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PATRIA Y HUMANIDAD

Cultura

CON LA BELLEZA DE LA VIDA

CON LA BELLEZA DE LA VIDA

Por Yuris Nórido  

Publicado en la página  web del periódico  Trabajadores 

Las historias están en todas partes, esperando por alguien que las descubra. Cada uno de nosotros pudiera ser personaje de un drama, de una novela. Si uno se pone a ver, cada uno de nosotros puede ser el protagonista de una novela. Claro, unas historias serán mucho más entretenidas que otras… El asunto es que siempre habrá más historias que escritores. Así que hay que recibir con regocijo la obra del cronista que mira a sus conciudadanos, a gente interesante que anda por el mundo cargada de cosas que contar. Acabo de leer un libro maravilloso: El cabo de las mil visiones, de Luis Sexto, publicado por la editorial Pablo de la Torriente Brau. Un libro que reúne crónicas de gente común, a primera vista, pero que en realidad son criaturas peculiares, extraordinarias, que reúne también historias colectivas, que trenzan sin traumas los hechos verificables y la más pura leyenda.  

El escenario es el Cabo de San Antonio, cuna de una exuberante naturaleza y también de un no menos pródigo caudal de fabulaciones, morada de soñadores, destino final de cazadores de tesoros.  

El cabo de las mil visiones es un excelente ejemplo de buen periodismo. Y a la vez, de no menos linajuda literatura. Luis Sexto, dueño de un peculiar estilo, recoge las historias de lugareños, pasto de leyendas y las enriquece con su prosa sólida. Pero el espíritu original se mantiene intacto. El autor, con humildad y paciencia, salva para sus contemporáneos estos cuentos de buscadores de tesoros, de gente enamorada de la belleza cruel de este solitario pedazo de la isla. 

Ojalá aparecieran más libros como este, tan escasos como estamos de volúmenes de crónicas y reportajes, de crónicas y reportajes de altura, que demuestren a tantos escépticos que el periodismo también se puede contar con la belleza de la vida.

ACERCA DE UN LIBRO DE LUIS SEXTO

ACERCA DE UN LIBRO DE LUIS SEXTO

Por Joaquín G. Santana  

Texto difundido por la web de Radio Habana Cuba

La  prosa y la música necesitan un tono. Adivinarlo es asunto esencial en quien escribe libros o canciones. El resto es oficio, técnica dominante, suerte y certeza del acierto en el tema. Para Luis Sexto haberse adentrado en El Cabo de San Antonio, como periodista, le introdujo en un mundo de sombras orales, siluetas de hombres cuya existencia misteriosa se nos hace sospechosamente increíbles, parajes que se ven por una vez y suelen olvidarse para siempre. Porque El Cabo es eso: una sugerencia más que una evidencia. Y a la larga, casi desde siempre, El Cabo es un permanente desafío a la imaginación. No en vano el título que Sexto asumió sin pensarlo dos veces: El Cabo de las mil visiones, “misterios y leyendas”, como afirma el subtítulo.  

La prosa de este libro suena antigua. No lo proclamo como deficiencia. Todo lo contrario. Suena a lenguaje antiguo y hermoso, de acento religioso, revelador y exacto, tal como la lengua de los que andan y desandan el lugar. Serena certidumbre que nos entra -de un gran salto atlético- por la reflexión y penetra el sentido revelando enigmas, acomodando signos entrañables de la visión que el hombre tiene de su rastro en el sitio de sus añoranzas y su sobrevida.  

Todas las páginas del libro nos suenan, por tanto, exquisitamente, a inventario de alguien que antes que ningún otro le dio nombre a las cosas y las iluminó con una espléndida cuota de religioso azar. Virtud que solo escasamente desciende a la prosa: de ahí que este volumen lo caracterice la intensa carga de poesía que desborda toda(s) su(s) historia(s). Sexto es responsable de ese acierto. No en vano adivinó su tono exacto y ajustó la cadencia del tiempo que describe a las necesidades de los muchos misterios que pueblan ese sitio donde la mar del sur se junta con la del norte, en una amorosa, indescifrable, comunión de las aguas y los trillos; de las cuevas de límites impenetrables y las  visiones de cofres y tesoros descritos en los mapas. Allí donde el silencio habla otro lenguaje, como un viejo pájaro que habita la penumbra. 

Como suelo hacer sometí la obra a la prueba de una segunda y detenida lectura. Superó lo que sus expectativas prometían. Los personajes ganaron en consistencia humana. El paisaje ensanchó sus contornos, tanto en extensión como en profundidad, incorporando la polifonía de ciertas irreversibles corales de la floresta occidental cubana a la nostalgia de los testimoniantes. Añadió a lo anterior olores y sobresaltos inaudibles en la inicial entrada al texto. Y el color, antes uniforme, se hizo más diverso y atrevido. 

Termino agradecido la reseña del libro de Sexto. No la escribí para promoverlo a los ojos de posibles lectores. No lo necesita. Lo bueno y perdurable no requiere elogios. Se impone por sí mismo. Escribí “agradecido” porque leí un texto original y eterno. No siempre se alcanza esta oportunidad en un mundo donde suelen primar y confundir  las imitaciones.

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

Por Luis Sexto  

Levanto las dos manos a favor del pobrecito, el maldito, el menospreciado, el insultado panfleto. Y coincido con otros autores en que el  panfleto no puede ser el término peyorativo, hiriente, que se endilga a todo texto izquierdista o izquierdizante  escrito con palabras claras, asequibles, democráticas. Más bien ese texto puede ser llamado panfleto o calificado de panfletario, pero como indicio de excelente calidad periodística o literaria. Me explico. El nombre o título de panfleto, en puridad crítica, no implica forzosamente lenguaje soez, miseria ideológica, ni bajuna hechura. Todo lo contrario, ese nombre pertenece a un género al que no dudo en encasillar entre los estantes de la literatura y, por tanto, como portador de una naturaleza cualitativa que nadie descalificará ateniéndose solo a una supuesta miseria esencial del panfleto. Porque –sean ya precisados convencionalmente los extremos de la discusión- existe buen panfleto y también mal panfleto, como mala novela y buena novela, buena poesía y mala poesía.
 

El panfleto es la envoltura de la polémica. El documento concebido bajo los humos de la pasión, entre fervores partidistas, a favor o en contra de una idea o un acto. Qué hacía, si no, Fray Bartolomé de las Casas cuando defendía gallardamente a los aborígenes americanos de la explotación colonial y se enfrascaba en una polémica con políticos y teólogos del Reino, aduciendo ardientes argumentos a favor  del alma humana de tainos y siboneyes en Las Antillas, y en contra de su esclavización. El fraile “panfletaba”-reclamo la invención del verbo-, y si fuéramos a determinar en estas líneas una somera periodización de las letras hispanoamericanas, habría que sostener que con “La destrucción de las Indias”, del más tarde obispo de Chiapas, comenzó la literatura panfletaria en este lado del Atlántico. Esa misma tendencia que siglos después seguirá José Martí, uno de los estilos  renovadores de la prosa española en el XIX. Leamos Vindicación de Cuba, artículo que responde a ofensas contra los cubanos aparecidas en un periódico de Filadelfia, y tocaremos el estilo candente de un luchador social que, arrebatado por el amor a su país y a las ideas de emancipación e independencia, abofetea con limpieza al que osó denigrar al pueblo de Cuba. Panfleto hace Martí en ese  texto y en muchos otros que integran las tres decenas de abultados tomos de sus Obras Completas.

Honrosa, útil literatura de la polémica. Apasionada, filosa esgrima del intelecto. Cuantos sostienen prejuicios contra el panfleto se sorprenderían si repararan en que fue género de reconocidos escritores. ¿Admitirán que “Los Miserables”, la novela emblemática de ese “monstruo” llamado Víctor Hugo, es un panfleto?  ¿O “Utopía”, de Tomás Moro? ¿O  “Jerusalén liberada”, de Tasso?  ¿O “Anticristo”, de Nietzsche?  ¿O  “Yo acuso”, de Sola? ¿O “El desesperado”, de León Bloy? ¿O mucha poesía de Lope de Vega, Quevedo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, los ensayos de Unamuno?  ¿O, incluso, hasta las epístolas de San Pablo? ¿O “Vida de Cristo”, de Papini?  ¿Y qué de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”?

No me acusen de liberar el freno de mi imaginación caribeña. La desmesura criolla no me obliga a desmandarme, al menos en este trance. El panfleto está ligado a la lucha de las ideas, a la predicación, el proselitismo, el partidismo en la literatura. Y toda la discusión puede centrarse en que a veces se escribe un panfleto indigno de sus funciones. Y entonces ya no sería panfleto, sino “despanfleto”o “antipanfleto”. En Cuba, que es la ciencia que más conozco, cierta tendencia llama “teque” a los textos cuya sustancia es la política revolucionaria. Déjate de “teque”, dicen algunos cuando leen  u oyen algo atinente a nuestra vida o a los ideales de la revolución.  Y yo, que de ello he escrito en medios cubanos, no los culpo. Porque una vez empezaron a rechazar justamente los temas políticos o revolucionarios expresados repetitiva y anémicamente, sin calor ni convicción, aventados de lugares comunes, escasos de sugerencias, ahítos de evidencias. Y empezaron a identificar el “teque” con todo lo relativo al discurso revolucionario.
 

Advierto, pues, que no seamos injustos con el panfleto. Ni menospreciándolo por su tono de pasión, por su  estilo claro, llamado a las mayorías.  Ni tampoco irrespetándolo con una factura indigna, nutrida por insultos y argumentos sin sostén racional. De paso, he de decir que los textos sesudos, académicos, son necesarios, aunque solo, por su lenguaje especializado,  pocos lectores los atiendan y entiendan. La obra magna de Carlos Marx –El Capital- resulta una aventura lenta y complicada cuando uno se adentra en su enjundiosa ciencia. Y no por ello hemos de prescindir de ese libro capital. Pero, a veces –y no es el caso de Marx- algunos de esos textos que abordan la sociedad y sus problemas con el instrumental científico repelen la lectura, porque están torpemente escritos. Dicen que el filósofo Kant  se excedió en lo abstruso, oscuro. Y algún especialista asegura que es por su profundidad. A mi parecer, Kant escribía mal; echaba el torrente de sus ideas en un estilo llamado “de baúl” por Jorge Luis Borges  y que yo llamo “de bolsa”, esto es, todo el contenido mezclado en larguísimas oraciones que llevan dentro de sí muchas más oraciones largas. La claridad en lo escrito, más que de palabras, deriva en  un  problema de sintaxis.
 

Y  no teniendo otra cosa que añadir, termino mi panfleto a favor del panfleto. 

EL MISTERIO DEL ABUELO DE PICASSO

EL MISTERIO DEL ABUELO DE PICASSO

Por Luis Sexto
 

Hace dos años se publicó en La Habana un libro en cuya creación sufrí tanto como el autor, aunque yo no estaba involucrado en la obra. Es un libro polémico. Y si provoca la polémica, un libro ya empieza a ser interesante. Y de interés y de polémica debe uno hablar cuando comenta La historia secreta de Picasso, texto de Jorge Garrido, recientemente publicado por la editorial cubana  Ediciones Imagen Contemporánea, cuyo título promete el develamiento de incógnitas y misterios relativos al maestro del Guernica. 

La polémica y el interés se centran en la clarificación y revelación de los detalles que atañen al abuelo materno del pintor, el que dio el apellido que el nieto convirtió en indicio de genio y exclusividad.  Y por ello, el libro sigue dos pistas: aquella que habrá de conducir a precisar el velo de vaguedades e imprecisiones que envuelve la vida y el destino en Cuba de Francisco Picasso Guardeño, y la de un Pablo Ruiz Picasso que intenta enterarse secretamente de quién fue en verdad su abuelo y quiénes fueron los hijos cubanos que se añadieron a las seis hijas que don Francisco dejó en Málaga.  

Este libro es primordialmente una aventura en la selva de secretos e intereses de una familia muy célebre y poderosa. La novela gótica pierde su capacidad de estremecer y hacer producir adrenalina, ante la maraña de pistas, despistes, mentiras, silencios, tráfico de influencias, ambiciones, celos, aullidos nocturnos, crujidos de puertas, tumbas desconocidas, huesos extraviados, luces repentinas  y sombras perennes, con que este libro nutre sus páginas. 

El resultado de la aventura el lector lo irá descubriendo a lo largo de la ruta, y es posible que su imaginación colabore a establecer la verdad o la verdad probable. Porque el autor cuenta, sobre todo, con la imaginación de cuantos lo lean, después de haberla él utilizado, como linterna mágica, en los pasajes más tupidos de los misterios de Picasso. 
 

Pero si la dilucidación de esos enigmas supone los ganchos de una novela policial, Garrido, escritor forjado en el lenguaje y la síntesis del periodismo, y habituado a trabajar con preguntas primordiales como quién, qué, cuándo, dónde, cómo y por qué, también narra sus peripecias en la indagación y la confección del libro, tal un reportero de las profundidades. Porque topó con obstáculos interpuestos por manos invisibles para que las verdades e hipótesis que él se proponía establecer nunca trascendieran el cascarón de los enigmas y los enredos familiares. De modo que están todos los ingredientes de una historia que, además de polémica e interesante, es apasionante. También apasionada. Quizás obsesionada. Mezcla de verdad e imaginación. Sin ficción. Porque cuando falta el documento entre los tantos papeles acopiados durante tres años en archivos de instituciones locales y templos parroquiales, la intuición -que también suele llenar vacíos cuando responde al conocimiento entrañado de la realidad- propone una hipótesis cuya cercanía con la verdad no demerita  la investigación.
 

¿Novela? Sí, novela en cuanto a la técnica y la estructura: narración vivaz, temblorosa, cinematográfica, mediante la superposición de planos, la ruptura del punto de vista espacial o del personal, o el temporal, en un balón de suspenso y magia. ¿Reportaje? Sí, reportaje por el afán periodístico de elucidar los móviles y datos de una historia todavía actual, y por la participación explícita del autor en la obra. Literatura, además, por la acentuada evidencia de una voluntad de estilo que intenta trascender mediante el engaste de una prosa plástica, rítmica, tan rápida como el pensamiento. Y uno de cuyos valores primordiales son las cadenas de adjetivos originales y reveladores. 

El misterio de Picasso ha entrado ya en su tercer siglo. ¿Por qué  no respetar a Francisco Picasso Guardeño en el descanso de su sepulcro incógnito? Los secretos de cualquier otro malagueño de origen italiano, pudieran descomponerse en una tumba que las aguas de la bahía de Cienfuegos inundaron en su secular guerra por ocupar la tierra, o en cualquier otro punto de la geografía del Caribe. A los de Francisco, en cambio, todavía no se les permite acurrucarse en ese nicho que un autor ha llamado la memoria del olvido.

Claro, no es culpable de que su recuerdo salpique hoy como ayer a unos y a otros por móviles diferentes. Pero le tocó una gracia: dejar entre sus genes los signos que, en los cálculos del azar, integrarán el genio de un pintor llamado Pablo Picasso, su nieto. Tampoco, desde luego,  Francisco es culpable de los giros de la herencia genética.  Pero a Jorge Garrido, un cazador de misterios, no se le puede imputar el haber construido, como un poseso de la verdad, este libro que, además de valer por sí mismo, por su forma avasalladora,  a muchos habrá de inquietar por su tesis e hipótesis dirigidas a esclarecer el persistente y seductor misterio de Francisco Picasso Guardeño: ¿Fue un espía a favor de Inglaterra? ¿Murió de enfermedad o de asesinato? ¿La familia negra que en Cuba reclama ser descendiente de Francisco, lo es en verdad?  

No estaba yo involucrado en la escritura de este libro. Mas, si usted es amigo del autor, y él le consulta, como suelen hacer los escritores con los amigos, sobre estilo, o  técnica, y habla de sus pistas, y sus dudas, y lamenta los desvíos, y le enumera sus ensoñaciones, le confiesa sus angustias, y luego le trae unas cuartillas para que lea, ya usted del borde del terreno pasa al centro del campo minado. Y sale convencido de que la faena de escribir un libro no equivale a percutir el cuero de un tambor de vez en cuando en una banda municipal. Es proyecto que enerva, angustia, perturba. Así vi a Garrido: la imaginación desgarrada, los ojos exaltados. Y yo me inquietaba, sufría previendo un colapso, y le decía cálmate, apacigua la catarata, remansa los vientos…  

Quizás por esa posesión demoníaca -ese trasvasarse la historia desenterrada al alma del escritor-, cuando uno lee La historia secreta de Picasso se siente arrastrado por funestas voces. Y se involucra. Tanto como yo, a quien todo le parecía ajeno en esa obra. Y de pronto, el autor toca en tu puerta y dice: Hace falta un prólogo.
 

Y tuve que escribirlo, para decir eso mismo: que yo no estoy involucrado en este libro. Soy más bien un testigo del autor. Y juro sobre las carnes angélicas de Las señoritas de Avignon que todo cuanto he dicho es la verdad. Y solo la verdad.  

 

CULTURA EN CUBA: MESTIZAJE Y RESISTENCIA

CULTURA EN CUBA: MESTIZAJE Y  RESISTENCIA

Por Luis Sexto

Este artículo es casi el original del texto en inglés que aparece debajo, dirigido al lector norteamericano

Lea una novela de Alejo Carpentier, o un poema de Nicolás Guillén;  observe un cuadro de Wifredo Lam,  u oiga una canción de Silvio Rodríguez,  y contactará con la cultura espiritual cubana, expresión nacional hecha lengua, color, ritmo, bajo un signo definitorio: el mestizaje.

La  mezcla es, en efecto, el rasgo definitorio de Cuba, su identidad y su cultura. Existen, por tanto, un ritmo y un color cubanos. Y dos componentes se conjugan primordialmente en sus esencias: lo español y lo africano, además de lo aborigen arahuaco y lo chino, en menor proporción, e incluso, dentro de lo hispano, lo canario.

La cultura cubana tiene  otra singularidad: su vínculo raigal con la historia de la nación. No sería exagerar advertir que las guerras de independencia no fueron solo urgencias de liberación económica y política bajo la opresión colonial de una España medieval y excluyente. Expresaron  a la vez un sentimiento de nación y de cultura que se integró ceñidamente en la lucha bélica. Negros y blancos, y chinos y canarios, a más de españoles de otras regiones, se concertaron en los campos de batalla procurando concretar, en el orden de una nación nueva, cuanto de duradero y definidor se había acumulado en cuatro siglos de colonia.

Cada 20 de octubre los cubanos celebramos el Día de la Cultura Nacional. Es el día en que se cantó, haciéndole eco a la metralla inaugural de la Revolución independentista, el Himno de Bayamo, luego nacional, compuesto durante la conspiración  previa y al que su autor, Pedro Figueredo,  le creó letra sobre la montura de su caballo de guerra en 1868.

 Ese origen en medio del combate por la libertad, marcó a la cultura cubana con el signo de la resistencia. Cuando en Cuba se firmó el  Pacto del Zanjón entre cubanos y españoles, en 1878, un músico mulato concibió al unísono el danzón, un género bailable nacido de la contradanza europea, pero con células sobre las cuales se erguía la síntesis de lo cubano que en esos momentos sufría su primer revés político. ¿Y acaso no hay mucho de la frustración patriótica de aquel momento en el empaque, la solemnidad melancólica del danzón que con el tiempo se convirtió en el baile nacional?

Otro envión de resistencia surgió cuando, después de la república intervenida en 1902 por los Estados Unidos con la consecuente limitación de la independencia en lo político y lo económico, la cultura nacional logró la síntesis evidente y beligerante frente al mimetismo neocolonial. Los poemas de Guillén, consorcio de lo negro y lo blanco por encima de modas negristas. Y la música de  Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, con lo afro en lo sinfónico. Y el apogeo del son en la voz de los Matamoros. Y la pintura de Abela y Carlos Enríquez, que deslumbraba exaltando lo cubano sobre influencias extranjeras. Después,  el esplendor de cubanía  barroca en Lezama Lima,  y también lo popular en los cuentos renovadores de Onelio Jorge Cardoso,  y la pervivencia y desarrollo de la música en el ritmo de Benny Moré,  y la extensión de la danza clásica con acentos de cubanía en Alicia, Alberto y Fernando Alonso...

 El recuento sería largo. Porque tras 1959, de la cultura halló lo que antes no había tenido: un pueblo que aprendió a leer, y a ver, y a oír, y que no tuvo ya vergüenza de llamar  Ochún a la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba para negros y blancos en el sincretismo, la síntesis, el mestizaje y la cultura mayor de la Revolución.

 

CUBA AND ITS SIGNS MIXED RACE AND RESISTANCE

CUBA AND ITS SIGNS MIXED RACE AND RESISTANCE

By Luis Sexto 

The North American administrations over the last 47 years, which have sustained the hostilities in front of the Cuban revolution, even the governments that intervened on the independence war and frustrated afterwards the newly-formed republic with the Platt Amendment lacked the sagacity to realize that Cuban culture has a link from its very roots with the history of the nation. That is why Cubans could never accept, as a country, the condition of being a protectorate or a neo-colony imposed by the United States.  

It is not excessive to warn that the independence wars were not just urgencies of economic and political freedom under the colonial oppression of a medieval and exclusive Spain. They expressed a national and cultural feeling that came together on the military struggle. Black and white people, Creole and Africans, and Chinese and people from the Canary Islands, apart from Spanish people from other regions, set themselves up on the battle field trying to make come true, on a new nation, whatever long-lasting and well-defined had been accumulated during four centuries of being a colony.  

The independent conflicts of 1868 and 1895 showed the world an almost unusual picture then: that the master would assign on the previous day his dominion so that the former slave, however brave or more intelligent he was, could order him in combat. The fight for freedom made them equal no matter the color and the wealth. And the identity, the fact that they recognized themselves as part of something, a habit of being, of walking and of expressing themselves which was to be formed between the abstinence and the blood, made them live is a communion of nationality.  

Every October 20, Cubans celebrate the National Culture Day. It is amazing that this is not the date in which the pretended discoverers disembarked on the Cuban beaches with the cross, the sword and the notarial deed. It is not either the day remembered because a printing press reached the island, or a founding poem or a newspaper appeared, and it doesn’t even celebrates a religious festivity. On October 20, was the day when the Bayamo Hymn, was first sung – making an echo of the inaugural shrapnel of the independents Revolution – which was also a social Revolution, because it freed the slaves and established the abolition on the Upraised Republic. The Bayamo Hymn, later the National Hymn, was composed during the previous conspiracy and its author, Pedro Figueredo, wrote its lyrics on the saddle of his war horse in 1868.  

We can see clearly how the spiritual and historic culture interwove in Cuba with the birth of the nation itself. It were these same Cubans, commanded by Carlos Manuel de Cespedes, a poet and one of the authors of the laminar song in Cuban music, who united to dictate the laws of the Upraised Republic, established universal and free teaching for every citizen.  

Such an origin, in the middle of the struggle for freedom, left a mark in Cuban culture with the sign of resistance and mixed races. When the abandoning Zanjon Pact was signed in Cuba between Cubans and Spaniards in 1878, a mixed race musician conceived almost at the same time the danzón, a dancing music born out of the European contredanse and, but with cells on top of which were built the synthesis of being Cuban which was suffering at the time its first political setback. And isn’t there much of the patriotic frustration of the time on the presence, on the melancholic solemnity of the danzón, which with time became the national dance?  

Another push of resistance and mixed race occurred when, after the republic intervened by the United States with the consequent limitation of independence on the political and economical spheres, Cuban culture managed evident and belligerent synthesis in the face of the neo-colonial mimicry. These are its milestones: The poems by Guillen, consortium of the black and white over any black people fashion, and on the happy finding of the national poetic expression and the music by Roldan and Caturla with the Afro on the symphonic, and the height of the son on the voice of the Matamoros, and the paintings by Abela and Carlos Enriquez who dazzled by extolling the Cuban over foreign influences, and afterwards the poetics of the Origenes Group, magnificence of Cuban baroque style from Lezama Lima, and attachment to the pleasant things, from the Catholicity of Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz as well as the popular on the fresh short-story telling of Onelio Jorge Cardoso, and the defense of the national verse, the decimal, on the verses by Naborí, and the survival and development of the music on the exponent of the filing, on the rhythm by Benny Moré, and on the extension of the classical dance with touches of being Cuban in Alicia, Alberto and Fernando Alonso. 

 If we had to reduce all this to a single feature, we would accept that, in effect, the mixture is the defining feature in Cuba, its identity and culture. There are, therefore, a Cuban rhythm and color. And two components are combined primarily on its essences: the Spanish and the African, apart from the native Arahuaco and the Chinese, in a smaller grade, and even within the Spanish, the componenet from the Canary Islands. Fernando Ortiz found the exact image, the exact metaphor, when he said that Cuba was a ajiaco, which means, the dish par excellence in our country: a mixture of many meats and many vegetables and tubers, which after cooking achieve a typical and unique taste.  To look back at it would be very long. Because since 1959 culture found what it had never had before: people who learned how to read, and to see, and to listen to, and who wasn’t embarrassed by calling Ochún to the Charity Virgin, the patron saint of Cuba for black and whites on the syncretism, the synthesis, the mixed races and the greatest culture of the Revolution, despite the hostilities of the United States governments.

SOBRE LAS OLAS

SOBRE LAS OLAS

Por Luis Sexto 

En un folleto donde redime del olvido al músico mexicano Edmundo Escalante, radicado en Santiago de las Vegas, el historiador Marat Simón Pérez-Rolo lamentó que mi reportaje publicado en Bohemia el 8 de julio de 1994, le haya aventado la leyenda que sobre Juventino Rosas le contó su padre, hombre de versos y libros.

La leyenda –confiesa Marat Simón- es preferible en esta historia a la verdad, por romántica, dulce, sensible. Y si el autor del vals Sobre las olas no murió como decía el rumor, debía haber muerto así: borracho, errabundo y olvidado en un pueblito de maderas salitrosas del sur de La Habana, sobre la partitura recién compuesta de uno los valses más difundidos y tarareados en la historia universal de la música, dedicado a una ingrata, como suelen ser las mujeres que no nos quieren. Otras personas, que no han aceptado matar el mito, continúan difundiendo la leyenda, escribiendo o perifoneando de un músico mendicante, una cirrosis hepática que lo ultimó, y de otras mieles que atraen a las mariposas de la compasión sobre el genial y bohemio compositor, nacido el 25 de enero de 1868 en Santa Cruz de Galeana, Guanajuato, hoy Ciudad Santa Cruz de Juventino Rosas.

Varios de sus biógrafos echaron las piedras de la suposición temeraria para tender un enlace entre el 11 de agosto de 1893, cuando se evaporaron sus huellas en Chicago, Estados Unidos, y el 9 de julio de 1894, postrer día de Rosas en Cuba y en la vida. Ese período careció, al parecer, de la investigación suficiente. Y la fábula pasó, como en una carrera de relevo, de la duda a la impaciencia, trocándose en un sucedáneo de lo verídico o lo probable.

El cubano Hugo Barreiro desalojó en parte, en la década de los 1990, el rebaño de hipótesis que enrarecían los meses finales del autor de Sobre las olas, compuesto en 1890. Su indagación en archivos de varias ciudades de Cuba, integraron su libro Los días cubanos de Juventino Rosas, cuyo destino editorial me resulta hoy un misterio: ignoro si fue publicado en México donde lo habían anunciado. Utilicé páginas del original y las confesiones del propio autor para mi reportaje en Bohemia. Lo primordial estaba claro. Rosas, como figura cenital de la compañía del italiano Biaculli y el cienfueguero González, efectuó una gira por Cuba. Las cuentas favorecieron el capítulo de las ganancias durante el recorrido que empezó en La Habana, y siguió por Matanzas, Cárdenas, Santa Clara, Cienfuegos, Trinidad, Sancti Spíritus, Guantánamo, Santiago de Cuba.

Rosas regresó enfermo de la región oriental en el vapor de cabotaje Josefita. Y la compañía, que debía proseguir viaje hacia los Estados Unidos a cumplir un contrato, dejó al compositor ingresado en la Casa de Salud Nuestra Señora del Rosario, en Batabanó donde el doctor José Manuel Campos diagnóstico mielitis espinal. Allí murió. Aún en el Surgidero se mantienen las dos plantas de la clínica, cuya rengueante, ruinosa, patética presencia hace recordar los días en que el músico se encaró con la radical soledad del fin.

Un episodio de aquella gira ha enriquecido la historia literaria nacional. En Guantánamo, el entonces muy joven poeta Regino E. Boti, era dependiente de una bodega y cantina en el centro de la ciudad, llamada La villa de Madrid. Juventino Rosas oficiaba en tal establecimiento su devoción hacia el alcohol, acompañado por el bohemio local Fernando Miranda. Y cierto día, ambos pidieron al camarero con arrestos de bardo –confeso admirador del músico- versificar una nueva letra para el vals Sobre las olas.

Hace unos meses, el doctor Regino Rodríguez Boti, nieto del poeta, me envió desde Guantánamo fragmentos de su monografía sobre las relaciones del mexicano y el joven Boti. Pude, incluso rectificar –al menos en mi archivo- alguna inexactitud aparecida en mi reportaje de Bohemia. Y pude, sobre todo, conocer parte de la letra de Boti. Fueron pocos los versos que el autor de Arabescos mentales, poemario monumental del modernismo literario en Cuba, memorizó decenas de años después cuando ya los despojos de Juventino Rosas recibían la gloria en el Panteón de los Hombres Ilustres en México: Los reproduzco para terminar en el tono triste, como de endecha, que caracterizó la vida de Rosas, trunca a los 26 años: Olas que al llegar/ plañideras muriendo a mis pies,/ me hablan de un amor/ que ha de serme funesto después./ Si me hais de decir/ lo que el alma no puede escuchar/ dejadme morir/ en las olas inmensas del mar…        

EN EL TORRENTE, HACIA LA LUZ

Por Luis Luque Alvarez 

A propósito del libro Con Luz en la ventana, de Luis Sexto 

«Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir», aseguraba quejumbroso el bardo castellano del siglo XV. El tiempo es de esas corrientes, y su vocación es arrastrarnos. Primero espectadores, vemos pasar a los nuestros. Los viejos, sí, pero también los que apenas se asomaron. Y andamos, andamos sin darnos cuenta de que, poco a poco, también nos mojamos los pies, las rodillas...

Mi amigo Luis Sexto también camina y se adentra, pero no a ciegas. Sabe que es forzoso avanzar, y lo hace, mas no vigilando temeroso el fondo. Mira al frente, hacia la luz. Escribe poemas, y narra lo que ve, lo que siente. El frío que cala, la claridad del agua, y atisba al que le antecedió en el torrente. Lo huele. Lo sabe.De tales certezas hay en su poemario Con luz en la ventana, que apareció este sábado en la tertulia de la Tecla Ocurrente, gracias a la Editorial Pablo de la Torriente. Un texto de versos calmos, breves, en el estilo que fui incorporando a mis propios quehaceres, sin confesárselo jamás.   Cero rimas. El ritmo basta; el suave contoneo de una métrica a veces atrevida, dibujando siluetas, a veces tradicional. No hay estridencias ni mieles, ni fácil lamento.

Una oración —como titula uno de sus textos— es el conjunto. Frugal, fiel, pequeño, como el poeta se ve. Y es.Pero la plegaria no va al vacío. Sexto dialoga con el que recuerda, con la «piedra que no fundó caminos», y comparte experiencia con Naborí y Eloína, «que saben de estas cosas», del «vasto equilibrio de un beso», necesaria inyección de vida que ayuda a aguardar paciente la cita con el que de veras vive.Ahí está, a la mano, la esperanza, triunfando sobre el dolor, que no se esfuma, pero que tampoco domina. Por eso no hay espacio para plañideras. Porque allí donde los huesos anuncian fracaso, él ve vuelo, libertad. ¿Y quién convence al hombre de abandonar la verdad y la certidumbre?

Mi amigo, el poeta, definitivamente se deja llevar por las aguas. Aborda el tren, rumbo al banquete donde —le confiesa a Lennon— estará prohibido vestir de frac; y no le cierra el paso a la nostalgia, pero vive. Abre de par en par las ventanas y da la bienvenida a la luz. Es hacia ella que va.Caprichosamente asida de su mano, va también la poesía. 

(Tomado de Juventud Rebelde11 de junio de 2006)