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PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

EL ENGAÑO DEL ALMANAQUE

EL ENGAÑO DEL ALMANAQUE

Por Luis Sexto

El almanaque es una convención. El año termina. Y formalmente, las cosas seguirán como las dejamos: en el mismo punto, dirigiéndose hacia superiores estadios, o dudando si evolucionar hacia lo mejor en

el nuevo año. Los tiempos no se mudan de esencia y fachada así como así, bajo el dictamen de las hojas que se van en el viento de lo quepasó, mientras ocupan su sitio otras que caerán igualmente con el nuevo año que se volverá viejo.

Han de acumularse muchos días para que notemos cambios efectivos. Pero, me parece, el cambio debe efectuarse en nosotros. Al menos, ante la mudanza del almanaque uno ha de disponerse a modificar su actitud. Es un momento oportuno para los buenos propósitos. Cierto que, segúnuna ley dialéctica, la conciencia social es más lenta en susmodificaciones que el ser, la realidad, social. Sin embargo, la conciencia tiene un papel activo en los cambios. Si usted quiere que suvida mejore, hace falta que usted verdaderamente lo desee. Por ello,algún psicólogo ha dicho: Ten cuidado con tus deseos, que los conseguirás.

Aparentemente divago. La fecha favorece hablar del tiempo, el futuro,el pasado, lo fugaz de todo. El tiempo es una categoría poética.También dramática, si uno vive con el ánimo de construir, de pisar tan hondo para que, al menos, podamos dejar obrar durable de nosotros. Hace 50 años, nuestro país comenzó una guerra contra el tiempo.Muchos -algunos de los cuales ya no están- quisieron en pocos años recuperar los siglos de pérdidas y derroche. Y unas cosas se hicieron con raíz de ceiba, y otras de plátano. Me atrevo a decir que a partir de 1959, el tiempo nos pareció pasar más vertiginosamente. Y

es comprensible. Porque el tiempo se nos va más rápidamente, cuanto más queremos hacer. Nos parece que se diluye, se pierde...

Y, en efecto, el tiempo se va. El que se bota, no da frutos. Ni regresa. Es posible que, en cierto momento, nos parezca que, como reza un verso de Eliseo Diego, nos hayan legado "el tiempo, todo el tiempo". Pero convengamos en que es un espejismo. No alcanza una vida para leer cuanto de útil y bello hemos de leer, ni para obrar de modo que los actos, en vez de clamar por el arrepentimiento, nos produzcan satisfacción.

Seremos siempre una obra a medio hacer si no aprovechamos el tiempo. El país puede decir lo mismo. ¿Y qué le va a legar cada uno de nosotros al país? ¿La indiferencia? ¿La pusilanimidad? ¿La deshonestidad? ¿El egoísmo? Cada uno de estos desvalores deja al país a medias, inerme, como a medias quedaremos nosotros. El tiempo tiende primordialmente una trampa: Que así como hay tiempo para nacer y morir, lo hay también para actuar, para rectificar, para sumarse, para mirar a los lados, para ser con todos y vivir como todos. Ese es el ideal básico de estos días. Ciertas metas en la vida social necesitan de la puntualidad: si llegas temprano fallas; si llegas tarde, también.

No sé... Nada más se me ocurre hoy, 50 años después de que la Revolución, con Fidel delante, entró en La Habana. Yo era un niño. Desde entonces tuve la sensación de que los días fueron más breves. El tiempo era poco para amar. Y crecer. Hoy, también.

 

 

 

LA PARÁBOLA DEL ESPEJO

LA PARÁBOLA DEL ESPEJO

Por Luis Sexto

Iríamos contra la cordura si calculáramos lo que no se tiene sobre la base de los deseos. O calcular lo que se podrá tener sin saber cuánto se tiene. O gastar sin saber cuánto sale por la tubería de la inconciencia... ¿Dice usted que todo ello es cosa sabida? Y yo le digo que sí y añado un punto más: muy sabida.

Ocurre, sin embargo, que en la conducta personal, los desastres económicos domésticos –cataclismos en pequeño formato- provienen de echar cuentas en el aire, por encima de cuanto se puede o se debe. Predominan los gustos, las adicciones, la irresponsabilidad. No me alcanza el dinero, pero no puedo fumar menos, ni beber menos, ni… dejar de hacer tantas cosas que me placen, porque mañana, mañana será otro día y quizá un golpe de suerte nos cambie la existencia…

Esa película, que suele exhibirse en los cines familiares, se rueda sobre un guión que a veces tiene origen en el célebre espejo de un cuento infantil. Como la bruja, lo consultamos, pero en lugar de esperar a que el genio que habita detrás del azogue responda, respondemos nosotros como si presumiéramos que el espejo nos va a decir lo mismo.

Ese error, ese vivir a base de presunciones, es la causa más común de tantas desgracias domésticas. ¿Sólo domésticas? ¿Por qué no sociales? Algún lector agudo lo pregunta e insiste. ¿No cree usted, por ejemplo, que la crisis financiera capitalista que ha erosionado la aparente seguridad económica del mundo, no ha sido también la consecuencia de no dejar hablar al espejo y el juego de la bolsa ha proseguido como si habitáramos el mejor de los mundos posibles?

Estoy de acuerdo. Y no quisiera ir demasiado lejos. Esta columna se ha aplicado a comentar temas internos, que no por ser propios son inmunes a condicionamientos externos, esto es, a  problemas ajenos. Pero, insistiendo, en Cuba también ha subsistido, además de en lo familiar y lo personal, esa tendencia a anticiparse al espejo y responder preguntas sin que la realidad –nuestro espejo- diga su parecer.

Vivimos en un ámbito de “buenos deseos” donde la voluntad se ha erigido por momentos en camino y vehículo a la vez, y como resultado de ese concubinato un vástago mal nacido: el voluntarismo. Las cuentas no han podido ser, alguna vez, más absolutas que bajo el predominio de la voluntad a todo trance: se quiere o no se quiere. Si se quiere, vamos aunque vayamos en contra de lo posible, lo sustentable, lo racional. Ah, y si no se quiere… pues a ningún lado vamos. Hemos de proseguir lo que queremos. O lo que quieren algunos ¿Y la realidad qué dice; qué dice el espejo mágico? Ah, el espejo está a nuestro favor: confirma cuánto hacemos o dejamos de hacer… sin que le consultemos.

Así, en esta parábola, transcurren los días en la existencia de ciertas familias, ciertas personas, incluso de ciertos sectores sociales. Quien bebe, y se embriaga, y maltrata a la esposa bajo los efectos de su descontrol, supone que el espejo le dirá que hace bien: primero el deseo, el gusto, mi interés -¿hay algo más justo?- y después, la paz y el bienestar de la pareja, los hijos, el hogar.

Advierto que no he querido sustituir a Calviño, psicólogo, conductor de un espacio de la Televisión cubana. Soy solo un observador, y a veces la ignorancia, mi ignorancia, que es usualmente un mal espejo, coincide con los juicios especializados. Ahora bien, esa conducta de hacer y hacer, o deshacer y deshacer, presenta varios riesgos, sobre todo dos, digamos en el caso del bebedor sin límites: que la esposa se canse y se marche de la casa o lo bote con legítimo derecho, o tanto lo sature el alcohol que ya nada pueda curarlo…

No me gustan las moralejas. Pero, me parece, que habría que deducir de cuanto he dicho una verdad moral y convertirla en un método: antes de decidir, consultar con la realidad, con el espejo, y dejar que hable primero, para sacar las cuentas sobre lo concreto, de modo que si algunas personas dependen de mis decisiones, mi sustento, mis programas, como cabeza de la familia, hemos de partir de un principio: lo que a mí me puede convenir, si no les conviene a ellos, no debo hacerlo. Y así evitar un conflicto de intereses, como ese que se armaría si el que pide prestado esconde su intención de no pagar. Mire usted, cuánto lío por no dejar hablar, responsablemente, al espejo.

 

 

DÍAS EN VENEZUELA

Por Luis Sexto

Hace cuatro días regresé de Caracas. Partí el pasado 6 de julio. Y a mi llegada me premiaron con una habitación a cinco metros de la plaza Bolívar, el mismo espacio donde se enardece sin descanso la estatua ecuestre del Libertador ante la cual Martí se postró sin quitarse el polvo del camino. Como cualquier cubano en estos días, yo también, antes de alojarme, repetí el gesto del Apóstol.

Llegué para impartir un taller de periodismo comunitario, enviado por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, según el convenio con el Ministerio de Comunicación e Información de Venezuela. Fui allí como han de ir hoy  los hombres de buena voluntad: en acción de servicio. Como suele suceder, el que intenta servir es también servido. Y el que enseña, aprende. Regreso, pues, conmovido. No hablaré de la situación política. Los especialistas de la información internacional saben más de ese asunto que este escribidor. Solo sé que hay lucha y que la revolución es una fuerza contradictoria, pero ardiente y, sobre todo, necesaria. Millones de venezolanos la urgen. La herencia de pobreza y subdesarrollo que la oligarquía capitalista dejó aun está en pie. Y también en pie continúa  la opulencia de la clase expoliadora.

Tuve unos 25 alumnos. Todos escriben y editan periódicos comunitarios o alternativos: mensuarios, semanarios, bisemanarios, o azarosos periódicos que salen cuando Dios quiere. Es la prensa de la revolución, que en vías está de mejorarse para oponer con efectividad la verdad revolucionaria a la “verdad” manoseada de los medios comerciales.

De mis alumnos, este alumno que soy trae la certeza de la calidad humana de todos aquellos atentos peleadores. Y cómo, por tanto, no iba a entregarme durante seis horas cada día a la discusión técnica del estilo del periodismo o a exaltar el interés que lo ha de hacer legible y atractivo, cuando supe que esos medios a veces son sufragados por el propio dinero de sus editores, trabajadores pobres, o que piden a instituciones para solventar las deudas de la tirada. Con cuánta proeza, con cuánto milagro de carne y hueso nos deslumbra la revolución.

Creo que en mi memoria se demorará la figura de Tomás Siverio. Sus 74 años no le estorban para editar un periódico en su municipio, como abanderado de la conservación ecológica. “Que la muerte me alcance trabajando”, dijo, y luego, dándome un ejemplar de Los vencedores, me pidió que se lo desguazara para hacerlo mejor.

Aún sonrío ante la figura quijotesca –alto, flaco, noble, ocurrente- de Mahyol Vielma; ciudadano de allá, de Mérida, en montañas adonde sube en cuatro horas de mulo desde el punto en que se baja de un vehículo. Nunca allí han tenido electricidad. Y sin embargo, compone un periódico para su gente. El último día, el del balance de 14 jornadas juntos, Mahyol nos obligó a que dejáramos salir las lágrimas de la felicidad. “En mi tierra se dice que loro viejo no aprende hablar. Yo estoy viejo y cuando entré en el aula y vi las computadoras tuve ganas de regresarme: no sabía ni encenderlas. Y ahora, las enciendo, y veo más clara mi tarea de periodista inspirado por el entusiasmo y las necesidades…”

Ah, Tomás Siverio, Mahyol, Romero, Juan Carlos, Glexis, Luis Tovías, Mendoza, Rolland, Laureano, Antonio, Danila, Alba, Angi, Juanita y los demás… Ah, jóvenes y viejos aprendices; gente a prueba de decepciones cuyo sentido crítico les estruja a los gobernantes locales de la derecha su corrupción o su indiferencia, o les advierte a los de la izquierda que no pueden decidir erróneamente u olvidarse de sus compromisos con el pueblo venezolano. Para estos alumnos de periodismo voluntario y abnegado, la peor crítica es la que no se hace.

Y después, a pesar de toda esa grandeza, de toda esa claridad revolucionaria y de la jerarquía que les proviene de la virtud, me llamaban profesor. Está bien. Lo acepto. Soy el profesor. Pero ellos son  mis maestros. Y tiene Venezuela en mí un servidor en actitud de aprender la lección de la solidaridad y de la generosidad. Y esta frase me trae resonancias martianas, como aquel atardecer del pasado 6 de julio cuando, a imitación del Maestro de todos los cubanos, bajé la cabeza bajo los cascos encabritados del caballo de Bolívar.

 

SEMÁNTICA

Por Luis Sexto

Servir y servil tienen la misma raíz, aunque no implican la misma actitud. Ocurre, sin embargo, que a veces deseando no ser servil, nos negamos a servir. Hasta tal extremo se desarrolla la confusión que si los servicios –en particular los gastronómicos- poseen la fama de componer un enigma no resuelto aún, la causa se remite también a ese “asco” con que asumimos algunos servicios.

Una amiga conoció, en una boda, a un joven –podía ser un viejo, ¿no?- que trabajaba en el tan recurrente sector de la gastronomía y el comercio, y al preguntarle porqué todavía se afrontaban tantas dificultades con el buen trato y la eficiencia, su interlocutor le respondió que porque vivíamos en un país de personas iguales. ¿Cómo? Le espeté a mi amiga. ¿Esa es la razón? Según él, sí. Aparte de que todavía no hemos encontrado una fórmula capaz de estimular ese trabajo, el fundamento del mal servicio es la igualdad que nuestra sociedad promueve.

Es decir, que en el fondo de nuestras actitudes, en ese no ser “criado de nadie” ronca un concepto ideológico. Y ello nos demuestra que, por momentos, el más puro y justo principio se distorsiona de modo que genera reacciones opuestas a las previstas. Vengamos a creer que la igualdad proscribe el servilismo y nos invita a ser servidores del conciudadano, del compatriota que nos requiere. Lo contrario significa actuar en contra de la humanísima y revolucionaria ley de la solidaridad. Por ello mismo, porque somos iguales, al servirnos recíprocamente no caben las posturas serviles, sino el dictado del amor, la tendencia a cooperar…

Hace más de 15 años escribí, como sobre otros, de este asunto. Y concluí entonces que los servicios sufrían los embates de una concepción ideológica, pero de mala ideología. Y poco, parece, ha cambiado desde 1990. Tal vez esa óptica espuria, ese continuar reputando el servir como sinónimo del repudiable servilismo, se haya agravado durante el Período Especial a influencias de las urgencias domésticas del egoísta “tengo que resolver”. Fíjense si servir nos cuesta que en los mercados de oferta y demanda donde cobran hasta las preguntas a precios insultantes, también nos atienden con desdén, desde una posición hostil. Ni siquiera el pregón logra trascender el volumen entre dientes de una mueca. “Vaya, tu maní aquí”, y arrastran las íes como si fueran erres.

A mi parecer, la mejor carta de identidad o de presentación de una persona se escribe con las letras de servir y servicio. Habrá, pues, que tirar a la alcantarilla esa concepción de huirle a mis deberes de hermano de mis hermanos por creer que servicio y servidumbre suponen la misma actitud de inferioridad del criado o del esclavo. Sé que ambas categorías se afincaron, desde los orígenes de nuestra sociedad, a latigazos y humillaciones en la conciencia del cubano. Pero es ya momento de quitarse la ropa vieja y usar, amorosamente, el traje de la solidaridad, cuya acción empieza aquí, entre nosotros, y se extiende hacia el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

DIGA USTED CÓMO

Por Luis Sexto

El columnista, es decir, el que escribe a plazo fijo, en espacio también fijo, tiene, entre otros conflictos, el de llevar el mismo cántaro varias veces a la fuente. Y uno siempre espera que, contrariamente a lo que afirma el refrán, la vasija no se rompa. Por lo tanto, regreso hoy por el mismo camino y al hombro un asunto conocido: la convivencia.

¿Descubro acaso el agua tibia al repetir que padecemos de falta de convivencia? No sostengo que la convivencia está crisis, porque algunos pueden interpretarlo negativamente. ¿Estar en crisis? Para unos es malo; como arrimarse al hueco de la muerte. Para otros, bueno; es el punto exacto para cambiar o meternos más en la tembladera. Por lo tanto, la convivencia solo sufre mil golpetazos sin que por ello digamos que está en crisis. Más bien, en un balance justo, unos conviven mal y otros intentan respetar a sus convecinos.

Salvado el equilibrio, el orden intracomunitario –el barrio, el edificio- soporta en parte la indisciplina social que se manifiesta en el resto de los sectores: en el ómnibus, la calle, las tiendas, etcétera. Una especie de anticultura nos aqueja. Porque la cultura, sobre todo, significa convivencia. ¿Habrá que repetir también que la cultura no es el conocimiento, al menos no es solo el conocimiento? Metafóricamente, el conocimiento, el saber, se hospeda en algún meandro del cerebro, y la cultura, la sabiduría, reside en el corazón. No dudo de que alguien discuta esta poética división. Lo cierto que usted puede saber mucho, sobre muchas cosas, pero si no respeta a su semejante, si no reconoce que sus derechos terminan donde empiezan los derechos del otro, usted ni es culto, ni mucho menos sabio.

Es fácil convenir, pues, que nuestros afanes educativos y culturales han de ir dirigidos, si cabe el recordatorio, a propiciar particularmente un clima de convivencia en la sociedad. No podrá la escuela renunciar a enseñar a convivir, porque en esencia educar es eso: preparar a los educandos para saber aprender y saber hacer, y saber hacer y saber aprender junto con los demás.

Hemos citado más de una vez al escritor inglés Gilbert K. Chesterton –autor de El hombre que fue jueves, novela aún en venta en librerías cubanas-; hemos citado a aquel ensayo en que cuenta cómo, en un viaje a España, al tratar a los campesinos, descubrió cuan “cultos eran esos analfabetos”. De ello hace ya mucho tiempo.

Pues bien, uno casi se convence que las quiebras de la convivencia en nuestra sociedad no son resultado de la incultura o la baja escolaridad. ¿Quién ha carecido entre nosotros de oportunidades para ser mejor, al menos instructivamente? Es decir, no podemos justificar el comportamiento contra las normas de convivencia alegando que, pobrecitos, son ignorantes. Estaríamos negando cuarenta y siete años de educación gratuita y universal. Tal vez la formación no ha sido totalmente eficaz. Quizá las necesidades impuestas por el período especial han mordisqueado la conciencia de ciertos ciudadanos. Todo ello es posible. Lo que sí figura como una verdad acorazada, es el hecho de que en nuestros barrios e inmuebles, sobre todo en los edificios multifamiliares, algunos pretenden imponer la anticultura del barracón.

Dígalo usted. ¿Cierto? ¿Exagero? ¿Necesitamos  disciplina, cumplimiento de las normas de convivencia? Cuente que sobran sitios donde, según las reglas, no se debe criar un perro y amarran desafiantemente, en el área común, un pastor alemán, y allí mismo sueltan gallos finos para que desde las tres de la mañana, usted, habitante de una avenida principal, despierte pensando que está en el campismo. Cuente cómo, cuando usted ha ido a llamar la atención, le han respondido que si usted acaso se cree dueño del edificio. Usted puede contar. Yo también pudiera contar. Pero no puedo hablar de mi edificio… Soy el que lleva el cántaro a la fuente. Pero si yo pudiera hablar…

TRÁMITES

TRÁMITES

Por Luis Sexto

Existe en el país una certeza: ciertos trámites en oficinas públicas solo sirven para… mandar a buscar la desgracia. Tanto se complican y se tardan que puede uno envejecer feliz, tranquilamente, en el caso de que pidiera la mala suerte. Pero, por el contrario, lo que la gente busca y pide al realizar un trámite es la solución de un problema o el allanamiento de una dificultad.

También hay otra certeza. Los organismos del Estados, en particular los gobiernos provinciales, están tratando de despejar la maraña innecesaria y sobre todo injustificada que oscurece la ruta de algo tan aparentemente sencillo como legalizar o permutar una vivienda, o cambiar el carné de identidad, la matrícula a un auto, u obtener una dieta médica… En fin, el informe que a ese respecto se discutió en una reciente reunión de la Asamblea del Poder Popular en la capital, enumera una infinitud de trámites aquejados de una u otra forma por esa tendencia a complicar todo cuanto debe ser claro, sencillo y hasta simple.

¿Qué se ha obtenido con el exceso de trámites y su consecuente enmarañamiento? He oído decir que la problematización de los trámites tiene el propósito de proteger la legalidad. Es decir, según este razonamiento, cuanto más dificultad, menos oportunidad para los que pretendan burlar la ley. ¿Será cierto?  A mi parecer, es lo opuesto. Según el ciudadano deba tocar puertas para cumplir lo fijado en las leyes, se irritará y más tentación afrontará de entrar por la ventana o, lo que es igual, violar las reglas procurando el camino expedito que le niegan. Y de ahí resulta la corrupción, esa enfermedad social que a veces nos negamos a llamar por su nombre.

Tal vez yo, ignorante en estos asuntos, cometa un error al decir que a veces la ilegalidad prospera porque no existe legalidad. Digámoslo más claro: En la medida en que la legalidad se reduzca, la ilegalidad se incrementa. Ningún cuerpo legal -cuya tarea es armonizar intereses y relaciones sociales- podrá regir sin tropiezos si no se tienen en cuenta las necesidades sociales. Las leyes son condicionadas –lo sabemos- por la estructura socioeconómica. Y también surgen de las aspiraciones ideológicas y políticas dominantes. Pero las necesidades cumplen un papel regulador a pesar de nuestra voluntad. Porque las leyes no pueden existir a contrapelo de la posibilidades o las imposibilidades que les ofrece la realidad. Por ejemplo, cuántos escombros se han echado sobre las normas que rigen la vivienda en nuestra sociedad, donde la carencia de viviendas es uno de los problemas principales.

Habría, por tanto, que advertir que los enredos oficinescos provienen de una mentalidad escabrosa, burocrática. Se aprecia, profundamente observado el fenómeno, un aparente sinsentido en algunas exigencias. ¿Por qué –se preguntaba un jurista en una asamblea del poder Popular-, por qué un certificado de nacimiento prescribe, puede caducar, según algunas disposiciones, al poco tiempo de emitido?

En verdad, no se invalida ni siquiera con la muerte. Siempre estará en el registro para asegurar que usted o yo nacimos un día. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

LA EXPERIENCIA

Por Luis Sexto

Habría que modificar el refrán que aconseja seguir de largo ante los perros que te ladran en el camino. Los refranes no siempre encapsulan toda una verdad. A veces hemos de interpretarlos, ajustarlos, porque, fíjense, Don Quijote prestaba atención a los perros: ¿Ladran? Entonces andamos, Sancho.

Tal vez no sea necesario reaccionar ante cualquier perrito sato, bagatela cuadrúpeda. Pero ante otros –quizás un pastor, un doberman-, uno ha de detenerse y preguntarse por qué otra causa ladran, además de acusar la presencia de nuestro andar. Supongamos, pues, que las experiencias -lo que se vive- son esos perritos; unos minúsculos, otros mayores. Por tanto, ante las experiencias no solo hemos de admitir que vivimos, caminamos. Habrá que averiguar su valor para el futuro. Porque no se trata de pensar que las experiencias son solamente la inevitable firma de nuestro paso por la vida: viví, luego olvido. Las experiencias algo dejan. De algo sirven. Y parece que no sabe vivir quien se olvida hoy del resultado de sus actos de ayer…

Voy, ya, a ilustrar cuanto he dicho. Me figuro que algunos de entre nosotros han olvidado una lección elemental: cuando no llenamos los espacios, otros –u otra cosa- los colman. Mire usted. En algún sitio –según me cuentan- cerraron  o limitaron los espacios donde se comercializaban productos del campo. Y ante el hecho, uno se rasca la cabeza y pregunta si quien lo decidió ha previsto la nueva alternativa para que la gente adquiera sus provisiones. Porque suele pasar que espacio que se vacía, queda sin llenar. La razón es plausible: velar por la legalidad. Pero la experiencia histórica nos recuerda que la legalidad es proporcional a las circunstancias. ¿Qué es más importante: que nadie cuadruplique ilegalmente el precio de un producto, que nadie comercialice contra las resoluciones, o que los ciudadanos no tengan que agobiarse para llevar la vianda a su mesa? ¿Qué es lo principal: perseguir al que recoge sin licencia a unos pasajeros en la parada u ofrecer alternativas para facilitar el traslado a la casa, al trabajo, a cualquier parte que la gente desee?

Desde luego, estoy a favor de la legalidad. Pero mi modesto entender me permite reconocer que, por momentos, existe ilegalidad, porque no hay legalidad. Es decir, la restringimos demasiado y la convertimos –sin pretenderlo- en la justificación de nuestros actos. La legalidad por la legalidad, creyendo que habitamos en un país sin problemas y sin dificultades. Me pregunto si llegaremos a comprender que la ilegalidad más repudiable, verdaderamente inadmisible será aquella que impida que la gente resuelva sus urgencias vitales.

Pudiéramos añadir que donde no hay información, el rumor, la bola, levantan sus campamentos. Bueno, lo dejo para otro momento. Botar el perro, cerrar las puertas, se pintan como la respuesta menos costosa. Y no quiero creer que olvidar las experiencias sea  barato y útil. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

 

MÉRITO Y ESFUERZO

Por  Luis Sexto

 

Hablemos del mérito. Y hagámoslo de manera que nos acerquemos a la esencia de ese imprevisible misterio que a veces son los actos del Hombre. La conducta humana se parece a ciertas novelas que empezando bien terminan mal o empezando mal terminan bien.

 

La Historia amontona ejemplos de ambas posibilidades. Hubo algún personaje del siglo XIX cubano a quien le minimizamos intrigas, indisciplinas, tendencias racistas al valorar su postura intransigente frente a la Enmienda Platt, ya al final de la ejecutoria del patriota. A otros, en cambio, les difuminamos sus años de libertadores meritorios por haberse convertido después en tiranos o en mayorales de fusta y privilegio.

 

Vemos, así, que el último acto -ese que acometemos hoy- es el que cuenta. Lo que hice jamás podrá valer más que lo que hago, porque tal rasero causaría un proceso de arruinamiento personal. Tengo la sospecha de que cuantos se corrompieron en los últimos años, comenzaron por adormilarse sobre sus previos merecimientos, creyendo que con su pasado habían adquirido el pase definitivo a la casta de los impunes. O los infalibles.

 

 El mérito, pues, es una medida de los seres humanos. Pero una medida temporal. Y por ello el mérito necesita ser defendido; reclama una perenne renovación, un constante rehacerse del individuo en su proyección social y política. En verdad, el mérito no cuenta con la naturaleza de una moneda que, atesorada en un banco, acumula intereses solo por estar guardada.

 

Siguiendo el razonamiento, a menudo una frase nos abruma. Es como una contraseña, una justificación que neutraliza cualquier reproche. Basta con decir que hacemos el “mayor esfuerzo” y parece que todo lo demás sobra. Ya tenemos un mérito. Hemos venido olvidando que el mérito no proviene solo del hacer, sino del hacer, del actuar bien. De estos desvíos he escrito en otra ocasión. Recuerdo, incluso, que un lector –creo recordar que de Camagüey- me remitió su desacuerdo. Él creía en el mérito del esfuerzo. Y a mí, por el contrario, me parece que el camino del fracaso se pavimenta con “los mayores esfuerzos” que no conducen a ninguna parte.

 

 El mérito a veces nos corresponde por casualidad. Uno se halla de pronto en ciertas circunstancias que exigen nuestra participación. Y respondemos adecuadamente. Ahora bien, el mérito de más valor es el que elegimos conscientemente. Nos esforzamos, y el esfuerzo termina en un resultado creador, productivo. Cuando resulta baldío puede responder a dos móviles: o no sabemos o no queremos. ¿Qué pasa –me decía un trabajador de cierta empresa- que comerse la comida de mi centro equivale a un suplicio. ¡Qué mal cocinada! Sin embargo, ante las críticas, la respuesta es la misma: hacemos el mayor esfuerzo.

 

Pero el gusto de la gente se niega a tragar aquel alimento tan “esforzado”.

Voy a concluir esta cháchara suscribiendo el criterio de que el mayor mérito, el más consciente y consecuente, es la conducta que habiendo empezado bien, termina bien. Esto es, termina defiendo sus méritos… con nuevos méritos.  (Publicado en Juventud Rebelde)