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PATRIA Y HUMANIDAD

EL ESCRIBIDOR Y EL TÍO NOBEL

EL ESCRIBIDOR Y EL TÍO NOBEL

A propósito de Vargas Llosa

Por Luis Sexto

El premio Nobel es como el invento primordial del millonario que le cedió nombre y dinero: dinamita. Y cada año, en particular en los acápites de literatura y el relativo a la paz, estalla echando a los aires anuencias y desavenencias; rara vez la convergencia. Mario Vargas Llosa no podía ser la excepción. Más bien el otorgamiento del Nobel lo confirma en una especie de trono del debate que habitualmente atiza con sus ideas y posiciones políticas conservadoras, por momentos aberradas, de acuerdo con quienes sostienen ideas opuestas.

Vargas Llosa gusta de oscilar en la paradoja.  Su conducta política es contradictoria, pues de la izquierda, con evidente inclinación hacia el extremo, pasó al extremo de la derecha, cuyo ideario ha defendido con  tozudez intestinal. Paradójicas resultan también, a simple vista,  su obra y sus ideas políticas. Porque  si se juzgan desde los conceptos del autor, la  obra no admite la acusación de retardatario que le encaja a aquel. Su periodismo  es otra cosa. Los académicos suecos no debieron tener en cuenta los artículos o ensayos periodísticos de Vargas Llosa. El propio autor de La ciudad y los perros se encargó de decir hace unos años en Madrid que él no cuidaba la forma de sus textos para periódicos, que solo decía lo que debía decir,  sin  inquietarse por  lo estético.  Y ello es otra paradoja. Porque pocos escritores por  grandes o pequeños que hayan sido descuidaron esos enunciados urgentes, escritos usualmente para ganar el sustento. Nombremos, como referencia más a mano, a García Márquez, cuyas crónicas y reportajes ilustran una lección de estilo original, convincente y conmovedor. O a Hemingway…

Lo principal en la obra literaria de Vargas Llosa es la altísima condición artística que exaltó “la cartografía de las estructuras del poder y su reflejo agudo de la resistencia del individuo, de su revuelta y de su fracaso”, según la frase textual del acta del Jurado, que no se hizo el “sueco” ante el expediente de Vargas Llosa, sino fue de verdad sueco premiando quizás  al más literariamente  iluminado de los escritores latinoamericanos.

Parece  lógico que desde las izquierdas se haga notar la discordancia entre la posición política y la técnica y la verdad literaria del escritor, pues seguimos utilizando lo político como rasero de la calidad literaria, artística o humana. De la misma manera a veces también confundimos ideología y política. Y como en la práctica se puede ser ideológicamente retrasado  y políticamente adelantado en  lo coyuntural, lo táctico referido a lo ideológico, se puede ser un escritor excepcional y un político degradado, o mal esposo o mal padre. O viceversa: un escritor inferior puede contener a un excelente político demócrata  o revolucionario. Esas analogías, esos engarces no parecen cuadrarle a la vida, más compleja que concebir una historia y vestirla de palabras. Y eso último le exijo a los escritores como característica primordial: usar la palabra, mediante la voluntad de estilo – y todo cuanto de artístico esta categoría implica- como instrumento de reconstrucción ético-estética del ser humano.

Qué tendrá que hacer, pues, un concurso literario, sino premiar la efectividad de la palabra, salvo que el pensamiento, imbricado como tesis en la obra, vaya contra la causa del hombre al promover la violencia o justificando la explotación, exaltando los desvalores que empobrecen la condición humana. ¿Son esos los propósitos que definen  la obra del escritor  Mario Vargas Llosa?  No me parece.

De cualquier manera,   lleva en el pecado la penitencia. Por mucha telaraña que envuelvan la militancia e ideas políticas del escritor, por mucho que la ciudadanía española encubra el origen de aquel y el afecto servil por los Estados Unidos pretenda lavar la condición de latinoamericano del autor de La fiesta del Chivo, la obra de Vargas Llosa y el premio Nobel lo desmienten. Y mientras el libro de Introducción a la geografía de las escuelas norteamericana enseña a los niños que en América Latina se ubican muchos de los países más miserables e ignorantes del planeta, la sangre, la lengua, la formación de Mario Vargas Llosa no pueden negar que este escritor pertenece a la región donde en los últimos 60 años se han escrito libros que han marcan la vanguardia literaria en el orbe hispánico. Posiblemente, por ello también lo premiaron.

 

RESUMEN BIOBIBLIOGRÁFICO

Nacido en la sureña ciudad peruana de Arequipa el 28 de marzo de 1936 en una familia de clase media, fue educado por su madre y sus abuelos maternos en Cochabamba (Bolivia) y luego en Perú. Tras sus estudios en la Academia Militar de Lima, obtuvo una licenciatura en Letras y dio muy joven sus primeros pasos en el periodismo.

Con su obra traducida a 30 lenguas, Vargas Llosa ha sido galardonado con los premios Cervantes, Príncipe de Asturias de las Letras, Biblioteca Breve, el de la Crítica Española, el Premio Nacional de Novela del Perú y el Rómulo Gallegos.

UN DÍA Y SU OCASO

UN DÍA Y SU OCASO

Crónica

Por Luis Sexto

Muy temprano el viajero va preguntándose qué podrá distinguir a esta ciudad. ¿Las cúpulas? Acaso las doce combas que se echan al aire  sobre la techumbre, gracias a la equilibrada delicadeza de albañiles catalanes, maestros ya sin nombres, ni firmas, podrían convenir para sobrenombrar a Cienfuegos la ciudad de las cúpulas.

El viajero sigue andando y puede oír sus pasos sobre el pavimento del Paseo del Prado. En  Punta Gorda, se detiene ante el Palacio de Acisclo del Valle. Los sentimientos litigan desconcertados: seduce, pero a la vez  repele por la exageración de arabescos y cariátides en un estilo que se traga así mismo en el cansancio de la superabundancia barroca y morisca, palabras estas que quieren indicar voluntad de derroche en el lucimiento del poder, aunque, esas impresiones no reducen el valor arquitectónico del sueño del antiguo potentado.

Luego el viajero alcanza la plaza donde la Catedral parece cojear con dos torres de alturas diferentes, y el resto de los edificios neoclásicos atestiguan la raíz francesa en los orígenes de la  Perla del Sur, núcleo urbano matizado por la paradoja de sus calles anchas y su existencia apacible, entre la actividad perseverante y el tráfago que no parece alcanzar la escala del ruido. Fundada en 1819, y siendo tan nueva, cuenta una vieja historia, en parte sumergida en los anales inescrutables de la penetrante bahía de Jagua, a la que protegen desde el costado izquierdo, mirando hacia el sur,  los dientes azulados de la sierra de Guamuhaya, y al derecho se adormece el barrio costero y recoleto de El Perché. Desde la orilla opuesta, uno permanece prendido al caserío, añorándolo, como si me halara desde sus enigmas. ¿Qué ha visto el viajero? Imagino el escenario de una novela que no escribiré y que en un momento imprecisable tal vez decida escribir el cronista Francisco G. Navarro, mi amigo.

Mientras espera la hora que justifica su estancia en la ciudad, el viajero se orienta hacia el cementerio de Reina, urgido de arena, cemento y cuchara por la ruina en sus paredes laterales donde, como en una colmena, bostezan nichos centenarios, como los construyó con ánimo de modernidad el Obispo Espada en la Habana. Quizás entre los valores de la villa fundada por don Luis D’Clouet, sea la primitiva necrópolis uno de los puntos más provisto de interés para el viajero, o para ciertos viajeros, en particular europeos, sin que por ello les coloree el alma la influencia grisácea de los poetas románticos. Posiblemente, una ciudad sugiere a veces los secretos más interesantes e influyentes, o sus definiciones esenciales, tras un sepulcro perdido, o una lápida.

En una tumba penetrada subterráneamente por las aguas de la bahía, flota en Reina, con la incógnita por sarcófago, la huesa del abuelo materno de Pablo Ruiz Picasso. Caminando hacia el fondo, a la derecha de la capilla, nos sorprende un nicho con el nombre y el apellido de uno de los escritores de la Generación del 98 en España: Ramiro de Maeztu. Desde luego, no es la tumba del escritor, ensayista polémico y conservador. Lo ya averiguado habla de un  pariente del mismo nombre, tal vez su abuelo, que poseyó en el siglo XIX un ingenio azucarero en la  comarca cienfueguera: el Pelayo.

Después, sentado en la orilla oriental de la península de la Majagua, espada que taja en dos charcos ese sector de la bahía, la pregunta de la mañana encontrará respuesta al atardecer. Antes habremos de aceptar que la crónica de un viajero flexible –este que soy, que mira para contar- se contamine de afirmaciones y negaciones. Porque lo visto ahorita, se amengua ante lo visto ahora. Y sobre el agua, detrás de la barrera de unas lomas verdecidas, el poniente se desordena en ráfagas rojas, amarillas y entre nubes negras, como si un pintor absoluto hubiera tomado un puñado de colores arbitrarios, impertinentes y los echara al cielo como parábolas incendiarias que el viajero nunca ha visto en otros sitios y ante las cuales quizás recuerda, con el escritor Ramiro de Maeztu al referirse a Cuba, “la insuficiencia de toda palabra” para describir el ocaso en Cienfuegos.

 

SOMBRA Y SILENCIO

SOMBRA Y SILENCIO

Luis Sexto

Crónica

La edad me ha vuelto andariego. Y parece cierto que al caminar uno piensa y observa con más despejada lucidez a través de la oxigenación, y de paso sacude las candelillas de la melancolía en esas tardes donde el calor y el color invocan a los ausentes y otros afectos.

Hace poco reparé en que la sombra en las calles 15 ó 13, partiendo de G hacia Paseo, es luz peculiar, intimista. Vegetal claridad que nos envuelve en la atmósfera circunspecta del claroscuro. Hacia las dos de la tarde, el paseante camina casi solo por esas calles arboladas, a salvo del calor, y del ruido que a pocas cuadras no deja parir en paz a las madres en la maternidad de Línea, a pesar de que ya la señal prohíbe, sin que la acaten, el uso del claxon.

Lo más degustable del Vedado es, para mi querer, la cercanía del mar, y la sombra y el silencio que aún hallan nicho en ciertos rincones de lo que antes perteneció a la finca del conde de Pozos Dulces. Me refiero a la cuadrícula cercana de la iglesia de Línea y D, y un poco más arriba hasta la barranca del edificio Arcos, en F entre 19 y 21. Esa área del Vedado es como peñón –así lo llamó Renee Méndez Capote en sus memorias de cubanita- donde se refugian los atisbos de aquel barrio rural del XIX, y que a finales de ese siglo y a principios del XX comenzó siendo zona campestre de la gran ciudad.

Camino con cautela. Las aceras parecen el oleaje que levantan las raíces de los laureles, que el poeta Rafael Enrique Marrero asumió como imagen de su vida: solo aptos para romper, como los árboles sin fruto, las aceras. Pero ¿merecerán el castigo del hacha o la motosierra si como también dice el autor de “Affiche” las ramas de raíces tan tentaculares también se reparten en sombras? Crucemos los dedos para que ninguna decisión imponga, en cuentas de carnicero, derribar árboles para reconstruir aceras.

 ¿Qué será más costoso: reparar o talar? La pregunta, sin trascender la economía, la supera. En lo ecológico se mezclan las finanzas y la moral de modo que ambas esferas, concéntricas, se perjudican cuando el descuajar árboles deriva en una insuperable tentación. Y abajo vienen, porque estorban la claridad o son una amenaza cuando los vientos soplan, o incluso los clasificamos, con cierta inocencia, como causantes de las rachas más severas. Pero lo absoluto suele equivocarse. Y creo entrever que en lo más difuso de la conciencia cubana sobrevive, entre agonías, el respeto por los árboles. Parece confirmarlo la creencia, quizás de origen afrocubano, de que quien destroce una ceiba morirá sin piernas.

Respeto tanto las intuiciones del pueblo que mi ignorancia se mueve con tacto entre los pasadizos del misterio. Y por ello solo repito. En algún sitio oí que un ciudadano, autorizado para decidirlo, dictó sin una razón inexcusable la muerte de una ceiba enorme, árbol envuelto, al claro de luna, en los prestigios de la sacralidad. El hacha jadeó y no pudo. Y para acostarla en la posición de los cadáveres, movilizaron la dinamita. Con los años, aquel compatriota murió mucho después que le amputaran las dos piernas a consecuencias de una diabetes descompensada.

El engarce entre ambos hechos resulta posible mediante una asociación mágico religiosa. No por ello, sin embargo, hemos de echar a un lado el papel constructivo de esa sentimentalidad aparentemente elemental. Notamos bajo su corteza fantástica un corazón palpitando, en amor consonante, por la naturaleza. Ojalá todos imitáramos el respeto de ciertos mandatos de ética trascendental que establecen que cuando se tome un fruto o una hoja de un árbol, le dejemos algo a cambio, incluso las gracias, en una simbólica relación de cultura interiorizada y de convivente igualdad.

El transeúnte que soy sigue andando bajo la fronda de El Vedado; mira hacia las ramas copiosas y sonríe tras la palma de la mano, al comprobar su más reciente y tardío hallazgo: El hacha y los vientos aún no han pasado: todavía hay sombra.

ELIO CONSTANTÍN, ESTILO, CULTURA Y BONDAD

ELIO CONSTANTÍN, ESTILO, CULTURA Y BONDAD

 Por Luis Sexto

En el aniversario 15 de su deceso.

Elio falleció el 12 de septiembre de 1995, a los 76 años

Con los años uno admite, entre otras verdades, que la vida nos da más de un maestro. Tuve varios en libros y en persona;  unos como autores predilectos y otros como amigos. Elio Constantín ya no sabrá que lo reconozco como uno de mis maestros. Y no le concedo esa gracia ahora cuando la edad hace ajustar cuentas, sopesar los aciertos, lamentar las torpezas. Fue al revés: Elio me regaló su atención cuando yo era un aprendiz inquieto por alcanzar el ideal que nunca he logrado.

Pensándolo bien, yo no merecía su afecto y él no estaba obligado a manifestármelo por ningún compromiso. Lo movió su bondad. Porque si por algo hay que empezar al escribir de Elio Constantín es encareciendo sus generosos sentimientos. La cordialidad para él no solo se definía por modales mesurados, regidos por eso que aprendimos a llamar  buenas maneras, toque de urbanidad en la relación con el semejante. Era cordial porque, haciendo honor a la raíz latina de cor, cordis –ese latín que estudio de jovencito- su amabilidad habitualmente de turno procedía del corazón. Siendo yo adolescente, conocí su nombre en los periódicos y revistas, en particular en Carteles. Y cuando luego de haber insistido hasta el riesgo de molestar, gané en 1972 una silla en la redacción del Semanario Deportivo LPV,  el deporte que elegí era el mismo que distinguía a Elio: el fútbol. Y no resultó casualidad. Es que, supe después, estudié en el mismo plantel salesiano donde Elio había estudiado dos décadas antes. Es decir, que vivimos el mismo ambiente, estudiamos las mismas asignaturas y por supuesto jugamos el fútbol prescrito por nuestros profesores italianos.

Lo vi por primera vez en el estadio “Pedro Marrero”. Me le presenté. Me mostró su gratitud por haber elegido el fútbol –ese deporte que amaba tanto como a su oficio- para desarrollar mi aprendizaje periodístico. Cubríamos ese domingo el primer partido del campeonato nacional. Recuerdo que mi crónica comenzó describiendo el acto inaugural y hablé de la marcha Símbolo, el desfile de los jugadores y del discurso de apertura, y seguí con el comentario del partido. Al domingo siguiente le llevé la revista. Leyó. Y me felicitó por creer ver en mí a un joven periodista preocupado por la corrección y la elegancia. Así dijo.  Pero enseguida me señaló los errores evidentes. No debe usted  -advirtió- escribir para un semanario como si lo hiciera para un periódico diario. Ese acto ya es cosa fría; yo lo informé el lunes siguiente. Me miró sonriendo. Y me preguntó si me había ofendido. Le respondí que, al contrario, le agradecía la observación. Ah, ¿no se pone bravo? Qué bien, pues en este oficio el que cree que ha llegado,  no ha arrancado todavía. Desde entonces, conservé esa frase como mi máxima, la jaculatoria que me ha llamado a capítulo cuando la vanidad me ha hecho sentir gozo injustificado por alguna de mis letras.

Elio ya había llegado. Desde su iniciación en el periódico Pueblo, habían pasado muchos años de experiencia y de estudio. Su nombre de periodista se respetaba y se acataba. Colaboró, por ello, en el secuestro de Fangio, aquel acto audaz del Movimiento 26 de Julio para impedir el lucimiento de de una carrera automovilística en una Cuba enlutada por el asesinato de sus jóvenes.

¿Cómo encarecer el  estilo de Elio Constantín? Castizo sin ser rancioso. Correcto sin pedanterías.  Rápido como su andar; alegre como su carácter. Era un modelo. Entre nosotros entonces tenía fama de saber gramática como ninguno de los periodistas, salvo, quizás, Eduardo Héctor Alonso, otro maestro olvidado.

A Elio acudíamos en la duda. Y de él solicitábamos la clase magistral. Su cultura lo hacía apto para escribir de cualquier tema y en cualquier género; para dirigir un medio, escribir un editorial o ejercer como corrector. Demostró su universalidad, si es que hubiese sido necesario, cuando fue a Buenos Aires a cubrir la toma de posesión del presidente Cámpora.  Asistió como enviado especial a campeonatos de fútbol.  Profesionales de otros países lo reconocían por su dominio de la crónica futbolística. Una vez el famoso árbitro español don Pedro Escartín se dispuso a venir a Cuba. Antes de viajar le puso un telegrama a Elio para que lo esperara en el aeropuerto José Martí. No se conocían personalmente. Al menos, Elio si sabía de don Pedro. Pero dudaba que ese personaje, tan célebre en el orbe futbolístico, supiera de él hasta el punto de pedirle un favor tan íntimo. Y estimó que el mensaje provenía de alguna broma de la redacción de Carteles. Pero era cierto. Don Pedro Escartín  lo leía.

Seguimos viéndonos. Continué preguntándole sobre mis dudas. Una vez, en público, me elogió. Y ese gesto fue como la rúbrica de un compromiso entre él y yo: nunca dejar de trabajar por ser mejor y más útil. Si no lo he sido, la responsabilidad no corresponde a mis maestros.

En otro momento, víctima de una especie de calumnia, de ese artificio primitivo que alguno  utiliza para imponer su autoridad haciendo daño, lo llamé a Granma, donde ejercía como uno de los  subdirectores. Le expliqué el problema, y me recomendó que discutiera y defendiera mi crédito y que dijera que él, Elio Constantín, ponía el prestigio de su historia profesional para respaldar mi honradez. Esto lo cuento, porque es la única manera de pagarle a un maestro toda su bondad. Y si él podía apostar a mi honradez, era porque también junto a él, viéndonos de vez en cuando en los estadios o durante alguna visita mía a Granma para conversar, incluso viajando juntos una vez a Guatemala, aprendí lecciones de ética.

Termino contando sobre su humildad. Era, además, humilde. Practicaba esa virtud ya tan rara, tan rara porque suele confundirse con servidumbre, sometimiento, miseria moral. Por supuesto, que la humildad es todo lo contrario. El latín le hacía recordar que la raíz de esa palabra es humus, es decir, tierra. Y que humildad es saber eso: que somos falibles, que la posibilidad del error nos acompaña como una mala sombra y que no seremos inferiores a otras personas, pero tampoco superiores. Una vez, creo que durante unos juegos panamericanos, puso uno de los titulares de la primera plana sobre deportes, que ha sido una de las armas de Cuba para agrietar el aislamiento. Exaltaba las medallas ganadas en la fecha anterior. Por la tarde, casualmente lo visité, y me confesó: Viste, hoy me equivoqué; olvidé que ese número de medallas que yo eché al aire como triunfo, estaban por debajo del pronóstico para ese día. Fui muy lejos…

Otros colegas podrán haber gozado de mayor intimidad; haber sido verdaderamente sus amigos. Yo solo puedo decir, ahora, cuando los años obligan a evaluar lo vivido, que fui uno de sus discípulos. Quizás el más pobre; el menos apto. Pero, a pesar de ello, me parece haber sido premiado por un privilegio.

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

Por Luis Sexto

Crónica

 Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había introducido en la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Vi a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.

-¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.

No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:

-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.

Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama. Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.

La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.

-Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.

Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía: ¿Qué vas a decir, muchacho? Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez: ¿Qué vas a decir, bobo?

Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta.

-Así hubiera hablado él -comenté.

-¿Quién? ¿José?

-No, Francisco...

Callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha provocado mi única frustración: no haberlo conocido.

PEDRO LUIS LAZO, EL RASCACIELOS DE CUBA

PEDRO LUIS LAZO, EL RASCACIELOS DE CUBA

Por Luis Sexto

Presentación del libro del mismo nombre, en el Parque Central de La Habana, el 27 de agosto de 2010

En cuarenta años ejerciendo el periodismo, he escrito hasta de jockey sobre césped; nunca de béisbol. Sin embargo,  mucho he gritado en el estadio Latinoamercano del Cerro, en La Habana, ante el milagro de mis ídolos, que han podido ser también los mismos dioses venerados por los centenares de aficionados aquí presentes. Cuántas veces adiviné el jonrón por el crujido del bate al golpear la esférica. Y antes de sobrepasar el batazo la tercera base, ya yo estaba en pie, como por obra de un chuchazo, celebrando la nueva decoración de la pizarra.  Es decir, nunca he escrito de pelota, pero he sentido la pelota hasta llorar, hasta incluso quebrar mi promesa juvenil de nunca escribir de pelota, porque, amigos míos, de pelota sabemos todos en Cuba. Y hacer el ridículo es como una raya más para quien aspira a tigre y solo se queda en gato doméstico.

Pero el periodista ha de estar siempre dispuesto a morir, es decir, preparado para asumir el riesgo aunque en ello le vaya el crédito. Y cumplo hoy, ante tantas personas ilustradas en los saberes del béisbol, la petición del autor del libro que voy a presentarles, hombre este, en su condición humana, tan redondo como la Batos o la Mizuno; tan recio como un bate, y tan audaz como el guante que aparece de súbito, inexplicablemente,  más allá de la media luna deteniendo un seguro jit. Ese hombre, Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga, nombre con  distancia de jonrón,  es mi amigo en la simplicidad de la vida guajira y en la dedicación al oficio de escribir, oficio que suele ofrecer la incertidumbre y la inconformidad como secuela.

Nunca escribí de pelota, pero sé que en este libro titulado Pedro Luis Lazo, el rascacielos de Cuba, publicado por la editorial Hermanos Loynaz, está desarrollado el conflicto esencial del béisbol. Como es sabido, ese conflicto es la guerra entre un lanzador que se propone anular al bateador y un bateador que elucubra el modo de quitarle, al menos, una base, una modesta base, al lanzador. El ex pelotero Osaba,  como bateador tiene más libros que veces al bate; y Lazo, ah, Lazo, el pítcher derecho estelar del equipo Cuba,  le ha dado algún pelotazo a más de un número o a una letra. Es este libro, en fin, un desafío dominical. Sí, uno de esos juegos que, luego de su final, deben dejar espacio para la discusión.

Tajantemente he de decir, ante todo, que este libro titulado Pedro Luis Lazo, el rascacielos de Cuba, no es una biografía. ¿Y qué quiere ser este libro? A mi modesto parecer, este libro quiere ser un monumento, la exaltación de un jugador excepcional al salón de la fama que la mayoría de los cubanos llevamos dentro, porque sentimos el béisbol como la gran parábola de nuestra historia, historia nuestra que  constantemente ha estado remontando pizarras adversas a batazo limpio o mediante  el cambio de velocidad o la bola escondida.

Amigos:

Imaginemos que soy un narrador portentoso y por tanto voy a decir, antes de que ustedes lo lean, el porqué Osaba incrementará con abundancia sus numeritos individuales al terminar este juego. Lo primero que nos cautivará es que Osaba, previamente vive lo que habrá de escribir. Hay en este libro una vocación por ir al sitio donde el héroe nació, a meterse entre las personas que alguna vez significaron algo para el héroe. Es como el mejor periodismo, ese que se moja los pies, investigando en el terreno y luego trasladándonos al terreno, de modo que lo veamos y lo toquemos. En lenguaje de medios, puedo decir que este libro emplea mayoritariamente la transmisión televisiva, aunque de vez en cuando acude a la radio. 

Este libro es, en suma,  un reportaje coral, a muchas voces; un vívido, vivido coloquial documento periodístico. Y en verdad, el tino con que Osaba escribe no le podría dictar otra técnica que no fuese presentar a Lazo en plenitud de noticia, en logro aún actuante, en ser humano haciendo rebosar de gloria sus 37 o 38 años de edad. Esta es la mejor virtud de Pedro Luis Lazo, el rascacielos de Cuba: pintar al ya mítico Lazo de cuerpo y vida enteros,  como sol en su cenit, león en su pradera,  cañón en batalla. Y es así, porque no estamos evaluando, ni evocando  la cola de un cometa que pasó, sino el astro que todavía dispone de muchos años de luz.

La tradición judeocristiana nos recomienda que se elogie a los seres humanos después de fallecidos. Lauda post mortem, dice el latín bíblico. Y esta cultura tan antigua está teniendo en cuenta a ciertas figuras que, luego de ser elogiadas, empiezan a “creerse cosas”, y se desparraman en medio del mareo de la fama. Pero en ese sentido, Lazo gana este juego que lo enaltece, que lo encumbra poniéndolo para siempre en un libro que nunca habremos de  quemar o descontaminar. El talento de Lazo, la efectividad de Lazo, la ética de Lazo, la simpatía humana de Lazo como pelotero, nunca correrán el peligro de echar hacia atrás hasta el punto de contradecir o negar  todos los hechos y las opiniones que el autor, Martínez de Osaba, recoge en las páginas de este libro. Y la certeza se apoya en la confianza de que Pedro Luis Lazo quedará en la historia del béisbol cubano como Osaba demuestra con devota capacidad gráfica: como un rascacielos del coraje, la habilidad, el carácter de quien, mejorándose cada día,  honra a sus semejantes y en particular a la patria que lo recibió y le dio el nombre y la tradición.

Amigos:

No podemos hablar de un libro enfatizando solo en su contenido, o en su tema. Tengo ineludiblemente que juzgar las palabras y con las palabras medir la eficacia con que el escritor las junta. Y lo digo con placer: Osaba es un escritor, que además de saber qué dice, sabe también cómo lo dice. No dudo que cuando cualquiera de nosotros escriba, un editor o un corrector vengan luego y nos tachen este o aquel gazapos. Pero lo que lamentablemente no pueden dar un editor o un corrector, a pesar de la utilidad que los editores y correctores tienen, y a pesar de cuanto hemos de agradecerles;  no pueden dar, ni añadir, digo,  la disposición esencial de ser claro, de poner una palabra junto a la otra de modo que en vez de arrastrarse, caminen como sobre  el aire. Y de acuerdo con mi experiencia en este oficio de  escribir, la prosa de Osaba nos arrastra como una conversación. Esto es, no tiene el lector que halarla, porque a fin de cuentas se desliza hasta llegar a jon…

Luego detengámonos en la estructura. Este libro es sobre Lazo. Pero Lazo no es Lazo en abstracto. Lazo es, fundamentalmente, el producto de una tradición, de una cultura,  además de un sistema. Y de pronto el escritor detiene el libro, como si se fuera a primera, tras de haber ganado la base por bolas. Y sobre la almohadilla, pasa revista a la historia del pitcheo en Cuba en sus figuras básicas. Y nos va presentando, como en una emisión de radio –sin ver, pero oyendo- los horcones sobre los que descansan el brazo, la técnica y la sabiduría de Pedro Luis Lazo. El lector lo agradece: el poco ducho en el béisbol, lo agradece porque aumenta su caudal histórico, y el que conoce la crónica numerosa de la pelota, lo agradece porque le recuerdan y precisan lo sabido. Así, así vamos avanzado hacia el final de este juego escrito, y al final Osaba le da voz y espacio en el terreno a los que no aparecen comúnmente: a los aficionados, a los espectadores. Leyendo estos juicios uno se percata de que, sin que las distintas personas que hablan –escritores, poetas, abogados, periodistas, historiadores-  se hayan puesto de acuerdo,  todas coinciden, sin dudar,  en que el béisbol es un manifestación de cultura y que Pedro Luis Lazo agrega una dosis de arte a la técnica y los movimientos del lanzador.

Después, en las últimas páginas, después de terminado el desafío, salen del “dogaut” los compañeros de Lazo, directores y jugadores que confirman cuanto vale Pedro Luis. El libro, como es natural, se remata con las estadísticas. Un pelotero es él y sus estadísticas. Pero sobre todo es su valor y su honra. Y del valor y de la honra de Pedro Luis Lazo, de su erguirse ante las dificultades y los errores, está lleno este rascacielos que el mismo Lazo es y ha permitido que le construyan con la sencillez de la verdad.

 

 

 

 

 

CAMBIO DE NOMBRE

CAMBIO DE NOMBRE

Por Luis Sexto

Miguel de Unamuno intentó sistematizar una fórmula complaciente, más bien una paradoja compensadora del sentimiento universal de culpa por la medianía o la frustración, cuando acometió la idea de que el individuo no se salva -al menos para la inmortalidad- por lo que fue, sino por lo que quiso ser. Lo juzgarán por su soterrado y a veces inconsciente empeño de desdoblarse en otro que resultará mejor que la persona vieja. Ante esa propuesta del arisco y agónico vasco uno pregunta si habremos penetrado en los resortes que liberan la invención de un seudónimo. Y acordemos ahora, quizás provisionalmente, que cuando sustituimos nuestro nombre legal con un seudónimo, es porque nos empuja el deseo de oponer el “Yo” que uno desea ser a la primera persona que realmente es.

No lo olvido: dentro del alma humana he de andar a tientas, con el sigilo de un ladrón nocturno que teme, no solo despertar peligrosamente a cuantos duermen, sino afrontar un riesgo estéril al entrar en la habitación equivocada. ¿Dónde está la lámpara de láseres que nos facilite recorrer los pasadizos interiores sin introducir los dedos en algún enchufe que nos electrocute con el ridículo? Freud lo intentó. Y a veces rozó el desacierto con la presunción de convertir a la psique sensitiva y complicada del Hombre en un amasijo de determinismos oníricos o postraumáticos.

¿Qué mueve a una persona a adoptar un seudónimo? Quizás lo que he dicho: el propósito de ser distinto al que se es, de definirse en la otredad para la percepción pública y también la íntima. O también influyen los acertijos artísticos que suponen que un nombre ficticio, sugerido por asesores de propaganda, o aprobado por ellos, porta más gracia, más atractivo, que el que se obtuvo en la declaración paterna ante el encargado del Registro Civil. Gardel por Gardes; Marilyn Monroe por Norma Jean Becker; Moliere por Juan Bautista Poquelin; Fray Candil por Emilio Bobadilla; Almafuerte por Pedro Bonifacio Palacios, Gabriela Mistral por Lucila Godoy. Un seudónimo implica también un misterio. Y ante su arcanidad –término del barroco jesuita Baltasar Gracián- puede sucumbir la curiosidad o la admiración.

Tal vez un irreducible complejo de inferioridad, o un conflicto de timidez insuperable perviven en el lecho movedizo de un seudónimo de escritor, poeta, dramaturgo, actor o actriz, cuyo nuevo nombre lo representa en la nueva vida de la fama. Puede ser solo eso, o posiblemente sea más: ¿el miedo escénico, o las conveniencias sociales o políticas? Veamos un ejemplo en que una valoración muy aguda de los beneficios publicitarios sugiere el cambio de identidad.  El reconocido pintor cubano Víctor Manuel fue uno de esos ejemplos en que el interés de impactar tanto con sus cuadros como con el apelativo, lo asedió con insistencia. Sus amigos, incluso, especializados en las relaciones entre público y artista, le aconsejaban un nuevo bautismo en las aguas de un seudónimo que limpiara el pálido e inexpresivo nombre original de Manolo García. ¿Quién respetaría a un pintor con esa firma? En París regeneró su nombre. Y se lo informó por correo a su compatriota y colega Domingo Ravenet, que lo cuenta en sus apuntes autobiográficos: Ahora me llamo Víctor Manuel.

En Gabriela Mistral no lo veo de ese modo tan práctico. En su poema “La otra”  deja filtrar el interés de renacer de la natal envoltura como otra: “Una en mí maté: yo la amaba (…) yo la maté. Vosotros también matadla.” Los amigos y críticos de Gabriela coinciden en afirmar que el tejido de su psique estaba tramado con los estremecimientos aciclonados del genio. Esa naturaleza no cabía en la identidad común de Lucila Godoy, de modo que la maestra rural asume el nombre irrepetible que la identificará en la sobrevida de la poesía, orbe donde únicamente cabría la superabundancia de su espíritu. Lucila Godoy, la muchachita frustrada, zurcidora de recuerdos, no alcanzaba para tanta gloria. Era tan ancho su corazón que solo podía habitar en el nombre de un ángel acompañado por el viento.

Parece que ciertos seres humanos -al menos en los que el espíritu rige también como una razón contra la mediocridad- viven sometidos a un litigio interno en que la visión externa del interior de sí mismos, no concuerda con la visión desde el interior de lo que está fuera. Es decir, quisiera exiliar al que soy, para empezar a ser el que quiero y el espejo de mi subjetividad no refleja. O el sonido de mi nombre y mis apellidos no concuerda con la eufonía que me gustaría sentir como consonancia entre lo sentido, o creído, dentro y lo que resuena afuera de uno mismo. Hay, pues, más que un asesinato, un suicidio, un suicidio espiritual, indentitario cuya sangre no rueda más allá del escueto sacrificio de habituarse a responder al seudónimo ya adoptado como nombre verdadero.

Cosa complicada resulta esclarecer las causas de los seudónimos. Y quizás, como ya he dicho, tal vez muchas pretensiones de profundidad nos desvíen y soslayemos una causa mucho más humana y definitiva, como esta: me da la gana de asumir un nombre supuesto; el propio me cae mal. Con lo cual podríamos explicar, al menos en varios casos, el porqué en la literatura cubana, desde la aparición del primer autor en el siglo XVII, la historia registra más de tres mil seudónimos, según el ensayista Elías Entralgo. En el periódico El Mundo, de La Habana, hacia los años de 1960, firmaba una autora con el nombre claramente aparente de Clara del Claro Valle. Sonaba como a fiesta, a jocosa impertinencia de la imaginación. Y yo, joven adicto a la página de opinión de ese diario hasta cuando ese El Mundo se acabó en 1968, me empeñé en descubrir quién se amparaba detrás de hombre tan soleado.

Una mañana en un pie de foto de la página cultural se decía que el escritor José de la Luz León leía un panegírico ante la tumba de un tal famoso personaje. Y en la correspondiente a los artículos aparecía el texto bajo la firma desafiante de Clara del Claro Valle. Bastó asociar los datos. Ahora la curiosidad persiste en otra dirección. Y me pregunto porqué el autor de Amiel o la incapacidad de amar necesitó protegerse bajo un seudónimo para firmar aquellas crónicas ágiles, habitualmente interesantes por el estilo y por cuanto acarreaban en las referencias culturales e históricas. No llegué a conocer a De la Luz León, de quien también leí un ensayo biográfico sobre Benjamín Constant. Perdí tal vez la oportunidad al no insistir con José María Chacón y Calvo, pues ambos se llamaban frecuentemente por teléfono, y yo visitaba cada sábado al autor de Hermanito menor. No obstante, especulemos: ¿Habría pensado José de la Luz León que la crónica casi diaria en El Mundo lastimaba su crédito de autor rotundo, consagrado a las honduras ensayísticas, o le pareció que, figura de una época recién clausurada por la Revolución, su nombre no debía aparecer en un periódico revolucionario, aunque el periódico que dirigía Gómez- Wangüermert estaba sabiamente concebido, según parecía demostrarlo cada día, para conceder espacios a temas y firmas menos comprometidos con la política dominante en Cuba?  Si responder valiera el esfuerzo, si en verdad algo básico se consiguiera, tendríamos que inmiscuirnos en la papelería de José de la Luz León para quizás ensartar una frase, un testimonio, un juicio esclarecedores de móviles tan personales y particularmente sicológicos.

Estamos, pues, al final como al principio: inquietándonos por saber secretos de otros. Miro dentro de mí para hallar un eco de sentires ajenos, y nunca me ha preocupado, en conciencia, renunciar a mi identidad nominal, salvo aquel momento de mis 17 años cuando creí que con mi nombre no llegaría muy lejos en las letras. Fue verdadera la premonición. Ahora bien, lo que me parece evidente es que si me juzgaran, habrán de atenerse los jueces a lo que afirma Unamuno, y emitir el fallo absolutorio teniendo en cuenta el que quise ser y no el que soy con el mismo y modesto nombre.

 

 

 

 

 

 

EN RESPUESTA A UN RECLAMO HUMANITARIO

Media en Cuba la Iglesia Católica

Así lo reconoce tanto el arzobispado como las Damas de Blanco

LA HABANA, domingo, 22 de agosto de 2010 (ZENIT.org).- La Iglesia en Cuba está mediando entre los familiares de los presos y las autoridades en respuesta al reclamo humanitario de esas familias, ha aclarado una nota de prensa difundida este viernes por el arzobispado de La Habana.

El comunicado fue avalado poco después por una las Damas de Blanco, que calificaron de "positiva" la mediación de la Iglesia para la excarcelación de sus familiares presos políticos, y tomaron distancia de una dura crítica, realizada por disidentes cubanos en una carta abierta al Papa.

La aclaración, en la que el arzobispado deja claro que en ningún momento su actividad es política, tiene lugar "debido a la indignación generada en un número de fieles católicos que han conocido en las últimas horas" el contenido de la carta abierta dirigida al Santo Padre Benedicto XVI, "de contenido ofensivo para con la Iglesia en Cuba".

"Cuando la Iglesia aceptó la misión de mediar entre los familiares de los presos o damas de blanco, y las autoridades cubanas, sabía que esta mediación podría ser interpretada de las más disímiles maneras y provocar diversas reacciones: desde el insulto y la difamación, hasta la aceptación y el agradecimiento. Permanecer inactiva no era una opción válida para la Iglesia por su misión pastoral", aclara la nota.

"La acción de la Iglesia a favor del respeto a la dignidad de todos los cubanos y la armonía social en Cuba no comenzó hace veinte años, y ha sido una acción que no se ha apoyado, ni se apoyará nunca, en tendencias políticas, ni en las del gobierno ni en las de quienes se le oponen, sino en su misión pastoral", subraya.

El arzobispado asegura que "la Iglesia en Cuba no desviará su atención de aquello que la motivó a actuar en este proceso: el reclamo humanitario de familias que han sufrido por el encarcelamiento de uno o más de sus miembros".

"Esto es algo que conoce muy bien el Papa Benedicto XVI -sigue diciendo el comunicado--. Vale la pena recordar lo expresado hace unas semanas por el padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede: ’El papel crucial asumido en el proceso de diálogo cubano por el cardenal Ortega Alamino y por monseñor Dionisio García, presidente del episcopado, ha sido posible por el hecho evidente que la Iglesia católica está profundamente arraigada en el pueblo y es intérprete atendible de su espíritu y de sus expectativas’".

"No es una realidad extraña, no escapa en los tiempos de dificultad -seguía diciendo el director de la Oficina de Información de la Santa Sede--. Carga con los sufrimientos y trae esperanza, con dignidad y con paciencia, sin servilismo pero también sin tratar de aumentar las tensiones ni de exacerbar los ánimos, al contrario, con el compromiso constante de abrir caminos a la comprensión y al diálogo".

La Santa Sede , agregó el padre Lombardi, "apoya a la Iglesia local con su solidaridad espiritual y con su autoridad internacional".

En este sentido, " la Santa Sede se ha declarado siempre en contra del embargo, y por lo tanto solidaria con los sufrimientos del pueblo, y dispuesta a apoyar toda perspectiva de diálogo constructivo... con paciencia, se han hecho importantes progresos en esta dirección. Todos deseamos que el camino continúe".

Por su parte, Berta Soler, una de las representantes de las Damas de Blanco ha declarado: "Respetamos las opiniones que pueda dar cualquier persona sobre la Iglesia Católica. La nuestra es que, como mediadora, está haciendo todo lo que ha podido hacer por la libertad de nuestros hombres".

"La Iglesia está haciendo lo que realmente debe hacer una Iglesia: estar al lado de las personas que sufren, de las personas que están presas y de lo está haciendo, el resultado ha sido positivo", añadió.

 

(Nota del autor del  blog: Este periodista, con el respeto y acatamiento que le profesa a la Iglesia Católica, en cuyo seno se educó mediante las escuelas de los Padres Salesianos y en cuyo seno permanece espiritualmente, estima pertinente que en el proceso de liberación de los reclusos que desde 2003 cumplían prisión por atentar contra la estabilidad del Estado cubano, hay que tener en cuenta también  la voluntad política del Gobierno de Cuba, que ha sido muy anuente ante la mediación y las solicitudes de la Iglesia. Como no ignoramos,  la visión unilateral se aparta del recto juicio, aunque de cualquier forma, mi aclaración es a título personal y solo añade un parecer a la información que reproduzco arriba. Luis Sexto)