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PATRIA Y HUMANIDAD

ANTIGUA Y BELLA

ANTIGUA Y  BELLA

Luis Sexto

De un  origen aparentemente impreciso,  surge Remedios  con el fulgor del medio milenio, aunque  este año celebremos el aniversario 498 de su fundación

Malos y buenos documentos enrejan a San Juan de los Remedios entre lo verdadero, lo falso y lo dudoso; entre  el misterio y la claridad. Hasta ahora solo su presencia  muestra el sello de lo imborrable. Mágica, mística, poética presencia que la envuelve en títulos más literarios que históricos, aunque la historia la reclama por su primigenia antigüedad entre los pueblos cubanos.

El paisaje también la favorece. Y en la sabana los palmares se enlazan unos con otros acreditándola con el título natural de millonario traspatio de la palma real en Cuba. Nunca tantas palmas vido, habría dicho Colón si por el litoral del norte, en el centro de la Isla, hubiera echado el ancla.

Entrando en Remedios, el viajero podrá sentir que ha llegado a un pueblo donde cualquier cosa que se relacione con el misterio puede disponer de un escenario apropiado en calles y callejas, casas y palacetes. Muchos de cuantos han puesto con ánimo de cronista algunas letras en un papel o una pantalla de ordenador, han repetido ese término que induce a admitir lo fantástico, lo aparentemente inexplicable. La llorona de la calle La Mar, los fantasmas de la ermita, la bailarina ectoplasmática de la calle de Jesús del Monte, el güije de La Bajada, la güira de Juana Márquez la Vieja, insinúan con sus rúbricas inseguras la interiorizada poesía que recorre a la que otros papeles clasifican exactamente como la octava villa de Cuba.

Uno de los misterios de Remedios duerme con los ojos abiertos en el zigzagueo de su nacimiento en esta ínsula. No existen argumentos para invalidarle el título de octava villa. Este título se acordaba a los pueblo con ayuntamiento. Y San Juan de los Remedios lo recibió en 1545, adjuntándose el privilegio de pueblo antiguo entre los más antiguos, crecido  entre las malas yerbas de los odios, abusos y crueldades coloniales, y enraizado en la arcilla donde la nación moldeó sus pilares de independencia y solidaridad.

OLOR DE AZUFRE

 Ciertas actas de  vieja y hábil caligrafía establecen que en San Juan de los Remedios el diablo  usurpó cuerpos de humanos como si se hubiese multiplicado por su estridente potencia, aunque los fines de la llegada a tierra del gestor de las tentaciones se referían más bien a los intereses materiales de un cura que quiso convertirse en el primer vendedor de solares de la villa.

Don Fernando Ortiz necesitó un volumen, más bien un  baúl de papel, para esclarecer ese episodio que la fe predominante en aquellos tiempos quiso prestigiar como verdadero, siendo sólo un truco criollo en la crónica remediana. Sin embargo, el obispo Morell de Santa Cruz, de caritativa memoria,  declaró en la relación de la visita eclesiástica a su extensa diócesis, que Santa Clara, también llamada Pueblo Nuevo, debía su fundación a “la sencillez” del padre José González de la Cruz. Cuando Su Ilustrísima  inspeccionó a San Juan de los Remedios, se llevó una hojas  donde aquel cura resumió la guerra entre él,  representante de la Iglesia, y una cohorte de los infiernos, librada un siglo antes. Tan ejemplar consideró el episodio el obispo, que lo reprodujo en su informe. Y el lector actual se entera de que González de la Cruz, párroco y además comisario local del Santo oficio de la Inquisición, y experto en aritmética infernal, confesó haber expulsado a ochocientos mil espíritus malignos en apenas dos años.

Como es sabido, no todos los habitantes de este archipiélago eran tan crédulos. Y el apéndice del tercer tomo de los Tres primeros historiadores de la isla de Cuba, obras editadas en 1876 por Cowley y Pego, este último con imprenta en Obispo, 34, en La Habana,  resume esa pelea entre las  tinieblas y la luz en el cuadro  dedicado a San Juan de los Remedios, “Tenencia de Gobierno y villa fundada  en 1545”. Sintetizando, desde 1668  empezó a proponerse el traslado de Remedios. “Su población se dividió  en tres partidos”, uno capitaneado por el padre González de la Cruz, que pretendía se estableciese en su hato de Copey; otro  por el padre Bejarano, que proponía emigrar hacia los predios de lo que es hoy Santa Clara. El tercero no aceptaba “ningún cambio”. Y explica este libro que esos partidos se originaron “en virtud  de los asedios y asesinatos que cometían en su asiento los piratas”, principalmente el francés Jean David Nau, conocido como L’Olonnais  y que posiblemente  atacó a la villa en 1668.

Veintiún años después, el gobernador general de Cuba ordenó la mudanza hacia el hato de Antón Díaz donde se levantó Santa Clara. Sólo migraron 18 familias. La mayoría persistió  en el lar de los orígenes, a pesar del incendio con que, en 1691, las autoridades coloniales pretendieron forzar el abandono de Remedios.

Y sin invocar al demonio y sus raíces cuadradas, estacionémonos en lo más movedizo de esta historia. En este 2013, según lo confirmado, cumple Remedios  468 años de haber sido distinguida como villa y 498 de haberse fundado como asentamiento, según una cronología que se remonta a 1515.  Sin embargo,  muchos remedianos no aceptan esta fecha. Y qué reclaman por la voz apasionada y aún vigente del historiador Rafael Jorge Farto Muñiz, aunque su garganta se haya cerrado definitivamente. De este pueblo, cuyo ámbito  persiste como la tinta de los códices antiguos  y sus calles parecen sestear  sobre el lomo de una tenue brisa espiritual, sus  hijos reivindican el privilegio de habitar en  el segundo asentamiento completamente español de esta ísola, después de Baracoa. Y por tanto, 2013 cierra el medio milenio del primeramente llamado Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, y más tarde San Juan de los Remedios de la Sabana del Cayo, y finalmente San Juan de los Remedios, nombre menos largo que sus 500 años.

OLORES DEL TIEMPO

Los papeles defienden esa edad. Y  deletreando, para sortear el equívoco de una lectura rápida, San Juan de los Remedios no pretende ser la segunda villa de Cuba, sino el segundo asentamiento levantado  por los colonizadores con ánimo de vivir allí establemente. El doctor Ignacio José de Urrutia, otro de los tres primeros historiadores,  en su Teatro histórico, Jurídico y Político Militar de la Isla Fernandina de Cuba –concluido en 1791-,  apunta, sin abundar, que  Vasco Porcallo fundó a Remedios en la costa norte, frente a un pueblo aborigen llamado Carahate, al “que llaman los nuestros Casa-harta”,  para llegar al cual había que cruzar un brazo de mar, un canal, de “menos de una legua de la costa”. Urrutia aceptó, “por la tradición que aún se conserva”, que esa aldea estaba en cayo Conuco, pero por esa misma razón, considera que el asentamiento castellano no pudo ser en ese lugar tan inapropiado por estar fuera de la tierra insular, sino en el surgidero “que hoy nombramos Tesico” (…) “De allí se dice  que fue mudada a una sabaneta poco distante, y últimamente al parage  en que se halla actualmente, como una milla adentro de dicho Tesico”.

Y entre lo principal de cuanto suscribe, el doctor Urrutia selecciona un dato de índole temporal, básico para legitimar con suficiencia la primacía de Remedios. Pongámosle signos de admiración: fue “tan permanente y  feliz Vasco Porcallo de Figueroa en su fomento...” Dicho a nuestra forma: el soldado derivó en agricultor y la ranchería perseveró en su sitio, sin intermitencias, y fue ascendiendo en tamaño y riqueza.

Según Farto Muñiz, en mayo de 1513 “llegan esos hombres al poblado de Sabana”, también Sabaneque o Cavaneque, cacicazgo aborigen. Se sobrentiende que es la zona que describe Urrutia. En abril de 1514, después de fundar Bayamo el 5 de noviembre del año anterior, Diego Velázquez se despojó del yelmo y la armadura y empezó a dictar  una carta al rey. Le informó a su majestad  de los sucesos del año de 1513 cuando ha explorado parte de la isla para poblarla, y añadió que  “cient ombres” se fueron a una provincia llamada Cavaneque, situada en la costa norte, a 25 leguas del río Caonao y que desde allí “anduvieron viendo y calando la tierra de las provincias subjetas á la de Camagüey y parte de la de Guamuahaya...” Y comunicó también  que había ordenado “quedasen en la dicha provincia del Cavaneque cinqüenta ombres con los que obiese de cavallo…” Esos 50 hombres  forman el principio de Remedios.

Como Velázquez en su viaje de exploración, este cronista se adentró en los zigzagueos de lo desconocido. Se ha obligado a leer, para argumentar el derecho de San Juan de los Remedios a  contar ya 500 años de existencia como el segundo establecimiento español en Cuba. Y quiere el cronista concluir narrando su primer viaje consciente a esa villa, desde el barrio de General Carrillo. Si no se acuerda de haber nacido, como confesó Unamuno, tampoco recuerda el día cuando lo bautizaron en la parroquial mayor  de  Remedios, donde uno de sus tíos abuelos cumplió votos como hermano lego franciscano. Excava en su memoria. Y precisa cuando mamá, y él con seis o siete años, penetraron en el cementerio a dejar un ramo de rosas sobre la tumba de una tía recién fallecida, esposa de don Tomás Morales. Después, visitaron a Juanita Laguardia, muy amiga de sus abuelos maternos.

Las evocaciones de este cronista son más fiables que el diálogo del padre González de la Cruz con Lucifer, a través de la negra Leonarda, esclava de Pascuala Leal. Desde aquel primer viaje, el que esto escribe recuerda a la villa como una aneblada, amodorrada presencia entre olores a cosa antigua. Con esos ingredientes se estableció su identidad local. Y a pesar del pirático o diabólico  asedio de la ausencia, Remedios  no se le ha trasladado: sigue dentro  del cronista en el mismo sitio de la sabana. 

 

 

DE PARRANDAS…

DE PARRANDAS…

Luis Sexto

Las parrandas de Remedios comienzan hoy  a ser reconocidas oficialmente como patrimonio cultural de la nación.

Si yo no hubiera nacido General Carrillo, barrio del término de San Juan de los Remedios, y no me hubiesen bautizado en la parroquia de la cabecera –donde hay una imagen de María en gestación, quizás la única en el mundo-,  y mamá y papá no se hubieran casado  ante  ese mismo  altar donde también un tío abuelo materno, fraile franciscano, había rezado sus horas.  O si alguien me lo prohibiera, o me negara el derecho a sentirme remediano, le opondría otros argumentos que presumo incontrovertibles.

Pertenezco a Remedios, señor,  por su cultura, que colorea a poblados cercanos, incluso a localidades más alejadas e insertas en jurisdicciones como Villa Clara, Sancti Spiritus y Ciego de Ávila. Y porque tengo en la sensibilidad la huella mohosa e inhibida de sus calles, casi tan antiguas como el deslumbramiento de Colón al mojarse las sandalias en las playas de Cuba; calles y callejones que  recorrí a paso azorado de la mano de mamá en mi primera visita. Y, en particular, soy remediano por un trauma que se ha erigido en fracaso profesional de ciertos psicólogos.

Las parrandas condicionaron  esa razón patológica…

En General Carrillo celebrábamos las parrandas con la misma intensidad comunitaria en el color, la música y el estruendo que en la metrópoli municipal. Cada año todos los vecinos de los dos barrios, Los Mangos y La Loma, se atareaban secretamente en la confección de carrozas y luminarias  para salir  a competir entre sí y asombrar al contrario con el exceso y la originalidad de la fantasía colectiva. Eran fiestas de vecinos. Sin participación de instituciones oficiales. Vi construir en locales cerrados los artilugios que iluminarían las calles, y vi también el almacenamiento secreto de la pirotecnia –voladores y fuegos de artificio- que  clausuraría los festejos en un duelo de explosiones... 

Eso, que hoy puedo llamar la artillería, era, y es,  primordial y decisivo episodio. Las parrandas comenzaron por el ruido. Aquel cura d San Juan de los Remedios, no halló  solución más atinada a su conflicto pastoral que estimular la generación de ruido entre los niños de la parroquia para despertar a los fieles que, remolones o menos devoto, no asistían a las misas de aguinaldo, convocadas desde el 17 al 24 de diciembre al amanecer. Y la muchachada arrastraba al trote cacharros, y golpeaba metales, y gritaba,  de modo que el sueño de la prima mañana se espantara. Y a misa. Qué remedio... en Remedios hacia 1820.

Las parrandas, año tras año, fueron divorciándose de su origen litúrgico, y se transformaron en esa festividad en los días más alegres de diciembre  en la que predomina la fineza, el torneado artístico de carrozas y esculturas de plaza, de cartón y madera, que lo mismo  remedan la Torre Eiffel que la de Babel, un castillo de Las mil y una noches que el Empire State. Y la música dispara viejas reminiscencias europeas mezcladas con el embrujo percutiente de lo afro. Pero el ruido primigenio subsiste perpetuado en el estruendo de los artificios de la pólvora cuando los barrios de El Carmen y San Salvador, gavilán y gallo, se baten en una contienda de bombazos de salva.

Aquella vez mamá y papá eligieron para presenciar los festejos una casa amiga situada en el medio de las baterías artilleras de La Loma y Los Mangos, e Estábamos en la calle que llamábamos Paseo -transversal y ancha-. Giraban también los faroles chinos, forrados de papeles transparentes azules, rojos, verdes: vertiginosos círculos parpadeantes en la luz inestable de una vela.

¿Habrán sido esas mis primeras parrandas? Recuerdo vagamente que las explosiones resonaban en mi pecho como si me lo comprimieran. Atosigado por el humo del bombardeo, apenas pude asombrarme ante el cielo punteado de chispas que caían como estrellas despedazadas. Al llegar a casa, el termómetro casi se quiebra. Y el niño quedó crucificado entre explosiones. A partir de ahí nunca he podido saber que algo va  a estallar. Puede hacerlo de improviso. Mi reacción es normal. Pero que yo no lo sepa, que no me avisen, porque  me embalaría en una carrera caótica, pregonando con mi desenfreno que soy el más chamuscado por el esplendor de la cultura de Remedios…

 

 

ÁRBITROS Y JUGADORES

ÁRBITROS Y JUGADORES

Luis Sexto

Un cubano emigrado que observa a su patria desde una mirada cordial –actitud más que posible, cierta-, me preguntó hace poco: ¿Por qué aceptar tantos riesgos? Riesgos –decía él- de perder los principios fundacionales de la Revolución, como la independencia y  la igualdad sin las cuales la libertad es tan solo un espejismo mediático en periódicos y televisoras de apropiación privada y millonaria.

El riesgo, como usted sabe –le respondí- es condición de la existencia humana. Por tanto, si salir a la calle es peligroso por la probabilidad de que un conductor irresponsable te aplaste, quedarse sentado nos amenaza con  cualquier matadura cardiaca o metabólica. La misma disyuntiva experimentan los procesos sociales: hacer o no hacer. Y si quienes los protagonizan eligen lo último, afrontan el peligro de perecer en el retraso y la desesperanza. Todo cuanto tiene vida ha de andar hacia delante cumpliendo el sino de perseverar en su ser mediante la adaptación a las circunstancias.

Esa fue mi respuesta, sin invocar autores y libros. Simplemente, medió en la conversación la experiencia que viene en auxilio del desconocimiento. Pero –aclaré- no juzgues a personas y procesos por los riesgos que encaran, sino por la habilidad con que los esquivan, los anulan, los dominan. Por otra lado, desde diversas ópticas, buenas o malas intenciones enracen las pantallas de Internet, agitando los flecos del “miedo al capitalismo” o de “la traición al socialismo”. Porque, en fin, a quiénes están algunos ayudando con tanta alarma en momentos tan cruciales. ¿Acaso más que iluminar, no dispersan dudas y confusión en la bandeja de la unidad nacional? Y no me opongo al debate, sino al que se ejercita irresponsablemente. Tampoco reniego de la teoría, aunque si es concebida desde el teoricismo, puede derivar hacia el dogmátismo. Lo mismo podríamos apuntar del practicismo. O de consignas que se resuelven en infinitivos –una forma verbal que se emparienta con el modo imperativo-, y se pierden en el éter, como una señal falsa de que todo se ha comprendido.

Y ese, a mi parecer, es el riesgo mayor de Cuba hoy: que no comprendamos la estrategia para minimizar riesgos y acrecentar la vida del país. Y como secuela, siga vigente la percepción caduca, ese creer que todo puede responder al deseo o la voluntad o que las cosas deciden cambiar para permanecer iguales.

La estrategia evidencia que la economía cubana intenta partir hacia su renovación desde lo pequeño, lo particular. Y es exacto: la loma se empieza a subir en la base de la falda. Por tanto, aunque parezca redundar, repetir, el riesgo se agacha en la mentalidad con que se aplica o controla –ah, palabra tan recurrente y tan equívoca a veces. Aplicar y controlar son infinitivos que pueden ser conjugados de diversa manera: con toda la boca abierta para que la claridad se imponga en el sonido, o mordiendo los labios de modo que el diente también desgarre lo que las palabras significan como propuesta o proyecto.

Sí, me doy cuenta de que el término control es muy débil; suele oscilar entre la liviandad y la desmesura. En ambos extremos segrega un ácido que borra o distorsiona. En el término medio, es decir, en posición de equilibrio,  se convierte en uno de los instrumentos para mantener el orden y trasmitir confianza, esperanza, certeza.

Ahora bien, el control ejercido por unos, necesita del control de otros. Y volvemos a lo que desde hace tiempo navega entre el agua pesada de la quimera: el control democrático para que el control no se vuelva burocrático. Y de esa relación surge la urgencia de la correspondencia entre  jugadores y árbitros. Y, como dice uno de mis amigos más agudos, si hay muchos árbitros, todos los batazos pueden ser “fao”, o todos los corredores quietos en base. Por el contrario, si faltan, el juego entonces podría derivar hacia un pitén de barrio… Es decir, la legalidad no ha de operar como un ídolo que algunos quieren engordar con el humo de multas y sanciones. Más bien, es el libro sagrado que medie entre la creatividad y su límite. Entre el conocimiento de las necesidades y los actos que las resuelven. 

 

CONVOCAN A CONCURSO DE CRÓNICAS

CONVOCAN  A CONCURSO DE CRÓNICAS

Como ya es habitual cada año, está dedicado a la memoria del escritor y periodista Miguel Ángel de la Torre

La Unión de Periodistas de Cuba en la provincia de Cienfuegos convocan al VIII Encuentro Nacional de Cronistas que se efectuará entre los días del 17 al 19 de octubre del 2013 en homenaje al escritor y periodista cienfueguero Miguel Ángel de la Torre, uno de los más destacados cultores del género en la primera mitad del siglo XX en Cuba.

 Este año tanto el concurso como el evento tienen la particularidad de rendir homenaje también al 150 aniversario del natalicio de Julián del Casal y al cronista José Alejandro Rodríguez, Premio Nacional de Periodismo José Martí 2013 por la obra de la vida.

 El cuerpo teórico del encuentro contará de  talleres, conferencias y  paneles cuyas temáticas serán la vida y obra de Miguel Ángel de la Torre, Julián del Casal y el género crónica. Otras acciones colaterales constituirán la presentación de libros, visitas a lugares de interés y lecturas de crónicas.

 En el concurso podrán participar todos los periodistas de la prensa escrita, digital, radio, televisión y estudiantes de periodismo, con obras publicadas entre el mes de septiembre de 2012 y el 2013. Los estudiantes pueden presentar obras inéditas.

 Se admitirá hasta dos crónicas, por concursante en cada uno de los tipos medios en los que fue publicado.

 La presentación de los trabajos será:

  • En periodismo impreso se remitirán original y dos copias, utilizando la valija de la UPEC o el correo postal, a la dirección: “Casa de la Prensa Calle 35 No. 5609 altos e/ 56 y 58 Cienfuegos.
  • Para la radio en CD, o en formato mp3 por correo electrónico a la siguiente dirección: cip307@cip.enet.cu.
  • Para la televisión en CD o DVD.

 Se premiará la crónica que con mayor creatividad y eficacia se apropien del tema desde la subjetividad del periodista, en cada medio (prensa escrita, digital, radio, televisión y estudiantes de periodismo).

 El jurado, integrado por periodistas de reconocido prestigio en la prensa cubana, hará una preselección de las mejores crónicas por cada tipo de medio de prensa, los seleccionados serán invitados al evento y durante el desarrollo del mismo se darán a conocer las obras galardonadas y se entregarán los premios.

 Los ganadores tendrán como premio: diploma, 400.00 pesos CUP y el derecho de ser invitados al próximo encuentro, o sea el IX.

 Las crónicas para el concurso deberán entregarse en la Unión de Periodistas de la provincia de Cienfuegos, en calle 35 No 5607 altos e/ 56 y 58, antes del 30 de septiembre del 2013.

 Para aclarar cualquier duda pueden llamar a los teléfonos 43-513371 y 43-551292 en Cienfuegos por el e-mail: cip307@cip.enet.cu

BÉISBOL, EUFORIA MOMENTÁNEA

BÉISBOL, EUFORIA MOMENTÁNEA

Luis Sexto

El béisbol cubano necesita con sirenas de urgencia recorrer el mismo proceso vigente hoy en el modelo económico cubano: la actualización;  ponerse técnica y tácticamente en consonancia con los tiempos. Dejar atrás, por ejemplo, la exaltación de la velocidad en los pitchers y facilitarles los medios para aprender a  ampliar su menú  con nuevos  lanzamientos,  comunes en ligas extranjeras.  Y, por tanto, los bateadores también habrán de  aprender a chocarlos.  El play off, según mi opinión, ha suscitado interés por la rivalidad de cuatro novenas muy parejas en virtudes y defectos, pero no por la calidad excepcional del juego.  

Dicho esto, preveo que algún lector me preguntará que quién soy para hablar de pelota. Qué sé de pelota. Casi lo mismo que la mayoría que se desgañita en los estadios. Hace varias décadas fui un joven seducido por un béisbol  que superaba al de hoy con ventaja . Y cada tarde, en la década de los 60, luego del trabajo pasaba por casa, comía cualquier cosa, y me iba al Latino temprano para poder sentarme detrás del jom,  y  así disfrutar de frente  el rollo cinematográfico de  las curvas de Alarcón o Changa Mederos, y  asombrarme por los brazos de acero de Huelga, Aquino Abréu, Vinent, y alelarme  ante el bateo de Cuevas, Marquetti, Capiró, Chávez, Muñoz,  Kindelán, Junco, Villar, Linares y otros que se esconden en los bancos de mi memoria, y abrir la boca observando el fildeo y la malicia de Isasi, Tony González,  Osorio,  Wilfredo, Urbano, Ñico Jiménez, Pacheco, Puente… Y antes, siendo niño, también me senté en el  entonces  gran estadio del Cerro, a ver  jugar a mis ídolos de entonces: Camilo Pascual, Pedro Ramos, Miguel Cuéllar, Héctor Rodríguez, Willy Miranda,  Miñoso, Orlando Peña…

Y para acabar de justificar mi intromisión, al comienzo de mi carrera periodística, hace 40 años, invertí cinco cubriendo deportes y aprendiendo a escribir, más que de los resultados, de la condición humana puesta a prueba en una liza donde hombres y mujeres arriesgaban su crédito y su dignidad en cada acción.

Aunque no soy un consumado experto, puedo,  por tanto,  comparar y percatarme de las diferencias entre ayer y hoy. Y, créanme, no suelo creer, con Jorge Manrique, que “todo tiempo pasado fue mejor”. A veces  fue mejor, y uno lo lamenta porque mejores han de ser el presente y el futuro. Pero,  si conocí parte del pasado, ello me facilita insistir en que lo que más  requiere el béisbol cubano es disciplina.  ¿Acaso no nos inquietan las reacciones de algún bateador cuando el  árbitros canta el strike  que dejó pasar perdiendo la oportunidad de ser out  con más beligerancia que “comiéndose una croqueta”, como dicen los comentaristas de graderío. Y así, ante un ponche o un out que el bateador  o el corredor estiman injustos, ofrecen una demostración de baile dando salticos en jom o en primera o segunda. Saltan como  en la perreta que ciertos  niños arman cuando  papá dice: para la casa, que se hace de noche. Por supuesto, no generalizo; solo me fijo en los que desentonan, y con sus reacciones, al desconcentrarse, se dañan a sí mismos.

Sean, sin embargo,  pocos o muchos, es un espectáculo deplorable. Una cosa es el juego apasionado, duro. Y otra cosa el olvidar que las apreciaciones arbitrales de esa índole son inapelables e inmodificables. Y que la mejor manera de evitarlas es bateando, corriendo y  fildeando con efectividad. Yo, si fuera pelotero, ante un acto que me parece injusto, analizaría qué no hice correctamente en la jugada que facilitó al árbitro equivocarse. Y, en efecto, desde la pantalla del televisor se aprecia que a veces deciden sin acertar. Una pantalla gigante en cada estadio, sería un espejo útil para aprender a decidir micrométricamente con tino. Se ha dicho: los árbitros, hombres falibles, no pueden jamás determinar el destino de un partido. Ah,  también vi arbitrar a Amado Maestri y a Rafael de la Paz. Qué dirían.

El pasado también nos favorece para empezar a señalar las causas de la presente pobreza técnica y táctica de nuestra pelota. ¿Alguien dudaría que nos hayamos quedado atrás como conjunto, aunque la cantera esté llena de jugadores de talento?  Y según lo juzgo, la retirada masiva de  más de 50 aplaudidos  peloteros entre  la segunda mitad de  los 1990 y los primeros años del siglo XXI, abrió un hueco en el  dique del béisbol.  Ese retiro  obligatorio sin razones y sin explicaciones plausibles, aparte de lastimar  la sensibilidad de deportistas cargados de méritos, cortó el relevo científicamente establecido para los deportes de conjunto. Tras la salida en grupo  de los astros, a quiénes pudieron imitar los novatos y las reservas. ¿Quiénes  plantaron desde entonces en el juego las exigencias de lo excelente? Lázaro Junco -forzado a abandonar el terreno el mismo año en que completó, el primero, 400 jonrones en su carrera- contó recientemente ante las cámaras de la TV que siendo  aún novicio en el equipo Cuba, Chávez lo envió al jom para sustituir a Muñoz, ya en posición de bateo. Qué vienes hacer aquí, le preguntó el gigante. Bueno, me dijo Chávez que yo debo batear por ti, explicó Junco apenado y agarrotado por el miedo, el miedo a quedar mal ante aquel modelo de pelotero y hombre. Suerte, dijo Muñoz sin amargura. Y Junco, lleno de vergüenza, bateó un tubey.  Hoy esa anécdota no se repite. Y estamos muchos de acuerdo en que para recuperar lo mejor del pasado habrá que topar frecuentemente con equipos extranjeros, incluso ubicar jugadores en esos clubes.

 Y mientras  nos debatimos en la euforia  momentánea del play of,  pensemos en una idea de Martí y concluyamos que ni el béisbol se puede dirigir “como se manda un campamento”.

 

USTED RESPONDE; PREGUNTO YO

USTED RESPONDE; PREGUNTO YO

Luis Sexto

Apostillas ingenuas sobre un manager y un periodista

El  blog La joven Cuba publicó recientemente  un post titulado: “Periodistas: frustraciones y deudas”, en el que señala   las  consabidas deficiencias  de la prensa cubana, pero establece una diferencia entre prensa y periodismo, medios y periodistas.  No toda la responsabilidad de la prensa  recae sobre los periodistas. También una cuota decisiva les corresponde a las presiones exógenas que  mantienen a los profesionales de la prensa  en la misma situación de un jugador de dominó que, teniendo fichas, dice no llevar.

El post es justo. Y no es necesario reproducirlo en este espacio. Quiero opinar sobre la anécdota que cita como ocurrida en una conferencia de prensa. El director del equipo de Villa Clara,  luego de un reciente partido contra Cienfuegos, recriminó irrespetuosamente a un periodista.  Según se sobrentiende, un reportero le preguntó al manager algo que  a este le disgustó, tanto como para ripostar haciéndole ver lo que podía preguntar y lo que no  debía preguntarle. Podemos imaginar, desde esta distancia, que tal vez nuestro colega pretendió saber algún detalle de la intimidad doméstica del director. Sólo así se explica la reacción airada del hombre público que  se sometía a una  pública rendición de cuentas.

Si el periodista  se calló  sin al menos defender su derecho a preguntar lo que el interés periodístico le sugería,  tal vez  soportó la mala forma por dos razones: porque es muy joven e inexperto, o porque no quiso que la  justa reacción defensiva ante un insulto, lo fuera a excluir en lo sucesivo  de cualquier estadio de béisbol.

Del incidente deduzco que el autoritarismo sigue siendo un  síndrome de inmunodeficiencia política y de respeto por la persona humana. Todavía ciertos directores, en particular en el deporte, se arrogan el derecho a considerarse incuestionables.  En verdad, no  suelen ser  cuestionados, aunque existan razones para poner en duda sus métodos o  sus decisiones. Pero a veces  sólo son cuestionados hombres como Víctor Mesa, que con su comportamiento, a pesar de cualquier estridencia,  defiende el derecho de los  mentores a dirigir sin intromisiones  el equipo bajo su rectoría.

El  organigrama del autoritarismo se traza dibujando una escalera en posición vertivcal: el de más arriba se cree con derecho de insultar al de abajo, y el de abajo al de más abajo y así hasta el final, que en este ejemplo es el reportero que cumplía con su deber.  Admitamos que la pregunta haya sido inconveniente. Pero el director de Villa Clara  pudo declinar la respuesta. Porque, como han establecido las reglas no escritas de las relaciones entre  periodistas y entrevistados,  las preguntas de aquellos, cuando poseen profesionalidad,   no clasifican  entre las  indiscretas sino entre las  interesantes y agudas, incluso molestas; las respuestas del entrevistado sí podrán ser indiscretas.  Esa es su responsabilidad: saber qué dice o qué calla.

A mi parecer, ningún funcionario puede considerarse autorizado a ofenderse y ofender  por la pregunta honrada y correctamente dirigida de un periodista. Directores y jugadores  trabajan para el público en el espectáculo más apasionante en Cuba. Los  periodistas, a su vez, trabajan para el público en el mismo espectáculo. Cumplan aquellos su papel;  los periodistas,  el  suyo.

Ahora bien, si los periodistas pedimos el respeto que nos deben, debemos, antes, ganar ese respeto. Ignoro si mi colega respondió y defendió política y virilmente su derecho a preguntar lo que creyera pertinente  siempre y cuando se relacionara con el béisbol. Si dejó que lo humillaran, le recomiendo desde mis años  de periodista: es preferible nunca más cubrir un juego de pelota que permitir una ofensa pública  a nuestra dignidad humana y profesional.

Habrá siempre que  hacer recordar, apretándose el cinto: No lo olvide,  señor, pregunto yo y  responde usted. Usted es el que puede permanecer callado ante mi pregunta.

 

LOS MUERTOS HABLAN EN SUEÑOS

LOS MUERTOS HABLAN EN SUEÑOS

Luis Sexto

 Capítulo del libro titulado El cabo de las mil visiones, publicado por la editorial Letra viva y que está a la venta en Amazon y en e-Book

El por qué murió el oriental está claro. Vino calladamente, no divulgó su secreto sino antes de morir, y por eso nadie podía pedirle cuentas. Lo mató el monte. Dentro de esas ramazones donde al atardecer ya usted no se ve ni las manos, cualquiera  se pierde al dar sólo media vuelta. El monte es como un ojo enorme que, pareciendo cerrado, vigila, persigue, ataca, y en cualquier parada, mientras usted resuella y se sacude el sudor, lo pica algún insecto que incluso le puede inutilizar el brazo o la pierna si no va rápidamente al médico. En el Vallecito verá a Modesto Corrales. A los 14  años lo picó una mosca mexicana; se rascó, le brotó una burbujita parecida a la roncha de un mosquito. Y luego fiebre alta, hinchazón, una llaga. Al año y medio sanó y le quedó una cicatriz feísima, como la costura de un saco de azúcar, en el brazo cerca del pulso.

Pero hoy, a los 73, Modesto vive todavía con su mano izquierda tiesa, inservible, jorobada como una escuadra de carpintero o como gancho de carnicería. Un turista mexicano me dijo hace poquito que esa mosca, que no es propia de Cuba, es posible que llegue en las patas de la paloma aliblanca al migrar hacia Guanahacabibes junto con 90 especies más de pájaros. En México curan la picada con hojas de tabaco machacadas. Aquí, los médicos de hoy abren la picadura con sus cuchillas y sacan todo el tejido dañado. Si no Cheché Rey y Matilde y Rosa Cordero hubieran perdido también uno de sus brazos... Y cualquiera perdería la vista si, luego de tocar el árbol del pini piní, o el pinipiniche, y mojarse las manos con su savia, se frotara los ojos...  O sufriría una reacción alérgica, hinchándose, si se acomodara a la sombra de una mata de guao, que suelta pelusitas casi invisibles...

En ese monte tan enemigo descansan los tesoros. Y aunque nunca se ha sabido cómo el oriental averiguó el derrotero de sus minas, algunos dicen que reciben la comunicación en sueños. A un amigo mío, de nombre Daniel Borrego, que le llamaban Martí, le estuvieron confesando durante tres años los enigmas de un tesoro. En ciertas noches, cuando Daniel se acostaba, lo poseía como un embeleso. Una vez se le apareció la tripulación de un barco y el capitán lo conminó: ¡vamos! Y lo llevaron a un lugar de la costa sur que Daniel en su sueño identificó como la caleta del Piojo, por su arena blanca formando una herradura entre dos puntas de diente de perro, y detrás un uveral. El jefe de aquellos hombres le ordenaba: ¡escarba, escarba! Pero Daniel no escarbateaba.

Mucho tiempo después vinieron unos americanos. Partieron del puerto de la Fe, que está en el norte y hacia el este de la península; se bajaron en Bolondrón, embarcadero por donde los leñadores del Cabo enviaban a los pueblos madera y carbón llevándolos a la costa en un cuche, ese ferrocarril estrecho, movido a mano, tirado sobre el agua y las piedras. Caminaron hacia el sur como unos cuatro kilómetros, hasta mi casa, y caminaron luego otros cuatro para llegar a la caleta del Piojo. Los americanos habían venido con un negrito espiritista o santero, no sé, que con sus intuiciones los guíaba. Rompieron las lajas de la costa para cavar y, de pronto, como si un viento malo los hubiera enloquecido, empezaron un tiroteo entre ellos mismos, y todos se desparramaron con tanto miedo que les resultó una pesadilla el hallar calma y reagruparse para irse de aquel lugar maldito. El espíritu del muerto, al parecer, los azuzó a la pelea. Esa mina no era para ellos.

El tesoro de la Catedral de Mérida ha sido buscado, rebuscado, y nadie ha podido encontrarlo. Lo enterraron en Los Morros. Y aseguran que para rastrear el punto exacto, hay que abordar una embarcación y desde el mar ubicar una cruz pintada sobre una roca. Debajo está un crucifijo. Un metro y pico de oro macizo y otras locuras. Muchos han vagado mirando hasta con anteojos, pero la pintura de la señal se empañó con el tiempo o es pintura invisible que sólo podrá ver aquel a quien el pirata que la robó quiera beneficiar mediante un manifiesto. Aunque estoy sospechando que el tesoro de Mérida, o la mina de cabo Corrientes como también lo conocen, no está en el sitio donde tanto se comenta.

Me he enterado de que hace años, cuando todavía se entraba por el mar, el cura de Guane registró en las cercanías de la playa de Perjuicio. Nunca, que yo recuerde, un cura entró en El Cabo para predicar. Tal vez hubiéramos sido distintos. Ahora bien, la Iglesia, que tiene una sabiduría muy vieja, podría estar interesada en ese enterramiento, porque de cualquier manera que veamos el problema esas riquezas las sacaron de un templo, y  tal vez el cura averiguó algo más y puede ser que el tesoro esté  por ese otro lugar y no por donde se afirma con tanta certeza. Aunque hoy se está diciendo que lo escondieron en Las Persipinas, cerca de cabo Corrientes, hacia el farito automático.

Pero en eso de minas no hay palabra cierta, firme. Existe mucha gente interesada en comentar lo que cree u ocultar lo que sabe. Yo me sé cuatro historias distintas del tesoro de la Catedral de Mérida. Pero la más aceptable es esa que cuenta que los españoles quisieron guardar toda esa riqueza en La Habana, que en el siglo XVIII era la ciudad más fortificada de América. En el barco Princesa de Toledo  embarcaron 640 libras de oro en barras, veinte botijas de barro rebosantes de monedas de oro,  muchos candelabros y la corona de la Virgen. Y el crucifijo. Todos de oro también. Avistando El Cabo, varias embarcaciones  inglesas empezaron a perseguir a la nave. Ya achicaban la distancia cuando el capitán español comprendió que jamás tocaría a La Habana con el tesoro. Desembarcó en el litoral sur de Guanahacabibes, próximo a  cabo Corrientes. Y bajó aquella riqueza. La escondió en el monte. Y siguió viaje pensando volver en momento más oportuno. Pero no entró jamás en  puerto. Desapareció en lo que le faltaba de la travesía, quizás bajo la venganza de los piratas, que quisieron así compensar la inutilidad de su ataque.

DIATRIBA CONTRA LOS LUGARES COMUNES

DIATRIBA CONTRA LOS LUGARES COMUNES

 Luis Sexto

El estilo en el periodismo

Encarecida y exigida por el ejercicio del periodismo, la claridad deriva hacia las oscuridades sintomáticas del vacío. Se ha extraviado por momentos entre los remos de los lugares comunes. Y a su transparencia estilística –requisito insoslayable de los textos informativos- le ocurre lo que a ese cuadro que, según una anécdota a mi parecer apócrifa, colgó el gran Leonardo en una plaza de Florencia con este letrero: “Todo el que le encuentre un defecto que lo corrija.”  Al atardecer, no había cuadro: solo una mancha de pintura.

Pongamos las cosas más en claro. El lugar común compone un recurso millonariamente visitado con el cual se resuelven todas las urgencias de la redacción. Equivale a las “letras de caja” que, cuando la tipografía se “paraba” en plomo y se imprimía directamente, resolvían las urgencias del cierre en el taller. Habitualmente, con ellas los cajistas componían los titulares. Todo se reducía a abrir una o varias gavetas y seleccionar los tipos prefabricados. 

Hoy, a pesar de la digitalización y el consiguiente desmedro de la máquina de escribir, el bolígrafo y el papel, uno no redacta mejor. Tal vez más rápidamente. Pero el oficio periodístico, el solitario acto de escribir una cuartilla clara, concisa e interesante, con cuatro o cinco datos básicos, consiste a veces en hilvanar frases de caja. Como si la claridad y la originalidad se repudiaran.

La guerra contra los lugares comunes no es reciente. Los tratadistas del estilo periodístico siempre han condenado el abuso del estereotipo. Contemporáneamente, Umberto Eco ha puesto su lucidez a meditar sobre la prensa. Y en Cinco escritos morales (Ed. Lumen, 2000) descubre que la prensa italiana ha evolucionado hacia un lenguaje críptico pretendiendo hacerse entender por la gente. El semiólogo italiano encargó a sus alumnos una encuesta para comprobarlo. Y “en un solo artículo del Corriere del 11 de enero de 1995”, la indagatoria contabilizó “la siguiente lista de frases hechas: ‘La esperanza es lo último que se pierde’, ‘Estamos en un callejón sin salida’, ‘Dini anuncia sangre, sudor y lágrimas’, ‘El presidente está en pie de guerra’, ‘Lo han hecho tarde, mal y nunca’, ‘Pannela pone el dedo en la llaga’, ‘El tiempo aprieta, ya no pueden doler prendas’, ‘Habremos perdido nuestra batalla’, ‘Estamos con el agua al cuello’.”

De acuerdo con Eco, en la Repubblica del 28 de diciembre de 1998 aparecieron otras: ‘”Hay que nadar y guardar la ropa”, “Quien mucho abarca poco aprieta”, “De los amigos me salve Dios”, “Lo hecho, hecho está”, “Mala hierba nunca muere”, “Volvamos al buen camino”, El índice de audiencia se ha desplomado”, “Perder el hilo del discurso”, “Abrir los ojos”, “Sale malparado”…  “No se trata de un periódico –apostilla el autor de El nombre de la rosa-, se trata de un refranero.”

Uno, recordando sus lecturas en periódicos cubanos, podría enriquecer la lista. Y así anotaría: “Se fundieron en un abrazo”, “Rendirán merecido homenaje”, “Las jornadas a pie de obra”, “Los parámetros de eficiencia”, “Ha demostrado con creces”, “Tocó a su puerta”,  “La calidad requerida”, “Los retos que hay que enfrentar”, “El futuro luminoso”, ”Un pasado que no volverá”,  “Revolviéndose en su tumba”, “Una ventana al mundo”, “La dulce gramínea”,  “El más joven relevo”… Y mil más con parejo cansancio.

La claridad y la frase hecha sí suelen repelerse. El  estereotipo, en primer término, acusa la carencia de originalidad y una sobredosis de facilismo, además de manifestar un menosprecio a las posibilidades estilísticas del enunciado periodístico. Desde el punto de vista de la claridad –condición dominante de lo periodístico- los lugares comunes tienden a diluir el significado de las palabras de modo que,  en lo que intentaba ser claro, anochece. Existe una óptica vivencial, práctica, que establece que lo excesivamente exterior no se ve, es decir, lo más oculto es aquello que, estando a la vista, se confunde en el orden de  la rutina visual. Y por ello la frase hecha, que presume de ser clara y comprensible para todos, tiende a perder expresividad, capacidad de sugerencia, hasta  nulificarse en un código ocultista.

Veamos este párrafo, escrito con el rimero de lugares comunes al uso en la prensa cubana:

 

Los trabajadores de la Brigada 25 del Sindicato de Comercio y Gastronomía materializaron ayer un sueño largamente acariciado, cuando completaron en menos de quince días el millón de arrobas de la dulce gramínea, base de la economía cubana, y cuyos tallos serán convertido en azúcar con la calidad requerida, mediante el espíritu de vanguardia que hace a los azucareros del CAI Melanio Hernández enfrentar los retos de un futuro luminoso, como insomnes centinelas del bienestar del pueblo. Esta histórica victoria en la actual contienda repercutirá en los parámetros de eficiencia que tienen que distinguir a nuestra primera industria. Tras del arribo al millón, los trabajadores, agrupados, cantaron las notas de nuestro Himno Nacional y luego todos se fundieron en un abrazo.

 

¿Qué dice? Todo y nada. Mucho y poco. El exceso de estereotipos, de automatismos estilísticos, lo convierte en un párrafo comprensiblemente vacuo. Pretende decir algo, pero el encapsulamiento de las ideas en patrones archiutilizados deja un regusto de insustancialidad informativa. Ocultos permanecen, entre tanta evidencia inexpresiva, los valores más significativos de la noticia.

Dicho con rotundez: Así uno escribirá fácilmente.  Pero mal.

Habrá que recordar, pues, que el periodismo es una formación abierta. Pluriestilística.  Y su función de informar y comentar la actualidad, lo enyuga a la necesidad de solicitar empréstitos léxicos y tropológicos de otras estilos con el propósito de encontrar un lenguaje estándar, generalmente comprensible. Pero sus límites no implican limitaciones. Todo lo contrario. Su compromiso de construir enunciados, además de claros, interesantes, lo impele a pedir prestado  a la función estética de la literatura. ¿Quién podrá defender que en la prensa solo importa lo qué se dice y no el cómo se dice? Prensa aburrida, sin creatividad, poco influirá en los receptores. El equilibrio entre lo significativo y lo expresivo asegura, en cambio, la atención.

Permítanme resumir. Lo desmesuradamente claro, lo absolutamente comprensible, directo, a veces resulta empobrecedor. Uno ha de tener en cuenta que el pensamiento y su expresión lingüística –en particular la expresión periodística- parten de la acumulación histórica de la cultura, y una de cuyas premisas, según el decir de Horacio, es la claridad (hablamos y escribimos para ser entendidos).  Pero también es primordial el enriquecimiento sensible de lo enunciado. Hablar o escribir con cincuenta palabras o cincuenta imágenes que todos comprendan, equivaldría a proscribir, con el tiempo, el pensamiento y la lengua.  Y, sobre todo,  la claridad.

Al final solo se oirá o se leerá una mancha de pintura.