio. Inusitado. Casi inadmisible silencio. Como si fuera la voz del tiempo que a pesar de haberse ido, sigue pendiente de un reloj sin agujas. 

  

 

  

UN EPITAFIO QUE HACE TEMBLAR

UN EPITAFIO QUE HACE TEMBLAR

Por Luis Sexto

La muerte y su ámbito digestivo, los cementerios,  suelen teóricamente emparejar a todos los seres humanos; enfriar las rivalidades; liquidar las deudas… Ningún vecino estorba  a otros en el camposanto. Y ninguna persona viva necesita pedir anticipadamente una cita para detenerse ante cualquier tumba, haya sido de prohombre o de ministro, conde o guardia suizo; gerente bancario o general de la OTAN.  Pero la igualdad es aparente. En la ciudad de los difuntos también se empinan las jerarquías y la vanidad gobierna las conductas. Visite usted, por ejemplo, el cementerio de Colón en La Habana, ese jardín de unos 560 000 metros cuadrados donde desde los últimos 30 años del siglo XIX las ínfulas de clases que ya no existen en Cuba –nobles y ricos; pícaros y estafadores del tesoro público- exhiben el lujo inservible de las riquezas.

No negaremos que la necrópolis de la capital cubana refulge por el valor de muchos de sus sepulcros y bóvedas y de las esculturas que los adornan. En conjunto es un monumento, un reservorio plástico de mármol. Y también una permanente lección de las debilidades de la naturaleza humana, que aun en el polvo continúa aspirando al boato y la supremacía . En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.            

En otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes, casi especiales de vanidad. En  la Ermita del Potosí, en Guanabacoa -ciudad vecina de La Habana- se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa  iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.

Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notan bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad.  Sobre la losa se opaca una cuarteta que cobra a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado:  “Pasagero que oi me pisas,/ Párate a considerar/ Que has de venir a parar,/ En ser como Yo, cenizas.” Verdad que el mismo don Juan de Acosta olvidó al pretender seguir dando órdenes desde la tumba que  el peregrino inadvertido pisa para luego temblar  y finalmente sonreír ante la ocurrencia de un muerto que aún se cree vivo.

 

 

¿CERRAR O ABRIR?

Por Luis Sexto

A nadie se le recomendaría que, ante un ciclón, cerrara puertas y ventanas. Resultaría ofensivo. ¿Qué cree usted, que soy tonto? Así ripostaría cualquiera. Pero después que pase el ciclón habrá que abrir la casa También sobraría la sugerencia, al menos cuando hablamos de la casa física. Pero -ah, los “peros”, esos esgrimistas sacadores de sables- existen puertas y ventanas que más que con la vivienda, tienen que ver con la razón, el entendimiento, las actitudes y todo eso que no se toca ni se ve, pero se siente.

No es primera vez que hablo de esas aberturas mentales, morales. Ni será tampoco la primera que digo que algunos –cuántos, no sé- acostumbran a cerrarlas, incluso cuando las circunstancias exigen abrirlas, aunque fuese discreta y cautelosamente. Les ponen trancas aun después de haber pasado el huracán.

¿Quieren ejemplos? Recientemente, oí por la TV  cubana a un inspector del comercio decir que había cerrado un punto de venta agropecuario cuyo vendedor había subido los precios aprovechándose de la coyuntura de Gustav e Ike.  Bueno, si el operador del puesto no tenía licencia comercial, nada tengo que objetar, pero como no oí que lo haya aclarado en sus declaraciones, voy a asumir que lo cerró como castigo por la extorsión. Desde mi sillón comenté en voz alta, en una  irreprimible deformación profesional: ¿A quién castigó: al que subió el precio o a los que lo pagaban. Porque en momentos en que los productos del campo empiezan a disminuir en volumen, clausurar puntos de vista es perjudicar a los consumidores. De modo que si ciertos grupos de esa comunidad caminaban dos, tres cuadras, a partir del instante en que cierran el punto, tendrían que buscar otro, quizás más lejano.

Habitualmente lo aclaro: no quiero saber más que nadie; ni ejercer la crítica para demostrar independencia de criterio. Cumplo modestamente mi función de periodista, misión que suele repartirse entre “informar lo que pasa”  y “ayudar a entender lo que pasa”. A ello me atengo. Y siguiendo mi análisis podría exponer otro caso de puertas que parecieran cerrarse. En el proceso concerniente al Decreto ley 259, acerca de la distribución de tierras ociosas, puede preocupar particularmente el control. ¿Pero solo eso?

A mí, si alguien le importara saberlo, me preocupa sobre todo que esa decisión tan revolucionaria, democrática y oportuna no logre los fines para los cuales fue instrumentada. Por tanto, me parece que el lenguaje ha de ser distinto: el lenguaje del estímulo, la alianza, la solidaridad. Porque insistir de manera desmesurada en el llamado control, en vez de facilitar un proceso de promoción productiva y de crecimiento numérico y cualitativo de las fuerzas campesinas –esas que sean capaces de arar la tierra con las uñas, si es necesario-, consigamos dificultarlo. El control entre nosotros ha derivado, algunas veces, en presión limitadora. Y de su significado elemental de “estar al tanto” racionalmente de costos, gastos, productividad, disciplina, moral, legalidad, se ha pasado a encumbrar la restricción por encima de la finalidad.

Habrá que estar al tanto, sí, de que no se desvíen los fines pretendiendo defender “los principios”. Sí, desde luego, habrá que estar al tanto del que se comprometió a trabajar y se ha quedado abajo, o quiebra normas sanitarias o comerciales; estar al tanto no para “quitarle la tierra” de sopetón, sino, primeramente, para estimularlo; auxiliarlo en la solución de algún problema. ¿Resultaría excesivamente engorroso actuar constructivamente antes de decidir drásticamente?

Todo se reduce, en fin, a abrir puertas y ventanas mentales. Y con ellas abiertas ver realmente en qué país vivimos, cuáles son sus urgencias, qué necesita la gente. No se, en verdad. Pero más que poder restringir o limitar, me preocupa responder de manera creadora a las necesidades de la gente. Y ello no suena extraño: ha sido la razón de ser de la Revolución cubana y del socialismo. Creer lo contrario, aquí, en Cuba, equivaldría a dejar puertas y ventanas cerradas después que pasó un ciclón.  

 

 

 

 

 

LOS 88 AÑOS DE MARIO BENEDETTI

LOS 88 AÑOS DE MARIO BENEDETTI


Para el escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti, nacido el 14 de septiembre de 1920, en su libro "Testigo de uno mismo", recientemente presentado, revisa "la larga sucesión de cosechas" de "nuestra modesta vida" hasta "volver a ser semillas".

La obra fue presentada el 26 de agosto pasado en el Centro Cultural de España en Montevideo, Uruguay, con la lectura de varios de sus poemas a cargo de Silvia Lago, Elder Silva y Rafael Courtoisie, además de que el intérprete Daniel Viglietti cantó algunos de los sonetos de Benedetti que figuran en su repertorio.

"Testigo de uno mismo" es calificado como una suerte de testamento literario. El libro iba a ser presentado originalmente en Buenos Aires, Argentina, en abril pasado, pero la fecha se fue posponiendo debido a problemas de salud del autor. No obstante, actualmente trabaja en un nuevo libro, "Biografía para encontrarme".

Benedetti es autor de más de 80 libros de poemas, novelas, relatos, ensayos y teatro, así como de guiones de cine y crónicas de humor; ha sido merecedor de lauros tan preciados como el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Méndez Pelayo y el Iberoamericano José Martí.

Autor de una vasta obra literaria y poética que lo sitúa como uno de los intelectuales más prolíficos de Iberoamérica, comprometido con las causas sociales, el uruguayo que se consagró con la novela "La tregua" está festejando sus 88 años de vida.

Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia nació en Paso de los Toros, Departamento de Tacuarembó, República Oriental de Uruguay. Sus padres se llamaban Brenno y Matilde y por motivos económicos la familia se trasladó a Montevideo cuando él tenía cuatro años.

Así, inició sus estudios básicos en el Colegio Alemán de Montevideo, donde dio vida a sus primero poemas y cuentos. Debido a las restricciones económicas, Mario sólo pudo completar sus estudios secundarios como alumno libre.

Desde muy joven comenzó a trabajar como vendedor, taquígrafo, contador y funcionario público. El contacto tan temprano con el trabajo le permitió conocer a fondo una de las constantes que registra su literatura: el mundo gris de las oficinas burocráticas.

Entre 1938 y 1941 residió en Buenos Aires, donde trabajó para una editorial, sin dejar a un lado su pasión por la poesía y la novela.

De regreso a Montevideo, consiguió el soñado puesto de funcionario en la contaduría general de la Nación, pero cayó enfermo de tifus.

Estuvo dos meses con fiebres y diarreas que le ocasionaron la pérdida de 14 kilogramos. En esa dura etapa de su vida sólo lo animaba las visitas de Luz López Alegre, a quien conoció desde que eran niños y dedicó sus primeros poemas. Su entrañable amistad culminó en matrimonio, en marzo de 1946.

En aquella época, Benedetti se inició en el periodismo y formó parte del equipo del semanario "Marcha", la revista más influyente de la vida política y cultural del Uruguay y una de las más importantes de América Latina, la cual fue clausurada en 1974.

También dirigió la revista literaria "Marginalia", que duró hasta 1949, fecha en que pasó a formar parte del consejo de redacción de la revista "Número", al tiempo que publica el volumen de ensayos "Peripecias y novela".

De acuerdo con sus biógrafos, Benedetti publicó su primer libro de cuentos, "Esta mañana", en 1949, al que le siguieron los poemas de "Sólo mientras tanto". Su primera novela, "Quién de nosotros", apareció en 1953, y le siguió "Poemas de la oficina", publicado en 1956 y que fue una importante influencia para los poetas de su generación, sobre todo por el tono conversacional.

En 1957 viajó por primera vez a Europa, año en que inicia la Revolución Cubana, un hecho que marcó a todos los intelectuales latinoamericanos.

De igual manera, marcó el desarrollo literario y político del escritor uruguayo, pues como él mismo ha declarado le hizo mirar a América Latina cuando la mayoría de los intelectuales vivían deslumbrados por lo europeo.

Su siguiente libro fue "El país de la cola de paja" (1959) y un año después apareció su novela "La tregua", con la que Benedetti adquirió importancia internacional.

Tras el golpe de estado en su país en 1973, el poeta se vio forzado a salir de Uruguay, dando inicio a un exilio de 12 años por diversos países: Argentina, Perú, Cuba y España.

Su amplia producción literaria abarca todos los géneros, incluyendo famosas canciones, y suma más de 60 obras, entre las que destacan la novela "Gracias por el fuego" (1965) y el ensayo "El escritor latinoamericano y la revolución posible" (1974).

Además de los cuentos "Con y sin nostalgia" (1977) y los poemas de "Viento del exilio" (1981), "Inventario Uno" (1950-1985), "Inventario Dos" (1986-1991) y "Cuentos completos" (1947-1994).

También existe una biografía del poeta, escrita por Mario Paoletti, que se titula "Mario Benedetti, el aguafiestas".

Su trabajo "Canciones del más acá" (1989) reúne gran cantidad de escritos que han sido convertidos en temas musicales interpretados por más de 40 cantantes.

"Despistes y franquezas" (1990), "Las soledades de Babel" (1991), "La borra del café" (1992), "Perplejidades de fin de siglo" (1993), "Andamios" (1996) y "El Rincón de haikus", escrito en 1999.

Entre los reconocicimientos a los que Benedetti se ha hecho acreedor destaca el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional, por su novela "Primavera con una esquina rota".

Ha sido investido Doctor Honoris Causa en dos ocasiones, una por la Universidad de Alicante y otra por la de Vallalodid. Además de que el Consejo de Estado de Cuba le otorgó la Medalla "Haydeé Santamarina".

El 8 de marzo pasado, en una íntima ceremonia celebrada en su departamento del centro de Montevideo recibió el Premio Cultural de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en la categoría de Letras, que confieren los gobiernos de Cuba y Venezuela.

En 2008 el autor ha sido tres veces hospitalizado, la primera en enero cuando estuvo casi un mes debido a un episodio de enterocolitis, lo que causó preocupación en los medios intelectuales y sus millones de lectores fuera y dentro del país. (Tomado de Elcastellano.org)

APOLOGÍA DE LA YUCA

APOLOGÍA DE LA YUCA

Por Luis Sexto

¿Tendremos que comer frito o salcochado un huevo de dinosaurio para asegurar que los cubanos ingerimos alimentos prehistóricos?

Aludo más bien a la prehistoria que en Cuba terminó con los pies de Colón mojados en la playa de Bariay y ante la silla de Gibara. De esa época pervive, endureciéndose sobre la leña del descrédito, la yuca y su metamorfosis: el casabe. No conozco otro comestible más vilipendiado. Ni los chícharos, que solo recibieron el desdoro de la saturación, porque los médicos los recomendaban para los párvulos por el caudal ferroso del grano.

De la yuca, en cambio, algún especialista ha dicho que sólo lleva almidón al cerebro, sin que se haya podido confirmar, salvo que la rigidez de ciertas mentalidades planchadas sea la secuela de un banquete superdotado de este tubérculo. Los agricultores, incluso, cooperan con el desprestigio de la yuca. La siembran -según la impresión del mercado- en cantidades menores de edad. ¿Por qué? Acaso porque siendo cultivo de ciclo corto, a los seis meses es cuando la plenitud le tira la bendición. Quizás la cosecha, tan trabajosa si uno utiliza solo las manos, la recomiende como un negocio poco saludable. Mis palmas todavía sufren el recuerdo de las arrugas de aquel día de trabajo voluntario en la finca Novedades, en Alquízar. Entonces me fajé con un cangre que, en vez de enterrado, parecía fraguado en hormigón. Todo ese conglomerado de argumentos más o menos apuntalados por la razón práctica, puede condicionar la contrahecha presencia de la yuca en los establecimientos. Y adjuntémosle el criterio de la cocina. El fogón la reputa de impredecible, porque viene envuelta en una disyuntiva donde el agua hirviendo puede vencer o extinguirse en la impotencia.

La yuca, sin embargo, predomina airosa en esa puja que intenta desacreditarla. Que murmuren, qué más da. Porque nadie se niega a comerla aliñada con ajo, limón, aceite, en ese mojo que más que mojarla la pule, la hace rebrillar. Tiene esta vianda una prosapia folclórica. O mentiría esa pieza –guaracha u otro género, no sé- cuya letra integra en un plato criollísimo el arroz con picadillo, yuca;/ arroz con picadillo, yuca... Y en la Nochebuena, o en el jolgorio de cualquier pretexto, el puerco asado o frito huele a indefenso si no se asegura con yuca.

Los indocubanos se suscribieron a ella; la llamaban yacubia. Y cultivaban, de acuerdo con el historiador José Manuel Galardy, seis variedades llamadas ipatex, diaconan, nubaga, tabaga, coro y tabucan. El casabe –yuca en conserva- es tal vez la herencia aborigen más recurrente, además del bohío. Cuando rayaron el tubérculo, y humedecieron con agua la cativía –harina resultante- y la tostaron en el burén, una vasija de barro, redonda y casi plana, los taínos demostraron que el almidón en sus cerebros no era bastante para convertirlos en un sinónimo de “tronco de yuca”. Y aunque algún tragón descontentadizo diga que el casabe es comida de bobo, y bobo es quien come cativía, la historia lo ha exaltado a símbolo de abnegación patriótica. Si no hay pan, casabe.

Reparo ahora, finalizando ese acertijo, que tal vez la yuca afronte tanto descrédito a causa de las sutilezas de su desnudamiento. Hace falta manipular el cuchillo como un cirujano: empezar en la punta, y rodear el tubérculo con el filo, en una operación parecida a las eses de un majá. Despacio. Constantemente. ¡Cuidado! Cualquiera se equivoca. Como aquella escritora de corazón  recio y estilo fino que, en uno de sus primeros trabajos voluntarios en el campo, la asignaron de ayudante del cocinero.  La mañana del primer día, tomó una yuca y la descascaró… como si le sacara punta a un lápiz.

 

EL HURACÁN Y LA PALMA

EL HURACÁN Y LA PALMA

 

 Por Luis Sexto

El martes 9,temprano, mientras intentaba hallar noticias sobre el ciclón en el radio portátil –¡la radio, qué medio tan poco valorado!-, sintonicé una versión de la Bayamesa de Céspedes y Fornaris, interpretada por la orquesta Original de Manzanillo. Parecía una emisión incongruente ante el desastre que se extendía por el país. Y a pesar de ello permanecí oyendo aquella canción que, de pronto, me empezó a sonar como un himno, como un impulso que provenía de los más hondo de nuestra historia.

No te acuerdas gentil bayamesa -decía aquella letra-, que tú fuiste mi sol refulgente y  risueño en tu lánguida frente blando beso imprimí con ardor… Recordando las glorias pasadas, seguía diciendo esa canción, tan evocadora, como una raíz que partiera del alma, del sabor, del andar de Cuba, compuesta, junto a Fornaris y Castillo, por un hombre llamado Carlos Manuel de Céspedes.

Podré aparentar un patriotismo desmesurado. O fuera de moda. Pero así lo percibí y lo cuento hoy cuando nos hemos adentrado, por obra de la naturaleza, que nuevamente ha sido sorda y ciega como lo irracional. Lo cuento, porque ahora también hará falta el patriotismo que nos eleve por sobre la vivienda destruida, la cosecha arrasada, la fábrica dañada, la comunicación cortada… Este desastre nos sintoniza con todo lo vivido, sufrido y luchado antes por otros cubanos, como si desde la memoria recibiéramos el mensaje de aquella Bayamesa compuesta por el Padre de la Patria, hombre de pensamiento, acción y poesía.

Llorar quizás sea hoy una reacción poco reprochable. Tenemos duelo. Pero también historia. Y futuro. Porque estos dos tiempo en que también se desarrolla la existencia humana –lo vivido y lo por vivir- ejercen una fuerza movilizadora en el presente. Pasado y futuro nos halan, aunque parezca que lo que quedó atrás es mejor olvidarlo y que lo que vendrá, como aún no es, no merece la pena tenerlo en cuenta.  Pero habremos de levantarnos ayudado por todo el fervor de cuantos nos facilitaron el presente peleando, creando, resistiendo. Y el futuro nos recuerda que disponemos de la oportunidad de impedir que ciertas cosas vuelvan a ocurrir en los mismos términos de hoy.

Una reflexión nos obliga. Si no pensamos y proyectamos sobre bases resistentes al viento, podremos obrar de manera ciega y sorda, como los ciclones. ¿O habremos de creer que la improvisación es una iniciativa siempre plausible? Ni en las controversias entre decimistas, lo que se improvisa al son del tres y la guitarra va a los libros. Es decir, lo repentinamente versificado suele perderse en el olvido.

A mi modo de ver, Gustav y Ike no deben ser, pues, solo una referencia en las estadísticas meteorológicas. Quizás han de ejercer como puntos divisorios: el antes y el después de nuestra actitud ante estas desgracias que, aunque conocidas, nos parecen nuevas y únicas. El Flora, por ejemplo, fue un punto de viraje. A partir de aquella tragedia ciclónica, en 1963, surgió la defensa civil, porque Cuba no podía continuar siendo víctima de fenómenos que, si previsibles meteorológicamente, podían ser prevenibles en los posibles daños de sus vientos y sus lluvias.

Ahora uno se pregunta: qué derribó el ciclón. Y hemos de decirlo aunque parezca inconveniente en estas circunstancias. Claro, lo inconveniente sería continuar edificando casas contra las exigencias de nuestro clima, o mantenerlas envejecidas sin que se les pueda beneficiar con un clavo, una tabla o un ladrillo… Eso arrastró el ciclón ¿Y podrá alguna vez concebirse un proyecto que, a costo razonable, oriente cómo se levanta una casa segura, sin que las techos vuelen cada vez que un torbellino sople sobre ellos?

Mucho de lo económicamente perdido en estos días de ventolera y agua responde también a imprevisiones, a decisiones tomadas por el azar de algún dedo: “aquí va, y va así”, sin que hayan tenido en cuenta la naturaleza y sus exigencias y amenazas. La Cuba paradisíaca, esa imagen antigua y famosa, solo existe en el Diario de Colón. Porque esta Isla, la “más fermosa”, no es un paraíso, y mucho menos cuando la azota un huracán.

¿Aplazaremos –pregunta uno- la limpieza de tragantes y desagües para pocos días antes de que irrumpa el meteoro atmosférico, tan frecuentes en estos días de calentamiento global? ¿Olvidaremos podar técnicamente los árboles para que las ramas no se entremezclen con los cables eléctricos? ¿Responderemos con la indiferencia a los vecinos que piden a gobiernos locales la tala de un árbol que amenaza con caer sobre a una vivienda? Quejas de ello he recibido, porque en las oficinas del Poder Popular responden: busque usted la sierra o el hacha… Desde luego, no sería cuerdo administrar sin considerar, además, los condicionamientos de la naturaleza.

Recordando las glorias pasadas, disipemos, mi bien, las tristezas, así tocaba y cantaba conmovedoramente la Original, aquella mañana del ciclón cuando La bayamesa quería sonar como un himno, un mandato, una convocatoria a apretarnos en torno a Cuba, su dolor, su historia. En fin, su futuro.

 

 

 

 

HA MUERTO SOLÁS; VIVE SOLÁS

HA MUERTO SOLÁS; VIVE SOLÁS

El cineasta cubano Humberto Solás Borrego, Premio Nacional de Cine,  falleció  este miércoles  17 de septiembre,  suscitando la conmoción  entre artistas y escritores del país. La cultura cubana y en particular el séptimo arte pierden a uno de sus más dedicados creadores, destaca un mensaje del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos.

Solás –nacido el 4 de diciembre de 1941 en La Habana- es una figura emblemática dentro de la cinematografía del Tercer Mundo. Su debut ocurrió durante la década del 60 del  siglo XX cuando se convirtió en uno de los fundadores del Nuevo Cine Latinoamericano. Es en ese período cuando filma Lucía, considerada por la crítica mundial como una de las diez películas más importantes de la historia del cine Iberoamericano, así como también una de las diez películas antológicas del cine del Tercer Mundo.

Su obra general es la plasmación de un humanismo que se ocupa en la búsqueda de la identidad nacional y latinoamericana en función de los ideales de paz, armonía y justicia social. En su último y polémico filme, Miel para Oshún, aboga por la unidad entre todos los cubanos a despecho de razas, credos y diferencias políticas.

La estética de Solás es una apasionada experimentación que recoge el legado clásico y lo intertextualiza dentro de las perspectivas de la vanguardia cinematográfica contemporánea donde es una figura clave, ya que desde la tribuna del Festival Internacional del Cine Pobre, que él presidía, exhortaba a la democratización y la libertad de un cine realizado con pocos recursos que posibilite la inserción tanto de nuevos cineastas, así como de comunidades enteras en el patrimonio audiovisual mundial y cuyas premisas son las búsquedas narrativas, un compromiso con el bienestar del hombre y su entorno, y una ética libertad de expresión.

Sus filmes han participado en Selecciones oficiales de los Festivales de Cannes, Venecia, Moscú, Toronto, Montreal, La Habana, Sundance y San Sebastián, entre muchos otros. Ha obtenido premios en numerosos Festivales Internacionales (San Sebastián, Huelva, Cartagena, Moscú, Karlovy Vary, Milán, Tokio, L.A. Latino Film Festival, Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, Barcelona, Cádiz). Su filme Un Hombre de éxito fue el primer filme cubano candidato al Oscar al Mejor Filme Extranjero.
El New York Times, Film Quaterly, El País, Le Monde, Cahier du Cinema, y varios medios internacionales han reflejado la importancia de su trabajo.

 FILMOGRAFÍA

1961
Casablanca. (Nota para la serie Enciclopedia Popular en codirección).

1962
Minerva traduce el mar. (Codirección con Oscar Valdés. Doc. 15´).

Variaciones. (Codirección con Héctor Veitía. Doc. 14´).

1963
El Retrato. (Codirección con Oscar Valdés. Ficc. 15´).

1965
El acoso. (Ficc. 27´).

1966
Manuela. (Ficc. 41´).

Pequeña crónica. (11´).

1968
Lucía. (Ficc. 160´).

1970
Crear... dos... tres.... (8´).

1972
Un día de noviembre. (Ficc. 110´).

1974
Simparele. (30´).

1975
Cantata de Chile. (Ficc. 119´).

1977
Nacer en Leningrado. (10´).

1979
Wilfredo Lam. (45´).

1981
Cecilia. (1era. Parte. LM. Ficc.).

1982
Cecilia. (2da. Parte. LM. Ficc.).

1983
Amada. (Ficc. 105´).

1986
Un hombre de éxito. (Ficc. 116´).

1988
Obataleo. (11´).

1989
Buendía. (11´).

1991
El siglo de las luces. (Ficc. 120´).

2001
Miel para Oshún. (Ficc. 115´).

2005
Barrio Cuba. (Ficc. 100´).

Adela. (Ficc.).