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PATRIA Y HUMANIDAD

Cultura

UN POEMA AL CHE ESCRITO POR UN MONJE

UN POEMA AL CHE ESCRITO POR UN MONJE

Por Luis Sexto

Una antología de poemas dedicados a Ernesto Che Guevara, dos años después de su asesinato en La Higuera, Bolivia, el 8 de octubre de 1967, recoge un poema aparentemente insólito: el del monje trapense norteamericano Thomas Merton. Insólito en apariencias, porque este contemplativo, hombre de perenne soledad, además de ser un maestro de la paz interior, un místico moderno, se había especializado durante su vida monacal en la prédica y la práctica de la convivencia de los opuestos o lo disímil.

Nada es sorprendente en Merton. Quizás por su hábito de sorprender, de obrar a contrapelo del canon predominante en un catolicismo rígido, iracundo, intolerante, fue capaz de estudiar el budismo zen con el propósito ecuménico de acercar al Oriente y el Occidente en lo religioso. Murió electrocutado en 1968 al encender un ventilador en un hotel de Bangkok mientras esperaba entrevistarse con el Dalai Lama. Uno se pregunta cómo hubiera sonado ese diálogo entre dos silenciosos. Tal vez habría hablado solo el corazón… Por tanto, no puede este monje asombrar al componer un poema donde con un tropo tierno, suave –“Niño de la música lejana”- rebautiza y define a un revolucionario cuya táctica para convertir a los pobres en ciudadanos redimidos consistía en la guerra de guerrillas. En este poema habla claramente el corazón.

Como creyente, Merton tuvo vínculos con Cuba. En 1940, antes de su ingreso en el monasterio trapense de Nuestra Señora de Getsemany, en Louisville, Kentucky, visitó el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre –Patrona de Cuba- cerca de Santiago de Cuba, ante cuya imagen llegó para suplicar a Dios la gracia de ser aceptado como aspirante al sacerdocio. En su autobiografía, La montaña de los siete círculos -un best seller en 1948 y años siguientes- cuenta su recorrido por la “Isla luminosa”. Visita, además de Santiago, a las ciudades de La Habana, Matanzas, y Camagüey, donde empezó a leer bajo una palma real el texto en español de la autobiografía de Santa Teresa.

Después, como uno de los escritores católicos más leído y acatado del siglo XX, Merton sostuvo correspondencia epistolar con escritores cubanos, entre ellos el poeta y ensayista Cintio Vitier. En Semillas de destrucción reproduce su respuesta “a un poeta cubano”. Le pide, extendiendo el deseo a otros amigo del destinatario, que le envíen poemas nuevos. “Ha llegado el momento –asegura- en que la publicación de poemas ha de ser como esas pálidas y ligeras semillas que vuelan por la corriente de la brisa del bosque, a través de las sombras azules, y caen en la hierba donde decreta Dios. Estoy convencido de que ya estamos en el tiempo en que la palabra impresa no se lee, pero el papel que se pasa de mano en mano se lee con avidez.”

El poema al Che Guevara lo une de modo definitivo a Cuba. Su condición de monje de clausura, silencioso, distante, apartado, nunca le impidió un análisis amoroso de los conflictos del mundo. Es quizás esa serena y tolerante mirada, el fundamento de la certeza con la cual juzgó a hombres y acontecimientos. En estos versos, el Che se transforma en una especie de ángel de la vida, sin estridencias ni arengas. 

LETTERS TO CHE:CANTO BILINGÜE

Te escribo cartas, Che,

En la sazón de lluvias

Envenenadas.

They came without facesFound you with eyeless rays

The tin grasshoppersWith five-cornered magic

Wanting to feed you

To the man-eating computer

Te escribo cartas , Guerrero,

Vestido de hojas y lunas

But you won and became

The rarest jungle tree

A lost leopard

Out of metal’s way

Te escribo cartas
Hermano invisible

Gato de la noche lejana

Cat of far nights

Whisper of a Bolivian kettle

Cry

Of an Inca hill

Te escribo cartas,

NiñoDe la música callada.
 

(Tomado de poemas al Che, Ed. Instituto del Libro, la Habana, Cuba, 1969)  

VALOR POÉTICO DEL PAISAJE CUBANO

VALOR POÉTICO DEL PAISAJE CUBANO

Por Luis Sexto

El paisaje natural fue uno de los ingredientes primordiales de la poesía cubana hasta el siglo XIX. Cintio Vitier reveló a la apreciación crítica que Cuba poseía una naturaleza paradisíaca que conmovió a los fundadores y posteriormente a los continuadores decimonónicos del movimiento poético cubano.

Tal rasgo arcádico e imantado del paisaje no se le escondió a Ramón de Palma, quien hace siglo y medio aproximadamente, al teorizar sobre  los Cantares de Cuba, aseveró que para sentir la inspiración de esa especie de poesía popular era “menester contemplar el cielo estrellado de los trópicos en la solemne inmensidad de las sabanas, o ver los rayos de la luna platear las anchas  hojas de los plátanos o quebrarse en las pencas de los palmares”.

Quizás por esa capacidad de atracción que seduce sin destruir y deslumbra sin cegar, el sentimiento de lo nacional fue primigeniamente condicionado por el entorno natural y manifestó sus primeros acuses  de existencia en la poesía, lenguaje predilecto de la emoción.  Espejo de paciencia, poema de Silvestre de Balboa, escrito en 1608 en dos cantos y 145 octavas reales, está preñado de referencias al paisaje cubano; a pesar del molde clásico de su forma, le correspondió  anunciar  los tanteos de la criolleidad poética, los lances formadores de lo cubano en la  literatura.  El poema no trasciende por su intrínseca propiedad estética, pero expresa la incipiente asimilación , la lenta interiorización de la naturaleza y la sociedad en la conciencia social de la Isla. Y vale y perdura como acta del descubrimiento cultural del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Porque  en su lenguaje, donde prevalece el transoceánico sonido y la imagen leal a lo hispano, aparecen voces netamente cubanas como macagua, nombre de un árbol, y biajaca, de un pez de agua dulce, y maruga, de un sonajero, y siguapa, de una ave nocturna.

Los poetas, pues, tuvieron los sensores suficientemente aguzados para reparar en el medio donde residían. Suele ser común que uno no vea los árboles cuando se halla inmerso en el bosque, o no valore la belleza que disfruta todos los días.

Ahora bien, resulta una experiencia compensadora revisar las impresiones de los visitantes extranjeros sobre el paisaje de Cuba. Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó nuestro país cuatro veces. En cierta página de su diario de viaje estampó esta observación:  “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, que vistas de lejos parecen formar grandes bosques y selvas y que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.”  Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...” Abiel Abbot, un religioso norteamericano, describía entusiasta: “Las vueltas que da este río son frecuentes y presentan los más diversos panoramas; unas veces las márgenes se curvan y forman un anfiteatro o ese encañonan dando lugar a ondulaciones y hondonadas bellísimas, tal como si una mano artística lo hubiera hecho.”

Podríamos citar centenares de citas emparentadas en tono y contenido. Pero hay que recordar que, desde 1493 hasta 1949,  sobre Cuba se escribieron, general o parcialmente, unos 631 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950.  Se conocen por ediciones recientes, entre otras obras, las cartas de Abbot, las de Fredrica Bremer, y las notas de Walter Goodman, Jacinto Salas, La Condesa de Merlín y las de John G. Wurdemann.

Este último puede servir de testigo referencial. Porque en su libro no solo se aprecian las observaciones favorables a la naturaleza arcádica de Cuba, sino que la defiende de ciertos ataques conocidos en su época  en Inglaterra. Wurdemann aduce en su apasionada apología un dato que  ha estimulado a investigar a escritores y periodistas como  Luis Espino, de Matanzas, y a quien esto escribe. En el cafetal de San Patricio, en la comarca matancera de Limonar, la poetisa que se ocultaba bajo el seudónimo de María de Occidente escribió, según Wurdemann,  el “más imaginativo de los poemas ingleses, Zophiel”.  Un crítico, compatriota de la autora, dudaba de que tal obra hubiera podido escribirse en una plantación cafetalera cubana.

Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes que la poetisa creó. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.”

Este juicio nos permite entrar en las modificaciones que la economía impuso al paisaje natural, y hacer notar que, en ese sentido, hubo una rivalidad entre café y caña de azúcar. Será, sin embargo, en otra crónica.

 

¿QUIÉN SE LO DICE A SARAMAGO?

¿QUIÉN SE LO DICE A SARAMAGO?

Por Luis Sexto

Ciertas personas no leen, sino releen. La observación pertenece a una de las crónicas de Gabriel García Márquez –hechas de sus vivencias y sentencias. Y el novelista cubano José Soler Puig lo corroboró cuando, mientras lo entrevistaba en 1988, me advirtió: -No me preguntes qué estoy leyendo; ya solo releo.

No le pregunté qué releía. Ni tampoco sobre qué estaba escribiendo. Habitualmente los escritores escriben. Dudo de que tengan algún período seco, o asuman un cíclico “tiempo muerto”. Escriben aunque después quemen, trituren o borren. Porque escribir sin haber despejado previamente la ruta, la esencia, la raíz, el itinerario y el fin del discurso, equivale a tirar el anzuelo en aguas contaminadas donde no suelen coletear peces, salvo algún sábalo, especie que asoma la nariz por entre la nata pestífera para pedir oxígeno. Y un sábalo podría ser una frase afortunada, o una idea luminiscente, que tiente, como carnada, la revelación del tema oculto bajo una momentánea sequedad del intelecto.

Alguien pedía -¿Hemingway?- que la inspiración lo alcanzara trabajando; esto es, echando el anzuelo.Pero el problema sería saber por qué uno relee y qué relee. ¿O primeramente habrá que elucidar por qué uno lee esto y no aquello, y relee aquello y no esto? La relectura se desprende de la lectura. Hoy, a pesar de que los secretos de la intimidad  humana flotan en los gases cibernéticos, me parece que los pronósticos sobre asuntos tan personales yerran con más frecuencia que antes. Algunos juglares catastrofistas vocean: Ya nadie lee cuentos. O solo novelas de 300 páginas. La poesía tampoco se vende... Y sin embargo, las editoriales, las más sólidas, prosiguen publicando cuentos y poesía, y novelas breves. Y la crítica se entretiene en comentar y promover estos libros, según muestran las páginas cristalinas de la net.  

También publican lo inservible. Lo de poco rigor, aunque de mayor lubricidad. Mas el mercado y la moda son falibles consejeros en estos enigmas de la cultura. Recientemente un estudiante de periodismo me confesaba su frustración cuando, al leer sus cuentos de índole realista en un taller literario, la réplica negativa del auditorio se abroqueló en un superficial “ya no se escribe así”, porque estamos en la postmodernidad. Y lo que se estila, de acuerdo con tal concepto, consiste en lustrosos párrafos vacíos de emoción, y carentes de enjundia humana, con el uso del sexo como espectáculo... No se trata de contar una historia; más bien de abolirla. ¿Y quién le sugiere a Saramago que como él escribe, actualmente no se escribe?  

Tampoco se trata de invalidar las formas y los preceptos literarios postmodernos. Inquieta, en cambio, que los danzarines de la nueva estética pretendan levantar una carpa gigantesca donde solo se cobijen ellos excluyendo la diversidad de autores y líneas. Porque, al cabo, hay multiplicidad de lectores. Por ello ciertos lectores releen; prefieren lo conocido aceptable al albur de lo ignoto o dudoso. Y si segundas partes nunca son buenas, las relecturas son, por el contrario, comúnmente útiles; suelen bojear, descubrir los entrantes y salientes que no miró el develamiento asombrado, o prejuiciado, de la primera vez. Unamuno, a quien al principio de sus jornadas ensayísticas le reprochaban el estilo distinto, trabajado, creativo, no cedió a las demandas de los facilistas. Continuó escribiendo como sabía y quería confiando, al igual que Sthendal con El rojo y el negro, en ganarse el derecho a la relectura.

Un año antes que a Soler Puig, le pregunté a Carilda Oliver Labra, tan carismática y célebre entonces como ahora, por el título que leía en esos momentos. Un entrevistador no tiene otra opción que acudir a ese tópico como al de cuándo y dónde nació. Los libros que lee también definen a un entrevistado. Y ella contestó:

-A Einstein y los físicos modernos.           

Luis Sexto presentó en Cienfuegos su poemario Con luz en la ventana

Luis Sexto presentó en Cienfuegos su poemario Con luz en la ventana

Por Aymara Cáceres Abreu / Foto: Justo

 Al estilo borgiano de concebir un poema como ensayo de magia, en ese acto de dar cosas que fueron suyas, Luis Sexto entregó a Cienfuegos la primicia de su segundo poemario Con luz en la ventana.Con luz en la Ventana, a cargo de la Editorial Pablo de la Torriente Brau, es fruto de la recopilación de 50 poemas escritos por Sexto que apuntan a la vida misma, en una especie de aventura intelectual en la cual -según Omar George, presentador del poemario- admite descubrir al periodista no olvidado, pero sí oculto en su oficio de poeta.La sensibilidad humana, avivada y expresada en condiciones extremas, recorre el poemario, cuya intención, a pesar del desgarre humano que subyace en él, procura ser un canto al sentimiento y a la alegría de vivir.Predicador y amante de la palabra sin el estrépito, pero con la ternura goteándole dentro, se nos revela el periodista con aciertos de poeta, aquel que haciendo uso del recurso tropológico califica de insólito desgarro, de mordida sobre la nada la búsqueda de una poética, que a todas luces desmiente el abandono de Polimnia y logra la atención de un conocedor raigal de la poesía, como Cintio Vitier.Trajo a Cienfuegos, además de su poemario, la dádiva de maestro, y en ese diálogo entre talento y oficio sale airoso, porque en él hay algo más: una vida latiendo por y para el ejercicio periodístico. Antonio Enrique, quien fuera su alumno, me decía: es uno de los últimos románticos del periodismo en Cuba.Con una humildad profesada sin artificios lega como viejo sabueso del oficio - a aquellos que empezamos y a los que ya han recorrido un buen trecho en su ejercicio- la maña de mojarse los pies para buscar el hecho y tapizarlo con el pronóstico, la interpretación, la oportuna precisión.Algunos tuvieron la desdicha, como dice él jocosamente, de contarlo entre sus maestros, otros lo conocimos mediante las páginas escritas, que es el mejor modo de conocerlo. No es afán alabador ni intento de pulir el brillo de su calzado. Su advertencia habla por sí sola. Es la expresión agradecida de un auditorio que disfrutó, aprendió y aprehendió sus enseñanzas. Sus lecciones evocaron al profesor no olvidado que tuvimos todos alguna vez, porque dejó huellas perdurables en nuestro crecimiento como seres humanos y como profesionales. Es de esos hombres que nos ayudan a ver la vida diferente, a entrelazar los acontecimientos, a encontrar en la búsqueda, el hallazgo de la sabiduría.Intuitivo, con una gracia amasada en su ascendencia española que cuajó simiente en estas tierras, no dicta máximas en el conocimiento que transmite a sus alumnos. Lo apreciamos como pez en el agua al dominar una profesión que califica como oficio de las manos, dictadas por el cerebro, pero con la adhesión del corazón. Asiente conocerla hoy un poco mejor que ayer, aunque no la asume como práctica ceñida, sino abierta al sol y las estrellas.Nos habló del periodismo literario, sus estilos, del tono y el punto de vista espacial. Nos habló de lo humano y lo divino. Floreció la anécdota, entre ellas sus grandes hallazgos como periodista, pero también sus descalabros, aquellos que un día lo hicieron dormir mal, y que hoy, cuando el tiempo ha hecho lo suyo, el prisma aliviador de la risa los devuelve. Mas, no dio recetas, pero no olvidó el signo de su tiempo. Alentó la aptitud, siempre que la secunde el esfuerzo y la constancia.Propició como lector voraz que el hálito de Carpentier, Raúl Roa, Onelio, Jorge Luis Borges y el gran Kapuscinski estuviese entre nosotros cada mañana, para arrojar luz y motivar la indagación que sedimenta la cultura.Vindica con su obra el periodismo cubano, lo asume como categoría artística y no como un cuento de caminos para con su estilo natural, ese al que nos convoca en la práctica de todos los días frente al ordenador o la primigenia agenda, develar su alma, esa que no está precisamente en sus zapatos.

(Fuente: 5 de Septiembre) 

LA PRESENTE AUSENCIA DE HEMINGWAY

LA PRESENTE AUSENCIA DE  HEMINGWAY Por Luis Sexto

La estatuaria vivencial del escultor  José Villa  ha puesto a Ernest Hemingway como antes: acodado sobre la barra del Floridita, en su rincón predilecto, en pose de echarse hacia delante y oír cordial y socarronamente -a la cubana- a cualquier parroquiano que le haga compañía. El gran trágico de la contemporaneidad prefería beber su daiquiri en el Floridita y su mojito en la Bodeguita del Medio. Admitía así que se había suscrito a ambos tragos de la alquimia alcohólica cubana y a esos dos restaurantes entonces y todavía célebres en La Habana. Puede parecer que el escritor, que había asegurado en Adios a las armas que no existía nada más placentero que un trago de güisqui, estuviera haciendo algo más que una elección gustativa al preferir las bebidas criollas.Digámoslo de un golpe: estaba confesando una inclinación, un afecto, por esta isla a la cual mencionó por primera vez en  1933, en un artículo publicado en Esquire y que se tituló Marlin Off the Morro: A Cuban Letter.  No asombra que la Isla, verde y frutal, y su mar candente aparecieran en una colaboración periodística por la cual Hemingway ganó 250 dólares. Admira, sobre todo –como ha afirmado Mary Cruz, una de las estudiosas de la obra del autor de Verano sangriento-, que el paisaje, los detalles típicos de La Habana como el Morro, el caserío portuario de Casablanca, trasciendan su naturaleza de “postal turística”, usual en cualquier visión extranjera, y sean descritos con la emotividad del que no solo ve las cosas sino que está dentro de ellas.

Son varias las obras de Hemingway donde aparecen Cuba y su gente. Aparte de los reportajes,  en Tener o no tener, El viejo y el mar e Islas en el Golfo hay una imbricación cubana que reconoce que Cuba fue algo más que un escenario para un escritor cuya estética primordial, desde su aprendizaje en el Kansas City Star, le exigía encarar y reflejar la vida con una autenticidad sin fisuras.  Es decir, con pasión. En El gran río azul, Hemingway confiesa algunas de las razones por las cuales radica en Cuba. Al leerlas, uno sabe que subyace algo más profundo que la simple sensación del confort y el paisaje. Pero lo calla:

“Muchos le preguntan a uno por qué vive en Cuba; les contesta simplemente que le agrada vivir allí. Es difícil explicar la fresca brisa matinal que sopla incluso en los días más calurosos de estío sobre las colinas que rodean a La Habana. No es necesario explicar la posibilidad que se nos ofrece de criar gallos de pelea, adiestrarlos y participar en competiciones dondequiera que se organicen, por tratarse de un asunto lícito. Es una de las razones de vivir en aquella isla.(...) Pero hay muchas más cosas que uno no dice; (...) entonces uno les explica  que la principal razón de vivir en Cuba es el Gran Río Azul, de tres cuartos a una milla de profundidad y de sesenta a ochenta millas de ancho; desde la finca y a través de un hermoso paisaje, se tardan cuarenta y cinco minutos en llegar a él, donde hay la mejor y más abundante pesca que uno ha visto en su vida.”  Cuentan ciertas crónicas noticiosas que en uno de sus regresos a Cuba, meses antes de su muerte, Hemingway besó la bandera cubana al desembarcar en el aeropuerto José Martí. Un fotógrafo quiso que repitiera el gesto para poder congelarlo en la emulsión de su película, y  Papa se negó.  Su acto había sido sincero y no admitía la escenificación publicitaria o periodística. Sin embargo, uno de los reportajes de la entonces naciente televisión cubana lo conserva respondiendo preguntas, luego de haber merecido el premio Nobel.  Entre otras aspectos, Papa Hemingway, el que bebe su daiquirí en el Floridita y su mojito en La Bodeguita, el que reside en una colina casi al sur de la bahía de La Habana, asevera, como en una definición hecha para siempre: “Soy un cubano sato.” ¿Qué es ser un cubano sato?  Debe uno adentrarse en el espíritu de la lengua, en los laberintos expresivos del pueblo, para averiguar un sentido cuya profundidad no recogen los diccionarios.  Sato es una raza de perros, pequeños, de pelo fino y cuyas hembras son muy lascivas, extremosas, abiertas con el sexo opuesto. Y por extensión cubano sato es ser eso: abierto, democrático, mezclado. Esto es, la más certera definición del carácter del cubano medio.Quiso el escritor ser asumido -según puede colegirse- como un compatriota por los cubanos. Al menos en esa época los medios culturales lo estimaban como un escritor cercano. Y la revista Bohemia dedicó un número a reproducir la traducción de El viejo y el mar, vertida al español por Lino Novás Calvo, autor de una novela ejemplar entre las novelas cubanas: Pedro Blanco el negrero. El binomio Hemingway-Cuba se somete ahora a la discusión. He vuelto a pensar en ello. Y no creo que los cubanos sientan como un valor permanente y propio al autor de Por quién doblan las campanas. Es cierto que su casa de Finca Vigía la remozan actualmente para agregarle más resistencia ante los agravios del mar cercano, y que su habitación en el hotel Ambos Mundos y su rincón predilecto en la ensenada de Cojímar, se mantienen como si Papa estuviera a punto de llegar para una de sus estancias definitivas. En la conservación de la presencia petrificada de  Hemingway persiste el respeto, la unción, la convicción, que la libran de la profana apropiación turística, aunque los tours la ofrezcan como una insoslayable opción. Pero todo ese caudal se compone de valores tangibles, objetos materiales que cada año van decolorándose, difuminándose en la memoria y la atención general. Parece inevitable admitir que pocos de los cubanos de hoy sienten al autor de El viejo y el mar como un patrimonio espiritual, o como una herencia literaria. Comparativamente, cuarenta y cinco años después de su deceso, el haber favorece a Hemingway: su obra literaria preserva las amorosas impresiones acumuladas por el escritor durante veinte años de residencia en la isla más fascinante del Golfo. Pero, desde dentro, eso es ya “cosa vieja”, “glorias pasadas” en las que solo algunos aún meditan. Porque la mayoría de los que podrían asistir en peregrinación a la barra del Floridita, allí donde un Papa de bronce bebe un daiquiri interminable, son también sombras, incluso algo menos. Y no eran muchos. Amigos tuvo pocos en Cuba: algún compañero de juergas habaneras como el periodista Fernando G. Campoamor, insuperable en estilo y precisión, y entretenido acompañante en una cantina. Parece una evidencia común que la fisonomía inconfundible del amigo de toreros y actores de cine desconoció en Cuba la ruta de los círculos literarios y artísticos.Tal vez mi afirmación presuma de muy polémica o heterodoxa. Pero, a mi juicio, Hemingway fue solo un accidente, un destacado accidente, para la generalidad de los cubanos. Aquí convivir con extranjeros relevantes ha sido una gracia cotidiana. Yo mismo puedo contar que en el edificio en que vivo, residió hacia la década de 1940, el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco. Y fui vecino – a unos 200 metros- del poeta salvadoreño Roque Dalton Y trabajé  en la revista Bohemia donde ganaron el sustento del exiliado escritores tan significativos como el dominicano Juan Bosch o el guatemalteco Manuel Galich. Ni la medalla del Nobel, que el escritor, creyéndose en deuda con Cuba, depositó en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, anudó una sentimentalidad perdurable con los cubanos: se pierde entre centenares de ofrendas parecidas, si no en el brillo, en la intención.  Y si ese acto pudo significar un gesto de fraternidad en el imaginario religioso del cubano, ya es solo un dato. O una curiosidad. La cultura y la historia, a pesar de todos los vínculos, nos separan. Hemingway está muerto. Y estatuariamente vivo en Cuba. Hemos de admitirlo. Pero qué frío es el bronce. Qué solo se quedan los muertos.   

LA FIEBRE DEL LIBRO NO MATA

LA FIEBRE DEL LIBRO NO MATA

Por Luis Sexto

Como tantos, me parezco a aquel personaje de Rubén Darío que sufría ante un anaquel de libros deseando poseerlos todos. Y aunque no puedo decir con Rilke que he leído mucho, algunos libros me acompañan desde los 16 años. Por sus títulos puedo precisar los días cruciales de mi existencia.

Leí al Juan Cristóbal a los veinte. Entonces me rebelaba contra una educación familiar inflexible, quietista, desgarradora. Cruz y raya, peso y límite. Y leí Adiós a las armas cuando afrontaba la primera e inevitable frustración de amor. Recuerdo el último párrafo. Terminé la lectura con una punzada en el lado cordial del pecho. Quizás por la intensidad emocional de la novela. O porque al igual que el teniente Henry, me despedía de la mujer amada como si dijera adiós a una estatua.Ambos libros fueron  psicólogos que colaboraron en mi curación, revelándome en el código de las parábolas el modo en el que ellos actuaban en circunstancias semejantes. Nunca he leído por placer. El placer va implícito, soterrado, en la comunión del papel y los ojos. Leo para hacerme hombre. Lectura a lectura. Y con ese empeño elijo mis libros y los conservo en mi biblioteca. Y los manoseo.A mamá le inquietaban aquellos libros que poco a poco iban congregándose en la sala. Polvo. Cucarachas... ¡Hijo! Y le angustiaba mi desaforado apego a la lectura. Sobre todo los domingos, cuando las sesiones comenzaban a la misma hora que los programas infantiles de la Televisión. Temía que yo enloqueciera.¡Mamá! ¡Qué cosas! Ella desconocía que la locura de los libros es un empezar a ser cuerdos. Porque sólo cuando uno está loco así, intenta ordenar lo revuelto. Don Alonso Quijano perdió los frenos leyendo. Y salió a los caminos disfrazado de héroe para vengar insultos, devolver palizas. Y convertir aldeanas en princesas. Ese acto de trocar a Aldonza Lorenzo, apestada con el ajo y el humo de cocina pobre, en una señora de castillo y caballero, me parece la gesta más perdurable de Don Quijote. Con ella reivindicó el ideal. Salvó la magia del sueño. Descabezó diferencias. Porque lo habitual es que no haya  demasiados varones decididos a ser magos. Ni tantas mujeres  dispuestas a mudar de vestidos en la copa de un sombrero.Ya mi biblioteca, subdesarrolladamente doméstica, reclama un inventario discriminador. Pero intuyo que no podré. No me alcanzaría el local de acero que, para preservar la cultura humana de una demolición atómica, recomendó construir el paradójico, incisivo y a veces un tanto ingenuo Giovanni Papini en su Libro negro. Son tantos los que deseo retener. Ni podría seleccionar qué títulos echaría en una mochila, con capacidad para 10 volúmenes, si eligiera vivir en una isla desierta. Mis libros simbolizan momentos, suspiros, que deseo memorizar en el fetiche palpable de un objeto.Pero algo más me lo impide. Cuando veo libros se me extravía la cordura. Me vuelvo ambicioso. Abro los brazos. Los quiero todos. Y un creyón de tristeza me emborrona la cara. Porque entonces lamento que mi dinero no proceda de Las mil y una noches. De todos modos, seguiré leyendo. La fiebre de libros no mata.     

 

LAS VISIONES CRÍTICAS DE UN LIBRO

LAS VISIONES CRÍTICAS DE UN LIBRO Por Jorge Garrido

El Cabo de las mil visiones quizás haya pasado inadvertido a nuestros lectores y críticos.

Es un libro de relatos que mezcla con suma habilidad el testimonio literario, la narrativa y el periodismo que se sumerge ocultamente –gracias al largo oficio del autor– entre un lenguaje presuroso y relampagueante.

Luis Sexto, en su doble condición de escritor y periodista olfateante, ha descubierto una fortuna bien escondida. El tema, sospecho, le quema el pecho todas las noches.

¿Cuáles son los valores de El Cabo de las mil visiones?

El autor ha hallado lo que en literatura y arte se llama mito. Y un mito transmite una atmósfera. La atmósfera es lo que todos los escritores quieren encontrar cuando escriben. Es casi lo que se denomina metafóricamente la musa. Pero es mucho más, quizás más complicado. Es como hallar una luz, repentinamente, al final de un largo túnel oscuro.

Y los mitos traen inevitablemente los misterios.

Descubrir un mito es descubrirlo todo: los personajes, el lenguaje, las leyendas, los secretos, el miedo profundo, la irrealidad.

La trascendencia humana.

Y eso casi nunca aparece. Algunos escritores mueren después de haber escrito hasta diez libros y nunca lo han alcanzado.

Mueren desnudos de su propia poesía.

Hallaron el tema, los valores morales y hasta descubrieron una estética propia. Supieron adueñarse, con el tiempo y el talento, de la técnica. Y hasta del método y el régimen de trabajo.

Pero el mito estaba mucho más profundo de lo que pensaban.

Debe ser muy triste que esto ocurra, especialmente, al final de una vida literaria.

Esta obra ha hallado, como de un plumazo, todo lo que necesita un escritor para hacer un buen libro. El Cabo es el escenario de la acción de este libro y de donde salen despedidos todos los personajes.

¿Qué es el Cabo?

Un paraje insólito. El fin de la Isla.

Después de este sitio, hacia el Occidente de Cuba, en la provincia de Pinar del Río, no hay más que el mar y aquellos barcos silenciosos que bordean inevitablemente a Cuba, en viaje desde Europa rumbo al Golfo de México.

Es un lugar donde nadie quiere ir, y adonde van a esconderse los que no quieren que los vean, o los descubran. Allí solo van los bandidos, los escurridizos, los huraños, los ermitaños, los que huyen de la ley, los ignotos. Siempre fue así desde los tiempos de los piratas.

Y viven también los que nacieron en El Cabo y nunca se fueron. Y quedaron atrapados para siempre. Y no pueden desprenderse de sus misterios, encantos, falacias, secretos y desdichas.

Y vivieron en ese sitio siempre, donde las personas caminan como dando saltitos debido a las piedras inevitables que tropiezan en su marcha corriente.

Estos son los personajes de la obra y ellos son los protagonistas de sus acciones. O los que cuentan cómo otros protagonizaron hechos pavorosos en esta zona.

Nadie sabe cómo Luis Sexto llegó allí. Quizás fue la intuición de que tan lejos había algo deslumbrante. Nadie sabe tampoco cómo pudo viajar una y otra vez, y alojarse entre aquellos montes, convivir con su gente, y recorrer aquella costa muda y solitaria.

¿Qué descubrió?

Una especie de Macondo de la literatura cubana.

Resulta que esas personas que viven en El Cabo tienen mil visiones de leyendas y sucesos que han ido sucediendo en todos los tiempos. Ellos siguen hablando de los piratas como si hubieran desembarcado ayer a esconder sus fortunas y descansar de sus tropelías.

¿Qué hizo Sexto? Los escuchó, los hizo hablar, vibrar, enternecerse, aguarse los ojos, estrujar la mente, fantasear, memorizar, hundirse en sus sentimientos más profundos.

Sexto les extrajo el personaje que cada uno tenía guardado y la leyenda que llevaban encerradas en sus mentes mitológicas. Porque todos los que viven en El Cabo son personajes. Personajes literarios. ¿Si no para que iban a vivir en un sitio como éste, lleno de fantasmas?

Y contaron escenas que queman la piel y revuelven las almas. Una mezcla de miedos, tristeza, anhelos, rencores, remordimiento, hazañas, traiciones, ensueños.

Nadie sabe qué sucedió realmente de tantas historias que esos hombres relatan con la aprensión en los ojos y la piel erguida.

Todo debe haber acontecido, en la realidad, o en la mente de sus habitantes.

El gran trabajo fue hacerlo literatura. Descubrir el tesoro, saber que era un tesoro, y luego fundirlo en oro literario.

Extraer los mitos y las singularidades. Hallar la atmósfera de los acontecimientos. Y convertir a los hombres en personajes vivos, descollantes. Vivos dentro de un libro que es otra cosa bien distinta.

Pero es solo un libro de relatos. Piezas breves, fulminantes, sorpresivas.

Escritas con la maestría de un periodista-editor-poeta-ensayista. Todos juntos. Excelente prosa. Desgarradora, misteriosa. No le sobra nada más que la sombra, y sin ella no sería literatura.

Sexto ha pasado su ya larga vida de periodista y profesor de periodismo tratando de fundir un nuevo estilo. Su gran empeño, quizás su angustia de siempre, ha sido impregnarle, más bien insuflarle, la altura literaria al periodismo corriente. Y ha conseguido un lenguaje, un método, que combina armoniosamente el ensayo literario, la poesía y el periodismo urgente. Un estilo limpio, elegante y al mismo tiempo presuroso, periodístico, crítico, y siempre proponiendo tesis, variantes, ángulos nuevos.

Sin embargo, Luis Sexto tiene un gran reto.

Hacer una novela. Convertir el tesoro que supo hallar en interminables viajes de faena y sacrificio en un gran libro. Pasar del relato a la novela. Porque tiene la novela escrita debajo de aquellos fragmentos de escenas pavorosas y aquellos personajes fantasmales pero vivientes, y entre aquellos escondrijos llenos de misterios.

Quizás El Cabo de San Antonio, un sitio inédito, por el momento, se convierta, repentinamente, en un nuevo paraje de la literatura cubana.

O quizás muera para siempre entre sus misterios insalvables, sin que nadie vuelva a creer que ellos existen verdaderamente

LO CUBANO

Luis Sexto 

El color no es lo cubano.  Entre  otras cosas, es  lo cubano. Nilo Menéndez compuso su canción a “aquellos ojos verdes” y nadie dudaría de que concentró las combinaciones de su música en las pocetas traslúcidas de una mujer de nuestra tierra, porque lo cubano no implica solo la mixtura de negro y blanco en su expresión cromática.

Lo cubano es sobre todo personalidad, ademán, movimiento. Eso: ritmo.

Lo supe andando en buenos pasos que una fotografía retuvo para acusar mi experiencia. El nuestro es un ritmo vertiginoso que se trasunta al caminar, al hablar. En Cuba somos analfabetos en el “paso de tortuga”. Tuve una primera lección sobre las pisadas de una jicotea cuando los trabajadores del aeropuerto de Kingston, en reclamos salariales, obligaban a los aviones en escala a esperar varias  horas bajo el sol, mientras ellos montaban los equipajes de los nuevos pasajeros. Avanzaban, me parece, a diez centímetros por hora.

Entre nosotros los cubanos se interpone un jadeo, una ansiedad de tránsito. La cualidad primordial de nuestros deportistas actúa en la velocidad. Lo aseguran los especialistas. Si hablamos, la lengua se desprende en ráfagas. Y podríamos tal vez preguntarnos si el cubano copia el viento de los ciclones o, en cambio, los huracanes soplan sus palmetazos calcando la velocidad de nuestro andar, de nuestra habla que se come las eses, las primeras sílabas o recorta las últimas, en una prisa que atropella, gesticula y grita hasta en la ternura.

También, por supuesto, el cubano piensa muy rápidamente. Alguien quiso probar la agilidad mental de uno de nosotros, y en los vestidores de un balneario le exigió que improvisara un chiste. Sin manosearlo mucho. El desafiado se inclinó para alzar el guante. Y en el vuelo de unos segundos puso la mano sobre una de las taquillas y dijo: ¿Un chiste? Pues “ta–qui-llá.” Para comprenderlo también se requiere pensar en el espacio de un ultrasonido.

Nuestro ritmo se estiliza en la música. Aun el bolero –lento, denso, hecho para sentir el goteo de los sentimientos- se mueve, se agiliza como si respondiera a una palmada de los bailadores. Han de ser pocos los cubanos que rehúyan el baile. Mas, si lo hicieran por alguna limitación física o psíquica, se moverían por dentro en un balanceo desaforado de su intimidad. Cuba baila desde los aborígenes. Y tanto bailaban nuestros ancestros indígenas que suscitaron la cólera del gobernador Gonzalo de Guzmán. Según el sucesor de Diego Velásquez –no sabemos si cínico o bobo-, la fogosa frecuencia de los areítos causaba la muerte en masa de los indios.

Un viajero colombiano del XIX, Nicolás Tanco, observó que el baile se apoderaba igualmente de palacios de blancos que de bohíos de negros. Y el costumbrista Luis Victoriano Betancourt fijó en la misma época la afición predominante con esta frase inexcusable: “...Baile porque llueve y baile porque no llueve (...) y baile siempre, porque nunca faltan pretestos (sic) para bailar.”

Una conga en Trocha o cualquier otra calle de Santiago de Cuba es la apoteosis del ritmo cubano. Lo sé, como ya dije al principio, por movimientos propios, personal aventura. Estábamos Juan Emilio Friguls, Ilse Bulit y yo reportando un festival de la cultura del Caribe, típico evento santiaguero. Una tarde nos ubicamos en la acera de la calle Heredia a presenciar la comparsa de La muerte en cueros. Y espontánea, impensadamente, a pesar de nuestra seriedad, Friguls –estampa de Quijote, serio, devoto- y yo –parecido a Sancho e igual que su señor, de talante seco- nos zambullimos en aquel bullicio bamboleante. Alguien, con fines de coleccionar una rareza, nos engavetó en su cámara. Friguls, creo, ha de conservar la foto.

Yo, al menos, conservo el recuerdo. Embutido en aquel percutir de cinturas, comprendí que para lo único que un cubano no tiene prisa es para morir. Porque, para morirse, sobra el tiempo.