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PATRIA Y HUMANIDAD

Lista de países que apoyan al terrorismo: ¿y por qué Cuba?

Lista de países que apoyan al terrorismo: ¿y por qué Cuba?

Por Patricio Zamorano

Publicado originalmente en Radio Cooperativa, Santiago de Chile, el 10 de mayo de 2013


Nadie en el Departamento de Estado de Estados Unidos cree que Cuba ampara al terrorismo internacional o que realiza actos terroristas. Por lo menos, eso se desprende paradójicamente de su propio reporte que incluye a los “países que apoyan al terrorismo” y realizado por la cancillería estadounidense cada año.

La inclusión en esa lista de países no hace más que agregar más sanciones a los ya amplios efectos del embargo y bloqueo que Estados Unidos mantiene contra la isla por más de 50 años (las restricciones son similares al embargo, aunque también tienen un énfasis en la prohibición de venta de armas estadounidenses a esos países). El tema es también un interesante ejercicio interpretativo sobre cómo lo relacionado con el “terrorismo” ha respondido en el último tiempo a los contextos geopolíticos e ideológicos del área de influencia de Estados Unidos, entre los que ha caído Cuba, espacio que la isla y la potencia del norte han cohabitado, invariablemente unidos, en una compleja historia común.

El tradicional informe sobre terrorismo que el Departamento de Estado publica año a año posee una pequeña lista de “países que apoyan”  actividades terroristas. Esta lista incluye a Siria, Irán, Sudán y Cuba. El reporte iba a ser publicado a fines de abril, y fue retrasado hasta fines de mayo. No se han dado razones claras sobre ese cambio de agenda. Se especula que quizás implique cambios en la lista que podría incluir sacar a Cuba o agregar otro país, pero no se han dado señales claras al respecto.

Qué dice en lo concreto…

El contenido del más reciente informe de 2012 sobre el terrorismo y el tema de Cuba es interesante de analizar, por las inconsistencias que contiene, y la ambigüedad que en general ha tenido la política estadounidense sobre el tema. En el caso específico de Cuba, el reporte justifica en pocas líneas la inclusión del país y al mismo tiempo desacredita las razones, en sólo tres párrafos que representan unas 250 palabras entre las casi dos mil que se destinan a Irán, Sudán y Siria.

Señala básicamente dos elementos. Uno, es la presencia de ex combatientes del grupo separatista vasco ETA, sin explicar el contexto. El párrafo señala literalmente y de forma confusa, sin dar antecedentes previos que expliquen la presencia de esos individuos, que “tres miembros sospechosos de pertenecer a ETA fueron arrestados en Venezuela y deportados a Cuba en septiembre de 2011 luego de navegar desde Cuba. Uno de ellos, José Ignacio Echarte, es un fugitivo de la ley española y se cree tiene vínculos con las FARC. Informes sugirieron que el gobierno de Cuba estaba intentando distanciarse de los miembros de ETA que viven en la isla, empleando tácticas como por ejemplo no proveyéndoles servicios como documentos de viaje a algunos de ellos”.

Lo que no dice el informe, es que fue el ex presidente español Felipe González quien pidió en negociaciones con el gobierno de Cuba en los años ochenta dar asilo a algunos de estos miembros para facilitar el proceso de desarme del grupo de esa época, considerado por algunos “terroristas”, y por otros, “combatientes separatistas”. La vida de los etarras que han llegado a la isla no ha sido fácil en sus propias palabras, pues han estado en la práctica “retenidos” bajo estricto control, según los propios reclamos de los militantes que exigen se les deje en libertad de viajar a otro país. Algunos de ellos han usado incluso la palabra “cárcel” para describir su situación en la isla. Autoridades cubanas han señalado además en diversas intervenciones públicas que repudian las acciones terroristas de ETA, autoridades que incluyen al propio ex canciller cubano Felipe Pérez Roque.

Luego, en el mismo párrafo sobre ETA, el informe señala que “informaciones de prensa indicaron que el gobierno de Cuba proveyó cuidado médico y asistencia política a las FARC. No hubo indicación de que el gobierno de Cuba proveyó armas o entrenamiento paramilitar a ETA o a las FARC”. Este texto no tiene información sobre fechas de este supuesto “cuidado médico” (que Cuba aplica a todos los habitantes sin excepción) ni detalles más profundos, por lo que es imposible analizar el fondo de estas aseveraciones. Sin embargo, ratifica en el mismo párrafo que no ha habido apoyo militar alguno, ni a ETA ni a las FARC. Es decir, en los propios ejemplos expuestos arriba se debilita el mismo contenido en que se basa la inclusión de Cuba en la lista de estados que apoyan el terrorismo.

En el segundo párrafo, pequeño, señala que existen ciudadanos estadounidenses “fugitivos” en Cuba, pero no entrega nombres concretos ni mayor información. Los más recientes fugitivos en Cuba este año 2013, una madre y padre estadounidenses que secuestraron a sus propios hijos rompiendo la restricción a su custodia legal de los niños, fueron arrestados rápidamente, deportados inmediatamente y entregados a autoridades de Estados Unidos. En cualquier caso, este párrafo no explica en ningún sentido el vínculo de los fugitivos a los que se alude con el terrorismo.

El tercer párrafo, y final, describe la falta de compromiso de Cuba con el llamado “Financial Action Task Force”, o FATF, organización internacional que promueve la generación de medidas contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo. Luego, en el mismo párrafo, tras describir la no participación de Cuba en la organización, señala textualmente que en 2011 el país “asistió a la reunión del FATF sobre Lavado de Dinero en América del Sur como país invitado, y preparó un documento informal describiendo su sistema anti-lavado de dinero y de medidas para evitar el financiamiento terrorista”. Cabe hacer notar que sólo 34 países del planeta y dos organizaciones son miembros de FATF. En América Latina, por ejemplo, ni Chile ni Colombia, entre muchos otros, son miembros del FATF. No por eso deben caer en una lista de naciones que apoyan al terrorismo.

En estos tres párrafos no hay ninguna señal que justifique la inclusión de Cuba en la lista, por la simple razón de que no existen hechos concretos relacionados con este tema.

Las paradojas

La inclusión en la lista y la existencia del embargo y sus consecuencias generan paradojas muy curiosas. Por ejemplo, en la orden administrativa firmada por Obama bajo su primer gobierno, éste amplió el derecho de los cubano-estadounidenses de viajar a la isla con completa libertad, cuantas veces quieran y sin restricciones ulteriores (bajo Bush, ese grupo de personas solo podía viajar a la isla cada tres años). Es decir, si Cuba es un Estado que ampara al terrorismo, la actual política del gobierno de Obama crea la paradoja de que el propio presidente de Estados Unidos con su ampliación del derecho de viaje a los cubano-estadounidenses expone a cientos de miles de seres humanos a una hipotética situación de riesgo… Esto no resiste el menor análisis.

Asimismo, al Estado que ampara supuestamente al terrorismo, Cuba, el gobierno de Colombia (aliado estratégico de Estados Unidos) le pidió ser patrocinador de las históricas conversaciones de paz con las FARC, que se realizan formalmente en estos momentos en La Habana. Es decir, un supuesto Estado que apoya al terrorismo, apoya al mismo tiempo la paz entre un aliado de Estados Unidos y un grupo guerrillero. Y con el beneplácito del gobierno de EEUU, que apoya las conversaciones.

Las paradojas siguen. Cuba, el Estado que supuestamente apoya al terrorismo internacional, acaba de ser elegida presidente de la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, recibiendo el cargo continental de parte del presidente Sebastián Piñera, de Chile. Es decir, todos los países de América Latina eligieron a un Estado terrorista para liderarlos por un año. Esto (repitamos la frase), no resiste el menor análisis.

Cuba no ha efectuado absolutamente nunca un ataque terrorista contra Estados Unidos ni ningún ataque terrorista de ninguna forma. Es cierto que apoyó hace décadas a grupos guerrilleros o fuerzas militares en América Latina y África, lo que correspondió a una época y a un contexto en que Estados Unidos, a su vez, apoyaba a los grupos paramilitares de contraataque al avance comunista en varios frentes, en el ignominioso escenario de batalla de la guerra fría. Pero eso hace décadas. El financiamiento de grupos militares en terceros países, invasiones y operaciones de guerra de alcance mundial corresponde en la actualidad a otros países. Lamentablemente el terrorismo se viste de muchas formas, mucho más allá de ataques suicidas con bombas, bolsos dejados en maratones y ataques a trenes subterráneos. También se viste de drones y bombardeos que rompen la soberanía de terceras naciones y que se diluyen en las lágrimas del costo colateral de vidas civiles. Por ejemplo, reportes de Naciones Unidas y de prensa han denunciado en reiteradas ocasiones la violación de soberanía y el costo en vidas humanas civiles, incluyendo decenas de niños, producto de los bombardeos estadounidenses en zonas tribales de Pakistán, donde se busca neutralizar a terroristas. Niños han sido víctimas de operaciones de la OTAN y Estados Unidos también en Afganistán.

Terrorismo “a la medida”

Y el tema tiene un componente de amplias repercusiones. Por ejemplo, Naciones Unidas aún no concuerda en una definición oficial del concepto “terrorismo”. El debate eterno ha girado en torno al reclamo de muchos países y actores de la sociedad civil que consideran necesario dejar fuera de la definición los actos realizados por grupos nacionales que luchan contra fuerzas invasoras o colonialistas. La misma ambigüedad conceptual existe en torno a la lucha de grupos internos contra sus propios gobiernos o regímenes que mantienen el poder por la fuerza. En ese sentido, “terrorismo” y “heroísmo” son las dos caras de una misma moneda (muy cercanas en la rima) según el grupo que defina la clasificación de motivos ajenos o intereses propios. Al fin y al cabo, la utilización política del término puede provocar fácilmente (si es que no ha ocurrida ya) la lamentable trivialización del concepto, lo que afecta directamente a la propia defensa de los esfuerzos contra el flagelo terrorista.

El problema es que el término “terrorista” se utiliza dentro de ecuaciones geopolíticas muy específicas y funcionales a intereses específicos. Los “rebeldes sirios” apoyados por Estados Unidos son los “terroristas” en palabras del presidente sirio Bashar al-Assad que “provienen del exterior” a “desestabilizar” su gobierno. Chiítas y sunitas en el Irak de la post-invasión de Estados Unidos se masacran unos a otros en una lucha de terror mutuo y bombas suicidas. Ya caído el muro de Berlín, los gobiernos conservadores del hemisferio occidental a ambos lados del Atlántico ya neutralizaron la utilización del término “comunistas” como la “amenaza roja” al modelo: los “terroristas” parecen haberla reemplazado, como comodín político utilizable en un amplio rango de amenazas, reales o ilusorias. Para las fuerzas de ocupación estadounidenses en Afganistán, los “terroristas” que atacan a sus unidades llegan de vuelta de cada operación a sus bases clandestinas en las montañas con la convicción de ser “combatientes de la libertad contra el invasor”. La doble cara de la moneda histórica.

El pragmatismo y curiosidades del término tienen antecedentes históricos clarificadores. Irak, por ejemplo, fue agregado a la lista del Departamento de Estado de países que apoyan el terrorismo en 1979, y fue removido después en 1982 para permitir el amplio apoyo militar y logístico estadounidense en momentos en que el gobierno iraquí luchaba contra la revolución iraní. En esa época, Sadam Hussein era un favorito de Washington y el presidente Reagan. Luego, en la primera Guerra del Golfo de 1990, cuando Sadam invade Kuwait, Estados Unidos lo devolvió a la lista, al momento en que iniciaba la guerra contra el ex aliado. Libia llegó a la lista en 1979, y permaneció ahí hasta que otro republicano, George H. Bush, sacó al país del listado en  2006 celebrando el “continuo compromiso” de Gadafi contra el terrorismo. Estar fuera de la lista no le sirvió al hombre fuerte de Libia para salvarse de los rebeldes enfurecidos que lo lincharon unos pocos años después, luego del apoyo militar estadounidense a los grupos opositores.

La lista ha servido para materias más allá del terrorismo: Corea del Norte logró ser sacada de la lista en 2008, en la negociación donde aceptó inspecciones internacionales a su programa nuclear. Varios años después, y pese a las amenazas concretas de su armamento nuclear, incluidos ensayos de explosiones, aún permanece fuera de la lista.

¿Qué señales concretas existen a favor de terminar con la presencia de Cuba en una lista cuyos propios antecedentes no justifican su inclusión? El informe de este año se ha atrasado en un mes, aunque la vocería oficial de Obama ha señalado que no existen planes de sacar a Cuba de la lista, quizás en cierta forma descartando que el retraso se deba a esa posibilidad. En una época de gestos unilaterales entre Estados Unidos y Cuba para mejorar relaciones coartadas por cinco décadas, el gesto de sacar a la isla de esa lista este mes de mayo o durante 2013 sería sin duda un hecho en la dirección correcta hacia la normalización de las relaciones entre ambos países.

Cuba está realizando reformas económicas importantes, abriendo la iniciativa privada y disminuyendo el rol del Estado en varias áreas de la sociedad. Ha liberado la salida al exterior de los cubanos (con la excepción de ciertas categorías específicas), la inversión extranjera está ampliándose, especialmente en el sector turístico y energético, y los propios hermanos Castro han dado señales de abrirse a otros liderazgos de nuevas generaciones, más jóvenes que la edad de la Revolución. ¿Será capaz el gobierno de Obama de avanzar en los propios gestos unilaterales realizados hasta ahora, entre ellos, liberalizando los viajes de los cubano-estadounidenses, permitiendo las remesas hacia la isla y ampliando las licencias para intercambios académicos, artísticos y periodísticos?

Es de esperar que los gestos de mutua conveniencia para los pueblos cubano y estadounidense continúen. Sacar a Cuba de la lista de apoyo al terrorismo sería el primer gran paso hacia el término del embargo contra la isla, condenado año a año por Naciones Unidas por ya más de dos décadas. Y un paso importante en la verdadera lucha contra el terrorismo.

 

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Patricio Zamorano
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LA (IN) CULTURA DEL DEBATE

LA  (IN) CULTURA DEL DEBATE

Luis Sexto

Insistamos una vez más

La intolerancia sigue de moda.  Aun los intolerados de ayer responden intolerantemente a cuantos una vez los intoleraron o estimaron ellos que los intoleraban, que en este asunto se va siendo también difícil discernir quién intolera para defenderse o quien provoca la intolerancia para asumir el crédito del mártir o víctima. De cualquier modo, la  palabra y la acción que condensa son condenables. Y su origen uno no sabe dónde hallarlo porque la Historia se jalona con las intolerancias de diverso tipo: personal, política, cultural, racial, religiosa, de clase…

Más bien el lenguaje actual la remite a la falta de convivencia entre lo disímil y a las libertades con que asumir el pensar, opinar, vestir, elegir en contraste con los patrones dominantes en  un esquema social determinado. Y cerrando el orbe del análisis me gustaría ocuparme de una de las formas más comunes de la intolerancia: la incapacidad para debatir

El ensayista cubano Jorge Mañach –fallecido en 1961 en Puerto Rico- aseveró que la tendencia a reír ante lo que se desconoce o no se alcanza a comprender se relaciona periféricamente con la ignorancia y la falta de cultura o de educación, y más en lo hondo con un complejo de inferioridad que, según el autor de Indagación del choteo, tiende a compensarse, emparejarse con el que “está más alto”, mediante la risa mordaz. Ese comportamiento promedio, a veces minoritario, a veces más generalizado, dependiendo de las épocas, se empalma con la del juicio de Don Quijote que establece que es propia de mentecatos la risa que de poca causa proviene.

No es mi propósito insistir repitiendo las aproximaciones del clásico ensayo de Mañach. Lo he tomado como pretexto para lamentar –al menos hasta dónde he leído su obra- que él, que tan duraderamente registró en el “almario” nacional, no nos hubiese entregado el ensayo sobre nuestra  “cultura del debate”, o, mejor, sobre la incultura polémica que nos inhabilita para debatir razonable y respetuosamente. El propio Mañach, polemista inclaudicable,  sufrió en su momento los golpes de esa deficiente altura, aunque tuvo rivales condignos: Rubén Martínez Villena, Raúl Roa, Juan Marinello, José Lezama Lima. Pero, salvo esos contendientes de parejo tamaño conceptual y estilístico, el resto de los litigios que afrontó,  en mayor o menor grado, se deslizan desde la otra esquina por el declive del insulto y, sobre todo, la anulación de los probables valores del contrincante.

Una polémica intelectual, como un juego de béisbol, no se resuelve como si se manipularan tazas de porcelana.  Es decir, ha de campear la pasión, la rudeza. Pero, en el medio,  regulando con el índice de la ética,  el juego limpio. La decencia, palabra que al parecer se ha arrinconado en el glosario menos frecuente, tiene su punto central en el respeto al semejante, aunque el otro se pare en el lado opuesto de donde estoy yo. De lo contrario ocurre que resolvemos cualquier polémica confundiendo ironía con sarcasmo, humor con choteo, dureza con irrespeto. Y el mayor argumento que alzamos, como una maza, se liga con estos tópicos: no tienes la razón, porque la tengo yo, o tus opiniones no son válidas porque antes opinabas distinto. Una anécdota  me clarifica. Tras el campeonato de béisbol de la temporada de 2006-2007 –horno y termómetro anual de nuestra insuficiencia polémica-, un periodista de la TV en Guantánamo le adujo a un colega de la TV nacional –estaban encadenados en un diálogo- que desde la capital daban más calor al segundo lugar de Industriales que el primero del equipo de  Santiago. Seamos cuerdos, quiso decir. Y el comentarista, acomodado en la banqueta de los estudios en La Habana, ripostó diciendo que le parecía raro que él dijera eso, porque cuando vivías aquí,  en la capital, ibas al estadio del Cerro no precisamente a aplaudir a los orientales. A algunos les pudo resultar ingeniosa la respuesta; para las inteligencias equilibradas, en cambio, el habanero descendió unos peldaños en su profesionalidad y en sus valores humanos y éticos, al utilizar en el debate referencias personales; trapos aparentemente sucios. Tal vez esa conducta la muevan los mismos resortes que a la risa ante aquello que no se conoce o no se entiende: destripar con el ridículo a quien nos coloca en aprietos.

Y a qué causas remitir el origen de tanta extendida incapacidad para respetarnos los unos a los otros. ¿A la herencia  del carácter español?  ¿A los tantos años de opresión esclavista,  extorsión colonial y neocolonial, de analfabetismo, peculado, corrupción política en la república de 1902? ¿O a la unanimidad, convertida en  conveniente y estricta actitud ante la hostililidad de los Estados Unidos contra la Revolución?

Confieso mi insuficiencia para acometer ese buceo en lo más oscuro del carácter nacional. En la complicada trama de fibras y nervios de la psicología social del cubano, parecen mezclarse, como síntomas de los mismos defectos, reacciones diversas. El sabio Fernando Ortiz, en uno de sus trabajos juveniles, que por ello no disminuyen su valor, habla de la intolerancia del cubano a la crítica. Reaccionamos histéricamente ante cualquier opinión que evidencia nuestros errores o actitudes. Femeninamente, creo que escribió don Fernando en sus Ensayos de psicología tropical, por lo cual me disculpo ante las damas por la cita simplificadora. Entonces discurrían los primeros años del siglo XX. Cien años después, continuamos padeciendo de alergia a la crítica. Los que están incluso en las posiciones de gobierno y también cuantos se detienen en una esquina a mirar los celajes o se sientan en los pasillos de las instituciones culturales a mirar el mundo pasar, asumen la posición del que anuncia en un cartel, como en un libreto cómico: Que nadie me toque; yo solo puedo tocar.

Observando bien el fenómeno lo más recomendable es una actitud de apacible filosofía  que asuma evangélicamente esas manifestaciones como generadas por una impericia innata, una incapacidad casi irreversible para un hecho primordial: la convivencia. La cultura y el conocimiento influyen muy poco en la corrección de ese nuestro común vivir desvivido, desocializado. Seguimos pensando que la cultura es saber muchas lenguas extranjeras, mucha historia, mucha estética. Y permanecemos vacíos de la otra cultura, a la que aludía Chésterton cuando evaluó  de muy cultos a los analfabetos campesinos españoles de su tiempo. Eran cordiales, respetuosos. Poseían la letra del corazón y les bastaba para comportarse, con notas sobresalientes, en la ciencia del convivir.

La generalidad de nuestros cultos son, por lo común enemigos de la intolerancia. Cuando se sienten intolerados son afanosos zapadores que tienden, en muy justa operación, a resquebrajar la armazón de lo sectario y divisor. Pero, resuelto el problema, nadie más intolerante que el intolerado de ayer. Pasa la cuenta con la misma carpintería. Se erige en nuevo victimario. Y así todo ello se mezcla, se confunde en la batidora de las imperfecciones colectivas y personales. Falta, desde luego, humildad.  Sobra soberbia. Y no existe el apego a la verdad. ¿Buscar la verdad en el debate? No, qué va. Ese que ahora dice lo que yo no pude decir cuando quise, y que entonces decía lo contrario, no está apto para decirlo. Carece de credibilidad. Ha de tener su biografía manchada…. Si yo no lo puedo decir, él tampoco. Y así la evolución de las ideas, el acercamiento de uno y otro juicios, luego de la práctica, que a tantos depura, y del paso del tiempo, que tanto modifica, es anulado por la tabla rasa de un simple decreto tan dogmático como el dogma que dice condenar.

 

LA MALDICIÓN DEL "YO"

LA MALDICIÓN DEL "YO"

 

Luis Sexto

Qué hay detrás de ese pensamiento de Pascal donde afirma que  “el yo es odioso”.  Habrá,  podríamos preguntar  asociando los términos,  lo mismo que detrás  del repudio fanático a las demandas de lo que  llaman genéricamente “la carne” y que entre numerosos cristianos de todos los tiempos, principalmente los jansenistas, halla en el sabio francés a uno de sus más influyentes voceros.

Sobre el uso del yo en las letras, particularmente en  el periodismo, creo encontrar, pues, afinidades entre la aversión lingüística, gramatical, y también moral, todavía vigente en la lengua española contra la primera persona del singular y los hilos de acero que envuelven a lo sexual al menos en ciertas actitudes de origen cristiano. Si obviamos la herencia judía sobre el descrédito de lo más genésico del cuerpo humano –como la menstruación-  me parece que en la demonización del sexo puede entreverse un sentir  secretamente el placer por defecto, por resistencia aparentemente virtuosa, como el rechazo al yo puede incluir sobre todo un apego intenso, conflictivo  a la primera persona tan denostada… Es decir, la fobia al yo, podría señalar un enfermizo individualismo que busca exaltarse por su contrario: la sumisa disolvencia en la totalidad del misticismo taoísta o de cualquier otra doctrina contemplativa…

Advirtamos que los ascetas de las diversas religiones –tanto las proféticas, como las místicas y  las sapienciales- viven escurriéndole la personalidad al yo, de modo que el vencimiento del egoísmo y de los placeres incluye sepultar las falibles tentaciones de la primera persona, ¿Es posible disolverse? Tal vez ello equivaldría a anular la personalidad. Pero si el místico lo lograra, uno empezaría a dudar de que el yo sea el basamento de la identidad. Y, razonablemente, un místico disuelto en la unanimidad  o la inanidad no podría amar aquello que pretende amar.

¿Qué hay, pues, detrás de esa actitud de celador intransigente ante la partícula de la primera persona en un enunciado periodístico o literario o académico? El yo, como conductor, en particular  de los textos periodísticos, sufre  ante ciertos guardianes del templo una reacción de rechazo, como el antes  aludido asco del sexo. Luego de lo dicho, he de jurar que no pretendo forzar las similitudes, sino destacar las tangencias. En la tradición periodística en la que me he familiarizado con el oficio de escribir apremiado por la actualidad, he hallado habitualmente una resistencia, un valladar dogmático sobre tan discutido monosílabo. Primeramente, hay una argumentación técnica: el periodismo es impersonal. Y esa verdad de principio, proveniente del periodismo norteamericano, solo aplicable estrictamente  a la noticia,  se ha erigido en norma  inconmovible de medios y editores, incluso redactores.

Entre los escritores norteamericanos, tan individualistas, surgen también guerreros contra la primera persona, incluso contra el nombre bajo las obras. John D. Salinger hizo acrobacias en el extremo: "Mi opinión, un tanto subversiva, es que los sentimientos de anonimato y oscuridad del escritor son la segunda propiedad más valiosa que tiene a su cargo durante sus años de trabajo".  De acuerdo con lo  dicho por  Vicente Verdú, el autor de El guardián en el trigal ponía en práctica, contra el ego, los preceptos de la doctrina Zen, variante budista centrada en la meditación, en un desvivirse interiorizado, y que Salinger había retejido fervorosamente como eje de su conducta.

Precisando, en la lengua española ha existido, en términos académicos,  aversión hacia el empleo del yo, porque se le ha supuesto cápsula de vanidad, de individualismo, de egolatría en un afán punible de prevalecer, de hacerse visible y contundente. Y de esa prevención se articula el uso de hablar en plural, diluirse nominalmente entre los que oyen o leen  el discurso.

En Cuba, un poeta tan personalísimo como Emilio Ballagas le recomendó a Carilda Oliver Labra, en carta remitida tras publicar aquella su libro Al sur de mi garganta, lo siguiente: “Procure irse alejando graciosamente de hablar en primera persona del singular. El buen clasicismo es hasta cierto punto impersonal y él olvida el yo, el me,  y tanto el mi como el . Me  propongo comprobar al instante el aserto del venerable Ballagas, y recuerdo  a Quevedo: “Voyme a vengar en una imagen vana/que no se aparta de los ojos míos; búrlame, y de burlarme corre ufana”; o a Lope: “Un soneto me manda hacer Violante”; o a Teresa de Ávila: “Vivo sin vivir en , / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero.”; o a San Juan de la Cruz: “¡OH llama de amor viva,/ que tiernamente hieres/ de mi alma en el más profundo centro…”

“Escribir es y será siempre un acto solitario”, ha dicho, junto con Gabriel García Márquez,  el doctor Felipe Pena de Oliveira en su libro Teoría del Periodismo. Comunicación Social. Y su autoridad insiste en deslavar tabúes: “No hay compañía frente a la  angustia que provoca la página en blanco, lo que es ya un lugar común para los escritores. Entonces no entiendo por qué los círculos académicos gustan tanto del sujeto nos en sus escritos, aun siendo partícipes de conceptos tales como la intertextualidad y la obra abierta, por ejemplo. La primera persona del plural no me suena bien en los artículos teóricos. Resulta artificial, fabricada y, principalmente, confusa.”

En el periodismo, me parece,  con la excepción de los llamados géneros “objetivos” que reclaman una especie de despersonalización, el nos evoca una presunción monárquica, jerárquica, burocrática en moldes como la crónica y el reportaje, que suelen habitualmente servirse para contar sus historias, en lo visto u oído por el autor.

¿Y de la opinión qué decir? ¿Acaso mi criterio es también nuestro?  Y a quien se canse de tanto yoísmo se le podría argüir que otros ya nos hemos cansado del tan presuntuoso e inconsulto  nosismo en que el autor, pluralizándose,  se blinda ante la responsabilidad de sus juicios y datos. El hablante insiste en diluirse en la masa innominada, por humildad, o por que se atribuye la representatividad de todos. En nos hablan los reyes y los pontífices, y cuanto dicen desde la tribuna autoritaria de la voz inapelable, ha de ser obedecido por aquellos instalados en el cuartón de los subordinados. ¿Quién más vanidoso?

Tendremos, por tanto, que deslindar la luz de la oscuridad como en una de las primeras jornadas del Génesis. Y sin presumir de maestro, definir que “ser personal” necesariamente no exige el uso de la primera persona del singular. Puede un autor emplear eufemismos como “este comentarista”, “el cronista”, “el que esto  escribe piensa”, es decir, impersonalizarse un tanto y sin embargo componer un enunciado desbordante de interés, emotividad,  ritmo, algunas calidades de lo personal. Con el yo o sin éste y sus variantes pronominales y posesivas, pero con halago de la forma, como establecía Martí, el texto fluirá como auténtica agua de originalidad.

Juicios parecidos podríamos aducir sobre la primera persona en la narrativa o la ensayística. ¿Por qué, si no, resulta tan atractivo el punto de vista espacial del que recuerda o memoriza o narra en singular? Gide confiesa en su Diario que él quería “matar el yo de Pascal, y ahora ese yo lo respeto, lo venero, y me esfuerzo por desarrollarlo”. Se ha sentido tan pálido y tan indeciso, que ha querido “acentuar los contornos de mi personalidad, que estoy puliendo”.

Gide lo confiesa: quiere acentuar el perfil de su ego. Y aunque todos tenemos personalidad, esto es, conciencia, identidad y carácter, en lo que atañe al estilo no todos podemos escribir grabando, como con cincel, huellas personales en la letra. Y de esa distinción provienen las diferencias de peso, como en el pugilismo, entre unos y otros escritores y entre estos o aquellos periodistas. Por tanto, de acuerdo con el criterio de este articulista, el uso del yo disuena en el simple redactor, en aquella expresión que se desplaza sobre lo rutinario. Por tanto, le recomendaría prudencia, tanta como componer un reportaje en tercera persona, y no intentar escribir crónicas, o ensayo literario, géneros llamados a la expresividad, “yoista” por exigencias del tono. En quienes no sobran facultades para distinguirse por el estilo, el empleo del yo disuena como el chasquido de un jarrón al caer sobre el enlosado. Y el chasco sea quizás la razón por la cual los nos discrepantes niegan en plural lo que afirman en singular. O se acogen a la posición donde,  según  dijo Borges de Sherlok Holmes en un poema de Los conjurados: Viven cómodos: en tercera persona.

 El utilizar el yo, por  tanto, implica admitir que soy -no este periodista-,  soy una forma, una opinión, un estilo afincado sobre los hallazgos de mi personalidad que recicla en forma y aventura únicas lo que piensa o lee. Porque, a fin de cuentas, entre la palabra y el yo se extiende un vínculo. Se deben mutuamente el ser y el parecer. Palabra sin persona, sin lengua carnal que la diga o mano tangible que la escriba, qué será sino huesos mondados en un aula de anatomía. Y por tanto la palabra respira, se mueve cuando un individuo la contamina con sus hechos o sus ideas. Y el individuo, el yo se concreta y se afirma -se identifica- cuando ofrece su palabra húmeda de sensaciones.  Y  su ser se transparenta  en el logos.

Alfonso Reyes decía: Yo quiero que mi vida esté en lo que escribo. Y esa vida para que quede en lo escrito ha de convencer con  la autenticidad de un saber articulado en primera persona. ¿Y por qué dejar la vida en lo escrito? ¿Acaso por vanidad? Cuando alguien escribe en la legitimidad del misterio del estilo,  es decir, sin que repare en la causa de ese ritmo o de esa imagen, se percata de que es un puente entre las cosas y los hombres, un intermediario entre su vivencia y la vivencia ajena que cimbrará con el temblor del que escribe. Es decir, la vida en lo escrito se transparenta en la fuerza de la personalidad, en ese don clasificado como voluntad de estilo. Y no se orienta, como cualquier “gran hombre”, a compendiar una  autobiografía: sencillamente, el escritor necesita contar a través de sí mismo cosas que podrían pertenecer a los demás.

Y más merecería el tabú de la primera persona del singular que se apuntara en su defensa, pero desconozco si algunos de nosotros le darán al yo lo que es tuyo o mío, y me perdonarán mi insuficiente intromisión.

 

CUÁNDO ES Y CUÁNDO NO ES FRAUDE

CUÁNDO ES Y  CUÁNDO NO ES FRAUDE

 

Según el manual de la CIA, todo depende  de si el gobierno  implicado  en la  votación muy ajustada es pro norteamericano o es independiente de los Estados Unidos

A propósito de la apretada victoria electoral de Nicolás Maduro, el sociólogo Atilio Borón ha citado estos ejemplos: en las elecciones presidenciales de Venezuela en 1978, Luis Herrera Campins, candidato del COPEI, obtuvo el 46.6 por ciento de los votos contra el 43.4 de su rival de Acción Democrática. Diferencia: 3.3 por ciento, y el segundo reconoció de inmediato el triunfo de su contendor.

 Antes, en 1968, otro candidato del COPEI, Rafael Caldera, accedió a la presidencia conel 29.1 por ciento de los sufragios, imponiéndose sobre el candidato de AD, Gonzalo Barrios, quien obtuvo el 28.2 por ciento de los votos. Diferencia: 0.9 por ciento y asunto concluido.

Más próximo en el tiempo, contrasta con el autoritario empecinamiento de Capriles, la
actitud del por entonces presidente Hugo Chávez que, en el referendo constitucional del 2007, admitió sin más trámite su derrota cuando la opción por el No obtuvo el 50.6 por ciento de los votos contra el 49.3 por ciento del Si a la reforma que él favorecía. A pesar de que la diferencia fue de poco más del uno por ciento, Chávez reconoció de inmediato el veredicto de las urnas.

Resultados electorales muy ajustados son más frecuentes de lo que se piensa. En Estados Unidos, sin ir más lejos, en la elección presidencial del 7 de Noviembre del 2000 el candidato demócrata Al Gore se impuso en la votación popular con el 48.4 por ciento de los votos, contra el republicano George W. Bush, quien obtuvo el 47.9 delos sufragios. Como se recordará, una fraudulenta maniobra efectuada en el colegio electoral del estado de Florida -cuyo gobernador era casualmente Jeb Bush, hermano de George W.- obró el milagro de “corregir los errores” en que había caído un sector del electorado de la Florida posibilitando el ascenso de Bush a la Casa Blanca. En suma, el que perdió ganó, y viceversa: todo un ejemplo de soberanía popular de la democracia estadounidense.

En las elecciones presidenciales de 1960 John F. Kennedy, con el 49.7 por ciento de los sufragios, se impuso a Richard Nixon que cosechó el 49.6. La diferencia fue de apenas el 0.1 por ciento, poco más de 100.000 votos sobre un total de unos 69 millones, y el resultado fue aceptado sin chistar.

Pero en Venezuela las cosas son diferentes y la derecha grita “fraude” y exige un recuento de cada uno de los votos, cuando ya Maduro accedió a efectuar una auditoría. Llama la atención, no obstante, la  intolerable injerencia del inefable Barack Obama que no dijo ni una palabra cuando le robaron la elección a Al Gore, pero encontró tiempo ayer por la tarde para decir, por boca de su vocero, que era "necesario" y "prudente" un recuento de los votos dado el resultado "extremadamente reñido" de las elecciones venezolanas.

¿Admitiría Obama que un gobernante de otro país le dijera lo que tiene que hacer ante las pocos transparentes elecciones estadounidenses?

¿SE HA ROTO EN VERDAD UN AVISPERO?

¿SE HA ROTO EN VERDAD UN  AVISPERO?

Luis Sexto

Este problema también me atañe. Respuesta a un lector

Mario:

He leído los dos textos que usted me ha remitido, y cuyos autores, respectivamente, son Javier de Malas  y Enrique Rey . El primero se titula Víctor mesa: problema y peligro, y el segundo, Otra muestra del desorden en el béisbol cubano. No conozco a los autores. Primera vez que leo sus nombres, aunque ello es sólo responsabilidad de mi ignorancia.  Reconozco. sin embargo, falta de  originalidad en las opiniones de ambos. Todo lo que ellos han dicho lo leí, un tanto más mesurados en sus juicios críticos  y sin insultos, en los medios oficiales: Granma, Juventud Rebelde, Tribuna y programas radiales y de TV.

Estos dos textos, a mi parecer,  carecen de equilibrio. Es verdad, Víctor Mesa se ha caracterizado durante su vida como deportista por la explosividad. Pero no obvio que ha sido el mejor jardinero central de los últimos 50 años. A veces es irascible, irrespetuoso. Pero no olvido que defiende conceptos propios sobre la estrategia en el beisbol y  su inquieto juego confirma que el deporte es sobre todo vitalidad, torneo de fuerza y técnica, y mucho más lo es cuando el béisbol  se ha convertido en el más importante espectáculo de  nuestro pueblo.

Claro, no significa que la grosería y la irrespeto sean manifestaciones inevitables o excusables en el deporte. Que Víctor Mesa pierda el control o se caracterice por excesivos aspavientos, sería reprobable si sus actos atentaran regularmente  contra el fluido y ordenado desempeño del juego.  Tengamos en cuenta que ha sabido conducir a equipos condenados al fondo de la tabla, sin autoestima, desorganizados. ¿No basta su papel en el comando del  Matanzas para admitir, al menos, que sus métodos, su ardor conquistan lo que parece imposible?

 Podremos estar en desacuerdo con los enfoques de Víctor Mesa sobre las estrategias y las tácticas del béisbol. Podremos debatirlas. Pero no lo hagamos con los mismos recursos de la conducta que criticamos. Ejemplar fue, en una de las mesas redondas sobre el reciente Clásico del béisbol, el juicio del periodista Michel Contreras. Criticó la táctica de convertir en tocadores de bolas a los sluggers. Pero su alegato  no invalidó el criterio de Víctor Mesa, ni lo consideró un peligro para el béisbol cubano. El debate consiste en la argumentación, no en el insulto, ni en acusaciones que no se puedan probar.

Aunque ya no estoy de manera profesional vinculado al deporte, comencé mi carrera como cronista deportivo. Cubrí numerosas competencias, en particular fútbol y ciclismo; viajé al exterior acompañando a equipos deportivos y a dirigentes del deporte. Y a pesar de tanta alegría suscitada por el desempeño de nuestros atletas y jugadores, aprecié en responsables de las diversas delegaciones,  imposiciones y afanes centralizadores y métodos de ordeno y mando, a veces humillantes, que regían  las relaciones entre algunos dirigentes y entrenadores y deportistas. Incluso, periodistas.

Para mí, por tanto, Víctor Mesa es la liberación de  la injerencia en asuntos de dirección competitiva, de ciertas  autoridades locales  sobre el equipo de cada provincia; para mí es el anticipo, a veces desbordado, de cómo se ha de ser libre incluso jugando beisbol, en cuyo terreno han de predominar los enfoques y resoluciones del director y su equipo auxiliar mientras estos conduzcan a un conjunto en la preparación y la competencia.

Resumiendo, repruebo la indisciplina, el desorden de las pasiones, aunque prefiero la pasión, la creatividad, la audacia, incluso el show, ante aquellos hieráticamente sentados frente al juego sin mover un músculo de su cara, sin expresar públicamente su compromiso con lo que está pasando en el terreno. Desde luego, esa actitud podría constituir una escuela de dirección. Y por ello, no la condeno; simplemente digo que no me convence  fórmula tan pasiva.

Mario:

 Todavía seguimos prefiriendo a los hombres y mujeres que callen,  que no digan no, que no pongan condiciones. Ese es nuestro problema.   Si se profieren tantos insultos contra Víctor Mesa, estamos dando pruebas de que si él se excede, los que lo critican de modo tan  desmedido también sobrepasan la frontera entre lo justo y lo injusto, entre lo correcto y lo incorrecto, sobre todo porque hay desequilibrio  en sus juicios. Tal vez si fueran periodistas o aficionados de Villa Clara, la provincia de Víctor Mesa, o Matanzas, la novena que  este dirige, evaluarían los llamados problemas del polémico manager desde otros puntos de vista menos extremos y más convenientes para la pelota en Cuba. Debemos defender y proteger a Víctor Mesa: Es, a pesar de sus defectos, un valor de béisbol cubano. Y lo juzgo así sin que deberes de amistad o favoritismos de aficionado me lo exijan.  Nunca he visto a Mesa en persona, ni  concurro al estadio: solo soy periodista y en el recogimiento de mi casa, ante el televisor deseo en secreto que gane Industriales, el equipo que enardeció mi juventud.

No nos alarmemos por un show de más o de menos. En Grandes Ligas he visto peleas colectivas de boxeo entre dos equipos  completos en medio de un partido. Sucede, se adoptan sanciones y después se olvida. Por supuesto, no justifico nuestros shows con los shows ajenos. Quiero decir que en cualquier patio se arma el barullo, porque una competencia por momentos chispea y el combustible rueda por el área de juego.

Si me preguntaran,  prefiero el jugador o director o entrenador  que habla que al que calla para no desentonar; prefiero el que defiende su criterio, aunque se equivoque, que al que solo sigue la indicación de los que se erigen en mandantes por encima de sus atribuciones. Más que la expulsión de Víctor Mesa del béisbol, yo pediría la salida de la sinuosidad orgánica que evita abordar los problemas de frente e informar completa o verazmente sobre problemas y respuestas. En esas conductas de ser severos con unos y permisivos con otros, apreciamos una ética de base injusta. La justicia, según José de la Luz y Caballero, es el sol del mundo moral. En el béisbol, como en cualquier otro deporte, la justicia, la franqueza, la transparencia deben de ser las virtudes que afiancen la limpieza en los actos de los organismos dirigentes y fortalezcan la confianza que debe sentir  el pueblo en  cuantos toman decisiones.  

A mi criterio, el error más grave de Víctor Mesa en aquel tristísimo juego frente a Industriales, fue el querer retirar del terreno al equipo. Qué precedente habría establecido el director del Matanzas  si algunos jugadores, como lo apreciamos en la televisión, lo hubieran seguido. Y ese acto, aunque fallido, no merecía dos juegos de suspensión, sino mucha más severidad. Incluso, una excusa pública. Víctor Mesa necesita  reflexionar y delimitar las líneas blancas  entre la pasión,  la acometividad y el ideal de vencer, y la violencia contra principios inviolables.

Resumiendo, la crisis del béisbol es  el reflejo de la crisis del país. Todavía la indisciplina campea y muestra sus desgarradoras sutilezas la doble moral, y  continúa el ejercicio torpe y empecinado de la vieja mentalidad, esto es,  esa que  intenta mandar, incluso en el deporte, sin opción a que alguien exponga su punto de vista ante una arista pasada por alto o aporte una solución distinta, o adopte  un comportamiento diverso al que se impone desde el presunto balcón de los truenos. Ahora bien, ante esta actitud autoritaria y rígida que considera muñequitos de plomo a los seres humanos, cuando alguien quiebra el molde, parece que se ha roto un avispero.

 

LEER Y DARSE POR ENTERADO

LEER Y DARSE POR ENTERADO

Luis Sexto

Señores foristas: Por supuesto, en The Washington Post y en The New York Times, entre un trabajo que defienda a la Cuba actual y uno que la ataque, lo más probable es que publiquen este último. ¿Quién puede afirmar sin exponerse al error que son medios objetivos, imparciales? Por ejemplo, recientemente el Times de NY publicó el artículo de un escritor cubano y luego este, según dijo a la prensa,  le reclamó al periódico haberlo manipulado. Roberto Zurbano escribió:"La revolución cubana para los negros aún no ha terminado", pero en el periódico salió que "aún no ha empezado". Es decir, todo lo contrario a lo que quería decir el protagonista de este episodio.

Comprendo en algunos de los foristas  de este blog los deseos de expresar opiniones. Pero en verdad, como norma, en los últimos tiempos aparecen opiniones burlescas, ofensivas, basadas en el mismo lenguaje  con que  los grandes medios satanizan e invalidan a Cuba y a su Gobierno. Les falta pensamiento.

Algunos utilizan como argumento para denostar a la revolución, las cartas que publica José Alejandro en la sección Acuse de recibo de Juventud Rebelde. Pero eso solo es prueba de dos cosas: que Cuba no es una sociedad perfecta y que su prensa, no obstante las deficiencias, se ocupa de dar voz al pueblo. Pasan,  es verdad,  esas acciones que responden a actitudes burocráticas y a viejos hábitos de ordeno y mando. Sin embargo, un  periódico cubano, oficial, como dicen, los combate. Y porque existe la convicción de que hay que eliminarlos,  existe la voluntad nacional de transformar nuestra sociedad sustituyendo esquemas y conceptos caducos que estorban y distorsionan el socialismo.

Nadie puede impedir que se reconozcan y denuncien esos problemas que a veces anulan lo positivo de nuestras leyes.Pero en este blog  ciertos internautas intentan colocar  juicios injustos, malintencionados, manipuladamente expuestos. Y si los admitiera tendría que contestarlos, porque este blog no es El País, ni El Times, ni El Nuevo Herald. Entre esas visiones y la mía hay una divergencia política, partidista, incluso clasista. Yo soy hijo del peón de vías del ingenio, no el hijo ni el sobrino del dueño del ingenio antes de 1959, aunque ciertos hijos de peones  piensan como los hijos de los propietarios. Es decir, existen divergencias insalvables entre lo que muchos de ustedes y yo  entendemos por democracia y por justicia y por independencia.

Por lo tanto, como no puedo estar en litigio todo el día con términos  que ofenden lo que creo y defiendo, he decidido suprimir, irrevocablemente, los comentarios. Mi tiempo escasea. Y si discutiéramos sobre el papel del mercado en Cuba o la distribución de tierras, o el daño del bloqueo de los Estados Unidos,  el tiempo sería invertido provechosamente. Pero, repito, son los mismos clichés propagandísticos, las mismas palabras descalificadoras en la mayoría de los casos. Con lo viejo y lo caduco del otro lado, no vale la pena discutir.

Tampoco me gusta que  esos lugares comunes  de la derecha cuelguen de mis post sin que yo tenga tiempo para responderlos.  Dejarlas así, sin respuesta, sería un modo involuntario de coadyuvar a la propaganda que fuera de Cuba se hace contra el orden actual en mi país. Propaganda que muchos de ustedes, desde luego, quieren difundir valiéndose de los silbidos de majá de un presunto derecho a expresar el pensamiento. En mi espacio, solo lo decoroso, lo inteligente, lo humanista. Lo espurio, lo carente de ética  a no tiene ningún derecho. En todo caso tiene el mismo derecho que The New York Times le garantiza a un cubano revolucionario.

Este blog, aunque pobre, no es ingenuo. A algunos de ustedes los he sorprendido en doble juego: escribiendo con un seudónimo  algo dulce, adulador para mí, o aparentando imparcialidad, decencia, y con otro exponen los esquemas que integran el aparato conceptual de la emigración beligerante y favorable a la política norteamericana y su guerra contra el orden social en nuestro país.

No me agrada que intenten reírse de mí. Nos conocemos bien.  Gracias

SIN LEY, ¿HABRÁ PAÍS?

SIN  LEY, ¿HABRÁ PAÍS?

Luis Sexto

El título de este artículo no quiere decir lo que de sopetón uno presume: que en Cuba no hay leyes. Existen. Pero me parece que está lastimado el concepto de la legalidad. Porque un número impreciso de nuestros conciudadanos acatan las leyes, pero no las cumplen, de modo que actúan como si  acarrearan agua en una canasta.

Y ese obrar como si el país fuera  una llanura muy dilatada por la cual anduviéramos camina que te camina sin topar con un semejante, o sin ver un cartel de no eche basura, o deténgase, baje velocidad, niños en la calle; o suelte eso que no es suyo, o pague lo que debe… Ese obrar tan indiferentemente ante el orden,  indica que algunos de nosotros creen vivir en un paisaje lunar donde no existe la ley porque no existe el otro.

El período especial con sus recortes materiales y su incertidumbre, nos ha dejado una pérdida tan ancha que no resultará fácil reponerla. Lo estamos pulsando actualmente. La sociedad amplía sus espacios, reconoce derechos que hasta hace poco no integraban la legalidad. Y, sin embargo,  la conciencia de la ley  continúa sufriendo el desmadre del menosprecio. No pretendo llegar al extremo. No afirmo que todos estrujemos las leyes como papel inservible. Digo que los que la violan hacen más ruido que los que las respetan. La virtud suele andar en puntillas. Uno ve menos a quienes echan la basura  en el recipiente. Y, en cambio, solemos  notar a quienes tiran las latas de cerveza desde el balcón a la calle o al patio, y gritan en las madrugadas, y edifican un piso sobre su azotea, o su meten en casa ajena cerrada para habitarla. Recientemente, inspectores de urbanismo llegaron al barrio, impusieron multas y obligaron a desbaratar instalaciones que la licencia de trabajo por cuenta propia no amparaba. Pero, muy cerca, dejaron garajes levantados con herramientas de rompe y raja en jardines de uso común en edificios multifamiliares. ¿Les ordenaron a estos violadores demoler o fueron anuentes y se marcharon con las manos en los bolsillos? ¿O acaso se conformaron con ver un permiso cuyo origen es también ilegal? ¿Acaso no va contra las normas urbanísticas permitir clavar en un jardín, en avenida principal, cuatro vigas en el suelo, cercarlas y tirarles por encima unas planchas de cinc para guardar un vehículo?

Son, dirán algunos, pequeñeces. Problemas de poca significación. Me sirven, sin embargo, para ilustrar cuáles son los caminos de la impunidad. Porque el mayor peligro de incumplir la ley como si fuera un hábito, es que se extienda por el cuerpo social la impunidad. ¿Sabemos qué significa la impunidad? Cuando nos referimos a leyes y a violaciones no solo hemos de tener delante el delito mayor -homicidio, robo, malversación. Y si he señalado las quebraduras más leves, más bien de orden disciplinario como respetar las normas de urbanismo, las reglas de convivencia, los valores patrimoniales, es porque la experiencia enseña  que los violadores de lo aparentemente sin importancia, al permanecer impunes,  inflan el pecho y se definen como  “tipos” poderosos, resuélvelo todo, compradores del orden, y así van desbrozando en su percepción el atajo para llegar a conductas más dañinas.

¿Y nos damos cuenta que el sentimiento de impunidad  en unos condiciona en otros ciudadanos el sentimiento de inseguridad? Impunidad y seguridad no pueden extenderse sin que la sociedad se crispe.

Ahora, por qué la impunidad. Ya lo dije: unos perdimos el respeto por las leyes, porque creímos que las necesidades sin resolver, los apremios materiales justificarían cualquier ardid, cualquier identidad de “bicho cubano”. Pero también algunos representantes de esta o aquella  institución, se permearon de los resortes del pícaro, actuaron a medias, o no actuaron, y  se juntaron dos impunidades: la de cuantos actúan sin discernir las fronteras entre el bien y el mal, y la impunidad del que se cree impune para proteger la impunidad. Y tales piezas  se han engarzado con la soldadura del “dejar hacer”.

Hace unos meses pregunté en este diario si habría que esperar a que se actualizara la economía para empezar a rescatar los límites usurpados por la impunidad. No me ofusco. Algo se hace. Pero a veces me siento inseguro, como dejado a mi suerte, al saber que  transeúntes y  vecinos creen que no puede pasar nada.  (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

 

 

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YO ME PEINO DE MEMORIA

Estas crónicas no pueden compararse con el bíblico castigo de la mujer de Lot. Ella volvió la cabeza hacia la Sodoma que ardía y se convirtió en estatua de sal. El autor, en cambio, ha mirado atrás y ha sido sorprendido con el brillo de la gente y los hechos que ha ido dejando mientras miraba hacia delante. Cada recuerdo le revela un jirón del alma, una sonrisa, un golpe de humor, una señal que le descifra el pasado y su más cierta verdad: vivir ha sido bueno y recordarlo implica un reencuentro con lo irrepetible. Muchas de estas historias pueden pertenecer a cuantos se asomen a estas páginas.

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Principio o fin de Cuba, la península de Guanahacabibes o el cabo de San Antonio, como se le conoce popularmente, ha sido un sitio recoleto y desconocido. El autor de este libro se adentró un día por sus senderos y bosques para ir descubriendo los secretos de una historia marcada por la magia del tiempo y que debía permanecer en silencio, porque quien la contara moriría a deshora. Piratas, tesoros, muerte, crimen, y sobre todo la poética permanencia de un olor antiguo, olor de hombre que lucha contra el medio y el misterio de las pasiones.

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Luis Sexto (General Carrillo, Remedios, Villa Cla­ra, 1945). Premio Nacional José Martí por la obra de la vida, 2009, que otorga la Unión de Perio­distas de Cuba. Graduado de Periodismo en la Universidad de La Habana. Ejerce esta profesión desde 1972. Profesor adjunto de la Facultad de Comunicación Social en la UH y del Instituto de Periodismo José Martí. Ha viajado por más de diez países en misiones periodísticas. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Noticias de familia (poesía, Editorial Unión, La Haba­na, 1989), O cabo das mil visões (relatos, Editorial Casa Amarela, Sao Paulo, Brasil, 2002), y de la Editorial Pablo de la Torriente: Con luz en la ventana (poemas, La Habana, 2006); Con Judy en un cine de La Habana y otras crónicas de la ciudad (La Habana, 2006); Periodismo y literatura, el arte de las alianzas (investigación, La Habana, 2006); Jorge Mañach periodista (ensayo, La Habana, 2006); y La aparente cordura de las cosas (relatos, La Habana, 2009): Nosotros que nos queremos tanto (investigación sobre Pedro Junco con la colaboración de Viñas Alfonso, La Habana 2012)