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PATRIA Y HUMANIDAD

ESPIRALES DE HUMO

ESPIRALES DE HUMO

 Por Luis Sexto

Curiosidad histórica que no pretende estimular el dañino consumo del tabaco

 

El tabaco era culto, medicina y placer. Cristóbal Colón, aparentemente insensible a cualquier debilidad humorística por la gravedad de su misión y de su opinión sobre sí mismo, relató el encuentro de los europeos con el tabaco empleando imágenes casi cómicas. Escribió que el 5 de noviembre de 1492 unos emisarios volvieron e informaron que habían encontrado un poblado donde vieron a hombres y mujeres “con un tizón en la mano”. Eran hojas secas “en forma de mosquetes del largo de una vela de 10 a 12 pulgadas”. Los aborígenes sorbían “con el resuello para adentro el humo”, y se adormecían las carnes, y conseguían cierta borrachera, y “dicen que no sienten el cansancio”.

El indio, conquistado y oprimido, se vengó un tanto del despojo y el castigo por medio de esas hojas que, secas, consumidas por el fuego y aspiradas, parecieron al español “desarrollado”, pero limitado por otras ignorancias, un negocio inspirado y firmado en el infierno. Un hombre que expulsaba humo como el dragón vencido por San Jorge, asumía entonces la forma de Belcebú encarnado en un infiel.

El tabaco, en fin, sedujo y conquistó al conquistador, y lo llenó de manchas dentales y de cierto tufo antisocial, y sobre todo lo colmó de un vicioso deseo que alentó, primero, el auge de la plantación y, más tarde, la factoría del tabaco.  Hacia  mediados del siglo XVI el hábito de fumar se extendía como una epidemia en La Habana y para abastecerlo se impuso la necesidad de importarlo de Venezuela y Santo Domingo.

Las plantaciones criollas, ante la demanda surgieron y se multiplicaron. Pero hombres forzados no podían plantarlas y atenderlas.  Y porque desde entonces el tabaco entraña servidumbre voluntaria, y exige un estilo erótico de cultivo, es preciso arrodillarse y trabajar boca a boca con la hoja, para que asuma la gratuita esencia de la luz, el agua y el suelo de Cuba, cuyo sello, se supo más adelante, es también único porque ellos  forjan un aroma y sabor distintivos, sin competidores en el orbe. La esclavitud de látigo y mando, pues, no levantó sus barracones en la finca tabacalera. El trabajo forzado jamás ha podido hacer de su tarea una ofrenda emotiva, sentimental.

El veguero, como don Alonso Quijano con sus libros,  pasa las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio dentro de su plantío: la vega, llamada con nombre tan sugerentemente hispánico, porque en el principio los labradores buscaban paños de tierra humedecida por las corrientes morosas de los ríos cubanos.

Afortunadamente aún se conserva el nombre de uno de los primeros canarios empeñados en el cultivo del tabaco. Los fumadores debían tal vez canonizarlo y rendirle culto en el humo azulenco que sube a los cielos desde el incensario de un habano. O los fabricantes  torcer un puro que perpetúe, en la mejor hoja, la identidad del isleño que comenzó a acumular la sabiduría agrotécnica que honra a Cuba y también a las Islas Canarias. Se llamó Demetrio Pela, cuya pericia se desenvolvió  bajo el magisterio d Erio-Xil Panduca, indio que le trasmitió una de las verdades clásicas de la agrotecnia tabacalera y que el isleño fijó en una carta familiar, citada por Gaspar Jorge García Galló,  uno de los biógrafos del tabaco: “Bastan dos aguaceros al mes, porque si el agua es mucha roba la miel del tabaco.”

El tabaco logró ser habano, es decir, ser único, exclusivo. Porque  posee un toque, una anilla, que se concilia con la cósmica calidad de la hoja cubana. Es su confección. Limpiamente artesanal, fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el operario. Pruebe a fabricarlo a máquina y el puro empezará a ser impuro, porque le faltará la poemática energía, la personalizada ternura de las manos.

La cultura del tabaco, que incluso los que no fuman asimilan involuntariamente en el humo ajeno, ha establecido que sería despojarlo de su autenticidad torcer un habano en la inconsciente faena de una maquinaria. Los adelantos de la ciencia  o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento, las mamparas desvinculadoras. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso se humedecerá a través del teléfono. Y el genuino habano es un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller.

Si el trabajo forzado jamás ha podido hacer de su tarea una entrega emotiva, sentimental, tampoco la máquina, ante la cual el obrero se mantiene aislado mientras mueve palancas y oprime botones de la producción en serie. La maquinización, incluso la automatización, ofrecerán las ventajas del volumen, del bajo costo. Pero al menos para la excelencia, la excepcionalidad del producto, el torcedor es el privilegiado con las facultades del Rey Midas.

¿Soy excesivamente romántico? Tal vez. Pero la tradición afirma que las máquinas producirán cadáveres ocres; los torcedores, cápsulas de vitalidad. Las manos. Son ellas el secreto último, la filosofía exacta del cultivo y la configuración del tubo o el huso de la breva. Noventa y dos operaciones distintas signan el recorrido de la hoja hasta la fábrica, y en casi todas intervienen las extremidades más humanas del hombre y la mujer, en una estampa tradicional, donde lo que suelta olor a antigüedad es la sutil hoja. Porque la eficacia es intemporal. Las manos son instrumentos conscientes de la relación: usted extiende la mano al otro, esto es, tira al semejante el canal de su afectividad. Insuperado vehículo de la ternura.

Por esa minuciosidad manual, el tabaco tampoco tolera el plantío extenso. Es planta casi doméstica. Crece a orillas de la vivienda, a vista de ventana. Como prolongación del patio. En las vegas de Vueltabajo, en Pinar del Río, Justo Armas, ya entonces septuagenario cosechero, me confesó que el tabaco exige primeramente semilla. “El semillero es la mitad de la cosecha.” Y añadió que, por lo demás, si algo en la vega se escapa por el trillo de la negligencia, el tabaco es un fracaso como negocio y como arte.

Allá, en el taller, las manos del operario parecen las de un prestidigitador. Se mueven con tanta presteza como si extrajeran de la nada, en total oscuridad, una antorcha destinada a alumbrar el alma de los adictos al habano. El torcedor amontona la tripa, la tuerce, la envuelve; una, otra capa, otra, quizás más. La hace girar con la palma sobre el tablero; corta, pega. Y entre sus dedos va apareciendo la fisonomía tubular o fusiforme de la breva. Como en cualquier ordenamiento, hay clasificaciones, tamaños. La selección compone el acto rector del cultivo y el proceso industrial del tabaco. La calidad de la hoja, ya curada, y bendita con el aroma del que gustan hasta los que no fuman, decidirá el destino de la obra e impondrá el nombre del puro. Y, así, habrá “cazadores”, “aristócratas”, y nombres más encumbrados, de más refinada prosapia, en una nómina  de tropológica invención. Como en un poema. Completado por fuera en las litografías del envase. Y en todos los habanos, iguales o diversos, una marca, sello, crédito, común: la homogeneidad; parejos en el holocausto, aptos para quemarse sin que el fuego amengüe su ardor y su equilibrio. No son hogueras de leña bastarda.

La sala fabril, amplia. Iluminada. Ojos y manos se apegan a la ceremonia en la que se gesta el parto cuya criatura colmará el hábito que embriaga y no trastorna. Y los oídos del torcedor se prenden del lector mientras este recita un periódico o una novela...

La lectura en las tabaquerías es otra institución que no promete pasar con el cambio de siglo y de milenio. Entró, con el  XXI, en su tercera centuria y permanece acompañando al torcido en una alianza  indisoluble. Porque qué será del torcedor si a su monótona, aunque creativa faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”, que dijo José Martí, gestor definitivo de la independencia de Cuba.

Cuando en l923 instalaron el primer receptor de radio en un taller — y sucedió en la fábrica de Cabañas y Carvajal, La Habana—, ciertas voces profetizaron que la lectura comenzaba a acercarse a su extinción. Con el tiempo coexistieron, turnándose en el ámbito sonoro de la tabaquería.

Y qué sobrevendrá ahora, en este electrónico celo de posmodernidad, cuando  el progreso se erige en antena inexorable, en rasero inapelable con él que se pretende sustituir lo útil con lo suntuario, lo necesario con lo lujoso. Nada, pues, habrá de pasar. La humanidad se anuda a lo práctico. Ese es su mejor resorte de adaptabilidad. De modo que sabe que la lectura es el pasadizo primordial del conocimiento.

Los torcedores, con la lectura, alcanzaron pronto cotas de instrucción impropias para la época. Estamos hablando de 1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate — dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro, en La Habana, inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario juntado por la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido trocado hoy en una celebérrima marca, aprobó luego la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Otros propietarios, sin embargo, se opusieron, secundados por el Diario de la Marina, vocero de los intereses españoles en Cuba . Temían que la lectura sacudiera el polvo, ordenara los trapos de la conciencia proletaria. Y fue verdad. En breve los torcedores se convirtieron en el sector más instruido en humanística y en política de la entonces incipiente clase obrera cubana. Los líderes más lúcidos provenían de las tabaquerías. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia.

El lector de tabaquería fue ― lamentablemente ya no es― una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matiz, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. Actualmente, quizás por la bondad sonora del altoparlante, el lector no se esfuerza tanto en  “vivir” la lectura.

Pero de cualquier forma, cuando usted entra en un taller de torcido, junto con el aroma evocador, plácido, del tabaco, lo toca el mensaje de un libro que intenta hacerle recordar que el tiempo es también la prueba de lo que no se propone pasar. 

 

COSAS DE CUBA

LA POLARIZACIÓN Y LA PARÁLISIS

Por Luis Sexto

Una de mis recientes notas mereció los comentarios escritos de un lector. Manolo dice: “Nuestro rechazo al capitalismo no nos puede llevar a la conclusión de que debemos hacerles la guerra a los intereses individuales: eliminarlos, negarlos, para por ultimo proclamar que no existen o por lo menos, decretar teóricamente, que no son predominantes. Mas peligroso es pretender que la eliminación de la propiedad privada por si sola trae consigo la desaparición de los intereses individuales”. Y añade  que “nosotros tendremos que dominar la fuerza de lo colectivo y lo individual en bien de la sociedad”.

Estoy de acuerdo. Más de una vez hemos hablado de que solemos, como ideal, trabajar para las masas. A mi parecer, ver el bulto, el conglomerado, nos tranquiliza, sin que algunos sepamos hasta dónde nuestras decisiones, nuestros actos influyen en el grupo cuando este se singulariza en su unidad principal: el individuo. A veces nos enceguece el espejismo de lo cuantitativo. Y como hace años observó Fidel, lo que nos ha de importar no son los problemas resueltos en la generalidad, sino los que aún faltan por resolver en la particularidad. De modo, que si un individuo no disfruta de aquello que se legisló o se estableció para el conjunto, la obra no está completa.

Uno de los problemas del socialismo del siglo XX, que Cuba recibió como herencia, resultó su insuficiencia para combinar los intereses colectivos e individuales. La teoría estaba inserta en los manuales. La práctica, sin embargo, desmintió su aparente certeza.  Ese “socialismo real y fracasado” pretendió hacer las cosas más simples: huyéndole a la riqueza egoísta, derivó en la pobreza colectiva. Y cuando elegimos desde la pobreza, vestir y calzar y comer se convierten en una operación menos engorrosa, más rápida y barata. Pero también  más angustiosa y frustrante. 

Concuerdo con alzar la pobreza a un balcón de virtud. La pobreza como arte de humildad,  antídoto del lujo, vacuna contra la prepotencia y la corrupción, diseño de la solidaridad. Estos valores espirituales y éticos componen fines de un programa de mejoramiento personal, que tiende a perfeccionar la sociedad, pero que ha de excluir la pobreza como carencia, estrechez, o como dependencia de la dádiva, aunque el regalo provenga del Estado.

Las lecciones de la historia están todavía muy cerca. Quién dudará de que el hombre no pueda vivir sin esperanzas. Es una virtud teologal, atributo de la conciencia religiosa. Y es además una virtud humana, natural, social, de este mundo y de hoy y de cualquier tiempo. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y todo régimen social, por tanto, tiene que ofrecer la esperanza como sostén.

En el capitalismo una minoría la concreta, y muchos amanecen confiando en que, este día, será el de la fortuna, el del salto de la pobreza al bienestar. Esa actitud marca, limita hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas. Es, desde luego, una esperanza engañosa y cruel, expresión de una política impolítica. Pero impolítica puede resultar también la política que regatea la esperanza o la aplaza.

No cuesta admitirlo: la desigualdad sin control, convertida en resorte de los intereses irreprimibles de la ambición, la avaricia, “polarizala sociedad: la fragmenta. Pero la igualdad convertida en igualitarismo la “paraliza. Y el desafío radica en hallar el término medio entre la “polarización” de la propiedad privada del capitalismo y la “paralización” del individuo “desconocido” en la colectividad del “socialismo” hasta ahora conocido. En una sociedad donde los individuos reciben al margen de su capacidad y sus merecimientos, la democracia se convierte en una verticalizada y maquinal ceremonia, a la que le falta ese “buen sentido y equilibrio de derechos” que José Martí decía que habían olvidado los socialistas europeos del siglo XIX.

La propaganda, parece exacto decirlo, no puede transformar la voluntad en acción, el error en acierto, la escasez en abundancia, un mediatizado aparato conceptual en justicia. Superar al capitalismo compone una campaña que se gana sólo con las evidencias. Con las evidencias de una lucidez que ha de trascender las consignas, para erigirse en hechos inconmovibles en una sociedad que logre ver y tratar a hombres y mujeres como grupo e individuos, materia y conciencia a la par. Necesitado a la vez del bienestar material  y del bien espiritual de la cultura y la ética. Lo sabemos, cierto, pero al menos mi lector y yo no lo hemos olvidado.

 

ENTRE CUENTAS BUENAS… Y NO TAN BUENAS

ENTRE CUENTAS BUENAS… Y NO TAN BUENAS

Por Luis Sexto

Escuelas en el campo

El curso escolar que comenzó en Cuba el pasado 2 de septiembre ha puesto la primera frase en el epitafio de las escuelas en el campo. No compete a este artículo reproducir los pormenores de la decisión gubernamental. Ya son conocidos. Bastan, así,  pocos datos para facilitar el comentario: Los estudiantes de décimo grado –el primero de los tres cursos preuniversitarios- empezaron este año a estudiar la enseñanza media superior en un plantel habilitado con ese propósito en áreas urbanas de cada municipio, principalmente en la región occidental. En Matanzas, estudiantes de secundaria  en centros del vasto plan citrícola de Jagüey Grande, pasaron a centros municipales, también en condiciones de alumnos externos o seminternos. Por ahora, los alumnos preuniversitarios de undécimo y duodécimo grados terminarán en el campo y con su graduación parece que concluirá la tarea de estas escuelas, diseminadas  en llanuras cubanas como  un detalle arquitectónico y pedagógico que, en sus inicios, fue original, útil y plástico.

 

Cuál sería, pues, el epitafio de esta concepción educacional. En Cuba, una respuesta no  alcanza: es, aunque en ciertas sobremesas de Miami o Madrid lo nieguen, una sociedad con variedad de opiniones cuya expresión, pese a no manifestarse totalmente en medios de prensa o asambleas, circulan entre la gente. Por tanto, unos piensan que este proceso de renovación escolar, que desde hace unos meses empezó a sorprender a padres y alumnos, es el desmantelamiento tajante de ideas revolucionarias fundacionales en la educación; otros estiman que el costo de tantas escuelas distantes de los núcleos urbanos era excesivo, y algunos opinan que pasarlas a retiro ha sido la confirmación oficial de que fracasaron en su tarea pedagógica de formar a jóvenes con valores éticos y culturales superiores.

 

A este articulista le parece que exista una mezcla de varias causas. Pero en primer lugar las razones económicas reclaman la mayor influencia, reconocida incluso por el presidente Raúl Castro. ¿Cuánto costaba la educación de un joven estudiante en el campo, vinculando estudio y trabajo? La revista Bohemia, en 2008, indagó sobre esa cifra, y la viceministra de educación encargada de la enseñanza preuniversitaria confesó que “aventurar el costo promedio de un estudiante (…) en el campo es casi imposible, pues responde a las particularidades de cada territorio”. “Tampoco en los municipios y provincias visitados por esta publicación –de acuerdo con la centenaria revista de La Habana-,  pudo encontrarse esa cifra”, y quien ofreció alguna, resultó descabellada, según los reporteros. “Lo cierto es que no debe ser una bagatela. Basta intentar sacar cuentas solo referidas al gasto de combustible en la transportación de profesores, muchas veces diaria, y sumarles el traslado periódico de los estudiantes,”  más de cien mil matriculados en estos planteles.

 

Por tanto, una verdad hemos de admitir: Cuba se readecua, incluso modifica lo que podría parecer intocable. Porque, aunque el gobierno de Cuba jamás ha operado con avaricia en el sector educacional, ahora ha de enfocar con una óptica racional, es decir, con realismo, los gastos de un tipo de pedagogía, de por sí costosa, en un país que  experimenta  una disfuncionalidad estructural  en su economía y, sobre todo, es víctima de la crisis mundial y de las restricciones comerciales y financieras generadas y mantenidas por el bloqueo de los Estados Unidos.

 

Los números, en efecto, han impuesto una decisión capaz de establecer un giro en un sector social que ha sido cuidado con el mismo esmero con que se cultiva una variedad única o rara de rosas. Pero también otros elementos han de tenerse en cuenta. Y para ello he de recordar varias referencias históricas. Después de la desaparición de la Unión Soviética y el resto del llamado campo socialista, el descenso vertical del PIB por debajo de cero, la parálisis del 50 por ciento de la capacidad industrial,  la aparición de necesidades materiales y la escasa capacidad de la población para solventarlas, comenzaron a incidir en lo ético, con sus resultados de pérdidas de valores morales, patrióticos, familiares, laborales. Las escuelas en el campo experimentaron también las mismas insuficiencias y deficiencias del llamado período especial. Quizás fue a partir de esos años, aún vigentes en sus limitaciones, cuando algunos empezaron a reflexionar en si la creación de este sistema educativo habría de verdad coadyuvado a formar la base juvenil del “hombre nuevo”. Qué vimos,  sumariamente dicho: a jóvenes practicando la prostitución entre los turistas o elucubrando las formas de marchase del país para lograr lo que en Cuba no podían. Fue, por supuesto, una decepción estrepitosa, cuya explosión algunos pensaban venía gestándose entre silencios y máscaras.

 

No todos estábamos entonces convencidos de que la educación basada en la “parentomía” -el alejamiento de los adolescentes de la casa familiar- daría los rendimientos preconcebidos. El propio Raúl Castro admitió en la última reunión de la Asamblea Nacional que, aparte de aliviar las cargas económicas, la eliminación progresiva de las escuelas en el campo permitiría que los padres  participaran más en la formación de sus hijos. El reconocimiento del presidente del Estado y del Gobierno excusa de cualquier otra argumentación.

 

Surgida del pensamiento de José Martí,  la idea revolucionaria de la formación escolar vinculada al trabajo no tiene por qué haber fracasado en sus valores esenciales. Quizás necesite  una reformulación meditada, consultada y aplicada en otros términos espaciales y pedagógicos. Sin embargo, al final hemos de reconocer que, incluso, las escuelas no lograron diseminar entre los alumnos el interés por la tierra y el trabajo. Tal vez, no recibieron todo el apoyo de las empresas agrícolas o profesores y directivos no supieron conducir el trabajo como elemento ético de educación. Varias, como hemos visto, son las aristas del análisis. Posiblemente haya que investigar.

 

Pero le importa  a este comentarista no contradecirse. Y aunque la nueva y audaz  medida implica hasta cierto punto una rectificación y reúne en sus móviles internos varias móviles,  no hemos de negar el papel de las escuelas en el campo en la extensión y universalización de la enseñanza. Hay que  reconocer que sin ellas, sin las “becas”,  la revolución no hubiera podido responder a una creciente demanda escolar, ni reforzar la agricultura, tanto ayer como hoy, carente de brazos por razones que ahora no elucidaremos. De esos internados parte el incremento de una masa laboral y profesional tan preparada como para asegurar que, en América Latina, no existen, en conjunto, trabajadores con índices tan altos de formación académica.

 

Concluyendo, cualquier opinión sobre el proceso en que la escuela cubana modifica parte de sus conceptos, ha de tener en cuenta que los cambios en este sector no implican una restricción o reducción de la política estratégica con respecto de la educación.  En el actual curso, a mi parecer, se ha trazado la vuelta al rigor para subsanar insuficiencias, desviaciones, descuidos, que en los últimos años lastraron, incluso a la enseñanza universitaria.  Y por tanto no puede obviarse que lo decidido conviene a Cuba e ilustra que sus hombres y mujeres más lúcidos saben afrontar las urgencias del momento. Si hiciera falta, ese es, a mi juicio, el mejor epitafio de una etapa que termina. (Publicado en Progreso semanal, ver enlaces en la portada)

LA MUERTE NO ES VERDAD

LA MUERTE NO ES VERDAD

Por Luis Sexto

Ha muerto ayer, primero de octubre el escritor cubano Cintio Vitier. Nacido en Cayo Hueso, Estados Unidos, en 1921, quizás pocas veces  el gentilicio cubano  ha sido tan exacto y tan justo. Porque Vitier se dobló sobre cuartillas frescas y documentos viejos para  dar a Cuba una visión clara, ancha de sí misma a través de la literatura. Escribió versos, ensayos, estudios críticos, novelas. Fue habitualmente un  poeta de aproximaciones lúcidas al investigar y evaluar la papelería de cinco siglos concerniente al pasado literario cubano. No dudo en llamarlo el último de nuestros humanistas. También, por ello, asumió en estilo y verdad la talla de los  descubridores.

Al saber de su deceso, he tomado de entre los libros domésticos, dos de los títulos más recurrentes en mis horas: Ese sol del mundo moral y Vida y obra del Apóstol José Martí. Tal vez ninguno de los cubanos que hallan en la lectura la justificación de su ser y su circunstancia, pueda permanecer impasible ante estos volúmenes. Si en alguna ocasión reciente he dudado de mi vocación o de mi modesta persistencia en asumir el destino de mi patria, he  hallado en estos libros la justificación de los días que desvivo. Cintio me recuerda que la historia, que el pasado y la tradición prometen el sentido de la vida a quienes eligen las  incertidumbres del ser ante las certidumbres del tener.

Muy joven me convertí en lector asiduo, admirador lejano y anónimo de Cintio y de su esposa Fina, pareja  tan ejemplar en lo artístico como en lo ético. De Cintio leí cuanto podía hallar. Al adentrarme en sus letras sabía que era un autor en plenitud de sinceridad y cultura. Aun en cuanto podía estar en desacuerdo, encontraba yo una razón de aprendizaje. Su clásico texto Lo cubano en la poesía me trasmitió otra dimensión de la historia. Y la vida y la obra de José Martí me alcanzaron desde un mirador  íntegramente eticista, sin la cual -me parece que  Cintio lo demostraba- no es posible juzgar ni entender a Cuba y su historia

Esta nota no puede, sin embargo, transitar por el resumen de todo cuanto Cintio escribió. Su muerte me toca como si muriera con él uno de mis miembros más útiles. No he de decir que me apareé al pie de sus jornadas, como un centinela o un vecino de puerta con puerta. ¿Pero acaso ha de ser necesaria la proximidad espacial  para  estar próximo? ¿No tienen los afectos más entrañados el pudor que los distancia del objeto querido a la vez que los exalta y los acendra?  

En 1968, tenía yo casi 23 años. Un sábado visité, como de costumbre, al ensayista, investigador, polígrafo José María Chacón y Calvo. Y mientras esperaba por la lentitud de su pierna enferma, registraba sus libreros de modo que tropecé con el polémico libro de don Ramón Menéndez Pidal sobre el Padre Las Casas. Me lo regaló. Otra noche, encontré Temas Martianos, de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Pero me lo negó. Está dedicado, le oí alegar en cierta protesta de su generosidad.

Entonces opté por pedírselo a los autores, en una carta cuya línea inicial recuerdo: “Husmeando en la biblioteca de nuestro común amigo Chacón y Calvo…” Ellos no me conocían ni de nombre: no había ninguna razón; tampoco las hubo en lo sucesivo. A poco, el cartero me entregó un ejemplar de Temas Martianos, firmado por Cintio y Fina: “A Luis Sexto Sánchez con saludos martianos de sus amigos”.  .

Lo que quiero decir, pues, es que aquel gesto de 1968 fue el anticipo, la piedra fundacional, el imán, de la dicha que  en 2005 merecí sin merecerla. Momento es para volver a contarla. Un día de ese último año Cintio y Fina me invitaron y recibieron  como amigo tangible. Leían mis prosas periodísticas, y querían decírmelo como si fuesen lectores comunes deseosos de conocer al autor predilecto. ¿Sabían que premiaban la lealtad de un lector? 

Experimento, desde luego,  cierta desazón al contar este episodio. Mi escasa relación personal con Cintio y Fina a quien honra es a mí. Ellos pudieron seguir nutriendo su crédito, su prestigio de personas y artistas, sin haberme conocido en cuerpo y alma. Yo, en cambio, gané el estímulo, el reconocimiento de dos poetas a los que había querido, enconchado en la incógnita, durante casi dos tercios de mi existencia. Los empecé a querer primeramente, como quería Martí, por su integridad y  por su sabia y lírica sustancia cubana. Luego, por su obra literaria de quintaesencias humanistas. Y siempre con la misma intensidad del discípulo que necesita maestros y los asume en actos y libros ajenos.

A esa entrevista –a la que faltó Fina involuntariamente; después nos veríamos- llevé un libro: Prosas leves, de Cintio. Al final, le pedí que me lo dedicara. Es mi predilecto entre sus libros, le advertí. Yo también lo prefiero, confesó. Su dedicatoria fue para mí la plenitud de aquella inicial, tan delicada y sobria, de 37 años antes. Ahora sí podría estar seguro, satisfecho, de que tanto Cintio como Fina –o tanto Fina como Cintio, el orden del binomio no alteraba la sensibilidad- conocían, en la acepción de “poseer”, al Sexto a quien le autografiaban un libro. Los días se habían amontonado larga, despaciosamente, para favorecer esta confluencia que traté de presagiar y disponer en mis años liminares como aprendiz de letras y estilos. Cintio escribió esta dedicatoria: “Para Luis Sexto, periodista de prosas leves…” Y lo demás, lo guardo en ese lado izquierdo donde afirma nuestra lengua, tomándolo del cor, cordis latino, que radica lo más entrañable del ser humano. Y en ese mismo nicho conservaré aquel modo tierno, sincero, inesperado, quizás inconsciente, con que Cintio, en mitad de nuestra charla, me dijo: Hijo mío.

¿Podría ahora no llorar o lamentar la muerte de Cintio? Puedo llorarlo. Y puedo prometerme continuar leyéndolo, reencontrándome con el estilo de un escritor cordialmente de cubano. Sobre mi mesa continúan abiertos sus libros. En hombres como Cintio Vitier, la muerte carece de tinta para poner el punto final. Como dijo Martí: no es verdad.

BREVE RESUMEN

VITIER BOLAÑOS, Cintio (Cayo Hueso, Estados Unidos, 25.9.1921). Es hijo del educador Medardo Vitier. Inició sus estudios en el colegio «Froebel», fundado por su padre en Matanzas. En 1935 se trasladó a La Habana. Estudió en el colegio La Luz, donde conoció al poeta Eliseo Diego. Se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto de La Habana. Editó los cuadernos Clavileño (1942-1943). Se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de La Habana en 1947, pero nunca ha ejercido la carrera. Durante sus años de estudiante hizo amistad con Lezama Lima y con Fina García Marruz, con la que contrajo matrimonio en 1947. Formó parte del Grupo Orígenes junto con Lezama Lima -su figura central-, Eliseo Diego y otros poetas. Entre 1947 y 1961 ejerció como profesor de francés en la Escuela Normal para Maestros de La Habana. Ha ofrecido conferencias en diversas instituciones culturales, como el Ateneo de La Habana, el Círculo de Amigos de la Cultura Francesa, el Lyceum, las universidades de La Habana, Las Villas y Oriente. En la Universidad Central de Las Villas fue profesor de literatura cubana e hispanoamericana y director de su Departamento de Estudios Hispánicos (1959-1960). En 1959 dirigió la Nueva Revista Cubana. En la Biblioteca Nacional, donde trabaja como investigador literario, ha sido director de la Revista de la Biblioteca Nacional «José Martí» (1962), del Anuario Martiano (1968-1972) y de la Sala Martí (1968-1973). Participó en el Coloquio Internacional José Martí, celebrado en la Universidad de Burdeos en 1972. Ha viajado además a Estados Unidos, Italia -como participante en el congreso Terzo Mondo e Comunitá Mondiale (Génova, 1965)-, España, México, Unión Soviética y Checoslovaquia. A todo lo largo de su trayectoria intelectual ha colaborado en numerosas publicaciones periódicas: Espuela de Plata, Poeta, Orígenes -revista del grupo del mismo nombre, en la que colaboró asiduamente y dio a conocer sus traducciones-, Lyceum, Revista Cubana, Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, Prometeo, El Mundo, Diario de la Marina, Grafos, Luz, Magazine Social, Mensajes, Cuadernos de la Universidad del Aire, Islas, Cuba en la UNESCO, Lunes de Revolución, Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Bohemia, Signos, Taller Literario, Santiago, todas cubanas. Ha colaborado además en las publicaciones extranjeras Cuadrante, Cuadernos Americanos, Revista Mexicana de Literatura, Asomante, Sin Nombre, Diálogos, Cuadernos Hispanoamericanos, Europe, Courrier du Centre International d’Etudes Poétiques, Journal des Poètes, Odissey Review. Es autor de las antologías Diez poetas cubanos. 1937-1947 (La Habana, Orígenes, 1948), Cincuenta años de poesía cubana. 1902-1952 (La Habana, Ministerio de Educación. Dirección de Cultura, 1952), Las mejores poesías cubanas (Lima, Organización Continental de los Festivales del Libro, 1959), Los grandes románticos cubanos (La Habana, Organización Continental de los Festivales del Libro, 1960) -reeditada con el título Los poetas románticos cubanos (La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1962)-, La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano (La Habana, Biblioteca Nacional «José Martí». Depto. Colección Cubana, 1968-1974. 3 t.), José Martí. Antologia di testi e antologia critica a cura e con una introduzione di [...] (Roma, Edizioni di Ideologie, 1974). Editó y prologó la Obra poética de Emilio Ballagas (La Habana, 1955), Espejo de paciencia (La Habana, Universidad Central de Las Villas. Depto. de Estudios Hispánicos, 1960 y La Habana, Publicaciones de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1962, ésta en facsímil), de Silvestre de Balboa, y el Epistolario (La Habana, Academia de Ciencias. Instituto de Literatura y Lingüística, 1966. 2 t.), de Juana Borrero. Prologó el cuento de Tristán de Jesús Medina, Mozart ensayando su requiem (La Habana, Biblioteca Nacional «José Martí». Depto. Colección Cubana, 1964), y la antología de Jean Lamore, José Martí. La guerre de Cuba et le destin de l’Amérique Latine (París, Aubier Montaigne, 1973). Es autor de diversos ensayos sobre Martí, recogidos en Estudios críticos (La Habana, 1964), donde se incluyen también trabajos de Fina García Marruz, y en Temas martianos (La Habana, 1969), también en colaboración con su esposa. Ha traducido a Paul Valéry («Primer fragmento de Narciso»), Stéphane Mallarmé («Un golpe de dados»), Paul Claudel (El canje y poemas), Arthur Rimbaud (Iluminaciones, publicado en Ebro en 1961 con un ensayo introductorio). Una parte importante de su obra poética fue antologada en De la poesía cubana contemporánea (Regino E. Boti, José Manuel Poveda, Emilio Ballagas, Cintio Vitier, Eliseo Diego) (Moscú. Progreso, 1972), traducida al ruso por Pavel Grushkó. También ha sido traducido al inglés, francés, italiano, alemán. Ficha tomada del Diccionario de la Literatura Cubana)

UN SAN DIEGO APELLIDADO NÚÑEZ

UN SAN DIEGO APELLIDADO NÚÑEZ

Por Luis Sexto

El pueblo donde nació el autor de "Cecilia Valdés"

Junto con Cirilo Villaverde he llegado a San Diego de Núñez  el 20 de marzo de 1839. Esa mañana subimos al tren en la estación de Garcini, próxima al punto donde en La Habana se cortan hoy las calles de Oquendo y Estrella. Por primera vez viajamos en el medio de transporte que dos años antes había concluido su primer tramo de vía hasta Bejucal, en ruta hacia Güines. Atravesamos la campiña a unos 18 kilómetros por hora.

El  tren paró en la Aguada del Cura, y luego nuevamente en El Rincón. Y casi sin percatarnos de la rapidez, bajamos. Seguimos  a caballo hacia San Antonio de los Baños. Más tarde pasamos por Ceiba del Agua, y por Guanajay; rozamos el poblado de Quiebra Hacha, antiguo bosque de ese árbol homónimo y duro, desenraizado para solidificar ingenios azucareros.  Vimos las alturas del Rubí; nos adentramos en las lomas de la Sierra del Rosario. Y llegamos a San Blas, cerca de donde poseía una finca Francisco Estévez, el rancheador, cuya fama de hábil y terrible cazador de cimarrones rebotaba en las paredes de la sierra y corría por el llano. Seguimos el curso encaracolado del río, que brotaba del tronco de un jagüey y mojaba a San Diego de Núñez.

Una hora más tarde entramos en el pueblo.

Esta es mi primera impresión: el lomerío le ha prohibido el espacio a San Diego de Núñez para desbordarse y diversificarse en su configuración alargada y escueta. Tuvo, sin embargo, cierto auge. Su única calle, en una época de tráfico, compuso un tramo del camino real que conducía del norte de Vueltabajo a La Habana. Y por ello, cuando en 1805 los vecinos de San José de Granadillar, asentamiento costero, empezaron a mudar sus enseres y techos para procurar la seguridad de las lomas ante el corsario o el pirata, fueron edificando junto con las casas, a partir de la iglesia, tres o cuatro tiendas para servir a los viajeros. Entonces esa zona, cerca de  Bahía Honda, hervía de trapiches y de azúcares en un entusiasmo que provenía del este hacia el oeste.

Del pasado permanece aquí el paisaje que, visto desde la colina donde se aplana el pueblo, reluce con sus hondonadas y alturas como la certificación histórica de que los hombres pasan, se suceden, y la visión natural persiste inmóvil e imponente. Y permanecen también dos panteones, cuatro paredes ruinosas y algunos pedazos de mármol del primitivo cementerio. Ya no es un camposanto. Tan sólo maleza. Yermo que se afinca sobre una huesa ya innombrada e innombrable. Arrinconados, como monumentos colindantes de patios vivos de humanidad y cloqueos, los dos panteones, en forma de nichos o de gavetas, aptos para un par de ataúdes, uno arriba y otro abajo, se alumbran el día de difuntos con las velas que los convecinos les encienden en último culto a sus anónimos antecesores. Más acá, una lápida de piedra, recostada a un árbol, anuncia que  identificó la tumba de don Agustín Peyret, fallecido el 2 de junio de 1850. Entre esos vestigios luctuosos, ante la crónica sobria de la muerte, uno comprende, por la presencia del mármol y la solidez de las tumbas sobrevivientes, que ciertamente el pueblo respiró días de prosperidad.

El pueblo y el templo se arruinaron entre las candelas de la guerra. Dice el rumor  que lo destruyó el Ejército Libertador. Sin embargo, el oficial de Voluntarios que lo defendía el 10 de enero de 1896, al paso de la Columna Invasora, se rindió sin cargar los fusiles, a pesar de la posición estratégica del poblado, jinete en  una colina. El jefe era un catalán que se creyó muy afortunado al rendirse a otro catalán, José Miró Argenter, jefe del Estado Mayor de Antonio Maceo. Al parecer, guerrilleros o bandoleros lo quemaron más tarde.

San Diego de Núñez languideció, adscrito como barrio a Bahía Honda, y luego a Cabañas, y otra vez a Bahía Honda. No aparece, ni como excreta de mosca, en el mapa de la geografía política. Se extravió en la modorra del campo. Y en la toponimia sin importancia. Olvidamos, incluso, que San Diego de Núñez es  una de las capitales, uno de los poblados matrices de la literatura cubana. Su nombre, sus paisajes, la rispidez de sus tierras, perviven en las obras fundadoras del escritor que, amando a su mínimo y opaco lar, aprendió a querer a Cuba. “Nuestro coterráneo Villaverde”, afirman allí donde, a cambio de la desmemoria que olvida al pueblo, preservan el recuerdo precario y  el busto pobre del autor de Cecilia Valdés.  

El propio Cirilo Villaverde confesó en su Excursión a Vueltabajo que la gloria de San Diego de Núñez radicaba en haber encantado la infancia inocente y juguetona del escritor. Quizás Villaverde escribió el relato de su excursión para perpetuar los valores humanos y paisajísticos del pueblo donde residió su niñez.  El mejor novelista cubano del siglo XIX no nació en  el mismo San Diego de Núñez, sino en su jurisdicción. En época de esplendor fue partido de tercera clase, y lo componían las haciendas de San José de Granadillar, La Seiba, San Blas y Santiago.

Ingenio fundado a fines del siglo XVIII a la vez que el Nazareno, El Recompensa, el San Juan de Dios, en  el Santiago vino al mundo el novelista el 28 de octubre de 1812. De aquella fábrica azucarera, surgida en  la explosión de caña y dulce que entonces encandiló a los cubanos, perdura  el nombre: Santiago, batey al borde de la carretera entre Cabañas y Bahía Honda, donde aún se conserva una casa renqueante de ladrillos acostados y techumbre cubierta con tejas francesas, edificada mucho más de un siglo atrás, y en cuyo patio se oxida un antiquísimo tacho metálico, caldero enorme donde se cocinaba el guarapo.

El padre, don Lucas Villaverde, era médico del ingenio. Los primeros años el niño los vivió frente a la Sierra del Rosario. Oímos al historiador Máximo Vieyto. Desde la parte trasera de la casa, espacio que hoy ocupa otra vivienda, el párvulo pudo arrobarse, embobarse, ante un valle abrupto, alfombra que de pliegue en pliegue se empalmaba con la base de la sierra, azulenca, neblinosa, en un fondo un tanto lejano, pero asible por los ojos. Ante esa visión, la sensibilidad del escritor  no tuvo tal vez  otra opción que  poetizar, en su prosa minuciosa y leal, aquellos parajes en los que germinó su cubanía.

Villaverde pasó en 1819 con su familia a la cabecera del partido. Aún San Diego de Núñez era un caserío escuálido como perro sin casa, estimulado en su aburrimiento por el paso de algún viajero sobre una bestia de monta, o a pie con un gallo de lidia acunado en un sombrero de guano. En torno: café, cañas, ganado. Más de 400 caballerías de tierra lo rodeaban pregonando riquezas que uno de los propietarios, Núñez, al ceder un área para el poblado, posibilitó que se acrecieran. Núñez, dicen, también se llamaba Diego. Y de esa coincidencia proviene el nombre del pueblo. Y del santo patrón de la iglesia, San Diego de Alcalá, cuya cabeza de madera sobrevive magullada en el museo de Bahía Honda.

La oscuridad nocturna en medio de la serranía inspiraba al niño nostalgias de cualquier parte, miedos de cualquier cosa. Opresión de la noche que se vuelve más desolada en la soledad. El pueblo comenzó a despegar en 1832. En 1846 el censo indicaba 260 habitantes. En 1863, 701. Pero Cirilo, el niño, ya lo había abandonado. Cinco años después de haberse trasladado desde el Santiago a la casa cómoda que el padre construyó en el pueblo entonces tan prometedor, el muchacho, con 11 años, partió hacia La Habana a estudiar. En la iglesia había aprendido a leer y escribir. Mas, faltando el cura, el doctor Villaverde envió hacia la capital a aquel hijo, uno entre nueve, en quien tal vez el padre previó cualidades que el tiempo confirmó.  Más tarde, don Lucas será uno de los supervisores de la cuadrilla de Estévez el rancheador.  Cirilo, su hijo, escritor antiesclavista…

La luz benigna del atardecer se va astillando por el occidente. Y desde mi alma sola, la melancolía observa el paisaje amodorrado, silente, incoloro de un día que se pareció a otros días iguales más de 150 años antes. La gloria elige cualquier lecho como cuna...


LA APLANADORA DE MIAMI: NUEVA VERSIÓN DE LOS "PANZER" HITLERIANOS

LA APLANADORA DE MIAMI: NUEVA VERSIÓN DE LOS "PANZER" HITLERIANOS

Por Luis Sexto

¿Chiste o comedia; ridículo o farsa? Esta es la pregunta con que  uno trata de hallar el término justo para redondear una opinión sobre ese acto en que  “un mar de fragmentos de discos compactos y fotos de Juanes –como informó El Nuevo Herald-  fueron rotos por una aplanadora”, en protesta por el concierto que el reconocido cantante y autor colombiano patrocinó en La Habana el pasado  20 de septiembre.

No contaré la historia. Porque la multitudinaria convergencia de músicos latinoamericanos, europeos y cubanos y un millón de concurrentes a la Plaza de la Revolución es en sí misma historia, protagonizada ante millones de teleespectadores del mundo. Vayamos más bien a lo colateral. Porque el Concierto por la Paz no requiere de interpretaciones: nada subliminal se puede detectar cuando la música y la poesía se esmeran por exaltar lo que nuestro planeta malherido necesita: paz y concordia. Ni siquiera las canciones pudieron sugerir un mensaje enmascarado contra Cuba y la Revolución, como algún medio supuso. Por lo general, esas piezas interpretadas por Juanes, la Tañón, Silvio, Bosé, Víctor Manuel y otros son usualmente escuchadas en Cuba en la radio, la Tv o en DVDs domésticos. ¿Acaso  los cubanos de la Isla viven en la edad de piedra?

Yendo, pues, a lo colateral, podíamos decir que en la edad de piedra habitan cuantos, fanatizados en una presunta Vigilia  que es solo trasnochado ejercicio de  pose “patriótica”, demolieron con aplanadoras y mandarrias la voz y la imagen de unos de los más populares juglares de la actualidad. Admitamos, como sabemos, que esos grupúsculos del llamado exilio, esos que parecen estar a la derecha de toda derecha, cobran sus salarios en la agencia por el “desarrollo de la democracia” o alguna parecida institución federal de los Estados Unidos, de donde, sea dicho de paso, surgieron también los Bin Laden. Pero habrá que seguir preguntando: ¿toda esa algazara, ese espectáculo cuadrupédico, ese remake de los “progromos”nazis contra los judíos, han sido  solo para mantener el sueldo? ¿No vemos acaso algo más en ese alarde de demencia? 

Al menos, este comentarista ve mucho más. Entremos en la psicología social; evoquemos esa figura llamada en Cuba “guapo de barrio”, que existe con otro nombre en cualquier ciudad del orbe; analicemos su conducta habitualmente destinada a lograr ser temido. Y para ello, grita, amenaza, provoca, dejando entrever en sus desafueros ante cualquier nimiedad que lo beneficie, una histriónica capacidad  de alardear que “se faja por lo que sea y con quien sea”. Los corifeos de la Vigilia Mambisa de Miami buscan, pues, meter miedo; delinear con aplanadoras y mandarrias la idea de que su transformación de ciudadanos decentes y comedidos en el desaforado e inescrupuloso mister Hyde del cuento, puede tener como objeto, llegada la oportunidad, además de los discos, también las personas. ¿Y a quiénes intentan aterrorizar?  Para responder habrá que estudiar algo de la composición demográfica de Miami, particularmente de Miami. Cerca de un millón de cubanos habitan esta ciudad de la Florida. Y es fácilmente demostrable que la mayoría salieron de Cuba como emigrantes para ser inmigrantes en los Estados Unidos. Conozco varias encuestas serias y honradas que avalan el hecho y cuyos números, por evitar cansarlos, no voy a citar.

Emigrantes e inmigrantes componen una categoría común en nuestro planeta, desde hace siglos; tal vez milenios. Emigran las personas de uno a otro país, de una a otra región, por que desean cambiar de ambiente, solucionar sus problemas económicos, olvidar una pasión frustrada, reunirse con sus seres queridos; en fin, por decenas de causas razonables. La emigración, por su índole de solución personal a problemas individuales o colectivos, no implica esencialmente una actitud política de partido. En una época, al pisar suelo miamense eran obligados a adquirir la falsa conciencia de refugiados. Pero en el curso de 50 años, la emigración ha ido cambiando su naturaleza. Los que eligieron salir de Cuba por razones políticas no son emigrantes, sino exiliados. Es decir, exiliado es aquel que sale de su país por causas políticas, a veces mediante la intervención de una embajada, por vías clandestinas o  legales, pero impelido por una militancia partidista o el sustento activo de una doctrina cuya práctica es  inadmisible en su tierra. Se marcha con una intención: luchar desde el extranjero contra el poder que los desalojó y recuperar el poder perdido, el statu social y sus tesoros y propiedades. 

Por tanto, Vigilia Mambisa y los demás grupúsculos del exilio duro -temprano o tardío según el tiempo en que se exiliaron sus adeptos- se ha percatado que ese cubano al cual solo le interesa trabajar, tener casa, automóvil, beber cerveza los domingos por la mañana con los amigos, y regresar temporalmente a su patria a ver a sus familias y enviar remesas, como cualquier mexicano o centroamericano,  puede en algún momento no servirles de aliados. Y de hecho, ante el concierto por la Paz, mientras que de un lado -prensa, radio y TV incluidas- Juanes recibía insultos y amenazas, en la calle el ciudadano de todos los días lo alentaba a seguir en la empresa de solidaria vocación artística del cantor. Lo confesó el propio Juanes.

Para que esta nota no se alargue,  invito a recordar que esta gente que grita, amenaza, tiembla entre rencores,  cuando en 1990 parecía que todo el socialismo mundial  naufragaba, pidió al gobierno norteamericano tres días de licencia para matar en Cuba. Claro, esa propuesta siempre sería el guión de un filme trucado, sin locaciones y presupuesto. Pero en Miami, las amenazas que se profieren allí contra alguien de allí pueden cumplirse. Y por ello uno se inclina a decir: la acción de Vigilia Mambisa es una comedia, un chiste, un gesto ridículo, una farsa. Todo a la vez. Pero  resulta también una tragedia. No lo olvidemos. Ellos, como ha dicho una voz inteligente de quien ahora no recuerdo el nombre, solo pueden reconocerles a cualesquiera de los que consideran enemigos el derecho a morir por sus ideas. Y ellos los ejecutan.

 

JUANES, EL CONCIERTO Y LA PRENSA DE MIAMI

JUANES, EL CONCIERTO Y LA PRENSA DE MIAMI

Por Lorenzo Gonzalo

Desde Miami

Escribir sobre el Concierto por la Paz organizado por Juanes en La Habana, desde la perspectiva de Miami, es difícil.

Comenzando porque la cobertura realizada por la cadena  Univisión, a la cual el gobierno cubano le autorizó enviar un equipo a la Isla, tuvo algunas concesiones poco profesionales. Esta conducta de la prensa en general es la que exagera los asunto cubanos y le da vida a una fantasía que algunos llaman exilio.

Mientras el trabajo noticioso del equipo enviado a Cuba, realizado por el personal que desde allí transmitió, daba la impresión de cumplir sus deberes con objetividad, el personal de Miami lo desmentía. No vamos a descalificar a la Empresa Univisión, pero sí señalaremos la conducta errante de su trabajo.

Los principales presentadores encargados de describir el evento, se lamentaban de no haber sido invitados, al tiempo que sus comentarios estuvieron cargados de críticas políticas al gobierno de Cuba, sin respeto alguno a la integridad profesional que requiere una obertura periodística.

Es precisamente por esa conducta militante política que están impedidos de cubrir cualquier evento, en un país que ha sido asediado e incluso atacado directamente por la nación más poderosa del mundo. En Cuba no se trata de un estado y un gobierno que viven una situación normal de paz fronteriza. Nadie que se respete así mismo puede negar los ataques sufridos por la Isla, desde territorio estadounidense. Mientras la prensa y algunos artistas mantengan esa militancia pertinaz, que sobreponen sus trabajos profesionales a sus criterios políticos, no habrá posibilidad de que unos u otros sean autorizados para viajar a Cuba.

La falsa polarización que esa prensa y los mencionados artistas intentan reflejar, en lo que ambos llaman exilio, no permite tomarlos en serio.

Realmente no hay una división entre los exiliados. Existe un sector pequeño, muchas veces mencionado por nosotros, con mucho poder político y suficiente control sobre los dueños de negocios, que se autoproclaman exiliados. Existe además otro conjunto muy nutrido, de cientos de miles de cubanos que viajan a Cuba y otros que no han podido viajar por las limitaciones de las leyes estadounidenses y las no menos arbitrarias disposiciones migratorias cubanas, que están a favor de las mejores relaciones.

La división en Miami, sobre el Concierto por la Paz, organizado por Juanes, ha sido entre ese pequeño grupo de origen cubano y la gran mayoría de cubanos que son emigrados y nada tienen que ver con ellos. En una manipulación continuada, con la ayuda de la pobre prensa existente en el Condado Miami Dade y de la cual forma parte esa mayoría que fungió como presentadora del Concierto para el sur de la Florida, la palabra exilio ha sido impuesta, aceptándola incluso personas racionales. Algunos de los periodistas que la utilizan están convencidos de formar parte de esa oposición visceral al gobierno de Cuba y otros simplemente la han incorporado por oportunismo económico.

Dentro de ese contexto, informaron  los periodistas de Univisión encargados de transmitir el Concierto desde Miami.

Esa transmisión contrastó con la de los profesionales de esa misma empresa que, desde Cuba, hicieron el papel para el cual fueron designados. Un ejemplo de esto es la pregunta de Mario Vallejo, desde la cabina de Miami, a Tony de Andrade, que transmitía desde Cuba, sobre si había visitado a disidentes y qué información tenía sobre las supuestas prohibiciones tomadas con ellos por las autoridades, para evitar que formaran disturbios en el Concierto. Andrade contestó que no había sido enviado para tales menesteres y que su campo de acción se especializaba en asunto culturales. Segundos después, Alina Mayo, desde su cabina en Miami, comentó que lógicamente Andrade no podía saber eso, por las limitaciones impuestas a los periodistas por el oficialismo cubano. O sea, manifestó algo que nada tenía que ver con la declaración de Andrade, cuya respuesta fue tajante e incluso manifestada con gesto molesto, por haber sido expuesto a una agenda que

 no es la suya.

Esta fue la prensa utilizada para la cobertura local. La existencia de periodistas militantes, en una idea que no admite objetivismo profesional, so pena de perder su trabajo, es lo que impide a un país bajo amenaza de guerra y agresión desde el exterior, como Cuba, admitir al territorio cubano, a periodistas o artistas de esa naturaleza. Este enfoque, que puede coincidir con el oficialista, es perfectamente entendible para quienquiera que sepa la historia de agresiones a Cuba desde el exterior y los escasos recursos para defenderse de un vecino tan poderoso.

Otro de los aspectos de la cobertura local fue vender la idea que las canciones de contenido social eran canciones políticas. Esto no sabemos si lo manifestaron por incultura o como método para confundir.

Antes del Concierto, Olga Tañón y Juanes fueron acosados por esa misma prensa, quienes hicieron lo indecible por doblegarlos a los intereses de ese grupo de origen cubano. Debemos hacer la salvedad que hoy, ese grupo nada tiene que ver con la gran familia de emigrados cubanos que viven en el sur de la Florida.

Nadie pretende que periodistas o artistas estén despolitizados. Sin embargo también es parte de la realidad,  saber ejercer los criterios sociales, políticos y aun ciertos pensamientos personales en el momento adecuado. A ningún cantante que sea ateo, se le ocurre abogar por el ateismo cuando es invitado a cantar en un centro religioso. Mientras eso no se entienda y sobre todo mientras no haya la seguridad de que las agresiones desde Estados Unidos serán perseguidas y condenadas por la Administración de turno, es poco probable que puedan evitarse las prohibiciones de entrada al país, impuestas por el gobierno a ciertas personas.

Por último la otra gran pifia profesional de la Empresa Univisión fue permitir que la militancia periodística de procedencia cubana que hizo la cobertura local, rebautizara el Concierto por la Paz, con el nombre de Concierto de la Discordia.

Este transfiguración del nombre sabemos que fue para complacer a ese sector que gusta de ejercer la Represión Social en Miami y que se ha etiqueteado así mismo con el nombre de exilio. Etiqueta que ya resulta ridícula o al menos fuera de contexto y de la realidad.

El Concierto de Juanes fue un gran éxito. Una parte del triunfo lo debe a esos furiosos militantes de Miami que como siempre, volvieron a sumarse a la causa injusta. Una vez se opusieron a que un padre recobrase a su hijo; otra aplaudieron la voladura de un avión civil en pleno vuelo; abogan por el derecho de invadir la Isla; trataron de impedir la visita del Santo Padre Juan Pablo II a Cuba; han quemado banderas mexicanas, destruido obras de artes de pintores que no piensan como ellos, discos de Juanes y han sido actores de un sin fin de calandradas más que, por razones de espacio, ya no podemos mencionar. Pero a pesar de ese grupo y quizás, gracias a ellos en alguna medida, la visita de los dos Juanes a Cuba, la del Papa Juan Pablo II y la del cantante, han sido exitosas.

Seguiremos hablando de lo mismo, porque hay mucha tela por donde cortar.

       

LA PAZ Y LA DISCORDIA

Por Fray Antorcha

Desde Miami

El “Concierto por la Paz”, como lo bautizó desde un principio, su organizador, el Colombiano Juanes, efectuado en La Habana el 20 de septiembre, puso en ridículo sobre todo a las dos emisoras televisivas hispanas de Miami, Univisón 23 y Telemundo 51,  enfrascados en calificar desde mucho antes el acto como político.

Ambas cadenas fueron representadas en  la capital cubana por sus enviados especiales, a quienes a toda  costa les insistían en realizar entrevistas mas allá del concierto, y mientras los cantantes iban apareciendo sobre la tribuna, las televisoras aquí mantenían las pantallas con las imagines partidas a la mitad.

De un lado, los artistas, del otro politiqueros baratos, periodistas mal intencionados, erigidos en voceros de la opinión de todo el exilio cubano, como si desde nuestras orillas necesitáramos que voces como la del héroe de la batalla en “La loma del bistec” y del “Lago del potaje”  Armando Pérez Roura o las Primeras Damas politiqueras de Miami, Ileana Rost Letinhen  y Ninoska Pérez Castellón, fueran nuestras voces y nuestros sentimientos.

Aberrante la discusión de Pérez Roura con quienes llevaron en algún momento de la transmisión a los estudios de Univisión 23, junto con el productor musical Hugo Cancio, hijo de uno de los integrantes del famoso cuarteto de la decada de los 60, “Los Zafiros”, ya desaparecido. Porque que este señor en su cueva  miamense WQBA, de la cual es dueño, despotrique de todo cuanto se le ocurra no es nada nuevo, si bien es conocido por muchos oyentes, quienes lo llaman a diario para ofenderlo, por su insistencia en hablar mal incluso, de los cubanos de la Isla, donde tal vez por error de la naturaleza nació.

Pero si alguna diferencia existió en la transmisión del Concierto, hay que destacar los constantes comentarios que opacaban las voces, en lo cual sobresalió Univisión 23, con un estudio en el que iban compareciendo lo peor de la mafia cubana-americana, inmorales, ladrones y muchos otros calificativos que no puedo exponer aquí..

En ese sentido Telemundo 51 fue más discreto, con solo los dos mismos presentadores del noticiero nocturno, quienes expusieron sus críticas o comentarios con palabras diferentes, como sobreequilibrando la balanza.

Lo cierto es que cuando Van Van comenzó a tocar, se hizo un silencio sepulcral en las pantallas de acá, como si ambas cadenas hubieran reconocido sus derrotas y la forma tan ridícula de realizar la transmisión. Los comentaristas desaparecieron como por arte de magia, para dar paso al cierre a pantalla abierta en un coro donde se fundieron las voces de Juan Formel y sus cantantes, con las de Olga Tañón, Miguel Bosé, Victor Manuel, el propio Juanes y el resto de los 15 participantes en el acto.

Lo mejor de todo vino una vez finalizado el espectáculo, cuando la televisión continuó con su emisión normal, dejando esperando a  los somnolientos de la mal llamada Vigilia Mambisa, esperando por las cámaras frente al Restaurante Versalles, donde amenazaban de nuevo con romper los discos de Juanes, encabezados  por su líder Miguel Saavedra,  para quien tengo un comentario especial.

Indiscutiblemente, el “Concierto por la Paz” cerró las bocas de quienes lo calificaron desde antes como el concierto de la discordia. Y cierto, resulto en una discordia, un dolor de estómago y de cabeza insoportable, para quienes esperaban ver en la tribuna al mismísimo Comandante Fidel Castro, para que el acto fuera político. Pero fue un acto de amor, de paz, un concierto que resultará inolvidable a    los miles de habaneros que nos representaron allí…