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POESÍA: EL MISTERIO DE UN ALMA HUMANA

POESÍA: EL MISTERIO DE UN ALMA HUMANA

Por Luis Sexto

 

Este libro sorprende desde el título: Más horribles que yo. Y ese “yo” ¿es acaso un doble del autor, el poeta y narrador cubano Luis Lorente? No creo que sea fundamental saberlo, porque quizás su explicación o justificación esté en la propia concepción del libro, que integra en sí mismo una especie de reto a los lectores. Porque es un texto, título incluido, que no se rinde fácilmente al asedio. Y uno comienza preguntando qué cosa es: si prosa o verso, y fíjense que no digo poesía, porque ella, más que forma, es esencia.

Entonces ya vamos descubriendo las entretelas de este título tan provocativamente concebido. Más horribles que yo –publicado por Ediciones Matanzas y presentado en la Feria del Libro en marzo pasado- es un libo donde la poesía campea, se adueña de cada línea, de cada inflexión. Un libro de poesía, digamos como se dice comúnmente, que emplea la prosa y el verso para expresarse, como los usó –recordó hace poco el escritor cubano Francisco López Sacha- Rubén Dario en Azul, ese título renovador.  Cuando un poeta los necesita juntos, juntos van prosa y verso.  Porque sabemos que cada tema, cada  contenido reclaman su forma sin que tenga usted que adscribirse a una u otra doctrina estética. Los mejores escritores parecen resultar los que siguen las exigencias formales ajustadas a sus intenciones, sus propósitos temáticos. Y combinan sin asco  los medios y los ingredientes.

Por tanto, no voy a esmerarme  en desentrañar las formas de este libro. Ya lo dije: es poesía, que se hace presente, que gozamos,  con la misma intensidad en el poema que en la narrativa, en cuyos cuentos se convierte en cristal desde donde la poesía nos hace señas. Puedo ser reiterativo. Pero no me importa. Noto una equivalencia rítmica entre los poemas y la prosa. A veces estamos leyendo un cuento y de pronto nos salta un verso de esos de tranco largo, de rítmico y escalonado percutir, con palabras y alusiones coloquiales, típico en los poemas –estos y otros-  de Luis Lorente, nacido en Cárdenas, Matanzas, en 1948, y que hace tres años ganó el premio latinoamericano de la Casa de las Américas por el libro Esta tarde llegando la noche.  Lorente poeta: voz singular, distinguible en el coro de los autores cubanos. Es decir, una voz y no un eco.

Y de qué sustancia temática se alimenta Más horribles que yo, texto que requiere de la lectura morosa, cómplice, degustadora de las esencias más que de las evidencias.  Yo diría que se nutre de la historia o la memoria. O de ambas inclusive. Poemas y cuentos giran en torno de una historia. Y en todas, el lector topa con el aura enigmática del misterio. El misterio nos envuelve desde el poema de la ceiba familiar, que abre el libro, hasta el cuento sobre la leptospirosis.  Precisemos, sin embargo. No es el misterio de las truculencias del horror cinematográfico o de las páginas enfáticas de  Lovecraft. Es el misterio de un lenguaje que nos da, mediante la sugerencia, múltiples sentidos. Es el misterio de un alma humana. Un alma humana compuesta también, como dijo el argentino Jorge Luis Borges, de “queridas memorias”. Queridas memorias que en Más horribles que yo se transforman en el bestiario enorme del recuerdo, digo así para copiar uno de sus versos más conmovedores: “el bestiario enorme de las nubes”

 En este libro, pues, está presente el niño en el hombre cuando evoca de lo vivido, las acciones de cada día, las pérdidas, las decepciones; en fin, las cosas de este mundo, como el vagabundo sentado en un parque, la comida china y el olor a bostas de caballos en la Plaza del Mercado,  la crónica empozada de un año tan rico y disímil como 1968. Y todo revuelto  “como una flor de mármol dentro del agua mustia”,  imagen que surge del imaginario existencial  de Luis Lorente, el poeta que aquí, en este libro, ve un zoológico cuando mira al cielo.  

NUEVO LIBRO DE LISANDRO OTERO

NUEVO LIBRO DE LISANDRO OTERO

Por Luis Sexto 

No hay periodismo falto de imaginación, sino periodistas escasos de imaginación. Y si una colección de enunciados periodísticos soportan un libro, habrá, pues, que concluir, en palabras un tanto vagas, pero inteligibles, que es buen periodismo. O algo mejor. El propio autor del libro que comento ahora ha dicho que hemos tenido que aceptar que las memorias, los reportajes, hasta la propaganda son categorías de arte. Desde cuándo habremos tenido que aceptarlo. Quizás Lisandro Otero (La Habana, 1932) se haya referido a la actualidad, tiempos de literatura kleenex,  combustible, desechable, aunque me parece que el propio autor tuvo en cuenta que desde hace mucho se ventila una polémica bizantina entre literatura y periodismo, en la que esa que los tratadistas llaman formación estilística de arte o de creación le niega la sal y el agua a la formación estilística de trabajo informativo. Lisandro, sin embargo, ha renunciado a las cucharadas del orgullo que atiza este debate y ha sabido tomar el partido más justo: el de combinar lo literario y lo periodístico. 

Conozco a pocos escritores  que hayan sabido guardar lealtad a la literatura y al periodismo. Desde muy joven, Lisandro halló en el periodismo un modo precario de ganarse la vida –y eso no lo demerita sino define a la época en que cuajó su vocación literaria. Pero se dedicó sobre todo al periodismo para  –según un  término de Tomás Eloy Martínez-  “ganar la vida”.   Y ganó, además, un campo de aprendizaje, un medio donde mezclarse con la realidad ejerciendo un acto  de servicio público. Más tarde, el autor de reportajes, se convirtió en novelista. Podríamos decir con Tom Wolfe, que Lisandro calentó sus motores en ese molde periodístico –el reportaje-, que asumido creadoramente se convierte en antesala del cuento o de la novela. “La Situación, “Pasión de Urbino”, “Temporada de Ángeles”, “El árbol de la vida, novelas conocidas que presentan y representan a Lisandro Otero. Pero, paralelamente, puedo recordar a “Trazado, “Razón y fuerza de Chile, “En busca de Viet Nam, “ZDA, libros de periodismo que igualmente recomiendan a su autor y que todavía mantienen vigencia.   

mantienen vigencia porque, aunque su contenido haya sido superado por la acumulación sucesiva de años y hechos, a los lectores les queda la opción de degustar la forma y la profundidad del análisis y los datos. Lisandro Otero confirma lo que demostraron José Martí, Víctor Hugo, Pablo de la Torriente Brau, Onelio Jorge Cardoso, Roberto Arlt Gabriel García Márquez, Miguel Bonazzo o el recién fallecido Rysiard Kaspuschinski: que el periodismo, por fuerza de sus urgencias, de sus inmediatas funciones informativas, no tiene que ser superficial, banal, o basto.  El periodismo –iba a decir el periodismo más apto, más zahorí- cuando se percata de que los instrumentos tradicionales no bastan para componer un documento que ahonde hasta los instestinos en un tema actual, acude a los préstamos de la literatura. Y de esa dialéctica cooperación, proviene el periodismo literario, tan actual como antiguo. 

En fin, Lisandro Otero es también un periodista que emplea su aptitud y su saber literario. Podría él suscribir, con Octavio Paz, que no lo desacredita escribir cuartillas para periódicos, porque ha  aspirado a escribir  prosa de creación con “la ligereza, el magnetismo y el poder de convicción de un buen artículo de periódico” y ha escrito artículos de periódico “con la espontaneidad, la  concisión y la transparencia de un poema”. El libro que hoy presentamos, pues, ha sido escrito al fluir de los días, respondiendo a las demandas noticiosas del mundo de la cultura, la literatura y el arte. Al leerlo, el lector no enterado de lo sucedido en los últimos años o el que ya olvidó un título sepultado entre rimeros de periódicos y revistas, encontrará una información que, trascendiendo el olor a cosa envejecida, como son los periódicos incluso acabados de salir, ofrece una actualidad fresca sobre acontecimientos y personajes.  

Para concluir esta presentación, que me honra como periodista, lector y amigo de Lisandro, debo referirme al género a que se ajustaron las prosas de estos “Avisos de ocasión”. Avisos, sí, porque el periodista es avizor. Y también yo he de avisar. He de avisar que lo más arduo al evaluar enunciados periodísticos resulta precisarles el género. Como sabemos, los géneros responden a intenciones. Y las intenciones son libres –muy libres- y por lo tanto  se mezclan, se revuelven.  En este libro encontrará el lector crónica: habrá siempre un detalle subjetivo, lírico que, a pesar de la objetividad con que Lisandro escribe, se inserta en la crónica, ese esquema que no se sujeta a esquemas, y que por ello Lisandro lo trasciende.  Como trasciende también la reseña.

Desde luego, las dificultades para determinar los géneros, propician que los teóricos y los manualistas gocen de su zafra. Y apreciamos que hoy surgen nombres desde cualquier lado de nuestro ejercicio: periodismo investigativo, interpretativo, de precisión, etcétera, siendo todos, en definitiva, resultado de un periodismo creador. A Lisandro le corresponde, a mi parecer,  también uno de estos nuevos nombres: el de periodismo ensayístico. Porque, además de las calidades estilísticas clásicas del periodismo –claridad, concisión e interés-, Lisandro se acerca a la realidad noticiosa desde el mirador de las ideas y con la libertad de quien juzga los datos fundamentales del tema sin pretender ser un especialista.  Y, según creo, esa es la actitud del ensayista, a quien no le está vedado el periodismo, ni ha de avergonzarse por escribir unas prosas urgentes y urgidas que, al cabo, tienen más de una vida cuando se entregan con oficio y alma.  

Este, por tanto, es un libro para subrayar. Claro, intento no hacer el ridículo de recomendar un libro de Lisandro Otero. Pero es inevitable decir claramente que “Avisos de ocasión” tiene la virtud  de un sistema de correo apegado a la tradicional sacralidad del servicio: puede guardar por años un mensaje y entregarlo sin achaques al destinatario cuando este lo reclame. Aviso, pues, que estos “Avisos de ocasión” nos depararán más de una sorpresa y mucho más que una ocasión de unos minutos de placer.   

LA HISTORIA DE FELIPE BLANCO

LA HISTORIA DE FELIPE BLANCO

Por Luis Sexto

Algo más que un sucu suco que habla de cuevas y “majases”. Una historia apta para cubanos nostálgicos 
En el Surgidero de Batabanó, en la costa sudoccidental de Cuba, desconocen que en una casa de madera, frente al antiguo Juzgado, con las letras FB en su fachada, vivió Felipe Blanco. Las indagaciones entre la gente estudiosa de la historia local o con edad suficiente para evocar rumores o leyendas, sólo consiguieron una pregunta por respuesta: ¿Felipe Blanco? 
Datos de origen confiable aseguran que ese señor residió allí a principios del siglo XX y que la casa, en 195l, todavía estaba enhiesta, mostrando las iniciales de su propietario, según aseguró el doctor Waldo Medina, el reconocido  juez  y colaborador de la revista Bohemia y el diario El Mundo. Pero quién pudo ser FB para que los habitantes del Surgidero recordaran o apuntaran en papeles la estadía de alguien que, como cualquier cubano, era una ignota referencia en un registro civil o en el archivo de una iglesia parroquial. Cuando, al concluir la Guerra de Independencia, se asentó en el puerto de las esponjas, solamente lo conocían en la Isla de Pinos, donde había nacido, había reunido una hacienda ganadera y había acopiado diversas famas, una de las cuales, al menos, parloteaba en la letra de un sucu-sucu, crónica rítmica del entonces despoblado solar pinero. En la década de los años 40 fue cuando su nombre rompió la cáscara del anonimato nacional y voló por el país de uno a otro confín, balanceándose de una boca a otra boca, en la estructura de una canción vivaracha y contagiosa, y en cuya letra ciertos suspicaces creían interpretar una críptica narración sexual. Eliseo Grenet había rescatado y purificado el sucu-sucu de su agreste ajuar. Y lo echó al aire en discos y emisoras radiales. Uno, entre tantos, enamoró el gusto del pueblo. Y todavía hoy, cuando ya ese género consumió su turno de gloria y  regresó a su isla de partida para perdurar colgado de las cuerdas de Mongo Rives y su conjunto, la letra y la música de aquella pieza sigue zumbando en el oído común: unos porque la recuerdan de la niñez o la juventud; otros porque la aprendieron en los encantamientos de la tradición. A ver, diga usted si no puede tararear conmigo: “Ya los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco se las tapó,/ se las tapó, se las tapó, se las tapó/ que lo vide yo...” 
Pero no presenció su apoteosis. Para cuando se transformó en una cita musical recurrente y en referencia de una historia que muchos no podían explicarse, Felipe Blanco había muerto. Vivió una decena y algo más de años en el Surgidero. Y un día, oliendo en su piel la cercanía de la muerte, retornó a la Isla de Pinos. Allí murió el 2 de junio de 1917, a las cinco y treinta de la tarde, a causa del mal de todos los que viven largamente: cansancio vital. Tenía 87 años. Su entierro, masivo. El ataúd navegó por sobre lágrimas, en hombros y  manos de familiares y amigos.

LA GÉNESIS DE UN NOMBRE

Fue un hombre manifiestamente querido, a pesar de que la crónica que recoge el sucu-sucu con su nombre podría infamarlo. Tengamos en cuenta que los Blanco fueron fundadores de Nueva Gerona, es decir, de la Isla de Pinos. Aun hacia 1830, la llamada Isla del Tesoro, cubil de piratas y evadidos de la justicia española, había carecido de atención por parte de la metrópoli. Desierta, intocada en sus capacidades económicas, la Evangelista, como la llamó Colón  en su segundo viaje, pellizcó los ánimos imperialistas de Gran Bretaña, cuyo gobierno advirtió a Madrid que si no la poblaba y la utilizaba, la tomaría para así. El monarca español habilitó al Capitán General Francisco Dionisio Vives, déspota aficionado a gallos finos, barajas y vino, cuyo lema era si vives como Vives vivirás, para que fundara la colonia Reina Amalia en la islita del sur. Convocatorias y pregones convencieron a numerosas familias con la promesa de cinco caballerías de tierra exentas de impuestos por diez años. Muchos de los nuevos colonos procedían de Pinar del Río. Cierta familiaridad geográfica entre la isla solitaria y el occidente de Cuba armaron el espejismo de que en aquella porción de tierra se podía cultivar tabaco, caña de azúcar... Y los Blanco y los Hernández se sobrecogieron de ilusión cuando, desde el mar, en lontananza, vieron sobresalir, como en una silueta casi fantasmal, las alturas de aquel Eldorado. Avanzaban las hojas de 1831. 
Felipe nació en 1834. Creció lidiando con puercos en la finca paterna La Cisterna. Llegó a ser alto, flaco. Vistoso. Con ojos azules. Afable. Apegado a los amigos. Con sentido del humor. Las mujeres lo miraban de reojo, inventariándolo. Por todo ello. Y porque ya también había expandido una finca ancha, salpicada de ganado bovino y de cerdos. Era, en estricto cálculo de la época, un partido ideal, que mereció doña Manuela González, y que le gratificó la preferencia con siete hijos. Aunque Felipe Blanco, como en un  chiste que para algunos no lo era, decía cuando veía pasar a un niño ojiazul: “ese es también hijo mío, que lo digo yo.” Porque, en efecto, tenía, la costumbre de apostillar sus afirmaciones con esa frase  contundente, inapelable. Cuenta el doctor Waldo Medina, juez de Isla de Pinos, instrumento de  justicia verdadera y voz periodística que difundió muchas costumbres y hechos de aquella porción cubana, que Felipe Blanco miraba preocupado a su hija Venturita, adulta y sin novio. Y cuando la mujer se enamoró y cambió su ordinaria depresión por manifestaciones de alegría bullanguera y jocosa, el padre, en un salto de expresividad, comentó: Cará, “Venturita se despabiló, se despabiló, que lo digo yo.” Y esa jaculatoria pasaría más tarde a rematar como un sonsonete el sucu-sucu compuesto sobre su  hija y el dedicado a él mismo, pero modificado con el arcaico “que lo vide yo”.

NOTAS TÉCNICAS

Afirman los musicólogos que el sucu-sucu es una variante del son. Con base instrumental en el tres. Fue en sus principios, que Elio Orovio remite a fines del siglo XIX, como una expresión lírica del guajiro pinero: la tonada local, la crónica cantada de la infinitud de dichos y actos costumbristas de aquella vida signada por el trabajo, en un paraje del que, a pesar de la colonización, nadie se acordaba hasta 1959. Amoríos, ruindades, broncas, adulterios, integraron la masa con que, en sus rumbas o fiestas, también llamadas sucu-suco, donde se bailaba hasta los claros del día, los improvisadores armaban la tonada, la canción, cuyo nacimiento el propio Waldo Medina afirma datar del primer tercio del siglo XIX y, por tanto, asevera además, teniendo la  sangre del son lo antecede en el tiempo. 
En el sucu-suco compuesto con su nombre y un episodio de su vida, Felipe Blanco es blanco, a la vez, de una almibarada crítica popular. Los que alguna vez vieron en el majá y las cuevas una metáfora erótica, olvídenla. Los majases eran los revolucionarios deportados a la isla que Luz y Caballero, en uno de sus aforismos, llamó “la Siberia de Cuba”. Cuando la Guerra Grande (entre 1868 y 1878), muchos mambises (insurrectos)  de las ciudades y el campo viajaron encadenados a ese presidio enorme. A expensas de la vida. Sin nada seguro. Ni techo. Ni cama. Ni comida. Unos, tal vez, pudieron pagar posada, o recibir favores. Otros, los más, habitaron en cuevas y grutas, como cromañones de la libertad. El alimento lo conquistaban por las noches, matando una ternera o un puerco. Y como las autoridades no les querían facilitar ni esa existencia tan precaria. Y como el látigo y el encierro en barracas, no podían impedir la satisfacción de tanta necesidad, los mandones ordenaron a los terratenientes que tapiaran las cuevas de sus heredades. Y Felipe Blanco, amigo del gobernador y del regidor y, temeroso también –dicen- de la bestialidad del mando, tapó sus oquedades para que aquellos majases, a quienes calificaban de ese modo por analogía con los insurrectos que rehuían la pelea y se refugiaban en los montes, se quedaran sin puntos donde habitar solos o con sus familias. Y esa es la historia. Con menos o con más. Porque otros apuntan – el historiador Juan Colina, entre ellos- que Felipe Blanco era tan solo un mayoral. Y las cuevas participaban de una metáfora, como  alusiones  a la hostilidad que  perseguía y vigilaba a los infidentes. Y Mongo Rives, el músico maestro del sucu-suco, asegura airado que Felipe Blanco era un enemigo de la libertad de Cuba. 
Sea lo bueno o lo malo, o una mezcla de ambas sustancias, Felipe Blanco es el hombre a quien el arte anónimo del pueblo le ajustó cuentas por su acciones en un sucu-suco que lo acusaba de perseguir a los peleadores por la independencia, convirtiéndolo, paradójicamente, en el primer pinero, según aseguran juicios muy antiguos, que se encaramó en el papalote de la fama, entre música y pasillos de bailadores trasnochados.

 

LA LLEGADA DE DON QUIJOTE

LA LLEGADA DE DON QUIJOTE Por Luis Sexto

¿Cuándo llegó Don Quijote a Cuba? Tal vez lo básico no sea saber la fecha en la que el Caballero de la Triste Figura desembarcó en este país, donde, por demás, han sobrado los Quijotes en bronce y, sobre todo, en fibra humana y revolucionaria. Lo esencial es saber que llegó. Al menos, certeramente, solo sé cuándo llegó el descocado Manchego a mi existencia.

Como a muchos de mis compatriotas, se me presentó en 1960. La  Imprenta Nacional, fundada por la Revolución, publicó  en tirada y precio de pueblo, como uno de sus números inaugurales, la novela de Miguel de Cervantes. Compré los tres tomos -¿o eran cuatro?- en los portales de Cuatro Caminos, en la profunda Habana, donde los voceaban como a un periódico. ¡Vaya, salió Don Quijote! ¡Vaya, Don Quijo barato!

Desde entonces, por mis fantasías de adolescente transitó la aspiración de escribir un libro sobre El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Más tarde comprendí que era un texto innecesario. Había leído las aproximaciones de Unamuno, Azorín, Madariaga, Rodríguez Marín, Justo de Lara, y cualquier intento mío habría resultado una copia. Hubiera escrito, en particular, que la España colonialista y usurera, cometió un error, o deletreó una de sus paradojas, al enviar a Don Quijote al Nuevo Mundo. Remitió, junto con la opresión, el espíritu de libertad y justicia que el loco paladín diseminó por estas tierras con sus aventuras cuerdas de convertir casuchas en castillos, cocineras en estrellas, pencos en corceles. Y zafios en hombres.

No tardaron los españoles en despacharlo hacia estos rumbos. Confundida o ingenua, la Santa Hermandad del control ideológico lo dejó subir a los galeones y lo dejó bajar. Ocurrió casi al mismo tiempo en el que Don Alonso Quijano echó a andar sobre Rocinante por el campo de Montiel,  en sus primeros episodios. Es decir, meses o semanas después que en la Península empezó a circular la edición príncipe de 1605, Don Quijote arribaba a la América española. Aún se ignora la cantidad de libros amontonados en los barcos que zarparon ese año hacia este lado del Atlántico, pero ciertos historiadores –como el norteamericano Irving A. Leonard- sostienen que es probable que el grueso de la primera edición del Quijote haya sido enviado a colonias españolas en América. Y en ese viaje pudo haberse quedado en La Habana, puerto entonces de blasfemias etílicas y sueños largos…

LOS INCAS, HIJOS DEL SOL

LOS INCAS, HIJOS DEL SOL Por Luis Sexto

Una historia que hoy se nos acerca          

Me he detenido en mi viaje. Toco la nieve. Miro en torno… Y cuando el viajero se encuentra entre picachos nevados en Los Andes o atraviesa el altiplano observando la llanura interminable, apenas sin vegetación y salpicada aisladamente por una choza de adobe o un rebaño de llamas o alpacas, puede intuir que está en el sitio donde comenzó el mundo. Siente recónditamente un olor a antigüedad y percibe la atmósfera de la primigenia desolación.

El viajero está también más cerca del sol. Porque hablamos de alturas de 3 000 ó 5 000 metros. Quizás por haber habitado un medio geográfico montañoso, los incas creyeron proceder de  la luz. Inca, nombre dado a su jefe o emperador, significa hijo del sol.  Viracocha, el dios creador, luego de destruir con un diluvio en un gesto de ira a sus primeras gigantescas criaturas, permitió que una pareja sobreviviera. De ellas partió la nueva raza, amasada con barro al igual que los animales. Antes creó la luz. Pero el astro del día brillaba menos que esa señora que alumbra las noches, y Viracocha, al percatarse de los celos del sol,  arrojó una poco de ceniza a la luna. Ese es el Génesis del  incario.

La leyenda justifica al parecer el concepto que los incas, que hablaban una lengua no escrita llamada quechua, tenían de su destino como pueblo. Presumían de ser superiores, hombres escogidos  para conquistar y gobernar a sus vecinos. Y hacia 1450 los incas o capaccuna, como ellos se nombraban en el principio, sometieron totalmente a los chochapoyas, los chimú y otras tribus andinas, reputadas de “salvajes” y por tanto merecedoras de vivir bajo la égida civilizadora de los hijos de la luz. Trescientos años después de que Manco Cápac y su hermana Mama Ocllo edificaron el Cuzco por mandato del dios Sol, que les ordenó ir hacia “la tierra prometida” y  levantar en ella una nación, el imperio se extendía desde el sur de Colombia hasta el río Maule, en Chile, y comprendía también a Ecuador, Perú y Bolivia. Geográficamente lo integraban las mayores alturas de los Andes, más una zona selvática, lluviosa, llamada “yungas”, y el desierto de la costa del Pacífico, en una franja que sumaba más de 3 000 kilómetros de norte a sur, y más de 800 de este a oeste. 

Más de cinco millones de aborígenes se inscribían en el sistema imperial del incanato. Desde el Cuzco, la capital, partían cuatro caminos hacia los distintos suyos, nombre de las  cuatro regiones o partes  que componían el imperio. Cinco mil kilómetros de vías empedradas y un sistema de chasquis -mensajeros que cada dos kilómetros se relevaban en postas de correo- mantenían al orbe incaico en comunicación.    

Los incas no fundaron la única cultura sobresaliente en Los Andes.  Durante 3 200 años los tihuanacotas vieron en áreas de la actual Bolivia.  Emergieron 2 000 años antes  de Cristo y se extinguieron durante su etapa de expansión, 12 siglos después de nuestra era. Su desaparición es todavía inexplicable. Cómo, por qué, preguntan los historiadores. Y el escritor Antonio Paredes, mientras vendía sus libros en el Prado de la capital boliviana, unos meses antes de su muerte reciente,  aseguró a este periodista que  ese “es un misterio que nunca podrá ser esclarecido”.  Solo dejaron, aparte de objetos de alfarería o tallados en arenisca o basalto y algunas momias, el centro ceremonial de una ciudad, Tihuanacu, a 70 kilómetros de La Paz, cerca del lago Titicaca. 

El viajero, en medio del altiplano, batido por un viento frío, a 3 845 metros de altitud  se estremece con la expresiva soledad de estos muros. Dentro,  monolitos de rostros cuadrados, sin relieve, o estatuas de solemnes semblantes custodian los secretos de aquella civilización perdida. Y se asombra también el viajero ante la Puerta del Sol, con un calendario grabado sobre el dintel, como prueba de que los tihuanacotas dominaban el movimiento del tiempo, que un día, tal vez por obra de un cataclismo climático,  se acabó para ellos.

Los pueblos andinos poseían cada uno su idioma y sus costumbres. Los emperadores incas, sin embargo, impusieron su lengua y su ley: “Ama sua, ama llulla, ama chekila”. Tres preceptos que favorecían el orden: No robes, no mientas, no seas perezoso. Solo el cultivar las mismas plantas o tubérculos y comer la misma carne unía a las tribus de la región.  La papa y el maíz, que conservaban como “chuño” o alimento disecado; el ají, el tomate, la papaya, y el “charqui”, tiras secas de la carne  de la llama, uno de los camélidos que sirven de bestias de carga en las alturas.

El trabajo favoreció la expansión  imperial de los incas. Guerreaban con valentía e ingenio, sus cabezas cubiertas de cascos emplumados. Pero trabajaban y gobernaban mejor.  Comunitariamente.  Alegremente. Como si afrontaran una batalla. Los cantos de labor les alentaba el ánimo mediante la confianza en el triunfo: “¡Victoria Victoria!/ Aquí torciendo la cuerda,/ Aquí la cabuya,/ Aquí el sudor,/ Aquí el afán.”  Y de otro sitio, un coro respondía: “¡Trabajad, hombres, trabajad.”  Al escasear las áreas agrícolas construían terrazas, muros de piedra llenos de tierra, y si el agua faltaba, porque el dios del Trueno no la propiciaba, la hacían bajar de las cumbres conducida por acueductos.

El Cuzco resplandecía bajo el sol difundiendo reflejos dorados. Las paredes de sus palacios, de un piso o dos,  se levantaron con piedra finamente labradas, unidas con un tacto que hacía invisible la costura de los albañiles. El techo se cubría de paja, y entre la paja hilos de oro. Las casas de los ciudadanos comunes se fabricaban de piedras,  con junturas de barro, y con barro se repellaban y luego se pintaban. El agua potable venía a la ciudad a través de tuberías también de barro. El pueblo disponía de baños y retretes. 

Eran maestros en la arquitectura. Las ruinas de Macchu Picchu, una especie de ciudad fortaleza aledaña al Cuzco, perduran aún para ilustrar porqué la vida y la obra de los incas componen una de las principales civilizaciones humanas, sobre la herencia remotísima de los hombres que, procedentes de Asia, llegaron a América  por el Estrecho de Bering, en el norte, hace más de 40 000 años.

La sociedad incaica y las tribus sometidas vivían uniformemente, en un régimen colectivo, soldado por el parentesco. El imperio todo lo preveía: el tiempo de  inclinarse sobre la tierra para plantar o para cosechar; el momento en que la madre debía llorar y el  hijo debía casarse. El gobierno incluso obligaba al matrimonio y si alguien no hallaba su pareja, oficialmente se le asignaba una mujer,  cuyo instantes de ocio, después de otras labores, se invertía desde niña en hilar y tejer la lana.

Después  de haber creado al inca, Viracocha vino a la tierra para confirmar que sus hijos lo obedecían. Pero no lo reconocieron en la figura de aquel anciano que caminaba apoyándose en un bastón. En un lugar lo apedrearon por creerlo extranjero. Y el dios creador cedió a la furia; echó fuego sobre las rocas. La gente, temiendo morir, suplicó perdón. Viracocha rectificó benignamente. En el Cuzco le erigieron un templo. El dios partió hacia el norte donde se despidió de su pueblo. Y se adentró en el océano Pacífico caminando sobre las aguas.Más tarde, en  1525, apareció el hombre blanco, alineado entre las huestes de Pizarro. Y por los caminos del imperio corrió en los pies de los chasquis una noticia terrible:

-Viracocha ha vuelto.

Empezaba el fin.

“CECILIA VALDÉS”

“CECILIA VALDÉS”

Por Luis Sexto

“Cecilia Valdés o La loma del Ángel”, novela fundacional de la literatura cubana, fue impresa en un taller tipógrafo de New York  donde se tiraba el periódico en español El Espejo. Su autor, Cirilo Villaverde,  a quien nadie osa regatearle el título de fundador de la novelística nacional, posiblemente remató allí la versión definitiva, porque residió habitualmente en los Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, salvo esporádicos viajes y residencias en Cuba.

Villaverde tuvo que exiliarse de la isla en 1849 después de participar en la conspiración de Trinidad y Cienfuegos un año antes. Luego fue secretario del general Narciso López, que por dos veces desembarcó en Cuba con expediciones compuestas por cubanos y norteamericanos. En la última, el caudillo, nacido en Venezuela y propulsor de la anexión de Cuba a la a los estados esclavistas del sur de la Unión norteamericana, fue apresado y ejecutado en garrote en 1851. La esposa de Villaverde, Emilia Casanova, cosió la bandera ideada por López y que desde 1868 –a raíz de la primera guerra por la independencia- es la enseña nacional.

“Cecilia Valdés o La loma del Ángel” pasó la prueba de la crítica y la contradicción.  A pesar de la polémica sobre sus insuficiencias de estructura,  la reducción psicológica  de sus personajes y sus caídas estilísticas, mantuvo en su época y años siguientes el título de libro capital en la literatura de la colonia, y su autor, Cirilo Villaverde, el mérito de ser el abanderado de la literatura cubana.

Ya en nuestros tiempos se discute poco sobre el expediente de “Cecilia Valdés”. Se mencionan, por oficio, los reparos que la limitan, pero  nadie tampoco la eximiría hoy de un catálogo de obras primordiales de las letras cubanas. Quizás todavía algunos estudiosos difieran al ubicarla en las casillas de tendencias o métodos creativos: unos creen que es novela realista; otros, en cambio que es expresión del costumbrismo activo. Pero, en fin, la polémica mantiene vigente la relevancia  de “Cecilia Valdés” y abona el crédito de esta obra cuya versión definitiva fue publicada en 1882. 

No extraña, pues, a 126 años de su publicación, y a 194 del nacimiento de su creador, que este lienzo de la sociedad colonial  en el siglo XIX  sea pieza que se estudie en las escuelas y las universidades cubanas, y reciba favores de críticos y estudiosos que, puestos a elegir, le conceden el número uno en la preeminencia de la literatura anterior al siglo XX. Pasó, sea dicho de paso, en 1948 cuando La Revista Cubana, editada por la dirección de Cultura, del Ministerio de Educación, publicó los resultados de una encuesta concebida y aplicada por el historiador César Rodríguez Expósito.

La indagación se dirigía a establecer, en opinión de los principales intelectuales de esos años, los 20 mejores libros  de la época colonial y los 20 de los años republicanos.  Cecilia Valdés” mereció el primer lugar sin pariguales en el siglo XIX.  La siguieron “La Historia de la esclavitud”, de José Antonio Saco, y “Poesías”, de José María Heredia, que recibieron igual número de votos en el segundo lugar. Colmaron la lista, entre otras, obras de José Martí, Luz y Caballero, Félix Varela, la Avellaneda, Francisco de Arango y Parreño, Felipe Poey, Balchiller y Morales, Álvaro Reinoso,  Manuel Sanguily,   Manuel de la Cruz.

Una encuesta similar respondida hoy,  tal vez modifique el orden de ciertas obras, o elimine algunas e introduzca otras. Lo que parece indiscutible es que “Cecilia Valdés” seguirá ocupando un lugar fundacional en la novelística cubana.  Aun en los años siguientes a su publicación en 1882, ni los sus más ardientes cuestionadores se negaron a reconocerle el título de la mejor novela cubana hasta ese momento.  Y si algún crítico destapaba una llaga, otro, de igual o más valía, le aplicaba la opinión contraria.  Martín Morúa Delgado, por ejemplo,  sostenía que los personajes de “Cecilia Valdés” habían surgidos para andar solos, porque juntos, vistos en plano general, anulaban  “el efecto del rico argumento de la obra: la fotografía social del pueblo cubano en la generación de 1812 a 1831”, pero al final  advertía que no obstante todo lo dicho negativamente en su análisis, no podía quitarle el puesto entre las mejores novelas cubanas.

Enrique José Varona, en cambio,  emitía un juicio entusiasta y totalizador: “Cecilia Valdés es la historia social de Cuba”. Líneas antes había escrito que era “evocación maravillosa (...), exteriorización palpitante de la vida íntima de un grupo humano”. 

Villaverde había vivido parte de cuanto narró.  Nacido en 1812 en el ingenio Santiago, próximo a San Diego de Núñez, poblado de la costa norte de la provincia de Pinar del Río, a unos 10 kilómetros de Bahía Honda, se atrevió a reflejar su contemporaneidad en la primera versión de “Cecilia Valdés, publicada en 1839.  Si Villaverde más tarde no hubiera acometido la reescritura definitiva, quizás la novela habría pasado como un intento costumbrista más en la etapa en que la narrativa cubana empezaba a exigir personalidad literaria. Hubiera carecido de trascendencia. Entre 1839 y 1879, año este en el que concluye la obra, Villaverde enriqueció su óptica de escritor con los afanes del revolucionario. Y ello le propició, en su propósito de ampliar y corregir, un reflejo crítico, vivo, de una sociedad contra cuyos estigmas y episodios primordiales él mismo peleaba.

Algunos de sus críticos más pugnaces tuvieron razón al reprochar a la novela defectos de estructura, de personajes y de estilo.  Villaverde escribió sobre una herencia literaria muy endeble, incluso  su formación romántica. Sin embargo, la calidad de la novela salta por encima de las deficiencias personales y de época. Apareció, tal quería Stendhal, como un espejo.  El espejo de la Cuba vieja que debía extinguirse para empezar a observar los nuevos perfiles iniciados con la guerra independentista de 1868.

“Cecilia Valdés o La loma del Ángel” fue, desde la literatura, la legitimación ideológica e histórica de la revolución que ya José Martí predicaba y que irrumpió en 1895, un año después de la muerte de Villaverde en Nueva York.   

EL MILAGRO DE LAS MANOS

EL MILAGRO DE LAS MANOS

Por Luis Sexto

La alfarería convirtió al hombre en creador, en señor de las formas, mediante un ritual único basado en el movimiento solitario y concentrado de las manos. De una costilla de barro va el artífice sacando el cuello y las caderas de un ánfora. Lo veo ahora, en el taller de Rigoberto Gómez Sulimán, ámbito bíblico donde  él experimenta con la vida. Como un doble de Dios.

El paisaje se asemeja a aquel primer amanecer humano: la naturaleza lo ocupa todo. Palmas y otros árboles tupen en entorno, y cerca un riacho, afluente del Jaimanitas. Hay olor a leña ardiendo. Olor que convoca  irrefrenables nostalgias. Olor de lo remoto. Olor de abuelo. Estamos en El Cano. En un área donde junto con el cultivo de la tierra se cultivan los caprichos de Sulimán, apellido árabe que puede ser también apelativo de un mago. Porque Rigoberto también lo es. Sulimán el mago. Del sombrero imponderable de sus manos surgen las figuras de arcilla, cuyas vetas amarillentas comparten el espacio con el boniato o el maíz de la finca paterna.

DESDE LA SEMILLA

He venido al predio de Sulimán, porque él es también el guía, el líder de una tropa de alfareros que hoy rescatan los valores tradicionales de El Cano, barrio de atmósfera rural del municipio de La Lisa, que en 1879 fue ayuntamiento y la república de 1902 disminuyó adscribiéndolo a Marianao. Desde su fundación, por un propietario de ese apellido, y también antes, la alfarería empezó a distinguir al poblado. La fabricación azucarera la engendró, cuando varios ingenios sustituyeron a la crianza de ganado menor como principal actividad económica de esa zona del suroeste de la capital. Entonces la purga del azúcar necesitaba miles de hormas de barro. Se levantaron los tejares. Y canarios, mallorquines y andaluces que poblaban el asentamiento, acumularon en las manos la sabiduría de sus ancestros regionales.

En el siglo XIX, el azúcar dejó de producirse en aquellos terrenos llanos y secos. Pero el barro quedó como materia prima con la cual el pueblo amasó su sostén y delineó su distintivo cultural. A la entrada del liceo recreativo, a un costado de la iglesia, tan vieja como el poblado, dos tinajones profundos y anchos como una cueva -donde cualquier Diógenes podría vivir- muestran en el lomo las letras ambiciosas, casi con alas, de épocas pasadas, que confirman la antigüedad de la alfarería de El Cano. Sobre todo la fecha: 1854, año en el que fueron torneados y quemados estos recipientes cuya forma y tamaño se emparientan con los de Camagüey.

EL CALOR DE LOS HORNOS

En una tienda conocida comúnmente como La bodega de los tejaleros, se reunían los artesanos. Tal vez para beber un trago en la tarde. O comprar los alimentos de la jornada o de la semana. Un día de 1945 idearon dedicar una fiesta al oficio, al don milagroso que les permitía mantener a los hijos y les daba identidad comunitaria. Una verbena, una romería, una feria, cualquier acto que mezclara lo festivo, lo religioso y lo laboral. La primera encendió sus bullicios y devociones el primero de septiembre del mismo año. Todavía se celebra. Es una de las tareas del proyecto cultural que integran los alfareros del pueblo y dirige Sulimán.Hace una década, la alfarería de El Cano  olió la extinción en las restricciones de transporte, combustible, electricidad del período especial. Los principales talleres estatales clausuraron su ambiente rojizo y húmedo. Parecía que el pueblo iba a perder la ocupación que las manos de decenas de generaciones habían conservado  por más de dos siglos.  Alrededor del pueblo existen fábricas de gases industriales, de impermeabilizantes, de armaduras de espejuelos, un centro apícola, otras fuentes de trabajo. Pero en El Cano se afirma, como en un juego que es muy serio, que la alfarería será una ciencia, será un arte, para ellos, sin embargo, es una enfermedad incurable. La trasmiten incluso en las escuelas. Y la actividad particular mantuvo vigente el fundacional oficio. Retornaron a las raíces. Leña por electricidad. Unos 40 talleres, con 120 alfareros, continúan amasando, torneando, horneando, el barro. Ahora, también, hay dos talleres estatales.

Aquellos, que mayormente se dedican a la alfarería rústica, utilitaria, fieles a las formas inventadas por los fundadores en el siglo XVIII, no desean que se les conceptúe genéricamente como trabajadores por cuenta propia. Al menos, que se les aplique un enfoque especial. Las características laborales del alfarero no se parecen a las del que moldea, fríe y vende croquetas. Ellos comen del barro. Pero el barro condiciona una organización laboral que exige, incluso la participación familiar. En el taller el que tornea no puede también depurar y amasar la arcilla y además quemarla. Por añadidura, el barro les ha modelado dentro una sensibilidad, un gusto, que trasciende la venta de los jarrones, las macetas, los ceniceros reproducidos en el patio de la casa, a cuya entrada se acumulan, como vista típica,  maderas y palos inservibles para abastecer de calor a sus hornos.

EL ALMA EN LA PIEZA

Según memorias y apuntes, la alfarería artística de El Cano tiene un antecedente en Francisco el Mallorquín. Hacia 1935, este artesano comenzó a embellecer la elaboración tradicional de porrones, tinajas, ollas, freideras, con piezas de vuelo ornamental. Hoy, entre otros, Jorge Gómez Sulimán eligió despegar, sobreponerse a las urgencias puramente utilitarias y añadir al barro alma, imaginación, emotividad. Había iniciado el contacto con la alfarería a principios de la década de los 90, después de nueve años como experto en sistemas eléctricos. De pronto, como les ocurrió a muchos en esos días, su trabajo perdió objeto y recursos. Fue en el taller de uno de sus hermanos donde aprendió los secretos de la arcilla: a mezclar los diversos tipos para conseguir plasticidad y resistencia a las altas temperaturas. Ese ámbito primitivo y contemporáneo a la vez, maquinal y creador, lo cautivó. Aprendió a tornear con el maestro Alexander Maruri. Pero no perseveró en lo funcional. Le exigió más a sus manos. “Descubrí el esmalte, y me volví loco. Me di cuenta de que me permitía expresar más, pero yo quería que fuera a partir de lo tradicional.”  Y las tentaciones lo inquietaron. Torneó un porrón para agua, le abrió una ventana en uno de los costados, y dentro levantó un patio colonial... 

Ante sus manos milagrosas se extienden las planicies del universo sin límites de la cerámica, que es el uso de la arcilla con pasión e imaginación. Cuenta 40 años. Qué habría hecho si viviera los 92 de Juan Tello, el más viejo de los alfareros de El Cano. “La alfarería es interminable. El barro es sorprendente.” Pasa sus manos por la masa, va torneando, y de pronto todo se vuelve un revoltijo. Perdió el creador concentración, o imprimió al torno más velocidad. La alfarería es eso: velocidad petrificada y domeñada por las manos. Pero aún en el fracaso, uno ve líneas artísticas en el barro. Y es lo natural. A ningún dios la obra le sale mal.

LAS PARRANDAS DE REMEDIOS

LAS PARRANDAS DE REMEDIOS

Por Luis Sexto 

Una manifestación de cultura comunitaria 

El diablo se apareció en San Juan de los Remedios en siglo XVII, para recomendarles a los vecinos que se mudaran hacia las tierras de un hato próximo cuyo propietario era el párroco de esa localidad, octava villa fundada en Cuba por los colonizadores, entre ellos Vasco Porcayo de Figueroa. De esa pelea entre las tropas infernales y los remedianos, de la cual dio cuenta el sabio don Fernando Ortiz, resultó la fundación de la actual ciudad de Santa Clara.

Quizás el demonio pudo sentirse satisfecho y nunca más aparecer en el apacible poblado. Pero ante la existencia y persistencia de las parrandas, se pone en duda tal aseveración, porque el diablo parece haberse quedado nutriendo con sus ardores tales fiestas populares sobradas de música, fuego e imaginación, cada 24 de diciembre.  Surgidas en los primeros años del XIX, las parrandas componen parte de la cultura original de Remedios, declarado monumento nacional en 1980. Trabajos de plaza que remedan desde el Empire State hasta la Torre Eiffel, y carrozas con sus coristas, más faroles vistosamente construidos, polkas, rumbas, color, se conciertan en una noche que concluye con el sol del día siguiente.

Los barios de San Salvador, simbolizado por un gallo, y El Carmen, por un gavilán, compiten en ingenio y fantasía al diseñar la arquitectura de los objetos en exhibición. Y también en la capacidad de hacer ruido. Porque un duelo a base de pirotecnia –voladores y fuegos ratifícales- sacude al más amodorrado. Al final no existen ganadores. Ha ganado el pueblo. Su convivencia.

Hay que añadir que al principio fue el ruido, y el ruido brotaba al amanecer. Porque como eran remolones los habitantes de San Juan de los Remedios para acudir a las llamadas misas de aguinaldo, entre el 16 y el 24 de diciembre,  un cura astuto habilitó a los niños de cuanto instrumento lograra despertar a fieles tan poco devotos. El ruido , con los años, pasó a ser patrimonio general y se establecieron competencias entre vecinos con el fin de precisar quiénes era los más atronadores. Al parecer, la sensibilidad auditiva de los remedianos convirtió alguna porción del ruido en música. Y surgieron las parrandas cuya influencia ha tocado a muchos pueblos del norte de la provincia de Villa Clara. En Camajuaní, Caibarién, General Carrillo, Vueltas,  se repiten esas fiestas cuyo autor y participante es el pueblo mismo.

Remedios mantiene su fisonomía colonial. Entra el visitante en la villa, y lo envuelve una atmósfera antañona. Admirable es el interior de la iglesia parroquial mayor donde se conservan los altares barrocos laminados en oro y una imagen de la Virgen María –dicen que única en el mundo- con el vientre abultado por su gestación sagrada. Remedios, que recibió el título de ciudad en 1874, tuvo en 1513 sus primeras casas. Pero solo fue reconocida como villa por el Rey de España en 1545. Por ello no está entre las primeras siete que se fundaron en Cuba. No obstante,  siendo la octava, se distingue entre aquellas que continúan apegadas a su pasado fundacional  y defienden su fidelidad a la tradición.