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PATRIA Y HUMANIDAD

ADIÓS, TORBELLINO DE GRACIA

ADIÓS, TORBELLINO DE GRACIA

 

Palabras del actor y escritor  Carlos Padrón en el sepelio de Asenneh Rodríguez , cementerio de Colón, La Habana, 5 de agosto de 2013

Fallecida a los 79 años el  4 de agosto, la  célebre actriz era una de las figuras que encarnan  un capítulo de excelencia en el teatro, la radio y la televisión de Cuba

 Querida Asenneh:

Aquella mañana en que llegaste, casi de la mano de tu madre, a la emisora 1010, traías ya ese duende que vivió en ti en ti todo este maravilloso tiempo.

En estos benditos, pero también difíciles años, no faltaron, tú y tu duende, a ninguna pequeña o grande cita con el arte, a ningún enfrentamiento con lo desconocido o lo desmesurado; tampoco a uno solo de los urgentes reclamos de la Patria.

Fuiste maestra en expresar las esencias de lo cubano, los anhelos de mujeres y hombres humildes, en su tiempo de desheredados y en su tiempo de libertad para luchar por una sociedad mejor. Siempre con esa sandunga tuya, Asenneh, tú y tu duende, tu duende y tú.

Así, poseedora del don de la cubanía, entraste a tantos corazones, tocaste a la puerta de tantas almas -necesitadas del disfrute del misterio de lo real que se convierte en hermosura, de lo feo que se transmuta en arte-  ávidas de mucho amor y de una pizca de fantasía.

Por eso, siempre iluminada por tu duende, brillaste en el teatro, el cabaret, la radio, la televisión y el cine.

Así lograste concitar la risa y la reflexión, y acariciar los sentimientos de un pueblo que te conoce y te admira, en cada pequeño y grande espacio de esta tu isla de las luces.

Así pudimos también disfrutarte tus amigos y compañeros más cercanos, quienes sabremos guardar el secreto de que tu última voluntad fue legarnos tu dichoso duende.

Un beso de amor para ti, viajera incesante, mensajera del sol del Caribe.

Adiós, fierecilla; adiós, torbellino de gracia.

Hasta siempre, Asenneh.

Recibe el último y más sentido de los aplausos.

 

CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICÍACO

CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICÍACO

POR G.K. CHESTERTON

Quizás a muchos nos interese conocer los secretos detectivescos del autor de El hombre que fue jueves

Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. La verdad es que me asombra que el título de este articulo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. Se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad. Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo esta frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos.

Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia.

En cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. Es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector.
Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. Pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.
Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es "Resplandor plateado" ("Silver Blaze").

El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor esta ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución.
En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, "Resplandor plateado". Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el graveproblema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo lo asesinó.

Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.

Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay autentica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.

El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del medico? Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿Porque el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?. El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué esta haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado?
Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por las segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector.

Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.

UNA BOMBA ATÓMICA PARA UNA CIUDAD DE PAJA

UNA BOMBA ATÓMICA PARA UNA CIUDAD DE PAJA

 Hace uno o dos años, publiqué  este post. Registrando el archivo,  volví a leer los comentarios, y en casi todos, los foristas justificaban el bombardeo atómico de Hiroshima el 6 de agosto  de 1945, y el de Nagasaki tres días después.  Argumentaban que Estados Unidos tenía derecho hacerlo, es decir, a matar a miles y miles de civiles, con la prueba en vivo de las dos primeras bombas atómicas de la historia, porque  los japoneses  habían bombardeado  a Pearl Harbor primeramente, para empezar la guerra. Olvidan, sin embargo, que Pearl Harbor era una base militar. También algunos se referían a los misiles soviéticos emplazados en Cuba y preguntaban quién había sido el primero en atacar: Cuba o los Estados Unidos. A  los comentaristas, refugiados en seudónimos, les parecía que  al Cuba permitir, para su defensa, el emplazamiento de cohetes nucleares en su territorio, había atacado primero. Claro, no olvidemos que la crónica política que proviene de los enemigos de la revolución cubana, no tiene en cuenta la verdad.  Los cohetes vinieron a Cuba en 1962. En cambio, la invasión de Playa Girón, con mercenarios reclutados, entrenados y pagados por el gobierno de Kennedy, ocurrió en 1961. Entonces, quién atacó primero. También, en una misma sarta de lugares comunes, repetida hasta la indigestión, justificaban el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki con la invasión soviética a Hungría, las purgas de Stalin etcétera, etcétera. Pero ni una palabra sobre la guerra en Vietnam, el agente naranja, y la destrucción de irak buscando armas de exterminio masivo que no existían. Hoy reproduzco nuevamente el testimonio del jesuita padre Pedro Arrupe, que llego a ser general de la Compañía de Jesús, y que el 6 de agosto de 1945 era superior del noviciado de Hiroshima, situado a seis kilómetros de la ciudad.  La distancia los salvó. Como nuevo aporte, en el cuerpo del texto reproduzco también palabras del presidente Harry S. Truman. Luis Sexto 

Había guerra. Pero Hiroshima sólo se enteraba por la llegada de tropas del frente o por su salida en barcos hacia los escenarios bélicos. Las sirenas  solían aullar inútilmente, en particular al amanecer sobre las 5 y 20, cuando un B-29 interrumpía el sueño de la ciudad en un vuelo que más bien parecía pasar con la costumbre de una ruta comercial. Era “El correo americano”. Así lo apellidó el pueblo, habituado a oírlo  como en un trueno lejano sin que el aire trajera el olor de las tormentas.

Desde lo alto podía observarse que en la ciudad apenas había fábricas y sólo varios edificios sólidos y altos en el centro. A partir del palacio de la exposición industrial, se extendían las edificaciones típicamente japonesas de una y dos plantas, construidas de madera, caña, cartón, papel y paja de arroz.

El 6 de agosto de 1945 también había volado el “Correo”. El sonido de otra superfortaleza volante a las 7 y 55 tampoco avivó la suspicacia. Hiroshima nunca antes había sido estimada en la estrategia operativa del mando estadounidense. Las flotillas de  hasta 200 aparatos  volaban cerca y proseguían  hacia focos urbanos como Kure, Kobe, Osaka, Tokio, donde las fábricas pintaban de negro el cielo mientras producían armamentos.

En Hiroshima, las decenas de maestros doctorados en las ceremonias del té, cuyos cursos podrían alargarse hasta tres años, y los expertos en la escritura con pincel y tinta china comenzaban sus clases. Los obreros emprendían en bicicleta el viaje hacia el trabajo. En Nagatsuka, a seis kilómetros del núcleo central de la ciudad, el rector del noviciado de la Compañía de Jesús, Pedro Arrupe, conversaba en su despacho…

Arriba, en contra de la monotonía habitual, las tripulaciones de cuatro aparatos quebraron la usual bitácora de vuelo. Ya no se limitaron a mirar hacia abajo a aquella ciudad plana como una alfombra, desde donde no se empinaba ninguna hostilidad. Transcurría para ellos el Día D. Hoy caerá en menos de un cuarto de hora una insólita, nueva arma. Los norteamericanos la llamaban “bomba atómica”, refiriéndose a un concepto físico y militar todavía pronunciado lentamente, como si masticaran una carne o una pasta desconocidas. Los sobrevivientes del bombardeo la nombrarán pronto, en japonés, Pikadón: pika, relámpago; don, estruendo.

En la Casa Blanca, el 25 de julio, el presidente Truman había escrito en su diario: “Hemos descubierto la bomba más terrible en la historia del mundo… Esta arma será utilizada contra Japón… La emplearemos de manera que objetivos militares y soldados y marineros sean el blanco y no mujeres y niños. Incluso si los japoneses son salvajes, implacables, despiadados y fanáticos, nosotros como líderes del mundo por el bienestar común no podemos lanzar esa terrible bomba sobre la antigua capital o la nueva (…) El objetivo será puramente militar. Parece ser la cosa más terrible jamás descubierta, pero puede ser convertida en la más útil.”

Mediante las investigaciones de un equipo de científicos, dirigidos por el físico Robert Oppenheimer, los norteamericanos se habían adelantado a la Alemania de Hitler en el uso militar del átomo, y adquirían sobre todo esa arma irresistible y secreta que, según el profesor de la Sorbona André Kaspi,  había compuesto los sueños de Franklin Delano Roosevelt.  Tanto se afanaba el presidente demócrata por fabricar “un arma secreta” que incluso subvencionó investigaciones de sustancias tóxicas capaces de generar enfermedades como el ántrax o el botulismo. Roosevelt, de acuerdo con Henry Stinson, secretario de Estado de Guerra, “hablaba conmigo (...) de su absoluta conciencia de la potencia catastrófica de nuestro trabajo. Pero había que llevarlo hasta el final. Nunca calló su satisfacción por esta arma secreta, construida bajo el rubro de Operación Manhattan, ni amenguó su deseo de que los Estados Unidos conservaran el monopolio atómico”.

 

EL PEQUEÑO NIÑO

La flotilla había despegado de Timán, Islas Marianas. Los tripulantes aprendieron los ejercicios de esa misión sellada con el top secret del gobierno, en la base aérea  de San Antonio de los Baños, en Cuba,  que entonces era un campo de experimentación de los Estados Unidos. Una nave  de observación meteorológica encabezaba la formación y dos aviones de reconocimiento la flanqueaban. En el medio, un B-29, bautizado como Enola Gay. A las seis horas avistaron tierra japonesa. A las 8 y 15, hora de Hiroshima, las compuertas del bombardero se abrieron, y una bomba de cuatro y media toneladas, con el ingenuo sobrenombre de Litle boy, se abatió sobre la ciudad, confiada en aquella rara suerte de quedar detrás de la aviación norteamericana.

AL OTRO LADO DEL FUEGO 

A las 7 y 55 de la mañana las alarmas repitieron las advertencias rituales de que aviones enemigos se acercaban. Cuantos miraron al cielo vieron muy alto un B-29. Luego, a las 8 y 10 la alarma recomendó la distensión de los pocos que se habían inquietado. Transcurrieron apenas cinco minutos cuando un fogonazo, como si se hubiese oprimido el obturador de una cámara con flash de magnesio, pintó de luz el espacio.

El padre Arrupe  se levantó de su silla rectoral en el noviciado de Nagatsuka. Se acercó a la ventana. Y entonces “un mugido sordo y continuado, más como una catarata que a lo lejos rompe, que como una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta nosotros con una fuerza aterradora”.

La casa tembló como manos con el mal de Parkison. Los cristales, al fragmentarse, semejaron el toque de campanas tocando sólo una vez a muerto. Los tabiques de barro y caña se pulverizaron. Y las personas cayeron al suelo.

Minutos después, calma. El Padre Arrupe se incorporó y tras averiguar si  los novicios y el resto de la comunidad estaban indemnes, comenzó a buscar en el jardín, junto con otros hermanos, el cráter de aquella bomba. Pero no lo encontraron. Fueron entonces a la cima de la colina para alcanzar mayor espacio visual. Y ante aquella visión increíble y cierta a la par, los padres recurrieron a la historia para explicarla: ¡Pompeya arde nuevamente! Ante ellos se explayaba, humeante sobre el suelo calcinado, lo que hasta hacía unos minutos era la ciudad de Hiroshima. En pie, sólo el nueve por ciento de los edificios, jirones de aquella ciudad con más de 400 000 habitantes. A lo lejos se vislumbraba la cúpula de la exposición industrial, que hoy, conservada, se le conoce como la Cúpula Atómica. Lo demás ardía. Más de 200 000 víctimas en una ciudad de paja.

El Padre Arrupe tardó cinco horas en penetrar: Hiroshima se había convertido en una cicatriz por el fuego blanco de la bomba atómica. Su antigua profesión de médico le sirvió para aplicar las primeras curas, con agua boricada, a muchos de  los sobrevivientes. Los detalles dantescos de la primera explosión nuclear genocida, los contó en un capítulo de sus memorias como misionero en Japón. Tuvo el privilegio, o la faena sagrada, de sobrevivir para atestiguar sobre aquel Apocalipsis. Figurémonos que entrevistamos a este cura español que fue, a principios de los años 60, Padre General de la Compañía de Jesús.

-¿Fue necesaria la bomba atómica?

-“Militarmente Hiroshima tenía un valor innegable. No era una ciudad que bordase cielos con el humo bélico de factorías guerreras, pero era un puerto militar de embarque y desembarque de tropas. Pero América se preocupaba mucho más de las máquinas que de los soldados japoneses. Y estaba en lo cierto. Japón se rindió con su ejército intacto, porque le falló la industria con que hacerlo eficaz.”

-¿De aquella experiencia que no podrá olvidar jamás?

-Los “gritos desgarradores que cruzaban el aire como los ecos de un inmenso aullido. Porque aquellas gargantas, destrozadas por el esfuerzo de muchas horas pidiendo auxilio, emitían unos sonidos roncos que nada tenían de humano. Y clavándose en el alma, mucho más honda que cualquier otra pena,  la que se experimentaba al ver a los niños deshechos, agonizantes, abandonados y sintiendo sobre sí todo el peso de su propia impotencia”.

-¿Necesitaban, Padre, morir?

-“No habían merecido ser víctimas de la guerra (...) estaban purgando pecados ajenos”.

DESDE EL BOMBARDERO

Tres días más tarde, el 9 de agosto, el coronel Paul W. Tilbets, piloto del Enola Gay, relataba a los lectores del diario francés Le Monde el episodio más original de su carrera de aviador. Compongamos una escueta entrevista para  ordenar sus declaraciones:

-¿Visibilidad?

-Excelente.

-¿Resistencia por parte del enemigo?

-Ninguna.

-¿Dificultad para maniobrar? Ninguna. “...Arrojamos la bomba sin usar los instrumentos de abordo.”

-¿Sabía la tripulación qué tipo de arma portaba  la nave?

-Claro. “...Cuando la lanzamos sabíamos que habíamos desencadenado un infierno, y por ello  mientras la bomba caía alejé el avión todo lo posible del centro de la explosión. Es difícil imaginar lo que vimos después: aquel cegador fulgor, aquella aterradora masa de humo negro que subía hacia nosotros a una velocidad extraordinaria, después de haber cubierto toda la ciudad, cuyas calles y grandes inmuebles podíamos aún distinguir unos instantes antes.”

     Ese mismo día, el presidente Truman se irguió ante  los micrófonos.  Y comenzó a leer  un discurso a la nación. En bares, calles, casas, automóviles, Estados Unidos escuchaba la radio. No sabemos si algún estadounidense creyente y generoso rezó una plegaria por las víctimas. Tampoco consta que otro, estupefacto, haya comentado: Qué hemos hecho; perdónanos, Señor. Mientras, el presidente decía: “El mundo notará que la primera bomba atómica fue lanzada contra  Hiroshima, una base militar. Fue porque deseamos evitar, en este primer ataque, en la medida de lo posible, la muerte de civiles…”

Ese mismo día, Nagasaki ya tenía inscrito su destino en otra  carta de vuelo…



 

MI PRIMER ENCUENTRO CON CARILDA

MI PRIMER ENCUENTRO CON CARILDA

 

Luis Sexto

El 12 de julio de 1987, la revista Bohemia publicó esta entrevista con la autora de Al sur de mi garganta. A pesar de mi impericia, el genio de la poetisa supo echarme la mano para que hoy, 26 años después, me parezca útil reproducirla

El portón y los ventanales están casi siempre cerrados, y ante la madera y los herrajes coloniales el transeúnte ocasional percibe una atmósfera de misterio en la casa de la calzada de Tirry 81- en Matanzas- donde parece que sólo hubo vida en época remota cuando alguna señora salía a la puerta a comprar verduras y quizá una niña asomaba unos ojos asombrados por entre altos barrotes.

Son apariencias. Porque allí, aunque el amor mantiene en el aire los olores del pasado, sigue habitando la vida, la ilusión y, sobre todo, la poesía.

Es la casa de Carilda Oliver Labra, mujer sola, rodeada, sin embargo, por la presencia innumerable y distante de los lectores de sus libros: autora de tumultuosos poemas eróticos, suaves estrofas de evocación familiar y enardecidos versos políticos.

Demoró en abrirme. La casa es amplia, profunda. Y mis toques tardaron en llegar a las habitaciones del fondo, más allá de un breve patio florecido por donde penetra un cuadrado de sol.

Intensas pupilas verdes. Rostro rejuvenecido por la sonrisa. La miré mientras le explicaba que pretendía oír –y revelar- sus secretos, si es que guarda alguno porque –dije- los poetas no tienen secretos: todos  los fijan en poemas que son como periódicos unipersonales. Ella, modificando mis propósitos, accedió a compartir parte de sus meditaciones…

HE VIVIDO MÁS DE LOS QUE HE LEÍDO

- Usted –recordé- dice en un verso: “Qué bueno que mi desesperación fuese prestada/ que yo viviera de libros”. ¿Puede un poeta vivir de libros?

- Un poeta que se aparte de la vida y en vez de lanzarse a la calle y recoger en esencia misma las motivaciones de lo cotidiano y real, se nutra únicamente de libros alcanzará a ser un actor libresco, apoyado en experiencias ajenas, en hechos que ya fueron recreados a través de intelectos diferentes y que, al ofrecerse de nuevo en otro parto artístico, no poseerán esa chispa genuina, ese hálito de autenticidad que laten en la verdadera obra de los creadores.

- ¿Hasta dónde, pues, son necesarios los libros?

- Si fuéramos a fijar en términos matemáticos la respuesta, siguiendo, desde luego, mi personal circunstancia, los libros sólo serían necesarios en un treinta por ciento, mientras que la experiencia vital no podría limitarse a menos del setenta por ciento. Podemos escribir sin haber leído, pero no sin haber vivido, aunque dudo mucho de la calidad del producto en ambos casos. Las dos condiciones son indispensables. En cuanto a mí, afirmaría que he vivido más de lo que he leído.

- En la última décima de su poema dedicado al asalto al cuartel Goicuría, en abril de 1956, usted increpa al verso, al poema, diciéndole: “Tienes que hacer muchas cosas”. Explique qué cosas tiene que hacer la poesía en el mundo?

Alzó la vista hacia las vigas del techo. Permaneció unos instantes como arrobada.

- Decir la verdad, alabar y crear lo bello, contribuir al gozo intelectual, aliarnos a otros hombres, denunciar la injusticia, enriquecer la vida misma. En una época como aquella, bajo la tiranía de Batista, la poesía tuvo que convertirse en clarín, pólvora, rayo…

NO PODER DESLINDAR POESÍA DE PANFLETO

- ¿Cuáles son, a propósito, los riesgos cuando se canta a hechos y figuras políticos?

- Aunque trasparente sinceridad, el poeta siempre podrá parecer inmediatizado, parcial, partidista a juicio de sus enemigos. Afronta también otro peligro, inherente a la creación comprometida: no poder deslindar, a veces, la verdadera poesía del mal panfleto. Es un género difícil, y tanto lo es que existen muy pocos poetas políticos grandes. Y aún estos, con señaladas excepciones, no lograron en varias de sus piezas políticas la misma eficiencia artística que en el resto de su obra.

- Pero ¿podría ser válida una obra poética que evada los temas políticos y sociales…?

- Una obra así será parcialmente válida. Esos temas no son más que la prolongación de nuestra propia individualidad. Ocuparse de uno mismo y no de otros es casi imposible en la creación artística. Ello la haría subjetiva, ensimismada, egoísta.

“Ahora – prosiguió- el creador lucha por conquistas imprescindibles para la superación del hombre, y se le ve en tareas que en vez de limitar su don lo fecundan y vivifican. Los escritores en su mayoría están dando una batalla por el desarme y la paz del mundo. Y ello es más provechoso que cantarle a una puesta de sol. Claro, no hay que excluir el cultivo de la cuerda íntima. Pero un poeta no estará justificado si se pone a cantarle a una rosa cuando su gente y su tierra sufren una catástrofe natural, o las calamidades de una tiranía, o cualquier otro dolor colectivo”.

Se detuvo. Oímos el tímido maullido de un gato. Poco después el animal entró en la sala. Carilda lo miró con ternura.

Yo pregunté intentando colocar algunas espinas en el interrogatorio.

- ¿Y para usted en qué parte de su obra radica lo mejor?

- La respuesta es ardua… máxime cuando nada de lo que he escrito me dejó complacida. No voy a citarle determinados textos. Diría que la zona de mi obra en la cual considero que está lo más acertado, es aquella abarcadora de los poemas en los que, al tratar de expresar el amor erótico, el amor de la pareja, lo integro al amor por todos, al amor universal. La poesía pasa entonces de goce estético a ser una ofrenda colectiva.

LA BUENA DÉCIMA ES UN MILAGRO

- Usted utiliza con frecuencia la décima, ¿no se siente disminuida al emplear una forma tan usada incluso por quienes no son poetas?

-¿Disminuida? Me enaltece la décima. Aunque de origen español, es la estrofa predilecta de nuestro pueblo. En la actualidad tenemos decimistas muy felices. Desde luego, es difícil. O sea, al componerla podemos pecar de facilistas, de amanerados: lindar con la vulgaridad, o, por el contrario, resentirse de frialdad, de rigidez, de pérdida de frescura si nos esforzamos demasiado en depurarla.

“Una décima será perfecta – añadió- si a pesar de tener un encabalgamiento no lo parece: si es una gota de música y, a la par, una gota de sabiduría, si no se espera, al oírla, la rima como campanada de reloj; si disimula que es décima y a la vez esplende como décima… No sé si me hago entender: la buena décima es un milagro”.

CUBA HACE GUARDIA EN MIS NOCHES

Carilda se levantó. Aplazó con un gesto la próxima pregunta, y trajo una pequeña caja donde supuse que conservaba recuerdos de su existencia ya sexagenaria. Mostró fotografías, que con la crónica gráfica de su belleza. En las imágenes de su juventud noté la mirada de una mujer firme, enérgica, a un paso de transformarse en garra.  Luego sacó medallas: galardones merecidos por su brillantez poética, entre ellos el premio nacional de poesía a su primer libro Al sur de mi garganta, en1949. Para la poetisa ese texto “nació virgen y sin intelectualismos”. Cuando lo escribió – a partir de 1945- sólo tenía 25 años, “y no era culta, no tenía relaciones en el mundo de las letras”. “Era un cuaderno desmañado, aunque puro. En él se incubaba el conversacionalismo, pero yo no lo sabía”.

Le pregunté:

- Heine escribió que el pasado es la patria del alma: ¿podría aplicársele a usted esa definición por su recurrencia a la infancia y al pasado familiar?

- Suscribo en parte la sentencia de Heine. Tuve una niñez feliz y una familia maravillosa. Una aún me llena de fuerza y armonía; la otra, a pesar de que vive lejos de mis ojos, me fulgura por dentro. Ese pasado es, en efectos, la patria de mi alma. Mas, por suerte, no vivo de tales bienes. Está Cuba también acompañándome. Ella es quien hace guardia en mis noches, y me sostiene.

- Dicen que usted es una suerte de noctámbula, que trabaja de noche, ¿qué encantos tiene para usted la noche?

Vi como la malicia de una niña en sus ojos.

- La noche ejerce magia sobre mi. Todos los propósitos para disciplinarme han sido inútiles. Me la paso inventando historietas, fingiendo figuras en las sombras del cuarto, oliendo la albahaca, la dama de noche, el galán que entra por la ventana, interpretando rumores, oyendo grillos inexistentes, y aunque haya ido a la cama temprano termino por levantarme. La noche es cariñosa. Todo ese misterioso mundo, todo ese insondable cosmos, toda esa tiniebla que me sirve de madre, luego se me hace luz dentro.

- ¿Usted busca el poema o le viene espontáneamente; parte de una idea, de una frase?

- Parto de una idea, de una frase o conjunto de frases que aparentemente son sólo frutos de la intuición ya que me asaltan por sorpresa. Pero, si analizamos, son el efecto de una causa, viva desde hace tiempo en nuestro interior. El desarrollo ha sido subconsciente y el primer verso, al nacer, ha servido de chispa reveladora de todo un proceso de contemplación o participación en una experiencia humana. Hay otro modo de escribir: cuando nos proponemos un poema sobre algo que nos interesa, pero no sé por qué el acto de hacer poesía, si es absolutamente volitivo, le quita un poco de magia a la creación. Al menos ese es mi caso.

NO SOY UNA ESCRITORA DISCIPLINADA

-¿Escribe sus poemas de un tirón?

- De un golpe, y no puedo agregarles nada después. Eso sí, vuelvo a releerlos varias veces, en distintos días, y a cada nueva lectura les quito alguna línea hasta llegar a lo más sobrio y económico posible.

-¿Ha estado mucho tiempo sin escribir: digamos, una semana, un mes?

-Frente a grandes cataclismos espirituales estuve muchos meses sin escribir. Cuando toda mi familia abandonó el país, no logré poner una letra en dos años. Cuando perdí a mi esposo, en septiembre de 1981, no pude escribir hasta abril del siguiente año. Entonces, de un tirón, hice un libro dedicado a él: Se me ha perdido un hombre, texto que desarrolla todas las formas de la versificación española.

“No soy una escritora disciplinada: nunca he podido trabajar a diario. Pero cuando llevo tiempo sin hacerlo me consume una desazón extraña, una inconformidad ante todo…”

UN LINDO EJÉRCITO DE PALABRAS

-Usted, por momentos, utiliza en sus poemas frases aparentemente antipoéticas, como esta: “Váyanse a la madre que los parió”. ¿Se percata de que pueden ser una ruptura del lenguaje poético?

-No fueron puestas a propósito: salieron disparadas sin yo poder evitarlas. Me percato muy bien de que, como usted dice, son una especie de ruptura, pero resultaron imprescindibles para dar una exacta dimensión de la violencia e impetuosidad de mis sentimientos. Lo mismo que la plástica y la música colaboran en el instante de la creación poética, es natural que la prosa (o la conversación) venga en ayuda de la poesía cuando esta no se basta a sí misma.

- ¿Y no es un riesgo?

- Es ciento… Sólo en manos inexpertas. Por otra parte, si la poesía precisara de un lenguaje específico, volveríamos al Modernismo. En nuestra época, cuando el hombre se ha arriesgado a todo, muy pobre sería el creador que sólo tuviese en uso un lindo ejército de palabras…”

- ¿Cuáles son sus poetas favoritos?

- No soy muy original: siguen siendo los de la Biblia, Bécquer, Sor Juana Inés de la Cruz, Antonio Machado, Darío, Martí, Gabriela Mistral, Neruda, Vallejo, Rilke y Rimbaud.

- ¿A quiénes lee actualmente?

- A Einstein y los físicos modernos.

¿Broma o verdad? No le pregunté. En el transcurso de la entrevista, Carilda fue a veces lacónica, sentenciosa: a ratos irónica o ingeniosa como cuando quise saber si ella escribía para darse gusto a sí misma y me respondió: “La poesía no es asunto de hablar una consigo misma”. Y cuando pretendí conocer las causas de su residencia estable en Matanzas –fuera de la cual nunca ha podido concebir un verso -, dijo entonces con ánimo de punto y final:

- Porque me tocó nacer en ella. Fue un amor a primera vista.

 

 

MAÑACH, EL SATANIZADO

MAÑACH, EL SATANIZADO

Luis Sexto

En el curso académico que recientemente concluyó, una estudiante de la facultad de comunicación de la Universidad de La Habana, basó su tesis de graduación en Jorge Mañach y la revista de Avance. Durante la investigación previa, me dirigió estas preguntas

1-¿El hecho de que Mañach hubiera recibido su formación académica en tierras foráneas pudo haber incidido en su Periodismo?

Posiblemente, la formación de Mañach en Harvard y en La Sorbona tuvo que ampliar sus límites culturales desde el punto de vista del conocimiento teórico. Tengamos en cuenta, además, que haber residido necesariamente en otros países para estudiar, lo puso en contacto con otras lenguas;  con otra prensa, es decir, con otras formas del hacer periodístico y de entender el estilo del periodismo. Ese intercambio, para un hombre de talento, implica enriquecimiento de la base original. En el  ejemplo de Mañach, cualquier influencia extraña sirvió para mejorar lo propio, más que para modificarlo en esencias.

2-¿Qué características tuvo el periodismo mañachiano en sus inicios?

Lo primero que uno puede apreciar es el cuidado formal. Mañach mostró usualmente su voluntad de estilo, que para él implicaba hacer evidente en sus enunciados lo que Martí llamó “los esmeros de la forma”. Pero, en sus textos primeros, digamos, en la década de 1920, se aprecia, a mi parecer,  cierto amaneramiento de la expresión, como una influencia de un esteticismo todavía no liberado.  También se evidencia apego a viejas formas de la tradición española. En esos años todavía la prosa de Mañach no es cubana. Todavía, como otros autores, escribe en vos, es decir, usa el “voseo”, entonces relativamente común. En ese sentido, Ambrosio Fornet  escribe  apreciaciones muy atinadas en su imprescindible libro En blanco y negro.

3-En los inicios de la década del ´20 Mañach escribe algunos cuentos, y una obra teatral titulada Tiempo Muerto, la cual fue criticada y llamada tiempo perdido. ¿Cómo califica la incursión de Mañach en estos géneros?

Afortunadamente, Mañach renunció al cuento y al teatro, para perdurar en el ensayo y el artículo ensayístico, incluso en la crónica, aunque en este género  el ensayista también muestra su bisturí intelectual. Evoquemos, por ejemplo, a Estampas de San Cristóbal, que para mí son crónicas, acercamiento sensible a cosas, costumbres  y figuras de La Habana, sin transitar por los caminos del costumbrismo. Más bien, junto con el trazo cordial, emotivo, periodístico y literario, asoma el punto fino de la vocación reflexiva. Ahora bien, si carecía del talento del cuentista, ganó el primer premio compartido con Alfonso Hernández Catá –este sí cuentista- en un concurso de la década del 20. La obra se llamó O.P. Y en verdad, el lenguaje es impecable. Incluso plástico. Pero frío. A mi modo de ver, le falta agilidad, adecuación del tono al medio y al lenguaje en la acción narrada. Resumiendo, si su cuento compartió el premio con un cuentista hecho y derecho como Hernández Catá,  no ganó el cuentista: Mañach no lo era.

4-Mañach fue uno de los editores de la Revista de Avance, ¿qué pudo haberle aportado a Mañach pertenecer a la generación vanguardista fundadora de Avance?

Ser uno de los editores de Avance, le aportó a Mañach el crédito de hombre de progreso y promotor de cultura, aunque no haya sido revolucionario en política. Además, le cimentó su crédito como prosista de pensamiento creador y original.

5-¿Qué género periodístico fue el más utilizado por Mañach en la Revista de Avance?

El que le fue, a mi juicio, habitual: el ensayo y el artículo ensayístico. Las ideas que se hacen acompañar de  las calidades del estilo exigen estos géneros.

6-¿Qué temas fueron los más recurridos en su discurso periodístico?

Mañach se define por su vocación social y política. Trató de literatura, de filosofía. Pero su obra se distingue por afrontar los problemas de la política, de  la ética, y los rasgos distintivos de nuestra sociedad en lo caracteriológico. Era, en suma,  un humanista.

7-¿Qué representa el estilo en Mañach? ¿Impuso Mañach un nuevo estilo dentro del Periodismo?

Mañach impuso su estilo, en consonancia con las renovaciones en el siglo XX. Y lo articuló con recursos de la herencia clásica de la lengua y en el renuevo de la vanguardia, pasando por Martí. No podemos obviar, Incluso, la influencia que en su estilo ejerció la Generación del 98. Unos le hallan resonancias de Unamuno. A mi parecer, con quien más tuvo analogías estilísticas y personales, dicho un tanto desde la intuición, fue con Ramiro de Maeztu. Pero ya en los inicios de la década de los 30, Mañach ha renunciado al “voseo”, y ha incorporado a su diccionario términos populares cubanos. Me parece que la colección de artículos publicados en Diario de la Marina en los tres primeros años de esa década, componen la prueba del rumbo definitivo de su estilo periodístico: más fluido, más democrático por cercano, sin que por ello deje de estar influido por un propósito  literario y culto. Mañach es uno de nuestros pioneros en la mezcla de literatura y periodismo. Al leerlo hoy nos parece, pues,  que todavía nos da lecciones de claridad, concisión y brevedad sin apartarse del tino que hace de cada uno de sus enunciados un texto ejemplar por armónico y deleitable, aunque sean profundos o elevados. Quizás, contrariamente, los disfrutemos también desde lo artístico  por profundos y elevados, en plena conjunción entre concepto y forma.

8-¿Pudo haber estado su periodismo en de Avance influenciado por alguna posición ideológica en particular?

Mañach fue hombre de ideas,  de ideología. Incluso, una ideología que osciló por momentos entre la derecha moderada y ciertas tangencias con la izquierda. Pero  heredamos una visión satanizada de Mañach. La polémica literaria y política, expresada candentemente, aunque con brillo,  en aquellos años de los 30 y los 40, incluso los 50, echó sobre el autor de Indagación del choteo una sombra de reaccionario contumaz. Es decir, que la polémica a la que era tan afecto y su ironía a veces tan punzante a pesar de  las finezas  de su estilo, lo cercaron con el (des)prestigio de ser enemigo del pueblo y de Cuba como nación. Transcurrían años muy complicados: Machado, la injerencia norteamericana, la pobreza, el desempleo,  la corrupción política…

En suma, fue un intelectual políticamente muy discutido, sobre todo por polémico. Sin embargo, supo adoptar posiciones de avanzada. Su apoyo a los prisioneros por el asalto al cuartel Moncada, su trabajo como editor de la primera edición de La historia me absolverá y su apoyo durante el primer año de la etapa de liberación nacional de la Revolución de 1959, definen a Mañach como un hombre que supo responder, en momentos cruciales, a las necesidades de Cuba. Y aunque no podemos pasar por alto contradicciones y ambivalencias, es legítimo afirmar –y yo rectifico parte de mis antiguas opiniones-  que si no fue un revolucionario, tampoco un contrarrevolucionario. Su partida a Puerto Rico en 1960 se debió, principalmente, a que se evidenciaba ya la orientación hacia el socialismo y hasta ahí podía llegar el respaldo de Mañach a los cambios revolucionarios dentro de su concepción republicanista.  No debemos ya aceptar, por tanto,  lo que el apasionamiento político de muchos de sus contemporáneos, tan brillantes como él, nos legaron como definitivos en medio de la lucha ideopolítica previa a 1959. Me parece que en ese sentido, el libro de Rigoberto  Segreo y Margarita Segura, titulado: Más allá del mito: Jorge Mañach y la Revolución cubana (Ed.Oriente, 2012), ha venido a esclarecer la historia y la obra del autor de Filosofía del quijotismo.  Este estudio coadyuva en considerable medida a quitar de la vida y la obra de Jorge Mañach los trapos de la demonización. Segreo y Segura demuestran que muchos de cuantos intentamos explicar a Mañach desde la política obramos en algún momento como ecos, como víctimas de una tradición peyorativa. 

9-¿Fue esta una etapa decisiva en la consolidación de Mañach como periodista e intelectual?

En efecto, los años 20 y los 30, etapa también fundamental para el afianzamiento de la identidad y la cultura nacionales, sirvieron para consolidar el crédito de Mañach como periodista, ensayista y polemista, más condenado cuanto más polémico. En esos tiempos, escribió algunos de sus textos definitivos, como Indagación del choteo y su biografía de José Martí, insuperada hasta hoy en sus calidades estilísticas.

10-La vida de Mañach fue un tanto polémica en el campo literario ¿Cuáles fueron las polémicas más importantes de las que fuera protagonista?

Mañach fue polémico como regla. Sus artículos y ensayos parten de problematizar el tema. Sus ideas generaban desacuerdo, y su tendencia pugnazmente reflexiva lo empujó a participar en discusiones políticas y literarias. Famosa la que sostuvo con Raúl Roa sobre Martínez Villena, poeta. También con Lezama Lima. Incluso, por polemizar, lo hizo también con  el jovencísimo Enrique de la Osa, más tarde agudo periodista de Bohemia. Enriquito le tiró el guante. Y Mañach no lo menospreció, sino que le respondió y elogió  su talento y su audacia juvenil.  Podría citar  polémicas sordas. Es decir, las veces que respondía a contradictores que él no mencionaba. Recuerdo el artículo donde se defendía de una acusación de ser enemigo de los cubanos negros. En conclusión, el debate fue el medio natural  donde su obra se integró y creció.

12-Inicialmente, Mañach se mantuvo al margen de la política, pero en la década del ´30 tomó lugar dentro de este ámbito ¿De qué manera se evidencia esto en su periodismo?

Habría, me parece, que puntualizar qué entendemos por política. Si no la consideramos sólo sinónimo de participar en elecciones o en actividades partidistas u ocupar cargos en el gobierno, me parece que Mañach siempre estuvo ligado a la política como actividad ciudadana. Hacia mediados de los 20,  sus glosas en El  País, repletas de cultura, también se mechaban de política, política como expresión de ideas que intentaban conceptualizar a la república. A principios de los 30, sus artículos de La Marina, que en 1939 integraron un libro titulado Pasado Vigente, insistían en explicar el origen de los problemas nacionales de aquella época, o interpretar fenómenos sociales como la bola y la bolita, o el deporte como aspiración trascendente de aquellos años de pobreza. Todo ello, se asentaba sobre una base política, además de sociológica, pero sobre todo con el método del ensayista, esto es, del escritor que piensa sobre aquello de lo cual carece de especialización.

Después, fue ministro, miembro de la asamblea Constituyente en 1940, miembro del Congreso. Esa fue la política de partido y de gobierno. Pero nunca dejó de ejercer su más afilada arma política: el periodismo y el ensayo.

13-¿Su militancia en el partido político ABC fue un factor que incidió en la opinión negativa que en torno a Mañach se conformó?

Su militancia en el ABC ha pretendido definirlo como ultraderechista. Sin embargo, hay que tener en cuenta la verdad histórica. Si en el pasado se tildó al ABC de fascistoide, no parece, según demostró recientemente  el investigador Jorge Domingo, que ese partido tuviera tangencias con el fascismo de Mussolini. Pero, aparte de ello, el militante del ABC fue sucedido por el militante del partido Ortodoxo de Chibás. Es decir, se precisa situar los actos políticos de Mañach como un todo, incluso en circunstancias específicas, considerando lo positivo y lo negativo de sus acciones y sus ideas, y sobre todo el valor exacto de las organizaciones políticas donde militó. De ese modo evitaremos juicios parciales que, como sabemos, carecen de objetividad para determinar una cabal definición .

14-¿Cómo influyó la política en el periodismo mañachiano y viceversa?

Fueron inseparables. Una determina al otro y este a aquella.

15-¿Qué diferencia existe entre el Mañach de Diario de la Marina, Avance y Bohemia?

A mi parecer, visto desde las impresiones, es el mismo Mañach, con algunas adecuaciones mediáticas. Más culto en Avance; más incisivo en La Marina; más extenso y prolijo en Bohemia. Pero en sus textos publicados en cualquiera de esos medios, mantiene la unidad estilística y conceptual que lo distinguió. Obviando las modificaciones normales de un pensamiento en lucha, Mañach sostuvo principios como intelectual orgánico de la burguesía liberal, enraizado en el pensamiento de la independencia y el republicanismo. En algún momento llegó a señalar el daño que los Estados Unidos le causaban a Cuba con la tutela económica y política. No pretendo ahora exonerar a Mañach de los deslices e inconsecuencias que su propia filiación política  y su origen de clase podrían condicionar. Pero juzguémoslo por cómo obró y escribió y no por cómo quisiéramos que haya obrado y escrito. Simplemente, Mañach, con su obra política como periodista y pensador, enriquece el pensamiento nacional y el estilo de nuestra cultura.  Como escritor y periodista, quizás  haya tenido  escasos pariguales después de su muerte en 1961.

16-¿Qué factores pudieron haber incidido en la exclusión de la obra de Mañach después del triunfo revolucionario?

Los factores mencionados. Su postura equilibrada  de derecha frente a la postura de izquierda. Su capacidad polémica y su talento para zaherir al contrincante. Indudablemente, el encono político entre unos y otros fue arrastrado al futuro y lo recibimos como herencia. Muchos se sintieron obligados a combatir a Mañach. Incluso, aun en 1959, escribiendo a favor de la Revolución, fue denostado. Hay autores que son polos de atracción para el dardo y la hostilidad. Tal vez pagó el precio  de ser mucho más que una medianía.

17-¿Ha habido una reinserción de su obra en los últimos años?

Desde hace más de veinte años, las obras de Jorge Mañach se han publicado en Cuba: Martí el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus  ensayos fundamentales. También libros de exégesis que han tratado de hacerlo nuestro, como paradigma de estilo y cultura, a pesar de las injusticias condicionadas por la visión negativa tradicional con que políticamente lo hemos juzgado.  Mañach, ahora, me parece más nuestro, porque nunca dejó de ser cubano en una Cuba necesariamente diversa, pero esencialmente patria de todos.

MIS LÍMITES

MIS LÍMITES

Luis Sexto

 

Mi mundo tiene un límite. ¿Cuál habrá de ser? Y cuál es mi mundo: acaso el espacio donde resido,  trabajo, camino, me recreo, converso…  Ese es  mi mundo de persona natural que rehace sus lindes cada vez que roza la diversidad de micromundos tangentes y que repiten sus circunvoluciones en la bóveda social. Hay, por tanto, un espacio ceñido que implica el convivir. Pero esas no son las líneas que restringen con mayor severidad  las fronteras de cada persona.  Ludwig Wittgenstein define que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

La propuesta del lógico vienés, más tarde nacionalizado británico, sirve dentro de su aforística naturaleza, para deducir diversas líneas de interpretación.  Y me afianzo en lo práctico sin ser empirista como Wittgenstein. Por tanto, los confines del lenguaje ensanchan o reducen el orbe de hablantes y lectores. Cuanto menor número de palabras uno haya aportado a la facultad de hablar, menor la capacidad de leer y entender,  y de hacernos entender fuera del intercambio de la conversación común.  Sin palabras no existe el pensamiento.  El verbo, el logos, la palabra es el  fiat, el hágase del Génesis que configura el pensar otorgándole sentido y comunicación.

Pero la proposición se deja interpretar de manera opuesta.  Y así, el límite de mi mundo  también lo impone el mapa que  mi experiencia delinea mediante el intercambio con paisajes y figuras, en la imprescindible socialización del crecer humanamente. De modo que  esta frase apodíctica de Wittgenstein sugiere también un juego dialéctico entre el sistema de la lengua y la bitácora del vivir. Del vivir sabiendo que en la conjunción de los actos y su tránsito a las palabras, la lengua nos otorga una libertad individual que -ha dicho el lingüista español Viejo Fernández- “es un pilar esencial de nuestras capacidades cognitivas y nuestra proyección ética, el primer punto referencial del pensamiento consciente”.

Y de esas alusiones filosóficas y lingüísticas no paso. Me estaciono entre los linderos movedizos del lenguaje de  los escritores. A más palabras, más dilatado el mundo literario, y mayores facultades para inventar,  precisar, persuadir. Y advirtamos que no implica una gestión perturbadora  nutrir el diccionario personal con otros diccionarios, con otros libros, con voces de arcas repletas. Más bien es el usual aprendizaje. Mi hijo, que se halló de pronto como estudiante en el Politécnico de Milán sin saber italiano, cada noche se dormía oyendo a Umberto Eco por la radio. En menos de seis meses, comprendía y hablaba, y poco después lo escribía de modo que su mundo social y tecnológico se agrandó y consolidó en italiano.

¿Pero sólo el número de palabras y sus combinaciones estilísticas jalonarán  los confines del mundo del escritor? Lo adelanté antes. Si el vocabulario se acrecienta y no se multiplican las vivencias, posiblemente las palabras sobren. A qué o a quién nombrar. Por ello, los límites de mi mundo se relacionan también con los límites de mi vivir. Y parece así que el haber vivido es condición complementaria del imprescindible “ejército de palabras” –sintagma que pertenece a la poetisa Carilda Oliver Labra, en su respuesta a una pregunta mía. La dialéctica entre mundo y palabra puede adoptar el signo de menos o el de más, si  habiendo palabras, escasean las experiencias. ¿Cómo, pues, pensar y construir el enunciado narrativo o el ensayístico sin le evocación concreta que invoque  la concurrencia de las palabras?  La capacidad de fabulación se integra a las experiencias. Cómo habría descrito Colón en su Diario, el  trenzado,  coposo, original paisaje antillano si antes no hubiera viajado por España y otras tierras, aprovisionándose de imágenes y términos que eventualmente le facilitaron las referencias para nombrar por comparación lo que todavía carecía de nombre para el recién llegado.  

El Almirante, así,  llama almadía a la canoa aborigen, y describe las noches tan “temperadas” como en mayo en Andalucía. Por tanto, si la falta de palabras  limitaba el lenguaje del visitante sorprendido por lo diferente, la vivencia previa en otra latitud la suplía mediante recursos estilísticos como la comparación por analogía. Así mismo procedía Marco Polo en Cipango, de acuerdo con Alejandro Cioranescu, en su Colón humanista. A falta de las palabras de la nueva realidad, las viejas palabras del extraño, nuevas para el aborigen. ¿Cómo habrán descrito los taínos a las carabelas?  El mundo nuevo para los europeos, como lo dató Uslar Pietri, ya era viejo para los aborígenes; el viejo de los europeos, nuevo para los habitantes de las Indias. Los empezaría a acercar el nombre de las cosas que, del paralelismo comparativo, derivaría en una correlación en que la lengua intrusa, conquistadora, aunque asumió palabras locales, se tragó la lengua de los vencidos.

Reconozcámoslo un tanto aprisa, aunque después lo meditemos.  En nuestras lecturas  hemos topado con  libros librescos. Es decir, sus autores no han vivido, han refundido lo leído con habilidad literaria. Pero, a mi modo de juzgar, uno  descubre, aun a través de la prosa pulida, la escasez de sustancia. Y echa de menos la sombra del dolor humano, el grito de la tragicidad que acompaña a cualquier acto de hombre, feliz o desgraciado. Apresurarse es comúnmente falla de aprendices que prefieren escribir antes que vivir. Todo, por supuesto, como repetía Alfonso Reyes, depende de la intención. Si pretendes encantar momentáneamente haz fabula sobre fábulas; si en cambio, prefieres surcar el alma del lector, vive, sufre, amásalo todo junto con la cultura. No importa qué sucesos, qué paisajes: todo lo vivido habrá de servir: saber cómo se vadea un río crecido, o cómo se controla un automóvil que resbala sobre el asfalto, o cuánto duele cuando una mujer, la que has amado como el ideal, se va...

Los escritores que en sus libros manifiesten haber vivido captan rápidamente mi confianza. Lo he dicho en otra página: mi escritor predilecto  en los primeros años juveniles fue uno de los Raros de Rubén Darío: León Bloy. Todavía de vez en cuando recurro a sus libros, cuyas páginas se me deshacen a veces entre los dedos: tantas décadas han pasado desde cuando adquirí en una librería de viejo sus Páginas Escogidas, o sus cartas de amor, o La mujer Pobre. El desesperado me lo envió  desde México  sor Ercilia Crugnola, monja salesiana que me conoció en mi niñez. Impreso en papel de lujo, aún lo repaso sin el riesgo de que se desencuaderne.

 Bloy me seducía, y aún lo consigue, porque sufría; sufría por vivir en oposición a la moral vigente en la sociedad burguesa de Francia. En una página de su diario comentó la noticia de alguien que se había suicidado arrojándose desde una ventana. Y apostilló: si me hubiese arrojado al vacío cada vez que me sentí sin fuerzas, desencantado, miserable, las ventanas de París y sus arrabales no me hubiesen alcanzado.  Ese era, pues, mi ideal escritor: el golpeado, el desgastado por haber vivido y peleado.

El lenguaje, pues, se enriquece, se amplia con la lectura o el diccionario. Pero, sin experiencias vitales, sin haber vivido echando a la mochila cuanta experiencia se presentase, las palabras no tendrían qué nombrar convincente y conmovedoramente. Quizás León Bloy haya sido un raro para Darío, porque cada palabra, cada frase, más que una idea, expresaban un fracaso, un furor, un clamor de justicia decantados en el arte literario. Impresión similar me causó Juan Cristóbal. Después del grueso leer, escribí en mi diario de aquellos días inexpertos –también a imitación de mis maestros- que para escribir quisiera sufrir lo inimaginable, quisiera retener en mi nariz el olor de la carne quemada. Quizás exagero. Digerí un tanto indigestamente mis lecturas. Pero quizás los límites de mi mundo vivencial, puedan compensar los límites estrictos de mi lenguaje, hinchándolo de intelectual emoción. El periodismo que preferí cuando ingresé en una redacción  fue el de andar y ver, con el propósito de que cuando escribiese sobre el caminante extraviado que desfallecía por la sed, el autor le salvara la vida porque  en los bosques cubanos, el bejuco de la zarzaparrilla, si lo cortas, gotea agua como de una cantimplora milagrosa.

De esa percepción, podríamos empezar a clasificar los límites. Como en los boxeadores, habrá escritores pesados y ligeros en cuanto al valor ético y literario de sus obras. Dan Brown y  El código Da Vinci  se insertan,  a mi parecer, en lo lúdico; juego que a veces confunde al más inadvertido por sus referentes históricos, filológicos y arqueológicos. Es, usando una categoría paradójica de la crítica actual, “un best seller culto”.  Placer que despega y cae. En cambio, La favela, de María Carolina de Jesús, o Niño de ingenio, de José Lins do Rego, o Cimarrón, de Miguel Barnet, cuando se suben a la báscula, empujan la aguja más allá de la mitad de la esfera. Son pesos completos porque el peso de lo humano y la hondura del detalle local les ensanchan los linderos de un orbe cuya imagen la redondean  palabras que, como decía Wittgenstein, no son la realidad en sí. Son, me parece, la realidad para nosotros, porque el verbo la hace inteligible y expresable.  Y la solidez humana de quien escribe la fija en el ánima del lector.  Pero, tal vez, las numerosas lenguas –la glotodiversidad-  y la pluralidad de escritores e intenciones demuestren lo inútil de todo cuanto he escrito. Careciera de razón si pidiera a  los lectores inscribirse dentro de  mis escuetos límites.

ORIGINALES Y NO COPIAS

Luis Sexto

Comentario difundido por Radio Progreso el 29 de junio próximo pasado en la sección Puntos sobre las íes, a las 7: 30 a m.

Día  a día, en este o aquel  periódico, y en la radio y la televisión, en reuniones y discursos se exhorta al cambio de mentalidad. Es decir, se exhorta al cambio de una mentalidad cuyo rasgo más evidente consiste en construir la vida social y económica mediante fórmulas caducas, completamente inútiles en los tiempos actuales. Esa vieja mentalidad  sigue creyendo  que gobernar o administrar equivale  a ordenar y mandar, o que la mejor manera de vincularse con el pueblo es desde una oficina inaccesible. Esta vieja mentalidad entorpece regularmente el desarrollo de las fuerzas productivas y, por supuesto, distorsiona la aplicación de alguno de los decretos leyes que han abierto  espacios en nuestra economía.

Recientemente, el periódico Granma denunciaba que, en cierto lugar de la región central del país, se mantenían almacenados numerosos motores diesel para  riego de áreas menores. Los productores agrícolas los reclamaban, pero  no se vendían  porque aún, después de seis meses, no se había efectuado la conversión de  precios. Conocido el hecho, ¿podremos esperar que el decreto ley 300, que ha entregado gratuitamente más de un millón de hectáreas ociosas, pueda estimular el trabajo de los usufructuarios de tierras?

Uno puede preguntar para qué sirve un organismo que establezca u adecue  precios, si la demora para hacerlo perjudica al país. Esa es una demora burocrática, un pasar la bola a esta oficina y de ahí saltar a la que está al  lado. En tanto, el tiempo pasa, se produce menos, y la vieja mentalidad continúa viviendo feliz, contenta porque todo está bajo control. Es decir, los equipos siguen en el almacén. 

Parece un chiste. Pero, dicho objetivamente, es muy doloroso que nuestro pueblo haya conservado la esperanza de encontrar las fórmulas que le ayuden a construir un socialismo próspero y, sin embargo, ciertas entidades, a pesar de una aparente desburocratización, continúan detenidas en el tiempo. Como si desafiaran la estrategia hacia la eficiencia y la efectividad de la actualización del modelo económico cubano.

Es más común de lo que uno desea que en ciertos centros de servicios u oficinas de atención al público, ante la desidia, la demora, los trámites excesivos,  algunos pregunten dónde esta el director, dónde está el jefe.  Y el director o el jefe están… están quizás donde no deben estar. El viejo refrán de que el ojo del amo engorda el caballo  debe de ser aplicado  en nuestra sociedad. El director, el jefe, ahí,  ahí presente donde sus ojos controlen el mal servicio, la mala respuesta, la demora, la repetición de trámites.

Concluyendo, no estimo excesivo hacer recordar que para recibir autoridad hay que estar apto intelectual y moralmente, cultural y técnicamente.   El sentido de la responsabilidad es una de las fuerzas morales con las cuales  se puede ejercer efectivamente el poder que hayamos recibido para servir. Sólo para servir.  Según mi  criterio, ya va siendo hora de que el rigor se encargue  habitualmente de seleccionar  a quienes  sean capaces de sentir el peso que sostienen cuando asumen cargos  de dirección. Nuestro país necesita luces y no sombras; originales y no copias.

ENTRE LAS SOMBRAS

ENTRE LAS SOMBRAS

Luis Sexto

Angelina Fantoli me ha perseguido con la insolencia del  espejismo que promete el agua y se disuelve en la arena. Hace quince años intenté leer su traducción al italiano de Mis mejores tiempos, libro de memorias del polígrafo cubano Raimundo Cabrera, y desde entonces la música del nombre persistió en mi oído como un bolero nocturno cuyo autor no se recuerda. ¡Angelina, Angelina Fantoli! ¡Quién eres tú, Angelina!  

No creo haberme enamorado del nombre; ya estoy viejo para esas apuestas fantasmales. Quizás mi interés provenga de la críptica afinidad de dos seres, en un curvo engarce sobre el tiempo y la muerte. ¿La habré conocido a través de una reminiscencia platónica y cuando topé con su nombre Angelina empezó a llamarme, o la habré amado en una de nuestras reencarnaciones, según la candorosa doctrina hinduista? La verdad es más sencilla. Y la contraseña del enigma precisamente se ha posado en la muerte. Mi sensibilidad de lector, que lee además para escribir, se conmovió al conocer la nota de los editores de aquel libro cubano, impreso en París y en italiano. Elogiaban la inteligencia, la preparación y el gusto de Angelina Fantoli, italiana de origen, y lamentaban que su deceso, en La Habana, doblemente trágico por lo prematuro, le hubiera tapiado el placer de apreciar sus empeños intelectuales. Había enviado las cuartillas originales a una editorial de Milán. Y ya fuese porque la Primera Guerra Mundial impidiera la normal travesía del correos, o porque la Casa no quisiera aceptarlas, la traducción apareció en 1921, promovida por “una mano amica”, que así le rendía  homenaje a la traductora recién fallecida. 

A partir de entonces me apliqué con la insistencia de los obsesos a saber quién había sido Angelina, qué muerte tan atroz le había repatriado sus sueños. Busqué. Pregunté. Registré en los archivos del cementerio. Y, según los indicios de aquel rastreo en el polvo de tanto inventario funesto, su cadáver no había sido sepultado en la necrópolis de Colón. Se me escabulló así la oportunidad de empezar a localizarla desde la cruz de su defunción.

Pero Gonzalo Salas, tan experto en referencias que si no conoce el dato sabe dónde hallarlo, me desbrozó el acceso hacia esa mujer enigma con un mínimo de señales. Y en la Biblioteca Nacional, revisando las páginas de Heraldo de Cuba –periódico dirigido entonces por el italiano Orestes Ferrara- topé con la nota de su deceso. Angelina había sido colaboradora del Heraldo desde la fundación del diario. Escribía crónicas sobre novedades literarias o asuntos europeos en una sección “para las damas”. En un estilo transparente, tejido sobre la sencillez -según comprobé- escribía también de lo mismo en la sección Femenidades en  Cuba y América, fundada por Raimundo Cabrera en 1897, y rectorada por él hasta cuando la revista desapareció en 1917, después de varios cambios de periodicidad y de formato.  

La nota necrológica de Heraldo de Cuba describía a Angelina como poseedora de “un espíritu inquieto y penetrante y en su figura juvenil y agradable albergaba un corazón lleno de dulzura y entusiasmo por la belleza”. Falleció en la mañana del sábado 14 de febrero de 1920, en “un fatal accidente”. Y ya no pude saber más. Ni la edad, ni la precisión de su nacionalidad, ni el tipo de accidente. Los periodistas de antes, como los de hoy,  acudimos a los circunloquios ante la muerte: larga y penosa enfermedad, trágico accidente, aunque una enfermedad o un accidente puedan aplastar a un ser humano con mil fórmulas diversas.

En el prólogo a la traducción con que Angelina trasladó al italiano Mis mejores tiempos (I miei bei tempi)  de Raimundo Cabrera, los editores, entre otras vaguedades, informaron también que Angelina murió cuando, “ya esposa y madre” podía respirar la felicidad. ¿Lo habrá sabido ella? Uno nunca sabe que es feliz. Y cuando los demás lo aseguran ya uno no está para averiguarlo. Y si Angelina Fantoli continúa siendo para mí una incertidumbre, pues todavía la veo al esfumino, entre la disolvencia de pinceles irresolutos, vaporosos, como un espejismo, espero que nadie me descubra cuanto ignoro de su retrato cuando yo ya no esté.