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PATRIA Y HUMANIDAD

LA IMAGEN DEFINITIVA DE EDUARDITO

LA IMAGEN DEFINITIVA DE EDUARDITO

 Por Luis Sexto

 Acaba de morir Eduardito Jiménez. Los lectores lo recordarán como una promesa que apenas tuvo tiempo de empinarse para anunciar las alturas que el trabajo le propiciaría tocar con el impulso de su talento.

La muerte, no por inevitable, deja de ser indeseable. Tal vez cuando una ejecutoria se cumple, llega a su cenit, sea aceptable el decreto de la extinción natural. Pero qué pensar, cómo sentir cuando un joven de 36 años, se frustra y muere sabiendo que aun le faltaba todo, o casi todo por hacer. Es injusto, pudo haber dicho en el instante supremo cuando todo lo vivido se convierte en sombras.  

 De Eduardito no puedo hablar de otra manera, ni para anunciar su deceso impensable a cuantos vieron debutar su nombre de estudiante recién graduado y aventajado en Juventud Rebelde, y lo siguieron en Trabajadores, en Bohemia, y lo vieron en la TV, en la radio. Eduardito me era más que un colega, un compañero de redacción. Lo vi nacer biológicamente, crecer física e intelectualmente y perseguir su vocación periodística sobre las ruedas de una inteligencia afilada, perspicaz, profunda, culta, educada en el estudio y depurada en un estilo que sobresalía por su originalidad.

Su virtud primordial podía, para algunos intransigentes, ser su defecto capital: la audacia en el análisis y en la expresión de lo analizado. Era joven, y no existe otra manera de asumir esa edad en la cual la muerte puede ser solo un destino remoto, que no sea la audacia. Ser audaz por joven y joven por audaz y creador renuente a los trillos gastados por los mismos pasos, negado a las fáciles respuestas en el trabajo y la profesión.

 Así era: un par de alas anchas en sueños y posibilidades que enriquecerían el periodismo y la cultura nacionales. Cuantos lo quisimos desearíamos creer en los mitos griegos. Y aceptar que el que muere joven sea un privilegiado de los dioses. Y rogar porque los dioses lo conviertan en Ave Fénix que renazca de las cenizas de su fulminante enfermedad, esa que acostumbramos a llamar larga y penosa y que para Eduardito Jiménez fue penosa y tajante por breve e incurable.

Amigos, compañeros: ha muerto un periodista, un servidor público. Leamos esta nota con el corazón a media asta. Yo la he escrito enarbolando una lágrima por el colega, el amigo, casi el hijo que fue compañero de juegos de mis hijos, juntos a veces en la misma mesa, los mismos valores, las mismas penas y risas.

 Adiós. Solo hay una manera de evocarte: siempre joven, lúcido. La juventud será tu imagen definitiva, hijo.  

EL PRIMER VIAJE DEL DIABLO

EL PRIMER VIAJE DEL DIABLO

Por Luis Sexto

Dos años después de haberse construido la primera vía férrea en Cuba, las ocho locomotoras inglesas que la estrenaron fueron devueltas con sus tripulantes por el ingeniero jefe de los ferrocarriles de La Habana a Güines,  el norteamericano Alfred Kruger, que en cambio trajo desde los Estados Unidos cuatro máquinas Baldwin y sus respectivos operadores.

Ciento setenta años atrás, bajo la dominación colonial de España, Cuba se convirtió en el séptimo país en construir un camino de hierro al unir, en su primer tramo, a la capital con el poblado de Bejucal.

Aquel el 19 de noviembre amaneció lloviendo. En la estación de Garcini, el agua y el humo, el hollín  y  el ruido se confabulaban para dar la razón a cuantos argumentaban que el progreso pertenecía a la jurisdicción del diablo, cuya presencia más visible, audible y palpable había adoptado forma en la negra armazón de la Rocket, locomotora de vapor Stephenson, montada sobre diez ruedas y con una chimenea tan alta como la torre de un ingenio.Entonces los caminos de la Isla estaban poblados de huecos, quejidos, maldiciones y bandoleros. Se iniciaba, así, el primer hilo de una red que unirá a las ciudades más emprendedoras y, sobre todo, facilitará a la caña de azúcar llegar desde lejanos campos a los trapiches, y luego, transformada en grano, rodar sin esfuerzo hasta el puerto de embarque. Entre los seis países que habían trazado las paralelas del ferrocarril,  no estaba España, que lo ejecutó en los primeros años de la década siguiente.

Todavía muchos habaneros temblaban ante la Rocket y su piafante caldera. Unos,  agoreros de domingo, prometían una explosión o el fuego. Y otros los secundaban con los deseos y las oraciones, porque el camino de hierro les arruinaría negocios tan lucrativos como el servicio de carretones y coches, la navegación de cabotaje,  la trata de esclavos... El Capitán General Miguel Tacón se opuso tenazmente a la iniciativa de algunos hacendados y el intendente de hacienda de la colonia,  Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, oriundo de Cuba. La disputa terminó a favor del progreso. El militar de poderes omnímodos  regresó a Madrid y su silla recibió a otro mandón más consecuente. Los intereses económicos suelen prevaler sobre los políticos.

Las paralelas se extendieron con el empuje de mano de otra esclava y de obreros –especie de lumpen proletarios- traídos desde los Estados Unidos, además de canarios contratados en sus islas y reclusos enviados desde la metrópoli. Según Crónica del primer ferrocarril, libro de la investigadora Violeta Serrano, los peones eran tratados como bestias. Con pésima alimentación y bajos salarios por 16 horas de labor, murieron  centenares en tres años de trabajo. Algunos se sublevaron; otros desertaron. Los habaneros vieron a obreros del ferrocarril y sus familiares pedir limosnas en las calles.

El ingeniero Alfred Kruger no toleró por mucho tiempo a los especialsitas ingleses. Cuentan las crónicas que exigían salarios y condiciones no estipulados en los contratos; corrían las locomotoras a velocidades prohibidas, las chocaban y pronto se deterioraron. Esos fueron los pretextos del ingeniero. Pero con la decisión de Kruger de importar máquinas y tripulantes norteamericanos, empezó a inclinarse hacia la esquina de los Estados Unidos el contrapunteo –ingeniosamente señalado por el sabio cubano Fernando Ortiz- entre King Dollar y su Majestad la Libra Esterlina.

A las ocho de la mañana del 19 de noviembre de 1837, la Rocket empezó a tirar de cinco coches para inaugurar el primer tramo ferroviario entre La Habana, en el norte,  y Güines, en el sur, fértil comarca azucarera. Aún hoy, el ferrocarril sigue la misma ruta. Ya no parte de Garcini, en la intersección de las calles Oquendo y Estrella, en el centro de la ciudad. Ni tampoco de la estación de Villanueva, terreno que hoy ocupa el Capitolio. Parte de la estación de Tulipán, cerca de la Plaza de la Revolución, por donde pasaba en sus orígenes, y continúa, como antes, hacia Vento, Mazorra, Aguada del Cura, Rincón, Bejucal y sigue a Güines.

El viaje terminó ochenta minutos más tarde. Los setenta pasajeros que apostaron al progreso, bajaron sanos, sin polvo, en la estación de Bejucal, distante a uno 20 kilómetros de La Habana. Se saludaban y felicitaban por haber compartido aquella aventura tan rápida. Algunos, sin embargo,  calificaron la velocidad de endemoniada.La Rocket  había volado  bajito: veintitrés kilómetros por hora.  

 

LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS

LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS

Por Luis Sexto

Al aniversario 488 de La Habana

La más baldía noche de mi vida la pasé en el Malecón de La Habana. Existen diversas maneras de contar las estrellas sobre el muro, y la que elegí resultó tan improductiva que ni obtuve lo que deseaba, ni dormí. Aunque me ahorro el lamento, porque no existe desgracia sin su gracia. Realicé el ejercicio que considero primordial para graduarse como habanero de corazón.

Puede ser un capricho mío. O quizás sea esa la ceremonia imprescindible para legitimar a tantos habitantes que tienen su acta de nacimiento en las zonas orientales, el centro o en el extremo occidental de Cuba. Si en Santa Clara solo merecían el gentilicio de pilongos -en ortodoxa tradición- cuantos se bautizaron en la pila de la Parroquial Mayor, nadie, a mi parecer, podrá decir que conoce y siente a La Habana como habitación interior si no ha amanecido alguna vez oyendo el rumor del mar al bostezar sobre el diente de perro del litoral.

Lo dicho tendrá sus flecos de barbaridad, o locura. A lo mejor de estupidez. Pero no creo que ningún residente de la capital, ni siquiera sus más renombrados especialistas, discutirán el hecho de que el Malecón le ha quitado al Castillo del Morro el pergamino de símbolo de la ciudad. Sus puertas cerradas al acceso público durante décadas y su orgullo de promontorio, que desde este lado del foso de la bahía remeda una altura inconquistable, fueron enajenando al Morro de las entrañas habaneras. Aún conserva su petulancia militar, su apariencia de lugar esotérico, exclusivo. Y el Malecón, cada día, se introduce más en la democrática vecindad de la gente.

A partir de los primeros años del siglo XX, cuando los norteamericanos trazaron el muro entre el mar y la nueva Avenida del Golfo hasta la calle Belascoaín, el Malecón ha sido el jardín de concreto y asfalto donde la canícula se compadece de la ciudadanía nocturna echándoles algún palmetazo húmedo. Ha sido también la pista de los carnavales habaneros desde el primero de la república, en febrero de 1903. Y muro de lamentaciones, porque en algún momento nos hemos sentado ante el agua, azul o negra, a llorar una desgracia, una decepción. Y muro sobre el cual meditamos en nuestros ensueños, añoranzas, resoluciones. Y paseo de los deprimidos, de los que tienen una hora para perder andando sin meta fija. Y ha sido el único parque donde los enamorados pueden besarse –y algo más- dándole las espaldas a la curiosidad transeúnte.  

O se lleva el Malecón en el alma o La Habana es solo el dormitorio o el sitio de trabajo, nunca el lar de los dioses familiares que nos comprometen a cumplir un culto de pasión hacia el aire y las formas de la ciudad. Esa línea irregular y amurallada que, a poco a poco, fue creciendo hasta su longitud actual, se nos pega como un sello o un cuño en el sobre de correo. Encontrándose en Nueva York, un periodista amigo mío recibió una propuesta de deserción de cierta personera de la Fundación Cubano Americana. Y él, muy serenamente, para quitarse la pejiguera de aquella vendedora de falacias, respondió: me quedo si me traes un pedazo del Malecón y me lo pones aquí, en Manhattan.

En alguno de sus días, ese amigo se había puesto a contar estrellas en el Malecón. Unas veces, adherido a la oreja de su novia; otras,  escuchando el programa Nocturno de los años 60. Nunca, sin embargo, había intentado pescar. Como yo. Que no sé a quien se le ocurrió la idea. Y una noche, hacia las 10, dos o tres amigos nos echamos los cordeles al hombro. Y elegimos el saliente que se adentra en el agua frente al bronce de General Calixto García, en la calle G.

Las horas pasaron. Las estrellas se adormecieron en los primeros resplandores del amanecer. Y yo me fui sin siquiera una sardina que justificara la ausencia de casa. Inventé contar que el peje, grande, había roto la pita, pero me pareció tan común y cursi como cualquier cuento de esquina, y admití ante mi mujer que jamás yo sería un pescador, pero que había aprendido a ser un habanero genuino pasando una noche despierto mientras el mar le contaba al muro del Malecón la espuma de cinco siglos.   

NORMAN MAILER, “TESTIGO MOLESTO”

NORMAN MAILER, “TESTIGO MOLESTO”

Por Luis Sexto

Norman Mailer ha dejado una línea sin la cual su obra no podría ser explicada y muchos escritores y periodistas hubiesen quedado si una guía, un flexible patrón. Es su mejor legado, a mi parecer, esa sentencia que establece la posibilidad de contar “la historia como novela y la novela como historia”. Es decir, historia con inicial mayúscula: la actualidad, la crónica en que, zigzagueantemente, las sociedad humana va dejando atrás el pasado y cifrando el futuro en los signos activos del presente. 

Mailer supo aplicar a su quehacer esa máxima y por ello su obra perdurará por la imbricación de lo ficticio con lo real, del periodismo con la literatura.  Aun en sus piezas de más intención artística, como Los desnudos y los muertos, se detecta el plano de la realidad contemporánea como una luz que quiebra todo artificio. Siguió en esa inclinación realista, a veces naturalista, la tradición de autores que tuvieron en Stephen Crane un punto de partida y continuadores en Sinclair Lewis o Ernest Hemingway y otros que colaboraron en lograr que la literatura norteamericana fuera una de las más sólidas del siglo XX por su registro en los sótanos de los hechos sociales y políticos de su país y a veces del planeta. 

Lo dicho, desde luego, podrá ser solo una opinión. Sin embargo, tendremos que convenir en que Norman Mailer fue uno de los autores universales que las letras en los Estados Unidos aportaron a la cultura mundial. Unió, en una sola vocación, los disímiles medios de la expresión moderna -periodismo, literatura, cine- con el fin de indagar en la naturaleza social del hombre y sus vínculos con las circunstancias; ese ser atrapado, de acuerdo con sus palabras, “en  una maraña ajena, fría”. 

Dedicó su escritura –según propia confesión- a articular su identidad de hombre, pretendiendo decirse a sí mismo quién era para evitar asumirse como la imagen que sus libros, la crítica y los lectores delineaban sobre él. “Pasé -a los 25 años del anonimato a la celebridad” –dijo en una entrevista- y “me convertí sin transición en uno de los más importantes autores de los Estados Unidos: cuando esto llega se sufre obligatoriamente una crisis de identidad”.  

Hubo más. esa búsqueda comprendía el esclarecimiento de su identidad como norteamericano. Su  visión acerca de la sociedad estadounidense y sus conciudadanos fue cortante. No anduvo con cautelas expresivas cuando definió a Norteamérica así: El sitio donde  “las personas son lindas, viven a veces en el lujo, pero creen tan solo en la droga y en el dinero”.  “Tiene un comportamiento extraño. Sus cerebros están llenos de espuma. No comprenden nada más.”

Los manuales  ligan  a Mailer con el  New Jornalism. Lo  incluyeron en la lista de autores que, según Tom Wolfe,  mientras esperaban convertirse en novelistas iban calentando sus motores en el reportaje. Pero ya para esos años iniciales de la portentosa década de los 60, Mailer era novelista y también un periodista que sabía emplear los recursos de la narrativa literaria para dotar a su ejercicio periodístico de la calidad y la hondura de la novela. Fue, a mi parecer, un jardinero exquisito del llamado en español periodismo literario, que halla antecedentes  en Daniel Defoe, Víctor Hugo y José Martí.

Tal vez el New Jornalism norteamericano –que no es el principio de ningún camino, sino su continuación- no  marcó a Mailer con la desmesura técnica que caracterizó los reportajes de los autores de ese  movimiento aparentemente renovador y que al fin, en un breve lapso, despertó la sospecha en los lectores. Mailer fue habitualmente más claro, más preciso en sus fines, sin llegar a saturar, asfixiar con las atmósferas cerradas, a lo Poe, de los llamados “periodistas nuevos”.  Polémico siempre; fracasado por momentos; combatido a veces; exaltado también, sus más de 30 libros permanecerán como los signos preclaros de una sociedad donde “mucha gente –dijo- estaría feliz si pudiera encerrar a la mitad de la población en las cárceles”.

Libros como Los ejércitos de la noche,  Oswald: un misterio americano y El fantasma de Harlot,  que denuncian el totalitarismo del poder en los Estados Unidos, mantendrán viva, tras la muerte reciente del escritor a los 84 años, la verdadera identidad de Norman Mailer: “Ser un testigo molesto” que intentó expresar la Historia como novela y la novela como Historia.    

EL DIA QUE EL REY DIJO ALGO QUE NO LE HABIAN ESCRITO

EL DIA QUE EL REY DIJO ALGO QUE NO LE HABIAN ESCRITO

Por  Pascual Serrano

El pasado sábado 10 de noviembre, en la Sesión Plenaria de la XVII Cumbre Iberoamericana, asistimos a una bronca sin precedentes entre el presidente venezolano Hugo Chávez, el español José Luis Rodríguez Zapatero, el nicaragüense Daniel Ortega y el rey de España Juan Carlos I. “¿Por qué no te callas?”, le espetó el rey español al presidente venezolano, que había calificado de “fascista” a José María Aznar por su apoyo al golpe de Estado en Venezuela en abril de 2002. Borbón, visiblemente alterado, abandonó el acto de clausura de la Cumbre Iberoamericana que se ha celebrado en Santiago de Chile para no escuchar las críticas que el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, dirigió a la multinacional española Unión Fenosa. Por su parte, Rodríguez Zapatero reclamó a Chávez «respeto» para Aznar, destacando que «fue elegido por los españoles».

Repasemos el comportamiento de cada uno de los protagonistas.

Hugo Chávez

Se ha dicho que no tenía sentido criticar a Aznar en una cumbre que abordaba la cohesión social de la comunidad iberoamericana, pero pocos informaron de que la intervención de Chávez previa al incidente era en respuesta a las palabras recién expresadas de Zapatero, quien afirmó que un país nunca podrá avanzar si busca justificaciones de que alguien desde fuera impide su progreso. El presidente venezolano mostró su desacuerdo y respondió que “no se pueden minimizar” el impacto de los factores externos, en referencia al apoyo de Aznar al golpe de Estado en Venezuela en el año 2002.

Se le acusa a Chávez de recurrir al insulto para dirigirse a Aznar y no respetar las formas y la educación. Pero no debemos olvidar cuál es el motivo de la indignación de Chávez: un gobierno quiere derrocar a un presidente legítimo y apoya un golpe de Estado y frente a eso la reacción es acusar al presidente de insultar al golpista. El mundo al revés.

También se ha vuelto a afirmar que no era el lugar ni el momento adecuado para la acusación. Eso mismo le dijo la derecha al ministro de Asuntos Exteriores español Miguel Ángel Moratinos cuando recordó en un programa de televisión la implicación del gobierno de Aznar en el golpe contra Chávez. ¿Cuándo es el momento para decirlo? No hay cumbres iberoamericanos bajo la temática “los golpes de Estados que se quisieron dar en América Latina y quiénes estaban detrás de ellos”, de modo que habrá que explicarlo en algún momento que los presidentes se reúnan y debatan.Rodríguez Zapatero

El presidente español reaccionó molesto a las críticas de Chávez al ex presidente Aznar y recordó que fue elegido democráticamente. Un presidente puede tener la obligación de defender las instituciones de su país ante críticas extranjeras, pero no las políticas de otros gobernantes. Si el presidente de Venezuela hubiera embestido contra el Parlamento español, el Tribunal Supremo o cualquier otra institución la reacción de Zapatero habría estado justificada, pero lo que afirmaba Chávez sobre la participación española en aquel golpe, además de ser verdad, fue también reconocido y revelado por el ministro de Exteriores español primero en un programa de televisión y posteriormente en el Congreso de Diputados. No debería molestar nunca la verdad.

El presidente español se permitió también la impertinencia de afirmar ante los periodistas tras la cumbre que advertía al venezolano que esperaba que fuese "la última vez" que en un foro como la cumbre iberoamericana alguien actúa como lo hizo él con sus críticas al ex mandatario José María Aznar. ¿Por qué no puede un presidente denunciar en una cumbre el apoyo de un país a un golpe de Estado?Zapatero volvió a estar desafortunado poco después en un mitin en Buenos Aires, donde dijo que en una reunión internacional, si alguien ataca y descalifica a tu compatriota, aunque éste sea un rival y adversario, "tú sales a defenderle" . ¿Debemos defender a Franco?, ¿también a los españoles que participaron y fueron condenados por los atentados de Atocha?, ¿deben los alemanes defender a Hitler?, ¿qué hacemos en Iraq con los iraquíes que defienden a su compatriota Sadam Hussein?, ¿qué haríamos con un saudí que defendiera a su compatriota Bin Laden?Si Zapatero quiere defender a compatriotas lo que debería hacer es pedirle al fiscal general que apoye a los abogados de la familia Couso, que está pidiendo justicia por el asesinato del periodista José Couso por militares estadounidenses en Bagdad. Ahí es donde se debe ver la defensa de un presidente a sus ciudadanos.Juan Carlos de Borbón

El rey de España por primera vez dijo algo espontáneo que previamente no había sido escrito por ningún asesor, ni Casa Real ni miembro del gobierno. Los españoles pudimos ver su capacidad analítica, nivel intelectual, conocimiento geopolítico, dotes diplomáticas y respeto a un gobierno legítimo en su expresión: "¿Por qué no te callas?". Numerosos medios y analistas comentan que el rey perdió los nervios; estoy convencido de que no los perdió, simplemente, por única vez, ha hablado por su propia boca y no repitiendo lo previamente indicado por nadie. Ya sabemos por lo tanto lo que puede dar de sí el Borbón cuando se lo deja solo. A algunos nos pareció estar oyendo en ese "¿Por qué no te callas?" el “Se sienten, coño” de otro militar español [1]. Aunque quizás lo que alarmó a Juan Carlos de Borbón fueron los detalles secretos del golpe de Venezuela que estaba contando Chávez. ¿Pensó quizás que se acercaba a alguna revelación peligrosa? 

Vayamos ahora a ver las reacciones

Partido Popular

A través de su secretario de comunicación, Gabriel Elgorriaga, aseguró que el incidente ha sido consecuencia "de la imprevisión, de la negligencia y de la falta de capacidad de actuación" del presidente Zapatero. ¿Creía Zapatero que defender el golpismo de Aznar frente a las verdades de Chávez le iba a granjear aplausos de la derecha?Gaspar Llamazares

El coordinador de Izquierda Unida ha demostrado gran sensatez admitiendo que "puede discutirse la oportunidad de las formas", pero subrayó que "lo que no es discutible es lo dicho por Chávez sobre la implicación y el apoyo" del Gobierno de Aznar "a la intentona de derrocarlo en 2002”.Para Llamazares, "lo que hace Chávez es decir la verdad", y que "a estas alturas alguien se escandalice" por censurar aquella maniobra "es, cuando menos, hipócrita".

Editoriales de El País y El Mundo

“También don Juan Carlos estuvo en su papel, puesto que el presidente venezolano cruzó con sus descalificaciones la línea de lo tolerable en una relación entre países soberanos”, decía el editorial de El País. Años criticando la mala educación y la ausencia de formas del presidente de Venezuela y aparece Juan Carlos de Borbón diciéndole "¿Por qué no te callas?" al presidente de otro país en el plenario de una cumbre y dicen los del diario global que “estuvo en su papel”. La sintonía con el editorial de El Mundo es absoluta: “al matonismo político del presidente venezolano, Hugo Chávez, que está contagiando a otros presidentes, como el nicaragüense Daniel Ortega. Y fue el Rey de España quien paró los pies al caudillo venezolano en presencia de todos los mandatarios iberoamericanos, diciéndole lo que hace mucho alguien le tenía que haber dicho”. "¿Por qué no te callas?", eso es lo que hay que decirles a los presidentes latinoamericanos cuando no nos gusta lo que dicen, según el criterio de este periódico. Además, entre un rey no elegido y un presidente elegido en las urnas, El Mundo reserva la consideración de “caudillo” para el segundo.Diario Público

Dicen en portada que “Daniel Ortega también ataca a España” y lo vuelven a repetir en la página 2: “Los representantes de Nicaragua y Cuba también critican a España”. No es verdad, nadie atacó a España, Chávez criticó a Aznar y Daniel Ortega a Unión Fenosa. Ni Aznar ni esa empresa privada son España. Uno de sus analistas, Jesús Gómez, escribe: “Lo último que necesita la izquierda latinoamericana es una dosis extraordinaria de mesianismo y desprecio por la democracia y sus formas”. Lo preocupante es que no se refería a los golpistas de Estado contra Venezuela, sino a su presidente democrático.

El amotinamiento de los países dignos contra golpismos y abusos procedentes de presidentes y multinacionales españolas en esta cumbre nos debe hacer reflexionar a todos que ha llegado la hora de cambiar las relaciones entre la antigua metrópoli y América Latina.

Las expresiones y avances hacia la unidad latinoamericana deben conllevar el alejamiento de una ex metrópoli que, con un jefe de Estado no electo que manda callar a los presidentes democráticos de América Latina y abandona las reuniones cuando no le gusta lo que oye, demuestra que no ha entendido que las cosas han cambiado. Si el gobierno de España va a esos encuentros a representar y defender a las multinacionales y a presidentes golpistas, este país europeo sobra en las cumbres latinoamericanas.

Cuando un joven se hace adulto e independiente, llega el momento en su vida en que debe dejar de invitar a sus cumpleaños y fiestas sociales a aquel compañero del colegio violento y bestia que le molestaba en el recreo.

América Latina debe elegir entre unidad y soberanía o metrópoli que le dice que se calle.

LA RADIO EN CUBA

LA RADIO EN CUBA

 Por Luis Sexto

 Los norteamericanos introdujeron la radio en la Isla en 1922.  Hacía solo dos años que había aparecido en los Estados Unidos  Oscar Luis López, en su libro ya clásico, La radio en Cuba, nos ha suministrado los datos primordiales. La Cuban Telephone Company  fundó la emisora PWX. Qué aspecto de la vida cubana  entonces no se sometía a la influencia de los Estados Unidos. Hasta la música, que pronto asimiló las influencias transformándolas en un plato criollo. Igual la radio.

Aunque los anuncios se referían mayoritariamente a productos norteamericanos, y la técnica también procedía del Norte, el talento criollo  adecuó el medio. Y  plantaron sus difusoras pioneros cubanos: el mambí y músico Luis Casas Romero, en La Habana; Manolín Álvarez en Caibarién… De modo que la radio se convirtió en el medio principal: noticias, información, espacios culturales como la Universidad del Aire con el que el escritor Jorge Mañach intentó difundir “la alta cultura”. Y Félix B. Caignet aplatanó la “soap opera” inventada en Chicago en 1928. Y se erigió en líder de las radionovelas en  español, tal un  “Shakespeare del melodrama”, como lo llamó el mexicano Vicente Leñero en un reportaje paradigmático titulado: “El derecho de llorar”, parafraseando el famoso título del Derecho de nacer, el clásico mundial de Caignet.

 Evaluando mis memorias infantiles y sumándoles mis observaciones profesionales durante más de 35 años de periodismo, puedo aseverar que la radio fue el primer medio masivo en Cuba antes de 1959. los nacidos en la década de los 40 del siglo XX, recibieron los primeros conceptos de justicia mientras oían, de pie sobre un taburete, los episodios de Leonardo Moncada, el Titán de la llanura, que escribía Enrique Núñez Rodríguez. Pocos de aquella época deben de haber olvidado los atardeceres cuando hacia las siete sonaba en casi todos los hogares la música aguda, a base de cuerdas, que daba paso a la voz incomparable de Eduardo Egea –Moncada- y la del juvenil Ramón Veloz en el papel de Pedrito Iznaga.  Escasas oportunidades para el esparcimiento o la instrucción  había en mi pueblito pobre y remoto. Nos salvaban esas aventuras, y  Los tres Villalobos, y la novela Palmolive, y La tremenda corte, y Chicharito y Sopeira…

La radio no apareció en Cuba para desplazar la lectura, como algunos pronosticaron, sino para auxiliar al libro, o ayudar a cuantos no podían leer. Incluso, en las tabaquerías empezó a convivir con el lector, nunca a sustituirlo. Tampoco la Televisión la arrinconó. Y siguió siendo, en particular, el medio de los analfabetos y de los pobres. Podían los obreros y los campesinos contar con un receptor de radio –eléctrico o de batería; un televisor, sin embargo, era artículo de lujo. Mi padre compró un Philco en 1957, aprovechando un jornal milagroso de seis pesos al día. Y al cabo el vendedor se lo quitó: no pudo pagar los plazos.

 La tradición se mantiene: música, humor, novela, noticias, instrucción... El cubano de hoy, el de la Cuba profunda, en provincias, regularmente mantiene hábitos, costumbres  e insuficiencias de 50 años atrás. Oír radio es un hábito. Una necesidad. No una insuficiencia. Más bien las insuficiencias radican en el escaso valor que le atribuyen los organismos oficiales a ese medio, que en 2007 cumplió 85 años.  Más de 70 emisoras, entre nacionales, provinciales y municipales, continúan presentando sus ventajas sobre la TV. La radio es menos costosa, como sabemos. Y  exige menos inmovilidad del oyente, que puede simultanear su  oído con las manos y los ojos. Oye radio mientras trabaja.  Ahora bien,  me parece que está relegada. Los colores de la pantalla nos han obnubilado; abundan los telerreceptores. Los aparatos de radio, en cambio, escasean.

Hacia 1993, cuando en Cuba empezaron a aplicarse ciertas reformas económicas, y los centros laborales se convertían en “parlamentos obreros”, pude constatar en las asambleas donde estuve como reportero o como invitado, que las ideas debatidas en “Hablando claro” un programa aparecido ese año y del cual soy aún uno de sus comentaristas- se expresaban recurrentemente y  a veces los participantes  citaban el nombre del espacio. Ello me confirmaba la incidencia abrumadora del medio radial.  

 

PALABRAS Y PALABRAS

PALABRAS Y PALABRAS

 Chispeante y exacta nota enviada desde Miami.  El autor queda en el anonimato. ¿Podrá ser de otro modo?  

Cuando el señor presidente de los Estados Unidos de América habla de Cuba,  solo"opina", "dictamina", "informa", "decide" y "sentencia", dentro de otras acepciones del verbo opinar. Pero cuando Fidel Castro se refiere a la política estadounidense, "arremete", "agrede", "ataca" y "embiste", entre otros sinónimos del verbo arremeter. 

Ello marca la diferencia cuando al informar, los presentadores de noticias en la televisión hispana cambian también sus caritas. Hay que verlos, en el primer caso alegres, satisfechos, complacidos, mientras en el segundo engurruñan el rostro cual enanitos del cuento de Blancanieves. Cualquiera de ellos se convierte en un "Elmer gruñón", aquel de nuestros personajes infantiles en las tandas de muñequitos (comics). 

Y ello es algo que se repite  constantemente, cuando desde Venezuela Chávez habla --siempre dirán que arremete--, lo mismo que Evo Morales, de Bolivia, y hasta la mismísima madre de los tomates, si criticara al jefe del gobierno de esta nación o a los súbditos que le siguen. Valga destacar entre estos a los hermanos Diaz-Balart, en sus constantes intervenciones ante las cámaras de la televisión en español de Miami. Resultan tan elocuentes que generalmente comienzan hablando de un hecho histórico y terminan haciéndolo de extraterrestres; o inician un tema acerca de Cuba y lo finalizan comentando sobre tomates. 

¡Cuánta inteligencia desperdiciada!. Y resulta una constante, cuando igualmente se refiere a la lsla el senador Mell Martinez u otro de la misma camada.Raul, Alarcon y el canciller Felipe Perez Roque, no emiten un juicio u ofrecen ideas. Ellos también embisten, resultan disonantes y se estrellan contra la política norteamericana. E igualmente resulta paradójico cuando cualquier otro senador trata de abordar el tema del ridículo y anacrónico bloqueo. Sus palabras son calificadas generalmente de equivocadas, erróneas y hasta entupidas en muchos casos. Me pregunto, ¿será cuestión de verbos confundidos? 

DE CODOS EN EL PUENTE

DE CODOS EN EL PUENTE

POR LUIS SEXTO


Mi primera impresión de Matanzas se engarzó con los puentes. De niño, viajero en una Flecha de Oro –la ruta de los pobres- procedente de Las Villas, se me reveló a la derecha la ventana azul del mar, atravesado en la desembocadura del San Juan por un cruce ferroviario, y a la izquierda la lejana silueta de las pasarelas de la calzada de San Luis. El niño miraba desde el paso de hierro del Calixto García. Nunca olvidé la visión. Y me ocurrió como a muchos, o a todos, cuando al transitar por la ciudad les perturba el discurrir de los 15 viaductos sobre los tres ríos que, en lógico rebautizo, debían de legitimarle a la ciudad el apelativo de la Venecia de Cuba, con las góndolas inmóviles de sus puentes.

Matanzas distrajo parte de su historia levantándoles puentes al Yumurí, el San Juan y el Canímar. Intentaba domesticarlos para unir los tres sectores en que la dividieron dos de esas corrientes que asumieron desahogos de rebeldía y que con sus cíclicas avenidas de furia arrastraban las ligaduras de madera o cantería sobre las cuales los vecinos de Versalles y Pueblo Nuevo se comunicaban con el centro de la villa o la ciudad.
Pero los puentes significan allí más que la recta o arqueada servidumbre que allana el camino. Esconden entre sus barandas y pretiles un valor de sensibilidad, cuyo trazo, medieval o moderno, preserva a Matanzas como una postal de caserío somnoliento, arrinconado contra el lomerío por el palmetazo del casi mar interior de su bahía.
Sobre ellos se han acodado todas las generaciones de matanceros. Unos a llorar sus desgracias de amor; otros a filtrar ante la abrupta silueta del paisaje el júbilo de vivir. Y todos, en cualesquiera de las noches de Matanzas han cantado con sus actos, como en un eco antañón, lo que versificó José Jacinto Milanés: “San Juan, ¡cuántas veces, parado en tu puente/ al rayo de luna que empieza a nacer, / y al soplo amoroso de brisas fugaces/ frescura he pedido que halaguen mi sien!”

Yo también, tres lustros después de mi descubrimiento infantil de la ciudad, estuve de codos en el puente. Durante un año trabajé allí, y por las noches solo tenía la alternativa, luego de estar leyendo una hora en la biblioteca Gener y Del Monte, de sentarme en un aburrible banco del parque de la Libertad a silbarle al sueño mis bostezos, o caminar hacia uno de los puentes a mirar el fluir del tiempo en las aguas negras. En una ocasión, acompañado de Enrique Pichardo, nos alumbró la idea de visitar a Agustín Acosta. Los poetas han compuesto otra de las gracias de Matanzas.
Acosta conservaba la fama de haber empezado a actualizar la poesía cubana en los primeros lustros del siglo XX. Su libro principal, La Zafra, le había adherido a su autor el título de poeta nacional. Había llevado al poema la tragedia primordial de la nación: las viejas carretas rechinan, rechinan, llevando el futuro de Cuba en las cañas, hacia el ingenio norteamericano.

El poeta, cordial con los visitantes, me recomendó, aprendiz yo entonces como ahora, que nunca escribiera ni improvisara versos después de comer. Me regaló, corregidas por él, las pruebas de imprenta de su último libro, Caminos de hierro, expresión de su decadencia, publicado en 1962. Durante la charla, su esposa, apreciablemente más joven, que lo empujará, según ciertos allegados del poeta a la emigración cuatro años más tarde* -a pesar de que el poeta había pedido a Dios en versos que “no me alejes de aquí”- entró en la sala. Una estatua de Apolo aleteaba sobre un pedestal en su cuadriga de fuego. Oh, a ustedes también les gusta la poesía, dijo la señora. Cuando nos retirábamos, Pichardo, hombre mayor, comentó su disgusto por ese saludo tan pobre de miramientos.

-¿Viste? El dios griego casi se cae de su carro al oírla- y trató de ocultar su sonrisa afilada bajo el cuello de la camisa, mientras la calle Descanso, contradiciendo su nombre, nos obligaba a caminar hacia la calzada de la Playa, para recalar otras vez en alguno de los puentes donde la ciudad se percata de la atmósfera líquida que la divide y la une en un adormecido tórax marino y rural.

(DEL LIBRO CRÓNICAS DEL PRIMER DÍA)


*1973