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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

UNA HISTORIA DE CICLONES

UNA HISTORIA DE CICLONES

Por Luis Sexto

Rescatemos esta crónica, que  nos recuerda las furia de un huracán

Elisa  McHatton-Ripley no conservó memorias gratas de su estancia en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX. Aún las observaciones más favorables sobre el verdor eterno y el clima benigno de la Isla, sufrieron las quejas de esta mujer que no soportaba la monotonía de lo invariable. No le fue bien. Hasta el nombre del ingenio azucarero que su esposo compró en la jurisdicción de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana era un presagio de mala suerte en español: Desengaño, lo que equivale a decir la muerte de cualquier ilusión.

En un libro titulado From flag to flag, publicado en New York por la Editorial D. Appletton and Company, en 1889,  entre otras experiencias, Elisa McHatton  contó las peripecias de los 10 años que residió en Cuba.  Nació en  Kentucky en 1832 . Y en 1862 la guerra civil la obligo, junto con su marido, un hijo y dos criados, a marcharse de su plantación en Arlington,  cerca de Bouton Rouge.  Tres años después, tras una estadía en el México ocupado por los franceses, la familia McHatton–Ripley llegó a La Habana. Y seguidamente  se estableció en el ingenio Desengaño donde Elisa conoció la decepción en una tierra que la misma autora estima como “el lugar más prolífico del globo”.  El nombre de la plantación, repetido en ingenios de otras zonas del país, expresaba los altibajos que entonces sufría la industria azucarera cubana que, de prometer el paraíso, pasaba por temporadas de angustias e incertidumbres para cuantos había puesto su fortuna en la fabricación del grano.

From flag to flag se suma a los más de 700 libros  que viajeros de diversa procedencia escribieron sobre  Cuba hasta el final del siglo XIX. Y compone una visión muy especial, porque es una extranjera que no solo observa y ve,  sino que  su vida y la economía familiar dependen de la entonces riqueza principal de Cuba. Se comprende, pues, que la visión idílica del paisaje no aparezca en sus páginas; la escritora y su esposo tuvieron que trabajar duramente para que su plantación azucarera prosperara, y pudieran sostener aquella vivienda que, al comprarla junto con el ingenio, pasaba como una de las “más presuntuosas y considerables” de Matanzas.  Las memorias de Mrs. McHatton-Ripley  se dedican a describir las costumbres, las comidas, y el paisaje humano de la plantación, donde el negro y el chino esclavo conviven bajo el tañido de una campana de 900 libras que uniformemente les organiza la jornada desde el amanecer hasta la hora de dormir.

A pesar de su nombre, Desengaño prosperó.  El trabajo y la agrotecnia sirvieron allí para que el suelo de Matanzas, uno de los más feraces de Cuba, no se cansara como en las haciendas colindantes, sometidas a una explotación que confiaba más en la bondad de la naturaleza que en la inteligencia y la aplicación de los hombres.

La familia McHatton-Ripley, sin embargo, se cansó. “Nos cansamos del eterno aire dulce y apacible, del invariable verdor del paisaje, la perpetua temperatura que hacía cómoda la ropa de hilo más delgada; las estaciones solo variaban en seca y en húmeda: la seca muy seca y polvorienta; la húmeda, muy húmeda y lodosa (...) Un clima como este empalaga a quien se haya acostumbrado a las variaciones de la zona templada. El verdor inalterable es como una boba sonrisa permanente en la cara de una mujer bonita: su constancia la hace inexpresiva e insípida.”

Del clima lo probó todo. Porque Mrs McHatton-Ripley, afrontó,  como  cualquier cubano actual según las estadísticas, la posibilidad de ver un ciclón  catastrófico más de una vez cada 10 años. Y lo vio. Estuvo dentro, afanándose en atrancar puertas y ventanas, en proteger animales y bienes materiales.  “Cuando, por último, después de 30 horas de lucha exhaustiva y alarma mortal, nuestras puertas volvieron abrirse de par en par, la escena de desolación que contemplamos desafiaba toda capacidad de descripción. Los ilimitados campos de caña ondulante, que solo antes de ayer deleitaban nuestra vista, habían desaparecido por completo; derribadas las cañas por el viento, las rápidas aguas en descenso las cubrían totalmente. La casa de azúcar había quedado enteramente destechada, y las anchas láminas de metal se trajeron  durante días, desde campos a cientos de yardas de distancia, tan retorcidas como si el martillo de Vulcano les hubiera dado infinitas formas fantásticas.”

Dos o tres años más tarde, en 1875, los MacHotton-Ripley se fueron de Cuba  para siempre. Pero no creo que el calor, la lluvia, el polvo, el lodo y los vientos, hayan influido en la determinación.  La autora de From flag to flag había venido a Cuba buscando las ventajas económicas de la esclavitud  que la guerra civil abolió en los Estados Unidos. Pero en la llamada Perla de las Antillas,  la primera guerra por la independencia procuraba también eliminar la esclavitud.  Y, por supuesto, la prosperidad del ingenio Desengaño se ahogaba en la libertad que poco a poco negros y chinos iban ganando. Además, refiriéndose a la administración colonial española, la autora concluyó:  “Esa soberbia provincia, cuyos recursos naturales son casi inagotables, ha sido desangrada por las sanguijuelas y parásitos a quienes se confió su bienestar y su gobierno”

Elisa McHotton-Ripley murió en Kentucky en 1912. Tiempo tuvo para percatarse que los años más esplendorosos de su vida habían coincido en su patria y en Cuba con un cambio de época. Y tal vez haya recordado con cierta justiciera nostalgia sus días en Desengaño, allí donde creyó haber enterrado sus ilusiones.

 

JUEGO DE PALABRAS

JUEGO DE PALABRAS

 Por Luis Sexto

 Las palabras no mueren de enfermedad, ni de crimen. Uno las tacha, las enreja en la garganta, y reaparecen en otro papel, o se fugan por una rendija de cualquier lengua. Puedo hacer un informe personal del problema. Me había negado a escribir o decir actividad; no quería sucumbir a ese truco de la pereza que con actividad nombra toda acción, todo gesto humano. Pero caí, a pesar de reputarme como un asesino de ciertas palabras.

Mientras apremio el teclado o la boca, las vigilo, las aíslo, las desdeño. Y si se evaden de tan enconado control, al repasar las cubro de cruces como bajo un multiplicado EPD. También las tacho, con gusto fanático que nunca enmascaro, en las cuartillas de algún colega.

He convertido en un rectangular e impenetrable borrón a vocablos como salvataje, escrito por un corresponsal desde México cuando relataba las operaciones de salvamento de las víctimas de un terremoto, y a reconfort, sinónimo de consuelo en una nota informativa sobre los prisioneros políticos en el Chile militarizado.

En otro momento he hecho invisible al adjetivo muerto, pues el redactor afirmaba que en una aldea salvadoreña permanecía el cadáver sin vida de un soldado. Y he quitado una aureola al patrono de España a quien le habían doblado la santidad colocándole un san delante de su San-tiago.

Los diccionarios de la lengua son como directorios telefónicos desactualizados: nadie los consulta; tampoco entregan la verdad completa. Uno lo deduce al descubrir tanto desacato en la crónica que los periodistas escribimos para registrar, durante la agonía de un acontecimiento, otro tan principal como el que acaba de ocurrir. Es un trotamúndico y supersónico acto de historiadores que justifica sus faltas en la intransigencia del jefe de información que advierte, mostrando el reloj, que el tiempo en un periódico no posee las propiedades de un noviazgo moderno, exento de límites para la exploración de las formas.

Pero no solo entre personas de letra y prensa. También la innombrada ciudadanía  modifica las definiciones de los diccionarios. El idioma se ajusta dócilmente a las filosofías y conveniencias coloquiales. Aquel hombre –recuerdo- se calificaba de extremadamente celoso. Nosotros dudábamos  de su auto apreciación. Él insistía. Y le preguntamos con intenciones de ridiculizarlo:

-¿Sabes qué  significa celoso?

-Sí. Y también lo dice y lo sabe mi mujer?

-¿Tu mujer? –repetimos a la vez, nosotros, que sabíamos el secreto.

-Sí, ella.

-¿Por qué lo dice?

-Porque ella tiene otro, y a mí no me gusta...

Yo, perseguidor, matador, asesino de palabras impropias o indeseables fui, sin embargo, burlado, vencido. Me negaba a escribir, a pronunciar actividad. Una tarde  íbamos por la carretera de Pinar del Río a Viñales, el valle de los mogotes únicos; por esa ruta uno se pregunta si las carreteras beben, porque parecen trazadas a curvas de borracho. El automóvil rodaba despacio, más lentamente que lo marcado en la señal de vía. Delante, varios camiones avanzaban como arria de mulos. Gente guajira se aglomeraba sobre ellos. El paso era intolerable. Sol. Polvo. En una breve recta, Alcides Betancourt,  chofer de Bohemia, ocupó la izquierda para desmandarse.

-Despacio –le pedí. Quiero averiguar.

Y desde la ventanilla tiré mi curiosidad haciéndola volar en la persistente palabra. La respuesta, voceada para que nos alcanzara, todavía me avergüenza:

-Esto no es ninguna actividad, compañero; es un entierro.

 

*Esta crónica fue publicada en la revista Bohemia en l988. Después supe que algunos se la atribuyeron al destacado periodista radial Orlando Castellanos. Al  menos, dicen, él  contaba la anécdota como propia. Ya difunto Castellanos, solo puedo perdonarlo, aunque reclamo, en estricta justicia, la paternidad de esta historia. Tengo testigos.

 

¿NOMBRE O SEUDÓNIMO?

Por Luis Sexto

 Lo volví a ver ayer en el escaparate con ínfulas de almacén donde echo la papelería fuera de servicio o la que esperar servir alguna vez. Fue mi seudónimo por un tiempo, y con él intenté dar propiedad a aquellas cuartillas escolares entre las cuales había unos versos a la romántica y una semblanza de Manuel Acuña, el poeta mexicano a cuyo suicidio José Martí comentó que una conciencia limpia valía más que el amor de una mujer.

Lo inventé a los 18 años. Y yo no sabía entonces qué mueve  a un escritor o a un artista a inscribirse con un seudónimo en el arte, la literatura, el periodismo. Intenté responder la pregunta mucho tiempo más tarde en una nota difundida por Prensa Latina a propósito de Gabriela Mistral. Y alegué que quizás en el hecho de borrar con otro apelativo el recibido sin previo conocimiento, ni consulta, interviene un brumoso afán de expresar nominalmente el yo que uno desea ser y sustituir al  que siente no ser.

Era una tesis somera que explicaba el trueque de patronímicos mediante razones de inconsciente. Me parecía que cualquier fisgoneo en los móviles de un artista  y de un creador literario debía introducirse en lo recóndito de la sensibilidad y despejar el entramado de intuiciones, rasguños, acumulaciones secretas del vivir que concierta y desflora el imperativo poético.

Ahora sé que el problema puede ser menos complicado. La observación me ha convencido de que el maquillaje publicitario influye significativamente en la adopción de un seudónimo. Porque hay nombres que no tienen raíz para engarfiarse, y el artista, el creador, cambia o transforma su Juan Bautista Poquelin en Moliere, su Lucila Godoy en Gabriela Mistral, su Charles Romuald Gardes en Carlos Gardel, su Norma Jean Becker en Marilyn Monroe, convocando así la eufonía, la rotundez, que inviten al contacto con un libro, una obra de teatro, una película.

Tuve un amigo que, por el contrario, no quería agradar, ni atraer; quería protestar contra el periodismo despersonalizado que le obligaron a hacer. Y eligió el anónimo como seudónimo: no firmaba. Era un talento de originalidad sigilosa, comedida. Y si un seudónimo hubiera amparado su identidad habría sido Cero: esto es, nadie.

Los seudónimos abundaron en Cuba con la copiosidad de las palmas entre la gente de letras. Actualmente no. Al parecer nadie los necesita. Porque somos más sinceros, o más diáfanos o más sencillos, y portamos un mal nombre con la misma dignidad que una alopecia. Elías Entralgo, que con tantos aciertos topó en sus estudios sobre la cultura cubana, afirma que un diccionario hoy desconocido acopió dos mil 378 seudónimos. Lo sorprendente es, sin embargo, que al menos solo cuatro  traspasaron el techo de su instante para sobrenadar en las claridades de la posterioridad y anular el nombre legal de sus autores. Tal vez pocos cubanos sepan decir cómo se llamaron el poeta Plácido, el publicista El Lugareño, el periodista Justo de Lara y el alimonado polemista Fray Candil.

Entralgo considera que en la elección de un falso nombre operan dos causas: timidez del carácter y el instinto de conservación. O se teme aparecer en escena por pusilanimidad. O se cuida uno la cara de cualquier ladrillo que vuele a ajustar cuentas por lo que se publica o se exhibe. Falta por decir que quizás ahora no los usemos, porque somos más valientes o... más descarados.

¿Yo a qué temí? No puedo determinar si en mí mayoreaba la timidez, o el miedo, o la tradición, o la conciencia de que mi nombre no era lo suficiente atractivo. Lo cual me parece en este instante un simple asunto de opinión. Pero para concluir algo tan práctico tuve que afrontar la verdad que ridiculizó mis más severas creencias.  Después de un extenso juego de combinaciones, escogí a Felipe Sarduy. Registré la guía telefónica: no recogía  ningún suscriptor homónimo. Y lo estampé como respaldo de mis escritos novicios e inéditos. Pero más adelante me enteré que un pelotero flemático, seguro, potente, empezaba a convocar con ese nombre el alarido en los estadios de béisbol. Renuncié a mi seudónimo. Desistí incluso de inventarle un sustituto. Me conformaría por el momento con el santo y seña que inscribieron mis padres en el Registro Civil.

Con mi identidad legal llevé un primer artículo a una revista. El jefe de Redacción pasó la última cuartilla; limpió los espejuelos. Y esperó unos instantes como para otorgarle desventaja a mi ansiedad, en una técnica que caracteriza a los que abusan de su poder. Al fin dijo:

-Está bien. Pero fírmalo con tu nombre, porque  Luis Sexto debe de ser un seudónimo, ¿no?

 

 (Del libro El día en que me mataron y otras crónicas en primera persona)


 

 

EL OLVIDO NO ES UN BUEN COMPAÑERO

EL OLVIDO NO ES UN BUEN COMPAÑERO

Por Luis Sexto

No volveré a matar a mi padre...

Ese es el título de una novela del argentino Pablo Lerman que invita, con los espasmos de una aparente truculencia, a leer el mediano volumen. Luego de diez páginas, preferí quedarme sin saber porqué el autor, o alguno de sus personajes, prometió no matar otra vez a su padre. La figura paterna me es demasiado honda, tierna, amable para soportar que la dañen, así sea en un libro de ficción.

En estos días, sin embargo, leí un texto que me sirvió de antídoto contra los temblores generados por aquel otro libro. Fue como un enjuague del alma, un lavado cardiaco, en una edición digitalizada, familiar, cosida con los correos electrónicos -igual hubiera sido con mensajes postales- cruzados entre un padre y su hija durante la misión médica que ella cumplió en África. Los fines esquivan las vanidades literarias, las presunciones profesionales, los méritos políticos. Y se concentran en conservar esas páginas en la intimidad doméstica para que la nietecita, que viajó a África siendo una bebé, conozca de joven o adulta ese capítulo familiar mediante las computadoras aun calientes por la corriente de amor y añoranza. Entre las recomendaciones del padre, una, como un programa de vida, apunté en mis notas: “El olvido no es un buen compañero de viaje.”

Con una sonrisa elemental, el padre me prohibió decir su nombre. Puedo decir, no obstante, que después de haber leído ese diálogo entre su hija y él, mi afecto, afincado en la bondad, la franqueza y la eticidad de mi amigo, ha pasado a una nueva etapa: la devoción. Porque, a mi parecer, el círculo de calidad espiritual de un varón se fija en su modo de asumir la paternidad. No existe ninguna otra condición que defina, identifique, recomiende tanto como el ejercicio paterno. Es la militancia primordial. Cualquier juicio se confirma o se desvanece ante el proceder y la ternura del padre. No creo que nadie completamente bueno se desentienda de sus hijos, ni nadie malo por los cuatro vientos haga un reloj de sus imperativos filiales. En circunstancias opuestas, habría que reanalizar la virtud de uno y la maldad del otro.

Admito que alguna vez alguien haya deseado matar a su padre. Como en esa  novela que no acabé de leer. Por alguna razón el parricidio es una figura en todos los códigos penales. La literatura y el teatro en occidente lo han iluminado como foco de tragedia, a partir de Edipo. Y uno comprende el ánimo zaherido de quien odia a su padre. Porque qué soledad la del niño que crece ansiando jinetear las rodillas de papá como jaca confiable en el más fantasioso galope. Esa ausencia o esa indiferencia se incrustan en la memoria como carencias vitamínicas. O la más irredimible nostalgia.    

Hace años supe de una historia. El hombre no había conocido personalmente a su progenitor, de modo que nunca pudo, con el dedo en la boca y los ojos en el camino, evocar la experiencia de sentirlo frotándole el pelo lacio y negro al regresar del trabajo. Muchos más tarde, en el buzón de los rumores halló el nombre de quien lo había construido en una noche olvidada entre la espuma de otras mujeres. No quiso matarlo. Ya no era un niño. Tenía el pelo largo y la barba aglomerada. Vestía un uniforme verdeolivo descolorido, y al hombro un fusil Garand le alargaba la estatura.

Acababa de bajar de la Sierra Maestra. El soldado rebelde, plantó luego una bandera en el latifundio extranjero. Ocupó las oficinas y los libros contables, investido con la autoridad de la nación. Registrando en los archivos supo que su padre había sido uno de los que prepararon y firmaron papeles para que los americanos se apoderaran, con anuencias que les legitimaban el saqueo, de las mejores tierras de la región. 

Sentado en el portal del bungalow donde los americanos habían bebido y fumado su arrogancia, comprendió que ejecutaba un acto de doble justicia.

-También he lavado –dijo a sus colaboradores- el honor de mi sangre.

Y entonces volvió a soñar con el padre que nunca conoció.

YO SOY COMO ESOS ÁRBOLES…

      Por Luis Sexto      

Tengo en casa un escaparate que es para mí como el desván donde oculto mi “retrato de Dorian Gray”. El rostro vergonzoso, que nadie ve, y que se va deformando según actuamos rastrera, soez, hipócritamente, con el propósito de ser feliz a todo trance y sin riesgos. En  El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde nos descubrió y describió novelescamente ese doble clandestino que deriva hacia lo feo y monstruoso, mientras nuestra virtud y presencia permanecen incólumes gracias a los réditos de un contrato con el diablo.

Nadie crea, sin embargo, que va a sentarse en el banquete donde develaré mis maldades. Ya imagino a ciertos amigos paladear el almíbar de la curiosidad ante el posible acto de nudismo moral de mis historias sacristanescas. Fulano y Zutano –colegas de clavos y martillo- pagarían el extra de sus colaboraciones en la televisión con tal de comprobar que soy como ellos se imaginan. Pero mi escaparate semeja a Dorian Gray solo porque, al ir yo envejeciendo -sin lujos ni truculencias- lo he venido atiborrando de papeles enfermos de antigüedad, muchos de los cuales pertenecieron a amigos que me legaron su confianza.

Antier anduve revolviendo entre las huacas y entresuelos donde suelen extraviarse los documentos que necesito. Y luego de una o dos horas de búsqueda maldiciente, apareció lo que no necesitaba. Y ahora, por eso, escribo de aquello que no buscaba y encontré: las cartas del poeta Rafael Enrique Marrero al inolvidable, incisivo, bondadoso Enrique Pichardo, de quien he hablado más de una vez en estas crónicas.

Pocos tal vez recuerden a Rafael Enrique Marrero. Las antologías ya no lo tienen en cuenta. Ciertos especialistas solo escogen los autores y poemas de su corrillo o de su gusto, en una especie de ley de toldería literaria, visión de campamento o minifundio. Quizás no toda la obra de Marrero sea recordable, pero algunos de sus poemas merecen una ojeada. Al menos, su nombre aparece en el Diccionario de la literatura cubana. En sus años de crédito, nuestros padres y abuelos amaron y protestaron leyendo los versos de Humo de silencio -su primer libro, en 1941- o de Adolescencia náufraga, o los de su Canto al trabajo.

Las cartas a Pichardo son de 1938. Ambos nacieron en Sidra, pueblo matancero que, de acuerdo con el poeta, es “topográficamente un monstruo sesteando/ a quien el gascar le cercena el tórax; / una porción de casas de madera; / unos hombres que cargan con sus sueños: / un Ford, una muchacha y una escuela!” La geografía los había distanciado. Pero se querían. Y por lo que confiesa, Marrero agradecía a Pichardo –como yo muchos años después- el impulso de perseverar en las galeras del escritor. 

Esas cartas almacenaron los días y los trabajos del poeta en formación. Habla mucho de sus compañeros: grupo que en la década del 40, y antes, se deslizó por corrientes posmodernistas, también neorrománticas. De José Ángel Buesa escribió: “…Es un orfebre. De él te diré lo que me dijo un amigo reservadamente: ‘Es un Cellini del verso, sin el talento de Benvenuto’. Traduce mucho. De ahí su fracaso quizás.” Marrero, además, enumera prolijamente las peripecias de un guajiro en La Habana: de las intrigas entre poetas, del hambre, de la intemperie. De las injusticias. Y cuenta que fue desestimado para un premio a cambio de una mención, “por falta de aristocracia en el verso”. En 1939,  pudo, a pesar de tanto obstáculo, ganar el primer premio en los II Juegos Florales Nacionales de Cárdenas con sus versos de origen plebeyo.

Rafael Enrique Marrero –también periodista de radio y diarios- fue autor de un poema entonces muy recitado y antologado. Lo he releído en un manuscrito –ese que le remitió a Pichardo-, y admito, como el propio poeta acepta, que Affiche es su vida. Toda su vida sensible y angustiada: “Yo soy como esos árboles sin frutos/ que rompen las aceras de los parques/ y no han sabido más que darse en sombras/ para los que no tiene en donde cobijarse. Yo soy como esos árboles sin frutos, / decoración ambigua del paisaje…” A algún oído tecnotrónico le podrá parecer humo de cosa vaga y cursi. A mi me parece que en ese neorromanticismo de la pobreza, ya empezaba a pedir voz y figura de letra común el coloquialismo poético…

Cuántas sorpresas en mi escaparate.

(Del libro Crónicas del primer día)

 

PARADOJAS Y ESPERANZAS

PARADOJAS Y ESPERANZAS

Por Luis Sexto

Llegué a La Habana al atardecer en mi primer viaje consciente, con apenas nueve años. No recordaba haber visto  los arrabales de la capital cuando el tren aminora su velocidad, y se detiene, y empieza a rodar nuevamente como en un jadeo, y vuelve a frenar bruscamente, y pita, y por su lado pasan en carrera contraria máquinas y vagones, y se ve la bahía desde el fondo en cuyas aguas el sol ya casi no se espejea a causa del petróleo y los desperdicios que naufragan amordazando de negro lo que decenios atrás fue pozo de transparencia. Detecté el olor único e indestructible, mezcla de mariscos, pescado, gas, basura descompuesta, que se adelantaba a los ojos de quienes arribaban a la ciudad por barco o por ferrocarril; La Habana penetraba, sorprendía  primeramente por la nariz, en la atomizada bienvenida de sus efluvios más profundos provenientes de los intestinos de la bahía y el barrio industrial de Luyanó. 

Subiendo la rampa por cuyos carriles el tren se eleva, el paisaje urbano surgido de abajo hacia arriba me abordaba los ojos ofreciendo la mezcla sin concierto y la contradicción temeraria, inconsciente. Asentí ante aquella visión multiforme y ambivalente: La Habana, en efecto, se originó en la contradicción. Ni aun el elogio de cuantos la visitaron en el siglo XIX, época de esplendor, esquivó ese destino que unce la ciudad a lo paradójico  Y entre adjetivos de bella, plástica, incomparable, animada, bulliciosa, o títulos de émula de París y Londres, paño de lágrimas, las impresiones extranjeras anotaron  que La Habana era festival de la muerte, asamblea de malos olores, puerto carísimo para comer e incómodo para dormir, donde se encontraba mucho de sorprendente y poco de admirable. El viajero entonces desembarcaba en una villa donde la abundancia del dinero y del lujo le impactaba, y luego topaba con la fiebre amarilla o el cólera anidados en basureros y  charcos; o en medio de la exquisita confusión de casas y edificios pintados de amarillo, verde, azul, contrastando con las luces y la sombras, tenía que “saber maromas” para andar por las escuetas aceras de intramuros; o seguro de que había llegado a un puerto de los de más alta civilización, debía pernoctar en el buque, pues no conseguía albergue en tierra, y en otros momentos no hallaba hotel montado a la europea para estar en compañía del confort.  O no había agua. Porque ubicada tentativamente en dos sitios  previos, en el sur y en el norte, se asentó la tercera vez junto a una bahía de bolsa, con un angosto canal de acceso, refugio providencial contra huracanes y propicia a las opciones defensivas de la ciudad, pero sin fuentes de abasto.

Quizás en ese revoltijo de contradicciones radica el hechizo de La Habana. En esa presencia impresentable, en ese abigarrado desorden, depositó su dechado de seducción. O se cobijó en sus habitantes, contradictorios también, indisciplinados desde los días liminares de la villa. Eran, según las quejas de los gobernadores, opuestos a cuanto se les mandaba y tan modelados a su arbitrio que todo costaba no poca dificultad. Gente por lo demás amorosa y hospitalaria, capaz de partirse en reverencias de cumplimientos, pero irrespetuosa hasta humedecer con sus escupitajos cualquier conversación y virar al revés el estómago de su interlocutor. Gente denodada para defender su ciudad del pirata o del corsario, y a la vez remolona para cumplir la vigilancia miliciana en las costas.

La Habana no se ciñó a nacer y progresar entre la paradoja. Trasmitió esa circunstancia a las sucesivas imágenes que de sí misma fueron forjándose en el hilo de los siglos. Haciéndose distinta continuó igual; se guardó fidelidad como en un matrimonio de un solo miembro. Y por ello para entenderla y explicarla, uno  precisa leer en ruta inversa: del hoy al ayer. Sus problemas básicos no cuentan 30, ni 50, ni 100 años. El solar, la ciudadela, la periferia de cinc y cartón, el hacinamiento se multiplicaron  por el imán infinito de la tradición cuando, luego de desaparecer la esclavitud, los recién entrenados proletarios negros asumieron a La Habana como la regenadora de las injusticias y angustias vitales que los habían bestializado. Y La Habana, que nunca construyó para la masividad, ni creó abasto propio, continuó recibiendo como a través de un viaducto promisorio, el éxodo provinciano en una república rutilante en su cabeza y opaca en el resto del cuerpo. Porque para el cubano, la capital no ha sido la urbe de las paradojas, sino la ciudad de las esperanzas...

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

Por Luis Sexto

 

Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había introducido en la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Vi a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.

-¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.

No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:

-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.

Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama. Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.

La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.

-Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.

Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía: ¿Qué vas a decir, muchacho? Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez: ¿Qué vas a decir, bobo?

Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta.

-Así hubiera hablado él -comenté.

-¿Quién? ¿José?

-No, Francisco...

Callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha provocado mi única frustración: no haberlo conocido.


LO CUBANO

LO CUBANO


Por Luis Sexto

El color no es lo cubano. Digamos que es, entre otras cosas, lo cubano. Nilo Menéndez compuso su canción a “aquellos ojos verdes” y nadie dudaría de que concentró las combinaciones de su música en las pocetas traslúcidas de una mujer de nuestra tierra, porque lo cubano no implica solo la mixtura de negro y blanco en su expresión colorística.

Es personalidad, ademán, movimiento. Eso: ritmo.

El nuestro es un ritmo vertiginoso que se trasunta al caminar, al hablar. En Cuba somos analfabetos en el “paso de tortuga”. Tuve una primera lección sobre las pisadas de una jicotea cuando los trabajadores del aeropuerto de Kingston, en reclamos salariales, obligaban a los aviones en escala a esperar varias horas bajo el sol, mientras ellos montaban los equipajes de los nuevos pasajeros. Avanzaban, me parece, a diez centímetros por hora.

Entre nosotros los cubanos, en cambio, se interpone un jadeo, una ansiedad de tránsito. La cualidad primordial de nuestros deportistas actúa en la velocidad. Lo aseguran los especialistas. Si hablamos, la lengua se desprende en ráfagas. Y podríamos tal vez preguntarnos si el cubano copia el viento de los ciclones o, en cambio, los huracanes soplan sus palmetazos calcando la velocidad de nuestro andar, de nuestra habla que se come las eses, las primeras sílabas o recorta las últimas, en una prisa que atropella, gesticula y grita hasta en la ternura.

También, por supuesto, el cubano piensa muy rápidamente. Alguien quiso probar la agilidad mental de uno de nosotros, y en los vestidores de un balneario le exigió que improvisara un chiste. Sin manosearlo mucho. El desafiado se inclinó para alzar el guante. Y en el vuelo de unos segundos puso la mano sobre una de las taquillas y dijo: ¿Un chiste? Pues “ta–qui-llá.” Para comprenderlo también se requiere pensar en el espacio de un ultrasonido.

Nuestro ritmo se estiliza en la música. Aun el bolero –lento, denso, hecho para sentir el goteo de los sentimientos- se mueve, se agiliza como si respondiera a una palmada de los bailadores. Han de ser pocos los cubanos que rehúyan el baile. Mas, si lo hicieran por alguna limitación física o psíquica, se moverían por dentro en un balanceo desaforado de su intimidad. Cuba baila desde los aborígenes. Y tanto bailaban nuestros ancestros indígenas que suscitaron la cólera del gobernador Gonzalo de Guzmán. Según el sucesor de Diego Velásquez –no sabemos si cínico o bobo-, la fogosa frecuencia de los areítos causaba la muerte en masa de los indios.

Un viajero colombiano del XIX, Nicolás Tanco, observó que el baile se apoderaba igualmente de palacios de blancos que de bohíos de negros. Y el costumbrista Luis Victoriano Betancourt fijó en la misma época la afición predominante con esta frase inexcusable: “...Baile porque llueve y baile porque no llueve (...) y baile siempre, porque nunca faltan pretestos (sic) para bailar.”

Una conga en Trocha o cualquier otra calle de Santiago de Cuba es la apoteosis del ritmo cubano. Lo sé por movimientos propios, personal aventura. Estábamos Juan Emilio Friguls –hoy difunto luego de vivir sobre 80 años- , Ilse Bulit y yo reportando un festival de la cultura del Caribe, típico evento santiaguero. Una tarde nos ubicamos en la acera de la calle Heredia a presenciar la comparsa de La muerte en cueros. Y espontánea, impensadamente, a pesar de nuestra seriedad, Friguls y yo nos zambullimos en aquel bullicio tamborero, bamboleante. Alguien, con fines de coleccionar una rareza, nos engavetó en su cámara. Friguls, creo, ha de conservar la foto.

Yo, al menos, conservo el recuerdo. Embutido en aquel percutir de cinturas, comprendí que para lo único que un cubano no tiene prisa es para morir. Porque, para morirse, sobra el tiempo.