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PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

ORACIÓN DEL HOMBRE SATISFECHO

ORACIÓN DEL HOMBRE SATISFECHO Por Luis Sexto

Eres, Señor,  el último y el primero de los transeúntes que he dejado atrás, difuminándose en el polvo que la sábana de mi memoria nunca vuelve a recoger.

¡Se está tan bien bajo las sosegadas necesidades del que no tiene prisa! ¡Qué dicha alzar nuestra tienda entre las cuentas cuyas apariencias acreditan el heráldico ceremonial de los triunfadores!Lo admito, Señor: cada uno de aquellos peregrinos Te representaba en su insolvencia y cada uno pedía la solidaria compañía de quien también Te representaba.  Lo olvidé, sin embargo, bajo el parejo sonido del auto, el apacible rodar de quien nunca tendrá urgencias de llegar a donde va.

Ah,  Señor, suscita el único milagro deseable en mis presuntas bodas con la caridad: cambia el vino  por un agua democrática y servicial. Llena mis vasijas con los residuos contaminados del extraño don de compartir, Señor.  

Papá Noel

 

El viejecito de ropas rojas y barba blanca que vemos en vísperas de Navidad en los shoppings de todo el mundo, se ha convertido en ícono cultural de la sociedad de consumo del tercer milenio. El sonriente personaje, que encanta a los niños, fue forjado a lo largo de los últimos diecisiete siglos, basado en la historia de un obispo que vivió en el siglo IV.

La ciudad de Mira, en el antiguo reino de Licia, actual territorio de Turquía, tuvo un prelado llamado Nicolás, célebre por la generosidad que mostró con los niños y con los pobres, y que fue perseguido y encarcelado por el emperador Diocleciano. Con la llegada de Constantino al trono de Bizancio ─ciudad que con él se llamó Constantinopla─, Nicolás quedó en libertad y pudo participar en el Concilio de Nicea (325). A su muerte fue canonizado por la Iglesia católica con el nombre de San Nicolás.

Surgieron entonces innúmeras leyendas sobre milagros realizados por el santo en beneficio de los pobres y de los desamparados. Durante los primeros siglos después de su muerte, San Nicolás se tornó patrono de Rusia y de Grecia, así como de incontables sociedades benéficas y, también, de los niños, de las jóvenes solteras, de los marineros, de los mercaderes y de los prestamistas.

Ya desde el siglo VI se habían venido erigiendo numerosas iglesias dedicadas al santo, pero esta tendencia quedó interrumpida con la Reforma, cuando el culto a San Nicolás desapareció de toda la Europa protestante, excepto de Holanda, donde se lo llamaba Sinterklaas (una forma de San Nicolás en neerlandés).

En Holanda la leyenda de Sinterklaas se fusionó con antiguas historias nórdicas sobre un mítico mago que andaba en un trineo tirado por renos, que premiaba con regalos a los niños buenos y castigaba a los que se portaban mal.

En el siglo XI, mercaderes italianos que pasaban por Mira robaron reliquias de San Nicolás y las llevaron a Bari, con lo que esa ciudad italiana, donde el santo nunca había puesto los pies, se convirtió en centro de devoción y peregrinaje, al punto que hoy es conocido como San Nicolás de Bari.

En el siglo XVII, emigrantes holandeses llevaron la tradición de Sinterklaas a los Estados Unidos, cuyos habitantes anglófonos adaptaron el nombre a Santa Claus, que les resultaba más fácil de pronunciar, y crearon una nueva leyenda, que acabó de cristalizar en el siglo XIX, sobre un anciano alegre y bonachón que en Navidad recorría el mundo en su trineo, distribuyendo regalos.

En los Estados Unidos, Santa Claus se convirtió rápidamente en símbolo de la Navidad, en estímulo de las fantasías infantiles y, sobre todo, en ícono del comercio de regalos navideños, que anualmente moviliza miles de millones de dólares.

Esta tradición no demoró en cruzar nuevamente el Atlántico, ahora remozada, y en extenderse hacia varios países europeos, en algunos de los cuales Santa Claus cambió de nombre. En el Reino Unido se le llamó Father Christmas (papá Navidad); en Francia fue traducido a Père Noël (con el mismo significado), nombre del cual los españoles tradujeron sólo la mitad, para adoptar Papá Noel, que se extendió rápidamente a la América Latina.

 


Estos textos ha sido extraídos de los libros La fascinante historia de las palabras y Nuevas fascinantes historias de las palabras.

 

Ver otra palabra: universo

 

OPINIONES LARGAS Y CORTAS

OPINIONES LARGAS Y CORTAS

 Por Luis Sexto

La doble moral es, a mi parecer, el problema ético más grave de la sociedad cubana. ¿Sabemos en verdad qué es la doble moral? Al menos sé que no se trata de una moral de uso y otra de repuesto, como una muda de ropa. Más bien hablamos de la que adopta dos –o más- caras, dos visiones, dos criterios, dos conductas ante la gente y las cosas. Una actitud y un actuar poliédricos…

A veces la remitimos exclusivamente a la vida familiar: a la infidelidad. El varón con dos mujeres, dos casas. Todo doble. Pero eso no es cuanto se puede aportar en la definición de la doble moral. Su alcance atañe a la salud política, social, cultural, ética de la sociedad. Hace mucho que estamos en contra, al menos con las palabras, de que alguno diga sí pensando que es no. Que estime de bueno esto o aquello, y luego, en otro sitio, diga que es malo. O salgamos de donde hemos aplaudido y en los pasillos empecemos a destilar la inconformidad…

Así de tortuosa, irreverente, clandestina resulta la doble moral.  Unos 20 años atrás, pregunté a un especialista su parecer sobre el teatro cubano de entonces. Publiqué su opinión, tan elogiosa que percutía los tambores del triunfalismo. Días más tarde, ese mismo experto, en una reunión que no era para publicar, dijo todo lo contrario. Le exigí cuentas. Mi periódico había hecho el ridículo. Me dijo muy orondamente que el tenía dos opiniones: una corta y otra larga. Y me había respondido con la larga. Es decir, la publicable. La sin conflicto.

Ya no vale la pena juzgar a ese compañero, muy competente y ya difunto. Lo básico es reflexionar de modo que lleguemos a saber porqué una persona inteligente, preparada, prestigiosa, teme repetir en público lo que dice en un ámbito escueto con toda certeza y justicia. No conviene ponerse a tirar cañonazos contra los que obran de esa manera, sin intentar explicarnos las causas de la llamada doble moral. Bombardear el efecto sin apuntar la razón última -o penúltima, que a más no puedo aspirar en este breve espacio-, equivaldría al ejemplo del perro que quiere morderse la cola…

¿Uno practica acaso la doble moral, porque es perverso? Podría ser. Pero lo que si no parece ser es que muchos seamos perversos y finjamos por el gusto de fingir. Me niego a aceptarlo. A mi entender, la sociedad ejerce determinada presión para que, en términos generales, florezca la doble moral: el pensar una cosa y obrar como si se pensara otra; exigir de los demás que actúen de una manera y luego actuar de manera opuesta. De ahí, de ese enconchamiento, de ese proteger lo más interior de uno, proviene esa otra manifestación que llamamos unanimidad. ¿Alguien en contra? Nadie. Qué raro.

Así sucede en ciertas asambleas laborales, sindicales y de otra especie. Uno calla lo que podría servir como un nuevo enfoque, algo distinto a cuanto se está diciendo o creyendo, pues, quizá, si expresara su parecer, saltaría alguno de la masa o de la mesa como si fuese a… comérselo. Sí. Esa es la palabra, aunque parezca impropia. Lo he visto con frecuencia en mi ya añoso quehacer periodístico. Y cuantos arremeten contra “el hereje” creen que el mundo, el nuestro, se despedaza si un prójimo expone un criterio contrario al mío o al nuestro. Vaya. La intolerancia, en su tuétano, expresa el miedo a no saber defender las ideas que uno sostiene. ¿Y de verdad las sostenemos si somos incapaces de defenderlas racional y civilizadamente?

Claro, el que práctica la doble moral no es inocente. Ni totalmente víctima. Cómo mínimo yerra por pusilánime. Y sin ánimo de pose magistral, deduzco que la doble moral y su derivado la unanimidad –tan ligadas, por la otra cara, al oportunismo- dañan a la sociedad cubana. ¿Cómo sabremos que el que dice estar hoy con nosotros, mañana no estará en la posición contraria? No todo el que dice compañero, lo es. Pero hay que llamar a todos compañeros y dejar que, en efecto, este o aquel lo sean o no lo sean, con franqueza y libertad. (Publicado en Juventud Rebelde)   

VIVA LA ESPERANZA

VIVA LA ESPERANZA Por Luis Sexto

El argentino Jorge Luis Borges escribió dos versos sobre la esperanza que me gustan y no me gustan. Forman parte de un soneto que empieza pidiendo: “Señor, defiéndeme”… de una retahíla de peligros que omito, y al final, en los versos 13 y 14, dice: “No de la espada o de la roja lanza/ defiéndeme, sino de la esperanza.” 

Es ahí, en esas dos últimas líneas, donde estoy de acuerdo y en desacuerdo con Borges. De acuerdo en que concibió una aguda idea poética, y en desacuerdo, porque quizás la esperanza sea la mejor defensa humana. A mi parecer, la mayor pobreza sería carecer de esperanzas. Para quitarlo todo, Dante pone a las puertas del infierno de su Divina comedia, un letrero que congela el alma: “Lasciate ogni speranza…” Dejen toda esperanza los que aquí entran.  

La esperanza, desde el punto de vista religioso, se define como una virtud teologal. Y es, además, una virtud política, amorosa, económica, humana. Humana y política sobre todo. ¿No dice la sabiduría del pueblo que lo último que se pierde es la esperanza? La esperanza es como la ilusión: el aire del espíritu. Sin ella, tal vez no vivamos, solo existamos. Vivir es saborear el día, aspirarlo, bañarnos de la fortuna de estar vivos. Existir es solo eso: respirar.

Por ello, la política nunca ha de mentir la esperanza. El capitalismo la miente a muchos y, sin embargo, la ofrece como esa zanahoria que ciertos comics amarran delante de los belfos de un caballo de tiro. Hala, hala; coge la zanahoria. Eso explica hasta cierto punto que sobrando a veces las razones objetivas, falten las subjetivas para hacer la revolución.  Los gobernantes de nuestro país han sido muy cautelosos en prometer, en dar esperanzas. Nunca las falsas. Porque de desengaños –afirma el pueblo- también se muere. Y por ello solo tienen derecho a estar vigentes, las esperanzas reales, las inmunes a la disolución.  

bien, siempre tiene que haber esperanza. Es una fuerza que se entronca con la dignidad. Juntas esperanza y dignidad producen la fórmula de la integridad moral. Y por ello nadie ha de pedir o desear, como solicitaba el poeta Borges, que alguien nos resguarde o defienda de la esperanza. Es nuestra arma más contundente. Posee la naturaleza mágica de la poesía primigenia. Antes de la siembra, los agricultores de la comunidad primitiva cantaban sus conjuros para conseguir una fecunda cosecha. Y la fe en el canto trasmitía la esperanza. Y la esperanza inspiraba a redoblar el cultivo y el esfuerzo. 

Lo tendremos todo mientras sintamos en la intimidad del latir colectivo, que nuestra obra -esa que necesitamos más eficiente, más racional, más justa- debe perdurar como un mandato de la historia, como una urgencia del presente en tránsito hacia el futuro. Lo tendremos todo, porque tendremos la esperanza. La esperanza es un ingrediente del realismo político.Si uno tuviera la ocasión de modificar el soneto de Borges, en vez de pedir que nos defiendan de la esperanza, después reflexionar en una argumentación de remota y antropológica raigambre, solicitaría que nos protegieran de la desesperanza. Pues de la esperanza, me defiendo yo.

LA (IN) CULTURA DEL DEBATE

LA  (IN) CULTURA DEL DEBATE

Por Luis Sexto

 

Jorge Mañach aseveró –cito de memoria-  que la tendencia a reír ante lo que se desconoce o no se alcanza a comprender se relaciona periféricamente con la ignorancia y la falta de cultura o de educación, y más en lo hondo con un complejo de inferioridad que, según el autor de Indagación del choteo, tiende a compensarse, emparejarse con el que “está más alto”, mediante la risa mordaz. Ese comportamiento promedio, a veces minoritario, a veces más generalizado, dependiendo de las épocas, se empalma con la del juicio de Don Quijote que establece que es propia de mentecatos la risa que de poca causa proviene.

No es mi propósito insistir repitiendo las aproximaciones del clásico ensayo de Mañach. Lo he tomado como pretexto para lamentar –al menos hasta dónde he leído su obra- que él, que tan duraderamente registró en nuestra “almario” nacional, no nos hubiese entregado el ensayo sobre nuestra “cultura del debate”, o, mejor, sobre la incultura polémica que nos inhabilita para debatir razonable y respetuosamente. El propio Mañach, polemista inclaudicable,  sufrió en su momento los golpes de esa deficiente altura, aunque tuvo rivales condignos: Martínez Villena, Raúl Roa, Juan Marinello, Lezama Lima. Pero, salvo esos contendientes de pareja tamaño conceptual y estilístico, el resto de los litigios que afrontó,  con más o menor grado se deslizan desde la otra esquina por el declive del insulto y, sobre todo, la anulación de los probables valores del contrincante.

Una polémica intelectual, como un juego de béisbol, no se resuelve como si se manipularan tazas de porcelana.  Es decir, ha de campear la pasión, la rudeza. Pero, en el medio, predominando, regulando con el índice de  la ética, el juego limpio. La decencia, palabra que, al parecer, se ha arrinconado en el glosario más frecuente, tiene su punto nodal en el respeto al semejante, aunque el otro  se pare en el lado opuesto a donde estoy yo. De lo contrario ocurre, como habitualmente, que resolvemos cualquier polémica confundiendo ironía con sarcasmo, humor con choteo, dureza con irrespeto. Y el mayor argumento que alzamos, como una maza, se liga con estos tópicos: no tienes la razón, porque la tengo yo, o tus opiniones no son válidas porque antes opinabas distinto. Una anécdota reciente me clarifica.  Tras el último campeonato nacional de béisbol –horno y termómetro a la par de nuestra insuficiencia polémica- un periodista de la TV en Guantánamo le adujo a un colega de la TV nacional –estaban encadenados en un diálogo- que desde la capital daban más calor al segundo lugar de Industriales que el primero del equipo de  Santiago. Seamos cuerdos, quiso decir. Y el comentarista, acomodado en la banqueta de los estudios en La Habana, ripostó diciendo que le parecía raro que él dijera eso, porque cuando vivías aquí, ibas al estadio del Cerro no precisamente a aplaudir a los orientales. A algunos les pudo resultar ingeniosa la respuesta para las inteligencias equilibradas, en cambio, el habanero descendió unos peldaños en su profesionalidad y en sus valores humanos, al utilizar en el debate referencias personales; trapos aparentemente sucios. Tal vez esa conducta la muevan los mismos resortes que a la risa ante aquello que no se conoce o no se entiende: destripar con el ridículo a quien nos coloca en aprietos.

En la complicada trama de fibras y nervios de la psicología social del cubano,  parecen mezclarse como síntomas de los mismos defectos reacciones diversas. Fernando Ortiz, en uno de sus trabajos juveniles, que por ello no disminuyen su valor, habla de nuestra intolerancia a la crítica. Reaccionamos, ante cualquier opinión que evidencia nuestros errores o actitudes, de modo histérico. Femeninamente, creo que escribió el sabio en sus Ensayos de psicología tropical. Entonces discurrían los primeros años del siglo XX. Cien años después, continuamos padeciendo de alergia a la crítica. Los que están en las posiciones de gobierno y también cuantos se detienen en una esquina a mirar los celajes o se sientan en los pasillos de las instituciones culturales a mirar el mundo pasar, asumen la posición del que anuncia en un cartel, como en un libreto cómico: Que nadie me toque; yo solo puedo tocar.

Observando bien el fenómeno lo más recomendable, para impedir la neurosis,  es adoptar una actitud de apacible filosofía  que comprenda evangélicamente esas manifestaciones como generadas por una impericia innata, una incapacidad irreversible -en particular de nuestros actores pensantes- para un hecho primordial: la convivencia. La cultura y el conocimiento influyen muy poco en la corrección de ese nuestro común vivir desvivido, desocializado. Seguimos pensando que la cultura es saber muchas lenguas extranjeras, mucha historia, mucha estética. Y permanecemos vacíos de la otra cultura, a la que aludía Chesterton cuando evaluó  de muy cultos a los analfabetos campesinos españoles de su tiempo. Eran cordiales, respetuosos. Poseían la letra del corazón y les bastaba para comportarse, con notas sobresalientes, en la ciencia del convivir.

La generalidad de nuestros cultos son, por lo común enemigos de la intolerancia. Cuando se sienten intolerados son afanosos zapadores que tienden, en muy justa operación, a resquebrajar la armazón de lo sectario y divisor. Pero, resuelto el problema, nadie más intolerante que el intolerado de ayer. Pasa la cuenta con la misma carpintería. Y así todo ello se mezcla, se confunde en la batidora de las imperfecciones colectivas y personales. Falta, desde luego, humildad.  Sobra soberbia. Y no existe el apego a la verdad. ¿Buscar la verdad en el debate? No qué va. Ese que ahora dice lo que yo no pude decir cuando quise, y que entonces decía lo contrario, no está apto para decirlo. Carece de credibilidad. Ha de tener su biografía manchada…. Si yo no lo digo, él tampoco.

Y así la evolución de las ideas; el acercamiento de una posición a otra luego de la práctica, que a tantos depura, y del paso del tiempo, que tanto modifica, son anuladas por la tabla rasa de un simple breve pontificio.

¿Cultura del debate? Ni lo uno, ni lo otro.  El choteo, la intolerancia, y la soberbia son ramas del mismo tronco. Ah, si viviera Mañach.

 

LA FLOR DE LA UTOPÍA

LA FLOR DE LA UTOPÍA

Por Luis Sexto

“Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. ¿Lo saben de verdad? ¿Tenía razón Paul Valery cuando personificó es admonición en la primera carta de su libro Política del Espíritu? Al menos no totalmente. Porque si las civilizaciones son obra de la sociedad humana, no todos los hombres saben que han edificado una estructura que podría fenecer  a manos de la misma inteligencia y los mismos brazos de cuantos la construyeron.

Ahora podríamos alegar que el actual y generalizado descomprometimiendo ante la seguridad de la civilización y la perdurabilidad de la especie, es un signo o una consecuencia de la Posmodernidad, rebautizo de una época en cuya mayor extensión geográfica y social, aun no se ha llegado o rebasado la Modernidad. Pero, evidentemente, los hombres, al menos cuantos representan intereses decisorios en la Historia, han estado poco atentos, en las diversas edades que los anales registran, a la fragilidad de la sociedad humana. ¿Acaso aprendieron los romanos, ante los fragmentos de la Jerusalén destruida, que los templos y los palacios podían venir abajo solo con el uso de las antorchas, y los pueblos dispersarse mediante el filo y la punta de la espada y el paso aplastante de los ejércitos? ¿O supieron descifrar el signo de Roma, la Madre del orden y la estabilidad,  chamuscada por la piromanía de un megalómano?   

Preguntas, más preguntas. Qué otra cosa favorece hacer la incertidumbre que disturba hoy a las conciencias más alertas y avizoras. Incertidumbre. También desesperación. Y sobre todo desesperanza, que es la peor fórmula. Parece que la alternativa de “otro mundo mejor” aquí, sobre los cimientos del mismo que nos inquieta o perturba, se resuelve un tanto retórica o utópicamente. ¿Cómo se reedifica un mundo mejor? Me parece que todavía el consenso no acierta con la receta ante el estrépito aún audible de los paradigmas fracasados.  Hemos, sin embargo, de respetar las utopías. Creo, con otros, que el término está mal aplicado: ha sido mal traducido del griego. Lo apropiado y razonable sería traducirlo como lugar aún no existente que como lugar imposible de existir. ¿Cómo será ese nuevo mundo posible? Porque el cambio revolucionario, la revolución, según considera Slavoj Zuzek, empieza a adquirir su naturaleza cuando al viejo orden lo sustituye el nuevo que ella genera. Por supuesto, me parece comprender que, para el pensador, el fracaso de las revoluciones sobreviene porque han sido incapaces de implantar un orden distinto donde regular con eficiencia y efectividad la cotidianidad de las personas. Eso, a mi modo de ver, es la esencia de todo el asunto: los problemas del yantar y el vestir, del laborar y el aspirar, del soñar y el viajar dentro de una atmósfera de libertad cuya renuncia no se exija a cambio del derecho a la cultura o la seguridad.  Libertad  que es esencia insustituible entre las necesidades del ser consciente de su necesidad. 

Tal ha sido el problema irresoluble de cuantos han intentado organizar la sociedad como una aldea: un orden de “te doy y ‘te’ me das”. El centro del enfoque ha sido la masa. Masivamente las soluciones igualitaristas parecen infalibles, incontestables. Cuando desciendes, te introduces en la multitud y el rostro global va descomponiéndose en caras y gestos autónomos, te percatas de que lo que parecía generalmente justo comienza a resentirse de injusticia. Individuo y sociedad, una ecuación usualmente resuelta con números negativos.

Cómo, pues, ha de construirse el nuevo mundo. Hace 500 años, los soñadores de un mundo mejor se trasladaron a la recién inventada América. Las tierras nuevas prometían, a los inconformes con el viejo orbe desolado de Europa, las obviedades del paraíso terrenal. En este lado del Globo ya confirmado en su esferidad, el pecado original y su estructura de yerro y corrupción, de tendencias y turbulencias de la humanidad caída, no habían calimbado la virginidad de América. Pero Europa, presente en Indoamérica, diseminó el mismo sino del que huían  aquellos que creían en la libertad, la tolerancia, la elección libre del pensar. La paradoja les cerró el paso. Y de Paraíso recobrado, América pasó a Paraíso Perdido.

El planeta, en redondo, está contagiado del “pecado original” del egoísmo, la banalidad, el orgullo racial. El capitalismo lo ha desplegado con sus estructuras perversas, más perversas aun por envolverse en cantos de sirena, en nanas infantiles que prometen el bienestar, la gloria, el jardín de las huríes. Incumplir una promesa resulta una deficiencia política. Prometer a sabiendas de que nunca se cumplirá, es una versión aparentemente incruenta de la maldad.

Los procesos sociales de redención o remisión han muerto inútilmente: los pobres han tenido que cargar la cruz y subir la cuesta de empeños nunca realizados, mientras que las burocracias alumbraban el sendero desde sillas gestatorias. Los Mesías personales, únicos, han traído más calamidad, llanto, sangre. Estos presuntos salvadores – ¿no piensa usted en Alejando Magno, Napoleón, Hitler, Franco, Mussolini, Pinochet,  Bush…?- no se entregan a la autoridad para ser crucificados, sino crucifican a sus pueblos en los hierros de sus ideas y ambiciones. ¿Qué hace Bush junior ahora, qué hace este testaferro de los intereses del complejo militar industrial de los Estados Unidos? Preservar a los norteamericanos –dice- del peligro del terrorismo, del eje del mal, hipótesis que cuadra a cualquiera que no baje la cabeza ante las alas imperiales. O cuadra en cualquier cápsula propagandística cocinada en un laboratorio mediático, como las armas de exterminio masivo de Irak. Sin embargo, quienes perecen y sufren en esas guerras son los mismos ciudadanos que anuncian proteger con las guerras preventivas y las intervenciones humanitarias. Y estas víctimas armadas generan víctimas desarmadas.

Ello es evidente. Nos cansan ya las denuncias de la tragedia,  el análisis machacón sobre las causas de las guerras y las entreguerras simuladas. Nos hablan de que la historia terminó, que la guerra fría sacudió su gelidez. Y en la lascivia de la hegemonía y de la cuota de ganancia media, los conflictos de ayer siguen hoy tan vigentes y activos que podrá uno preguntarse si en el mejor mundo posible, que no es el que vivimos, aunque es posiblemente el único que habitemos, la especie prevalecerá  ante la sociedad. No hay, desde luego, sociedad sin especie o especie sin sociedad. Ese es nuestro carisma de pensantes animales llamados a la unión social. Pero habrá que asumir, como un principio de ética sin la cual la vida no excederá sus previsiones, que cualquier sociedad por venir tendrá que preservar la especie. Tendrá necesariamente que priorizar esa tarea, para asegurar la perdurabilidad del Hombre. Y en esa faena las disyuntivas son claras: clases antagónicas  o supervivencia; desigualdad o equidad, Estado o caos; libertad o burocracia; Historia o muerte.

La Humanidad se ha desarrollando entregando a cambio, no sé a qué ídolo, la memoria histórica. ¿Digo acaso un despropósito, una inconsecuencia? Cuando Paul Valey escribió su Política del Espíritu, y difundió el trágico y demorado hallazgo de la finitud de las civilizaciones, los estruendos de una gran guerra -la primera llamada mundial-  atolondraban los oídos de Europa. Ocurrió prácticamente ayer. Y cuántos conflictos sobrevinieron en las décadas sucesivas. Los países veteranos de esa guerra perdieron la memoria: una generación apenas había crecido sobre los despojos y la desolación cuando ya se gestaba la próxima matanza. Habían olvidado que las civilizaciones son mortales. Oid, mortales; no olviden su mortalidad…  No olviden que en estos días, al parecer,  los yerros acumulados nos han puesto bajo la amenaza de que, dentro de una bocanada del tiempo, nadie podrá sentarse a elucubrar estas reflexiones.

Otro mundo es posible. En efecto. Las utopías se aspiran para neutralizar la neurosis de la desmemoria: ese conflicto entre los hombres y su especie. Y mientras esperamos a que el legado de los individuos más racionales nos alumbre las flores que están debajo de nuestra ventana… Mientras aguardo por un Marx  adecuado a este mundo inconcluso que él no conoció, ni intentó prestablecer, un Marx en cuyo nombre no se pretenda burlar las tendencias y las necesidades  humanas, planto en mi corazón la postura de la utopía. Quizás la redención y la libertad  empiezan por uno mismo. Así lo creyó el Quijote. Y se tiró al campo echando al aire un grito inolvidable: Yo sé quién soy.                 

MANO EN EL HOMBRO

MANO EN EL HOMBRO

 Por Luis Sexto 

Publicado en Juventud Rebelde 

Ahora, no sé. Pero en cierta época los italianos decían al entregar un regalo: te he traído un pensiero, un pensamiento. Como decir: te llevo dentro. Y así mechaban de espiritualidad el obsequio. Porque un pensamiento y la palabra que lo expresa son medios imprescindibles cuando se ofrece la afectividad. O la solidaridad.  

Suelen llegar a tiempo pensamiento y palabra. Al menos, esa es mi experiencia. Cuando en esta sección des Juventud Rebelde mencioné a la periodista Ilse Bulit y la ceguera que le fulminó la luz exterior, y conté de su entereza, ella me llamó: “Tu crónica fue un ángel. Vino a levantarme; yo estaba decaída.” Y la confesión no la disminuye. La exalta. Porque los seres humanos no somos enterizos como los postes de los cordeles eléctricos. Ni la vida psíquica y moral, ni la social, se mueven en línea recta. Zigzaguean. El héroe lo es porque salta sobre el miedo que intenta paralizarlo.  Estamos en días de enviar tarjetas, trasmitir buenos deseos, felices augurios a amigos y familiares. El cartero llevará a muchos el mensaje de que no están solos. Alguien los recuerda y estima. A otros, desdichadamente, quizás ni les interese. Les basta con la compañía de sus ambiciones y truculencias egoístas. Ah, una felicitación de fulano, qué buscará. Creo oírlos. Y ojalá esos rinocerontes del sentimiento sean los menos. Voy a pensar que los generosos suman columnas que, por largas y nutridas, se difuminan en el horizonte. Pero esa costumbre de la transmisión solidaria del afecto y la consideración ha de extenderse fuera de los días marcados en rojo en el almanaque: de las madres, de la mujer, de los enamorados, etcétera.

Esto, lo sé, huele discurso resabido. Me propongo, sin embargo,  hacer recordar algo más. Ayer, un amigo se quejaba de que, tras varias semanas de estar enfermo, nadie del trabajo lo había visitado. Ni llamado. También jubilados se lamentan. Se marchan del centro laboral donde quemaron sus energías más apreciables. Y tras la despedida, el regalito, y el discursito que promete nunca olvidarlos, los olvidan.   Puede esa preterición no ocurrir siempre. Nuestra sociedad se ha formado de la solidaridad y en la solidaridad. Sobreabundaría si enumero los hechos. Están presentes. Diré, sí, que los valores no se cultivan impartiéndolos sólo en un aula. O difundiéndolos en un periódico. Se adhieren, se funden en la conciencia, practicándolos, estimulando a los niños y adolescentes a pensar y realizar cada día un acto solidario. Técnica antigua. Pero eficaz. Porque si estamos dispuestos a ir a otro país para repartir gratuitamente la solidaridad en la medicina, o en la enseñanza, sin reparar en peligros e incomodidades, es porque, previamente, pusimos la mano servicial en un hombro aplastado, visitamos a un enfermo, o preguntamos por la madre o el hijo de un compañero. Sinceramente. 

Antes de concluir, envío un abrazo de fin de año a los lectores que hayan podido leer y respetar cuanto escribo, aunque no lo compartan. Y agradezco, ya que antes no lo he expresado en público, a aquellos que, en mis momentos de sobrada angustia, la asumieron moralmente como propia. No me alcanzará la existencia para agradecerles. Todo, en verdad, fue entonces menos doloroso.  

CON LA MISMA PIEDRA

Por Luis Sexto

Texto publicado en el periódico Juventud Rebelde, la Habana

He oído decir que la infancia es la edad de los porqués. Por qué, papá, o mamá,  brilla el sol, y por qué el mosquito pica, y por qué llueve. Bueno, en fin, quién no ha pasado por el trance de responder a sus hijos, o a sus alumnos, esas preguntas que, al juzgarlas seriamente, no suponen más dificultad que pensar un poco, o consultar un viejo texto, aunque, eso sí, molestan por su insistencia.

Uno, al ver crecer a sus niños, cree descansar del acoso, sin percatarse que en cualquier momento –sobre todo si uno es periodista- un amigo, un lector, un oyente, te enrostra una pregunta que obliga a añorar la ingenuidad de tus hijos en la infancia. Me acaban de preguntar por qué el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.  Quizás el menos apto para responderla sea el hombre mismo. Si nuestra especie pudiera hallar la respuesta exacta, a lo mejor dejaría de topar con la piedra por segunda vez. Pero, por el contrario, tropieza, y le echa la culpa a la insensible e irracional roca. Porque, en definitiva, alguien habrá de tener la culpa... menos el que choca.

No sé si el tema será del agrado de cuantos habitualmente leen esta columna, digo, si es que tropiezan con ella la segunda semana después de haberla leído por primera vez. Pero ha sido uno de ustedes el que ha echado la interrogante como un pie forzado. O como un desafío. A mí me parece que la pregunta podemos responderla entre todos. Usted o ese, este o aquel tal vez hayan visto en su centro de trabajo que ayer se cometió un error, y semanas, meses, años más tarde el mismo perro vuelve a morder a quienes habían tomado la equívoca decisión. Piensen... ¿eh?

A mi entender, a los seres humanos les cuesta admitir que se equivocan. Suelen ver lo que hacen otros con una mirada muy filosa, y apenas abren los ojos para ver la actuación propia. Nos falta, así, visión crítica para lo nuestro. Esta palabra –crítica- por momentos se transforma en una palabrota; conozco personas que estallan ante la sola idea de aceptarla, o de practicarla. ¿Y quién detiene el yerro, quién endereza la desviación?

Ya uno ha vivido lo bastante para comprender que el error de ayer, será igual al de mañana si lo repito en los mismos términos. Dejará de repetirse si la vivencia –esto es, lo que vivimos- se convierte en experiencia. Y el problema, pues,  radica en ese tránsito de lo vivido a lo sabido. Porque usualmente nos falta el espacio para la reflexión y sobra el espacio para la suspicacia, el rechazo, ante quien, honradamente, recuerda que ayer nos equivocamos adoptando una medida parecida.

Por esos rumbos debe de andar la respuesta a quien me ha preguntado, como si yo fuera un oráculo, por qué, al decir de un griego, el hombre tropieza dos veces con la misma piedra. En suma y brevemente: tropieza porque quiere hacerlo, o porque no ha sabido interpretar el mensaje de la Historia.