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PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

CUBA Y EL HERMANO OLAYO

CUBA Y EL HERMANO OLAYO

Por Luis Sexto 

La noticia, difundida primeramente por la agencia Zenit, es vieja. Un cubano nacido, formado y fallecido en Cuba, subirá en noviembre próximo el penúltimo peldaño del canon de los santos: será proclamado beato de acuerdo con los documentos firmados por Benedicto XVI. Se trata de fray José Olayo Valdés, religioso de la orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.

Nació en La Habana en 1820 y murió en Camagüey en 1889. Y ello, hoy aparentemente sin importancia, poseía entonces un profundo y a veces inconsciente sentido nacional. Porque cuando aún brotes y rebrotes del regionalismo entorpecían el desarrollo de la conciencia cubana -incluso frustró la conquista de la independencia en la primera guerra durante el período de l868 a 1878-, Olayo se trasladó hacia Puerto Príncipe y allí murió, como único representante de su orden en Cuba y América. Alguno pensará que politizo o patriotizo también la santidad. Pero ¿por qué no? ¿No transita también el Padre Félix Varela por la ruta crítica del proceso canónico que juzga la heroicidad de sus virtudes cristianas habiendo sido también un cura político y un patriota, hasta anticipar incluso en América Latina a los Arnulfo Romero, los Espinal los Ellacuría? El problema no reside si se es o no político, sino cómo la política y sus afanes de este mundo se vinculan con la fe y la caridad evangélica en los cristianos y en particular en los sacerdotes y religiosos.

 Evidentemente, Olayo fue a Camagüey porque cumplía el doble mandato de su voto de obediencia y su vocación hacia la caridad. Pero su acto, cuando todavía el país no se reconocía en toda su extensión y cuando aún existían camagüeyanos que visitaban a Nueva York, sin haber visitado a La Habana, el hermano Olayo, en su gesto nunca amenguado de amor a sus semejantes y también a sus compatriotas, dictó un ejemplo de integridad de índole patriótica. ¿Por qué hemos de separar la ética evangélica de la ética patriótica? Sirvió al prójimo, pero ese próximo, ese hermano enfermo y pobre a quien curaba, bañaba y le lavaba las ropas pútridas de lepra o manchadas de desechos malolientes, era también cubano. ¿O no?Me siento sumamente feliz por saber que la Iglesia Católica beatificará a un cubano nacido, criado y muerto en la isla. Y de apellido Valdés. Porque fue   aquel país colonial, donde no brillaba el “sol del mundo moral”, la justicia, donde todavía se diseminaban las secuelas de la esclavitud, el lugar en que el hermano Olayo sirvió a sus semejantes hasta hacerse santo, es decir, héroe de la virtud. ¿Quién ha dicho que a este pueblo le falta hondura, capacidad de entrega o de abnegación? ¿Quién ha podido decir que entre los cubanos  la virtud no prospera? Desde hace más de un siglo, los camagüeyanos, los habitantes de la ciudad de los dos ríos, esa comarca de pastores, según Nicolás Guillén,  veneran la memoria de José Olayo. Padre Olayo, como lo llamaban, aunque no aceptó las órdenes sagradas que el arzobispo de Santiago de Cuba le propuso; no aceptó por humildad, por vocación de pobreza en él, servidor de los más pobres; en él, niño depositado en el torno de la Beneficencia. Sin embargo, el pueblo lo llamaba Padre, lo cual confirma que padre es una categoría que se merece con las obras, que no es un título, que es algo más: la entrega y el desprendimiento renuentes a honores y vanidades. La entrega incondicional a quien necesita la mano que alivia y levanta.

El nuevo beato se erige hoy en un ejemplo de virtud para los cubanos de todos los tiempos, seamos creyentes, descreídos, indiferentes o ateos. Hay en su vida un gesto que lo enaltece y nos conmueve en particular por su naturaleza civil sin agravio de la acción cristiana: el hermano Olayo  recogió el cadáver del Mayor Ignacio Agramonte, aquel hombre con “alma de beso”, echado como un bulto en la plaza. El pobre hermano hospitalario dio al libertador muerto su único capital: limpió aquel rostro juvenil ya circuido por la santidad de la patria. No sé si el venerable religioso simpatizaba con los insurrectos o rehuía el inmiscuirse en la política militante. Lo cierto es que aquel acto en plenitud de caridad lo ejecutó ante la ira impotente de las tropas españolas, que vengaron su rencor, su intolerancia vencida por el amor cristiano del religioso, quemando el cuerpo del mambí y dispersando sus cenizas en el viento.El hermano Olayo nos muestra que la fe religiosa sin caridad es práctica seca. Como estéril  resulta la militancia política compuesta solo de palabras bonitas sin que los principios otorguen la generosidad suficiente para no solo predicarla sino practicarla.

 Admitamos que Cuba está hecha también de hombres como el beato José Olayo Valdés y enriquecida con gestos como los que justificaron su vida para la memoria eterna. Esa vida humilde, callada, abnegada, rica de pobreza -solo con lo mínimo para nutrir su empeño cotidiano de servicio- se empalma con los versos de aquel poeta comunista que cien años más tarde dijo: “Servir es más precioso que brillar”.  

Cuba, hermanos, es una sola, aunque plural y diversa. El beato José Olayo,  por bueno,  por pobre que dio lo único que poseía: su amor a la gente; por cubano, por solidario sin condiciones, nos pertenece a todos.

 

MUJER, MUJER DIVINA

MUJER, MUJER DIVINA

Por  Luis Sexto

 Me asusta escribir sobre la mujer, porque temo escribir tonterías. Voy, no obstante, a liar algunos apuntes. Parto reconociendo que lo mejor de la pareja humana es su región femenina. Tiene ella lo que a veces falta a los varones: la sabiduría de comprender, la abnegación de tolerar y desdoblarse, y la ternura de mojar con sangre de uno de sus dedos la arcilla de la maternidad.  

Lo digo, y sé que todavía el machismo cuenta con aire entre nosotros. A veces creemos que la mujer solo está llamada a ser madre y a cuidar la casa, tal como escribió el polaco Kapuschinski sobre la mujer africana: la mitad de su vida la dedica a parir y llevar los  hijos sobre las espaldas y la otra mitad a rayar la yuca para la mandioca. Algunos, incluso,  le asignamos un papel maligno en las relaciones amorosas. ¡Cuánto bolero melódico, cordial, intenso, compuesto por hombres, nos la describen como un ser perverso!

Afortunadamente, todo ese andamiaje costumbrista va poco a poco desapareciendo o transformándose en una relación poética más pulida, más serena. La mujer ha sabido realizar la revolución, primeramente dentro de sí, echando a un lado prejuicios de siglos. Y ha demostrado que, sin su concurso, el país y la familia andarían más lentamente, cojeando y, sobre todo, sin cumplir parte de la justicia. Lo demás, el poema o el guiño, el juramento o el desdén, corresponden a la prosa personal de lo cotidiano. Quizás al folclor de Eros. 

El Día de los Enamorados o el Día de la Mujer y cualquier otra fecha componen, en síntesis, el espacio que nosotros debemos aprovechar para lavarnos las mil inconsecuencias de nuestra conducta de esposo o novio, amigo o contrapartida masculina de la mujer, y prometernos un porvenir más sensato. No veo las fechas en que recordamos a las damas de otra manera. Sé que existe una deuda de gratitud y reconocimiento que aún continúa mostrando sus cifras sin cancelar. Y urgimos, por ello, releer hoy a uno de los autores más agraciados en sus páginas sobre la mujer. Recuerdo una frase de José Martí que ha llegado a ser como la síntesis de la doctrina revolucionaria acerca de la participación de la mujer en la sociedad. Sin su concurso, afirmó el Apóstol, las campañas de los pueblos son débiles. Porque, desde luego, les faltaría el complemento que fortalece y tonifica.  

 Martí fue un enamorado. Pero no un enamorado feliz. Pudo quejarse justamente de carecer del pecho femenino que le sirviera de sostén, al menos en su matrimonio, y sin embargo, calló. Porque –decía- “de mujer puede ser/ que mueras de su mordida, / pero no manches tu vida/ diciendo mal de mujer.” Ahondando en la intimidad martiana, no he hallado, entre tantas de tantos, carta de amor más intensa en su brevedad, más viril en su percusión, ni más respetuosa y comedida en su apasionada expresión que aquella dirigida por el joven Martí a la mexicana Rosario de la Peña, y cuyo resumen puede hacerse en una frase: Tengo frío y estoy pensando en usted. 

Ahora, termino. Me doy cuenta de que, después de Martí, el riesgo de  decir boberías se multiplica.  

 

RESPETO Y PALABRA

Por  Luis Sexto 

Hemos hablado alguna vez de que no hablamos bien, a pesar de que Cuba ha dado numerosos maestros de la lengua, como Martí, Heredia, o Carpentier, Guillén, Dulce María Loynaz, Lezama. Y no me refiero a nuestro hablar atropellado, vital, apasionado. Quiero, hemos querido decir que vamos reduciendo el vocabulario y deformando la prosodia. Por ejemplo, conocido es el viejo chiste en el que para pronunciar “está aquí ya”, un cubano suelta en ráfaga algo casi incomprensible: “ta qui llá”.   

Como los defectos y los problemas se resuelven luego de ser reconocidos y de haber reflexionado, estamos, a mi ver, en el momento exacto para mejorar. Todos. Padres, maestros, estudiantes. Porque nadie pretenderá lograr una superación de las formas incorrectas y malsonantes con que mayoritariamente usamos el habla, si quienes recomiendan el perfeccionamiento, o lo enseñan, predican con el mal ejemplo. 

Me atrevo, pues, a sugerir que  nuestras escuelas exijan la expresión oral apropiada. La lengua nacional tiene que ser una asignatura rigurosamente impartida y examinada, no solo en sus reglas gramaticales; también en su empleo cotidiano. Porque si en nuestro sistema predominara el oficio de instruir por encima del de educar, con el tiempo sobrarían los letrados incultos. Sabemos que la palabra es el envase comunicable del pensamiento, ¿habrá acaso que repetir la manoseada verdad de que pensamiento carente o torpe de palabras será siempre mal o incompletamente pensado y expresado y, por ende, mal comprendido?  

Pero mientras la sociedad adquiere conciencia de esta deficiencia y se adoptan los criterios pedagógicos para erradicarla, hay otro asunto en nuestra habla que necesita también ser corregido. ¿Se ha fijado usted, y usted, y aquel,  que también despojamos al idioma común y pasajero de sus delicadezas y ternuras?  No estoy –advierto- en una posición negativa. Ni hipercrítica. Sencillamente, pulso nuestra realidad. Y echo de menos a términos como “por favor”, “gracias”,  “buenos días”, “adiós”,  “por nada”, en fin, esas frases que indican que las personas se toman en cuenta unas a otras, y se respetan. 

Para respetarnos mutuamente no requerimos que sesudos pedagogos compongan un programa de urbanidad. Basta con saber que el amor hacia el semejante es una prolongación del amor hacia uno mismo. ¿Quién es tan ingenuo de creer que al maltratar a otro recibirá en cambio una buena acción, un gesto plausible?  

Existe una ley desde hace milenios: trata a los demás como quieres que te traten. Por ello, la lengua es rica en palabras y locuciones tiernas y respetuosas. Los cubanos somos por idiosincrasia gente llana, cordial, renuente a las fronteras impuestas por rangos y desigualdades. Pero esa capacidad de emparejarnos, de  sentirnos iguales, no implica la irrespetuosidad que arrasa en vez de allanar, que despoja en lugar de preservar. Vivimos en una sociedad basada en las relaciones solidarias. Y la lengua y el habla no pueden andar de espaldas a nuestro ser, ni  a nuestra historia.   (Publicado en Juventud Rebelde)                                                                                            

EL COLOR DEL CRISTAL

EL COLOR DEL CRISTAL

Luis Sexto

A veces me sorprende la duda, aunque no me asusto. Los  latinos –también algún filósofo escolático- repetían una máxima que confirmaban el papel constructivo de la duda: “In dubium, veritas”. Esto es, en la duda está la verdad. Por tanto me escudo tras el latinazo para no levantar ninguna suspicacia.

Dudo, pues, de que todos estemos convencidos de que no solo con apelaciones políticas y éticas podamos superar las circunstancias precarias en que se desarrolla nuestra sociedad. Dudo, incluso, de que todos estemos convencidos de que, en efecto, afrontamos una existencia material empobrecida, limitada y limitadora. La experiencia nos remite a otra antigua máxima, esta vez en español: De la feria hablamos según nos va en ella. O, mejor, todo es del color del cristal con que se mira. Y a colores suaves, refrescantes, optimistas les tengo pavor: pueden estar enmascarando una realidad que no admite ser soslayada o adulterada.

Pertenezco al conglomerado de los que creen en la ética, incluso en lo que hemos llamado trabajo político, que a veces evidentemente cuesta demasiado “trabajo”, porque uno le echa de menos o lo percibe ineficaz, pero, eso, por hoy, es otro asunto. Reconozco el papel de la ética, de su acción guiadora y modificadora de la conducta humana. Mas la ética no es código de general atribución. Influye en unos –esos que podrían componer “la vanguardia”- a contrapelo de las situaciones adversas. Pero para ejercer algún papel masivo hace falta una base, un seguro lecho material para que se pueda asumir la ética como una norma, salvo que se imponga por la violencia física o estructural.

Vengamos a la realidad: ¿Podríamos pedir a todos los trabajadores que sean eficientes, disciplinados, productivos a pesar de que objetivamente sus salarios poco se relacionan con el costo de la vida y con su destino general?  Claro, podríamos convocar a la perfección sin estímulos. Ahora bien, habría que ver cuáles serían los resultados. ¿Estamos seguros que todos responderían afirmativamente? A lo mejor. Pero esa preclara verdad nunca discutida: el hombre piensa como vive, vuelve a plantarme el insecto de la duda en mi oído.

He visto en la TV reportajes que cuentan cómo en algún sitio se desbroza el marabú. ¿Y después qué? Eso no lo veo en la pantalla. Cuántos estamos dispuestos, sobre las mismas reglas de una agricultura centralizada, incluso burocratizada, lenta en sus iniciativas, mal pagada, a hacer producir nuestras tierras racionalmente, lo cual significa, para mí, dar de comer sin restricciones ni cuotas al pueblo y beneficiar a los agricultores con la justicia que trabajo tan fatigoso, constante y estratégico merece.

No intento desafiar la cordura. Tampoco se trata de auto engañarnos viendo brillo donde hay opacidad; éxito donde insuficiencia; risa donde mueca… Lo subjetivo tiene su papel, pero hoy por hoy la respuesta subjetiva demanda una readecuación de la realidad objetiva. ¿Hasta donde lo organizativo y lo estructural son aspectos de la subjetividad?  Por supuesto, los hombres adoptan una u otra organización.  Y luego esta, a mi entender de hombre práctico, empieza a ejercer una especie de dictadura objetiva.

Habrá, pues, que reordenar, sin miedo a los presuntos conflictos entre sueños y realidades. Los mejores sueños son los que se pueden conquistar. Los otros, los que entran en deuda con la vida, derivan en pesadillas. La pobreza no resulta un sueño grato. Ni el temor un buen compañero de las ideas y la acción. Joel James, ese santiaguero polémico, clarividente, revolucionario –cuya muerte reciente aún nos punza- escribió en un libro, El ser y la Historia, recién salido a las librerías: “El miedo paraliza las iniciativas”.

El empeño de mejorar nuestra vida tiene muchos aliados: la política y la ética, y también la acción  y la duda razonable que, conducidas por la inteligencia y la audacia, actúan y transforman con certeza. (Publicado en Juventud Rebelde)          

MAGNA COSA

MAGNA COSA

Por Luis Sexto

Nadie habla ya de la magnanimidad. La palabra ha sido confinada a los fondos del vocabulario habitual, como un bote naufragado en una charca de indiferencia. ¿Qué sabe usted de ella? También –me arriesgo a decir- pocos la ejercitan. 

La magnanimidad no es solo virtud de poderosos. Una de sus raíces, el magnus latino, insinúa un eco propio de emperadores, conquistadores, señores feudales. El señor es magnánimo porque “solo él es grande”, y nadie más puede perdonar un crimen, condonar una deuda, conceder una gracia. Así dicen algunos. 

Escribo de algo tan raro como la magnanimidad por una razón personal. Encomendé a cada uno de mis alumnos en la Facultad de Comunicación, que redactaran  una nota de 40 líneas sobre esa virtud, y me impongo una tarea similar, para emular, o para –en actitud auto provocadora- realizar como aprendiz cuanto pido como profesor.  

A mi parecer, la magnanimidad compone una manifestación del amor, de la solidaridad. Resulta, por norma, un sentimiento, un proceder individual que suele manifestarse en momentos extremos; ella misma resulta una decisión, un acto, extremo. Se relaciona con el perdón. Pero perdonar, más que un gesto magnánimo, es efecto de la generosidad. Todo esto, como apreciamos, se mezcla. Pero, si la generosidad dona, entrega, regala, lo que uno posee e incluso lo que no tiene, la magnanimidad trasciende la ofrenda de algo que damos sin que por ello dañemos el propio valor. ¿Soy claro? Veamos. Puedo quedarme desnudo, porque cedí mi ropa a quien la necesitaba más. Sin embargo, mi integridad, mi interior, permanece incólume. La magnanimidad –un compuesto de magna y ánima; alma grande, en español- suele ser, en cambio, un despojamiento, una cesión de lo más nuestro.  

Es famosa la anécdota de Isaac Barrow. Era, en su tiempo, un matemático sobresaliente; quizás el más abarcador. Y un día presentó la renuncia de su cátedra en una universidad famosa. El rector le preguntó la causa, pensando que quería mayor sueldo. Y Barrow le respondió que renunciaba con una condición. ¿Cuál? Que mi alumno Isaac Newton me sustituya. He descubierto que sabe más matemática que yo. 

Y nosotros qué. ¿Tendremos que ser grandes para ser magnánimos? Tampoco es virtud exclusiva de la aristocracia espiritual. Todos, cada día, nos ponemos en posición de administrar la magnanimidad. Por ejemplo, esa persona investida de autoridad que impone una multa indebidamente, porque el presunto infractor le demostró que estaba equivocado, y por lo cual no debe permitir que el principio de autoridad se resquebraje.  O el profesor que reduce injustamente la nota para ajustar las cuentas con el desplante de un estudiante. O el que condiciona un favor a una dama, a cambio de otro favorcito. O el que recusa o aplaza la promoción, porque “este tipo” es superior a mí, y yo no sirvo de escalón a nadie...  

Pequeñas cosas usuales, en cuya diminuta dimensión, si uno opta por el desprendimiento magnánimo,  renuncia a lo peor de sí para resurgir dotado con el ímpetu de un ala.            

 

EL RIGOR QUE FALTA

EL RIGOR QUE FALTA

Por Luis Sexto

 Posiblemente, nadie esté en desacuerdo con que, entre las cosas que faltan  en Cuba, se incluye el rigor. No el que se iguala con aspereza o estoicismo, como también define el diccionario, y que equivaliendo, además, a capacidad de sacrificio, nos ha sobrado. Me refiero al rigor que es sinónimo de exigencia y cuya notable ausencia ha convertido a nuestras libertades, a contrapelo de las leyes, en una relación cargada de derechos y aligerada de deberes. 

¿De quién es la culpa? Si acaso tuviera sentido hallar el gesto que ahuyentó el rigor, culpables seríamos todos. O, más exactamente, es culpa del soñar con el gobierno de una justicia eminentemente ciega e inclinada por sistema hacia el lado de la benignidad. Ha sido un error de humanismo. Porque la sensibilidad revolucionaria gusta de redimir y desatar. Y de ese modo, según como lo veo, el rigor se enredó tras las sutilezas de acero del paternalismo y el igualitarismo. Ambas desviaciones, pretendiendo ser estrictamente justas, consiguen el efecto contrario al juzgar y distribuir según un rasero generalizador de normas y emparejador de personas y actos.  

Las consecuencias, que quizás pudieron preverse, se acumularon. Y el auge que hoy alcanzan la indisciplina social, el parasitismo y cierta petulante mediocridad, son en parte secuelas de la mengua del rigor. Y ante esa evidencia solo tocaremos la aldaba de la rectificación, si pasa a ser certeza el principio de que Cuba no podrá conquistar la eficiencia –es decir, independizarnos de la insuficiencia- si no transforma su concepción de la justicia y la atempera a las urgencias de la vida con criterio realista: con la temperatura del momento y el olfato de la meta  razonable. 

No se trata, desde luego, de modificar la naturaleza solidaria de nuestra sociedad. Por el contrario, tenemos que seguir empeñados en que la justicia social y penal no establezcan privilegios entre el pobre y el más económicamente holgado, el de arriba y el de abajo, el blanco y el negro, el joven y el viejo, el creyente y el ateo. Esa es la esencia que hemos de preservar de cualquier contaminación. Pero, a mi parecer, nuestras relaciones sociales deben salpimentarse con unos granos de competitividad. Y que nadie se espante. No tengamos miedo de esa palabra. Las palabras no definen el contenido. Es a la inversa. El contenido agranda o achica, purifica o ensucia las palabras. Hablo de la competitividad que permita, en rigor, que el mejor se distinga del bueno, el aplicado del indolente, el apto del incapaz, y el que yerra circunstancialmente del que delinque por apego habitual a la marginalidad. 

Sin rigor no se camina lejos. Muchos se echarían a orillas del camino. Por lo tanto, el rescate del rigor implica también que la omisión sea sancionable. De omisiones está asfaltada la ruta actual de nuestra sociedad. Y habrá, pues, que llegar a la conclusión de que la indiferencia ante los fenómenos que enracen nuestras aspiraciones de perfeccionamiento, constituyen un acto que, si no sancionable, es evaluable. Con rigor. (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)    

 

 

CON LA MISMA PIEDRA

CON LA MISMA PIEDRA

Por Luis Sexto

He oído decir que la infancia es la edad de los porqués. Por qué, papá, o mamá,  brilla el sol, y por qué el mosquito pica, y por qué llueve. Bueno, en fin, quién no ha pasado por el trance de responder a sus hijos, o a sus alumnos, esas preguntas que, al juzgarlas seriamente, no suponen más dificultad que pensar un poco, o consultar un viejo texto, aunque, eso sí, molestan por su insistencia. 

Uno, al ver crecer a sus niños, cree descansar del acoso, sin percatarse que en cualquier momento –sobre todo si uno es periodista- un amigo, un lector, un oyente, te enrostra una pregunta que obliga a añorar la ingenuidad de tus hijos en la infancia. Me acaban de preguntar por qué el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.  Quizás el menos apto para responderla sea el hombre mismo. Si nuestra especie pudiera hallar la respuesta exacta, a lo mejor dejaría de topar con la piedra por segunda vez. Pero, por el contrario, tropieza, y le echa la culpa a la insensible e irracional roca. Porque, en definitiva, alguien habrá de tener la culpa... menos el que choca.  

No sé si el tema será del agrado de cuantos habitualmente leen esta columna, digo, si es que tropiezan con ella la segunda semana después de haberla leído por primera vez. Pero ha sido uno de ustedes el que ha echado la interrogante como un pie forzado. O como un desafío. A mí me parece que la pregunta podemos responderla entre todos. Usted o ese, este o aquel tal vez hayan visto en su centro de trabajo que ayer se cometió un error, y semanas, meses, años más tarde el mismo perro vuelve a morder a quienes habían tomado la equívoca decisión. Piensen... ¿eh? 

A mi entender, a los seres humanos les cuesta admitir que se equivocan. Suelen ver lo que hacen otros con una mirada muy filosa, y apenas abren los ojos para ver la actuación propia. Nos falta, así, visión crítica para lo nuestro. Esta palabra –crítica- por momentos se transforma en una palabrota; conozco personas que estallan ante la sola idea de aceptarla, o de practicarla. ¿Y quién detiene el yerro, quién endereza la desviación?  

Ya uno ha vivido lo bastante para comprender que el error de ayer, será igual al de mañana si lo repito en los mismos términos. Dejará de repetirse si la vivencia –esto es, lo que vivimos- se convierte en experiencia. Y el problema, pues,  radica en ese tránsito de lo vivido a lo sabido. Porque usualmente falta el espacio para la reflexión y sobra el espacio para la suspicacia, el rechazo, ante quien, honradamente, recuerda que ayer nos equivocamos adoptando una medida parecida.  

Por esos rumbos debe de andar la respuesta a quien me ha preguntado, como si yo fuera un oráculo, por qué, al decir de un griego, el hombre tropieza dos veces con la misma piedra. En suma y brevemente: tropieza porque quiere hacerlo, o porque no ha sabido decodificar el mensaje del pasado.   (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)  

 

LA AUTOCRÍTICA

Por Luis Sexto 

En una de mis tantas escuelas, antes de ir a casa cuando era alumno externo, o antes de dormir en la etapa del internado, el director nos daba las buenas tardes o las buenas noches hablándonos de una propuesta ética. Previamente, todos habíamos dedicado un minuto a pensar en el valor o el desvalor de nuestras acciones del día. A ese acto de reflexión, llamábamos examen de conciencia. 

Más tarde, aprendí a llamarlo autocrítica. 

Pero qué es la autocrítica. Oímos hablar de ella, incluso nos la recomiendan en el arte, la política, la economía. Y a mi parecer, como dije, equivale a un examen de conciencia, a un mirarse hacia adentro y ejercer la crítica contra nosotros desde la propia carne. El ejercicio autocrítico es una especie de fogón de la espiritualidad. Porque el hombre, o la mujer conversan, como dijo Antonio Machado, con “el hombre que conmigo va”. Esto es, reconoce en sí mismo a un interlocutor cuya vigencia impide que la conciencia se nos llene de musarañas. O que los errores nos descosan la obra

la autocrítica, la escritora Dora Alonso me recomendaba: ni tanta, ni tan poca. Porque si escasa, puedes perpetuarte en la misma estación; si excesiva, puedes encontrarte en el mismo apeadero por la ruta inversa: la esterilidad. Lo decía refiriéndose a la obra de un escritor o un aprendiz de escritor. Pero la opinión de la maestra, cuyas cenizas revuelan, a petición suya, en el aire de Cuba, abarca todo el espectro de la autocrítica. Compone, así, un medicamento cuya dosis hay que medir y pesar con exactitud. Si queda corta, no cura; si se pasa, daña al paciente. 

Por ello temo que la autocrítica se transforme en una retórica, en un decir que se decolora, que promete lo que nunca cumple, que expresa un pesar que no se siente. Temo, en fin, que un hábito necesario y constructivo derive en un recurso enmascarador. En la poltrona de las justificaciones. A  mí me enseñaron que un examen de conciencia, cuando se hace sinceramente, tiende al mejoramiento. Si pasan los días y los mismos yerros, las mismas insuficiencias, aparecen en el escrutinio, la autocrítica es simple coqueteo con la verdad. O más claro: no es verdad. (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)