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PATRIA Y HUMANIDAD

Historia

EVOCACIÓN DE UN ENERO PERDURABLE

EVOCACIÓN DE UN ENERO PERDURABLE

Por Luis Sexto

La noche cuando Batista se fugó ni los borrachos andaban por las calles...

El general, renunciando a la última bala -la bala en el directo-  de sus declaraciones, había elegido el último de sus aspavientos napoleónicos: un golpe de Estado contra sí mismo.  Y desde la escalerilla del DC3 de Aerovías Q, una de sus empresas con base en el aeropuerto militar de Columbia, repetía a sus cómplices los detalles claves del libreto que pretendía conservar su memoria y su régimen de “hombre fuerte”. Después, la solitaria madrugada del primero de enero de 1959 no sintió el ruido de aquella nave fuera de itinerario y de las dos que la siguieron un poco más tarde aventada de jerarcas, lacayos y criminales de guerra. Tras el despegue,  ciertos personajes discaron sigilosamente sus teléfonos avisándose de que el Chief se había ido...

Todos sabíamos entonces que la situación del país era la de un enfermo de gravedad que en las próximas 72 horas –plazo habitualmente médico- debía entrar en una crisis que decidiría su destino: vive o muere.La muerte tenía que ver también con que la gente no festejara en las calles el tránsito de un año a otro. Ese espacio de propósito reformulados, esperanzas renovadas, promesas recalentadas en la probabilidad de un nuevo almanaque, era más íntimo, recoleto, familiar que nunca antes. En esos días, sobre todo en los últimos meses, los ciudadanos comunes podían convertirse en las víctimas –asesinadas o torturadas- de una equivocación, de un error policiaco que nadie jamás resarciría ante un tribunal.

Esa madrugada, solo algunos automóviles cola’epatos de hijitos del barrio refinado de Miramar, rodaban desalados por el Malecón. Quizás aún en el Casino del Hotel Nacional, o en el cabarets del Capri, turistas y gángsteres norteamericanos, y profesionales de la nocturnidad inauguraban ese jueves un nuevo año. Unas horas más tarde,  abierta ya la mañana, el año comenzaba como casi todos deseaban, pero como nadie podía imaginar, salvo los que recordaban el 12 de agosto de 1933, cuando el pueblo derrocó a Gerardo Machado, otro tiranuelo predilecto de los Estados Unidos.

De súbito, la noticia partió de la voz inquieta, alterada, de una emisora que se distinguía por su sobriedad. Radio Reloj tocó a la puerta de una, dos, cien, mil hogares atrancados por el terror, o la cautela, o el apoyo militante a la insurrección cuyo estado mayor, radicado en la Sierra Maestra,  había pedido silencio en las Navidades y el fin de año. La nota confirmaba lo que se escuchaba nebulosamente:

¡Batista se fue! ¡Se fue Batista!

Y la felicitación tradicional de ese primer día del año, trastornó sus letras. Fidelidades, decía una vecina. Fidelidades, respondía la  otra.

Han pasado ya 48 años y solo un tercio de los habitantes de Cuba recuerdan aquel día en que miles de adultos y jóvenes, niños y ancianos se adueñaron de las calles ejerciendo la libertad que la revolución les traía en el nuevo año, como un insuperable Rey Mago. Desde  entonces la mayoría de  los cubanos se atrincheraron en los sueños, en el afán de construir un país distinto. Pero, si hemos perseguido sueños,  la vida no ha sido tan fácil como soñar. La sangre, la abnegación, la carencia, la mutilación nos han acompañado.  Ningún juicio que intente apoyarse en la sensatez, en el equilibrio, podrá negar que la obra de la revolución cubana ha sido limitada en eficacia y cuantía por la política hostil de los Estados Unidos, cuyos resortes han oscilado entre la invasión preparada por los gobiernos de Eisenhower y Kennedy, y derrotada en Playa Girón, y las sanciones económicas unilaterales que suelen ser calificadas de embargo por unos y de bloqueo por otros.

Hasta ciertos errores que podían tenerse en cuenta al pasar las cuentas en el interior de Cuba, proceden de algún modo de la constante guerra caliente o fría  organizada y pagada por Washington  desde 1959. Nunca  desmentida, esta hostilidad ha condicionado una mentalidad de cerco en los cubanos, imponiendo  un exceso de cautela ante el riesgo de caer en alguna de las acechanzas de los enemigos de la independencia y la justicia social conquistada por la revolución. ¿Quién lo negaría? La revolución surgió defendiéndose. Los Estados Unidos y sus aliados criollos y extranjeros no la querían. Ni la quieren. Las águilas de la codicia se percataron tempranamente de que el cambio de hombres de enero de l959, era también cambios de esencias.La cautela, la necesidad constante de convocar la unidad de la nación ha retrasado o soslayado decisiones que hubiesen aligerado nuestra etapa de tránsito hacia el socialismo. Y esa reacción beneficia, desde luego, la campaña de los Estados Unidos que ve incrementadas las ganancias de sus restricciones o limitaciones contra la vida cotidiana de los cubanos. En Cuba, por ello, es posible que no todos estemos de acuerdo en que nuestra sociedad es un paraíso. Nos percatamos de nuestras contradicciones e insuficiencias. Y creemos que aún nos apremia el desafío de convertir la teoría de Marx en un dialéctico proyecto que equilibre, a pesar cuanto bueno hayamos edificado, lo social y lo económico para que la igualdad no radique en la pobreza, sino en el bienestar.

Estamos, en cambio,  mayoritariamente de acuerdo en que sin no vivimos en el paraíso, el paraíso es posible. Y será posible, sobre todo, si Cuba, como lo previó José Martí, mantiene su independencia de los Estados Unidos.   

UN CRIMEN DE LA INTOLERANCIA Y EL FANATISMO

UN CRIMEN DE LA INTOLERANCIA Y EL FANATISMO

Por Luis Hernández Serrano  

Aniversario 135 del fusilamiento de los estudiantes de medicina en la Habana 

Los verdaderos patronímicos de los ocho estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871, más completos y correctos que como se han divulgado durante 135 años, fueron revelados con exactitud por la doctora Olga Cabrera Valdivia durante un Congreso de Historia celebrado en La Habana en 1959, cuyas memorias son poco conocidas y están en poder de la Fragua Martiana, en Ciudad de La Habana.  

Lo explicó a Juventud Rebelde Regino Sánchez Landrián, especialista principal de ese centro. «Hasta ese momento se conocían, por supuesto las identidades de aquellos alumnos del primer año de esa carrera, uno de los cuales, incluso, no había asistido a la supuesta profanación de la tumba del periodista español Gonzalo Castañón. Pero, por ejemplo, los patronímicos no estaban completos y en un caso había un apellido realmente errado.”  

«La doctora Valdivia, en aquel importante  congreso, tal vez el primero luego del triunfo de la Revolución que abordara las correctas denominaciones de los jóvenes asesinados por el colonialismo español, especificó además algunas cuestiones desconocidas acerca de ellos y las causas y motivos enarbolados por las turbas de voluntarios para fusilarlos». Fueron ellos: Alonso Francisco Álvarez y Gamba -en lugar de Campa-, nacido el 24 de junio de 1855 en La Habana, de 16 años, el más joven, sentenciado a muerte solo por arrancar una simple flor del entonces cementerio de Espada. Anacleto Pablo Bermúdez y González de la Piñera, de 20 años, nacido el 7 de junio de 1851; José Ramón Emilio de Marcos y Medina, de igual edad, nacido el 7 de marzo de ese mismo año 1851; Juan Pascual Rodríguez y Pérez, el mayor de todos, nacido el 24 de junio de 1850, y Ángel José Eduardo Laborde y Perera, de 17 años, nacido el 5 de diciembre de 1853 en la barriada del Cerro. Todos eran de La Habana.  

Los cinco  jóvenes mencionados resultaron ejecutados por el increíble delito de aprovechar la ausencia de uno de los profesores para jugar con el carro fúnebre en el cementerio. Los restantes fueron Eladio Francisco González y Toledo, de 20 años, nacido en Quivicán, La Habana, y Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, igualmente de 20 años, nacido el 29 de julio de 1851, en Puerto Príncipe (Camagüey). También Carlos de Jesús Verdugo y Martínez, de 17 años, nacido el 29 de julio de 1854, en Matanzas, quien no había asistido ese día a clases y se encontraba en su provincia con la familia. ¡Estos tres últimos fueron escogidos mediante sorteo para ser fusilados!  

José Ramón Emilio de Marcos y Medina era hijo de una venezolana y de un asturiano, mientras que Ángel José Eduardo Laborde y Perera, lo era de Eduardo Laborde y Sotomayor, natural de Charleston, y de Francisca Perera Boves, de Nueva Orleans, ambos ciudadanos de Estados Unidos.

EL CAMPANARIO DEL DOLORES

EL CAMPANARIO DEL DOLORES

Por Luis Sexto 

Una estampa local 

Sola, olvidada, persistente, la torre del ingenio Dolores parece un espolón de nostalgia. Y es, en realidad, un colgajo del pasado esperando servir para algo más que para albergar murciélagos o impresionar la imaginación de cuantos, de día o de noche, la supongan nicho de misteriosas visiones. 

Desde el último de sus cuatro pisos, hace unos 150 años, la campana principal convocaba a la servidumbre y regulaba el trabajo de la negrada que, con guatacas y machetes más pesados que los de hoy, para que el esclavo no pudiera romperlos, iba hacia los cañaverales con el paso tardo del que no quería dirigirse hacia ninguna parte. Nueve campanadas al amanecer, en el repique sobrio del Ave María, y el toque lánguido, apesadumbrado, de oración, al anochecer, se difundían por aquella llanura donde muy cerca se acostaba la silueta parecida a un sarcófago del cerro de Guajabana,  nombre que en el aruaco aborigen significaba eso mismo: tierra llana, y que los habitantes de Remedios y Caibarién llamaban Caja del Muerto, y en una de cuyas cuevas protegió su precaria rebeldía y su escurridiza libertad el cimarrón Esteban Montejo, el héroe de Miguel Barnet.

 Subidos en el campanario, los propietarios del ingenio Dolores no podían abarcar las más de 2 600 hectáreas que alguna vez fue la cola de tierra que les alargaba el patrimonio. Además del Cerro y un horizonte de cañas, desde la torre se veían manadas de palmas con sus pelambres al viento. Tantas había, y hay, que a principios del siglo XX, el general José Miguel Gómez, gobernador de la antigua provincia de Las Villas y más tarde presidente de la República, pretendió comprar la hacienda Dolores. Y el  dueño, heredero de su abuelo, le pidió, haciéndose el tonto, un peso por cada palma. La suma sería el precio. Tiburón, apodo que le asignaban sus rivales al político y ex mambí, pensó que el cálculo se ofrecía con ligereza. Y ordenó a la Guardia Rural que se adentrara en los palmares y contara cada ejemplar, guiados por Téllez, un mulato que criaba puercos en la finca. Cuando en los papeles se habían trazado dos millones de rayitas,  José Miguel Gómez desistió de redondear el negocio. 

Dolores era, según investigadores locales, un ingenio cuya capacidad productiva lo emparentaba con la alcurnia de las mayores fábricas del país. Hasta un ferrocarril, movido por bueyes,  trasladaba a la cercana costa el azúcar y, luego, por agua a Caibarién.  Si la campana –usualmente colgada de un madero- representaba el papel de un cabo de vara frente al tiempo, rigiéndolo, hasta cuando el alarido de una sirena de vapor la reemplazó, el campanario acreditaba el rango de la plantación. Vista en lontananza, el transeúnte reconocía que la torre identificaba un bastión de superioridad económica. Cualquier ingenio era “una cosa muy importante”, pero el que poseía un campanario, mostraba sobre el paisaje su relevancia.   

De aquel período permanece, al menos en el dominio de la crónica azucarera y en el espacio publicitario del turismo, la torre de Iznaga, en Trinidad. Compone un signo de la opulencia de una época y de una clase. Dolores, sin embargo, ha perseverado preterida, condenada por la indiferencia a un silente deterioro. Quizás sea la única, después de la de Iznaga, en haber trascendido la ruina de sus días de esplendor. Y nadie se lo ha reconocido, a pesar de que desde la carretera de Caibarién a Yaguajay se le ve asomar retando la atención del viajero, llamándolo y advirtiéndole:”Soy un detalle con historia.” 

Menos alta que la de Iznaga, que se empina siete pisos, la torre de Dolores se edificó aproximadamente por los mismos años. Aquella en 1848. Y por ciertos anales ha podido precisarse que el Dolores ya existía en 1854, porque, en ese año, un incendio lo desmejoró hasta el punto que José M. Vissinay, su fundador,  lo vendió hacia 1860 a Juan González Abreu, capitán de voluntarios cuya fortuna le admitía costear los gastos de su batallón  de leales a España.    

Tal vez la fanática militancia pro española de su nuevo propietario, favoreció que los insurrectos rondaran el ingenio durante la guerra de los Diez Años.  El 20 de julio de 1869 lo asediaron y le llevaron algunos efectos, según narra el doctor Martínez Fortún, historiador minucioso de Remedios y su jurisdicción. Ese día,  defendieron la casa de vivienda del  Dolores dos señores de apellidos Palacios y Valdés respectivamente, asistidos por varios soldados, mientras el dueño huía hacia Remedios. Quizás de ese primer ataque haya surgido la iniciativa de rodear el campanario con una especie de muro aspillado, para defender con más eficacia la vivienda. Como era común entonces, semejaba un palacete. Ventanas y puertas de caoba tallada y torneada, y sus techos de durable y fina madera. 

En 1894 los hornos soterrados del Dolores se apagaron. Fue su última zafra. La guerra insinuaba sus explosiones. La atmósfera política hacía presagiar los truenos de la pólvora. Y González Abreu prometió que si los insurrectos vencían, jamás su ingenio tragaría un trozo de caña más. El  Dolores  continuaba figurando como una fábrica admirable. Una de las más codiciadas fincas azucareras de Remedios. Y su propietario cumplió lo que anunció en un momento de cólera política. 

Pero el que sus máquinas reposaran y las chimeneas -tenía dos- cesaran de soplar sobre la campiña el estandarte de la molienda, no impidió que los insurrectos  insistieran en asaltarlo. El primero de enero de 1897, lo atacaron, incluso con un cañón, las fuerzas de José González Planas, líder nato de la infantería de Las Villas, como me lo definió Nicolás Rodríguez, el penúltimo veterano vivo de la guerra de independencia, a quien entrevisté en Caibarién un año antes de su deceso, a los 105 años.

La desidia ha sido implacable con Dolores. Los sucesivos propietarios permitieron que sus hierros se enmohecieran, hasta cuando un avezado traficante los adquirió  en 1934 y los vendió luego a Japón, que entonces buscaba metal para su industria bélica. Esa operación nos penetra la memoria con escenas conocidas, ¿Acaso no recordamos aquel cuento de Onelio Jorge Cardoso, conmovedor en su entrañable profundidad paterna, en el que un padre de esos años 30, con el hijo muerto por la violencia, echa a un pozo “el hierro viejo”, la reja de un arado inservible, cuando un guardia viene a pedírselo para la producción militar?    

Ya después, la casa, en un proceso de claudicación inconsciente, sirvió de oficina agrícola, de campamento temporero, de albergue provisorio. Desmantelada hasta en sus tejas... Y el campanario, que reguló la existencia plana del esclavo, atalaya desde donde la riqueza se regodeó con su alcance y oteó el paisaje temiendo la vecindad de la justicia, obra y testigo de la pena de unos hombres y del derroche de otros, continuó erguido, desgastándose, perdiendo peldaño a peldaño la espiral de su escalera, viendo ennegrecerse por el orín la balaustrada de sus balcones. Pero perdurando. Resistiendo. Esperando ser alguna vez algo más que habitáculo de murciélagos, o ruina donde puede respirar una fantasía demoníaca.              

OH, LA HABANA

OH, LA HABANA

 Por Luis Sexto

 

16 de noviembre: aniversario 487 de la fundación de esta ciudad 

Ciudad idiota llamó Miguel Ángel Limia a La Habana. Más o menos contemporáneamente, Jorge Mañach admitió que era indiscreta e ingenua como un muchacho grandullón. Un poco antes, Miguel Ángel de la Torre la tachó de ciudad pecadora y soberbia. ¿Quién entonces no tenía una queja contra la capital?  Rubén Martínez Villena, que había afirmado que Limia era el cronista de aquella generación y que polemizó con Mañach sobre poesía y política desde la izquierda, también desahogó en esos días de la década de los 1920 un eructo sobre La Habana y sus ediles, al recoger en una crónica el fanguillo indeleble que, tras la lluvia, se amontonaba en las calles y salpicaba automóviles, pantalones y piernas con ronchas de sarampión negro.

Hoy pasa lo mismo. Aunque ya la crónica no es en los periódicos “la sonrisa de la primera plana” que festejó el propio Miguel Ángel de la Torre, la gente echa en el tintero de la prisa callejera sus invectivas sobre la ciudad. La irreverencia colorea la relación con La Habana. Unos la maldicen; otros la rebajan. Le gritan sucia. Caliente. Bulliciosa. Y sin embargo, ahora como antes, vivimos entre el odio y el amor. Porque, detrás del insulto, estira sus dorados crespos la melcocha, el ditirambo, el ronroneo de los felinos inferiores cuando se rascan en las canillas del amo.

Lo más impresionante de esta paradójica tradición de insolencias y querencias se halla en que lo menos habanero de La Habana son sus pobladores. Limia vino de Baracoa; De Sagua, Mañach; de Cienfuegos, De la Torre; Rubén, de Alquízar. Y miles que pasan por ser de aquí, somos de… por allá, del Juan de las Quimbambas que a veces no aparece en el mapa. Ninguno de aquellos nombres de prosa enhiesta y talento zahorí abandonó la ciudad idiota, indiscreta, ingenua, soberbia. Ni otros, con menos alcurnia, hemos abandonado después la sucia, caliente, bulliciosa ciudad. A pesar de las demandas, del pleito cotidiano con la insuficiencia o la desmesura, La Habana es única, irrepetible, insustituible, máxima, para los mismos que la denostan.

Sus inicios de villorrio fueron inconstantes. Como nuestro amor. La semilla de la ciudad futura se movió saltando tal un caballo de ajedrez. Puso sus cascos de guano de palma  y adobe en tres casillas distintas: primeramente en el sur, en un sitio que nadie podrá asegurar por el momento, con puntería histórica, si fue Batabanó o la desembocadura del Mayabeque, o un punto más adelante, quizás empeñada en calificarse dentro de la actual provincia de Pinar de Río; después al noroeste, cerca del hoy barrio de Puentes Grandes, y luego se asentó al borde de la bahía. Vino prehecha, en el sofocón de las carabelas, agitándose en los esquemas medievales de los conquistadores.

No hay que descubrirla. Pero ha sido descubierta una y mil veces, cuando algún cubano se hospeda en La Habana con la sensación de llegar a la gaveta de los misterios nacionales. Y se engendra así el primer enigma. Porque de pronto nuestra relación con La Habana comienza a desenvolverse de persona a persona; la tratamos como un ser vivo. La ciudad se introduce en el recién llegado por el olor -como  una mujer con su perfume-, cuando entrando por ferrocarril, o en ómnibus, desde el oriente –incluso en tren desde occidente- lo agarrota a uno el vaho inigualable de gas y humo, monóxido y pescado de la zona de Tallapiedra, ahí, donde otro cronista de aquellos tiempos atinó a decir que se retorcían los intestinos de La Habana. Y al pasar en mayoría por la puerta del retrete, descubrimos la humanidad espacial de La Habana.

Y por qué tan humana. ¿Cuál ensalmo o conjuro amarra de modo tan pugnaz y tierno la relación entre la ciudad y sus habitantes, ese te odio y te quiero, esa lágrima por que te añoro y esta otra por que no te soporto? Oh, La Habana…  Es un ser vivo, porque nació en la contradicción. Se levantó junto al agua, lejos de la que podía beber. Contaba cuatro casas de familia alrededor del Castillo de la Fuerza, y los vecinos se recreaban en 50 tabernas, y fue albergue de dos futuros santos –San Luis Beltrán y San Francisco Solano- y al par crucero marinero de putañerías y escándalos… La hicimos y nos hizo. Como nos dobla la imagen un espejo. Y después de saberlo qué queréis, pregunta mi amigo Argelio Santiesteban, experto en habanerías. ¿Qué queréis: el vuelto?

(Del libro Con Judy en un cine de La Habana y otras crónicas de la ciudad)

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

Por Luis Sexto

La lectura en las tabaquerías cubanas  es otra institución que  promete no pasar con el nuevo siglo. Entró en su tercera centuria y permanece acompañando al torcido del habano  en una alianza  indisoluble. Porque qué será del torcedor si a su monótona, aunque creativa faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”, que dijo José Martí.

Cuando en l923 instalaron el primer receptor de radio en un taller — y sucedió en la fábrica de Cabañas y Carvajal—, ciertas voces profetizaron que la lectura comenzaba a acercarse a su extinción. Con el tiempo coexistieron, turnándose en el ámbito sonoro de la tabaquería.

Y qué sobrevendrá ahora, en este electrónico celo de posmodernidad, cuando  el progreso se erige en antena inexorable, en rasero inapelable con él que se pretende sustituir lo útil con lo suntuario, lo necesario con lo lujoso. Nada  habrá de pasar. La humanidad se anuda a lo práctico. Ese es su mejor resorte de adaptabilidad. De modo que sabe que la lectura es el pasadizo primordial del conocimiento.

Los torcedores, con la lectura, alcanzaron  cotas de instrucción impropias para el siglo XIX. Estamos hablando de 1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate — dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro, en La Habana, inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario juntado por la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido trocado hoy en una celebérrima marca, aprobó luego la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Otros propietarios, sin embargo, se opusieron, secundados por El Diario de la Marina. Temían que la lectura sacudiera el polvo, ordenara los trapos de la conciencia proletaria. Y fue verdad. En breve los torcedores se convirtieron en el sector más instruido en humanística y en política de la entonces incipiente clase obrera cubana. Los líderes más lúcidos provenían de las tabaquerías. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia.

El lector de tabaquería fue ― lamentablemente ya no es― una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matiz, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. Actualmente, quizás por la bondad sonora del altoparlante, el lector no se esfuerza tanto en  “vivir” la lectura.Pero de cualquier forma, cuando usted entra en un taller de torcido, junto con el aroma evocador, plácido, del tabaco, lo toca el mensaje de un libro que intenta hacerle recordar que el tiempo es también la prueba de lo que no se propone pasar.

LA PASIÓN OCULTA DE MÁXIMO GÓMEZ

LA PASIÓN  OCULTA DE MÁXIMO GÓMEZ Por Luis Sexto

La obra del Máximo Gómez salta cualquier bandera. Fijarle patria, por lo tanto, no parece ser en lo sustancial  problema que deba ocupar, ni preocupar, a la historiografía, ni a cuantos veneramos la vida de El Viejo. Y la faena puede concluirse otorgándosele un título que supone una ciudadanía más vasta y ejemplar: internacionalista.

Pero si esencialmente no ha de interesar a los valores históricos, fijarle patria a Gómez o esclarecerle sus sentimientos nacionales más íntimos atañe en lo particular a la moral, a la ejemplaridad revolucionaria del Héroe de Palo Seco. Después de una inmersión en este aspecto -un tanto secundario frente a la vastedad de su acción fundadora- puede colegirse que los méritos de Gómez son mayores. Porque su entrega internacionalista a Cuba exigió sacrificar gustos, deseos, derechos muy íntimos.

Dos preguntas reclaman un intento de explicación: ¿Amó más a Cuba que a República Dominicana? ¿Qué significó en sus emociones la isla donde nació? Hemos de reconocer de inmediato que dos patrias comparten al Generalísimo del Ejército Libertador de Cuba. No lo comparten por razones de equilibrio diplomático. El propio Gómez se encargó de admitirlo cuando en su Diario apuntó la visión totalizadora del ámbito geográfico y social de su vida. El 11 de abril de 1895 navegaba por el paso de los Vientos en viaje de Boston a Jamaica. A las cuatro de la tarde, a través de la neblina azulenca de la lejanía, el General vio a la vez las cosas de “Santo Domingo y Cuba (…) los pedazos de tierra de mis ensueños”. “En la primera –prosiguió- dejé la cuna y quién sabe si en la segunda tendré mi sepultura.”Los cubanos, pues, podemos llamar conciudadano, compatriota, a Gómez. Y no solo por confesión del Generalísimo. Cuarenta años como actor principal en la historia de Cuba, construyendo la nacionalidad como cuerpo político y jurídico en independencia y libertad, confirman la ligazón sentimental del paladín de La Reforma con la isla que lo acogió en 1865 cuando, “errante y proscrito”, desembarcó en Santiago de Cuba para iniciar un destierro casi definitivo. Quiso a Cuba con la inclinación del hijo. Pero del hijo adoptivo. Porque –volvamos a preguntar-: ¿Se consideró a sí mismo netamente cubano? ¿Olvidó a República Dominicana?

Si aplicamos un criterio emotivo al analizar los hechos y los personajes de la historia, estas preguntas, y quizás sus respuestas, podrían causar una reacción de inconformidad, y podría, incluso, estimarse que con ellas se lastima la memoria del maestro de los Maceo, del Guerrillero que enseñó a los cubanos el uso del machete como arma de guerra. En cambio, para quien no guste de acomodar la historia a sus ideas e ideales, ni crea que por trascender el tiempo humano y perdurar en el histórico el individuo alcanza cierta laica, civil, santificación que lo separa de sus defectos y peculiaridades personales, el resultado de la indagación enaltecerá más a Gómez.

La médula de esta exploración se reduciría a formular otras tres preguntas aparentemente inútiles: ¿Renuncia el internacionalista a su patria para asumir al mundo como habitación, o se despatria absolutamente, o adopta como patria al país que sirve? Salvo que actúe como un mercenario o un aventurero, el internacionalista se introduce en la epopeya de otro pueblo impelido –además de por las ideas, la generosidad del carácter- por un sentimiento de amor que es prolongación del amor a su pueblo de origen. Y por tanto alejarse de este, no retornar para donar un gesto solidario, implica velar interiormente las lágrimas de la nostalgia como un caballero vela en silencio, soterrada y continuamente, una pasión imposible.

El Generalísimo fue un hombre de pasión que el soldado austero, estricto, exigente, enmascaró tras la humeante crónica de sus acciones bélicas o el tenso cavilar de la conspiración revolucionaria. Por momentos, sin embargo, suelta alguna señal de su preterido escozor cuando, desanudando el pañuelo de su corazón, el compacto militar se trasmuta en poeta, a la vez lírico y trágico.

Transcurre noviembre de 1898. Y aunque por primera vez en los últimos tres años duerme regularmente bajo techo, come con la aprobación ufana de su boca y ya no tiene que evitar ni combatir las balas y los sables españoles, Gómez está preocupado. Lo inquieta el fin de la guerra. “Este momento de alegría me da miedo.” ¿Cumplirán el presidente McKinley el Congreso de los Estados Unidos su promesa de entregar la independencia a Cuba? Dentro de estas urgencias y aprensiones que emborronan los días del Cuartel General en el ingenio Narcisa, en las afueras de Yaguajay, Gómez aprecia que la cercanía de la paz lo acerca a su más discreto anhelo. El 15 de noviembre escribe a su primo Francisco Gregorio Billini: “Yo, como siempre, sano y fuerte, acompañando a este pueblo en la odisea de su miseria. Este problema, de una parte, y de la otra, la oposición de los cubanos, a más de lo que juzgo un deber de conciencia, me atan de pies y manos como Prometeo a su roca, dilatando necesariamente la realización del gran deseo de mi alma: regresar al terruño amado, abrazar a los míos, contemplar mi cielo, bañarme en mi río… Este es el sufrimiento mayor; pero completemos la obra del sacrificio.”

El cinco de diciembre reitera al propio Billini que sus deseos son retirarse al lado de los suyos, “al calor de mi tierra amada, más amada mientras más lejana”. Y se desborda en una lánguida confesión: “A mi pueblo, a mi Baní del alma (…) no lo he olvidado ni un momento en medio de los azares de la ruda campaña.” Catorce años antes, el 8 de noviembre de 1884, hallándose en Nueva York, en respuesta a una carta del General Francisco Carrillo, le escribe: Su carta “me ha trasladado a mi Baní y me ha hecho aspirar el ambiente de sus flores y oír el susurrar de las aguas del ‘Banilejo’. Y resumía: “Verdaderamente, para saber cuánto se ama la patria y se adoran los recuerdos, se necesitan los sufrimientos del destierro. (…) General, a nosotros no nos queda más remedio que firmar un pacto con la muerte para volver honrados a que nos calienten nuestras tierras.”

Desde los llanos de Camagüey, el 20 de septiembre de 1895, le escribe a Federico Henríquez y Carvajal, el dominicano a quien martí llamó amigo y hermano: “…Mi amor por Cuba no ha causado merma en el amor a mi patria…”

En suma, cuanto hizo en Cuba “como humilde y devoto soldado de la libertad lo hice a nombre del pueblo dominicano, cuyas miradas estaban puestas en mí”. Así lo declaró en 1902 durante un viaje a República Dominicana. Retornará allí temporalmente en 1904. Y jamás volverá. Una año más tarde, Cuba, como previó, lo retuvo para siempre bajo el calor de su llanto. 

LAS RUINAS DEL CAFETAL ARIADNE

LAS RUINAS  DEL CAFETAL ARIADNE Por Luis Sexto

Una estampa histórica

Cualquier escolar norteamericano sabe que Rufus Devane King tomó posesión de la vicepresidencia fuera del territorio de los Estados Unidos. Pero quizás desconozca que en Cuba perviven las ruinas de la casa donde asumió sus funciones constitucionales el 24 de marzo de 1853,  ante el cónsul de la Unión en La Habana.

En tierras del municipio de Limonar, al este de la ciudad de Matanzas, la casa de vivienda del cafetal Ariadne, que perteneció a la familia Chartrand-Dubois, todavía mantiene sus paredes en pie, como memoria de una fenecida etapa de esplendor económico colonial basado en la caña de azúcar y el café. 

Electo vicepresidente el 2 de noviembre de 1852 en la candidatura  demócrata de Franklin Pierce, Rufus King, ya enfermo, renunció en diciembre a la presidencia provisional del senado y se embarcó hacia  Matanzas para buscar allí, entre amigos y en un  ambiente saludable, alguna mejoría a su dolencia. En la ciudad habitaban numerosas familias y operaban varias empresas comerciales norteamericanas, establecidas entre 1825 y 1830. Hacia 1840, el médico  John G. Wurdemann apuntó en sus  notas sobre Cuba, publicadas más tarde como crónicas de viaje con ese título, que “el clima, después de diciembre, es seco y fortificante”. En particular, en la zona del entonces partido de Limonar, un poblado de unas 180 casas, pero establecido en un paisaje que al propio Wurdemann sedujo, especialmente  los cafetales, calificados de “edén perfecto” por el viajero estadounidense. 

King se hospedó primeramente en la casa de William Scott Jenckens Updike –raíz de una familia cubana actualmente multiplicada en la Isla-, ubicada en La Cumbre, a escasos kilómetros de Matanzas.  La mansión de dos plantas recibía el aire de la cercana costa,  cargado sales salutíferas, mientras el valle del Yumurí se explayaba, en sus faldas, como una visión de paz y serenidad.

En fechas posteriores, el político se trasladó al cafetal Ariadne, en Limonar, a unos 20 kilómetros de la ciudad. El hogar de los Chartrand-Dubois, de origen francés, era asiento de sensibilidad y cultura artísticas.  Dos de los hijos,  Esteban y Phillip, se dedicaban a la pintura. El primero sobresalió por recoger en sus cuadros la imagen romántica del paisaje cubano, regidos por árboles como la palma real, la ceiba, y multitud de campos de caña de azúcar que, como un océano, cubrían la llanura. 

Pero medio y clima tan propicios poco coadyuvaron a la salud del vicepresidente electo de los Estados Unidos. Y ante su deterioro físico, el cónsul   William L. Sharkey  viajó desde La Habana para tomar juramento a Rufus King que, con paso vacilante, se acercó a una mesa de mármol para  oficializar la dignidad que sus compatriotas le había confiado. Una ley del Congreso, aprobada en febrero de 1853, lo autorizaba a concretar ese acto constitucional tan lejos de Washington.  Unos días después embarcó hacia el continente.

No pudo, sin embargo, ejercer sus funciones. El 18 de abril, murió en su tierra natal el que, presumiblemente, fue el primer vicepresidente de los Estados Unidos que asumió el cargo fuera de su patria. Ello lo sabe cualquier escolar norteamericano. Ignora, en cambio, que el recuerdo de Rufus Devane King perdura en un paraje rural de Cuba, dentro de unas paredes ante las cuales se inclinaron  los soles y las lluvias del tiempo y el olvido.  

UNA HISTORIA OLVIDADA: LA MAFIA EN CUBA

UNA HISTORIA OLVIDADA: LA MAFIA EN CUBA

Por Luis Sexto

Los habaneros podían ver, tocar, presentir al alcance de un nombre, un saludo, a los gángsteres que el cine coronaba con el halo atractivo de la maldad o los periódicos difundían como si fuesen artista o boxeadores afamados. A partir de 1933, la mafia ítalo norteamericana comenzó a ser una presencia dominante y sombría en La Habana. Le facilitó la aventura Fulgencio Batista que ese año, tras el golpe militar del 4 de septiembre, pasó de sargento taquígrafo a mandón supremo del ejército, y del país, con las estrellas de coronel.

 Pocas semanas después de la rebelión de los sargentos, tras el derrocamiento del tirano Gerardo Machado, Meyer Lansky, entonces y para siempre segundo de Lucky Luciano, capo di tutti capi, viajó de improviso a La Habana para negociar con Batista a quien trataba, según Cristo Kolev, autor de La “Cosa Nostra”, desde los años 20, cuando Cuba abastecía de alcohol clandestino a las tabernas y bares asediados por la Ley Seca en los Estados Unidos.  Aún falta por esclarecer cómo el soldado Batista, recordado por algunos en esa etapa como caballericero de los establos del castillo de Atarés, o custodio de la residencia del presidente Alfredo Zayas, se empató con el gángster. Ese es un detalle enigmático o más bien sepultado en un crapuloso silencio por cuantos biografiaron a Batista, o por quienes aún exaltan sus “virtudes patrióticas”en Madrid o Miami. Batista, en suma, aceptó la propuesta que le trasmitió Lansky. Autorizó a la Cosa Nostra a manipular y desarrollar los tapetes verdes del juego. Y surgió el casino del Hotel Nacional, una de las casas de azar más suntuosas de todas las Américas.

El ex tirano, que en 1973 murió en Madrid, colmado de la paz de los justos, al lado de una prostituta de marca, y rodeado de guardaespaldas, nunca se refirió a esa faceta de sus negocios; tampoco sus apologistas y biógrafos -empeñados como prestidigitadores en fabricar una imagen de gentilhombre y una estirpe hidalga al “guajiro de Banes”- permitieron que se les fugara una letra sobre tan escabroso asunto. Pero Lucky Luciano –cara afable, modales de cuelloduro- no esquivó el recato, no respetó la ley del silencio, y en sus memorias enumeró los pormenores de aquel primigenio affaire cubano. Escribió: “Nosotros debíamos entregar a Batista tres millones de dólares al contado y Lansky le abrió una cuenta en Zurick. Desde entonces Batista se aseguró una entrada anual mínima extra de tres millones de dólares y obtenía más bajo la forma de porcentaje.” Anticipemos que Batista se quejó de que los norteamericanos –cuya política de injerencia acató siempre-  lo dejaron solo tras su derrocamiento; ni siquiera pudo exiliarse en los Estados Unidos: allí nunca pudo entrar después de 1959. Pero no fue abandonado por sus aliados mafiosos después de su huida de Cuba. En El testamento de Lucky Luciano, de acuerdo con Cristo Kolev,  se asegura que Lansky “lo ayudó a transferir trescientos millones de dólares a un banco suizo”. “También con la ayuda de Lansky –se añade-, cierta parte de la fortuna de Batista fue invertida en las casas de juego de la capital de Las Bahamas, Nassau, y en Beirut y en Londres.”

Las primeras inversiones del Sindicato del Crimen reclamaron más espacio. Y en 1937, Lansky y Batista, que seguía  siendo el “hombre fuerte”, sostenido por la embajada de los Estados Unidos, suscribieron un nuevo convenio. Y entre otros acuerdos surgieron, como conejos de una chistera, nueve casinos, seis hoteles, y un hipódromo: el Oriental Park.

Lansky plantó su tienda en La Habana a partir de 1937. El eterno segundo de la Mafia, medio genio de los negocios ilícitos, se “aplatanó”, casi se acriolló, y discurría por la capital cubana como un chupóptero silente, inmiscuyéndose en lo más recóndito y corrupto de aquella república: tiraba barajas en la mesa del poder y prácticamente nadie se enteraba.

Luciano en esos años vivía enrejado en Norteamérica. Al saber  del nuevo concordato, se enfureció; botó al cesto el cuello duro de sus modales, y llamó a Lansky a visitarlo. Pensaba que Batista y se segundo lo habían soslayado. La cárcel para un mafioso con mando, significaba un cambio de oficina. Su delegado en La Habana le explicó la letra secreta de los acuerdos. Y Lucky –Salvatores Lucania en propiedad natal- detalló en sus recuerdos de fin de vida en qué consistió el nuevo arreglo con el mayoral de bota, fusta y lustre cuartelero. Lansky le contó: “La transacción en Cuba es para todos, tal como lo acordamos hace cuatro años. Lo que es solo para mí es el negocio logrado sobre el azúcar… En lo que a Batista se refiere, es lo mejor que jamás haya sucedido en nuestro interés. Yo me lo eché en el bolsillo, independientemente de si es presidente o si coloca a otro en ese cargo. Eso no tiene importancia. Él nos pertenece. Manejo todo su dinero, cada dólar, cada peso que obtiene. Manejo su cuenta en Suiza.”

PARAÍSO SOÑADO

Década de los 40. Etapa del desmande. Juego. Prostitución. Y, sobre todo, droga. La Habana se transformó en el túnel a través del cual pasaba a Estados Unidos el tráfico de estupefaciente.

Enrique de la Osa (1909-1996)  se dedicaba por esos años a “revolver el estercolero” con sus indagaciones y denuncias en la sección En Cuba de la revista semanal Bohemia  -fundada en 1908 y aún con una edición quincenal en La Habana-. A una de mis preguntas, poco tiempo antes de morir, evocó aquellas circunstancias con la precisión de un testimoniante enterado e incisivo: “…Cuba iba camino de ser el paraíso de los narcómanos, agentes policiales hubo que fueron cesanteados por atreverse a arrestar a los poderosos traficantes de drogas. El vicio, amparado por los regentes de la policía y el ejército, socios de los grandes contrabandistas.”

Cuatro familias mafiosas comenzaron en esos años a distribuirse los negocios turbios. La primera, y a la cual las demás le rendían acatamiento, la encabeza el “pequeño genio” Meyer Lansky. Regían el resto Anmleto Batistti, Amadeo Barletta y Santos Traficante. Los dos primeros con trajes de personas decentes: Batistti, aspirante al Congreso de la república en cierto momento, y Barletta, dueño aparente, entre otras empresas, del canal Telemando y del periódico El Mundo.

Nadie lo dudaba. La Habana era zona, territorio, patio de la mafia norteamericana. Y Lucky Luciano la eligió en 1946 para su sede de jerarca mayor. Excarcelado por sus favores a los servicios secretos norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial –entre los cuales se recordaba con gratitud las facilidades conseguidas por il capo de tutti capi para el desembarco en Sicilia-, Washington, sin embargo, lo deseaba lejos. Era carroña. Y lo deportó a Italia, país de nacimiento del mafioso.

Desde la capital cubana Luciano pretendía tramitar su reingreso a los Estados Unidos y deshollinar su trono de zar del crimen organizado. Sobre la duración de su estancia en La Habana no existe un dato definitivo. Afirman unos que vivió dos años aquí; inicialmente en el Hotel Nacional y luego en una residencia de los suburbios exclusivos de la ciudad. Aseguran otros que Lucky radicó solo unos meses en la capital cubana. Al parecer, la Casa Blanca presionó al palacio de la avenida de las Misiones, en La Habana Vieja, para que los cubanos expulsaran al líder gangsteril. Y estos lo subieron en un vapor turco con destino a Nápoles, según constaba en el boleto, cuyo facsímil alguien se interesó en publicar en Bohemia.

Antes de embarcarse, il capo de tutti capi presidió la reunión mafiosa convocada para La Habana a fines de diciembre de 1946. Unos 500 jefes, pandilleros, administradores de lavado financiero y demás cortesanos y burócratas de la Cosa Nostra, se congregaron en el Hotel Nacional, que cerró sus habitaciones, salones y bares para turistas normales y periodistas mientras el aquelarre sesionaba. Frank Sinatra amenizó las noches, agradecido de cuantos le habían financiado la carrera durante la cual más que en una “voz de oro” se convirtió en un bolsillo dorado. El cantante arribó en un yate, de acuerdo con algunos diarios de La Habana. Aparte de Luciano y Lansky, la gerencia separó cuartos para Joe Adonis, Albert Anastasia, Frank Costello, Vito Genovese y otros de la misma prosapia y rango.

MAR EN CALMA

Hablamos a largos trazos. La tolerancia en los Estados Unidos y en Cuba favorecía una travesía con viento en popa para la Mafia. Había bonanza. Batista le había propiciado la invasión a Cuba; la había afincado, y los gobiernos subsiguientes –Ramón Grau y Carlos Prío- continuaron esa política de dejar hacer. Pero en 1950, el futuro insinuaba, en su bola de cristal, dificultades para las familias mafiosas. Un político carismático y fogoso, Eduardo Chibás, prometía una alternativa a los electores inconformes. Su lema: Vergüenza contra dinero, y su prédica encendida e incendiaria clamaban  por la regeneración patriótica del quehacer público. Para las elecciones que se efectuarían el 1 de junio de 1952, el Partido Ortodoxo, el de Chibás, que se había suicidado,  lograba las preferencias en las encuestas.

Tres meses antes de los comicios, en la madrugada del 10 de marzo de 1952, apareció “providencialmente” Fulgencio Batista. Se había dedicado hasta entonces a ejercer una senaduría y a hacer infructuosa campaña por la presidencia de la nación. Con el apoyo de militares en activo y en retiro, ocupó la principal unidad militar del país, Columbia,  abolió la Constitución; integró gobierno con corifeos y aprovechadores del río revuelto.

La Historia se ha quedado al pie de los entretelones del golpe militar del 10 de marzo de 1952. Existe en ese acto mucho de secreto, de pérfido, además de sórdido. Nadie ha podido rechazar o confirmar la opinión de que entre el ex general golpista y el presidente golpeado –Carlos Prío- hubo una especie de entendimiento, de pase de poder. En aquellos días fue una sospecha con valor de evidencia. A la CIA, cuya injerencia en América Latina era entonces muy asidua y profunda, le inquietaba el cariz del porvenir. Y utilizó, como ya era habitual, a la Mafia como instrumento. Lansky ejerció nuevamente como intermediario. De ello está convencido el escritor Enrique Cirules, autor de El imperio de La Habana. La Cosa Nostra sería una de las más beneficiadas con el golpe de Estado. Batista era su ahijado. Y, así, una de las primeras leyes del gobierno, luego del golpe, fue la legislación hotelera, que concedía a la mafia la administración de varios hoteles modernos, que empezaron a edificarse con dineros de Cuba. Puedo indicar que el Habana Hilton –hoy Libre- se construyó con los fondos del retiro gastronómico. Las familias ocupaban espacios sin invertir también en el Havana Riviera, Deauville, Capri, Jagua…

Los sueños eran tranquilos. Tan apacibles que invitaban a seguir soñando. Y en Apalanchin, Nueva York, en 1957, los capos acordaron que La Habana sustituiría a Las Vegas. La enorme ciudad casino, capital del juego, ese coágulo crapuloso de Nevada, se mudaría a la soleada y azul ciudad del Caribe. La noble Habana de los escudos coloniales españoles.

 Solo fue un sueño de verano. O de invierno. Pero sueño al fin. El 1 de enero de 1959 la revolución de Fidel Castro bajó de las montañas. Durante unas semanas, los pandilleros pulsaron la temperatura política. Calcularon. Consultaron. Y comenzaron a reservar sus asientos en Pan American.