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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

IBA POR UN CAMINO…

IBA POR UN CAMINO…

Por Luis Sexto

 

Empecé a formarme como los  peripatéticos aprendían las lecciones de Aristóteles: caminando. En el seminario salesiano donde me invitaron a perseguir el perfil de montaña de la cultura y la ética, caminar componía una asignatura de obligatoria cátedra sabatina. Nadie podía burlarla. Hacerle fraude. Vamos, arreen. Que hoy vamos a Guanabacoa. O al Cacahual. Y estábamos en un punto entonces perdido en las márgenes del Almendares, en Arroyo Naranjo.

 

Todavía hoy permanecen en mis piernas aquellas lecciones de estoicismo trotamúndico. Estoy -le dije no más ayer a una amiga digital- orgulloso de mis piernas, aunque sean flacas, ridículas. Tan escuetas, tan de lápiz son que en 1992, al terminar una quincena de trabajo agrícola en Novedades, Alquízar, gané un concurso de Míster Canilla. Y juro que el jurado fue imparcial. Las piernas compitieron a rostro cubierto, en un anonimato que protegía una sábana, provisionalmente asumida como cortina. Y estoy orgulloso, porque todavía gustan de la marcha; vibran en un orgasmo de control remoto, cuando, al partir, calculan cuanto resta por andar. 

 

Una vez entre otras, me echo a la calle dispuesto a llegar al periódico a pie. Y en algún momento me he topado con ciertos colegas cuyo crédito de pagadores de promesa exalto hoy. Tommy, el caricaturista de DDT, o Luis Jesús, el periodista de Trabajadores. ¡Cuándo no caminan ambos! El siglo en que logren un vehículo, imagino que lo conservarán  en una vitrina doméstica. La adicción al asfalto o al polvo les impedirá ser desleal a la tradicional suela sobre la que uno habitualmente los ve. Y al recordarlos compadezco menos a quienes, en una intersección de la calle Línea –tal vez G- piden a los automovilistas el favor de subirlos hasta 23: solo cinco cuadras. 

 

El ejercicio de las piernas integra el recetario de los médicos. Hipertensos y obesos, cardíacos e isquémicos, reciben, en alguna etapa de sus visitas al consultorio, la recomendación de caminar. Así, en ese aspecto salutífero, no podré aportar ninguna fórmula que cincele mi nombre en una tarja. Últimamente leí que andar a pie colabora a mantener el equilibrio mental.

 

En lo atinente a mi costumbre, caminar favorece el pensar. Todos esos sueños que me mantienen despierto –inmune a la desilusión- los fui empalmando mientras caminaba al pairo, sin rumbo precocido, que resulta el modo más provechoso de andar. Uno se detiene a oler cualquier flor del camino. O recoge las hojas que los transeúntes desechan. O se bifurca hacia un resplandor inusual. Y como no está urgido por el dogma del itinerario, uno halla, en esa parsimonia del ánimo, si de periodistas tratamos, la idea de esta crónica dominical.

 

El trabajo se ha beneficiado con mi fervor por el Camino de Santiago. En 1979, peregrinando con un fotógrafo sobre los pasos de Camilo Cienfuegos, en el aniversario 20 de su desaparición, desde Yaguajay nos dirigimos a General Carrillo –mi pueblo, además- donde el sombrero alón del guerrillero se había detenido para liderar una conferencia azucarera en 1958. En Jarahueca, el móvil ferroviario que comunicaba a ambos caseríos no pudo beber ese día la gasolina. Habría, por tanto, que esperar a mañana. Y decidí ir a pie. El fotorreportero, profesional por vocación, me siguió en silencio sobre el barro de los aguaceros recientes, hasta consumir los nueve kilómetros de la distancia. 

 

Catorce años más tarde, nos hallábamos en Bayamo. Acumulamos datos e imágenes para varios reportajes, y al preparar el regreso a la revista  Bohemia, no hallamos ómnibus. Ni avión. Y cuando estoy en un sitio que no es el mío, y termino lo que allí me llevó, los minutos de sobra me desesperan, de modo que, tras la fatigosa y estéril gestión, en tono un tanto desarbolado, le dije al fotógrafo que habláramos con el gobierno provincial, y si no pueden resolver para hoy o mañana, arranco a pie por la  Carretera Central hacia La Habana y solo me detengo si alguien se compadece… Y mi colega, quizás  recordando mi reputación de caminante, me suplicó lastimeramente: No, Luis, por tu madre…  Que no es lo mismo.  

 

POR QUÉ SUENAN LAS CAMPANAS

POR QUÉ SUENAN LAS CAMPANAS

Por Luis Sexto

…Esta vez no tocan a muerto ni llaman a misa. Son campanas pequeñas y opacas que las gargantas de la sierra tragan y devuelven amplificadas anunciando el paso de un arria.

Las escuchamos ahora. Bajábamos de San Lorenzo donde habíamos saludado la memoria de Carlos Manuel de Céspedes en el mismo sitio en que una descarga española lo arrastró hacia una tupida hondonada.

La caravana aparece. Mulos y mulero marchan lentamente, con las cabezas gachas. Semejan, a lo lejos, una presencia fantasmal y remota cuando cables y caminos trasladan a las montañas las voces y las luces de la ciudad.

Fueron en una época la ruptura musical de la soledad y la monotonía. Al oírlos a la imprevisible distancia de las alturas, el corazón del serrano dejaba de latir aislado. El arriero llevaba allí el alimento y la medicina raros en aquel medio de tantas insolvencias; el ensueño de un perfume fugaz. Y trasladaba de la costa o del llano la noticia, el eco, el recado de una civilización menos precaria…

El saludo ronco de Leovilde Mora disipa el humo de postal novelesca que creímos ver aplastada por la sombra de picos y árboles. Es un hombre real y actual. Sus mulos no trasportan mercancías como veinte años antes. Ahora cargan posturas de cafeto. El país,  que se ha propuesto completar la renovación de la más inhóspita cota de las montañas, lo llamó para que con sus bestias lleve las plantas del café a las áreas de cultivo. Porque –lo recalcará Leovilde- el mulo sube hasta donde la naturaleza ha prohibido a la máquina que ascienda.

El arriero sonríe como mordiendo la libertad de sus labios. La timidez lo enrosca sobre su montura cuando los desconocidos se le acercan, lo retratan y apuntan cuanto él dice con la misma lentitud de sus travesías en la sierra. Las palabras se le escurren; las busca; titubea…

Leovilde ha sido siempre un hombre de breve decir. Durante muchos años cabalgó solo por pendientes y derriscaderos de la Sierra Maestra. Repetía de vez en cuando frases cortas para azuzar a un animal rezagado o para distraer el silencio del monte mientras consumía las ocho horas entre Chivirico y La Tabla. ¡Chiquitica, carajo, parece que estás hoy enamoráaa! –rezaba Leovilde en un cantadito familiar a sus animales.

Los mulos permanecen impasibles a orillas del amino. Sus caras, marcadas por la ternura heredada del asno, mueven a confiar en esos híbridos. ¡Cuidado! El arriero advierte que la nobleza del burro se contaminó de brusquedad al mezclarse con la índole bronca del caballo. El mulo es una combinación de negativo y positivo, aunque las leyendas han impuesto como definitorios los defectos de esa raza que, según la fábula, fue privada de la maternidad por egoísta e insociable.

Leovilde los conoce. Desde los 13 años de edad, y ya cumplió 45, trajina con mulos. Y sabe de sus resabios y marrullerías. Es una bestia peligrosa. Siempre está velando al arriero como si esperara el momento para desquitarse de toda la carga que el hombre le echa encima. Una patada puede sorprenderlo si descuida la política de exquisiteces exigida por el mulo.

Los mima; les pasa la mano; les habla dulcemente cuando se le acerca para colocarles los arreos o acomodarles la carga. Así se enteran que es él. Y los quiere, porque el mulo es casi igual que un cristiano. Si perdiera uno… tendría que conformarse, pero él ha visto a arrieros llorar a un mulo muerto. ¿Entonces son  malos o es fama injusta? Y Leovilde baja la cabeza y queda en silencio, sin saber qué decir, como negándose a comprometerse con una opinión sobre seres tan cercanos y propios.

Lo bueno predomina en la doble raíz de ese bruto intransferible, incapaz de reproducirse por haber concebido contra el orden de las especies. Del asno, o el burro, pollino, rucio, el mulo obtuvo la capacidad de resistir pesos y distancias en terrenos picados como vidrios o llenos de vueltas como el caracol. El caballo le trasmitió la agilidad.

El arriero ignora qué cuentan los papeles. Él solo ha leído en la experiencia, y sabe que el mulo es más útil en las montañas que sus progenitores. Las patas del mulo se fijan como con cemento a la tierra o a la piedra, Si se cayera o resbalara sería porque el mundo se va a acabar. Ah, pero si se para no lo obligue a seguir caminando. Déjelo que él cambie la ruta; ha visto lo que el arriero no puede ver: un peligro. Si lo fuerza, se cae. De noche sus ojos son como, como…

-Linternas.

-Sí, como linternas.

-¿Por qué usa las campanitas?

-¿Los cencerros? Con ellos marchan mejor. Si van amarrados, cuando el guía se pone en camino, los de atrás se alertan, saben que los va a halar.

Cada cencerro tiene un sonido distinto. Uno para el guía; otro para el entreguía; otro para el tercio, el cuarto y así hasta llegar al pie, que es el último animal del arria. Si alguno se extravía, el arriero lo identifica por la campanita.

En el primer viaje se aprenden el camino nuevo. En ese recorrido sí hay que rebatiarlos. Después, no. El refrán que dice que el mulo cargado coge el camino solo, es cierto.

Cuánto tendrá de saber un arriero. Arriero, arriero de verdad es el que le hace todo al mulo: fabrica su aparejo, la cincha, el cinchón, la jáquima, el bozal, y lo saber retoar, eso que otros dicen arreglar; sabe también herrarlo, no permite que el lomo se le pele; lo alimenta bien para que, por lo menos, sirva hasta los 30 años.

Es mucho. Pero hace falta sobre todo que  el arriero sea honrado para cuidar y respetar la mercancía que le encargan.

Se levanta. Ha permanecido sentado sobre una roca. Mediana estatura; piel mulata. En el zapato derecho puntea la estrella de una espuela. El sombrero de yarey acusa la humedad de varios aguaceros.

Leovide monta sobre su bestia. Nos mira y luego indica para arriba con la cabeza. Ni sus mulos ni él nos quedarán sin trabajo. Para subir allí habría que desbaratar la loma y eso no se puede. Solo con mulos… Pincha el vientre del animal. Y poco a poco se empieza a oír una sinfonía metálica cuyo eco concluirá loma arriba anunciando el paso cansino de un arria.

Din don, din don. Allá van Pajarito, Clarita, Moreno, Clavel y Esperanza. Din don, din don…

 

 

 

 

 

SÉ POR QUÉ LO DIGO

SÉ POR QUÉ LO DIGO

Por Luis Sexto

 

Según los fragmentos de mis impresiones, por nada físico tendría yo que recordarla. Rosa no era ni  bonita, ni fea. Y a veces he querido que el país fuera tan pequeño como muchos aseguran, para encontrarme con ella en cualquier calle o reunión, tienda o teatro. Hasta he mencionado su nombre en algunas de mis notas de periódicos, como provocándola a que me escribiera.

 

Ella habría fracasado como maestra si yo no quisiera verla nuevamente.

¡Dónde estará Rosa Bouzón! ¿Habrá muerto? ¿Habrá emigrado en esa tendencia  que en las últimas cuatro décadas adquirió la frialdad de una fiebre  contagiosa de aventuras? No lo creo. Y diré más tarde por qué. Pude tal vez indagar por su paradero cuando creí verla en el Parque Martí de El Vedado. La figura se  acomodaba a la fisonomía que yo había modelado en mi arcilla de niño. Me avergonzaba, sin embargo, preguntar y errar. Y me alejé, manteniendo frustrados mis deseos de ver a Rosa.

 

En otro momento coincidí en el mismo ómnibus con María Eugenia del Barrio. Continuaba criminalmente linda, con su pelo aún largo, atado como si semejara la cola de un equino. Había sido mi novia de anticipaciones pueriles. Manolito Dávalos, que se sentaba entre los dos, le trasmitió el recado de mi petición de mano. Me miró azorada, como víctima de lo incomprensible. Pero no por ello renuncié a considerarla mi novia. También la timidez me impidió acercarme, confirmar su identidad y lanzarnos a una limpieza de nostalgias. Ella quizás me habría informado del paradero de nuestra maestra.

 

No he vuelto a ver  Rosa. Pero la recuerdo. Y esa es la prueba que algo de ella plantó en mí conciencia. Nunca me besó, ni me regaló un libro como Agui Loynaz, ni me premió con diplomas como Antonia Núñez. En cambio, lo que no consiguieron discursos semanales de himnos y bandera, lo alcanzó ella en mí.

 

La escuela radicaba en la propia casa de la maestra. Suplía la falta de centros de enseñanza pública en el barrio suburbano donde habitábamos. Antes, por los 1950, los guajiros no se injertaban de pronto en la capital. Practicaban una migración por escalera para adaptarse al nuevo ritmo vital que de lo apacible pasaba a lo vertiginoso. La Habana tentaba, se hacía necesitar, pero atemorizaba con su mapa ancho y largo embutido de nombres y flechas, ómnibus y automóviles que no pedían permiso al doblar una esquina estrecha; asustaba con sus crímenes y gángsteres y mujeres trucidadas y niños secuestrados, y sus estafas de pícaros que en el parque de la Fraternidad vendían el Capitolio a cualquier extraño que abriera la boca ante  esa mole blanca de lujo inútil.

 

Las clases de Rosa eran concentradas y conversacionales. Y la poca cantidad de alumnos colaboraba con aquella atmósfera maternal. Nos explicaba la guerra que en los textos de entonces se llamaba hispano-americana, a la que la maestra interpolaba el gentilicio de  cubana. Narró el episodio en sus escenas principales: la destrucción de la flota del almirante Cervera, la toma del fuerte de la loma de San Juan, el insulto del general Shafter al General Calixto García cuando prohibió al mambí entrar en Santiago de Cuba. Previamente se había referido al Maine, y  a su demolición accidental en el puerto de La Habana, como pretexto para entablar el conflicto con España.

 

Se aproximó a la ventana; miró el paisaje todavía rural de El Cotorro: abundaban las palmas. Luego concluyo:

-Desde  el 20 de mayo de 1902 Cuba está hipotecada.

-¡Hipotecada! ¿Que es eso, maestra?

-Que no es de nosotros sino de ellos; de los americanos.

 

Por eso, Rosa no ha podido emigrar.  De cualquier forma, y aunque hubiera muerto, seguiría perviviendo en el país que ella convirtió en un hambre tan persistente como la esperanza. Porque me reveló la patria. Me la instaló en el corazón como una presencia cierta y amenazada. Y yo empecé a sentirme muy triste en una tierra que ya no era mía.

 

 

 

 

 

 

 

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

 Por Luis Sexto

Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había trasladado a la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la tienda, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Obsevé a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama.

Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía:¿Qué vas a decir, muchacho?Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez:¿Qué vas a decir, bobo?Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta. Así hubiera hablado él -comenté.¿Quién? ¿José? No, Francisco...Y callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha causado mi única frustración: no haberlo conocido.  (Del libro Crónicas del primer día)

EN LA RUTA

EN LA RUTA

Por Luis Sexto

 Soy un ciclista frustrado. Desde mi adolescencia he deseado alistar una bicicleta en ingerirme en Cuba, desafiando las carreteras, en el llano o la montaña, bajo el sol o la lluvia. Como un rutero de la Vuelta.  

Andar, caminar, es, para mí, la suprema imagen poética del destino humano. El hombre está encadenado al camino. Unas veces se le difumina en el horizonte como la vía del progreso; otras, como el remedio contra la soledad. En todas como la promesa del cambio, la concreción del sueño, cuando no el sueño mismo. 

Por esas sensaciones que anudan la ruta a la vida, el rutero repite en su itinerario el drama de la existencia: lucha y pasión, fe y esperanza. Y en el medio, más bien como síntesis, la emoción, constante, multiforme. Ahora es la angustia, luego el miedo, después el desaliento, más tarde la alegría de firmar con sus ruedas en la playa blanca de la meta. Sólo el rutero, poeta diferente, puede describir las emociones de la Vuelta. Hace falta la tinta de su fatiga. Yo, que he sido testigo, cronista, solo he podido intuirlas, presentirlas, reflejarlas en mi corazón. 

Las emociones del rutero se agazapan a al vuelta de aquella curva, entre las palmadas vocingleras de un pueblo fugaz. Marchan junto al ciclista, a su rueda, impulsándose con el jadeo del pedal. Se le enciman ahora en esa pendiente. Los tubulares, tan delgados como un lápiz, se desplazan en giros que asfixian. Y más adelante, una torpeza del manubrio, o una mancha de grasa, un bache perpetuado por la desidia, engendran el caos de cuerpos y máquinas. La caída. Y sin sacudirse el polvo, o compadecer el rasguño, el rutero se hace jinete otra vez...

Una, dos, tres horas afrontando los rigores de los elementos, entre la salida del paradero donde durmió y la llegada a la próxima estación. Jamás el sol o el agua han sido generosos con el rutero. Y la sed airea su bandera roja. Y la aguja de los músculos desciende hasta el calambre. De pronto, claxons. Gritos. El pelotón se desenrosca; se alarga como un relámpago. Los asistentes, en sus vehículos de motor, se escurren hacia delante por la guardarraya que el pelotón les cede. Y se ubican a la orilla, para que, al pasar, el sediento y el hambriento recojan de un manotazo su provisión. 

Fervor y gratitud hacia aquellos días de reportero, me abonan los recuerdos. En los momentos en que pude seguir la Vuelta, llegar con ella al fin de cada etapa, mi anhelo de engarzarme con la ruta y dominarla se compensaba con los dátiles de la ilusión. No estaba entre los ruteros. Pero iba detrás o delante de la caravana, humedeciéndome también, con los destellos de un beso en la meta, de un aplauso en el camino. Y experimentando riesgos. Como aquel de 1974. 

El disparó resonó en el malecón de Baracoa, y la Vuelta arrancó. La Farola se erguía delante como la prueba inicial de estos argonautas que desamarraban sus piernas en busca del vellocino de la gloria. Subimos. Yo viajaba al lado del conductor del yip. Nos acompañaba el periodista mexicano Francisco Javier Carmona. Empezamos a bajar. Y de pronto, los frenos tocaron el piso sin que el vehículo aminorara su vértigo. El susto, acróbata del temblor, se colgó de nuestras gargantas. Carmona, con una serenidad que le atribuí a su sangre aborigen, me preguntó qué íbamos a hacer. Esperar a que un obstáculo o el plano nos paren. Y si nos matamos, arguyó. Nos morimos, qué otra cosa. Pero moriremos como ruteros. En el camino.        

INVENTARIO DE LA NOSTALGIA

INVENTARIO DE LA NOSTALGIA

Por Luis Sexto 

Uno podrá olvidar los versos que amortiguaron las pasiones cerreras, toscas, del erotismo o la gula, la envidia o la intriga. Pero difícilmente nos desentenderemos de las canciones que colgaron del aire de nuestra juventud. Lo demostré hace poco cuando me pidieron bajo signo de confidencia que recordara alguna canción de la música más cercana en mis años de comer rositas de maíz. Y enseguida el lobo de la nostalgia comenzó a aullar ante las lunas pasadas. 

La nostalgia suele ser un cachorro dormido en una perrera doméstica. Despierta morosamente de vez en cuando ante un olor, un día nublado, la recurrencia de unos pasos por los mismos lugares de antaño, pero reacciona, como en un golpe de electricidad, al evocar u oír cierta música. Porque la música es un indeleble almacén de la añoranza, refugio a prueba de ganzúas y quebrantamientos ajenos. Los años y los sentimientos formadores se suceden dentro de una placenta rítmica y melódica. Enamoramos oyendo una canción, sufrimos con otra pieza rozándonos la aldaba de la intimidad zaherida. Y sueños, deseos, propósitos se nos avivan mientras escuchamos la voz y el timbre de la época –la época en que la vida es todavía una simple herramienta para bajar los mangos más jugosos y más altos- y en nuestra desnudez experimentamos que pertenecemos para siempre al momento irrepetible de la juventud, cuya música nos graba al fuego, en el anca, un círculo de propiedad.  

Podría decirte –respondí a quien preguntaba por mis preferencias- que todo lo de Nino Bravo. Ese que gritaba por Noelia, o que llevaba un beso y una flor por equipaje, y de quien me dijo el barítono cubano Ramón Calzadilla que era un cantante de primera división, y “te lo aseguró yo, que canto y enseño a cantar”. Repta la nostalgia al recordar cuán dulcemente cursi fui cuando mi corazón se diluía -azúcar en la sartén-  releyendo unas cartas amarillas. Y ahora, al confesarlo, no me avergüenzo. Ya me atrevo a pregonar que la cursilería es parte de la condición humana. Alguien pudo aseverarlo antes. Me sacudo, sin embargo, del plagio, porque las evidencias, como las frases populares, pertenecen a quien las necesita. Y no lamento mi gusto caótico que lloraba con O sole mio y la escena culminante de La Traviata, y se enternecía a la par con Inolvidable, el bolero de Julio Gutiérrez, noción de la fe eterna en unos labios que otros labios hacían recordar, porque “los tuyos inolvidablemente vivirán en mí”. ¿Algo más humanamente cursi?  

Y qué más podré añadir de aquella música predilecta de mis 22 años, además de White, Lecuona, Ankermann, Prats, y la trova de Sindo y Delfín, y todo ese lirismo en cuyo fondo se sahúma y perdura la más cálida cubanía.  

Ahora, en la contemporaneidad, carezco de preferencias. ¿Estoy viejo? Eso es verdad. Y tendría que decirte, si te interesa, que, salvo los que perviven sin fecha fija –Beethoven, y Shumann, y Mendelson y Shubert- nada mece mis días, salvo lo propio de mis días primordiales. ¿Silvio y Pablo, me preguntas? Ambos son mis coetáneos. Sus canciones acompañaron parte de mis marchas, mis aventuras, mis intentos por pisar hondo en el camino. Ya ellos no pertenecen al tiempo. Lo trascendieron. He de responderte entonces imitando a José Antonio Méndez. En una entrevista me confesó el patriarca de Novia mía, como suele decirse en las entrevistas, que entre sus canciones la que más le gustaba era aquella que aún no había compuesto. Y por tanto, las que yo prefiero ahora, en este presente que coincide con las dos terceras partes de mi existencia, son las que aún no he oído. 

Y si me obligaras, rectificaría aceptando querer oír cierta música de moda entonces y que soslayé en mis juveniles campañas. ¿Cómo tildarme por aquella imprudencia? ¿De inculto? ¿Tonto? Quizás lo último. Despistado. Y solo eso. Carecí de espacio y conocimiento para  rechazarla. Tampoco la condené envuelto en el saco rígido del extremismo. Pasé, simplemente, sin oídos y sin información ante aquel trastorno mundial. Y cuando tintinea hoy como chispa genial de la música de ayer, no tengo derecho a la nostalgia. Sí al bochorno. Debo, por tanto, acercarme a Lennon, en el parque de 17 y 6, en El Vedado. Y pedirle perdón. Yo no oí a Los Beatles… Y me pesa. Estaba sordo yo o qué.    

EXTRANJERO EN CASA

EXTRANJERO EN CASA

Por Luis Sexto

He venido acostumbrándome a ser una víctima del litigio entre las apariencias y las esencias, en cuyos anales habré de entrar por obligaciones que me han impuesto mis semejantes. A veces me parezco al que no soy, y otras no soy el que parezco. Y desde niño –pelo como el sol, piel de tomate maduro y ojos de esperanza—, me apodaron el galleguito. En la adolescencia me otorgaron el pasaporte de americano, y de joven me incluyeron entre los rusos.

Esta última nacionalidad la conquisté en Artemisa cuando –ya lo he dicho- trabajaba de agrimensor en los centrales Eduardo García Lavandero y Abraham Lincoln. Entonces, aunque mi cabellera no había empezado aún a padecer su prematura sequía,  la protegía del sol con una gorra que un tío materno, becario en la URSS, me regaló al regresar, y con la cual merecí, además de por la aparente fisonomía nórdica, el concepto de técnico extranjero ante los que me veían de lejos.

Pero otros estimaron que de alguna manera tendría yo que ser algo más que cubano, porque un apenas perceptible ceceo en la dicción hacía creer a ciertas damas y caballeros refinados que hablaban con un peninsular. Al final de la charla tenía que responder la consabida pregunta: ¿Es usted español? No; mi abuelo sí –añadía para no defraudarlos.

Y mientras esa faena de ser doble de mí mismo osciló en lo relativo al origen nacional, no había ninguna desventaja. Mi presencia imponía un parecer sin que yo tuviera que fingir o mentir. Pero más tarde, según evolucionaba en edad y reflejos, empecé a aparentar –sin pretenderlo, claro está- dignidades o profesiones. Una vez, tan atrás como los inicios de los 60, me presentaron a un señor que resultó ser obispo de la iglesia liberal católica, una confesión menos usual que otras. Hablamos de mil divinidades. Al despedirme, aquel hombre, que había observado con fijeza mi cabeza y que incluso trajo él mismo el café para poder observarla desde arriba mientras yo seguía sentado,  me preguntó de sopetón: ¿Es usted cura Y sonriendo, le respondí: ¿Qué, echa de menos la tonsura?

Y ese tomarme por lo que no soy,  ya implicaba sus riesgos, porque si lo hubiera creído sin consultarme, y mi ética o mi pergeño no hubiesen encajado en el modelo de hábito y conducta, el gremio habría resultado con daños y perjuicios. O los pacientes. Porque el instructor que me enseño a conducir equivocó la profesión que en ese tiempo me permitía emplear un automóvil. Tras los primeros días de práctica, y de haber sudado bajo un recital de insultos estimulantes, me pidió que le recetara algún medicamento para una dolencia en el lado derecho del abdomen. Vaya al médico –le recomendé. Pero doctor, usted no se habrá disgustado conmigo... Mire, ese es nuestro estilo de enseñar.

En fin, padezco de una especie de sino incurable, una fatalidad congénita. Crónica. Hace poco, un respetable ciudadano me pidió le regalara un ejemplar de Los que se fueron. Le cedí el mío. Abrió la primera página en blanco y me pidió que se lo dedicara, pues la firma del autor aseguraba la eternidad del volumen en su casa. Ah, perdone, yo no soy Luis Báez, aunque habría sido un periodista dichoso si hubiera escrito ese libro-dije alegrándome de que el lector no cocinara algo maligno contra el otro Luis.

La última ocurrencia refuerza la perdurabilidad de los enredos en mi vida. Ya he desechado la cuenta de los licenciados de la picardía que se ofrecen para guiarme por La Habana Vieja. Me ven como presa urgida de información turística. Y una tarde, con apetito de alguna emoción rara, autoricé que me sedujeran mediante un españolizado sí, hombre. Y aquel cicerone sin mangas me llevó por el Malecón. Sobre el muro recitó una frase copiada quizás de Lezama Lima o Alejo Carpentier. Las gotas de una de las recientes marejadas le encristalaban la piel; de lejos hubiese parecido que sudaba el centavo que proyectaba quitarme. Este muro -decía- es la quintaesencia de las ensoñaciones habaneras. Eso pasaba como justo y bueno. Pero todavía me pregunto qué tipo de español se habría figurado él que soy, porque frente a la farola del Morro me informó que en ese castillo había peleado contra los ingleses el General... Elpidio Valdés*. Párate ahí -le dije.  Yo seré gallego, pero no bruto, ¿eh? 

*Elpidio Valdés, personaje de los comics cubanos.  

 

EL DÍA EN QUE ME MATARON

Por Luis Sexto

No recuerdo haber muerto; sin embargo, me mataron.  Fue un día imprecisable en el que me inscribieron como difunto, por  broma o confusión, en  la memoria de los vivos. Murió en un accidente, difundieron en ciertos lugares por donde nunca más yo había pasado. Y no me quejo. Cumplí involuntariamente un deseo de adolescente. Influido por un poema de Rubén Martínez Villena, había pedido en versos asistir, protocolar y silencioso, a mi velorio. Era una estrofa de cuatro o cinco líneas. La escribí durante una clase de matemáticas, y no pude proseguirla porque se mezcló con alguna metáfora algebraica que el profesor, golpeando tres veces el pizarrón, me exigió copiar. También la he olvidado.

Con el privilegio poético de estar muerto y vivo a la vez, quería confirmar si Balzac acertó al decir que en los cementerios todas las esposas son amantes, los amigos fieles y los ricos generosos.Por entonces sabía muy poco de la muerte.Ahora me he dado cuenta que el sentimiento de la muerte posee gradaciones. A los 18 años es una circunstancia emotiva; seduce el imaginar el propio rostro tieso, plácida y candorosamente juvenil, y oír el lamento de la gente por que uno haya fenecido siendo tan joven, tan inteligente, incluso tan hermoso. Es la edad de la audacia y el desprendimiento incontaminados de cálculos. Transitando por ella acometí mi único gesto heroico: arrojarme a las riendas de un caballo desenfrenado. Arrastraba un carretón, y el viejo que lo conducía y acopiaba desperdicios para cebar puercos, no podía detenerlo. Los ojos de Mirta, una amiga que entonces hacía que mi cerebro  se empapara de ternura, condecoraron aquel acto casi fílmico. Y no hubiese dudado en morir pateado para sentirla llorar por este muchacho loco.  

Ah, la muerte, tan lejana e imposible.Tras los 40 la posibilidad es más próxima, y menos romántica. Y nos parece inverosímil tener que encararla sin haber podido realizar los ideales de todo hombre, propósitos que quizás uno nunca consigue para disponer de un pretexto con el cual distraer a la muerte. Pero algo raro me falta por añadir. Desde mi infancia hasta la adolescencia, la muerte  entumeció mis tardes.  Quizás aquella preocupación empezó como con un símbolo, una atmósfera, una señal. La vi cuando una noche acompañaba a mamá a la capilla, para oír unos sermones del mes de mayo. Íbamos por el callejón que delimitaba el pueblo de los campos. Por esos linderos vivíamos entonces. La luna, completamente redonda, me obligó a sentir tristeza, sensación de finitud. Quizás ya había visto recientemente al  primer muerto de mi vida: a Josefa, la vecina, de cuya cara apacible mamá quiso que me despidiera. Ambos momentos confluyen. Más adelante, trasladados ya a la casa de La Loma, la parte alta, asomado a una ventana que miraba al oeste, el rumbo del cementerio, volví a sentir la inutilidad de la existencia. Quizás fue el efecto del poniente que se embarraba de amarillo agonizante.  Me pregunté: para qué vivir si uno muere. Padecía precozmente, al parecer,  de vocación de perennidad. Y como la lógica, el engarce de los detalles, era mi talento más elogiado, deduje que para no morir habría que ejercer el único oficio a cuyo ejecutante la muerte no podía dañar. Y muy pronto, ante el familiar plato de sopa, papá preguntó  en qué pensaba yo trabajar cuando fuese joven, y le respondí: Como sepulturero.

Pero he muerto joven. Lo supe cuando, después de varios años, volví a saludar a ciertos ex compañeros de trabajo. Reaparecí de improviso. Laboraban en un salón donde, en arbitrario conjunto, las mesas de dibujo mostraban, como escudos, sus tableros móviles.-Buenas tardes.Unos alzaron la cabeza y quedaron entontecidos; otros dejaron el compás en el aire; aquel, el índice puesto en el número nueve del teléfono...¡Sexto! – respondieron colocando en mi apellido signos de admiración especiales que no hallo en mi máquina.

Lo que todavía suele conmoverme al acordarme de aquella escena son las palabras de Pedro Vargas, topógrafo con quien yo jugaba inocentes partidas de ajedrez cuando ambos ayudábamos a que tomara rectitud y solidez la línea ferroviaria entre el central Colombia y la terminal marítima de Guayabal, entonces en el sur de la provincia de Camagüey y hoy perteneciente a Las Tunas.Vargas había salido. Al regreso le informaron: ¿Sabes quién te dejó saludos?Casi airado respondió a lo que supuso un chiste: No jueguen con los muertos, caballeros. Y mucho menos con ese, que era tan buen muchacho. Desde entonces, Balsac, para mí, es infalible. Y Vargas me resultó más simpático. (Del libro El día en que me mataron y otras crónicas en primera persona)