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PATRIA Y HUMANIDAD

EL OJO IZQUIERDO DE SALVADOR ALLENDE

EL OJO IZQUIERDO DE SALVADOR ALLENDE

 Por Yamil Díaz Gómez

 La próxima asistencia  del autor de esta crónica a  la V Feria Internacional del Libro Zicosur, en Antofagasta,  del 22 de abril al 3 de mayo,  autoriza la reproducción de esta  página tan original, escrita en 2012, cuando  este escritor villaclareño, poeta y cronista sensible, concurrió por primera vez a  esa muestra chilena

 A través de ese lente, el ojo izquierdo de Salvador Allende lanzó a las multitudes del futuro, piadosamente, su última mirada. A través de ese lente, las palabras saltaban como chispas cuando aquel Salvador que lo dio todo por salvarnos erigía en el aire las grandes alamedas por donde habría de pasar el hombre libre. A través de ese lente, hay un vacío que nos interroga.

El día que lo suicidaron, una mano salvó la mitad de las famosas gafas Magnum del presidente de Chile. Y en el Museo Histórico Nacional, el mismo que anuncia a su entrada ser obra del “excelentísimo señor capitán general Augusto Pinochet”, ahora se exhibe en la segunda planta. (Por lo menos el tiempo se ha hecho cargo de precisar cuál nombre debe ir debajo y cuál arriba).

También el tiempo, con impactante simbolismo, prefirió conservar solo el lado izquierdo de aquellos espejuelos. Y ahora nos convida a imaginar detrás de ese cristal manchado y partido la pupila anhelante que le quedaba al líder más cerca del corazón. Ese era el ojo con el que más soñaba.

Ahora, en la pequeña Nueva York, esta calle que pasa tan cerca del palacio de la Moneda, me siento a meditar, a superar el impacto que me causa aquella pieza, o media pieza, del museo.

A esta hora debía estar escribiendo yo una crónica sobre la Feria del Libro de Antofagasta, sobre la grata aventura de un grupo de cubanos que llegamos al desierto con poemas y canciones; pero no logro borrar de mi retina la retadora imagen de una mirada cercenada. 

Sentado en la pequeña Nueva York, me siento menos turista. No sé si pisaré las calles nuevamente de una Santiago dramática y hermosa; pero conozco el sitio que nunca dejaré de visitar.

Y me imagino cómo podría brillar aquel ojo de Salvador, el mismo que cerraba para disparar, cuando el hombre bromeaba. Luego de varias derrotas electorales, el que jamás se rendía, pidió para su tumba este epitafio: “Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile”.

Por fin, puedo reírme con ese chiste grande en su utopía.

Y siento que aquí yace, sin poder enviar jamás a Cuba la crónica que le pidieron, imperceptible entre los transeúntes de la pequeña Nueva York, un cubano que solo atina a buscar tras un mínimo cristal al ser humano que no cabe en ninguna vitrina.

Aquí voto, en silencio, por el futuro presidente. Mis palabras se pierden rumbo a sus grandes alamedas. Desde allí, el ojo izquierdo de Salvador Allende todavía nos mira con ternura.

 

 

Diario de viaje

Diario de viaje

 Luis Sexto

  Tomado de Mi arca de Noé 

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ÍBAMOS HACIA MONTE CRISTI. ENTRE LOS detalles del relieve histórico de la carretera, el chofer me señaló La­guna Verde, pueblito donde nació y tiró sus primeras pelotas Juan Marichal, el lanzador de las grandes ligas. El Monstruo de Laguna Verde, así lo llaman, dijo el Padre Teófilo Castillo; Tofo para cuantos lo quieren en confianza.

   Habíamos salido temprano de Moca, la activa ciudad del Cibao, en el valle de la Vega Real, al que Colón le regaló el nombre seducido ante su hondo esplendor de tierra fértil y verde enlazada por las montañas. Pasamos a Santiago de los Caballeros y enrumbamos hacia el oeste por la carretera nom­brada La Línea. Paramos en un restaurante rústico, y Luis, el conductor –hijo de “Bolívar”, próspero y vital productor de huevos en Moca– convino con la dueña que nos guardara car­ne de chivo para la vuelta, un tiempo más allá de la habitual hora de almuerzo. El chivo abunda por estas tierras del norte dominicano. Como el algodón y el arroz, cultivos de regadío. Después, Monte Cristi, ciudad parecida a muchas ciudades cubanas: entre lo moderno y lo antiguo, con atmósfera rural y marina. Y ahora, aquí, en la casa de Máximo Gómez, en la calle Ramón Matías Mella, 29. Antes, José Núñez de Cáceres, con el mismo número…

   Un decenio antes, llegué a Barahona, origen del pe­regrinar por lugares de la República Dominicana anudados especialmente a la historia de Cuba. Transcurría 1996. Me habían invitado el entonces obispo de la diócesis, monseñor Fabio Mamerto Rivas, y su vicario, padre Teófilo Castillo, mis maestros dominicanos en el seminario salesiano de La Haba­na, 36 años atrás. Ambos me facilitaron techo, pan, vehículo y compañía durante un mes, para realizar varios reportajes encargados por Bohemia[1].

   Barahona, situada en el suroeste, entre el mar y las monta­ñas, en la misma región donde el cacique Enriquillo resistió la conquista española, me favorecía también con la posibi­lidad de tocar la presencia de José Martí durante su pri­mer viaje a la Española, en 1892, en una casa que, ajada, con una antigüedad que las maderas pintadas de azul de cielo, puertas blancas y el techo de cinc a cuatro aguas no ocultan, carecía de una placa en cuyo bronce constara el privilegio histórico del inmueble. Sólo la familia que la habitaba y unos pocos conocedores del pasado, sabían que las palabras del Delegado del Partido Revolucionario Cubano singularizaron esa vivienda, perteneciente, hacía un siglo, a Carlos Alberto Mota, para quien el viajero trajo carta desde Santo Domingo.

   Rodeado de vecinos que deseaban saludarlo, Martí habló allí de la misión que lo había transformado en un peregrino renuente al descanso. Sus palabras fueron “dulces y fáciles”, como testimonió Mota en 1939, buscando con los ojos entre­abiertos los claros del recuerdo donde aparecía aquella frase que nunca pudo olvidar, fijada en cuantos lo oyeron por los garfios de la sinceridad: “No es un hombre el que habla, es un pueblo que atado con fuertes cadenas lucha, y grita para romperlas, para conseguir su libertad”.

   La estadía del Apóstol[2] en Barahona fue de tránsito en su recorrido por tierra hacia Puerto Príncipe. ¿Qué otra razón pudo determinar su paso por la recoleta, apacible ciudad del sur donde se detuvo apenas 24 horas? Ya había cumplido su tarea primordial: sumar al mayor general Máximo Gómez a la epopeya de la liberación de Cuba. Había comenzado su itinerario por Monte Cristi, y de ahí a La Reforma, finca don­de el viejo libertador se doblaba sobre la tierra. Y el 21 de septiembre, a las cinco de la tarde, se ajustó las espuelas de plata, montó en la mula que le prestó Carlos Alberto Mota, y reemprendió el viaje hacia la frontera haitiana.

   Tres días después de mi llegada, decidí ir Baní. En aquel año se redondeaba el aniversario 160 del nacimiento de Máximo Gómez. Qué permanecerá allí del Generalísimo, me pregun­taba mientras calentaba la presunción de hallar información nueva, quizás sorprendente, sobre el Jefe del Ejército Liberta­dor. Materialmente, aparte de otros objetos sepultados en el museo local, quedaba un horcón de la casa a la que pasó a resi­dir desde niño, porque Gómez nació en Paya, caserío distante a cinco kilómetros de Baní por la misma carretera que, partien­do de la capital, bordea el sur de la República hasta Barahona, situada a 200 kilómetros de Santo Domingo. El horcón, que se yergue como un tótem familiar, preside un parque enreja­do, y sombreado por flamboyanes y robles americanos, y con flores que crecen en el espacio vacío de la casa y el patio de los Gómez. Un busto y una bandera recuerdan que aquel es el pequeño lar del más grande de los banilejos.

   Ha sido tierra dilecta de la fama. Primeramente por sus mangos; luego por sus dulces caseros a base de leche –ya hoy crecidos en industria– que prohijaron el prestigio de la aldea desde su fundación en 1764. Y ha sido famosa, finalmente y sobre todo, por su crédito histórico, político, cultural. En Baní, o en áreas aledañas, nacieron o vivieron –además de Gómez– cinco presidentes de la República –entre ellos Mota, Victoria, Billini; y nació un fervoroso, decisivo promotor de la cultura dominicana, el periodista Joaquín Sergio Incháustegui.

   Ante los restos de la antigua casa, incliné mi cabeza bajo aquel palo doméstico transido de humedad. Después, un problema me detuvo en medio del pueblo, que ya había tras­cendido su candidez de aldea y era la cabecera de la provin­cia de Peravia. Afrontaba el dilema del viajero que, más que por pasear, deambulaba intentando descubrir los datos más remotos de sus raíces. ¿A dónde dirigirme, a quién buscar? Así inquirí en el ayuntamiento, edificio macizo, moderno, de cinco o seis pisos. Y oí: Muerto Buenaventura Báez Gómez, la farmacia veterinaria de Luis Manuel Peguero es la más segu­ra para averiguar sobre cosas ligadas a Cuba.

   Lloviznaba. Nubes negras. Esa mañana las calles reme­daban espejos donde la poca luz incidía como en un cristal empañado. El doctor Peguero, sentado a la mesa donde la caja contadora registraba la crónica monetaria de su negocio, oyó mi presentación. Y él se presentó como uno de los dirigentes del subcomité de Amigos de Cuba. Luego, dirigiéndose a los cuatro o cinco clientes que esperaban tur­no, dijo: “Este compañero cubano desea ver algún familiar de Máximo Gómez”.

   Hubo un silencio. No creí que todo resultara tan fácil. Y de pronto sí resultó fácil. Alguien respondió. “Yo; yo soy pa­riente del General”. Creí entonces que en Baní todos podrían ser familiares de El Viejo. Y Santos Isidoro Gómez, agricultor que había ido a la farmacia angustiado por una vaca enferma, rectificó mi percepción: “No se equivoque: somos la familia más corta de este pueblo. Tan solo unos 60 emparentados con el Generalísimo”. Coincidencia. Y aprovechándola visité a un bisnieto del General.

   Ahora, en los primeros días de enero de 2006, gracias tam­bién a mis antiguos amigos y maestros, viajé a San Fernando de Monte Cristi, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en el noroeste, cerca de la frontera haitiana. La prime­ra referencia del pueblo apareció en los anales de la Española en 1506, cuando Nicolás de Ovando le dio vida en papeles y en algunas chozas. Desde el punto de vista geográfico, la ciu­dad se distingue por una altura llamada El Morro, a la que un poeta evocó como “reloj de piedras sin esferas / que marca los siglos de mi tierra”. En la perspectiva urbana, resalta la torre que ya se erguía, como un símbolo de la ciudad, en 1895. Fue el primer lugar donde mis ojos se humedecieron. La puerta del parque estaba cerrada: una cerca lo protegía. Y desde el lado de acá mi devoción concibió un pensamiento de fervor para aquella torre metálica cuyo reloj circunvaló algunas ho­ras de la vida del Apóstol, y junto al cual Martí aseguró que “muy pronto marcará la hora de la libertad de Cuba”. Tantas veces lo había visto en fotografías que, como suele ocurrir, observarlo desde tan cerca parecía un acto irreal, fantasioso. Después, pedí a Tofo me condujeran a la casa de Gómez.

  Quedo en silencio. Nada he de escribir que parezca vero­símil, lógico, sin afectación. Estaba emocionado. Me ahogó la conciencia de mi privilegio. Haber visto esta casita des­de la infancia en las ilustraciones de los textos de Historia. Y recorrer, 50 años más tarde, el mínimo y humilde espacio que amparó a dos de nuestros libertadores primordiales, tie­ne que significar algo en el corazón de un cubano. Caminé. Vi. Toqué. Nos guiaba Ramón Amado Gutiérrez García, el conservador del museo, que se confesaba bisnieto del general Calixto García Iñiguez

   Un pasillo central, que separa las habitaciones a la dere­cha y a la izquierda, permite la entrada alargándose hasta el comedor, amplio, extendido horizontalmente de un extremo al otro de la vivienda, cuya propiedad Gómez adquirió en 1888. Paredes de madera y techo de dos aguas, aún con el cinc alemán original; pintada de azul grisáceo con ventanas y puertas –de estas, tres en la fachada– del mismo color y marcos en blanco. Al recorrerla uno nota los valores de Cuba en su bandera, puesta en sitio relevante, en los retratos de sus próceres y en libros de autores y editoriales cubanos. En una escueta habitación, del lado derecho según se viene de la calle, encajada entre uno de los cuartos y el comedor –hoy biblioteca–, Martí escribió el Manifiesto de Monte Cristi.

   No hay mucho más que contar. En el patio, un árbol de mamoncillo, superviviente de aquella época. Tomamos unas fotos. Podría describir sensaciones que, quizás, suenen vacia­das en retórica. Ciertos sentimientos han de quedar ocultos en la sinceridad de lo recoleto, pequeño, humilde.

 



[1] Revista  entonces semanal, hoy quincenaria, de interés general. Fundada en 1908.

[2] Así llaman los cubanos  José Martí,  máximo gestor e ideólogo de la independencia y la república.

LA (IN) CULTURA DEL DEBATE

LA  (IN) CULTURA DEL DEBATE

Luis Sexto

Extraigo del archivo este artículo: las circunstancias lo mantienen vigente

La moda de la intolerancia está en zafra. Aun los intolerados de ayer responden intolerantemente a cuantos una vez los intoleraron o estimaron aquellos que los intoleraban, que en este asunto se va siendo también difícil discernir quién intolera para defenderse o quien convoca la intolerancia para asumir el crédito del mártir o víctima. De cualquier modo, la  palabra y la acción que condensa son condenables. Y su origen uno no sabe dónde hallarlo porque la Historia se jalona con las intolerancias de diverso tipo: personal, política, racial, religiosa, de clase, cultura, hasta deportiva.

Más bien el lenguaje actual la remite a la falta de convivencia entre lo disímil y a las libertades con que se manifiesta el pensar, opinar, vestir, elegir en contraste con los patrones dominantes en  un esquema social determinado. Cerrando el orbe del análisis me gustaría ocuparme de una de las formas más comunes de la intolerancia: la incapacidad para debatir. El ensayista cubano Jorge Mañach aseveró que la tendencia a reír ante lo que se desconoce o no se alcanza a comprender se relaciona periféricamente con la ignorancia y la falta de cultura o de educación, y más en lo hondo con un complejo de inferioridad que, según el autor de Indagación del choteo, tiende a compensarse, emparejarse con el que “está más alto”, mediante la risa mordaz. Ese comportamiento promedio, a veces minoritario, a veces más generalizado, dependiendo de las épocas, se empalma con la del juicio de Don Quijote que establece que es propia de mentecatos la risa que de poca causa proviene.

No es mi propósito insistir repitiendo las aproximaciones del clásico ensayo de Mañach. Lo he tomado como pretexto para lamentar –al menos hasta dónde he leído su obra- que él, que tan duraderamente registró en el “almario” nacional de Cuba, no nos hubiese entregado el ensayo sobre nuestra  “cultura del debate”, o, mejor, sobre la incultura polémica que nos inhabilita para debatir razonable y respetuosamente. El propio Mañach, polemista inclaudicable,  sufrió en su momento los golpes de esa deficiente altura, aunque tuvo rivales condignos: Rubén Martínez Villena, Raúl Roa, Juan Marinello, José Lezama Lima. Pero, salvo esos contendientes de parejo tamaño conceptual y estilístico, el resto de los litigios que afrontó,  con más o menor grado se deslizan desde la otra esquina por el declive del insulto y, sobre todo, la anulación de los probables valores del contrincante.

Una polémica, como un juego de béisbol, no se resuelve como si se manipularan tazas de porcelana.  Es decir, ha de asomar la pasión. Pero, en el medio,  regulando con el índice de la ética,  el juego limpio de la ética. La decencia, palabra que, al parecer, se ha arrinconado en el diccionario menos frecuente, tiene su punto central en el respeto al semejante, aunque el otro se pare en el lado opuesto a donde estoy yo. De lo contrario ocurre que resolvemos cualquier polémica confundiendo ironía con sarcasmo, humor con choteo, dureza con irrespeto. Y el mayor argumento que alzamos, como una maza, se liga con estos tópicos: no tienes la razón, porque la tengo yo, o tus opiniones no son válidas porque antes opinabas distinto.

Una anécdota un tanto lejana, aunque no extemporánea,  me clarifica. Tras un campeonato de béisbol –horno y termómetro anual de nuestra insuficiencia polémica-, un periodista de la TV en Guantánamo le adujo a un colega de la TV nacional –estaban encadenados en un diálogo- que desde la capital daban más calor al segundo lugar de Industriales que el primero del equipo de Santiago. Seamos cuerdos, quiso decir. Y el comentarista, acomodado en la banqueta de los estudios en La Habana, ripostó diciendo que le parecía raro que él dijera eso, porque cuando vivías aquí,  en la capital, ibas al estadio del Cerro no precisamente a aplaudir a los orientales. A algunos les pudo resultar ingeniosa la respuesta; para las inteligencias equilibradas, en cambio, el habanero descendió unos peldaños en su profesionalidad y en sus valores humanos y morales, al utilizar en el debate referencias personales; trapos aparentemente sucios. Tal vez esa conducta la muevan los mismos resortes que a la risa ante aquello que no se conoce o no se entiende: destripar con el ridículo a quien nos coloca en aprietos.

Y a qué causas remitir el origen de tanta extendida incapacidad para respetarnos los unos a los otros. ¿A la herencia  del carácter español?  ¿A  tantos años de opresión esclavista,  extorsión colonial y neocolonial, de analfabetismo, peculado, corrupción política en la república de 1902?  ¿O a las carencias y a la disminución del rigor moral y legal de hoy?

Confieso mi insuficiencia para acometer ese buceo en lo más oscuro del carácter nacional. En la complicada trama de fibras y nervios de la psicología social del cubano, parecen mezclarse, como síntomas de los mismos defectos, reacciones diversas. El sabio Fernando Ortiz, en uno de sus trabajos juveniles, que por ello no disminuyen su valor, habla de la intolerancia del cubano a la crítica. Reaccionamos, ante cualquier opinión que evidencia nuestros errores o actitudes, de modo histérico. Femeninamente, creo que escribió don Fernando en sus Ensayos de psicología tropical, por lo cual me disculpo ante las damas por la cita. Entonces discurrían los primeros años del siglo XX. Cien años después, continuamos padeciendo la misma  alergia. Algunos de cuantos  están en posiciones administrativas, incluso gubernamentales, y también cuantos se detienen en una esquina a mirar los celajes o se sientan en los pasillos de las instituciones culturales a mirar el mundo pasar, asumen la posición del que anuncia en un cartel, como en un libreto cómico: Que nadie me toque; yo solo puedo tocar.

Observando bien el fenómeno lo más recomendable es una actitud de apacible filosofía  que asuma evangélicamente esas manifestaciones como generadas por una impericia innata, una incapacidad casi irreversible para un hecho primordial: la convivencia. La cultura y el conocimiento influyen muy poco en la corrección de ese nuestro común vivir desvivido, desocializado. Seguimos pensando que la cultura es saber muchas lenguas extranjeras, mucha historia, mucha estética. Y permanecemos vacíos de la otra cultura, a la que aludía Chesterton cuando evaluó  de muy cultos a los analfabetos campesinos españoles de su tiempo. Eran cordiales, respetuosos. Poseían la letra del corazón, y les bastaba para comportarse, con notas sobresalientes, en la ciencia del convivir.

La generalidad de nuestros cultos son, por lo común enemigos de la intolerancia. Cuando se sienten intolerados son afanosos zapadores que tienden, en muy justa operación, a resquebrajar la armazón de lo sectario y divisor. Pero, resuelto el problema, nadie más intolerante que el intolerado de ayer. Pasa la cuenta con la misma carpintería. Se erige en nuevo victimario. Y así todo ello se mezcla, se confunde en la batidora de las imperfecciones colectivas y personales. Falta, desde luego, humildad.  Sobra soberbia. Y no existe el apego a la verdad. ¿Buscar la verdad en el debate? No, qué va. Ese que ahora dice lo que yo no pude decir cuando quise, y que entonces decía lo contrario, no está apto para decirlo. Carece de credibilidad. Ha de tener su biografía manchada…. Si yo no lo digo, él tampoco.

Y así la evolución de las ideas, el acercamiento de una posición a otra luego de la práctica, que a tantos depura, y del paso del tiempo, que tanto modifica, se anula por la tabla rasa de un simple decreto tan dogmático como el dogma que dice condenar.

 

HECHOS Y ACTITUDES

HECHOS Y ACTITUDES

Luis Sexto

Apostillas INGENUAS

José Martí  –y cito libremente- escribió que hacer es la mejor manera de decir. Desde luego, si hacemos el bien,  el mal nunca será una forma correcta de decir. Y excusen lo obvio de cuanto diré a partir de ahora. Pero no comprendo que alguien que se auto califique de revolucionario, que posea los documentos de revolucionario, pueda hacer una aplicación incongruente de las ideas que dice profesar y defender.

Veamos. ¿Qué acto, qué decisión, qué palabra  puede haber  sin cierto componente  político en una sociedad como la nuestra, fundada en el consenso?  Para responder habría que seguir dirigiéndose preguntas. Por ejemplo: ¿Soy revolucionario yo, que me niego a servir a un ciudadano?  ¿Yo, que cierro mis ojos y mis oídos ante una queja, una necesidad, una emergencia? ¿Revolucionario yo, que sigo ajustando cuentas con quien ya satisfizo sus deudas? ¿Revolucionario yo, que desvío, maltrato, deformo la política, el programa, los ideales de mi Gobierno? ¡Bueno! No pretendo que quien dirija o administre un centro de trabajo, o ejerza  funciones políticas sea ingenuo.  Pero, según creo, hemos de actuar con una cautelosa exigencia, un depurado  y respetuoso rigor. Y, sobre todo,  sin prejuicios. El prejuicio es también una insuficiencia  ética, cultural y política. Por tanto es impolítico, además de injusto,  aventurar un juicio,  suponer  errores o malas intenciones  en este o aquel sin haberlo comprobado,  o tratarlos como si fuesen culpables incapaces de corregirse.

 Estamos hablando de hechos y actitudes de cada día, de actos que, proviniendo de quienes representan la política nacional  en cualquier lugar, por pequeño que sea, generan desconfianza, desesperanza, indiferencia.  Me parece, por tanto, que estamos obligados a vincular ciertas  indeseables reacciones a nuestras acciones. A veces, los problemas  y las deficiencias envejecen ante nuestros ojos, porque nos hemos  habituado a no vincular nuestro proceder con el origen de ciertos errores o problemas. ¿Somos capaces de ver a algunas de nuestras decisiones  como  puntos de conflicto, de mal ambiente? Para curarnos en salud, tengamos en cuenta,  amigos míos,  que  la capacidad de asociar resulta, como regla, el rasgo definitorio del desarrollo humano de una persona. La mentalidad de manual, los patrones prefabricados, conducen, habitualmente, a mi modo de ver, al equívoco o a la inefectividad. Incluso a la decepción.  Soy experto,  si suelo asociar.

Hemos, pues, saber diferenciar el principio político aplicado con creatividad,  de la política distorsionada en sus principios. A algunos –lo sé por experiencia- esto le parecerá filosofía de tercera. Ello, por supuesto, será prueba de  una cultura de alfiler, de una madurez aún verde. Porque no estoy hablando de vaguedades, sino de hechos que salen al camino  a estorbar el paso de la política y de  lo político.  Convenzámonos alguna vez que mencionar un problema en público significa empezar a solucionarlo. Pero ocultarlo no impide que la gente lo sufra. Quede dicho.                                                                

CUIDADO CON EL PAN

CUIDADO CON EL PAN

 Luis Sexto

Apostillas ingenuas

A veces nos inquieta la percepción de que el país avanza despaciosamente. Pero hemos de tener en cuenta que, tal vez,  la cautela  en un procesó de transformación, no implica ir despacio, sino andar con paso reflexivo, tocando  el suelo antes  de levantar el pie. A mi modo de ver, ese proceder cuidadoso pretende esquivar  posibles errores  y sobre todo evitar decisiones y actos improvisados. Visto el asunto desde lo racional,   la velocidad de la actualización ha sido programada;  digo su velocidad, porque sus resultados implican otro punto de vista.

Mis observaciones me impulsan a afirmar que la idea de lentitud puede estar condicionada por la urgencia con que nuestras necesidades nos espolean. En verdad, muchos, la mayoría de los cubanos necesitan ver el país libre de trabas, asentado sobre un orden económico expedito, cuyas reglas no recorten soluciones, sino las multipliquen y las aviven para lograr la prosperidad tan ansiada. Ese sentimiento de urgencia, sólo podrá desaparecer cuando las necesidades vayan  despareciendo.

Sin embargo, la situación, objetivamente juzgada, nos impele a creer que en cuanto a algunos de sus resultados, la actualización avanza con lentitud. Es decir, el proceso de adopción de leyes y reglas responde a fechas, a momentos razonables para dictar aperturas y reordenamientos. Parece elemental, reflexionar, discutir, legislar son momentos previos para determinar apertura legales, establecer nuevos espacios económicos, mas no operan como el Capitán Maravillas con su contraseña: Decimos "Shazán", vemos un chispazo, y el hombre normal se convierte en un superhombre, o la vida se envuelve en la luminosidad de una estrella.

Admitamos que los comics quedaron atrás. Ahora  vivimos una realidad con perfiles de tragedia. ?Acaso fracasar en la readecuación de nuestra sociedad y sus perfiles económicos y políticos bajo un socialismo racional, justo distribuidor de riquezas, y garante de nuestra independencia no tendría el efecto de una tragedia inmensurable?

A juicio, pues, de este comentarista, teniendo en cuenta el dialéctico retraso entre la conciencia social con respecto del ser social, la percepción de demora no radica en el proceso jurídico, económico y político de las transformaciones. Opera, más bien, en la vieja mentalidad que retrasa la ejecución correcta de lo legislado por los órganos del gobierno. La vieja  mentalidad predominante no acaba de entender, por una parte, que la actividad del trabajo y del comercio privados; que la presencia de inversiones extranjeras; la existencia nuevos procedimientos y enfoques, y la  consecuente modificación de la conducta,  no supone un cambio de principios.

Pero el problema no consiste en la traslúcida neblina de la mañana. Es más denso. Porque  si unos pueden preocuparse honrada y disciplinadamente por  la integridad de principios políticos y  de objetivos sociales tantos años defendidos, otros se inquietan deshonrosa y arbitrariamente  por la pérdida de un ejercicio de poder burocrático que les ofrecía oportunidades para  asegurar un modo de  ir  pasando  a contrapelo de la ética y de la ley.

Me explico. Si todavía en ciertas lugares sigue vigente el no controlado descontrol,  si  todavía se presentan  informes falseados en  este o aquel sitio,  si aún se estima que se puede mantener algún carguito sin estar apto, aparentando actuar con los brazos cruzados,  si  esas  deformaciones son aún visibles,  se comprende que la vieja mentalidad  continúe  defendiendo su viejo  lema de  que la dejen vivir, aunque ella no  deje vivir.

¿Y qué haremos?  Posiblemente, y esperamos que no sea una reacción tardía, alguna vez el rigor tendrá  que  entrar aquí y allá, sacudiendo el polvo y el moho, para que el  polvo y el moho no retrasen la articulación de la  prosperidad, ni distorsionen la percepción del pueblo sobre la efectividad de todo cuanto el país se propone con un afán renovador. Pareceré alarmista, pero no podemos permitir que el pan se nos queme a la puerta del horno.

 Luis Sexto

 

Un  texto de Joel James  ha estremecido al lector que soy. Joel James fue un escritor caracterizado por la fuerza.  La fuerza de las convicciones. Tal vez pudiera decir que nada estampó en el papel que no hubiese sido depurado por sus convicciones. Me parece que no padeció el miedo de que alguien contradijera sus ideas, expresadas limpia y reciamente. Ahora, como he dicho, he leído un folleto que contiene un ensayo publicado póstumamente. Joel James Figarola murió en 2006. Había nacido en 1942.

Este texto, de 42 páginas, se titula Vergüenza contra dinero, y presenta el sello de ediciones Caserón de Santiago de Cuba, ciudad donde residía Joel James y desarrolló su vida literaria y política. Cómo calificar a Vergüenza contra dinero. ¿De ensayo? Es un  ensayo, porque el autor deja fluir sus ideas envueltas en un estilo acorazonado, poético en su energía, sin detenerse a confirmar una cita o a anotarla al pie de página. Un ensayo es el escritor volcado sobre sus propósitos de acercarse, rodear, y llegar a un punto de inflexión en que el lector puede continuar escribiendo. El ensayo no termina. No agota ni se agota. Pero Vergüenza contra dinero,  puede ser también un alegato, un grito admonitorio ahora cuando la sociedad cubana atraviesa el momento más peligroso de su historia reciente: el ser tragado por ese monstruo que se llama dinero, o capitalismo, o anexionismo.

Sí, más bien este ensayo es un grito.  Y su título no es la única coincidencia con Eduardo Chibás, el adalid de la ortodoxia, que propuso esta batalla entre la ética y las conductas espurias. Joel James coincide también con Chibás en que este ensayo viene siendo un último aldabonazo antes de fallecer. Joel  James murió de enfermedad, una enfermedad que tronchó en lo más prolífico de su existencia a uno de nuestros preclaros pensadores revolucionarios.  Escritor impregnado de nuestra historia, conocedor de sus grietas y abismos. Un escritor que luchó para que nuestra historia no se fragmentara, para que nuestra cultura no dejara de ser la unión entre política y ética. Vergüenza contra dinero es un alegato a favor de la defensa de la nación ante los riesgos ideológicos  del llamado período especial.  Un alegato a favor del arma que Ignacio Agramonte señalara como la única principal para luchar por la independencia de España: la vergüenza.

 Cuando algunos convierten su crítica a la situación de Cuba en letanías quejumbrosas y repetitivas, sin analizar las circunstancias del país, Joel James, comprometido con la causa de nuestra  historia, advierte de los errores, pero con los estremecimientos del hijo que sufre al decirlo y teme perder a su patria. 

Vergüenza contra dinero es una consigna contra la corrupción, dice Joel James, pero no puede convertirse en un freno para el discreto y sostenido desarrollo de la iniciativa privada, dentro de las leyes, para el acelerado crecimiento de las fuerzas productivas.

Vergüenza contra dinero es un grito en que la fuerza del estilo acompaña al vigor de las ideas. En este ensayo, verdadero ensayo, está la agonía de un intelectual revolucionario y el equilibrio de quien habla claro sin que nadie dude de  a quién sirve su afilada palabra.

(Comentario difundido en Radio progreso, el  7 de febrero de 2014)

¿INFORMATIZAR LA SOCIEDAD O SOCIALIZAR LA INFORMATICA?

¿INFORMATIZAR LA SOCIEDAD  O SOCIALIZAR LA INFORMATICA?

Por Dr. Antonio Martínez Fuentes,

Presidente de la Sociedad Cubana de Antropología Biológica

 

Las expresiones de alarma ante las graves crisis que vive el planeta no son exageradas. En el último siglo el desarrollo científico y tecnológico nos ha propulsado hasta pretender la conquista del espacio extraterrestre  cuando aún  nos queda mucho por hacer en la Tierra. Los avances han sido grandes pero la gran paradoja son los peligros a que nos exponemos o que se derivan de esos propios progresos sobre todas las forma de vida.

La evolución humana continua, ahora sobre todo por la cultura. El ser humano es una especie biocultural. La ciencia y la tecnología son cultura, la  cibernética es producto de la cultura humana Cuando escucho, por ejemplo, hablar de la informatización de la sociedad me aterro. Tal parece que vamos a ser seres informatizados, robotizados, cuando lo que aspiramos es a realizar un uso racional de la informática. Hay que evitar a toda costa que comencemos a producir “seres humanos” dominados por el desarrollo tecnológico que desemboque en un “repliegue neuronal”, ¿Haremos uso de los avances de la tecnociencia o será ella quien haga uso de nosotros?

 ¿Estamos preparados como especie para asumir esta avalancha de la carga tecnológica? El cerebro humano es de una gran plasticidad, así lo muestran los estudios de nuestro origen y evolución, pero hay que ponderar en que medida esos avances compiten con esta propiedad.

¿Hasta qué grado impacta  toda esta evolución en la vida cotidiana? ¿Preferimos leer libros digitales que sentir el aroma del clásico libro viejo? ¿Preferimos sentarnos a comer con un  IphoneBlackberry, un tablet, o mejor  con las personas con las que estamos conviviendo? ¿Creemos tener la capacidad de estar conversando, tomando un café y a su vez estar verificando las actualizaciones o comentarios en las páginas de nuestros amigos cibernéticos?

La tecnología evoluciona al grado que  ya desde los celulares se puede  estar navegando, e incluso pronto estará en uso un modelo que permitirá determinar si se es VIH positivo en solamente 15 minutos.

Me aterra el saber que ya muchas personas viven apegados y pegados al celular, a internet, twiter,  a las redes sociales, incluso  la comunicación de padres e hijos llega a ser  a través de correo electrónico.

No expreso que estoy en contra de este importante desarrollo, pero  si contra  la carencia de límites y la  repercusión  en nuestro mundo si  lo concentramos todo o casi todo en un celular y en los comentarios de una red social, olvidando con ello la calidad en el tiempo de la convivencia familiar, o de la amistad  y da lo mismo comer con alguien, que comer solo.

Estamos en la época de la tecnología, ella nos invade totalmente. Se está creando  una nueva especie humana:   Homo ciberneticus, ¿Un nuevo  ser humano pendiente de las tecnologías y esclavo de ellas?

El avance científico-tecnológico  presupone un adelanto en el  conocimiento  y  avanzar creándonos nuevas condiciones  de vida, de sentir, de bienestar,  de ser y actuar.  

Por otra parte  la ingente cantidad de conocimientos que viajan, que se intercambian,  permiten conocer lo que esta sucediendo en casi cualquier lugar del planeta en tiempo real o relativamente breve.  Hay otras muchas ventajas, pero vamos al peligro, que nace de su misma esencia.

Se  llenan las  vidas de decenas de aparatos para resolver cientos de supuestas necesidades humanas y corremos el riesgo de depositar en ellos nuestra felicidad y bienestar, no sólo físico, sino psicológico y moral.


Es el espíritu pragmático y materialista del Homo ciberneticus que se impone: un problema, una máquina. Pero el peligro es extender este esquema, bastante simplista al mundo de las relaciones sociales, la familia, la pareja, las relaciones padres-hijos, las relaciones profesionales.

 Podemos y debemos utilizar el progreso para nuestro bienestar, para facilitar nuestras vidas, nuestra salud, el trabajo, el ocio y el descanso, pero no podemos permitir que las máquinas sustituyan a nuestros congéneres en las relaciones sociales.

No creo que debamos pretender INFORMATIZAR LA SOCIEDAD,  SINO SOCIALIZAR LA INFORMATICA, HUMANIZARLA. Debemos humanizar el progreso tecnológico apostando por aquella tecnología que esté verdaderamente a  nuestro servicio, que sea universal, ecológica, pacífica, ética, convivencial y humanista

 ¿Dominamos la tecnología o la tecnología nos domina? ¿Seremos autistas cibernéticos?

 

 

LA ESPERANZA DE LOS ANCIANOS

LA ESPERANZA DE LOS ANCIANOS

Por Ilse Bulit

Una de las estampas humanas  que mi querida colega acostumbra a enviarme

Desde la puerta abarcó el panorama interior. Ocupados todos los asientos, tres seres categorizados todavía como personas de a pie. Desanimado, lanzó la pregunta histórica. ¿Quién es el último?. Una angustiada voz femenina sentada respondió el “yo” con el consabido “voy detrás de ese señor” y señaló a uno de los de pie que en verdad, tenía un aspecto más crucificado que el de la mujer. Una buena muestra de la existencia todavía de la caballerosidad o del naciente espíritu de solidaridad y pertenencia de la asociación no lucrativa de los ancianos. El chachareo apagado a la llegada de el, renació en intercambios bipartitas o tripartitas con el fondo de toses, carraspeos y suspiros  provocados por la espera y no por enamoramientos tardíos.

Los destartalados asientos de maderas se unían en continuos sonidos porque los malditos provocaban movimientos por la  incomodidad a los huesos, músculos, nervios y demás componentes de cuerpos gastados acumuladores de más meses que los propios muebles.

Al principio, descartó intervenir en algunos de los intercambios verbales y prefirió entretenerse en la escucha de las conversaciones. Su tímpano disminuido, dada la altura de las voces sentadas, permitían acceder a la mayoría de las palabras. Su mente burocratizada por tantos años de esos papeles que los rodean a todos por todas partes, las clasificó.
Tres señoras de vestidos “made in out” se intercambiaban sus achaques en competencia feroz por romper el record de las dolencias. Otras cuatro en atuendos fuera de moda, adelantaban los finales de la telenovela de turno en demostración  de que la cerrazón a la información verídica destapa imaginerías dignas de Julio Verne. Los hombres, en minoría, bordeaban las enfermedades para arañar al béisbol con garras afiladas y evocaban partidos sumergidos en el pasado. Los cuatro de pie, incluido él, gastaban el tiempo en cambio de posiciones porque el esqueleto erecto suplicaba descanso.

Por obra y gracia de un milagro estomacal, alguien pronunció el vocablo papa y todos los presentes convergieron en el tema. No se referían al Papa argentino que a pesar de su sobriedad, debía ingerirla sin obligadas limitaciones. Reverenciaban al tubérculo americano, ese salvador de la mesa criolla.

Subidos los ánimos en demasía, tanto que la doctora desde el interior pidió silencio a los “esperantes”, una entrada triunfal provocó el suplicado silencio.

Una muchacha llegaba con un párvulo en brazos y la pregunta de rigor. ¿Hay alguien adentro?.
“Pase, pase”, respondió una voz amargada y agregó: “Los niños tienen preferencia sobre nosotros”.

El anciano de aspecto crucificado atajó la amargura: “Ellos son la esperanza. Por lo menos, el intento de una futura esperanza.