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PATRIA Y HUMANIDAD

BARRIOCUENTO 2014

                                                  

«El bien que en una parte se siembra, es semilla

que en todas partes fructifica» / JOSÉ MARTÍ

 

 

La compañía habanera Teatro Cimarrón, que dirige el poeta y dramaturgo Alberto Curbelo, y el Consejo Provincial de las Artes Escénicas de Pinar del Río, convocan al XVI Encuentro Internacional de Oralidad Escénica BarrioCuento que se celebrará en la provincia pinareña del 2 al 6 de abril del 2014.

«En los pueblos que han de vivir de la agricultura alertó José Martí, los Gobiernos tienen el deber de enseñar preferentemente el cultivo de los campos. Se está cometiendo en el sistema de educación de la América Latina un error gravísimo: en pueblos que viven casi por completo de los productos del campo, se educa exclusivamente a los hombres para la vida urbana, y no se le prepara para la vida campesina». Dando continuidad a las enseñanzas del Apóstol y a las transformaciones agrarias que se producen en Cuba, la realización de la XVI edición de BarrioCuento en el Año Internacional de la Agricultura Familiar y en la provincia de Pinar del Río cuna del mejor tabaco del mundo privilegiará en su programación la cuentería rural, los mitos y cosmogonías de los campesinos, vegueros, cooperativistas, parcelarios y trabajadores agrícolas a través de espectáculos orales y cuentos teatralizados, del cuento cantado, la décima, el verso improvisado, el punto cubano, el guateque y otras festividades y tradiciones campesinas.

BarrioCuento 2014 se consagrará a la obra del folklorista, poeta y narrador Samuel Feijoo, con motivo del centenario de su nacimiento, y a la escritora pinareña Nersys Felipe, Premio Nacional de Literatura 2011. También se dedicará a la preeminencia cultural en nuestros campos de los emigrantes de las Islas Canarias, rebautizados en Cuba como «isleños».

En el marco del evento, la compañía Teatro Cimarrón entregará la Distinción «Calibán 2014» a una relevante personalidad de la cultura de Nuestra América y reconocerá con el premio «Mackandal» a sobresalientes  cuentacuentos, teatristas, personalidades e instituciones culturales que en su obra rescatan la vida campesina. Los cuenteros populares o agrupaciones escénicas que rescaten en sus espectáculos la cuentería y tradiciones rurales se reconocerán con el Premio «Juan Candela».

Podrán participar cuentacuentos profesionales y populares, repentistas y agrupaciones artísticas que basen sus espectáculos en la cuentería rural y cultura campesina.

Las inscripciones, hasta el 30 de noviembre del 2013, deben realizarse en la sede de Teatro Cimarrón, en el Centro Cultural Edison, Calzada del Cerro No. 1951, esquina a Zaragoza, Cerro, La Habana, Cuba.

Teléfonos: 648-5216 y 647-7755.

E-Mail: curbelocimarron@yahoo.com

 

 

 

 

QUIÉN QUIERE ESTAR EN ESTA HISTORIA

QUIÉN QUIERE ESTAR EN ESTA HISTORIA

Luis Sexto

El húngaro Paul Tabori escribió un libro que uno ha de leer más de una vez: Historia de la estupidez humana. La edición que conservo cuenta con más de 600 páginas. Gruesa historia, ¿eh? Pero nunca tan gruesa como para decir que está completa. El propio autor dice, después de poner el FIN, que la estupidez no termina: se repite y acumula nuevos folios.

De primera intención  resulta un libro curioso. A quién no le gusta conocer las estupideces ajena. Porque desde luego, ninguno de esos episodios que Tabori cuenta va conmigo. Así solemos pensar. Si fumo, el cáncer consumirá a otros; si soy promiscuo sexualmente, el SIDA no tiene por qué alquilar una habitación en mi organismo y empezar a debilitarme. Para eso, para contraer males mediante hábitos negativos, están los demás… Yo seré siempre un elegido de la fortuna. Y ya vemos cómo, con  esas actitudes, ingresamos en esa historia de la cual queremos excluirnos. ¿Yo estúpido?

Hay diversas maneras de serlo. Por ejemplo, dice Tabori que el papeleo es la estupidez más costosa de la historia. Señala otras manifestaciones. Pero no recuerdo si cita a la mentira como una de las formas más tontas de la estupidez. Debe haberla tenido en cuenta. Pero si no la tuvo presente, se la sugiero. Y la expongo como a Tabori le gusta, mediante una breve anécdota -¿debo aclarar que verídica? Un director llamó a uno de sus administradores preguntándole por tal tarea (ponga usted los nombres de personas, cosas y lugares). El subordinado le respondió diciéndole que usted, director, nunca me ha asignado recursos para acometerla. El jefe cambió el tema, y cuando ser marchó, el otro comentó con alguien que estaba al lado: Sabes por qué me pregunta: porque ya la reportó a la provincia como terminada…

Nadie se asombre. Esto que digo no es nuevo. El presidente Raúl Castro  habló de ello hace un tiempo. Yo mismo he retomado el tema. Me acuerdo de aquel  mi artículo de Bohemia, en los 90, titulado Esa vieja dama indigna. Poca y lentamente cambian las cosas. La mentira sigue usurpando la dignidad de los métodos de trabajo. Y el que la usa –digo con respeto- se adscribe al casillero de las estupideces. ¿No decimos acaso que más pronto se agarra a un cojo que a un mentiroso y que para decir mentiras y comer pescado hay que andar con mucho cuidado?

Ahora bien, cuáles son las causas de la falsedad en ciertos informes y partes, evaluaciones y pronósticos. El periódico no me cede espacio para abrir un hueco en el piso y pasar al subsuelo. Solo puedo insinuar, en términos generales, que la ética se nos ha escurrido por el camino de las conveniencias, la doble moral y el papeleo burocrático. Pero, además, si aún algunos prosiguen usando la mentira como técnica de rendir cuentas, es porque detectan un agujero negro en instancias que deben exigir la verdad y solo la verdad y que, en cambio, se contentan con cualquier número o dato y soslayan confirmar la realidad que les llega en papeles y frases cuadradas. Entre los revolucionarios -pensará alguien- no debemos andar con esa bobería de estar desconfiando. Y quizás otro se recomiende a sí mismo: Suave, suave, que la exigencia es un bumerang…

Así, pues, quien no confirma y fiscaliza, tácitamente admite que le tomen el pelo, o deja campear libremente esa forma de estupidez por nuestra economía y nuestra sociedad.

Claro, también estar demasiado seguro de que nadie me puede engañar, a mí, el que  se  sabe todas las fórmulas para presentar cuentas sucias como si fuesen limpias, es un modo de ganar un sitio en la Historia de la estupidez humana

 (Publicado en Juventud Rebelde)


UNA RELACIÓN SALUDABLE*

UNA RELACIÓN SALUDABLE*

Luis Sexto

Publicado hace seis años, este artículo todavía mantiene cierta vigencia acerca de la relación dialéctica entre el dogma y la herejía

Ha sido una vocación inclaudicable del hombre la de actuar en contra de cuanto pretenda ser definitivo, inexorable, o le limite el pensamiento, el criterio racional, de modo que la historia de las doctrinas políticas y religiosas podría ser también la historia de la lucha entre el dogma y la herejía. Donde se plantó la cuadriculada y hermética aspiración de constituir una verdad inapelable, se irguió la heterodoxia para destapar cajas, demoler muros, deshollinar gavetas, aunque más adelante el heresiarca de hoy se convirtiera en el dogmático de mañana.

Fue contradictoriamente un religioso, un jerarca eclesiástico, pero a la vez un filósofo el  que legitimó la herejía y a los herejes. Conocido es el apotegma de San Agustín en que el autor de la Ciudad de Dios y de unas Confesiones en plenitud de debilidad humana, reconoce el necesario papel regulador de los herejes: “Oportet enim heresses esse”.  Esto es, el hereje opera como una rendija a través de la cual  se filtra la prueba que afianza y perfecciona el dogma. Desde luego, el obispo de Hipona cocinó la idea para servirla en su mesa. No obstante, partiendo del criterio agustino de la necesaria y plausible heterodoxia, podemos emprender una aventura hacia lo profundo del dogma y sus paradojas.

Un escritor y periodista católico –periodista que punza, no complace-  escribió,  a fines del siglo XX, que “siempre que el hombre expone lo que ha hecho el hombre, da un juicio implícito sobre los hechos, aunque solo sea por sus omisiones o sus silencios”.  Hasta aquí  el francés Jean Guitton parece estar de acuerdo con casi todo el pensamiento de su época. Pero enseguida adopta una posición antidogmática: “Lo que a mi modo de ver lo deshonraría sería dar a entender que tiene la objetividad de un aparato, o que todo historiador debería interpretar  los hechos de la misma manera.” Y más adelante, establece que “la fuente de todas las herejías está en concebir el acuerdo de dos verdades opuestas y creer que son incompatibles”.

Deduzco, pues, que el origen de las herejías se enraíza en la rigidez de la ortodoxia. La ortodoxia  -el pensar apegado al dogma- no ha aprendido a utilizar la flexibilización como una de las fórmulas de su invulnerabilidad y, por tanto, de la perdurabilidad de las verdades que se estiman correctas. Dogma es palabra de origen griego que, teniendo una prosapia limpia, ha venido ensuciándose en su actitud irremovible e intransigente de “cosa acabada, terminada definitivamente”, que eso significa “dokein” cuando se une a un pronombre personal, yo, por ejemplo, he acabado.

El dogma carece de recursos. La razón no le es afín. Incluso el dogma la rechaza con un “odio lúcido”, y es lúcido porque posiblemente  los dogmas intuyan que su caída depende, en primordial medida, de la crítica. ¿De que se sirven aquellos para apuntalar su inaccesibilidad al debate y al cuestionamiento? En la autoridad. En el poder de cuantos lo establecen, imponen y sostienen. Ha sido, así,  adoptado por el autoritarismo como el garante de su poder incuestionable.

Focalizado en el plano de la religiosidad, quizás sea ahora menos dañino, aunque en una época atizó la candela bajo los pies de cuantos pretendieron removerlo o modificarlo. Y ocurrió así determinado por los vínculos e intereses comunes del poder político y las jerarquías eclesiales. Porque, cuando el dogma pasa a la política como instrumento, como piedra fundamental, comienzan los riesgos para los grupos, sociedades y Estados que lo organizan y ubican sobre un pedestal ideológico. Una de los problemas del llamado socialismo del siglo XX, el también nombrado real, fue la aplicación dogmática del marxismo. De guía para la acción, se transformó en “señor feudal” de la acción. Un rápido paneo por sobre la historia de las sociedades socialistas europeas, nos abastecería de actos tan irracionales que podrían añadir un nuevo volumen a la Historia de la estupidez humana, del húngaro Paul Tabori. El dogma, por insuficiencias reflexivas, es incapaz de detectar las contradicciones que se generan en su nombre. Y con estas, sobreviene la parálisis. Y con la parálisis, el lento deterioro de las sociedades dirigidas por el dogma filosóficamente político, que es el que me parece más actual y peligroso. El dogma religioso ofrece, en estos tiempos, la libertad de creer o no creer. Y nada pasa por norma, al menos en las sociedades occidentales.

Pero en la política, la cerca que bordea al dogma está vidriada con picos y fondos de botellas: se hiere quien los toque. La discusión, la discrepancia, la crítica se proscriben o se toleran entre condicionamientos. Y con ello el dogma se priva de su principal aliado: los herejes. Porque los herejes anticipan con sus audacias y temeridades la verdad más completa, que ha de sobrevenir en los días próximos. Al fin llega, pero nadie reivindica a sus gestores, porque se ha de pagar el precio por anticiparse. Pagarlo asumiendo el descrédito del revisionista o del inoportuno.

En las izquierdas, a pesar de la experiencia del socialismo europeo, de tan claras moralejas acerca del destino de los cerrojos y las mordazas, y en las derechas, no obstante los fracasos de ciertas “verdades inconmovibles”  que prometen un “estado de bienestar general”,  aún subsiste  el dogmatismo.  Es un hábito cómodo. Significa decidir en las cúpulas sin el esfuerzo que implica el debate. Y a veces, para cancelar el exceso de presión, apelan a la unidad del grupo, del partido, de la sociedad. Pero, a mi modo de ver, en la unidad propugnada por el dogmatismo no cabe la diversidad. Exige la unidad de los unánimes. Porque los dogmas no distinguen entre la necesidad y los fines, entre el derecho y la intención, entre la opinión y la oposición, la sugerencia y la impertinencia. Y por ello favorecen  el desarrollo tentacular de la doble moral y sus normas éticas encapsuladas en apariencias sin esencias. Pero la unanimidad, reducida tan solo a levantar la mano,  alguna vez empezará por resquebrajarse en nombre de los mismos derechos que el dogma  reconoce –en apariencias- defender y garantizar: la libertad y la razón.

Parece escabroso comprender que la unidad política excluye la imposición de dogmas. Porque la unidad política se formula y reformula constantemente en torno de un programa, jamás alrededor de las abstracciones de una cosmovisión. Y su agente principal consiste en el esfuerzo de hombres y mujeres libres que alcen la mano para opinar, debatir,  cuestionar  sobre todo a cuanto no ayude a que la diversidad fortalezca la unidad. Y que debatan, opinen y critiquen como herejes necesarios para que impedir la dogmatización de las ideas y la burocratización de las acciones. Ah, sí. Dicho de paso, dogma y burocracia son afines. Como el maniquí y su vestido.

 

 

*Diario digital Insurgente, marzo de 2007.

 

PICADILLO

PICADILLO

Luis Sexto

A mediados de 2008, falleció Héctor Fraga, una de las voces fundamentales entre locutores y animadores de la radio y la televisión cubanas. Fue mi amigo. A raíz de su muerte, nada escribí;  sin embargo, publiqué esta crónica en Juventud Rebelde, quizás en 2003 ó 2004

Le debo al periodismo, entre otras experiencias deslumbradoras, el haber conocido a personas en plenitud de excepción... Si la letra impresa no hubiese estado delante hubiera yo perdido el privilegio de saber que existen seres como Oscar Gil en Ciego de Avila, Luis Formigo y Felina González en San Cristóbal, Jorge Freddy en Candelaria, Xiomara y Pedro de Celis en Sandino, Héctor Fraga en Bauta...

Desde mi adolescencia, a Héctor Fraga le veía la identidad facial a través del vidrio del televisor. Mas no lo conocía. Lo admiraba, pero no lo apreciaba con la certeza de un cajero cuando cuenta o cambia dinero. Un día de 1992, alguien me llamó telefónicamente a Bohemia.

-Oye, Luis Sexto, soy yo, Héctor Fraga...

-¿Fraga? -Sí, yo, Picadillo. Te llamo para decirte que te leo.

El honor, por supuesto, era para mí; no para él. Fraga tenía ya su historia hecha, y su nombre se engastaba en el tablero lumínico de la Televisión Cubana, con un estilo de animación desenfadado sin desparpajo, informal sin chapuzas, simpático sin necedad, chispeante sin groserías. Criollo y culto. Desde el saco desabotonado hasta la sonrisa pícara se configuraba un cubano inserto en una tradición artística que a ninguna escuela tenía que copiar, porque sobraban entre nosotros modelos y maestros. Como él. Y honor fue también para mí que el viernes 18 de julio me invitaran a participar en el homenaje, conservado en secreto, que sus compañeros del ICRT y el Gobierno y la dirección de Cultura de Bauta le rendirían por su cumpleaños setenta y cinco.

Iniciado el acto, nadie había previsto colocar a mano una palangana con agua fría. Casi hubo que darle un baño de pie a Fraga cuando entró en el teatro municipal y se topó con el recinto colmado de vecinos –reside en el Pueblo Textil, junto al lecho seco de la laguna de Ariguanabo- y un grueso grupo de amigos y antiguos compañeros de trabajo. Resultó un fogonazo. Delante de él estaban María de los Ángeles Santana, Fernando Alcorta, Mongo P, Darío Carmona, Luis Orlando Pantoja, Ángel Larramendi, Alberto Luberta. En fin, cinco mil años lo contemplaban y le cantaban felicidades. Tal vez con la excepción de Teresita Segarra, Aida Isalbe, Maríalina Grau, Guille Vilar, Teófilo Stevenson, Fraga resultaba el más joven de aquella banda de arte y señor y mío.

Muchos hablaron. Contaron anécdotas o expresaron deseos de que el festejado cumpliera 100 años más y todos juntos los celebráramos. Mongo P leyó una décima cuyas rimas más sobresalientes fueron cordial y leal. Esos dos adjetivos, en resumen, componen el perfil caracteriológico de Fraga. Lo sé. Porque desde aquella llamada que nos ligó, he sido su amigo, y lo he visitado en su retiro rural donde, además de Lilian, su esposa, lo acompañan los libros.

A veces se me va el atrevimiento y lo llamo Picadillo. Como sus amigos más viejos. Y él ríe. Como le es habitual. Dicen que lo sobrenombraron así cuando, en épocas de café con leche a cinco centavos y cama gratis en los parques, este guantanamero integró en la capital un dúo que se llamaba Salsa y Picadillo. Él era el picoteado. Pero admite qué sí, que es Picadillo, porque se trucida, se hace talco, para darse en afecto a los demás.

Lo mejor de la historia es que algunas veces quienes la hacen también la cuentan. Y yo, que no merezco mucho, porque no he hecho mucho, experimento que la vida suele derivar hacia la gracia cuando uno envejece junto a tanta gente singular. Conociéndola y queriéndola. Solo por ello ha valido el esfuerzo de pasar por periodista.

UN DÍA BREVE

UN DÍA BREVE

Luis Sexto

La noche antes,  entró de improviso en la habitación y me dijo: Tendremos que levantarnos temprano: acabo de conseguir  por Internet una oferta en el  tren rápido: con el precio de uno, viajaremos los dos…. Mi hijo me regalaba el mejor acto de amor: el inesperado. Aunque sea un día, viejo, estarás en Roma.

Cuando  llegamos  a Roma Termini, tras haber recorrido unos 700 kilómetros, desde el norte,  en poco más de tres horas, bajamos a los soterrados del metro, cuya velocidad, también en un santiamén, nos llevó a la vía de la Conciliación, ancha y colmada de peregrinos: al fondo la cúpula de San Pedro cuyos 43 metros de ancho nadie podrá estimar desde lejos. Llegamos jadeantes, allí donde comenzaba la plaza,  circuida por la columnata de Bernini. Nos sumamos a la cola para entrar en la basílica. Entretanto, miré hacia la derecha donde se situaban sin fastuosidad aposentos y oficinas papales.  Intenté ver una figura conocida asomada a una de las ventanas. ¿A quién, si yo sabía que Benedicto XVI se hallaba este verano en Castelgandolfo? Era una  mirada  hacia atrás, más allá de ese instante y de cuantos lo habían precedido en lo inmediato. Quería reconstruir el momento  cuando en el primero o segundo año de su pontificado, Juan XXIII, mientras conversaba una mañana con varios de sus colaboradores, se levantó, caminó hasta una de las ventanas del despacho papal, la abrió y ante el perfil de San Pedro  y la ciudad  que se difuminaba entre neblinas, dijo que la Iglesia necesitaba abrirse para que penetrara el aire fresco: iba a convocar un concilio ecuménico. Y un abanicazo del vientecillo que venía del castillo de Sant’Angelo, causó un escalofrío en los señores de rojo que oyeron aquella frase con cierta suspicacia, dudando si Roncalli chochaba o amenazaba la estabilidad de la Iglesia de Cristo.

Imaginé al Papa campesino y bonachón, renuente a estar solo en el Vaticano como un anacoreta o un condenado. Y la anécdota, más bien metáfora subversiva,  la conservaba desde mis años de seminarista, por aquellos días en que el adolescente oía, preparándose para dormir junto con  unos 40 condiscípulos, la biografía de Angelo Giussepe Roncalli, hasta entonces Patriarca de Venecia y ahora, en aquel  tiempo ya deshojado, recién electo papa con el nombre de Juan.

Entramos en San Pedro. Y me parece que no puedo describirla. ¿Describir lo que tanto se ha descrito y fotografiado y reproducido?  Y si esa razón no bastara, he aprendido que al peregrino que anda movido por la fe no lo acompañará la facultad del pintor. No le pida a quien acude a sitios entrevistos en las visiones ensoñadoras de sus creencias que los describa. ¿Podría un sediento degustar, saborear morosamente el agua que le sacia la sed acumulada durante días?  Tampoco tendrá sosiego, ni concentración para recordar detalles, puntear espacios, quien haya deseado, entre ser o no ser, atravesar una puerta, conquistar una confianza, estar donde nunca creyó que podría estar. Y ello le ocurre también a este  periodista que ha vivido los últimos 40 años describiendo cuanto ha visto en su andar para ver y contar.  No me pidan, por tanto, que describa la basílica de San Pedro, que me entretenga en pormenorizar imágenes, columnas, detalles. Más bien, estuve allí obnubilado, viendo sin ver, agradeciendo con los ojos interiores la oportunidad de estar allí, en aquel anchísimo y alto templo donde el arte y la historia formaban un consorcio para producir una visión única.

El peregrino solo puede esbozar un sentimiento. Es el más cercano y posible: la certeza de  no volver. No estar tal vez nunca más dentro de la imagen que la Televisión o el cine, o Internet te ofrecen como una invitación. Ya no soy el seminarista adolescente que creía disponer del futuro para, incluso, estudiar en la Universidad Gregoriana. Entonces parecía que todas las aspiraciones conducían a la ciudad de las siete colinas. Aunque los días, al juntarse, se obstinan en  dictar rumbos que parezcan invisibles o inasibles

Durante tres horas anduvimos de un lado a otro. La Pietá de Miguel Ángel, aun protegida por un cristal inviolable para balas o ladrones, nos detuvo en el éxtasis del arte del Renacimiento. La basílica de San Pedro, más que concierto de fervor, tenía el movimiento de un museo donde los flashes son permitidos, y también los comentarios y las exclamaciones de asombro. Y el silencio. Como el mío. Un silencio que abría la boca para tragar todo cuanto era preciso ver en tan escasas horas, y congelarlos en el calor que pervive sobre la cuerda floja de un suceso casi milagroso.

San Pedro no contará físicamente los 20 siglos del cristianismo. Apenas en 1506 comenzaron sus piedras y líneas a combinarse. Sin embargo, allí, entre la penumbra de sus naves y salas y en el subsuelo yacen las crónicas y los cimientos del cristianismo y sus mártires. Cuando los cristianos proliferaban  por la Roma del imperio, las costumbres, la vida y la muerte empezaron a adquirir otros valores. Ni el humanismo griego ni latino pudieron igualar entre filosofías y versos la doctrina de amar incluso al enemigo, de perdonar a quien te desuella o te quema.

Después, el mediodía de Roma nos llamó a andar por la ciudad. Vimos en tan breve plazo, lo que todos ven: los restos del Foro, y el coliseo donde sobraron en una época los gritos y faltó la compasión que el cristianismo estrenó mientras moría entre dentelladas… La calles. La Fontana de Trevis, la esquina de las  cuatro fuentes, viaje turístico andando aprisa. La tarja de aquel poeta cuyo nombre no retuve, ni anoté; la plaza de España, la loma de la Trinidad del Monte, el Tíber, que se agiganta en papeles y libros, y allí parece un río menor…

A las siete, ya sobre el rápido, de regreso mirando la campiña que volaba como un chasquido,   iba pensando en las experiencias del día más breve de mi existencia. Y recuerdo tanta iglesia  enjoyada, escoltada de estatuas perfectas, atronada por órganos gigantescos. Y me estimo dichoso por haber visto parte del norte de Italia en un mes, y en un día tocar con mis dedos el rostro impertérrito de Roma y la majestad del Vaticano y su basílica maestra. Lo he de decir limpiamente: mi fe aprendida desde niño se extasió ante el fulgor del arte, la facultad humana para ascender mediante las formas plásticas o las letras, pero quise sentir allí a Dios. Y me di cuenta de que no había espacio para Él, aunque todo pretendiera ser suyo. Lo hallé, en cambio,  en mi silencio, en mi boca abierta por donde entró la historia como un fuego que limpia y te inquieta, y hoy lo renuevas al girar y topar nuevamente con el mismo sueño sin haber saciado  el anterior.

 

 

 

NI POR EL PAN, NI POR LA FAMA

NI POR EL PAN, NI POR LA FAMA

 

 Luis Sexto

El pudor me ha impuesto silencios que han parecido injustos. Quiero más hacia dentro que hacia fuera. Tal vez mi sangre gallega y canaria ha defendido con un nudo mi húmeda sentimentalidad. Y ahora, dicha la advertencia, confesaré lo que no dije cuando en febrero la noticia alegró a muchos: ya que me lo otorgaron, hubiera querido haber recibido el premio José Martí por la obra de la vida junto con José Alejandro Rodríguez. O después.

Me lastima saber que lo recibí cuatro años antes. Y lo único que me consuela es atribuirlo a que soy casi ocho años menos joven que el leído y respetado autor de la sección Acuse de recibo y de otros textos dignos de figurar entre lo más sobresaliente de lo escrito en nuestros medios durante las últimas cuatro décadas.

Hoy, 14 de marzo,  seis días después de haber redondeado 60 años,  José Alejandro Rodríguez recibe en Holguín, en el día martiano de nuestra prensa,  el modesto trofeo y el breve diploma que lo acreditan como un inclaudicable, abnegado y efectivo periodista cubano.

Una de mis honras consiste repasar mis años junto a Pepe. Hemos envejecido juntos. Nos conocimos en la quincenaria redacción de Trabajadores, periódico entonces apenas leído, y a veces soslayado por su borrascosa impresión y la falta de un contenido –en esos días en búsqueda- que interesara a ese público potencialmente masivo que componían obreros y empleados.

Desde el Semanario deportivo LPV me trasladé con 31 años casi recién celebrados al incipiente órgano de los sindicatos. Transcurría 1976. Pepe Alejandro llegó de Camagüey donde había cumplido su servicio social. Era casi un adolescente y un bigote presuntuoso pretendía recomendarlo como  mayor. Fue estudiante precoz. Y por tanto adelantó el cronograma desde la primaria a la Universidad.  Quizás tenía unos 21 o 22 años cuando ya había superado la etapa de adiestramiento del recién graduado.  

Poco a poco, Trabajadores fue aumentando su frecuencia: de quincenario a semanario, y después dos y seguidamente tres salidas semanales, hasta convertirse en diario a principios de 1981. Fue mérito de numerosos periodistas, tras cinco años de sueños e incomprensiones, recoger de lunes a sábado el periódico al pie  de la rotativa.  Allí compartíamos el trabajo, entre otros, Renato Recio, Jorge Garrido, Heldelberto López Blanch, Eráclides Barrero, Gabino Manguela,  Juan Duflar.

La mesa de redacción nos congregaba sin que nuestros codos chocaran. Estábamos conscientes de que una faena única nos había hecho coincidir y que con los años compartiríamos el recuerdo satisfecho de haber dormido poco junto a los sucesivos directores Jaime Gravalosa, Pepín Ortiz y Magali García Moré.

Desde esa etapa, coincidí en varios medios con el agudo mirar y la sensibilidad beligerante de José Alejandro Rodríguez: Bohemia, Juventud Rebelde, Hablando claro. Y sin suspicacias ni desconfianza, sin resquemores profesionales, hemos intentado ejercer un periodismo que, partiendo de la emoción, se depure en el intelecto, y se distinga por su compromiso con las causas del país. Y en ese aspecto, la lealtad sin deslices de José Alejandro me hala, me invita a arriesgarlo todo por un artículo justo y conmovedor.

Lo he habitualmente reconocido como hombre inteligente, valiente, sincero, convencido. Pepe nunca dirá algo elogioso sobre lo que no crea, y dirá siempre lo que su ética estime necesario exponer. Ni permitirá que acusen a alguien si él lo considera inocente: se descamisará y se erigirá en su defensor. Emplea sin merma varias cualidades profesionales: estilo, sagacidad, audacia, profundidad. Pero sobre todo posee lo que le ha permitido ganar un espacio en el afecto de lectores y oyentes: habla y escribe con el corazón y desde la cultura. Le parece que si no hay corazón, y si la cultura es solo papel prendido con alfileres, el periodismo será pura caligrafía de ganar el pan o la fama inmerecida.  Y Pepe es el periodista apreciado y hoy justamente premiado por ser esa gaviota que cada día se saja el pecho para alimentar su trabajo…

Callo. Y perdóname, Pepe, por haber dicho tan poco. Demos paso ahora a cuanto nos resta por hacer juntos en la conquista de los ideales de una sociedad democrática,  justa e independiente en el socialismo. Esos ideales a los que, sin vergüenza, digo en tu nombre y beneficiado por tu luz, nunca les hemos negado una línea útil.

 

 

 

PRIMERAS IMPRESIONES

PRIMERAS IMPRESIONES

Luis Sexto

 

 

 

 

 

 

Un tema en el que muchos sabemos poco

Los 76 años de Francisco I  no prometen destacarlo como un papa de largo pontificado.  Sin embargo,  la elección de su nombre parece definirlo como un pontífice que no discurrirá por el continuismo de  sus dos últimos predecesores. 

La elección del nombre suele marcar una voluntad de asemejarse a algún predecesor o distanciarse de otros o de todos los 265 sumos pontífices anteriores.  Esa parece ser una tradición. Y con la elección de un nombre nunca utilizado, el cardenal Jorge Mario Bergoglio posiblemente insinúe que no desea acercarse  a ninguno de sus predecesores más inmediatos. En cualquier caso, la elección del nombre lo podría remitir a san Francisco de Asís, que aspiraba a un  mundo  donde cupieran en paz todas las criaturas sin discriminar a  ninguna, incluido el lobo, que tendría derecho a la redención.  Francisco de Asís fue un ex rico que abjuró de sus riquezas para predicar la necesidad de la pobreza, convirtiéndose en el paladín de un cristianismo ligado al desprendimiento y la caridad evangélicos, y predicador implacable contra la  corrupción eclesiástica en el  siglo XIII.  Las costumbres y votos de la  orden de los frailes menores fue, por contraste, la principal crítica contra el lujo y la impureza de la Iglesia jerárquica.

Bergoglio, según sus biógrafos, se distingue por su humildad: ha preferido vivir en un pequeño apartamiento en vez de en el palacio arzobispal de la arquidiócesis de Buenos Aires, y ha viajado en ómnibus, y ha volado en clase de turista,  pasaje barato e incómodo.

  Uno se pregunta si, siendo jesuita, por qué no eligió el nombre de Ignacio, el santo fundador de la Compañía de Jesús. Quizás por ser Ignacio de Loyola un ex militar demasiado beligerante.  Pudiéramos aventurar la opinión de que Bergoglio prefiere no hacer ruido con las armas con que tendrá que rescatar el crédito y los valores cristianos de cierto sector de la iglesia Católica Romana. De los jesuitas, el nuevo papa  tiene la inclinación a  imbricarse  en la cuestión social y política. Pero en ese aspecto se le adjudica el error de no defender a dos miembros de su orden, apresados por la dictadura militar argentina. Entonces no era obispo, pues fue consagrado el 20 de mayo de 1992 como auxiliar en Buenos Aires. El dato, desde luego, es solo eso: un dato, en días de masificación informativa cuando cualquier letra sirve para infamar. Me abstengo de evaluarlo por ese hecho. Y si así resultó, quizás los años le hayan hecho purgar su decisión aparentemente errónea y culpable. Pero no parece atinado suponer que se puede llegar a papa con la pesada cruz  del decrédito.

Por lo dicho sobre el nombre escogido -que quizás no esperaraban los cardenales que lo eligieron en la quinta votación el 13 de marzo de 2013-, tal vez  Francisco I comience a renovar a la Iglesia romana con el ejemplo personal de modestia y la renuncia al absolutismo, como Juan XXIII, a quien consideraron un anciano inofensivo y transformó una Iglesia envejecida.  Probablemente la mansedumbre y el tacto del santo cuyo nombre adoptó, sean las virtudes apropiadas  para redimir a ciertos depredadores internos de la Iglesia de Cristo.  

No esperemos en este nuevo período en la conducción de la Iglesia Católica Romana, modificaciones drásticas en la moral y los principios básicos sostenidos por más de dos milenios. El papa no aprobará el aborto, ni el matrimonio entre personas del mismo sexo. Reclamárselo sería desconocer el fondo ético del cristianismo, ignorancia demasiado frecuente. Si Francisco I se ubica del lado de los pobres, necolonizados y agredidos, y por sus nombres  condena,  como Jesús a los fariseos, a las potencias que han conducido al planeta a la quiebra de la paz y la justicia, ya sería bastante. 

                  

 

LA GRATITUD, ESE DEBER

LA GRATITUD, ESE DEBER

Luis Sexto

Ante el deceso de Francisco Aruca

La muerte de Francisco González Aruca  el 6 de marzo pasado en Denver, Colorado,  me ha conmovido.  Primamente, por ocurrir a destiempo: a pesar de sus 72 años, todavía ese cubano lleno de ingenio y de sano criollismo, sobre todo con un micrófono a pie de labios, podría rendir mucho más.  Luego, mis sentimientos se entristecen por haberlo querido fraternalmente desde la gratitud por su obra y su amistad.

Por unos tres o cuatro años, colaboré con Progreso Semanal,  su página web, y me sentí orgulloso por haber formado parte de su equipo de columnistas. Ya era suficiente para estimarlo. Luego, al conocerlo personalmente y oírle contar algunas estaciones de su vida política, más lo quise.

Un mediodía  en La Habana, sentados un grupo de amigos a una mesa generosa, contó  cómo fueron sus orígenes como  peleador a favor de la revolución cubana en territorio de los Estados Unidos. Cuando se marchó de Cuba tenía 20 años. Y se había fugado de una prisión donde cumplía  una condena de 20  por delitos  contrarrevolucionarios. Encontró asilo en la embajada de Brasil.

Tras el salvoconducto, llegó a los Estados Unidos. Más tarde continuó sus estudios. En  la universidad, cuyo nombre no retuve, el profesor  de economía política dijo a  los alumnos que el capitalismo era propicio para el bienestar de una determinada cantidad de afortunados. Pero que siempre habría otra cantidad que debía sufrir la pobreza.

Según reveló Aruca, de formación católica, aquella lección le hizo preguntarse si él había arriesgado su vida y su libertad en contra de la revolución cubana, para que viviera felizmente sólo un  grupo.

De ahí, de ese honrado y autocrítico cuestionamiento, partió el Francisco Aruca  que, a pesar de lograr  el éxito económico,  poco a poco se acercó a su patria, tal como era y es, sin exigirle cambiar en su esencia revolucionaria, aunque  cuando creyó necesario criticarle errores, los criticó.    

Más no puedo decir. Solo agradecerle públicamente  aquel gesto de 2011 cuando, ya en trance de fallecer mi madre, en Miami, él me facilitó gratis, ida y vuelta,  en su empresa Mar Azul, mi rápido vuelo a esa ciudad para despedirme de la mujer que más he amado  y de la cual viví separado las dos terceras partes de mi vida.

Descansa en paz, mi chispeante, criollo, generoso colega y amigo.