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PATRIA Y HUMANIDAD

CRÓNICA TRANSEÚNTE

CRÓNICA TRANSEÚNTE

Por Luis Sexto

 

En el aniversario 490 de La Habana

 

El  agua se despedazaba contra  los arrecifes destellando puntos de estaño frío. Llegué a pie bordeando el muro del Malecón hasta el muelle de Caballería donde  ya no atraca la lancha que nos pasaba al otro lado del canal de la bahía;  ahora finaliza su travesía cuatro o cinco cuadras  más al sur, en el de Luz  Miré al norte. Contemplé el Cristo que desde la colina de Casa Blanca asume el gesto impertérrito de la bondad de una mano que se alzaba para bendecir. Luego aspiré el aire salitroso que mece, como un santo y seña de la hora, el aroma del café. Olor genital de La Habana Vieja, destilado de mañanita al vapor de diversos y variados establecimientos para turistas. Más allá de la superficie del aire inmediato, detecté el olor único e indestructible, mezcla de mariscos, pescado, gas, basura descompuesta, que se adelanta a los ojos de quienes arriban a la ciudad  por ferrocarril.

 La Habana penetra, sorprende  primeramente por la nariz, en la atomizada bienvenida de sus efluvios más profundos provenientes de los intestinos de la bahía y el barrio industrial de Luyanó.  Reinstalado en el olor predominante en derredor, tuve deseos de probar aquella infusión que seducía con un gusto original, irrepetible en las cafeteras domésticas. Me recomendaron el restaurante situado junto a la Catedral. Bebí el expreso. Fuerte. Oscuro. Rizado con el oro de la espuma. Y luego entré en el templo. Oré sin recitar. Mi oración fue una mirada fija, quejumbrosa, hacia el altar  atestado de dorados barroquismos.

Mientras caminaba hacia la restablecida  plaza del convento de San Francisco de Asís, reflexionaba en la mezcla de contradicciones de La Habana. En las celdas de este peñón pío y humilladero de la calle de Oficios, quizás el más antiguo de la villa, habitó durante un tiempo San Francisco Solano. La Habana era entonces más proclive a los aspavientos religiosos que a la íntima sinceridad de la fe, según hacían notar los libros que ciertos viajeros publicaron después de haberla recorrido desde el puerto –crucero de todas las ambiciones y maldades de las Américas- hasta los barrios periféricos donde crepitaban la opulencia y el vicio.

La Habana se originó en la contradicción. Ni aun el elogio de cuantos la visitaron en el siglo XIX, época de esplendor, esquivó ese destino que unce la ciudad a lo paradójico  Y entre adjetivos de bella, plástica, incomparable, animada, bulliciosa, o títulos de émula de París y Londres, paño de lágrimas, las impresiones extranjeras anotaron  que La Habana era festival de la muerte, asamblea de malos olores, puerto carísimo para comer e incómodo para dormir, donde se encontraba mucho de sorprendente y poco de admirable.

El viajero entonces desembarcaba en una villa donde la abundancia del dinero y del lujo le impactaba, y luego topaba con la fiebre amarilla o el cólera anidados en basureros y  charcos; o en medio de la exquisita confusión de casas y edificios pintados de amarillo, verde, azul, contrastando con las luces y la sombras, tenía que “saber maromas” para andar por las escuetas aceras de intramuros; o seguro de que había llegado a un puerto de los de más alta civilización, debía pernoctar en el buque, pues no conseguía albergue en tierra, y en otros momentos no hallaba hotel montado a la europea para estar en compañía del confort.  O no había agua. Porque ubicada tentativamente en dos sitios  previos, en el sur y en el norte, se asentó la tercera vez junto a una bahía de bolsa, con un angosto canal de acceso, refugio providencial contra huracanes y propicia a las opciones defensivas de la ciudad, pero sin fuentes de abasto.

Quizás en ese revoltijo de contradicciones radica el hechizo de La Habana. En esa presencia impresentable, en ese abigarrado desorden, depositó su dechado de seducción. O se cobijó en sus habitantes, contradictorios también, indisciplinados desde los días liminares de la villa. Eran, según las quejas de los gobernadores, opuestos a cuanto se les mandaba y tan modelados a su arbitrio que todo costaba no poca dificultad. Gente por lo demás amorosa y hospitalaria, capaz de partirse en reverencias de cumplimientos, pero irrespetuosa hasta humedecer con sus escupitajos cualquier conversación y virar al revés el estómago de su interlocutor. Gente denodada para defender su ciudad del pirata o del corsario, y a la vez remolona para cumplir la vigilancia miliciana en las costas.

La Habana no se ciñó a nacer y progresar entre la paradoja. Trasmitió esa circunstancia a las sucesivas imágenes que de sí misma fueron forjándose en el hilo de los siglos. Haciéndose distinta continuó igual; se guardó fidelidad como en un matrimonio de un solo miembro. Y por ello para entenderla y explicarla, uno  precisa leer en ruta inversa: del hoy al ayer. Sus problemas básicos no cuentan 30, ni 50, ni 100 años. El solar, la ciudadela, la periferia de cinc y cartón, el hacinamiento se multiplicaron  por el imán infinito de la tradición cuando, luego de desaparecer la esclavitud, los recién entrenados proletarios negros asumieron a La Habana como la regenadora de las injusticias y angustias vitales que los habían bestializado. Y La Habana, que nunca construyó para la masividad, ni creó abasto propio, continuó recibiendo como a través de un viaducto promisorio, el éxodo provinciano en una república rutilante en su cabeza y opaca en el resto del cuerpo. Porque para el cubano, la capital no ha sido la urbe de las paradojas, sino la ciudad de las esperanzas...

En los últimos años del siglo XX, retomó su pervertido oficio de escandalizar. Ruido y provocaciones cortan el paso del transeúnte. Con apetito de alguna emoción rara, autoricé que me sedujeran mediante un españolizado sí, hombre. Y aquel cicerone sin mangas me llevó por el Malecón. Sobre el muro recitó una frase copiada quizás de  Alejo Carpentier. Las gotas de una de las recientes marejadas le encristalaban la piel; de lejos hubiese parecido que sudaba el centavo que proyectaba quitarme. Este muro -decía- es la quintaesencia de las ensoñaciones habaneras. Eso pasaba como justo y bueno. Pero todavía me pregunto qué tipo de español se habría figurado él que soy, porque frente a la farola del Morro me informó que en ese castillo había peleado contra los ingleses el General... Elpidio Valdés*.

 

*Héroe de una célebre historieta infantil cubana de Juan padrón

 

 

 

 

 

 

EL FRUTO DEL ALMENDRO

EL FRUTO DEL ALMENDRO

Por Luis Sexto

Espero que estén de acuerdo en que, entre los cubanos, se dirime un debate. Para algunos podrá sonar heréticamente  el término debate. Pero no creo que vivamos en una especie de arca que nos encuadre en una alianza con el silencio, la pasividad y la resignación. Por supuesto, si debatimos, damos señales de andar litigando contra los fantasmas del descrédito y la desesperanza.

En una de sus partes, la discusión parece localizarse en esta disyuntiva: centralizar o descentralizar. Necesariamente, no tienen que resultar una especie de antinomia. Pero pudieran derivar en un conflicto interminable si ambas categorías, más que con sentido práctico, se asumieran desde rígidas doctrinas o cómodas posiciones. En cualquiera de estos dos extremos, se estaría obviando que vivir significa afrontar, en cada jornada, una mezcla de conveniencias e inconveniencias renuentes a ser conducidas solo por las ideas y la voluntad. El sentido práctico también cuenta.

He de citarme ahora para conectar esta nota con un pensamiento inconcluso. Hace dos semanas, en el texto titulado Atentado al pudor, dije, como quien descubre el congrí, que en Cuba no era conveniente centralizar todas las soluciones, ni descentralizar todos los problemas. Si así lo hiciéramos hoy, como en otros momentos, tal vez la norma pedagógica de error-aprendizaje, derivaría en la fórmula error-error, es decir, rectificar incurriendo en el mismo equívoco que se pretende corregir. Así, no habrá solución y el problema se agrava dejándonos una sensación de incapacidad para romper el círculo vicioso donde por momentos aparenta estar encerrada nuestra sociedad.

El peligro de encallar es real. No creo que alguien dude de que cierta resistencia a descentralizar, mediatiza hoy algunas medidas concebidas recientemente con el fin de readecuar, de modo justo y creativo, estructuras y concepciones tan estrictas que, como mínimo, amarraban un brazo o una pierna, y en particular la cabeza, de las fuerzas productivas. Se retarda, se embaraza -según declaraciones de expertos bien informados- el pago por los resultados del trabajo, que equivale a decir, la descentralización de un salario que remuneraba por igual, sin reconocer las diferencias entre el más y el menos productivo, o el menos y el más eficiente.

Hagamos una analogía. En mi infancia, para comer la semilla de la almendra había que “machacar” su  corteza con una piedra. Los niños de hoy habrán de hacer lo mismo. Y con el tiempo uno  ha aprendido que la almendra es un fruto “descentralizado”: tiene un núcleo sólido, rodeado por una coraza de “lados fuertes”. Para llegar al centro hay que “machacar”el blindaje que lo preserva. A mi juicio, esa es la relación dialéctica entre la centralización y la descentralización: asunto de seguridad y supervivencia.

Sin querer posar de mago, ni de especialista, creo advertir que en la más cabal estructura descentralizada, puede albergarse el parásito centralizador. Fijémonos, una estructura empresarial, si se organiza verticalmente, de arriba abajo, en cualquier momento puede obviar su finalidad básica. Y necesita, por tanto, de la línea trasversal de la democracia: que los trabajadores no estén en la plantilla, además de trabajar,  solo para  oír, asentir y obedecer lo que el director o el presunto consejo de dirección decidan.

Habrá que andar con cuidado –dígolo como el último entre muchos. Ha de inquietarnos la existencia de un problema que hasta ahora nunca ha tenido solución: muchos de nuestros cuadros están habituados a mandar obedeciendo lo dictado desde niveles superiores, no a dirigir en el juego exigente, agotador pero seguro del sí y el no del raciocinio, y quizás de pronto, como si nadie se diera cuenta, la gestión empresarial se convierte en una operación rodeada de muelles, colchones y otras suavidades que más que el bien común, procuran solo la comodidad de los burócratas. No me reprochen las dudas. Un filósofo, demasiado conocido para mencionarlo aquí, exaltó la duda como método. Tal vez podamos decir: pienso luego dudo, de modo que nos protejamos de la “centralización” que, cuando no es necesaria, limita y retrasa. (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)          

 

 

 

LA OTRA PELEA PERDIDA DE JACK JOHNSON

LA OTRA PELEA PERDIDA DE JACK JOHNSON

  Por Luis Sexto

 

Dentro de seis años se redondeará  el centenario de uno de los escándalos boxísticos del siglo XX: la pelea entre Jack Johnson y Jess Willard el 5 de  abril de 1915, en el Hipódromo de Marianao, La Habana. Poco importa hoy hacer memoria de esa estafa protagonizada por dos norteamericanos: el campeón mundial de los pesos completos, negro, y un retador a quien la propaganda calificaba, como a muchos después, de “gran esperanza blanca” del boxeo.

 

  Ya sabemos que Jonson, perseguido por su color y su audacia de mantener mujer blanca y fina, tuvo que vender su faja por 30, 000 dólares, y en el asalto 26 de un duelo pactado a 45 rounds, se tiró a la lona luego de que, desde el público su esposa le hiciera una señal con la cual le advertía: ya tengo el dinero. Enseguida, ante 20, 000 espectadores entre los cuales figuraba el presidente de Cuba, Mario García Menocal, el campeón simuló no poder levantarse del impacto de un golpe del inefectivo Willard. Y así el título se blanqueó y miles de estadounidenses racistas, al saberlo, durmieron en paz.

 

  Esos son los términos esenciales, el resumen de aquel combate que generó  opiniones polémicas. Parece que casi todos los espectadores pudieron percatarse del turbio negocio. Se sintieron frustrados y ofendidos. Solo alguno de los promotores del la pelea negaron el fraude.

 

  El combate había despertado una explosión de interés desde cuando el 21 de febrero de ese año Jack Johnson desembarcó en el puerto de Cienfuegos, en el sur de la parte central de Cuba. Matizó su presencia en la capital cubana la peripecia de un negro famoso a quien los hoteles más reconocidos –el Inglaterra, el Plaza, el Pasaje- le negaron  habitación. Tuvo que albergase en un establecimiento de segunda o tercera, nombrado Las Villas.

 

  Entre los periodistas que se le acercaron estuvo Ruy de Lugo Viñas. Entonces uno de las firmas de la prensa con mayores méritos. Tras publicarse en un periódico, la crónica en que sintetizó su  conversación con Johnson apareció, en el mismo año de 1915, formando uno de los capítulos de libro titulado Los ojos de Argos, con prólogo de Luis G. Urbina, delicado poeta y cronista mexicano, que ya era, o será más tarde, padre de Silvia Pinal, después renombrada actriz cinematográfica. Urbina testifica las calidades de Lugo Viñas, periodista nacido en  1888, en Santo Domingo,  provincia de Las Villas. “Todo lo construyó adrede el autor de este libro para albergar (…) las impresiones momentáneas exigidas por la inquieta voracidad del periodismo.”  Sí, en efecto: eso es lo que halla uno en Los ojos de Argos: periodismo. Pero, advierte Urbina enseguida, “el material de cultura, de talento, de emoción estética, es, a pesar de todo, tan fuerte, que resultó durable y de perfectas condiciones de estabilidad para ser trasladado de la hoja volante al tomo superviviente”.

 

  Lugo Viñas compuso su libro con crónicas que parten de un hecho noticioso o de una figura noticiable. Esto es, no son crónicas de remembranzas, de nostalgia, que suelen ser las más proclives al entramado poético. Son crónicas a la manera modernista y que estos tomaron de los franceses. Lugo-Viña habla de la vida de su momento, del discurrir maratónico de los acontecimientos. Lo que, como lo dijo Urbina en su turno,  el acontecimiento no se congela ni muere, como es usual, en la urgencia de la nota informativa. El  factstory norteamericano pervive más allá del tiempo, porque el cronista intenta reflejar la vida con los espejos de la subjetividad, embadurnando el perfil de cosméticos estéticos. Ofreciendo una amable visión de la gente, los hechos y las cosas. Veamos en un fragmento cómo el cronista define a Jack Johnson, en la crónica cuyo título resulta sumamente expresivo: “Jack Johnson, el negro de los knock-out formidables”:

 

  “El “big-man”llega a La Habana seguido de una corte: la francesa lánguida que es su esposa, su entrenador, el secretario, que es por igual memorialista y corre-ve-y dile… y cuatro domésticos: uno que le limpia las botas –casi tan descomunales como las de un “gun-boat” Smith, otro que se encarga de la ropa sucia, otro que lo enjabona en el baño y lo cepilla cuando ya está vestido y el cuarto que, por estar a las órdenes de la consorte, no hace nada… a menos que se entretenga en cornamentar a su patrón. El “big-man” viaja como lo que es: como millonario que tiene larga cuenta en el Crédito Lyonnais y una fortuna en cada brazo.”

 

  Notamos la originalidad en el esbozo del personaje: lo define mediante datos que se convierten en símbolos, y emplea la ironía mediante alusiones que le incrementan el relieve: el crédito en un banco, la fortuna de sus brazos de boxer imbatible, la esposa francesa o afrancesada. Por supuesto, esa estampa atorrante de hombre fuerte, poderoso queda sugestivamente en entredicho con aquella observación  de un criado que apenas hace algo, salvo que se dedique a cornamentar a su amo. Cornamentar, cuánta finura en la palabra que tanto podría ofender a quien sepa leer español.

 

  No sabemos si Johnson protestó por la sugerencia marital que lo desacreditaba. De cualquier manera, parece que el campeón perdió verdaderamente esta pelea con este periodista, cuya intrepidez lo golpeó en los planos bajos. Ruy de Lugo Viñas fue un escritor audaz. Con el tiempo, se convirtió en un sobresaliente experto en  asuntos de la municipalidad como categoría histórica y política. Viajó mucho, porque parece que la bohemia, el vivir de salto en salto le espoleaba el gusto por la vida. Residió en Nueva York, y en Buenos Aires, donde aprendió conceptos nuevos sobre el  periodismo. En México trabajo en El Universal y Excelsior, que parece poco y es demasiado para un periodista, y fundó una revista en Madrid: Así va el mundo.  Fue delegado de Cuba en la Liga de las Naciones. Escribió obras de teatro. También poesía. Trabajó en Heraldo de Cuba, el periódico de Manuel Márquez Sterling, el notable diplomático e historiador.

 

  Ruy de Lugo Viñas murió en Cali, Colombia, en 1937 cuando el avión en que viajaba chocó con una montaña mientras reportaba el vuelo Pro Faro de Colón, con el fin de promover un monumento al llamado Descubridor de América. Murió, como solemos decir, con las botas o los guantes puestos.

 

  

 

  

 

  

EL AVESTRUZ NO ES REALISTA

Por Luis Sexto

Esa mujer –dijo alguien inteligente a mi lado- es bella de frente; de perfil, en cambio, no lo es tanto. Esa posibilidad la conocen desde hace mucho los actores de cine y televisión. Oye –advierten- por mi lado malo no me enfoques… Son realistas; se ven tal y como son. Si hay un lado infeliz, pues a apuntar con la cámara desde otro ángulo.

Haciendo una analogía, así ha de ser en la vida social y política: juzgar la sociedad como es, no como queremos que sea. La literatura cita un ejemplo célebre de una mujer que nunca podría ser actriz, gobernante o empresaria: la bruja de Blanca Nieves. Recordemos que cuando se miraba al espejo, el genio del azogue le decía que nadie era más hermosa que ella. ¿La engañaba? Más bien la bruja misma se engañaba. El espejo era una vulgar imagen nunca vista con realismo por la señora.

Realismo es otra palabra cuerda. Tan cuerda como flexibilidad y racionalidad. Quizás el realismo sea un modo inteligente de vincularlas. Flexible y racional: igual a realista. Por supuesto, analicemos la palabra desde el punto de vista práctico, como ese enfoque que sabe determinar con nitidez los puntos feos de la realidad y precisa las oportunidades y las fórmulas ciertas, lógicas, posibles de modificarlos. ¿Es realista quien sueña con escribir un gran libro y nunca lee los libros ajenos? ¿O lo es quien quiere ganar los 400 metros lisos de las Olimpiadas con los pies planos o pesando 300 libras? Realismo, tengo que aclararlo, no es contrario a audacia, a iniciativa, a alternativa. Creo que realismo sin esas dotes acometedoras deja de serlo. Porque audacia no es locura, iniciativa no es parálisis, alternativa no es improvisación. Son diversas formas para intentar resolver los problemas que una visión realista censa y describe.

La falta de realismo está en esperar un golpe de suerte para resolver lo que nos estorba. Está en estimar que solo cuanto yo creo es la verdad y que los demás están equivocados. El realismo no está tras las cortinas que tapian las ventanas, ni siquiera en las estadísticas que suelen ocultar la cara de la gente. Y mucho menos aparece en los datos que algunos  usan, a veces distorsionadamente, para llenar un informe y quedar bien, limpios, seguros.

De ese irrealismo fantasioso y carente de honradez, uno ha visto demasiadas muestras. No quiero arrimar mucho el fuego a la sartén de los periodistas; lo soy y tras casi 40 años de ejercicio nunca he dejado de creer en mi profesión como instrumento crítico de los desvalores y desaciertos, y defensor de los valores y aciertos políticos y sociales. Y como he sido periodista modesta y servicialmente, he tratado de estar allí donde puedo ser útil. Y tanto, tanto irrealismo he pulsado… He oído por la mañana en una oficina que faltan bueyes para la agricultura y al otro día, en una reunión más amplia y múltiple, he escuchado a las mismas personas informar que habían sobrecumplido la cifra de yuntas de bueyes para sustituir a tractores y combustibles. Ese fue un acto de lesa patria al que el periodista, medio metido a Quijote o cumpliendo la doctrina y la política de su Partido, intentó reivindicar publicando un artículo titulado Esa vieja dama indigna: la mentira.

La mentira no es realista. Ni revolucionaria. No lo es porque distorsiona, empaña la visibilidad del necesario realismo que los revolucionarios han de mantener, no para ocultar el lado feo de la sociedad, sino para mejorarlo. Y en ello radica la diferencia entre el cine, la TV y la vida real: las malas caras no se pueden transformar ni con el espejo de la Bruja. Que cada cual cargue con su lado menos favorable. Ahora bien, la sociedad sí puede mejorar con un enfoque realista que permita establecer lo imposible hoy y lo posible mañana, que permita distinguir deseos y realidad.

Mirando el asunto desprejuiciadamente, con franqueza, sin las burbujas de la mentalidad complaciente que todavía nos limita, el realismo, el panorama integral y sopesado de la vida, nos permitirá andar en el camino “enmarabuzado” del mejoramiento, demostrándonos cuanto se gana actuando o lo que se pierde sin actuar. No hagamos como el avestruz, que carece de realismo. Dicen que pone y estira su cuello a ras del suelo para no ver el peligro. Pero esa omisión de la visibilidad no elimina el riesgo. Lo agrava.   

 

 

 

CONVERSACIONES SABATINAS CON CHACÓN Y CALVO

CONVERSACIONES SABATINAS CON CHACÓN Y CALVO

Por Luis Sexto

Hacia las 12 de la noche, medio dormido, como entre rumores, supe el 8 de noviembre de 1969 por Radio Reloj que José María Chacón y Calvo, uno de los últimos humanistas cubanos, acababa de morir en el hospital Calixto García, en La Habana. Esos, creo precisar, fueron los detalles básicos.  Era su amigo, más bien uno de sus discípulos. Comprensiblemente, la aldaba de la muerte también resonó en mi puerta, entristeciéndome y trasladándome unos asientos más adelante en el aula de la soledad.

Ante su nombre, sobre todo ahora cuando la fecha determina que de aquella hora han pasado casi cuatro décadas, los recuerdos se insubordinan y se plantan con sus carteles, y me exigen evocar al Maestro y repasar sus lecciones. Entonces, cada sábado al anochecer, yo arrimaba mi sillón a su sillón, le preguntaba sobre un hecho, un libro, o un personaje. Él me hablaba de sus estudios heredianos; de sus investigaciones sobre los romances en Cuba; de Hermanito menor, poesía lírica en prosa, comunión sensual y mística a la vez con la naturaleza; de Ensayos sentimentales,  tierna, grácil evocación  de amigos y maestros. O yo le mostraba uno de mis textos ingenuos… Y si hoy no escribo como él intentó enseñarme es por mi insuficiencia, natural escasez de talento que habitualmente casi nadie reconoce en sí mismo.

Me acuerdo en particular de una de sus críticas.  Al leer uno de mis primeros poemas, me escribió una frase que puedo trasladar del lenguaje íntimo al público como un principio estilístico: “La originalidad nunca puede derivar en fealdad agresiva”. En otro momento me recomendó: “Sé más personal”. Era el antídoto al objetivismo que cadaverizaba aquel escrito que le mostré sobre Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez. Semanas más tarde acerté. Le llevé un breve, rápido ejercicio ensayístico, una semblanza vibrante a mi juicio de emotividad, sobre el escritor que elegí entonces como modelo: León Bloy. Lo aceptó. En una de sus primeras cartas, luego de que fui a trabajar a la provincia de Camagüey, me comunicaba que había enviado mi “bella página” a don Alfonso Junco, director  de Abside, Revista de cultura mejicana que Junco mantenía con su peculio. Dos o tres meses después me golpeó el susto de verlo publicado. Transcurría 1968. Aún conservo el ejemplar que me llegó por correo y la carta que lo acompañaba, firmada por don Alfonso, y que el autor de La jota de México y otras danzas, calificaba también de “bella página”.  Junco era también el creador de esa entrada periodística, que aún azuza mi envidia, desafía la rutina y establece nueva norma a la imaginación, con que empezó en el Universal su crónica sobre el deceso del suculento escritor de Ortodoxia y de Herejías: “Chésterton acaba de darme el único disgusto que me ha dado  en su vida: se ha muerto”.

La de obra de Chacón y Calvo era la pizarra donde se ilustraba su enseñanza. José María –así lo llamaba yo, porque su generosidad me había abierto la cancela de la confianza-  era personal, esto es, emotivo, aun escribiendo una nota acerca de un poeta del siglo XIX o analizando la estructura de un romance hallado bajo el sombrero de un aldeano o un campesino. Era un lírico. Lírico que nunca escribió un poema, porque, según su confesión, carecía de oído musical. Pero dotó a su estilo de una delicada emotividad que hacía entrañables, humanas, las conclusiones de sus estudios o apreciaciones críticas. El Diario en la muerte de su madre es también una pieza ejemplar: forjada dolor a dolor, vaciada despaciosamente en la original humedad de quien sufre con el tacto del poeta: sofrenando  el grito para no estropear con la estridencia la autenticidad de la pena que se queja. 

En ello me parece haberle seguido la señal. He sido excesivamente personal, tanto que algunos de mis colegas, me acusan de ser “onanista abstracto”. Pero permanezco como empotrado en un montículo de perseverancia y fidelidad a lo aprendido. Como aseguraba Bola de Nieve de la suya, yo escribo con voz de persona.

Sus cartas expresan incluso la vocación lírica de José María.  La última la recibí el 12 de diciembre de 1968, en el central Amancio Rodríguez. Un mes más tarde, un traslado laboral hacia una plaza más cerca de La Habana, me facilitó visitarlo de nuevo cada sábado. En aquella carta final, el autor de Hermanito menor y Estudios heredianos, comentaba la muerte reciente de su amigo Ramón Menéndez Pidal. “Cada vez vive más hondo en lo íntimo de mí el maestro que acaba de perder España (…) Como homenaje a su memoria releo uno de sus grandes libros: La España del Cid. Y esta gran tarea de reconstrucción de una época y de su héroe me depara muchas lecciones; una de ellas es la humildad. Con ánimo humilde se acerca el maestro al lugar donde nació el Campeador. No se encuentra Vivar en la guías de viajeros. Y don Ramón levanta al pueblito, a la pobre aldea, ante nuestros ojos. Y así penetramos en el lugar del Cid…”

La humildad caracterizó también a Chacón y Calvo. Lo fui conociendo completamente despegado de su título nobiliario de Conde de Casa Bayona, heredado de sus parientes, señores de Santa María del Rosario, villa donde nació y cuya quietud y paz coloniales le condicionaron acaso la serena visión con que se aproximaba a los seres humanos y a las cosas. Y humildad era recibir, de día o de noche, a un muchacho deseoso de aprender -sin más mérito que ese: desear aprender a escribir y juzgar-, y atenderlo como si el juvenil interlocutor fuera la persona más relevante del planeta. Le oí confesiones que nunca he visto en papel. El 10 de marzo de 1952,  Batista lo llamó por teléfono para que ocupara la dirección de Cultura en su gobierno anticonstitucional. Chacón se negó. Había sostenido en sus funciones públicas una teoría peligrosa: la apoliticidad de la cultura. Pero no era tan ingenuo para mezclarse con la política de un  jerarca de bota y fusta. Apoliticidad o neutralidad de la cultura significaba para Chacón y Calvo la exclusividad de la persona humana cuando entraban solicitando ayuda en su despacho de directivo oficial o diplomático: no le importaba que fuese comunista o conservador, creyente o ateo. En el diario íntimo de sus años de funcionario consular en Madrid, habla de las personas, de uno u otro bando, que ayudó a preservarles la vida durante la república española, enconada y agraviada en los días previos a la guerra civil. La cultura y la persona humana carecían, para él, de  filiación ideológica ante la solidaridad. Y pude comprobarlo cuando, en una de mis visitas, leyó una carta de Nicolás Guillén concediéndole a Chacón y Calvo un favor previamente pedido. El poeta argumentaba que lo servía porque nunca podría olvidar el apoyo que el entonces ya renombrado crítico le había dado a Motivos de son. El presidente Osvaldo Dorticós también respondió afirmativamente a una solicitud del viejo humanista. Aducía la misma razón: cuando nadie quería emplear al abogado cienfueguero por sus ideas políticas, Chacón y Calvo, director de Cultura, le dio trabajo.

En aquellas conversaciones de sábado me habló de algunos de sus grandes amigos: Alfonso Reyes, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Agustín Acosta, Pablo de la Torriente,  Manuel García Morente, García Lorca, el propio Alfonso Junco… De Pablo de la Torriente me dijo que le había conseguido que una editorial de Barcelona  publicara Presidio Modelo, con una condición: que el autor tachara las “malas palabras”. Pablo no aceptó, y el hoy clásico testimonio, expresión anticipadora del  periodismo literario, permaneció inédito hasta el triunfo de la Revolución cubana.

Una noche me equivoqué. Y me rectificó con un palmetazo humorístico que no le había apreciado todavía en su vejez adolorida por los achaques físicos y la soledad de padre sin hijos. Le pregunté: ¿Trató, José María, a don Juan Montalvo, el ecuatoriano? Y él, sin moverse, porque una de sus piernas, enferma, reposaba a lo largo sobre una banqueta, me dijo: “Nací cuatro años después de su muerte. Seré viejo, pero no tanto como la historia que estudio.” Y callé avergonzado. Como callo ahora, no vaya a creerme que el muerto soy yo y siga hablando de mí, y algunos de mis amigos, o enemigos, tengan razón al acusarme de vanidoso.

LA SAL DE LA NACIÓN

LA SAL DE LA NACIÓN

Por Luis Sexto

Al enterarme del deceso de Cintio Vitier el primero de octubre, tomé de entre los libros domésticos dos de los títulos más recurrentes en mis lecturas: Ese sol del mundo moral y Vida y obra del Apóstol José Martí. Y en su homenaje empecé a repasarlos. Si en alguna ocasión reciente he dudado de mi vocación o de mi modesta persistencia en asumir la solidaridad como medio de relación con mis compatriotas, he  hallado en estos libros la justificación de los días que desvivo. Cintio nos recuerda que la historia, que el pasado y la tradición prometen el sentido de la vida a quienes eligen las  incertidumbres del ser ante las certidumbres del tener.

Casualmente, octubre es el mes de la cultura en Cuba. El 20 se recuerda la primera vez en que se cantó el himno de Bayamo, a principios de la primera guerra por la independencia, adoptado como himno nacional  en  la república.  La cultura espiritual, y sus afines el arte y la literatura están ceñidamente imbricados en la formación de la nacionalidad cubana. Suele suceder así en la gestación de las sociedades. Pero en Cuba vemos lo apretada, como raíz en tierra honda, que la cultura subyace en el proceso de la conciencia cubana. Vitier, sea dicho también como oportuna casualidad, escribió en otro libro memorable que los primeros atisbos de cubana criolleidad aparecieron en la poesía cuando el verso comenzó a apropiarse del paisaje como algo entrañado, esencial, y no como forma circunstancial.

Espejo de paciencia, poema escrito por un oriundo de Gran Canaria en 1608 y estructurado en dos cantos y 145 octavas reales, no es un poema trascendente por su intrínseca propiedad estética, pero expresa la incipiente asimilación, la lenta interiorización de la naturaleza y la vida criollas en la conciencia social de la Isla. Y vale, perdura,  como acta del alumbramiento cultural del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Porque en su lenguaje, donde prevalece el transoceánico sonido de las palabras y las imágenes leales a lo español, aparecen voces netamente cubanas como macagua, nombre de un árbol, y biajaca, de un pez de agua dulce, y maruga, de un sonajero, y siguapa, de un ave nocturna. Su tema es también criollo: el secuestro y rescate del Obispo Cabezas y Altamirano.

Y otra casualidad, por llamarla de algún modo: casi simultáneamente comenzó el reinado de la Virgen de la Caridad en Cuba, para acrecentar y consolidar la religiosidad de la isla y marcar también diferencias entre el organismo autóctono que nacía con respecto de su claustro materno, España.

Volviendo en particular  a Ese sol del mundo moral, libro básico en la bibliografía del católico y matancero Vitier, habremos de notar lo que el autor señala con intensa convicción: la cultura cubana, la identidad nacional y la historia de Cuba están impregnadas de eticidad. Principalmente de eticidad cristiana. Porque si los investigadores señalan los últimos años del siglo XVIII como el principio en que la nacionalidad empieza a cuajar en la conciencia social del cubano, en esos tiempos ya existe una de las instituciones primordiales de la cultura cubana: el seminario de San Carlos y San Ambrosio, y por esos años un sacerdote, el Padre José Agustín Caballero, cuya voz  nos condicionará éticamente hasta el punto de suscitar en el poeta  José María Heredia el rechazo a los “horrores del mundo moral” generados por la esclavitud del negro, y después del chino, y la opresión colonial. El Padre Caballero, y también y sobre todo el Padre Félix Varela,   harán definir a Luz y Caballero, años más tarde, que la justicia es “el sol del mundo moral”. Lo mismo que en la inauguración de uno de sus cursos de economía política dijo Bachiller y Morales: La economía sin justicia, sin ética, no cumple su papel en el adelanto de los pueblos. Son mis palabras, pero sus ideas.

Caballero, Varela, Luz, Martí, y tantos más,  vienen a orientar el rumbo directriz de nuestra identidad y de nuestra historia. Cuba partió siendo “tierra tiranizada y de señorío”como advirtió el mestizo y humilde maestro de música y gramática  Miguel Velásquez en carta al obispo Sarmiento, en 1547.  Y la ética de nuestros padres fundadores  -hombres que en sí mismos alentaban la virtud que creían necesaria en su patria-, fue el antídoto que fortaleció el organismo de la conciencia cubana y le facilitó nacer entre orígenes e ingredientes dispares en lo humano, y entre las circunstancias ásperas, a veces terribles de la esclavitud y la guerra.

La Historia no es una secesión de hechos sucedidos sucesivamente, como aseguraba cierta ingenua definición que aprendí en mi lejana infancia, cuando transitaba por la primaria. No quisiera ahora redefinir la historia. No hallaría la fórmula exacta. Más me gusta sentir la Historia que definirla. Y sentirla, a mi entender, equivale a voltear la vista, observar la teoría de años y siglos que nos anteceden y reconocernos en la masa de hechos y dichos que parten de nuestras espaldas hacia el pasado, y obrar por que el futuro sea fiel a las corrientes matrices de nuestra personalidad como pueblo. En esa masa pervive la cultura, y la cultura expresa nuestra identidad, nuestro cuerpo nacional, conglomerado que se  beneficia con el espíritu de la tradición.

Estoy convencido: La identidad nacional brota, se apuntala, se consolida en la historia local. La gente ha de saber que en el sitio por el cual entró en la vida y donde asimiló los amores y valores primeros y decisivos, o donde reside, vivieron antes otros seres que añadieron pensamiento y acción fundacionales a viviendas y paisajes. El pasado del lar municipal no está vacío. Uno habita en el vacío que antes colmó otro. Soy, en cierto sentido, por aquel que es mi vecino y antecesor en la tradición. Mi semilla. El ombligo de la historia y la cultura no exhibe su oquedad en el abdomen del último, sino en el del primero. El cordón umbilical avanza hacia atrás. Y a él debemos el perfil iniciático. Aunque a veces lo olvidemos culposa o inconscientemente.

Fe y patria, ética y nación son valores supremos. Por ellos somos. Y por ellos, ejerciéndolos, podremos ser la sal, la sal que preserva de la corrupción.

 

 

 

 

SIN EMBARGO, EXISTE…

SIN  EMBARGO, EXISTE…

Por  Luis Sexto

 

“¿El embargo? ¿Qué embargo?'', respondió Juan Clark a El Nuevo Herald y luego añadió: “Las compañías estadounidenses ya envían arroz, pollos, y ahora postes del alumbrado eléctrico a Cuba. El embargo es un mito”. En cambio, el ciudadano Luis Manuel Sánchez, desde un hospital cubano pregunta: “¿Dice eso?” Y enseguida  desafía al conocido sociólogo,  ex miembro de la Brigada 2506: “Pues que venga aquí y asuma la paternidad  de un niño enfermo de cáncer para que sufra las angustias de no saber si en el próximo ciclo de quimioterapia su hijo podrá contar con los medicamentos citostáticos.”  La empresa extranjera suministradora, quizás filial de una norteamericana,  podría anular el contrato  si el gobierno americano se percata que “comercia con el enemigo”.

Habría, pues,  que concederles una estancia en La Habana a cuantos en Miami y en Washington elucubran, gestionan, mienten, gruñen, votan, deciden para que el Congreso y el gobierno de los Estados Unidos sigan clasificando al gobierno  de Cuba y por extensión al  país, como enemigo, y comprobarán que muchos de las agobios y las limitaciones materiales de los cubanos del archipiélago provienen del bloqueo llamado eufemísticamente embargo.

¿Qué respuesta merece Juan Clark y cuantos hablan como este hábil profesor? ¿La disculpa del desconocimiento? Más bien habría que empezar a objetar su criterio: manipula la realidad. No ignora este experto en asuntos cubanos que lo que ciertos empresarios  venden hoy a Cuba, tras un todavía reciente ciclón devastador, resulta un gesto aparentemente caritativo de la Casa Blanca, condicionado por el pago al contado,  previo a la entrega de la mercancía –solo proveniente de la agricultura-, y con reglas comerciales de una sola dirección, es decir, Cuba solo compra; se le niega la oportunidad  de vender alguno de sus productos exportables  a los norteamericanos.

No hemos de forzar la razón para comprender que con un total de 1 400 millones de dólares de pollo, arroz, cebollas y postes de la electricidad, entre otros rubros minoritarios, Cuba puede trascender sus dificultades de abastecimiento, estimular sus inversiones, reparar y equipar sus hospitales ante cuyos consultorios muchos esperan por que se adquiera un componente de repuesto o se compre un tomógrafo que ningún fabricante se atreve a vender bajo el riesgo de una multa. Todo cuanto Cuba ha comprado desde 2001 en los Estados Unidos ha servido para la supervivencia; nunca para el desarrollo. Preguntémonos si es acaso falso  que el gobierno cubano no pueda acceder a créditos del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial para reproducir sus bienes de capital, modernizar su tecnología y acometer suficientes obras sociales. ¿Quién lo impide? El bloqueo, el “mitológico”embargo, que como Argos, tiene cien ojos. Y también cien brazos. Uno de ellos lo estiró el presidente Obama el pasado 11 de septiembre  para renovar por un nuevo año la aplicación a Cuba de la Ley de comercio con el enemigo, título que solo, hoy, ostenta Cuba desde 1963. Ha de sentirse Goliat sumamente “amenazado” por el ínfimo y raquítico David para entregarle tal privilegio.

Es cierto, pensando también sensatamente, que en varios períodos de los últimos 46 años el bloqueo pareció a algunos como la broma del pastor travieso que asustaba a sus colegas de pastizales con el grito falso de “ahí viene el lobo”. O envejeció adquiriendo las sábanas de un fantasma. Apenas era visible. Las relaciones comerciales con el que fue “campo socialista” atenuaron las insuficiencias materiales producidas por las prohibiciones norteamericanas. Pero, al obligar a la reconversión tecnológica, cerrar las ventanillas de los créditos, y prohibir el comercio bilateral entre Cuba y su mercado más cercano, el bloqueo facilitó el anudamiento de una nueva y lejana de dependencia.

El bloqueo ha sido una receta de añoso origen en la política externa de los Estados Unidos. Lo ha ejercido más de una vez, al menos contra los cubanos, como fórmula más convenientes a sus intereses. Leyendo un libro viejo –ah, cuánto enseñan los libros viejos- me enteré que el gobierno de  Washington pretendió imponerle a la zafra de 1918 un precio que se conciliara con los cálculos de Wall Street. Y ante cierta especuladora negativa de los hacendados cubanos, decidió el embargo de los alimentos que La Habana había comprado a empresas del Norte. Era un modo de persuadir a la Isla que, entre otras dependencias, dependía alimentariamente del mercado estadounidense. El episodio terminó con el triunfo de mister Wilson, el presidente, y mister González, el embajador en la Habana, aunque el apellido sonara a latinidad de prosapia popular, como nombres de hoy. Liberales y conservadores, generales y doctores, sacarócratas y mayorales se dejaron persuadir. Y los baúles azucareros de los Estados Unidos se rellenaron con 600 millones de dólares más a costa de “nuestra colonia de Cuba”, como decía Harold H. Jenks, en un libro cuyo título, descarada y posesivamente, describía una situación tan posesiva y descarada.

Concepto tan antiguo como la guerra, el bloqueo y sus sinónimos de asedio, cerco, sitio, implican la estrategia de rendir al enemigo mediante el asilamiento, el hambre, la sed. A ras de bronca domestica, entre vecinos, se habla de negar la sal y el agua al otro como medio irresistible de agraviarlo y dominarlo. Las crónicas del mundo cuentan del asedio a Troya, Jerusalén, Numancia, Leningrado... Y citarán el bloqueo a Cuba recordándolo tal vez como el más prolongado, y harán notar que se diferencia de los conocidos en que no acordona una fortaleza o ciudad con aparatos bélicos. Se vale, en cambio, de leyes extraterritoriales, circulares, cartas, advertencias, amenazas... Y se ejerce en época de paz contra un país entero sin discriminar víctimas ni objetivos, empleando los bienes económicos, financieros y comerciales como males.

Ante este hecho, trasmutado en proceso de agresión, Suárez, Vitoria, Vives –fundadores del derecho internacional- escribirían, espantados, nuevos textos que quizás los poderosos no sabrían leer enceguecidos por la prepotencia y por la apuesta a una estrategia estranguladora que, al igual que la bolita en una ruleta, empujada por las carencias, alguna vez  logrará el resultado previsto. Pero en Cuba, más que leer la vida, se la sufre. Y aunque sepamos que cierta resistencia interna  a renovar y reajustar el modelo socialista heredado es también  responsable del estancamiento económico,  las cubanos menos permeables a verdades aparentes como los de Juan Clark, saben también que las leyes extraterritoriales de bloqueo y la hostilidad política de los Estados Unidos han coadyuvado, además de causar daño material, a generar en Cuba una mentalidad de asedio, de atrincheramiento defensivo cuyo alcance ha convertido las iniciativas internas en rehenes de la cautela frente a los forcejeos desestabilizadores estadounidenses.

Cautela en parte justa. Porque a la enemistad no se le ha de responder con agasajos, ni al prejuicio con la confianza. En tanto, Luis Manuel Sánchez y su esposa, en el hospital, ruegan por que en el próximo ciclo del tratamiento anticancerígeno de su hijo menor los medicamentos lleguen sin contratiempos. (Tomado de Progreso semanal)

 

 

 

COSAS DE CUBA (2)

COSAS DE CUBA (2)

Por Luis Sexto

EL SENTIDO DEL DEBER HA DE TENER SENTIDO

He estado pensando si el sentido del deber basta para que los individuos y las colectividades se concilien con la sociedad y sus normas. Me refiero, en particular, a las obligaciones del trabajo, reflejadas en un convenio, a veces tácito, en el que dos partes: el contratado y el contratante, se comprometen a “cumplir con su deber”.

Habitualmente nos hemos educado en el sentido del deber como un fetiche ante el cual hay que postrarse sin condiciones. Tanto así es que incluso, cuando alguien intenta justificar alguna acción fea, acude a esa razón que ha de estar fuera de toda duda: “He cumplido con mi deber”, aunque haya ensuciado un prestigio por cualquier tontería o por un afán incontenible de hacer daño.

Existen filósofos para quienes el sentido del deber significa una especie de “imperativo categórico”; otros piensan contrariamente: creen que el deber, así, a secas, no lleva muy lejos a la generalidad del ser humano. En todo caso conduce a producir personas rígidas, sin matices, medio autómatas.

Entre uno y otro conceptos es evidente que este columnista se queda con el deber entendido relativamente. Ni poco, ni mucho. El justo, el necesario para que la sociedad sea un conglomerado de hombres libres. Es decir, de hombres y mujeres que elijan voluntariamente cumplir con su deber.

Entre nosotros los cubanos se ha probado que el deber impulsa a subir la escalera del heroísmo. Pero los que llegan son los menos. Los héroes no son las figuras más abundantes. Detrás de cada acto heroico, hay miríadas de acciones pusilánimes, hechas a medias o nunca hechas. Es la medida de lo común y lo corriente. Eso que somos casi todos. Me parece que José Martí pensaba de ese modo cuando admitió –y cito la idea no la letra exacta- que pocos hombres podían llevar el decoro de muchos.

Desde luego, hemos de aspirar al héroe. Aspirar a Don Quijote –como dijo alguien que he olvidado- para quedarnos en Sancho, esto es, superar a Rocinante.

Ahora bien, si de verdad queremos aspirar al héroe, o cuando menos al ciudadano cumplidor de leyes, normas y contratos, hace falta, tanto como el sentido del deber, que el deber tenga sentido. El más somero estudio de la psicología y las tendencias humanas nos confirma que, para vivir, las cosas han de tener un sentido. Trabajar para qué, puede uno preguntar. Pues, para comer. Y comer para qué. Hombre, para vivir. Y vivir para qué… La respuesta a esta última interrogante podría ser múltiple; unas extremas, de un lado o del otro. Mas la correcta es la que está en el medio. Ni tanto para la derecha ni tanto para la izquierda. En el punto de equilibrio, que según un filósofo chino muy antiguo no es una posición sino la lucha por no caer.

Para terminar estas líneas, que podrían aparentar un misterio que no tienen, pues se refieren a los problemas y las soluciones con que actualmente pretendemos eliminar en Cuba  la indisciplinas y la pérdida de rigor en nuestros centros de trabajo; para terminar, repito,  estimo que junto con el restablecimiento del sentido del deber hace falta que el deber tenga sentido moral y material. Y, por tanto, además del código de obligaciones, el país necesita un sistema de estímulos que reavive la ilusión de trabajar para vivir. Plenamente.