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PATRIA Y HUMANIDAD

Cultura

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS Por Luis Sexto

La lectura en las tabaquerías cubanas es otra institución que promete no pasar con el nuevo siglo. Entró en su tercera centuria y permanece acompañando al torcido del habano en una alianza indisoluble. Porque qué será del torcedor si a su monótona, aunque creativa faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”, que dijo José Martí.
Cuando en l923 instalaron el primer receptor de radio en un taller — y sucedió en la fábrica de Cabañas y Carvajal—, ciertas voces profetizaron que la lectura comenzaba a acercarse a su extinción. Con el tiempo coexistieron, turnándose en el ámbito sonoro de la tabaquería.

Y qué sobrevendrá ahora, en este electrónico celo de posmodernidad, cuando el progreso se erige en antena inexorable, en rasero inapelable con él que se pretende sustituir lo útil con lo suntuario, lo necesario con lo lujoso. Nada habrá de pasar. La humanidad se anuda a lo práctico. Ese es su mejor resorte de adaptabilidad. De modo que sabe que la lectura es el pasadizo primordial del conocimiento.

Los torcedores, con la lectura, alcanzaron cotas de instrucción impropias para el siglo XIX. Estamos hablando de 1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate — dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro, en La Habana, inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario juntado por la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido trocado hoy en una celebérrima marca, aprobó luego la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Otros propietarios, sin embargo, se opusieron, secundados por El Diario de la Marina. Temían que la lectura sacudiera el polvo, ordenara los trapos de la conciencia proletaria. Y fue verdad. En breve los torcedores se convirtieron en el sector más instruido en humanística y en política de la entonces incipiente clase obrera cubana. Los líderes más lúcidos provenían de las tabaquerías. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia.

El lector de tabaquería fue ― lamentablemente ya no es― una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matiz, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. Actualmente, quizás por la bondad sonora del altoparlante, el lector no se esfuerza tanto en “vivir” la lectura.

Pero de cualquier forma, cuando usted entra en un taller de torcido, junto con el aroma evocador, plácido, del tabaco, lo toca el mensaje de un libro que intenta hacerle recordar que el tiempo es también la prueba de lo que no se propone pasar.

POETA DE LA IDENTIDAD

POETA DE LA IDENTIDAD

Por Luis Sexto 

Convertida en folclor, predomina en Cuba una filosofía compuesta de ideas latinas y yorubas del culto a los muertos. La Memoria del fenecido pervive como una presencia activa en la vida de cuantos lo quisieron y recuerdan. Y Nicolás Guillén –nacido en 1902 y fallecido en 1989- sobrevive así. Y también de otro modo más útil y creador: en cada verso dicho cada día entre los enamorados, o en los actos patrióticos de las escuelas, en las canciones que difunde la radio o en la lectura silente de millares de cubanos. 

Vive el poeta de esas dos maneras aún después de no existir. Y también en una tercera. En su ejemplo de hombre político, de patriótico cantor. No abundan en la historia de la literatura conductas y obras como las del poeta de Motivos de Son. Hubo en él una congruencia entre cuanto escribió y su acción humana. Lo que sostuvo en sus poemas lo reafirmó con sus actos.  Si defendió con su sensibilidad de artista al negro, al pobre, al humillado, si los elevó a personajes centrales de su obra junto con el cañaveral y la azada, el tambor y la guitarra, también se integró con ellos y los acompañó en la lucha por la liberación. Cantaba: "Ya estará el de abajo arriba,/ cuando el de arriba esté abajo.../ No hace falta que lo escriba:/ abajo canto y trabajo."

Nadie le otorgó oficialmente el título de Poeta Nacional de Cuba. Lo mereció. Y lo recibió como en un acto espontáneo del pueblo. Desde su primer poemario maduro, Motivos de Son, Guillén expresó en su poesía la síntesis ética y cultural de la cubanía. La poesía que se llamó afrocubana o afroantillana en los años 30 -que en algunos fue moda--, en Guillén compuso un auténtico estilo transformado a partir de entonces en la voz poética de la nación.  Cantaba: "Aquí el que más fino sea,/ responde si llamo yo./ Unos dicen: ahora mismo,/ otros dicen: allá voy./ Pero mi repique bronco,/ pero mi profunda voz,/ convoca al negro y al blanco,/ que bailan el mismo son..."

En toda su gruesa obra que contiene títulos como Sóngoro cosongo, West Indies LTD, El son entero, Elegías, Tengo, la rueda dentada y otros, en todos, Guillén sostiene el ritmo de las esencias patrias forjadas con la sangre de la Hispania fecunda que dijo Rubén Darío, y del África que, según el propio Guillén, da color y personalidad al pueblo cubano. Lo confesó en sus momentos iniciales cuando muchos no comprendían a aquellos poemas renovadores. Dijo entonces: "Quise hurgar en las cosas del pueblo cubano, para captar lo que hubiera en ellas de inconfundible y vigoroso." 

Es el poeta de la identidad nacional. También de la Revolución. Las sintetizó en la poesía. Se inscribió así en la tradición inaugurada en Cuba por el cantor del Niágara, José María Heredia, cuyos poemas llevan en embrión, reflejada en el paisaje y en las ansias de libertad, la conciencia nacional, cuyo nacimiento incluía la independencia de España.  Y por defender la identidad, por sus hallazgos en el alma del pueblo, y por la mano levantada a favor del futuro, golpeando al opresor nativo y al opresor extranjero, golpeando a los que quitaban al pueblo lo que el pueblo tenía que tener, Nicolás Guillén, nacido en l902 y muerto en l989, vive en toda Cuba, en toda América. Él mismo lo intuyó cuando un periodista le preguntó que era para él la muerte. Y respondió:  "La muerte no existe." 

Presentan en Juventud Rebelde el libro Crónicas del primer día, de Luis Sexto

Presentan en Juventud Rebelde el libro Crónicas del primer día, de Luis Sexto

José Alejandro Rodríguez, a cuyo cargo corrió la presentación del título, calificó a su autor como periodista sólido, sensible y grande.

Por: Luis Hernández Serrano. 19 de octubre de 2007

«El cronista no es un profesional repentino y emergente. No se pueden crear cronistas de emergencia —pues este es un sublime oficio— y mucho menos cuando pensamos en formar periodistas como Luis Sexto, y que no se hiera porque le llame un periodista sólido, sensible y grande». Así habló nuestro colega José Alejandro Rodríguez —otro señor de capa y espada de la crónica periodística cubana— al intervenir en la tarde de este jueves en la presentación de un nuevo libro del hermano en Periodismo, Luis Sexto, publicado por la Editorial Pablo de la Torriente Brau, bajo el sugerente título de Crónicas del primer día y que muy bien pudiera denominarse Crónicas para siempre.«Casi todo lo que Luis Sexto ha escrito, escribe y se está preparando para escribir, fue, ha sido y es algo que le hierve en su espíritu, que anda en su cabeza dando tumbos de creador con el ánimo de brotar revestido de letras que lleguen a los corazones, y lo logra», comentó Pepe Alejandro, e inmediatamente dio lectura a algunos fragmentos de la que encabeza el texto, entre casi 40 crónicas: Tras la ventana, mirando caer la lluvia con las pupilas y los iris del alma.«Pepe sabe que yo creo en él. Hemos andado juntos por similares aventuras periodísticas, en unas tres décadas de oficio, yo un poco antes que él, por razón de mis años», expresó Luis cuando le tocó su turno.Visiblemente emocionado, dijo que cuando había enterrado a su hijo, inmediatamente después tuvo que sentarse a escribir un artículo para la revista Bohemia, porque ni en las más duras circunstancias de su vida ha dejado de ser el periodista y el cronista que tiene corriendo en sus arterias.Confesó que se ha ocupado de leer, no por leer, sino para asimilar vivencias de otros creadores como las del poeta Agustín Acosta y el también cronista Fernando G. Campoamor, un grande de las letras periodísticas cubanas un tanto ignorado y olvidado.Luis resaltó la importancia de asimilar la cultura y no limitarse a citar títulos de libros y los nombres de sus autores, y confesó que las crónicas que publica en este y en los dos textos similares anteriores, surgieron gracias a que Juventud Rebelde le abrió generosamente sus puertas. Por último anunció que escribe ya sus memorias, y que llevarán por título «Vivo, luego escribo».  

En la foto: El periodista Luis Sexto (a la izquierda) y José Alejandro Rodríguez, durante la presentación de Crónicas del primer día. Foto: Franklin Reyes 

MEMORIAS OCULTAS DE LA HABANA

MEMORIAS OCULTAS DE LA HABANA Por Luis Sexto 

 ¿Quiere usted saber cómo murió José Lezama Lima, el novelista  de Paradiso, o conocer cuál fue el crimen del siglo en La Habana, o adentrarse en los pormenores del caso de la trucidada de la calle Monte y  además enterarse de duelos y duelistas, y de decenas de episodios que matizaron la vida de la capital cubana en el siglo XX?  Si quiere, busque Las memorias ocultas de La Habana, del periodista cubano Ciro Bianchi Ross. Le garantizo que lamentará que el libro, como toda obra o vida humana, tenga fin y que por ello sea breve.  

Los temas que el volumen explaya y especifica en sus pormenores, en el espacio de 267 páginas, habrán de interesar por sí mismo. Pero, en particular, por su autor.  Ciro Bianchi  ha sido, en los últimos 45 años, uno de los periodistas que cotidianamente, con una aplicación y una seriedad ejemplares, ha sazonado su prestigio con las especias de lo profundo y lo ameno, lo verídico y lo imaginativo.  Nacido en 1948,  Bianchi ha madurado su quehacer en la escuela de los clásicos del periodismo cubano, asimilados en el acercamiento a libros,  revistas y periódicos viejos, o en la relación frecuente cuando algunos de los maestros vivían aún en la primera juventud del discípulo. Por ello, no hay riesgo cuando uno asegura que en su obra  están presentes, bendiciendo al autor, periodistas como Enrique de la Osa, Eladio Secades,  José A. Benítez, Lino Novás Calvo, Pablo de la Torriente, Jorge Mañach… Unos con más evidencia que otros. Todos influyendo, al menos, con sus lecciones de rigor.  

He dicho, en otro momento, que Bianchi por la seriedad de su oficio es un periodista labrado a la usanza antigua. Es decir, siguiendo estilos y disciplinas que honran la veracidad, la síntesis  y la calidad de los enunciados del periodismo. Aunque por fuera vista  ropa ligera propia de un clima caliente como el de Cuba, por dentro lleva el traje y la corbata de aquellos personajes de los periódicos en los 30 y los 40, cuando prosperó nuestro mejor periodismo, el formalmente mejor dotado, el más agudo y polémico.

Lo juzgo claramente: investigar en el pasado para estas crónicas históricas o de sucesos notorios de lo que Miguel de Unamuno llamó la “intrahistoria”, requiere de talento para no confundir verdad y rumor, y para saber sortear el patetismo de viejas galletillas, juzgando el pasado con una irónica y amable sonrisa.  

En este libro no está toda la memoria oculta de La Habana. Pero uno pulsa las letras de lo pretérito con la sensación de que todo ha sido reciente. Porque el periodista Bianchi busca en papeles, pero también en la memoria viva de viejos testigos. Si nos habla de Hemingway, acude a Gregorio Fuentes,  en algún instante del longevo -aunque  ya hoy difunto- patrón del yate Pilar, donde el narrador de Adiós a las Armas navegaba tras las agujas de la Corriente del Golfo.

Me falta decir que el autor de Memoria oculta de La Habana pose la varita mágica del olfato. No existe periodista sin la capacidad de intuir qué es lo interesante y dónde se encuentra. Bianchi se destaca, en particular, por su carisma de entrevistador. ¿Habrá otro como él entre nosotros? Por esa razón,  entre sus libros sobre García Lorca, Hemingway, y otras figuras, sobresalen entrevistas como Voces de América Latina y Oficio de intruso, donde dejó la  prueba de su vocación entrevistadora. 

Cuanto he dicho, lo creo justo y necesario, como dice un texto del misal católico romano. Y después de haberlo dicho, me siento como el que ha cumplido un deber insoslayable. Los libros suelen defenderse solos después que el autor los libera, cosidos por el lomo con el sello de una editorial. Memoria oculta de La Habana tiene el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Pero, aunque eso baste para prometer calidad, he recomendado a su autor, porque los libros habitualmente se parecen a sus padres. .    

MARTÍ: NI ODIO LÚCIDO NI ODIO CIEGO

MARTÍ: NI ODIO LÚCIDO NI ODIO CIEGO Por Luis Sexto          

El ensayista cubano Cintio Vitier –nacido en Key West en 1921- acaba de publicar un libro titulado Vida y obra del Apóstol José Martí. Y al repasarlo en librerías, antes de adquirirlo, el lector aventajado podría preguntarse si después de la cuantiosa bibliografía sobre José Martí aún podremos encontrar algo distinto a lo que ya conoce.

Parece, en efecto, que sí es posible escribir con originalidad de Martí, ese “misterio que nos acompaña” de acuerdo con la expresión afortunada del poeta José Lezama Lima. Vitier compuso un libro que desafía y trastorna. Y su lectura quizás produzca un impacto en los conceptos y las imágenes predominantes sobre el Fundador de la independencia. Revela, sin ser una biografía, a un Martí que, aunque ciertamente conocido, se nos dibuja más hondo, más cabal y también más actual. O actual. Porque ningún estudioso o seguidor del Apóstol estima que  pueda actualizarse. Más bien, permanece constantemente actual. Y es Martí quien  actualiza, quien hace recordar con su pensamiento adelantado que existen cosas, hechos, ideas que han de enfocarse como él las enfocó para evitar el error.

 En su libro, estructurado en diversos acápites de la vida y la obra de Martí –la imagen, la trayectoria revolucionaria, la poesía, la oratoria, la crítica, el periodismo, etcétera-  Vitier enfatiza en la singularidad del organizador de la última guerra de independencia en Cuba, como pensador del Tercer Mundo. Lo contrasta con otros célebres autores –como Frantz Fanon y Albert Memmi- y establece una esencial diferencia. Si estos criticaron el colonialismo y el racismo, lo hicieron “condicionados por el mundo del colonizador”, predicando el “odio lúcido”contra el “odio ciego”. Martí, en cambio, critica, combate la opresión colonial sin odios y su afán de liberación comprende, incluso, al mismo opresor. Esa es, según Vitier, el rasgo que diferencia y lo convierte en único. Martí fue libre en la esclavitud. Libre, en particular, de las visiones esclavistas reflejadas en los esclavos. Aun encadenado, “descubre la libertad del espíritu, la sustancia del bien y el sentido del sufrimiento”. Por ello, podría  inferir el lector, en sus casi dos décadas  residiendo en los Estados Unidos -donde escribió la mayor parte de su obra literaria, ensayística y periodística-, Martí  se mantiene tan lúcidamente libre que aun “dentro del monstruo” –términos que usó para referirse a los Estados Unidos- puede verle las entrañas y evitar confundirse con ellas. Fue  libre de la plácida y soberbia visión norteamericana de sí misma, y  supo alertar sobre los gérmenes que la corromperían y la harían degenerar en un peligro para el resto de América.

Vida y obra del Apóstol José Martí  es un libro con las dimensiones de un iceberg. Debajo de cada frase, de cada capítulo, de cada síntesis se sumerge una masa de sentido que obliga al lector a leer y releer, avanzar y retroceder, para alcanzar la plenitud en un texto colmado de sugerencias y de propuestas que quiebran la uniformidad del Martí que la tradición nos ha ofrecido. Vitier confirma que el Apóstol –apóstol por ser “enviado” del pueblo a ganar la independencia y a preparar los caminos del porvenir- legó una obra insondable en sus posibilidades de sugerencias.

 Poeta, narrador y el mayor ensayista vivo en Cuba, Cintio Vitier  se ha destacado por sus investigaciones sobre la cultura cubana. Muy conocido es su libro Lo cubano en la poesía, un acercamiento a la identidad nacional desde la expresión poética, que parte de los primeros poemas escritos en Cuba hasta la contemporaneidad.  En particular, sus estudios sobre Martí sobresalen  por la familiaridad interpretativa, la ternura con que nos ofrece los diversos ángulos martianos. Su labor de indagación se refleja en este libro –suma de años de estudio- como un apego filial que se transforma en una visión igual y distinta a la habitual, porque es anuente y contestaria a la vez.       

TESTIMONIO DE UN TESTIGO NUCLEAR EN 1962

TESTIMONIO DE UN TESTIGO NUCLEAR EN 1962

Por  Luis Sexto 

Testigo Nuclear, último título del periodista cubano Fernando G. Dávalos, es una prueba de que la cocción periodística  de este hombre de la prensa empezó a calentarse desde mucho antes de entrar en una redacción, aunque entonces la llama de sus proyectos profesionales se atizara bajo  los vientos del economista. Este libro, esta crónica personal de un momento único –y ojalá irrepetible- de la historia de Cuba se escribió casi 40 años después de haber el narrador vivido el presumiblemente trágico privilegio de los preliminares de  una posible guerra nuclear. En esos tiempos era  estudiante universitario. Concurrió a la movilización miliciana convocada por el Gobierno Revolucionario apercibido, además  de su fusil y su cantimplora, de una libreta de apuntes. No quería el joven soldado voluntario, en patriótico gesto, perder las memorias de aquellas circunstancias evidentemente excepcionales.

Y así, pues, fueron con él a las trincheras del Esperón, en espacio subalterno, lo objetos que más tarde compondrían su arma primordial: el bolígrafo y el papel. Quizás conscientemente no lo sabía.  Pero todo cuanto apuntó entonces en aquella cuarentena, le servirá para este libro que ahora comento.

Según avanzaba en la lectura me daba cuenta de que iba adquiriendo una imagen inédita de la Crisis de Octubre, de la llamada crisis de los cohetes. Inédita porque no hallaremos valoraciones estratégicas, políticas, ya conocidas o por conocer. Algo de ello está en el prólogo, escrito por uno de los personajes más autorizados para juzgar y medir política y militarmente aquel instante crucial de la Revolución cubana y, por extensión de América Latina: el Comandante José Ramón Fernández, entonces soldado de academia entre tantos jefes improvisados o a medio formar por las coyunturas y las urgencias  revolucionarias.

 Dávalos nos cuenta la peripecia común, las incidencias diarias del soldado que sabe a lo que va, pero que, lejos de los medios de información, solo tiene el pensamiento especulativo, el ejercicio de una opinión basada en intuiciones, para explicarse, con alguna certeza, lo que está pasando en ese horno de pólvora en que él también suda, sufre, y será capaz de morir o matar.

Estos, parece obvio, son libros necesarios. Viene Testigo nuclear a contarnos la intrahistoria. Eso que va por dentro, que se habla y se vive en un susurro. Y afirmo que no es lectura baldía. Tocamos a hombres, jóvenes y viejos, decididos a enfrentar bombas atómicas con fusiles. Ahora sabemos que no fue necesario. Pero el que la agresión norteamericana no haya cegado  cielos y profanados playas de Cuba, no disminuye, ni en una puñado de polvo, el mérito de aquellos soldados voluntarios conjuntados en un hervor de generaciones para preservar la Revolución y cuanto ella significaba de justicia y vida nueva.

 Porque no difunde información reveladora, porque no narra combates, porque todos los protagonistas son seres comunes y corrientes, el libro de Dávalos se apropia de mayor interés. Se lee así, como los breves episodios de una jornada siempre igual, monótona, acompasada por el trabajo ingeniero en las trincheras, la nostalgia, los deseos del agua fría, el helado, la novia, el cine y matizada por el olor casi atómico de pies sin agua, de ropa sin lavado. Y Dávalos no consigue aburrirnos. Uno se interesa como lector por aquel ambiente claro y confuso a la par,  que los periódicos no podían dar, y que Dávalos, ya periodista sin querer y sin saber, recogió en su Diario. Esos apuntes componen hoy, definitivamente, un fresco pintado desde abajo. Y uno siente que allí en las alturas del Esperón, al oeste de La Habana, entre  actos baladíes, sin aparente trascendencia, también la historia se salvaba.

Todo aquel que vive para contar es periodista. Y Dávalos lo es, y lo ha sido. ¿Tendré que recordar acaso su libro sobre el éxodo del Mariel en 1980? Lo que no contó en Granma, lo dijo más tarde. Y bien. Tanto ayer como hoy. Claro, preciso, exacto. Y limpiamente. Poniendo, sobre todo, el corazón por delante.

 Al terminar de leer Testigo nuclear -Editora Política, 2004- me fue pareciendo que ser periodista es una mirada que parte de adentro del hombre sin que nadie pueda indicarle fecha, hora, lugar. Ni freno.   

REFRÁN QUE SE DUERME, LO OLVIDA LA GENTE

REFRÁN QUE SE DUERME, LO OLVIDA LA GENTE

Luis Sexto 

En su tejer y destejer legendarios, solo Penélope tendría paciencia para ponerse a contar refranes. Nadie conoce la cifra exacta. En Finlandia, según datos eruditos, se trasladan de una  a otra boca o se han echado a recoger el polvo del desuso, más de un millón. El escritor Tomás Álvarez de los Ríos ha logrado acopiar mucho más de seis mil, que ha inscrito en placas de barro y puesto en la fachada de su casa, en Sancti Spíritus. 

Pero al autor de Los Farfanes aún le falta demasiado para igualar una de las mayores cantidades reunidas hasta hoy: 18 500, número  que contiene la Enciclopedia de proverbios mundiales, compuesta por el folclorista alemán Wolfgan Mieder. Este diccionario confirma que el refrán experimenta un indetenible proceso de invención y transculturación. De Lengua en lengua. Adoptando mínimas variantes. Después se torna muy escurridizo su origen. En tiempos duros los armenios dicen: “El melón no madurará  bajo las axilas.” Y los holandeses apuntan: “Los gansos asados no llegan volando a tu boca.”  No siempre ha de atribuirse a un préstamo la similitud  refranera. Pueblos en iguales circunstancias pueden deducir similares conclusiones ante un mismo fenómeno. Por ejemplo, en lengua  yidish se asegura: “La manzana podrida arruina  el resto.” Los malteses aseveran lo mismo sobre las naranjas. Y nosotros, en Cuba, aplicamos idéntica receta a las papas. 

Ocurre también lo contrario: que el mismo asunto sea visto con óptica inversa. Los españoles y cubanos estamos convencidos de que “más vale tarde que nunca”. Los alemanes, en cambio, estiman que “un poco tarde es demasiado tarde”.  El refranero predominante en Cuba parte del español; son evidentes los clavos de la misma armazón, al menos en el sentido. En la forma, el criollo y luego el cubano lo revistieron con su imagenería jaranera, satírica, democrática. Y el contraste se presenta como una declaración de independencia, como una voluntad de diferenciarse. Esto es: miren este refrán español: “Tú, que te quemas, ajos has comido.” Oh, qué grave, qué empaquetado, qué rancio. La versión cubana es menos solemne, más llana y clara: “Al que le pica es porque ají come.” 

Los cubanos, desde luego, inventaron su centón de proverbios. De su dolorosa experiencia  colonial y neocolonial, cuando mantuvieron un tuteo con la pobreza y la injusticia, y de sus luchas, que a veces se disolvieron en la frustración, fueron extrayendo una sabiduría expresada mediante la irreverencia, la picardía. Sabiduría defensiva, de resistencia, como nuestro humor. Samuel Feijoo, poeta de mística sensibilidad y folclorista de acucioso y apasionado amor por lo popular, recogió, entre 1956 y 1978, una enormidad de refranes esencialmente cubanos. Los halló en lo recóndito de una serranía, o en la abierta soledad de la costa, o en una ciudad o un caserío. Deambulando. Con su paciencia y su ingenio, como un trashumante obrero de la cultura.Este es uno: “Hasta que no pases el río no le mientes la madre al caimán.” Otro: “Lo que a feo quiere, bonito le parece.” Y más: “Lo que fácil se da, fácil se va”; “El perro tiene cuatro patas y coge un solo camino”; “Si el tambor suena es porque el cuero es bueno”; “No hay abeja que pique dos veces”; “Con dinero al jorobado la curva se le endereza”; “El egoísta es como la guataca, sólo hala para él”; “En la casa del desnudo cualquier trapo es camisa”; “Cuando no hay pan, se come casabe”... 

DEFINICIONES APROXIMADAS 

El refrán es sabiduría en cápsula. Concentra en dos líneas y hasta en dos palabras una verdad extraída de la práctica social. Hay en su afanosa síntesis una vocación observadora y analítica, una intención de aviso y prevención, y un propósito simplificador, directo, inapelable. En códigos actuales viene siendo una señal de tránsito en el devenir de los pueblos. Surgido espontáneamente entre la gente de todos los días, o de la meditación de un pensador o un poeta ―Shakespeare fue autor de muchos― y más tarde depurado por la inteligencia de la colectividad, el refrán compone una de las más antiguas filosofías o soporte de sabiduría; algunos datan del siglo octavo antes de nuestra era. Aleccionando y advirtiendo acerca del amor, el trabajo, la amistad, los oficios, los negocios, circula anónimo y sin precio por todos los caminos, navega por todas las aguas, se alberga en cualquier poblado y, sin respetar aduanas, protagoniza un constante intercambio con lenguas y culturas. 

No siempre perdura. Por momentos expira con el tiempo y la sociedad en los que brotó, y si persiste a pesar de su descrédito, lo acompaña la fama de la mala hierba. Cuando muere es porque nació lastrado, deformado por algún foco pútrido de la ideología dominante. O fenece, porque el progreso y el sucesivo discernimiento de la verdad lo anulan. Nadie podría suscribir hoy ―al menos en Cuba― cuanto refrán o proverbio apareció contra la dignidad y la capacidad de la mujer. Ni habrá maestro o pedagogo que rija su cátedra con aquel proverbio de “La letra con sangre entra” sostenido por dómines antiguos. Y mucho menos en Cuba tendrá vigencia aquel del Martín Fierro, extenso poema argentino jalonado de refranesca sabiduría: “Hácete amigo del juez/ y no le des qué quejarse,/ aunque él te de mucho quehacer,/ vos te debés de encoger/ que siempre es bueno tener/ palenque ande rascarse.” Válido todavía este, sin embargo, integrado también a una copla, olla refranera, que copié de El Criterio Popular, periódico de Remedios en 1890. Dice: “El querer a un ser querido/ es una pena muy grande;/ pero es más pena morirse/ sin haber querido a nadie.”  

No ha de existir quién niegue la vigencia y la fortaleza vital de los refranes como suma de sabiduría popular o de  experiencia humana. Un proverbio o adagio, que así también se nombra, de procedencia yoruba, dicta que “el refrán es caballo de la conversación”. Y lo asumo entendiendo que a su lomo cuanto se habla discurre más provechosamente. Pero una cultura forjada, lactada, con refranes permanece incompleta, endeble. Refranescos eran los conocimientos de Sancho Panza. Abro a la ventura el tomo segundo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y oigo a Sancho apostillar una frase de su señor: “En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando.” Podría Sancho acertar; mas se conoce cuánta diferencia había entre la dimensión espiritual del gordo escudero y la del escuálido Caballero, aunque algo se le fue pegando a Sancho por aquello de “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

El propio Don Quijote admite más adelante que cada día su ayudante se iba haciendo “menos simple y más discreto”. En definitiva, “El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”. Y yo, a mi vez, termino sin decir dónde nacieron y cuántos son los refranes, porque el que se acuesta contando estrellas, amanece despierto mirando al cielo.   

 

ENTRE LO AUDAZ Y LO PUSILÁNIME

ENTRE LO AUDAZ Y LO PUSILÁNIME

 POR LUIS SEXTO

Jorge Mañach encarnó la agonía colectiva dentro de su agonía personal.  Pocos como él en su época experimentaron con tanta lucidez reflexiva y tanto acierto estilístico el nacimiento definitivo de la nación, mediante el parto de la cultura como gestión intensa de las minorías.  Y pocos también como él sufragaron,  con la incomprensión, la búsqueda de las esencias nacionales.

Quizás en apariencias asumidas como esencias por cuantos lo han juzgado, Mañach (1898-1961) hallaría la causa eficiente –explicación y daño a la vez- de su controvertido papel en la historia literaria y política de Cuba. No fue,  aunque pretendamos analizarlo objetivamente,  un político a la usanza republicana. Esto es, según la analogía aplicada por Enrique José Varona, no comió en las ollas de un chiquero, a pesar de acogerse a alguna toldería electoral y programática y desempeñar cargos en la administración de la república. Más bien fue político en la medida en que la cultura y la historia componen asideros de la política,  estación inevitable en los procesos primordiales de la sociedad.  

Vemos, pues, a  Mañach, inserto en una  realidad personal signada por una contradicción a veces insalvable en sus manifestaciones éticas. Entre su decir y su hacer culebrean las inconsecuencias que, en esa hora de la definición nacional, se convirtieron en traición  para cuantos se adscribían a la izquierda de la soga, y en paños tibios para los suscritos a la derecha. Tal vez por la hondura de su indagación en el alma cubana, intentó asumir posiciones ideológicas y políticas  más racionales –no obstante su militancia en el ultra ABC-, en una mezcla de denuncia y sujeción, audacia y pusilanimidad.  Esa actitud moderada, que parecía regresión a los más renovadores, se la reprochó Juan Marinello, su contrafigura  y paralelamente el intelectual de la llamada década crítica de más puntos de tangencia con el autor de Indagación del choteo,  en la cultura, las inquietudes y el estilo. Marinello le exigía al Mañach secretario de instrucción pública que se apresurara en los planes de extensión educativa. Y este  respondió:-Juan, las cosas no pueden ir tan aprisa como tú quieres.Y Marinello replicó:-Ni tan despacio como quieres tú.

Esa fue, a mi modo de ver, el drama personal de Mañach. Un drama íntimo y público superdotado de aristas. Conciente de las urgencias y defensor de las ambivalencias.  Teórico pugnaz de los males y práctico inhábil de las soluciones. Escritor depurado, vigoroso, plantado en la tradición hispana y, en particular, en la herencia estilística de Martí, escribía, sin embargo, con tino de vanguardia en un país de analfabetos, en periódicos cuya prosa semejaba mayoritariamente, de acuerdo con Miguel Ángel de la Torre, la caligrafía de un cobrador de cuentas metido a periodista. Por supuesto, Mañach no quiso sustraerse de sus ínfulas de pequeño burgués con refinamientos de aristócrata. Ni renunció a la visión  de la democracia occidental vivida durante sus años de estudiante en los Estados Unidos. Y aunque hacia 1933, reconoció el daño que el Norte  infería a Cuba, estorbándole el desarrollo con su injerencia multilateral,  no preveía otra fórmula, en lo más distante, que  el orden norteamericano.

Hombre de equilibrios y evoluciones, conservador de estilo liberal, Mañach actuó posteriormente como la mayor parte de sus colegas en los años de la década del 30. De ellos  afirmó que se embarrancaban en los acantilados de La Florida, en “un ademán de avestruz”. Y él, en 1959, adoptó el exilio. Se fue a esperar que “los americanos” resolvieran el conflicto suscitado por la revolución cuya necesidad él mismo previo en sus artículos de La Marina, en los meses previos al derrocamiento de la tiranía del general Gerardo Machado.

Lo suyo es un caso de valentía estimativa, de atrevimiento profético resuelto en la pusilanimidad ejecutiva y en una rigidez ideológica que le impidió comprender las remezones sociales, políticas, culturales que un día le parecieron inevitables. Y llegó hasta ahí: hasta colaborar en hacer ostensibles los males y a convocar su cura. Jamás a participar en el remedio, distinto y opuesto, como sino, a la norma con que el mal (léase dependencia política, injusticia social) podría reformarse para proseguir perpetuándose. 

A contrapelo de  las aprensiones, hay que despojar a Jorge Mañach de sus estigmas. Nunca un despojo será tan legítimo. Porque la cultura cubana, en nombre de la política, no puede seguir prescindiendo del autor de Indagación del choteo. Y de hecho el proceso de su reivindicación literaria avanza. Martí, el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus ensayos han sido publicados en los últimos 10 años en Cuba. Y en las universidades, al menos en las facultades o escuelas de comunicación social  lo estudian. Estamos aún aguardando al creador de hoy, al estilista actual, que escriba sobre La Habana, o sobre los cubanos y los entresijos de su conciencia, páginas iguales o mejores. La obra carece de filiación partidista cuando, sobrada de calidad, se aleja del tiempo para estar en todos los tiempos.