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PATRIA Y HUMANIDAD

Historia

EL CEMENTERIO DE LOS AMERICANOS

EL CEMENTERIO DE LOS AMERICANOS

Por Luis Sexto 

 Hace tres años visité el cementerio de los americanos en la Isla de la Juventud, municipio especial a unos 100 kilómetros al sur de Cuba, en la región occidental.. Y todavía no he podido despegarme de aquella sensación, mezcla de poética fatalidad y de insumisa rebelión contra el destino. Esa tarde no utilicé la libreta de apuntes. ¿Qué hubiera escrito que retuviera con signos vivos, hirientes, mis sentimientos? Y preferí que el rumor de las casuarinas, con sus hojas tan  finas como pelos, grabara en mi recuerdo el melancólico fracaso del silencio y la piedra cuando intentan mantener la vida más allá  del tiempo. 

Los camposantos suelen ser el sitio donde la caducidad de los seres y las cosas se erige en un paisaje inapelablemente definitivo y desolador, a pesar del exceso monumentario que distingue el tributo a los muertos en la cultura latina. Pero los cementerios de origen anglosajón –a veces protestantes por confesión religiosa- son aun más desoladores en su sobriedad: apenas permiten que los difuntos sobresalgan bajo un nombre y una fecha sobre una lápida desnuda.  

Uno, sin embargo, se sorprende al entrar en el de los americanos en la Isla de la Juventud. Espera ruinas y desidia, y halla el ámbito donde no parece que ya nadie va a guardar sus huesos. Los pineros lo conservan limpio, podado, como en plena faena digestiva. Le han puesto linderos a la manigua que acecha, para preservar la precaria memoria de unos 280 colonos allí sepultados. Y se empeñan también en proteger las reliquias de la historia en la isla que Colón llamó La Evangelista y  después nombraron del Tesoro, de los Baños, de Pinos y actualmente de la Juventud. Es lo único, además de un bungalow, sito también en Nueva Gerona, que resta de la presencia norteamericana en Isla de Pinos.  

El primer colono enterrado se llamó  Freeman Cooper, alemán que vino desde los Estados Unidos. Había nacido el 30 de enero de 1866 y después de varios años de trabajo falleció el 30 de noviembre de 1907. Su hijo Frank, norteamericano de nacimiento, administró la necrópolis hasta 1976, cuando regresó a su país. Yacen también allí mister Pierce, presidente de Isle of Pines Company, y mister Mills, dueño de  otra empresa principal.  

A partir de la ocupación militar de Cuba, tras la guerra hispano cubano americana, los colonos empezaron a desembarcar masivamente en Isla de Pinos, en una inmigración que, al igual que en Camagüey y otras provincias, se plantaba  con el propósito de ir esparciendo la anexión. Isla de Pinos, sin embargo, ya parecía anexada. La Enmienda Platt aplazó la definición sobre la soberanía de la segunda isla del archipiélago cubano -prácticamente se la habían apropiado-. Y solo en 1926, por medio del tratado Hay-Quesada, este territorio pasó a la total jurisdicción de Cuba.  

En 1901, Isle of Pines Company compró 21 120 hectáreas  por 120 000 dólares, y más tarde las vendió en lotes diez veces por encima de su precio original. El fraude, más que la fecundidad de la tierra, convirtió a Isla de Pinos en una verdadera Isla del Tesoro para las compañías especuladoras. Sobre ese esquema publicitario –el tesoro oculto y la isla por descubrir-, los promotores de la colonización norteamericana entusiasmaron  a centenares de pioneros que llegaron a poseer más de 2 000 propiedades, incluyendo los principales negocios, y fundaron pueblos norteamericanizados como Columbia,  Mc Kinley, San Pedro, Santa Bárbara, Los almácigos y San Francisco de las Piedras. Hacia 1913 residían allí más de 1 600 estadounidenses. Casi tantos como los pineros. 

Estos datos, que quiebran con la rigidez de los hechos la emotividad romántica de mi crónica, me los cedió después el historiador Juan Colina. Porque esa tarde en aquel ámbito donde el tiempo no existe, nada anoté. Bécquer esparcía las hojas de otoño de sus rimas, Thomas Gray hacía sonar las esquilas de sus elegías... La experiencia hoy puede parecer patética. Ridícula incluso. Pero cualquier opinión no cambia la certeza de que la soledad y el olvido tienen nombres. Nombres inertes cuyo destino fue quedarse solos, sepultados en la vacuidad del dinero y el poder.   

 

HIROSHIMA: LA CIUDAD DE PAJA

HIROSHIMA: LA CIUDAD DE PAJA


Por Luis Sexto
 

La mañana del seis de agosto de 1945, Hiroshima se adentraba en su plácida y habitual rutina bélica. Hasta ese día, la aviación norteamericana nunca había echado sobre la ciudad otra cosa que no fuera el ruido de sus naves. En los primeros meses de ese año, flotillas de hasta 200 aparatos se desplazaban cerca, mientras los habitantes de aquel puerto del Pacífico observaban cómo la mancha plateada se escurría en lontananza hacia focos urbanos como Kure, Kobe, Osaka, Tokio, donde las fábricas humeaban en la producción de armamentos.
 

En Hiroshima apenas había industrias. Era una ciudad de paja. Varios edificios sólidos y altos en el centro, como el Palacio de la Exposición Industrial. A partir de ese sitio, en horizontal dinamismo, se extendían las edificaciones típicamente japonesas de una y dos plantas, construidas de madera, caña, cartón, papel y paja de arroz. La atmósfera de guerra consistía en la llegada de tropas del frente o su salida hacia los escenarios de las operaciones, y el alarido de las sirenas que solían aullar inútilmente, en particular a las 5 y 20 de cada mañana, cuando un B 29 interrumpía el sueño de la ciudad en un vuelo que más bien parecía pasar con la costumbre de una ruta comercial. Era "El correo americano". Así lo apellidó el pueblo, habituado a oírlo tronar sin que el aire se alterara.

Al amanecer de aquel 6 de agosto también había volado el "Correo". El sonido de otra Superfortaleza volante a las 7 y 55 tampoco avivó la suspicacia. Las decenas de maestros doctorados en las ceremonias del té, cuyos cursos podrían largarse hasta tres años, y los expertos en la escritura con pincel y tinta china comenzaban sus clases. Los obreros emprendían en bicicleta el viaje hacia el trabajo. En Nagatsuka, a seis kilómetros del núcleo central de la ciudad, el rector del noviciado jesuita, Pedro Arrupe, conversaba en su despacho…

 

Arriba, en cambio, las tripulaciones de cuatro aparatos quebraron la usual bitácora de vuelo. Ya no se limitaron a mirar hacia abajo a aquella ciudad plana como una alfombra, desde donde no se empinaba ninguna hostilidad. Ese era el Día D. Sobre Hiroshima -nunca antes estimada en la estrategia destructiva del mando en los Estados Unidos- caerá en menos de un cuarto de hora una insólita, nueva arma. Los norteamericanos la llamaban "bomba atómica", refiriéndose a un concepto físico y militar todavía pronunciado lentamente, como si masticaran una carne o una pasta desconocida. Los sobrevivientes del bombardeo la nombrarán pronto, en japonés, Pikadón: pika, relámpago; don, estruendo.
 

on las investigaciones de un equipo de científicos, dirigidos por el físico Robert Oppenheimer, los norteamericanos se habían adelantado a la Alemania de Hitler en el uso militar del átomo, y adquirían sobre todo esa arma irresistible y secreta que, según el profesor de la Sorbona André Kaspi, había compuesto los sueños de Franklin Delano Roosevelt. Tanto se afanaba el presidente demócrata por fabricar "un arma secreta" que subvencionó, incluso, investigaciones de sustancias tóxicas capaces de generar enfermedades como el ántrax o el botulismo. Roosevelt, de acuerdo con Henry Stinson, secretario de Estado de Guerra, "hablaba conmigo (...) de su absoluta conciencia de la potencia catastrófica de nuestro trabajo. Pero había que llevarlo hasta el final. Nunca calló su satisfacción por esta arma secreta, construida bajo el rubro de Operación Manhattan, ni amenguó su deseo de que los Estados Unidos conservaran el monopolio atómico".
 

OS DESDE EL CIELO
 

 flotilla había despegado de Timán, Islas Marianas. Los tripulantes aprendieron los ejercicios de esa misión sellada con el top secret del gobierno, en la base aérea de San Antonio de los Baños, en Cuba, isla del Caribe que entonces era un campo de experimentación norteamericano. Un avión de observación meteorológica encabezaba la formación y dos naves de reconocimiento la flanqueaban. En el medio, un B-29, llamado Enola Gay. A las seis horas avistaron tierra japonesa. A las 8 y 15, hora de Hiroshima, las compuertas del bombardero se abrieron, y una bomba de cuatro y media toneladas, con el ingenuo sobrenombre de Litle boy, se abatió sobre la ciudad confiada en aquella rara suerte de quedar siempre detrás de la aviación norteamericana.
 

Tres días más tarde, el 9 de agosto, el coronel Paul W. Tilbets, piloto del Enola Gay, relataba a los lectores del diario francés Le Monde el episodio más original de su carrera de aviador. Compongamos una escueta entrevista para ordenar sus declaraciones:

-¿Visibilidad?
-Excelente.
-¿Resistencia por parte del enemigo?

-Ninguna.
-¿Dificultad para maniobrar? Ninguna. "...Arrojamos la bomba sin usar los instrumentos de abordo."
-¿Sabía la tripulación qué tipo de arma portaba el la nave?
 -Claro. "...Cuando la lanzamos sabíamos que habíamos desencadenado un infierno, y por ello mientras la bomba caía alejé el avión todo lo posible del centro de la explosión. Es difícil imaginar lo que vimos después: aquel cegador fulgor, aquella aterradora masa de humo negro que subía hacia nosotros a una velocidad extraordinaria, después de haber cubierto toda la ciudad, cuyas calles y grandes inmuebles podíamos aún distinguir unos instantes antes."
 

AL OTRO LADO DEL FUEGO 
 

 las 7 y 55 de la mañana las alarmas repitieron las advertencias rituales de que aviones enemigos se acercaban. Cuantos miraron al cielo vieron muy alto un B-29. Luego, a las 8 y l0 la alarma recomendó la distensión de los pocos que se habían inquietado. Transcurrieron apenas cinco minutos cuando un fogonazo, como si se hubiese oprimido el obturador de una cámara con flash de magnesio, pintó de luz el espacio.
 

El padre Arrupe se levantó de su silla rectoral en el noviciado de Nagatsuka. Se acercó a la ventana. Y entonces "un mugido sordo y continuado, más como una catarata que a lo lejos rompe, que como una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta nosotros con una fuerza aterradora".

La casa tembló como manos con el mal de Parkison. Los cristales, al fragmentarse, semejaron el toque de campanas tocando sólo una vez a muerto. Los tabiques de barro y caña se pulverizaron. Y las personas cayeron al suelo.

 

Minutos después, calma. El Padre Arrupe se incorporó y tras averiguar si alguno de los novicios y el resto de la comunidad estaba indemne, comenzó a buscar en el jardín, junto con otros hermanos, el cráter de aquella bomba. Pero no lo encontraron. Fueron entonces a la cima de la colina para alcanzar mayor espacio visual. Y ante aquella visión increíble y cierta a la par, los padres recurrieron a la historia para explicarla: ¡Pompeya arde nuevamente! Ante ellos se explayaba, humeante, por el suelo calcinado lo que hasta hacía unos minutos era la ciudad de Hiroshima. En pie, sólo el nueve por ciento de los edificios, en jirones, de aquella ciudad con más de 400 000 habitantes. A lo lejos se vislumbraba la cúpula de la exposición industrial, que hoy, conservada, se le conoce como la Cúpula Atómica. Lo demás ardía. Más de 200 000 víctimas en una ciudad de paja.

El Padre Arrupe tardó cinco horas en penetrar en la ciudad convertida en una cicatriz por el fuego blanco de la bomba atómica. Su antigua profesión de médico le sirvió para aplicar las primeras curas, con agua boricada, a muchos de los supervivientes. Los detalles dantescos la primera explosión nuclear genocida, los contó en un capítulo de sus memorias como misionero en Japón. Tuvo el privilegio, o la faena sagrada, de sobrevivir para atestiguar sobre aquel Apocalipsis. Figurémonos que entrevistamos a este cura español que fue, a principios de los años 60, Padre General de la Compañía de Jesús. Preguntémosle:

-¿Fue necesaria la bomba atómica?

-"Militarmente Hiroshima tenía un valor innegable. No era una ciudad que bordase cielos con el humo bélico de factorías guerreras, pero era un puerto militar de embarque y desembarque de tropas. Pero América se preocupaba mucho más de las máquinas que de los soldados japoneses. Y estaba en lo cierto. Japón se rindió con su ejército intacto, porque le falló la industria con que hacerlo eficaz."

-¿De aquella experiencia que no podrá olvidar jamás?

-Los "gritos desgarradores que cruzaban el aire como los ecos de un inmenso aullido. Porque aquellas gargantas, destrozadas por el esfuerzo de muchas horas pidiendo auxilio, emitían unos sonidos roncos que nada tenían de humano. Y clavándose en el alma, mucho más honda que cualquier otra pena, la que se experimentaba al ver a los niños deshechos, agonizantes, abandonados y sintiendo sobre sí todo el peso de su propia impotencia".

-¿Necesitaban, Padre, morir?

-"No habían merecido ser víctimas de la guerra (...) estaban purgando pecados ajenos".
 

 

DINERO DE CUBA EN LA INDEPENDENCIA NORTEAMERICANA

DINERO  DE CUBA EN LA INDEPENDENCIA NORTEAMERICANA

Por Luis Sexto

George Washington sería el primero en ordenar un añadido en los textos escolares de historia de los Estados Unidos. Nadie como él pudo apreciar aquel millón de libras esterlinas que aportaron las damas de La Habana, y con el cual pudo avituallar su ejército, carente entonces de ropas, alimentos, armas y municiones, para batir definitivamente a los ingleses en la batalla de Yorktown el 31 de octubre de 1781.

Ciertos estudiosos y profesores universitarios de los Estados Unidos reclaman desde hace años el derecho de los estudiantes norteamericanos, incluso a los de origen latino, a conocer el concurso de españoles, cubanos, mexicanos y de otros países de América Latina y el Caribe, en la guerra por la independencia de las 13 Colonias. Todavía hoy solo se habla de la participación europea, en particular francesa, y se exaltan los nombres de Lafayette, Von Steuben, Kalb, y otros.

El historiador Stephan Bonsal asegura que el aporte monetario de las mujeres en Cuba “puede ser considerado, verdaderamente, el cimiento sobre el cual se erigió el edificio de la independencia americana”. La historia es así. En la primavera de 1781, Washington le comunicó al general Conde de Rochambeau, jefe de las fuerzas francesas en territorio norteamericano, las necesidades logísticas de sus tropas, calculadas en un millón 200 mil libras esterlinas. El militar pidió lo que en la época sumaba una fortuna, a Degrasse, almirante de la flota francesa fondeada en Santo Domingo.  El marino intentó  colectar el dinero en  esa isla, pero le resultó imposible. Y remitió tres de sus barcos a La Habana, uno de los cuales navegaba capitaneado por el célebre Saint Simon. 

Mujeres adineradas, esposas o hijas de altos funcionarios de la colonia, de comerciantes  o de hacendados criollos, se despojaron de sus joyas, en un donativo cuyas razones habría que buscarlas en la solidaridad con los norteamericanos, o en el odio a Inglaterra, que había gobernado y maltratado a los habaneros en 1762. Lo cierto que su sacrifico cubrió casi el monto de la suma, divido luego entre las tropas independentistas y las francesas.

Capitán General de Cuba era Juan Manuel Cagigal, cuyo ayudante de Campo se llamaba Francisco de Miranda, más tarde precursor de la independencia  de los países hispanoamericanos. Ambos pelearon del lado insurrecto en la batalla de Pensacola, dirigida por Bernardo Gálvez, gobernador español de la Luisiana que apoyó desde 1777 a los revolucionarios de las 13 Colonias. Galveston fue bautizada así en su honor. En Pensacola, en 1781, como en Mobile en 1780, lucharon 4 000 soldados procedentes de Cuba, muchos nativos, blancos y negros, de la isla; 2 000 de México y centenares de Puerto Rico, Haití, Santo Domingo.

La historia podría escribirse en el presente, pero ocurrió en el pasado,  imborrable e insustituible. Washington sería el primer en testificarlo.

 

MONEY FROM CUBA IN AMERICA´S INDEPENDENCE CAUSE

MONEY FROM CUBA IN AMERICA´S INDEPENDENCE CAUSE

By Luis Sexto

George Washington would be the first to order an addition in the school history textbooks. Nobody could better appreciate the million pound sterling given as contribution by the ladies of Havana, and which helped him provision his army, then lacking in food, weapons and ammunition, to definitely beat the British in the battle of Yorktown on  October 31st, 1781.Certain scholars and university professors from the United States have claimed for years the right of U.S. students, including those of Latin origin, to learn about the support by Spaniards, Cubans, Mexicans and other Latin American and Caribbean countries in the 13 Colonies´ War of Independence.Even today the European participation, particularly the French, is the only one spoken about, and the names of Lafayette, Von Steuben, Kalb, amongst others, are praised. Historian Stephan Bonsal affirms in one of his books that the monetary contribution of the Cuban women "can be considered, truly, as the foundation on which the building of North American independence was erected". History is like that. In the spring of 1781, Washington reported to the General Count of Rochambeau, Chief of the French Forces in North American territory, of the logistics needs of his troops, calculated to total one million two hundred thousand (1,200,000) pound sterling. The military man asked Degrasse, Admiral of the French Fleet anchored in Santo Domingo, for this amount, considered a fortune at the time. The seaman attempted to collect the money on that island, but that was impossible. He then sent three of his ships to Havana, one of which was being captained by the famous Saint Simon.  Wealthy women, the wives and daughters of the colony's high officials, merchants and Creole landowners, stripped themselves of their jewelry, to make this donation, the reasons for which would have to be searched in their solidarity feelings for the North American people, or in their hatred for England, which had governed and ill-treated the inhabitants of Havana in 762. The fact is that their sacrifice covered almost the total needed, distributed afterwards amongst the independence troops and the French.Cuba's Captain General at the time was Juan Manuel Cagigal, who had an aid named Francisco de Miranda, later forerunner of independence in the Latin American countries. Both fought on the insurgent side in the battle of Pensacola, led by Bernardo Gálvez, Spanish Governor of Louisiana who since 1777 supported the revolutionaries of the 13 Colonies. Galveston was so baptized to honor him. In Pensacola in 1781, like in Mobile in 1780, four thousand (4,000) soldiers from Cuba, many of whom were natives, whites and blacks from the island; two thousand (2,000) from Mexico and hundreds from Puerto Rico, Haiti, Santo Domingo, fought there.The story could be written in the present, but it happened in the indelible and irreplaceable past. George Washington would be the first to attest to this.

La UH, un lugar con encanto

La UH, un lugar con encanto

Por Luis Sexto

Ante el transeúnte inadvertido, la Universidad de La Habana surge de pronto como un cuadro anacrónico. Inalcanzable en el tiempo. Como una pincelada única e irrepetible. Fue el punto de partida, el foco desde el cual empezó a irradiarse la educación superior en Cuba, durante sucesivas etapas que le facilitaron trascender los límites inaugurales. Su configuración arquitectónica, además, la singulariza de modo que hoy se yergue como un distintivo, un emblema de la ciudad sede.

La escalinata  -una de las maravillas arquitectónicas de La Habana- fue construida en cuatro semanas para que por ella subieran los jefes de Estado de la Conferencia Panamericana de 1928. Sin embargo, el recinto intelectual de esta casa de altos estudios cumplía en esa misma fecha 200 años de gestarse y perfeccionarse como un crisol de ciencia, arte  y ética.

El que sube la enorme escalera que sustituyó a la vereda de índole campestre por la cual se accedía a la colina, se percata al llegar a la cima, luego de ascender 82 escalones de atenuada pendiente, que ha entrado en un sitio cuya atmósfera ofrece el discreto fulgor de los edificios con alma. Las columnas y las líneas neoclásicas se juntan a la sombra de los árboles en la plaza para expresar los vuelos de un espíritu único –el de la cultura nacional-, cuyo estilo e ideal se depuró  en esas aulas que, de las penumbras de un convento, pasaron al aire libre en una  irrecusable vocación de progreso.

Data de 1728, siete años después de que el Papa Inocencio XIII firmó la bula que autorizaba al Consejo Real de Indias a concretarla en “la siempre fiel Isla de Cuba”. La Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo se albergó primeramente en el convento de San Juan de Letrán, en la parte vieja de la ciudad, hasta 1902 cuando la trasladaron hacia la loma de la Pirotecnia, instalación militar que había servido de campamento a las tropas norteamericanas de ocupación. Entonces era un lugar casi desierto, una especie de oasis campestre a orillas de la urbe que concluía unos 400 metros más abajo, en la calzada de la Infanta.

Pero si las barracas, de madera basta, de grosera factura, no componían un asiento apropiado para una  que reclamaba espacio, su ubicación geográfica, por el contrario, se insertaba exactamente en un símbolo. La colina de la Pirotecnia se levantaba en lo que más tarde será, en su porción alta, la entrada del barrio más moderno y pujante de la capital, El Vedado, y desde esa eminencia se apreciaba lo que uno de los estudiantes más ardiente, original y beligerante, y más tarde profesor de ciencias sociales –el doctor Raúl Roa-, bautizó como “la techumbre heteróclita de La Habana”.  El símbolo radicaba en  que la ciudad toda se postraba a los pies del hogar donde se habían forjado, en el decursar de dos siglos, superando restricciones de épocas y circunstancias, denodados libertadores, agudos escritores, audaces científicos.

Desde Carlos Manuel de Céspedes, llamado el Padre de la Patria, hasta Fidel Castro, la mayoría de los cubanos más ilustres en ciencia, letra y decoro terminaron su formación en la colina universitaria. Entre las excepciones más notables, José Martí y Carlos J. Finlay  jamás oyeron una lección en estas aulas preñadas de tradición.  La España colonialista los obligó a estudiar en el extranjero.

El propio líder de la Revolución de 1959, quien en 1947, siendo estudiante de derecho, en una operación patriótica que empalmaba las generaciones actuales con las antiguas, trajo a la Universidad la campana con la cual Céspedes, en el ingenio Demajagua, llamó a sus esclavos el 10 de octubre de 1868 para liberarlos y ofrecerles la oportunidad de construir  una nación.

Con el desarrollo de la República, las barracas se transformaron en pabellones, y más tarde en edificios de solidez y sobriedad neoclásicas, cuyo eje, el Aula Magna, se edificó entre 1907 y 1911 como ámbito de palabras memorables, y posteriormente sirvió también de mausoleo para conservar las cenizas del Padre Félix Varela, precursor de la nacionalidad cubana y de la independencia nacional y uno de los profesores de filosofía que, en las aulas del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, renovó la pedagogía en Cuba implantando el método explicativo. Los frescos de Armando Menocal, el pintor de la última guerra independentista, en 1895, enriquece el Aula con las esencias nacionales.

En ese entorno arquitectónico de severo perfil académico, emparentado con el ágora ateniense, la Plaza Ignacio Agramonte –otro de los  ex alumnos que dejaron  un brillante pergamino de graduado para convertirse en generales de la independencia- mantiene una serena atmósfera de paz donde parecen confluir el pasado y el presente. Al oeste, la biblioteca; al este el rectorado. Y entre ambos edificios, la explanada, trocada en parque umbroso, recoleto, donde millares de estudiantes han mirado al cielo elevando sus sueños como una ofrenda de fervor al futuro.

La Universidad continúa hoy en el mismo sitio, como el núcleo de donde han partido, hacia otros puntos de la ciudad, escuelas, filiales, facultades, además de nuevas universidades.  Al pasar por la calle de San Lázaro, el transeúnte advierte el pórtico adusto que, en lo alto, se empina, con sus columnas griegas, como una visión insólita en una de las esquinas más céntricas de la capital. Rematando la monumental escalinata, con los brazos abiertos, la estatua del Alma Mater perdura en un gesto de receptiva ternura. Obra del escultor yugoslavo Mario Korbel, esta mujer de bronce fulgura en un contorno de espiritual expresión que por unos minutos aquieta, amplia, las sensaciones de quien pisa el umbral universitario.

Entre estas edificaciones y arboledas, en efecto,  la mirada no permanece indiferente. El viajero, quizás, haya visitado otros centros universitarios del mundo. Posiblemente en Oxford o en La Sorbona, piezas de antigüedad, haya sentido esa aura que algunos llaman el rumor de la historia o el eco de las piedras. Son lugares con encanto, magia aprehendida en la intensidad de la energía vital con que los seres humanos emprenden y colman ciertas obras. En la Universidad de La Habana, aunque las piedras no acumulan todavía un siglo, uno presiente, huele, oye, una tradición muy vieja aletear en un espíritu de luz.

Es la palpable confluencia del arte y el saber. El gusto y el ideal. La historia y el sentido de la vida.

   

“EL GENERAL REGRESO”

“EL GENERAL REGRESO”

Por Luis Sexto 

Notas sobre un libro polémico  

Un libro azuza hoy la polémica en Cuba al discurrir contra los pareceres establecidos por los conceptos históricos predominantes. Titulado El general regreso, con el sello de la  Editorial de Ciencias Sociales, el volumen pertenece al historiador Newton Briones Montoto, y estudia esencialmente los preparativos del golpe de Estado del general Fulgencio Batista  y los gobiernos previos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás (1944-1952), ambos en la órbita del Partido Revolucionario Cubano, conocido como Auténtico. 

Y qué hay de polémico. Por supuesto, no es la primera vez que los historiadores cubanos de dentro de Cuba estudian esa etapa. Habitualmente la crítica histórica ha sido implacable con el pasado. La construcción de la sociedad revolucionaria a partir de 1959, aparte de demoler el aparato de la república dependiente  prefabricada el 20 de mayo de 1902, necesitó echar abajo la supervivencia ideológica de  los intereses derrocados. Esos fueron los términos. Y en  esa faena, como suele suceder en épocas de revolución, se fue generalmente justo y exacto, aunque a veces injusto e inexacto por un afán generalizador que no supo ver matices y tendencias en la llamada seudo república; seudo, aparente –aclaro-,porque surgió mutilada por la Enmienda, llamada Platt, que impuso Washington antes de retirar sus tropas de la Isla, y siguió más adelante con la costumbre, luego de ser derogado el apéndice constitucional de 1901 que le otorgaba el derecho a los Estados Unidos  de mover los resortes fundamentales del gobierno y la economía en Cuba. 

Lo polémico, pues, radica en que el libro de Newton Briones Montoto intenta dar una visión más equilibrada de aquel período, poniendo en su lugar cuanto de negativo hubo, pero también reconociendo lo positivo que pudieron legar los gobiernos “auténticos” y sus personeros, y las figuras que se les opusieron..  Es, por supuesto, uno visión inusual. Y es comprensible que otras voces se lamenten de que un libro tan ágil y profundamente escrito yerre admitiendo algo positivo en el gobierno de Grau o de Prío. Así son las cosas de complicadas en Cuba. Y por momentos la sal sube de tono, porque aquí la existencia no discurre con el esquematismo que difunden desde el exterior algunos medios cuando se meten a editorializar sobre la vida interna cubana. La polémica, cierto,  no trasciende a los periódicos: se queda en las llamadas telefónicas, las tertulias o los mensajes electrónicos.  Pero lo  importante es que se polemiza y que el libro fue publicado por una editora del Ministerio de Cultura y que algunos periodistas, sabiendo lo heterodoxo de algunas de sus apreciaciones, lo han defendido.  Y quien escribe esta nota también lo defiende, porque prefiere una historia clara, aunque no sea unánime, a una historia maquillada.

Estimo, así,  que El general regreso es, ante todo, un texto escrito como no se escriben comúnmente los libros de Historia. Salvo las páginas iniciales donde el autor se introduce en una especie de ensayo de psicología social cubana, del cual podría prescindir, pues a mi parecer nada le aporta y resulta posiblemente la sección más discutible, el resto del volumen se explaya formalmente con los resortes de una novela. Nadie se va a aburrir: el interés se tensa progresivamente, sobre el fondo de la guerra entre los grupos gangsteriles que caldearon esa etapa como restos malignos de la lucha armada contra la tiranía del general Gerardo Machado (1925-1933),  y van surgiendo imágenes –abonadas por el documento, el testimonio, el artículo y la entrevista periodísticos de aquella época- que borran o estorban las que ya el lector se había fijado por el estudio escolar o extra académico de la Historia. Ya sabemos que nada es blanco y negro, o negro o blanco, en la vida. Y menos en la política. La mezcla distingue los actos humanos. Y Newton Briones Montoto se empeña en colocar junto a la luz las sombras, o junto a las sombras la luz. Por ejemplo, Eduardo Chibás.  El historiador ahonda en esta figura aún amada por innumerables cubanos. Y descubre sus defectos de voluntarismo, de impulsos obsesivos y absolutos. Y aparece como ha de permanecer un hombre en la Historia: hecho verdad, como una escultura cuyo tamaño y volumen se atenga a su papel movilizador y a sus equívocos retardatarios. Fustigador de la corrupción, abanderado del lema de “Vergüenza contra dinero”, su célebre polémica con Aureliano Sánchez Arango se clarifica en este libro. Chibás, fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo),  se equivocó. Confió excesivamente en sus artes dialécticas. Y creyó que  la acusación –solo la imputación de robar los dineros del desayuno escolar- bastaría para desacreditar al ministro de Educación del presidente Prío. Lo cierto es que todavía –hace recordar el autor- nadie ha podido demostrar la corrupción de Sánchez Arango. Al menos en el expediente que Chibás le abrió. En agosto de 1951, aún oyéndose los insultos y las imputaciones de la polémica, el líder  de la llamada Ortodoxia se disparó un tiro ante los micrófonos de su hora radial en la influyente CMQ. Días después murió. 

El pasado, a pesar de este libro equilibrado y valiente, no queda totalmente limpio. Mejor juzgado sí. Pero ningún análisis puede exonerar a aquellos gobiernos, a aquellos políticos, de su corrupción, su lascivia, su parasitismo a costa de la república y el pueblo. Cualquier tiempo pasado fue peor, a pesar de que la justicia les saque al aire los actos benéficos.  Esa certeza resiste los embates de cualquier intención reivindicadora. Y de Batista nada positivo se puede decir. Tal vez sus corifeos y testaferros evoquen al general golpista del 10 de marzo de 1952, como “el hombre fuerte” que generosamente les permitió alcanzar las prebendas y las fortunas que basificaron su capital en el exilio.  

 Para el autor de El general regreso, Batista fue un regreso general para Cuba.    

ENTRE LA ILUSIÓN Y EL DESENGAÑO

ENTRE LA ILUSIÓN Y EL DESENGAÑO

Una historia de ciclones

Por Luis Sexto

Elisa  McHatton-Ripley no conservó memorias gratas de su estancia en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX. Aún las observaciones más favorables sobre el verdor eterno y el clima benigno de la Isla, sufrieron las quejas de esta mujer que no soportaba la monotonía de lo invariable. No le fue bien. Hasta el nombre del ingenio azucarero que su esposo compró en la jurisdicción de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana era un presagio de mala suerte en español: Desengaño, lo que equivale a decir la muerte de cualquier ilusión.

En un libro titulado From flag to flag, publicado en New York por la Editorial D. Appletton and Company, en 1889,  entre otras experiencias, Elisa McHatton  contó las peripecias de los 10 años que residió en Cuba.  Nació en  Kentucky en 1832 . Y en 1862 la guerra civil la obligo, junto con su marido, un hijo y dos criados, a marcharse de su plantación en Arlington,  cerca de Bouton Rouge.  Tres años después, tras una estadía en el México ocupado por los franceses, la familia McHatton–Ripley llegó a La Habana. Y seguidamente  se estableció en el ingenio Desengaño donde Elisa conoció la decepción en una tierra que la misma autora estima como “el lugar más prolífico del globo”.  El nombre de la plantación, repetido en ingenios de otras zonas del país, expresaba los altibajos que entonces sufría la industria azucarera cubana que, de prometer el paraíso, pasaba por temporadas de angustias e incertidumbres para cuantos había puesto su fortuna en la fabricación del grano.

From flag to flag se suma a los más de 700 libros  que viajeros de diversa procedencia escribieron sobre  Cuba hasta el final del siglo XIX. Y compone una visión muy especial, porque es una extranjera que no solo observa y ve,  sino que  su vida y la economía familiar dependen de la entonces riqueza principal de Cuba. Se comprende, pues, que la visión idílica del paisaje no aparezca en sus páginas; la escritora y su esposo tuvieron que trabajar duramente para que su plantación azucarera prosperara, y pudieran sostener aquella vivienda que, al comprarla junto con el ingenio, pasaba como una de las “más presuntuosas y considerables” de Matanzas.  Las memorias de Mrs. McHatton-Ripley  se dedican a describir las costumbres, las comidas, y el paisaje humano de la plantación, donde el negro y el chino esclavo conviven bajo el tañido de una campana de 900 libras que uniformemente les organiza la jornada desde el amanecer hasta la hora de dormir.

A pesar de su nombre, Desengaño prosperó.  El trabajo y la agrotecnia sirvieron allí para que el suelo de Matanzas, uno de los más feraces de Cuba, no se cansara como en las haciendas colindantes, sometidas a una explotación que confiaba más en la bondad de la naturaleza que en la inteligencia y la aplicación de los hombres.

la familia McHatton-Ripley, sin embargo, se cansó. “Nos cansamos del eterno aire dulce y apacible, del invariable verdor del paisaje, la perpetua temperatura que hacía cómoda la ropa de hilo más delgada; las estaciones solo variaban en seca y en húmeda: la seca muy seca y polvorienta; la húmeda, muy húmeda y lodosa (...) Un clima como este empalaga a quien se haya acostumbrado a las variaciones de la zona templada. El verdor inalterable es como una boba sonrisa permanente en la cara de una mujer bonita: su constancia la hace inexpresiva e insípida.”

Del clima lo probó todo. Porque Mrs McHatton-Ripley, afrontó,  como  cualquier cubano actual según las estadísticas, la posibilidad de ver un ciclón  catastrófico una vez cada 10 años. Y lo vio. Estuvo dentro, afanándose en atrancar puertas y ventanas, en proteger animales y bienes materiales.  “Cuando, por último, después de 30 horas de lucha exhaustiva y alarma mortal, nuestras puertas volvieron abrirse de par en par, la escena de desolación que contemplamos desafiaba toda capacidad de descripción. Los ilimitados campos de caña ondulante, que solo antes de ayer deleitaban nuestra vista, habían desaparecido por completo; derribadas las cañas por el viento, las rápidas aguas en descenso las cubrían totalmente. La casa de azúcar había quedado enteramente destechada, y las anchas láminas de metal se trajeron  durante días, desde campos a cientos de yardas de distancia, tan retorcidas como si el martillo de Vulcano les hubiera dado infinitas formas fantásticas.”

Dos o tres años más tarde, en 1875, los MacHotton-Ripley se fueron de Cuba  para siempre. Pero no creo que el calor, la lluvia, el polvo, el lodo y los vientos, hayan influido en la determinación.  La autora de From flag to flag había venido a Cuba buscando las ventajas económicas de la esclavitud  que la guerra civil abolió en los Estados Unidos. Pero en la llamada Perla de las Antillas,  la primera guerra por la independencia procuraba también eliminar la esclavitud.  Y, por supuesto, la prosperidad del ingenio Desengaño se ahogaba en la libertad que poco a poco negros y chinos iban ganando. Además, refiriéndose a la administración colonial española, la autora concluyó:  “Esa soberbia provincia, cuyos recursos naturales son casi inagotables, ha sido desangrada por las sanguijuelas y parásitos a quienes se confió su bienestar y su gobierno”

Elisa McHotton-Ripley murió en Kentucky en 1912. Tiempo tuvo para percatarse que los años más esplendorosos de su vida habían coincido en su patria y en Cuba con un cambio de época. Y tal vez haya recordado con cierta justiciera nostalgia sus días en Desengaño, allí donde creyó haber enterrado sus ilusiones.

 

LA CASA DE GÓMEZ EN MONTE CRISTI

LA CASA DE GÓMEZ EN MONTE CRISTI

Por Luis Sexto
 

En 1996 realicé mi primer viaje a República Dominicana. Entonces integraba la Redacción de la revista Bohemia, y además de saludar a dominicanos entrañables como Monseñor Fabio Mamerto Rivas, obispo de Barahona,  y su vicario el Padre Teófilo Castillo -salesianos que  educaron mi adolescencia, siendo ellos muy jóvenes- me proponía recorrer las estaciones de nuestra independencia. República Dominicana es la prolongación histórica de Cuba.  En su suelo vivieron patriotas en un exilio insurgente y se escribieron o firmaron documentos sustantivos de la guerra de 1895. No resulta difícil, para cualquier cubano, considerarla  como una especie de “tierra santa”.
Ese mes el tiempo me alcanzó para visitar a Baní, el pueblo natal de Máximo Gómez,  general en Jefe de Ejército Libertador, y Santiago de los Caballeros, el Santo Cerro, Barahona y Santo Domingo, sitios que conservan el paso apostólico de José Martí. De esas emociones di cuenta en las páginas de Bohemia, quizás haya sido el primer periodista cubano en entrevistar a un biznieto de Máximo Gómez, residente en Baní. Y describir y fotografiar la casa que, en Barahona, albergó a Martí durante las pocas horas que permaneció en ese puerto antes de proseguir a caballo hacia Haití.
En los primeres días de enero pasado, gracias también a mis antiguos amigos y maestros, viajé a San Fernando de Monte Cristi, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en el noroeste, cerca de la frontera haitiana. La primera referencia del pueblo apareció en los anales de la Española en 1506, cuando Nicolás de Ovando le dio vida en papeles y en algunas chozas. Geográficamente, la ciudad se distingue por una altura llamada El Morro, pegada al océano Atlántico, a la que un poeta evocó como “reloj de piedras sin esferas/ que marca los siglos de mi tierra.” Desde la perspectiva urbana, resalta la torre que ya se erguía, como un símbolo de la ciudad, en 1895. Fue el primer lugar que visité. El parque estaba cerrado: una cerca lo protegía. Y desde afuera mi devoción concibió un pensamiento para aquella torre metálica cuyo reloj  había medido algunas horas de la vida del Apóstol y junto al cual Martí había dicho que “muy pronto marcará la hora de la libertad de Cuba”. Tantas veces lo había visto en fotografías que, como suele ocurrir, observarlo desde tan cerca parecía un acto irreal, fantasioso.
Después, pedí a mis amigos me condujeran a la casa de Gómez…
Esa mañana habíamos salido temprano de Moca, la activa ciudad del Cibao, en el valle de la Vega Real, al que Colón le regaló el nombre seducido ante su honda belleza de tierra fértil y verde enlazada por las montañas. Pasamos a Santiago de los Caballeros y enrumbamos hacia el oeste por la carretera nombrada La Línea. Lo confieso: me gusta Quisqueya. Su naturaleza es como la cubana: apta para ambientar el Paraíso. Entre los detalles del viaje recuerdo a Laguna Verde, pueblito donde nació y tiró sus primeras pelotas Juan Marichal, el afamado lanzador de las Grandes ligas norteamericanas. El Monstruo de Laguna Verde, así lo llamaban, me dijo el Padre Teófilo; Tofo para cuantos lo quieren en confianza, que son multitudes.
Paramos en un restaurante rústico, y Luis, el conductor -hijo de “Bolívar”, un alegre y vital productor de huevos en Moca- convino con la dueña que nos guardara carne de chivo para la vuelta, un tiempo más allá de la habitual hora de almuerzo. El  chivo abunda por estas tierras. Como el algodón y el arroz, cultivos de regadío. Después, Monte Cristi, ciudad parecida a  muchas ciudades cubanas: entre lo moderno y lo antiguo, con atmósfera rural. Y ahora, aquí, en la casa de Máximo Gómez,  en la calle Ramón Matías Mella, 29. Antes, José Núñez de Cáceres, con el mismo número.
Quedo en silencio. Qué he de escribir que parezca verosímil, lógico, sin afectación. Estaba emocionado. Me ahogó la conciencia de mi privilegio. Haber visto esta casita desde la infancia en las ilustraciones de los textos de Historia. Y recorrer ahora, 50 años más tarde, el mínimo y humilde espacio que amparó a dos de nuestros libertadores primordiales, tiene que significar algo en el corazón de un cubano. Caminé. Vi. Toqué. Nos guiaba Ramón Amado Gutiérrez García, el conservador del museo, que se confiesa bisnieto del General Calixto García Iñiguez   
Un pasillo central, que separa las habitaciones a la derecha y a la izquierda, permite la entrada alargándose hasta el comedor, amplio, extendido horizontalmente, de un extremo al otro, de la vivienda cuya propiedad Gómez adquirió en 1888. Paredes de madera; techo de dos aguas, aún con el cinc alemán original, y pintada de azul grisáceo con ventanas y puertas –de estas, tres en la fachada- con marcos de blanco. Al recorrerla uno nota la presencia de Cuba en su bandera, puesta en sitio relevante, en los retratos de sus próceres y en libros de autores y editoriales cubanos.  En una escueta habitación, del lado derecho según se viene de la calle, encajada  entre uno de los cuartos y el comedor –hoy biblioteca-  Martí escribió el Manifiesto de Monte Cristi.
No hay mucho más que contar. En el patio, un árbol de mamoncillo, superviviente de aquella época. Miro desde fuera. Tomamos unas fotos. Podría describir sensaciones que, quizás, suenen vaciadas en retórica. Ciertos sentimientos han de quedar ocultos en la sinceridad de lo  recoleto, pequeño, humilde. Como esta casa.