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PATRIA Y HUMANIDAD

CUBANOS TORTURADOS Y MUTILADOS POR MAFIOSOS DE MIAMI

CUBANOS TORTURADOS Y MUTILADOS POR MAFIOSOS DE MIAMI

Por JEAN-GUY ALLARD

 

Un cubanoamericano de Miami, identificado como miembro de la red mafiosa de tráfico de personas, ha sido arrestado en Cancún, México, en un operativo lanzado por el Ejército mexicano durante el cual han sido rescatados 15 cubanos indocumentados, víctimas de maltratos por parte del delincuente.

La prensa mexicana señala a Tristán Barragán, de Miami, como el traficante de personas que secuestraba desde el 1ro. de septiembre a los inmigrantes ilegales en una vivienda localizada en la Supermanzana 75, una zona popular de Cancún, hasta su eventual transporte hacia Estados Unidos.

Dos cómplices de Barragán lograron escapar. Interrogados por investigadores, los encerrados dijeron que desembarcaron el día primero de septiembre y que se encontraban desde entonces "bajo la protección" de Barragán, "un miembro de la mafia de Miami".

Confirmaron que el delincuente les reclamaba la cantidad de 10 000 dólares por persona para posibilitar su estancia en México y luego su ingreso a territorio estadounidense.

Sin embargo, como sus familiares no realizaban el depósito del dinero como estaba previsto, los indocumentados fueron víctimas de maltrato. Se les restringió la comida y varios de los recluidos presentaban manchas de sangre en la ropa en el momento de su intercepción.

El Ejército suministró de inmediato agua y víveres a los secuestrados quienes luego fueron entrevistados por fiscales del Ministerio Público federal.

La operación militar, realizada —según la prensa– ante la inercia de los responsables locales del Instituto Nacional de Migración (INMI), duró poco más de dos horas.

La actividad sospechosa del miamense y de sus cómplices fue denunciada por vecinos a los servicios de inmigración. Al no presentarse inspectores, se hizo una denuncia al Cuartel de la Región Militar, que la refirió al Grupo de Fuerzas Especiales de Inteligencia Militar. El operativo se realizó con efectivos del 64 Batallón de Infantería de la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena).

Los ilegales interceptados fueron puestos a disposición del INMI para su deportación. Cuatro mujeres que se encontraban en la misma embarcación están desaparecidas, revela por su parte el diario Por Esto!, de Cancún.

Según el rotativo, "los cubanos fueron interceptados en altamar por una embarcación a la que fueron abordados, y así llegaron hasta Puerto Juárez, donde eran esperados por un grupo de sujetos que, a bordo de una camioneta tipo Van, los trasladaron hasta la casa de seguridad.

"Una vez ahí, comenzaron a torturarlos a golpes para que dieran nombres y teléfonos de sus familiares en Estados Unidos, los cuales tenían que realizar el pago de 10 000 dólares por cada uno, para dejarlos en libertad y que pudieran llegar a la frontera con ese país, para ingresar finalmente a la unión americana.

"Sin embargo, no pagaron por todos y la tortura se hizo mayor, al grado de que a algunos les cortaron un pedazo de oreja, para presionar a sus familias.

"Después de más de 10 días de golpes y torturas, los secuestrados lograron pedir auxilio lanzando un mensaje escrito hacia una casa cercana.

"Los cubanos dijeron que las torturas eran realizadas por sujetos encapuchados que llegaban de noche a la vivienda", precisa Por Esto!, al indicar que en Puerto Juárez, las mujeres del grupo fueron subidas a otra camioneta

Detalle importante: los vecinos contaron a las autoridades que aparecía con frecuencia una camioneta tipo Escalade color oro, con placas de la Florida, Estados Unidos.

El lucrativo tráfico de personas junto al narcotráfico ha provocado en los últimos años una guerra salvaje entre clanes de delincuentes en la ciudad, que las autoridades han reconocido como el centro de operaciones de la mafia cubana de Miami en México.

El cabecilla de la mafia cubanoamericana de Yucatán, Iván Gregorio Blanco Herrera fue ejecutado por rivales el 18 de junio último.

Hace unos meses, las autoridades mexicanas confirmaron que redes mafiosas de Miami, vinculadas al narcotráfico, controlan todo el tráfico "de indocumentados cubanos".

Se subrayó entonces que Estados Unidos fomenta el tráfico con su política de acoger a cualquier ciudadano de la Isla sin importar los medios usados para llegar a territorio norteamericano. El FBI, siempre complaciente con la mafia cubanoamericana, se ha quedado hasta entonces de brazos cruzados ante el fenómeno.

En julio del 2008, revelaciones del diario mexicano La Jornada documentaron los vínculos de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) con el Cartel del Golfo del narcotráfico y su red de asesinos a sueldo, conocida como los Zetas, que desde hace unos años extiende sus operaciones al comercio de personas. (Tomado del periódico Granma digital)

 

LA “RUSA”

LA “RUSA”

Por Luis Sexto

Una historia verídica

La hallamos sentada sobre su único sillón, cerca de la buhardilla donde vive, en la azotea de una ciudadela de dos plantas, tan antigua como la escalera que se exhibe en los anchos peldaños donde  tantos pies grabaron  el roce de sus zapatos en la rutina  de subir y bajar durante días ya sin números y sin nombres.

“Casi no camina” –dice el joven que la cuida. A veces él arrastra el sillón hacia fuera, y Rosaura Acisclo pasa una media hora bajo el sol apresurado de la mañana. Mira la techumbre irregular de La Habana Vieja que, como un tapiz descolorido, mohoso  termina mojándose en la bahía. Luego la vista roza la loma de Casa Blanca donde un Cristo blanco, con labios ambiciosos de negro, levanta la mano derecha como si fuera a pintar una cruz encima de la ciudad.

La estatua no estaba cuando Rosaura subió allí por primera vez. ¿Acaso podrá recordarlo? “Vieja ya no sirve” –niega la mujer.

En qué pensará entonces mientras el tiempo tiende estas visiones sobre otras que se sucedieron y se detenían en las noches de verano cuando las luces amarillas de la ciudad  apenas aprobaban una leve cuenta de las estrellas, y la brisa, sobre todo a las 10 en que puntualmente repartía un soplo moroso, justificaba la conversación demorada entre la familia y los vecinos de la cuartería.

 Habla y oye  poco- aclara el joven. Hace unos veinte años recordaba las peripecias de la llegada. Contaba historias que humedecían los oídos de cuantos la visitaban. Fue a partir de 1926. El vapor atracó de tránsito en La Habana. Había partido de Marsella y su derrotero concluía en Nueva York. Pero la rusa y sus tres niños no podrían continuar viajando, porque en los Estados Unidos consideraban indeseables a muchos de cuantos procedían de la Rusia soviética. “De Ucrania” –dice el joven. “,¡Ucraína!” –dice la vieja en su pronunciación natal, y sigue con la vista fija sobre los techos, con los brazos cruzados sobre las piernas ennegrecidas.

Pero no emigraron por causa de la  política. Los móviles de los emigrantes se sumergen en  circunstancias ávidas de confusión, de enmascaramiento, avituallados por el silencio y la nostalgia que los burócratas nunca anotan en las máquinas calculadoras con que trituran nombres y prestigios.  Por pleitos de tierra, el suegro de Rosaura murió experimentando que las heridas de un tridente son más dolorosas cuando lo lanza un hermano.  Y el marido la envió con los hijos al extranjero, para impedir que una probable matanza familiar los sepultara con  las víctimas.

Eso contaba. Tampoco podían bajar en La Habana: había que pagar unos derechos a los que ella, insolvente, tendría que renunciar. Desde Tiscorrnia, cerca de dónde aún no estaba el Cristo, Rosaura veía a la capital que entonces espejeaba con sus colores blancos, verdes, azules, casi sin protuberancias arquitectónicas. Treinta o cuarenta días después, una sociedad de inmigrantes eslavos desembolsó los gastos para que ella y sus hijos abandonaran el puesto de retención y cruzaran nuevamente el canal de entrada en una embarcación que partía de Casa Blanca y completaba quizás la más corta travesía del mundo en el muelle de Luz, frente a la Alameda de Paula. 

Cargó uno a uno a los niños para salvar la rendija entre la lancha y el espigón, y por la cual el agua acechaba un descuido, grabando un salivazo parduzco sobre las maderas. Al fin en La Habana, suspiró la mujer mientras esperaba a que los recogieran.  Por delante les pasaba la mestiza Habana de colores varios y a la vez de un solo color trasmutado en prisa, ritmo vital de aquel  gentío. Cruce de coches de caballos,  y de automóviles que transitaban a 20 kilómetros por hora, que a veces tropezaban entre sí  y sus conductores se anudaban en un forcejeo resuelto con insultos y menciones a la madre de ambos. Ruido de tranvías chirriantes, y de ómnibus de madera. Carretillas de verduleros y yerberos que pregonaban componiendo un cántico tristón, quejumbroso.

Rosaura fue descubriendo que  la ciudad  sostenía su equilibrio en el milagro humano de compartir diferencias y colores, inocencias y pasiones con la tarjeta de una cordialidad risible y servicial.  Apenas necesitó andar con los pies mesurados del extraño. La auxilió  la rapidez del bodeguero al aprender el alfabeto de dedos y señales con que “la rusa” pedía tres centavos de arroz, y dos de judías, y la sal como dádiva, cuando cobraba por lavar ropa ajena, y también la ayudó una u otra vecina que le ofrecía una fuente de frijoles negros cuando los niños almorzaban azúcar disuelta en agua.

Unos años más tarde el hijo mayor regresó a Ucrania. Todavía el alma no se le había limpiado de añoranzas por las mañanas cubiertas de nieblas, ni el  gusto por aquella atmósfera de bosta y  sudor de  caballos  uncidos al corsé de los aparejos, ni por  la dulzura de un maestro voluntario que enseñaba su fe juvenil en la igualdad. Aún necesitaba que la fuerza del padre le sirviera como copia hacia donde volverse cuando la vida pareciera pesar más que sus hombros de adolescente. En 1941, los alemanes lo asesinaron convirtiéndolo en un leño negro y maloliente junto con su abuela.

Ella ya no lo recuerda. Se llamaba Alejandro. 

“¡Alejandro!–la anciana lo ha oído y lo repite como nombre cercano, propio-. ¡Alejandro! Pobrecito. Cómo se me puso delante y me dijo: madre, por qué hemos venido, si pido pan y no hay pan, si pido sopa y no hay sopa. Ay, y se fue... ¿Por qué, señor?”

Una lágrima bojea la nariz adelantada, soberana en aquel rostro ovalado y pequeño, mientras  continúa mirando sin mirar el pasado que vuela sobre los techos. 

 

 

DOS POETAS EN CASA

Por Luis Sexto

Dos poetas tocaron casi a la par en mi puerta. Llegaron por medios indirectos: en conserva, comprimidos, empapelados. Y además de haberlos atendido en la sala de casa, les daré más cordial, tal vez más cabal, cumplimiento en esta columna, prolongación periodística de mis afectos y secretos.

No es muy fatigoso aprehender este misterio de visitantes virtuales. Recibí sus últimos libros. Y quién que recibe un libro no acoge también a un hombre o a una mujer. Los leí en mi sillón habitual. Uno después del otro, sin que el orden implicara una preferencia. Me explico. No los leí en retahíla, compitiendo con el reloj. La poesía –y dudo que alguien no lo sepa- es lectura morosa, degustable en la pronunciación en voz alta de los versos más sugestivo, o en la relectura inmediata del poema más rotundo, tierno, armónico.

Lo que puedo asegurar ahora es que leí poesía. No su remedo picoteado en renglones irregulares, envuelto en subterfugios librescos. La poesía, si no un misterio, sigue siendo una escurridiza definición. Nadie la ha sometido para siempre a un concepto inalterable. Muchos lo han pretendido desde cuando el abate Brémond echó a la mesa redonda de la Academia Francesa –si mi memoria no confunde los datos-, una pregunta capciosa: “¿Qué es el fin la poesía?” Y podríamos hilvanar una útil cuanto curiosa colección de aproximaciones, pasando obligatoriamente por aquella del fino Gustavo Adolfo Bécquer de “poesía eres tú”. Prefiero, entre tantas, una que emitió el investigador y académico ecuatoriano Miguel Sánchez Astudillo en su ensayo ¿Qué es al fin la poesía? Es –definió- la “expresión de lo más humano del hombre”. Expresión que no incluye la sonoridad hueca, la palabra convertida en una cañabrava florida.

Y tal vez sobra decir que lo más humano del hombre late, respira en los libros de estos dos poetas de los cuales empecé a escribir: el colombiano José Luis Díaz Granado y el cubano Luis Lorente. Lo más humano del hombre: la ternura, la sinceridad, la conciencia adolorida, la nostalgia, lo perdido, el deseo inasible. Todo ello se nos aparece al leer Colombia ausente, y Esta tarde llegando la noche, premio del penúltimo concurso de la Casa de las Américas.

Díaz Granado, a quien leemos los domingos en el semanario Orbe de Prensa Latina -en Colombia es reconocido periodista, poeta y narrador-, escribe, siente, los tironeos de la patria distante. Habita en el exilio. Y para el poeta el exilio es “…un amor de locos/ muy sereno, muy cuerdo.”  Y hurgamos en su desgarrón de desterrado, porque “Cada mañana cuando despierto dibujo/ mi casa, calle mía, mi amigo, te estoy viendo:/ mi cerro de postal cincuentenaria…” Garabatos que murmuran y repiten que el exilio “Es una camisa prestada/ que nos queda grande/ o chica,/ pero nunca a la medida”. Y luego rectifican: el poeta ha nacido “otra vez, no hay tierra ajena”.

Los poemas de este libro de Díaz Granado fluyen en un espíritu doméstico, coloquial o soliloquial, con la certidumbre del que va dejando su más humana pobreza en las palabras que le traen la riqueza de estar vivo. En lo hondo.

Luis Lorente, en opuesta situación, vive en su tierra. Pero también en su libro se huele el “exilio” habitual del poeta. Los recuerdos, los sueños invocan otra tierra, tal vez la última tierra del que se va quedando cada día en lo que fue. Las cartas que el poeta recibe “versan sobre la apoteosis/ que hemos vivido juntos estos años/ en medio de la niebla inconfundible/ y el fuego aquí en los ojos dibujado.” Vuelve atrás. “Una masa de aire comienza a transcurrir/ de tarde en tarde y de nostalgia muero./ El noble dinosaurio, guardián de los tesoros/ de la casa me mira padecer sentado/ al lado de la puerta abierta por donde ayer pasó…” Y ve el poeta “cómo los años caían una noche/ sobre ti, sobre mí, sobre los techos/ que fulminan las aguas, sin precaución,/ sobre la faz del breve mundo nuestro.”

Ambos poetas –creo que no se conocen personalmente- llegaron juntos a casa. Uno, como Díaz Granado, con una música más velada, subterránea, y Lorente más insular, más abierto, más rítmico en su diversidad estrófica. Ambos arden en la misma fogata interior. Queman. Y ambos son poetas, porque, a más de expresar lo más humano del hombre, de todos los hombres, usan una voz única y distinta. Como si cada garganta fuese la del primer día del mundo.

 

 

JUANES Y EL CONCIERTO EN LA HABANA

Por Lorenzo Gonzalo

 

La ciudad de Miami, donde a veces las novelas de Kafka parecen cobrar figura, pueden ocurrir cosas tan divorciadas de la realidad que, para el observador novato, que nunca ha escuchado las monstruosidades surgidas de ese engendro surrealista concebido en Washington y alimentado por años de sus políticas malsanas, vuelve con periodicidad, cada vez más distanciadas unas de otras, a repetir las mismas sandeces.

Hablar de estas cosas nos parece una ridiculez, pero el respeto por tanta persona ofendida, en un medio trabajador y orgulloso del sitio que han escogido para vivir, nos obliga a protestar con ellos e intentar una explicación, para tantos rostros sorprendidos, que no pueden entender lo que ocurre en un mundo del Siglo XXI y en una ciudad enmarcada en el supuesto país más desarrollado del mundo.

Se trata del cantante Juanes, a quien los medios, aún temerosos de aquellos que controlan parte de la ciudad, algunos periodistas por confusión y otros dignos militantes de un partido político de barricada, lo acosan y con procedimientos directos e indirectos, lo conminan a retractarse por su decisión de ir a cantar a Cuba en un Concierto por la Paz.

¡ Cosa ridícula ! Un pequeño grupo de origen cubano, de cuyas historias hemos hablado en muchas oportunidades, denunciando de sus planes y de los actos de terrorismo donde han sido cómplices, de sus intransigencias y la represión social que diseñaron para controlar Miami, vuelve en estos instantes a las andadas, exigiéndole al cantante Juanes que no puede ir a cantar a Cuba. La razón es que supuestamente, en Cuba no hay “libertad de expresión” y las elecciones que se realizan cada cinco años, se desenvuelven a partir de los barrios, directamente, sin partidos ni campañas políticas y no de la manera que estos señores quieren que se realicen.

Juanes, que nada tiene que ver con ese gobierno y quien acostumbra a realizar conciertos abogando por la paz, originario de un país como Colombia, que tanto ha sufrido los avatares de la guerra, el terrorismo, la insurgencia civil y el narcotráfico, piensa que es una noble causa convocar las voces para cantarle a la vida.

En las entrevistas siempre ha sido respetuoso de ese grupito de cubanos que lo ofende, llegando incluso a amenazarlo de muerte. El único error cometido es que cuando se refiere al “exilio cubano”, se le olvida aclarar que de ese exilio ya quedan sólo unos poquísimos miles y si aún se conocen, es porque los poderosos de ellos todavía controlan gran parte de la política local e incluso mantienen influencias en Washington. Pero a estas alturas, prácticamente constituye un sofisma hablar de un gran exilio cubano, en una ciudad donde habitan unos 800,000 y en lo que va del año 2009 han viajado a la Isla a visitar amigos y familiares, cerca de 400,000. Sin duda que estos y quienes aún faltan por viajar, no son exiliados.

A Juanes la prensa controlada por ese pequeño grupo, ya bien por miedo o porque muchos de sus periodistas militen en la revancha, lo han querido obligar a pedir disculpas y han pretendido forzarlo para que haga declaraciones políticas en contra del gobierno cubano. El cantante con una modestia incólume y desbordante de unos principios humanos envidiables, siempre termina diciendo que respeta todas las opiniones pero que él va a Cuba a cantar por la paz y para que el pueblo cubano disfrute de conciertos de esa naturaleza y para que quede el precedente y se construyan puentes, con un país que han mantenido aislado por cincuenta años.

 

El viernes 28 de Agosto, en un homenaje en New York, al Rey de la Radio, Polito Vega, donde Juanes fue el presentador del evento y la principal figura detrás del homenajeado, los periodistas abrigaron la esperanza que después de Juanes confraternizar con tantos artistas que allí concurrieron, cambiaría seguramente de opinión. Pero se equivocaron. Su voz fue la misma y más clara con cada nueva entrevista.

La prensa comprometida de Miami trató de acorralar a los artistas concurrentes para que dieran sus opiniones, pero estos, sin asumir la valentía y la convicción de Juanes, que es difícil de imitar, en su mayoría se escabulleron. Así lo hicieron Paulina Rubio y Gloria Trevi. Enrique Iglesias fue esquivo, pero pareció decir que cada cual hiciese lo que considerara prudente y así por el estilo fueron las respuestas de todos.

Sin embargo, vale destacar la declaración de Cristian Castro, cuya mamá visitó a Cuba en una oportunidad y casi se la devoran viva en Miami, donde poco faltó para que se convocara una invasión a México.

Cristian Castro en la primera entrevista, antes del homenaje, declaró que “no iría, porque no estaba de acuerdo con las cosas que sucedían en Cuba y porque además tenía sus razones”. En la segunda entrevista, cuando finalizó el evento, lo volvieron a entrevistar y dijo entonces que no iría porque eso le “perjudicaría su carrera artística en el medio”.

Cristian Castro, con pocas palabras sintetizó el por qué los artistas no comprometidos con el frenesí revanchista de ese grupito de cubanos, no se atreve a viajar a la Isla y no apoyan a Juanes de palabra, sino que esquivan y huyen de las entrevistas, para no decir realmente lo que sienten y cómo detestan a esos represores sociales, que en Miami les dan órdenes y les imponen normas de conducta. No van a Cuba y no manifiestan en público su apoyo a Juanes, porque temen por sus carreras artísticas.

La heroína de las entrevistas fue Olga Tañón, que cuando un periodista le preguntó si no temía perder muchos de sus admiradores por su decisión de acompañar a Juanes, contestó: “ si los pierdo es que nunca fueron verdaderos admiradores ”.

Con estas dos respuestas podemos concluir que Cristian Castro, como tantos otros, duda de sus cualidades artísticas y no puede rechazar prohibiciones políticas descabelladas como estas de no viajar a Cuba, mientras que a Olga Tañón, le sobra confianza en sí misma y en su obra.

De Juanes no hay nada que expresar. Como dice la Biblia: “Por sus obras los conoceréis”. La obra de Juanes, su amor por la paz y por las causas nobles, lo dice todo.

 

UNA TARDE CON DULCE MARÍA LOYNAZ

UNA TARDE CON DULCE MARÍA LOYNAZ

Por Luis Sexto

Me acerqué a Dulce María Loynaz cuando la poetisa pensaba estar consumiendo sus últimos días, como aquella casa de su niñez que albañiles sin rostro demolieron y que ella reconstruyó en un poema donde techos y paredes se quejaban  por estar perdiendo lo vivido y lamentaban cuanto no habrían de vivir. Ya no escribía versos; más bien los releía convirtiéndolos en la médula de su fe en el pasado, o en el acta de la añoranza.

Transcurría  la tarde del 9 de octubre de 1981. Y  fue esa la única ocasión en la que vi y hablé con la poetisa. Ella habitaba entonces en una especie de voluntario retiro interior, y a la vez estaba negligentemente apartada de los medios culturales. Más adelante, de vuelta a la fama sonora y la publicidad machacona, asediada por la admiración y también por el cálculo, mi presencia quizás hubiera estorbado. Y permanecí distante, releyendo,  degustando, la anchurosa resignación  de sus Poemas sin nombre.

Tuve un pretexto para justificar mi visita ante una posible  resistencia  a las pretensiones de un periodista: devolverle dos cartas que me había dejado como herencia literaria Chon Tejera, la hija mayor de Diego Vicente, el cantor de “La hamaca”. Son dos tarjetas de cartón, de 13 por ocho centímetros que a pesar de su brevedad favorecen franquear la cancela íntima de la autora de Los últimos días de una casa.

Me marché conmovido. Y aún en el alma la voz lenta, como meditada, de la poetisa, escribí una urgente impresión que supuse sería en el futuro la introducción de un artículo sobre Dulce María y su obra, que fui aplazando. El poeta –escribía yo entonces- siempre es. Dulce María Loynaz regresa de una vida larga por el mismo camino de la poesía. Por muchos que sean los años que la separan de sus últimos versos, vuelve a ellos conducida por una vocación que se resiste al desencanto. La conocí encerrada en sí misma. Pero las fronteras de su yo son tan vastas como las del agua, y de vez en cuando se escapa a navegar tejiendo una poesía invisible en los círculos cortantes del recuerdo. Ya no escribe versos; los vive.

Desde 1938 los poemas de Dulce María Loynaz andan en el tacto de los lectores. Ese es el año de su primer libro –titulado Versos-,  que contiene piezas escritas desde 1920 cuando la autora decursaba por esa etapa que nos da la impresión de ser eterna: los 18 años. Lo releí. Luego repasé Juegos del agua, y Poemas sin nombre, y Carta de amor a Tut-Ank-Amen, y Últimos días de una casa. Y he vuelto a encontrar los oscuros ojos de tormenta donde se agita la violencia sofrenada, en una sensibilidad marcada al hierro por una condición humana que admite el exabrupto y la ternura, la desilusión y la quimera, el tumulto y la soledad. “Has perdido –jugando- el resplandor/ de una estrella: ¡Has perdido hasta una estrella!/ Y hasta una estrella he de encontrarte yo…/ Tanto puedo por ti, tanto… Voy a seguir la huella/ sobre el mar de una estrella/ que se perdió…”

Los poemas de Dulce María Loynaz trascienden la justificación de un momento. Y por ello no concibo que algún crítico de lupa y cátedra la engavete en una escuela o tendencia literaria. Es cierto que saltan líneas con acentos de Darío en, por ejemplo, las estrofas dedicadas a Cheché (muchacha que hace flores artificiales): Cheché “es delgada y ágil, Va entrada en el otoño. / Tiene los ojos mansos y la boca sin besos…/ Yo la he conocido en la paz de una tarde/ como el Hada –ya mustia- de un libro de cuentos.”

Pero aparte de influencias momentáneas, la poesía de la Loynaz está escrita para ayer y hoy. Poesía límpida que se sumerge en el agua –quizás el vocablo más utilizado por la poetisa-, buscando simbólicamente la limpieza, la clarividencia, un permanente estado de gracia mediante el liquido primordial del bautismo. Poesía exenta de las escandalosas metáforas vanguardista y desvinculada de la hermética imaginería de algunos que, con ímpetu de renovadores, sucedieron a la vanguardia poética. Si Ortega y Gasset tuviese razón en su aserto de que la poesía se despoja de naturalidad para erigirse en voluntad de amaneramiento, Dulce María Loynaz  tuerce sus gestos con una delicadeza, con una clásica transparencia que hechiza al gusto y lo transforma en una heredad visible para el pasado y el presente. Porque cuando la poesía no es pirueta del cerebro, sino vitalidad del pecho, la voz alcanza a devorarse a sí misma y resurgir nueva en el futuro. La sinceridad y el calor de vivir son la sustancia de la resurrección frecuente de esa poesía que, concebida en un momento, renace entre cenizas. La que estalla en la pirotecnia fantasmagórica de lo imitativo o libresco, se trasmuta en humo y podrá merecer el aplauso del instante,  tal vez jamás el de la posteridad.

¿No posee el olor y la textura del pan fresco La carta de amor a Tut –Ank- Amen? ¿Acaso ante el sarcófago del rey adolescente, cualquier muchacha sensitiva de hoy, no escribiría con las mismas palabras  este “delirio juvenil”que le disputa un novio a la inmovilidad de los siglos y la muerte? “Déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.”

Esta “carta”fue escrita en prosa; integró un diario de viaje en 1929. Y en la prosa poemática, cuando el verso se desprende de la euritmia del maquillaje métrico y de la música exterior de la rima consonante, es donde  Dulce María Loynaz  logra una hondura agónica. No me refiero a su prosa novelística, en la cual ejerce también la poetisa; es la prosa -¿prosa?- en que cuajan las ideas poéticas con calidad y libertad irrepetibles.

Al llegar a su casa, me recibió en el portal donde la esperé unos minutos observando los patios, las estatuas, la sombra de aquella casona en El Vedado, que trasuntaba quietud, desasimiento, soledad. Llegó encorvada, como reducida en su estatura por la edad, pero cuidadosamente peinada, el rostro espolvoreado; fina, lúcida. Admito compungidamente que desaproveché aquel momento para entrevistarla. Pero me había despojado de mi curiosidad periodística. Y permanecí casi en contemplativo silencio ante aquel tótem de recoleta profundidad, de tristeza enraizada.

Me regaló sus libros de poesía, menos uno: Poemas sin nombre, que yo poseía porque también Chon Tejera me lo había legado, y que llevé esa tarde para que me lo autografiara. Escribió: “A Luis Sexto, que quiso conocer a la poetisa olvidada. ¿La recordará él algún día?” Pretendí decirle que ese título componía su poemario perdurable; inmunizado contra modas y épocas, libro en que se marca su voluntad de estilo, sufriente puja: “Esta palabra mía sufre de que la escriban, de que le ciñan cuerpo y servidumbre. He de luchar con ella siempre, como Jacob con su arcángel; y algunas veces la doblego, pero otras muchas es ella quien me derriba de un alazo”. Que en esas páginas –intenté decirle-  pervivía ella doblada sobre los recuerdos “como la mujer que vi esta tarde lavando en el río”. Y en las que uno develaba, con inéditos matices en cada relectura, las líneas de su poesía: lo religioso, lo bíblico, lo epigramático, lo erótico, lo femenino. Lo humano sin pose, ni técnica. El olvido borrando el olvido desde el olvido, como el alba a las estrellas... Nada, en fin, pude decirle. El elogio y la admiración también exigen sus pudores.

Había tomado las cartas que hacía tantos años había escrito. Las retuvo. Y luego me las devolvió como entregándome un pasado enmudecido para ella.

-A usted le serán más útiles.

Me preguntó si yo poseía Jardín. Y en ese momento debí continuar callado, o responder con el sí o el no de los que se protegen de cualquier intromisión del disparate. Porque, sin meditar, le respondí:

-¿Jardín? No tengo; vivo en altos.

 

 

 

 

 

 

UN ALMUERZO CON SOLER

UN ALMUERZO CON SOLER

Por Luis Sexto

La única vez en que José Soler Puig me visitó fue suficiente para agregarle a la casa donde resido en el Vedado, hace casi 45 años, un valor literario o artístico más. Porque en este edificio fui vecino del violinista Diego Bonilla, uno de los miembros del Grupo Minorista, y antes vivió el escritor venezolano Andrés Eloy Blanco y hasta su muerte reciente la profesora Delfina García Pers, dilecta discípula de la investigadora Carolina Poncet. En frente se ubica la casa del que fue políticamente controvertido, pero periodística y estilísticamente acatado y disfrutado, Ramón Vasconcelos, y una cuadra más abajo, aquella donde Enrique de la Osa enhebraba su Sección en Cuba para Bohemia. 

Aquel día Soler almorzó en mi casa un pollo cuyo desdén por las masas tratamos de pasar por alto mediante una charla, durante la cual la voz abaritonada y despaciosa del novelista movió la batuta. Luego, en una sobremesa de casi toda la tarde, efectuamos el careo de preguntas y respuestas que semanas atrás habíamos concertado en Santiago de Cuba. Yo pude alguna vez haber leído las novelas de Soler, y haber muerto de angustia en Bertillón 166, y caído con El derrumbe, y soñado en El pan dormido, y haber mirado por las rendijas de El caserón, pero recuerdo sobre todo el resplandor humano, la antigua humildad filosófica del escritor. Humildad complicada. Artista consciente de cuanto sabía y realizaba, pero con un núcleo cálido de hombre a quien el vivir lo superaba haciéndolo más raso, despojándolo de las lentejuelas de un oficio que vive del aplauso. 

Quizás por ello confundía a primera vista. Algunos se espantan ante la humildad y la tildan de torpeza, porque para ellos el almidón y el cepillo de la vanidad han de ser el destello del talento.  Le ocurrió a aquel periodista de esmerada presencia -extranjero o cubano, no se sabe- que Soler vio acercarse a una vecina y preguntarle algo. El novelista estaba sentado en el piso del portal de su casa, en el reparto Sueño, con los pantalones un tanto recogidos y con los pies en chancletas o cutaras. Parecía un jugador de dominó vespertino esperando las fichas y la mesa. La señora respondió señalando al escritor. Y el extraño apuntó hacia Soler, como diciendo: ¿¡Ese?! Y se marchó mirando hacia atrás. Tal vez asustado. 

Sin proponérmelo, aquella entrevista, realizada en 1988 y aún parcialmente inédita, sirvió para que José Soler Puig se colocara ante un espejo y con el paño de la verdad borrara colorines, desfiguraciones de su vida. Se decía entonces que el novelista había aprendido a escribir copiando a lápiz Los miserables. No lo negó. Él, dijo, no creía en el talento. Solo en el trabajo. Su mérito consistía en ser un obrero. Y si lo hubiera sido en la actualidad, habría sido ejemplar. Le gustaba trabajar. Y por ello prácticamente pasaba el día con su obra en las manos o en la cabeza. Hasta soñaba con la solución de los problemas que le iba planteando la novela en creación. Si logró algo fue por su capacidad de trabajar y meditar. Porque, cuando comenzó su fervor literario, escribía muy mal. Y "me pasé años, veinte, veinticinco años copiando", reproduciendo otros textos para aprender la técnica. Pero no copió enteramente Los miserables. Solo fragmentos. Porque, si no, habría estado aún pasando a papel la fatigosa novela, con una ampolla en el índice del tamaño de un huevo. 

Más o menos en 1935, con unos veinte años de edad, la idea de ser escritor lo intranquilizaba tanto que, además de copiar páginas ajenas como método de aprendizaje, escribía un cuento diariamente. El que le parecía aceptable lo remitía a la revista Carteles, que publicó algunos. Leía, además, cinco o seis horas diarias. Y trabajaba. Desde los nueve años se acercó al trabajo, y aprendió a respetarlo entre los panaderos. Su padre poseía una panadería. Y el niño desenraizó sus amaneramientos pequeño-burgueses entre los operarios, y comprendió temprano cuánta injusticia campeaba impune cuando unos sudaban y otros, por ser tan solo dueños de los medios de trabajo, recibían el mayor beneficio. Ya su padre  -desde la igualdad de la muerte- debe de haberle perdonado que siendo tan pequeño aprendiera a repudiar a la clase en cuyo ámbito material e ideológico había nacido. 

Entre esos cuentos de ejercicio tozudo y reglado, Soler envió uno a Cúspide, empeño editorial que, en el central Merceditas, en Melena del Sur, dirigió José Cabrera Díaz, entre 1937 y 1939. La revista publicaba poesía, cuentos, ensayos, asuntos de historia, de cultura. Y entre sus firmas aparecían Fernando Ortiz, Mirta Aguirre, Enrique Serpa, Ángel Augier, Dora Alonso, Fina García Marruz.  El de Soler, según su autor, fue el primer cuento de ciencia-ficción escrito en Cuba. Se llamó “Sueño infernal”. "Fíjate qué enredo. Al amante de cierta mujer le injertan, por error, el cerebro del marido engañado. En aquellos momentos la operación era, al menos, legalmente irrealizable. Me muero de la risa cuando lo releo." Pero, al verlo publicado, continuó escribiendo. 

Soler, como de Matanzas Carilda Oliver, nunca pudo escribir fuera de Santiago, ni sobre otra mesa que no fuese la habitual, y con lápiz porque el bolígrafo le inhabilitaba la imaginación. Vivió en cuatro ciudades de Cuba. Y en ninguna -tal vez un poco mejor en Guantánamo- se acomodó como en Santiago. Por ello, hasta el día de la entrevista, creí que el novelista era la voz, la encarnación de su ciudad natal. Santiago de Cuba, confluencia de contrastes. Moderna y antigua. Marina y serrana. Segunda y primera...  Exactamente la segunda por población y tamaño después de La Habana. Pero no me  atrevería a regatearle la corona de la capital histórica de Cuba. El transeúnte pasa de una calle a otra, y en cualquier fachada lee una tarja donde se habla de que allí nació o murió o vivió alguien a quien la patria agradece una obra o la donación de su vida. Ciudad de las cunas y las tumbas trascendentales. Por Santiago comenzó la historia de Cuba en sus perfiles generales. Porque siendo Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa la ciudad primada, a tiro de arcabuz de La Española, le cedió en 1522 la prelacía del obispado y catedral de Cuba a Santiago, la última de las siete primeras villas, fundada en 1515. Y cedió a desgano los más encopetados pobladores, que poco más tarde partieron hacia la conquista de México, con la que ofrecieron al Reino un cuerno mitológico de riquezas. 

Todo eso es Santiago. Y Soler no lo ignoraba. Pero escribía solo sobre lo "más grande de Santiago" y que él conocía como a su propia alma: los santiagueros, a cuyos gestos, a cuyas réplicas a veces se adelantaba. En Santiago se estaba bien. En La Habana no podía meditar. Ruido. Actividad. Recreo. Seducciones. "Todo te lo dan de golpe. En Santiago, aunque ahora la aturde el ajetreo de gran ciudad, todavía se puede meditar horas sin que alteren tu ritmo." En Santiago ocurren situaciones curiosas que a Soler Puig le gustaban. Por sus calles anduvo, sobre un carretón, vendiendo pan, y trabajó en una fábrica de tubos y en otra de aceite de coco, y vendió seguros y solares, y se metió a soldado. Oía. Aprendía. "Ahí está la plaza de Marte. Hace muchos años los santiagueros decían de Marta, y los cultos comentaban: qué ignorancia. Pero razón tenía el pueblo. Era de Marta. Porque así se llamaba la señora que la costeó." ¿Quién le cambió el nombre, quién trajo a Santiago el dios romano de la guerra: los cultos o los incultos? Nunca lo averiguó. Su empeño consistía en alcanzar la magnitud de los santiagueros, cuyas virtudes principales, para Soler, eran sentir la cubanía apasionadamente, simbolizar la rebeldía del pueblo, ser sumamente fraternos, tan cuadrados ante la doblez que cuando dicen: qué le pasa, compay, calorizan sinceramente el dicho.

Los santiagueros lo trataron con veneración, con tanta, que pensó no merecerla. Lo agobiaba la duda de que no hubiese captado el carácter de ese ser que él creía conocer hasta el punto de tocar cada amor, cada odio, cada acción con el pensamiento. Era también santiaguero. Puro santiaguero. Y cuando fue a mi casa, a dejarse entrevistar y a compartir un pollo enhuesado, lo estaba confirmando en la plenitud de su humildad. 

 


LA CIA ORDENÓ EL CRIMEN DE BOCA DE SAMÁ

LA CIA ORDENÓ EL CRIMEN DE BOCA DE SAMÁ

Por JEAN GUY ALLARD

En una confesión al Miami New Times, uno de los hombres de la CIA que participaron en el asesinato del Che, acaba de confirmar públicamente que la Agencia ordenó directamente el ataque terrorista a Boca de Samá, el 12 de octubre de 1971.

Este acto terrorista organizado por Gustavo Villoldo y reivindicado por Alpha 66, provocó dos muertos y cuatro heridos graves, entre los cuales se encontraba la niña Nancy Pavón a quien hubo que amputarle un pie.

Las investigaciones de las autoridades cubanas han acusado en varias oportunidades a la CIA, la Agencia Central de Inteligencia, de encontrarse detrás del criminal ataque.

Las declaraciones de quien admite además haber sido oficial de la CIA durante décadas, corroboran de manera absoluta la responsabilidad directa de las autoridades estadounidenses en este acto terrorista cometido contra Cuba. Por si quedaban dudas.

El ataque a Boca de Samá, un pueblito de pescadores cercano a la playa de Guardalavaca, es solo uno de la cadena de operaciones criminales cuya paternidad fue reclamada por Alpha 66 a finales de los años 60 y principios de los años 70. Y es, sin dudas, la más cobarde de todas.

En una decisión judicial que solo podría acontecer en Miami, un juez le otorgó a Villoldo hace unos meses 1 200 millones de dólares "por el suicidio de su padre", que atribuyó al triunfo revolucionario en Cuba.

Villoldo, ex mercenario de Playa Girón, participó en el asesinato del Che en octubre de 1967 y asegura haber organizado el entierro secreto del heroico guerrillero.

En una entrevista titulada He Buried Che (Enterró al Che), concedida al periodista Tim Elfrink del Miami New Times, Villoldo cuenta —entre otras cosas— que en la primavera de 1971 recibió una llamada en su casa de Miami originada en Washington de "un viejo contacto CIA" que se niega a identificar.

En aquel momento, comenta, la administración Nixon, envuelta en problemas, necesitaba "una victoria sobre el comunismo". Parecía que había llegado el momento preciso para un plan cuyo objetivo era tomar "una pequeña ciudad" como preámbulo a "un ataque más amplio" y como "golpe de propaganda contra Cuba".

Preguntó entonces, en lenguaje convenido, el "viejo contacto": "¿Te recuerdas esta misión que siempre quisiste hacer? Considera esto como la famosa luz verde para ir adelante."

Conforme a la estrategia de las "operaciones autónomas", que permitía a la CIA sostener que no tenía vínculo con las operaciones terroristas contra Cuba, Villoldo se puso de inmediato a buscar fondos y a reclutar mercenarios.

En tres meses, afirma, recogió 350 000 dólares entre los negociantes cubanoamericanos y se encontró a 50 hombres para la expedición. La "pequeña ciudad" escogida para la operación fue, en realidad, este tranquilo pueblecito del oriente cubano, con una población de "unas docenas de personas" alojadas en "cabañas de madera".

Valoró que sería "un blanco fácil", precisa el artículo. Villoldo, hijo de un multimillonario habanero, salió con su tropa de Key Biscayne con dos lanchas rápidas "y una fragata de 177 pies".

El ataque mercenario duró 75 minutos, dice Villoldo. Afirma que salieron huyendo del lugar en sus embarcaciones y que "las autoridades cubanas pensaron que nos habíamos ido a plena velocidad hacia al norte. Helicópteros y aviones buscaron a los hombres lejos de donde estaban en el estrecho de la Florida. Al oscurecer, escondidos, regresaron a casa", cuenta Villoldo quien se atribuye el papel de héroe.

Santiago Álvarez, el cómplice de Luis Posada Carriles, también se atribuyó el salvaje ataque a Boca de Samá en el pasado.

Villoldo confirma luego que después de Boca de Samá, continuó su trabajo con la CIA "alrededor de América Latina y el Caribe durante los años 70 y 80".

Vive hoy en West Kendall, donde empiezan los Everglades. Su propiedad no aparece en el libro del teléfono, precisa el autor del reporte. Tampoco en el registro de propiedades.

El crimen de Boca de Samá fue denunciado por el líder cubano Fidel Castro, quien de inmediato sospechó la responsabilidad de la CIA en este acto de terrorismo. (Tomado de Granma Digital)

APOSTILLAS INGENUAS CONTRA UN CHISTE MACABRO

APOSTILLAS INGENUAS CONTRA UN CHISTE MACABRO

Por Luis Sexto

Los cubanos arrastran la fama de humoristas. Incluso,  la fama de un humor corrosivo: el choteo. Pero verdaderamente el choteo, el tirar a relajo lo serio, ¿es solo defecto o virtud de los cubanos? Acabo de leer esta nota en el Nuevo Herald de Miami: “La hija de un piloto estadounidense que desapareció en 1963 durante una misión encubierta de la CIA para llevar armas a los opositores de Fidel Castro, recibirá una indemnización de $21 millones por una orden judicial que halló culpable de su "muerte por negligencia’’ al gobierno cubano. Un juez de la Corte Superior del condado Waldo, en Maine, falló a favor de Sherry Sullivan, hija del piloto Geoffrey Francis Sullivan, y ordenó la millonaria compensación por ‘la pérdida de sustento monetario, los severos daños emocionales y la angustia sufrida’ por la mujer tras la pérdida de su padre.”

Volvamos a leer. Despacio. El piloto norteamericano Geoffrey Francis Sullivan perece o desaparece en una misión encubierta  de la Agencia Central de Inteligencia: trasladar armas a los opositores alzados contra el gobierno revolucionario cubano, en 1963. El piloto al parecer muere en esta misión, porque la nota no cita ninguna de esas fuentes “confiables” que dicen que estuvo en la cárcel. El juez  le concede a la hija el derecho a cobrar una indemnización de 21 millones de dólares. Y el gobierno cubano  tendrá que pagarlos por haber incurrido en una negligencia que ocasionó el fallecimiento del piloto. Más o menos, eso es lo que se sobreentiende…

Ahora uno pregunta: quién le asignó al aviador Sullivan  una misión subversiva y por tanto ilegal contra un Estado vecino de los Estados Unidos: ¿La CIA o el G2 cubano?  La CIA, desde luego. Así ha sido reconocido. Y dónde radica la “negligencia del gobierno cubano”. En defenderse; en derribar el avión violador de su espacio aéreo y abastecedor de armas a enemigos de Gobierno. Ahora bien, si murió en la cárcel, dónde aparecen las pruebas de su justo encierro, incluso, las pruebas de que murió por negligencia. No se expresan. Pero ¿habrá una fuente “confiable” entre los enemigos de la revolución cubana en los Estados Unidos? ¿Fuente confiable entre personas que todo cuanto han hecho, en términos políticos, ha sido básicamente por dinero?  Habría que ver.

Ingenuamente, creo: Si Sullivan murió en una misión de la CIA, haya sido derribado en el aire, o en un accidente, o fallecido en la cárcel por enfermedad, la indemnización corresponde, en justicia, a la institución  y el gobierno que lo envió a penetrar en cielo extranjero en una misión de guerra.

Este  fallo judicial es, como otros de parecido corte,  un chiste macabro.  O un buen negocio. Además de lo que reciben los abogados y la demandante, cuánto le tocaría al juez…

Ahora bien, a quién podrían demandar las víctimas cubanas del terrorismo que ha procedido de territorio norteamericano. ¿Quién, por ejemplo,  resarce a los familiares de los cubanos y extranjeros muertos en la explosión de la nave de Cubana de Aviación en Barbados, en 1976?  ¿Posada Carriles, entrenado, nutrido, pagado, protegido  por la CIA? ¿O acaso el gobierno cubano por haber hecho la revolución, haber declarado el socialismo, haber entrenado jóvenes campeones de esgrima y haber mantenido volando una empresa aérea nacional?  

De acuerdo con la lógica de ciertos jueces norteamericanos, el gobierno de Cuba también tendría que indemnizarlos: si no hubiera habido revolución, ni Posada Carriles ni otros terroristas habrían tenido que andar con dinamita.

Ah, el mundo está al revés. El dinero lo corrompe… Y convierte las razones de llanto, en una mueca cínica.